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La sombra de Alastor miró con curiosidad el pedazo de carne que había caído sobre la nieve; la sangre dorada, el icor, se desparramaba suavemente y era absorbida por la nieve a su alrededor.
Al wendigo le parecía completamente irónico cómo aquella sustancia mítica para los humanos se mezclaba tan fácilmente con un elemento tan ordinario y terrenal; pronto no sólo la ironía lo invadió, si no que un completo rayo de burla estremeció todo su cuerpo. ¡Oh! La dulce sensación de observar cómo algo superior a la humanidad caía con tal facilidad y horror en su alma lo estremeció al punto de la completa locura.
No obstante, la urgencia y el anhelo de consumirlo no era igual que con Charlie.
Una parte de Alastor todavía se aferraba a la idea de que la extrema obsesión que sentía hacia la princesa del infierno era por la sangre celestial que corría por sus venas… pero no era así.
El Alastor racional estaba consciente de que la divinidad de Charlie no era completa, incluso el color de su sangre, roja como la de los demonios y pecadores, lo ratificaba.
En efecto, la obsesión por ella no era algo simplemente biológico. No era por su naturaleza que consumía todo lo que venía del orden para sentirse en paz.
Alastor de verdad tenía sentimientos por Charlotte.
Y eso lo hacía sentirse débil.
Débil y patético… pero también reconfortado, puesto que tal amor dulce lo enviaba directamente a las sensaciones felices y amables que pensó nunca iba a volver a experimentar, esos días hermosos con su adorada madre.
Torcido, sí. Él lo sabía.
Pero esa era su forma particular de amar.
La suya propia como individuo, no la de su naturaleza aberrante.
Su manera de amar humana. Al menos de la parte humana que se negó a soltar todavía de sí mismo.
Allá, en su cuerpo real, recostado junto a la princesa rubiecilla que suspiraba pesadamente bajo las mantas que le había echado, el wendigo se deslizó, incorporándose lentamente como si resguardar el sueño de Charlie fuese su misión más importante.
La sombra había recogido para ese momento esos pedazos de ángel que habían dejado atrás, con cuidado de no dejar rastro alguno. No quería a ningún animal mutado de manera extraña al comer de aquella carne y sangre divina.
Afortunadamente, parecía que la pequeña aventura de la noche anterior y toda la información que habían intercambiado él y su pequeña demon Belle le habían pasado factura y la envolvieron en un sueño profundo.
De todos modos, hizo silencio.
Caminó lentamente, casi de puntillas, hasta la puerta principal. Allí, en el pórtico de madera vieja humedecido por la nevada, lo esperaba su sombra sonriente.
Él y su otro él se miraron antes de que le fuese entregada una gran olla con lo que parecía una gallina muerta, o al menos eso se podría pensar al ver las alas sobresaliendo de la misma.
Había sido una pena que ese ángel escapara con ayuda de otro más versado en la lucha contra seres como él.
Al menos, Alastor había tomado un pedazo lo suficientemente grande de su alma.
Era curioso para el caníbal que los ángeles, demonios y ángeles caídos no tuvieran un cuerpo separado de su esencia, no como los dioses exteriores y los durmientes de los que él mismo formaba parte.
Bueno, era de esperarse, porque de alguna manera esos seres celestiales y demonios eran parte del orden universal y ellos estaban realmente vivos.
En cambio, seres como la locura reptante, el devorador de la niebla o incluso él mismo realmente no estaban vivos.
Tampoco es que fuesen inmortales… simplemente eran más duros de matar que los seres del orden.
Porque aquellos seres a los que el mismo Alastor pertenecía eran legiones en un solo individuo, y viceversa.
Porque no está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los eternos eones, incluso la muerte puede morir.
Entonces, con la olla en sus manos, entró a su hogar. Sí, esa era la palabra. Un hogar que estaba compartiendo con Charlie, así como su amor, su historia, su existencia.
Y también compartiría el sabor celestial de unas buenas salchichas caseras.
Alastor no pudo reprimir una risilla sardónica ante su propio chiste.
Sí, ya estaba de mejor humor.
Y además había conseguido un poco de carne con mucha energía y poder, cosa que le haría bien a su princesa, y también a él.
Se empezó a preguntar si ese ángel que había perdido dos alas, un brazo y parte del hombro estaría furioso.
Esperaba que sí, porque le había quitado más de la tercera parte de su poder. Poder que usaría para Charlie, para continuar jugando a la casita mientras la protegía de todo aquello amenazante que se atrevía a acercarse a ellos.
Empezó a tararear suavemente My melancholy baby mientras se dirigía a la cocina; cuidando de que Charlie no se despertara, lanzó un pequeño sigilo de silencio alrededor de la rubia durmiente.
Desde que ella habitaba en casa de Alastor, su cansancio extremo había aminorado, aunque todavía era una pequeña dormilona; aquella peculiaridad se le hacía preciosamente adorable y trataba de no molestarla mientras disfrutaba del dulce sueño.
La increíble mejoría de la vitalidad de su sweetheart la tenía que agradecer completamente a Hitler y sus campos de concentración; aquellos lugares los habían construido siguiendo las pautas que Crowley y Alastor ordenaron por el bien de Charlie, aglomerando toda esa energía de cientos de humanos muriendo poco a poco en la embajada de Agartha y luego canalizando la misma, ya refinada, hacia la casa donde ahora vivía con su princesa.
Esa casa que hacía de condensador e interruptor, alimentando el cuerpo de Charlie lo suficiente para no morir, porque ¡vaya cantidad de almas que ella podía consumir en un día! Y sólo era para mantenerla estable.
Si Alastor sumaba todavía la cantidad de energía que le drenó la noche en que la marcó como suya, se llegaba a la conclusión de que su preciosa demon belle era toda una vampiresa espiritual.
Bueno, estaba hablando del anticristo. Era de esperarse.
Por supuesto, aquella magnífica maquinaria de muerte y desolación también alimentaba a la barrera que protegía la casa.
Cada alma que desaparecía de los mundos terminaba ahí, en esa casa a las afueras de la ciudad, para un fin u otro.
Si Crowley y el propio Alastor no hubiesen intervenido, Charlie muy probablemente sólo habría vivido medio año cuando mucho.
Y entonces ahora habían pasado casi dos años desde que llegó a la tierra e incluso se había iniciado una invasión a Polonia no hacía pocos meses.
Sólo por ella.
E incluso tales sacrificios no habían sido suficientes para devolverle todo su poder. Aunque Alastor pensaba que era mejor así.
Porque de esa manera, él pudo acapararla para sí mismo sin temor a que se volviera rebelde.
Con su suave corazón, ¡quién sabe qué dramas podrían ocurrir si ella se enterara de cómo es que había sobrevivido todo este tiempo en el mundo humano!
Al llegar a la cocina, desplumó las alas arrancadas de Nuriel, pensando en cómo estaría de divertido luchando contra la corrupción del vacío que le había dejado en las heridas abiertas.
Tal vez incluso terminarían con su miserable vida por compasión.
Cuando culminó de limpiar las alas, y sacó la piel y los huesos de toda la carne que pudo obtener, Alastor la sazonó con hierbas finas, harina de maíz, paprika, ajo, cebolla picada y un poco de sal. Luego la trituró con ayuda de un molinillo; después bañó la carne molida con un poco de cerveza, añadió nuez moscada y anís, para pasar nuevamente por la trituradora. Alastor empezó a canturrear You're the cream of my coffee mientras la mezcla pastosa se hacía lugar entre las tripas de cerdo limpias para formar las salchichas.
El aspecto de su obra culinaria no era diferente a las hechas con carne de cerdo, y sonrió divertidamente imaginándose a un cerdo con alas angelicales.
Los huesos los usaría para rituales, aunque guardaría un par, no muy sospechosamente grandes, para hacer un buen caldo de hueso.
Las costillas eran otro asunto. Había logrado conseguir tres de buen tamaño, así que podría hacer algún guiso con ellas.
El pedazo de pulmón que había conseguido también necesitaba una adecuada preparación. Sacar el aire que quedaba, comprimiendo lentamente pero con fuerza; después cortarlo en pedazos. Pensó que quedaría perfecto en un boeuf bourguignon.
Envolvió los trozos de pulmón en tela encerada y los guardó en el refrigerador último modelo que había comprado hacía un año. Las costillas también habían ocupado un lugar especial en los compartimentos de aquel aparato.
Alastor sonrió con satisfacción, puesto que tenía suficiente comida como para no necesitar ayuda de Crowley en los siguientes días. Esperaba que los efectos de su incursión a Shath'Yar aunados a la pequeña rabieta que había tenido el día anterior se desvanecieran con el tiempo. Si no era así, debería pensar en alguna alternativa para aparecer en público.
Desechó sus pensamientos con respecto a su aspecto y empezó a pensar qué haría con las otras cosas interesantes que había obtenido del ingenuo ángel. Empezó con las plumas… pensó que tal vez las almohadas de Charlie necesitaban nuevo relleno.
Y con la piel curtida se harían excelentes pergaminos para algunos hechizos y rituales.
Cómo un buen cazador, nada se desperdiciaba. Nada se tiraba.
Incluso la sangre celestial que había drenado antes, la bebió tranquilamente como si fuese una bebida energética, disfrutando del sabor celestial puro, aunque no tan estimulante como la preciada sangre de su Demon Belle.
No, ella era única en su especie.
Suspiró satisfecho cuando terminó sus tareas.
Definitivamente Alastor amaba la cacería. Sobre todo cuando la presa tocaba a tu puerta por sí misma.
†******†
Vagatha no era de las personas que se arrepentían, nunca lo había sido. Desde que era pequeña sabía que agarrar el toro por los cuernos era mejor a cualquier otra cosa. Porque ser débil en el mundo hecho para hombres era una sentencia de muerte.
Por eso no entendía por qué, cuando terminó su turno de vigilia, cuando despertó de la pequeña siesta después de llegar a su habitación, sintió un deseo imposible por ir a la iglesia.
Por confesar sus pecados.
Por huir de su misión sin mirar atrás. Correr a una nueva vida en las manos de Dios.
Tal vez, unirse a un convento.
Desesperada, confundida e intranquila por la locura que su mente le repetía aquella mañana, torció el brazo y se dirigió hacia la casa religiosa más cercana.
Se vistió lo más adustamente posible, cubriendo su figura con un vestido simple color crema y un abrigo gris que había conseguido en una de las pocas tiendas de la ciudad que permitían clientes de su clase. Luego, tomó un gorro tejido oscuro y su pase de vía, puesto que era el documento que la acreditaba como personal de un miembro del Reich y con ello la dejarían un poco en paz.
Salir a las calles, para alguien como ella, era un constante desafío de supervivencia. Allí, ella como persona no valía nada, su valor radicaba en su dueño, en este caso, Alastor, o Alber Maillet.
No es que las cosas en Estados Unidos de América fuesen radicalmente diferentes, pero sí eran menos agresivas a luz del día, al menos para su gente, aunque no para los negros.
En su país natal, al menos, ella podía sentirse segura en los barrios hechos para y por su propia gente. Allí, en el lugar donde ahora vivía, no existía tal cosa.
Los barrios donde vivían las minorías étnicas se habían limpiado hace tiempo, y ahora allí vivían blancos empeñados en traer más niños como ellos al mundo para poblarlo.
No es que ella les guardase un rencor en especial, pero se le hacía aberrante todo el asunto.
Caminó con mucho cuidado hacia su objetivo, sobre la nieve aglomerada que apenas estaba siendo apartada de los caminos por un grupo de trabajadores marcados con una estrella bordada en sus ropas; había miembros de la policía local y algunos militares regados por el camino, vigilando a su mano de obra.
La detuvieron al menos dos veces, aunque siempre la dejaban ir en cuanto mostraba su documentación. Claro está, no antes de hacer algún comentario sobre sus características no humanas o lanzar cumplidos sobre que podría convertirse en un premio para las tropas si se portaba bien.
Masculló algunos insultos en español cuando ya no podían escucharla y siguió con su camino.
El edificio que ella buscaba se levantaba humilde, con un estilo viejo gótico, frente a una plazuela llena de bancos de metal forjado cubiertos de nieve.
Los trabajadores todavía no habían llegado hasta allí, así que fue toda una faena caminar por entre la nieve acumulada de la noche anterior hacia las puertas de la iglesia.
Ni siquiera sabía por qué carajos estaba haciendo eso.
Masculló mil y un frases de reniego hacia sí misma por la necesidad de atravesar tal faena tan sólo para ir a ver a un santo sangrante clavado a una cruz.
Ella nunca fue religiosa.
Ella nunca tuvo la necesidad de ir a una iglesia.
Pero cuando sus pies tocaron el atrio y miró la cruz levantarse sobre el altar. Vagatha corrió hacia el altar con urgencia, y luego, ella cayó de rodillas.
—"¡Hija mía! ¿Cuál es la urgencia al venir en un día como este? ¡Oh, pobre alma…" —Ni siquiera escuchó la bienvenida que le dio el sacerdote que apenas llevaba la pala en el hombro para limpiar la nieve del camino.
No, Vagatha no tenía tiempo para eso; la necesidad que había nacido de la noche a la mañana por ir y rezar a Dios era como un picor incesante en su pecho.
Y empezó a llorar, pidiendo perdón.
El sacerdote que la había visto ingresar dejó su herramienta de limpieza en la entrada y caminó hacia la pobre joven con presura pero sin correr.
Era joven, no tan joven como un recién salido del seminario, pero podría decir que no pasaba de los treinta.
Benjamin, el sacerdote, se arrodilló junto a ella.
Los ojos grises del hombre de cabello corto y oscuro se veían apacibles.
—"¿Deseas confesarte, hija mía?"
Vagatha, la pobre mujer que había cambiado de la noche a la mañana asintió con la cabeza, con la pequeña parte de su viejo yo que se conservaba aún, negándose férreamente.
—"En estos días oscuros, necesitamos alguien que nos escuche, ¿cierto, hija mía? Vamos… vamos al concesionario. Te prometo que no hay pecado lo suficientemente grande para que dios te aparte de su lado. Al menos tú no pareces ser de las de la misma clase de aquellos que han sido condenados."
Fue ese día que Vagatha ingresó a la resistencia que ayudaba a escapar a los judíos.
Todo por una confesión honesta a la persona correcta.
Si bien, había despertado con la necesidad irremediable de huir y abandonar su misión. Ahora necesitaba más que nunca ser un buen elemento para Alastor y Crowley.
Necesitaba mantenerse cerca.
†*****†
Charlie despertó con el olor de las salchichas que Alastor estaba cocinando alegremente; el tarareo de la voz del wendigo se mezcló con los sonidos del gramófono.
Esa mañana no había radio.
Probablemente, pensó ella, tenía que ver con la guerra en la que el país en el que ahora vivía se encontraba.
No es que ignorase la situación del lugar, de hecho, antes de ser enjaulada por su padre y el hombre sonriente que preparaba el desayuno, ella trató de convencer al mismísimo Führer de que las cosas podían solucionarse de otra manera.
Obviamente no fue escuchada.
Casi inmediatamente después Al la había atrapado con un juego engañoso y ahora apenas si sabía algunas cosas al respecto.
Aún estaba preocupada por los proyectos que había dejado detrás, ya que no estaba segura de que Razzle, suplantándola como la princesa de Agartha, pudiese mantener la fachada.
Era obvio que Charlie no sabía nada al respecto de que, oficialmente, ella estaba en un estado crítico entre la vida y la muerte gracias a un francotirador ruso contratado por británicos.
Alastor había sido muy cuidadoso al respecto de qué y cuánta información sobre la guerra entraba a su casa.
No quería que Charlie perdiera los estribos. Sobre todo a sapiencia de que tanto los celestiales como los inefables estaban rondando muy cerca.
La princesa del infierno apoyó sus brazos sobre la encimera de la cocina en una pose sexy; la camisa de la pijama estaba desabotonada de tal forma que se podía ver el nacimiento de los pechos.
El cuerpo de la rubia estaba resentido por haber dormido la noche en el suelo; si bien ella y Alastor se habían puesto cómodos para disfrutar del clima invernal en el atardecer, eso no la había exento del dolor de espalda.
Pero había sido una experiencia bastante romántica a su parecer.
Aunque, para pesar de ella, no hubo ningún otro acercamiento más íntimo entre ellos.
En la cabeza de la princesa infernal empezó a flotar una interrogante… sin embargo la empujó a un lado, ahora su estómago le suplicaba por atención.
—"¡Buenos días, Al! Oh… por los siete infiernos, ¡eso huele delicioso!"
—¡Muy bellos días tengas, sweetheart! Justo estaba terminando esto, precisamente. —Alastor volteó su rostro sonriente hacia ella, perdiéndose un poco en la deliciosa figura matinal que le regalaba. —Hay café caliente en la cafetera, si quieres empezar con eso, puedes hacerlo; hay terrones de azúcar y leche tibia y espumante en la mesa, como te gusta. La comida estará servida en un momento."
Charlie se estiró como un gato perezoso hacia la cafetera que reposaba cerca de la estufa; el líquido oscuro cayó sobre una de las tazas dispuestas para ello. De alguna manera, ella ya se estaba acostumbrado a este ritmo de vida, aunque se sentía un poco inútil.
Bueno, ella y la cocina nunca se habían llevado bien, y no podía negar que Alastor cocinaba como un chef profesional.
Con pasos lentos se volvió hacia la encimera, esperando a que el hombre de astas oscuras terminara de emplatar; de alguna manera, a Charlie le gustaba un poco más el Alastor con características físicas sobrenaturales. La hacía pensar que eran iguales.
En cuanto él wendigo terminó la preparación, ella le ayudó a poner la mesa e iniciaron el día juntos. Las miradas se encontraron más de una vez antes de que ella probara el plato principal.
Alastor estaba expectante; como un niño travieso a la espera de que alguien cayera en su broma final.
Con delicia observó como la rubia de ojos expresivos cortó las salchichas en pedazos y llevó uno de esos trozos a sus oscuros labios carnosos.
¡Oh! Era toda una experiencia verla comer… Cómo sus ojos irradiaban sus impresiones tan clara y honestamente, y sus mejillas sonrosadas se oscurecían más debido a su emoción desbordante.
Esas pequeñas expresiones llenaban el corazón del caníbal con júbilo, y cuánto más gracias al pequeño ingrediente secreto que le había agregado al plato principal.
Alimentarla era en sí una experiencia cautivadora para él.
—"Al… ¡Esto está delicioso!"
—"¿Cierto?" —Respondió con júbilo mientras él llevaba un poco de la carne a su propia boca. Masticando un poco y tragando luego, soltó un comentario irónico que tal vez Charlie nunca entendería. —"Éstas salchichas son simplemente celestiales…"
La princesa soltó una linda risa mientras cubría su boca, llena de la carne procesada que él mismo había preparado.
—"Bueno, no sé si sean celestiales, pero están al nivel de los mejores cocineros del infierno. Eso lo puedo asegurar."
—"Oh… Me halagas, moun chèrie." —La mano oscura del caníbal hizo un ademán como si se avergonzara por haber sido felicitado.
—"¡No puede ser…! ¡¿Las hiciste tú, así, desde cero?!" —Los ojos de Charlie se abrieron con admiración. Ella siempre había pecado un poco de glotonería, y ese aspecto salía bastante cuando se trataba de comida de su agrado.
—"Incluso cacé el cerdo salvaje… Ya sabes, un poco de estiramiento matinal, sumado a que obviamente con este clima y este aspecto no puedo ir de compras, amour."
La admiración de Charlie se empañó por curiosidad, y también por cierta sensación de inutilidad.
Bueno, no es que ella estuviera encerrada por su voluntad. Aunque se arrepentía un poco por nunca haberse interesado en habilidades como cocinar para sí misma o para quienes amaba.
—"¿Hay cerdos salvajes en el bosque?" —Preguntó finalmente luego de empujar un poco sus pensamientos infructuosos. Tenía que pensar en otras cosas para no sentirse mal consigo misma.
—"También hay ciervos…" —Los ojos de Alastor se entrecerraron con cierta emoción que Charlie no supo identificar bien. —"Algunas aves de caza que irán bien con los ingredientes que tenemos. Este invierno probablemente nos deje incomunicados un par de semanas si las nevadas siguen como hasta ahora, así que debo pensar en cómo alimentarnos en el caso más extremo."
Charlie asintió. Vivir fuera de la ciudad era bastante problemático, aunque entendía por qué habían elegido ese camino.
Así ella estaba más segura, según lo que Alastor le había dicho; esperaba que aquellos que la querían muerta no volvieran, pero sabía que era mucho pedir.
No quería volver a sentir esa sensación de peligro extremo.
Y Alastor le había prometido que la protegería… porque la amaba.
La princesa se ruborizó completamente al recordar la declaración de amor tan inusual que Alastor le había dado; cubrió su rostro con sus manos, estremeciéndose nerviosamente.
—"¡Por los infiernos, Charlie, ya no eres una niña!" —Se amonestó.
—"¿Ocurre algo, moun amour?" —Y allí estaba, la declaración sin vergüenza del amor del caníbal que cubrió de un tono carmesí más profundo el rostro de la princesa.
Entonces, ¿cómo le iba a explicar a su padre que ella y Alastor eran…? ¿Qué eran en realidad?
La pregunta que la había atormentado desde que se despertó regresó con fuerza.
¿Estaría bien preguntarle? ¿Se ofendería si ella lo hacía? ¿Actuaría como su ex y le diría que dejara de hacer preguntas tontas?
La cabeza de Charlie giraba confundida con sus propios pensamientos.
Hasta que una mano conocida la sacó de su propio y pequeño mundo de cuestionamientos con el tacto suave contra la suya propia, haciéndola mirarlo.
—"¿Qué ocurre, chèrie?" —Volvió a preguntar.
Ella dudó al principio, todavía con los recuerdos frescos de su anterior relación y el abuso emocional que recibía, tenía miedo cuando se trataba de hablar de ese tipo de cosas.
—"Tú… ehm.. yo… Nosotros… Al… ¿Nosotros… ehr… qué somos?
Ahí estaba, lo había dicho. Cerró los ojos como acto reflejo, esperando una burla, un grito, un reclamo.
Pero eso no llegó.
—"Lo que tú desees, my darling." —Alastor apresó con firmeza la mano de izquierda de Charlie, entrelazando sus dedos y la acercó peligrosamente a sus labios; el roce de la nívea piel de la princesa infernal se sintió como los pétalos de una rosa. Tan fragante en su aroma único, floral, pecaminoso, dulce y salado como el mar. —"Tu amado, tu cómplice, tu confidente, tu pareja… tu más fiel sirviente."
Charlie empezó a temblar con las últimas palabras del caníbal; no era de miedo, si no de algo diferente. Sintió como algo cosquilleaba dentro de sí y cómo sus sentimientos se exprimían dentro de ella, empapando sus anhelos instintivos de súcubo.
Ella estaba más roja aún, si se podría lograr aquello.
—"Aunque…" —Añadió él, frotando la mano de Charlie con sus dedos, jugueteando un poco y volviendo a besar el dorso blanco de la delicada mano de la princesa. —"Anhelo que seas sólo mía, moun amour, moun chèrie. Egoístamente, quisiera no compartirte con nadie."
Para ese momento, la piel de la princesa infernal ya no tenía ningún tono blanco que ofrecer a la vista en su rostro; sus ojos estaban empapados de algo que Alastor apenas podía identificar como "deseo".
Y entonces, Charlie rompió el encanto con un sórdido recordatorio.
—"¡Oh, mierda!" —Al final cayó en cuenta, necesitaba un plan. Lejos de que su vida corría peligro, había algo más importante al respecto de su nueva relación con Alastor. —"¿Cómo le vamos a decir a papá que estamos saliendo?"
La voz de la rubia era una mezcla entre angustia y júbilo.
Alastor soltó una carcajada profunda y sincera.
—"Francamente, ni siquiera lo había pensado antes." —Respondió él, con la voz entrecortada por la situación irrisoria.
En efecto, ni siquiera había pensado en ello.
Acarició la cabeza de su amada princesa cuando por fin la risa se desvaneció lo suficiente para calmarse.
—"Ya pensaremos en algo." —Sentenció, tranquilo, aunque no lo estaba.
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Notas de autor:
Honestamente, este capítulo fue un tanto difícil de escribir porque sabía a dónde quería llegar pero Vaggie no cooperaba.
Además, tenía el impulso de nombrar el capítulo como "cocinando con Alastor" o "salchichas celestiales" porque tengo el sentido del humor roto. Jaja.
Igual, este es uno de esos capítulos de transición. Corto pero seguro.
Pobre Charlie, se ha vuelto caníbal sin saberlo.
Vamos, Al, tu sentido del humor está tan roto como el mío, querido.
Nos vemos en el siguiente capítulo
