HONNE
"El más profundo sentir"
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La mañana había comenzado mucho antes de lo que esperaba. Abrió los ojos cuando el sol aún no despuntaba y sin embargo había ruido fuera y provenía de unos aldeanos que pedían ayuda a gritos. InuYasha estaba de pie junto a la cama, vistiéndose, mientras farfullaba algo que Kagome no llegó a comprender del todo.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz adormilada, luchando por mostrarse algo más despejada de lo que estaba.
—Un youkai en la aldea —la respuesta fue precisa, con el tono justo entre la preocupación y la determinación.
Kagome se sorprendió, era la primera vez que un youkai atacaba la aldea desde que había regresado. Cada vez que enfrentaron a alguno fue lejos de aquí y ella asumía que la existencia de una sacerdotisa y un hanyou en el lugar era en parte la causa.
—Estaré lista en un momento —se puso en pie, decidida a vestirse.
—No —el monosílabo era categórico, aunque estaba expresado con el mismo tono neutro con que declaró lo anterior.
Kagome se sorprendió y lo miró directamente. InuYasha sólo le dio una mirada fugaz, mientras se ataba el pantalón a la cintura.
—No me dejarás aquí —quiso defender y sus palabras sonaron sin fuerza, no supo si era efecto del sueño que aún la rondaba o de la incomprensible decisión de dejarla atrás.
—Lo haré —aseguró su compañero, para enseguida tomar el kosode en una mano y dirigirse a la puerta de la cabaña.
—¡InuYasha! —intentó mostrar su malestar.
—Hablaremos cuando regrese—fueron sus palabras de despedida.
Cuando regrese —se repitió en la cabeza de Kagome.
Regresar era la única opción aceptable; no obstante, sentía el miedo que se le metía en los huesos cada vez que tenía que esperar a que aquello sucediese.
Escuchó el bullicio de los aldeanos alejarse y estuvo segura que su compañero ya les llevaba una buena ventaja.
Miró a su alrededor, aún algo desorientada por el abrupto despertar y comenzó a buscar su ropa para ir tras InuYasha.
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InuYasha podía oler levemente la sangre, tanto de los animales como de humanos. No parecía demasiada y eso de alguna forma lo animó, quizás no era un youkai demasiado poderoso, aunque eso no era algo que pudiese saber a esta distancia. Apresuró un poco más el paso; esperaba que sus amigos estuviesen bien.
No tardó en poner un pie en las inmediaciones de la aldea y pudo ver que los arrozales se iluminaban con los primeros rayos del amanecer, así como con el resplandor de los hilos dorados de la vestimenta del youkai. Contrario a lo que pudo pensar, se encontró con una hermosa mujer vestida con un kimono magenta e innumerables bordados dorados cuyos hilos resplandecían por la luz del sol y el fuego que comenzaba a consumir algunas cabañas. Los hilos se extendían desde ella como tentáculos que flotaban creando una imagen que podría definir como sublime. Las preconcepciones de maldad, demonio, peligro y etérea belleza se entrechocaban en su mente.
—No te fíes —escuchó una voz tras él. No se sorprendió, ya había percibido a Miroku—. Su belleza es cándida, pero su maldad horrenda.
Por un momento a InuYasha le pareció ver que la mujer se desfiguraba y uno de sus ojos cambiaba de posición, cayendo como si se le derritiera el rostro.
—¿Qué ha hecho? Además de quemar cabañas. No veo cuerpos —expresó InuYasha, preguntándose de dónde venía el olor a sangre, no había nada visible.
Miroku no alcanzó a responder. Uno de los hilos dorados destelló con más fuerza y su extremo se introdujo dentro de una de las cabañas, sacando de ella a un aldeano que gritaba desesperado. InuYasha reaccionó, echándose hacia el demonio, mientras desenvainaba a Tessaiga, no obstante, su movimiento no consiguió ser lo suficientemente rápido y el hombre fue llevado bajo tierra con un certero golpe que le destrozó el cuerpo. Luego la tierra se cerró entorno a ese espacio tragándose al aldeano.
InuYasha observó a Miroku; ambos fueron testigos de la obra del youkai.
—¡Hay que vaciar la aldea! —decidió InuYasha.
—En eso estamos —su amigo respondió, volviendo a su labor, recorriendo los lugares que aún no habían sido alcanzados por los hilos dorados del kimono de la youkai, mientras hacía sonar estrepitosamente su báculo a modo de aviso.
InuYasha observó durante un instante a Miroku. Era consciente del modo en que las personas consideraban a su hogar como el lugar más seguro del mundo y de lo mucho que costaba que se decidieran a abandonar ese espacio y los recuerdos que ponían en los objetos que coleccionaban dentro de ellos.
Volvió la mirada hacia el peligro y el rostro de la mujer youkai pareció desfigurarse nuevamente; entonces InuYasha comprobó que aquello no había sido su imaginación. Un nuevo hilo dorado batió en el aire, destellando e interfiriendo con su campo visual durante un corto momento. A continuación un par de animales pequeños fueron alzados y abatidos hacia el suelo, para ser engullidos por la tierra, del mismo modo que sucedió con el aldeano un instante atrás. La youkai pareció llenarse a aire y suspirar de alivio a continuación. Su rostro nuevamente era la imagen viva de la belleza; fue entonces que InuYasha entendió lo que estaba haciendo.
Alzó a Tessaiga y de un solo mandoble lanzó el kaze no kizu. Los hilos dorados formaron una barrera delante de la youkai, entretejiendo una red de tupidos filamentos que desviaron su golpe. No obstante, éste abrió la tierra por los costados del demonio, mostrando a InuYasha lo que suponía; restos de huesos, piel y ropas pertenecientes a las víctimas, además de un resplandeciente sistema de hilos que se asemejaban a las raíces de un árbol.
—Se alimenta de sangre —murmuró, comprendiendo por qué del débil olor de la sangre de los muertos.
¡No es suficiente! —escuchó la voz de la youkai, primero como un murmullo que se fue amplificando a medida que los hilos que la protegían se abrían y creaban la ilusión de hacerla florecer. InuYasha comenzó a barajar su posibilidad de ataque, sin embargo la siguiente declaración del demonio se llevó toda su concentración— ¡Dónde está la sacerdotisa!
InuYasha no supo si el silencio que se gestó alrededor era real o fue el pánico que lo invadió el que llegó a conseguir ese efecto. Los oídos se le taponaron y la sangre le corrió pesada y fuerte, irrigando el cuerpo. No lo pensó más, simplemente oprimió la empuñadura de Tessaiga con ambas manos y lanzó un kongōsōha, dispuesto a romper cualquier escudo que el youkai pretendiese.
¡Debía morir ya!
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Kagome se ató el pelo en una coleta, para que no le interfiriera en batalla y a continuación se calzó las sandalias. De camino hacia la puerta tomó el arco que tenía a un costado, junto a la pared, y se acomodó el carcaj al hombro. InuYasha había partido a la aldea hacía poco tiempo, el mismo que a ella le ocupó el prepararse. Era totalmente consciente de estar yendo en contra de lo que su compañero había esgrimido intentando dictar una orden; no obstante, él debía saber la improbabilidad de que ella, simplemente, obedeciera. Esto no era un acto de rebeldía, como cualquiera pudiese pensarlo, era un acto puro de amor. Con esa idea en mente, la que reafirmaría cuando InuYasha le recriminara su presencia, salió de la cabaña que compartían en dirección a la aldea.
El sol había comenzado a despuntar, lo que le daba a Kagome una mejor visión del bosque que debía cruzar. El silencio del lugar era abrumador, sólo comprensible por el miedo que las criaturas del lugar debían de estar sintiendo ante el peligro. Kagome lo percibió, primero como una onda que surcó el aire y parecía vibrar por las copas de los árboles, los matorrales e incluso la hierba a ras de suelo. Se quedó muy quieta cuando la vibración pareció provenir desde debajo de sus pies; en ese momento supo que el peligro estaba aquí mismo.
Llevó una mano atrás, al carcaj, para tomar una flecha. Los dedos le temblaron cuando el suelo bajo sus pies se elevó como si contuviese una enorme burbuja de aire. Kagome consiguió mantener el equilibrio y volvió a intentar tomar una flecha, la que pudo sostener justo en el momento en que un hilo dorado brotaba de la tierra como un tentáculo y comenzó a enrollarse en su pantorrilla. Disparó la flecha a esa corta distancia y está dio de lleno en el hilo en línea de suelo y entonces pudo ver que la energía de su flecha se ramificaba por unos cuántos metros bajo la tierra. Escuchó un chillido a lo lejos, quizás no demasiado lejos. Fuese lo que fuese, venía en su dirección. Miró a la distancia, con la esperanza de ver algo más que vegetación, no obstante la luz aún no era suficiente. Echó la vista atrás, a su cabaña y recordó la escalera que tenían por la parte de atrás y que le serviría para llegar al tejado.
Corrió en esa dirección, esperando que la altura le diese alguna ventaja. Cuando puso una mano en la escalera escuchó una voz de mujer que parecía susurrar por entre las hojas de los árboles, consiguiendo que su mensaje se expandiera.
Te encontré.
Fueron sólo dos palabras y Kagome sintió el miedo filtrarse por los poros de su piel. Sabía, sin ninguna duda, que hablaba de ella.
Intentó darse ánimo y respirar hondo, sin embargo no alcanzó a llenarse los pulmones antes de comenzar a subir la escalera con prisa. Una nueva onda en el aire comenzó a vibrar alrededor y Kagome tenía claro que luego se sacudiría el suelo. Alcanzó a caer arrodillada sobre el tejado y se sostuvo de la madera de éste para no caer.
Ahí estás —nuevamente la voz, esta vez más clara y más cercana. La indicó a ella y Kagome intentó mantener la calma, su mente le decía que de nada le serviría otra cosa.
Alzó la mirada en dirección al youkai que claramente la perseguía y pudo ver el resplandor dorado de hilos, procedentes de las ropas que vestía una hermosa mujer de pelo oscuro como la noche y con la piel igual de clara que la porcelana. El terror que parecía expandir alrededor contrastaba ferozmente con su apariencia y Kagome se supo sobrecogida por aquella sensación ¿Quién era esta mujer? ¿Cuál sería su historia? ¿Siempre había sido un demonio?
Sacerdotisa —la escuchó decir con tal vehemencia que sintió el modo en que su voz le vibraba en el cuerpo.
Kagome se puso en pie sobre el tejado, comprendiendo que no tenía tiempo para divagar sobre las preguntas de su mente. Tomó una flecha de su carcaj y la acerco al arco, aun sin apuntar.
—¡¿Quién eres?! —exigió.
La mujer pareció desfigurarse ante ella y la belleza que hasta hace resultaba asombrosa, comenzó a desvanecerse ante sus ojos. Los hilos del kimono parecieron perder armonía, se tensaron y se extendieron en su dirección. Kagome supo que no encontraría respuesta. Alzó el arco y disparó su flecha, consiguiendo que una parte de aquellos hilos se viene afectado por la energía espiritual de su ataque, el que se ramificó por los hilos, del mismo modo que la flecha anterior. Sin embargo, no estaba preparada para el siguiente ataque y notó que un manojo de hilos le enrollaba el tobillo, ascendiendo por la pantorrilla, para tirar de ella y alzarla como si volara. Kagome fue alzada tan alto que desde el punto mayor de aquel movimiento consiguió ver la aldea, el pozo y el Goshinboku.
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InuYasha.
InuYasha —escuchaba su nombre. El dolor comenzaba a aparecer en su cabeza, en sus hombros y brazos.
InuYasha —su nombre otra vez y a su mente vino la imagen del ataque que había lanzado y el modo en que aquella youkai vestida con ropajes dorados lo atrapaba con sus hilos, consiguiendo alzarlo con rapidez por encima de las copas de los árboles, tan alto que logró ver el pozo y el Goshinboku. Entonces el pánico lo inundó por completo.
¡InuYasha!
No sólo el grito de Miroku lo trajo de vuelta, también la desesperación por Kagome.
—¡El youkai! —exclamó en cuanto pudo abrir un ojo. Notó presión en el pecho y en el costado, también comprobó que le costaba respirar.
—Te azotó contra el suelo y se alejó —Miroku lo tocaba, como si quisiera comprobar algo. InuYasha oprimió los labios para contener una queja ante el dolor. Sólo en ese momento se dio cuenta que tenía medio cuerpo hundido en la tierra.
—¿En qué dirección? —insistió, mientras cargaba el peso en la mano derecha, para empujarse fuera. La muñeca le dolió profusamente, desperdigando un latigazo de dolor por el brazo hasta el hombro, anunciándole que estaba rota— Kuso —masculló, antes de volver a empujarse a pesar del dolor, esta vez ya pudiendo ayudarse con la otra mano— ¿Qué dirección? —insistió, una vez se liberó y se dejó caer sentado.
Miroku lo miró con inquietud, no necesitaba verbalizar nada, InuYasha lo supo.
Se puso en pie y trastabilló por un instante, volviendo rápidamente a una posición de seguridad, aunque ésta no duró demasiado, cayó de rodillas nada más dar dos pasos en dirección a su hogar.
Kuso —pensó la maldición y gruñó con fuerza, no podía permitirse la debilidad ahora.
Se volvió a poner en pie, cuidando de no apoyar el peso en la muñeca rota; la derecha, justo la que usaba para empuñar a Tessaiga. Otra maldición sonó en su cabeza antes de recoger la espada con la mano izquierda y echarse a correr todo lo rápido que el cuerpo le permitía. Por el dolor que sintió en el hombro derecho, estaba seguro que éste se había dislocado. Se detuvo junto a un árbol, nada más salir de la visión de Miroku, y tomó aire fuertemente antes de darse un golpe contra el tronco para devolver el hombro a su lugar. La maniobra lo consiguió, aunque también estuvo a punto de dejarlo inconsciente por el dolor.
Se permitió respirar por la nariz con rapidez, un par de veces antes de soltar el aire por la boca en una exhalación destinada a centrar su mente en lo importante; Kagome.
Mientras corría el camino que lo separaba de ella, e intentaba agudizar sus sentidos para saber qué estaba sucediendo, su mente se retrotrajo durante un instante y se preguntó qué habría pasado si la hubiese dejado venir con él. Al tomar una decisión era tan difícil saber si ésta era buena o no. Podía sentir la vibración en el aire y la tierra, a pesar de la carrera que llevaba, y el corazón parecía querer salirse de su pecho en un deseo vertiginoso por llegar antes que él. Entonces pudo ver un destello dorado, alto como la luz del sol y se detuvo en seco al ver que Kagome era alzada tanto o más alto de lo que había sido alzado él antes de ser azotado contra la tierra. Por su mente pasaron diferentes imágenes de Kagome; su risa, su enfado, el modo en que se sorprendía con cosas pequeñas. Ella cepillando su pelo. Ella jugueteando con los pies en el agua del rio. InuYasha sintió que todo el cuerpo se le drenaba de vida ante la idea de perderla.
Corrió nuevamente, aun sabiendo que era imposible que llegase para evitar la tragedia. Los ojos le picaban, la garganta le picaba y entonces, en mitad de la desesperanza más absoluta; un resplandor se abrió paso por sobre las copas de los árboles, como si se tratara de un sol de color rosa que buscaba emerger desde lo profundo del bosque. La luz creció en altura y extensión, pasando por entre la vegetación, los árboles e InuYasha. Éste se sintió inundado por una esencia que conocía muy bien, lo que consiguió que todo el dolor que ahora sentía se quedara relegado a un mero hecho, algo irrelevante de lo que ocuparse más tarde.
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Kagome permanecía recogida sobre sí misma en medio de la semi oscuridad que dejaban las maderas que la cubrían. No parecía estar herida, al menos no sentía más que el dolor de las magulladuras y el tirón que le había dejado en la pierna la mujer youkai al alzarla por el aire. Se mantuvo todo lo silente que pudo, su respiración aún estaba agitada, mientras intentaba dilucidar si había conseguido algo con aquella flecha purificadora que había lanzado al demonio en un acto de desesperación. Cuando se vio en el aire y consiguió vislumbrar la aldea, el pozo y el Goshinboku, pensó en que todo acabaría ahí y así; sin embargo, también consiguió ver una mancha roja que avanzaba en su dirección. No lo dudó, era InuYasha, y si ella no hacía nada la youkai lo atacaría. Olvidó la consideración de que ella misma iba de camino a su muerte, sólo pensó en su compañero y eso la llevó a ejecutar una maniobra rápida e inesperada incluso para sí misma. Esperaba que concentrar toda su energía en una sola flecha fuese posible, después de todo se había vuelto muy hábil con el arco y con su poder. En cuanto lanzó la descarga ésta se iluminó en su energía espiritual, como si la estuviese sacando desde su propio pecho. Los hilos dorados se fueron desintegrando en el trayecto y Kagome se sintió suspendida en el aire durante un corto instante, para caer a pocos metros por sobre la cabaña que se desplomó producto de la propia energía que la envolvía y protegía. Antes de quedar cubierta por los escombros, alcanzó a escuchar el inicio de un chillido proveniente de la mujer youkai, el que murió antes de ser expresado.
Aun así, se quedó todo lo silenciosa que pudo, interpretando si realmente aquel ser había desaparecido en la energía que le había enviado. Al paso de un instante escuchó la fricción de la hierba bajo los pies de alguien que corría y se acercaba a ella. Se le llenaron los ojos de lágrimas, no tuvo duda, sabía que era él, su compañero; InuYasha. Pudo escuchar el crujir de la madera que había compuesto su hogar a medida que era removida y su propio nombre dicho con desespero.
—¡Kagome! —la voz de InuYasha sonaba seca, incluso podría decir que rota. Ella misma se tardó un momento en encontrar su propia voz para responder.
—Aquí —dijo, sonando casi estrangulada—. Aquí —no fue muy diferente.
Quiso empujar una viga de madera que tenía delante, sin embargo no tenía la fuerza física suficiente. El obstáculo se movió igualmente y tras ello puedo ver la figura de InuYasha recortada por el sol.
—Kuso, Kagome —expresó su total alivio y anterior desesperación. Se arrodillo ante ella para rodearla con un brazo y pegársela al pecho. La forma en que dijo aquellas dos palabras le contaban la angustia que había pasado, sólo comparable con la propia, pensó.
Kagome se entregó al abrazo con toda la energía que le quedaba. Sentir a InuYasha con ella, vivo, y a salvo, era todo lo que necesitaba.
—¿Estás bien? —InuYasha se apartó un poco luego de hacer la pregunta, lo suficiente como para hacer un registro visual de su compañera, con el ojo que mantenía abierto.
—Sí —el monosílabo de respuesta se quedó colgando de una exclamación de pánico— ¡Tu ojo!
Ahora era Kagome quién hacía un registro visual de su compañero. Tenía el ojo ensangrentado y cerrado, con una inflamación visible. Su ropa estaba rota y hecha jirones por un lado del cuerpo y era el brazo de ese lado caía como si no pudiese usarlo. Ella extendió la mano y quiso tocarlo.
—Está la muñeca rota —InuYasha la detuvo y Kagome lo miró acentuando el pánico. Él, prácticamente rodó el único ojo que tenía abierto—. No es nada, estará curada para la tarde.
Kagome oprimió los labios, con un gesto terco que venía a mostrar su frustración. InuYasha le podía decir infinitas veces que sus heridas no importaban y la misma cantidad de veces ella sentiría angustia.
—Tú ¿Estás bien? —InuYasha volvió a preguntar, mientras tomaba la punta de la manga de su kosode y le comenzaba a frotar la mejilla. La vio asentir lentamente mientras observaba el panorama de maderas destrozadas y entre ellas, algunas de las vasijas que usaban para comer. Casi pudo adivinar el modo en que los pensamientos de Kagome estaban dirigidos, todos, hacia la preocupación—. Has hecho algo increíble derrotando a ese demonio —le recordó.
En ese momento Kagome lo miró a los ojos y él pudo ver la tensión de todo lo sucedido ablandándose por su cuerpo y saliendo de ella por medio de las lágrimas que comenzaron a barrer la suciedad en sus mejillas.
Sí, tendrían trabajo por delante y sí, probablemente les tocaría dormir en la cabaña de Kaede unas cuántas noches hasta levantar la parte de la cabaña que se había destruido; no obstante, nada de eso importaba ahora que estaban juntos y bien. Extrañamente, a pesar del desastre, y probablemente de forma egoísta considerando las vidas perdidas en la aldea, InuYasha se sentía en armonía, en paz, y en lo que él podía definir como felicidad.
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A diferencia de lo que pensaron al principio, no se quedaron con Kaede. Ambos miraron el estropicio en una esquina de su cabaña y consideraron que aun así podían habitarla. La segunda decisión que tomaron, después de aquello, fue la de darse un baño en el río, para sumar una tercera decisión; preparar algo de comer.
—Creo que se podrá utilizar parte de esto —mencionó InuYasha, mientras iba comiendo del guiso que Kagome había preparado en el hogar que, por suerte, permanecía intacto.
—Sí, también lo creo, y quizás nos dé la oportunidad de hacer un baúl más grande —respondió, observando los restos del que fue un almacenaje para sus hierbas medicinales.
—Así será —aceptó su compañero, en tanto movía la mano derecha de un lado a otro, como si buscase los puntos de dolor.
—¿Qué tal se va curando? —quiso saber. Al menos su ojo ya estaba abierto casi del todo, sólo faltaba que bajara la inflamación que quedaba.
InuYasha la miró, comprendiendo la necesidad de su compañera de llevar cerca de su conocimiento lo que sucedía con él y las características de su cuerpo. Estaba prácticamente seguro que nunca dejaría de sorprenderle la entereza de Kagome, parecía capaz de soportar cualquier cosa y quizás, justamente por eso, él procuraba cuidarla. Suspiro, recordando por qué la admiraba tanto.
—Va muy bien —acompañó la declaración con una sonrisa que al parecer no fue suficiente. Kagome extendió la mano, pidiendo tocar la suya.
La recibió, palma sobre palma, e InuYasha la mantuvo muy quieta mientras ella comenzaba a explorar con los dedos cada una de las falanges, los huesos y las articulaciones entre ellos. Le tocó la almohadilla junto al pulgar, con delicadeza y lo escuchó reír, además de notar que temblaba sutilmente.
—¿Qué pasa? —preguntó, aunque no había inquietud en su voz, a él no parecía dolerle. Quizás por eso la pregunta terminó siendo adornada por una sonrisa.
—Me haces cosquillas —le aclaró.
Kagome sonrió un poco más.
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La cuarta cosa que hicieron ese día fue improvisar una débil barrera de ramas y maderas que descansaban unas sobre otras, para suplir la pared caída y poder dormir aquella noche. Miroku y Sango habían pasado por el lugar hacía un rato atrás, para verificar que estaban bien y asegurarles que podían quedarse con ellos en su cabaña. Kagome e InuYasha lo agradecieron, sin embargo volvieron a aclarar que estaban bien. Ante esa decisión, sus amigos se ofrecieron para ayudar a crear una pared provisional con los escombros.
La historia de cómo Kagome había creado un enorme sol de color rosa, brotó de la boca de InuYasha con un extraño orgullo que ella sólo pudo soportar, hablando de cómo él había removido todas aquellas maderas con un ojo cerrado y una mano rota. Sango y Miroku se miraron en silencio, comprendiendo que sus amigos estaban bien. Compartieron teorías sobre la youkai que los había atacado y aunque no podían asegurar nada del todo, coincidieron en que probablemente algún espíritu se quedó arraigado al kimono dorado o bien alguien se apegó de tal modo a la prensa que le dio un alma.
Finalmente se quedaron solos, cuando el atardecer remitía y la noche comenzaba a ganar espacio en el cielo. Kagome no podía creer que todo lo sucedido sólo abarcara el tiempo de un día.
—El agua está caliente —anunció InuYasha, pensando en la alivio que ambos necesitaban.
Kagome estaba de acuerdo y se acercó a su compañero que acababa de apartar el agua del fuego, si llegar a alejarla demasiado.
Se arrodilló tras InuYasha y sin llegar a preguntar nada lo abrazó, rodeándole la cintura para descansar la cabeza en su espalda. Sintió que él respiraba hondo, como si se recompusiera, para exhalar con calma en tanto ponía una de sus manos sobre las de Kagome. Se quedaron así por un rato, en silencio, como si esperaran a que las piezas de este día encontraran finalmente su sitio.
Kagome fue la primera en moverse y lo hizo buscando la atadura del cinto que sostenía el hakama de InuYasha en su cintura. Él le facilitó la tarea, apartando las manos, las que fueron a descansar sobre los muslos en una posición tranquila. Cada gesto parecía ir en consonancia con el anterior e inevitablemente con el siguiente. Ambos necesitaban del silencio y de la calma para reconstruirse después del miedo.
InuYasha permitió que su compañera maniobrara con su ropa, desatando el cinto y liberando el hitoe, para que Kagome volviese a sentir el espacio de paz que había sido su hogar hasta hoy. A su mente, y a su corazón, vino el recuerdo del terror tan profundo que tuvo a perderla; suponía que ella estaba lidiando ahora mismo con esas mismas emociones. Sintió los dedos rozando los abdominales cuando ella tomó las solapas del hitoe y comenzó a echarlo atrás. Notó que se detenía cuando éste comenzó a caer por los hombros y percibió un leve cambio en la respiración de su compañera. Amaba cada uno de esos sutiles detalles en ella y el modo en que los había aprendido todos. Echó la vista atrás y la encontró centrada en su labor.
—¿Quieres que lo haga yo? —InuYasha le ofreció ayuda con las mangas de la prenda.
Kagome lo miró y le mostró un gesto suave, semejante a una sonrisa, para luego negar.
Echó los brazos atrás, haciendo una mueca cuando la molestia en el hombro le recordó que lo tenía dislocado horas atrás. Notó la tela al ser deslizada y el calor del fuego que mantenían encendido le tocó directamente la piel. Las manos de Kagome removieron su abundante pelo platinado a un lado y luego se deleitó con el tacto de los dedos que le recorrieron la espalda, desde los hombros, hasta más abajo de la cintura. A continuación la escuchó suspirar, como si liberara parte de la tensión acumulada, parecía sentir algo de alivio.
—¿Me das la tela? —pidió Kagome y él comprendió que se refería a la tela humedecida en el agua caliente. La tomó y se la entregó. A continuación sintió el tacto húmedo en la piel.
Su compañera recorrió cada espacio de su espalda con lento cuidado. El calor húmedo lo iba relajando poco a poco y llegó a sentir que toda la angustia de ese día quedaba muy lejos, igual que si hubiese sucedido hace mucho tiempo.
—¿Te duele? —la escuchó preguntar, cuando estaba a su lado, alzada sobre sus rodillas y con la tela caliente sobre su hombro.
InuYasha negó y puso su mano sobre la tela que Kagome estaba usando, para volver a limpiarla en el agua y mojarla a continuación en el agua caliente. Luego de eso la dejó reposar a un costado de la olla. Su compañera observó la labor sin moverse del lugar en que estaba e InuYasha uso ese punto de inacción para girar de medio lado y comenzar a desatar la yukata que Kagome vestía.
—No he terminado contigo —mencionó, sin que sus palabras llegasen a ser una queja.
—Ya terminarás —la conformó, observando en todo momento su labor con la yukata.
Kagome se mostró dócil, del mismo modo que había hecho él un instante antes. Miró las manos con garras tan fuertes que podría destajarla, sin embargo actuaban con cuidada delicadeza mientras le abrían la prenda. Ella deslizó la ropa por los hombros y ésta no tardó en caer al suelo, dejando su cuerpo cubierto sólo por las vendas y el fundoshi. InuYasha la observó como si se asegurara de no ver en ella alguna herida que no hubiese considerado en su primera inspección. Sólo se encontró con los mismos dos moratones en el brazo y en el muslo, que comenzaban a oscurecerse. Tomó una de sus manos y extendió el brazo para recorrerlo con la tela mojada en agua caliente.
Se habían metido al río durante el mediodía, con eso habían quitado la suciedad. Era por eso que este momento estaba destinado a otorgar consuelo a una musculatura cansada por la tensión.
—Hoy tuve mucho miedo —dijo InuYasha, sin alzar la voz y sin dejar de mirar la piel que iba humedeciendo con la tela.
—Lo sé —aceptó, con tanta suavidad que a él casi pareció oír su propio pensamiento.
—No volveré a dejarte sola —decidió, lamentándose.
Pudo ver que Kagome respiraba hondamente y se tensaba al punto de retirar su mano del agarre que él tenía en ella. Luego comenzó a hablar, sin mirarlo y sin volver a respirar hasta que terminó.
—No podías saber. No podíamos saber; no podemos saber nada en realidad, nada de cómo irá la vida o de cuánto durará. No podemos saber cuánto estaremos juntos; no puedo saber si un día me dejarás porque un maldito demonio encolerizado te arranca un brazo o la cabeza o… lo que sea. No puedo saber…
La dejó decir todo lo que necesitaba y cuando terminó, él dejó olvidada la tela a un lado y la tomó por ambos codos para atraerla a su regazo.
Kagome alzó la mirada cuando InuYasha la sostuvo y se encontró con sus ojos que parecían pedirle la cercanía que ambos precisaban. Ella descansó las manos sobre los hombros desnudos de su compañero, notando de inmediato la tranquilidad que le daba su calor. Se acomodó a horcajadas sobre él y suspiró cuando lo tuvo lo suficientemente cerca como para que un beso no le tomara más de un corto movimiento. Podía parecer extraña la forma en que el cuerpo le pedía cercanía, quizás absurdo, sin embargo Kagome entendía que era la parte más básica de ellos, la que los conectaba con la vida, la que se manifestaba en este momento.
Primero le tocó los labios con un beso casi podría decir que virtuoso, el que de inmediato le pareció pequeño, así que avanzó. Tomó el labio inferior de su compañero, dócil y dispuesto, para humedecerlo entre los propios. Kagome comenzó a experimentar una nueva intensidad, nacida de la consternación que había experimentado. Tocar sus labios, después de un día completo de sobrevivir al caos, le resultaba insuficiente. Se oprimió con todo el cuerpo hacia InuYasha y presionó su boca con la de él, hasta que los colmillos le pincharon los labios y entonces lo escuchó gruñir. Sintió que sus manos la sostenían por los costados y le imponían un movimiento de densa pasión. El beso se estaba transformando en el catalizador de toda la ansiedad contenida. Kagome se descubrió reconociendo un pensamiento fugaz, aparecido en el momento en que comprendió que InuYasha se acercaba a la cabaña y a la mujer youkai que la tenía alzada con uno de sus hilos dorados. Su mente recreó, por un breve instante, la angustia ante la posibilidad de verlo morir.
—Te amo —le confesó, con la voz tomada por la desolación que ese pensamiento le instalaba en el pecho y sin dar tiempo a una respuesta verbal, continuó el beso del que InuYasha se apoderaría de inmediato.
La corta afirmación que Kagome acababa de expresar fue suficiente para él. InuYasha se aceptó y se reafirmó a sí mismo al entender que no era el único al que le urgía más contacto. En medio del beso, que se convirtió en una caricia demandante, sus manos descendieron desde las costillas de su compañera hasta su cadera y de ahí a la redondeada forma de su trasero. Oprimió la carne y la atrajo hasta sí, para que ella notara el modo en que se estaba endureciendo. Su cuerpo se preparaba para exigir estar dentro y ella se disponía para recibirlo; lo notaba en su aroma y en el modo en que se acariciaba hacia él, buscando que el contacto físico fuese más vivo, mucho más cercano.
InuYasha registró con sus sentidos el entorno, asegurándose que todo alrededor sucedía de forma natural; el sonido de los pájaros nocturnos y los animales que solían merodear a esta hora estaban ahí, presentes. La sensación de hábitat natural le dio calma y decidió que sentiría a Kagome tanto como ella quisiera. La acarició con firmeza y se llenó la boca con cada suspiro que ella emitía. Notó las manos de su compañera recorrerle la piel desnuda, hasta que la caricia llegó al ombligo y comenzó a rozar con perezosa calma el vello que subía hacia su vientre. La tensión de su sexo se hacía más evidente y no podía importarle menos, sentía el deseo de un modo amplificado, ramificado, haciéndose de las emociones del mismo modo que de las sensaciones del cuerpo y los pensamientos; parecía estar mutando en algo que él había alcanzado a dilucidar en sus encuentros anteriores, sin llegar a analizarlo demasiado. Era un todo.
Kagome —murmuró su nombre en medio del beso, en medio de todo—. Kagome —volvió a decir, perdiendo el aliento después de saborear cada sílaba como una nota que a ella la hacía vibrar.
Te necesito —la escuchó susurrar muy bajito, en tanto le rodeaba la erección con los dedos y frotaba su sexo hacia él. InuYasha comprobó que la voluntad era algo débil y permeable; aun así intentó mantenerla.
—No hay prisa —respondió, buscando despejar el cuello de su compañera y darle suaves mordiscos que la hicieron temblar en sus brazos.
—No creí que me escucharas —sonrió y tembló y suspiró.
—Siempre te escucho —le aclaró—. Ahora mismo oigo la fuerza y la rapidez con que late tu corazón —para ese momento estaba dejando un beso en la clavícula y desde ahí descendió al pecho cubierto por la venda. Lo alzó con una mano y recorrió la tela con la punta de la lengua para encontrar el pezón y atraparlo entre los dientes. Kagome se tensó y aspiró el aire con avidez. Los dedos que rodeaban su sexo tiraron de él e InuYasha siseó y se contuvo de morder con más fuerza.
Todo aquello generó en ambos un ansia viva que amenazaba con consumirlos. Kagome decidió tomar el mando y lo empuñó para crear un movimiento que a InuYasha lo dejó sin aliento en un instante. La miró a los ojos y ella pudo ver el modo en que la pupila pareció consumir el fuego del dorado. Buscó liberarse de las vendas y él la ayudó sin cautela. Cuando tuvo a la vista el pecho desnudo lo tocó con ambas manos, lo recorrió y acunó cada uno de ellos, pinzando los pezones entre los índices y los dedos corazón. Podía sentir el latido de la sangre de Kagome en la palma de la mano y volvió a besarla para comprobar que seguía sabiendo tan bien como hasta hace un momento. Jadeó, cuando ella tocó nuevamente su sexo, esforzándose por liberarlo del fundoshi; con eso también la ayudó.
—Lo despedazaras todo —sonrió ella, en medio del beso.
—No, no todo —declaró y Kagome notó la sacudida de excitación que le produjo la idea implícita de esas palabras—.Tómame —le pidió InuYasha a continuación.
—Tranquilo, no hay prisa —respondió, intentando una sonrisa.
Él la miró con intensidad y la sostuvo hacia su cuerpo para llevarla luego al suelo de madera y posicionarse sobre ella. Kagome soltó el aire en un jadeo ante la sorpresa de la maniobra y luego se quedó mirando los hermosos rasgos de su compañero ante la luz del fuego.
—Kuso, mujer, eres tan pequeña y tan difícil —la voz de InuYasha había bajado un par de tonos, haciéndose oscura e intensa.
Kagome sintió que la piel se le erizaba. Él sólo la miraba y en esa mirada estaban tácitos el deseo que sentía, el miedo que tuvo, la inseguridad por el futuro y el amor que le profesaba. Se sintió desbordada al descubrir todos aquellos matices, porque eran los propios y los estaba viendo en su compañero como si se tratara de un espejo. Sin proponérselo, de forma instintiva, le sostuvo la cadera con los muslos.
—Te necesito —volvió a declarar, esta vez sin espacio para la dilación.
InuYasha se inclinó y le lamió la boca y la mandíbula y el cuello. Se deshizo de la ropa de ambos y en el proceso Kagome sintió la lengua recorrerle el pecho, la cintura y el muslo. Ahí se detuvo y la tocó entre las piernas con las coyunturas de los dedos. Ella negó con un gesto, ya tendría tiempo para eso después, Kagome no necesitaba satisfacción, exigía posesión; pura y primitiva. Necesitaba tocar a InuYasha con fuerza, acariciarlo a manos llenas mientras se hundía en ella y marcarle las uñas en la piel cuando el placer los alcanzara con tanta fuerza que no quedara duda en ellos de que seguían vivos.
Quizás fuese esa sensación de reflejo que ambos estaban experimentando desde el inicio de este encuentro, o quizás la ansiedad que los guiaba; lo cierto es que InuYasha la comprendió. Se alzó hacia ella, sosteniendo el peso de su cuerpo en los brazos, para no dejar de mirarla mientras buscaba entrar en su cuerpo. Kagome escrutó su erección con ambas manos y se tocó con la punta del sexo, acariciándose y acariciándolo a él en el proceso. InuYasha contuvo el aliento, y la avidez, presionando los dientes sobre su propio labio hasta que su compañera decidió que era momento.
Lo dirigió hasta la entrada de su sexo e hizo un suave movimiento para humedecer la punta y pudo ver que InuYasha entrecerraba los ojos en un gesto dedicado exclusivamente al placer que sentía. Kagome habría extendido ese instante por muchos más, de no ser por su propio deseo. Volvió a sostenerle la cadera con los muslos y alzó la propia para apoderarse de la erección de su compañero. Ella misma cerró los ojos y se mantuvo muy quieta, sintiéndolo dentro, mientras sostenía su posición con los brazos y las puntas de los pies. InuYasha soltó el aire en una mezcla excitante entre un resoplido y un gruñido. Kagome lo miró y pudo vislumbrar el brillo de sus colmillos en un gesto de pura resistencia.
Hazlo —le susurró, sabiendo perfectamente lo que él quería.
La mirada que puso en ella pareció filtrársele por la piel, hasta licuarle los huesos. Luego de eso la avasalló hacia el suelo desnudo de la cabaña y gimió sobre su oído lo único realmente importante en todo esto.
Te amo.
Esas dos palabras eran la obra final de cada parte de lo que componía a InuYasha ahora mismo y Kagome las recibió para convertirlas en el todo que era ella en este instante.
Se abrazaron, se besaron y sintieron el modo en que la piel traspasaba el calor de otra piel. Al paso de un momento el roce de la madera incomodó a Kagome en la espalda y sin tener que decir nada fue alzada con un movimiento que mantuvo la unión intacta. Se abrazó con más fuerza a InuYasha, dejando que él manejara su cuerpo adelante, atrás y ligeramente arriba, creando entre ambos una fricción que los estaba llevando directo al orgasmo. El fuego crepitó con fuerza, llevándose la atención de ella por un instante; sin embargo InuYasha la recuperó de inmediato, lamiendo y succionando un pezón. Kagome volvió a sentir que el cuerpo se le tensaba sin regreso y su sexo cosquilleaba de aquella forma exquisitamente desesperante que antecedía a la liberación. Notó los primeros espasmos, cortos y acompasados con las entradas de InuYasha, para luego sentir que toda su energía se centraba en un único momento de tensión, dirigido a oprimir, aprisionar y someter el sexo de su compañero.
Lo escuchó respirar agitadamente. Sintió que las manos de él la sostenían con fuerza y cuidado a la vez. Los espasmos llegaron y su sexo se humedeció y calentó más, bañando al de su compañero con las sensaciones de su orgasmo. El mundo, el espacio en el que estaban, el miedo vivido; todo desapareció durante un instante, excepto él dentro de ella. La culminación de InuYasha tardó un poco más, sólo un poco, lo suficiente como para que Kagome fuese consciente del momento. Le escuchó el reverberar de un gruñido que nacía en el centro de su pecho, lo contuvo en la garganta durante un breve instante en que la dominó hacia abajo y hacía él, con ambas manos en la cadera. Kagome ayudó con el gesto, posicionando sus propias manos en la de su compañero y entonces lo miró a los ojos, encontrando lo de él cargados de fiereza; ahí estaba la vida pura que buscaban, la sobrevivencia. Kagome fue consciente de las sacudidas dentro de ella y el gruñido de InuYasha finalmente llegó hasta su boca, brotando de él con la misma fuerza que lo hizo su simiente.
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El amanecer del siguiente día los encontró desnudos, abrazados uno hacia el otro y con media cabaña que reconstruir. Kagome miró a su compañero, extrañamente aun dormido a esta hora. Se sintió agradecida por tenerlo y deseó que fuese así por siempre. InuYasha respiró profundamente y soltó el aire en un suspiro, ella tuvo la sensación de que se había llevado con él su deseo para poder concedérselo. Entonces cerró nuevamente los ojos y dejó que el amanecer llegase del todo.
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N/A
He aquí lo que he bautizado de modo coloquial como el "lemon mutante". Esto comenzó como un relato destinado al erotismo y sólo al erotismo, sin embargo llegó un momento en el que me faltaba "la razón de ser" y ahí comenzó la aventura que decantó en un lemon nuevo y distinto, nacido de otra emoción.
Esto se queda en la Antología de ETERU, porque no puede ser de otra manera; así me los imagino a ellos.
Espero que les gustase y que me cuenten en sus comentarios.
Besos
Anyara
