Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había llegado al río y la había esperado sin éxito alguno. No era un terreno fácil de cruzar, sobre todo para un niño "colonial", pero había algo en el desierto, una especie de camino indicado por las montañas, el viento y las estrellas por la noche, que le impedían perderse. Además, los escasos novohispanos allí asentados siempre le ofrecían un techo donde dormir y comida para continuar a donde fuera que se dirigiera, esta vez: de vuelta al norte.
Era el primer mes que ella se ausentaba y eso lo había dejado con un amargo sabor de boca ¿Se habrá lastimado? ¿Errado el camino? ¿Vuelto a caer en el río? Acampó allí por lo que le parecieron semanas y, al final, se vio obligado a regresar a Nueva York. Si por él hubiese sido, se habría adentrado más en la Nueva España, hasta llegar a su capital incluso, para cerciorarse de que su amiga se encontrara sana y salva... pero no podía olvidar la carta que recibió antes de escabullirse por su ventana y encaminarse al sur.
Su padre le había escrito por primera vez desde la víspera de navidad que no pasaron juntos, decía que tenía noticias muy importantes que compartirle, tanto así, que él mismo iría a visitarlo para finales de primavera (o sea, ese mismo mes) y lo alistaría para lo que dijo que sería: el evento del año.
Contuvo la respiración en cuanto el barquito que tomó en Nueva Jersey llegó al puerto de Manhattan y pegó un brinco para salir de él lo antes posible. Corrió por las calles de la ciudad, disculpándose con toda clase de gente al pasar empujándolas, pero sin que su sonrisa se desvaneciese de su rostro. Derrapó en una esquina y pudo ver su casa en el corazón de Nueva York: ladrillos blancos, tres pisos y casi una cuadra entera. Se levantó entre risas al notar a su mayordomo en la entrada, mirando errático los extremos de la calle; ese hombre de temple serio y arrugas varias, odiaba cuando el hijo de su Lord desaparecía... mes con mes.
Para evitarlo tendría que darle vuelta a la cuadra y entrar por la puerta del servicio, pero los trotes de un caballo llevando un carruaje lo detuvo: entre tanto ajetreo citadino, aquel sonido jamás pasaría desapercibido por el chico. Abrió los ojos con terror, viendo cómo su mayordomo se planchaba la ropa y se aproximaba al preciso lugar donde aquel elegante carruaje con escudo de armas rojo de una flor blanca y los estudiaros de los Tudor se detendría. No había tiempo.
Empujó, ahora sin disculparse, a todos aquellos que se cruzaron en su camino y volvió a derrapar en la esquina, desgarrando un poco el pantalón en su rodilla; vislumbró la puerta del servicio y se alegró al descubrir que su sirvienta Pam estaba en la entrada, pagándole al vendedor de los ostiones. Corrió con más prisas cuando Pam se dio media vuelta y empezó a cerrar a la puerta; por suerte alcanzó a poner su pie y ella pegó un brinco.
-Alfred!
-Hi...- dijo, sin aliento. La bolsa de ostiones golpeó el suelo y la afroamericana lo abrazó como si en ello se le fuera el alma. -I can't b-breathe!
- Oh, you naughty little boy! ¡Te desapareciste por un mes y medio entero! ¡¿Dónde estuviste?! – lo separó y lo metió a casa de un tirón, cerrando la puerta tras de sí. -Well, eso ya no importa; tu padre está a punto de llegar y no puede verte en estas condiciones ¡Al baño, ahora!
-All right, all right...- el niño levantó la bolsa de ostiones y la colocó en una de las mesas de la cocina cuando pasaron como el rayo por allí. Logró notar los rostros de sorpresa y alegría de todos los sirvientes en cuanto veían a Pam llevándolo de la mano; saludó a quienes pudo y sonrió a otros cuantos, pero la afroamericana lo jaloneó para que no se distrajera.
Él rodó los ojos, en parte divertido por la cara peculiar que su cuidadora ponía cuando tenía prisas: inflando sus mejillas y curvando sus cejas, con los ojos negros ligeramente sobresalientes por sobre sus cuencas; pero también porque estaba un poco irritado de que le estuvieran dando órdenes apenas llegar a casa, después de un viaje tan largo y cansado...
-Pamy ¿Tienes los ostiones? Debo ayudar a prepararlos antes de que...- frente al dúo que cruzaba veloz por todos los pasillos y atajos de la casa, un hombre de piel más oscura que la de Pam, de cabello mucho más crispado, pero con unos ojos contrastantemente avellanos, los detuvo. -Oh god! He's back.
Alfred no tardó ni un segundo en identificarlo, pero no lo saludó como a los otros. Pam le había hablado muchas veces sobre él, o bueno... Alfred había preguntado muchas veces sobre él. Era el cocinero que estaba locamente enamorado de ella y constantemente se ofrecía a ayudarla en los trabajos más pesados, en acompañarla a casa sin importar la hora el día e incluso llegaba a cubrir algunas de las tareas que Pam, por tener que vigilar al travieso Alfred, no lograba cumplir.
Pero el pequeño también los había escuchado discutir en un par de ocasiones, de cómo a ella le abrumaba la cantidad de atenciones que recibía de parte del cocinero, llegando a pedirle incluso que la dejara en paz, que la olvidara de ser posible... la noche antes de que él se escapara al sur, mientras Pam abría sus sábanas y acomodaba su almohada, él le hizo la pregunta que llevaba tiempo rondando por su siempre curiosa mente ¿Y por qué no? Si las buenas atenciones del hombre no generaban el interés de la mujer ¿Cuáles sí lo harían? ¿Por qué no aceptaba Pam al pobre cocinero que se desvivía por su amor?
-Bruce, no tengo tiempo. Hablamos luego, all right?- Alfred, sintiéndose de repente mal por el pobre hombre, quiso saludarlo con la misma sonrisa como a los otros, pero solo frunció el entrecejo al notar la discreta caricia que Pam dio en el hombro del cocinero y que descendió hasta su rozar sus dedos. -We're in a hurry.
Bruce, en cambio, sí esbozó una sonrisa de oreja a oreja antes de hacerse a un lado y dejarles el pasillo libre.
-Sure! Go now, go!
El dúo salió nuevamente entre pasos cortos y jaloneos, trotes y sumo cuidado de no provocar tanto ruido al mismo tiempo. Alfred ahora tenía un par de dudas más revoloteando en su cabeza, en especial porque no era algo que le interesara... a menos que lo estuviera viendo, y él quería las respuestas antes de que otro tema saliera.
-Hurry up, Alfred! También nosotros debemos subir antes de que tu padre...
-¿Desea usted té, my Lord?- ambos se detuvieron en seco tras una pared, justo antes de entrar al vestíbulo, viendo con el corazón en la garganta cómo el mayordomo recibía el sombrero de copa alta de Arthur.
-I'd like to, yes- el inglés entrecerró los ojos y los paseó por la gran escalinata de mármol frente a él, retirándose lentamente su saco. -Algo no está bien, hay mucho silencio ¿Y Alfred?
-Oh!- el mayordomo tragó con dificultad y acomodó la segunda prenda de su Lord entre sus brazos con un ligero temblor con sus manos. Los ojos verdes, sin embargo, habían posado su atención en una pequeña mesita del recibidor, no tan lejos a su izquierda. - Su hijo, él... well, Alfred está...
-What is this?- el inglés se aproximó al pequeño mueble y levantó la correspondencia que allí descansaba; para su asombro, no tenía su nombre en el destinatario.
Tras la pared, el niño olvidó todo tema relacionado con su sirvienta y su cocinero; en cambio, entrecerró los ojos y sacó más el cuello para poder ver mejor la carta que sostenía su padre... es que se le hacía alarmantemente familiar. Pam procuró mantenerlo oculto al jalarlo de sus tirantes de cuero, pero no pudo hacer nada cuando el joven rubio identificó la letra del remitente y, abriendo la boca en preocupación, corrió atravesando el vestíbulo hasta arrebatarle el papel de las manos del inglés.
-¡No, Alfred!- gritó la mujer, sólo para cubrirse la boca después. Pero ya era demasiado tarde.
Las cejas de Inglaterra se alzaron en conmoción y el mayordomo a su lado casi de desmaya por la apariencia que ofrecía el joven hijo de su Lord. Lucía como un sucio campesino de pantalones rotos, camisa ennegrecida, rostro sucio y cabello empolvado; sosteniendo aquella carta contra su pecho como si se tratase de la única moneda que pudo conseguir tras vender todas sus cosechas.
-You can't read this! It's mine!- la boca del inglés se abrió y cerró como pez fuera del agua, aún tratando de procesar tanto al mismo tiempo.
Primero, el remitente de la carta... es que, que ellos dos se escribieran, no era posible... luego, el estado de su colonia... ¿Qué clase de actividades realizaba como para estar... así?... y por último... ¿No se suponía que el niño tenía un tutor que le enseñaba modales? Arrebatarle las cosas de esa forma era, era...
-Git! You're a bloody git kid, Alfred!- los ojitos azules del pequeño pasaron de reflejar molestia a tornarse cristalinos, sus hombros poco a poco fueron cayendo y su respiración se hacía más pesada. -¡¿Acabo de llegar y así me recibes?! All dirty, nasty and smelly! ¡El hijo de un Lord! For the King's love!
El rostro del europeo se había tornado completamente rojo y con cada exclamación, había alzado la mano con dirección a su hijo; haciéndolo retroceder con las lágrimas a punto de desbordase por sus ojos. El mayordomo esbozó una sonrisilla, por fin alguien era capaz de darle una lección a aquel travieso malcriado; Pam solo agachó la cabeza, con las manos en el pecho, tratando de contener los vuelcos que daba su propio corazón al oír cada arremetida que el inglés daba contra el niño.
Continuó gritándole y regañándole sobre la forma en que la presentación importaba en la sociedad, de cómo no tardaría en convertirse en hombre y en cómo esas actitudes infantiles ya no serían tolerables; le espetó, azotando su fino zapato contra el suelo pulido, cómo es que, a pesar de todos los sacrificios que le costaba a La Corona mantener a tan pobre redituable colonia americana, aun así, él mismo, Arthur Kirkland, había hecho hasta lo imposible para darle la educación que todo buen descendiente europeo merecía; que debería darle vergüenza tratar a su padre con formas tan bajas y salvajes cuando lo único que había recibido de él, habían sido atenciones para olvidar todos esos años que pasó "incivilizado", danzando y revolcándose como animal por los bosques.
La espalda del oji-azul chocó contra el barandal que daba inicio a la escalinata, el llanto del pequeño ya corría libre por sus enrojecidas mejillas, hipando y sonándose la nariz gracias a su respiración totalmente fuera de control. La carta que sostenía se había perdido entre las telas de sus prendas cuando se abrazó a sí mismo; el pequeño no era consciente, pero buscaba calidez y confort con sus propios brazos.
-...PAM!- rugió el hombre, haciéndola brincar. -¡Apártalo de mi vista y haz que tome una ducha!- la mujer se apresuró a tomar a la joven representación por los hombros y le dio la vuelta para que comenzara a subir las escaleras, pero la visión del niño estaba totalmente distorsionada por las lágrimas. -HURRY UP!
-Alfie...-susurró la mujer- Please, walk...- miró por encima del hombro, notando cómo el inglés se sobaba las cienes y era invitado por un alegre mayordomo a entrar a la habitación contigua para tomar té, pero los ojos verdes seguían fijos en las acciones de su hijo. -Darling, please... OH!
Para su desconcierto y asombro, el oji-azul la empujó con una fuerza que no se esperaría normalmente de un niño de doce años, haciéndola caer estrepitosamente al piso, y luego corrió escaleras arriba hasta perderse por un pasillo.
-YOU ARE NOT POLITE!- le gritó su padre a la escalinata vacía y lo único que recibió como respuesta, fue un azotón de puerta. -Darn child!- se dijo a sí mismo. Luego miró a la afroamericana aún en el suelo, en parte conmocionada y en parte asustada cuando él se dirigió a ella. -Alfred tiene prohibido cenar esta noche. Understand?! Ese será su castigo.
El inglés dio media vuelta, entrando a la habitación contigua para tomar el té que el mayordomo ya había preparado con el mejor humor que no había tenido en semanas.
Era absurdo pensar en esa pregunta en esos momentos, pero Alfred creía haber hallado ya la respuesta, Pam misma se la había dicho, no con palabras, sino con acciones. El oji-azul abrazó aún más sus piernas y acomodó mejor su barbilla entre sus rodillas, con la mirada perdida en cómo las burbujas del jabón se mantenían a flote, así de frágiles y delicadas como eran, sobre el agua de la tina. El único ruido provenía a través de la puerta, en su habitación, donde su sirvienta abría la cama y acomodaba su almohada para que pudiera dormir plácidamente tras su ducha.
Frunció el entrecejo, es que la respuesta a su pregunta no le parecía, pero era preferible pensar en eso que en la tremenda hambre que tenía o la voz furiosa de su padre repitiéndole una y otra vez qué era lo que había mal en él. Un salvaje... no, no lo creía; él no era el único niño que jugaba con tierra, entre el césped o que escalaba árboles, su amiga en el sur también lo hacía, incluso se enterraban bajo la arena ardiente del desierto y luego nadaban desnudos en el río. Eso no era ningún salvajismo, era solamente simular ser caballero de blanca armadura y princesa en peligro, era ingeniártelas para hallar un escondite y ganar o ser atrapado y tener que soportar el "castigo" de cosquillas... eran juegos mucho más divertidos que sentarse en el centro de cualquier habitación de la enorme mansión en New York y jugar solo con los soldaditos de madera que su... Argh, padre, le había obsequiado tantísimas navidades atrás.
Agradecerle... agradecerle ¿Por cuál motivo precisamente? Si casi no lo visitaba ya, si apenas recibía cartas de su parte cuatro o cinco veces al año cuando mucho; si el tutor que había contratado no hacía más que castigarlo en cuanto se movía un centímetro de su pupitre y si el mayordomo nuevo era más como un guardia de una prisión en la que él era el único y más peligroso prisionero. Cuando estaba con María él siempre insistía en ser el caballero que la rescatara de su torre encantada... ella accedía casi siempre, porque cuando descubrieron esa cueva entre las rocas, ella le confesó que nunca había sentido lo que era estar entre cuatro paredes y lo emocionante que sería no hacer nada y que, aun así, todo se resolviera para ti.
Incluso recordándolo, Alfred se removió en la tina, celoso de que el padre de su amiga si le permitiera a María explorar libremente sus territorios siempre y cuando no se saliera de las fronteras y se escondiera en cuanto se topara con alguna representación adulta... algo que, por supuesto, a ella no le importaba en lo absoluto. Con él nunca había sido así, desde que tenía memoria Arthur siempre había estado allí, procurando todo el tiempo que imitara básicamente todas sus acciones y, cuando comenzó a irse, fue cuando apareció el dichoso tutor y el mayordomo gruñón.
Por eso sus escapadas mes con mes para ver a su amiga eran tan importantes para él, porque no solo se sentía libre y adoraba el surgir de esa chispa en su pecho cuando dejaba atrás NYC y el viento puro de los bosques rodeaba todo su cuerpo; sino porque también podría dejar atrás la soledad en la mansión y jugar a ser el valiente caballero de blanca armadura que no lloraba, sino que se enfrentaba a la bestia, salvaba a la hermosa doncella y cabalgaba hasta perderse por el horizonte... en libertad.
-Alfred, have you finished?- la voz de Pam asomándose por la puerta del baño lo sacó de sus pensamientos y frunció el entrecejo, agitando el agua hasta cambiar posición y darle la espalda. -Darling... comprendo que estés molesto, pero, ya es hora de que te pongas el camisón y vayas a la cama.
-Estás de su lado, no quiero ni verte- el oji-azul hundió su barbilla más entre sus raspadas rodillas y se regañó por haber pensado en lo que dijo que no pensaría. Escuchó su estómago rugir y se mordió el labio, su última comida había sido hacía ya algo de tiempo, poco antes de llegar a New Jersey incluso. -Go away!
-Alfred, yo no sigo las órdenes de tu padre porque esté de acuerdo. Él es my Lord...
-I DON'T CARE!- exclamó, lanzándole un montón de agua y espuma en cuanto notó que ella entraba lentamente con el trapo que usaba para secarlo. -¡Cuando él no está, me hacen caso a mí!
-B-But... tu padre ya volvió y tú aun no eres Lord, darling... todavía eres un niño- Pam se aproximó lentamente, sacándose las gotas de aguas que cayeron en su rostro y esbozando una sonrisa que él simplemente no comprendió. Entonces recordó la respuesta a su pregunta.
Cuando el cocinero la trataba bien, ella lo rechazaba; pero cuando otro, como Alfred mismo, la trataba mal, ella hasta le sonreía con ternura y se aproximaba con más cariño ¿Tenía sentido? No lo sabía... pero ¿Por qué?
Pam se sentó a la orilla de la tina y extendió el trapo frente a él, con los ojos negros reflejando radiantes la luz de las velas en las esquinas del baño, lucía extrañamente alegre y, con un suave gesto de cabeza, le indicó a Alfred que era hora de salir del agua para pudiera secarlo y vestirlo... era la rutina. Pero esa noche al rubio tampoco le pareció cumplir con la rutina.
-Why, Pam?- la mujer frunció el entrecejo y abrió la boca para hablar, pero él no la dejó. -Tengo tantas dudas, Pam... no sabría por dónde empezar- se abrió pasó por entre las burbujas y el agua hasta posar sus manos en la orilla de la tina, al lado de ella y hundió el resto de su cuerpo. -¿Puedo preguntarte primero por qué de repente ya no quiero?
-Ya no quieres... what exactly, Alfred?- un sonrojo se extendió por las pálidas mejillas del oji-azul y tuvo ganas de sumergirse por completo en la tina.
-Everything... las reglas estrictas, a mi padre apareciéndose solo cuando tiene "Noticias muy importantes que compartirme" ... y tampoco quiero irme a la cama sin comer o que me consideren un salvaje solo porque necesito un... respiro. Ya no quiero no entender porqué es más fácil ser rechazar lo bueno que aceptar lo malo. I mean ¿Por qué el mundo es así?
La afroamericana apartó un par de mechones húmedos de la frente del rubio y luego pidió su mano, haciéndolo levantarse con ella y envolviéndolo con el trapo para secarlo inmediatamente. Notó la mirada azul profundamente fija en ella, pero Pam, a su vez, fijó la vista en una de las velas del cuatro de baño.
-Me gustaría mucho darte una respuesta, Darling... pero me temo que has consultado con la persona menos apropiada para tales preguntas- el pequeño abrió la boca y justo en ese momento ella pasó el trapo por su cabello, impidiéndole hablar. -Todavía eres un niño, Alfred y hay muchos temas, muchas situaciones en este mundo que tú, a esta edad, simplemente no comprenderías. M-Mi propia condición, es un claro ejemplo de eso.
-¿Tú condición? ¿Cúal condición?- el brillo en los ojos de la mujer se intensificó y el pequeño no supo distinguir si había sido un efecto de la luz por la rápida vuelta que ella dio para recoger su camisón, o ligeras lágrimas acumulándose.
-N-Ninguna... no tienes que preocuparte por ese tipo de temas en este momento. Cuando crezcas y seas un hombre, entonces...
-¡Entonces ya quiero crecer! ¡Ya no quiero ser un niño!- el colono se llevó las manos a las caderas, sacó el pecho y miró al cielo, sintiendo cómo toda la sangre de su cuerpo se elevaba con orgullo también a las alturas... estaba seguro que así era como un caballero haría. -¡Tengo que ser un hombre, ya!- la mujer lazó un pequeño grito y le colocó al pequeño, con un solo movimiento, el camisón encima. -B-But... Pam, how... ouch!- cuando por fin sacó sus brazos por las mangas y se acomodó su pijama, la miró confundido. -¿Cómo puedo volverme un hombre?
La afroamericana caminó con prisas hacia la ventana y la abrió de par en par, soplándose aire con la mano para procurar bajar su leve sonrojo. Notó al pobre rubio aún más extrañado, pero evitó que su mirada se fijara en esa ligera elevación de la tela inferior del camisón, al distraerse vaciando la tina y regresando a la habitación para acomodar lo que ya antes había acomodado. Él la siguió, no comprendía.
-Alfred, I just... esos son temas que no pueden hablarse con mujeres. All right?- Pam sujetó el picaporte de la puerta y, viendo cómo el oji-azul se sentaba con los brazos cruzados en su cama, se aclaró la garganta. -Al final tu propia naturaleza te lo hará saber. Ya no falta mucho.
Y dicho eso, cerró la puerta tras de sí, dejando al pequeño con más dudas de las que ya tenía.
-No comprendo tal incivilizado comportamiento- habló con voz seca el inglés, tensando en su asiento al tutor de Alfred, que había mandado a llamar inmediatamente. -¿Acaso no lo contraté para enseñarle a mi hijo asignaturas académicas y reglas de urbanidad, Mr. Thomas?- el joven tutor abrió la boca, pero el inglés alzó la mano y éste calló. -Hace dos meses recibí una sorpresiva carta de un importante, eh... miembro de la Corona Española. Resulta que su primogénita, María Carreido, que vive en la Cuidad de México a no muchos kilómetros de aquí, en la Nueva España; se ha vuelto una Lady, elegible para desposar y formar parte de la sociedad. Very well, pues créalo o no, he sido invitado, junto a mi hijo, a asistir a la ceremonia de presentación de Lady Mary- la mandíbula del tutor cayó ligeramente y el inglés asentó su té sobre sus piernas cruzadas. Inhaló, tomándose cada segundo para apreciar el aire llenando sus pulmones -¡¿Y cómo espera que causemos una buena impresión cuando mi hijo tiene los modales de un, de un... salvaje?!
-M-My Lord, yo he seguido sus instrucciones al pie de la letra; en mis clases Alfred guarda perfecta compostura and...
-El objetivo es que lo aprenda en clases, yes ¡No que se quede allí! – el inglés dio otro sorbo a su té y volvió a inhalar lentamente, recabando paciencia. -Sé que un hombre mortal, por más culto que sea, jamás comprenderá jamás lo que se está en juego cuando una lady como Mary, hija de aquel español, precisamente; es presentada en sociedad. Pero déjeme explicarle, muy a grandes rasgos, lo que conseguimos para la Corona Inglesa si logramos llamar la atención de la joven... power, Mr. Thomas... y también influencias sobre toda la Nueva España.
-¿Tan importante es aquella Lady...?
-Yes- cortó serio el inglés, bebiendo nuevamente de su té. -Y si usted es tan buen conocedor como dijo serlo antes de que lo contratase, sabrá ya que la Nueva España es el virreinato más rico y próspero de todas las américas. A diferencia de estas Treces Colonias, que por mucho solo sirven para plantar tabaco y comerciar lo cultivado del Caribe en sus puertos.
-My Lord, usted solo indíqueme sus deseos y yo los haré cumplir para con su hijo- el inglés colocó su té en la mesita de centro y se puso de pie, acto que imitó apresuradamente el tutor. Luego caminó hasta el ventanal que daba a las calles casi oscuras de New York y lanzó un suspiro, sonriendo entre dientes.
-Lucky for us, mi llegada no fue del todo horrorosa, pues descubrí que mi hijo ya se cartea con la Lady de quien se celebrará la fiesta- luego borró la sonrisa y miró el tutor nuevamente. -Tiene una semana, pasado ese tiempo, viajaremos a la Ciudad de México.
La luna hacía rato que había dejado de estar en el medio del cielo y su estómago ya llevaba desde entonces comiéndose por dentro. Alfred, incluso sin zapatos ni velas que alumbraran su camino, salió de su habitación imaginándose que sus pasos al tocar la madera pulida pesaban tanto como una pluma y que bajaba las escaleras como las águilas por los acantilados... si parpadeabas un segundo, las perdías de vista.
Usualmente se escapaba por el balcón de su habitación, habiendo preparando una maleta días antes; pero esta vez su objetivo estaba en las cocinas y, como no pasaba mucho tiempo por esas secciones de la casa, tuvo que hacer memoria del camino por el que Pam lo condujo cuando llegó esa misma tarde. Los pasillos estaban totalmente desolados, fríos aún cuando las ventanas se permanecían cerradas, su corazón latía a toda prisa con cada objeto que sus ojos detectaban... temía que el jarrón se transformara en una mano sosteniendo un quinqué o la escultura en una persona humana que lo atrapara. Él no supo cómo le hizo, pero tras varios pasillos y otras cortas escaleras, logró llegar a su objetivo.
Para su decepción, en las cocinas, no encontró más que una gran mesa y las estufas. Cruzó los brazos e infló sus mejillas, indignado. No era justo que la servidumbre limpiara y recogiera la comida tan pronto terminaran de prepararla ¿Acaso no se le ocurriría que él podría ser castigado sin cena en cuanto su padre volviera a casa? Si al menos hubieran dejado una galleta, un pedazo de pan o un...
-Mph! – Alfred dio una vuelta perfecta de ciento ochenta grados y lanzó dos puñetazos al viento; pero tras él, no había más que ollas y sartenes acomodados por tamaños en alacenas de cristal, junto a la puerta donde guardaban las especies. -Ah...
El rubio ladeó su cabeza y alzó una ceja, había escuchado que la casa tenía problemas con ratones en el especiero, pero nunca había escuchado a ningún roedor que sonara tan...
-Oh... Pamy...- un repentino estremecimiento recorrió el cuerpo de Alfred y, mirando hacia ambos de sus costados, avanzó en silencio hasta la puerta... dándose cuenta de que estaba entreabierta. Asomó uno de sus ojos azules hacia el interior, muerto de curiosidad, ya no de hambre.
Lo que vio, cambió la forma en que vería el mundo para siempre.
Alfred había escuchado de los besos, claro que sí, incluso los había visto caminando por las calles, como cuando una pareja pensaba que nadie lo observaba y juntaban sus bocas a tal grado que se perdía la capacidad de distinguir dónde empezaba uno y terminaba el otro, especialmente cuando la mujer colocaba su elegante sombrilla de forma conveniente. Él mismo había recibido besos en la mejilla por parte de María, era esa forma cálida en que ella saludaba... y que a él tanto le gustaba. Pero nunca, jamás en la vida, había visto a dos personas besarse de la forma en que Bruce el cocinero y Pam su sirvienta, se besaban en ese momento. Es que parecía que ellos eran para el otro, la galleta que Alfred tanto deseaba comerse, pero ¡Oh! Uno no lame la galleta antes morderla, uno no la babea, uno no la deja a un lado para comenzar a besar el cuello de la otra persona...
-Ah! B-Bruce...-uno no hace esos ruidos por la galleta.
Alfred sintió un ardor nacer en sus mejillas y extenderse por todo su rostro de la misma forma en que las manos del cocinero se extendían por el cuerpo de su sirvienta, tomándola de las caderas y volteándola en un solo movimiento. De repente la casa ya no estaba fría... estaba en llamas, como si los hornos a su lado se hubieran encendido y lo estuvieran calentando. Se inclinó más contra la puerta, entreabriéndola en poco más para que sus dos ojos pudieran ver mejor el maravilloso descubrimiento que había hecho.
Alfred había visto a mujeres muchas veces, claro que sí, desde caminando tranquilas por la calle con elegantes vestidos, hasta domando caballos como hacían las novohispanas; incluso a la propia Pam la había visto antes en interiores, cuando ella lo corría de su habitación durante las noches de tormenta que tanto miedo le daban al pequeño y le pedía dormir a su lado hasta que pasaran los truenos y los rayos. Pero nunca había visto el cuerpo de una mujer en la forma en que ahora lo veía... a Alfred no le quedaba claro si era el efecto del halo de la luna, el sudor que recorría las curvas de la piel morena o el bochorno del calor que tanto sentía; pero la forma en que el cocinero hacía que la mujer curvara su espalda, la manera en que los redondos senos caían libres de cualquier tela y eran tomados con fuerza por manos ajenas; los labios gruesos de tantos besos, las piernas torneadas siendo recorridas y abiertas; la curvatura de lo que ocultan faldas y que ahora eran exquisitamente nalgueadas con destreza... el cabello fluyendo libre como cascada en la naturaleza. Era increíble... no Pam, ella seguía siendo solo su sirvienta; era increíble todo lo que la mujer ocultaba bajo sus prendas.
Luego el cocinero se azotó contra ella, provocándole un gritito que sofocó con una mano temblorosa. Solo entonces Alfred se fijó en él, sin comprender muy bien qué es lo que lograba al frotarse de aquella forma contra esas curvas y entre esas piernas; para empezar, ella no tenía nada de ropa puesta y él estaba completamente vestido, aunque, si entrecerraba bien los ojos y prestaba atención... al parecer, entre tanto movimiento, la única piel que el cocinero dejaba descubierta era... ¡Oh! Eso era algo tremendamente familiar, a pesar del color y el tamaño.
El rubio se apartó ligeramente de la puerta y bajó sus ojos por su propio cuerpo, allí descubrió que su respiración se había agitado tanto como la de sus sirvientes al otro lado de la puerta, pero también notó, con horror, cómo aquel pedazo de carne que no le servía más que para ir al baño, parecía haber cobrado vida propia. Se alejó de la puerta dando traspiés y cubrió su boca como Pam había hecho para no pegar un grito. What the heck was happening to him?!
Corrió de vuelta por todos los pasillos, sin hambre, sin importarle cuánto ruido podría estar haciendo o si llegaba a despertar a alguien fastidioso como el mayordomo o peor, su padre... todo lo que tenía en mente era su nuevo objetivo, su habitación. Y tan pronto como llegó, cerró la puerta tras él y se dejó caer contra ella, creyendo que el problema estaría resulto ahora que había salido de la situación que lo ocasionó. Así que bajó de nuevo los ojos a su entrepierna y se horrorizó al descubrir que su músculo seguía en esa nueva y, hasta cierto punto, dolorosa posición.
-WHAAAT?!-corrió hasta el espejo de suelo junto a la puerta del baño y se alzó el camisón. No podía creer lo que veía. -Why?- giró sus caderas un poco hacia la derecha y luego hacia la izquierda, sin dejar de ver con los ojos muy abiertos, lo mucho que había crecido, en longitud y anchura, esa parte de su cuerpo, así como lo duro que se había puesto. -Oh... w-why?- comenzó a gimotear
¿Ahora que haría con eso? ¿Lo había descompuesto y por eso incluso dolía? ¿Se quedaría así de por vida? ¿Podría volver a ir al baño? Alfred simplemente no comprendía. Con la cabeza gacha volvió a la cama, pero antes se acomodó de nuevo su camisón y pronto el roce de la tela con su nuevo amigo le causo un estremecimiento que le obligó a detenerse en seco a mitad de camino y una sensación nueva, como de querer volver a sentir ese roce más intenso, se cruzó fugaz por su mente. Pero la dejó pasar, apretando fuerte los puños y la mandíbula, hasta que logró meterse bajo las sábanas.
Allí la cosa no fue mejor, pues su amigo se levantaba entre ellas como una montaña en medio de un vasto valle y el peso de más cosas encima de él solo le incrementaban las ganas de hacer como el cocinero y frotarse contra algo... algo que fuera, de preferencia, curvo y maleable como el cuerpo de una mujer, algo que... cerró los ojos y mordió sus labios sin darse cuenta, recordando... algo que sonora como la mujer sonaba; que si lo tocara, se adaptara a la presión de su fuerza; que luciera terso y torneado a la vez... su pelvis empezó un ligero movimiento hacia arriba, contra las pesadas sábanas, y luego hacia abajo... algo que pudiera besar de esa forma intensa y que le correspondiera... sintió un ardor extenderse por su rostro cuando la imagen furtiva de María saludándolo con un beso en la mejilla se hizo presente ¿Sus rojos labios se seguirían sintiendo suaves si él girara la cabeza la próxima vez que se vieran, para que sus bocas se encontraran?
De tan solo pensarlo, el calor que había sentido en las cocinas se propagó por todo su cuerpo, haciéndolo sentir muy pero que muy bien con cada roce que su amigo obtenía de lo que le rodeaba... entreabrió los ojos solo para asegurarse de todo estuviera pasando y no se tratase solo de un exquisito sueño del cual, por cierto, si sí resultaba ser, no tenía ninguna intención de ser despertado...
El inglés creyó que el humor de su hijo cambiaría en cuanto bajara a desayunar y descubriera que tenía permitido comer todo lo que quisiera como premio por haber cumplido sin rechistar el castigo de anoche, pero grande fue la sorpresa de Arthur cuando al otro lado de la mesa su pequeño solo le lanzó una rápida sonrisa y miró la comida sin pizca de hambre tras sus ojos azules... ese peculiar tono de azul.
Supuso que debió haber hecho algún intento de empezar conversación para olvidar la traumática forma en que se habían reencontrado tras meses separados y comenzar de cero. Pero cuando por fin terminó su primera taza de té y juntó el valor de hablar con su pequeño, éste se levantó de la mesa, pidiendo disculpas por su pronta partida, pero usando de excusa que debía repasar el último tema visto en clase antes de que Mr. Thomas llegara a la casa. Varias cosas dejaron al inglés sin posibilidad alguna de moverse, quedándose quieto para procesar lo sucedido: primero, la repentina buena educación y excelentes modales de Alfred y, segundo... ¿Lo imaginaba o las Trece Colonias parecía al menos una cabeza y media más alto que hacía tan solo un día atrás?
Después de largas reuniones con los gobernadores de cada colonia individual y algunos comerciantes ricos del área, Arthur recibía al tutor de su hijo para llevar constancia de sus avances, y con cada día que pasaba de la semana, Mr. Thomas se presentaba cada vez más contento y orgulloso a la modesta sala de té; y el inglés lo notaba en la repentina seriedad de su hijo, al menos cuando estaban juntos, pues pasan los desayunos, algunas comidas y las cenas, en casi total silencio. No era que el silencio le molestara a Inglaterra, es más, teniendo que compartir isla con Gales, Escocia e Irlanda del Norte, el silencio era de las cosas que el inglés más apreciaba... pero viniendo de él, de su hijo americano... como que no sentaba bien, no cuando podía ver perfectamente el espíritu aventurero tras esos ojos azules, no cuando su personalidad se parecía tantísimo a la de su madre... ese protocolo real europeo simplemente no parecía correcto para él, no encajaban, así como ella nunca quiso ni encajó en su Imperio.
¿Y quién mejor para confirmarle esos cambios, que la sirvienta que había cuidado de Alfred desde pequeño?
Ya era la última noche antes de partir a la Cuidad de México; las maletas estaban listas, la logística solucionada y el permiso de aquel insufrible español para ingresar a territorio novohispano, aprobada.
Entonces, mientras bebía de su té, escuchó que llamaban a la puerta.
-Come in- cruzó las piernas y asentó su tasita en ellas. Pam, mirando al suelo, hizo una reverencia y se mantuvo de pie al lado del asiento frente a él. -¿Sabes por qué te llamé?- ella negó con la cabeza, su cuerpo temblaba ligeramente. -Well... no debes porqué preocuparte. Solo quiero que seas totalmente honesta conmigo y me comuniques de todos los cambios que hayas visto en Alfred durante la última semana ¿Crees que puedas hacerlo?- la mujer asintió, liberando un pequeño suspiro. -Perfect! I'm listening.
-Creció al menos unos cuarenta centímetros, My Lord. Ahora mide un metro con sesenta. También ha mejorado mucho en sus clases y aplica lo que aprende en su vida cotidiana; se ha vuelto muy culto, en muy poco tiempo; pero no ha dejado de ser muy curioso y a veces él...- Arthur alzó una ceja cuando notó el ligero sonrojo de la mujer, los temblores volvieron a atacarla.
-Yes?
-...hace el tipo de preguntas que una mujer no puede responder, My Lord. En especial conmigo... él hace la situación un tanto, incómoda- el inglés se sonrojó un poco también; lo ocultó al beber un poco de su té. -Pero sigue siendo el mismo aventurero de siempre, My Lord; aunque en el servicio ya no lo han reportado ni atrapado haciendo alguna travesura.
-¿A qué cree que se deba eso?
-Well... c-creo que solo quiere demostrarle que él sí es capaz de ser civilizado y ser llamado hijo digno de un renombrado Lord como usted.
-All right! ¿Alguna cosa que Alfred le haya confiado personalmente y de la que yo debería saber?
-No, My Lord.
Depositó su taza en la mesita de centro y se levantó, consultando su reloj de bolsillo antes de lanzar un suspiro.
-You are dismissed- comentó secamente, sin siquiera mirar a Pam, quien salió tan pronto como entró. Luego avanzó hasta quedar de pie frente al ventanal.
Las calles de NY seguían igual, así como el resto de las otras en las Trece Colonias: sin mucho avance; Arthur suspiró de nuevo y susurró una de las reglas generales que, con los milenios, las representaciones habían aprendido a reconocer.
-...aquellos que crecen con el pueblo que representan, crecen fieles a sus orígenes; aquellos que crecen sin que avance el pueblo que representan, crecen listos para un destino más allá de sus raíces.
Todos los días que duró el viaje los pasaron en silencio, no importara si estaban en el carruaje, si bajaban a descansar en los hostales por las noches, si hacían paradas en mercados para comer o si se detenían para esperar a que su cochero terminara de mostrar el pase español por cada pueblo y cuidad novohispano... no importaba, siempre había un pretexto para no hablar: habitaciones separadas, la lectura de un libro, revisión del periódico local, apreciar por la ventanilla el paisaje de la Nueva España... y por tantísimos días ya se había vuelto alarmante, al menos para el Inglés, pero no se atrevió a pronunciar la primera palabra.
Su cochero les había dicho que llegarían a la capital del virreinato en cuestión de minutos, pasando un extenso bosque con curioso nombre que Arthur ni se preocuparía en intentar pronunciar... si con trabajo las palabras de la lengua española eran sencillas de hablar ¿Por qué Antonio se tomaba la molestia de conservar el nombre nativo de algunos lugares en sus colonias? Eso era lo que aquel ibérico no comprendía, si bien ningún conquistador tuvo otra alternativa más que mezclarse con las representaciones que ya existían en américa ¿Por qué conservar su herencia una vez con María, Alfred... con las tierras nuevas bajo control europeo? Era mejor eliminarlos a todos y que los niños no supieran nunca de la otra parte de su identidad... eso les ahorraría problemas y haría la expansión por más tierras, más sencillo.
Pero como se decía en el viejo continente: los únicos reinos con una pizca de corazón, de debilidad... eran los reinos sureños, allí donde podrías encontrar calor e incluso desiertos: España, Portugal, Italia, Grecia... los demás, hacia el norte... esos sí eran verdaderos europeos, fríos como el resto del continente.
Pero, consideró el inglés, mirando cómo los ojos de su hijo brillaban con cada metro que se acercaban más a la capital novohispana... ¿Qué tal si la frialdad europea no era el mejor método para criar representaciones americanas, cuyos climas tenían nieve en invierno y hasta sequías en verano? Arthur se aclaró la garganta y sujetó elegantemente su sombrero de copa alta sobre sus piernas.
-Alfred- llamó, haciendo que su hijo volteara con el ceño fruncido y el brillo... desaparecido. -¿Podrías repetirme lo que tu tutor te enseñó sobre el significado de este evento y la etiqueta social que requiere?
-Well... le presentación de una Lady a la sociedad se lleva acabo cuando la niña, deja de ser niña y, por lo tanto, se vuelve en potencial pareja para cualquier hombre de alcurnia y buena posición social que desee desposarla- comentó el oji-azul, con la voz apagada.
-¿Y la desposa con cuál objetivo?
-Formar una familia para que su legado, apellido y herencia continúen-el inglés alzó una ceja y negó con la cabeza, suspirando pesadamente.
-Simples humanos no, Alfred. Hablo de nosotros, de representaciones ¿Qué sucedería si alguno de nosotros se gana las afecciones de Lady Mary?
Los ojos de las Trece Colonias se abrieron con algo que el inglés no supo identificar como asombro o asco, pero por fin, tras semanas de viaje, tuvo la total atención de su hijo.
-WHAAT?! ¡¿Planeas casarte con Mary?!- Arthur dio un brinco que estuvo apunto de tirar su sombrero de las piernas.
-Of course not! Well... tendría que, pero no la tomaría como verdadera esposa. Ella se volvería algo así como una media hermana para ti, Alfred. BUT, si tú logras su atención... entonces se anexaría a ti como parte tus colonias y tú crecerías como nunca antes ¡Serías el más poderoso en América! Y la Corona Británica, la más rica de todas.
El oji-azul cruzó sus brazos y llenó sus mejillas con aire.
-No haremos eso. You're insane. Además, aún soy un niño- el inglés respiró profundamente y se dejó caer en contra el respaldo del carruaje... lanzando un suspiro. Eso era cierto, a pesar de su repentino estirón, Alfred seguía siendo un niño, pues Pam en ningún momento mencionó manchas blancas y secas entre las sábanas del oji-azul durante la entrevista que le hizo. -...y tú no te casarás con ella, eres muy viejo para Mary.
La mandíbula del inglés cayó y su ceño se frunció, indignado.
-What is that even supposed to mean, you bloody kid?- para suerte de Alfred, el carruaje se detuvo y unos guardias les abrieron las puertas.
Según el protocolo, el Lord debía ser el primero en salir, pero considerando la cara furiosa y roja de su padre, el oji-azul se lanzó hacia la calle en cuanto notó que tenía la oportunidad. Lo primero que vio fue una enorme casa roja de dos plantas que parecía abarcar toda una cuadra; poseía múltiples ventanales y balcones, así como una puerta principal doble de madera oscura y rosales en vez de rejas negras como su casa en NY.
El cielo sobre él estaba totalmente despejado y brillaba con un azul casi tan intenso como el de sus propios ojos; las calles adoquinadas estaban completamente limpias y los múltiples árboles que rodeaban las cuadras y las casas bailan armónicamente con la sutil brisa del ambiente, ni frío, ni caliente... sonrió, la capital era tal y como su amiga se la había descrito en aquella carta que arrancó de las manos de Arthur la tarde que regresó de Inglaterra: una maravilla.
-Ejem- escuchó frente a él y alzó los ojos.
Un hombre de facciones europeas, cabello lacio y castaño, ojos verdes esmeralda como su padre, pero con la piel blanca ligeramente bronceada; lo miró con una ceja en alto. El americano ladeó la cabeza, si las descripciones de su amiga seguían siendo correctas, aquel debía ser...
-Spain! Hasta que nos volvemos a ver-habló Arthur, cerrando fuertemente una mano en el hombro de Alfred, quien no pudo evitar una mueca de dolor.
Por fin había llegado el momento de que ambos anglosajones lograran lucir sus mejores modales y aquel americano ya había comenzado con el pie izquierdo... that bloody kid.
-Difícil de creer ¿No es así? Ya que ambos estamos en tierra firme y yo no trato de cazarte por el Caribe con vuestros andrajosos atuendos piratas- las cejas del americano se alzaron en sorpresa y pudo sentir el odio que se intercambiaron aquellos pares de ojos verdes aún desde la distancia. -En fin, supongo que ese de ahí es las Trece Colonias ¿Alfredo, no chaval?
El rubio asintió, ahora un poco intimidado al recibir la repentina atención de Spain... el mayor imperio del mundo, según decían... y Alfred no se atrevía a dudarlo mucho, pues ese castaño era mucho más alto que England, así como más poderoso, rico e incluso, por lo que acaba de escuchar, diestro con las armas... hasta en el mar, terreno que siempre había sido dominado por los barcos ingleses.
Antonio examinó al oji-azul de pies a cabeza y no pudo evitar soltar una risita cuando regresó su mirada al ahora irritado, pero bien disimulado, inglés. Ahora entendía lo que Francis había dicho, no solo la mañana en que su adorada María se había transformado en señorita, sino en todas las demás tardes que le estuvo contando demás historias sobre las Trece Colonias... en verdad que aquel niño contenía tras sus ojos una chispa que ningún europeo poseía, pero que era la misma chispa que compartían todas las que algunas vez representaron las tierras americanas por sí mismas... suspiró, él sabía muy bien que su adorada María tenía también esa chispa.
-Qué gusto conocerte al fin, Alfredo- el chico volvió a asentir y entonces el español sonrió. -Síganme, les mostraré sus habitaciones ¡Ah! Y... bienvenidos a la Cuidad de México, capital del Virreinato de la Nueva España.
