Severus y Rowena miraron hacia Síveon, sin saber cómo reaccionar.

–Me alegro de que al fin vuestra debilidad haya dado sus frutos –dijo Síveon, mostrando su sonrisa torcida–. Me habéis facilitado mucho las cosas.

–Cerrad la boca –le espetó Rowena. Ella y Severus se habían puesto en pie de un salto y estaban en guardia, con sus varitas preparadas.

–Me temo que serás tú la que se calle, Rowena, y esta vez será para siempre –Síveon levantó su varita y apuntó hacia ella–. Avada Kedavra.

–¡Flipendo! –gritó Severus, apuntando también hacia la mujer. Su hechizo golpeó a Rowena y la apartó de la trayectoria de la maldición, pero él no se detuvo a comprobar si el truco había salido bien, porque se giró hacia Síveon y le atacó.

Síveon creó un potente escudo para defenderse y atacó a su vez a Severus, quien se vio lanzado por el aire hacia atrás, pero tuvo los reflejos suficientes como para enviar un maleficio antes de tocar el suelo. Síveon gritó de dolor, pero tomó la revancha mandando una andanada de hechizos explosivos contra su antiguo maestro. Severus perdió la varita al ser golpeado en el brazo y se quedó en el suelo, viendo cómo Síveon se acercaba a él, dispuesto a rematarle.

Avada...

Flipendo –esta vez había sido Rowena la que lanzó el hechizo, derribando a Síveon. Esos preciosos segundos le sirvieron a Severus para recuperar su varita y levantarse.

Alzó el brazo para atacar a Síveon, pero este le lanzó una bola de fuego a Rowena, quien gritó de dolor al ser envuelta por las llamas sin poder hacer nada. Ese grito distrajo a Severus, y Síveon aprovechó para atacarle repentinamente. Severus trató de concentrarse, pero no pudo ayudarla porque se encontraba en serias dificultades para parar el desenfrenado ataque de su pupilo.

–Me parece, Snape, que no podrás cumplir tu misión –se burló. Severus le taladró con una mirada cargada de ira.

Finite Incantem –gritó, señalando hacia Rowena. Al instante, las llamas que la rodeaban desaparecieron, pero Severus recibió un doloroso hechizo en el pecho. Volvió a caer al suelo, sintiendo cómo una de hierro le presionaba el pecho, impidiéndole respirar. Síveon mantuvo el hechizo, sonriendo al ver cómo Severus se ahogaba.

–¡No! –gritó Rowena, corriendo hacia Severus y arrodillándose junto a él–. ¡Basta! ¡Dejadle en paz!

–¡Cállate! –le gritó Síveon, lanzándole un Cruciatus. Rowena gritó al sentir el dolor que recorría su cuerpo, taladrándola. La maldición se le hizo eterna, sobre todo porque Síveon no tenía ninguna prisa por quitarla. Le divertía ver cómo sus víctimas se retorcían a sus pies, sin poder defenderse.

Tras unos minutos de agonía, decidió levantar la varita y dejar respirar a la mujer.

–Ya va siendo hora de acabar con todo esto –se regodeó Síveon, acercándose a ella–. Ha sido interesante conocerte.

Rowena intentó ponerse en pie para enfrentarse a él o ir hacia Severus, pero un nuevo
cayó sobre ella, con más fuerza que antes. Severus oía sus gritos sin poder moverse, y sin apenas respirar. La rabia y la impotencia le llenaron por dentro, compitiendo con el hechizo que le asfixiaba. Luchó contra esa garra invisible con todas sus fuerzas, oyendo una y otra vez el suplicio de Rowena, y al final consiguió liberarse, inhalando una gran bocanada de aire.

Se aferró a su varita y le lanzó una maldición a Síveon. El enmascarado, que no se lo esperaba, recibió una potente descarga eléctrica que le empotró contra la pared, dejándole inconsciente. Severus se arrastró hacia Rowena, quien respiraba débilmente, y la incorporó entre sus brazos.

–¿Estás bien? –le preguntó.

–Sí... creo que sí –respondió ella, con un gesto de dolor en el rostro–. ¿Y tú?

–He estado mejor, pero también peor –concedió él. Entonces se fijó en las ampollas que cubrían la piel de la mujer, a causa de las llamas–. Espera, te curaré con un hechizo. No te muevas –Severus cerró los ojos y se concentró en un hechizo bastante largo que poco a poco fue eliminando las ampollas y quemaduras de la mujer. Después murmuró otro para atenuar el dolor que seguramente estaba sintiendo. Todo ese esfuerzo le dejó muy cansado, pero satisfecho al ver que ella dejaba de sufrir.

–Gracias –susurró Rowena, frotándose los brazos.

Pero habían perdido un tiempo precioso, que permitió que Síveon se recuperase y recobrase el conocimiento. El mortífago se movió con dificultad, con una mueca de rabia en la cara.

–Le alejaré de ti –Severus se preparó para luchar, blandiendo su varita.

–No te arriesgues –suplicó ella, cogiéndole del brazo.

–No quiere matarme, sólo quiere que vea cómo te hace daño –explicó él–. No me hará nada mientras tú sigas con vida. Además, sé cómo lucha –apartó con suavidad la mano de Rowena y se levantó. Síveon también se había levantado, tambaleante por el efecto del hechizo, y miraba a Severus con cautela.

–Ya es hora de acabar con esta tontería –masculló Severus.

–¿Quieres enfrentarte a mí, Snape? –se burló Síveon–. No creo que tengas muchas posibilidades de vencer.

–Siempre tan arrogante.

–La humildad nunca ha sido lo mío.

–Y el control sobre tu magia tampoco –replicó Severus, retándole. Síveon perdió su sonrisa arrogante, y miró a su antiguo maestro con odio.

Sin decir nada, el enmascarado atacó, pero Severus estaba preparado, y detuvo todos los hechizos casi sin esfuerzo. Síveon se enfureció e intentó volver a atacar a Rowena, pero esta vez Severus detuvo la maldición y le lanzó hacia atrás, sacándole de la habitación y alejándole de la mujer. Presionando a su antiguo alumno, le hizo retroceder hasta salir al exterior.

Fuera de la casa esperaban los soldados de Síveon, quienes se acercaron a su señor para ayudarle, pero él les detuvo.

–¡Id a por la mujer y matadla! –ordenó, pensando que Severus iría a ayudarla, pero se equivocó.

Severus continuó con su duelo, como si no ocurriese nada especial. De repente, había recordado las antiguas lecciones con su pupilo, y veía con satisfacción cómo Síveon caía una y otra vez en los mismos errores que cometía cuando era adolescente. Eso le ayudó a mantenerse tranquilo y seguro de sí mismo, y se enfrentó a Síveon como si este aún fuese un chico de quince años.

Síveon se desvivía por intentar derrotarle, luchando con todas sus fuerzas y utilizando sus mejores trucos, pero Severus detenía sus hechizos con una facilidad ofensiva, sin pronunciar palabra y sin apenas mover su varita. Síveon se desesperaba, porque pasaban los minutos y no conseguía nada. En realidad, lo único que había logrado era demostrar que una vez más Severus era mucho mejor que él.

Lanzando un grito de rabia, Síveon realizó una maldición especialmente potente, y Severus tuvo que enviar un rayo para detenerla. Los hechizos chocaron en el aire y empujaron el uno contra el otro, sin llegar a unirse del todo. Los magos se aferraron con fuerza a sus varitas, empujando mentalmente a sus hechizos, sabiendo que el resultado de aquella extraña lucha condicionaría el resto del duelo.

Finalmente, los hechizos se cargaron tanto que terminaron explosionando, lanzando a los magos hacia atrás. Síveon fue a parar al suelo, pero Severus se golpeó contra el borde de un muro semiderruido. El chasquido de su espalda se oyó con claridad, y Severus comprendió las consecuencias de aquel golpe cuando de repente perdió la movilidad de las piernas.

A la desesperada, intentó utilizar su varita para intentar solucionar su lesión, pero la había soltado al golpearse, y ahora el arma estaba perdida entre los escombros.

Severus estaba completamente indefenso, sin poder levantarse ni defenderse de Síveon, quien se había puesto en pie y avanzaba hacia él. Su máscara se había caído, y se podía ver a la perfección su sonrisa torcida y su expresión desprecio.

–Te dije que no tenías posibilidades.

ooo

Rowena se levantó y corrió hacia la puerta en cuanto Severus salió por ella, pero tuvo que pararse en seco y saltar hacia atrás para evitar el filo de una espada, que casi le cortó la cabeza. El soldado arremetió contra ella, y Rowena se agachó y dió una voltereta sobre sí misma para esquivar el ataque. Se levantó como un rayo, justo a tiempo.

El hombre levantó la espada para descargarla sobre ella, pero Rowena le cogió de las muñecas, manteniendo sus brazos en alto y le pateó en el estómago. El soldado resopló, pero no soltó la espada, y empujó a Rowena para desequilibrarla. Ella vio cómo otro hombre entraba en la habitación y se ponía a su derecha, moviendo su espada en forma de arco para herirla, y siguiendo su intuición, se dejó caer hacia atrás.

El soldado que forcejeaba contra ella se dejó llevar por su propio peso y cayó también, interponiéndose en el camino de la espada de su compañero, que se clavó en su costado. El hombre gritó de dolor y soltó su espada.

Rowena cogió el arma y se giró rápidamente hacia su izquierda, desde donde otro hombre la atacaba. La mujer paró la espada de su atacante, la desvió y atravesó el pecho del soldado con su arma, produciéndole una herida mortal. Sin perder el tiempo se giró hacia el hombre de la derecha, al que hizo retroceder, y le hirió en el pecho. El hombre cayó sobre su compañero, desangrándose al igual que él.

Rowena no tuvo tiempo de pensar en lo que había hecho, porque más hombres habían entrado en la habitación, cerrando filas para atraparla.

ooo

Severus vio cómo Síveon se plantaba delante de él, con una expresión eufórica y arrogante, mirándole con superioridad y orgullo, y dispuesto a torturarle para después matarle.

–Al final te hiciste mortífago –comentó Severus. Estaba muy tranquilo, porque sabía que no tenía nada que perder, pero quería ganar tiempo a toda costa, para poder coger su varita, a la que había visto entre las piedras del suelo. Su voz, sin embargo, expresaba aburrimiento.

–Así es –Síveon agrandó su sonrisa–. El Señor Tenebroso me hizo llamar y me marcó –explicó con orgullo–. Se sintió extrañado al ver que no me apoyabas.

–No estabas preparado –replicó Severus, con desdén–. Y no lo estás.

La sonrisa de Síveon desapareció al instante, sustituida por una mueca de rabia.

–Mira esto –dijo, arremangándose para mostrar la Marca Tenebrosa–. ¿La ves? Él piensa que soy apto.

–Pero yo no –replicó Severus, contundentemente. Síveon se enfureció y le apuntó con su varita, rojo de rabia.

–Maldito seas –masculló–. Nunca fui lo suficientemente bueno ¿verdad? Nunca estuviste satisfecho conmigo.

–Eso no es cierto –dijo Severus, con la misma tranquilidad de antes–. Si no hubiese estado satisfecho, no habría perdido mi tiempo entrenándote.

–Pero no querías que me hiciese mortífago.

–No.

–¿Por qué?

–Hay otras cosas que hacen grande a un mago, aparte de la magia, y tú no las tienes –respondió Severus–. Como ya te he dicho, nunca estuviste preparado.

Síveon lanzó un grito de rabia, y de su varita salieron chispas.

–¡Sí estaba preparado! ¡Lo estaba! –gritó–. ¡Te lo demostré, maté a mi madre!

–¿Y crees que eso te convierte en un gran mago? –preguntó Severus, con desdén–. No lo hace, y de todas formas, tú no hiciste tal cosa.

–¡Sí que lo hice, Snape, tú me lo ordenaste!

–¡Cállate Iven! –ordenó Severus, con la autoridad que solía utilizar en su época de tutor. Síveon cerró la boca de inmediato–. Sigues tan ciego como siempre –le dijo–. Esa no era tu madre, era un perro transformado con la poción multijugos.

–¿Qué? –Síveon le miraba atónito.

–¿No te diste cuenta de cómo se movía? ¿De lo mal que hablaba cuando lo hizo? ¿De cómo gritaba? ¿Cómo se encogía sobre sí misma? No, claro que no –le espetó Severus, con desprecio–. Como siempre, estabas más pendiente de la impresión que dabas que de lo que estabas haciendo.

–Pero...

–Eras arrogante, Iven, y lo sigues siendo –Severus estaba utilizando la misma táctica que usaba Dumbledore con Vóldemort, y para su sorpresa, estaba funcionando bastante bien; al tratar a Síveon como un niño, sin darle todo el respeto que éste quería tener, le estaba demostrando que aún seguía teniendo autoridad sobre él–. Y por lo tanto eso te ciega. Desarrollar magia oscura no te sirve de nada si no eres capaz de distinguir a tu madre de un perro transformado, si no eres capaz de guardar respeto hacia tus superiores, y menos aún si no sabes cuáles son tus prioridades. No estabas preparado cuando el Señor Tenebroso te llamó hace dos años, y tampoco lo estás ahora –sentenció.

Síveon se quedó callado, mirándole con incredulidad y odio.

–¿Cómo que hace dos años? –preguntó al final.

–¿Qué?

–¿Qué has querido decir con eso de hace dos años?

–El episodio perro ocurrió hace dos años –respondió Severus, extrañado ante la pregunta.

–No... no puede ser ¡Yo llevo aquí más de veinticinco años!

Severus le miró fijamente, comprendiendo de golpe a qué se debía el envejecimiento de Síveon ¡Vóldemort se había equivocado al enviar a Iven al pasado! En su ansia por impedir la construcción de Hogwarts, había mandado a su mortífago hasta unos años antes del nacimiento de Rowena.

–¿Para qué viniste? –preguntó, aprovechando la confusión de Síveon.

–Tenía que matar a lord Albert –dijo Síveon, refiriéndose al padre de Rowena–. Si él moría, ella nunca nacería –comenzó a pasearse de un lado para otro, con una expresión de desesperación en la cara–. No es posible, tú también deberías haber envejecido –murmuró.

–¿Por qué fallaste?

–¡Todo salía mal! –exclamó Síveon, sin darse cuenta de la táctica de Severus para obtener información–. Intenté tenderle una emboscada o hechizarle, pero estaba demasiado protegido, nunca viajaba solo y jamás pasaba por donde yo quería. Cuando le envenené el vino, llegó aquel criado y se lo bebió... y cuando quise hechizar a sus propios perros para que le atacaran, su caballo se rompió una pata y no pudo salir a cazar. Al final murió de forma natural.

–Como debía pasar –murmuró Severus, viendo que la teoría de Rowena se había cumplido a la perfección. Entonces se acordó de ella y se preocupó.

–Pero hoy acabará todo –siguió diciendo Síveon–. Mataré a Rowena y al fin podré cumplir con mi misión.

–Tu arrogancia roza la estupidez, Iven –resopló Severus–. No puedes cambiar el pasado, tú mismo lo has visto.

–¿El pasado? ¿Qué pasado? –preguntó Síveon–. He vivido veinticinco años encerrado en esta época, no estoy en el pasado, sino en el presente, y puedo cambiar lo que me dé la gana.

–Iven, vuelves a hablar sin pensar. Perteneces a otro siglo, y ahora mismo estás en el pasado. Cuando regreses al... futuro, te darás cuenta de lo equivocado que estás, y de que tus acciones aquí han sido una pérdida de tiempo.

–¿Cuándo regrese? –Síveon se río, con una risa seca y carente de alegría–. Snape, no se puede regresar, este es un viaje sin retorno. Y aunque fuese posible viajar de nuevo hasta el futuro, tu no podrás hacerlo.

Severus iba a replicar, paro Síveon se plantó de nuevo frente a él, apuntándole con la varita.

ooo

Rowena miró a los hombres con frialdad, balanceándose sobre sí misma para equilibrarse. Los soldados estaban relajados, seguros de que con su superioridad numérica podrían atraparla sin problemas. Ella fingió asustarse y retrocedió, pero sólo era una treta para sacar su varita y pronunciar un hechizo, que lanzó a los hombres por el aire y los ancló a la pared.

Esa inmovilidad era temporal, así que Rowena empuñó su espada y se preparó para enfrentarse a los soldados, uno a uno, según se iban liberando. Los hombres estaban enfurecidos, y la gritaban e insultaban, y cuando conseguían liberarse, se lanzaban contra ella con rabia, dispuestos a golpearla con todas sus fuerzas hasta matarla. Pero Rowena había recibido un intensivo entrenamiento, y su debilidad física se compensaba con su habilidad y su desesperación. No permitiría que la atrapasen de nuevo.

Recordando las lecciones aprendidas de su padre, se enfrentó a los soldados tratando de no darles la espalda o quedarse arrinconada. Se ayudó de su magia para ser más fuerte y rápida, y tras unos interminables minutos, consiguió herir, derrotar y rematar a sus rivales con una precisión fría y calculada. Cuando el último de sus enemigos cayó desangrado, Rowena se apoyó sobre su espada, recuperando el aliento.

A su alrededor se esparcían los cuerpos de aquellos hombres, los primeros a los que mataba. No se sentía orgullosa de sí misma, asustada ante aquella explosión de violencia, pero sabía que no había tenido otra opción. Algo en su interior había cambiado, como si en esa habitación hubiese muerto su parte inocente, para dar lugar a una mujer adulta y fría, capaz de matar sin dudar.

Estaba asqueada de sí misma, y tenía ganas de vomitar y de llorar, pero se sobrepuso con la misma fuerza de voluntad que la había mantenido viva durante aquellos días de tortura en el torreón. Se repitió a sí misma que esos hombres no habrían dudado en aprisionarla de nuevo y volver a hacerle todas aquellas barbaridades una vez más.

Finalmente, con su conciencia un poco más tranquila, Rowena se atrevió a salir de la habitación, para buscar a Severus.

ooo

Severus no le quitaba la vista de encima a Síveon, pero pensaba en su varita. Debía hacerse con ella, aunque desde luego, no podía moverse, porque su repentina parálisis se lo impedía. La distancia entre la varita y él era demasiado grande como para darse impulso y caer sobre ella, así que tuvo que recurrir a un viejo truco.

"Accio" pensó, pero no ocurrió nada.

–De todas formas, lo de no poder regresar tampoco me importa –continuó diciendo Síveon, quien al parecer estaba deseoso por hablar–. Aquí soy poderoso, y todos me obedecen, no tengo ningún motivo para volver a mi vida de antes. Además, nadie vendrá a buscarme, porque pensarán que todavía estoy cumpliendo con mi misión.

"Accio, maldita sea" repitió Severus, y esta vez la varita vibró, pero no se movió.

–Pero tú... tú no has venido aquí bajo las órdenes del Señor Tenebroso –siseó Síveon, mirando a Severus–. Estás empeñado en proteger a esa mujer a toda costa, y eso interfiere en mis planes.

"He dicho Accio, ¡Accio varita!"

–En condiciones normales, te dejaría vivir, porque fuiste mi maestro. sin embargo, eres lo único que me impide recibir todos mis honores –Síveon le miró con expresión pensativa, girando su varita entre sus dedos–. ¿Sabes Snape? Dicen que muchos mortífagos mataron a sus maestros porque no pudieron igualarles, porque no les dejaban...ser aptos. Ahora entiendo por qué –Síveon le apuntó con la varita–. Ha sido un placer volver a verte... y aún más lo será matarte.

Los dos hombres se miraron fijamente, sin parpadear, Severus manteniéndose firme, porque no pensaba rogar por su vida, y Síveon con su sonrisa demente.

–¡Avada Kedavra!

ooo

Rowena llegó corriendo hacia los dos hombres, justo a tiempo para ver el resplandor verde.

–¡No! –gritó–. ¡Severus! ¡Severus!

Vio al hombre sentado en el suelo, apoyado contra la pared, y se arrodilló junto a él, llorando, sin dejar de repetir su nombre.

–Severus, por favor, dime algo, lo que sea –sollozó, agitándole–. No, no, no, no...

–Cuidado –susurró él, frunciendo la cara en un gesto de dolor. Rowena se sobresaltó y le miró atónita, con sus ojos dorados abiertos de par en par.

–Estás... estás...

–Hecho polvo, lo sé –respondió él, respirando con dificultad.

–Pero... –Rowena no lo comprendía. Miró hacia Síveon, quien aún permanecía de pie, aunque estaba apoyado contra otra pared. Su cara estaba pálida, y su boca abierta, en una mueca rígida–. ¿Está muerto?

–Debería –respondió Severus–. Siempre fui más rápido que él –explicó, mostrando su varita.

Rowena no se creía que Síveon estuviese muerto, así que se acercó a él con cautela. Descubrió que su capa se había enganchado con un arbusto que sobresalía del muro, y por eso no había caído al suelo, pero por lo demás, Síveon estaba completamente muerto.

Rowena estudió la cara del que había sido su agresor y enemigo durante tanto tiempo, y de repente se fijó en algo que sobresalía del cuello de su camisa. Frunciendo el gesto, lo cogió, sin poder creer lo que veía.

A su espalda, Severus intentaba ponerse en pie, pero sus piernas no le obedecían.

–Maldita sea –masculló.

–¿Qué ocurre? –preguntó ella, girándose y guardando lo que había cogido.

–Me golpeé contra el muro y ahora no siento las piernas.

–Deja que te ayude –Rowena se arrodilló a su lado y le ayudó a tumbarse boca abajo. Entonces, apoyó las manos sobre su espalda y comenzó a traspasarle energía. Severus notó una especie de corriente eléctrica recorriéndole por dentro, y de repente, un chasquido y un crujido, como si su columna se estuviese colocando. Sus piernas dieron una ligera sacudida, y Severus pudo sentir el hormigueo de la circulación a través de ellas.

–Gracias, muchísimas gracias –sonrió, al comprobar que podía mover las piernas.

–Me alegro de que le hayas matado –murmuró Rowena, quien de repente parecía triste y ausente, pero ayudó a Severus a sentarse de nuevo. Severus la miró, extrañado por su cambio de actitud, pero no quiso ahondar en el tema.

–¿Qué pasó con los hombres que te atacaron?

–Ya no nos molestarán más –respondió ella. De repente, el peso de esas muertes cayó sobre ella como un manto opresor. Severus comprendía cómo se sentía, y le cogió de la mano, dándole su apoyo.

–Vámonos de aquí –murmuró.

Ella sintió y los dos se levantaron. No se giraron para mirar a Síveon, y ni siquiera nombraron la idea de descolgarle y enterrarle, sino que regresaron en silencio hasta donde estaban los caballos y montaron.

ooo

No hablaron mientras cabalgaban, como si la muerte de Síveon hubiese abierto una brecha invisible entre los dos. Viajaron de noche, sin detenerse, y cuando se hizo de día, vieron a lo lejos la aldea de Hosmeade, su destino.

Cuando se estaban acercando a ella, un grupo de hombres armados, uniformados y a caballo les rodearon. Severus y Rowena se pusieron en guardia, aunque aquellos hombres no les atacaron. El que parecía el capitán se adelantó.

–Somos la guardia de Hosmeade –anunció–. Decidnos quiénes sois y de dónde venís.

–Me llamo Rowena Adler, y vengo a reunirme con Richardus Ravenclaw –se presentó ella, sentándose muy tiesa sobre el caballo. El capitán la miró con asombro y respeto, y se inclinó hacia ella.

–Mi señora Rowena, os estábamos esperando –saludó–. Mi señor Richardus os busca desde que llegaron vuestros sirvientes anunciando vuestra desaparición.

–Quiero verle –ordenó Rowena, con una autoridad que Severus jamás le había oído, pero que el capitán tomó como algo normal, porque volvió a inclinarse y ordenó a sus soldados que formasen alrededor de la pareja para escoltarles hasta la aldea.

Severus vio cómo el capitán creaba una especie de patronus, seguramente para avisar a su señor, y se mantuvo atento por si ocurría algo fuera de lo común. Su preocupación fue innecesaria, porque los guardias se limitaron a hacer su trabajo sin incidentes.

Les acompañaron hasta una casa bastante grande, donde el capitán llevó hasta una sala muy decorada, indicándoles que se acomodasen hasta que llegase Richardus. La pareja se quedó a solas y en silencio.

Severus intuía que el mutismo de Rowena se debía a algo que había visto en el cadáver de Síveon, pero no se atrevía a preguntarle. Quizá la mujer se sintiese culpable ante tanta muerte, o solamente estuviese nerviosa ante la perspectiva de conocer al tutor que había elegido su padre para ella.

Al cabo de un momento, oyeron el sonido de los cascos de unos caballos, y luego el de las voces de dos hombres que hablaban. Uno de ellos era el capitán que les había recibido, y el otro seguramente sería Richardus. Los pasos que se acercaban les hicieron ponerse en pie para ver cómo se abría la puerta, dando paso a su anfitrión.

Richardus Ravenclaw era un hombre alto y corpulento, de aspecto afable, pelo castaño y ojos brillantes y azules. Les saludó con una reverencia y procedió a presentarse. Miró a Rowena con infinito alivio, demostrando que de verdad se había preocupado por su desaparición, e hizo gala de unos modales exquisitos.

Severus se inventó una historia bastante creíble para justificar sus motivos para rescatar a Rowena, pero dejó que ella fuese la que tomase la palabra, narrando lo que había pasado desde la muerte de su padre hasta esa misma mañana.

La mujer omitió la magia tan extraña de Severus y ciertos episodios vividos con él, pero confesó el episodio de su aborto, para que Richardus supiera a quién iba a acoger en su casa, pero él no cambió su trato hacia ella por eso.

Richardus les contó que se había enterado del secuestro de Rowena con la llegada de los criados, y que desde entonces la había estado buscando. De hecho, había estado siguiendo sus pasos todo el tiempo, llegando al torreón un día después de que Severus rescatase a Rowena. Les había perdido la pista momentáneamente en el castillo donde habían estado refugiados, debido a que los nobles, bajo la maldición Imperius, habían negado haber visto a Rowena, pero no había dejado de buscarla.

Richardus había vuelto a encontrar su rastro el día anterior, y esa misma mañana había descubierto el cadáver de Síveon, antes de que el patronus llegase avisándole de que debía volver a Hosmeade.

Esa historia dejó a Severus bastante pensativo, ya que veía con ironía que, si él no hubiese viajado al pasado, habría sido Richardus el que habría rescatado a Rowena de su cautiverio, cosa que quizá tendría que haber ocurrido para que ellos dos se enamorasen y se casasen.

Pero después de todo, sus acciones en el pasado no habían cambiado el curso de la historia de una forma tan radical como pensaba, porque Rowena y Richardus habían acabado conociéndose, quizá cerrando así un ciclo que tenía que producirse. Era algo muy complicado, pero Severus le veía sentido.

Sabía que estaba ante un suceso que decidiría el curso de la historia, aunque muchos otros sólo habrían visto la conversación entre dos jóvenes que tenían bastantes cosas en común. Estaba claro que Richardus y Rowena iban a llevarse muy bien, porque tras unos minutos de estar hablando, parecían conocerse de toda la vida, pero estaba claro que había algo más de por medio.

Severus les miraba un poco apartado, comprendiendo al fin lo que había querido decirle la voz de su cabeza, y aceptó con un deje de tristeza que aquello era lo que tenía que ocurrir, que Rowena y Richardus terminarían unidos después de todo.

Ella había conseguido sonreír de nuevo, y parecía que un halo luminoso la rodeaba junto a Richardus, mientras hablaban mirándose a los ojos. Severus pudo sentir la fuerza de esa mirada, el poder de ese sentimiento que comenzaba a nacer, y se sintió fuera de lugar, como si estuviese interrumpiendo algo privado.

Comprendió que su presencia en esa época se debía solamente a la necesidad de contrarrestar las acciones de Síveon, y eso le dolió, porque por un momento había tenido la esperanza de poder cambiar la historia y quedarse junto a Rowena, pero ahora, al verla sonreír de esa manera, entendió que no podría ser así. Con el pobre consuelo de haber hecho lo correcto, Severus terminó aceptando que debía obedecer a la voz: debía regresar al futuro.

ooo

Esa noche se celebró una fiesta en honor a Rowena a la que acudieron invitados de diversos lugares, en especial, unos grandes amigos de Richardus: Godric Gryffindor, Salazar Slytherin y Helga Hufflepuff, la cual llegó acompañada por un montón de chiquillos, algunos suyos y otros adoptados. Fue ella la que sugirió la idea de crear un colegio para educar a los niños magos de la región.

Rowena se integró muy rápidamente en el grupo, con su simpatía habitual, y se sintió muy a gusto con ellos, como si fuesen amigos de toda la vida, o como si estuviesen destinados a conocerse.

Severus permaneció apartado, sin hablar con nadie, pero escuchando discretamente la conversación, ligeramente emocionado al ver que estaba presenciando un acontecimiento histórico. Esa noche nacería la idea de fundar Hogwarts, a que la idea de Helga ya había calado entre los otros tres futuros fundadores.

Los fundadores. Eran ellos, los auténticos.

De pronto, Godric levantó su copa y exclamó.

–¡Por la mejor escuela de magia que existirá jamás!

Otras tres copas se unieron a la suya, sellando un pacto que influiría en las generaciones futuras. Allí estaban Gryffindor, Hufflepuff, Slytherin... y Adler.

Severus miró a Richardus, quien no le había quitado la vista de encima a Rowena en toda la noche. No se lo reprochaba, ya que ella estaba magnífica, vestida de azul, y comprendía a la perfección lo que aquel hombre sentía. También sabía que él jugaría un papel bastante importante, aunque siempre a la sombra de su futura... esposa.

Severus tuvo la impresión de que su estancia en aquella época se estaba acabando, y salió de la fiesta sin que nadie lo notara. Su ayuda no sería necesaria a partir de entonces. Una vez fuera de la casa, se dirigió hacia el lago, ya que necesitaba un lugar tranquilo para realizar el hechizo que le devolviese a su tiempo.

Por el camino se le despejó la mente, y cuando llegó a la orilla del lago ya tenía asumido que su misión había terminado, que ya no tenía nada que hacer en el pasado, y que nada le ataba allí. Contempló la superficie del agua a la luz de la luna, resultándole extraño el no ver también la inmensa mole del castillo que se construiría a su lado, y sonrió al pensar que, en el futuro, Dumbledore le estaría esperando en su despacho, a muy poca distancia de donde estaba él en ese instante.

Sacó la daga que le había quitado a Síveon y se dispuso a hacer el ritual para volver al futuro. Se cortó un mechón de pelo, y estaba a punto de hacerse un corte en la mano cuando...

–¡Severus! ¡Espera! –Rowena corría hacia él, recogiéndose el vestido para no pisarlo–. ¡Por favor, espérame!

Severus escondió la daga, sobresaltado, y esperó a que ella llegase a su lado.

–¿Te vas? –preguntó Rowena, mirándole con sus ojos dorados.

–Tengo que hacerlo –respondió él.

–¿Regresas al futuro? –preguntó ella. Severus se quedó de piedra al oír eso.

–¿Qué?

–Tú viniste del futuro, al igual que Síveon –Severus la miraba con los ojos muy abiertos ¿Cómo lo había averiguado? ¿Y cómo afectaría eso a la historia?

–¿Cómo... cómo sabes eso?

–Él mismo me lo dijo –explicó Rowena–. Cuando me atrapó, me dijo que venía del futuro para matarme, porque era su misión. Pensé que estaba desvariando, hasta que usó su magia extraña para torturarme. Su varita y sus hechizos eran muy parecidos a lo que usas tú. Y tú... bueno, tú mismo te descubriste cuando me hablaste de él. Confesaste que le conocías y que pasaste meses a su lado, y me hablaste de eventos y magia que no existen en esta época. Además –continuó–, durante mi enfermedad me preguntaste si se podía cambiar la historia si se viajaba al pasado. No me lo harías preguntado si no supieses que se puede viajar a través del tiempo –Rowena dijo todo esto muy deprisa, como si las palabras le quemasen en la lengua. Realmente, había deseado poder quedarse a solas con Severus para decirle todo aquello, pero no se había atrevido antes.

Severus estaba mudo de asombro, pero finalmente logró cerrar la boca y encontrar su voz.

–Eres la bruja más inteligente que he conocido –admitió–. Pero... no tienes ninguna prueba que demuestre lo que dices.

–Me has dado muchas pistas –prosiguió ella–. Las pociones que preparaste para curarme cuando me rescataste, el hechizo con el que hiciste levitar esas piedras, tu varita... son cosas que aún no se han inventado.

–Nunca debí habértelas mostrado –murmuró Severus.

–Ya no importa –dijo Rowena, agitando la cabeza–. No le diré a nadie lo que he aprendido de ti, sería muy peligroso. Sé que podría cambiar el curso de la historia, y no voy a permitirlo.

–Gracias –murmuró él–. ¿Pero desde cuándo... tuviste la certeza de que vengo del futuro? –Severus admitió por primera vez en voz alta que Rowena había descubierto la verdad.

–Desde que vi el cadáver de Síveon –respondió ella, un poco más seria–. Encontré esto con él –sacó de su bolsillo una cadena dorada de la que colgaba la figura de un águila partida por la mitad. Era la parte de su colgante que había sido utilizada por Síveon como cordel temporal–. Fue lo que me convenció de que Síveon decía la verdad, porque mi padre hizo este colgante exclusivamente para mí, cuando aprendí a transformarme –se señaló el que colgaba de su cuello–. No puede haber otro igual... a no ser que sea el mismo –le miró como pidiendo que confirmara sus palabras.

–Es el mismo –admitió Severus. Hubo un silencio tras sus palabras, ya que ninguno de los dos se atrevía a decir que pertenecían a tiempos distintos, y por lo tanto, no volverían a verse jamás.

–En tal caso quiero que te lo quedes –Rowena hablaba con lentitud, extendiendo sus manos hacia él–. No debería haber dos colgantes en la misma época... y quiero que lo tengas tú.

Severus cogió la pieza que ella le ofrecía, y sacó la otra mitad, mostrándosela a Rowena. Ante la atenta mirada de la mujer, unió las dos partes del colgante, que por supuesto, era idéntico al que ella llevaba.

–Deberías saber que gracias a esto pudimos llegar hasta esta época –confesó Severus. Por alguna razón, le parecía importante que ella conociese ese dato.

–Lo tendré en cuenta –ella intentó sonreír, mirando el colgante que Severus tenía en las manos–. Cuélgatelo, para que no se pierda –fue ella misma la que se le pasó la cadena por la cabeza, poniéndose de puntillas. Severus la miraba intensamente, y sin poder evitarlo la besó. Ella no le rehuyó, sino que le devolvió el beso, haciéndolo durar, pero cuando finalmente se apartó de él, estaba llorando.

–Te voy a echar de menos –murmuró. Severus la abrazó.

–Escucha, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida, y siempre, siempre te recordaré –dijo. Entonces se apartó de ella y retrocedió, sin dejar de mirarla. Sacó la daga y se hizo un corte en la mano, mezclando con su sangre el mechón de pelo que se había cortado.

Apretó la mezcla con fuerza y recitó en voz baja el hechizo que le había enseñado Dumbledore, sin dejar de mirar a la mujer, que no apartaba los ojos de él. Sintió cómo tiraban de su ombligo, a la vez que a su alrededor todo se volvía borroso, y muy pronto dejó de ver nada, aunque siempre llevaría consigo la imagen de Rowena mirándole.

Ella se quedó mirando durante mucho tiempo el lugar donde segundos antes había estado Severus, llorando en silencio, hasta que de repente, una idea la hizo sonreír: ya sabía dónde se construiría el colegio.