Ya había perdido la cuenta de las veces en que había rodado bajo las sábanas; ya había volteado tantas veces su almohada que, cuando lo intentó de nuevo, la sensación caliente. Resopló, se descubrió los pies de la cobija y al instante se arrepintió, pues un trueno retumbó no muy lejos de su casa y una helada brisa se coló por la puerta y la ventana que, según ella, había cerrado perfectamente.
Algo no la dejaba dormir y no eran las gruesas gotas de lluvia que se azotaban contra cada una de las paredes y los muros de su hogar, no, no era eso... porque por lo general el sonido de las tormentas la acurrucaban, no le molestaban en lo absoluto. Es que había algo en el fondo de su mente, como una piedrita que la frustraba y le interrumpía el sueño, haciéndole fruncir el entrecejo y mirarda al techo... no lograba dar con qué era esa méndiga piedrita. Y entonces, tras la efímera e intensa luz de un relámpago más su atronador rugido... unas llaves se agitaron y la puerta principal de su hogar rechinó al abrirse.
María revolvió las sábanas de nuevas, aunque no para encontrar una posición cómoda y dormir, sino para apartarlas de sus piernas y ponerse en pie. El suelo helado le provocó escalofríos pero no se preocupó por colocarse sus pantuflas o sus chancletas, tampoco se apresuró hacia el interruptor de la luz porque desde que la primera gota de lluvia cayó, la electricidad se cortó en toda la cuadra; así que lo que único que hizo fue recoger su cinturón de los jeans que había dejado en la ropa sucia y lo sujetó con la hebilla colgando, caminando de puntitas hasta la puerta semiabierta de su recámara, lista para atacar a quien se hubiera atrevido a invadir. su hogar en medio de la tormenta.
Se deslizó por el pasillo, protegida entre las sombras que se colaban por la ventana de la calle que eran agitadas manchas de luz y sombra cuando un relámpago resplandecía a través de los árboles zangoloteados por el fuerte aire; se obligó a cerrar la boca cuando descubrió que respiraba errática por ella y luego, pegando su espalda contra la esquina que daba hacia la sala y la puerta de entrada, entrecerró los ojos al escuchar unos pasos no muy lejos de ella.
Si era un ladrón, pensó, sería muy fácil derribarlo con un hebillazo del cinturón más su fuerza sobrehumana; luego lo ataría a alguna silla y haría guardia hasta que la tormenta pasara; lo interrogaría, eso seguro; también le haría ver que robar no era bueno y que debía encontrar un mejor camino para llegar a ser un ciudadano mexicano modelo; ya después lo llevaría a la estación de policías y... los pasos se acercaron más, giró la cabeza y apartó su cabello ondulado cuando éste entorpeció su vista... los pasos tenían un rumbo evidente hacia ella, en el pasillo... y entonces recordé.
Se había escuchado unas llaves antes de que abrieran su puerta principal.
Un rayo volvió a caer y la figura de un hombre apareció frente a ella; con el trueno, María gritó, blandió el cinturón, tocó en algún lugar que no distinguió y el invasor se dobló entre gemidos de dolor. Quitando su cabello de su cara y con el corazón latiendo como si deseara salirse de su pecho, ella se inclinó para poder ver al hombre que creyó haber noqueado, pero éste comenzó a incorporarse con una mano en el rostro y, por el tono de sus quejidos, los ojos de la trigueña se comenzaron a abrir en asombro, al hacérseles menos desconocidos.
-¡AY! What was that for?!- el cinturón que María aún sostenía con firmeza cayó en un limpio desliz contra el suelo y el aire que ella no notó que retenía, abandonó su pecho en un suspiro de alivio.
-Eres tú- María se llevó una mano a su frente y la otra al corazón, riendo a la par que la lluvia reciaba afuera. -¡DIOS! Solamente eres tú, Alfred- el rubio se puso de pie por completo, mirándola con el ceño fruncido y sintiendo cómo su palma se manchaba con la sangre que comenzaba a emanar del pómulo que recibió el golpe del metal. -Momento... ¿Y tú qué chingados vienes a hacer en mi casa en medio de una tormenta? ¡¿EH?! ¡Casi me da un patatús, cabrón!
Alfred alzó sus dos manos en señal de paz y retrocedió un par de pasos cuando ella lo señaló furiosa con un dedo, pero entonces los ojos de la castaña se posaron en su palma ensangrentada y luego en su mejilla, ablandando su ceño sin quererlo.
-I just...-un trueno volvió a caer y el estadounidense pegó un brinco, escondiendo su cabeza en el pecho de su vecina mientras la estrujaba contra sí mismo, apretando el delgado blusón de algodón que ella usaba al dormir entre sus pálidos dedos. como acto reflejo. -Yo... odio las tormentas.
Los brazos que ahora se mantenían en el aire, eran los de ella; suspendidos de la misma forma en que su boca caía abierta y sus cejas se arqueaban en sorpresa. Esa era la piedrita que había tenido en el fondo de su mente... lo que había olvidado.
En cada tormenta fuerte sucedían dos cosas: o recibía una llamada de su vecino anunciándole que abriría la frontera para que ella cruzarse, o recibía una llamada de su vecino preguntándole si podía abrir la frontera que él la cruzase... pero en ambas, sin quién hubiera viajado a casa de quién, al final la noche la terminaban de la misma forma: juntos.
María tembló levemente cuando la chaqueta y el cabello totalmente empapados del rubio comenzaron a humedecer su blusón, mientras sentía cómo el agarre de sus puños se ceñía más a la tela de su cintura y cómo él hundía su rostro cada vez más entre el valle de sus pechos con cada trueno que caía. Quiso apartarlo como primer instinto, pues suficiente frío sintió ya gracias al helado piso y las gélidas brisas que se colaban por debajo de las puertas y los alféizares mal embonados de las ventanas, como para soportar aparte el frío toque de su cuerpo recién salido de la tormenta.
Pero al bajar la mirada y ver no solo la herida que ella le había ocasionado, sino también la manera en que él exprimía sus ojos y mordía su labio; el sentirlo brincar y estremecerse con cada fuerte trueno y rayo... esfumó toda molestia, incomodidad o remanente de susto en María; suspirando, lo único que ella se vio capaz de hacer, fue envolverlo firme entre sus brazos y pasear sus dedos delicadamente por ese cabello mojado.
-Shh...ya Alfred, bien ahora ¿Sí? Ya estoy contigo y nada malo ocurrirá durante esta tormenta ¿De acuerdo? -los puños de su vecino en su cintura se fueron suavizando con cada caricia que ella le dio y gracias a la voz que él pudo escuchar directamente resonar desde su interior.
-Te llamé... s-varias veces... y no respondiste- Alfred abrió lentamente sus ojos y alzó su cabeza solo lo suficiente como para poder fijar miradas con su vecina.
-No tengo luz ni cable... solo el suministro de agua se salvó de la tormenta- la pequeña risa de ambos se perdió bajo el tumulto de la lluvia. Luego la mano trigueña que recorría el cabello rubio, bajó al pómulo con sangre. -Pero a la próxima preferiría que entraras gritando mi nombre a que me hicieras creer que alguien va a robarme.
-Notó- una segunda risita se compartió y justo en el momento otro trueno cayó, sacándole un susto al estadounidense.
-Será mejor que vayamos a la recámara, tienes que secarte y yo te pondré una pomada en esa mejilla- con tembleques, el estadounidense se incorporó lentamente, pero sin erguirse en su totalidad; pues cuando María se dio la vuelta para regresar por el pasillo a su habitación, sintió cómo la tela de su blusón volvía a ser arrugada entre un puño en su cintura y escuchó el castañeo de los dientes del oji-azul cerca de su cuello, alentando su andar. -Oye... ¿Por qué no mejor me das la mano?
Él frunció su entrecejo, pero luego notó las arrugas y las manchas que había dejado en el pijama de su vecina, provocando que aquella delgada tela se volviera hasta semi trasparente cuando la iluminaban los relámpagos. La oscuridad lo ayudó a encubrir un ardor que se expandió por su rostro.
-Oh, por supuesto. -tomó la pequeña mano trigueña que sobresalía al lado de las caderas de la chica y caminó con un poco más de seguridad a su lado, pero sin poder evitar cerrar los ojos cada que un trueno regresaba a escucharse lejos o cerca de la casa. -Lo lamento.
Ambos entraron a la habitación y entonces María soltó sus manos, haciéndole señas para que desatara sus botas y las dejara a un costado de la puerta.
-¿Por qué?- la trigueña revolvió el interior de uno de los burós al lado de su cama y, con los ojos entrecerrados para poder distinguir claramente las letras, aprovechó la luz de un rayo a la distancia para leer lo escrito en la pomada que había sacado. -Yo fui quien te rompió la mejilla.
-Pero... yo crucé la frontera sin autorización previa y entré a tu casa aprovechando que tengo tus llaves por ser la minoría mayoritaria en...-las risas de María se escucharon aún por sobre la lluvia y Alfred hundió más su ceño mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba caer encima de sus botas y calcetas. -¿Que es tan gracioso?
-No te preocupes por eso, gringo. Ya te cobraré de la misma forma algún día de estos, tenlo por seguro- una sombra curvilínea se aproximó al rubio desde la cama y se detuvo ante él un poco borrosa tras las gotas secas de lluvia que ensuciaban sus anteojos. Alfred no pudo evitar que una sonrisa torcida se le escapara, a pesar de estar en total desacuerdo con aquella idea. -También me diste las llaves de tu casa ¿No lo lamentas?
-Mexicans son, como los americanos en México, la minoría mayoritaria en mi país... tenía que darte las llaves. Ese era el trato... pero tú insistes en seguir entrando por las ventanas abiertas y no anunciarte- la trigueña lanzó un suspiro divertido mientras se alzaba de hombros y un nuevo trueno resonó no muy lejos, haciendo brincar al rubio. -¡Dios mio! Odio las tormentas.
-¿Entonces cómo por qué chingados se te ocurre caminar bajo una? ¿Eh?- una cálida mano se posó en su barbilla y lo hizo inclinarse hasta quedar a la misma altura de esos ojos dorados. -Oye, este solo es una simple tormentita. No es el huracán Katrina ¿Sí? No hace falta que te desplaces a mitad de la noche para resguardarte en otra parte.
Alfred fijó su mirada en el suelo y sintió el suspiro de su vecina sutil en su cara, solo para después sentir cómo un trapo húmedo retiraba la sangre de su pómulo y luego dos dedos secos colocaban una pomada fría en su lugar. Se quejó un poco, pero no dijo nada. Katrina ya tenía mucho de haber pasado, pero aún así no soportaba la idea de volver a estar solo en un lugar que podía inundarse, destruirse o derrumbarse gracias a los truenos, la lluvia y el implacable viento.
Él había estado ahí, en Nueva Orleans y en el mero ojo del huracán, cuando aquella enorme tormenta golpeó sus costas y mató a casi dos mil de sus ciudadanos... él había ido a ayudar, pero había terminado en una barcaza improvisada bajo los escombros de una escuela derrumbada, con niños a sus costados que no sobrevivieron a la sed ni al hambre que él, como representación de una nación, sí pudo soportar.
-Ouch...-murmuró cuando sintió que su camisa se atoraba con sus anteojos, solo para luego notar cómo éstos eran removidos. -¡María! What are you...?- un repentino frío chocó contra su torso y su espalda, a la vez que su camisa terminaba sobre su chaqueta, en el piso, y él recuperaba la noción del presente y el ahora. -¿Qué estás haciendo?
-Limpio los lentes- la miró entrecerrando los ojos para poder enfocarla mejor, recordando cómo entonces, así como ahora, ella se había encargado de apoyarlo hasta con la entrada de sus fueras armadas y su marina a Texas... cuidando de aquel revoltoso y terco estado como siempre, mientras él intentaba sacar a Luisiana de la miseria. -Ah, y por cierto... debes quitarte los pantalones iguales; todo lo que está mojado, en realidad- le colocó los lentes con sumo cuidado y pudo verla casi perfectamente, sino fuera por la oscuridad. -Te traeré una toalla para el cabello y... bueno, creo que me quedé con un suéter tuyo la última vez que estuve en tu casa. Iré a buscarlo para que puedas dormir con algo que te abra el pecho...
Mientras su vecina desaparecía por la puerta de su baño, él escuchó. Recordando cómo, desde aquellos días, sabía que podía contar con ella y solo con ella, para tranquilizarse en medio de una tormenta... que no lo juzgaría, ni se burlaría, ni mucho menos lo correría. Él sabía que María lo aceptaría y lo apoyaría sin importar qué tan buenas o malas fueran las relaciones políticas de sus gobiernos u otros factores externos.
Entonces ella volvió con lo que parecía una toalla mediana y, efectivamente, uno de sus suéteres, pero no cualquiera, sino el suéter que la NASA le había diseñado expresa y específicamente para él como obsequio. Alfred alzó una ceja cuando tuvo la prenda entre sus manos y notó el leve sonrojo de María, divertido.
-¿Cómo conseguiste esto?- ella rodó los ojos, con el ardor extendiéndose más por sus mejillas, y extendiendo la toalla para colocársela en la cabeza mojada, secando su cabello entre tirones y risas del estadounidense. -Lo había estado buscando desde hace años... incluso creí que Tony se lo había llevado.
-Sí, ya tiene rato... entre a tu casa una tarde mientras te reunías con los del G8 y hacía frío, así que fui a tu closet y tomé este abrigo- cuando hubo terminado con su cabello, María bajó la toalla hacia su cuello y sus hombros, evitando hacer contacto visual con su vecino mientras descendía hacia su pectoral.
-Es mi suéter favorito y de hecho lo usó casi todo el tiempo en casa.
-Lo sé, sigue oliendo a ti... ¡Eh! E-Es decir...-el sonrojo terminó por abarcar toda la cara de su vecina y el oji-azul no pudo contener una risa. -N-No es que me lo ponga para dormir en invierno ¡Pff! Claro... claro que no, solo digo q-que...- justo en ese momento otro trueno resonó muy cerca de la casa y ambas naciones pegaron un brinco, suprimiendo cualquier ambiente divertido o acalorado que se hubiera formado entre ambos. Se observaron con detenimiento y María apartó sus manos con la toalla de los abdominales bajos del rubio, dándose media vuelta al mismo tiempo. -Solo pontelo ¿Sí?
-Bueno.
Alfred temblaba por la tormenta, sí; pero no pudo evitar estremecerse más al colocarse su suéter cuando la trigueña caminó hacia la cómoda al frente de su cama, es decir, tan solo a un costado del estadounidense; y sacó de allí otro blusón como el que traía puesto solo para después darle la espalda y quitarse la pijama que traía puesta, confirmándole la ligera sospecha que surgió en el fondo de su mente cuando la abrazó por primera vez, la sospecha de que ella dormía. con solo la parte inferior de su ropa interior.
Tragó con fuerza y un relámpago iluminó por escasos segundos la habitación, enfatizando sus curvas con aquella luz platinada y efímera, haciéndola lucir como una ninfa en una pintura; solo para que segundos después el estruendo del trueno lo sacara de su ensimismamiento y apartara su mirada hacia el suelo en lo que ella se ponía ya su nuevo blusón seco. La escuchó dirigirse a él entre la oscuridad y la lluvia, pero mejor se entretuvo desabrochándose su cinturón para quitarse el pantalón como ella había pedido... concentrándose en olvidar lo que, como el flash de una cámara, el rayo había grabado a fuego en su memoria.
-¿Ya? Tengo que juntar nuestra ropa para sacarla al cuarto de lavado en cuanto pase la lluvia- Alfred avanzando y mantuvo sus dedos en la tarea de bajar la cremallera. -¿Qué te pasa? ¿Fue el trueno?- él frunció el entrecejo, notando cómo las piernas desnudas de María se detenían frente a él en lo que se quitaba el pantalón. Volvió a asentir, pero más como respuesta a los nervios que a su pregunta. -Alfred, oye...- sintió cómo una mano de su vecina alzaba su barbilla para que la viera a los ojos y cómo la otra tomaba la suya, con el pantalón colgado, solo para después lanzar la prenda al lado de la puerta. -Vamos a la cama.
-¿Q-Qué?- el oji-azul se aclaró la garganta y un ardor comenzó a extenderse por su rostro.
-A la cama, a dormir. Ya es muy tarde.
-¡Oh! Seguro.
Con las manos aún entrelazadas, ambos caminaron juntos hasta que María apartó las sábanas para entrar bajo ellas y, sonriéndole tiernamente a su vecino, golpeó el colchón vacío a su costado. Alfred, que tenía planeado acostarse con mucho cuidado y lentitud al lado de la trigueña, brincó como gato asustado directamente hacia el espacio entre los pechos y el cuello de María en cuanto un fuerte trueno cayó a poquísimos metros de la casa.
María soltó una limpia carcajada que tuvo que mitigar contra la almohada, pues en su cintura volvió a apretar su blusón y, bajando hacia su pecho, Alfred volvió a hundir un rostro contra ellos, con la única diferencia de que ahora estaba muy sonrojado al saber. cómo dormía la chica. Pero aquello ella lo desconocía, así que únicamente los cubró a ambos con las sábanas y abrazó al rubio por la espalda mientras que su otra mano retomó sus caricias en su cabello.
-¿María?
-¿Tararear? -murmuró la trigueña, feliz de por fin sentirse acurrucada por la tormenta y ya no andar sufriendo insomnio como al principio de la noche.
-Gracias… en serio.
-No hay de qué, Alfred. Ya sabes que siempre puedes contarme.
Él suena, escuchando su tranquila respiración y el acogedor latido de su corazón, feliz de saberse a su lado... entre sus cálidos brazos; ella suena también, casi sin darse cuenta, pues se encontraba ya entre la vigilia y el sueño... pero el peso de su vecino en ella, como protegiéndola y otorgándole calor, más ese olor a rosas y hombre; aunado al sonido de la lluvia y los truenos cada vez más débiles a la distancia...
María continuó con sus caricias en el cabello ajeno hasta que ambos quedaron dormidos, cómodos al fin... en medio de la tormenta.
Si te gustan, les dejo este video para entrar en el mood del capítulo xD: watch?v=exEHXcGrAZM
Muchas gracias por leer y tenerme paciencia en las actualizaciones.
