NADA QUE VER
Jiraiya, el Sannin, se planta por fuera de la habitación 403 con un nudo en la garganta. ¿Cómo estará el chico? Porque según las cosas que ha oído, el hecho de que siga vivo es un milagro en si mismo. La imagen de un Naruto destrozado, envuelto en vendas y pendiendo de un hilo lleva rondándole la cabeza desde que puso un pie en el hospital. Y ahora que está a punto de verle, este shinobi curtido a sangre y acero se pone, por primera vez en mucho tiempo, nervioso de verdad.
"Cálmate, por el amor de..." Por fortuna, con un par de respiraciones profundas vuelve a tranquilizarse. "Muy bien, allá vamos. Que sea lo que tenga que ser." Y con un resoplido, el viejo ninja agarra el manillar de la puerta y la abre de una vez.
¿Cómo esperarse lo que ve dentro?
Naruto ya está despierto. Y no sólo eso, sino que sus heridas — los cortes en los brazos, las magulladuras en el torso, las quemaduras por todas partes— han desaparecido, a excepción de las vendas en su cintura, todavía húmedas de sangre. Es como si alguien hubiera borrado todas esas marcas con un pincel del color de su piel.
A su lado, Tayuya, la kunoichi del Sonido está sentada con las piernas cruzadas en su propia camilla, luciendo enferma, dolorida, y sobre todo tensa. Pero por algún motivo, los dos jóvenes parecen haber estado hablando entre ellos. ¿Por qué?
Pero no es esto lo que deja frío a Jiraiya. Naruto siempre tuvo una ridícula habilidad para soltarle la lengua a la gente. Ni tampoco se trata de a ver recuperado a quien consideraba medio muerto. Vayamos al grano. Lo que le paraliza por un segundo es lo mismo que asustó a Tayuya antes: ver que su ahijado le mira no con los ojos de su padre, Minato, sino con los del Zorro de las Nueve Colas.
Esa mirada es como una lanza atravesándole de lado a lado. Le agita y le sacude por dentro. Y está cerca, muy cerca (llámalo instinto si no se te ocurre otra palabra) de suscitar una reacción violenta en Jiraiya. De hecho su chakra se eleva de un momento a otro, quizá en respuesta a la helada e inquietante energía de Naruto. Hay un momento en el que ambos se miran y Tayuya piensa, apretando los dientes, que esa habitación se va a convertir en un campo de batalla enseguida. "Mierda, ¡mierda!"
La mano derecha de Tsunade aparece sobre el hombro de Jiraiya y le aprieta, tranquilizándole. "Todo está bien", es lo que le dice sin palabras, "estoy aquí." Ambos intercambian una mirada. Ella trata de poner gesto amable, sin mucho éxito: él se lo agradece tocándole suave la cintura.
El chakra del Sannin vuelve a sus niveles normales en lo que se acerca a la camilla, abriendo los brazos en gesto de bienvenida.
— ¡Pero bueno, mírate, renacuajo! Si estás más sano que una lechuga. La verdad es que esperaba verte hecho una momia, pero bueno, supongo que a veces las cosas salen mejor del o que uno espera. — Una gota de sudor le recorre lentamente la nuca y se pierde en su espalda. "Normalidad, Jiraiya, por favor", piensa. "No sabes qué es lo que pasa." — ¿Te has parado a pensar en lo buenos que son nuestros médicos? En cualquier otra aldea habrías estirado la pata, te lo aseguro... Ah, hola a a ti también, niña. Me alegra que no estés muerta.
Ella no le responde, sólo le mira con desconfianza. Jiraiya. Por supuesto que sabía delante de quién estaba. "Su forma de hablar me pone de los nervios", piensa. "Pero este tipo es, como mínimo, tan fuerte como mi maestro. Y esa de ahí es Tsunade Senju... vaya suerte que tengo."
— Me alegra verte bien, Naruto — Hay otra persona detrás de Tsunade: un shinobi con el cabello blanco, de punta, una máscara negra, y un solo ojo visible.
"Kakashi Hatake", piensa Tayuya. "Claro, por qué no. La cosa no deja de mejorar."
— Necesitamos hacerte unas pruebas — dice Tsunade— sobre todo ahora que te veo y... bueno, te has recuperado mucho más de lo que esperaba. — No añade lo que piensa: "mucho más de lo que sería posible."
— Seguro que te pondrás bien en un pispás — Jiraiya logra sacar una sonrisa más o menos convincente—, mira que eres duro de matar, renacuajo. Como la mala hierba. Así que si te parece, vamos a hacerte esas pruebas ahora mismo, ¿bien?
— Lo mejor será que lo quitemos de en medio — para los que le conocen, la voz de Naruto suena inmediatamente distinta: clara y segura, pero sobre todo, tranquila.— No sé quiénes sois, ni donde estoy. Y lo más importante, no sé nada de mí mismo. Os lo digo porque seguro que vosotros sí lo sabéis, a diferencia de ésta de aquí. — Señala con la cabeza a Tayuya, y luego, quitándose las sábanas de encima, se pone de pie sin dificultad.— Tengo muchas preguntas que haceros, así que cuanto antes empecemos, mejor que mejor.
Jiraiya y Tsunade vuelven a mirarse entre ellos, por una vez sin palabras, y un poco más atrás de ellos, el ojo visible de Kakashi se estrecha, frío, agudo, atento.
Más tarde, en otro lugar del hospital, Inoichi, el líder del clan Yamanaka, se enjuga la frente con el dorso de la mano y da su diagnóstico:
— Es él — dice— lo que pasa es que tiene amnesia.
— ¿Estás seguro?
— Tengo bastante confianza en mi técnica, gracias. Te aseguro que si hubiera algo... inusual dentro de Naruto, lo habría notado. No sé exactamente lo que está pasando aquí, pero, Jiraiya, puedes respirar tranquilo: estamos tratando con un ser humano.
El otro hombre, sentado en la sala de espera, se apoya la cara en las manos, tapándola, por un momento. Luego vuelve a erguirse, aliviado, pero no tranquilo.
— Si tienes alguna idea de por qué...
— El chico está vivo de milagro, entiéndelo. Una pérdida de memoria no está fuera de lo posible, y si me preguntas a mí, dadas las circunstancias, tuvo toda la suerte del mundo.
A Jiraiya se le escapa un gruñido indescifrable. Luego se mete la mano en las ropas y se saca la pipa, que enciende de un resoplido.
Uno de los enfermeros, con mala cara, le señala el cartel de POR FAVOR NO FUMAR que cuelga justo encima de la cabeza de Jiraiya, pero el Sannin lo mira de tal forma que se le quitan las ganas de protestar, y simplemente se va.
— Puedo o fumar o cargarme a alguien — dice— y por suerte todavía me queda tabaco.
Inoichi se aprieta las sienes con las yemas de los dedos y prosigue.
— Mirar dentro de él ha sido toda una experiencia, eso sí. Es un erial. Está vacío, Jiraiya. Como un vaso sin agua, o un cuenco sin...
— Ya me hago una idea del asunto — le corta Jiraiya—, lo importante es cómo lo solucionamos.
— Eso te lo dirán los médicos. Yo sólo...
— Tú sólo lees mentes, claro. — "No es exactamente leer...", iba a empezar Inoichi, pero el otro sigue hablando.— No te equivoques, te lo agradezco, de verdad. Nos has resultado de mucha ayuda.
— En todo lo que pueda. Ya lo sabes.
Jiraiya asiente, despacio, y el blanco humo de la pipa asciende, enroscándose sobre sí mismo, hacia el techo de la sala de espera.
EL PRECIO DE UNA VIDA
— ¿Reconoces esta cara?
Tsunade desliza una fotografía sobre la mesa: Naruto, todavía vestido con su bata de hospital, le echa una mirada desinteresada.
— No — dice—, ¿debería?
— Era tu compañero de equipo, Sasuke Uchiha. Fue él quien te hizo esas heridas.
— Pues vaya compañero estaba hecho.
— Era un caso difícil, digámoslo así. Entonces, ¿esta fotografía no te suscita nada? ¿Algún recuerdo, alguna imagen, algún... sentimiento?
— La verdad es que no. Es sólo una fotografía.
La mujer aprieta los labios y coloca otra imagen encima de la primera, luego la toca suavemente con la yema del índice. En la foto aparece una chica joven, sonriente, con el pelo de color rosa.
— ¿Qué hay de ésta? — Él se encoge de hombros— Es Sakura Haruno, tu otra compañera de equipo, ¿tampoco te dice nada?
— Si quieres puedes enseñarme el álbum entero, que seguiré igual — Naruto se echa hacia atrás en la silla, haciéndola balancearse sobre dos patas— ya te lo dije, no me acuerdo de nada.
El chico no miente. Las fotografías van apareciendo sobre la mesa pero ninguna de ellas suscita una reacción en él; ninguna le enciende una bombilla ni le aclara ningún recuerdo. No se acuerda del tal Kiba Inuzuka, ni de Shino Aburame, ni de Choji Akimichi. Tampoco tiene nada que decir sobre Hinata o Neji Hyuga; ni sobre los profesores de la Academia, ni sobre el Tercer Hokage, ni mucho menos, sobre la propia Tsunade.
— Haremos lo posible por devolverte los recuerdos — Ella tamborillea en la mesa con las uñas, como abstraída, por un momento—, dadas las circunstancias, ya es suficiente con que sigas con vida. Con recuerdos o sin ellos, eres afortunado, Naruto.
— No sé si puedo llamar suerte a nada de esto. Todo lo que sé es que tengo la cabeza, no sé cómo explicarlo, ¿vacía?
— En eso no has cambiado — sonríe Tsunade. La cara le cambia mucho cuando lo hace— así que parece que vamos por el buen camino.
Aparece otro puñado de fotografías en la mesa. Luego una serie de fichas, informes; el símbolo de la aldea de la Hoja. El abanico de los Uchiha, la fotografía del Tercer Hokage. Hojas de exámenes, casi todos suspendidos; el dibujo de un puente envuelto en niebla. Mientras tanto, Tsunade le cuenta sobre las cosas que ve. Ésta es tal persona, aquí fuiste de misión, ¿te suena? No, no tengo la menor idea. ¿Y esto de aquí? Pues tampoco, ¿qué es lo que esperas? La conversación sigue la misma dinámica por un buen rato. Hasta que Tsunade, que acaba de volver a la mesa con un café instantáneo, se encuentra con el dedo de Naruto firmemente plantado en una fotografía.
— A ésta persona la he visto antes — dice despacio, como sumido en pensamientos— no sé dónde pero lo he hecho. — Luego sonríe. Y por un momento, es como si Naruto volviera a la normalidad— Así que ésto funciona, ¡recuerdo algo!
» Eh, Tsunade, ¿qué ocurre?
Ella apoya el café al lado de la fotografía y la coge. Es el retrato de una mujer joven que sonríe a la cámara, radiante, sin saber el futuro que le espera. Más tarde, cuando Jiraiya entra a la habitación, es él quien toma la foto entre las manos, y, nostálgico, sonríe al verla. "Kushina", piensa, "pero qué feliz sales. Me gusta poder recordarte."
"Lo que no entiendo", y aquí su sonrisa desaparece, "es por qué él lo hace."
