La institutriz jaló los holanes de su vestido mientras apresuraba su paso hasta la doble puerta de entrada, el tintineo de las más de veinte llaves colgando de su vestido se intensificó cuando bajó los escalones con los labios fruncidos y unas risas, provenientes del jardín principal del centro de la casona, le hizo alzar su mirada alterada.
Cerca del pozo, descubrió a dos empleados del servicio hablando tranquilamente por sobre las canastas de insumos que cargaban, caminando con toda la parsimonia del mundo, como si desearan que el sol oscureciese más sus pieles solo por gusto.
- ¡Ustedes dos! - exclamó la institutriz, sobresaltando a los muchachos. - ¡Está prohibido para la servidumbre transitar los espacios de su Señoría!
Uno de los jóvenes, el de piel más morena, se acercó a la mujer y bajó la cabeza, ocultando un sonrojo.
-L-lo lamentamos mucho Doña Josefina, pero las mucamas no nos permiten usar pasillos del servicio, están muy ocupadas corriendo de un lado a otro y no nos dicen...
- ¡Pues claro que lo están! - las llaves chocaron contra el vestido cuando los holanes del mismo se bajaron con brusquedad. -Su Señoría está a punto de llegar desde España sin oportunidad de aviso previo, y ellas deben adecuar sus aposentos, su estudio, el gran salón y la biblioteca. ¡Ustedes harían muy bien en contribuir a la ayuda en vez de platicar sin preocupación en un área que ni les corresponden! – Doña Josefina se llevó una mano arrugada al pecho y suspiro, mirando al cielo. -Su Señoría no avisó con tiempo.
Los observaron el tic del ojo derecho de la mujer y acomodaron mejor sus canastas entre sus jóvenes brazos, solo por hacer algo.
- ¿Se-Se encuentra bien, Doña? - Aventuró el joven que no se había movido. -Mi madre, que en paz descanse, siempre decía que, para los malos tiempos, un buen atole de chocolate y... - el trote de unos caballos y el sonido de las ruedas de una carreta deteniéndose tras aquellas enormes puertas de madera, Interrumpieron al joven, alertando a los tres.
La institutriz abrió los ojos como platos y volvió a subirse los holanes de su vestido solo lo suficiente para poder retomar su trote, no sin antes mirar duramente a los muchachos.
-¡A trabajar, ahora! ¡Su Señoría no debe verlos! - los jóvenes elevaron las canastas hasta la altura de sus ojos, agachando la cabeza y desaparecieron en el otro extremo del jardín, por los ajetreados pasillos de la servidumbre.
- Me saldrán canas verdes un día de estos...- La institutriz avanzó hasta la entrada principal, deteniéndose a la altura del guardia que la flaqueaba e inhalaba, procurando acompañar su respiración.
Soltó su vestido, acomodó su faldón y cruzó sus manos elegantemente sobre su torso. Solo le bastó asentir con la cabeza para que el guardia comprendiera y abriera las puertas. Un enorme carruaje negro con detalles en oro y un elegante escudo de armas rojo empleado su campo visual, ella bajó los pocos escalones hacia la calle y se aproximó hasta la puerta que el cochero ya estaba abriendo.
De su interior salió un alto hombre castaño de piel clara y mirar esmeralda, acomodándose su casaca roja con entramados de alamares dorados y su taleguilla a juego.
-Henos aquí por fin, de vuelta a mi amada Nueva España- El hombre alzó la vista al cielo y lanzó un suspiro, al mismo tiempo que la institutriz doblaba sus rodillas y sujetaba nuevamente su falda para realizar la reverencia necesaria.
-Mi Señoría, bienvenida a casa- los ojos verdes del español bajaron hacia la institutriz y sonriendo, mientras el coche cerraba la puerta del carruaje tras él. -Su llegada nos ha alegrado el día a todos, especialmente por la espontaneidad de la misma.
-Lamento no haberos informado, Josefina. Pero...- el hombre bajó el tono de voz hasta un grave murmuro y se aproximó al hueco entre el hombro y el oído de la institutriz, quien alzó las cejas en sorpresa y no pudo evitar que un sonrojo se esparciera por sus castizas mejillas. . -Quiero que preparéis la alcoba de visitas y la adecuéis con chuches y tartas francesas de la repostería del Señor Jean-Paul a cuadra y media de aquí; informad también a los cocineros de que se han de preparar los platillos más francos de los encuentre receta y que se han de evitar cualquier almuerzo español y, sobre todo, novohispano- El ibérico se retiró del rostro de la institutriz, pero se quedó estático frente a ella, observando un tic naciente en el ojo derecho de la mujer y su leve ceño fruncido. El coche, mientras, se dirigía a la otra puerta del carruaje. -Escuchad esto claramente, Josefina. Mi hija, María, tiene prohibido bajar del segundo piso; y si para ello vosotros tendréis que encerrarla bajo llave en su habitación, hacedlo; pero ella ni siquiera ha de saber que yo he estado aquí, al menos hasta que nuestra visita haya embarcado de vuelta a Europa.
La puerta del carruaje se cerró y un segundo par de zapatos de brocado con tacón rodeó el transporte.
-Este... p-pero ¿De qué visita me habla usted, mi Señoría? – el español presionó el puente de su nariz y soltó un suspiro.
-De una que nunca debió salir de Francia.
-¡Oh la La! Je suis enfin en Nouvelle-Espagne! - los ojos de la institutriz se ensancharon una vez más por la sorpresa, al notar cómo un hombre alto, de ojos azules, cabello rubio recogido en una coleta baja y el conjunto más estrafalario de ropa que jamás se le hubiera ocurrido a la mujer mandar a confeccionar para un hombre noble; Llegó al lado del español y observó las calles de la cuidad con una sonrisa que se le saldría del rostro en cualquier momento. - ¡Qué gran trabajo has hecho aquí, Antonio! Linda cuidad.
El ibérico hizo una mueca que se asemejó una sonrisa torcida y dejó pasar el comentario con un ademán de mano.
-Si, bueno... la Nueva España es mi virreinato más redituable- los ojos del francés se posaron en la institutriz, quien dio un pequeño respingo al notar aquella expresión coqueta que transformó las facciones del rubio. -Así que es natural que le dedique la mayoría de mis atenciones y...
-Además de belles femmes, hon hon hon...- el francés tomó la mano de la mujer madura y, sin quitarle los ojos de encima para notar su sonrojo, depositó un beso allí.
- ¡Francisco! - el español empujó el hombro del rubio y frunció el entrecejo. - ¿Cuántas veces he dicho que con mis institutrices no? - el español observó a la mujer estremecerse mientras el francés le guiñaba el ojo y juntó las palmas de sus manos, conteniendo un gruñido de hastío. -Retírese, Josefina. Ahora tiene más trabajo que cumplir.
-Sí, mi Señoría- con una reverencia, la institutriz se dio media vuelta para internarse a la casona, no sin que antes el francés la despidiera con varios besos al aire.
-Calmad tu pasión carnal, Francis. Estos en mis tierras ahora y no permitiré tales actos bajos, especialmente con mi gente y por las mañanas- ambos europeos subieron por los pequeños escalones e ingresaron a la casona, uno riendo divertido y el otro suplicando porque su hija sigue dormida.
-Pero si en la mañana es cuando más se disfruta... ¿O no, Espagne? Para empezar bien el día- atravesaron el jardín principal y el ibérico solo contestó señalando un camino hacia la izquierda, con un leve sonrojo en las mejillas que el rubio no pasó por alto. -En especial con mujeres indias...
- ¡Suficiente! - se detuvieron frente a una puerta única de madera, flaqueada por otro miembro de la servidumbre que dio un pequeño respingo ante el grito. -Sabes perfectamente que no me gusta hablar de ese tema. El pasado, pasado es. Y creeme cuando te digo que no harías nada mal en guardar la compostura desde tu posición como huésped en esta casa, donde, por cierto, yo soy el Señor.
El francés cruzó sus brazos por encima de su torso y dejó caer su peso en una pierna, apartando su coleta de su hombro con un movimiento de cabeza.
-Très bien... lo que el 'Monsieur' diga, entonces- el ibérico pellizcó el puente de su nariz y lanzó otro suspiro. – No sé en qué momento te volviste tan reservado como el odioso Angleterre...
-Argh, lo lamento Francis... pero no soy capaz de bromear con respecto a... a...- los ojos de Francia se posaron curiosos en los del español, notándolo tragar con mucho trabajo. -...a Azteca ¿Vale? - luego sonriendo, sujetando los hombros del ibérico con cariño.
-C'est bien, Antonio... perdón por hacértela recordar. Creí que, como han pasado ya dos siglos...
-Sigue muy reciente para mí- el español perdió su mirada en un punto de la pared tras el francés y le palmeó el dorso de las manos, anonado. El rubio alzó una ceja y retiró su agarre, volteando discretamente para observar lo que su vecino veía: el retrato del propio español sentado en un trono con una pequeña niña de piel trigueña y mirar dorado en sus piernas. Los dos muy elegantes, los dos muy serios, con muchos parecidos físicos. Sintió un ' je ne sais quoi ' por su vecino. -Tiene sus ojos ¿Sabes? – suspir, el francés no pudo ni imaginarse cómo debía haber sido aquella representación del Imperio Azteca... como una diosa ¸ la describieron los cronistas... como la madre muerta de mi hija, le lloraba el español -... pero en fin ¿Gustas té?
-Oh...- carraspeó, intentando recuperar el hilo de sus pensamientos. -Oui, ¿por qué no?
-Siguedme.
Ambos europeos llegaron hasta la única puerta de madera del pasillo y fruncieron el entrecejo cuando el conmovido y extrañado sirviente la abrió tras unos segundos de tardanza.
Fue cuando Francis cruzó el marco de la puerta lanzándole un beso al sonrojado y confundido sirviente, cuando el español supo que tendría un largo día.
-...pero Doña, no podemos dejarla encerrada todo un día...- dijo la doncella.
-¡Pues esa fue la instrucción de su Señoría! Y, por lo tanto, esa es la acción que se tomará- la institutriz se llevó una mano al pecho y soltó un suspiro, observando a las otras mucamas que casi corrían por el pasillo. -¡Dense más prisa! ¡No creo que su Señoría y el Monsieur Bonnefoy pasen toda la tarde bebiendo el té!- las chicas desaparecieron del lugar entre un mar de zapateos apresurados. La institutriz observó de nuevo a la doncella frente a ella y suspir nuevamente. -Tu eres la responsable de cuidar a nuestra María, solo mantenla ocupada en su habitación hasta que su Señoría considere necesario.
-¿Y qué debería hacer, Doña Josefina? Ambas sabemos que ella es una niña muy curiosa e inquieta... temeraria y exploradora. No puede estar entre cuatro paredes por mucho tiempo- una sonrisa cruzó la seria expresión de la institutriz, ablandándola.
-Lo sé, es una pilla con mirada angelical- las mujeres rieron por lo bajo y retomaron su camino hacia las cocinas. -Por el momento un rico desayuno a la cama bastará para mantenerla distraída. No olvides que tampoco debes saber que su Señoría ha vuelto.
-No comprendo el motivo, ellos dos no se ven mucho pero cuando su Señoría regresa de sus viajes, se vuelven inseparables... se desviven por verso una vez más- la doncella jugó con sus dedos, bajando la mirada; y la institutriz entrelazó sus manos sobre su rebozo.
-El motivo es más que claro.
-¿Disculpe?- la doncella observó, sorprendida, a su superior fruncir los labios súbitamente, con un leve sonrojo en sus mofletes.
-Aquel Monsieur Bonnefoy es muy... bueno, sé que no debemos hablar mal de nuestros Señores pero, no tengo ninguna duda que su Señoría no desea que su hija se tope con el Monsieur, especialmente siendo una niña tan hermosa e inteligente.
Doblaron para llegar al jardín principal y luego se desviaron nuevamente hacia uno de los pasillos de la servidumbre. La doncella logró ver por el rabillo del ojo la puerta que llevaba al salón del té, sintiéndose curiosa del hombre que había logrado sonrojar a Doña Josefina, preguntándose cuál sería el comportamiento de aquel francés como para lograrse tal etiqueta por alguien tan reservada como la institutriz. .
Los aromas de la comida no tardaron en impregnar el pasillo por el que avanzaban y, tras una última esquina, llegaron a las cocinas concurridas, acaloradas y atareadas. La doncella no pudo evitar ocultar su sorpresa cuando notó que, en vez de ver cocido madrileño en las ollas de peltre, encontró una especie de sopa espesa de color amarillo bajo; con puerro, papas, cebolla, nata y leche esparcidos por la meseta.
-¿Qué es lo que...?- la institutriz caminó hasta una de las alacenas y pasó sus dedos por los frascos que allí se guardaban, contándolos cuidadosamente. Una de las cocineras, la más regordeta y clara de piel, observó a Doña Josefina con recelo mientras batía la sopa, solo para volver su mirada a la doncella.
-Es la receta que el panadero de cuadra y media nos vendió... ese tal Jan-Pol, dijo que era de su madre, un platillo llamado...
- Vichyssoise - interrumpió la institutriz, provocando el ceño fruncido en la cocinera. -Y el panadero, Jean-Paul, fue lo suficientemente amable como para hacernos llegar los postres franceses tan rápidamente.
-¿Ya vio que todos los ingredientes están en su lugar? Le dijimos que aquí en las cocinas no se usa más de lo que se necesita. Toda la comida que los muchachos compran, se prepara en los platillos para nuestra María y su Señoría- volvió a hablar la cocinera regordeta, con un tono de rescoldo muy evidente.
-Sin duda un hecho de lo más curioso, pues justamente la semana pasada desaparecieron los dos frascos de cacao y azúcar, aún cuando ningún postre fue elaborado con ellos. Y creo que todos aquí sabemos lo costoso que son esos ingredientes.
La doncella retrocedió ante la mirada tensa que se dirigieron la cocinera y la institutriz, ya su alrededor, todas las demás personas de la servidumbre parecieron ralentizar sus labores con tal de disminuir fútilmente la incomodidad del ambiente.
-D-Doña Josefina...- comenzó la doncella, aclarándose la garganta -Creo que yo debería volver a la habitación de María, en caso de que despierte y deba...
Un grito agudo desde el segundo piso interrumpió a la muchacha, volcando el corazón de todas las personas en la cocina y reemplazando la tensión con preocupación pura.
- ¡Es María! - exclamó la institutriz, jalando los holanes de su vestido y corriendo hacia el mismo pasillo por el que había entrado a las cocinas momentos antes.
-Doña Josefina ¡Espéreme!
Mientras apresuraba su paso hacia la habitación de la niña, la institutriz se abrió paso por entre las mucamas y muchachos que caminaban por los pasillos con objetos y utensilios para acondicionar las alcobas a ocupar por el Señor su la casa y su invitado. La doncella se llevó una mano al rosario que colgaba de su cuello e intentó seguirle el ritmo a su superior, mientras los otros miembros de la servidumbre las miraban angustiados y temblaban cada que la niña profería otro hórrido grito a la distancia.
El tintineo de las múltiples llaves colgando del vestido de la institutriz se intensificó a cada paso que dio al subir por las escaleras y, con los labios bien apretados y la mirada desorbitada, dobló hacia la puerta de la habitación de la niña.
Entró como el rayo, dejando que una de las dos puertas se azotara, de no ser porque la doncella la sujetó antes de que golpeara la pared, y jalando desesperadamente las cortinas para que la luz entrara por aquellos enormes ventanales y balcones.
-¡¿Qué sucede, mi niña?!- exclamó la institutriz, sujetando a María por sus húmedas mejillas y fijando su mirada habitualmente fría, pero ahora angustiada y maternal; en los ojos llorosos y dorados de la pequeña. Luego la caída, inspeccionando su cuerpo. -¡¿Por qué gritabas?! ¿Está todo...? ¡Oh!
La doncella había sido la primera en notarlo. En cuanto la institutriz había corrido las cortinas, la doncella se había llevado la mano a la boca y había sujetado su rosario con mayor fuerza. Sintió un nudo formándose en su garganta y su cuerpo comenzó a temblar. Ella sabía que su reacción involuntaria no tenía sentido, que todos a quienes conocían y eran mayores que ella, ya habían pasado por eso mismo, pero aún así algo dentro de sí se derrumbó... una esperanza, imaginó la doncella... una inocencia.
-Oh... mi niña- murmuró la institutriz en una especie de lamento.
-E-Es mi castigo ¿No? Por haberme comido el cacao y la azúcar sin permiso...- la doncella se dejó caer contra la puerta, totalmente desolada, y notó, gracias a la luz que se colaba bajo la cama, los mimos frascos que se usaban en la cocina para guardar las especies en la alacena. -Porque juro que no volveré a hacerlo, en serio... s-solo fue un antojo que me dio de la nada esta última semana. Pero papá tenía razón, las escrituras que tanto me enseñaron tenían razón...
-No... mi niña- la institutriz sacó un pañuelo de su vestido y se acercó para limpiar las lágrimas de María. Pero ésta apartó su mano con un gesto desesperanzador.
- ¡Y lo vi justamente ayer en la clase con el Padre José! La gula es una pasión del alma, un pecado capital que no pude evitar yy ahora ¡Me estoy muriendo! -el llanto de la niña volvió a escucharse por la casona y la doncella brincó al escuchar una puerta azotándose fuertemente en el piso de abajo.
-No... mi niña, no te muriendo... lo que te pasa no tiene nada que ver con eso- habló quedamente la institutriz, como estás una madre que intenta calmar a su bebé antes de cantarle para dormir. Alzó nuevamente su pañuelo a las mejillas de María y ésta ni siquiera intentó apartarla.
-¡¿Entonces qué me está pasando, Josefina?!- la doncella tragó al ver cómo María tocaba las sábanas con terror, con horror y temor reflejado en sus ojos dorados. Intentó deshacer el nudo en su garganta, sin mucho éxito. -¿P-Por qué me duele tanto? ¿En qué momento me corté? ¡No lo entiendo!
La institutriz se apartó de María y respiró profundamente, tratando de guardar la compostura. Luego fijó su mirada en la doncella y ésta comprendió las instrucciones de su superior incluso antes de que se las dijera.
-Llama urgentemente a las mucamas y pídele a una que se prepare para ocupar el lugar que la lavandera Yali dejó debido a la gripe que pescó. También pídeles la mayor velocidad y discreción posible, esto no debe interferir con... ya sabes, los nuevos recibidos en la casa- la doncella acercando y se retiró del lugar lo más antes posible, aún sin poder pronunciar palabra debido al nudo en su garganta.
En cuanto cerró la puerta y alzó la vista, encontró el pasillo repleto de mucamas y muchachos con las cejas curvadas y manos en el corazón, ansiosos.
-¿La hija de su Señoría está bien?- preguntó el mismo muchacho de piel morena que la institutriz había regalado hacía unas horas. -Escuchamos sus gritos desde la bodega.
La doncella dejó salir el respiro que no sabía que había estado conteniendo y habló, explicando la situación y repitiendo las órdenes de la institutriz.
-Descubrí a mi amado Matthieu jugando en la frontera con la colonia d'Angleterre.
El castaño regresó a la taza el trago de té que había dado y miró con los ojos desorbitados al rubio sentado tranquilamente frente a él, bebiendo con una pequeña sonrisa de diversión entre la comisura de sus labios.
- ¡¿Qué ha dicho?! - el francés asentó la taza en la mesita auxiliar y tomó un macaron de entre todos los postres de sus tierras allí presentados. - Pero ¿Cómo se te ocurre permitir que tu única colonia en América se junte con ese niño tan terco, deseducado, problemático, travieso y...?
La risita del francófono solo desorientó más al ibérico.
-Oui, yo reaccioné igual al verlos, pero luego recordé que eran hermanos... así que no seas tan rudo con el petit Alfie - la mandíbula del español se desencajó mientras que la del francés se cerraba para morder su macaron.
-A ver, pero ¿Qué me estás contando? ¿Las Trece Colonias y la Nueva Francia son hermanos? - el rubio ascendiendo y el ibérico se dejó caer en su sillón. -No me lo creo, tío.
-Oui, la famille est la famille, aún si nadie se los ha dicho, tengo la impresión de que esos dos lo sienten hasta cierto punto. Es lo que te quería comentar en Quebec, pero no podía decírtelo frente a Matthieu porque seguro le daba algo, él es muy sensible ¿Sabes?- dio otra mordida al postre y acomodó su coleta sobre un hombro. -Es una de las razones por las que pedí acompañarte.
-Vale... pero ¿Cómo es posible que sean hermanos si Inglaterra es padre de Alfredo y tú eres padre de Mateo?
El francés se acomodó en su asiento y tomó otro macaron, sacudiendo unas pocas migajas de su regazo.
-Hon, hon, hon... eso solo si asume que yo soy el verdadero padre de Matthieu- el castaño dejó caer su mandíbula y se tensó en su asiento.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Ya sabes que tengo planes de expandir mis territorios en la Nouvelle-France, ¿no? - el español avanzando, tomando otro sorbo de su té con su atención bien puesta en su vecino. -Très bien, pues para eso hice un poco de investigación con las tribus locales y con Hollande, quien llegó al norte de esas tierras poco después que Angleterre ou moi. Y me contó cosas... très interesantes.
-Como...
-Como que Hollande al llegar se topó con una belle indienne muy especial...- el castaño asentó con brusquedad su taza en la mesita y cerró los ojos, conteniendo una mueca.
- ¿Vas a volver con eso...?
-¡No! ¡No es mi intención! Pero es parte de la historia.
-Entonces no quiero oírla- el francés tomó otro macaron y señaló con él al español, haciendo fruncir el entrecejo.
- ¡Tienes que oírla, España! Lo quieras o no, debemos saber cómo surgieron las representaciones de estas tierras... nos conviene para estimar su edad y saber cuándo dejarán de ser niños, para saber cuándo debemos presentarlos en sociedad y cuándo...
- ¡Pero yo ya sé cómo operaron! ¡Más de la mitad del continente americano me pertenece! Creedme, lo tengo muy claro... gracias a mí, nacieron y tengo las fechas muy claras- el castaño levantó su taza y dio un sorbo sin mirar a su vecino.
-¡Pero gracias a mí no nació nadie! Yo solo aproveché la oportunidad que se me presentó, por eso debo saber.
-¿Qué es lo que estás...?
-No te sabes la historia de las Trece Colonias, de la de mi Nouvelle-france o de la colonia de le Portugal ¿O sí? - los ojos inquisidores del español recorrieron la sonrisa socarrona del francés antes de rodarlos, hastiados.
-Vale, cuéntamela ¡Pero sin detalles morbosos! - la risa del rubio se escuchó por el lugar. -Quiero terminar de disfrutar este aperitivo.
-Pero si tú disfrutas mucho de ese tipo de detalles...- el francófono se inclinó en su sillón y cruzó una rodilla sobre la otra, mordiendo un tercer macaron.
-Si, pero no quiero imaginarme ni a Holanda ni a nadie más haciendo quién sabe qué vayas a contar...- la risa del francés se intensificó en una carcajada limpia y el español, ocultando su boca tras su taza, no puedo evitar ser contagiado por la misma. -Vale, ya...continuó.
-Allons... en realidad no fue Hollande, sino Angleterre- los ojos verdes se agrandaron a más no poder y la mandíbula del castaño volvió a caer.
- Pero ya vale ¡¿Qué me dices, Francis?!- el rubio volvió a sacudir las migajas de sus prendas y sonriendo complacido. -¡¿Le ha robado un hijo a Inglaterra?!
-¿Cómo puede ser suyo si ni siquiera sabe que un segundo niño nació de la misma belle indienne que él preñó y que dio luz a Alfie?- el español parpadeó lentamente, procesando la información con sumo cuidado. -Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿No? Además, yo le he estado criando, así que en teoría, es mío...
Finalmente, su cerebro terminó de comprender las palabras del francés por encima del acento.
-Estás de coña.
Su vecino se inclinó y tomó su taza de té, para darle un gran y autocomplaciente sorbo.
-Hollande dijo que esa mujer era la representación de muchas de las tribus del área, que por eso ella era especial. Su gente la llamaba Nitika, que significa "ángel de la preciosa piedra" ...o algo así recuerdo- el rubio se rascó su barbilla y luego peinó hacia abajo los cortos bellos que allí presumía. -Mais, Hollande se volvió un amigo cercano de ella, más anonado con su belleza que con otra cosa, parce que... parce que... escucha esto, Espagne, c'est très interessant!
El ibérico, atento a cada palabra del francés y sentado ya al borde de su asiento, frunció el entrecejo y alzó una mano, disgustado.
- ¡Pues termina de contarlo! Yo ya te estoy escuchando ¡Continúa, joder!
-Très bien, très bien... Nitika, me contó Hollande, tenía un ojo azul y otro violáceo. Por eso ella era especial, además de ser la representación, bien sûr. Es que su piel era igual de oscura que los demás indios, pero sus ojos eran tan hipnóticos y únicos que, cuando Angleterre sacó a Hollande del Nuevo Mundo y se asentó, él se... se...- el francés bajó la mirada y su vecino lo notó tragar con dificultad.
-Eh... ¿Francisco? ¿Qué te pasa?- el rubio frunció el entrecejo e, inhalando profundamente, continuó.
-S-Se enamoró de ella, Espagne- alzó la vista y continuó, con el ceño triste. -Según las historias que cuentan las tribus, Nitika fue a ver a Hollande para intercambiar la pesca del día con objetos europeos, pero en una vez de localizar a él, se topó con Angleterre. Él se maravilló con su belleza y su personalidad indomable, salvaje, aventurera, sin los mismos tabúes ni restricciones morales que las sociedades europeas. Pero más le encantó saber que se trataba de una representación- lanzó un suspiro. -Según cuentan, Angleterre quiso que ella aceptara ser parte de su Imperio, pero Nitika se negó entre risas, pues no sabía ni lo que un imperio significaba. Entonces él, aprovechando que la había cortado por varios meses y que ya se había ganado su corazón y confianza... pues la llevó a su camarote esa noche y la hizo suya.
Las respiraciones acompañadas de los hombres fueron los únicos ruidos que se pudieron percibir por encima del silencio que se apoderó del lugar. El francés tomó otro sorbo de su té y el español asentó su taza levemente en una de sus piernas, uno perdido en la idea de lo que una acción como esas significaría; y el otro perdido en las memorias de lo que una acción como esas significó para él.
-Por supuesto que esa no fue la única noche- los ojos del ibérico, repentinamente cristalinos, se alzaron para prestarle atención nuevamente a su vecino. -Las tribus me contaron que Nitika desaparecía en el barco de Angleterre constantemente y no se le veía incluso por días. Su gente se preocupó y, sin su verdadero líder, fueron sufriendo escasez de diversos tipos. Hasta que una buena tarde, Nitika regresó, pero no volvió sola... cuando su gente la vio, notó el bulto en su vientre y los moretones en sus brazos.
-Inglaterra se enteró de su embarazo y no quiso dejarla ir ¿Cierto? Supuso que el bebé sería la representación de los territorios que, tras su nacimiento, los representarían... y podría clamarlos como suyos ante el mundo... todo porque ella nunca quiso unírsele voluntariamente.
Los ojos azules del francés se abrieron en enorme sorpresa y dejaron caer su mandíbula, recorriendo detalladamente la mirada cristalina, pesesa y triste de su vecino. Se removió en su asiento y dejó la taza de su té en la mesita, junto a los postres.
-Eh bien... supuse que sabrías algo al respecto, pero nunca supuse que tu caso hubiera sido el mismo.
-No fue el mismo, claro que no... pero se parecen mucho- el español sonó su nariz y se llevó las manos a los ojos, procurando eliminar las lágrimas que amenazaban en salir. -Continúa.
-Tu es sûr?
-Si. Continuad antes de que me arrepienta, joder- el francés alzó los brazos con las palmas abiertas y se reclinó devuelta a su asiento, tomando un macaron antes de dejarse caer en él.
-Très bien... pues Nitika fue resguardada por su gente, pero perseguida constantemente por Angleterre. Él destruyó cada aldea que sospechó que la ocultaba y mató a demasiados indios. Así de tribu en tribu, hasta que comenzó a odiarlos a todos por eso. Ocho meses y medio después, Nitika dio a luz justo enfrente de los Grandes Lagos. No se sabe el día, pero se cuenta de que fue al atardecer... y que no fue solo a un niño.
-Ya me imaginaba algo así.
-Cuando aún la bañaba la luz del sol, nació un niño de ojos azules, tan intensos e indomables como el cielo al medio día; y luego, cuando el sol se ocultó tras las montañas, nació un niño de ojos violetas, ese color tan único y afable; los dos tan peculiares como su madre. Pero hasta allí llegaron las similitudes entre mamá e hijos, pues ambos eran "pálidos" como el padre y los dos tenían el cabello rubio.
Francis se llevó su macaron a la boca y comió, mientras que el español bebió de su té para intentar bajar la impresión.
-Ella los crio por toda la zona de los Grandes Lagos junto a su gente por al menos dos años antes de que Angleterre diera con su desfile. La leyenda que me contó la tribu a la que preguntaba, dice que ella había ido a pescar con dos de sus amigas más cercanas y sus hijos, quienes ya hablaban su idioma y se movían perfectamente bien por aquellos lares; y que, al regresar, encontraron todas las aldeas quemadas por completo, todos los guerreros aniquilados y los demás que quedaban: mujeres, enfermos, ancianos, niños y jóvenes... atados a los árboles a punto de ser ejecutados si no los entregaban- El francés volvió a sacudir las migajas de sus prendas y aclaró su garganta. -Claro que, al ver eso, Nitika le entregó un niño a una amiga y otro niño a otra; le suplicó a la primera que fuera con un tal Inuit, representante de las tierras blancas del norte; ya la segunda le suplicó que fuera con un tal Apache, representante de las grandes planicies del sur; les ató a sus hijos con fuerza sus tótems, como collares a sus cuellos, y se despidió entre lágrimas de ellos.
-Luego ella se entregó ante Inglaterra ¿No?- el francés avanzando lentamente.
-Oui... se dice que él abusó de ella con tal de que revelara la ubicación de sus hijos, de que se los diera. Le pegó, la humilló y le hizo ver cómo mataban a cada uno de los miembros de su tribu cada que ella se rehusaba a hablarle sobre los niños. Pero Nitika nunca pasó, y sus últimas palabras antes de morir, según la leyenda oral, fueron "Yo solía amarte"- la habitación volvió a sumirse en un silencio sepulcral. -C-Claro que solo es una leyenda oral india, seguramente está exagerada porque ellos nos odian, a los europeos. ¿No?
-...pues que yo sepa, no hay ningún indio en las Trece Colonias actualmente.
Ambos hombres tosieron y bebieron de sus tés nuevamente, impidiendo sus miradas por sobre todas las cosas. El castaño notó el reloj de oro ubicado en el centro del salón y frunció el entrecejo al notar ambas manecillas sobre el número doce. La comida entonces se debía estar preparando y ¿Su hija? Se tensó ligeramente, esperando que aún permaneciera dormida o, al menos, que estuviera siendo distraída como él había ordenado. Aunque se moría de ganas de volver a ver a su hija, tras escuchar el relato del francés, no se sentía capaz de poder sostenerle aquella mirada dorada a su pequeña... no cuando eran, también, los ojos de su madre...
Frunció el entrecejo, cayendo en cuenta de que algo no le cuadraba en la historia del francés. Alzó los ojos y se topó a su vecino comiendo otro macaron, con la vista perdida también en el reloj.
-¿Y cómo cojones terminaste tú con Mateo e Inglaterra con Alfredo?- la atención del rubio se posó en él y sonriendo, complacido de que le pidieran retomar su historia.
-Pues bueno, Angleterre solo buscaba a un niño, ¿no? Tres años después, los rumores de gente "pálida" viviendo en especies de aldeas allí por el noroeste, le llamaron la atención a cierto niño de ojos azules que vivía con aquel Apache de las grandes planicies.
El español presionó el puente de su nariz y bajó la cabeza.
-No me digas... ese impulsivo chaval desde siempre.
-Cariño, cariño, cariño... así es. Desobedeciendo las órdenes de quien el niño consideraba como "Abuelo", emprendió un viaje por no sabemos dónde, hasta llegar a los asentamientos ingleses. Allí Angleterre y el niño no tardaron en encontrarse et...
-Solo le bastó tenerlo en frente para confirmar que era su hijo, lo reconoció en cuanto notó que era una representación ¿No es así?
-Oui, además de que el niño, ya de cinco años, decía que había podido llegar a los asentamientos ingleses porque recordaba un camino de hacía tiempo, él hablaba los lenguajes de las tribus que Angleterre ya había aniquilado et bien... tenía el mismo tono de azul que uno de los ojos de su madre y, para ser nativo... no lucía en lo absoluto como uno.
-Vaya pues, no sirvió de nada el sacrificio de la mujer- el francés bebió nuevamente y, sonriendo, negó con la cabeza.
-Bien sur que non! Olvidas al segundo niño ¡A mi Mattieu! Angleterre se contentó con su pequeño de vuelta y lo transformó en las Trece Colonias, confesándole que él era su padre, lo que no le costó en lo absoluto convencerlo porque, mon Dieu, lucen más europeos que otra cosa; pero nunca supo de su segundo petit garçon. Y cuando yo me topé explorando con una adorable representación que se dirigió hacia los Grandes Lagos desde el norte... pues no dudé en adoptarlo también. Así todo el mundo cree que es mío y nadie cuestiona mi soberanía en esas tierras, pues es "mi hijo".
-¿Y por qué cojones Mateo se dirigió solo a los Grandes Lagos desde el norte?- el francés alzó los hombros, mientras que el español los dejaba caer.
-Je ne sais pas... por eso yo creo que, al final, la famille est la famille, y esos dos lo sienten hasta cierto punto- depositó su té vacío sobre la mesita y sonriendo, satisfecho con que su historia hubiera cerrando el ciclo. -Por eso me alegra haberlos encontrado jugando en la frontera, merecen conocerse ¿No crees, Espagne?
-Pues...
Un grito agudo desde el segundo piso interrumpió al español, volcándole el corazón y reemplazando su conmoción con preocupación pura. Observó de golpe a su vecino, quien ya fruncía el entrecejo y se inclinaba hacia la orilla de su asiento, repentinamente curioso con lo que fuera que ocurriera en el piso de arriba.
-Por poco olvidaba que ti igual tienes a una petite fille, Espagne... creo que también merezco conocerla ¿No crees?
Los colores del rostro del ibérico se desvanecieron cuando una sonrisa torcida curvó los labios del francés.
- ¡¿Cómo que no hay sábanas limpias?!- la doncella se llevó ambas manos a la cien e hizo presión, caminando de lado a lado frente a la puerta. - ¡Eso no es posible! Una de las reglas de la casa es que siempre debe haber reemplazo de...
-Lo sé, pero ya sabes que Yali ha estado enferma y, sin su Señoría en el virreinato para autorizar a Doña Josefina a contratar a alguien más, se le dio prioridad a la ropa, no a las sábanas- la mucama bajó la mirada y alzó esa prenda tejida de franela entre sus brazos. -Pero te traje esto, supongo que María tendrá que empezar a usarlo- La doncella tomó la prenda con un leve sonrojo y las cejas curvadas en nostalgia... en efecto, María ya tendría que empezar a usarlo. - ¿Y-Y quién le explicará?
La puerta tras la doncella se abrió y salieron apresuradas otras tres mucamas con los ojos cristalinos, todas doblando las sábanas cuidadosamente dentro de las canastas en sus brazos, procurando que la zona manchada no viera la luz del sol. Se intercambiaron miradas y, bajo el silencio que se formó, todas curvaron los labios en una sonrisa pesada, triste... las muchachas ya sabían que aquello era inevitable, que algún día habría de pasar, pero ninguna se había preparado para confrontar la cruda realidad, de que su querida María, la niña más energética, divertida, temeraria, cabeza dura, alegre, curiosa, "obediente" y hermosa que jamás habían visto... dejara de ser eso, una niña.
Se escuchó el subir de unos pasos presurosos por la escalera y la doncella suspiró, controlando sus lágrimas y dándose vuelta para recibir al joven que debía estar cargando una canasta repleta de ropa limpia. Pero cuando se asomó por el pasillo para detenerlo y tomar la ropa, se dio cuenta de que no se trataba del joven.
-¡¿Por qué cojones ha gritado mi hija?! ¡¿Acaso no os dije que ella debía permanecer en silencio?! ¡Ahora mi visita esta impaciente por verla! ¡Y ahora ella sabrá que yo estoy aquí!- el español frunció aún más su entrecejo cuando la doncella perdió todos los colores de su rostro y un temblor recorrió su mestizo cuerpo. - ¡Respondedme, maldita sea! ¡¿Le ha pasado algo a María?!
-E-Es que... bueno, es un... un...- las mucamas bajaron la vista, previendo el regaño que sabían, vendría. Es que el Señor de la casa odiaba cuando los de la servidumbre tartamudeaban, pues ello supondría falta de conocimiento en las actividades para las que, en efecto, se les contrataba. Pero quién podría culparla, la situación era extraordinaria.
El español apretó el puente de su nariz con una mano y empuñó la otra, suspirando pesadamente. Luego habló con la voz más grave y amenazadora que las muchachas jamás le habían escuchado antes.
-Te voy a dar otra oportunidad de explicarte solo porque eres la doncella favorita de María, pero si no logras hablar con coherencia... despídete de tus labores en esta casa.
Otro escalofrío recorrió a la doncella y sus ojos escocieron más; el nudo en su garganta se agrandó y, por más que intentó recuperar su voz, no pudo ni pasar saliva. Para su suerte, la puerta de la habitación se abrió nuevamente y de allí salió la institutriz errática, demandante como siempre.
-¡¿Qué pasó con el juego de sábanas que mandé a pedir?! ¿Y la prenda de franela? No podemos permitir que la señorita continúe ensuciándose, ya lleva más de cinco minutos esperando en el cuarto de aseo... ¡Oh!- los ojos de la mujer, así como los del español, se abrieron como platos; ambos olvidaron su molestia instantáneamente: ella por verlo ahí, y él por escucharla. -Mi Señoría... pensé que deseaba permanecer ausente ante los ojos de su hija.
-¿Cómo la has llamado, Josefina?- el español pasó de largo a la doncella y se colocó ante la institutriz, con la mandíbula a medio abrir y la mirada inyectaba en temor. -¿Señorita?- la mujer asintió lentamente y, volteando sobre su propio eje, el castaño notó las sábanas dentro de las canastas. -Muéstrenmelas- ordenó, haciendo que las mucamas extendieran ante él lo que ellas tanto se habían empeñado en ocultar.
El mundo de repente dio vueltas dentro de la cabeza del español.
-¡Mi Señoría! ¿Se encuentra bien?- la institutriz alzó sus brazos para sujetar a su Señor, pero él se sostuvo en la puerta y cerró los ojos para controlar su mareo... no podía creérselo. No ella, no su niña, no su María... -¿Mi Señoría?
-¿Eh? Eh... si, estoy bien- notó el contraste del café de la puerta con la palma blanca de mano y sus ojos escocieron ligeramente; tan solo habían pasado dos siglos ¡Solo dos siglos! Sí, para cualquier humano eso podría parecer demasiado tiempo, pero para las naciones eso en realidad no era tanto... y, según él había estimado, aún faltaban muchísimos años más para que su pequeña, su primogénita y su más querida colonia... ya no fuera una niña.
El problema, quizá, había sido que nunca consideró lo rápido que el virreinato creció, lo mucho que prosperó... en tan solo dos siglos desde la conquista, solo dos siglos.
Si lo que esas sábanas le demostraban era cierto, si lo que Doña Josefina había dicho era verdadero, si la situación de su adorada María era verídica... entonces los días de juegos, de exploración, de despreocupaciones, de esconderse y dejarse atrapar por las mucamas, de columpiarse bajo el árbol del jardín principal, de saltarse las clases si así lo quería... toda aquella vida que su amaba Nueva España conocía, ya dejaría de ser. Ahora debía madurar, tal y como su cuerpo lo indicaba.
Ahora le tocaba a su "pequeña" enfrentarse al mundo... aquel mundo lleno de hombres que querrán tenerla, ahora que era elegible; lleno de varones que la cortejarán por su posición social; de otras señoritas que la mirarán con envidia y le pondrán obstáculos en el camino, de gente que hablará a sus espaldas para manchar su pura reputación, pero... lo peor de todo: aquel mundo lleno de representaciones de naciones que anhelarán desposarla con tal de beneficiarse de las riquezas de su territorios, de su, ahora maduro, cuerpo...
El español tuvo que inhalar profundamente para intentar deshacer el nudo en su garganta y apartar aquellos últimos pensamientos de su mente. Porque eso nunca sucedería, mientras él estuviera a cargo de su bienestar, la Corona Española jamás permitiría que otros reinos se abalanzaran contra sus virreinatos, contra su María.
Cerró el puño contra la puerta y frunció el entrecejo.
– Josefina- demandó.
-Si, mi Señoría.
-Asegúrate de que las lavanderas dejen esas sábanas pareciendo nuevas y, si no lo consiguen, deberéis quemarlas. Comprad otro juego, mandad a confeccionar múltiples prendas de franela a medida o haced lo que vosotras las mujeres consideréis necesario ante esta situación y...- lanzó otro suspiro, mirando al techo. -Por lo que más quieras, retira a todas estas mucamas de mi vista. Solo os necesito a la doncella y a usted.
-Por supuesto, mi Señoría.
El español escuchó múltiples pasos alejándose apresurados por el pasillo y, cuando por fin hubo silencio, volteó, notando a la doncella con la mirada en el suelo y a la institutriz con las manos entrelazadas según el protocolo, en su rebozo. Suspiró y acomodó sus prendas, acción completamente innecesaria, antes de hablar.
-Creo que todos aquí sabemos las reglas sociales lo suficientemente bien como para temer lo que sigue, ahora que María... bueno, se ha vuelto una... 'S-Señorita'- ambas mujeres del servicio asintieron. -Vale, pues a pesar de ello, no organizaré ningún baile para presentarle a la sociedad a mi hija. Ahora pueden retirarse, ya sin ese pendiente.
Ambas mujeres abrieron los ojos e intercambiaron miradas de incredulidad. Ninguna niña podía volverse oficialmente una Señorita sin antes ser presentada en sociedad y ser bendecida por un sacerdote en misa al abandonar la niñez y desearle nuevas buenas como material elegible a desposar. La preocupación conquistó con obvia rapidez el rostro de las mujeres de servicio y solo la institutriz se atrevió a hablarle al español, quien ya se aproximaban a las escaleras para dejarlas continuar con su trabajo y volver ante el ansioso francés.
Unos pasos resonaron por el piso de abajo.
-Mi Señoría, le suplico que no condene mi interés y mucho menos mi preocupación, pero... ¿Realmente considera que su niña, gozando de la posición y estatus que su linaje le proporciona, no deba ser Presentada ante Sociedad ni bendecida por Su Eminencia en la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos?
El español, aún con una mano al comienzo del barandal, giró sobre su propio eje. La doncella, en cuanto notó a su Señoría mirándolas con los ojos entrecerrados y los dientes apretándose entre sí, comprendió que la institutriz había errado al cuestionarlo. Pero, consideró la muchacha, era un riesgo que Doña Josefina valientemente había accedido a tomar, por el bien de María.
-¿Acaso vosotras estáis dudando de mi autoridad?- los pasos apresurados se escucharon por las escaleras. -De las decisiones que tomo... ¡¿Para con mi propia hija?!- Ante el asombro de los tres presentes, un hombre de ojos azules, sonrisa torcida, ropa estrafalaria y cabello recogido en una coleta baja, hizo presencia en el pasillo.
-Oh là là! Pero si estás aquí, Espagne!- los colores del ibérico abandonaron su rostro, alarmando de nueva cuenta a las mujeres del servicio. -Te busqué por varias partes de la enorme casona hasta que me topé con tres belles femmes cuyas canastas contenían... algo très intéressant.
La institutriz se llevó una mano al pecho y tensó su mandíbula, ofendida e indignada de tan poco tacto que el invitado de Su Señoría parecía tener. La doncella, en cambio, dejó caer su barbilla, asombrada, no solo del curioso hombre, sino también de la soltura que presumía al hablar, en especial tratándose de un tema tan sensible como aquel por el que pasaba María; un tema que, por cierto, incumbía solo a la mujer.
El español susurró un rápido "Recordad mis órdenes anteriores" a la institutriz, antes de darse vuelta y cruzar los brazos ante el francófono.
-Ciertamente uno nunca puede fiarse de que un francés se alejará de los problemas o chismes de sus vecinos- el rubio comenzó a reír con tono acaramelado, mientras se aproximaba al ibérico y colocaba una de sus manos en el barandal.
-Magnifique! Al fin reconoces uno de mis puntos fuertes, Espagne... pero me temo que confundes el nombre. No es chisme ni son problemas, mon amie: son noticias y situaciones- los ojos anhelantes del francés se colocaron en la puerta del pasillo, notando el nerviosismo de las mujeres del servicio al querer entrar ahí lo más antes posible. -Y por supuesto que me interesan más los de mis vecinos, Antoine! Uno siempre debe saber cómo le afecta lo ocurre a su alrededor. Non?
-Vale, en ese caso aquí no hay ninguna noticia ni situación qué discutir ¿Por qué no mejor volvemos al salón y terminamos los aperitivos?- la mirada azul del francés se entrecerró y dejó escapar una sonrisita por la comisura de sus labios.
-Très bien. Volvamos.
El silencio perforaba los oídos y la incomodidad podía ser abrazada de lo enorme que se había vuelto. Solo el francés mantenía una actitud relajada y ocultaba una sonrisa tras su taza de té, totalmente a gusto con la situación. Cogió otro macaron y mordió, antes de sobresaltar el español con su voz.
-¿Et... cuándo presentarás a tu petite Marie ante sociedad, Espagne?- el castaño regresó a la taza el trago de té que había dado y sus ojos se desorbitaron, su corazón palpitó como si fueran los últimos segundos que tendrían para funcionar y sus manos temblaron cuando intentaron tomar del té nuevamente.
-No sé de que hablas, Francia.
-¡Mon Dios! ¡Claro que lo sabes! ¿Crees que yo no me doy cuenta? Tú y tu equipo de servidumbre son muy buenos, pero yo soy mejor... mucho mejor- el rubio se llevó una mano a la nariz y la tocó. -Puedo olerlo.
-¡Te puedo asegurar que no sé de qué me estás hablando! Y aún si supiera, no tengo ningún plan de confirmar o negar nada.
El francés asentó la taza en la mesita y dejó escapar risas divertidas, estremeciendo a su vecino.
-Es cierto, por poco olvido que el primer sangrado de una niña tiene tan poca importancia que, de no hacerse público ni bendecirse, el cielo lo castiga y agranda su impureza, condenándola a una vida de infortunios e infertilidad.
El corazón del español se contrajo como si alguien lo estrujara para coquetearle toda la sangre y su garganta se cerró en un fuerte nudo, casi como si el mismo cielo estuviera apretando la soga contra su cuello por haber condenado a su hija a una vida de pecados. , solo por no querer presentarla a sociedad, saltándose la misa donde estaría protegida con agua bendita... solo por, irónicamente, quererla, específicamente de aquellos otros reinos que intentarían aprovecharse de su inocencia.
-Y-Yo no podría hacerle eso a mi hija...- murmuró, con la cabeza gacha. -Pero tampoco soy capaz de exponerla ante el deseo carnal del hombre... ahora que ella es... elegible.
-MAGNIFIQUE!- el ceño del español se frunció hasta formar una pronunciada arruga en su jovial rostro, observando a su vecino brincar de alegría. -¡Entonces Marie ya es una señorita! ¡No pude haber llegado en mejor día!
-¿P-Pero qué cojones...?- el francés acomodó su casaca violeta con decoraciones doradas y deshizo su coleta solo para volver a formarla más elegantemente.
-¡Tienes que presentármela ya! Mon Dieu, para mí sería todo un honor ser el primer homme que se le acerca como la plus belle Mademoiselle Marie- se acercó al espejo cerca de la puerta, justo a un lado del pianoforte y detalló su atuendo, recorriendo con sus manos todos aquellos lugares donde un par de accesorios extras no quedarían mal. -Aunque de haberlo sabido habría elegido con mayor detenimiento mis prendas, como te has de imaginar, no empaqué para un evento de tal calibre...
Al lado de su reflejo, la imagen de un Antonio con los colores subidos al rostro, los hombres subiendo y bajando al ritmo de una respiración alterada y los brazos tensos terminados en puños, ocupada la atención del francés.
- Qu'est-ce...?- preguntó, pero antes de que pudiera dejar de darle la cara al espejo, el español ya lo había tomado de hombros y lo había aporrado con el objeto.
- ¡¿Crees que te dejaré acercarte a mi hija?! ¡Así como eres tú! ¡Quizá hube perdido la razón cuando decidió no presentarla ante sociedad! ¡Pero eso solo ha sido por un momento y ya ha pasado! Si he llevado a cabo tal evento, deberás esperar hasta entonces para conocerla- el francés, parpadeando lenta pero constantemente ante el sorprendente arrebato de su vecino, solo pudo relajar los músculos de su cuerpo cuando lo soltaron y pudo tocar de nuevo el suelo con sus pasteles. -Pero a pesar de ello, Francis... me aseguraré de que ningún hombre, ninguno... se acerque jamás ni mucho menos más de los debido a mi Nueva España o mis otros virreinatos.
El ibérico bebió una última vez de su taza de té y llamó con la campanita a una muchacha de servicio, ordenándole servir la comida inmediatamente. El francés acomodó, ahora con un verdadero motivo, sus ropas y empujó con un jadeo los cabellos que se habían despeinado y cubrían su rostro.
Si lo que el español buscaba era retarlo a nunca hacerse con Marie, pues lo había conseguido... y ahora Francia no descansaría hasta que aquella Mademoiselle llegara a ser suya, de una forma u otra, sin importar el férreo paternalismo de España con sus virreinatos americanos... Marie tendría que caer a sus pies.
Era una promesa que ahora se había hecho consigo mismo.
