Acarició su cabello, notando, por la flacidez de su cuerpo, que se había dormido profundamente.

Está agotada. Kagome... lamento no haber podido protegerte.

Ingresaron por la calle principal a una velocidad bastante lenta.

- ¿Qué te sucede? - preguntó, buscando la mirada de su hermano a través del retrovisor.

- No me preguntes. - respondió, entrecerrando sus ojos.

- ¿Quieres que yo conduzca? Estoy menos lastimado que tú...

Se esperaba una rotunda negativa, sin embargo, el peliplata orilló el vehículo.

Mierda, verdaderamente no se siente bien.

Con dificultad, el mayor de los Taisho descendió, mientras Inuyasha acomodaba suavemente a Kagome, a lo largo del asiento trasero.

Tomó el lugar del conductor, mientras su hermano se posicionaba en el asiento del lado. Aceleró sin más, continuando por la avenida principal. Inevitablemente, cada ciertos segundos, redirigía sus orbes dorados a él, quién presentaba una dificultosa respiración.

- ¿Qué me ves? - preguntó, mirando al frente.

- Es la primera vez que te veo en este estado. - apretó ligeramente el volante. - Tus heridas están perdiendo mucha sangre.

- ¿Cuántas veces tuve problemas con esta clase de gente?

- Te dijimos que Bankotsu no era conveniente para esa sociedad...

- ¡¿Crees que estamos para reproches, Inuyasha?! ¡Las cosas están hechas!

- ¡Nuestras malditas vidas están en peligro por culpa de ese idiota!

- ¡Te equivocas! - sus miradas llenas de molestia se cruzaron. - ¡Kikyo es la prima de Kagome! ¡¿Cuánto tiempo crees que iba a pasar para que esto explotara?! - el menor devolvió la vista al camino. - Aunque Bankotsu no existiera... la posibilidad de que ella se enterará, siempre estuvo presente.

- ¿Sabes algo de Naraku?

Naraku... Kikyo.

- ¡Maldición! - gritó, golpeando la puerta.

- ¡Despacio, animal! Kagome está durmiendo.

- Ve a su casa, tomaremos a Rin e iremos al hospital.

- ¿Vas a curar tus heridas?

- Tonterías. - tomó su celular, marcando aquel número. - Ginkotsu. - pronunció con seriedad.

- Señor... - su voz sonaba inquieta.

- ¿Qué sucedió?

- Magatsuhi... se llevó a esa jovencita...

- ¡¿Qué?! - su grito provocó una mirada fatal por parte de su hermano. - ¡¿Y por qué demonios no me llamaste?!

- Lo... lo hice, señor... pero... no obtuve respuesta.

Alejó el móvil, encendiendo la pantalla y encontrándose con la decena de llamadas perdidas, suspiró, regresando a la plática.

- ¿Cómo está Naraku?

- Las enfermeras tuvieron que dormirlo... él se quitó todo y estaba dispuesto a salir del hospital.

- Diles que lo mantengan así, iré para allá en cuanto me desocupe.

Cortó la llamada e, inmediatamente, marcó un nuevo número.

- Kagura. - aquel nombre sorprendió levemente a Inuyasha. - ¿Cómo se encuentran?

- Sesshomaru... te estamos esperando, necesito hablar contigo.

- No me esperes. - fue tajante. - Aseguren las puertas, ventanas, activa la alarma y ni se les ocurra salir, mis hombres tienen el perímetro rodeado.

- ¿Qué ocurre?

- Sólo hazme caso, hablaremos en cuanto regrese. - sus ojos emitieron un brillo de tristeza, casi imperceptible. - Repito, no salgan... hasta que llegue.

Cortó y, antes de que pudiese efectuar una tercera llamada, su hermano lo interrumpió.

- ¿Aún te duele?

- ¿Qué cosa?

- Su separación.

- ¿De que hablas?

- No trates de mentirme, lo veo en tus ojos... no eres tan impredecible como piensas.

- Nos separamos hace menos de un mes, ¿tú que crees?

- Entonces, ¿Qué haces con Rin?

- ¿Acaso eres idiota o te empeñas en parecerte a uno?

- Si tan sólo fueras más claro...

- La seguridad de Kagura es mi responsabilidad, ¿crees que me agradaría saber que está en peligro?

- Sé que no... comprendo a lo que te refieres. - suspiró. - Yura también está en sus manos.

- ¿Qué? ¿Cómo lo sabes?

- Kagome me lo dijo. - apretó ligeramente el volante. - Necesito saber dónde está y... si esta con vida.

- ¿Planeas salvarla?

- Si esta dentro de mis posibilidades, no tengo ninguna duda.

- Déjame ver lo que puedo hacer. - nuevamente, marcó un tercer número.

El tono de marcado se hizo eterno, sobre todo cuando estuvo a punto de llegar al quinto sonido, antes de que la voz del moreno se escuchara del otro lado de la línea.

- Sesshomaru.

- ¿Lograste algo?

- Encontramos algunas prendas con sangre, además de armas y droga... si regresan, estarán perdidos.

- No van a volver, no son idiotas. - aspiró levemente, buscando un poco de aire. - Tienes... tienes que venir al hospital, te estaré esperando ahí.

- Oye, ¿Estas bien? Pareces... herido.

- No es momento de hablar de esto. - cortó, dejando el móvil sobre el tablero del auto.

- ¿Con quién hablabas?

- Koga.

- ¡¿Qué?! - lo miró, visiblemente molesto. - ¡¿Metiste a este idiota en esto?!

- ¡Si no sabes, no preguntes! - hizo un gesto de dolor.

Volvió la vista al camino, tratando de ocultar lo mucho que le preocupaba el estado de su hermano. Momentos después, llegaron al templo Higurashi, en el mismo momento en que otro auto se alejaba rápidamente.

- ¿Son esos?

- No tengo dudas. - hizo el ademán de abrir la puerta, sin embargo, él lo detuvo.

- Quédate aquí... yo iré a buscar a Rin.

- Ella es mi...

- No me interesa que sea tu responsabilidad... no quiero que te mueras en los escalones de este lugar, ¿está claro?

- Hermano... si me muero, volveré a golpearte por permitir mi muerte, tenlo por seguro.

- Al menos tu pésimo humor aún se mantiene.

Descendió, observando a los policías que, al parecer, vigilaban el lugar, mientas comenzaba a ascender.


Abrió sus ojos, encontrándose nuevamente en aquel pasillo blanquecino, el cuál mantenía una atmosfera diferente.

- Estoy dormida. - murmuró, comenzando a caminar, esta vez, con paso seguro. - Tía Hikari, ¿estás aquí?

Ingresó a la habitación en la que la había visto por primera vez, sin embargo, no se encontraba allí.

¿Dónde estas?

Continuó su caminata, adentrándose a una zona en la que jamás había entrado, una en la que había personas transitando en todas direcciones.

- ¿Qué? - se detuvo. - ¿Esa es la puerta principal?

El sol se colaba por los vidrios que se erguían como puertas, mientras su presencia parecía pasar inadvertida para todos aquellos que transitaban el lugar, ya que nadie reparaba en su presencia. Pasó la mirada por todos los presentes, hasta abrir sus ojos ampliamente ante la imagen que se presentó frente a ella.

- ¿Soy yo? - murmuró, encontrándose con ella misma, guardando su móvil e ingresando a la institución. - La perla... - sus ojos castaños se encontraron inmediatamente con aquel collar, el cuál resaltaba ante todo lo demás.

- De esa manera logré verte. - volteó, encontrándose con el rostro de la mujer, quién estaba sólo a unos metros de ella.

- Tía Hikari. - la morena sonrió.

Es la primera vez... que la veo con una expresión relajada.

- Lamento... todo esto, pero... - llevó sus manos a su pecho. - Mi alma...

- Esta atada a este lugar... lo se... y yo, quiero liberarte.

- Salva a Kikyo. - sus ojos comenzaron a humedecerse.

- ¿Ella está en peligro?

- Dile... que la amé desde el primer momento en que supe que vendría a este mundo.

- Tía... - intentó tocarla, pero por alguna razón, su cuerpo no pudo moverse.

- Dile que lamento el no haberla protegido durante toda su vida...

Las lágrimas comenzaron a rodar por ambas mejillas. En ese instante, la mujer se acercó a su sobrina, susurrándole al oído.

- Dile a Magatsuhi...

- ¡La perla! - se sentó abruptamente en el asiento. - ¿Qué? - murmuró, observando a su alrededor. - Mi casa... - redirigió sus orbes al asiento del acompañante, notando que el del conductor estaba vacío. - ¿Dónde está Inuyasha?

- Fue a buscar a Rin.

Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta y se arrastró, hasta dejar su pie sano sobre el asfalto.

- ¿Qué haces? - preguntó su cuñado. - No puedes ir en ese estado... estas malherida.

- No me importa. - hizo una mueca de dolor, mientras comenzaba a dar pequeños saltos en dirección de las escaleras.

El efecto de la anestesia aún no se ha ido, por favor, aguanta un poco más.

Mientras tanto, el peliplata, que había escalado la cima, se encontró con su suegra, quién estaba parada en la entrada principal.

- ¡Inuyasha! - gritó, corriendo su dirección.

- Se... señora. - murmuró, mientras la mujer le brindaba un abrazo maternal, casi rozando la desesperación. - ¡¿Estas bien?! - se apartó, observándolo con detenimiento - ¡Dios! ¡Estas muy herido! ¡¿Dónde está Kagome?!

- No se preocupe, ella está durmiendo en el auto de mi hermano... se encuentra bien.

No puedo decirle el verdadero estado de su cuerpo, sería demasiado para ella.

- Vine... porque necesito hablar con Rin...

- ¿Cómo supiste que estaba aquí?

Antes de que pudiese responder, la castaña se asomó, corriendo en su dirección.

- ¡Gracias a dios, Inuyasha! - se detuvo frente a él, abrazando a su tía. - Estas vivo... que alivio. - suspiró. - ¿Y Kagome?

- Está en el auto, junto a Sesshomaru. - su aspecto maltratado provocó que las lágrimas de Nohami comenzaran a brotar. - Por favor, Rin... necesito que vengas con nosotros.

- Si... claro. - respondió sin dudarlo. - Tía, por favor, ustedes quédense aquí, la policía estará custodiándolos toda la noche, estoy segura de que nada malo pasará.

- Pero... ¿a donde irán?

- Llevaré a Kagome al hospital y necesitamos que Rin esté a su lado.

- ¿Lo ves? No tienes nada de que preocuparte, te llamaré cuando estemos allá, ¿de acuerdo? - la abrazó, tratando de transmitirle seguridad. - Cuida del abuelo.

- Por favor... - apretó sus ojos. - Regresen con vida.

- Lo harán. - intervino el peliplata. - Se lo prometo.

- Gracias, Inuyasha. - una sonrisa invadida por la tristeza se formó en su rostro.

Comenzaron a caminar en dirección de las escaleras, mientras ella lo observaba.

- Dime la verdad, ¿está todo bien?

- Sabes que no. - respondió sin mirarla. - ¡Kag! - gritó al encontrarse con la morena en la mitad de la escalera, tratando de seguir avanzando.

- ¡Kagome! - su prima se tapó su boca con ambas manos, al notar el terrible estado físico en el que ella se encontraba.

El peliplata rápidamente descendió y la tomó en sus brazos.

- ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

- ¡El collar! - gritó con urgencia.

- ¿Qué?

- ¡Necesito el collar de la Perla de Shikon!

- Kag, cálmate... - la castaña colocó su mano sobre su hombro. - Dime dónde está y lo traeré...

- Rin. - murmuró. - Yo... siento mucho que tengas que verme así.

- Kag, no es el momento, dime ¿Dónde está? necesitamos llevarlos a un hospital de inmediato.

- Está en mi habitación.

- De acuerdo, volveré en un momento. - comenzó a ascender rápidamente.

- Eres una terca, ¿lo sabias? - frunció el ceño. - No puedes moverte. - comenzó su camino hacia el auto.

- No comprendes... necesito hacer esto.

- ¿Qué cosa?

Desvió su mirada, observando al peliplata, quién se mantenía con sus ojos cerrados, recostado en el asiento.

- ¿Sesshomaru? - murmuró su hermano, al mismo tiempo en que su corazón daba un vuelco.


- Yura... - murmuró, al escuchar aquella advertencia por parte del moreno.

- ¿Y bien, preciosa? ¿Dirás algo o te disparo sin más?

- A... Abi. - susurró con su voz temblando. - Te amo, hermanita. - las lágrimas se deslizaron por debajo de su venda. - Yo... lo siento muchísimo...

- Bla bla bla, sólo idioteces. - el sonido del arma recargándose le erizó el vello de sus brazos.

- No le hagas daño...

- ¿Qué?

- Mi último deseo... es que no le hagas daño a mi hermana.

- Vaya noble voluntad. - rio. - Desde arriba tal vez vea si será cumplido o no... si es que llegas. - su risa resonó como un eco dentro de su tímpano.

Inuyasha... Abi... lo siento tanto... por favor perdónenme.

Apretó sus ojos, en el mismo momento en que el sonido de aquel disparo seco, la ensordeció.

- ¡NOOOOOOO! - el grito de Abi se elevó en medio del silencio. - ¡¿Por qué lo hiciste?! - gritó desgarradamente, cayendo con todo su torso en el suelo. - ¡Yura, hermana!

- Abi... - murmuró.

- ¿Yura? - su respiración se detuvo. - ¿Estas viva?

Ninguna de las dos lograba ver nada, sin embargo, el sonido de algo desplomándose sobre la hierba, las desconcertó a ambas.

- Su vida no valía tanto después de todo.

Esa voz... ¿es él?

Unos pasos se acercaron a ella y, segundos después, sus ojos se encontraron con lo que parecía ser una especia de bosque, completamente desolado y sólo alumbrado por la luz de la luna. Redirigió su mirada hacia un costado, profesando un sonoro grito de miedo, al ver el cuerpo de Bankotsu recostado boca abajo. Rápidamente buscó a su hermana, quién se encontraba en la misma posición que el hombre, sólo que con su cabeza elevada.

- ¿Sorprendida, primor?

- Tú... - la mirada verdosa de Kirinmaru poseía un brillo especial, casi como si el hecho de haber quitado una vida, hubiese extendido la suya.

- Luego tendrás tiempo de agradecerme. - sonrió, mirando a Kyokotsu y Renkotsu, quienes se mostraban atónitos ante aquella escena. - Bien, sólo preguntaré una vez. - su sonrisa se esfumó. - ¿Vienen conmigo o mueren con él?

Su cuerpo... está demasiado herido... ¿Cómo es posible que se mantenga de pie?

Pensó, mientras, disimuladamente, comenzó a arrastrarse en dirección de su hermana.

Kyokotsu lanzó su arma de inmediato, en señal de rendición, mientras su compañero no apartaba los ojos del moreno, cuyo cuerpo había manchado la hierba de un color rojo intenso.

- ¿Qué sucede, señor carente de cabello? ¿Esta sentimental? - apuntó su arma hacia él. - No lo esperaría de alguien que trabajaba con ese bastardo.

- Abi. - murmuró, aprovechando el momento.

- ¿Yura? - respondió en el mismo tono.

- Elévate... creo que tendremos una mínima oportunidad de escapar.

- ¿Qué?

- Sólo... sólo sigue mi voz cuando te lo ordene, pero... ponte en posición y trata de hacer el menor ruido posible.

- De acuerdo. - comenzó a removerse lentamente, mientras el ambiente se volvía cada vez más tenso.

- ¿Y bien? No estoy para esperarte toda la noche.

- Lo... lo mataste como un cobarde. - entrecerró sus ojos.

- ¿Acaso él no iba a hacer lo mismo con estas chicas? - sonrió, arqueando una ceja.

Renkotsu y Bankotsu eran amigos desde mucho antes de que este último comenzara con su firma de abogados, de hecho, fue el primero en ser su guardaespaldas y primer hombre de confianza. Compartieron demasiados momentos a lo largo de los años, a pesar de que su trato frente a las demás personas se encargaba de refutar aquello, todo era parte de un pacto entre los dos, uno que los obligaba a mantener las hostilidades en el trabajo y las risas en privado.

En ese momento, todas las secuencias de los momentos compartidos pasaron por su mente, incluidas aquellas en donde eran adolescentes con miles de ideales sobre su futuro, sin embargo, ahora su amigo se encontraba frente a él, muerto producto de un disparo en su espalda que, con toda probabilidad, había atravesado su pecho sin más.

Miró a las jovencitas, notando la posición que habían adoptado y tomó su decisión. Sus vidas no le interesaban en lo más mínimo, a decir verdad, poco le importaba si él las asesinaba, pero sabía que de rechazar la oferta de Kirinmaru, moriría en ese mismo instante, entonces, ¿por qué no frustrar sus planes antes de dar el último aliento?

Tomó su arma, elevándola, haciendo parecer que iba a lanzarla al suelo.

- ¡Huyan! - gritó, al mismo tiempo en que le disparaba al granate.

- ¡Abi! - gritó Yura, elevándose y comenzando a correr en dirección del bosque. - ¡Sigue mi voz! ¡Escucha mis pasos! ¡No te detengas!

Su respiración agitaba se entremezclaba con la de su hermana, quién, para alivio de su corazón, parecía estar siguiéndola de cerca.

No puedo ver nada, pero... cualquier lugar será mejor que estar cerca de esos bastardos.

El disparo del hombre impactó en la pierna, provocando que se doblegara levemente, mientras le devolvía el favor, dándole en el centro del pecho. Una sonrisa de victoria se formó en los labios del hombre antes de caer de espaldas.

- Que imbécil. - se quejó. - ¿Tú también quieres hacer lo mismo?

- No, señor. - elevó sus manos.

- De acuerdo. - guardó el arma en su pantalón, al mismo tiempo en que, caminando con dificultad, se acercaba y tomaba el arma que Kyokotsu había lanzado al suelo. - Tenemos un avión que abordar.

- ¿Un avión? Pero...

- Sin peros. - sonrió. - Luego verás que hacer con tu vida.

- ¿Y esas mujeres?

- Déjalas, nunca me interesaron en primer lugar. - se encogió de hombros. - Sólo vine hasta aquí para llevarle esa mujer a mi hermano y si él no logró retenerla, no es mi problema, aunque... - su cínica sonrisa apareció. - Tal vez, algún día... vuelva por ella.


Su mirada castaña se apagaba a medida que se alejaban de las luces de la ciudad. Sus ojos estaban hinchados, producto del llanto que no lograba detener, ¿Qué le esperaba de ahora en más? No lo sabía, aunque, en el fondo, estaba tranquila de que su amado siguiera con vida.

- Deberías estar feliz. - la voz de su padre la sacó de sus pensamientos, sin embargo, no giró a verlo. - Al menos esa escoria sigue con vida.

- No me hables. - pronunció con seriedad.

- ¿No te pone contenta el comenzar de nuevo en otro lado? - su sonrisa torcida emergió, generándole nauseas. - Solos tú y yo... como siempre debió ser. - ella no respondió. - ¿Sabes que destino elegí para los dos? Italia... sé que te fascinará, sole mio.

Me fascinaría poder salir corriendo en este mismo instante y no volver a ver tu cara.

Apretó sus puños sobre sus rodillas, mientras un inaudible suspiro abandonaba sus labios.

- Mira... - se acercó, provocando que el rostro de ella chocara contra la ventanilla del auto en un claro gesto de no tener ni la mínima intención de sentirlo cerca. - ¿No es hermoso? Y es todo para nosotros, mi pequeña.

Su mirada se dilató al observar aquel monstruo inmenso, el cuál iba a ser el encargado de llevarla lejos de todo y de todos, buscando que olvidará todo lo que había conocido en el último tiempo, desde la verdad sobre su madre, pasando por aquella familia que se le arrebató y la persona a quién, inesperadamente, había aprendido a amar, pero, sin lugar a dudas, lo peor era que iba a tener que permanecer en manos de un asesino, tal vez, por el resto de sus días.