No había centímetro que el sol no cubría con su potente luz o que exentara de su despiadado calor: el cielo era suyo por completo, despejado de molestas nubes que podían arrebatarle sus horas de gloria justo antes de que cayera la noche. A penas una tímida brisa calmaba el sudor de dos figuras masculinas que clavaban estacas de madera en el suelo arenoso para unirlas con un puntiagudo de metal, amenazando así con malos augurios a todo aquel que osara traspasarlo.
Un par de caballos miraban al horizonte pacientemente, a la espera de que sus amos cesaran su trabajo y los dirigieran de vuelta a los establos para beber y comer algo que no fuesen pequeños matorralales en medio de la roca y arena del desierto, pero ellos solos. . Podrían descansar hasta que la última de las cincuenta estacas de madera fuera clavada en el suelo y conectada con el resto de forma segura.
El mayor de los hombres tesó con sus guantes de cuero hasta cuatro veces el metal para asegurarse de que estaba todo bien establecido y su hijo, en cambio, se limpió el sudor con el pañuelo tejido por su madre mientras veía los anaranjados del cielo e intentaba tragar con su boca seca.
-Voy a regresar a casa ahora mismo si sales de esa maldita cosa una vez más, papá. ¿Entiendo?
El intenso azul en los ojos del mayor resplandecieron bajo la sombra de su sombrero, entre los lentes y el nuevo bronceado de su cara mientras le sonreía socarrón a su hijo, soltando la estaca y caminando hacia él, quien tan perfectamente había heredado sus ojos. .. aunque aquella cruda actitud, sí... esa solo pudo haber sido gracias a su bella madre.
Revolvió su cabello castaño oscuro, sacándole otro gruñido a su hijo.
-Será mejor que cuides tu boca, jovencito. No quieres que tu madre te escuche diciendo palabrotas... ¿verdad?
-Uh… ¿se lo dirás?- preguntó con un ligero temor en su voz.
-I gotcha, por ahora- con un grácil y simple movimiento, el mayor subió a su caballo blanco y le indicó a su hijo que hiciera lo mismo con la suya, una yegua parda. -Vámonos a casa Chris.
Un ligero golpe con las espuelas, un sonoro chasquido de labios y ambos cabalgaron de vuelta hacia el interior del terreno recién cercado.
Lejos de allí, en la casa del rancho y ya cuando del sol se vislumbraba solo la corona siendo engullida por las formaciones rocosas a la distancia, una mujer trigueña de largas trenzas servía la cena en doce platos alrededor de una misma mesa, esperando el arribo de su marido y su primogénito mientras su hija Emily, la segunda alcaldesa, se encargaba de llamar a sus hermanos y hermanas del patio, los jardines, sus habitaciones o cualquier rincón que hubieran escogido para jugar ese día, con tal de que se lavaran las manos y se cambiaran las camisas antes de la cena.
-Mamá... los mellizos insisten en que no entrarán a la casa hasta que vean a papá ya Chris por el horizonte.
-¿Ah sí?- respondió la mujer, subiendo el tono de su voz y fijando sus orbes doradas en la puerta donde aquel por prefería esconderse detrás. Asentó la olla en la mesa y colocó sus manos en sus caderas. -'Pos diles que los quiero a la cuenta de tres o me los zarandeo.
Emily se cubrió la boca con su cabello rubio para disimular su sonrisita.
-Ya deben saberlo, ma- le susurró, ganándose un guiño divertido de la trigueña.
-¡ONU!
Se oyó un golpe inesperado cerca del porche.
-¡DOS!
Unos murmullos avanzaron por debajo de los alféizares de las ventanas y se detuvieron en la entrada de la cocina.
-¡TRE...!
-¡Ya llegamos, mami!- gritaron dos voces al unísono justo bajo el marco de la puerta.
La mujer llamativamente y su voz se suavizó hasta parecerse al canto de un cenzontle.
-Hola mis amores, qué bueno que ya llegaron. Ahora vayan a cambiarse. No queremos apestar nuestra comida ¿O sí?
-No, mami- respondió el niño.
-We'll be fast, para estar cuando papi llegue.- agregó con resplandecientes ojos dorados la niña.
Su madre cruzó los brazos bajo el pecho y entró en los ojos.
-Ajá... pues aún los veo aquí bien paraditos y tranquilitos.
-¡AY DIOS! ¡Vamos Ari!- exclamó el niño antes de tomar la mano de su melliza y subir las escaleras a toda prisa.
Emily y su madre intercambiaron sonrisas mientras la segunda caminaba hacia el piso de arriba y la segunda regresaba a sujetar la olla.
-Me encargaré de que cumplan, mamá.
-Está bien, Em. Solo asegúrate de que los demás tampoco tarden.
-¡Anotado!
La trigueña depositó la olla sobre el comal apagado y alzó su vista preocupada por la ventana al horizonte: el sol ya había desaparecido del cielo y el sereno de la noche comenzaba a clamar como suyo las calientes tierras del desierto. Pero ni la sombra de su hombre ni de su niño mayor se asomaba por ninguna parte... sujetó con fuerza el dije en su cuello. Tampoco había escuchado aún a los caballos.
-Ay Virgencita, por favor hazlos llegar sanos y salvos para la cena- susurró y los cielos, compadecidos, no la hicieron esperar mucho.
Unos brazos fuertes envolvieron su cintura desde atrás y, acompañados por el peso de una barbilla posándose en su hombro, la profunda voz de su esposo le murmuró con ternura al oído.
-No reces más, cariño.
La trigueña lanzó un suspiro, liberando la tensión de su espalda y dejándose envolver entre aquel fuerte pecho y algodón con sudor seco.
-¡Gracias al cielo llegaron, Alfred!
Ella giró sobre sus tobillos y echó sus manos a la parte del cuello de su esposo donde nacía aquel lacio cabello rubio, sonriéndole como si fuera la primera vez que lo hacía.
-Bienvenido de vuelta.
Alfred subió su mano derecha de la cadera a la mejilla de su esposa y acarició, con sus ojos azules profundamente fijos en esos labios rojos.
-Ya estoy de vuelta.
Ella le dedicó una enorme sonrisa y él sintió a su corazón brincar con alegría; su mano abandonó la mejilla y se enterró en esa cabellera oscura antes de inclinarse para acortar la distancia entre ellos y unirlos en un beso de bienvenida: el dulce sabor de agua de atún mezclado con el sudor del campo.
La sintió aferrarse más a su cuello y separarle los labios con su lengua cálida y húmeda. Alfred dejó escapar un jadeo y se inclinó dos pasos hasta acorralarla contra su cuerpo y el lavabo de la cocina... sus lentes chocaron contra el rostro de su amada pero poca importancia le dio María cuando la abrumadora sensación de él, de Alfred, la engullía.
Devoción y adoración mientras profundizaba el beso y capturaba su labio inferior, pequeños jadeos y el sabor de su esposa provocándole un cosquilleo por dentro.
-¡Ay, vamos! ¡No volví para verlos besuqueándose!
Ambos adultos rompieron el beso y giraron hacia la voz, descubriendo a Chris en el pasillo con una sonrisa torcida y cejas curvadas en desagrado. -No tendré otro hermano... ¿lo haré?
-¡Christopher!- regañó su madre, sonrojada mientras empujaba a su padre e intentaba arreglar su vestido y cabello.
-Hi Mom.
María caminó hacia él con el ceño fruncido y el dedo índice listo para regañarlo, pero al notarlo igual de asoleado y sucio que su esposo, se abalanzó para abrazarlo sin pensarlo un segundo.
-Me alegra tanto que ahora sí estén los dos de vuelta- exclamó mientras le devolvían el abrazo efusivamente. -¡Pero no vuelvas a hablarme con esas faltas de respeto, jovencito! ¿Quedó claro?
Chris río.
-Está bien, mamá. No lo haré.
-Anda pues, sube a cambiarte que apestas.
Chris inclinó su sombrero como despedida y avanzó de dos en dos por los escalones al segundo piso. Luego María volteó hacia la cocina, donde pilló a Alfred metiéndole el dedo al puré de papá que había hecho. No pudo evitar llevarse las manos a la cintura.
-¡Y tú! ¡Deja la comida y también anda a limpiarte!
-P-Pero, cariño...
-Nada de suitjart ni qué ocho cuartos. Estarás bien guapo con tu bronceado y la chingada, pero aquí entre nos, ese hedor termina matando cualquier rastro de deseo. Así que jálale ¡A cambiarse he dicho!
Con cara de pocos amigos, Alfred caminó por el pasillo de la planta baja hasta perderse tras la puerta de la habitación principal, donde una buena jícara y jarra de agua lo esperaban al lado de camisas limpias blanquecinas. Sonrió, agradecido de que a su esposa no se le escapara nada.
Ni más había terminado de fajarse la camisa bajo el cinturón cuando una decena de pies asaltaran las escaleras y se encaminaron al comedor, en donde no tardaron en oírse Múltiples voces de grandes, medianos y pequeños coreografiando poner la mesa y sentarse con decencia en ella. Bajo órdenes de mamá, por supuesto.
-¿No se supone que papá ya está aquí?- escuchó a la mediana Ari.
-Papi tuvo una jornada muy ardua, corazón. Sigue aclimatándose y limpiandose. Ahora ya, siéntense.
-¡Pero Chris ya está aquí! ¿Por qué papá no lo es también?
Con cuatro grandes zancadas Alfred alcanzó la puerta y la abrió de golpe, revelándose por el pasillo hacia el comedor para la mirada sorprendida y contenta de sus diez hijos.
-Tengo que preguntar eso otra vez, cariño.
-¡DADDY!- se escuchó por toda la casa el bramido de vocecitas antes de que corrieran hacia el rubio para abrazarlo y tapizarlo con besos. -¡Bienvenido de nuevo, papá!
Solo María y Chris permanecieron sentados frente a sus platos recién servidos.
-Ya niños, ya estuvo. Dejen respirar a su padre- intentó regañar la trigueña, pero una enorme sonrisa en su rostro le cambió el tono a su voz.
-¡Emily! ¡Se supone que eres un adulto!- exclamó Chris socarrón mientras su hermana ayudaba a los más pequeños a regresar a sus asientos.
-...chistosito- le respondió.
-¿Y qué hiciste, papi?- preguntaron los mellizos.
-Ir al pueblo por metal ya la bodega por las estacas- caminó a la mesa y tomó asiento. -Respondí un par de cartas y cerqué con ayuda de Chris el terreno. ¡Ahora estamos todos cubiertos!
-Woah... a mí me gustaría acompañarlos un día de estos- comentó una pequeña castaña clara de ojos azules.
-Pero ese es trabajo de hombres, Nev- replicó otro de los niños.
-¿Y?- preguntó Alfred mientras se acomodaba la servilleta sobre sus piernas. -Si quieres cariño, puedes venir con nosotros.
-¡SI!
-Alfred ¿Seguro que podrás con ella?- preguntó María desde la otra cabecera de la mesa.
-Por supuesto, María. Soy el...
-¡HÉROE!- exclamaron los mellizos a los costados.
-¡Diablos, sí! ¡Tu papá es el héroe!
-Oh Dios...- susurró Chris mientras intercambiaba miradas con su madre. -Aquí vamos de nuevo...
-Mejor oremos ¿Sí? Para poder cenar de una vez.
La familia entera entrelazó las manos y, dirigidos por la voz de Alfred, agradecieron la comida así como un día más de vida y, luego de que María hubiera exclamado un "Buen provecho", todos comieron entre pláticas amenas, risas y luces de las velas.
Al terminar la coreografía se activo de nuevo: recogiendo a los niños menores la mesa y los mayores lavando los trastes; Después María subió para asegurarse de que se bañaran los chiquitos entre regaños y risas traviesas para finalizar abriendo la cama de todos y que Alfred subiera a ponerles el pijama y el beso de buenas noches en la frente tras los cantos de su madre.
Solo hasta que los mayores durmieron cada quien en su habitación y que Alfred pudo constatar que todas las ventanas y puertas de la planta baja estaban cerradas, es que entró a su habitación con un suspiro de agotamiento; aunque la visión de su esposa cepillando su larga cabellera oscura suelta ya de las trenzas lo recargó de energía.
-Me gustaría que mañana me acompañaras al pueblo.
-¿Y eso?
La notó en su camisón bordado de noche y comenzó a quitarse del cinturón las fundas de cuero con todo y pistolas.
-El sastre Taylor regresó de su curso en Nueva York y deseo que la primera prenda que confeccione sea para la mujer más hermosa del país.
María giró los ojos, divertida.
-Pues llévate a Emily entonces, tres muchachos tocaron hoy a la casa para entregarle flores.
Alfred se detuvo en seco, con su camisa a medio quitar.
-Sus nombres.
-¡No! No dejaré que los intimidados. Si a nuestra Em le interesa uno ¿Cómo podrá conocerlo? ¿Cómo podré yo conocer las mañas que tenga ese escuincle?
El rubio terminó por quitarse las botas y el pantalón, quedando en ropa interior o, como a él le gustaba llamarlo por flojera: su pijama.
-B-Pero ¿No fuiste tú la que lanzó cubetazos de agua fría a los muchachos que llegaron con serenata?
-A ver... es de muy mala educación llegar a una casa pasadas las nueve de la noche ¡Y sin invitación, encima! Hazme el favor bendito.
Alfred caminó hasta detrás de María y, cómplice, le susurró al oído.
-Tienes razón, es que yo soy quien los intimida.
La trigueña chasqueó la lengua y el rubio se retiró entre risas, dirigiéndose a la cama.
-En algún momento te haré ropa para dormir y no tendrás más opción que usarla- habló tranquilamente María, cruzando miradas desde el espejo de su tocador.
-Cambiando de tema, ¿eh?
Dejó sus lentes en la mesa de noche al lado de la cama y se estiró: su cuello escocía del arduo trabajo y aún más por el cansancio. Se acostó en la cama, las sábanas de repente se sintieron de seda y no de algodón.
-Si te molesta mi "pijama" dormiré desnudo, solo te advierto que quizás no resistas y sucumbas a la tentación.
María soltó una carcajada y se levantó del taburete para recostarse entre los brazos recién extendidos del rubio, se acurrucó entre ellos y sintió un beso en su coronilla. Inhaló a rosas ya Alfred, su esencia favorita.
-No necesitas estar desnudo para eso. Así bronceadito estás más que antojable.
-Trabajo de campo, ¿eh?
-...mmm, sí. Que te deje bien marcado y tonificado- ronroneó mientras colocaba sus manos en el pecho de Alfred y cerraba los ojos al acomodarse mejor entre ellos. -Así: rico.
Alfred soltó unas buenas carcajadas y rodeó con sus brazos la cintura de su amada, estirándose hasta quedar en una posición cómoda, hundiendo su nariz entre el cosquilleo que su cabello fragante y la cálida curva de su cuerpo trigueño, provocaba presionado contra él.
La esencia de chocolate con vainilla y una pizca de chile verde llenando de gozo sus pulmones. Sintiendo los calmados latidos de sus corazones al unísono y las caricias de esos delgados dedos trigueños en su pecho... un sueño.
-Te amo, María.
La escuchó sonreír y comenzó a pasar sus largos dedos por su espalda, acariciando por encima del camisón.
-Te amo mucho. Gracias por darme esta familia.
Sintió el beso de unos cálidos labios sobre su pecho y se le abrió el cielo.
-También te amo, Al.
Entre sonrisas cediendo al sueño, el vaivén de sus respiraciones acompañadas y la fría brisa que entraba silenciosa por las ventanas: ambos cerraron los ojos y durmieron plácidos dentro de aquel cálido abrazo.
Cinco minutos.
Quizás el descanso duró cinco minutos, o al menos así lo percibió Alfred, ya que de repente una voces se oyeron a la distancia, casi como si estuvieran amortiguadas a través de agua. Frunció el entrecejo y enterró su cabeza entre unos brazos... si eran sus hijos buscando qué desayunar por ahí en la cocina le iba a dar algo. Seguro en unos segundos más abrirían la puerta de su habitación y se les lanzaría a la cama para despertarlos con hambre y bajo una lluvia de besos.
Alfred esperó algunos minutos con las voces aún escuchándose allí, lejos... pero nadie interrumpió su sueño. Esbozó una sonrisita sin darse cuenta y se volvió a acomodar su cabeza cuando percibió que la brisa se había vuelto ahora un molesto aire constante, más frío y directo dándole justo en su hombro derecho.
Se quejó y cerró sus brazos para atrapar el calor del cuerpo de su esposa por más tiempo, es que era casi como si aquella calidez se estaba yendo, escapando de arrepentimiento y, en vez de toparse con piel suave, un golpe seco en su frente. . lo hizo levantarse como recurso.
Parpadeó un par de veces para adaptarse a la repentina claridad y se frotó las manos por el frío, luego su cerebro terminó de despertar y pudo procesar las voces a la distancia... pero no eran las de sus hijos y tampoco estaban tan lejos.
-¿Que paso hermano? ¿Estás bien?
Alfred giró a su izquierda con un salto, donde la calidez de María debía estar esperándolos los ojos morados de Canadá lo observaron extrañados.
-¿Qué carajo estás haciendo aquí?
La boca de Matthew se abrió de par en par y su ceño se frunció ligeramente.
-¿Disculpe?
-¡America! Que bueno que ya despertaste porque te toca presentar en unos minutos- comentó Alemania, llegando a la mesa de los hermanos con dos carpetas repletas de hojas y gráficos. Se lo veía un poco alterado. -¿O es que planeas otro sueño de belleza entre importantes exposiciones mundiales?
-¡¿Disculpe?! No me hables de esa forma, Kraut.
Un tic en el ojo izquierdo de Alemania se hizo presente.
-¡Alfredo! ¿Por qué lo llamas así?- susurró Matthew cada vez más intranquilo. -¿Qué sucede contigo?
-¡¿Qué…qué me pasa?! ¡Ustedes son los que no tienen sentido! Esto es, solo...- tiritó al sentir el aire acondicionado más fuerte y frío sobre su piel y cerró los ojos tratando de comprenderlo todo. - ¿Dónde carajo está María?
-¿María?
-¡SI! Maldita María, Mateo. La Mary que conocemos, ya sabes: bajita, curvilínea, piel trigueña y enojona ¡Mary!
-Mexiko ha estado desde el comienzo de la conferencia en su asiento- interrumpió el alemán con un semblante serio y mirada furiosa. -A diferencia de otros, ella sí se ha comportado a la altura de una reunión del G-20.
-¿Q-Qué?
Alfred se estiró el cuello para detallar el otro extremo del salón, sintiendo un pesar en el estómago cuando confirmó que María estaba allí, conversando con Brasil y Argentina entre risas y snacks que compartían entre los tres.
Su cabello oscuro recogido en trenzas colocadas cerca de su coronilla a modo de moño, sus labios rojos pronunciando una melodía que no percibía desde tal lejanía y ojos risueños mientras la carcajada de Brasil inundaba la sala con un extraño sonrojo de Argentina. Ella vestía no con su vestido de casa ni camisón de noche, sino con blusa, saco y falda ejecutiva; portando un brochecito de su bandera en su solapa izquierda.
Preciosa como siempre, pero no a su lado... todo lo contrario. Lejos, muy lejos. Y regalándole esa bella sonrisa a otros: no a sus hijos en la cena, no a él en la cocina dándole la bienvenida.
-Amerika?- inquirió Alemania al notar cómo el estadounidense parecía desvanecerse en desilusión.
-...un sueño - susurró muy por debajo.
-¿Era?
-¿Estás bien, hermano?
-Estaba dormido- habló con voz ligeramente más fuerte.
-¡Ja! Creí habertelo dejado claro desde un inicio- Alemania rodó los ojos y asentó sus dos carpetas en la mesa. -Pero ahora que estás despierto necesito que...
-Wait Allemagne- digo Canadá con sutileza mientras tomaba a su hermano de los hombros y lo acomodaba mejor en su silla. Tenía la mirada perdida... o más bien, embaucada en alguien. -Alfred ¿Tuviste una pesadilla?
-No, no fue una pesadilla- Alfred despegó los ojos de su vecina y los bajó a su regazo, triste; y es que ya ni siquiera recodaba la ultima vez que la vio sonreírle. -Solo fue... nah, olvídalo. No tiene caso hablar de un imposible.
Canadá exhaló aliviado y le sonó a Alemania, pero éste no pudo haber estado más rojo e impaciente.
-¡Bien entonces! Ya se aclaró todo.
-Nein. No le he explicado el nuevo contenido de la presentación.
USA levantó la mirada lentamente hacia el otro extremo de la sala, como si alguna especie de magnetismo lo estuviera llamando de nuevo.
-Pero Alfred ahora ya volvió en sí, seguro solo fue el letargo del sueño, es común.
-Pues qué momento tan más inoportuno.
Su estómago dio un fuerte tirón cuando las orbes doradas de México se encontraron con las suyas entre la charla que Argentina quería establecer con ella. Quiso sonreírle, pero su cuerpo no le respondió. María frunció el entrecejo incómoda y regresó su atención a las otras naciones latinas por un par de segundos más antes de voltear hacia Alfred de nuevo.
Creyó que haría algo al notarle esos labios rojos entreabiertos, pero ella solo titubeó y, con la expresión ahora más fastidiada que antes, le señaló a Brasil su café y él asomaba, levantándose los dos hacia la máquina dispensadora mientras Argentina sacaba su celular y comenzaba. . un teclear.
-Lo bueno es que ya pasó ¿No Alfred? Él está de vuelta.
Sintió la mano de Matthew en su hombro y parpadeó un par de veces hasta enfocar a su hermano, solo que en el fondo la imagen de Brasil inclinada en la pared hacia México mientras esperaban que sus cafés terminaran de llenarse lo distrajo.
-Y-Yo no lo afirmaría aún, Canada- dijo al borde de un ataque el alemán. -Sigue en las nubes verdes .
-¿Hermano?
María redirigió hacia la máquina dispensadora la mano del moreno que quería posarse en ella y él pegó un leve brinco al notar que sus cafés estaban ya servidos. Ambos rieron y tomaron sus tazas para regresar a sus asientos, pero los pasos de la trigueña fueron más cortos... quizás a propósito o quizás por su falda lápiz, pero al juntar los labios para depositarlos suavemente en su taza volvió la mirada a Alfred. . y se detuvo en seco.
-¡Hermano!
El rostro de Matthew de repente se hizo presente y, si no fuera por el zangoloteo que le dio, Alfred hubiera jurado que por fin tras tantos años, María le había dedicado una de sus sonrisas.
-¡Estoy aquí, estoy de vuelta!- gritó USA exasperado.
Canadá miró con escepticismo al alemán y éste se sobó las ciencias. Alfred levantó las carpetas con brusquedad de la mesa.
-Ahora dale esos malditos papeles.
Matthew dejó salir un suspiro y se acercó aliviado mientras volvía a palmear su hombro.
-...bienvenido de nuevo.
-Por fin devuelta a la realidad, Amerika.
PD.: los nombres Christopher y Emily son un quizás para Texas y California ¿Qué opinan? ¿Si les quedan?
