LA HOJA EN BLANCO
Tres semanas después
— Aquí es donde viviste, bueno, la mayoría de tu vida. El piso era propiedad de tu padre antes de que se casara con tu madre. No es que sea muy grande, pero como se dice, es acogedor, ¿no? En fin, que bienvenido a casa, renacuajo. — Al otro lado del salón, que también hace de cocina, Naruto trata de cerrar la tapa de una papelera repleta de recipientes de ramen instantáneo. Jiraiya, todavía con las llaves del piso en la mano, se encoge de hombros— No es mi culpa que no comieras otra cosa. Mandé a unos chicos a limpiar antes de que vinieras, supongo que se rindieron al ver que la tarea era demasiado pedir... ¿quieres un té?
El chico le devuelve un gesto indiferente. Así que Jiraiya apoya las bolsas de la compra en la encimera de la cocina y empieza a vaciarlas, sacando verduras, huevos, carne, agua, un recipiente de barro con salsa de soja; luego, un montón de fideos en paquetitos de tela, cubos de caldo concentrado, papel higiénico, un cuchillo que él mismo se ofreció a afilar.
Lo último que Jiraiya saca de las bolsas es una tabla de cortar. Luego coge el cuchillo, lo gira entre los dedos, y lo clava de punta sobre la tabla.
— Ya es hora de que aprendas a mantenerte como una persona normal. Tsunade me dejó bastante claro que tienes que cuidarte. Así que si te pillo comiendo ramen instantáneo, te parto por la mitad como a un par de palillos. — Jiraiya le guiña el ojo— Que sepas que sé hacer un cerdo agridulce de campeonato, así que si te ves con dificultades, me preguntas. ¿Te vale té verde?
— A mí me vale con que te calles un rato, viejo. — Naruto sonríe. Durante las últimas semanas ha tenido que soportar la extraña personalidad de Jiraiya; al final no le quedó más remedio que cogerle cierto aprecio— A todo esto, ¿no vamos a llegar tarde?
Se supone que tenían que verse con Kakashi en el campo de entrenamiento seis, cerca de la Academia Ninja. Pero Jiraiya no se había dado ninguna prisa en el paseo de vuelta a casa; nada más recoger a Naruto en el hospital, y darle un cambio de ropa, insistió en visitar el mercado más cercano a hacer la compra. "Tienes la casa hecha un desastre, la nevera vacía, y se te ven las costillas a tres kilómetros. A este paso no le ganas una pelea ni a un monigote de papel. Así que a comprar nos vamos."
Aunque dijera eso, a Naruto le pareció que el hombre sólo quería dar un paseo.
— Te equivocas, chico — dice Jiraiya, cerrando una nevera que ahora tiene bastante mejor pinta— tú vas a llegar tarde. Yo tengo mejores cosas que hacer que verte corretear por un prado. Así que pensándolo bien, mejor nos tomamos ese té en otra... ahí va. Pero cómo puede tener tanta energía. — El chico, después de dedicarle unas palabras más o menos obscenas, ha desaparecido.
Con una sonrisa todavía en los labios, Jiraiya apoya la mano sobre la tetera y ésta comienza a hervir al momento; luego apoya cuidadosamente un cuenco a su lado, y se sienta a esperar el té.
2
La aldea no tiene mala pinta desde aquí arriba. Parece un lugar tranquilo donde vivir: el sol, que ahora arde un poco más arriba de la Montaña de los Kages, hace que las blancas fachadas de las casas brillen con luz tenue.
Naruto las mira sentado sobre la cabeza del Cuarto Hokage. La piedra se siente cálida bajo sus piernas, todavía algo débiles por la estancia en el hospital; oculta en su costado, la herida que casi le cuesta la vida aún no deja de dolerle. Pero los analgésicos hacen su trabajo y la cosa es medianamente soportable.
No es el dolor en lo que piensa, de todos modos: a él le intriga su presente. "Este lugar que tengo frente a mí", piensa, "se supone que ha sido mi hogar toda mi vida, pero ahora que lo miro, sólo veo casas dentro de una muralla."
Y si bien Naruto logra ver cierta belleza en el paisaje, al poco tiempo pierde el interés en él: en sus tejados rojos, naranjas y azules, en sus múltiples parques, en sus callejuelas y sus gentes. Lo que su mirada busca está en otro lugar, mucho más allá de las murallas de la Hoja: es ese bosque que parece no tener fin y que se extiende, verde y espeso, hacia el lejano horizonte.
Él lo mira durante algún rato, y luego, tan rápido que es como si desapareciera, salta montaña abajo hacia la ciudad.
3
— Vamos a darte el beneficio de la duda — dice Kakashi— y digamos que llegas tarde porque no te sabías el camino. A fin de cuentas, a saber qué es lo que sabe esa cabeza tuya ahora. Hasta donde yo sé, podría estar incluso más vacía que antes. Es para tener escalofríos.
El lugar de entrenamiento es un claro en medio del bosque, con suficiente espacio para que un puñado de ninjas puedan entrenar sin que les molesten los árboles. Kakashi está sentado en un tronco enorme que hay tirado en el suelo: en su corteza hay innumerables marcas que podrían ser de shurikens, kunais o realmente, de cualquier cosa.
— Para futuras referencias, aquí sólo llego tarde yo. Eso es, me reservo el derecho de haceros esperar para que desarrolléis vuestra paciencia y maduréis un poco. Así que métetelo en la sesera: si decimos que a tal hora, a esa hora estarás aquí. Pero esta vez te lo perdono. Gracias a tu tardanza, estas señoritas y yo — Kakashi las señala sin mirar: al otro lado del tronco están, sin mirarse la una a la otra, Sakura Haruno y Tayuya— hemos podido tener una conversación de lo más productiva. ¿No es así, chicas?
Tayuya le responde con un resoplido. Por su parte, Sakura trata de limpiarse la sangre que le sale de la nariz.
— Tan solo empecemos con esto — dice, desviando la cara.
— Fue todo cosa del viejo — dice Naruto— no me lo tengas muy en cuenta. Insistió en que hiciéramos la compra y todo eso.
Kakashi tiene una manera de sonreír muy curiosa. Es como si no hubiera ningún tipo de amabilidad en ella. Más que una sonrisa parece una mueca: ¿tendrá que ver con que tenga la mayor parte de la cara tapada, o es su forma de ser?
— Dejando tu excusa a un lado, imagino que te dijo por qué estás aquí.
— Me lo contó por encima. No pensé que empezaríais sin mí. Es una pena no estar delante cuando están lloviendo las tortas.
— Lo de antes fue un, digamos, desacuerdo entre las partes. Que por supuesto no debe preocuparte porque a nadie — y aquí Kakashi vuelve a sonreír, eso es, sin hacerlo realmente— le importa lo que esas partes quieran. Estamos aquí para poner orden al equipo siete. Y eso es justo lo que vamos a hacer.
» Como sabéis, hace poco tuvimos una baja. Muy bien. Entiendo que habéis tenido tiempo para lameros las heridas: desde luego, a mí me ha sobrado. Ahora toca que miremos hacia el futuro, vosotros y yo. ¿Y qué hay en él? Pues que las cosas siguen. Las cosas — Kakashi salta desde el tronco al suelo con gesto cansado— nunca dejan de ir hacia adelante, nos guste o no. — Esto último lo dice mirando hacia Sakura, quien no se da por aludida.
Les hace un gesto para que le sigan y tras caminar un poco están justo en el centro del claro; Kakashi parado frente a ellos, las manos en los bolsillos, su gesto desinteresado. Por su parte, Sakura trata de mantener la distancia de los demás y Tayuya, con los brazos cruzados, le pone mala cara a Naruto cuando él le saluda.
— Eh, amargada — dice— buenos días.
— Muérete — le dice ella. A lo que él responde riéndose en silencio.
Ninguno de los dos repara en la mirada extraña, vacía, que les dedica Sakura. Kakashi sí, claro, pero como le ocurre con tantas otras cosas, los dramas juveniles se la traen al pairo. Por mucho que vengan de sus propios alumnos.
A veces lo mejor que puede hacer uno es mantener las distancias. Kakashi los mira uno a uno antes de continuar.
— Vayamos al grano. Naruto, Sakura, Tayuya. Bienvenidos al Equipo 7.
SOBRE TAYUYA (I)
En la sala del Consejo, días atrás.
— La chica no tiene la culpa de lo que hiciera Orochimaru, ¡te digo... no, escúchame! ¿Es que ahora vamos a matar niños? ¿Qué culpa tiene ella? ¡La tenía encerrada, por todos los...! Tú sabes mejor que nadie cómo es ese hombre. Y te aseguro que en su situación hubieras hecho lo mismo, ¡incluso peor! Orochimaru es una serpiente, un demonio. En su lugar le habrías sacado las tripas a quien fuera sólo para no vértelas con él.
— Es mayorcita para saber lo que está bien y lo que está mal.
— Lo que está bien y lo que está mal se ve diferente con la soga al cuello.
— ¿Y qué sugieres tú? ¿Perdonarle la vida? Si te calma la conciencia, está bien. Pero no pretenderás dejarla libre cuando no sabemos nada de ella. Y me importa un bledo que los Yamanaka hayan escarbado en su cerebro, ¡eso no prueba nada! ¿Me oyes, Sannin?
— Lo único que oigo es una boca moviéndose — dice ella—, una boca que pronto no tendrá dientes.
Hay revuelo en el Consejo. "¡Por Dios!", "¡Cómo se atreve!", etc. Las quejas de sus viejos miembros empiezan con fuerza pero no tardan en callar cuando Tsunade, su chakra haciendo vibrar la mesa en la que están sentados, los mira uno a uno, en silencio.
— Honorables miembros del Consejo — en su voz hay una contenida, pero audible, rabia— no podría importarme menos lo que un puñado de viejos decrépitos piensen. No pienso encerrar a la chica, ni mucho menos quitarle la vida. Os he puesto los hechos delante. Lo habéis visto con vuestros propios ojos. Sabéis de dónde viene su sangre.
Silencio. No por mucho tiempo.
— El Consejo ya ha decidido — dice uno de ellos— lo que discutamos de ahora en adelante no tiene ningún sentido.
Tsunade suelta una carcajada amarga y se pone de pie, apoyando firmes las manos en la mesa. Entre ellas hay una carpeta abierta, llena de documentos: el primero de ellos está encabezado por una fotografía de Tayuya, aún vestida de hospital.
— Parece que no entendéis vuestra situación— dice lentamente— así que espero que os quede claro lo que voy a decir. Esta chica será aceptada como una kunoichi de la Hoja, y punto. Ninguno de vosotros hará nada al respecto. No habrá más debates. No habrá más opiniones. Esta decisión no la toma el consejo: la tomamos nosotros, los Sannin. Vuestra autoridad siempre dependió de la fuerza del Hokage. Sin Hokage no sois nada. Sólo reliquias. La chica — Tsunade mira a todos, fijamente— es la última mujer Uzumaki con vida. Su clan y el mío han ido de la mano durante toda su historia. Nadie le pondrá un dedo encima.
» Esta reunión se ha acabado. Fuera de mi vista.
