Capítulo 21

VOLVIENDO A LO QUE FUE

Kagome se recostó en la pared mientras observaba a su prometido. Se había acostumbrado a verlo estos meses revoloteando en su cocina, tomando una taza de café o preparando el desayuno. No es que no pudiera preparar el desayuno ella misma, pero a él parecía encantarle, y ciertamente lo hacía muy bien, entre otras cosas.

Su mirada vagó hacia el anillo de compromiso que había en su dedo. Eran muy pocas las personas que sabían de la noticia. Incluida su madre se había emocionado, incluso contaba los meses que le quedaban en New York. Aun no le revelaba a nadie que su pierna estaba prácticamente recuperada, solo faltaban dos sesiones para que la diera de alta Edward, su preparador físico. Si todo marchaba conforme a lo planeado, estaría haciendo su audición dentro de una semana y todo gracias a él.

Avanzó en puntillas para no hacer ruido y rodeó con sus brazos la cintura de Inuyasha. Suspiró al oler su fragancia amaderada ¿Alguna vez se cansaría de esto? No, nunca.

Inuyasha giró sobre su cuerpo con una ardiente sonrisa, haciendo que el pulso de Kagome se acelerara aún más rápido de lo normal. Él le extendió una taza de café, de mala gana no tuvo más remedio que soltarlo para tomar la taza y darle un pequeño sorbo.

―No sé qué haré una vez que regreses a Londres. – admitió.

No habían tocado el tema, pero temía que su regreso fuese muy pronto.

Inuyasha se puso serio, como si tuviera algo que decirle y todo se centraba en el tema de su regreso.

―De hecho, es algo que debemos hablar.

Abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar, comprendió en ese breve instante lo que lo que le quería decir. Se apartó de él para tomar asiento en uno de los bancos de cara al hombre que la había logrado conquistar. Si la noticia era fuerte, debía estar preparada.

― ¿Cuándo regresas?

Tal vez, si ella era la primera en cuestionario no le resultaría tan difícil para Inuyasha responder. Tomó asiento frente a ella y la miró fijamente. También se acostumbró estos meses a su presencia y tras haberle dado el anillo de compromiso, deseaba que su vida juntos iniciara pronto, pero había asuntos que resolver. Primero quería verla a ella de nuevo sobre un escenario haciendo lo que más le apasionaba.

―Mañana – respondió.

Kagome parpadeó, sorprendida. No esperaba que su regreso fuera de manera repentina.

―Tu padre tiene algunas dificultades con unos inversionistas así que quiere que vuelva. Además, la remodelación del nuevo edificio está marchando a la perfección. Si se presenta algo, Ian sin duda te lo estaría avisando.

A pesar de que Ian era el novio de una se las tantas amigas que había hecho no podían ocultar que no le agradara tener que ver con los negocios de su padre, pero esta vez estaba haciendo una expresión.

―Así que, si tienes planes para esta noche, más vale que los canceles. Me gustaría pasar las pocas horas que tengo en New York contigo.

―La verdad me gustaría – se apresuró a responder – Pero quede con las chicas en ayudarles a preparar una mesa de prostres.

Inuyasha dejó escapar un largo pero grueso suspiro. Cada vez que ella se iba a ayudarles a preparar pasteles, regresaba o empapada o llena de betún. Esas chicas tenían una forma muy peculiar de preparar postres.

―Tengo entendido que los chicos tienes partido.

―Ian me pidió que relevara a uno de sus jugadores – le dio un sorbo a su taza de café – ¿Qué te pudo decir? No es mi culpa ser bueno.

― ¡Que modesto!

Levantó la cabeza y con una ceja alzada, le respondió.

―No he escuchado una queja tuya al respecto.

Sofocada por ese comentario con doble sentido, fue que, de un salto bajo del banco, tomó sus cosas y le dio un beso en la mejilla, el cual Inuyasha recibió con buen gusto.

―Debo irme, Edward es muy estricto con los horarios.

Antes de dejarla partir a su habitual rutina del día, la tomó de la cintura para acercarla a él, con esto evitó qué se le escapara, si es lo que ella estaba buscando.

― ¿Te ha dicho cuando terminan con la rehabilitación?

Kagome se mordió el labio, si no quería que sospechara nada, tenía que escucharse lo más segura posible. Lo de la audición sería una sorpresa, en dado caso de que lograra quedarse con el papel protagónico. Sobre todo, porque gracias a su tía, le había llegado el rumor de que uno de los jueces era el mismo que la había evaluado anteriormente. Así que podría decirse que tenía uno ganado.

Esta vez no quiso huir de él y lo abrazó del cuello. Contemplando sus ojos y la camisa blanca de vestir qué llevaba puesto ese día.

―Como dice él. Hay que tener paciencia. Hasta ahora hemos avanzado muy bien.

Esta vez le dio un beso en la comisura de los labios.

―Te veo después.

Pero si pensaba que él iba a liberarla tan fácilmente estaba muy equivocada. Así que en un hábil movimiento la tomó de la cintura y la tumbó sobre la barra y el resto fue historia.

―Inuyasha… ― protestó, con un hilo de voz.

Sus manos iniciaron su exploración por cada curva de ese cuerpo amado qué inclusive lo quemaba como una brasa. Pero es que le resultaba imposible mantener sus manos apartadas de ella.

―Voy tarde… ― logró terminar su oración.

― ¿Y?

Dejó escapar un jadeo al contacto de los cálidos dedos de Inuyasha sobre su piel. Sostuvo su nuca con la otra mano libre y la acercó un poco a él.

"¿Y?"

Esa sencilla pregunta que podía tener mil significados pero que para ella significaba que poco le importaba muy poco si iba tarde a su rehabilitación. Su mirada dorada, sus labios carnosos y el ascenso de sus dedos por debajo de su blusa de deporte la tenían dominada. Estuvo a un paso de rogarle que la besara de una buena vez.

―Y bueno…

Volvió a guardar silencio cuando Inuyasha balanceó sus caderas sobre ella.

Se mordió el labio inferior y se aferró al último gramo de su fuerza de voluntad, antes de sucumbir a él.

―A Edward no le gusta la impuntualidad.

― ¿Y? – se acercó un poco más a su boca.

De nueva cuenta estaba esa pregunta. Cada vez sus labios estaban más cerca de los de ella y era frustrante que no terminarla por besarla. Al diablo con llegar temprano, buscaría una excusa para justificarlo.

― ¿Y no vas a besarme?

Inuyasha esbozó una malévola sonrisa y sin previo aviso se apartó de ella. Retiró la mano que tenía por debajo de su blusa y la ayudó a incorporarse. Alisando su ropa y él por último su corbata.

―No – respondió sin más, dejándola a ella atónita y con deseos – Vas tarde a tu sesión. Será mejor que te apures.

Kagome tenía mil emociones reflejadas en su rostro. Podría decirse que la frustración era la que reinaba más.

― ¿Eso es todo?

Con una sonrisa pícara, se acercó a ella para besar la comisura de sus labios. Kagome intentó girar un poco para que sus labios se tocaran en totalidad, pero Inuyasha fue más veloz y se apartó.

Asintió.

Molesta, suspiró, cuando estaba dispuesta a irse, sintió las manos fuertes de Inuyasha sobre su cintura y como la elevaban por los aires para someterla de espaldas a la pared del recibidor.

―Eso una idea de lo que te puede esperar si renunciar a tu clase de postraría.

Kagome jadeó al sentir su aliento cálido y muy de cerca.

―Pero tú decides. Esperaré con ansia una respuesta.

La soltó y esta vez la dejó partir. Lo último que Kagome vio fue como le guiñaba un ojo antes de cerrar la puerta.

Su móvil sonó justo en el momento en el que doblaba la esquina para tomar un taxi. Al ver el nombre en la pantalla tuvo dos opciones, o dejar pasar o contestar. Pero si no contestaba su madre le estaría marcando durante el día. Esa mujer no respetaba incluso la diferencia de horarios.

Así que no tuvo más remedio que aceptar la llamada, probablemente le mercaba para saber que planes tenía para la boda.

― ¡Hasta que te dignas en contestarme!

―Estoy bien, mamá.

Le hizo una seña a un taxi y le dio la dirección del hospital de rehabilitación.

― ¿Ya tienes planes para la boda?

Si, había adivinado. Por algo no tomaba las llamadas de su madre.

―Aún no tenemos planes.

Hubo una pausa en el teléfono, mientras escuchaba como regañaba a su padre por no tomarse sus vitaminas. Al menos no era la única el objeto de su atención.

―Explícame eso ¿Cómo es que aún no hay planes? ¡El hombre te dio el anillo hace más de tres meses!

―Porque aún hay cosas pendientes.

―Si te refieres a lo de tu rehabilitación fácil puedes darle una pausa.

― ¡Es decisión de ellos, no tuya mujer!

―Querido, no te metas. Esto es entre mujeres.

Tuvo que reprimir una risa al escuchar de fondo a su padre y como este le respondía y a su vez como su madre le reclamaba que no se metiera. Se despidió de ellos antes de que la conversación entre ellos dos subiera de tono.

Al entrar al salón donde toma su rutina de ejercicios éste estaba completamente solitario. Edward aun no llegaba y eso era completamente extraño ya que él siempre solía llegar primero que ella. Justo estaba por marcarle cuando él entró tras de ella.

―Se te hizo tarde – comentó en tono de broma.

―Algo así – respondió con un poco de melancolía – Normalmente suelo llegar tarde el último día de sesión.

― ¿Ultimo día? ― Preguntó sorprendida. Aun quedaban dos sesiones más.

―Kagome – avanzó hacia ella y colocó ambas palmas en sus hombros – Estas listas. Estoy seguro de que si intentas hacer una rutina de baile lo harías sin problema. De todos mis pacientes has sido la que mejor progreso ha tenido y eso me hace sentir orgulloso.

No estaba lista, de hecho, no sabía lo estaba. Él le había asegurado que dentro de unos días terminarían, no antes.

―No sé si lo estoy. Además, me habías asegurado que terminaríamos en varios días.

―Jamás sabrás si estas listas si no lo intentas. Vamos, has una rutina de baile y veamos si estas preparada o no.

Edward estaba sentado en un banquito, esperando a que su paciente se alistara. Kagome busco en el proveedor de música la que había elegido para su próxima audición. Desde luego que ya había pensado en una rutina nueva, solo que hasta hoy en día no se atrevía a realizar los movimientos.

¿Qué pasaba si su pierna no reaccionaba?

Miró a su preparador físico, lejos de ser la persona que la estuvo rehabilitando, se había vuelto más que eso, un verdadero amigo. Si no es porque el hombre estaba comprometido, se lo presentaría a Sofia. Seguramente habrían congeniado.

Los primeros acordes de Someone You Loved comenzaron a escucharse. Esa canción le traía recuerdos en particular. Pues era la canción la que Inuyasha la había visto bailar por primera vez.

Su preparador físico puso especial atención en como su amiga cambiaba su semblante al de una mujer concentrada, y claro, articulando con su boca una parte de la melodía.

Kagome ejecutaba cada movimiento con tanta libertad. Si, esa era la respuesta, se sentía libre, su cuerpo ligero. Sus piernas reaccionaban a cada orden que les iba indicando el cerebro. Era como si nunca había tenido ese accidente, la cual por poco acaba con su vida, sus su pierna y sus sueños.

Las imágenes de su vida iban pasando con forme a los acordes de cada nota de la canción y medida que la música avanzaba más se iba soltando y tomaba confianza en sí misma. Se había transportado a otro tiempo a otro espacio, donde solo existía Inuyasha y ella. Imaginando que él estaba en esa habitación, observándola. No era consciente de sus movimientos, incluso Edward no había hecho ninguno movimiento que delatara su presencia para no desconcentrarla

Volviendo a lo que fue.

Concluyó su rutina con un gesto final, una pose que transmitía toda la emoción y la pasión que había puesto en su baile. En ese momento, se detuvo, respirando profundamente, consciente de cada parte de su cuerpo que había trabajado tan arduamente para llegar a este punto.

Fue entonces cuando escuchó el sonido de aplausos suaves, pero fuertes y llenos de admiración. Levantó la mirada para encontrarse con los ojos cálidos y orgullosos de Edward, su preparador físico y amigo.

―Eso fue increíble, Kagome ―dijo Edward con una sonrisa genuina. ―Has superado todas las expectativas. Estoy realmente impresionado. No tengo dudas de que te quedes con el papel.

Kagome se sintió abrumada por la emoción y la gratitud. Durante los últimos meses, Edward había sido su guía, su apoyo incondicional en su camino hacia la recuperación. Y ahora, en este momento, ella había demostrado no solo a él, sino también a sí misma, que era capaz de más de lo que alguna vez había imaginado.

Con una sonrisa radiante, Kagome se acercó a Edward y lo abrazó con fuerza. En ese abrazo, había gratitud, alegría y la promesa de un futuro brillante por delante. Juntos, habían logrado algo extraordinario, y eso era algo que nunca olvidarían.

El aplauso del mundo exterior podía esperar. En este momento, en esta habitación tranquila y llena de significado, Kagome y Edward celebraban un momento de triunfo compartido, un momento que marcaría el comienzo de un nuevo capítulo en la vida de Kagome, uno lleno de esperanza, determinación y posibilidades infinitas.

Kagome llegó puntual a la cafetería de Sam, donde se reunían con el resto de las chicas para preparar la mesa de postres. Mientras batía la crema para decorar los pasteles y organizaba los ingredientes, su mente divagaba en la promesa que Inuyasha le había hecho esa mañana. La sensación de sus manos fuertes sobre su cintura, el calor de su aliento cerca de su rostro, todo eso seguía resonando en su mente, impidiéndole concentrarse completamente en la tarea que tenía delante.

―De repente te has puesto roja, Kagome – comentó picara Annie.

―Annie, no seas indiscreta – Kate intervino para su salvación.

―Yo solo decía. Es como si pensara comerse a ese hombre que tiene por prometido.

― ¡Annie! – todas dijeron al unísono.

La pelirroja levantó los brazos en señal de rendición y no habló más.

Después de que Kagome terminara de ayudar a sus amigas con la preparación de la mesa de postres, se encontró nuevamente perdida en sus pensamientos sobre la conversación con Inuyasha. La promesa implícita en su negativa a besarla seguía resonando en su mente, llenándola de anticipación y nerviosismo. Lo cierto es que Annie había tenido razón, no debía estar ahí, debía haberle enviado un mensaje a Inuyasha para que cancelara su juego y terminar lo que habían iniciado en la barra de la cocina.

Mientras esperaba a que la noche avanzara y se acercara el momento de encontrarse con Inuyasha, Kagome se debatía entre la excitación y la ansiedad. ¿Qué significaba realmente esa negativa? ¿Qué era lo que él tenía planeado para esa noche? Las preguntas se agolpaban en su mente, haciéndola sentir una mezcla de emoción y aprehensión.

Mientras esperaba a que la noche avanzara y se acercara el momento de encontrarse con Inuyasha, Kagome se debatía entre la excitación y la ansiedad. ¿Qué significaba realmente esa negativa? ¿Qué era lo que él tenía planeado para esa noche? Las preguntas se agolpaban en su mente, haciéndola sentir una mezcla de emoción y aprehensión.

Finalmente, llegó el momento de reunirse con Inuyasha. Cuando lo vio aparecer en la puerta, su corazón comenzó a latir con fuerza. Había una chispa en los ojos de Inuyasha que no pasó desapercibida para Kagome, una promesa de algo más, algo intenso y apasionado.

Iba con un short y una camisa deportiva. Su cabello húmedo y su fragancia impregno la habitación. Su mirada reparó ardiente reparó en ella, tan llena de promesas. Se encontraron en un silencio cargado de anticipación, sus ojos comunicando lo que las palabras no podían expresar.

―Inuyasha...― susurró Kagome, su voz temblorosa con emoción y anhelo.

Él se acercó lentamente, sus manos buscando las suyas con ternura.

―Kagome...― murmuró, su voz ronca con emoción contenida.

Los dedos de Kagome se entrelazaron con los suyos, una conexión tangible que les recordaba lo profundo de su vínculo. Se perdieron en el laberinto de sus miradas, un lenguaje silencioso que hablaba de amor y deseo.

Para Inuyasha había sido difícil concentrarse durante toda la jornada. Revisaba su móvil cada dos tres segundos con la esperanza de que ella le hubiese enviado un mensaje que lo obligara a dejar todo varado para ir a su encuentro. Incluso su mente hizo un esfuerzo mayor para concentrarse en el partido. Estaba cansado mental y físicamente y solo ella podía aliviarlo todo.

Inuyasha acarició suavemente el rostro de Kagome, sus dedos trazando el contorno de sus labios con delicadeza.

―Te deseo, Kagome ― admitió con voz ronca, su aliento cálido acariciando su piel.

Kagome sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo ante sus palabras.

―Yo también te deseo, Inuyasha ― confesó con pasión, su corazón latiendo al ritmo de su deseo compartido.

Los besos se convirtieron en un torrente de emociones, un baile de labios y lenguas que exploraban cada centímetro de su piel con fervor y devoción. Cada caricia era un susurro de amor, un recordatorio de la intensidad de su conexión.

―Inuyasha..., ― susurró Kagome entre besos, su voz cargada de anhelo y necesidad.

Él la miró con intensidad, sus ojos dorados brillando con un fuego ardiente.

―Kagome...― murmuró, su voz llena de promesas y deseo.

Se perdieron en el éxtasis del momento, entregándose el uno al otro con abandono y pasión desenfrenada. En los brazos del otro, encontraron la respuesta a todas sus preguntas, la confirmación de que lo que compartían era verdadero y eterno.

En la penumbra de la habitación, el tiempo parecía detenerse mientras sus cuerpos se entrelazaban en un baile ardiente y desenfrenado. Cada caricia, cada suspiro, era un tributo al deseo que ardía entre ellos, una llama que amenazaba con consumirlos por completo.

Con un gesto decidido por parte de Inuyasha, sus manos encontrando los bordes de su vestido y deslizándolos con destreza por sus piernas, liberando su piel al contacto del aire fresco de la habitación. Las prendas, ahora olvidadas en el suelo, eran testigos mudos del deseo que ardía entre ellos.

Kagome se dejó llevar por la intensidad del momento, sus dedos buscando desesperadamente la piel desnuda de Inuyasha debajo de su camisa, sintiendo la electricidad que fluía entre ellos. Cada caricia era un eco del deseo que los consumía, un recordatorio de la pasión que compartían.

Inuyasha la guió por la habitación, sus cuerpos fundiéndose en un torbellino de deseo y ansia. Las prendas volaban por los aires, como testigos silenciosos de la pasión desenfrenada que los consumía. En ese momento, no existía nada más que ellos dos, perdidos en un mundo donde el tiempo se detenía y solo el fuego de su deseo brillaba con intensidad. Cada rincón de la habitación se llenaba con el eco de sus gemidos, susurros de placer que se perdían en la noche.

―Inuyasha... ― susurró Kagome entre susurros entrecortados, su voz cargada de fervor y deseo.

Él respondió con un gemido gutural, sus manos explorando cada rincón de su piel con avidez y devoción. Cada caricia era un tributo al amor que sentía por ella, una prueba irrefutable de la profundidad de sus emociones.

En el éxtasis de la pasión, se perdieron en un mundo donde solo existían ellos dos, donde cada beso era un juramento de lealtad y entrega. Sus cuerpos se fundieron en una danza frenética, una danza que celebraba el milagro de su unión.

Así, en el calor de la noche y el fuego de su pasión, Kagome e Inuyasha se convirtieron en uno solo, explorando los límites de su amor y su deseo en un torbellino de emociones y sensaciones que los llevaría a descubrir nuevas profundidades en su relación. No sabían cuando volverían a estar juntos de esa forma, lo que si sabían es que ese mágico momento lo aprovecharían al máximo.