EL FINAL EN EL VALLE

El fuego envuelve a Naruto y visto desde lejos es como una almenara en medio de la noche. Las llamas se enroscan en sus brazos, en sus piernas, en su cuerpo, demasiado intensas como para que esta lluvia, por fuerte que sea, pueda apagarlas. Hay un instante en el que sus ojos pierden la luz y él se derrumba, cae al barro junto a la orilla del lago. Y Sasuke, que respira pesadamente cerca de él, baja la mirada. "Se ha acabado."

— Te dije que te marcharas. ¡¿Por qué jamás escuchas a nadie, idiota?!

La rabia y la frustración que siente le hacen gritar esta última frase. ¿Qué sentido a tenido todo esto? Menudo desperdicio. Da igual lo cabeza hueca, lo inútil que sea su antiguo compañero de equipo: no tenía por qué acabar así. Lo que cruza el corazón de Sasuke ahora mismo se parece a la pena. Pero, espera, Sasuke. Quizá sea demasiado pronto para la compasión. A lo mejor de quien tienes que preocuparte es de ti mismo.

— Tú... — Algo ha sucedido. Sasuke tiene los ojos muy abiertos: sus iris, todavía pintados con las aspas del sharingan, tiemblan del shock— ¡No puede ser!

Ah, ya te has dado cuenta. Todavía queda vida en Naruto. Puede que hayas ganado la pelea contra él, pero aún te queda un segundo oponente al que enfrentarte. O más bien un oponente al que sobrevivir: la bestia legendaria, el Zorro de las Nueve Colas.

Porque las llamas ya no consumen el cuerpo de Naruto: su chakra consume a las llamas. Es un chakra tan intenso que puedes verlo, ya no en forma de neblina, sino de algo más denso; algo que flota, se tuerce y burbujea, formando un aura a su alrededor. Es ese mismo chakra, helado y lleno de malicia, el que lo hace levitar, levantándolo del suelo como una corriente de aire hasta que se pone en pie. Hay un segundo en el que todo se pausa. Sasuke respira pesadamente, el otro sigue inmóvil. Ambos quedan frente a frente bajo la intensa lluvia. Entonces, Naruto levanta la mirada. Ya no hay nada de humanidad en ella.

— ¡Muy bien, ven a por mí! — Grita Sasuke, reuniendo cada onza, cada trocito de su chakra— ¡Ven como humano, como bestia, me da igual! ¡Todo lo que me lances lo destrozaré! — Y con otro grito, Sasuke concentra todo el chakra que puede en su mano derecha, y libera su más poderosa técnica.

Al principio, es como si tuviera un puñado de rayos entre los dedos. Pero éstos no tardan en desbordarse y cubrírselos por completo. Es una de esas técnicas que fueron diseñadas con el único propósito de matar al oponente de un solo y letal golpe. Ahora que Sasuke carga hacia adelante, envuelto en una maraña de chakra eléctrico, podemos escuchar su nombre:

— ¡Chidori! — Y poniendo todo su empeño en este ataque, Sasuke apunta directamente al pecho de su amigo, con una mano que ahora es como una lanza de rayos...

El problema es que Naruto ya no está ahí. Los ataques en línea recta no sirven de mucho si tu oponente es más veloz que tú. Y créeme, hay mucha diferencia entre ellos dos ahora mismo. Es como si hubiera desaparecido ante los ojos de Sasuke. Su sharingan de dos aspas no es capaz de seguirlo hasta que... ¡ahí está! Él también ha cargado hacia adelante y ahora está muy pegado a él, metido en su guardia, y agachado de tal manera que el puñetazo le viene desde abajo, ascendiendo como un gancho que le pega en el estómago doblándolo por la mitad y en este mismo momento Sasuke pierde el control de sus pensamientos y de su chakra por un segundo; sus iris se emborronan, el Chidori desaparece, y él escupe sangre...

... Naruto adelanta una pierna y la clava firme en el suelo, sonríe, no, se ríe, y con Sasuke aún colgando de su gancho de derecha reúne sus fuerzas y lo lanza hacia atrás con el puñetazo más fuerte que ha lanzado en su vida. Sasuke se estrella contra la montaña con la fuerza de un disparo. Y a partir de aquí su conciencia empieza a fallar.

Ahora sus pensamientos están metidos en el lodo. Tiene la visión borrosa y le cuesta respirar. Pero vuelve a levantarse de entre los escombros. Y aunque él no lo sabe, en sus ojos ahora hay tres aspas en lugar de dos.

— Esto no se ha acabado — murmura, sintiendo el sabor de la sangre en la garganta— vamos, ven a por mí, monstruo.

A lo lejos, lo que sea que Naruto es ahora camina lento hacia él, riéndose por lo bajo. El manto de chakra que lo envuelve ahora forma las orejas y la cola del Zorro: visto en medio de la noche, da la impresión de estar frente algo demoníaco. Algo sobrenatural. Y ese algo se lanza hacia delante, ataca.

Lo que sigue no es una pelea. Es Sasuke tratando de sobrevivir. Los ataques de Naruto son rápidos y salvajes y si todavía no ha acabado con él, es porque está utilizando todo lo que sabe, cada truco, cada técnica, para evitar que ese golpe final le alcance. Podría ser cualquiera de ellos. Ese puñetazo que ahora silba por encima de su cabeza parecía capaz de sacársela de los hombros. Ese gancho que sin tocarle le hace sangrar la nariz con la presión del aire se siente igual de peligroso. Esa embestida, corriendo a cuatro patas como un animal, se estrella contra la roca sin alcanzarle y aún así la destroza... ¿qué habría sido capaz de hacerle a él?

A este paso no hay salida. En algún momento el chakra se le acabará y eso será todo. ¡Elemento fuego: gran bola de fuego! ¡Llamas del sabio fénix! ¡Utilízalas todas, Sasuke! ¡Alcánzale, incluso! Pero mira cómo camina a través del fuego como un demonio. Nada de lo que le lances puede hacer mella en su armadura de chakra. A menos que...

Sasuke saca un kunai de su bolsa de herramientas y echa a correr contra Naruto. Si te vas a enfrentar a la muerte que sea de cara. "Ahora concéntrate. Tienes que esquivarlo. Tienes que hacerlo..." Nada más formular ese pensamiento, Naruto también echa a correr. Por supuesto mucho más rápido que él. Pero Sasuke está preparado, se agacha por debajo del puñetazo que viene directo hacia él, y envolviendo el kunai con su chakra, se lo clava en el manto de chakra a la altura del abdomen; luego salta todo lo que puede hacia el frente, de manera que cuando gira en el aire, el otro le da la espalda.

— ¡Eh, tú, Zorro! ¡Aquí arriba! — Los ojos rasgados se giran bruscamente hacia él. Y entonces suceden dos cosas. Lo primero es que Sasuke le sostiene la mirada, y su sharingan se activa. Lo siguiente es que lo atrapa en una ilusión.

Hipnosis. Ese es uno de los poderes de la pupila giratoria. Un usuario de sharingan es capaz de atraparte en una ilusión si su mirada se encuentra con la tuya. Hay habilidades que funcionan incluso cuando tu oponente tiene un poder mayor que el suyo. Y ahora que Naruto está paralizado, mirando al frente como absorto en algo, Sasuke tiene el tiempo suficiente como para formar los sellos de su Chidori una vez más. Pero esta vez no es igual que la anterior. Hay algo distinto en él.

No es sólo que su chakra se esté multiplicando: su aspecto ha cambiado también. Las manchas del sello se han expandido hasta cubrirle todo el cuerpo; su cabello ha crecido en longitud, y unas alas monstruosas, hechas de carne, brotan de su espalda como dos manos enormes... Es el segundo estadio del Sello Maldito de Orochimaru. Y ahora, el oscuro poder que el sello inyecta en el cuerpo de Sasuke se está traspasando a su técnica, que ya no es azul, sino blanca y negra; que ya no parece electricidad, sino algún tipo de maldición. Y los rayos que antes chillaban como mil pájaros, ahora suenan como un lamento.

— ¡Aquí se acaba todo, Naruto! — Es veloz como una descarga eléctrica. Donde antes le faltaba velocidad, ahora le sobra para sorprender a un Naruto que empieza a despertarse de un genjutsu... demasiado tarde. Sasuke forma un sello con la mano libre y los pergaminos explosivos que había pegado en el kunai de antes explotan, disipando el manto de chakra, y creando el espacio perfecto para que el ataque de Sasuke le golpee de lleno, esta vez sí, en sus propias carnes—: ¡Chidori!

El grito, el aullido de dolor, es el de un animal. Naruto se mueve lo justo como para que el Chidori no le alcance en el centro del estómago, sino a un lado, en un costado. El daño es de todas maneras brutal. Piensa en una cuchara sacando un trozo de mantequilla tibia. La técnica de Sasuke le arranca un trozo de sí, dejando la carne quemada, chamuscada, al contacto... Los iris de Naruto encogen. Su corazón late una sola vez, con fuerza, y la reverberación le sacude el cuerpo como una onda de energía. Y sucede: su cola de zorro crece en tamaño, también en grosor, y finalmente se divide en dos.

Esta vez es Naruto quien le busca con la mirada. Y en un instante Sasuke se ve a sí mismo en la misma caverna que su amigo vio antes, solo, en medio de la oscuridad, con el Zorro de las Nueve Colas observándole desde su jaula inmensa.

— ¿Me tienes miedo, niño Uchiha? — Su voz grave retumba en el suelo y en el pecho de Sasuke— No es necesario: tú ya estás muerto. Tan solo quería verte con mis propios ojos antes de hacerte pedazos.

— Serás tú quien muera aquí, ¡monstruo! Un Uchiha ya te derrotó antes. Yo seré el segundo en hacerlo.

— ¡Ja! Desde luego te pareces a él. Aunque sólo sea en lo arrogante que eres. — El Zorro ríe maliciosamente— Adiós, Sasuke Uchiha. Disfrutaré viéndote morir.

De pronto vuelve a la realidad y lo ve. Es Naruto formando su técnica final, el rasengan: la esfera giratoria. Las dos colas a su espalda se han convertido en grandes brazos de chakra cuyos dedos, imposiblemente fuertes, aferran a Sasuke por los dos hombros. Así que no hay salida. Esa masa de chakra carmesí es mucho más grande, más densa, de lo que Naruto podría formar por sí mismo; si un rasengan normal es capaz de destrozar a una persona, ¿qué podrá hacer si utiliza el chakra del Zorro?

Algunos dicen que cuando estás a punto de morir ves tu vida pasar ante tus ojos. Es mentira. Lo único que Sasuke ve cuando el rasengan le golpea en el centro del pecho como un ariete de asedio es la cara de su amigo difuminándose por momentos. Y después de eso, un rapidísimo, casi instantáneo, fundido a negro.

¡ADIÓS! ¡NARUTO UZUMAKI!

Unos segundos antes, en el mundo ilusorio

Imagínate solo en este mundo. No hay ni un cielo, ni una tierra, ni nadie con quien compartirlos: todo lo que existe es un vacío infinito, y tú estás en su centro. Ahora te haces una idea de cómo se siente él.

¿Y quién es él? Pues el muchacho que aparece en escena, primero desde lejos —y como en una película— cada vez más de cerca. Así que, aunque sea fugazmente, podemos verlo bien: tiene el cuerpo pequeño, la piel clara, y un símbolo pintado en la tripa. Vemos sus mechones alborotados y del color de los girasoles; las tres marcas, como arañazos, que tiene en cada mejilla. Pero no es hasta más tarde, cuando sólo le enfocamos la cara de cerca, cuando los vemos. Esos ojos encendidos como lámparas de papel, rojos como la sangre, y llenos de malicia.

Hay un reflejo en esa mirada. Se trata de otra persona, pero está a suficiente distancia para que no sepamos quién es. Así que giremos la cámara ciento ochenta grados para enfocar un chico idéntico al anterior. Tiene el mismo cabello, las mismas marcas, el mismo dibujo en el estómago. La única diferencia es que en sus iris azules no hay una maldad tan obvia, ni un hambre tan feroz.

— Y bien, ¿te has decidido ya? — Ahora les vemos a los dos desde lejos. El primero de los chicos esboza una sonrisa forzada y cruel, a la que el otro no reacciona— Porque no nos queda mucho tiempo, sabes. Ah, bueno, supongo que no puedes oírme. Es mejor así: seguro que tomarías alguna decisión estúpida.

» No te preocupes, que la tomaré yo por ti. Sabes que sé qué te conviene.

Imagínate que pudieras sacudir el mundo con una palmada. Para que, de pronto, un cielo estrellado apareciera sobre nuestras cabezas; y al mismo tiempo, en todas direcciones, naciera un bosque espeso de hojas y de niebla, cercando el valle al que los shinobis llamaron el de la Muerte. Ahora sabes lo que acaba de suceder. Porque los dos chicos ya no están solos en este mundo, no: ahora se miran el uno al otro, en la orilla del lago, y en medio de ambos, como en una pintura, ruge la gran cascada.

— Si te sirve de consuelo, esto iba a suceder tarde o temprano. Y los disgustos es mejor quitárselos de encima pronto, ¿a que sí? No sea que te hagas falsas ilusiones.

Los dos están alineados con los titanes de piedra que coronan el valle: a la izquierda, la escultura de Madara Uchiha, y a la derecha, la de Hashirama Senju. Y hay un instante, un flash, en el que sucede algo extraño. Los cuerpos de los chicos parpadean, desaparecen. Y en su lugar aparece la escena que vimos antes: Naruto, envuelto con su manto de chakra, siendo atravesado por el Chidori de Sasuke Uchiha. Luego, ellos tambien desaparecen, y el Naruto real es sustituido por sus dos versiones imaginarias.

Suena un chasquido cuando uno forma un sello con los dedos. Y la melodía de un instrumento de cuerda acompaña la aparición de los barrotes de la inmensa jaula que brota, como la proa de un barco, del interior de la cascada. Es la prisión colosal del Zorro de las Nueve Colas. Pero no hay ninguna bestia dentro.

Está vacía. El sello está roto, y las puertas, abiertas de par en par.

Las manos del chico forman otro sello y el lago gira sobre sí mismo, como una maqueta, hasta que el de los ojos azules queda dentro de la jaula tras la cascada. El otro empieza a reír, feliz, y en lo que la imagen se emborrona y se disuelve, hay un tercer sello, y las puertas de la jaula se cierran.