Capítulo 11
Punto de vista de Artemisa:
Un cosquilleo de emoción me recorrió al enterarme de un nuevo restaurante de comida mexicana que Hebe recomendó. La idea de disfrutar tacos con Percy, bajo la luz tenue de las velas y el sonido de una guitarra acústica, era irresistible.
Sin embargo, mi euforia se evaporó al escuchar un acalorado intercambio de palabras. Tras la casa grande, Percy y Annabeth se enzarzaban en una batalla verbal, sus voces cargadas de rencor y pasión.
"Un último beso", imploró Annabeth, con un tono que me erizó la piel. La ira me nubló la vista al imaginar sus labios rozando los de Percy.
"Vete al diablo, Annabeth. ¿Acaso no entiendes que no te amo?" respondió Percy, su voz firme y tajante.
Un suspiro de alivio escapó de mis labios. Mi corazón, que latía con fuerza, se calmó al escuchar su rechazo.
"¡Te arrepentirás de esto, Jackson! ¡Me las pagarás!", gritó Annabeth, su furia resonando en el bosque.
Una ira abrasadora de venganza recorría mis venas, un volcán a punto de entrar en erupción. Si no fuera por mis encontró pasados con Annabeth –en la época en que mi memoria era un lienzo en blanco, una pizarra sin recuerdos–, la habría enviado al inframundo con una flecha tan certera que ni siquiera Hades la vería venir.
¡Ahora yo sería la principal sospechosa ante el mismísimo consejo! La ironía era tan amarga como la cicuta, tan punzante como una flecha en el corazón. La diosa de la caza, acorralada por sus propios errores.
Percy, mi amado Percy, me detuvo cuando estuve a punto de deshacerme de ella 5 veces seguidas. Al menos le rompí algunos huesos, un pequeño consuelo para la furia que me consumía.
"Buena suerte con la domesticación de la diosa doncella", espetó Annabeth antes de marcharse, con una sonrisa psicópata en su rostro.
Domesticación, pensé con amargura. ¿Acaso me veía como una mascota a la que hay que entrenar? La arrogancia de esa hija de Atenea me enfurecía.
Me observé en el reflejo de un charco. Mis ojos brillaban con un fuego inusual, mis manos apretaban con fuerza el arco. La diosa cazadora se había convertido en una fiera, dispuesta a defender su territorio.
En ese momento, una decisión se gestó en mi interior. No permitiría que Annabeth, ni ninguna otra mujer, interfiriera en mi relación con Percy. Utilizaría todas mis armas, tanto divinas como terrenales, para defender lo que era mío por derecho divino.
Charla de Percy con Artemisa dentro cabaña de Poseidón
La puerta de la cabaña se abrió de golpe, revelando a un Percy Jackson con el rostro aún tenso por la reciente confrontación con Annabeth. Al verme, esbozó una sonrisa tímida, una mezcla de humor y nerviosismo que no pasó desapercibida para mis sentidos agudizados.
"Hola, Rayo de Luna", dijo con un tono que combinaba humor y nerviosismo, como si intentara ocultar la tormenta que rugía en su interior.
"Hola, Jackson", respondí, con una sonrisa que no alcanzaba mis ojos. "Parece que has tenido un encuentro… interesante."
Mis palabras fueron como un dardo que dio en el blanco. La tensión en la cabaña se podía cortar con un cuchillo.
"¿Qué ha pasado?", pregunté con voz temblorosa, la ira luchando por no consumir mis palabras. La diosa de la caza que habitaba en mi interior rugía por salir a defender a su pareja.
Percy me miró con una sonrisa triste, una expresión que me llenó de una profunda compasión. "Solo un viejo asunto que resurgió", dijo, sin dar más detalles.
No me conformé con esa respuesta. Me senté a su lado y tomé su mano entre las mías, transmitiéndole la fuerza y la seguridad que necesitaba en ese momento. "Percy, necesito saberlo todo", dije con firmeza. Mi voz era un bálsamo que calmaba las olas de su tormenta interna.
Suspiró profundamente, como si preparándose para abrir las puertas a un pasado doloroso. Y entonces, comenzó a contarme la historia. Me habló de su relación con Annabeth, de sus altibajos, de la traición y el dolor que había experimentado antes de conocerme como Luna.
Mientras escuchaba su relato, una ola de emociones me invadió: celos, ira, tristeza y una profunda compasión por el hombre que amaba. Sus palabras me dibujaron un retrato vívido de un amor que había sido, pero que ahora estaba plagado de dudas y rencores.
Al final, cuando terminó su relato, me abracé a él con todas mis fuerzas, sintiendo su dolor como si fuera mío. "Lo siento tanto, Percy", susurré. "No puedo imaginar lo que debes estar sintiendo."
"No estoy bien", admitió Percy con voz ronca, sus ojos reflejando una mezcla de dolor y resignación. "No la amo, pero me duele que ella me manipulara de esa manera el día de hoy, Artemisa. Y eso no deja de doler fácilmente... hay heridas que no han sanado aún."
Asentí, sin saber qué decir. La situación era compleja, llena de dolor y confusión. La diosa de la caza en mi interior rugía, lista para defender a su presa, pero también sentía una profunda compasión por el hombre que amaba.
Un silencio incómodo se apoderó de la habitación, roto solo por el suave crepitar de la fogata en la chimenea.
"Sí, digamos que la señorita Chase no está muy contenta con nuestras decisiones", dijo Percy, sentándose a mi lado, una sonrisa tímida luchando por aparecer en su rostro.
"¿Y tú qué opinas?", pregunté, con una mirada penetrante que no admitía evasivas.
Percy se quedó en silencio, pensativo. Sus ojos se nublaron por un instante, como si estuviera revisando los rincones más profundos de su alma.
"No estoy orgulloso de lo que pasó con Annabeth", dijo finalmente, con una honestidad que me conmovió hasta la médula. "Pero tampoco puedo negar lo que siento por ti, Artemisa. Eres la mujer más increíble que he conocido... fuerte, valiente, independiente... me haces sentir vivo."
"Por eso te amo", confesé, acariciando su mejilla con mi mano. "Pero lo que sí sé es que tú me haces feliz, Percy Jackson. Y no voy a permitir que ella, ni nadie, se interponga entre nosotros."
Un brillo de determinación se encendió en los ojos de Percy, su mirada se volvió feroz, como un león dispuesto a defender su territorio.
"Ni yo", dijo, con una sonrisa que combinaba ternura y ferocidad. "Lucharé por ti, Artemisa, con todo lo que tengo. Te demostraré que nuestro amor es más fuerte que cualquier obstáculo, que cualquier sombra del pasado."
Nos besamos, un beso apasionado que combinaba la furia de la batalla con la ternura del amor. En ese momento, no éramos un dios y una semidiós, sino dos almas que se habían encontrado en medio de una tormenta, luchando por su derecho a estar juntos.
"Te tengo un plan", dije con una sonrisa traviesa, mis ojos brillando con una mezcla de determinación y humor. "Un plan que hará que Annabeth se arrepienta de haberme desafiado como diosa."
En mi interior, la furia de Artemisa rugía como una tormenta. La insolencia de Annabeth al usar un incienso de manipulación con Percy era imperdonable. No solo había jugado con sus emociones, sino que también había burlado a la diosa de la caza en su propio terreno.
"Como una diosa Artemisa sabía lo que había usado Annabeth con Percy", pensé con furia. Ese incienso especial puede que no sea un objeto divino, pero tiene el poder de suavizar las defensas emocionales de cualquiera que inhale su aroma.
Incluso a un dios le costaría resistir sus efectos, dejándolos en un estado de receptividad y apertura, aunque sin llegar a anular su libre albedrío. ¡iVaya, eso sono como una droga celestial de primera!" Mi mente era un torbellino de emociones.
"¿Cómo se atreve ella a usar eso en Percy?", me pregunté, la ira consumiéndome. "Cuando se entere Atenea que su hija le había robado en su propio palacio, ella no se quedará quieta."
Una sonrisa feroz se dibujó en mis labios. "No te preocupes, Percy", dije con voz ronca, acariciando su mejilla con mi mano. "Yo me encargaré de Annabeth. Le daré una lección que nunca olvidará.
De repente, Artemisa me miró con una chispa de humor en sus ojos, tan inesperada como un rayo en un cielo despejado. "¿Sabes qué?", dijo con una sonrisa traviesa que encendió una chispa en mi corazón. "Creo que necesitas un poco de terapia de choque."
"¿Terapia de choque?", pregunté, confundido. Mi mente, todavía nublada por la confrontación con Annabeth, no podía procesar lo que la diosa me estaba proponiendo.
"Sí", respondió, con un tono juguetón en su voz. "Algo que te haga olvidar a Annabeth por un momento. ¿Qué te parece si vamos a ese nuevo restaurante de comida mexicana que me mencionó Hebe? Dicen que sus tacos están ricos, y el tequila... bueno, el tequila siempre es una buena idea."
"Adelante, vamos Artemisa", dije, con una sonrisa que se extendía por mi rostro. "Cualquier cosa era mejor que quedarme en el Campamento Mestizo, rumiando mis pensamientos y torturándome con la imagen de Annabeth."
Me reí a pesar de la tensión que aún persistía entre nosotros. "Me parece una idea excelente", dije. "Tacos, tequila y la compañía de un semidiós sarcástico... ¿Qué más se puede pedir?"
Salimos de la cabaña tomados de la mano, un gesto simple que en ese momento se sentía como una declaración de intenciones. No permitiríamos que Annabeth, ni ninguna otra persona, destruyera lo que teníamos.
Mientras caminábamos hacia el restaurante, la conversación se tornó más ligera.
"Pero lo que sí sé es que tú me haces feliz, Percy Jackson", dije, mirándolo a los ojos. "Y eso es lo único que importa."
Sonrió y me miró con ternura. "Tú también me haces feliz, Artemisa. Y no voy a dejar que nadie nos quite eso."
En ese momento, supe que la terapia de choque de Artemisa funcionaría. No solo olvidaríamos a Annabeth por un tiempo, sino que también fortaleceríamos nuestro vínculo, recordándonos por qué nos habíamos enamorado en primer lugar.
Llegamos al restaurante y nos sentamos en una mesa junto a la ventana. La música suave de una guitarra acústica llenaba el ambiente, creando una atmósfera romántica que contrastaba con la tormenta que rugía en nuestros corazones.
Pedimos tacos, tequila y comenzamos a comer. La comida era deliciosa, una explosión de sabores que despertó nuestros sentidos y nos brindó un momentáneo escape de la tensión que nos envolvía.
Percy me contó historias divertidas sobre sus aventuras con sus amigos, su voz llena de nostalgia y humor. Yo le hablé de mis travesuras con las cazadoras, relatando con sarcasmo y alegría nuestras correrías por el bosque.
Reímos, bromeamos y disfrutamos de la mutua compañía. Por un breve lapso, la sombra de Annabeth se disipó, y nos sumergimos en un oasis de paz y complicidad.
En ese momento, todo lo demás se olvidó. Annabeth, la traición, el dolor... todo se desvaneció en el calor del momento. Solo éramos nosotros dos, Percy Jackson y Artemisa, unidos por un amor que desafiaba el sentido común y las leyes divinas.
Al final de la noche, regresamos al campamento mestizo tomados de la mano. La luna brillaba con intensidad, iluminando nuestro camino como un faro en la oscuridad.
En ese momento, supe que no importaba lo que pasara. Annabeth podía intentar destruirnos, el mundo podía desmoronarse a nuestro alrededor, pero nada ni nadie podría arrebatarnos el amor que sentíamos el uno por el otro.
Estoy en busca de lectores beta dispuestos a colaborar conmigo. Tengo escrito hasta el capítulo 13, pero necesitan ser revisados antes de ser subidos. Preferentemente, busco hablantes nativos del español. Sé que hay gente que habla otros idiomas que está leyendo mi fanfic. No es por discriminar ni nada, pero mis borradores pueden ser algo confusos para alguien que no sabe español de forma nativa. Estoy escribiendo a lo loco, hacía tiempo que no me inspiraba tanto.
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