El águila volaba rauda a través del cielo azul. No había ni una sola nube, y el animal destacaba como una mota, a veces negra, , sin que nada estorbase la majestad de su vuelo. Ella era la reina de las aves, y como tal, planeaba sobre sus dominios, con el sonido del viento cantándole en los oídos.

Pero el águila no volaba ociosa, ya que tenía una misión que cumplir: debía reunirse con el tejón, el león y la serpiente junto al lago mágico, donde se habían citado desde el principio de los tiempos. Allí debían realizar una misión a la que dedicarían su vida, y que tendría repercusión sobre las generaciones venideras. Por eso su vuelo era tan veloz, ya que quería llegar a tiempo a tan importante cita.

Todo parecía ir bien, hasta que de pronto, el cielo se oscureció y el águila se vio rodeada por espantosas criaturas que enfriaban el aire de su alrededor a medida que se acercaban a ella. El águila sintió cómo sus energías menguaban, y su anterior alegría desapareció de repente, absorbida por los dementores.

El águila cayó en picado, batiendo las alas con desesperación, en un inútil intento por mantenerse en el aire, a la vez que aquellos seres la seguían. En el último momento, evitó el choque contra el suelo, y con una peligrosa parábola logró introducirse en el cercano bosque, donde los árboles impedían el paso de los dementores.

Sin embargo, sus alas eran demasiado largas para volar entre los árboles, y el águila se vio en serias dificultades para avanzar. Se posó sobre una rama, con la esperanza de que sus perseguidores pasaran de largo, y se quedó en silencio, girando la cabeza de un lado a otro, para huir si aquellas sombras se acercaban.

Entonces, una pesada red cayó sobre ella, tirándola al suelo e inmovilizándola. El águila se debatió y chilló, pero no pudo remontar el vuelo. Un hombre encapuchado se acercó a ella y la observó a través de las rendijas de su máscara, sonriendo con satisfacción.

–Me alegro de conocerte al fin –dijo–. Mi señora Rowena.

OOO

Severus se despertó, con la mirada perdida y la respiración agitada. Su cuarto, situado en las mazmorras, estaba completamente a oscuras, pero sin saber por qué, Severus tubo la imperiosa necesidad de encender alguna luz, para apartar la sensación de que le estaban espiando.

Cuando comprobó que estaba tan a solas como siempre, Severus intentó tranquilizarse, comprobando que eran las tres de la mañana, pero no pudo apartar de su cabeza las sensaciones que le había dejado la pesadilla: indefensión, impotencia, miedo... sin embargo, no recordaba exactamente lo que había soñado.

Un escalofrío le recorrió la espalda, y Severus tuvo de repente el presentimiento de que algo iba terriblemente mal. La confirmación de esa sensación llegó cuando un patronus en forma de fénix atravesó su puerta y comenzó a volar en círculos por la pequeña habitación.

Comprendiendo que el director necesitaba su ayuda urgentemente, Severus se vistió a toda prisa, cogió una pequeña bolsa donde guardaba un equipo completo de pociones elementales para emergencias y salió corriendo hacia el despacho del Dumbledore.

Quince minutos más tarde, Severus llamó a la puerta, deseando ser un poco más joven, hacer más ejercicio, o directamente, no tener asma. Dumbledore le hizo pasar de inmediato, y el profesor de pociones pudo ver que el director parecía terriblemente cansado, como si no hubiese dormido, y muy preocupado.

El despacho estaba más desordenado de lo que era habitual: libros de todos los tamaños y épocas se esparcían por el suelo y sobre las mesas, tirados de cualquier manera, al igual que cientos de pergaminos, algunos viejos y otros más recientes.

–¿Ocurre algo? –preguntó Severus, presintiendo la gravedad del ambiente.

–Siéntate, Severus, por favor –Dumbledore, a pesar de las circunstancias, no perdía los buenos modales–. Me temo que ha ocurrido algo terriblemente grave que puede poner en peligro el mundo actual, tal y como lo conocemos –él se sentó también, suspirando con agotamiento. Severus no replicó, olvidando su cinismo habitual, y escuchó atentamente al director. Dumbledore se pasó una mano por la cara, masajeándose el puente de la nariz–. Ha habido... una rotura mágica en el espacio-tiempo –dijo con gravedad. Severus le miró confundido.

–¿Una qué? –preguntó al fin.

–Perdona, debería explicártelo mejor –se disculpó Dumbledore–. Los muggles tienen una teoría que dice que, en determinadas condiciones, se puede... abrir una especie de portal a través del espacio y del tiempo, haciendo posible los viajes al pasado y al futuro –explicó, aunque la verdadera explicación era mucho más rebuscada y difícil de entender.

–¿Y eso en qué nos afecta? –preguntó Severus, sin entender.

–Para nuestra desgracia, Vóldemort ha estado investigando acerca de esa teoría, y ha conseguido... abrir un portal –explicó Dumbledore, consciente de que esa noticia era difícil de asimilar, incluso para él mismo.

–¿Quiere decir... que él puede viajar al futuro? –Severus evadió decir el nombre de Vóldemort. Dumbledore, que había esperado la pregunta, negó con la cabeza.

–Al futuro no, porque no posee ningún cordel temporal que le una con ese tiempo, pero sí ha podido ir al pasado. No él mismo, por supuesto, pero sí que ha enviado a alguien de su confianza.

Al instante las preguntas se agolparon en la mente de Severus ¿Qué era un cordel temporal? ¿Cómo sabía Dumbledore que de verdad el Señor Tenebroso había logrado viajar en el tiempo? ¿Y qué pintaba él en todo eso? Sin embargo, su primera pregunta no fue esa.

–Pero... ¿Con qué fin? –preguntó Severus, intentando contener la avalancha de dudas.

–No estoy muy seguro, pero creo que pretende... cambiar la historia de Hogwarts –aventuró Dumbledore, muy despacio–. mejor dicho, quiere evitar que el colegio llegue a construirse.

Severus se quedó con la boca abierta, asimilando lentamente las palabras del director. Lentamente, las ideas regresaron a su mente.

–Pero... no lo entiendo –dijo al fin–. ¿Por qué? Él se crio en Hogwarts ¿Qué ganaría si impide la construcción del colegio? Si Hogwarts no existiera, él no se habría formado como mago.

–Vóldemort está convencido de que, al ser descendiente de Slytherin, no tendrá ningún problema a la hora de desarrollar su magia –explicó el director–. En cuanto a sus motivos... Hogwarts es de las pocas instituciones que no se han sometido a su poder, ni siquiera durante la Guerra, y eso lo convierte en un símbolo de resistencia y coraje que no beneficia ni a Vóldemort ni a su propaganda. También, aunque esto es sólo una especulación por mi parte, es posible que piense que, sin Hogwarts, habría menos magos con la formación necesaria para hacerle frente, y así le sería más fácil hacerse con el poder.

El silencio se interpuso entre los dos hombres tras esas palabras, hasta que Severus se decidió a hablar.

–Lo que no comprendo... es cómo no me he enterado de nada. Se supone que los mortífagos tendríamos que ser los primeros en saberlo, sobre todo si va experimentar con nosotros.

–De hecho, Severus, nadie sabía nada hasta un par de días –explicó Dumbledore–. Es más, yo mismo me enteré porque el cordel temporal se puso a brillar de repente.

–¿El qué? –ya era la segunda vez que oía aquello, y no reconocía el término.

–Perdona de nuevo. A veces me olvido de que todo esto es nuevo para ti. Te explicaré –Dumbledore apoyó sus manos sobre la mesa–. Para viajar en el tiempo es necesario tener algo que pertenezca a la época a la que se quiere viajar, por eso es casi imposible viajar al futuro ¿comprendes? –Severus asintió–. Estos... objetos reciben el nombre de "cordeles temporales" porque permanecen anclados a su época, y con el hechizo necesario resultan más fiables que un translador o que un giratiempo. De hecho, tienen las propiedades de los dos anteriores. Si estos cordeles temporales se rompen o se dividen, por la causa que sea, sus propiedades permanecen intactas, con la salvedad de que, si una de las dos partes reacciona, la otra también lo hará, porque en su época de origen estaban juntas ¿entiendes?

–Creo que sí –respondió Severus–. ¿Pero cómo sabemos que... él ha viajado hasta la época de la construcción de Hogwarts?

–Eso lo he descubierto ahora mismo –explicó Dumbledore–. Los fundadores de Hogwarts enterraron en los cimientos del colegio algunas de sus pertenencias de antes de llegar aquí, como si fuese un ritual para deshacerse de sus pasados. Es una historia muy conocida, y aparece en algunos libros de texto, así que es fácil que Vóldemort la oyera durante su época de estudiante e intentara coger los objetos, ya sea para viajar en el tiempo, si por aquel entonces ya sabía la teoría de los cordeles temporales, o por puro coleccionismo. Dime, Severus, ¿se te ocurre alguna forma de llegar hasta los cimientos de Hogwarts? –preguntó, como si estuviese ante un alumno.

–Sólo sería posible si hubiese algún túnel que conectase con... –entonces abrió mucho los ojos, comprendiendo–. ¡La Cámara de los Secretos!

–Correcto –asintió Dumbledore–. Fue el tributo de Slytherin a Hogwarts antes de abandonar el colegio, y Vóldemort, como descendiente suyo, podía entrar en ella con relativa facilidad, para llegar hasta los objetos enterrados.

–Pero no tiene que ser tan fácil –repuso Severus, pensativo–. Eso debe ser un laberinto, hay demasiados sitios donde buscar.

–No si se domina el Pársel y se puede hacer que una serpiente busque por ti –rebatió Dumbledore, y Severus asintió, comprendiendo.

–Pero antes ha dicho que notó una reacción en el... cordel temporal –recordó Severus–. Eso significa que... ¿el objeto que utilizó estaba dividido?

–Para nuestra fortuna así es. Si hubiera utilizado un objeto de cualquiera de los otros fundadores, no nos habríamos enterado –asintió Dumbledore.

–¿Y qué fue lo que usó?

–Es lo que iba a enseñarte –Dumbledore se levantó de la silla y se dirigió hacia una de las vitrinas. Cuando regresó, le enseñó a Severus la mitad de lo que parecía un colgante de oro, con la forma de un águila con las alas extendidas. Sin embargo, tan sólo quedaba una de las cadenas y la mitad del animal–. Rowena Ravenclaw, nuestra primera directora, tuvo la idea de dejar una parte de sí misma en este despacho, y eso fue un gran acierto, debo decir. La otra mitad fue enterrada junto con las posesiones de los otros fundadores en los cimientos de Hogwarts, y así es cómo sabemos a qué época han viajado y a por quién van.

–No lo entiendo –Severus giró entre sus dedos el colgante–. ¿Por qué no utilizó algo de Slytherin? Él pertenecía a esa Casa.

–Buena observación, Severus –Dumbledore se sentó de nuevo–. Rowena era la única de los fundadores que estaba indefensa y aislada –explicó–. Los otros tres ya habían llegado a los terrenos de Hogwarts con años de antelación, aunque la idea de fundar un colegio no surgiría hasta mucho más tarde, pero Rowena vivía bastante lejos de aquí, y fue pura casualidad que decidiese ponerse en marcha para reunirse con los otros tres.

–¿Y por eso ha decidido matar a Ravenclaw? ¿Para Hogwarts no llegue a construirse?

–No sé si ha decidido matarla, pero el caso es que ella está en peligro, así que debemos darnos prisa para evitar que Vóldemort haga algo que cambie la historia –dijo Dumbledore–. Creo que puedo contar con tu ayuda para esto, de hecho, estoy seguro de que estás completamente capacitado para esta misión.

–Un momento –le interrumpió Severus, un poco alarmado ¿A dónde quería ir a parar?–. ¿Cómo se supone que esto me afecta a mí?

–Severus, lo que pretendo decirte es que debes viajar al pasado para que Rowena Ravenclaw llegue sana y salva a su destino –le explicó Dumbledore, con una calma infinita, pero sin dejar de taladrarle con sus ojos azules–. Es la única forma de asegurar la supervivencia de Hogwarts.

–¿Por qué yo? ¿No sería mejor enviar a alguien más... Ravenclaw?

–Me temo, Severus, que eres el único con las aptitudes necesarias para esta misión –explicó Dumbledore–. Por lo que imagino, Vóldemort ha enviado mortífagos al pasado ¿Y quién mejor para enfrentarse a un mortífago que otro mortífago?

–Pero...

–Conoces sus trucos, su forma de actuar, y como tú mismo me has recordado en innumerables ocasiones, posees un gran conocimiento y dominio de las artes oscuras –Dumbledore ocultó una sonrisa al decir eso.

–Sí, pero...

–Si pudiera, iría yo mismo –continuó diciendo el director, adivinando la siguiente pregunta de Severus–. Pero entonces ¿quién me traería de vuelta? ¿quién se enfrentaría a Vóldemort si decidiese atacar Hogwarts en el presente?

–Lo he comprendido –aceptó Severus, taciturno.

"Maldito viejo." pensó "Tenía que volver en mi contra los motivos que le he dado para que me deje enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras"

–Sabía que lo entenderías –asintió Dumbledore, y Severus podría haber jurado que le estaba tomando el pelo–. Tenemos que actuar con rapidez –Dumbledore se levantó de nuevo–. Tu viaje se realizará de inmediato, está todo preparado.

–Esto... Dumbledore ¿por qué tanta prisa? –preguntó Severus, con un deje de pánico–. Usted ha dicho que me puede enviar a cualquier momento del pasado que elijamos ¿Por qué no esperar un poco para... prepararnos asegurarnos de que el Señor Tenebroso ha conseguido de verdad abrir un portal?

–Severus, yo no podría vivir con tranquilidad sabiendo que Vóldemort ha mandado a sus agentes a cambiar la historia, y espero que tú tampoco –le miró fijamente por encima de sus gafas de .

–No, claro que no –masculló Severus.

"Condenado viejo" pensó. Pues claro que podría vivir tan tranquilamente, sobre todo cuando no tenía ni una sola prueba de que lo que le había dicho el director fuese cierto. No es que dudase de él, pero... ¿De verdad tenía que actuar como una cobaya humana? ¿Sin probar nada antes?

–Entonces no hay más que hablar –declaró el director, antes de ponerse a andar de un lado a otro, cogiendo vasijas y polvos de las estanterías. Comenzó a dibujar un círculo en el suelo, previamente despejado–. Viajarás hasta el tiempo anterior a la llegada de Rowena a Hogwarts, y seguramente aparecerás cerca de los mortífagos que Vóldemort ha enviado, porque los cordeles temporales tienden a acercarse. Te recomiendo prudencia y discreción, porque la otra parte del colgante brillará al igual que ha hecho esta, y así sabrán que alguien más ha viajado a través del tiempo. No soy un experto en esto, pero quizá deberías seguir a esos mortífagos hasta que te enteres de la localización de Rowena y puedas ponerla a salvo.

–¿Cómo la voy a reconocer? –preguntó Severus, ya resignado al inevitable viaje, y paseando su mirada por los cuadros de las paredes.

–Desgraciadamente, la tradición de retratar al director llegó varios siglos después –se lamentó Dumbledore, adivinando lo que Severus buscaba–. Así que no tenemos ninguna imagen de Rowena. Me temo que tendrás que dejarte llevar por tu instinto.

"Genial, así que ahora ni siquiera sé lo que tengo que buscar."

–¿Y cómo voy a volver al presente?

–Tendrás que dejar algo tuyo aquí, para que puedas regresar –explicó Dumbledore, tras meditarlo un momento–. Actuará a la inversa.

Los "objetos" que Dumbledore cogió fueron un mechón de pelo y unas gotas de sangre, a las que unió mediante un hechizo. Le enseñó a Severus las palabras que tenía que utilizar, tanto para viajar al pasado como para regresar, y le indicó que se colocara en el centro del círculo, al que había añadido varios dibujos de runas.

–Se me ha olvidado decirte que el apellido de soltera de Rowena era Adler –añadió Dumbledore, repasando que todo estuviese bien–. Adoptó el apellido de su marido, y es por el que la conocemos.

Severus asintió, intentando buscar una última excusa para no realizar ese viaje.

–¿Qué ocurrirá con las clases? –preguntó, desesperado. Dumbledore sonrió.

–No te preocupes, procuraré que regreses al día de hoy, pero si te retrasas más puedo contratar a un suplente ¿no?

Severus gruñó, al ver que tampoco así se libraba de esa situación ¿Por qué Dumbledore siempre tenía una solución para todo?

–¿Y qué pasa con lo que no sé? –preguntó a la desesperada, haciendo que Dumbledore le mirase extrañado–. El idioma, las costumbres...

–Todo eso lo aprenderás gracias a un hechizo de mi invención –respondió el director, dejando de nuevo a Severus sin excusas–. Será mejor que sujetes bien el colgante, porque será lo único que puede asegurar tu llegada, y no olvides el hechizo para regresar –le aconsejó. Severus asintió, y contempló impotente cómo el director se despedía de él.

Sin tener otra opción, pronunció el hechizo que había aprendido y al instante vio cómo una luz plateada le rodeaba, como una campana, al igual que su cuerpo se hacía menos sólido y comenzaba a desvanecerse.

Lanzó una última mirada al despacho, intentando guardar en su memoria el más mínimo detalle para recordarlo a la hora de regresar. La luz se hizo más intensa, y cuando se desvaneció, Severus había desaparecido.

Dumbledore observó el hueco vacío, donde segundos antes había estado el profesor, preguntándose si había hecho lo correcto. Entonces, volvió a fijarse en un libro muy grueso y antiguo que descansaba sobre su escritorio, y comprendió que había obrado bien: Severus tenía un sitio en la historia, y ahora ésta estaba en sus manos.