Capítulo 1: Guerra

La mayor parte de la Orden se mostró de acuerdo en que lo que marcó el descenso del mundo mágico hacia el caos fue la batalla ocurrida en el Departamento de Misterios. Esos eventos (el regreso inequívoco del Señor Oscuro, la negativa de Harry a proteger adecuadamente su mente, la caída de Sirius Black a través del velo) fueron los que crearon la frontera entre lo que solía ser la vida cotidiana y lo que ahora era la guerra. En todo el país, las reglas estaban cambiando. Cosas que solían considerar seguras y estáticas se habían vuelto peligrosas y fluidas. Harry Potter estaba solo una vez más, y Severus Snape había sido arrojado de nuevo al ruedo y obligado a tomar el papel de espía de nuevo. Dumbledore también encontró su escuela comprometida una y otra vez a medida que los padres perdían la confianza en su capacidad para mantener a salvo a sus hijos.

Sí, fue la batalla en el Departamento de Misterios la que marcó el comienzo del fin, por así decirlo.

El verano tras el episodio ocurrido en el Ministerio de Magia, la Sede de la Orden del Fénix se había convertido en un auténtico hervidero de actividad. Sin embargo, por la noche, cuando todos se marchaban o se retiraban a sus respectivas habitaciones, la casa se sumía en un inmenso silencio.

Ese era el momento en el que Harry intentaba dormir, algo que todos los demás parecían hacer con facilidad, pero era incapaz de mantener los ojos cerrados. Permanecía allí durante horas, en la oscuridad polvorienta del Número Doce, pero cada vez que sus ojos se cerraban, escuchaba un sonido, o imaginaba oírlo, o recordaba alguno, y los abría de golpe, con el corazón martilleando en su pecho.

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Harry dio la vuelta y presionó su rostro contra la almohada, pero todo lo que logró fue asfixiarse a los medios. Con un gruñido de frustración, volvió a girarse, enredando los pies en las sábanas. Luchó contra ellas por un momento, pero se congeló cuando Ron se giró y murmuró en la cama de al lado. No era justo. Su insomnio no debería afectar el sueño de Ron.

Se levantó.

Fuera de su habitación, los pasillos estaban sumidos en la oscuridad. «Todos están dormidos», pensó Harry con un toque de amargura. Todos menos él. ¿Y qué podía hacer para lograrlo?

Bajó sigilosamente las escaleras, pisando tan ligeramente como le fue posible los viejos escalones para evitar cualquier crujido que, en un silencio tal, seguramente despertaría a la Sra. Black que dormitaba en su lienzo colocado en la entrada. Un "Lumus" le habría ayudado, pensó tardíamente mientras se movía por la casa sin un destino real en mente. Pero se suponía que no debía usar magia y, de todas formas, había dejado su varita al lado de su cama. El mero pensamiento de su mano vacía hizo que su pulso se acelerara por un instante, una reacción que se había vuelto casi automática cada vez que se encontraba desarmado. «Estúpido», pensó. ¿Realmente esperaba ser emboscado, en plena noche, en la cocina de la sede de la Orden del Fénix?

«Sí», se respondió a sí mismo mientras deambulaba hacia la sala de estar, casi golpeándose la espinilla en el borde de una mesa de café. «Espero ser emboscado en cualquier lugar».

Una cosa que Harry nunca había aprendido en las clases de Historia de la Magia en Hogwarts (una cosa más entre el gran volumen de cosas que no había logrado aprender del difunto profesor Binns) era lo que realmente significaba la guerra para quienes combatían en ella. A pesar de las interminables horas que Binns pasó narrando las Rebeliones de los duendes, las constantes guerras entre tribus de gigantes y el resto de la sangrienta historia de los magos, nunca insinuó, ni una sola vez, cómo se sentía estar en medio de una batalla. Luchar, matar y morir. La sangre retumbando en los oídos mientras corrías, cargabas o gritabas en represalia; la forma en que el miedo impregnaba cada hilo de la vida hasta dejaba de ser miedo y se convertía en vigilancia constante. La forma en que a veces tu cuerpo elegía por ti si peleabas o huías. El terrible choque de adrenalina cuando la pelea terminaba, dejándote temblando y con sudores fríos. Ahora que se paraba a analizarlo, se dio cuenta de que la sensación era la misma que al despertar de una pesadilla. Solo que, en la guerra, la pesadilla era real, y no terminaba, solo se pausaba. ¿Y quién sabía cuánto duraba el respiro?

Harry se había percatado de que no era el único que se sentía así, que no le ocurriría a él por ser joven. Veía las miradas que todos lanzaban justo cuando la amenaza disminuía por un tiempo. Había notado la forma en que Tonks y Remus se miraban justo antes de desaparecer juntos para hacer Merlín sabe qué.

Había algo esencialmente animal en el peligro mortal, y hacía que todo lo demás también se volviera animal, al menos por un tiempo. Harry nunca había estado tan cerca de lanzar una verdadera Maldición Cruciatus, por ejemplo, que justo después de una emboscada en Hogsmeade. Había acorralado a un mortífago fuera de Cabeza de Puerco y lo había desarmado, pero no fue hasta que el bastardo comenzó a hablar mal de los padres de Harry que la furia comenzó a hervir dentro de él.

« Tienes los ojos de tu madre, Potter», había dicho el hombre enmascarado. «Me pregunto si también gritas igual que ella...»

Había sentido la rabia atravesar su cuerpo como un maremoto, y antes de que el mortífago pudiera tomar aire para continuar con sus burlas, Harry gritó «CRUCIO» con todas sus fuerzas.

Ni siquiera había oído a Lupin gritando su nombre, ni había notado que el hombre había llegado a su lado hasta que su mano fue desviada, enviando la maldición contra una pared que se desplomó con un crujido siniestro. Lupin, aun sosteniendo su muñeca, había enviado un hechizo aturdidor al mortífago que reía antes de llevarse a Harry, dejando la limpieza de la zona a cargo de Tonks y Kingsley. Harry había comenzado a llorar, y odió eso con todas sus fuerzas. «Ha sido solo por la adrenalina» se dijo a sí mismo, «solo la adrenalina». Continuó repitiéndoselo incluso cuando Remus lo abrazó, temblando, y junto a él desapareció.

Después de ese episodio lo habían llevado al Número Doce, y desde entonces no le habían permitido salir de allí. Era 'demasiado peligroso' y tenía que ser 'protegido'.

Harry había querido matar a ese mago. Pero no solo eso. Había deseado que el hombre sufriera. Había querido torturarlo. Sin embargo, apenas un día después del hecho, Harry se sintió asqueado consigo mismo. ¿Qué tipo de adolescente sintió un odio de esa magnitud?

Pero, ¿qué tipo de adolescente había pasado por lo mismo que él?

Pensó brevemente en los Thestrals de Hagrid... ¿a quienes habrían visto morir a los otros estudiantes? ¿Abuelos, desconocidos? Harry había presenciado más muertes de la que le correspondía, de eso estaba seguro. Había sido la causa de más muertes aún.

En ese momento, rozó con su pie el borde de un armario y saltó instintivamente hacia atrás. Se oyó el sonido de las botellas entrechocando suavemente unas contra otras en su interior. Echó un vistazo a la habitación en la que se encontraba, dándose cuenta de que había entrado sin darse cuenta en el laboratorio privado de pociones de la familia Black. El aire estaba lleno de polvo, ya que la sala llevaba años sin usar, ni tan siquiera como almacén. Snape prefería el clima y la luz del sótano del Número Doce, o al menos eso decía. Harry pensaba que el profesor de Pociones simplemente quería alejarse lo máximo posible de la gente en todo momento.

Snape... Snape también había cambiado, pensó Harry. Siempre había sido desagradable, por supuesto, incluso durante la pausa pacífica entre guerras, pero se había producido un cambio notable desde aquel día al final del cuarto año de Harry, cuando escuchó ciertas palabras de Dumbledore dirigidas al profesor.

«Severus, sabes lo que debo pedirte... si estás preparado...»

Harry no comprendió en ese momento el significado de esas palabras, aunque pudo formarse una idea vaga debido a la facilidad con la que Snape entraba en cólera las semanas y meses posteriores a escucharlas, junto con la apariencia hundida y sombreada que adquirieron sus ojos, lo que no hacía nada por suavizar sus duros rasgos. No estaba durmiendo. Dumbledore, como Harry supo más tarde, le había pedido a Snape que retomara su papel de... ¿agente triple? Sí, un espía finciendo ser un mortífago que finge ser un espía. Harry podía entender cómo el sueño eludiría a alguien con un papel tan complicado por interpretar.

La guerra fomentaba un clima constante de pánico, y las constantes luchas por parte de ambos bandos no hacían más que empeorarlo todo de una forma horrible. Para empezar, rompían la rutina. Después de todo, era imposible mantener una rutina cuando cualquier parte de ella podía ser destruida o volverse inalcanzable de un momento para otro; cuando cualquiera podía morir o ser torturado hasta la locura, cuando cualquier cosa dada por segura podía ser arrebatada en segundos. En momentos así, solo quedaba aferrarse a lo que se pudiera, y desprenderse de todo lo demás.

Desprenderse era lo único que le ayudaba a seguir adelante, pensó Harry mientras se deslizaba silenciosamente por el sucio suelo del aula de pociones abandonada. Casi se había derrumbado cuando Sirius cayó por el velo. Había deseado venirse abajo, pero pronto se dio cuenta de que no podía simplemente permanecer acostado y rendirse. Su dolor no importaba; Demasiada gente dependía de él para sobrevivir y continuar la lucha. Así que dejó pasar el episodio, y seguí viviendo cada vez más solo, sintiendo como el futuro sombrío y terrible que la profecía había predicho se encontraba cada día más cercano.

Siendo honesto, reprimir su dolor una y otra vez por el bien de la Causa a veces le hacía sentir un profundo vacío, pero, ¿acaso no era lo que le tocaba? Su deber era olvidar a Sirius, desprenderse de los pequeños recuerdos que habían construido juntos y seguir adelante. Pero a veces, ese vacío era reemplazado por profunda e inconmensurable culpabilidad, que revolvía su interior repitiéndole día tras día que había matado a su propio padrino, a la figura más cercana a un padre que alguna vez había tenido, y aún así había sido capaz. de olvidarlo por completo.

Este hecho lo atormentó durante semanas, sin ser capaz de encontrar alivio de ninguna forma. Lupin solo lo hacía sentir peor, repitiéndole una y otra vez que no era su culpa, mientras que Hermione y Ron ni siquiera sabían qué decirle para hacerle sentir mejor. Dejó de escribir a Hermione tras dos cartas y trató de no complicar las cosas con Ron, quien se había quedado elegido con él en el pozo de oscuridad y moho que era el Número Doce para que no se quedara completamente solo, aunque no ayudaba realmente. Todavía se sentía solo, pero con la carga añadida de tener que actuar con normalidad a su alrededor.

Harry creía fervientemente que Ron le contaba todo a Hermione, ya que lo veía escribir durante largos períodos de tiempo en horribles pergaminos que posteriormente entregaba a miembros de la Orden para que fueran enviados de una forma segura. Eso lo enfadaba en ocasiones. Todos hablaban de él a sus espaldas. Todos lo miraban, lo observaban, se preocupaban por él. Y eso solo le daban ganas de desaparecer, de que se lo tragara la tierra. Pero no podía hacerlo porque estaba encerrado en una prisión por su propia seguridad.

El único residente del Número Doce que parecía encontrarse en su misma situación era Snape, incapaz de salir a voluntad, merodeando por las habitaciones solitariamente.

Snape siempre estaba listo para insultarlo ante la más mínima provocación, y, por alguna extraña razón, Harry lo ansiaba. Sentía que a veces necesitaba pelear, pero todos los demás lo trataban como si fuera de cristal. Todos, excepto Snape.

Eso era lo que necesitaba Harry. Necesitaba alguien que se diera cuenta de que era estúpido e inútil; que su arrogancia había matado a su padrino. Snape era esa persona. Snape no tenía problema en recordarle que era temerario, imprudente y un niño insensato.

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Harry no era consciente de que esa era la razón por la que no cesaba de provocar a Snape cada vez que se presentaba una oportunidad, por supuesto que no. Pero Severus sí que lo sabía. Ah, sí. Para Severus era tan obvio.

Potter tenía habilidad innata para interrumpir en los momentos más relevantes y más inoportunos. Cuanto más concentrado estuviera en la adición de un ingrediente o en el número preciso y la frecuencia con que debía remover una poción, mayor probabilidad existía de que Potter entrara en la sala con alguna excusa. Cuanto más absorto en sus propias cavilaciones o más concentrado en el mantenimiento de sus defensas mentales, más ruido hacía Potter. Era exasperante. Pero se suponía que debía ser exasperante, ¿verdad?

A Severus no le llevó mucho tiempo deducir la motivación existente detrás del comportamiento cada vez más irrespetuoso de Potter. Cada vez que Potter lo provocaba de alguna forma, él respondía de la manera habitual, y aún así el chico seguía haciendo, sin dejar lugar a dudas que lo que buscaba era que tomara represalias contra él. No era inusual el empleo del autocastigo o dañarse a uno mismo en respuesta a un trauma emocional como la pérdida de un ser querido, y menos aún en los niños. Potter simplemente estaba usando a Severus como un saco de boxeo.

Al principio, ese acuerdo tácito era tolerable desde la perspectiva de Severus. No tenía que mostrarse más irritado de lo que realmente estaba, y pasado un rato, Potter se marchaba. Pero después de una o dos semanas, Severus empezó a encontrar... la palabra no sería molesta, pero sí algo inquietante. Potter seguía regresando como un perro apaleado que no podía evitar regresar con su amo.

Severus pensaba que el chico se detendría una vez pasado el shock inicial, pero el asunto solo iba a peor. Las intrusiones cada vez eran más frecuentes, ya horas más intempestivas de la noche. Y había algo más; a Severus había comenzado a no gustarle cómo se sentía tras esos encuentros. Tenso, insatisfecho, nervioso... Se estaba dejando absorbente por el juego de Potter y lo sabía. Y no podía permitirse el lujo de perder la compostura.

Por ello, cuando Harry, como era de esperar, apareció con el objetivo de desconcentrarlo con demandas insolentes, increpándolo por el olor a cadáver en análisis que invadía la casa (Severus, de hecho, estaba preparando una poción particularmente repugnante diseñada para desconcertar y confundir). al adversario), no se encontró de humor para complacer al chico

—Fuera, Potter— dijo sobriamente, mientras observaba al chico cubrirse la nariz de forma ostentosa.

—No puedo echarme de mi propia casa.

Esa era una de sus réplicas favoritas. Severus respiró hondo y se volvió para encararlo, atravesándolo con una mirada gélida.

—No tengo ningún deseo de satisfacer su necesidad de ser castigado esta noche —dijo—. Así que haga el favor de encontrar otro método de autoflagelación y déjeme en paz.

El rostro de Harry palideció un poco, antes de volverse escarlata. El chico apretó los puños, y Severus se dio cuenta de que había tocado una fibra sensible.

—Crees que quiero que estés en mi casa? ¿Crees que mereces estar en mi casa? ¡No eres más que un traidor despreciable, Snape!

«No dejaré que me provoque», pensó Severus, «no lo complaceré». Pero Harry continuó, lanzando una diatriba contra el carácter de Severus que, pese a ser infantil, logró su objetivo: enfurecerlo, a pesar de sus esfuerzos por permanecer distante. Pero si quería disuadir a ese chico de abandonar su camino hacia la autodestrucción, tendría que aprender a controlarse. Potter era demasiado bueno irritándolo. Tenía un don .

—¡Cesa esta locura de inmediato!—exigió, pero Harry apenas lo escuchó.

—...mi padre tenía razón sobre ti, y Sirius también. Y ahora ambos están muertos. Menuda coincidencia, ¿verdad? Dumbledore cree que eres digno de confianza, pero yo sé la verdad. Eres un traidor. Un maldito COBARDE que ha sido capaz de regresar con Voldemort para salvar su propia...

Fue esa palabra, cobarde , la que acabó con el autocontrol de Severus. ¿Cómo se atrevía ese insolente mocoso a cuestionar los sacrificios que había hecho para salvar su miserable pelejo? ¿Después de todo lo que había hecho? ¿Cómo se atrevía?

En un santiamén, Severus descubrió el camino de cuatro largos pasos que le quedaban para alcanzar la puerta donde estaba parado Harry y agarró su muñeca, con la intención de arrojarlo violentamente fuera de la habitación.

—¡Quítame las manos de encima! —exigió Harry, liberando su brazo con bastante esfuerzo. Pero las palabras habían nublado el juicio de Severus, quien agarrando el frente de la camisa del chico, lo estrelló contra la pared más cercana.

—Silencio —siseó. La boca de Harry se cerró de golpe con un clic audible, y quedó sin aliento—. Escúchame, pequeño monstruo. Cuestionas mi derecho a estar en esta casa, pero entiende una cosa: me veo obligado a permanecer en este sucio agujero, ya trabajar día y noche para manteneros con vida a ti ya tu temerario séquito. Solo Merlín sabe en qué nivel del infierno acabaré cuando muera, pero temo que no esté muy lejos si continúa invadiendo una y otra vez mi tiempo con tu incesante y masoquista necesidad de ser maltratado.

Al cesar su diatriba tomó conciencia de tres cosas al mismo tiempo: la respiración rápida y superficial de Potter, el extenso rubor que cubría su rostro, y, por último, su uso repentino e inexplicable de violencia física . Nunca antes había puesto sus manos sobre un estudiante. Jamás. Severus ni siquiera quería pararse a analizar lo rápido que había sido su reacción al arrojar al Gryffindor contra algo sólido y retenerlo. Y no solo eso, sino cómo tener a Potter inmovilizado contra la pared e impotente le había parecido sumamente adictivo.

Severus pestañeó y liberó su agarre de la camisa de Harry. El chico no dijo ni una palabra. No huyó, no intentó maldecirlo ni golpearlo. Permaneció presionado contra la pared, con las manos apoyadas contra la piedra y el pecho subiendo y bajando con la rapidez de un animal acorralado, con el corazón a punto de salirse de él.

—Fuera, Potter —dijo Severus, con un tono de voz desconocido para él mismo. Colocó una palma en la pared, justo al lado de la cabeza del chico, para estabilizarse—. Antes de que te hundas aún más en tu miseria.

Harry pareció despertar de su aturdimiento y entonces, sin dar aún ningún tipo de respuesta, se apartó de Severus y huyó, dejando que la puerta se cerrara de golpe tras él. Severus notó que su propia frecuencia cardíaca también estaba bastante elevada y su respiración era un poco más rápida de lo habitual.

«Con suerte, Potter habrá aprendido por fin la lección», pensó, mientras frotaba distraídamente una mano contra su nuca y continuaba con la poción que había dejado olvidada.

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Si Severus hubiera creído realmente que Harry se asustaría y cambiaría su mal comportamiento tras ese encuentro, se habría sentido profundamente decepcionado. No llevó más de dos días al Gryffindor demostrar que, lejos de haber sido disuadido, sus esfuerzos por provocar una respuesta de su profesor de pociones se habían vuelto aún más implacables.

El día después del episodio en el que Severus se viera obligado a usar la fuerza, el Cuartel General fue inundado por la Orden prácticamente al completo. Severus sabía que debería continuar restringido en la casa después de la reunión, ya que no podía arriesgarse a salir más de lo estrictamente necesario. Por ello, cuando los miembros de la Orden se marcharon por distintos medios, se quedó una vez más en el Número Doce, teniendo que lidiar con el comportamiento de Potter tan pronto como el resto de habitantes cayeran en un sueño profundo. Ese era el momento justo en el Potter comenzaba a husmear por la casa, buscando algún tipo de distracción contra su insomnio.

La primera noche con menos de la mitad de las habitaciones ocupadas fue la noche en la que Severus se encontró una vez más haciendo un heroico esfuerzo por controlar su temperamento. No había tenido que meditar mucho para darse cuenta de que volver a tomar represalias físicas sería algo extremadamente imprudente. Sin embargo, para su consternación, Potter no estaba dispuesto a aceptar su estoicismo.

—¿Qué pasa, Snape? Creía que te gustaba abusar de los estudiantes.

Severus creía que estaba haciendo un buen trabajo logrando controlarse. Soportó un auténtico torrente de insultos y burlas, sin ofrecer mucho más que sus réplicas frías habituales. No fue hasta que Potter sacó el tema del recuerdo más doloroso de Severus (su tormento a manos de Potter Senior y del pulgoso Black), que realmente perdió los estribos, empujado más allá del combate verbal. Después de violar la privacidad de Severus de esa forma, que fuera capaz de sacarlo a relucir en ese momento, sin ningún tipo de temor...

—¡Tú! Insolente... —exclamó, interrumpiéndose al ser incapaz de conjurar una palabra que expresara toda su ira. Levantó la mano sin pensar, como si fuera a abofetear a Potter, pero el chico se estremeció y Severus logró contenerse en el último momento. Gruñendo disgustado, cerró el puño y se obligó a bajar la mano, colocándola a un costado. Potter simplemente continuó observándolo, con rostro inexpresivo y alternando su mirada entre el puño y los ojos de Severus.

Severus exhaló lentamente por la nariz. Ambos permanecieron en silencio durante un instante, hasta que Potter habló finalmente.

—Vamos, profesor. Continúa —dijo—. Pégame. Sé que quieres hacerlo. Probablemente ni siquiera lo sentiré —. Dio un paso adelante. Severus retrocedió un paso—. Pégame —repitió.

—Potter —comenzó Severus, extendiendo ambas manos. No sabía cómo continuar. ¿Lo lamento? ¿No te acerques? ¿Voy a maldecirte si te atreves a soltar una palabra más?

—Vamos, puedo verlo en tu cara —continuó el chico, acercándose aún más—. Voy a quedarme quieto, no voy a defenderme. Sé que quieres —. Casi había conseguido arrinconar a Severus contra la pared fría del sótano, y soltó una amarga risotada, sin pizca de alegría—. Ni siquiera tengo mi varita —continuó, golpeando a Severus con fuerza en el pecho —. ¡Pégame!

Severus notó que se le secaba la boca. Potter no parecía simplemente enfadado, sonaba agresivo. Desesperado.

—Potter —dijo, en voz baja—, ha perdido la cabeza.

—¿Yo? —El chico casi río de nuevo—. Vi la forma en la que me miraste antes, cuando me tenías contra la pared. Quieres hacerme daño. Pues hazlo. —Agarró el frente de la túnica de Severus —. Hazme daño.

—¡Suéltame! —gruñó Severus, notando como un escalofrío recorría sus brazos y la parte posterior de su cuello—. Alfarero...

El chico le ofreció una mueca salvaje.

—Oblígame —exigió.

Severus entró en pánico.

Se apoderó de una de las muñecas de Potter y la retorció con fuerza, obligando a los dedos del chico a soltar su ropa. Tan pronto como lo consiguió, giró a Potter, estrellándolo de cara contra la mesa de trabajo, con una mano retorciendo la muñeca del chico entre sus omóplatos y la otra presionando el hombro opuesto contra la madera. Una vez lo tuvo firmemente sujeto contra el mueble, completamente inmóvil, Severus fingio que el gemido de dolor de Harry no lo había golpeado como un puñetazo en el estómago.

—Contrólate, Potter —siseó

El brazo torcido de Harry se flexionó, y sus dedos temblaron un poco. Tenía la cara vuelta hacia un lado, con los labios entreabiertos.

—Contrólese usted, profesor.

Durante unos instantes, los sonidos únicos que podían escucharse en la estancia eran sus respiraciones y el tictac lejano de un reloj.

Potter separó sus piernas. Severus pudo notar el movimiento a la perfección en el punto en el que ambos cuerpos se unían. Sintió los músculos de Potter tensarse mientras el chico abría las piernas. Lo notó elevarse ligeramente hasta ponerse de puntillas, como si buscara más contacto.

Severus se apartó como si se hubiera quemado.

—Por Dios, Potter, sal de aquí —murmuró, retrocediendo mientras Harry se desplomaba sobre la mesa, con el brazo que había sido retorcido cayendo sin fuerzas a su lado, emitiendo un pequeño suspiro.

—Potter —continuó Severus—, por favor, vuelve a la cama. Por favor.

Harry se incorporó lentamente, usando su otra mano, y cuando se giró, Severus pudo observar un pequeño hematoma en su pómulo. El chico frunció el ceño y tocó el lugar con dos dedos.

—Sí, profesor —respondió antes de marcharse.

En cuanto la puerta se cerró, Severus sintió como sus rodillas se debilitaban. Se apoyó contra el muro de piedra y cubrió su cara con ambas manos.

La situación se había convertido en un problema.

Es un gran problema.

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La mañana siguiente, cuando Severus consiguió reunir el valor suficiente para abandonar sus habitaciones, decidió dirigirse directamente al laboratorio del sótano, sin pasar por la cocina. Podría pedir comida más tarde. Sin embargo, en su ruta no pudo evitar detenerse al oír la voz de Potter, y así terminar escuchando un fragmento de conversación del chico durante el desayuno.

—Tuve una pesadilla —decía—. Me caí de la cama. Ni siquiera me duelo

—Puedo curarlo, querido —respondió la señora Weasley—. Solo tardaré un minuto.

—No es necesario, señora Weasley. Ni siquiera lo noto.

Debían estar hablando de su cara, del lugar donde se había golpeado con la mesa.

Donde Severus lo había golpeado contra la mesa.

Pasó sigilosamente junto a la puerta de la cocina y huyó al sótano, convenciéndose a sí mismo de que no quería ver el aspecto que tenía. Y no lo hacía. No quería ver nada.