Las semanas habían pasado como un suspiro para el español y cada vez que las mucamas abrían las cortinas de los ventanas de su habitación, era un día menos en la cuenta regresiva para la fiesta de María.

-Buenos días, mi Señoría- habló la Institutriz desde la puerta. Antonio bufó y cubrió sus ojos del sol que ahora bañaba su habitación.

-¿Ahora qué, Josefina? ¿Ha llegado otro invitado? ¿Tengo otro saco de correspondencia que revisar? ¿Permisos de acceso a la Nueva España que autorizar? ¿Confirmamos los menús? ¿Aclararos una disputa entre vosotros la servidumbre? - sentándose de golpe en la cama y volteando hacia la pálida mujer, el rostro del español se coloró en enojo. -¡¿Qué más cojones queréis de mí?! ¡Suficiente tengo ya con saber que he de exponer a mi pequeña María como inocente cordera ante una jauría de lobos hambrientos mañana por la noche!

La Institutriz se había quedado como piedra, procesando las palabras de su Señoría mientras que las mucamas, que ya habían terminado de abrir todas las cortinas de la habitación y ahora preparando las ropas del español, se detuvieron también, intercambiando entre ellas miradas de asombro. .. nunca antes su Señoría había tratado a su servidumbre de aquella forma.

Antonio soltó un suspiro y se removió sin fuerzas entre sus sábanas, dejando sus hombros caer ante el enorme peso que cargaban; para él toda esta situación no había sido más que agobiante, desgastante y estresante... nunca, desde que planeó el último asalto contra Tenochtitlán para recuperar a María de su madre, tuvo que encargarse de ella tanto como ahora lo estaba haciendo... al menos no hay referencia a un solo evento ¿Y lo peor? En esa ocasión la enemiga era clara: Azteca; pero ahora el enemigo era desconocido, podría salir de todas partes y de ningún sitio al mismo tiempo.

-Mi Señoría, yo jamás me presentaría ante usted con malas noticias, a menos de que éstas sean estrictamente necesarias.

-Joder... ¿Entonces éstas lo son? - La Institutriz, dando un paso firme hacia el español, bajó la mirada e inclinó la cabeza y su torso en son de sumisión; lo que llamó la atención del oji-verde. -Por el amor de Dios, Josefina ¡¿Qué ha sucedido?!

-Desde tu llegada fue tu estricta orden que nunca se le diría a mi Señorita María sobre tu presencia en esta casa, mi Señoría. Pero desde que vuestra hija se enteró de su fiesta y ha sido preparada para ella, no ha dejado de preguntar por su padre y el motivo de su notable ausencia; sobre todo tratándose de un evento tan significativo en su vida.

Un nudo se formó en la garganta del español y carraspeó, levantándose de la cama como quien no quiere la cosa. Una de las mucamas pareció salir de su conmoción y corrió hasta llegar a su lado para comenzar a ponerle su bata roja sobre su camisola blanca.

-Que hayáis seguido mis órdenes al pie de la letra por tanto tiempo no son malas noticias, Josefina- Antonio caminó hacia donde la segunda mucama ya esperaba al lado de un plato hondo extendido frente a un pequeño espejo, acompañado por un pequeño trapo de algodón Pulcramente doblado entre sus brazos. -Así que me temo que no comprendo el motivo de tu visita a mis aposentos tan temprano por la mañana.

Él se sentó y remojó sus manos en el agua cálida que había dentro del plato hondo por unos segundos, después acunó sus palmas y se mojó la cara varias veces, disfrutando de la sensación en su piel por escasos momentos antes de que la voz de la Institutriz tensara su columna de nuevo.

-El motivo, si me permite comentarle, es su Señorita María. Ella, incluso sin saber que usted, mi Señoría, lleva viviendo bajo el mismo techo desde hace semanas, me imploró que lo contactara y le pidiera que "volviera a casa", que la visitara... no solo al evento, sino antes; a solas como padre e hija.

Antonio se enderezó y la segunda mucama se apresuró a secar su rostro lo más delicadamente posible con el trapo de algodón, evitando esos profundos ojos verdes que deconstruían la valentía de la Institutriz en el reflejo a través del espejo.

-Usted conoce mi itinerario de hoy, Josefina.

-Así es, mi Señoría.

-Y el de hija también.

-Por supuesto, mi Señoría- Antonio alzó una mano y la mucama dejó de secar su rostro al instante, regresando a su lugar con la barbilla apuntando al suelo. -Como Institutriz conozco todos los itinerarios de cada miembro activo en esta casa, mi Señoría.

-Entonces ha de saber lo ocupados que todos hemos de estar hoy, precisamente un día antes de la fiesta de presentación en sociedad de María ¿O me equivoco?

-Mi Señoría está siempre en lo correcto- esbozando una pequeña sonrisa, Antonio bajó la mano y la mucama se colocó detrás de él en menos de un segundo, peinando su cabello castaño con unos suaves movimientos. -Lamento mi atrevimiento y el de su Señorita María al preguntar por su padre, no volverá a pasar- el español frunció el entrecejo y la Institutriz dejó su postura de sumisión para enderezarse como era costumbre. -¿Mi Señoría podría confirmar su desayuno en una hora con sus invitados?

-Eh... si, en una hora- la mujer avanzando y, haciendo una reverencia, dio media vuelta para abandonar la habitación. -¡Esperad, Doña Josefina!- Antonio se puso de pie, apartando a la mucama de un susto, y giró para poder hablar con la Institutriz directamente, la duda inundando sus ojos verdes. -Encargue cuatro docenas de dalias y eh... hágame saber cuando María haya finalizado sus lecciones, b-bueno no, mejor sus pruebas de vestido ¿Vale? Quizás si tengo tiempo, pueda pasar a verla un rato.

Conteniendo una gran sonrisa, la Institutriz volvió a hacer una reverencia.

-Por supuesto que sí, mi Señoría. Sería un placer-luego se incorporó, dio vuelta y cerró la puerta tras de sí.

El español soltó un suspiro nervioso y cayó en cuenta de que su corazón de repente latía desbocado en su pecho ¿Qué le diría a su hija? Recordando, lo primero que le dijo a la pequeña de dos años cuando la vio por primera vez, después de tanto tiempo alejada en los templos bajo la protección de Azteca, no fue más que un simple " Hola"... y María corrió.

Quizás porque su madre la había protegido tan bien que nunca había visto a un hombre "pálido" antes de él, o tal vez porque la sangre de cientos de mexicas empapaba su espada, manos, armadura y zapatos... o más probablemente, porque justo había visto cómo su madre, la gran y poderosa representación del Imperio Azteca que tanto admiró y amó, moría en sus brazos... caía junto a su capital y la última resistencia de su gente.

Por suerte para Antonio, su hija apenas tenía dos años; por suerte para él, su hija no lo recordaba; por suerte milagrosa... María había llegado a amarlo como padre con el tiempo.

-¿M-Mi Señoría?

-¿Eh?- Antonio parpadeó y volteó, notando a las dos mucamas de pie y con la mirada gacha al lado de todas las prendas que él debía ponerse para empezar el día.

-Se le hará tarde, mi Señoría.

-¡Oh, claro!- avanzó hacia ellas, deteniéndose frente al espejo de cuerpo completo y alzando los brazos para que pudieran retirarle la bata antes de comenzar a vestirlo con todas las otras capas de ropa. -Las cartas no se responden solas.

-Repitámoslo ¿De acuerdo? - la Institutriz cruzó sus manos elegantemente sobre su torso y miró severamente a la mucama que planchaba nerviosa la nueva falda de María, mientras que la trigueña lanzó un suspiro y dejó caer sus hombros en cansancio. -¡Debe estar erguida todo el tiempo, Señorita! Solo una buena postura le garantizará movimientos gráciles, delicados y femeninos.

Doña Josefina se aproximó a ambas chicas en el centro de la habitación y, apartando a la mucama con un gesto de mano, dio un seco golpe en la espalda baja de María, provocándole un quejido y un estirón que la mujer aprovechó también para alzarle la barbilla a la trigueña y sitiarle los hombros en el lugar correcto. Solo entonces la institutriz suena.

-Perfecto- murmuró.

-Ah, Josefina... ¿No podremos tomar un descanso? Me duele la espalda y ya llevamos casi toda la mañana haciendo esto...

-Por supuesto que no, señorita- interrumpió la institutriz. -Su evento de presentación ante sociedad es mañana por la noche y usted debe mostrar los más exquisitos modales, así como refinados gustos y pulcra apariencia. Esto no es un juego, María la trigueña abrió la boca para decir algo, pero la mujer volvió a cruzar sus manos sobre su torso y ordenó. -Camino de nuevo.

Teniendo que fingir una sonrisa, la chica retomó su apacible andar bajo la escudriñadora mirada de la institutriz hasta llegar al otro extremo de la habitación y dio vuelta sin apenas moverse por un centímetro el cuello, controlando la respiración para que todos los kilos de sus nuevos y faldas pesadas, así como su corsé apretado; no la agitaran, pues, según habían dicho: una dama con la respiración agitada, era una dama que provenía de situaciones más que repudiables... aun cuando María no sabía a qué se referían con eso.

Cuando ella corría, por ejemplo, su respiración se agitaba; también cuando lloraba, brincaba, escalaba, reía o gritaba. Y nada de eso eran "situaciones repudiables" ¿O sí? ¡Oh! Bueno... no, no lo eran... para una niña. Pero ella, se recordó con un déje de melancolía... ella ya no era una niña.

-¡Perfecto! ¿Se da cuenta de que cuanto más practica, mejor le venta?- María salió de sus pensamientos y la voz de Doña Josefina pronto volvió a cobrar sentido. La mucama a su lado le sonreía levemente; Ambas mujeres se vieron más que complacidas y ella de repente regresó a estar en el punto de donde había iniciado su caminata. -Sin embargo, como usted mencionó, señorita; Creo que hemos tenido suficiente por hoy. Además... tengo muchos otros pendientes que revisar por el evento de mañana.

Los ojos dorados se iluminaron y, con los movimientos más recatados, la chica preguntó.

-¿Entiendo que puedo volver a mi habitación para gozar un poco de mi tiempo de ocio... sola?- la mucama contuvo una pequeña risa tras escuchar ese nuevo tono meloso de la voz de María, como una niña jugando a ser adulta, y la institutriz solo alzó una ceja, divertida.

-Ha entendido bien, se lo merece. Ha demostrado unos modales exquisitos las últimas semanas. - la trigueña pegó un pequeño brinco y corrió hacia la puerta, lista para desprenderse de todas esas pesadas telas, ceñidos corsés y magas pomposas, con tal de vestirse con su ligero y fresco huipil bordado a mano. -¡EJEM! ¡¿No escuchaste mi elogio?! ¡¿Acaso una señorita expresa su emoción de tal forma?!

María se detuvo en seco, con la mano ya en el picaporte y dio media vuelta. Doña Josefina había perdido cualquier rastro de diversión en el rostro y sus arrugas parecían hundirse aún más en su piel gracias al ceño tan fruncido que tenía. La mucama a su lado, tal y como se había mantenido durante toda la mañana desde que la levantó de la cama, mantuvo la cabeza baja y no pronunció palabra.

-No, Doña Josefina- María cruzó sus piernas y sus manos sobre su regazo, inclinándose levemente hacia adelante y hacia el suelo. -Discúlpame usted.

Los ojos de la institutriz analizaron la reverencia de la trigueña y, tras evaluarla, solo dio un pequeño asentimiento con la cabeza.

-Muy bien, que no se repita. Ahora puede irse directamente a su habitación. Sin distracciones y sí... por esta vez sin doncellas que la acompañan, sólo porque necesitará un descanso antes de que el sastre y... alguien más, vayan a visitarla. Puede retirarse ahora, Señorita María- los ojos dorados se iluminaron. -Usted, Tonalli, llamará al sastre y acompañará a la doncella personal de la Señorita María para que, cuando termine su tiempo de descanso sola en su habitación, podamos darle los últimos retoques a ese hermoso vestido para mañana en su evento...

Mordiéndose el interior de sus mejillas para contener una especie de sonrisa y mueca de desagrado, María volvió a dar media vuelta y, ahora caminando a paso lento y erguida, salió del cuatro de ensayos directamente al pasillo abierto del segundo piso. El jardín principal de la casona se presumía a sí mismo tras el barandal y ella, confirmando que nadie estaría en ninguno de sus costados, se dirigió a donde todos los días se había estado dirigiendo una vez terminadas sus selecciones de "Cómo ser una señorita respetable". , Manual Infalible"... su propia habitación al sur de la casa.

Rodó los ojos un poco molesta a pesar de que logró deshacerse de tener a una mucama cuidándola a su lado como casi todos los días; y es que, como quiera que fuera, iría allí a aburrirse nuevamente ¿Y lo peor? Su amigo no le había respondido la carta que le envió en cuanto supo que nadie del servicio le quitaría los ojos en encima ni la dejaría sin supervisión ahora que era una "Señorita".

Le había escrito para que la disculpara por haberse ausentado ese mes... que ahora ya se extendía al casi tercero. Que le perdonara el hecho de que no pudo avisarle antes, pero es que le habían pasado cosas... fuera de su control.

María susspiró y dejó caer sus hombros mientras doblada a un pasillo interior de la casona, dejando atrás aquel que daba hacia el hermoso jardín del piso inferior. También le había escrito a su padre, comentándole que necesitaba hablar urgentemente con él, ahora más que nunca... rogándole porque volviera a la Nueva España antes de que se cumpliera la semana. Pero, tal como su amigo del norte, su papá tampoco había respondido.

¿Por qué? ¿Acaso se habían enterado ya de su condición y por eso ya no querían tener nada que ver con ella? ¿En verdad tan malo era?

El Padre José tan solo le había dicho lo que las antiguas escrituras decían: "Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche". . pero ella no lo había creído como cierto, bueno... se había convencido de que una condena tan horrenda no podría ser cierta. Así que había acudido con Doña Josefina y ella tan solo le había explicado, el último día en que amaneció con un dolor infernal en su vientre y una mancha de sangre entre sus piernas, que lo que le pasaba era... normal. Incluso necesario alcanzada cierta edad; pero, concordó Doña Josefina también con el Padre José: se le podía ver como una maldición y una bendición en igualdad de proporciones.

María abrió la puerta de su recámara y entró, cabizbaja; sintiendo un raro quién-sabe-qué en su vientre más unas tremendas y repentinas ganas de bajar a las cocinas y volver a llevarse los tarros de cacao y azúcar de las alacenas... así como había hecho tres meses atrás. Se llevó las manos a su estómago y cerró los ojos para concentrarse y tratar de olvidarse de aquel antojo... pero no lo logró.

Caminó lanzando las finas zapatillas con dos firmes patadas a sus costados y se empezó a quitar las agujas que sostenían las entretejidas telas de su pecho con brusquedad, aventando las piezas a la cama mientras continuaba avanzando hacia el otro extremo de su habitación; luego deshizo por el nudo de atrás la pesada falda que le habían confeccionado el día anterior y liberó con una gran sonrisa, sus piernas, en cuanto las telas se amontonaron circularmente en el suelo alrededor de ellas. Tomó los hilos de su estayer que por detrás sobresalían y, aunque le costó mucho y un dolor empezó a nacer entre su cuello y su hombro, consiguió desceñirlo y retirárselo justo en el momento en que se detuvo ante el espejo de suelo con únicamente su camisola. puesto.

Bueno, su camisa y también su... María llevó ambas manos hasta el fino borde de encaje de la camisa, justo por debajo de sus rodillas y, muy lentamente, con un ligero tembleque, fue subiendo sus interiores hasta tomarse con esa cosa que Doña. Josefina le había obligado a traer puesto desde aquella mañana en que dejó de ser niña. Si la trigueña pudiera compararla con algo, pensó, sería como la curiosa prenda que se le pone a los bebés entre las piernas cuando aún son tan pequeños que necesitan estar en brazos todo el tiempo. Pero el material era distinto, lo que había tenido que usar era franela tejida en varias capas, capaz de absorber una impresionante cantidad de agua... aunque, por supuesto, a ella no se lo había dado para que absorbiese agua ni mucho menos.

María frunció el entrecejo y azotó un pie contra el suelo, dejando caer su camisola en su lugar mientras se apartaba del espejo y cruzaba sus brazos en su torso. Le molestaba ver esa prenda de franela ahí porque le recordaba mucho a la de los bebés y... ¡Ella no era un bebé! Es más ¡Ya era una Señorita! ¿N-No? ¿Por qué debía usar esa molesta ropa si ni siquiera había vuelto a manchar las sábanas en casi tres meses? Su estómago rugió con fuerza y una incomodidad se hizo presente como por esa zona abdominal. María posó sus palmas ahí y el calor que emanaba de ellas, la tranquilizó un poco, pero no lo suficiente.

Aprovechando que sus manos ya estaban en la parte inferior de su cuerpo, deshizo los nudos que en sus caderas sujetaban esa prenda de franela entre sus piernas y, como con el resto de su ropa, se la quitó y la aventó directo a la cama. María volteó con una gran sonrisa entre sus labios cuando la sensación de su piel tocándose nuevamente regresó entre sus muslos y fijó su vista en ella misma a través del espejo.

-Ahora ya todo vuelve a ser como antes- murmuró, dirigiéndose a su guardarropa para sacar de allí el huipil azul rey con bordado dorado que sus mucamas, por alguna extraña razón, habían escondido dentro de un cajón que a su vez se ocultaba bajo la pesada tapa de un enorme baúl en el ropero.

Se lo colocó sin prisas, cuidando que el diseño no se atorara en ningún sitio que pudiera estropearlo y luego extrajo una cinta que ciñó a esa nueva curvatura que se formaba en su torso, aquella que Doña Josefina y el sastre llamaban cintura; para atorar debajo de ella una falda a juego que cubriera solo por encima de sus talones. Deshizo también los elaborados risos que su mucama le había acomodado en su coronilla y los transformó en una sencilla trenza.

María no pudo evitar reír, dando un par de vueltas sobre su propio eje tras volverse a ver en el espejo y reconocerse después de tanto tiempo usando esos pesados, sobrios y foráneos vestidos de corte europeo. Se enfundó un par de huaraches cerrados en vez de esas zapatillas y jaló con prisas un rebozo solo para abrazarse con él y caminar hasta el balcón. Abrí las puertas de un tirón e inhaló con fuerza, disfrutando de una vista privilegiada de la ciudad... su cuidad. Suspiré, recargándose en el barandal y cerrando los ojos al escuchar las campanas de la iglesia a la distancia junto al sonido de la gente caminando abajo por la calle.

Le daba paz, una extraña sensación de sentirse aceptada tal y como ella deseaba ser... sin que le exigieran estrictas poses, ademanes y pesados vestidos. Era como si estar entre el pueblo la recargara de tranquilidad y felicidad, por mucho que su padre le hubiera dicho que no debían mezclarse con personas de esa clase o categoría... ella no podía evitarlo, eran novohispanos al final del día, como ella ... no eran cualquier gentuza, eran como la cuidad, no cualquiera... era su cuidad, su gente.

Exhaló y dejó que los trotes de los caballos la relajaran, olvidando su hambre, que las hojas de los árboles la arrullaran y las campanas le aseguraran que todo iría bien mañana. Sería un gran día.

Para Antonio, sentado tras su escritorio con las manos sobándose sus sienes y con una pila de papeles esparcidos sobre la mesa guardando a ser firmados por su puño y letra, hasta el débil golpe de la cucharita contra el interior de la taza de té que traían los sirvientes, era motivo de una jaqueca y unas ganas de embarcarse de vuelta a sus navíos para regresar a su adorada Madrid, encerrarse en su palacio allí con un buen vino rojo proveniente de sus tierras al norte y pretendiente que el resto del mundo y el tiempo simplemente no existían.

Pero gozar de una relativa inmortalidad gracias a su ser representación de un reino tan grande como el de España... le permitirían muchísimos lujos, menos esos. Jamás podría dejar de lado su compromiso con su pueblo.

Para la gente como él, los meses se sentían pasar como los mortales sentían pasar los días, los años como meses y un siglo, como tan sólo un año. Y por si aquello no fuera suficiente, sus vecinos... no podían únicamente fallar como los humanos. No, ellos insistían hasta en volverse más importantes y extremadamente fastidiosos con el tiempo; como perfectos irritantes, petulantes, nobiliarios sádicos que eran; en busca de riquezas, tierras, influencias y poder.

Sus exquisitos palacios recubiertos en oro y joyas no los satisfacían, sus cortes y aristocracia vestida con las mejores telas no les eran suficientes, sus Imperios expandiéndose por más allá del horizonte y los yeguas, muy lejos de su pequeña y fría Europa... tampoco bastaba para ellos. Para ninguno, de hecho; porque en su momento tampoco bastó para él. Solo que, como le gustaba pensar a Antonio, él no se embarcó con la idea preestablecida ya de conquista... no. Él desarrolló esa idea conforme fue encontrando más tierras con las que, esclarezcamos de una vez por todas, Antonio casualmente, se las topó... porque él en un principio solo buscaba una nueva ruta a la India.

Sí, eso era lo que le gustaba creer al español, que esa era la principal diferencia entre él y los otros reinos europeos que también aspiraban a volverse imperios mundiales... el hecho de que ellos se embarcaban con la ambición ya bien concreta en sus ojos, cuando en su caso no sucedió eso; el hecho de que Inglaterra, Francia u Holanda desearan llegar a las Américas a conquistar tierras, expandir sus poderíos, ampliar sus influencias... ridiculeces ¡Gilipolleces! En especial sabiendo que Portugal y España ya eran dueños de más de la mitad del Nuevo Mundo ¿Para qué se metían? ¡¿Eh?! ¡Si ya todo estaba en orden! ¿Por qué aprovechaban cada cojonuda oportunidad de boicotear a sus virreinatos?

Primero el enano cejudo que no paraba de atacar a sus ciudades y navíos mercantes en el Caribe con esos cojonudos piratas, luego Francis que convenientemente aprovechaba su posición como 'amigo' para gritarle el mundo que su más redituable virreinato, que su primera niña. . que su adorada María ¡Ya era una señorita! ¡Jolines, vaya amigos tan más fieles que tiene! ¿Y ahora qué? ¡Pues que ahora él debe lidiar con la obvia respuesta positiva que TODOS los reinos europeos dieron a la invitación sobre la fiesta de presentación en sociedad de la Nueva España!

-¡Unos hijosputas interesados! ¡Eso es lo que son!- tirando todas las cartas en la mesa con un limpio barrido de brazo, Antonio se puso en pie con la respiración errática y los ojos desorbitados. El té que su sirviente estuvo a punto de darle, se vació por la taza cuando éste brincó por repentino grito de su Señoría. -¡Hasta las gilipollas del Imperio Ruso aceptó la invitación! Tener territorio en el noroeste de América no le da el derecho... ¿O sí?- alzando la mirada, Antonio se topó con el sirviente petrificado- ¡¿O sí?! ¡Me respondió, indio de mierda!

-N-No... no lo sé, m-mi Señoría.

-¡Tsk! ¿Y yo por qué te pregunto? ¿Vosotros servidumbre qué vais a saber de política exterior o sociedad noble tan siquiera? ¡Largo! Tengo que pensar en cómo manejar esta delicada situación...- el español se inclinó sobre su escritorio y volvió a sobar sus ciencias, leyendo las cartas nuevamente.

-P-Pero mi Señoría, su té...

-¡Largo he dicho! Necesito estar solo.

Con la cabeza gacha y el corazón en la garganta, el sirviente abandonó la oficina a toda prisa, soltando un suspiro cuando cerró la puerta tras de sí y respiró el aire limpio del pasillo frente al jardín principal de la casona.

-¿Acaso es hora de la comida como para que puedas descansar?- al voltear, el chico se topó con unos ojos fríos mirándolo desde la altura, enmarcados con las arrugas del ceño fruncido y la edad de la mujer.

-¡D-Doña Josefina!- exclamó, componiendo su postura sin que se le cayera más té. -Ahora mismo retomaré mis trabajos hacia las cocinas como siempre, nada de descansos.

La institutriz avanzando, cruzando sus manos elegantemente sobre su regazo.

-Muy bien dicho ¡Oh! Y cuando esté en las cocinas, recoja el nuevo paquete de postres que envió el panadero Jean-Paul y llévelo al ala norte de la casa, segunda puerta en el pasillo interno. Seguramente lo recibirá un Monsieur Bonnefoy...- la institutriz contuvo una mueca al mencionar ese nombre y el chico alzó las cejas en sorpresa el notarlo. -Si importa lo que le diga el Monsieur, no entre a la habitación más que para dejar los postres acomodados en la mesita que él le indique. Luego salga de allí, por su propio bien.

-Este... ¿Pero por qué por mi propio bien?

-Sin preguntas, vaya ahora.

Alzando su barbilla, la institutriz tocó la puerta de la oficina del español y tras un irritado "Adelante", pasó. El sirviente, en cambio, se resignó a no arrastrar sus pies mientras caminaba hacia las cocinas.

Una vez allí, el caos lo saludó de nuevo.

Al menos un mini ejército de veinte mujeres trotaban, andaban o incluso corrían de un lado al otro entre el calor de los fogones en los hornos de carbón, el ruido de los cuchillos y los trastes golpeándose; las conversaciones cada vez más agitadas entre ellas y una rara combinación de olores por el tocino, los salazones, las sopas de harina, gachas, migas, empanadas, hojaldres, tortas, roscas lentejas, los pescados salados, el queso, las escarolas, lechugas. , calabazas, nabos, berzas y las frutas de temporada que en la enorme mesa central se juntaban.

El chico se mareó por un segundo, pero una pared a su lado le ayudó a guardar el equilibrio y no romper la fina taza que llevaba en sus manos.

-¿Cómo se supone que debemos preparar todos estos distintos platillos? -preguntó una de las cocineras, con las recetas a mano y mirando a su jefa desesperada. -Ni siquiera son de los mismos reinos.

La encargada de lavar los utensilios atravesó el lugar con una pila de trastes que ocultaban su sudoroso rostro, pero la chica que salía del especiero la detuvo a mitad del camino.

-Esas ollas no, Itzel. Dijeron que eran las de cobre, no las de hierro. Además, olvidaste el molcajete. ¿Con qué se supone que voy a tamular estas hojas?

Ambas rodaron los ojos y fueron de vuelta a otro sitio, quejándose entre murmullos. La jefa de las cocineras, aquella señora regordeta y clara de piel, dejó su tarea de acomodar las charolas del té, se limpió el rostro con un trapo que colgaba de su falda-mandil y tomó las recetas que una de sus ayudantes le ofrecía. Las leyó velozmente, frunciendo el ceño en el proceso.

-¡Pues no lo sé! Pero debemos terminar todos los platillos antes de la hora de la cena o podemos ir despidiéndonos ya de nuestro trabajo en esta casa ¿Está claro? Reúne a un grupo y que se comenzarán con las sopas ahora mismo, luego junta a otras que hagan las verduras secas, el pescado y sobre la carne...

-Aún no llegan los muchachos con el encargo de la carne- los ojos de la jefe de cocina parecieron salírseles de sus cuencas.

-¡¿Qué cosa?!

La puerta que daba al pequeño patio trasero y, por ende, a la calle; se abrió, dejando pasar a dos jóvenes morenos que cargaban una caja entre ambos y manchaba con pequeñas gotas de sangre el camino tras de sí, agregando un olor más a la cocina.

-¡Ya volvemos! Don Roberto tuvo que matar a su vaca justo frente a nosotros, pero al menos nos aseguramos de que nos diera los mejores cortes. Así como lo pidió Doña Josefina ¡Estará muy contenta!

-¿Contenido? ¡Ja!- la cocinera regordeta hizo espacio en la mesa y los jóvenes pudieron colocar la pesada caja allí, estirando su espalda baja cuando pudieron liberarse de su carga. -Esa Institutriz no hace más que pasarles sus responsabilidades a otros para lucir siempre pulcra y darle la ilusión a su Señoría de que en esta casa se vive en paz y armonía. Pero aun así ella jamás está contenta ¡Siempre encuentra algo por lo cual quejarse!

Los morenos, apestando a sangre y con las manos totalmente rojas, intercambiaron una sonrisa divertida; luego miraron por el lugar para ver si el lavadero estaba disponible, pero uno de ellos reparó en la presencia del chico que parecía a punto de desmayarse sujetando una fina taza en la entrada de la cocina.

-¿Y tú qué? ¿Su Señoría quiere más té?- el chico brincó, teniendo de repente la indeseada atención de todos en el lugar. -¿Hola?

-N-No. En realidad, vine a recoger unos postres de...

-¡Ah! El paquete que envió ese Jan-Pol- habló la cocinera regordeta, extrañamente feliz. -Si, aquí está ¡Ven, ya! Y deja la taza en la mesa- el chico la obedeció, aguantando la respiración cuando pasó junto a los muchachos, la carne ensangrentada y el carbón. -Ten, por fin alguien viene a recoger el paquete ¡Un pendiente menos, muchachas!- unos suspiros de alivio y unas risillas de felicidad hicieron eco por sobre todo el ruido. -Bueno, ya ¡Silencio ya seguir trabajando que los grandes Señores no se alimentan solos! ¡Vamos! ¡Vamos!

Con empujones en la espalda, el chico abandonó las cocinas y se aseguró de no mirar atrás mientras lo hacía; sujetando con fuerza la cajita con los postres que afortunadamente habían sido su boleto de salida.

Al llegar al jardín principal por el pasillo y verso rodeado de silencio, árboles y un par de pajaritos cantando a lo lejos; el chico se permitió exhalar pesadamente y llenar sus pulmones una y otra vez con ese nuevo aire que no apestaba a sudor, carbón, fuego, comida ni sangre.

Su error había sido quedarse nuevamente estático en un área tan visible.

-Arbeitest du hier, Junge?- el sirviente abrió los ojos y tragó con fuerza.

Un joven alto de cabellos platinos y lacios, piel extremadamente blanca protegida del sol con una elaborada y elegante casaca negra con entramados de alamares plateados y su taleguilla contrastantemente blanca pero cerrada con zapatos de brocado y tacón oscuros, le cerró el paso; curvando sus labios en una sonrisa chueca que solo parecía profundizar su intimidante mirada desde esos rarísimos ojos rojos.

El sirviente se estremeció, comenzando a rezar todo el Rosario en su mente, incluso cuando un pequeño y lindo pajarito amarillo empezó a volar alrededor de esos cabellos platinados.

-¿D-Disculpe, Señoría?- el albino arqueó una ceja y no pudo evitar soltar una risa al notar que la caja que el sirviente llevaba en manos se agitaba por los temblores de éste.

-Ich bin Gilbert. ¿Und du bist...?- como el joven de ojos rojos le extendió la palma abierta al novohispano y no le quitó la vista de encima, el pobre moreno, titubeando, le entregó la caja de postres que debía llevar al Monsieur Bonnefoy. Ya podía ver su castigo. -Aber... ¿Fue así?

El albino miró de nuevo al sirviente, luego la caja que ahora reposaba en su mano y otra vez al chico que no paraba de temblar y evitar sus ojos. Cuando comprendió, rompió el silencio del jardín con una sonora carcajada. Haciendo brincar aún más al moreno.

-¡¿Qué está pasando aquí?!- exclamó el español, saliendo de su oficina con la mirada errática y el rostro rojo. En ese momento el sirviente juró que se desmayaría. Por fortuna, la expresión del ibérico cambió de enojo a una entre diversión y desaprobación cuando sus orbes verdes analizaron la escena rápidamente -¿Gilbert? ¿Acaso te parece propio acosar a mi servidumbre? Serás un chaval con creciente poder dentro del Imperio Alemán y un amigo mío, pero en la Nueva España eres también un invitado. ¿Qué no podrías comportarte como tal?

Sujetándose el estómago por las risas, Gilbert fue incorporándose lentamente, asintiéndole a Antonio con una sonrisa y devolviéndole la caja al sirviente.

-Hier- le dijo al chico. -Eres un buen día, Junge. Pero no te pedí tu paquete, pregunté por tu nombre. Aunque ya eso no importa. – Prusia se dio media vuelta y, estrechando manos con el español, comenzó a caminar y platicar junto a su amigo, alejándose del sirviente aún con ese pajarito volando alrededor de su cabello platino.

El chico, parpadeando, esperaba a que su corazón volviera a latir con normalidad antes de retomar su ruta al segundo piso en el ala norte, aquel lugar que su Señoría había reservado para todos los invitados que llegaban a la casa y al que su hija. , quien curiosamente aún no sabía que él ya había vuelto de España, jamás de los jamases podía ir.

María lo tenía prohibido y, en cambio, era mantenida en el ala sur de la casa, lo más lejos como fuera posible. Aunque, ahora que él se había topado con uno de los nuevos invitados de su Señoría, ya creía entender un poco el motivo de esa prohibición. A el sirviente tampoco le gustaría volverse a topar con esos ojos rojos... y estaba seguro que su Señoría solo cuidaba que su hija tampoco se topase con ninguno de sus invitados.

Al llegar a la segunda puerta del interior del pasillo, el sirviente tocó y esperó, escuchando curioso el sonido de unos pequeños pasos acercándose desde el otro lado ¿Acaso el Monsieur Bonnefoy caminaba en puntitas o algo por el estilo?

La puerta se abrió y, tal como el protocolo lo indicaba, él bajó la mirada para evitar fijarla en aquella Señoría; pero, al hacerlo, notó que unos ojitos violetas se asomaban desde abajo con un joven con el ceño ligeramente fruncido.

-¿Sí? Qui êtes-vous?- aquella mirada de color tan peculiar e inocente abrió paso a una carita blanca y un poco regordeta, con las mejillas sonrojadas y un cabello rubio con sutiles ondulaciones por sus puntas, rozando los hombros de aquel niño... otro invitado extranjero ¿Pues cuántos habían sueltos por la casa?

-Eh... yo vine a entregar este paquete de postres a su Señoría, el Monsieur Bonnefoy ¿Se encuentra él aquí?

El ceño del niñito se ablandó y una tímida sonrisa apareció en su rostro antes de alejarse unos cuantos pasos del marco de la puerta y mirar hacia algún punto dentro de la habitación.

- ¡Padre Fran! ¡Padre Fran! Quelqu'un te cherche !- otros pasos, esta vez más separados en tiempo y también más seguros en su firmeza, se acercaron hasta donde estaba el sirviente, sudando nervioso.

-¡No, niñito! ¿Qué dije mal? ¡No tienes porqué acusarme o algo por el estilo...!- la puerta se abrió en su totalidad y un alto rubio con prendas estrafalarias y una coleta baja, se interpuso entre el pequeñín y el chico. -¡S-Su Señoría! He venido a entregar unos postres del repostero Jan-Pol, al señor Bonnefoy.

A pesar de tener la mirada bien fija en un punto del suelo, el sirviente notó el momento exacto en que aquel hombre recargó su cuerpo contra el marco de la puerta y relajó su postura, pudiendo sentir esa mirada azul calándolo hasta los huesos, pero no. de la manera en que el invitado de ojos rojos había hecho... no, la mirada de la Señoría frente a él parecía estar disfrutando de traspasar cada una de sus prendas... una extraña sensación de ser saboreado a través de los ojos de otra persona. Como si los postres no los llevara en la caja, sino que fuera él.

-Hon, hon, hon... Mathieu, aller dans la chambre mon cher- el niñito avanzando y desapareció por la habitación. Entonces el rubio entrecerró la puerta y, mirando al sirviente con un labio a medio morder, susurró de una forma que provocó un escalofrío al moreno. -Papá Fran a des bonbons à prendre.

-E-Eh... ¿Es usted su Señoría, el Monsieur Bonnefoy?

-Oui beau, c'est moi- el sirviente frunció el entrecejo, imposibilitado de alzar la vista y encarar al hombre que tan incómodo le hacía difícil sentir, solo pudo estremecerse en su lugar y tragar seco ante la risilla que soltó el otro.

-D-Disculpe, es que no le entiendo.

Unos dedos pálidos y fríos se posaron en la barbilla del chico, obligándolo a mameluco con el protocolo y fijar su vista con alarma esosntemente seductores ojos azules.

-Hon, hon, hon... soy yo por quien tanto buscabas, cher- la caja por poco se le cae al sirviente de las manos, pero otras más ágiles, sujetaron las suyas y acariciaron su piel, creando un contraste exquisito que hizo brillar la mirada del francés y llenar de miedo la del novohispano. Ahora creía entender la advertencia de Doña Josefina. -¿Por qué no pasas y nos aseguramos de que los bombones... sean los de mi gusto?

-...y-yo, bueno... e-es que no creo... q-que...- Francis sofocó una risilla y aprovechó el tartamudeo del chico para volver a acercar su mano a sus labios y silenciarlo con un dedo ¡Cómo amaba el juego del poder y la pasión! -Su Señoría, yo debo irme.

-¡Bien seguro! Debes venir conmigo y para mí, beau indien- allí el sirviente se sintió desfallecer.

- ¡Rana! ¡¿Qué diablos crees que estás haciendo?!-el chico dio un brinco que hubiera tirado la caja de no ser porque, rodando los ojos, el francés sujetó los postres entre sus manos y se dio vuelta para responderle al inglés que justo salía de la puerta de al lado, aquella primera que se veía tan pronto entrabas por el pasillo. -Acosar descaradamente a uno de los sirvientes de Antonio... ¿Es que ahora te conformas con los más bajos estratos?

Recuperando su sonrisa coqueta, el oji-azul salió por completo al pasillo y cerró la puerta de su habitación tras de sí, provocando un suspiro de alivio al moreno, pero un cruce de brazos al inglés.

-Angleterre... ¿Te ofreces como voluntario por ser el mayor representante de la finura de la clase real inglesa? Hon, hon, hon... por mi no habría problema alguno, sino fuera porque en realidad me estaría enrolando con un sucio pirata de pacotilla.

-Maldito idiota...- el sirviente, viendo alarmado cómo ambos extranjeros se comenzaban a remangar sus casacas ya acercarse con un fuego destilando por sus ojos, prefirió ir abandonando el pasillo hacia aquel del jardín principal... incluso las cocinas con todos esos olores mezclados parecían más atractivos que andar topándose con los dichosos "invitados" de su Señoría Carreido. -Ya te gustaría a ti vencerme en el mar... pero no puedes, eres débil navalmente. Incapaz de elevarse por encima de su estación. ¡Bien! Ahora sabemos por qué de repente de conformas con la servidumbre.

-Connard Arthur... pues ven y demuéstrame lo contrario. Dame motivos para abandonar los barrios bajos, Angleterre.

Un sonrojo se extiende el por rostro del inglés y del sirviente, de pronto muy incómodos con el tono de voz meloso del francés.

-Nunca cambiarás- de la puerta por la que había salido el inglés, otros ojos azules, pero éstos más claros y cálidos como el cielo en verano; se asomaron curiosos, frunciendo un poco al notar al moreno que ya se iba hecho un manojo de nervios.

-¿Quién eres?- preguntó un niño casi idéntico al que antes había aparecido por la otra puerta. El corazón del sirviente entonces dio un hueco ¿Qué acaso no se estaba yendo? ¡¿Por qué no había avanzado nada?!

Pero entonces lo notó: el nuevo niño no solo carecía de esos raros ojos violetas, también su cabello no caía ondulado hasta los hombros, sino que permanecían lacios y cortos hasta las orejas, con un tono de rubio menos acaramelado y más dorado, más un mechón bien erguido hacia el cielo y una piel no tan rosada o extremadamente pálida, sino blanca pero ligeramente cálida. Aunque a pesar de todo, los dos podrían confundirse tanto como la sal y el azúcar a simple vista.

-Entonces... supongo que trabajas aquí- aprovechando que ambos adultos discutían abierta y acaloradamente en el pasillo, el niño oji-azul tomó al estupefacto sirviente por un brazo y obligó a que se encogiera a su altura. -¿Dónde está María? Debes saber ¡Respóndeme!

-¿Q-Quién, disculpe?- el rubio rodó los ojos e infló sus mejillas, un poco apremiado por el hecho de que su padre y Francis podrían estar gritándose lo suficientemente alto como para llamar la atención del español y hacerle perder la oportunidad que por fin tenía.

-María Carreido, es mi amiga. ¿Dónde está ella?- el color abandonó el rostro del sirviente y comenzó a negar con fuerza la cabeza, pero no pronunció palabra... como todos los otros de la servidumbre a quien Alfred había preguntado antes. -¡Argh! ¡¿Por qué no pueden decirme?!

-Porque ella fue recluida al ala sur por una razón, niñito.

El corazón de ambos chicos se detuvo por un instante, sus oídos haciendo caso omiso a la primera bofetada que dio Inglaterra al francés y al consecuente acorralamiento del oji-verde por Francis contra su puerta; ellos solo parecían estar flotando en una especie de dimensión paralela en la que el sirviente deseaba no haber pronunciado jamás aquellas palabras y en la que Alfred hacía un recorrido mental por todas las partes de la casona que había podido visitar para tratar de descifrar cómo llegar al ala sur.

Pero todos fueron interrumpidos cuando un albino de ojos rojos apareció en el pasillo, seguido muy detrás por un español fuera de sí.

-¡¿Qué cojones significa esto?! ¡Explicaos, ahora!- Inglaterra y Francia se separaron justo en el instante, procurando bajar el color de sus caras mientras componían sus atuendos para procurar dar aquella buena impresión que no habían logrado con su anfitrión. -Os juro que, si os estabais liando, yo...

-¡Ni termines esa frase, español!

Gilbert estalló en carcajadas y el sirviente aprovechó la distracción para, ahora sí, correr por el pasillo hacia su libertad, dejando al niño oji-azul con las manos vacías en el aire; un gesto que, mientras España trataba de calmar las aguas entre Arthur y Francis, el prusiano no pasó por alto.

-Und du bist...?- preguntó Gilbert, flexionando las rodillas hasta quedar a la altura de aquel ofuscado rubio.

-¿A mí? - los ojos rojos analizaron al chico con escrutinio, pasando de él a su padre, y luego de vuelta a él. -¿Qué? ¿Nunca habías visto un territorio americano o...?

-Nein. La verdad es que eres el primero que me encuentro... y vaya que saliste extremadamente parecido a Inglaterra, excepto los ojos. Según sé, el color de todos los ojos de las representaciones americanas hasta el momento han sido heredados de sus madres.

Los brazos de Alfred cayeron muertos a sus costados y el aire abandonó sus pulmones.

-¡¿Qué diablos dijiste?!- Gilbert esbozó una sonrisilla divertida, mostrando sus colmillos y dejando que su pajarito revoloteara fascinado por su cabello platino.

-Aber... del resto, te pareces por completo a tu padre. Frankreich tenía razón, a menos claro, que demuestres lo contrario. Kesse, kesse, kesse... ¡Guau! - El oji-azul tomó por el cuello de la casaca negra al prusiano y con un limpio tirón que por poco lo hace caer, lo acercó más a su cara.

-Repite lo que dijiste, bicho raro. ¿Cómo que una madre?- aguantando una rara mueca de indignación y orgullo, Gilbert revolvió el cabello del chico mientras éste perforaba la espalda de Inglaterra con su mirada.

-Du tienes potencial, Junge.

-De nuevo me oculta cosas, no me deja enterrme de cosas que tienen que ver directamente conmigo...-siseó Alfred, con los ojos cristalinos. -No tengo derechos, ni libertad ¿YY se supone que debo amarlo y verlo como padre?

Retirando las manos del chico de su casaca negra, Gilbert se incorporó, haciendo salir de aquel pequeño trance fúrico al americano.

-Mmm... mañana por la noche será el gran evento, Junge. Si quieres búscame ahí y me platicas un poco de esa chispa que titila en tus ojos. Gut?- Alfred inclinó la cabeza, un poco desconcertado por las palabras del albino. -Und si necesitas a alguien quien pueda ayudarte a entrenar esa fuerza tuya... ich bin Gilbert, representación de Prusia.

Una sonrisa se escapó por los labios del oji-azul cuando la mano extendida del germano se acercó a él... y la tomó sin pensarlo.

-Soy Alfred, representación de...

-¡COLONIAS! ¡Maldito niño!- de un tirón, Inglaterra apartó a ambos rubios y fulminó a los dos por igual. -¡No puedes hablar con ningún otro europeo a menos que sea estrictamente necesario! ¡¿No te dije eso?! ¡A la habitación, ahora!

-P-Pero... ¡padre!- y de un empujón más un azotón de puerta, el pequeño desapareció del pasillo.

-No deberías tratar a tu hijo de esa forma Inglaterra, podría ser contraproducente. Kesse, kesse, kesse...-la risa de Gilbert fue silenciada por el dolor de un dedo clavándose en su pecho y por los ojos verdes del inglés brillando en hastío y furia contenida.

-Será mejor que mantengas la boca cerrada... ¡o te la disparo!

-Vamos todos a comportarnos como gente civilizada ¡Por el amor a Dios!- el español se interpuso nuevamente entre dos rubios y los apartó con un sutil movimiento de brazo, mirando seriamente a las representaciones allí presentes. -No me hagáis des invitaros a la presentación en sociedad de mi hija mañana por la tarde ¡Que ganas no me faltan! ¡Y motivos tengo de sobra! ¿Ha quedado claro?- Francis, Gilbert y Arthur asintieron, soltando un gruñido a la vez. -Pues vale, volved a vuestros asuntos que a mí me dará un derrame en cualquier momento...

El día había pasado como un suspiroso, la institutriz miró el reflejo de María a través del espejo de la habitación y tuvo que contener la emoción llevándose una mano arrugada al pecho. Lucía hermosa bajo el sol del atardecer, aun cuando mantenía el ceño fruncido y su mirada dorada de pocos amigos mientras el sastre sujetaba más y más telas a su falda con agujas y ceñía el corsé a su, todavía en formación, cintura.

-Este vestido es ridículo- comentó la trigueña, provocándole una mueca de indignación al hombre que con tanto esmero había trabajado en sus medidas durante las dos últimas semanas. -Los huipiles son más sencillos y mucho más cómodos... en todos los sentidos.

-¡Señorita María!- exclamó la institutriz, caminando hasta quedar a la altura de la chica. -¿Qué clase de comentarios son aquellos para una dama? ¿Acaso no ha aprendido nada durante nuestras clases?- la mujer aparentemente al sastre y éste se limitó a alzar el cuello antes de colocar otra capa de tela en la falda. -Usted debe aprender a pulir su habla, señorita. Su reciente incorporación al mundo de la sociedad no la exime de ello, por el contrario, se lo exige.

La trigueña dio un leve suspiro, uno que la institutriz se convenció a sí misma de no catalogar como resoplido con tal de no regañarla; y tuvo que alzar los abrazos cuando así lo pidió el sastre, mirando a la mujer a través del espejo con una especie de súplica tras los ojos.

-Josefina, por favor no me trates de usted... es raro... y no es que no haya aprendido nada en nuestras clases, es solo que... ¡Ah!- ambason mirar la mano del sastre y éste solo alzó las cejas y, apartando la aguja del antebrazo de la chica, se limitó a contener una sonrisilla.

-Ups- murmuró, retirando una tela.

Un golpe en la puerta se hizo presente, llamando la atención de los tres y, segundos después, un par de ojos verdes esmeralda se asomaron hasta meterse por completo a la habitación y cerrar la puerta tras de sí.

-¿Cómo está mi adorada María?-canturreó el español, cargando un racimo con Múltiples flores de variedad de colores.

La mandíbula de la trigueña se desencajó y sus brazos cayeron sueltos a sus costados, provocándole un mini infarto al sastre cuando la tela que recién había ajustado se deformó bajo el peso.

-¡Papá Antonio! ¡Has vuelto!- ambas representaciones corrieron hasta encontrarse en medio de la habitación y se unieron en un enorme abrazo con besos repartidos en mejillas y en la coronilla del otro por la sorpresa de encontrarse juntos nuevamente. -H-Ha vuelto.

La institutriz volvió a posar su mano en el pecho, olvidando todo enojo o regaño; solo observando enternecida cómo padre e hija se limpiaban las lágrimas y se observaban como ese tesoro más valioso en la faz del mundo. El sastre no, por el contrario, se dejó caer sobre la pequeña banca donde María debía subirse para medir el largo de la falda y decidió darse por vencido en aquel lugarcito.

-Estas dalias son para ti, María.

-Son preciosas, papá...- el español pasó una mano por el cabello de su hija mientras ésta olía maravillada las flores, y susspiró en cuanto esos ojos dorados se posaron en él nuevamente. -Gracias.

Antonio abrió la boca para decir algo, pero un fuerte ruido se lo impidió y captó toda la atención del lugar. Al lado del espejo, el sastre recogía ya todos sus utensilios para la medición, los cortes de las telas y elaboración de vestidos.

-¡Su Señoría!- exclamó el hombre, con la respiración impaciente-Me alegra mucho encontrar por aquí y saber que pueda visitar a su amada hija luciendo lo que es el preludio de un gran vestido de gala... pero me temo que deberá Disculpame si yo me retiro por el día de hoy. Es la quinta vez que vengo tan solo a asegurar que el vestido sea perfecto y, por uno u otro motivo, su señorita simplemente No. Lo. Facilita.

El español alzó una ceja y notó la mirada de repudio que compartieron aquel sastre y María; luego tensó sus ropas, poniéndose de pie.

-Lo comprendo, yo mismo he tenido un día muy pesado, pero aún así... lo sobrellevo. Es el único comportamiento eficaz con el cual enfrentar la vida y confío en que usted concuerde conmigo ¿No es así? De lo contrario, podría disponer del vestido de mi hija para mañana en la noche sin necesidad de remunerar un trabajo que, al parecer, usted nunca quiso llevar a cabo.

Los ojos del sastre se abrieron en terror y comenzó a negar frenético con la cabeza, la Institutriz bajó la mirada en señal de respeto y María se alzó el cuello, sin entender nada de lo que dijo su padre, pero orgullosa de que le hubiera arrebatado. las palabras a ese hombre molesto.

-Vale, pues hemos llegado a un acuerdo- el sastre avanzando y volvió a colocar sus cosas en el piso. -Hija mía...

-¿Si papi? ¡Sí! ¡Sabía que volverías en cuanto leyeras mi carta!- volteó y miró a su sonriente Institutriz. -Josefina, Josefina ¡Si volvió!

-Lo sé, Señorita María.

La trigueña dio unos cuantos brinquitos y volvió a lanzarse contra los brazos de su padre, provocando que unos cuantos alfileres cayeran del vestido y que al sastre se le bajara el azúcar en la sangre.

-He venido porque mañana en la noche hemos de festejar un gran evento, cariño. – separó a su hija y pasó una de sus manos por sus cálidas mejillas. -Ya sois una S-Señorita.

-¿Te molesta, papá?

Antonio sintió sus ojos escocer y observar la forma en que aquel nuevo vestido ceñía su cuerpo... su poco a poco más curvilíneo cuerpo. " No me molesta", pensó "o detesto".

-Solo... me recuerda la inevitabilidad del tiempo, es todo. En mi mente todavía te sacas los mocos, pequeña María.

-¡Papá!- el español rio para evitar llorar y la trigueña miró a los otros presentes de la habitación, sonrojada. -E-Eso... no es cierto, papá. -la Institutriz alzó una ceja como forma de reproche y ella sintió a su rostro arder más. -Bueno ¡Pero ya no sucederá! Ahora que soy una Señorita no podrá...

-Muchas cosas, María. No podrás hacer muchas cosas: las risas cesaron y los ojos verdes se fijaron en ella, serios. – Mañana por la noche conocerás a muchas personas, mujeres que calificarán cada movimiento y palabra que ejecutar, eclesiásticos que orarán por tu buena honra y... hombres, muchos hombres que desearán que les aceptes un baile y muchos besos en tus finas manos.

María sintió que apretaba sus muñecas y fruncía su entrecejo, con su corazón lentamente acelerándose dentro de su pecho.

-Doña Josefina ha hecho la laboriosa tarea de instruirte como solo se les instruye a los nobles... pero estos hombres no provienen de las mejores cunas de Europa como tú, María. Ellos son los responsables de que esas cunas existan, casi a la misma altura que los propios reyes. Debes verte perfecta, pero seria. Prohibido tienes conversar con cualquiera sin la presencia de tus doncellas y mucho menos a solas. Prohibido que ellos bailen contigo sin mi consentimiento y prohibido que muestres afecto a los regalos que seguro te obsequiarán. Prohibido regalarles tu hermosa sonrisa fuera de vuestras presentaciones y mucho menos verlos por un largo e indecente tiempo ¿Ha quedado claro?

María parpadeó por varios segundos y entreabrió la boca, no muy segura de haber memorizado todas las reglas de a una.

-No debe preocuparse, su Señoría. Todo eso se lo sabe ya su Señorita y será el último sermón que goce antes de su entrada en sociedad.

España asintió, con la sensación de una nube pesada esfumándose de su pecho.

-Perfecto, muchas gracias Doña Josefi...

-¿Por qué, papá?- los ojos de todos se fijaron en ella, sorprendidos. -¿Por qué ahora? Nada de esto era necesario cuando era niña, entonces ¿Por qué...?

-Seguro no te lo han dicho porque yo no lo he autorizado, pero... como Señorita presentada ya en sociedad, podrás... ellos podrán... t-tú... ejem- María frunció el entrecejo y posó una de sus manos sobre las de su padre, él las miró, pequeñas y finas para su gusto, pero exactamente las adecuadas en una Señorita para el resto del mundo. – Eres elegible. Podrás casarte y formar una familia. S-Ser una esposa y cumplir con todos los deberes que ello corresponde, será el último paso antes de que te vuelvan mujer.

María apartó sus manos de un brinco y retrocedió, viendo hasta una pizca de compasión en los ojos de su sastre. Negó con la cabeza... aquello no podría ser cierto.

-¡Pero tengo doce!

-Las más apropiadas Señoritas deben casarse antes de los 16, María. Aunque, si por mí fuese, te mantendría eternamente fuera del alcance de todo esos... esos. Y no te casaría nunca- España suspiró. -Pero debes hacerlo, de lo contrario estaría condenándote por vida ante la sociedad y tu infelicidad es algo que yo no me perdonaría.

-Pero papá...

-¡Sin peros! Han venido todas las mejores casas de Europa en tu nombre ¡Algunos hasta trajeron a sus engendros! Eh, es decir... a sus herederos. Portugal en persona me ha ofrecido a su mejor colonia como prospecto a futuro marido tuyo... un tal Jão de Brasil y la verdad es que de todas las ofertas él es quien mejor parece... joven como tú, de las américas y abundante en recursos naturales... juntos vosotros dos seríais imparables, haríais a las Coronas de Portugal y España los reinos más ricos en el mundo, sin mencionar que nos unirían, en parte.

España se enderezó bien en su lugar y comenzó a pasearse por la habitación, hablando ya con la mente perdida en sus propias palabras.

-También ha venido Prusia, reino hermano del Sacro Imperio Germánico Romano. No te mentiré María, él es de mis mejores amigos y por lo mismo... le tengo prohibido acercarte a ti con motivos matrimoniales ¡Ja! Conociéndole como yo le conozco ¡Por supuesto que jamás os casaría! Pero para fortuna de nuestra amistad, Prusia solo ha venido en nombre de su hermano menor, un tal Ludwig, para proponerlo como prospecto a futuro marido. Dice que es muy pequeño aún pero que crece rápido debido a que su poder ya abarca toda Europa central.

María miró con horror a su padre mientras que la Institutriz lo miraba con ojos soñadores, después de susurrarle al sastre que continuaría con su trabajo.

-El Imperio Ruso se ha propuesto él mismo, argumentando su derecho por cercanía. Tiene territorios al noroeste de las Américas ¿Lo sabíais? Sin contar todos los otros que posee en casi toda Asia y buena parte de Europa del este. Pero no lo veo muy seguro, apenas es un chaval de ¿Qué? ¿Catorce años? ¡Por favor! Quizás cuando cumplan dieciséis consideraré con seriedad su palabra. Un niño no puede representarse a sí mismo.

El sastre tiró de María y ella no pudo ni quejarse del dolor, demasiado conmocionada estaba ya de todo lo que su padre decía. El sastre se persignó y agradeció a los cielos.

-Francia en el desayuno de hoy ha sido demasiado explícito con el porqué te quería desposar y lo he amenazado con un duelo si es que ni siquiera se atrevía a tocarte. Él queda total y rotundamente prohibido, por muy amigo mío que sea. A Inglaterra lo tuve que invitar porque es un reino europeo, sino ni de chiste se acercaba aquel gilipollas a mis costas. Por suerte no ha demostrado ninguna intención para contigo y lo agradezco, solo espero que no proponga a su hijo porque es un NO, sin objeciones. Cualquier criado bajo la corte inglesa es un niño condenado, maleducado y ambicioso de por vida... ¡Un futuro que no quiero para mi hija!

Le dio vuelta a la habitación.

-Al Imperio Otomano le envié la invitación con retraso porque no tengo interés en que el hombre que me encareció el costo de mercancías hacia las Indias se comprometa con mi hija. Sí debería agradecerle por empujarme a descubrir América... pero no con mi adoración Nueva España. Los reinos de Finlandia y Suecia pasaron de la invitación y todos los pequeños reinos de Génova e Italia hicieron lo mismo. Tampoco es que me interesen, pero eso reduce a los prospectos disponibles.

Giró para ver a su hija y alzo sus cejas al notar su cara desfigurada en terror. Se apresuró hasta ella y se inclinó hasta su altura, mirándola con compasión.

-Ya sé que es mucha información, cariño. Pero de esos hombres me encargo yo, no te preocupes. Tu solo debes lucir hermosa como siempre y no debes darle esperanzas a ninguno ¿Vale? - le dio un beso en la coronilla y caminó hacia la puerta de la habitación. -Nos vemos María, descansad bien que mañana será un día muy movido para ambos. Buenas noches.

España cerró la puerta tras de sí y María giró con la boca abierta hasta mirar a su Institutriz, luego tragó con fuerza, asustada.

-¿J-Josefina?

-¿Sí, su Señorita?

-¿Recuerda que cuando tenía un mal sueño usted me tomaba en brazos y me acurrucaba, diciéndome que solo eran pesadillas?

-Como si fuese ayer, María.

El sastre ajustó sus prendas y terminó por colocarle las piezas de joyería, la mirada de ambos adultos se iluminó y retrocedieron para observarla, embelesados.

-...pues estoy en una pesadilla- susurró la trigueña, sin nadie en la recámara que realmente la oyera.

Iba a ser un gran día, de eso no había duda...

Era el día del gran evento.

Todos en la casona amanecieron desde antes que los cenzontles cantaran y el sol saliera, en las cocinas ya se fraguaba un enorme banquete y legiones y legiones de sirvientes corrían por los salones y los pasillos, dejándolos impolutos.

En la Catedral los eclesiásticos abrían las ventanas, encendían las veladoras y tocaban las campanas, preparaban sus túnicas y escapularios, se aseguraban de disponer el mejor vino y la oblea mejor preparada, realizaban su oración matutina y cerraban sus puertas a los demás súbditos. . pues hoy la Catedral solo prestaría sus servicios para una cosa y una cosa solamente... la misa de presentación en sociedad de su señorita María Guadalupe Carreido Hernández, nueva duquesa del virreinato de la Nueva España.

Pero la pequeña, desconociendo aún que todos aquellos preparativos habían comenzado ya, abrió con lentitud sus ojitos. Las doncellas ya oreaban su habitación y alistaban sus vestidos. Una de ellas le extendió la mano y María la tomó sin pensarlo, aún con sueño. La llevaron a su buró y le extendieron un trapito húmedo para que se enjuagara su rostro antes de lavarse las manos en el recipiente de porcelana frente a ella. Una de las doncellas empezó a cepillarle el cabello mientras la otra extendía sus sábanas y hacía la cama, algo platicaban entre ellas, pero María no le prestaba atención, solo deseaba desayunar para volver a bajar al salón donde Doña Josefina le había estado enseñando los modales. ... así como cada día desde los últimos tres meses, su rutina interminable...

-Me alegra verla tan tranquila, su señorita María- la pequeña volteó, espantando un poco el sueño.

-¿Doña Josefina? ¿Qué haces aquí?

-Pues tengo la responsabilidad de velar por usted todo el día, desde el amanecer hasta que la fiesta concluya.

-...¿La fiesta?- todas las mujeres se intercambiaron miradas extrañadas y entonces el recuerdo volvió a María. -¡ES HOY!- se llevó las manos a la boca y notó que el vestido que habían sacado de su ropero no era cualquiera, era de los nuevos que le habían confeccionado para este preciso día.

-¡Por supuesto que es hoy! ¿En verdad quiere que crea que usted olvidó tan importante fecha en su vida, señorita?

El sueño se desvaneció de golpe y de repente la habitación pareció llenarse de los intensos rayos del sol, como alentándola a salir de su letargo. El corazón dentro de su pecho empezó a latir de prisa y su estómago se contrajo en un incómodo nerviosismo.

-...es hoy- susurró de nuevo.

-Tendremos un día de los más interesantes, eso sin duda- la Institutriz dio dos palmadas al aire y otras tres doncellas entraron a la habitación, seguidas del sastre que las visitó la noche pasada. -A trabajar todos, que esta señorita debe ser presentada ante sociedad como la nueva duquesa que es, para antes de las seis de esta tarde.

Cuando tocaron a la puerta y él dio el permiso de que las mucamas pasaran, ya las esperaban degustando un macaron en uno de los sillones frente a la cama. Las bellas indias se sonrojaron cuando notaron que su bata reposaba abierta intencionalmente y que su camisón finamente bordado estaba abierto también en la parte superior, por el pecho.

-Bonjour, mes brunes- les sonó, mordiendo con una sonrisa torcida otro macaron, mientras ellas terminaban de abrir todas las cortinas entre risitas y se dirigieron a su ropero para preparar su atuendo del día.

-Buenos días, Monsieur Bonnefoy- comentó tímida la mucama que rellenaba ya el plato hondo con el agua. Francis se levantó elegantemente y, colocándose detrás de ella para ponerla nerviosa, le tocó un hombro con un gesto que pareció más una caricia que una señal de que ya podía retirarse. Eso la hizo brincar -¿D-Despierto al Par. Mateo?

-Oui, belle- el francés observó cómo la morena se apresuró hacia la cama trotando y él se sentó frente al espejo para mojarse el rostro; cuando terminó, la segunda mucama lo ayudó a secarse, evitando tiernamente su mirada. -Hon, hon, hon... nunca me decepciona este servicio.

-¿Papa Francis?- siguiendo la voz, Francia halló a su petit Mattieu en la cama, talándose esos ojitos violáceos, con su cabello rubio cayendo desordenado a sus costados. - ¿Où es-tu?

- ¡Mon coeur!- exclamó el mayor, espantando a la mucama que ahora lo peinaba solo para correr a los bracitos extendidos de su colonia y envolverlo entre risas y un gran abrazo. -¿Dormiste bien, cher?

-Oui, papa- ordenándole a la mucama que le diera el peine, acomodó a su hijo entre sus piernas y comenzó a desenredar su ondulada melena; lo que se preguntó a ambas ¿Por qué un aristócrata querría ocupar sus manos en una actividad tan mundana como esa? Pero tras ver la sonrisa del niño y la forma en que sus ojitos, de por sí dulces, se relajaban más... creyeron comprender un poco el motivo. -¿Y tú, papá?

-¡Dormí de maravilla, Mattieu! Hoy es la fiesta por la que hemos venido hasta aquí. Hon, hon, hon... y por fin conoceremos a la belle fille Marie.

Las mucamas, mirándose ahora sin saber muy bien lo que hacer, hicieron un par de muecas al perder las atenciones... buenas o malas... del francés, y retomaron sus actividades normales de acomodar las prendas para ambos rubios y cambiar el agua. del plato hondo, ya sin sonrojo alguno.

-Mon amie Alfred dice conocerla très bien ¡Y Alfred está viviendo en la puerta de aquí al lado! ¿Ya te lo había dicho, papá Fran? Quizás cuando me la presente, podremos ser mejores amigos los tres.

-Quizá... oui. Aunque dijiste que el petit Alfred la describió como su mejor amiga ¿No te parece curioso, cher?- inclinando la cabeza, la Nueva Francia frunció el entrecejo, tratando de descifrar el significado de las palabras de su padre.

-Bien... es que no me conoce aún. Pero cuando lo haga, entonces ella podrá ser también mon mejor amie. Además, dijiste que a Espagne tampoco le agrada Angleterre y él es hijo d'Angleterre... un momento ¿Eso significa que a ella no le agrada Alfred en realidad?

Las risas del francés se extendieron por la habitación y las mucamas intercambiaron un par de miradas cansadas, ambas de pie al lado de los conjuntos ya listos de ropa que los rubios debían usar, pero por el que ninguno se dignaba a salir de la cama y dejar de platicar.

-No, mon corazón. Así no funcionan las amistades, ya te lo había explicado antes. Nosotros los papas no tenemos porqué influir en lo que nuestros pequeños quieran o no; aunque nosotros sí podemos permitirlo o no... al menos hasta que se vuelvan mayores.

Francia dejó de peinar a su colonia cuando éste volteó y, curioso, preguntó.

-¿Et cómo sabré si me vuelvo mayor?- el oji-azul alegremente y colocó un mechón ondulado del pequeño tras su oreja con delicadeza.

-Ese es un tema très précieux, Mattieu. Et todo comienza... con un calor intenso en tu cuerpo.

-¿Cómo que un calor intenso...?

-E-Eh... ejem... Monsieur Bonnefoy, esta humilde mucama jamás se atrevería a interrumpir su conversación, pero... se le hace tarde para su reunión privada con su Señoría, Monsieur.

-¡Bien seguro! ¡Lo había olvidado! – el francés saltó de la cama y apuró a las mucamas a que lo vistieran, mientras el pequeño rubio se estiraba para tomar un macaron y darle un mordisco. -Mattieu, tendré que dejarte solo por unas cuantas horas, debo entregar un regalo como demostración de afecto- le giñó un ojo a su pequeño, sacándole una risa. - ¿Podrás sobrevivir sin tu maravilloso papá hasta entonces?- entre risas, el niño caminando. -¡Tres bien! Te doy permiso para colarte en la habitación del fastidioso Angleterre y jugar con el petit Alfred... si puedes dejarla totalmente desordenada, mejor.

-C'est bien, papá ¿Y podría Alfred entrar aquí?

Cuando todo su atuendo quedó listo y el peinado de coleta baja se acomodó justo como a Francis le gustaba, ambos rubios fijaron la mirada, se sonrieron y asintieron contentos.

-Sí, cher. À plus!- exclamó el hombre, saliendo de la habitación con un beso volado-... Matthew.

Hoy iba a ser un gran día... no sabía muy bien porqué, pero estaba seguro.

Desde el momento en que su padre se levantó de la cama sin exigirle lo mismo, lo supo.

Él había permanecido "dormido" bajo las sábanas mientras escuchaba cómo las dos mucamas que España les había asignado, se encargaban de correr por la habitación cumpliendo las órdenes de Inglaterra en un español que daba mucho a desear; las había escuchado vistiéndolo entre prisas y regaños porque con frecuencia las pobrecitas ponían primero la prenda que no era y, al intentar corregirlo, le colocaban otra que no era más que un simple accesorio.

Varias veces Alfred tuvo que aguantarse las risas bajo las sábanas, imaginándose la clase de atuendo que le estarían vistiendo esas mucamas a su padre por desconocer que la moda inglesa, aunque similar, era diferente a la española.

Pero incluso con ese humor tan irritable desde que se levantó, Inglaterra no hizo por despertar a su hijo en ningún momento, ni siquiera dándole la orden a las sangrientas mucamas de que lo harían cuando abandonó la habitación. Si, en definitiva, iba a ser un gran día; lo confirme cuando sacó la cabeza de las sábanas y nadie más estaba en el lugar.

Sonrió y dio vueltas hasta quedar en el centro de la cama, con los brazos y las piernas extendidas en total desinterés y las cortinas aún cerradas, bañándolo en tonos rojizos gracias al sol que se colaba por ellas. Después de semanas siguiendo el estricto horario arreglado entre España y su padre, ahora podía hacer lo que quisiera durante la mañana... tal como en casa cuando Inglaterra no estaba.

Pero aquella no era su casa.

Él no podría solo caminar por ahí sin que nadie le llamara la atención y tampoco podría recorrer la ciudad a su antojo, mucho menos ir a un bosque cercano para explorar, jugar un rato o cazar ardillas. La sonrisa en su rostro se fue apagando y sus extremidades extendidas se fueron hundiendo en la cama como si de repente pesaran lo que el plomo.

Pero iba a ser un gran día ¿No? ¿Por qué tenía esa sensación de alegría en su pecho cuando lo único que podía hacer era aburrirse otro día más? Miró al techo, haciendo memoria, pero nada llegó a él. Se incorporó suspirando y caminó hacia el enorme ropero de la pared contigua a la cama, lo abrió y observó las ropas allí postradas antes de apartarlas con un fuerte golpe y avanzar hasta el fondo, allí solo lo esperaban maderas duras... pero removibles. Alfred tanteó entre la oscuridad hasta sentir aquel clavo sobrepuesto, tiró de él y el tablón de madera calló al piso del ropero sin esfuerzo, lo que le permitió ir empujando las otras cuatro tablas siguientes hasta formar un hueco perfectamente ancho para su cuerpo... así que entró, cerrando la puerta del ropero, acomodando de nuevo las prendas y "colocando" muy encima las maderas.

El sitio estaba lleno de polvo y crujía en cuanto uno se movía un centímetro, pero lo que realmente le causaba escalofríos al pequeño Alfred era saber que estaba hincado entre la total oscuridad y entre decenas de arañas observando cada uno de sus movimientos. Deseoso de salir lo más antes posible, como era siempre, tocó el otro extremo de la pared del escondite, aquella que también poseía esas tablas removibles... pero no obtuvo respuesta. El calor comenzaba a hacerse cada vez más evidente y el corazón de Alfred aceleró su ritmo, volvió a tocar, ahora con más fuerza, y del otro lado se escuchó un crujido lánguido, aquel se hacía la puerta del ropero al abrirse. Suspir aliviado, mientras escuchaba que alguien se hincaba justo opuesto a él.

-¿Alfredo? C'est toi?- susurró una dulce vocecita. El americano volteó los ojos, acercando su boca a las tablas de madera.

-¿Quién más podría ser? ¡Sácame de aquí!

-¡Oh! Bien sûr!- las maderas comenzaron a moverse y unos ojitos violáceos descubrieron entre tanta oscuridad. -¡Buen día, Alfred!

-¡Hola Mateo!

-Euh... es Matthieu , no Matt...

-¡Claro!- Alfred le dio un rápido abrazo a su amigo y después lo empujó ligeramente para que ambos pudieran salir de aquel hueco escondido, cubriéndolo con las tablas de nuevo, atravesando las prendas y abriendo las puertas para salir del ropero.

-¡Entonces!- exclamó el oji-azul, asegurándose de estar solos en aquella habitación paralela a la suya. -¿Tu papá también se fue corriendo esta mañana?

-Oui!- dijo el más pequeño de ambos, mientras se dirigía a la mesita del centro. -Dijo que debía ver a Espagne lo antes posible para ser el primero en entregarle una "démonstration d'affection"

-¿Un qué?

-Alors... como un regalo- el pequeño tomó dos macarons y le extendió uno a su amigo. - ¿Veux-tu?

-¡Gracias!- Alfred la tomó y le dio un mordisco, sentándose en el suelo mientras Matthew sacaba de un cajón varios caballitos de madera. -¡Oh, no! ¡Olvidé mis soldados!

La Nueva Francia rio y sacó un par de objetos más del cajón, luego se sentó en frente de las Trece Colonias con todos sus juguetes esparcidos entre ellos.

-¡Pas de problema! Traje los míos, Papa Fran me los obsequió el año pasado.

Alfred tomó uno de los soldados que Matthew acomodaba organizadamente en el suelo y lo inspeccionó: una casaca azul intensa con pantalones rojos llamativos y un flameante sombrero militar. Alzó una ceja y dejó al soldadito con los otros.

-Estos son graciosos. No parecen verdaderos soldados, pero funcionan.

El pequeño Matthew se sonrojó y bajó la mirada a sus juguetes. No eran como los hombrecitos en casacas rojas y sombreros negros altos que Alfred tenía, pero eran iguales de bonitos y bien hechos para él. Tomó entre sus manos a su caballo favorito, uno que había nombrado Marcel y cuya crin estaba pintada del tono dorado más brillante que jamás había visto... siempre jugaba con él, pero si sus soldados parecían más chistosos bufones que soldados, entonces.. .

-Prends-le, puedes jugar con él- le dijo al americano, extendiendo su mano con Marcel entre sus dedos.

-¡Impresionante!- Alfred tomó al caballo y lo alzó en el aire, haciendo galopar en su imaginación. -¡Vamos a jugar!

Matthew suena levemente, escogiendo a un corcel blanco que tenía cerca. Lo miró con atención y paseó sus deditos por su madera pulida, aquel se llamaría Manon. Tomó a uno de sus soldados y lo paró en el lomo de Manon, listo para presentarse ante el general que Alfred tenía, pero antes de que su soldado llegara, fue derribado por otro que el oji-azul había enviado a recibirlo.

-¡La guerra está en marcha! ¡Y tú eres la primera víctima, pequeño francés gracioso!

-¡Arrête!- exclamó Matthew desesperado, mientras veía cómo Alfred masacraba a cada uno de sus soldaditos. -¡Esta no es una guerra! ¡Iban a presentar todos! A-Arrête, s'il te plait!

El oji-azul se detuvo y alzó la vista, descubriendo a su amigo al borde de las lágrimas. Volteó los ojos y dejó caer al soldado y al caballo dorado que le habían dado, hundiendo una esquina de sus maderas sin darse cuenta.

-¡Ya no podemos jugar así!- exclamó, cruzándose sus brazos. -Hacer que los batallones se lleven siempre bien es muy aburrido.

Matthew abrió mucho sus ojitos llorosos y levantó a Marcel con sumo cuidado, pasando uno de sus dedos por la abolladura que ahora tenía su adorado corcel en su ojo derecho.

-Perdón...- susurró Nueva Francia, ojitos bien fijos en su juguete. - Perdónne moi, s'il te plaît.

-Sí, lo que sea... te perdono- respondió Alfred, levantándose para tomar otro de esos dulces macarons. Volvió a examinar la habitación y su vista paró en todos aquellos accesorios claramente franceses. Inhaló con fuerza. -Mattie... ¿No te sientes, como, raro?

El pequeño alzó su cabeza para ver al oji-azul y negado, secándose las lágrimas con una parte de su pijama, sobando aún a su caballo Marcel.

-Sí... quiero decir, tengo la sensación de que algo muy importante pasará hoy, pero no logro saber qué cosa es.

-¿Parles-tu de la fiesta de Mademoiselle Marie?

-¡¿Eh?!

-La fiesta...- repitió Matthew mientras asentaba su caballito con delicadeza. -La fiesta de Mademoiselle Marie.

Los ojos de Alfred se abrieron de par en par y llevó sus manos a su cabeza, con el corazón latiéndole a mil por hora de repente. Con razón hoy iba a ser un gran día.

-¡¿Es hoy?! NO WAY!- corrió hasta el ropero y empujó las prendas. -¡DEBO IR AHORA!- arrancó las tablas de madera y entró al hueco sin pestañear, olvidándose de la oscuridad, del polvo y de las decenas de arañas; empujando ya las otras tablas del otro lado del ropero.

-¡Alfredo! Arrête!- gritó Matthew desde muy lejos, pero aquello no detuvo al oji-azul, así que se levantó de un salto y corrió detrás de su amigo, sorprendiéndolo justo cuando terminaba de salir por el otro lado del hueco. -¡¿Por qué te vas?! ¿Que Paso? ¡No estoy molesto por lo de Marcel, lo juro!

-¿Qué? ¡NO! ¡Es hoy, Mateo! ¡No puedo quedarle mal a Mary! Además ¡Debo verla antes! ¡Decirle que sí recibió su carta!

-P-pero...

-Nos vemos en el baile.

Y las tablas de madera se cerraron, dejando al pequeño Novo-francés solo entre la oscuridad y la ropa de su ropero.

-Kesse, kesse, kesse... me veo wunderbar- murmuró Prusia antes de guiñarle el ojo a su reflejo en el espejo y salir de su habitación con la carta y la fina joyería de oro y piedras preciosas que su hermanito Ludwig había preparado para la señorita María.

Hoy era el día y, como dictaba el protocolo, todos los obsequios dedicados a la Fräulein para la fiesta debían ser entregados al padre para que él los inspeccionara y aprobara si pudieran ser recibidos por su hija o no.

Prusia caminó con el cuello muy en alto, con su amado Gilbird llenándole los oídos con música de sus silbidos. Él se dirigió orgulloso a su reunión privada con España, podía escuchar claramente las prisas con la que las personas tras las puertas del pasillo se preparaban y esbozó una media sonrisa. Nada como las estrictas prácticas y costumbres germánicas matutinas para vencer los nervios... aún si eso consistía en gritar a todo pulmón por el balcón, espantando a los transeúntes y un par de aves novohispanas.

Estaba decidido a ganarse el afecto de la Fräulein en nombre de su hermano o hundirse en deshonra si no lograba aunque fuese un ápice de su interés, pero sus pensamientos ganadores fueron interrumpidos cuando la puerta que recién había pasado se cerró fuertemente a un costado suyo. Volteó con el pecho inflado en indignación, preparado para gritarle a quien fuera que se hubiera atrevido a realizarle semejante grosería a su persona.

Cuando encaró al perpetrador, sin embargo, su mente olvidó todas las palabras y su estómago dio un tirón. Él estaba ahí, con él y en la Nueva España ¿Cómo era posible? ¿Cómo es que Spanien nunca le dijo nada?

El Imperio Ruso alzó una ceja y miró de arriba abajo a Prusia... él era un par de años más joven que el germánico, pero eso no quitaba que estuviera ya a su misma altura, tanto en estatura como en poder nobiliario gracias a su enorme extensión ya la casa de los Romanov, por supuesto.

-Privet, Prussiya- habló el albino de ojos morados antes de rodear al albino de ojos rojos y encaminarse por el mismo rumbo que se dirigió a la oficina de España.

Prusia estaba perplejo, procesando aún la imagen del joven Iván vestido en su mejor uniforme militar negro y con decoraciones en oro puro. Es que era de burla... aquel malnacido ruso podría ser fácilmente confundido con él mismo por su atuendo, si no fuera porque sus cabellos lucían un corte distinto. Se sintió desfallecer por unos segundos, en verdad no podía creer que hasta su escudo imperial y el escudo de armas de su reino fueran dos águilas negras ¡Dos águilas negras en ambos!

...es que simplemente Spanien no debió haberle permitido al Imperio Ruso llegar a la Nueva España ¿Y si la Fräulein al final se confundía y en vez de recordarlo a él y a su hermanito Ludwig como el mejor prospecto, terminaba recordando al schwachkopf ruso solo porque sus atuendos eran muy pero que muy parecidos?

Prusia apretó sus manos en puños y dio media vuelta, encaminándose de nueva cuenta hacia el despacho de Spanien... iba a escucharle, muy claramente.

El plan de Alfred era realmente sencillo, se vestiría como uno de los sirvientes que tanto rondaban por la casona, caminaría hasta la sala sur de la misma, así como había dicho aquel muchacho el día pasado y ¡BOOM! Solo debía abrir cada puerta hasta llegar a la habitación de su amiga. Genius.

Los pasillos los cruzó sin problema alguna, los jardines los bordeó sin ser descubierto para la servidumbre que iba y venía apresurada, y a la gente la engañó fácilmente con las ropas que robó del primer sirviente que sorprendió y golpeó en el cuello. Todo iba viento en popa, según el mapa mental que tenía de la casona, si doblaba por el siguiente pasillo a la derecha llegaría a la zona sur... dichoso fue cuando descubrió que, en efecto, el pasillo daba a una sola puerta bordeada por dos enormes jarrones y varios ventanales.

Aquella debía ser la puerta de la habitación de su amiga, sin duda. Algo tan lindo y oculto solo podía contener la más anhelada recompensa.

Se acercó a la puerta, ansioso, pero unos pasos se hicieron presentes por el pasillo que recién había dejado atrás y a Alfred no le dio más tiempo que remover las cortinas y esconderse tras ellas, escuchando cómo unas duras botas frenaban frente aquella puerta. Asomó un poco su ojo para calmar su curiosidad y un joven hombre de traje negro y cabello impresionantemente blanco estaba allí de pie, estoico.

¿Pero qué rayos hacia él frente a la habitación de su amiga?

Luego la puerta se abrió y el joven hombre dio un ligero brinco, pero en vez de salir su querida Mary, de allí salió aquel francés a quien su amigo Matthew llamaba "Papa Fran", Alfred se rascó la cabeza, no muy seguro de haber llegado al sitio correcto.

Algo murmuró el francés al joven hombre y se retiró con una sonrisa soñadora y ojos llenos de gozo puro. Alfred frunció el entrecejo, what on earth was happening there?

El joven llamó a la puerta una vez y aguardó... nada. Dos veces, esperó... y nada tampoco. Tres veces... y de repente la puerta se abrió de golpe, sacándole un brinco al pobre Alfred mientras que otro hombre de traje negro y cabello blanco llegaba con el ceño fruncido por el pasillo.

Lo que Alfred escuchó a continuación no le daba ninguna pista sobre dónde encontrar a su amiga, pero le confirmaba que aquella puerta no era la indicada y que, sin dudas, conseguiría algo con qué llegar a la fiesta de esa noche.

Antonio quería decirle que no a TODOS, que fácilmente podrían regresar a sus barcos y marcharse a joder en otra parte. Pero borró su mente de todos aquellos pensamientos mientras le daba un sorbo a su té y asentía a lo que fuere que Inglaterra le decía. Llevaba más de cinco minutos viéndolo mover su boca y efectuar ademanes muy elegantemente, pero en realidad no había captado ni una pizca de lo que el inglés trataba de comunicarle.

...como si con el sermón de Portugal antes no hubiera sido suficiente.

-...y es por ello que deseo expresar mis mejores intenciones para con Lady Mary a través de este obsequio que representa la más fina muestra de mi afecto puro.

Hasta que Inglaterra dijo eso.

Los ojos se Antonio se clavaron en la cajita que el inglés había posado en la mesita entre ellos y luego analizó el rostro del cejudo, buscando alguna muestra que delatara sus dobles intensiones... sin encontrar más que aquella sonrisa encantadora con la que compraba a media nobleza y camuflaba su segunda vida como despreciable pirata en los mares.

-Abridlo, debo ver el obsequio.

Con un tick en el ojo que casi pasó por alto por el español, Inglaterra ignoró el tono de la orden (y el simple hecho de que haya sido una orden) y abrió la cajita, revelando un divino collar que Antonio solo había visto entre los reyes y reinas de aquella fría y lejana isla. Alzó una ceja para disimular su asombro y dejó caer su taza sobre sus piernas.

-¿En serio? ¿Un collar elaborado con mi oro, perlas y diamantes robados en el Caribe?

Un gusto nació en el pecho de España cuando el rostro de Inglaterra dejó de fingir apariencias y se deformó en uno de completa indignación.

-¡¿Cómo te atreves a...?! ¡Esta magnífica joya ha pertenecido a la familia real desde hace siglos!

-Vale...- Antonio le dio un sorbo a su té y aguantó una risa. -Pues luce intrascendente ante mis ojos. Un objeto indigno para mi hija, en otras palabras: la cara del inglés estaba más roja que un jitomate y sus manos comenzaban a temblar en furia. -Muchas gracias, pero no lo apruebo. Ya puedes retirarte, Inglaterra, que debo recibiros todos vosotros antes del mediodía...

Inglaterra cerró la cajita con un golpe seco y la guardó en su casaca con un solo movimiento, mirando a España con ganas de matarle.

-Estoy dispuesto a creer, España... que el rechazo de mi obsequio haya sido pensado convenientemente y no como resultado del orgullo o el poder. Porque los océanos suben y los imperios caen, dándoles el momento justo.

Antonio se inclinó hacia el rubio y entrecerró los ojos, murmurando en voz grave.

-¿Es que acaso debo tomar tus palabras como amenaza, Inglaterra?

-Por supuesto que no. Son tan solo reflejo de la cruda realidad que gobierna nuestro mundo.

Ambos hombres se pusieron de pie con un solo golpe del tacón, dejaron sus tazas en la mesita y se fulminaron mutuamente con la mirada.

-Pues aquí otra cruda realidad, ni vos ni tu hijo podrán obsequiarle objeto alguno a mi hija y mucho menos acercársele bajo mi tutela ¿Ha quedado claro?

-Juro por el rey que esta magna ofensa jamás será olvidada, España- Inglaterra tomó su sombrero de copa alta y caminó hasta la puerta, donde un sirviente lo esperaba para abrirle el paso. -Espero que lo recuerdes toda la vida, en cuanto tus recursos se agoten y supliques piedad entre el barro y la sangre...

-¡¿C-Cómo osas?! ¡Salí de aquí! ¡LARGAOS, AHORA!

Pero antes que España terminara sus gritos, Inglaterra mismo azotó la puerta tras de sí al salir.

-¡ARGH! ¡Maldito cejudo!- azotó sus puños sobre la mesita y lazó la taza del rubio, haciéndola estallar en millas de pedazos contra la pared del fondo de su oficina.

Los sirvientes presentes dieron un brinco y se apresuraron a limpiar el piso.

-¡Podría des invitarlo ahora mismo!... lástima que una provocación de tal magnitud llevaría a una guerra... ¡ITZEL!

-¿S-Si, mi Señoría?- brincó la sirvienta, llegando hasta el lado de su amo en menos de un segundo.

-Id por otra taza y más té a las cocinas ¡Inmediatamente!

-P-Por supuesto, mi Señoría.

España se dejó caer en su asiento con un suspiro, masajeándose las cienes para procurar calmarse. Mientras la sirvienta apresuró su paso para salir de la oficina y cumplir sus órdenes lo más rápido posible, dejando pasar sin haberlo notado, a otro rubio de coleta baja.

-Mon cher ami Espagne!... ¿Estresado tan temprano por la mañana?

-Dios nuestro que estas en los cielos- susurró Antonio con los ojos cerrados al techo mientras Francis se sentaba en el lugar donde Inglaterra había estado. -¿Qué os he hecho a ti ya tu reino para merecer un trato tan cruel?

-...matar a las madres de tus hijos, tal vez.

La risa del francés se expande por toda la oficina y Antonio poco a poco bajó los ojos hacia su vecino, ya con ganas de patearlo fuera.

-Has venido a entregar tu obsequio ¿No es así?

-¡Bien sûr!- exclamó Francis, presumiendo una caja finamente elaborada en sus piernas, con una gran sonrisa. -Permíteme platicar sobre esto que tengo aquí...

-¡Ponedlo en la mesa y salid de aquí!- la boca del rubio se abrió de golpe y alzó una ceja. -¡Acepto tu obsequio sin más! ¡Solo déjame solo! No estoy en condiciones de soportar tus sermones, Francis.

-¿Est-tu sérieux, Antoine?

-¡SI! Por todos los cielos ¡Si te acepta como prospecto! ¡Ahora FUERA!

El rubio se llevó ambas manos al pecho y sonriendo, depositando su caja en la mesa más larga que esperaba con un solo regalo no muy lejos de ahí. Se limpió una lágrima inexistente y murmuró con los ojos llenos de brillo.

-Eres un gran ami, Espagne... y hoy toca abofetear a Angleterre como forma de expresarle mi más puro agradecimiento. ¡Adiós, cariño!

Y partió de la oficina, dejando al español con un fuerte dolor de cabeza.

Al salir, Francia se topó con un joven albino de ojos morados, pero no le prestó mucha atención, solo le dio un par de palmaditas en uno de sus hombros y susurró.

-Puedes pasar... Espagne no podría estar de mejor humor- y continuó su camino.

El Imperio Ruso, sumamente confundido, llamó a la puerta y esperó por una respuesta... que no llegó. Se esperó unos segundos y volvió a tocar, escuchando un fuerte ruido desde dentro; Esperó para que le abrieran, pero nadie lo hizo... así que llamó por tercera vez y en cuanto sus nudillos se apartaron de la puerta, unos ojos verdes furiosos aparecieron de la nada.

-¡¿Sois otro jodido prospecto?! ¡Qué maravilla! Ahora deja de tocarme las pelotas y ¡Pasad a poner vuestros obsequios!- España salió de su oficina y gritó hacia el pasillo, por donde un segundo albino de ojos rojos recién apareció. -¡TODOS QUIENES ESTÁIS AQUÍ PRESENTES SOIS ACEPTADOS COMO PROSPECTOS A FUTUROS MARIDOS PARA MI HIJA MARÍA, OS LO JURO POR DIOS Y POR EL REY! ¡Ahora yo me largo de aquí!

Antonio azotó la puerta, dejándola abierta, y abandonó el pasillo con zancadas limpias.

Dejando al Imperio Ruso, a Prusia como representante de Ludwig ya una cierta personita que se encontró escondida tras las cortinas, con una oportunidad única...

La oportunidad de pedirle la mano en un futuro a la Señorita María de forma legítima y jurado ante el Rey y el mismísimo Dios.