Bienvenidos/as a la lectura de un one-shot más de mi amada crack ship Granolah x Mai. Decidí escribir algo rapidito por esto de la Pascua, que no termino de entender, ya que desconozco todo el asunto, puesto que no practico ninguna religión ni sé mucho de lo que los cristianos llaman paganismo. De cualquier forma, si son creyentes, créanme que este shot es bastante respetuoso con ambas ideas: la del credo y la pagana. La historia está ambientada en la época en la que Goku era un niño y Mai una joven trabajando para Pilaf (ya se saben el resto). Por lo que claro, es un AU. Me he basado en el canon y en los datos del videojuego Dragon Ball Z Kakarot para escribir que Pilaf se ha quedado de pronto sin fortuna.
...
El señor Pilaf —como lo llamaba su secuaz principal; su mano derecha—, riendo algo malvado y también emocionado, sacó, por fin, lo que les prometió a sus esbirros que les mostraría. Se encontraban los tres reunidos en la gigantesca y esplendorosa biblioteca del castillo asentado en su querido Desierto del Diablo.
Mai y Shu, moviendo los dedos por la desesperación, no despegaban la vista de aquello que su amo finalmente había extraído. Se trataba de un tomo bañado en oro, muy antiguo, según palabras de Su Excelencia.
Pilaf no dejaba de reír ni de temblar. —¡Por fin!... —exclamó tras alzar el pesado libro— por fin saldremos de esta pobreza, y todo está aquí...
—especificó luego de acariciar la portada del tomo.
Mai y Shu, desconcertados, compartieron una mirada, y enseguida la llevaron a su señor.
—Disculpe, amo Pilaf... —se dirigió a él Mai— ¿pero qué es todo esto?
Pilaf, al fin, les dio la cara, carcajeándose. —Esto... —y el meshikiyano pegó el libro a su pecho— es el final de todos nuestros problemas. Verán...
El ser azul posó el libro en su escritorio, repleto de muchísimos otros, igualmente antiguos. —Sé que se están preguntando de qué se trata todo esto. Pues les explicaré... Hoy es el festejo de Pascua. Con este libro podemos invocar su espíritu. Cuenta la leyenda que este libro es un portal. Por medio de un conjuro una persona puede acceder al mundo mágico del Conejo de Pascua...
Mai frunció el entrecejo. —Con todo respeto, señor... suena a puro cuento de hadas.
—¿Y acaso lo fueron también las Esferas del Dragón, Mai?...
Mai, avergonzada, bajó la cabeza.
—Al principio ustedes tampoco me creían, y ya ven que sí que existen. Pues bueno... no me interrumpan. Como les decía... solo una persona puede entrar al mundo mágico del Conejo de Pascua...
—¿Solo una persona?... ¿Y quién irá y para qué? —preguntó Shu asustado.
—¡A eso quiero llegar, perro tonto!...
Shu se encogió ante los gritos del emperador.
—Uno de nosotros irá ahí... para obtener el magnífico huevo de Pascua. ¡Es gigantesco! Puro oro...
Mai, ya seducida por la idea del huevo, suspiró.
—Pero, señor... ¿cómo se obtiene este huevo? No creo que el Conejo de Pascua lo dé así como así...
—De hecho, tienes razón, Mai... Para obtenerlo, cuenta la leyenda, debes darle algo importante de ti al Conejo.
—¿Algo importante?... ¿cómo qué?... —cuestionó la mujer.
—Supongo que algo simbólico —opinó Pilaf.
—¿Y quién de nosotros irá? —preguntó Shu mirando a cada uno, esperando no ser él el enviado, por supuesto.
—¡Obviamente ese no seré yo!... ¡Yo soy un rey! Eso es algo que tendrán que discutir entre ustedes, pero rápido, antes de que el día termine; solo lo podemos invocar hoy.
—Solo hay una forma de discutir esto... —dijo Shu mirando directamente a su compañera, y a continuación, sorpresivamente, abrió la mano—. ¡Papel!
—¡Piedra! —gritó Mai al mismo tiempo.
—¡¡Sí!! —exclamó Shu feliz y saltando.
—No puede ser... —dijo Mai cabizbaja.
Pilaf, con su cara perversa, juntó sus manitas. —Bien, Mai, ya está decidido... tú irás. Ahora, vamos a abrir el portal, ja, ja, ja...
Pilaf, preparado, abrió el libro por la mitad. Los tres se tomaron las manos, según instrucciones del ritual.
La biblioteca tembló y sus oídos alcanzaban a percibir los rayos de un cielo violento.
Entonces, ante ellos, un agujero bastante amplio y luminiscente apareció.
Mai, aún sujeta de la mano de su señor y compañero, tragó saliva. —S-señor... ¿a qué hora debo volver?...
—Antes de la medianoche. Si no lo haces... quedarás atrapada ahí.
—Suerte, Mai... —le deseó Shu angustiado.
—Entonces... ¿el portal durará abierto hasta la medianoche?
—Así es, Mai. Aún es temprano, pero mejor date prisa... —le aconsejó su señor.
Mai, decidida, soltó la mano de ambos, y con algo de recelo en la mirada azul oscura, se subió al escritorio para adentrarse en el portal, que estaba un tanto alzado. Les regaló una sonrisa a su amo y amigo, y con la espalda dando al portal, entró a él. Pilaf y Shu, agarrados de la mano, la observaron cruzar. La puerta a ese mundo estaba tan iluminada que ya no divisaron su silueta ni nada de ella.
—Espero que le vaya bien y obtenga el huevo
—dijo Shu.
—Yo también —expresó Pilaf en un suspiro.
Mai se quejó a continuación del aterrizaje. El suelo se encontraba más abajo de lo que concibió. Lo primero que ahogó a sus oídos fue el canto pasivo de las aves. Una calma exagerada, como nunca en la vida, envolvió a su cuerpo y ser. ¿Qué era aquello?...
Sus ojos índigo solo vislumbraban paraíso. Todo ahí era... verde... y asimismo colorido gracias a las incontables flores, todas de olor irresistible, exquisito. Frente a ella se hallaba un pequeño campo, cuyo centro estaba despejado; únicamente fino césped en él. Al centro lo encerraban arbustos altos, que presumían sus flores de todos los tonos. Mai volvió a ojear el suelo, llamada por los huevos decorados que estaban tirados por doquier. Se trataban de los típicos huevos de Pascua que los niños decoraban en las escuelas o en el hogar acompañados de sus familias; esos que luego ocultaban en el jardín para jugar a encontrarlos.
Mai avanzó despacio, esquivando cada uno. Su melena negra, brillante y hermosa se batía con cada saltito. No quería pisar ninguno. Tonta no era; bien podían ser una trampa, como las que colocaba su señor en el castillo.
Cuando finalmente los traspasó y se arrimó al muro de arbusto, volteó a ver el portal, todavía abierto, gracias a Kami-sama. Regresó la vista al arbusto; debía haber alguna salida. Las manos, apuradas, comenzaron a toquetearlo, buscando un acceso.
De la nada, un amiguito se presentó. Un conejito blanco, tierno, se irguió a su costado, justo al lado de su pierna derecha. Aunque fingía dureza delante del señor Pilaf, desde luego que era una mujer que se derretía ante lo lindo. Dulce, se puso en cuclillas para agarrar al conejito. —¡Qué lindo!...
La mano enguantada se pasaba sin cesar por el pelaje limpio del conejito. Por la curiosidad, se deshizo del guante; anhelaba sentir la suavidad del animal. No se arrepintió: su pelaje era lo más suave que había tocado hasta ahora. —Por Dios... eres tan lindo. Si puedo te llevaré conmigo una vez que obtenga el huevo.
El conejito principió a agitar la nariz, y al instante se esfumó de los brazos de la esbirra del príncipe caprichoso. El conejo, a toda velocidad, cruzó la puerta de arbusto que se abrió de pronto a la derecha de Mai. —Así que ahí es... —apuntó asombrada al tiempo que se levantaba—. Gracias por guiarme —dijo con una sonrisa engreída; sentía que el juego ya estaba ganado.
La mujer entreabrió la boca. Lo que sus ojos vieron era... absolutamente maravilloso. Si lo anterior era bello, lo actual lo había superado... pero por mucho. Aves desconocidas, extraordinarias, iban de aquí para allá circundado árboles enormes, de sobrantes frutos de tamaño increíble, todos de aspecto apetitoso. Las flores, más grandes que su cabeza, invitaban a aspirar su fragante aroma. El agua que manaba la gloriosa fuente del centro producía un sonido asaz relajante. Y los huevos de Pascua... de nuevo, tapizaban el pasto. ¿Era este el verdadero paraíso?, se preguntaba la preciosa morena.
Sedienta, si bien más por lo sabrosa que parecía el agua de la fuente a causa de su claridad y refulgencias, abriéndose camino una vez más entre los huevos decorados, se dirigió a tomar de la susodicha agua. Tal como imaginó, sabía perfecta: dulce mas no demasiado, y fresca. Suspiró tras beberla. —¡Qué bien sabe!...
A sus espaldas, sumamente descuidadas para tratarse de las de una agente, se escuchó el estirar de una cuerda de goma, similar al sonido producido por un tirapiedras. Mai, atemorizada, alzó la cabeza, sin embargo, tarde, el huevo fue a estrellarse contra su nuca. La chica se quejó y de inmediato empezó a sobarse esta parte. Rápido se dio la vuelta.
—¡¿Qué te... pasa?! —preguntó indignada.
Cuando la cólera pasó, por fin se fijó en el hombre que tenía delante, ubicado a varios metros. Este la miraba con una sonrisa ladina, juguetona. Mai parpadeó repetidas veces, y aprisa sus mejillas se tornaron coloradas, lo que la hizo verse todavía más bella.
El hombre, atractivo en demasía, andaba con el torso desnudo. Por lo mismo, su cuerpo, escultural, resultaba más que visible. Los músculos tupían su abdomen plano, perfecto. Y los brazos... más monumentales y fuertes no podían ser. La fuerza se evidenciaba en los nudillos tensos apretando la cuerda del tirapiedras y su cuerpo. Por si fuera poco, la faz, extremadamente varonil, era... hermosa, como la de un ángel, aunque de más viso infernal que celestial. Mai abrió la boca con los cabellos verde pistacho alborotados. Todo él la tenía hipnotizada. Agitó la cabeza con brusquedad para volver en sí. No obstante, el ardor en las mejillas no se iba. Tal caso, optó por inclinar la cabeza, abochornada. —Aah... ah, yo... —solo eso alcanzó a decir.
Él no dejaba de contemplarla con esa sonrisa burlona, traviesa.
Mai sentía que estaba mirando demasiado; ¿en serio él tenía que andar así desnudo?...
Decidida a conseguir aquello por lo que se le mandó al lugar, frunció el entrecejo. Notó entonces las orejas de conejo del hombre. —¡¿Eh?!... ¿Acaso tú eres... el Conejo de Pascua?
El extraño hombre comenzó a caminar hasta ella. Mai, nerviosa, intentó retroceder, pero, por desgracia, su espalda chocó contra la fuente.
El hombre, no conociendo el respeto ni el espacio personal, se le acercó demasiado. —Así es —le dijo casi en los labios.
Mai ladeó el rostro; por poco la besaba... ¡Qué incómodo!
—A-ah... yo... —titubeaba sin mirarlo— vine por... Estoy aquí por el huevo de oro —manifestó ya armada de valor, mirándolo a los ojos.
El hombre de cabello verde sonrió en grande de nueva cuenta. Su mirar era pura coquetería, al igual que sus movimientos, cosa que Mai no toleraba ya. El Conejo de Pascua apoyó el brazo derecho en la orilla de la fuente, que secundaba al cuerpo de Mai, así, cualquier sobra del espacio personal que le quedaba a la mujer fue robada. El ser curioso agarró uno de sus mechones negros. —Ya lo sabía, niña codiciosa —dijo burlesco.
Mai abrió la boca, ofendida, y antes de que reclamara, el Conejo se alejó de ella. —Sé todo sobre ti. Sé que el enano azul te envió por mi huevo de oro. Sé que sigues sus órdenes porque la idea de vivir en un castillo y de conquistar al mundo te hace sentir como la princesa que siempre quisiste ser; como la princesita que soñaste ser durante tu estadía en aquel orfanato sucio y solo...
Mai, con las lágrimas aflorando, ahora sí hecha una furia, se le lanzó, pero, claro, él más rápido que el rayo, la esquivó.
—No te enojes... —le pidió él negando con el índice, con su paz, esa que derrochaba por momentos.
—¡¿Cómo... es que sabes todo eso sobre mí?! ¡¿Leíste mi mente?!...
—No, Mai... vi tu alma —le confirmó sonriente, cruzado de brazos.
Mai quedó atónita.
—Solo... —la señorita se aproximó a él, en esta ocasión destruyendo los huevos del suelo por su enfado— dime qué quieres para poder llevarme el huevo e irme cuanto antes.
El Conejo de Pascua, ahora serio, alzó la ceja izquierda. Enseguida se inclinó a la llegada de un conejito, y con amor le entregó una zanahoria pequeña.
El hombre de cabellos verdes se irguió. —Es muy fácil, Mai...
El famoso Conejo de Pascua se alejó un poco de ella. Mai nada más se le quedaba viendo, inmóvil.
El hombre se quedó mirando a la nada, mientras sus llamativos cabellos eran agitados por una agradable corriente de viento. —Me llamo Granolah. Veo que nunca lo preguntaste —le dijo mirándola otra vez—. Como puedes ver... este lugar... es el mismo Edén.
Mai separó los labios. ¡¿Estaba hablando en serio?!
—La Pascua es... fortuna y fertilidad. Siempre que una flor se abre y una mujer pare, la tierra se regocija. Esta tierra bendita necesita lo mismo; hay muchas flores y frutos, pero ningún niño... Quiero verlos correr por todo este lugar... —dijo con cierta tristeza y anhelo profundo en el corazón, mirando de nuevo a la mujer—. Eres la primera en venir a este lugar... pero no es casualidad, Mai...
Mai, algo aterrada por sus palabras, imaginándose lo que no quería imaginarse, se echó a correr sin previo aviso.
No avanzó ni un cuarto cuando el hombre tomó su cuerpo y con ella cayó sobre el pasto, tan blandito como la mejor de las camas.
Estaba arriba de ella, con la cara muy cerca de la suya, sujetándola de las muñecas. Cuando temió y su corazón se arrugó del miedo, él le regaló una calma sinigual, como mágica, que cubrió su cuerpo entero y hasta su espíritu. ¿Qué era este sentimiento?... ¿Por qué tenía ganas de llorar?... ¿Por qué sentía que lo conocía de toda la vida?...
—Te he estado esperando, Mai —le hizo saber en un susurro amoroso, rozando sus labios carmesí.
Y lo recordó... Cuando lloraba y lloraba desconsolada. Entonces un huevito de Pascua decorado, envuelto en papel rosa, rodó por debajo de la cama rota en la que dormía en aquel hospicio. Se secó las lágrimas con sus manitas sucias y abrió el huevo; dentro llevaba un montoncito de los caramelos más deliciosos y un regalito extra: una coronita plateada de princesa, con la que deprisa ornamentó a su muñeca. Algún día... ella también sería una princesa.
—Fuiste tú... —dijo Mai llorando.
—Te he estado cuidando siempre. Y sí... serás una princesa y reinarás aquí conmigo, Mai. Y tu vientre, puro, llevará a mis bebés...
Granolah la besó, y Mai, sintiendo todo ese amor, que en realidad habían compartido desde siempre, pasó las manos frenéticas por su espalda fuerte. Granolah, con el cuerpo caliente por el sentimiento y también el amor carnal, la abrazó.
Ya nada sería igual... Y compartieron una sonrisa en tanto el Conejo de Pascua, el rey de ese raro lugar, le acariciaba la mejilla y rozaba su pelo.
...
—¿No cree que ya se ha tardado mucho, señor Pilaf?...
—¡Ni hablar!... ya es de noche. Si no se apura ella... —comunicó preocupado.
El meshikiyano fue interrumpido por su secuaz femenina, quien asomó la mitad del cuerpo por el portal con el pesado huevo de oro, que dejó caer en el escritorio, el cual se deshizo con tales toneladas. Las manos masculinas lo habían cargado y arrojado al otro mundo, del que ella provenía.
—¡M-Mai!... —gritó su señor con las manos hechas puño—. ¡Por fin!... ¡ven aquí!...
—No puedo, señor... pero prometo que vendré a visitarlos —les informó sonriente; dichosa como nunca.
—Pe-pero... —pronunció Pilaf con los labios temblorosos.
—No se preocupe, señor... le he dejado todo escrito en la nota que pegué al huevo...
Pilaf captó la nota.
—En ella le explico todo. Nos vemos —la mujer agitó la mano en adiós—. ¡Le agradezco mucho todo!... ¡El dinero no le faltará con el huevo!... ¡Nos vemos!...
Shu prosiguió con las piernas abiertas de la impresión.
—¡¡Mai!!... —gritó Pilaf, y el portal se cerró.
...
La brisa le confiere una calma anómala, casi como si estuviera más allá de la vida y de la muerte.
Nunca necesitó tan poco... nunca necesitó tanto.
La mujer avanza tocándose el vientre abultado, portando un vestido blanco.
Los niños, tan parecidos a ellos, un varón y una niña, juegan corriendo por los jardines. También heredaron las orejas de conejo del padre.
Granolah se detiene para posar la mano en su vientre con suavidad, y le sonríe.
—Te amo —le dice en voz baja.
—Y yo a ti.
Un beso se marca en ese paraíso.
Nota de autor: Espero de corazón que hayan disfrutado este one-shot cortito. Si son religiosos o practican estas tradiciones paganas, bien habrán podido notar la referencia a Adán y Eva por medio de Granolah y Mai viviendo en su paraíso; uno perfecto y sin maldad.
La Pascua, tengo entendido, es una fiesta pagana que resalta el valor y significado del cambio de estación; de la vida, la fortuna y la fertilidad. Es la época en la que, místicamente, bajo el influjo de la luna, se le rinde culto a la figura de la madre. Es por ello que se asocia a la luna con la mujer y el hecho de que las féminas podamos engendrar.
Nos vemos pronto.
