Las campanas de la Catedral resonaron en júbilo, orgullosas de haber pronunciado a una nueva duquesa ante toda la sociedad novohispana antes de que el sol se escondiese. Muchos de los ahí presentes se maravillaron con cada palabra que pronunció el Padre José y toleraron gustosos las casi tres horas que soportaron la misa. Se persignaron tras abandonar el sagrado reciente y se juntaron con sus respectivos conocidos para caminar en sincronía hacia la enorme casona.

Tan solo caminaron hasta la esquina de la cuadra perpendicular a la Catedral para ser recibidos elocuentemente por la Institutriz, cuyo objetivo de verificar la lista de invitados era esencial. En cuanto llegaron las primeras mujeres peninsulares y criollas, la servidumbre cumplió las órdenes de señalar el camino hacia el Gran Salón, ataviados con las mejores prendas que usarían jamás en sus vidas.

El mismo chico moreno que había entregado la caja de bombones al señor Bonnefoy, inclinaba la cabeza en respeto cuando la nobleza y el alto clero pasaba embelesado por el jardín principal. Una especie de orgullo llenó al muchacho al saber que su lugar de eterno trabajo estaba decorado con tan exquisitos acabados de mármol, caoba y oro, que hasta el propio Virrey encarnó una ceja al pasar por la puerta.

Los Grandes Señores y sus esposas lucían pulcros atuendos de finas telas, sorbias en color y entalladas para perfecta presentación. Algo nunca entendería el muchacho era la obsesión que tenía la alta sociedad con las pelucas cortas acabadas en un bucle que cubrían la parte posterior del cuello, fueronsen negras, cubiertas en polvos grises o blancas... como fuesen, parecían totalmente incómodas de llevar, si no fuera porque cada uno de los hombres que pasó de largo al muchacho se alzó el cuello altivo, haciendo lucir también sus sombreros de 3 picos de ala acababa en trencilla con un botón o una joya en el pico izquierdo.

El muchacho bajó la mirada totalmente y lanzó un suspiro casi imperceptible, imaginándose cómo tendría que ser la vida para vestir casacas de lino bordadas con hilos de plata u oro, chalecos y zapatos altos. Fue entonces que una mano fría y blanca se posó en su barbilla para alzarla y él sacó los ojos con sorpresa cuando el Monsieur Bonnefoy le escuchó sonriendo y murmuró algo que sonó "avec style", retirando su mano con una sonrisa y retomando su camino al Abuela. Salón junto al pequeño rubio de ojos violetas... una versión mini del propio Monsieur Bonnefoy.

El muchacho se estremeció, pero no se inmutó, siguió indicándole el camino a los invitados con un gesto de mano hasta que al final no quedó ninguno otro. Cuando los tacones dejaron de sonar, alzó la vista, descubriendo que doña Josefina avanzaba estoica hacia él.

-Ya están por llegar su Señoría y su Señorita. Avisa a los guardias del Salón para que preparen el anuncio de la nueva duquesa... ¡Oh! Y recuérdales a los músicos que no deben tocar más que melodías españolas. ¿Quedó claro? Ve, muchacho.

El moreno avanzaba y trotó por el pasillo hasta llegar a aquellas enormes puertas dobles, donde un par de uniformados le cerraron el paso.

-Tengo órdenes explícitas de la Institutriz de esta casona para entrar al Salón y decirles a ustedes que deben preparar al hombre que anunciará la entrada de su Señorita María, no tardará- los ojos de los guardias se abrieron y uno rompió su postura firme para inclinarse. hacia el muchacho.

-¿Estás seguro de que ya viene? Es muy pronto.

-Pues... supongo que si lo dijo Doña Josefina es por algo.

-Vale, es cierto. Puedes usar las puertas laterales, toda la servidumbre tiene prohibida la entrada por aquí.

El muchacho avanzaba y caminó hasta el pasillo oculto que solían usar ellos y sus compañeros. A diferencia de los pasillos principales, éste estaba a reventar de gente yendo y viniendo, algunos cargaban bandejas de oro con copas llenas de vinos añejos, otros sujetaban platillos con bocadillos varios y unos cuantos más con pequeños postres. El calor era esperable pero agobiante y, a cada paso que daba el muchacho hacia una de las puertas laterales del Gran Salón, la música barroca se intensificaba nota por nota.

Cuando llegó, la vista lo deslumbró. Enormes candelabros de cristal colgaban del alto techo, haciendo brillar las decoraciones de las alargadas paredes con sus cientos de velas. Las mesas estaban cubiertas con una tela tan fina que parecía que cortaría a la persona que osase sentarse incorrectamente como para chocar con ella. Los centros de mesa eran delicadas rosas blancas y hermosas peonias de una rosa tan claro y dulce que robaban el aliento. La pista de baile estaba repleta con gente conversando, bebiendo a sorbitos el vino y degustando los bocadillos, pero nadie bailaba aún, no era correcto aún, sin importar que los músicos de la tarima paresen los tonos ligeros y dorados del salón al tocar aquellas melodías. . españolas tal y como la Institutriz había pedido.

El muchacho alarmante casi como toda la nobleza ahí reunida sonreía mientras charlaba... sus órdenes habían sido cumplidas.

-Parece un sueño ¿No?- le murmuró una compañera de la servidumbre al oído, aún sin salir por completo de la puerta oculta.

-Vaya que si... hicieron un magnífico trabajo con la decoración.

-No es nada, lo único que deseamos todas es que a su Señorita María le encante tanto como a nosotras- rio la chica con ojos llenos de esperanza. -Ten esta charola, te tocarán los vinos.

El muchacho ascendió y planchó su saco antes de alzar la bandeja con una mano y esconder la otra tras la espalda.

-Suerte- susurró su compañera antes de desaparecer nuevamente por el pasillo.

Abriendo paso entre los vestidos anchos de las caderas y entallados en la cintura de las damas y entre las casacas y algunos bastones de los caballeros, el muchacho fue ofreciendo su servicio con seriedad y mirada fijamente al piso. No fue hasta que un cosquilleo en su nuca lo obligó a levantar sus ojos, que se dio cuenta entre quiénes específicamente había dejado a parar. Aquellos no eran los peninsulares ni la élite criolla... eran los invitados extranjeros, fácilmente diferenciables por sus peculiares atuendos, cada uno correspondiente a la más alta moda de sus respectivos reinos.

El muchacho extendió su brazo y carraspeó ligeramente para que lo notasen, siempre mirando expresamente hacia el piso.

-¡Vino! Danke, joven- exclamó aquel albino de ojos rojos, tomando una de las copas llenas y dejando en su lugar una vacía.

-Hon, hon, hon... tú otra vez, beau indien- un escalofrío recorrió la columna del muchacho y dio un paso instintivo hacia atrás, pero por suerte el francés solo se limitó a intercambiar su copa de vino y sonreírle al pobre moreno. . , retomando su conversación con Prusia.

El muchacho no pudo evitar exhalar en alivio, planeando alejarse lo más rápido posible sin aparecer prisas, pero tan solo cinco pasos después unos ojitos violetas se plantaron frente a él, deteniéndolo.

-Buenos días, señor. J'ai soif- dijo el pequeño, paseando sus deditos por su garganta y curvando sus cejas. - J'ai soif.

-Este... perdóneme pequeño, pero no le entiendo- el niñito volvió a tocar su garganta y luego señaló su bandeja con ojos sedientos. -¡Oh! Quieres beber algo...- murmuró el muchacho para sí mismo, antes de arrodillarse hasta llegar a la altura del rubiecito. -Esto de aquí es vino, pequeño. No puedo dárselo, solo los adultos toman vino.

El niño frunció el entrecejo y negoció con la cabeza, volviendo a pasar los dedos por su garganta sin darse cuenta.

-Je ne vous comprends pas.

-¿Eh?

El niño volvió a negar.

-Je ne vous comprends pas.

-Ay, perdóneme, pero no le entiendo.

El muchacho suspir y mir alrededor, tratando de encontrar a algn colega que pudiera ayudarlo e ir a las cocinas por un vaso de agua para el pequeño... Sin encontrar a nadie.

-Mire- murmuró el moreno. -Si me espera tanto podré regresar con algo que usted sí pueda tomar ¿Está bien? Lo más probable es que tarde, pero volveré con agua.

El niño negó de nuevo y alzó los hombros, ya con lagrimitas acumulándose en sus ojos.

-Perdón, pero je ne vous comprends pas.

El moreno se incorporó y llevó la mano de su espalda a su frente, tallándola mientras ideaba algo rápido para que el pequeño no llorara, pero no se le ocurrió nada... porque ir con su padre era un NO rotundo. Ya no soportaría otra caricia y mirada lasciva de aquel francés, en especial si podía evitarlo.

- Kxe, kxe - carraspeó una voz a su lado. Cuando volteó, un joven albino de ojos morados lo miró serio y el muchacho del servicio sintió otro escalofrío. -¿Qué ha hecho para incomodar a la Nueva Francia?

-¿Q-Qué? ¡No, n-no mi Señor! No he hecho nada para incomodar a la... ¿Nueva Francia? ¿Es ese su nombre?

El ruso entrecerró sus ojos y se inclinó hacia Matthew, entregándole uno de sus pañuelos para que pudiera secar sus ojitos acuosos.

- ¿Vous êtes bien?- preguntó el ruso con marcado acento.

-Non, j'ai soif- repitió el pequeño, devolviendo el pañuelo con una tímida sonrisa.

El Imperio Ruso ascendió y se levantó, sujetando en sus manos la bandeja del moreno, cuyos ojos casi se salen de sus cuencas por el asombro.

-Vaya por un vaso de agua para la Nueva Francia, tiene sed. Yo guardaré aquí con sus cosas para asegurarme de que regrese en la brevedad posible ¿Da?

Mudo, el muchacho solo pudo asentir antes de apresurarse hacia el pasillo y desaparecer del salón. Iván suspir y sinti cmo tiraban de su casaca negra. Cuando bajó la mirada, Matthew ya lo veía sonriente.

-Merci.

Apunto estuvo de devolverle el gesto al niño cuando unos fuertes golpes resonaron en el Gran Salón desde las puertas de entrada, silenciando a todos y todas. Entonces un elegante hombre con bastón se posó en el centro y exclamó.

-Damas y caballeros, el Ducado Carreido se enorgullece en presentar a su nueva Señorita en sociedad, la recién formalizada Duquesa María Guadalupe Carreido Hernández, joya de la corona Novohispana.

Los murmullos y la excitación recorrieron el lugar, haciendo que las mujeres detuvieran sus movimientos elegantes de abanicos y que lo hombres se irguieran ansiosos. Todos los ojos se fijaron en la entrada mientras las puertas se abrían paso para revelar a la criatura más hermosa que Iván hubiera visto jamás... a la Nueva España.

Durante la misa María había tenido que permanecer cubierta de pies a cabeza con un manto blanco, pero ahora, como nueva integrante de la sociedad, podía mostrarse completamente al mundo.

Su vestido combinaba perfectamente con los colores del Gran Salón, compuesto por múltiples capas de fino lino y accesorios de oro puro. El miriñaque bajo la falda ensanchaba sus caderas y el estayer acentuaba tanto su cintura que varios nobles fruncieron sus labios en envidia al compararse con tan delicada y curvilínea figura. Las elegantes manos de la Nueva España permanecían obedientemente entrelazadas sobre su toroso y la sonrisa de la señorita derritió el corazón de más de un caballero. Su cabello oscuro exquisitamente peinado en complicados bucles y altos tiros hacia innecesario el uso de peluca y sus ojos dorados miraban con el brillo de cien soles.

Casi todos los presentes perdieron la noción del tiempo y se embelesaron con su hija, algo que provocó náuseas y orgullo por igual en las entradas del español. Así que extendió su brazo para que María lo tomara y comenzó a caminar con ella hacia el centro del salón. Poco a poco la gente recobró el sentido de sí mismos y los aplausos no tardaron en resonar vigorosos por toda la casona, poniendo más nerviosa a María sin querer queriendo.

El muchacho de la servidumbre regresó al lado del Imperio Ruso y la Nueva Francia con el vaso de agua prometido, pero cuando hizo por entregar la bebida y recuperar su bandeja, ninguno de los dos reaccionó, pues ambos memorizaban con fuego a la duquesa en sus mentes.

-Est-elle un ange?- susurró el pequeño con la boca abierta tras tirar de la casaca del ruso.

-Da. Ella es...- respondió Iván con un sonrojo, admirando la forma en que María se movía por la pista, como si fuera hecha de alguna especie de nube. Parecía celestial, parecía... -Angélico.

-El primer baile de la duquesa con su padre, el duque Carreido ¡Comienza! - volvió a exclamar el hombre de la entrada.

María y Antonio se colocaron frente a frente. Ella bajó la cabeza, se inclinó sobre sus talones y levantó las capas externas de su falda en forma de referencia; su padre se sintió orgulloso y devolvió el gesto colocando una mano en su torso y otra en su espalda antes de inclinarse también. Luego los violines empezaron su grácil canto y ambos se juntaron para comenzar el baile.

Supuestamente sería un serio ir y venir sobre el mármol ceremonioso, pero resultó ser un poco sentimental, con gozo y nerviosismo en cada una de las vueltas de María y con tristeza y temor en cada paso del español. Donde la confianza aumentaba en la señorita, pero disminuía en su Señoría. Para ella se trataba de un momento único compartido con su padre, su único familiar con vida, para él el último instante previo a que los lobos bajasen. Todo lo que notaba María eran las borrosas sombras de las velas detrás de esos intensos ojos verdes... todo lo que notaba él, eran las borrosas sombras de los rostros anhelantes tras esa inocente mirada de oro.

Y acabó... tan pronto como empezó.

La gente volvió a estallar en aplausos y elogios, ensanchando la sonrisa en la cara de María. España carraspeó para contener un par de lágrimas y sonó ligeramente su nariz, impidiendo ver a su pequeña... por siempre pequeña, hija.

-¿Qué tienes papito? ¿Hice algo mal?- susurró la trigueña cerca de su brazo, buscando sus ojos.

El español inhaló profundamente y alzó su cuello, sonriente.

-No cariño- dijo acariciándole la mejilla. -Estuviste perfecto.

Nueva España agrandó su sonrisa.

-Ejem... ¿Espanha?- habló una voz masculina tras Antonio y éste se volteó, ahora serio. -Prometiste otorgarme el segundo baile.

María sacó el cuello de detrás de su padre para poder tener una mejor vista de la persona con la que bailaría y descubrió a un hombre de la misma edad que España, con los ojos iguales de verdes y cabello igual de castaño, pero un poco rizado. . y ligeramente revuelto en una coleta bajo la peluca. Su piel era un poquito más bronceada que la de su padre y su casaca era de un esmeralda intenso con detalles en rojo, sin mencionar el evidente lunar debajo de su ojo derecho.

-...Portugal- murmuró el español con la mirada calculadora. -Por supuesto, te concedió el segundo baile.

Volteó hacia su hija, le plantó un beso en el dorso de su mano derecha y partió hacia la mesa principal, la más larga y con el mejor centro de mesa, solo para tomar de su vino y soldar sus ojos a donde fuera que su hija. . se encontrase.

-Boa noite senhorita- dijo el castaño antes de hacer la reverencia y ofrecer su brazo.

-Buenas noches- respondió tímida.

Ambos se juntaron y empezaron el baile bajo la atenta mirada del español a la distancia.

-Presumido...- siseó el francés al llegar al lado de su hijo, del Imperio Ruso y del muchacho del servicio que aún extendía su mano con el vaso de agua para el pequeño. -Cette Portugal compró el segundo baile de la Jolie Marie... idiota- cuando se detuvo, notó la escena de los tres jóvenes y alzó las cejas. -¿Pero qué ocurrió aquí?

Los tres brincaron por la aparición arrepentida y el muchacho quiso volverse invisible en ese mismo instante.

-Nueva Francia tenía sed- dijo el ruso, quitándole el vaso al moreno y entregándoselo al pequeño rubio, quien bebió contento y abrazó una de las piernas de su padre. -Permiso.

Luego le devolvió la bandeja con vinos al muchacho y éste no tardó ni dos segundos en desaparecer entre la gente.

-Arrêtez, Russie- el francés colocó una de sus manos en el hombro del albino y susspiró soñador. -¿Qué opinas de la Madeimoselle Marie? Preciosa, ¿no?

-Da, muy hermosa.

-Me alegre que reconozcas la belleza... de mi futura esposa.

El Imperio Ruso se apartó con un tirón del francés y lo miró frunciendo el entrecejo.

-No te casarás con ella, Ispaniya jamás lo permitiría.

-Hon, hon, hon... pues eso ya lo veremos, Russie- mirado de arriba abajo al albino, Francia tomó la mano de su colonia y tiró de ella. -¡Allons, Matthieu!

-Oui, papá- dijo el pequeño mientras se lo llevaban entre la multitud y agitaba su manita hacia el ruso. – ¡Adiós, Rusia!

No quería admitirlo porque la velada apenas empezaba, pero ya estaba cansada. La misa había durado tres horas desde las seis de la tarde y el baile en su casa ya llevaba hasta el momento otras dos. Tenía sueño, nunca se había dormido más tarde que las ocho y media y nadie la había preparado para tal hazaña.

La hicieron girar nuevamente y la sonrisa de aquel rubio llamado Francis se extendiendo de oreja a oreja cuando ella se acercó a algo que ni escuchó por el cansancio y el desdén. Todos los hombres con los que había bailado hasta el momento se habían empecinado en hacerle conversación.

Primero aquel João de Portugal, cuyo único objetivo era presumirle de las grandiosas maravillas de su colonia en las Américas, un tal Brasil; luego el marqués Carvajal, quien no tardó en alardear sobre sí mismo y de las Múltiples riquezas que poseía en Guanajuato y Querétaro gracias a la explotación minera; después pidió un baile el "asombroso Prusia", como él mismo se presentó, y empezó a platicarle sobre su vida en su maravilloso reino, así como sobre su hermanito, un pequeño rubio de ojos azules fríos dueño de casi toda Europa central... ¿Cómo si aquello le interesara a María? El único curioso de aquel albino, admitió María, eran sus ojos rojos.

El duque Alméndarez le siguió y después el propio Virrey pidió un baile. Ella los ayudó a todos educadamente, hasta que aquel francés llegó y comenzó a verla como si fuese alguna especie de fruta exótica. María ya quería irse de la pista, ya no soportaba los pies ni la atención masculina. Lo único que deseaba era robar un par de los chocolatitos en la mesa principal y quizás escaparse al balcón por unos momentos, anhelaba sentarse y patear ese feo calzado de tacón que ampollas le había sacado y aflojar el estayer lo suficiente como para volver a respirar con normalidad. Deseaba descansar sus piernas del peso del miriñaque y deshacer su peinado estrafalario para regresar a sus trencitas.

Quería alejarse de tanto adulto soberbio e interesado o presumido, ignorar las miradas juiciosas de las mujeres nobles y sus cuchicheos, perderlos a todos de vista y esconderse entre el bosque hasta toparse con el único pequeño de ojos azules a quien si ansiaba ver: a su mejor amigo, su único amigo.

Pero ¿Lo seguía siendo? Nunca respondió su carta, nunca envió a un mensajero y tampoco vislumbró su pelo antigravedad en el Gran Salón. Quizás era hora de aceptarlo ya y de una buena vez por todas... ser niña había quedado atrás, ahora quedaba sonreírles a los adultos con los que bailaba y entrenaba con Doña Josefina para ser una buena esposa del hombre con quien su padre escogiese para unirla en sagrado matrimonio.

Nada de volver a ser la damisela en peligro entre las cuevas del desierto, nada de brindar niño bajo la lluvia, nada de explorar praderas ni trepar árboles... nada de reencontrarse con Alfred, con un.

-Me alegra mucho, chérie- murmuró el francés con una sonrisa torcida, sacando a María de sus pensamientos. -Ansío ya el momento de nuestro segundo baile, belle Madeimoselle.

Dándole un beso en el dorso de su mano, Francia se fue y María se limpió con discreción la saliva que dejó en su piel. No podía rodarle los ojos, pero se moría por hacerlo. Suspensó y pronto descubrió que era la única sin pareja en medio de la pista de baile, así que avanzó un par de pasos para salir de ella, pero un joven le cerró el paso.

Él era nada como algo que ella había visto antes y eso la dejó sin aliento por unos segundos, luego la reverenciaron y no pudo ocultar una sonrisita. Una sensación ligeramente incómoda se empezó a formar en sus entrañas y de la nada las ganas de comer dulce la invadieron.

Quizás con él si bailaría gustosa.

Sabía que lo matarían y fallecería en el medio del Gran Salón entre voluptuosos vestidos y elegantes casacas relamidas. Sabía que su padre lo sancionaría y le castigaría de la peor manera posible que un niño pudiera imaginarse... no tenía claro si eso sucedería ahí mismo o de regreso en Nueva York, pero era más que seguro que ocurriría. Tenía más que claro que su impecable y cuidosamente confeccionado traje, ahora manchado con barro y lodo, sería motivo suficiente como para encerrarlo en su habitación por meses e incluso prohibirlo de toda comida o bebida.

Pero no importaba, es más... valía toda la pena.

Corrió por los pasillos de la casona como una sombra deslizándose entre la noche, despistó guardias, serpenteó a la servidumbre y usando las columnas y los arcos como escondite. Todo con el mayor cuidado de que el agua dentro del jarrón que llevaba en brazos no se derramara ni por un milímetro.

Bajó la vista con la respiración alterada y el cabello totalmente desgreñado para asegurarse de que su regalo se encuentre en perfectas condiciones, sonriente y tranquilo como siempre... y así era.

-¡SÍ!- murmuró y retomó su camino por el pasillo hacia las enormes puertas del Gran Salón.

Habían pasado ya Portugal, un hombre apellidado Carvajal, Prusia, un sujeto Alméndarez, el Virrey y hasta el mismísimo Francis (con España a menos de un metro de distancia)... pero él aún no bailaba con ella. Inglaterra se quitó en su asiento y se acomodó mejor su sombrero, nerviosa.

No sabía cómo reaccionaría el español en cuanto lo viera tomar a su hija en brazos y la dirigiera entre vueltas y ligeros pasos por la pista de baile. Aunque aquello era algo que Antonio no le había prohibido ¿O sí? Tomó su copa y dio otro sorbo, haciendo una mueca al degustar vino y no un whisky... aunque fuese escocés.

-Está bien, Alfredo. Aquí voy- murmuró hacia la silla a su costado, sin darse cuenta de que llevaba vacía desde antes que Lady María entrara al salón.

Se encaminó hasta la delicada señorita e irritante, relajando su postura. Abró la boca para hacerse saber y empezó a extender su brazo cuando de la nada un joven de casaca negra y ojos violetas se detuvo firme al lado de María. Apretó su mano en un puño cuando notó el ligero sonrojo en las mejillas de la Lady y la curvatura de sus labios hacia arriba.

-Privet, Nueva España- habló el albino, besando el dorso de la trigueña. -¿Podrías bendecirme con un baile tuyo?

María rio con el sonrojo expandiéndose más por sus mejillas, era la primera vez que le ocurría.

-Eh... por su puesto ¿Señor...?

-Conde Ivan Braginski, representación del Imperio Ruso, a su servicio.

Ambos jóvenes hicieron las reverencias correspondientes y tan pronto como la mano pálida del albino se posó en la espalda de la trigueña, las puertas del Gran Salón de abiertas de golpe, con los dos soldados que la flaqueaban agitados tratando de detener a un rubio entre la multitud.

-MARY!- gritó el rubio, escandalizando a todos los ahí presentes, que interrumpieron sus bailes y se apartaron del camino, creando sin querer una vía que llevaba directamente a la nueva duquesa -I've got your gift, Mary!

Ahí estaba ella, rodeada de hombres elegantes y con los ojos redondos de la sorpresa, envuelta en un precioso vestido rosa, blanco y dorado, con el cabello más chistoso que Alfred jamás hubiera visto y con el sonrojo más dulce colorando su rostro ¿Pero lo ¿mejor?... mirándolo solo a él.

-A-Alfred...- susurró María sin poder creer sus propias palabras. -Estás aquí.

-¡Y tengo un regalo para ti! Como dijo España.

Trotó hacia ella y con cada paso su corazón brincó de júbilo puro. Se detuvo hasta llegar a su lado y se extrañó un poco cuando tuvo que alzar la vista para mirarla directamente a los ojos, pero lo ignoró en cuanto sintió aquellos orbes dorados sobre él.

-¡Aquí!- le entregó el jarrón con un rápido movimiento, provocando que algo del agua se saliera y que varios nobles se escandalizaran cuando mojó parte del vestido de la duquesa. -Realmente espero que les guste.

Los labios de María se alzaron un poco por las comisuras inconscientemente, su mente no podía terminar de procesar que su amigo estuviera en su fiesta de presentación en sociedad, que estuviera tan elegantemente vestido y aún así lleno de barro y lodo; que estaría rebosante en felicidad por verla y que, encima, le hubiera traído un regalo.

Bajó la vista hacia el jarrón que Alfred le entregó y su sonrisa tembló al agrandarse. Silenció su grito con una mano y varios otros nobles gritaron en horror, alterando al resto... pero ella no estaba asustada ni mucho menos, estaba extasiada y conmovida hasta los huesos. Dentro del jarrón, cubierto en agua cristalina y acompañado con un par de plantitas, musgo y troncos enmohecidos, posaba sonriente y tranquilo un ajolote rosado, como aquellos que recordaba tener cerca de un arrollo en casa cuando aún era muy, pero que muy pequeña. Era un animalito que cundía sus primeras memorias y que no había vuelto a ver hasta ese mismo instante, sin saber bien porqué, de una época que nada parecía a las actuales calles de la Capital de la Nueva España.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas y su sonrisa crecía de oreja a oreja, simplemente no podía creer que aquello fuera real.

-Lo recuerdo…- murmuró el rubio, revolviéndose el cabello por la nuca. -En una ocasión me contaste sobre un palacio enorme de color rojo y acabados verdes ¿Recuerdas? Estábamos viendo las estrellas y dijiste que quizás lo soñaste, pero luego dijiste que allí, en un estanque, había muchos de estos- señaló al ajolotito, quien movió sus branquias y siguió sonriendo. -Y que, si lo encontrabas, sabrías que tu sueño entonces, había sido real.

María dirigió sus ojos cristalinos hacia los de su amigo y descubrió su boca para hablarle, pero un grito se oyó desde la mesa principal y todos brincaron repentinamente.

-¡ARTHUR KIRKLAND!- rugió el español, caminando a zancadas hacia el petrificado inglés. Lo tomó por las solapas de su casaca roja y toda la nobleza contuvo el aliento. -¡ESTO ES UN ULTRAJE! ¡UNA OFENSA DEL MÁS ALTO CALIBRE!

-Espagne, mon Dieu!- exclamó el francés, tratando de apartar al ibérico del inglés con su cuerpo. -¡Cálmate!

-¡¿Qué me calme dices?!- Antonio empujó a su vecino y señaló furioso a un Inglaterra inmóvil. -¡DUELO, KIRKLAND! ¡Te reto a un duelo por el honor que tu engendro de hijo ha resquebrajado en mi hija!

Varios gritos sordos se escucharon por el salón y algunas damas se desmayaron en brazos de sus acompañantes. Muchos de los hombres asintieron firmemente y otros, como el Imperio Ruso o Portugal, se limitaron a alzar las cejas y tragar con fuerza.

-¡NOO! ¡NO TE DUELES CON ÉL, PADRE!- gritó Alfred al borde de las lágrimas, tirando de la casaca de Inglaterra. Pero lo único que recibió de su progenitor fue una mirada asesina y una abofeteada que lo empujó al piso y nubló la vista del pequeño.

María gritó sin poder evitarlo, y cuando se propuso hincarse para socorrer a su amigo, unas manos pálidas la sujetaron por la espalda. Luchó contra ese agarre, pero era simplemente muy fuerte.

-No lo haga Fräulein, empeorará la situación- le susurró el albino de ojos rojos a su oído.

-¡Suélteme! ¡Es mi amigo y está herido! ¡¿Qué no ve?! ¡Está sangrando!

-...muy bien, Carreido- pronunció el inglés con una voz tan calmada y profunda que silenció a todos y provocó escalofríos. -Un duelo será, pero no podremos arriesgar solo la vida, Carreido. Tú lo sabes.

El español caminó hasta quedar a medio palmo del rubio, ahora sin ganas de golpearlo, sino se herirlo de muerte, aunque su condición de naciones inmortales no lo permitiese... se aseguraría que pase un horrendo rato, así como su pequeña hija se lo. . Estaba pasando en ese preciso instante. Y si encima Inglaterra estaba dispuesta a arriesgar territorios ¡Maravilloso! Alguno de los muchos en disputa entre ellos serviría.

-Francis será mi Segundo, discútelo con él- y el francés caminó con los brazos cruzados sobre su pecho hasta posicionarse al lado del español. -A menos que no tengas un Segundo, claro... porque aquí nadie te apoy...

-¡Eu seré su Segundo!- exclamó la voz que España menos deseaba, pero del que más sospechaba.

Portugal caminó hasta colocarse detrás del inglés y cruzó sus brazos sobre su pecho, mirando desafiante a los otros dos europeos.

-Gracias, João. En dos semanas, Carreido- afirmó Inglaterra mientras se planchaba las ropas. -Nos veremos en el Caribe dentro de dos semanas para el duelo con los objetivos ya definidos.

-Vale- siseó España, masticando cada una de las letras. -Ahora largosos de esta fiesta, a partir de mañana estaréis oficialmente expulsados del Virreinato de la Nueva España, los dos.

El resto de invitados se mostró en apoyo y varios ya habían comenzado a despertar poco a poco a las damas desmayadas, pero María, sin que Prusia notase que se había soltado de su agarre por el shock en el que se quedó al saber quiénes serían los. Segundos. de ambas naciones beligerantes, se deslizó hasta llegar al suelo y colocó una de sus manos en la mejilla ensangrentada de su amigo.

Su cabeza había dado un golpe sordo contra el suelo y desde que cayó no se movió ni un centímetro. De su boca emanaba un hilo de saliva mezclada con sangre y sus ojos semi cerrados miraban blancos al techo. María tuvo que contener su llanto llevándose una mano a la boca para sofocar sus sollozos y veía borroso gracias a las lágrimas que no paraban de salir. El ajolote en el jarrón había comenzado a nadar inquieto.

María se inclinó hasta llegar al pecho de su amigo y lo abrazó con fuerza, ensuciando su vestido, pero asegurándose de que su corazón aún latía fuerte dentro de su cuerpo.

-A-Alfred...-susurró entre rotos lamentos. -A-Alfred, despierta. D-Despierta, por favor... despierta.

-¡MARÍA!- gritó horrorizado el español al verla.

Muchos de los invitados se persignaron y algunos comenzaron a abandonar ya el Gran Salón y la casona, pues no deseaban estar en la fiesta ni en presencia de una supuesta duquesa que mostraba afecto desmedido a un alborotador.

-¡Levántate, con un carajo!- exclamó para que solo ella lo escuchara, mientras tiraba de su brazo. Pero ella solo se aferraba más a su amigo.

-¡No! ¡No hasta que reaccione!

-¡Te he ordenado que te levantes! ¡Aléjate de él! ¡No quiero que jamás vuelvas a verlo ni tocarlo!- y, con una sola patada, Antonio destrozó el jarrón que reposaba en el suelo.

-¡NO!- tiró de María bruscamente por un brazo y pudo levantarla como muñeca de trapo, luego la lanzó contra varios de los sirvientes que ya esperaban con escobas y jergas para limpiar la tierra, la sangre y el agua. -¡Encerradla en su habitación y que no salga!

-¡No! ¡Papá, por favor!- las doncellas entre la servidumbre la tomaron entre sus brazos y la escoltaron fuera, usando el pasillo oculto para evitar que la vieran en condiciones tan bárbaras los invitados que ya se retiraban escandalizados por la puerta principal.

El pequeño francófono americano se había escondido tras una de las sillas de la mesa principal en cuanto reinó el caos. Lloraba a cántaros y murmuraba por su padre, para que pudiera arrullarlo y acariciarle la cabeza en vez de estar en medio de la pelea dándole su apoyo al español. Brincó y se golpeó ligeramente la cabeza contra uno de los acabados de madera de la silla cuando Inglaterra dejo sin conciencia a Alfred y luego cuando jalonearon de Marie hasta hacerla desaparecer del sitio. Pero lo que realmente atemorizó al pequeño, fue cuando el jarrón que España pateó se reventó en millas de pedazos filos hacia él.

Se cubrió el rostro con sus bracitos y agachó la cabeza, pero algunos trocitos lograron parar en su cabello y en su ropa. Cuando abrió los ojos, sin embargo, el terror fue reemplazado por asombro puro, pues una especie de renacuajo gigante de color rosa se retorcía a su lado en el suelo, con un rostro deformado en desesperación y aquellos ojos negros y pequeños fijos en las violetas. . suyos.

No sabía lo que era ese ser ni se preocuparía en saberlo para salvarlo... solo lo haría. Se levantó con rapidez y bajó su vaso de la mesa, pues aún tenía la mitad del agua y aquel animal viscoso se retorcía como un pez fuera del mar. Acunó sus manitas para recogerlo del suelo y apartó un par de trozos de jarrón que se habían pegado a su piel rosada, luego lo colocó sobre el vaso y lo dejó caer lentamente hasta que quedó sumergido en su totalidad.

El animalito dejó de retorcerse y lo miró nuevamente, una extraña pero adorable sonrisa formándose en su curiosa cara plana. Matthieu le devolvió la sonrisa y luego miró nuevamente hacia María, quería informarle que su mascota estaba sana y salva, pero no la vio por ninguna parte. Entonces recordó que aquellas del servicio se la habían llevado por una puerta oculta, una puerta que ahora estaba abierta de par en par para permitir el fácil flujo de muchos otros de la servidumbre.

Notó que el Imperio Ruso se inclinaba sobre Alfred para examinar sus heridas y Matthieu susspiró en alivio, aquel albino con quien compartía frontera hacia el oeste era amable con él, así que seguro trataría con sumo cuidado a su amigo sureño.

Entre tanta gente yéndose, otra entrando, varios gritando y muchos otros arreglando, no le fue nada difícil al pequeño rubio colarse por el pasillo y seguir las réplicas y sollozos de Marie por toda la casona sin ser descubierta en lo absoluto. Es más, parecía que la gente ni se daba cuenta de su existencia.

Tras atravesar el jardín principal, pasar varios pasillos, subir al segundo piso y doblar hacia el sur, Matthieu vio con claridad cómo azotaban una puerta tras el ingreso de Marie por ella. Así que abrió con cuidado la puerta paralela a aquella y, como supuso, estaba vacía... pero poseía un ropero. Asentó el vaso con el curioso animalito en el suelo y abrió el ropero con cuidado de que no rechinase, luego tanteó el fondo y descubrió que, como los de su habitación asignada, tenía también un clavito sobresalido.

Sonrió, si su Papa Fran jamás le hubiera dicho que todos los europeos la costumbre tenían de usar los roperos o closets como sitios ocultos para guardar cosas o esconderse en tiempos de guerra, no hubiera podido descubrir tal medio de comunicación tan eficiente.

Matthieu retiró las maderas sin hacer ruido y regresó por el animalito antes de entrar. Esperó como diez minutos enteros hasta que las voces frías y duras de la habitación al lado se estaban y contó otros dos para disponerse a atravesar, una vez que solo los sollozos de Marie quedaran como el único que sonaba allí.

Entonces atravesó y zigzagueó los vestidos para abrir el ropero lentamente, con tal de no asustarla. Pero María ya había escuchado unos ruidos tras las puertas de su ropero y ya lo esperaba fuera, lista con uno de sus zapatos bien alzado en el aire. Cuando de repente apareció una mano pálida, sosteniendo un vaso con el ajolotito sonriente dentro.

María sintió como si su mundo diera vueltas en la dirección incorrecta y su mente ya no toleraba más tanta emoción. Lo siguiente que escuchó a Matthieu antes de salir y toparse a una trigueña desmaya en el piso, fue el sutil golpe de una delicadeza asentándose contra el suelo.

La noche había comenzado espectacularmente, pero terminó en tragedia. Alfred se abrazó a sí mismo bajo la manta que su padre le había aventado y masajeó su cuello haciendo una mueca de dolor. El sillón en el que lo habían condenado a dormir no era cómodo en lo absoluto, además aquella salita de té contigua a su habitación era muy fría y oscura... daba miedo.

Alfred se sobó la nariz roja y secó nuevamente las lágrimas de sus ojos. Él era de lo peor, cada una de las palaras que su padre le había dicho hacían sentido: él no era más que un bloody git kid, con formas bajas y salvajes de actuar, con un paso incivilizado imposible de borrar... como un animal indeseado, revolcándose por los bosques aún en territorios extranjeros.

-...no- susurró Alfred, abrazándose. -No quiero creerlo. Soy libre y... y...

Un golpecito llamó a su puerta y Alfred brincó cuando una carta se deslizó por debajo. Corrió en puntitas hasta tomarla y leyó la letra de un pequeño que apenas aprendía caligrafía: I know Where Marie is. El aire abandonó los pulmones del rubio y luego otra carta se deslizó, esta se llamaba: plan de la maison. Cuando la abrió, descubrió un plano improvisado de los pasillos y las puertas de la casona acomodados de forma que su objetivo fuera uno solo, llegar al sitio donde una tache roja lucía gigante.

Alfred regresó por su manta y se envolvió en ella antes de abrir la puerta, pero cuando salió al pasillo nadie lo recibió. Así que volvió a su cuarto improvisado y buscó tinta y pluma, volteó la hoja de la primera carta y escribió un simple pero honesto " Thank you", antes de pasarla por debajo de la puerta de Matthew.

Luego emprendió su camino, siguió a la perfección el rumbo que indicaba el mapa y, tras cuatro minutos, pudo llegar a la puerta que se señalaba con una tacha roja. Inhaló profundamente y se armó de valor para sujetar el picaporte y abrir... dentro no había nada más que un ropero, pero fue suficiente para que Alfred comprendiera lo que debía hacer. Cuando jaló su manta por entre las tablas removibles y entró a la habitación de al lado, pudo ver que el precioso vestido rosa, blanco y dorado que hubo usado su amiga horas antes de descansar sucio en una de las esquinas, mientras que un frasco espacioso lleno con agua en uno de los burós presumía a un ajolote rosado dormido.

Alfred sonoramente y cerró la puerta detrás de sí, fijando su mirada en la figura que dormía bajo las finas sábanas de la enorme cama. Avanzó hasta quedar cara a cara con María y se hincó. No la recordaba tan hermosa. En la fiesta casi no había tenido tiempo de verla bien y ahora que lo hacía, que sus facciones trigueñas se revelaban ante él tan relajas, apacibles y tranquilas... menos un camino de agua seca por sus mejillas. El corazón de Alfred dio un hueco y unas ganas de abrazarla se apoderaron de él, quería asegurarle que todo estaba bien.

Rozó su nariz con uno de sus dedos y se sonrojó cuando María frunció el entrecejo, luego subió su caricia por una de sus cejas y descendió lentamente por su pómulo hasta detenerse antes de tocar sus labios. El calor que Alfred había dejado de sentir tras abandonar Nueva York, regresó. Prestó atención a cada curva en aquellas comisuras rojas e hinchadas por el llanto, memorizó ese tono tan intenso de rojo natural y en su pecho nació aquel impulso olvidado por días... el impulso de tocarlos, la curiosidad de su textura y las ganas de juntar sus labios con los propios.

Su pecho se expandió, encantado con la idea de despertarla como a las princesas, con un beso. Acortó la distancia entre sus rostros y notó cómo su aliento erizó los bellitos de su amiga antes de que posara su boca sobre una de sus mejillas. Y besó, con el calor de su pecho extendiéndose por todo su cuerpo y con el ardor de su rostro escociendo hasta en las orejas.

María se quitó y abrió sus ojos lentamente, topándose con el brillo alegre de esos ojos azules.

-Oh por... ¡Alfred!- con un solo movimiento la trigueña sacó los brazos de la cama y envolvió a su amigo en ellos, apretándolo como si se tratarse de un sueño y no quisiera dejarlo ir. -A-Alfredo, aquí- ambos rieron con las lágrimas acumulándose ya en las pestañas y María no tardó en llenar el rostro pálido con besos sonoros. -Estás sano y salvo, Alfred.

-Hola Mary- susurró el chico con el sonrojo hasta el cuello. Luego la sujetó por la cintura y la apartó ligeramente de su cuerpo, pues no deseaba que notara la emoción que causaba en su cuerpo tantos besos. -Lo siento... por lo que ocurrió. Te arruiné la fiesta.

-¿Bromeas? Ya estaba cansada - exclamó la trigueña con una sonrisa de oreja a oreja. -Verte me hizo el día y... y tu obsequio...- señaló al ajolote dormido en su buró. -Nunca alguien me había dado algo tan perfecto.

-¿Eso significa que aquel templo existió de verdad en algún momento?

-Supongo, pero ahora no es momento para hablar de ello- ambos rieron y entonces María le hizo un hueco entre su cama a su amigo. -Ven, quiero estar contigo.

Él saltó sin pensarlo y los dos se acurrucaron entre los brazos del otro. Ninguno pensaba en lo que aquella acción significaba, solo disfrutaban del momento compartido, como siempre había sido.

-¿Por qué no respondiste mi carta?- inquirió María mientras pasaba sus dedos por el muslo de su amigo con el ceño fruncido, sin saber que Alfred ya contaba del uno al cien para evitar que esa sensación tan placentera desviara sus pensamientos. -¿Te asqueó tanto saberlo?

-¿Sabes qué?

-Que soy una señorita ahora... ya sabes, aquella cuestión con las sábanas que te comentas. – Alfred apartó a su amiga de un tirón y abrió los ojos incrédulos... ¿Era por ello que ahora era una Lady? ¿Porque lo mismo que le sucedió a él aquella noche de las cocinas y Pam, le había pasado a ella?

-¿Qué?-preguntó Mary extrañada y luego una realización distinta pareció llegar a la mente de la trigueña. -¡Ay por Dios! ¡Tienes razón! Una señorita no debe estar a solas en una habitación con un hombre ¡Sin doncella! ¡Y en la cama!

-¿Mary?- la trigueña brincó de la cama y se dirigió a la puerta, desesperada. -¡ESPERA!- el oji-azul corrió tras ella y logró detenerla por el brazo, pero luego ella se soltó con la prisa de como si su tacto hubiera quemado. -¿Cuál es el problema? ¿Por qué no puedes estar conmigo?

-¡¿Qué acaso no escuchaste?! ¡Ya soy una señorita! ¡No puedo estar sola con hombres!- María bajó la cabeza y jugó con sus manos, su voz apenas audible como un tímido murmuro -...dicen que es impropio, aunque no entiendo el motivo.

-Entonces... realmente eres una Dama- Alfred hizo por dar un paso hacia ella, pero se contuvo. Llevando mejor su mano a su cuello y revolviéndose el cabello, con sus ojos recorriéndola curiosa desde los pies hasta la cabeza. Le daba vergüenza preguntar por algo que se sentía tan placentero, pero uno siempre ganaba cuando no tenía nada que perder. - Entonces... ¿Quieres hablar de eso entonces?

El rostro de la trigueña se enrojeció y se abrazó a sí misma.

-¿Cómo sabes lo que eso es si a ti no te ha pasado? ¿Eh?- fue entonces que descubrió a su amigo más rojo que un jitomate, evitando verla a toda costa... como si desease que la tierra se lo tragase y algo en su mente hizo clic. -¡OH POR DIOS! ¡También te ocurrió! ¡Ya no eres un niño!

María se llevó las manos a la boca y Alfred comenzó a negar frenéticamente con la cabeza.

-¡No! Quiero decir... sí, pero no... ¡Argh!- el rubio tiró de sus cabellos y susspiró. Sintió cómo una mano se cerraba con la suya y alzar los ojos encontró a su amiga impidiendo también su mirada.

-¿Comienzo yo, entonces?- el ascendiendo y ella se llenó de valor. -No es tan fácil Alfred... pero tengo muchas preguntas. Y nunca había conocido a alguien de mi edad a quien le hubiera pasado lo mismo...- lo miró con los ojos entrecerrados y susurró. -Aunque Doña Josefina me dijo que eso solo le ocurriría a las mujeres.

El oji-azul lanzó un suspiro y se sentó en la cama, invitándola a hacer lo mismo a su lado. La notó titubear, pero al final tragó con fuerza y le hizo caso. Un silencio se formó entre ambos, roto solamente por los latidos nerviosos de sus dos corazones.

-No sé cómo empezar.

-Mmm... quizás la historia de por qué no respondiste mi carta sería un buen comienzo- la risilla de ambos relajó el ambiente.

-¡All Right! Bueno... cuando no apareciste tras los días de más que te esperé en el río, tuve que regresar a casa y cuando volví... pasé muchas cosas.

-Lamento haberte dejado solo en el desierto- María sujetó la mano pálida que descansaba sobre la cama y la presionada, haciendo sonreír al rubio -Seguro te preocupé mucho.

-Lo hiciste. No te preocupes, leí tu carta al día siguiente que llegué a Nueva York pero no pude responderla porque Arthur me castigó, además de decirme... bueno, con decirte que hasta hizo que mi tutor se concentrara en solo darme sobre cómo clases. tratar con Señoras, te digo todo ¿No? Qué divertido.

El dorado en los ojos de María pareció iluminarse en cuanto escuchó la palabra "Ladies" , y se arrimó un poco más hacia él, provocándole un sonrojo al chico cuando cayó en cuenta que los tonos místicos y etéreos de la luna, filtrados y acentuados por las cortinas cerradas del balcón, resaltaban de manera espectacular la piel trigueña... muy diferente del platino halo de luz que había iluminado a Pam en las cocinas, aún si provenían de la misma fuente.

Claro, la piel de su sirvienta era muchísimo más oscura, pero si en verdad iban a hablar de lo ocurrido después, en las sábanas, entonces, aparentemente Alfred, no estaría mal autocastigarse por dejar a su mente divagar entre sus recuerdos.

-¿Y me ha tratado como una Lady, Alfred?- la voz de María lo sacó de su ensimismamiento y abrió la boca para responder, a pesar de olvidar todas las palabras súbitamente. -Porque la verdad yo no me he comportado como una, al menos no una de primera categoría. Y creo que sabes lo que eso significa ¿No?- él negó, pero ella ni lo vio. Solo dejó caer su cabeza y retuvo un sollozo. -...ya no soy digno.

-What...? ¿Cómo? ¡¿Por qué?!- él cruzó sus brazos y la trigueña lo miró sorprendida. -¡¿Cómo ya que no eres digna?! ¡¿Y eso que significa?!

-¡No sé! No sé qué signifique, pero es muy importante y yo ya no lo tengo- ella cruzó también sus brazos y frunció el entrecejo. -Creo que fue por lo ocurrido en el Gran Salón, pero también porque estar contigo a solas en estos momentos... todo por estar a solas ya oscuras con un hombre.

Todo el ardor que Alfred sintió en su rostro se disipó. Dejó caer sus brazos casi sin vida a sus costados y todo el aire abandonó sus pulmones. Lo que María le decía no podía ser cierto. En su mente la figura de Pam siendo explorada y tomada se reemplazó por la figura de su amiga y el hombre responsable de tales actos no era Bruce, por supuesto que no; era tan solo una mancha que asemejaba el cuerpo de un hombre maduro... como Arthur, incluso pensó; tras recordar que él deseaba ganarse los afectos de su amiga, así como Bruce se había ganado las afectos de Pam, a pesar de que ella lo rechazó múltiples veces en el pasado.

-¡NO! ¡ESO NO PUEDE SER, MARY!- Alfred brincó de la cama como si lo hubieran pellizcado y la trigueña se levantó también, tratando de alcanzar a su amigo, que ahora caminaba como león enjaulado.

-¡Alfredo! ¡Baja la voz! Se supone que estoy dormida- él volteó y la sujetó por los codos, profundizando sus miradas. Un nudo bien formado ya en su garganta. -¿Alfredo?

-¿E-Es por eso que ya eres una Lady? ¿En vez de en la cocina pasó entre las sábanas? ¡¿Pero por qué?! ¡¿A QUIÉN?! ¡¿C-Con quién, Mary?!- la trigueña parpadeó varias veces y luego inclinó su cabeza hacia un costado, con el ceño claramente fruncido.

-¿De qué rayos estás hablando? ¿Cómo que con quién y en las cocinas? No te entiendo.

Una extraña sensación despertó en las entrañas de Alfred, tal como había pasado aquella vez que encontró a Pam ya Bruce tras la puerta en las cocinas... pero aquel era un fuego diferente, pues no lo acaloraba ni lo hacía desear más; por el contrario, corría ardiente por sus venas y le gritaba que detuviera lo que sus ojos veían. Aquella sensación lo consumía de forma distinta, parecía dispuesto a quemarlo desde dentro sin gozo, sin placer... sino con furia pura si es que veía que alguien, quien fuera, se acercaba a María como Bruce se había acercado a Pam, como él mismo deseaba acercarse con una chica... aquel era un instinto nuevo, destructivo, imparable... al cual él tampoco planeaba resistirse.

-¡No me engañes, María! ¡Sabes lo que me refiero! ¿Qué acaso no querías hablar sobre eso ?

-¡No te estoy tomando el pelo, Alfredo! ¡En verdad no sé a qué te refieres!- ella lo soltó y colocó sus manos muy firmes en su cadera. -Yo lo único que sé es que un día amanecí con un dolor horroroso e insoportable aquí- sujetó su vientre. -Y que, cuando removí mis sábanas... ¡Las encontré manchadas con sangre! ¡Pero salió solita, no necesité a nadie! - el rubio abrió los ojos en conmoción y ella rápidamente cubrió su boca, negando lentamente con la cabeza. -No debería haber dicho eso... yo, es decir ¡No! Tú no escuches eso. Yo no te dije nada de eso.

Alfred caminó los pasos que ella se alejó y la sujetó firme de los codos, su voz suave como un susurro.

-¿Sangre? ¿Acaso te cortaste con algo? Pero ya te sientes mejor. ¿No es así? Quizás si me dejas verlo, yo puedas...

-¡NO!- con un solo golpe, María apartó ambas manos pálidas de su cuerpo y caminó hasta quedar tras él, apoyándose en un poste de la cama y con toda la intención de darle la espalda. -Habré perdido mi dignidad contigo, pero no por eso volverá a actuar como una niña.

-¿Disculpe?

-¡Argh!- la trigueña volteó y entonces Alfred se desconcertó aún más al notar lágrimas cayendo gruesas de sus ojos. -¡Ya no soy una niña! ¿Qué parte no entiendes? Ya no podemos jugar como antes, ni hablar como antes, ni tratarnos como antes ¡Me acaban de presentar en sociedad, Alfred! Eso que hacíamos de nadar sin ropa en los ríos, de jugar a la princesa y al héroe, a escondernos en cuevas... ¡Prohibido! ¡Fuera de discusión! ¡Inconcebible! ¿Ya te quedó claro? No puedes verme, no puedes tocarme... ni si quiera deberías estar conmigo a solas y mucho menos en una habitación de noche.

-P-Pero...

-Honestamente no sé por qué las cosas cambiaron de esa forma, nadie quiere explicarme; pero son las reglas para conservar una dignidad y una que yo ni sabía que tenía y que ahora debo cuidar a toda costa... particularmente de hombres, cualquiera de ellos. Eso te incluye.

Alfred caminó hasta quedar a un palmo de distancia y, sintiendo su rostro arder en llamas, tomó un respiro.

-No soy un hombre… todavía.

-¿Qué?- él apartó su mirada y caminó hasta quedar tras ella, pero sin darle la espalda por completo; la podía ver perfectamente por el rabillo del ojo, aunque no se atrevió a hacerlo. -Pero dijiste que también te pasó lo de la sangre en las sábanas. Si eso me hizo señorita ¿Por qué a ti no te hizo hombre?

-Porque yo no encontré sangre en mis sábanas, Mary... No encontré nada- la trigueña se detuvo a su lado y posó con suavidad una de sus manos en uno de los hombros del rubio. -Debes ser feliz... no has perdido tu dignidad porque no has estado con ningún hombre a solas aún. Yo sigo siendo un niño... sólo un niño, un maldito niño.

-¿Sangriento? ¿No qué no había sangre?- una pequeña sonrisa se entrevió con la boca del oji-azul y luego él se sentó en la cama, viendo al techo para tomar coraje. -Alfredo...

-Yo no sentí dolor en las sábanas, ni siquiera quise quitarlas, ni nada... al contrario. Se sintió bien, realmente bien. Pero no me quisieron explicar al respecto cuando preguntó- el colchón se hundió a su lado y su amiga habló.

-¿A quién le preguntaste? ¿A tu papá?- Alfred comenzó a reírse y negar divertido. -¿Qué? Si yo tuviera a mi mamá, te seguro que habría ido con ella a preguntarle en vez de que Doña Josefina me dictara las reglas al respecto o peor... que el Padre José me lo definiera de la forma en que lo hizo.

Las risas cesaron y los ojos de Alfred estaban fijos en los de María, ambos con ese brillo, ahora de melancolía.

-¿No puedes pedírselo a tu padre?- ella negó. -¿Por qué? ¿España es como Arthur? Porque nunca lo has descrito así en tus cartas y, de hecho, ellos dos parecen ser completamente diferentes... si no fuera por sus ojos verdes y su manera de gritar.

-Eres el primero que le cuento. Doña Josefina siempre dice que ese tema no se habla más que con tus doncellas de confianza... mucho menos con hombres. Por eso yo, bueno... supuse que, entre hombres de confianza, como un papá, se podrían tratar los temas sobre cómo volverse "hombre".

-Le preguntó a quien lo ocasionó...- un sonrojo se extendió por las mejillas del rubio y María inclinó la cabeza, curiosa. -Pero solo me dijo que mi propia naturaleza me lo haría saber y que eso no hablaba con las mujeres... que dejara de insistir en querer crecer y ser grande.

-¿Eso que se sintió bien te lo provocó una mujer?- la espalda de Alfred se tensó repentinamente y sus ojos comenzaron a ver a todas partes, menos a ella.

-¿Un poco? ¡Es que ella no lo sabe! N-No lo hizo apropósito...-el rubio comenzó a jugar con sus manos sobre sus piernas. -Ahora me cuesta trabajo dejar de pensar en eso y no sé por qué. A veces solo lo recuerdo, de la nada. Pero me pasa más seguido cuando veo a una chica, eh... a Pretty Girl.

Alfred alarmantemente sin darse cuenta de cuenta y su mente se perdió en el recuerdo del rostro de su amiga hacía unos minutos, cuando dormía.

-...una chica realmente hermosa.

-¿Y qué es?- María se arrimó más hacia él en la cama y posó una de sus trigueñas manos en uno de los muslos de su amigo. Alfred entonces olvidó lo que respirar era por un segundo. –¿Qué es eso que te provocan las mujeres cuando las ves y que se siente bien? ¿Por qué sí involucran sábanas, pero no sangre? ¿Y por qué eso no te hace hombre?

El oji-azul fijó su mirada alterada con la intrigada de ella y tragó con fuerza al darse cuenta de algo que hasta el momento no le había pasado: la cercanía de su amiga, así como el momento que ahora vivía, comenzaba a encender las chispas. . de aquel fuego que lo consumió en placer aquella noche tras su aventura nocturna a las cocinas. Pero a diferencia de entonces, Alfred no se sentía como el intruso que observaba la escena a la distancia, se sentía como seguramente Bruce se había sentido, como el protagonista de la historia, aquel capaz de llevar las riendas y, mejor aún... aquel capaz de tocar a la otra persona.

La posibilidad lo emocionó mucho, haciendo su respiración más pesada; pero también lo lleno de nerviosismo.

-No sé si pueda decirte...- colocó su pálida mano encima de la de su amiga, en su muslo. -Pero yo puedo mostrártelo .

La expresión en el rostro de María cambió por completo, casi como si estuvieran en el desierto y le hubiera dicho que había encontrado otra cueva para explorar y jugar en ella.

-¿En verdad? ¡No es cierto! ¿Puedes controlarlo? A mí me dijeron que me puede pasar en cualquier momento durante los primeros años y que ya después sería cada mes.

-Bueno... si con "controlar" quieres decir empezarlo y continuarlo hasta terminarlo... entonces sí. Supongo que sí.

María se irguió en la cama, planchó bien su camisola y acomodó su cabello entre sus hombros con una sonrisa y un brillo deslumbrante en los ojos.

-Ya estoy, dime qué hacer.

-¿Di qué?-un ardor se extendió por las mejillas de Alfred y su corazón aceleró su ritmo.

-¡Si! Dijiste que las mujeres lo ocasionaban, bueno... yo no soy una mujer aún, pero apuesto que podré ayudarte en algo. Además, quiero verlo porque no puedo ni imaginarme cómo lo que a mí me causa dolor, a ti te hace sentir bien. ¡Anda, no seas malo!

-P-Pero... dijeron que no era un tema de mujeres y...

-¡Argh! Yo tampoco debí decírselo a un chico y ya te lo dije, estaríamos a mano ¡Apúrale!

-¡Muy bien!- Alfred revolvió su cabello y luego él se quitó un poco cohibido bajo el intenso dorado que seguía cada una de sus acciones. -C-Cierra los ojos, ¡pero! Si no, no puedo empezar.

-Así me lo perdería y el chiste es ver...

-¡Solo confía en mí! Por favor- a regañadientes, María cerró sus ojos y lanzó un suspiro. El rubio pasó una mano frente a su rostro para confirmar que no lo veían, luego hizo bizco y sacó la lengua porque sabía que la divertiría... pero su amiga no cambió su expresión en lo absoluto. -All Right.

Observó cada esquina de la habitación y cerró los ojos, intentando tranquilizarse. Pero al abrirlos María estaba ahí, con esa piel trigueña suave, con ese semblante pacífico y, aún así, atractivo; con esa boca a medio cerrar y esa misma disposición con la Pam se había dejado ser por Bruce. Pero su amiga no era como su sirvienta, se recordó Alfred con una mueca, ella era una Lady y debía ser tratada como tal.

Tomó una de sus manos y María dio un pequeño brinco que les hizo sonreír a ambos, luego recorrió la piel de su brazo con la yema de sus dedos, subiendo hasta llegar a la tela de su camisola en su hombro, dejando un camino de bellos. . erizados tras él y un estremecimiento que atravesó exquisito el cuerpo de la trigueña. Bajó la vista hacia el otro brazo cálido y repitió el movimiento, relajando la tensión que había en la espalda de su amiga. Luego rozó con sus manos su cabello y continuó subiendo hasta toparse con su cuello, que recorrió y acarició hasta llegar a su mentón ya esas mejillas coloradas; Alfred no contuvo su sonrisa y acortó la distancia entre sus cuerpos como acto reflejo, sintiendo esa arrepentida presión de su ropa contra su entrepierna.

-Lo estás haciendo muy bien- susurró. Observando maravillado cómo ella separaba los labios rojos para mostrarle una de sus mejores y más honestas sonrisas.

Acunó su rostro entre sus manos y subió, tocando nuevamente cada centímetro de tersa piel tanto como le era posible hasta llegar a la frente, detenerse entre las tupidas pestañas negras y luego descender por la nariz para regresar a la boca entreabierta. Acercó su cara a la de ella sin darse cuenta y con el pulgar rozó la comisura de sus labios, provocándole otro lindo escalofrío. El fuego que crepitaba lento y tortuoso en sus entrañas lo impulsó a besarla justo en ese momento, pero ocurrió algo que tampoco había pasado antes: su razón se lo impidió, recordándole que debía tratarla con respeto.

Alfred hizo otra mueca y una de sus manos cayó a las piernas de la chica, sacándole otro brinco.

-¿Alfredo? ¿Por qué te detienes?- la miró a los ojos para confirmar que seguían cerrados y suspir cuando se aseguró que así era. -Alabama...?

-No puedo, Mary... lo siento- la sintió tensarse, pero no abrió los ojos.

-¿Por qué? ¿Hice algo mal?

-No pero... yo necesito hacer algo que seguramente no aceptarás- la mano de María se colocó sobre la suya, en su pierna, y volvió a sonreírle.

-Hazlo, tienes mi permiso- el corazón de Alfred dio un vuelco y desencajó su mandíbula.

-¿De verdad?

-Si. Hazlo.

El oji-azul tragó con fuerza y ciñó más sus manos a la piel trigueña, inclinándose lentamente hacia esa sonrisa rojiza. Cerró los ojos como ella cuando sintió sus exhalaciones mezclándose en una sola y ese sentir hizo fruncir el entrecejo de María; cuando una ávida caricia en sus labios se hizo presente, los corazones de ambos se sincronizaron en su latir desenfrenado y la castaña se atrevió a alzar ligeramente los párpados... viendo a su amigo apunto de besarla.

Quizás al final de todo, sí tenía algo de adulto.

Un dolor agudo, como aquellos que había estado teniendo últimamente en su vientre se hizo presente y María se dobló entre quejidos, rompiendo la burbuja.

-¡Dios, María! ¿Hice algo malo? Did I hurt you?- su amigo se levantó de la cama para intentar socorrerla, pero ella lo mantuvo lejos con una mano extendida... si era lo que creía que era, no deseaba ser vista.

-N-No... no es nada, solo vete por favor. No quiero volverte inmundo como dijo el Padre José.

-¿De qué diablos estás hablando, María?

-Es que, yo... ¡Ay! ¡Si! ¡AY!- la trigueña se dobló sobre sí misma y apretó su vientre para intentar disminuir el dolor con la presión. Fue inútil. -Me está pasando igual, Alfie. Como si hubieras controlado lo mío también. Pero me duele muchooo.

-¿Qué te traigo? ¡¿Qué te llevas?! ¡¿Qué hago?!

Ella alzó por fin la vista y descubrió a su amigo cubriéndose con ambas manos su entrepierna. Alzó una ceja extrañada ¿Por qué él también se cubría?

-Alfredo...

-¡¿Si?!

-¿Qué tanto te tapas ahí?- antes de que el rubio pudiera reaccionar, María tiró de los brazos de su amigo, acercándolo a ella y levantándose a sí misma de la cama por la fuerza.

Dos cosas ocurrieron al mismo tiempo que dejaron a ambos con la mirada fija en uno solo punto, en silencio y con los pensamientos totalmente en distintos caminos. María miró con los ojos empalmados directamente a la entrepierna de su amigo por fin descubierto y Alfred miró la pequeña mancha de sangre que apareció de donde María se levantó.

Las preguntas no tardaron en hacerse presente.

-¿Qué le pasó a tu cuerpo? ¿Por qué se puso así? ¿Acaso es eso lo que te hace sentir bien? ¿O hice algo y ahora te descompuse? ¡Ay Alfredo! Si ya no funcionas bien entonces debemos ir con un médico para que te revise y...

-...y que se seguro que no morirás desangrada, Mary ¿Por qué te ocurre eso? ¿En qué momento te cortaste? No puedes tratarse de lo que te hizo señorita, Dios mío ¡Luce muy doloroso!

Cuando sus mentes aletargadas procesaron las palabras del contrario, ambos subieron sus ojos para mirarse fijamente y sonrojarse al instante... comunicándose sin palabras todo el shock que suponía para ellos aquella primera vez.


HOLA.

Sé que dejé algunos hilos sin coser al final... pero había que terminar la parte central del tejido xD. Amaría volver a retomar las historias de TODOS los personajes en un futuro y cómo se van entrelazando, pero para eso ya necesitaría una historia completamente aparte, fuera de los ONE-SHOTS (y estoy en eso :D).

En fin, espero que este capítulo les haya gustado y que se hayan entretenido con él uwu.

PD: ningún ajolote fue herido durante la realización de este capítulo.