Alfred se despertó con una sensación muy extraña ese día, que no se debía al dolor de cabeza provocado por el ponche de Halloween y que tampoco se trataba de la casi diabetes que estuvo a nada de contraer por tanto dulce y chocolate... era algo más profundo, menos obvio, de origen por completo desconocido y más inquietante, ajeno. Era algo que no le gustaba, pero que le llamaba, que le exigía ser atendido... y como buen hombre reacio a quedarse con la duda, solo cerró sus ojos y escuchó a su intuición.
Se levantó de la cama a ciegas y extendió los brazos para tocar a su alrededor, temeroso de tropezar con algún mueble y lastimarse, pero aún así continuó su avance, con pasos cortos, nerviosos, hasta el punto intrigante al que sus pies lo llevaban involuntariamente. . Al llegar, sus párpados se alzaron ansiosos y la suave luz matutina reflejó destellos dorados en su cabello, resaltando igual el turquesa de su mirada, como si propio sol desease imitar el tono del mismo cielo dentro de sus orbes.
Frunció el entrecejo y con sus dedos rozó el borde del objeto que tenía enfrente, se trataba de un espejo que le había regalado alguien que no recordaba hacía varios siglos, la plata tallada en él ya estaba desgastada y su vidrio había reflejado tantas facetas de su propia existencia, que se había mezclado ya con el ambiente a tal grado que, de no haber sido detenido ante él, lo habría pasado por alto como otro mueble más en la habitación.
La única diferencia, el porqué no lo ignoró como cualquier otro día, fue ese calor en su pecho, esa sensación que lo confundía y lo desasosegaba pero que también, por una razón que no comprendía, le causaba nostalgia, alegría, comodidad.
De nombrar aquel calor, pensó, lo nombraría...
-Hogar.
El cristal se empañó con el vaho de su voz y el teléfono de su buró sonó al mismo tiempo, sacándolo de su ensimismamiento. Llegó al dispositivo con dos limpias zancadas y lo colocó en su oreja al tiempo que notaba los envoltorios de diversas golosinas esparcidas por toda la cama, suelo y mueble.
Su cara se crispó en una mueca de asco por un momento, pero luego sus hombros le restaron la importancia que quizás se merecían.
-¿Hola? ¿Quién es? - revisó entre la basura con la esperanza de que su hambre nocturna hubiera dejado algún chocolate para su gula mañanera, pero no logró encontrar nada. Bufó, un poco decepcionado. -¿Quién es? - repitió, comenzando a hartarse del ruido blanco que la persona, al otro lado de la línea, provocaba con su silencio. -Quién es...
- Mēxihco ...- sintió su sangre helarse al escuchar una voz grave, muy profunda, como si le hablase desde ultratumba. - Mēxihco ...- repitió la persona, antes de que se cortara la señal.
Pasó saliva con trabajo y algo dentro lo hizo voltear hacia el espejo, notando cómo, del desgastado borde, se remarcaban las palabras "From tu nakai" entre tanto tallado floral.
-T-Tony...- comenzó a temblar su voz, sin separar la vista de aquel fenómeno. -¡Tony! Ven aquí, amigo - se acercó hasta el espejo y volvió a pasar los dedos por él, sintiendo su fría superficie. -Realmente está sucediendo... - la puerta de la habitación se abrió y una pequeña figura verde entró, aún con su disfraz de hawaiano.
-¿Qué?- preguntó el hombrecito, observando muy curioso las acciones de su anfitrión.
-¡Oye, mira esto! - jaló sin cuidado al pequeñín y se aseguró de que sus grandes ojos quedaran a unos centímetros de la inscripción que se resaltaba cada vez más. -¿Es normal? No eres de la Tierra.
Observó a su amigo verdoso, pero todo lo que obtuvo fue una negación. Se llevó las manos a su nuca y las subió para revolverse el cabello... aquella sensación en su pecho incrementaba.
-Not explain- habló seguro el extraterrestre. -Not physics - el chico cerró los ojos y se llevó una mano a la boca, de sus más viejos recuerdos, apareció una joven y curvilínea figura sonriente, entregándole el espejo con la esperanza de que, cada que se observara en su reflejo, también la recordara a ella... como si estuviera siempre a su lado. -USA?
-MARY!- el alien brincó ligeramente y lo miró extrañado... los humanos eran tan raros. -Something must be happening to her right now... I gotta go! [Algo debe estar pasándole ahora mismo... ¡Tengo que ir!]
Y el hombrecito observó, tras darle un sorbo a su botella vidriosa de Coca-Cola, cómo el estadounidense se enfundaba a toda prisa una botas y salía corriendo a, pensó con una sonrisa torcida, la casa de su vecina; después de que la puerta principal se azotara, Tony alzó los hombros y los dejó caer indiferente... humanos al fin de cuentas: el suyo, por ejemplo, siempre se dejaba llevar por los vientos del sur.
El trayecto a la casa de su vecina de por sí no tardaba más que un par de horas, pero en esa ocasión, le parecieron tan solo minutos. Al llegar a la capital azteca algo en el ambiente le intensificó aquel calor que no paraba de brotar en su pecho, miró hacia ambos lados de la calle con el ceño fruncido y acomodó mejor su saco naranja que simulaba una calabaza... momento ¡¿una calabaza?!
El estadounidense dio un salto y corrió hacia una de las tiendas que halló; allí se observó en el primer espejo que encontró y descubrió, con un sonrojo conquistándole el rostro repentinamente, que aún llevaba puesto su disfraz de Halloween, desde la camisa púrpura oscura hasta el saco frac y pantalones anaranjados con solapas verdes; la única diferencia entre el outfit del festejo del día anterior y ese momento, eran las botas vaqueras que se había puesto sin siquiera fijarse al salir de su habitación.
-Buenas tardes señor ¿En qué puedo ayudarlo?- el rubio volteó con las cejas curvas en vergüenza y sonrió nervioso a la señorita que trabajaba en el lugar, seguramente lucía de lo más ridículo.
-E-Eh... well, amm...
-¿Buscaba algo en específico?- la expresión del chico cambió a una extrañada cuando la vendedora se dio media vuelta y comenzó a extenderle varios contenedores plásticos de colores como si nada; como si, entre ellos dos, no hubiera ninguno vestido raramente. -¿Maquillaje quizá? Este de aquí es indeleble al agua y sudor, perfecto para todo el día.
-B-But...
-O quizá esté buscando un sombrero de tiro alto para completar su atuendo, creo que al fondo del bazar tengo uno con flores de cempasúchil, deje lo reviso...- los ojos del estadounidense se pasearon extrañados de izquierda a derecha y, aprovechando que la chica se perdía lentamente por la parte más alejada de la tienda, colocó el maquillaje en una las repisas que encontró y con sumo cuidado dio vuelta para encaminarse a la salida.
-Le llevaré dos para saber cuál le queda y cuál no ¿Le parece bien?- escuchó a la distancia y cerró los ojos, deteniéndose. No podía dejar a la vendedora así sin más, sin siquiera un goodby...
-¿No te despedirás?- volvió a brincar como por cuarta vez en el día y abrió los ojos sorprendido, pues frente a él y portando una bolsa verde de compras, apareció a quién tanto buscaba. -Eso sí que no gringo, no en mi país.
-Mary!- la tomó entre sus brazos y la abrazó con tanta fuerza que, cuando la separó, ella respiró agitadamente. -I'm so happy to see you!
-¡Ya wey! ¿Por qué chingados siempre que me abrazas me sacas el aire? Te juro por la Virgencita que eres el único país que me hace eso- la mexicana lo observó de arriba a abajo e hizo una mueca de desagrado. -...¿Y qué madres llevas puesto?
-Regresé señor, traje estos dos sombreros ¿Cuál le gusta más para completar su atuendo?- la trigueña observó a la vendedora y luego a su vecino, se percató de lo que la chica ofrecía en sus manos y luego detalló de nuevo el traje de su amigo. Se llevó una mano el pecho y sonrió enternecida.
-¿Neta lo recordaste?
El estadounidense se rascó la nuca por un segundo, extrañado al saberse responsable de la felicidad que gobernó repentinamente el rostro de María, pero contento y orgulloso de aquel gran logro, ya que por lo general él solo lograba molestarla; asintió efusivamente, mientras colocaba sus manos en su cinturón y sacaba el pecho.
-Of course! ¿Cómo lo olvidaría? Hehehe - los ojos azules se abrieron como platos cuando la trigueña se abalanzó contra su torso y lo abrazó, hundiendo su cara entre los pliegos de su saco y acariciando su espalda con lentitud. Miró a la vendedora extrañado, pero lo único que encontró fue a otra mexicana conmovida.
-Ay Alfred... no sabes lo mucho que significa para mí- la sintió reír. -Estas fechas son siempre especiales y solo estamos Chiquito y yo en casa organizando todo para la noche ¡Es lindo saber que ahora te tendremos, aunque sea para retrasar las cosas!
Aquel calor que tanto había sentido desde que despertó... se desbordó, como si por fin hubiese encontrado su camino a casa y cubriera con infinita calidez todo su ser; era casi como si el tacto sincero de su vecina hubiera atraído ese fuego contenido y le hubiera dado el sentido que tanto anhelaba y buscaba.
Era como estar al fin en...
-Home- susurró. Bajó la mirada para observar los ojos brillosos de María, que le sonreía de la manera más pura que él jamás hubiera visto y que lo recibía y aceptaba con, literalmente, los brazos abiertos.
-A ver, veamos qué tenemos aquí- cuando su vecina se separó y le puso atención a la vendedora, aquel calor en su pecho disminuyó, como si aún disfrutara del fantasma del abrazo de la chica pero también como si ya deseara sentirla de nuevo. Era increíble, fascinante y alarmante para el estadounidense.
Quizá eso había sido lo de la mañana, pensó, a lo mejor Halloween había sido mucho más que aquella noche de diversión, sustos, dulces y bailes en la que él y su país habían transformado la tradición. Recordando sus orígenes, cuando Irlanda le había contado a escondidas de Inglaterra sobre el Samhain y sobre cómo el mundo de los vivos y de los muertos se conectaban durante el 31 de octubre... quizá, al fin de cuentas, era cierto.
A lo mejor, pensó el estadounidense llevándose una mano a la barbilla y observando de reojo cómo Mary y la señorita escogían sombreros... a lo mejor, volteó hacia el espejo y se miró a los ojos... a lo mejor sí que era cierto. Que lo que había ocurrido con aquel espejo en la mañana era una señal, de algún ente, que le quiso ayudar con aquel calor en su pecho al enviarlo al lugar donde sabía que aquel fuego encontraría su lugar... su hogar.
Rió cuando recordó la llamada ¡Hasta eso tuvo que hacer el ente para que le quedara claro! Ahora era tan obvio... su hogar, su home, siempre había sido al lado de México. Pero ¿Por qué de esa forma? ¿Por qué un día después de Halloween y no durante?
-De acuerdo, muchas gracias señorita ¡Qué amable y feliz día!
-Gracias, igualmente.
Sintió una mano en su hombro y volvió al saltar ligeramente, hallando a su vecina sonriente a su lado.
-¿Nos vamos ya? Tendrás que ayudarme con muchas cosas hoy, gringo- él frunció el entrecejo, pero no tardó en sonreír mientras se ponía aquel sombrero que recién le habían comprado.
-Let's go.
La trigueña rodó los ojos y rio al mismo tiempo que Alfred pasó su mano por debajo de su codo y entrelazó sus antebrazos tal y como lo haría Inglaterra al pasear con una dama por los jardines de algún castillo o palacio.
Al retomar las calles concurridas y empedradas del centro histórico, la mexicana se dio el gusto de servir como una especie de guía turística, teniendo como primera parada, un puesto de dulces típicos que encontró tan solo a unos pasos del bazar.
-Alfredo, tienes que probar de estos dulces- el chico miró extrañado todos los colores y las formas tan curiosas de aquellos candies que no se acercaban en lo absoluto a la barra Hershey en la que él había pensado, pero que, en definitiva, lucían apetitosos.
-¡Güero! ¿Qué le damos?- la señora detrás de los dulces le sonrió ampliamente y luego posó su atención a María. -¡Ay señorita! No la había visto ¿Cómo estás querida Mari?- USA se sorprendió de la forma en la que se abrazaron, era tan raro, pensó... como si fueran familia.
-Doña Doris ¿Qué tal la nieta?
-¡Ah! Ya sabes cómo son los escuincles hoy en día, ahí debe andar la Lupe paseando con el novio- las mujeres rieron y luego la señora observó al estadounidense con una sonrisa torcida dirigida a la trigueña. -Aunque al parecer mi Lupe no es la única paseando con el novio...
Un sonrojo se apoderó del rostro de ambas naciones, pero mientras que él intentó hacerlo pasar como un golpe de calor, ella negó con la cabeza entre risas nerviosas.
-Ay Doña Doris... ¡Cómo cree! Solo es un amigo que anda de visita, ya sabes que a los extranjeros les gustan estas fechas jejeje...
-Sí claro...- susurró la señora mirándolos con los ojos entrecerrados y procurando ocultar una sonrisa traviesa. -A menos que este güero sea el gringo del que siempre me habl...
-¡Bueno! Hoy le compraré dos cocadas, un amaranto y una calaverita de chocolate, serían $45 ¿No? - La trigueña interrumpió a la señora y empezó a contar sus monedas muy nerviosa en una de las angostas maderas del costado del puesto, dejando accidentalmente a su vecino expuesto bajo la mirada suspicaz de Doña Doris.
-Hi- habló en voz baja, solo para intentar romper la incomodidad que sentía, pero lo único que logró fue sacarle una carcajada a la señora, quien se acercó a él y colocó una de sus manos en su mejilla, apretándola.
-Vaya que estás re guapo gringuito...- lo soltó y Alfred pronto se sobó el área con el ceño fruncido, solo para oír las carcajadas aún más intensas. -Solo cuídamela bien ¿Sí? Debes tratarla con amor y respeto, porque aquí entre nos, sabemos que eso es lo mínimo que un ángel como ella se merece.
Lo único que pudo hacer Alfred fue darle la razón, asintiendo con la cabeza... eso era lo único que ella siempre se había merecido, pero que él no siempre había podido darle, al menos no el respeto y el reconocimiento que ella debía tener por ser, como Doña Doris dijo, un ángel...
-Tenga Doris, muchas gracias por todo. Nos vemos después ¿Si?- la trigueña tomó su mano y le ofreció uno de los dulces que compró, despidiéndose de la vendedora que los dejó partir con un feliz movimiento de brazo. -Prueba éste, es una cocada ¡Ya verás cómo te gusta!
-Nice woman- escuchó la leve risa que soltó Mary oculta bajo un mechón de cabello y él sonrió, abriendo el paquetito que el dio.
-Sí... así es Doña Doris- él examinó el dulce por un momento, extrañado por los pelos que tenía y de su textura, pero, tomando valor, lo mordió bajo la mirada expectante de su vecina.
-Oh my god...
-¿Te gusta?- los ojos de la chica se llenaron de esperanza, mientras que los ojos del chico se abrieron en sorpresa.
-I love it!
-¡Pues obvio! Son exquisitas- ambos rieron y continuaron con su recorrido por el centro mientras devoraban el resto de los dulces típicos.
Al llegar a una esquina, la mexicana volvió a detenerse y a jalar de la mano al gringo tan repentinamente, que de su boca salió volando un pequeño pedazo de amaranto y coco. Quiso reclamarle, pero su atención se centró en el nuevo puesto en el que se habían detenido, era uno que también estaba lleno de colores, pero en vez de comida, habían múltiples accesorios y adornos para el cabello, así como variados complementos para disfraces. Curioso, pensó, esa clase de cositas las encontraría en una tienda formal de un dólar, no en la calle.
-¿Cuánto esto Don?- tomó en mano el moño enorme y negro que la chica había elegido y lo observó... ella no se vería nada mal con eso, pero le quedaban mejor los colores vivos.
-15 pesos señorita- le respondió un hombre muy ocupado en acomodar varios accesorios que se habían caído.
-Vamos a ver, agáchate Alfred- él frunció el entrecejo mientras que ella se ponía de puntitas para intentar alcanzar su nuca.
-What? ¿No es para ti?
-¡Obvio no! Ve el tamaño, es de Charro. Ahora agáchate- la obedeció y pronto sintió cómo pasó el moño por su cuello y se lo acomodó bien en el centro de sus clavículas. -Humm... hay algo que no cuadra- él volteó hacia el espejo que colgaba del puesto y abrió los ojos al ver lo elegante que había quedado.
-What are you saying?! I look damn good...
María rio al verlo posar para su propio reflejo con tanta confianza y seguridad, a pesar de que su traje nada más no encajaba con el de un verdadero Catrín y que luciera, sin importar los accesorios que le comprase, como lo que realmente era, un gringo intentando "mexicanizarse por un día".
-'ta bueno, si dices que te ves guapo entonces nos llevamos el moño- él la miró con una pequeña sonrisa casi oculta por la comisura de sus labios y, cuando notó que María volvía a sacar su monedero, se aproximó con rapidez.
-Let me pay it, tu pagaste por los dulces antes y no debió ser así, sorry- ella frunció el entrecejo y luego empezó a reír con ganas, cosa que lo extrañó.
-Wey son 15 pesos, eso ni un dólar es. Además dudo mucho que hayas pasado por una casa de cambio, así que déjame pagar... no olvides que estás en mis tierras, gringo- él quiso refutar, pero la chica ya le había entregado las monedas al señor y volvió a tomarlo de la mano para apartarlo de allí. -Continuemos.
El final de la calle se presumía cerca y él notó, según las señalizaciones, que no se hallaban tan lejos de la casa de María, solo habrían que avanzar una cuadra a la derecha y llegarían; pero entonces también se dio cuenta de un puesto de nieves y otro de flores. Con una espontaneidad que sorprendió a la chica, apretó aún más su mano y la condujo corriendo con el señor de las nieves.
-That's ice cream, isn't it? - le habló con la voz agitada y rio al verla con el cabello un poco desordenado.
-¡Auch, mi muñeca cabrón! Para la próxima avisa que me vas a jalonear.
-Pídeme uno de...- se inclinó para leer los sabores y luego se incorporó con la energía de niño en juguetería. -¡Uno de chocolate!- y empujó a la trigueña contra la pequeña multitud que se había formado alrededor del puesto, escuchando sus quejas antes de aprovechar para correr hacia la señora con las flores.
-¿Cuánto por esas?- se mordió la lengua al escuchar su acento americano tan marcado, pero para su suerte, la vendedora lo comprendió perfectamente.
-'Pos mire güerito, el cempasúchil naranja lo doy en paquete con los cempasúchil rosas y le queda a $150 ¿Qué le parece? Así ganamos ambos ¿No?- él volteó apresurado hacia María, asegurándose de que seguiría entre tanta fila. -Ah... ya veo ¿Es para aquella hermosa trigueña?
-¿Q-Qué?- un sonrojo volvió a conquistar su rostro y lo delató, diviriendo a la vendedora ¿Qué clase de sexto sentido tenían las señoras en México? ¿Por qué él no lo entendía? Era como si cada una de ellas llevara a un mini Francis interno.
-Si es para la señorita, le recomiendo estas- sujetó un racimo enorme lleno de rosas pomposas y muy rojas. -Este... se lo dejo también a $150, una gana gana ¿A qué no?
Él hizo una mueca, aquellas rosas serían muy obvias, y no quería algo tan obvio o romántico. Solo quería comprárselas como forma de agradecimiento... ¿No? Además, según tenía entendido, ese tipo de rosas solo se usan en el Día de San Valentín, no después de Halloween y, de dedicarle flores, no le entregaría unas comunes, ni típicas o habituales... de darle un racimo, sería con algo que tuviera sentido, que le representará, que fue como... pasó su mirada por las demás flores y una fragancia peculiarmente familiar le llamó la atención.
-¿Cuánto esas?- señaló un racimo repleto de flores de muchísimos colores, desde rojos intensos, hasta azules casi cielos, pasando por amarillos soleados, naranjas veraniegos y vinos seductores; algunos tenían patrones de blanco en sus hojas y otros se mezclaban en un hermoso degradado de otros tonos... eran exóticos para él, pero ello no le quitaba lo bello, por el contrario, se lo añadía.
-¿Las dalias? Son preciosas ¿verdad?- él ascendió y sujetó el racimo, inhalando aquella fragancia que, para su grata sorpresa, era exactamente la misma a la que siempre olía María. -Son mis favoritas, además de que es la flor nacional ¿Sabía eso güerito?
-No- acarició uno de los pétalos, volteó buscando aquella cabellera castaña ondulada y sonriendo suspirando... ahora tenía sentido.
-¡Oooh! ¡Qué hermoso es el amor joven!
-¿Que acabas de decir? - la florista empujó el racimo contra el pecho del estadounidense y, con una sonrisa soñadora, lo observó.
-Olvide el pago, corra hacia ella y ¡Decláresele! ¡Que este día hasta sus ancestros se enteren!- él la miró extrañado, pero la señora no paraba de insistirle. -¿Qué tanto esperas, gringo? ¿A que se la ganen?- Empezó por sacar su cartera, pero ella negó efusivamente. -Solo sea sincero con ella, por favor... es mi obsequio.
Quiso decir algo pero, del abrir y cerrar de su boca, solo salían balbuceos ¿Cómo podía una persona necesitada económicamente tener tanto corazón? Regalar su producto sin más atentaba el mercado, le hacía perder el sentido a su amado capitalismo.
-¡Apúrele que ya está pagando las nieves!- la señora tomó de los hombros al estupefacto rubio y le dio la vuelta, empujándolo hacia el puesto donde estaba María. -Suerte muchacho- susurró con la mano en el corazón.
Cuando la nación mexicana volteó, se topó con un vecino muy rojo y con los ojos casi queriéndosele salir del rostro. Brincó por un segundo y se aproximó preocupada hacia él.
-¿Estás bien?- lo tomó del brazo y lo llevó del otro lado de la calle, en donde hubiera sombra. -¿Te dio un golpe de calor o algo as...- bajó la vista y, para su sorpresa, Alfred le mostró bruscamente un racimo repleto de sus flores favoritas con un nivel de rojez en la cara que fácilmente podría competir con las propias dalias. -¿Y esas?
-Gracias por pagar por mí, Mary- él tomó su mano e intercambió su nieve de chocolate, por el racimo.
-A-Ah... es por eso- ella hundió su nariz en las flores y sonriendo con deje tristón, alzando la vista para verlo directamente a sus ojos azules. -Es muy lindo de tu parte Alfred- sonoramente y se colocó de puntitas para darle un beso en la mejilla, la cara del gringo se confundía ya con la pintura roja de la casa que tenían detrás. -Muchas gracias.
Él tragó con dificultad la cucharada de su nieve y luego se rascó la nuca, nervioso.
-No fue nada... en serio - a la distancia solo se oyó un pequeño gritito de alegría proveniente del mismo puesto donde él había adquirido el racimo. -¿Continuamos?
-Claro- avanzaron hacia la casa de María entre un silencio que, si bien no se notaba tanto gracias a los sonidos de la gente comprando y de la urbe, no por ello dejaba de ser un poco incómodo entre ambos. -Aquí es- ella sacó sus llaves y abrió la puerta. -Adelante.
-Después de ti - le sonriendo y entonces entraron al lugar.
En cuanto puso un pie dentro, aquel calor en su pecho, renació.
-¡Hola Chiquito! ¡Mami volvió!- le resultó divertido ver a aquel pequeño chihuahua brincando sobre sus patas traseras y comportándose tan mansamente ante los pies de la chica, sobre todo considerando que, cada que el dichoso " Chiquito " se percataba de su presencia en la casa, entonces comenzaba a... -¡Chiquis, no!
Una bolita de gruñidos y furia se abalanzó contra las botas vaqueras del estadounidense, ladrándole con todo lo que sus pulmoncitos le permitían e intentando morder de su calzado todo lo que pudiera hasta llegar a la propia carne y hueso.
-Oh dios... Mary, your dog!- él evitaba pisar o incluso patear al perro que tanto insistía en correrlo del lugar, pidiéndole ayuda a su vecina con la mirada hastiada y desesperada por la situación. -¡María!
-¡Te tengo Chiquis!- ella sujetó al chihuahua y, en cuanto lo hizo, la agresividad de éste se intensifica. -Tú acomódate mientras lo guardas en la recámara ¿si?
Él acercándose y alentándose mientras escuchaba las " reprimendas " que le daban al " Chiquis " camino a la habitación. Colocó las cosas que habían comprado en la mesita del centro de la sala y tomó asiento en el sillón. Sospechó y no pudo evitar asombrarse al notar el reloj de la pared de enfrente.
¡Casi medio día estando con Mary y sin discutir con ella! Eso sin duda era un nuevo récord mundial. Sonrió, vaya que aquel ente había tenido razón, no pudo haber seleccionado el día mejor para estar con ella.
-¡Regresé!- ella se dejó caer a su lado en el sillón y añadió al jarrón de su mesita, las dalias que él había "comprado". -Hoy tenemos mucho que hacer, gringo ¿Me ayudarás bien, bien?
Los ojos azules detallaron los avellana y el calor en el pecho del rubio se intensificó, casi como en el momento en que ella lo había abrazado... sonriendo.
-Sea lo que sea Mary, te ayudaré- le ofreció una palma de su mano abierta y las estrecharon, contentos.
-Conste que tú solo te metiendo... ahora a terminar el altar- ella se levantó y él la imitó, un poco indeciso estás por el tono de voz de la mexicana, pero aún sin saber lo que "altar" quería decir. -Pásame mis compras de la bolsa verde ¿Quieres?- la obedeció... y de allí, puras órdenes le siguieron.
-En la barra de la cocina hay un buen de platillos pequeños, acércamelos porfa...
-¿Ves esas flores de cempasúchil? Hay que acomodarlas por toda esta zona...
-Toma un cerillo y ¡A encender las veladoras se ha dicho!...
-Con mucho cuidado ¡Mucho y excesivo cuidado! Pásame el papel picado evitando que se enreden ¿si? Y si las rompe, te rompo tu madr...
-Acércame la sal y el comal...
-Muévete del suelo que debo poner el camino de flores...
-¡Hora de un buen descanso y unos taquitos!...
-¿Quieres Coca? Yo también...
-¡Ese no es el baño! Vas a sacar a ¡Ah! ¡Chiquito, vuelve a la cámara!
-Oye Alfred, por el horno están el Pib y el Pan de Muerto ¿Si me los alcanzas? Gracias...
-¡Tarán! ¡Terminado al fin!- la mexicana posó orgullosa ante el altar que había construido y el estadounidense se dejó caer rendido en el suelo, miró el reloj de la pared... ¡Ya eran las 6:30 de la tarde! -¿Qué pasa? No me digas que te cansaste...
-¡Estoy agotado! - la chica molesta ante los berrinches del gringo y él alzó su vista turquesa hacia su vecina para continuar quejándose, pero las palabras que planeaba decir, se quedaron atoradas en su garganta, pues frente a él, una vez con las luces de la sala apagadas. y con solo el resplandor de las veladoras alumbrando, se alzaba una imponente y magnífica ofrenda de siete pisos, decorada hasta el último centímetro con comida, flores, imágenes, figuritas, cervezas, licores, dulces y panes... era casi irreal -Oh ¡Dios mío! ¿Hicimos eso?
La chica se sentó a su lado y lanzó un suspiro un tanto melancólico.
-Si... nos quedó re chulo ¿verdad?- ambos lanzaron un jadeo de admiración, pues era tal la impresión del altar, que hasta robaba el aliento de cualquiera que se propusiera admirarlo.
El ensimismo dura un tiempo que el rubio no supo describir con precisión; pero cuando el chihuahua ladró desde la recámara, perdió toda concentración y conexión con aquel calor que la ofrenda la detonaba en su pecho. Cuando observó el reloj, éste ya indicaba las 7 pm.
-Entonces…- carraspeó- ¿Para qué hicimos eso? - lo siguiente que notó, fueron los ojos como platos de su vecina.
-¡¿Cómo que para qué, wey?! ¡Es la ofrenda!- él pasó su mirada de izquierda a derecha y viceversa, seguía sin comprenderlo. -¿Qué no viniste para celebrar? Eso habías dicho cuando te vi en el bazar comprando ese sombrero de copa alta.
-Eh... en realidad- se llevó una mano a la nuca y volvió a rascarla. -Vine por algo un tanto... difícil de creer- María alzó una ceja y cruzó sus brazos bajo su pecho. -¿Recuerdas aquel espejo de plata que me regalaste hace mucho tiempo atrás? El de la inscripción "From tu nakai"
-¡Ah! S-Sí- un sonrojo se expande por la piel trigueña, no podría olvidar aquel espejo aún si lo intentara. Se lo había obsequiado al gringo durante su época colonial, en cuanto sus primeros pueblos mineros comenzaron a extraer la plata suficiente; pero sustraer el espejo de la colección privada de Antonio y tallar en él una inscripción mal hecha con un cuchillo solo para dárselo al chico por quien empezó a sentir "mariposas en el estómago", es una sensación que jamás olvidaría. -¿Q-Qué tiene? ¿Aún lo conservas?
-¡Por supuesto! Jamás lo desearía.
-¡Ah! Mira qué curioso...- se llevó una mano a la cara y acomodó un mechón de pelo detrás de su oreja.
-De todos modos... Irlanda dice que el 31 de octubre los mundos de los vivos y de los muertos rompen sus barreras, y creo que el espejo fue una de esas barreras porque, tan pronto me acerqué a él, alguien me llamó y susurró " Mexico" con voz grave y rasposa... era como de ultratumba. Era aterrador y vine para asegurarme de que estuvieras bien- el chico alzó la vista temeroso hacia su vecina, encontrándola con la boca entreabierta y la mirada incrédula. -Lo sé... suena estúpido.
-Por supuesto que no suena estúpido Alfred...- él brincó cuando ella colocó su mano sobre la suya, en el suelo; y se sonrojó cuando se acercó su rostro al suyo -¿Qué más te dijo? ¿No mencionó un lugar en específico?- él negó con la cabeza y ella suspiró, como derrotada.
-Solo mencionó México, dos veces- la trigueña se incorporó de un salto y corrió hacia una de las habitaciones de la casa, perdiéndose tras las escaleras. El estadounidense solo pudo escuchar un golpe de puerta cerrándose antes de levantarse también. -¿María?
Siguió los pasos de su vecina indeciso, pero no se atrevió a subir ¿Qué había dicho? Pasó sus manos por sus cabellos y tiró ligeramente de ellos ¡¿Por qué siempre tuve que arruinar las cosas?! ¡Con lo bien que habían estado hasta entonces! Observó el altar a sus espaldas e hizo una mueca... la situación no tenía ningún sentido, ni el altar, ni lo que le había pasado en la mañana, ni el que se hubieran podido llevar tan bien durante casi todo un día. . Todo había sido demasiado bueno para ser cierto. Tomó el sombrero de copa alta que en algún momento se quitó y se encaminó hacia la salida... si ella ya no quería saber nada de él, entonces debería...
-¿Qué estás haciendo?- él estadounidense volteó sorprendido y notó que, parada al pie de la escalera, su vecina lo observaba con la mirada confundida, portando en sus manos dos objetos -¿Te irás? P-Pero... ¿Por qué?- avanzó hacia ella preocupado mientras que los ojos de María se cristalizaban segundo a segundo que pasaban.
-M-Mary, por favor… no llores-hizo por tomar su rostro, pero ella apartó la mirada.
-Si te vas... n-no podré verlas de nuevo.
-¿Q-Qué?- la mirada confundida azul se conectó con la súplica de la avellana, encunó sus mejillas con sus manos y sintió una fría lágrima solitaria perderse entre su contacto. -¿A quién no podrás ver sin mí, Mary? ¿Por qué lloras?
-E-Es que...- la chica hipó y observó los objetos que tenía sujetos contra su pecho. -Se pusieron en contacto contigo cuando debía ser conmigo, se los he estado pidiendo cada noviembre sin falta, desde la última vez que pude verlas cuando volvieron... les pido no solo que regresen a casa y disfruten de sus ofrendas, también les pido un momento, una oportunidad para hablar con ellas, pero que eso no significa que yo esté sentado sola frente al altar, hablándole al aire.
-No lo entiendo, María...
Ella suena con un deje de tristeza y, apartando las manos del chico de su cara, colocó en ellas dos antigüedades, invaluables y peleadas por el INAH desde hacía varios años, pero que, por suerte, aún había podido conservar a su lado. Sonrió ante la mirada impresionada que su vecino le dio y, mientras él examinaba las figuras, ella lo condujo hacia el sillón de la sala, frente a su altar.
Se sentaron, rodilla contra rodilla y ella le acarició un mechón de pelo rubio. Entre las manos del estadounidense, frágiles y resistentes al mismo tiempo, talladas en obsidiana con detalles de oro y jade, se apreciaban dos siluetas humanas que él reconocía a duras penas, eran dos mujeres, similares pero con ropas distintas y facciones diferentes, que sonreían. e imponian en igualdad de proporciones. En la base de una de las figuritas, se notaba la leyenda "Azteca", mientras que en la otra se leía "Maya", con la misma letra imperfecta que rezaba la escritura en su espejo de plata.
-Recuerdo que las hice pocos años después de la Conquista, a escondidas, durante una clase de escultura que Antonio me obligó a tomar... las plasmé de la forma en que estaban cuando las vi por última vez y es la única forma que tengo para verlas, pues no hay retratos, ni códices, ni pergaminos... ni siquiera un dibujo dentro de las crónicas españolas. Antonio se empeñó en borrarlas, como si nunca hubieran existido... pero no pudo arrebatármelas de mis memorias totalmente.
Él comenzó a negar con la cabeza y el ceño fruncido antes de levantar la vista hacia su vecina.
-Aún no lo entiendo, Mary. ¿Esto qué tiene que ver con todo lo que te dije?
-Como que...? ¿Cómo que qué tiene que ver, Alfredo?- la chica se puso de pie y cruzó sus brazos bajo el pecho. -Irlanda te habrá hablado del Slajaim o cómo madres sea que se diga... pero aquí no es Europa, nada de eso sucede en estas tierras, al menos... no de la misma forma- le dio la espalda y, con la voz vuelta apenas un susurro, continuó. -Son muchos los días en los que el mundo de los vivos se conecta con el de los muertos, Alfred. Pero solo hoy y mañana, son lo que celebramos a gran escala. Y esto no tiene nada que ver con tu Halloween ¿sabes? Quienes vienen a visitarnos no lo hacen con el afán de llevarnos, asustarnos o amenazarnos... ellos solo vienen a convivir con nosotros una vez más...
El estadounidense se levantó lentamente, sosteniendo con extrema delicadeza las piezas entre sus manos, pero sin modificar la expresión en su rostro. En verdad no entendía nada.
Y al parecer ella lo notó. Suspirando, la latina volteó y se sorprendió de nuevo a su vecino al tomarlo bruscamente del brazo y empujarlo hacia la puerta.
-¡Ah! ¿Qué estás haciendo? - le colocó el sombrero de vuelta y le superpuso un suéter, después de enrolarse una bufandita y guardar en su bolso verde las llaves y flores.
-Tú solo sígueme ¿Okey? Y no pierdas las estatuillas.
Volviendo a seguir órdenes, el rubio se vio repentinamente arrastrado de vuelta a las calles pedregosas del centro. Solo que ya no parecía el mismo centro de antes.
-¿Q-Qué diablos pasó aquí?
María volteó y le dedicó una sonrisa cubierta por unos ojos brillosos, divertidos, mientras su vecino se maravillaba con las decoraciones de alrededor, con la música, con la gente... hasta con el mismo ambiente, que parecía haber enfriado con una calidez única. , de ser eso posible.
Las personas, o se presentaban en carne, o lo hacían en hueso. Espléndidos maquillajes de calaveras florales tapizadas con vestidos, fracs y trajes de hacía dos siglos las vestían; si uno alzaba la vista podía ver colgando desde los techos de los edificios que circundaban las calles, unas especies de cascadas hermosas compuestas por flores naranjas, al igual que los alféizares de los ventanas coloniales y sus pétalos esparcidos por todo el suelo, desfilando brillantes hasta el Zócalo.
El estadounidense reconoció que se trataba del mismo tipo de flor que había en el puesto de la señora que le regaló las dalias y que María había colocado hasta en el último rincón de su altar, eran, según recordaba, las de cempasúchil. Sintió que apretaba su mano y entonces notó a su vecina mirándolo, él intentó decirle algo, pero su boca aún no podía cerrarse del asombro por el que pasaba. Ella se rio y miró de nuevo hacia el frente, guiándolos por el mar de gente con aquel peculiar maquillaje por el que pasaban.
El sonido de la guitarra que sonaba de fondo se intensificó cuando llegaron a la esquina de la cuadra, donde un grupo de hombres tocaban en medio de una pista improvisada con muchas personas que ya se habían congregado a darlo todo, moviendo sus cuerpos y esqueletos al ritmo melancólico y curiosamente alegre del son.
El calor que habitaba en su pecho lo empujó a la pista sin siquiera pensarlo, algo similar a lo sucedido con la florista.
-¡Ah! ¿Qué haces, wey?- él tomó a su vecina de la cintura y alzó los hombros, sonriendo nerviosa ante la mirada incrédula de la chica.
-¡No tengo ni idea! - la pegó más a su cuerpo y guardó las estatuillas en el bolso que, por suerte, ella había llevado.
Pronto el ritmo lento de sus pies y vueltas los llevó directo al centro de la "pista", y en cuanto se hallaron ahí, los demás bailarines lo notaron y les abrieron paso, admirando a la nueva pareja... pues nunca una había portado. un vestuario más raro.
-...así no es- él tragó seco y ella sintió cuando las manos en su cintura temblaron.
Se acercó a él, hundió una de sus manos en el cabello crujiente de su cuello y la otra fue a parar a su espalda, en un medio abrazo. Los ojos azules se abrieron grandes de asombro... y brillo, que no tardaron en responder. La sujetó con mayor devoción, sorprendiéndola y arrancándole una leve risa; hundió su nariz en el hueco de su hombro y cuello, y... de pronto, el baile se había vuelto íntimo, una velada tímida entre ellos y la guitarra.
La gente alrededor sonreía, murmuraba, se sonrojaba, se acercaba al círculo que se formaba en torno a USA y México... se emocionaba, contagiada por el calor que desbordaba incontrolable de ellos. Una sola vuelta bastó para que las naciones detuvieran su vaivén al mismo tiempo en que la guitarra lo había hecho, ganándose los aplausos de todos los presentes.
Alfred y María miraron a sus lados, se sonrojaron por la atención recibida, sonrieron al darse cuenta del espectáculo que habían dado y luego cruzaron miradas. Entre tantos vítores, silbidos y aplausos, se escuchó a lo lejos, de una voz que el estadounidense podía reconocer perfectamente...
-¡Beso!- era la florista.
-¡Beso, beso!- la gente no tardó en hacerle eco.
Ellos se apartaron al instante y el ardor en sus rostros se intensificó, María tomó una de sus manos a la cara y acomodó un mechón de pelo detrás de su oreja, intentando calmar su respiración, para después calmar el clamor de su pueblo, quienes insistían. en ese " beso ".
Comenzó por reírse en voz alta.
-¡No se preocupen!- se dirigió a todos, y éstos callaron. Tomó la mano del azorado gringo y les guiñó a los presentes -Eso se guarda para más noche...
Una lluvia de "UUhhh" y más silbidos los acompañaron mientras se alejaban de la pista, la esquina, la gente... y del mismo centro. O algo por el estilo, en realidad, se encaminaban al Zócalo. Pero en esta ocasión USA no tuvo tiempo de maravillarse, pues fue rápidamente jalado por la chica hacia una de las puertas escondidas de la Catedral Metropolitana.
-María… ¿dónde estamos…?
-Shh... déjame hablar solo a mí ¿sí?
Al entrar la majestuosidad eclesiástica lo dejó sin aliento ¡Claro que él tenía iglesias muy bonitas en su territorio! Incluso tenía muchos templos y mezquitas que María no pero la forma en que habían decorado la Catedral... no, de eso jamás tendría en su país.
El comal e incienso llenaron sus pulmones, relajándolo, y el oro de los altares parecía contonearse feliz por el reflejo del brillo de cientos de velas alrededor en él. En algunas capillas escuchaba misas "especiales por las fechas" y la gente, más que triste o preocupada, estaba nostálgica pero alegre. Más allá, en el fondo, un par de turistas asombraban la cabeza con maquillaje de calaveras.
-Entonces... irreal.
María terminó de hablar con un Padre y sacó de su bolso las estatuillas; el hombre alzó las cejas y después le disgustó. Susurrando un "Por aquí".
Con una seña Alfred siguió a ambos por otra puerta, una aún más pequeña y bajó varios escalones hasta llegar a un pasillo más extenso y toparse con otras escaleras más propiamente dichas, que se perdían en la oscuridad de otro sendero más estrecho.
No iba a mentir, la situación ya le estaba empezando a dar miedo.
-Tengan, les alumbrarán el camino.
-Muchas gracias Padre- dijo María recibiendo unas velas recién encendidas, luego el Padre volvió a subir por las escaleras hacia la superficie. -¿Qué tienes Alfred?
-¿Eh? I just...- se abrazó a sí mismo y miró el fondo negro del pasillo frente a ellos con un escalofrío. -Aquí hace mucho frío.
-Solo toma mi mano, ya verás cómo todo tendrá sentido.
Alfred hizo caso y comenzó a caminar lentamente por el pasillo que, según parecía, estaba totalmente hecho de roca tallada; de repente unos pilares de madera se asomaban por ahí, pero el resto era húmedo y antiguo... muy antiguo.
-¿Dónde estamos?
A los lados del camino se podía observar el comienzo de alguna especie de escalón enorme, largo, que subía de manera piramidal hasta toparse con el techo improvisado de madera.
-Antonio construyó la ciudad sobre las ruinas de Tenochtitlán. Esto que ves es la parte de la Pirámide del Sol que reside bajo la Catedral Metropolitana- María volteó para verlo sobre su hombro con una sonrisita. -Dedicado a Tonatiuh.
Un "Woah" salió casi inaudible del rostro maravillado de Alfred, viendo de nueva la piedra ahora con una fascinación evidente.
-Es de este templo donde se halló la Piedra del Sol o, más bien, el Calendario Azteca. Y es aquí- María se detuvo hasta llegar al fondo del pasillo, depositando las velas sobre los escalones del antiguo templo y sentándose con las piernas cruzadas frente a ellos. -Donde vengo cada año con la esperanza de volver a verlas.
-¿A quiénes?
Alfred se sentó a su lado y ella agrandó su sonrisa, a pesar de que sus ojos cristalinos desbordaban tristeza. Sujetó las estatuillas y las colocadas al lado de las velas después de besarlas con los ojos cerrados. Fuera del círculo de luz que ellos formaban, era oscuridad pura lo que los envolvía.
-¿Confías en mí, gringo?
-Por supuesto.
-Entonces, si tu visión fue correcta... te presento a mi familia.
A la distancia, como materializadas por la negra, se aproximaron dos figuras esbeltas sin que un solo paso se oyera en el recinto. Alfred sujetó de inmediato la mano de su vecina y presionada, temblando... nadie le había prevenido de que la noche se transformaría en una de terror, no estaba listo.
-Tranquilo Al- volteó hacia la voz ansiosa de María y la notó con los ojos más brillosos que jamás había vistos completamente en la silueta de las dos mujeres. -Vienen a visitarnos.
La voz se le quebró y, cuando ambas siluetas dieron el paso para entrar al círculo de luz que se había formado, María cubró su boca, manteniendo su aliento al tiempo que gruesas lágrimas saladas desbordaron sus ojos.
Alfred, por el contrario, sintió que todo el aire de sus pulmones lo abandonó por la sorpresa.
Las mismas dos mujeres que María había esculpido casi cinco siglos atrás estaban ahora frente a ellos: una de piel morena y otra de piel canela; una con perforaciones en el rostro de jade y otra con trenzas recogidas en forma de moño sobre un huipil blanco; una con tatuajes en la piel y sonrisa orgullosa, otra con lágrimas en los ojos... unos ojos iguales de dorados como los de María.
Exactamente el mismo tono.
La mandíbula de Alfred se abrió de par en par: eran ellas, Azteca y Maya de pie frente a ellos, justo al borde de la luz de la vela y la oscuridad total.
Ahí Alfred comprendió que sin las acciones presentes de su vecina, aquellas personificaciones seguirían sepultadas en las sombras de las magníficas catedrales construidas con las piedras de sus propios templos.
...sin el espejo de plata, sin la inscripción, sin la tradición... aquellas culturas antiguas simplemente morirían.
Y en cambio, ellas parecían estar... más que vivas.
- Mēxihco ...- habló la mujer de ojos dorados, trenzas y huipil blanco. - Xóchitl.
-¡MAMÁ!- María soltó la mano de Alfred y se abalanzó contra la mujer, pero como si fuera agua, solo la atravesó y cayó al suelo.
-¡María! ¿Estás bien?- preguntó USA, ayudándola a levantarse.
-M-Mamá...- dijo con la voz quebrada. La mano de María se alzó hacia el brazo extendido de la mujer, pero volvió a atravesarlo. -Mamita.
- Mēxihco, nimitztlazohtla nochi noyollo.
Alfred comprendió también que, a pesar de los esfuerzos de su vecina, esas personificaciones no eran más que las sombras de lo que alguna vez fueron.
La mujer acarició la mejilla de María con su mano traslúcida y la trigueña cerró los ojos, tratando de imaginar la sensación de su piel si tan solo fuera de carne y hueso.
-Igual te amo mamá, te amo con todo mi corazón.
La otra mujer se agachó hasta quedar a la altura de la hincada trigueña, justo al lado de Alfred, y le otorgó un abrazo.
-In yaakumech, Nikté- habló Maya a su oído.
-¿P-Por qué no vinieron todas las otras veces que las llamé? ¿P-Por qué...? ¿Por qué justo ahora?
Maya se apartó ligeramente y Alfred palideció cuando se dirigió hacia él, posándole una mano en el corazón. Allí el calor que había estado cargando en su pecho le golpeó con un sacudón, casi como si un rayo le hubiera caído encima y embriagó su cuerpo completamente; El frío se fue, el temor se olvidó y una infinita melancolía acongojó su corazón.
María limpió sus mejillas de las lágrimas y observó en shock, al igual que Alfred, cómo de las sombras salía una tercera figura: un hombre con corona de plumas y camisa de algodón.
-Wenutu- habló la tercera figura que Alfred reconoció, muy en el fondo de su memoria pero aún vivo en su corazón.
-¿Abuelo Apache?
El hombre llamativamente y Azteca le posó una mano en el hombro, satisfecha.
-C-¿Cómo… es esto, cómo es esto… posible?
María se abrazó al costado derecho de su vecino y con una gigantesca sonrisa le susurró.
-Donde hay amor hay vida.
Los ojos de Alfred no tardaron en rebozar, felices.
Definitivamente el calor de su pecho era porque al fin, al fin... se sentía en casa. El hombre se hincó para abrazarlo y Alfred añoró su tacto, pero no lo sintió: un doloroso recordatorio de su adiós. Luego las tres figuras se levantaron y comenzaron a caminar nuevamente hacia la oscuridad.
-¡Espera no! ¿Adónde van, Mary?
-Ellos ya no pertenecen a este mundo, Alfred.
-¡Abuelo! ¡ESPERAR! Tengo tanto que decirte... Soy, yo...- la voz de USA se quebró y sintió cómo María sujetó con más fuerza su brazo, dejando caer su cabeza contra su pecho. -Te he extrañado.
-Lo sabes, Al. Por eso vino.
-Lo siento, yo... yo también te amo.
Y, sonrientes, las tres siluetas volvieron a ser uno con la negra del lugar.
Entonces USA y México se desplomaron, aún abrazados, y sollozaron todo lo que antes no pudieron haber sollozado: la pérdida, la separación; rieron todo lo que antes no pudieron haber reído: el recuerdo, el reencuentro.
Alfred ahora comprende por qué el destino lo había llamado a los brazos de su vecina, ahora comprende por qué de repente la muerte no era aterradora: era dulce, era de azúcar.
"No llores por mí, porque un día querrás dejar atrás el llanto y también me dejarás ahí...
Recuerda que nunca fui un canto lúgubre de tecolote,
sino alegre vuelo de colibrí;
ya no pienses en que nos separamos,
pues un buen día nos volveremos a reunir"
-Crónicas del Mictlán -Viento del Sur-
Feliz Día de Muertos.
Para honrar a quienes se nos adelantaron.
/ULUUp5Y_wN8
