LUCES FUERA
Kakashi Hatake aterriza de un gran salto junto al lago, seguido de un grupo de ninjas de grado medio. De poco van a servir: ya es demasiado tarde.
La imagen que tiene delante le helaría el corazón si eso todavía fuera posible, pero después de todo lo que ha vivido, de las cosas que ha tenido que soportar, le basta con soltar un breve suspiro. Luego su mirada se endurece, y un tono estrictamente profesional, dice:
— Limpiad este desastre. — Y su escuadrón, formado por los chunin más fiables que pudo encontrar (si es que esta frase significa algo), corren hacia los chicos que yacen, uno junto al otro, en la orilla del lago.
Los médicos van los primeros; van vestidos de blancos, con la cara tapada, y se mueven en perfecta sincronía. La Hoja se enorgullece de tener algunos de los mejores ninjas médicos del mundo. La opinión de Kakashi es distinta. "Si alguno de estos tipos vale para algo", piensa, "me llevaré una buena sorpresa." Lo que sigue es una cacofonía de voces tratando de poner orden: la situación es mucho peor de lo que los médicos esperaban.
— Los vamos a perder — dice uno.
— Tiene un agujero en...
— Necesita un hospital — dice otro— aquí es imposible... ¡eh! ¡echadme una mano!
— ¿Te has fijado en sus ojos? Los tiene rojos, son como los de...
— Eh — le corta Kakashi— cállate y trabaja.
— Esto es imposible, señor, no podemos...
— ¡Mierda!
— Kakashi — Uno de los chunin más experimentados se acerca a él desde un lado— Ya han recuperado al resto de los chicos. Sugiero que volvamos a la aldea; aquí carecemos de medios...
— ¡Agh! ¡Me ha mordido!
Uno de los médicos que atendía a Naruto se encoge sobre su mano derecha, manchándose la ropa de sangre.
— ¡Hijo de...!
— Aparta. — Kakashi lo empuja a un lado si miramientos y se planta junto a Naruto, quien se debate por liberarse de los dos médicos que tratan de sujetarlo. Por lo que parece no está del todo consciente, y no es de extrañar. La herida que tiene en un costado ya habría matado a una persona menos resistente que él. El factor curativo del Zorro ha ayudado, sin duda. Pero todas las cosas tienen un límite. Kakash se agacha a su lado y le da unas suaves palmadas en la cara. Luego se levanta la bandana que le cubre uno de los ojos. — Eh, Naruto, mírame. ¡Mírame!
El chico lo hace. Y con eso basta para que el jonin lo atrape en un genjutsu mucho más avanzado, más poderoso, que el que había utilizado Sasuke antes. Sus pupilas se escapan hacia arriba hasta que sus ojos quedan en blancos y él pierde la conciencia.
— Está hecho. Tú, hazte un apaño en el dedo. Los demás llevadles al hospital. Os quiero ver correr como si tuviérais la muerte detrás. Y si no sabéis cómo es eso, no os preocupéis, porque detrás voy a ir yo. Y ninguno tiene dudas de cuál de las dos cosas es peor, ¿verdad?
— ¡No, señor!
— ¿A qué esperáis, entonces? — Y como una bandada de pájaros a la vista de un depredador, los ninjas desaparecen del lugar, llevándose a los chicos con ellos.
Kakashi se queda solo en el valle. Ya no llueve tanto como antes, pero la cascada ruge con la misma intensidad. Él se acuclilla en el suelo sobre un charco de sangre y lo observa, sintiéndose agotado y vacío por dentro.
— Naruto, Sasuke... — dice para sí mismo— ¿Pero qué habéis hecho?
SOMBRAS DENTRO
La kunoichi tiene que tomar una decisión. "¿Le rajo el cuello aquí mismo o salgo por la ventana?", piensa, y tras un breve debate interno, escoge quedarse donde está.
Está herida, mucho, y la verdad, le duele hasta respirar. Aunque lograra cargárselo —aunque nadie le viera salir por la ventana— no llegaría muy lejos. Seguro que hay ninjas de la Hoja por todas partes y cualquiera repararía en una joven saltando por ahí en bata de hospital. "A ver, tranquila, Tayuya", se dice a sí misma. "Si quisieran matarte ya lo habrían hecho, ¿no? Pues bien, recapitula, ¡piensa! ¿Qué puede estar pasando aquí?"
Las imágenes aparecen en su cabeza como una serie de fotogramas.
Es ella atravesando el bosque con sus compañeros del Sonido, es la cara de Sasuke Uchiha y su mirada vacía, desconectada; son los shinobis de la Hoja alcanzándolos. Está el sonido de los gritos, el de las ramas partiéndose, los árboles sacudiéndose, el silbar de los kunais y las estrellas ninja... luego, la melodía de una flauta. Formas gigantes abalanzándose sobre otras más pequeñas. Una mano hecha de sombras apretándole el cuello, y éste partiéndose con un sonoro crac. Luego de eso, nada más.
En algún momento se despertó en la cama de un hospital. Es una de esas habitaciones tristes y genéricas donde se tira a la gente a ver si se muere o no. Ya te imaginarás sus paredes blancas, sus camas blancas con sábanas blancas, sus cortinas blancas, sus muebles... de madera pintada de blanco. Es como ir al cielo, sólo que el aire apesta a ese olor aséptico que te recuerda que algo te pasa y no es bueno.
La habitación es la 403 según la placa que hay encima de la puerta y aparte de Tayuya, hay otros tres pacientes en ella. Todos están cubiertos hasta la barbilla con las mismas sábanas delgadas y de todos salen tubos y vías conectando a bolsitas de sangre y suero. Especialmente de uno de ellos. Aquí es donde la cosa se pone un poco más turbia: una de las primeras cosas que Tayuya notó al poco de despertar fue que uno de esos tubitos, una cosa larga, delgada y transparente, conectaba su cuerpo con el paciente de la camilla de al lado. Que casualmente tenía la cara girada hacia ella. Una cara que ya conocía de antes.
Así que no sólo estaba ingresada en el hospital de una aldea enemiga, sino que además, por algún motivo indescifrable, su sangre estaba conectada con la de Naruto Uzumaki.
Lo que nos lleva al presente, y la decisión sobre si rajarle como a un cerdo o dejarlo pasar por el momento. "Estaba segura de que moriría", se dice a sí misma, "y si sigo viva es porque alguien me ha sanado. No entiendo por qué lo han hecho. Espera, esta vía, ¿le estoy donando sangre? Pero, ¿por qué yo? Mierda. ¿Y ahora qué hago?"
La verdad es que es una buena pregunta y como tal, la respuesta no le viene de inmediato a la cabeza. Así que decide esperar. A fin de cuentas, en su estado, lo más inteligente es sanar.
Más tarde, un doctor y su enfermero entran en la habitación, el primero con una carpeta en las manos, el segundo empujando un carrito con herramientas y medicinas. Tayuya se hace la dormida. Y cuando ninguno de los dos está mirando, desliza su mano en el carrito, y roba un bisturí que esconde debajo de las sábanas. Una ejecución perfecta, tiene las manos rápidas. Los dos tipos salen de la habitación sin pisparse de nada, la puerta se cierra con un clic, y ella exhala el aliento, aliviada.
— ¿Piensas clavárselo a alguien?— susurra una voz— Porque me interesa saberlo.
Tayuya tiene que aguantarse las ganas de pegar un grito. Y no es que sea la primera vez que la sorprenden: la vida de un shinobi está llena de improvistos, sorpresas y, en fin, de disgustos. Uno nunca puede bajar la guardia y todo eso. Pero ningún tipo de entrenamiento —ni siquiera trabajando para Orochimaru— te puede preparar para algo como esto.
Naruto está despierto. Y tú pensarás, qué más dará eso, ¿a quién le importa lo que haga ese papanatas? Eso es lo mismo que Tayuya habría pensado en otra situación, una en la que los ojos de aquel chico fueran los de una persona normal. Y no los de un animal.
Ese color rojo intenso, sobrenatural. Esas pupilas rasgadas como las de un depredador. Ese brillo de inteligencia, no, de maldad, esperando tras su superficie. Tayuya ha visto unos ojos así antes. Por un segundo, es como estar cara a cara con Orochimaru, es como tenerle de frente una vez más... Sin pensárselo dos veces, lo hace: coge el bisturí, lo agarra fuerte en su mano derecha y, abalanzándose contra Naruto, le pone la punta directa contra la garganta. Y aprieta.
