19 de marzo de 1938 | Ginebra.

La reunión de las Ligas de Naciones en Ginebra fue unos escasos minutos de finalizar, en cuanto USA terminó de hablar sobre la práctica exitosa recuperación económica de la Gran Depresión que todas las naciones allí habían experimentado hacía diez años atrás y tomaron asiento entre Canadá y México. , el silencio reinó la habitación. Las miradas no tardaron en divagar por los objetos, unas sutiles toses no se hicieron esperar y la sonrisa de seguridad poco a poco iba desapareciendo del rostro del estadounidense.

Todos sabían de la infracción cometida por aquel miembro de la liga, pero nadie quería retomar viejas tensiones. Las diferencias ocurridas en la Gran Guerra ya habían sido felizmente selladas por los vencedores con el Tratado de Versalles; ya no hacía falta volver a tocar temas delicados, en especial cuando todas las grandes potencias como Inglaterra, Francia, los Estados Unidos o incluso la Unión Soviética, así lo consideraron.

Una reverenda estupidez, si le preguntaban a la nación mexicana.

Ella observó el reloj colgado en el centro de la pared, su corazón palpitó con cada pequeño salto que el segundo daba; sus dedos se pasearon inconscientes por el discurso que su embajador había redactado y que su presidente había aprobado... un sudor frío le recorrió su cuello y cerró los ojos para intentar contener los escalofríos que amenazaban por conquistar su cuerpo. El tiempo se acababa.

Más de dos horas había durado la reunión y nadie había dicho nada al respecto de aquella gravísima falta, nadie, ninguna nación... ni siquiera los más cercanos países del centro de Europa. No había sido de extrañarse que USA sonriera con confianza y expusiera sus ideas y resultados de recuperación económica niño como explicándole a su padre la forma en que podrían comprarle un juguete; pero Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, la URSS... ¡Santo Cielo! ¡Hungría, quien también fue su esposa! Bueno, no hacía mucho que se acaban de divorciar, pero... ¡Qué importa! Nadie hizo más que bajar la vista y permanecer en silencio.

No, ahora ella era miembro de la Liga de las Naciones y no iba a permitir que Alemania partiera de esa reunión con esa ligera curvatura en sus labios, con aquella mirada por encima del hombro, con la falsa creencia de que iba a ser capaz de repetir sus acciones sin que nadie lo detuviera... ciñó el papel de su discurso entre sus dedos y respiró hondo, el segundo del reloj parecía avanzar más rápido, tanto como si quisiera también alcanzar la velocidad de su corazón, que ahora latía, más velozmente... ya le quedaban sólo tres minutos.

En un abrir de ojos Alemania se iría satisfecho de que nadie le hubiera puesto en cara el hecho de que el asiento a su lado, en el que debería estar su primo, estuviera ahora vacío. Y eso era algo ella simplemente no permitiría, así como no lo permitió cuando el conflicto interno estalló en España, Manchuria o Etiopía... estuvo también sola, tampoco alguien dijo algo durante la reunión, hasta que ella asentó sus botas fuertemente con el frío. piso, ignoró la mirada incrédula de su vecino, aclaró su garganta y se levantó con papel en mano.

Así como entonces, todos los ojos estaban ahora concentrados en la nación azteca.

-Disculpen mi aportación de último minuto, pero en vista de que hizo falta un tema muy importante a tratarse en esta reunión, bueno... es mi deber, como miembro honorable de la Liga de las Naciones, reportar y sancionar un crimen- los murmureos se extendieron por los asientos más alejados de la sala y un tirón en el saco de la chica la hizo voltearse ligeramente a su costado.

-Mary, what are you haciendo?- la sonrisa de confianza en su vecino ahora era más bien una forma de mostrarle los dientes y decirle "Si no te sientas ahora, no querrás ni saber las consecuencias" pero ella no le dio importancia, ya lidiaría con él devuelta en casa... tampoco es que fuera algo nuevo.

Rodó los ojos e ignoró tanto la conmoción que lentamente empezaba a consumir la sala, así como la palidez en el rostro de todas las naciones europeas, y por todas... se refería a todas, todas. Lo único que logró desacelerar un poco el errático ritmo de su corazón, fue la expresión de terror que se entrevió en el rostro del alemán. Ella sujetó, con el cuello bien en alto, su discurso y ocultó una sonrisa, eso es lo que merecía una nación que sometía a otras: ser expuesta ante el mundo, ser condenada y que temiera por su destino.

No era que ella lo disfrutara, por supuesto que no; ella no obtenía ningún placer en ver a otros países sufrir, incluso cuando USA le contó feliz de todas las imposiciones a las que Alemania tuvo que aceptar en el Tratado de Versalles, ella se indignó, se molestó con su vecino y le reclamó lo injustas que eran; que a pesar de todo lo hecho por el gobierno alemán, castigar a su pueblo de tal forma... no era humano.

Así como tampoco era humano someter a toda una nación contra su voluntad, con violencia y sufrimiento para su gente, y por ese motivo ahora sí consideraba que el alemán debía pagar personalmente por sus actos, quedando él mismo expuesto ante todos los otros países del mundo.

Aclaró su garganta y comenzó a leer con voz firme y alta.

-Austria ha dejado de existir como Estado independiente por obra de la agresión, que viola flagrantemente nuestro pacto constitutivo, así corno los tratados de Versalles y Saint Germain que consagran la independencia de Austria como inalienable- la sala quedó en total silencio; a su costado, dejaron de tirar de su saco. -Esa inalienabilidad ha debido ser respetada, no sólo por las grandes potencias signatarias del Protocolo de Ginebra 1922 en que se declaró solemnemente que ellas respetarían la independencia política, la integridad territorial y la soberanía de Austria, sino por el mismo gobierno de Austria, ya que dichos tratados imponen a ese país cuando menos la obligación de obtener el asentamiento del Consejo tanto en lo relativo al mantenimiento de su independencia en sus fronteras actuales, como cuanto a su existencia como Estado separado, dueño absoluto de sus decisiones.

Sus ojos dorados se pasearon por todos los rostros estupefactos del lugar y continuó, con el ceño profundamente fruncido.

-En consecuencia, todo convenio o resolución que menoscabe la independencia de Austria debe considerarse como ilegal; igualmente toda gestión de cualquiera autoridad cerca de un gobierno extranjero contraria a tales principios y compromisos, debe considerarse como arbitraria e inadmisible por los miembros de la Liga de las Naciones. La circunstancia de que las autoridades de Viena hayan entregado el poder nacional al invasor, no puede servir de excusa a los agresores, ni la Liga de las Naciones debe aceptar el hecho consumado sin enérgicas protestas y sin reacciones indicadas en el Pacto. Por otra parte, las autoridades que abandonaron el Poder Ejecutivo no representan al pueblo austríaco, que seguro contempla la muerte de su patria como una tragedia; esas mismas autoridades no obraron con libertad. En consecuencia, los Estados miembros de la Liga de las Naciones no deben considerar sus actos y palabras como expresión libre y legal de la Nación sometida- los ojos dorados se posaron duramente sobre unos ojos fríos y azules al otro extremo de la mesa, Ludwig le sostenía la mirada ya sin miedo, sino que ahora parecía analizarla, escudriñarla en cada uno de sus movimientos y palabras.

Tal osadía enardeció a la trigueña, quien sentenció:

-El gobierno de México, siempre respetuoso de los principios del pacto y consecuentemente con su política internacional de no reconocer ninguna conquista efectuada por la fuerza, categóricamente protesta por la agresión exterior de que es víctima la República de Austria y declara el propio tiempo a la faz del mundo que, a su juicio, la única manera de conquistar la paz y evitar nuevos atentados internacionales como los de Etiopía, España, China y Austria, es cumplir las obligaciones que imponen el Pacto, los tratados suscritos y los principios de Derecho internacional; de otra manera desgraciadamente el mundo caerá en una conflagración mucho más grave que la que ahora se quiere evitar fuera del sistema de Liga de las Naciones. Muchas gracias.

Bajó su discurso, acomodó su falda y retomó su asiento. Ninguna nación europea era capaz de levantar los ojos del suelo, su vecino a su lado lanzó un suspiró con el rostro entre las manos y cuando volteó a ver a sus compañeros latinoamericanos, solo pudo leer "México ¿Por qué?" muy claro en sus rostros preocupados y ella seguía sin comprender ¿Por qué no, chingada madre? Acaso si a ella un día alguna otra nación poderosa la sometiese... ejem, USA, ejem... ¿Nadie haría nada al respecto? Si su silla llegase a estar vacía como la Austria ¿Nadie alzaría voz? ¿Por qué? ¿Solo porque las otras naciones poderosas no han sacado el tema primero? ¡Ni madres! Demasiada injusticia había vivido ya como para seguir tolerándola y mucho menos si se trataba de naciones amigas como...

-Österich...- absolutamente todos en la sala dieron un pequeño brinco cuando la grave voz de Alemania alimentó la tensión. -No sabía que durante los casi cinco años que duró su matrimonio hubieras desarrollado emociones hacia Österich tan... intensas, Mexiko. Al menos no como para defenderlo apasionadamente tantísimos años después.

Los puños de la trigueña se cerraron con fuerza y sonrió con los labios muy juntos, sólo para evitar mostrarle los dientes en disgusto.

-Yo te recuerdo muy vívidamente allí, Ludwig; en ese entonces aún eras el Gran Imperio Alemán y fuiste para mí un amigo tan cercano que dudo mucho que hayas olvidado la clase de relación que formamos Roderich y yo en esa época- el ario se removió en su silla y la mexicana pudo saborear un segundo de gloria, mezclado con una pizca de melancolía agridulce. - Y aún si ese no hubiera sido el caso, tú bien sabes que yo siempre hablo en defensa de naciones que el mundo prefiere pasar por alto, sean mis conocidas o no, mis amigas o no, con las comparta historia o no... eso nunca ha sido un factor decisivo para mí. Mira, sé que sigues resentido conmigo porque nunca respondí tu telegrama en la Gran Guerra, pero debes dejar de mezclar el pasado con el presente y hacer cara a la acusación que ahora te hice. Anexar a Austria a tu Reich como lo hiciste es un crimen.

El rápido sonido del cuero frotándose contra la tela del asiento a su costado, más una pequeña ráfaga de aire frío que golpeó su mejilla izquierda, le indicó a la trigueña que su vecino se había puesto en pie y ahora reía agriamente, atrayendo toda la atención de la sala.

-Well, oh boy... ¡Qué rápido pasó el tiempo! - observó el reloj al otro lado de la pared, esos tres minutos faltantes se habían extendido a poco más de quince. -The meeting is over, now! Goodbye, everybody!

USA despidió a todos con un airoso movimiento de mano y una sonrisa deslumbrantemente creíble; las demás naciones, en especial las europeas, no tardaron ni un segundo en recoger sus cosas a como sus nervios y sus prisas les dieron a entender, con tal de retirarse lo más antes posible. Solo dos países se hundieron en sus asientos: una indignada, con los brazos cruzados bajo el pecho y sin poder creerse que nuevamente ningún miembro de la comunidad internacional la apoyaría; el otro con la expresión ilegible... neutral, tan solo observando cada respiración frustrada de la mexicana con esos ojos metódicos suyos, ya no sabía muy bien qué pensar de ella ¿Era amiga? ¿Enemiga? ¿O como la propia María había dicho, no quería nada más que el respeto del "yo" y del "tú"?

El alemán entrelazó sus dedos y el cuero de sus guantes le hizo curvar ligeramente los labios hacia arriba; Ese era uno de los motivos porque los cuales le había mandado aquel telegrama a México, porque sabía lo fiel que le era a sus principios... y el valor más importante para aquella nación norteamericana, a diferencia de los hermanos con quienes compartía continente, era la humanidad, la vida.

Y sabía lo terca que se podía volver la trigueña cuando alguien se interponía entre ella y sus principios... por eso, si se hubiera enterado de la forma en que trataban a su gente en los territorios que perdió contra USA, ella no hubiera dudado. en aceptar la alianza con el Kaiser y, quién sabe, quizás incluso hubiera recuperado la custodia sus pequeños si ganaban la guerra. Pero no, aquello sonaba demasiado perfecto como para ser verdad, porque el segundo principio más importante para la mexicana era el que dictaba su constitución, uno por el cual el alemán ya no sabía qué pensar con respecto a ella; porque María ya estaba harta de guerras, del sufrimiento y el regazo social.

Ella era una nación no intervencionista.

¿Entonces por qué hablaba en nombre de Österich? ¿Por qué habló en nombre de España cuando estalló su Guerra Civil? Gut... con esas dos naciones era entendible, uno fue su esposo y el otro es su padre, pero ¿Hablar por China cuando Japan lo invadió? ¿O incluso de Etiopía cuando Italia hizo lo mismo? Ni siquiera conocía a aquellos países ¿O sí? ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones de aquella bella norteamericana?

El alemán se puso de pie en cuanto sintió que los ojos dorados de la trigueña se posaron repentinamente en él y se inclinó para recoger su maletín, confundido por decir lo menos. Se dio la vuelta y una nación de cabello castaño claro muy lacio chocó contra su pecho; él alzó una ceja cuando un estremecimiento recorrió el cuerpo de la oji-verde en cuanto ella notó contra quién había dado a parar por las prisas.

-Hungría- habló el ario con la voz profunda. Recordó con dolorosa nitidez cómo Roderich le había suplicado desde su nueva y bien parecida habitación en el palacio Real de Berlín que, por sobre todas las cosas, no le haría daño a su amada Elizabeta. Se enderezó y juntó sus piernas, azotando una de sus botas en el suelo mientras tomaba una mano de la perpleja húngara y depositaba allí un seco beso. -Österich te manda sus más afectuosos saludos.

La oji-verde se sonrojó con creces y regresó rápidamente su mano temblorosa a su bolso, asintiendo con la cabeza mientras procuraba deshacer el nudo en su garganta. Frunció levemente el entrecejo al notar aquellos gestos ligeramente militares del alemán, a excepción del beso, claro.

-¿Él se encuentra bien?- el rubio juntó sus manos detrás de su espalda y apoyado con un solo golpe de cabeza. La húngara liberó un suspiro y se llevó una mano al pecho; una sonrisa se expandió por el rostro de la castaña clara, pero se fue extinguiendo lentamente, al mismo tiempo que volvió a centrar su atención en la nación frente a ella. - Supongo que ahora somos vecinos.

El rostro de Roderich enrojecido y sucio, con algunos cortes y moretones gracias a la resistencia que puso contra los soldados que lo sacaron de su palacio en Viena, volvió a su mente: la forma en que esos violáceos ojos lo miraron suplicantes por el bienestar de toda Europa, pero, más específicamente, el de su ex esposa. El alemán no pudo hacer más que darse cuenta de la media vuelta e irse por el pasillo, escuchando los gritos de su primo tras la puerta de la habitación donde lo había encerrado. Es que, si el Führer no planeaba invadir Hungría militarmente, entonces Hungría debería unírsele al Reich voluntariamente si quería gozar de protección... y eso no lo veía muy posible, en especial ahora que México había hecho evidente ante todo el mundo la anexión de Austria un territorio alemán.

-Ja. Somos vecinos... y por eso mismo nos conviene trabajar juntos ¿No es así? - la húngara abrió grande los ojos y luego miró al suelo, llevándose un mechón de pelo tras la flor que decoraba su oreja. Un sonrojo volvió a conquistar sus mejillas.

Ludwig inhaló para hacerse de paciencia, la verdad nunca había entendido qué tenía Hungría cómo para que hubiera provocado en Roderich, germano por lengua y sangre, una devoción a tal punto que formaron un Imperio juntos por cincuenta y dos años seguidos. Dirigió los ojos al otro lado de la sala en lo que esperaba que se le bajaran los colores a Elizabeta y le llamó la atención la forma en que USA había acorralado a Mexiko contra la esquina que formaban una viga y una pared. Ambos hablaban como si compitieran por saber quién era capaz de pronunciar más palabras por segundo; sus rostros estaban a centímetros uno del otro, con los ceños muy fruncidos y estaban haciendo ademanes muy llamativos.

Él se presionó la cien y ella lo señaló con un dedo índice, reprochándole algo que pareció encender alguna especie de llama en reposo dentro del estadounidense, porque de pronto sus ojos, aun siendo de aquel azul turquesa cálido como las aguas del caribe, ardieron en furia. Él la sujetó por los hombros, provocando una mueca de dolor en la trigueña y la azotó definitivamente contra la pared, dejándola por unos segundos sin aire.

-Sí, yo... supongo que trabajar juntos no sería una mala opción, considerando nuestra repentina cercanía. A-Además, tampoco dudo que Roderich se hubiera opuesto a eso ¿O sí? – la oji-verde mantuvo su mirada en el suelo y continuó jugando con su mechón de cabello. - No es por nada en especial, pero, desde que nos separamos en 1919, nos deseamos la felicidad con otras personas. ¿Lo sabías, Ludwig?

Alemania miró hacia otros puntos en la sala, algo en su pecho se había alterado y lo incitaba a respirar con ligera aspereza. Ya eran contados los países que quedaban ahí.

-Nein- alcanzó a decir. Luego la risilla tímida de la chica resonó en sus oídos.

No había ninguno europeo, para empezar (sin contarlos a ellos mismos, claro). Los asiáticos brillaban por su ausencia y los pocos miembros africanos ni siquiera se habían presentado en su totalidad. Canadá había abandonado el lugar en cuanto Inglaterra lo llamó, junto con Australia y Nueva Zelanda. De Latinoamérica solo quedaba aquel austral rubio junto a Veneciano al lado de la puerta, ellos últimamente esperaban por el ario al finalizar las reuniones de la Liga de Naciones para ir a un bar juntos y platicar por varias horas; pero desde ese lugar ni Argentinien ni Italien podía ver lo que pasaba con los norteamericanos porque esa viga los ocultaba de prácticamente el resto del mundo... o de los que quedaban.

-Vaya, había olvidado lo autoritario que suena el alemán- la oji-verde reprimió otra risilla mordiéndose los labios, eso expandiendo aún más su sonrojo, pero se compuso pronto. -Bueno, no es un tema que se suele tomar tan sencillamente, pero creo que... oh. H-Hola URSS.

El ario sintió un estirón en su columna y volteó hacia donde la húngara evitaba la mirada, allí el antiguo Imperio Ruso, que era la nación más influyente dentro de la llamada "Familia Socialista", aquel grupo de naciones que habían "acordado" llamarse URSS. , tener una sola bandera, himno, idioma, que curiosamente era el ruso, y valores; aquel grupo de naciones que el Führer y él mismo tanto detestaban... estaba ahí, su máximo representante, al menos. Iván inclinó la cabeza como un gesto cordial de saludo, pero Ludwig no respondió más que con una mirada seca.

-Privet Alemania, Hungría- el ruso acomodó también sus manos tras su espalda, pero al menos él si fingio una sonrisa. -Olvidaron su maletín también. Da?- preguntó, mientras se abría paso entre ellos hacia un par de asientos más al "norte" de la fila.

-Nein- repitió el ario, sonando aún más rudo. Tuvo que contener las ganas de rodar los ojos cuando la castaña clara a su lado se mordió el labio nuevamente. -Pero ya nos íbamos.

Movió discretamente la mirada hacia el lugar donde habían estado discutiendo USA y Mexiko; grande fue su sorpresa al encontrarlos todavía ahí, pero, ya fuera porque los veía desde el rabillo del ojo o porque ya habían empezado a apagar las luces de la sala y en esa esquina con trabajo se veían las botas del estadounidense, daba igual. Lo que agitaba latido a latido el corazón del alemán era saber que la trigueña estaba siendo totalmente inmovilizada por el tamaño de su vecino... y por tanto tiempo, sin ruido alguno, a alguien tan temperamental como la mexicana, no parecía posible.

-Es bueno oír eso, tras la declaración de Masha, los países afuera no han parado el cuchicheo. Yo pienso que, si salen, eso se detendrá. Da, Hungría?

Ella lo había expuesto ante la comunidad internacional, sí. Ella lo había acusado de crímenes casi, casi de guerra, contra la humanidad o, más bien, contra la soberanía y autonomía de Austria; y sí, tenía razón... pero era un secreto a voces, algo que nadie se había atrevido a mencionar, algo que él hubiera preferido que se mantuviese de aquella forma, pero que, por culpa de la mexicana, ahora dejaba al mundo en una posición incómoda.

-S-Supongo, sí. Eh... ¿No es ese tu maletín? El de piel roja.

Nadie quería volver a pelear como en la Gran Guerra, bueno... ninguno de los Aliados, al menos; por lo que nadie quería acusarlo a él, a Alemania precisamente, pero, otra vez... la mexicana sí lo había hecho... y ahora al parecer un Aliado le explicaba el porqué sus acciones no deberían haber sido. Eso podría contentarlo ¿No? Quizás... si lo que USA le estaba haciendo a Mexiko en esos instantes era nada menos que darle una lección, que dejarle claro a una nación de segundo mundo que no debe incursionarse en el orden del primer mundo... ¿Entonces por qué? ¿Se incomodaba tanto con la idea? ¿Por qué le preocupaba tanto lo que le pudiera estar pasando a México? USA seguro sabría darle su lección, la conocía bien, eran vecinos al fin de cuentas... eso le convenía a él, a Alemania, pero... Verdammt!

-¡Papá! ¡Este es! Gracias, Hungría- le castaña clara sonando a medias y luego dio un ligero brinco cuando la luz sobre sus cabezas su apagó, solo quedaba la que estaba en el centro de la enorme sala, en medio de la mesa redonda. -Hora de irnos.

Es que Alemania también conoció a la mexicana y, si lo que ella había dicho era cierto, si no había malas por intenciones debajo del querer darles voz a quienes han sido silenciados, entonces... aún si le afectará, él sabía que ella no merecía que lo que fuera que USA le estuviera haciendo en esos momentos. Tanto tiempo en las sombras para dos naciones, nunca es bueno.

-Si. Ludwig, vamos ¿Ludwig? – tanto la húngara como el soviético fruncieron el entrecejo, siguiendo con la mirada lo que parecía captar tanto la atención del ario entre la oscuridad. -A-Alemania...

-Ja?- el mencionado volteó, con el ceño ligeramente preocupado y aclarándose la garganta. La chica rápidamente dio un paso hacia él, pero él retrocedió.

-¿Estás bien?

-Ja, ich bin gut- el ario se decidió en ese momento que jamás lograría comprender cómo Roderich era capaz de amar a la oji-verde. Pero, por otra parte, si ella simpatizaba con él lo suficiente y se unía al Tercer Reich, entonces cumpliría la promesa con Österich: Hungría sería una salva de la guerra que su Führer planeaba comenzar para vengar al pueblo alemán.

-¿Seguro? Eres mi nuevo vecino y creo que deberíamos comenzar por ser honestos si queremos llevarnos bien, o al menos...- el sonido de un cierre bajándose cortó a la chica y pronto una cegadora luz apuntó hacia la pared donde USA había tenido acorralada a Mexiko. .

El corazón de Alemania dio un vuelco cuando Iván estiró su cuello para buscar más un detalle con su linterna, pero ni él, ni nadie, pudo ver nada. Ya no estaban. De la nada, habían desaparecido ¿Lo más alarmante? Sin hacer un solo ruido.

Los ojos fríos del soviético se posaron en los calculadoras del alemán y le alzaron una ceja.

-Bueno, ahora ya es hora de irnos. Da?- el ario infló su pecho y se dio media vuelta, caminando hacia la salida a paso corto. Por los ligeros jadeos tras de sí, supuso que Hungría trotaba con tal de no quedarse tan rezagada con el ruso, quien se tomó su tiempo para abandonar el lugar.

El llegar a la puerta, Argentina e Italia liberaron un suspiro.

-¡Lud!-exclamó el pelirrojo, abrazando al rubio por el cuello con una enorme sonrisa. -Creemos que nunca saldríamos.

-¡Te tardaste mucho, boludo! Solo porque Veneciano no quiso, no nos fuimos sin vos- el sudamericano posó una mano en el hombro del italiano y éste se apartó del alemán, conversando su sonrisa, pero ya recogiendo su maletín para encaminarse al bar.

-Bitte, pero hoy tendrán que ir sin mi- las bocas de ambas naciones de abrieron de par en par y el rioplatense fue el primero en apretarse el puente de la nariz.

-¿Pero cómo que nos vayamos sin vos? ¡¿Después de todo el conchudo tiempo que esperamos?! ¡La re mil puta que me parió!- Veneciano se cubrió la boca y miró al argentino con ojos reprobatorios, negando lentamente con la cabeza.

-Santiago detto malas palabras, Lud- el alemán estuvo apunto de rodar los ojos cuando Hungría salió de la sala y se topó con los otros dos, formando un silencio incómodo que solo Italia del Norte rompió cuando saludó efusivamente a la chica. Pero luego el soviético cerró la puerta tras de sí y entonces el silencio se incrementó hasta el punto en que se volvió casi asfixiante en el pasillo.

-Bueno... adiós-comentó el sudamericano y por suerte todos le siguieron, cada quien tomando su rumbo. Hubieron miradas fortuitas gracias a las conversaciones interrumpidas, pero nada más.

Alemania tuvo que caminar por el pasillo que daba a la explicada de escasos árboles a su mano izquierda, totalmente el lado opuesto al que le hubiera gustado ir, pero teniendo en cuenta que aquella otra ruta la había tomado el ruso... entonces avanzó tranquilo hasta salir bajo la luz del sol. Inhaló profundamente y sobó sus ciencias, esa reunión sí que había sido todo un espectáculo digno de ver en primera fila. Se reclinó contra el primer pino que vio y cerró los ojos, lo bueno es que, al final, nadie le había hecho caso a la pobre latina, si no, los planos de su Führer quizás hubieran sido descubiertos.

Un golpe seco en su rostro lo desequilibró y abrió los de golpe, dando traspiés hasta poder guardar el equilibrio nuevamente. Miró hacia todos los costados, con la respiración agitada y un ardor en su mejilla. Pronto descubrió a la nación azteca con los colores subidos en el rostro, el cabello un tanto desordenado, la respiración errática y las manos fuertemente puestas en sus caderas. Tocó su golpe, estaba seguro que tendría la forma de la palma de la trigueña.

Supuso que debía molestarse, pero por alguna extraña razón... quizás la forma en que la ropa de la mujer estaba desacomodada y el recuerdo de ella siendo acorralada por su vecino en la oscuridad... no sintió más que esa rara confusión.

-Creo que me lo merecía- admitió, su voz ronca como un murmuro. Eso enardeció a la trigueña y, si en su vecino se podía ver el ardor de la furia tras aquel cálido azul de sus ojos, en ella el propio color dorado de su iris parecía una llamadaada de fuego puro.

-¡ESA Y UN CHINGO MÁS!- la mexicana dio un pisotón y luego dio media vuelta, pero el alemán se apresuró en tomarla por el brazo y pegarla solo lo suficiente contra su torso. -¡Argh! ¡¿Qué madres...?! ¡Suéltame! ¡¿Ya vas andar fregando tú también?!

-Mexiko, solo quiero saber qué te hizo Amerika. Es todo- la expresión rabiosa cambió por completo, suavizándose. Los labios rojos y carnosos se entreabrieron y el fuego en los ojos disminuyó hasta teñirse en uno matizado con dolor.

El corazón del ario retomó su andar presuroso en cuanto sintió que el cuerpo de trigueña desistió en su resistencia contra su agarre y entonces él hizo lo mismo. No quería que pensara él le haría lo mismo que USA le hubiera hecho. Él no era un monstruo, no. Con ella... nunca.

-El gringo no me hizo nada con lo que yo no sepa lidiar. No tienes por qué preocuparte, Ludwig- sostuvieron las miradas, como antes lo hacían cada que sabían que el otro estaba ocultando información, una carta, risas o algo.

Tal como cuando él iba a visitarla al palacio de Roderich en Viena para hacer lo que su primo no hacía: estar con ella. Platicar, comer juntos; enseñarle alemán, que le enseñarán español; pasear por los jardines en primavera y verano; recoger las hojas caídas más hermosas del otoño; hacer muñecos de nieve en invierno... claro, ella no era su esposa y todas las cortes europeas veían con malos ojos su amistad tan cercana; las malas lenguas no tardaron en hablar y entonces Roderich prohibió las visitas, habló en privado con su primo y le dejó muy en claro con cuál germano compartía lecho María. Pero eso no detuvo sus cartas o sus escapadas furtivas cuando eran invitados a ellos a Berlín, o él a Viena.

El agarre del alemán bajó delicadamente por su trigueño brazo hasta su mano y ella la elevó hasta posarla en la mejilla recién abofeteada del rubio. Seguían mirándose y entonces María le dedicó una triste sonrisa que él no tardó en reconocer e igualar.

Ludwig no sabía cómo tan hermosa relación había caído tanto en el descuido; sí, estaría mintiendo si dijera que nunca se imaginó al lado de la mexicana como algo más que un simple amigo o que jamás cerró los ojos por las noches y la fantaseó como suya una y mil veces... pero cuando el Segundo Imperio Mexicano cayó y Maximiliano fue fusilado... cuando en el puerto francés USA bajó corriendo para abrazar a una mexicana desbordante en lágrimas de por fin verlo y al fin saber que podría volver a sus tierras... entonces supo, incluso entonces, que aquellos momentos quedarían para siempre en la historia.

Pero tampoco terminaba de entender; si solo gracias a él, ella había sido capaz de sobrellevar los casi cinco años de matrimonio con Austria. ¿Entonces por qué lo criminalizaba de tal forma ante el mundo? ¿Por qué priorizaba a su ex marido? ¿En verdad se amaron como hicieron creer al mundo? El alemán supuso que su relación había quedado intacta incluso tras el cambio de siglo y tras los conflictos bélicos que surgieron en sus respectivos países; como ella le había contado lo que le había sucedido en la guerra contra su vecino norteño durante sus picnics junto al lago, él supuso que su telegrama más su excelente amistad y sus principios la harían entrar de su lado en la Gran Guerra... pero nunca contó con que estar lejos de él significaba estar cerca de otras personas, de USA, más exactamente.

-¿Por qué, México? Si sabes que en realidad Roderich no está muerto ¿Verdad? Vive en mi palacio, en Berlín. La familia germana vuelve a estar junta- la mano de la norteamericana bajó hasta posarse en el hombro de su viejo amigo y lanzó un suspiro, apartándose ligeramente de su pecho.

-El gringo me hizo algo similar en su momento y lo sabes bien. Claro que él no me anexó por completo porque eso me hubiera borrado del mapa, yo hubiera muerto como representación y... bueno, todo hombre necesita de una mujer para engendrar ¿No? Pero de todos modos...- la mexicana retrocedió unos centímetros más sin darse cuenta. Pero él sí lo notó. -Oye, lo que dije en la reunión no fue una cubierta. Yo estoy dispuesto a hablar por todos aquellos que son invadidos y pierden su voz, porque sé lo eso significa. A mí me apartaron de mi hogar por casi trece años, Ludwig... trece años sin si quiera poder pisar más que las tierras que me arrebataron. Y eso es algo que no me parece, sin importar cuán amiga yo sea de la nación que invasora. Si uno es invasor... es invasor ante mis ojos hasta que desocupe y libere el territorio ocupado.

Al final, solo la mano que el alemán aún sujetaba de la trigueña, era lo único que los unía.

-¿Entonces no es solo por Österich?- ella ahogó una risa y sus ojos se cristalizaron. Ambas naciones no tardaron en sentir un ardor recorriendo sus rostros. -¿María?

-Roderich es un gran amigo mío, Ludwig. Pero ambos tenemos a un gran amor y sabemos que no somos nosotros mismos. Elizabeta sigue siendo el suyo, lo fue incluso antes de casarse conmigo; y eso no es algo que me molesta en lo absoluto. Claro que igual protesté porque lo quiero a un nivel personal, fuimos marido y mujer, es decir, no hay forma de olvidar lo vivido. Pero ya pasó y ahora créeme que Roderich y yo solo somos... amigos.

-Freunde- repitió al ario, con la vista perdida en la sonrisa de la trigueña. Apretó su mano y avanzó los pasos que ella se alejó. -...como tú y yo. ¿Nein?

De repente la alegría se esfumó de la cara de la mexicana y comenzó a deshacer el agarre de sus manos. El entrecejo del alemán se forma con cada centímetro de piel que ella iba separando.

-Eso espero. Pero no olvides la parte final de mi discurso, Ludwig "La única manera de conquistar la paz y evitar nuevos atentados internacionales es cumplir las obligaciones que imponen el Pacto, los tratados suscritos y los principios de Derecho internacional; de otra manera desgraciadamente el mundo caerá". en una conflagración mucho más grave que la que ahora se quiere evitar fuera del sistema de Liga de las Naciones"

Ambos se separaron y el alemán juntó sus botas, se irguió y juntó sus manos tras su espalda, semblante serio nuevamente. Era increíble cómo aquella lejana nación americana lograba reconocer muy bien las tensiones que podrían explotar en Europa, un continente que no era suyo. Quizás ella solo lo conoció muy bien, o quizás...

-Me temo que te enseñé muy bien sobre la cultura y las maneras de aquí- la trigueña alzó una ceja al notar tal porte militar y luego lanzó un suspiro. Recordando lo que su vecino le había dicho en la oscuridad... temiendo igual, de que sus palabras resultasen ciertas.

-Meh... yo creo que es porque te conozco muy bien- la mexicana volvió a saborear la expresión de sorpresa arrepentida en la cara del ario y contuvo una risa triste. -Solo cuida bien de Roderich y mándale mis saludos ¿De acuerdo?

El rubio ascendiendo y una corazónnada en el pecho de María le impidió darse la vuelta e irse simplemente. Algo le dijo que aquel preciso instante, sería quizás el último dentro de mucho tiempo, en que lograría ver una pizca de la humanidad en esos ojos de azul hielo. Así que caminó hasta él, lo envolvió en un abrazo que Ludwig no supo ni responder, quedándose como estatua en su misma posición, como procesando la situación; y tras sentir el calor de su pecho en su mejilla por algunos segundos, se apartó, poniéndose de puntitas para darle un beso sobre la abofeteada con la que lo saludó.

-Cuídate también y por lo que más quieras... no cometas ninguna otra pendejada como la de la semana pasada con Austria ¿Bueno? Que nadie quiere una Segunda Gran Guerra ¿Quedó claro? – el sonrojo se expandió por las orejas y hasta el cuello del ario, pero éste sólo volvió a sentir con la cabeza; demasiado conmocionado como para poder hablar... desde el siglo pasado no se daban abrazos. -Nos vemos, entonces.

La trigueña dio media vuelta y salió de la pequeña explanada, rodeando el edificio y pasando varios pequeños parques con múltiples arboledas hasta llegar a la avenida, donde su vecino la esperaba recostado contra su carro, con sus lentes de sol puestos y acabándose otro de sus cigarrillos. En cuanto la vio, levantó sus manos al cielo y exclamó algo que la mexicana no pudo escuchar, pero eso no evitó que rodara los ojos. Alfred le abrió la puerta del auto y entró. Luego la cerró y le dio la vuelta a su vehículo, empujó su coletilla en la avenida y entró, sentándose a su lado nuevamente.

-Entonces… ¿cómo estuvo?- preguntó el rubio mientras encendía el motor. Ella se acomodó su falda con el ceño fruncido. -¿Funcionó?

-Pues la plástica era más personal que otra cosa, pero...- el carro arrancó y avanzaron por las calles de Ginebra rumbo al aeropuerto. -No creo que Ludwig tenga intenciones de comenzar otra guerra.

-Hmm- su vecino frunció el entrecejo y cambió de velocidad mientras ella dejó caer su cabeza contra su asiento y paseó su vista en el paisaje de la ciudad. -Yo en verdad creí que sí quería...

-Es que esa es la cosa, Alfredo. No creo que Ludwig quiera, no realmente- volteó a verlo y, aunque no pudo ver su azul turco, supo que también la miraba fijamente. -Pero su jefe sí.

-¿Te dijo eso?- las manos bronceadas se ciñeron más alrededor del volante y ella resopló.

-¡Claro que no! Pero yo conozco muy bien a Ludwig... puedo leer lo que hay tras sus ojos, tanto como él puede leer los míos.

-¡Mantén tus caballos ahí, nena!- dieron un fuerte frenón para dejar pasar a una conglomeración de peatones y ella lanzó un par de groserías por lo bajo gracias al estirón. -¿Él sabe que yo te pedí que investigaras qué planeaba?

-Oye, tú no me pediste eso. No te pases de chucho cuerero, gringo- la trigueña cruzó los brazos bajo su pecho y luego las piernas, una sobre la otra. -Solo confirmé nuestras ya existentes sospechas, es todo.

El estadounidense dio un fuerte golpe al volante y, en cuanto la gente terminó de pasar, retomó el camino.

-¡Yo les dije! ¡¿No lo hice?! Se lo dije muy claro a France ya England... todo ese movimiento interno en Alemania no presagiaba nada bueno y ahora mira dónde estamos! ¡Ya han invadido Austria!

-¿Entonces por qué chingados no dijiste nada, cabrón? ¡Yo fui la única que habló en su defensa!- el rubio miró a su vecina y soltó una mano del volante para acomodarle un mechón tras su oreja; Ella intentó apartarse ante el tacto, pero no pudo hacer mucho cuando los dedos de Alfred se retiraron acariciando su mejilla.

-Eres muy valiente, México- susurró el rubio. Los ojos de la trigueña casi se salen de sus cuencas y no pudo ocultar una sonrisita.

-Perdón ¿Qué dijiste? Creo que no te escuché bien- USA rodó los ojos, divertido.

-Eres lo suficientemente valiente- repitió, para el gusto de la mexicana, quien se dejó caer elegantemente contra su asiento y alzó el cuello, feliz. -Pero también porque si una nación poderosa se quejaba, quizás si iniciaba otra guerra. En cambio, con una menos poderosa, solo se queda como queja.

-¡Argh! ¿Por qué no me dejas disfrutar cinco minutos de autosuficiencia? – las risas del gringo inundaron el auto y ambos americanos continuaron su trayectoria, sin darse cuenta por los retrovisores que otro carro, uno completamente negro y con los vidrios oscuros, los seguía.

Un coche cuyo conductor sonreía también, pero ante la perspectiva de saber que, aunque el mundo no la tomara en serio, aquella "insignificante", "exótica" y "lejana" nación azteca, estaba jugando un papel muy importante... el hombre. Sonrisamente tras su bufanda y, cuando los norteamericanos se doblaron hacia occidente, él dobló hacia el este.

¿Quién diría que una simple queja por parte de la trigueña le permitiría seguirla y descubrir las relaciones que había mantenido y aún mantenía con Alemania y USA en torno a los conflictos internacionales? El río soviético con creces al imaginarse la cara de aquellos otros dos países cuando se enteraran de que, al principio de los años veinte, hacía tan solo una década atrás, él mismo había mantenido también una relación muy "cercana" con la mexicana.

Pobres capitalistas, no sabían aún que la pieza faltante en aquel juego geopolítico trémulo que iban tramando alrededor de Masha... era él.