Sabía que el evento recién había comenzado, pero... dios, verlo tan formal portando ese fino traje ajustado, hicieron que unas poderosas ganas de envolverlo le surgieron, una urgencia de devorarlo, saborearlo, torturarlo lentamente con sus bien habidos encantos. Se relamió los labios al imaginarlo de rodillas, anhelante, con las pupilas dilatadas y la respiración agitada; porque sabía perfectamente lo mucho que podía hacerlo suplicar por ella, que le rogara su permiso para que le permitiera estar cerca de ella, junto a ella, con ella, dentro de ella.

María posó sutilmente su fresca copa de vino en su mejilla para bajar el calor de su rostro, cerró los ojos y respiró profundamente dos veces seguidas; pero la imagen mental de Alfred seguía ahí, aferrada a su memoria y en su imaginación poco a poco iban desapareciendo sus ropas. Sonrió al tiempo que mordía su labio inferior sin notarlo... es que ella no necesitaba especular la forma en esos torneados músculos se contraerían engarrotados o se estirarían en infinito placer, tampoco tenía que suponer cuántos lunares tendrían ni dónde, o cuál sería el sabor de su piel, cuál el tono de su voz jadeante ni cuál el poder con el que la embestiría. No, nada de eso hacía falta. Ella solo recordaría.

Notó las reacciones en su propio cuerpo y se maldijo por eso: su piel se estremecía, erizando sus bellos; su espalda se tensaba y su cadera, por el contrario, se relajaba; sus piernas comenzaron a acariciarse la una contra la otra lentamente, para no ser muy obvias; y en su interior la humedad se expandía hasta sentirla empapar su encaje.

Chingado gringo, chingada ovulación.

-Pareces abrumada.

María se contuvo de pegar un brinco y, en su lugar, disfrutó el timbre horrible de esa voz susurrada que tanto amaba, especialmente cuando estaba así: tan cerca de su oído. Casi que podía sentir el roce de su piel además de percibir a la perfección todas las fragancias únicas que conformaban su loción... toques de madera seca, rosales humedecidos y frutos del bosque -tan distintivo, tan él- era un olor que le recordaba a las mordidas en el cuello, a sus lenguas bailando en esos maravillosos besos profundos; le devolvía a la memoria la imagen de una habitación poco iluminada ya sus intensos ojos azules adorándola.

Así era como quería que estuvieran ambos: amándose toda la noche.

-¿Estás bien, María?

Alfred no brincó, pero no porque no tuviera el impulso de hacerlo, sino porque en cuanto María abrió los ojos para verlo, un fuerte encantamiento cayó sobre él, un embrujo que le arrebató su respiración por varios segundos y que empezaba ahí: en la mar. dorada de sus enormes ojos almendrados, extendiéndose más y más por su cuerpo tal como sus pupilas se dilataban con ansiosas, fijas en él.

La notó: el sonrojo en sus mejillas, sus carnosos labios entreabiertos, humedecidos; su espalda ligeramente arqueada y su respiración transformada en un imperceptible jadeo.

Iba a decirle algo, pero recordé que para ello necesitaba tomar aire y respiró profundamente para calmarse, para sacar de su mente todas las señales femeninas que percibía e inmediatamente se arrepintió de hacerlo, pues ese accesorio suyo... ese perfume cautivante e intenso, se le antojó tan seductor que lo engulló profundamente en ese encantador hechizo.

Sonrió y miró al suelo porque no le quedó más opción que hacerlo... porque ella ya lo tenía, él ya podía verse prisionero en sus brazos, feliz recluso de sus piernas torneadas, esclavo del movimiento de su cadera, adicto a las curvas en su cuerpo exquisito. Negó con la cabeza de lado a lado, sabiéndose perdido, sintiendo en su pantalón su notable falta de autocontrol.

Se sonrojó y eso lo delató ante ella, quien alzó la mirada también de su entrepierna y volvió a sostenérsela: esta vez refulgente, profusa... voraz.

-Debes tener estrés acumulado también, nada con lo que no sepamos lidiar ¿No es así?

Alfred dejó caer su mandíbula con el estómago acongojado y el corazón corriendo mil por segundo dentro de su pecho... dolía, pero de forma magnífica.

Sin embargo, algo cambió en los ojos de María tras reflexionar las palabras que acababan de salir de su boca ¿Habría sido un golpe de realidad? ¿Un cruel recordatorio de la verdad entre ambos? Alfred lo notó con claridad: esa llama titilante de fuego y oro no se extinguió -jamás lo hizo- sino que se ocultó tras una falsa y dolorosa indiferencia.

-Disculpa- susurró María, dejando su c


opa con suavidad sobre la mesa y poniéndose elegantemente de pie. -Necesito aire fresco.

...la manera en que acomodó su vestido de tiro largo y escote pronunciado, con un collar de oro que hacía lucir a sus sierras madres de una forma celestial... Oh Dios , eso debía ser ilegal, prohibido; y como tal, se obligó a ignorarlo en vez de transformarlo en un merecido halago.

-Está bien.

Una sonrisita entre avergonzada y extrañamente tímida conquistó el rostro trigueño y luego sintió a su pequeña mano palmar su hombro para que abriera paso y le permitiera irse del salón con un contundente contoneo de caderas enmarcadas por el sonido paso del tacón.

Alfred sintió que se derretía por dentro, pero mantuvo la esperanza de que, al irse, el hechizo se rompería...

Vaya ingenioso.

Quedó encantado, como en éxtasis, con premura febril.

"¡Síguela, idiota!" Gritaron su cuerpo y su alma a la par... pero tuvo miedo.

Miedo de amarla nuevamente con locura, de abrir las heridas del pasado, que tanto suelen sangrar; de perderse en ella y ella en él, juntos en un paraíso terrenal...

Miedo de que en realidad lo hubiera entendido todo mal y que no le correspondieran con la misma intensidad, jamás para la eternidad.

Así que, a pesar de toda su sed de amor, pasión y ternura, cerrando los ojos, aprendió de ella...

Y ambos se dejaron pasar.


Cortito, pero ojalá les guste 🙌🙌🙌 .