Bienvenidos/as sean a la lectura de este one-shot. La verdad es que pensaba que la forma de despedirme de Toriyama por medio de una fic sería con una de otra temática —más seria—. Pero lo he pensado bien, y me doy cuenta de que todas estas cosas, incluso las sexis, las "hot" complementan el universo de Dragon Ball. Así que dedico este trabajo a la memoria de Toriyama y a una de mis mejores amigas, mi hermanita, Sora Kumo San. Gracias, hermosa, por tu bella amistad y por tu talento. Espero que te guste mucho este one-shot, y espero, también, por supuesto, que sea del agrado de todos.
Aclaratoria : "Octavio" es el nombre que se le dio al androide número ocho, u Ochocito, (Hacchan) en Latinoamérica.
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En memoria de Akira Toriyama.
Gracias, sensei.
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Había tanto que conocer... Amar comprende muchas cosas... y está el aspecto carnal también. ¿Pero él tenía ganas?... Después de todo, era un hombre, aunque Suno no terminaba de entenderlo. Se había quedado con la imagen de Número Ocho, su gran y mejor amigo Octavio, y pensaba que todos los androides eran como él; una máquina en su totalidad, pero eso, para ella, no impedía el amor; no impedía amar. Octavio tenía una capacidad ilimitada de amar; estaba segura de que era igual con 17.
Cuando menos se dieron cuenta, ya estaban saliendo; ya eran novios. No se habían percatado de ello; estaban muy enamorados para notarlo. Se la pasaban juntos día y noche, riendo, platicando, trabajando. Fue el padre de Suno el que tuvo que decirlo, y lo hizo en la cena familiar, a la mesa.
—¡¿Ustedes dos son novios?!... ¡Qué alegría! —dijo honestamente, con todo el amor del mundo, porque su corazón era noble en extremo.
Suno escupió su chocolate caliente de la impresión y 17 rio con la reacción de la preciosa pelirroja. Lo burlesco no se le quitaba ni en tiempos de paz.
—¡¡Papá...!! —exclamó para enseguida estrellar la taza contra la mesa.
—¡Vamos, no es para espantarse!... —dijo el anciano de buen humor—. El amor es algo muy hermoso, y ustedes son jóvenes... —prosiguió apuntándolos—. Tienen todo por delante. Amar es bueno —asintió el buen hombre.
Suno, colorada, solo podía mover la cabeza de un costado al otro. Se sentía sumamente apenada, más porque... sin duda le gustaba.
17 únicamente había reído ante las ocurrencias del padre, que no le disgustaron para nada; por el contrario, se sentía muy de acuerdo.
El androide volteó a ver a la pelirroja con una sonrisa coqueta, y la mujer más se ruborizó. Optó por beber más de su chocolate.
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Un día más de cruel invierno en la aldea Jingle, sin embargo, de pronto el frío ya no quemaba, ya no lastimaba tanto. Al lado de Lapis las horas transcurrían demasiado aprisa, y el frío ya no se sentía tan pesado. Su sonrisa, su compañía, su buen humor, las ganas con las que trabajaba en la aldea... todo eso era cálido, y el cuerpo y las mejillas de Suno permanecían hirvientes.
Estaban realizando las tareas un poco más despacio, para descansar, o más bien para darle un respiro a Suno, puesto que el androide no conocía el agotamiento.
Entre risas Suno juntaba la leña y el androide, en su trance amoroso, quebraba una vara, que arrojó abajo, al casi precipicio. Las risas no paraban; los comentarios de Lapis, repletos de incoherencias bastante coherentes, descontrolaban a la pelirroja; en serio que a su lado se sentía como una adolescente de nuevo.
Suno agitó la cabeza, sonriente. —Qué cosas dices... —mencionó todavía atrapada en las risas.
17 rio un poco y a continuación frenó para permanecer con los ojos sobre ella; le parecía hermosa, muy hermosa.
El cabello color zanahoria, asaz chillante, contrastaba con la nieve blanca, y eso le encantaba. Era llamativa, diferente. Era dulce, jovial, humana... y excesivamente bella.
Llevado por sus pasiones, se aproximó a ella, posó la mano enguantada en su mejilla rosada y besó a la nerviosa mujer, que pese a ello lo recibió ansiosa. El beso, afectuoso, del alma, derrochador de pasión, comenzó a resonar en la pequeña área del bosque en la que se encontraban, completamente solos, apartados de todos, incluso del ruido.
El beso, caliente, mucho más por parte de Suno, regó su temperatura por todo su rostro, y este calor, transmitido al androide, lo fascinó y sedujo. El beso se tornó fogoso, y la saliva fue compartida. La dulce pelirroja bajó la cabeza para detenerlo. Estaba demasiado abochornada, y se estaba saliendo de control.
17 la retenía de la cabeza, con suficiente amor y prendido de ella. —¿Qué pasa?...
—Es que... —dijo con la voz entrecortada.
Lapis alzó su cabeza para mirarla a los ojos. Se topó con unos acuosos, más perfectos por efecto del brillo.
La pegó a su cuerpo, tanto que Suno emitió un quejido, no de dolor, sino de asombro y vergüenza. Él se estaba comportando... diferente. Como alguien meramente humano. Y el androide, como leyendo su incógnita, le dijo: —Yo también siento... y esto me gusta bastante, Suno.
Y acarició su mejilla, no nada más con afecto, lo efectuó también con algo de lascivia.
Suno levantó más la mirada, apenada de locura. No estaba en posición de hacer esas preguntas; la vergüenza la mataba y además ella carecía de experiencia. No había tenido un solo hombre en su vida.
—Tú, a-ah... —y las palabras no salían— ¿sientes... como todos los demás? Pensé que eras como Octavio.
Lapis echó una risita, y la ciñó aún más con sus brazos de la cintura, con toda la confianza del mundo, como si hubiesen llevado toda una eternidad siendo novios... cosa que todavía no eran. —Yo soy un humano. Bueno, mi cuerpo es el de uno. Solo fui modificado un poco... para ser superfuerte. Soy... uno de los hombres más fuertes de este universo.
Suno lo miraba directo a los ojos con los suyos muy abiertos y las mejillas coloradas; tan rojas que resultaba chistoso, y que más bonita se mostraba.
Lapis, anhelante, inclinó la cabeza y le robó otro beso; esta vez pequeño para no asustarla. No obstante, más impetuoso. Suno logró zafarse, y avergonzada, como durante todo este rato, con la leña en sus brazos le dirigió una última mirada y enseguida se marchó de regreso a su casa.
El androide rio.
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El amor conlleva muchos cosas... Conlleva cuidar, desnudarse el alma... y asimismo la piel.
Se metió a la tina. Con el agua caliente y el cuarto vaporoso comenzó a fregarse los brazos. Nunca le había dado por verse el cuerpo, por mostrarse atención en ese aspecto. Nunca tuvo que preocuparse por verse bonita, muy elegante. Nunca había acudido a una cita ni nada semejante.
Recordó el primer amor: Goku. Y ni siquiera en esa ocasión tuvo que preocuparse; era demasiado joven para ello. Tenía apenas diez añitos, y como toda niña amada, se sentía especial, lo que era equivalente a sentirse bonita o suficiente para cualquier niño.
¿Pero ahora?... ¿era bonita?... En definitiva ya no era una niña. Ahora andaba con piel de mujer.
Aprovechó y observó su cuerpo desnudo; tenía algunos rollitos, pero nada que no se pudiera solucionar dejando el chocolate caliente. Al menos la figura femenina, curvilínea, seguía ahí. ¿Y el rostro?... Abandonó la tina y se miró en el espejo de pie; era... bella, y el cabello también lo tenía lindo y muy rojo; ¿eso le gustaba a 17?... Pensó que quizá ese era su atractivo principal. Más confiada, y por ende contenta, se vistió y salió del baño.
En su recámara se dedicó a deshumedecer su cabello. Con el escándalo producido por la secadora no advirtió la entrada de Lapis a sus espaldas. El androide, travieso, accedió sin hacer un solo ruido, e igualmente cerró la puerta.
Suno apagó el aparato y lo dejó sobre el buró próximo a su cama.
El androide, con una sonrisa imborrable, la atrapó de los hombros y Suno gritó, mas como lo reconoció al instante, se cubrió la boca para no espantar a ninguno de los residentes.
—Lapis... —dijo conmocionada, pero en voz baja.
Se viró para adquirir valor. —¿Q-qué haces aquí?...
—Quería verte... —le reveló sin liberarla de los hombros—. Me dejaste... algo prendido.
El rubor de esa misma mañana volvió a la nariz y mejillas de la bonita pelirroja. Entreabrió la boca...
—Creo que no es ningún misterio que me gustas, Suno... —dijo así como así, quitado de la pena—. Ni siquiera yo lo entiendo, pero... Debo admitir que pensaba que mis capacidades de afecto estaban limitadas, sin embargo..., me he dado cuenta de que quiero tanto como cualquiera. Soy capaz de querer tanto como tú, tanto como lo hacen tus padres, tu amigo Octavio... y te quiero. Aunque creo que es más que eso... —confirmó serio, y el beso vino. Conmovida por sus palabras, lo aceptó, y también le confesó su amor por medio de sus labios amorosos y firmes en sus movimientos; en su compromiso, que era amarlo... de todas las formas posibles.
El beso se transformó en uno fogoso nuevamente.
—Quiero... que me muestres... —le decía apenas despegando los labios—. Quiero... tenerte... conocer...
Y tras lo último expresado la mano rozó el pecho izquierdo y el vientre por encima del suéter rosa claro. Suno continuó besándolo como respuesta. Los dos elevaron los brazos, no muy seguros de quién le quitaría la ropa primero a quién.
Como era de esperarse, 17, desesperado, le arrebató el suéter a la mujer. El sostén beige salió a flote. El androide, en el frenesí, introdujo su faz en medio de los pechos albos y se inició en la carrera de toquetearlos y apretarlos incesantemente. Suno se mordió el pulgar y ladeó el rostro; estaba más que excitada, y sensaciones maravillosas, únicas y desconocidas la invadieron y recorrieron sus extremidades, sobre todo aquella parte prohibida, innombrable, jamás explorada; sentía húmedo ahí, mojado. 17 regresó de sus pechos para tomarla de las mejillas y besarla desenfrenadamente. Las manos pasaban y pasaban por la espalda baja, por el vientre, por cada pedazo expuesto. Se pegó al cuerpo femenino, y Suno apercibió el bulto, muy grande, muy extraño; ¿era esa su hombría?... ¿la parte oculta de él?... Por tratarse de la primera vez, secohibió, pero él siguió tocando, besando.
Se despegó un momento. — Quítamelo a mí ahora... —le pidió respecto al suéter.
Suno obedeció y dejó su torso desnudo. Pasmada lo contemplaba. Los músculos no eran exagerados, pero sí que estaban bien marcados. Realmente se le notaba la fuerza de la que era poseedor. La mano, demasiado blanca, demasiado tímida, se detuvo en el abdomen, y con este solo y simple movimiento bastó para que el androide se descontrolara y le volviera a comer los labios y a frotarle el cuerpo.
Las manos, ágiles, quisquillosas, abrieron el sostén, y este cayó en el colchón, a las rodillas de su dueña, que lo miró perpleja. Aunque intentó cubrirse, el androide fue más rápido, y le acarició y besó y succionó los senos, a lo que ella respondió con un gemido sinigual.
—Llévame más allá, Suno... —le pidió al oído, de forma sentida, y ella lo miró con ojos llorosos.
Del cuello lo llevó consigo por entero a la cama, a la caída, a la tentación, al fuego, que se podía divisar en sus cabellos. Los mechones rojos cubrieron la almohada y aterrizaron con gracia sobre los pechos; parecía una pintura, más a los ojos curiosos del androide.
Después de disfrutar de la magnífica vista, como ninguna otra, se desabrochó el cinturón y por fin se deshizo de todas las prendas bajas. La hombría, demasiado erguida, quedó a la vista de Suno, que si bien pretendía no mirarla los ojos le jugaban sucio y en ella se quedaban adheridos.
De los nervios retrocedió, pero de nada sirvió, ya que de inmediato se le abalanzó y se abrió camino entre sus piernas y se posicionó entre ellas. El miembro tocaba directamente la vulva, y con solo esto Suno despidió otro gemido, que agrandó la sonrisa de 17.
—Quiero más... —le dijo acariciando sus mejillas únicamente con los pulgares.
Le separó más las piernas a continuación y empezó a frotar su miembro ya húmedo contra su intimidad, excesivamente mojada. El sonido viscoso de la unión y meneo de los fluidos la hizo taparse los ojos. ¡Qué vergüenza!.
Los gemidos masculinos la calentaron, y por instinto principió a llevar la pelvis hacia delante sin parar ni un instante. Los gemidos se sincronizaron.
El cuerpo, sabio, se encargó de la magia, y cuando menos se lo vio venir, el miembro entró. Resbaló gracias al exceso de fluido. El dolor se hizo grande durante poco tiempo. Se abrazó a él, y una mezcla de tortura en su interior y del más exquisito placer abarcó su zona, y ya se veía ella de nueva cuenta moviéndose para deleitarse y para hacerlo sentir bien también.
—¡¡17...!! —gritó en el placer.
Lapis se movió más rápido. La embestida, firme, precisa, aceleró y también aumentó su fuerza.
—Suno... —pronunció con los dientes apretados.
Un gemido escandaloso salió de Suno con el cambio de posición; ahora se hallaba medio encima de él. Su hombría se le encajaba con más brusquedad. El hueco femenino lo apretaba como queriendo quedárselo. De repente lo sintió más grande, más caliente y vibrante.
17 le apretó las nalgas y empezó a jugar con ellas. Cerró los ojos y arqueó la espalda. —¡Ya viene...!
—¡No, espera...!
Ninguno completó sus oraciones. El semen la inundó, y su choque violento disparó mariposas en su interior; vio el cielo por un momento. La espalda suya también se arqueó y el chorro, transparente, empapó la entrepierna de ambos. Estaba agitada.
17 solo la miraba con una sonrisa. Acarició su cabeza. Él no estaba cansado para nada; de hecho, quería seguir, pero claro... habría que darle un respiro. Besó su frente.
...
—¿Quieres ser mi novia?... Supongo que así se dice —dijo en el interior de la tina delante de ella.
El calor del agua los acompañaba, al igual que el vapor.
—Yo... —y su cuerpo pegó un minisaltito— m-me encantaría.
17, sonriente como siempre a la vista de su ahora novia —y mujer—, abrió las piernas para que Suno quedara en medio de ellas. Le dio un beso y la miró con amor.
—¿Lo hacemos de nuevo? —le preguntó desvergonzadamente.
— A-ah...
En la tina compartieron una charla, amor y calor. Él la levantaba y bajaba sobre su pene hambriento, deseoso, y así lo pasaron toda la tarde e incluso noche.
Cosas pequeñas, cosas grandes, todo eso hace el amor.
Nota de autor: Espero que este texto haya sido de su agrado.
Nos vemos pronto.
