※ Xó chitl ※
Fruncí el entrecejo al sentir el movimiento de mi hombro y poco a poco el sonido de los tambores del centro resonaron en mis oídos; la imagen de la vieja Ameyali me sacaba poco a poco de mi ensueño hasta que, dándome una cansada pero honesta sonrisa, logró levantarme de mi petate.
-Buenos días Xóchitl- Sonreí de vuelta, sobándome los ojos y abriendo mi boca en un gran bostezo mientras nuestra criada se acercaba a mi hermano, aún acostado no muy lejos de mí lado. -Es hora del baño, Mixcóatl. Levántate ya.
En cuanto me puse de pie y decidí estirarme, una de las nuevas criadas de mi abuelo se apresuró en recoger y guardar en el baúl de la sala, mis mantas de algodón. Le sonreí también, pero ella solo se limitó a bajar la cabeza y evitar mi mirada. Cuando volví a sentir una mano posada en mi hombro, volteé y me topé con la fuerte y chocolatosa mirada del señor de la casa.
-Buenos días koli (abuelo)- le dije feliz.
-Hola Xóchi- Su mano se elevó hasta mi cabello y lo revolvió, sacándome una risa. -Toma el jabón de copalxocotl y vamos al río- Asentí y Ameyali me extendieron lo que me pidieron con gusto. -Ya levántate Mixcóatl, debemos estar asados y bien desayunados para antes del segundo toque del tambor.
A regañadientes, mi mellizo gruñó entre sus mantas y caminó arrastrando los pies hasta el río.
-No tuve una buena noche koli- Comentó mientras nos tirábamos las frías aguas por los hombros con nuestras jícaras. -C-Creo que, tuve una visión- Nuestro baño se detuvo por completo y una mueca poco a poco crispó el rostro de nuestro abuelo, mi corazón se aceleró involuntariamente.
- ¿Oh yes? ¿Y de qué se trata? – Mixcóatl se fijó en mí y su sensación de preocupación pura hizo por traspasar y conquistar mi corazón, pero yo desvié mi mirada al gran puente de entrada a la cuidad, evitándola. Lo que no esperé fue que una angustia y un anhelo por algo que nunca había sucedido, florecieran en mi pecho con tan solo ver aquella enorme calzada. - ¿Xóchitl? ¿También tuviste una visión?
A pesar del tono serio, pero ligeramente preocupado de mi abuelo, no volteé para asegurarme que se encontrara tranquilo.
-No lo creo, solo los hombres son los sacerdotisas- dije y le sonreí de nuevo. -Todo está bien, todo estará bien.
Después de terminar el baño sin alguna palabra más y habiéndonos secado con los suaves paños de algodón que nos alcanzaron amablemente Ameyali, regresamos a casa, mi hermano y mi abuelo ya con su maxtlatl puesto y yo, con mi huipil. De vez en cuando intercambiábamos miradas curiosas, preocupadas o ansiosas... pero que cada quien se paró muy bien erguido al centro de la sala para que Ameyali y las demás criadas de la casa, nos terminaran de preparar para el día.
Mientras le acomodaba la tilmatli a mi mellizo y le terminaban de colocar los adornos de plumas, oro y jade a mi abuelo, yo resoplé para que al menos el aire de mi boca, hiciera sonido alguno.
- ¿Volveremos alguna vez con la Abuela Maya y la futura souatl de Mixcóatl? Hace mucho tiempo que no las vemos- comenta cansada del silencio.
La nueva criada me miró sorprendida de soslayo, quizás por el hecho de que un Gran Noble, como el señor de esta de casa, no se hubiera casado con otro gran noble perteneciente a la Triple Alianza o, peor, que su nieto tampoco sigue aquel camino; por suerte ella fue rápidamente regañada por otra criada que, al tiempo que bajaban ambas la cabeza, me colocaban una fina tira bordada alrededor de mi falda para sujetarla bien a mi huipil.
-Quizá las vean cuando haya terminado la cosecha, así podrán llevar suficiente comida y ellas tendrán también para cuando los reciban- Me respondió indiferente a verme. Di dos pasos y calcé mis cactli en lo que Ameyali las ajustaba a mis pies con sus cordones. Mixcóatl solo me negó con la cabeza... tenía razón, no debía haber preguntado eso con todos los presentes.
Los tres nos sentamos alrededor del desayuno recién hecho en nuestras sillas bajas, pasé mis dedos por uno de los bordes de la mía y sonreí al sentir el grabado que Abuela Maya y yo tallamos en ella, era mi nombre junto a un pequeño pedazo incrustado de jade, oro y obsidiana en forma de águila real; Era una versión miniatura del dije en mi collar.
-Niños, necesito que me hablen de sus sueños- No pasó ni un segundo para que Mixcóatl y yo fijáramos miradas, preocupados por algo del cual ninguno sabía el significado real, mucho menos su importancia.
-Habías dicho que solo las visiones de los sacerdotes eran las importantes, que el resto de nosotros podíamos tenerlas pero que no significan nada porque...
-Porque no saben leer las estrellas- Lo interrumpió mi abuelo, y le dio una gran mordida a su tortilla con carne. -Me alegra que recuerdes eso, Mixcóatl. Pero ustedes ya saben que a mí sí me interesan sus "visiones", porque ustedes son... especiales.
Extendí mi mano hacia mi jícara y perdí mi mirada en el contraste de la pulida cerámica roja con su contenido espumoso de chocolate. Ni siquiera yo entendía mis sueños ¿Cómo podría explicarlos?
-Yo estaba refugiado con la Abuela Maya e Itzel... y al mismo tiempo las cuidaba de algo, pero no sé de qué- Una estridente sensación de angustia nació en mi pecho, como el sonido profundo del tambor del templo, y fue resonando por mi interior hasta empezar a formar lágrimas en mis ojos. -No entendía nada y estábamos solos... en la jungla, impidiendo ceder los templos a un ejército. Recuerdo haberle gritado a Xóchitl p-pero ella...-Tragué duro y el frío camino del llanto ya se sintió en mis mejillas. -N-No pude protegerla, l-la había perdido con el enemigo.
La dura mano de mi abuelo se posó en mi hombro y di un brinco, apartando la mirada de mi jícara, solo para perderme un nuevo chocolate... en sus ojos, que me miraban comprensivos, aunque, muy en el fondo, preocupados.
- ¿Y tú Xóchitl? – Bajé con cuidado mi bebida y volvió a tocar el tallado de mi silla, negando con la cabeza. - ¿No tuviste ningún sueño o no quieres decirme? – Limpié mis lágrimas con la mano libre y hablé intentado que el nudo en mi garganta no estropeara tanto mi voz.
-E-El desierto... aunque no sé qué es.
- ¿What? ¿Cómo sabes el desierto? – De repente todas las miradas del lugar se fijaron en mí y quise hacerme chiquita.
-En mi sueño no parabas de decir que debíamos ir por al menos nueve lunas llenas al lugar de origen de todo mexica... a Aztlán, las natales tierras del desierto.
Tomé de nuevo mi jícara y le di un sorbo, solo para tener algo que hacer bajo la atención de todos. Noté de reojo, cómo, entre todas las cosas había dicho alguna vez en mi vida entera, ésa había sido de esas pocas que dejó sin palabras a mi abuelo.
Entonces carraspeó y se irguió mejor en su lugar, a pesar de solo desacomodarse más su tilmatli.
-Muy bien, hora del peinado.
Como guerreros águila, mi hermano y yo nos levantamos de golpe con tal de evitar el interrogatorio, caminamos de nuevo al centro de la sala y nos detuvimos para que Ameyali empezara a hacerme dos trenzas recogidas con las puntas hacia abajo y, a Mixcóatl, una recogida de cabello con su nueva cinta roja y sus variadas plumas de quetzal, regalo de Abuela Maya.
Hasta que, del Templo Mayor, sonó el segundo tambor del día.
Salimos de la casa directamente al centro de la ciudad y vimos, como de costumbre, a las demás personas que no vestían ni finos bordados o elaborados plumajes, sentándose a desayunar atole y tortillas.
-Tengan un buen día- Mi abuelo se acercó a nosotros y, dándonos un beso en la coronilla, se encaminó a su labor como Consejero Mayor del Huey Tlatoani.
Mixcóatl y yo comenzamos a caminar hacia el calmécac y, también como de costumbre, la gente me miraba frunciendo el ceño y negando con la cabeza cuando me veían entrar en sus instalaciones.
-No es justo que por ser niña me tengan que tratar mal- dije mientras le devolvía la barrida de ojos a otro noble.
La risa de mi hermano no se hizo esperar.
-Sabes que las niñas están prohibidas en las escuelas; y tú apenas llevas una luna estudiando conmigo... ellos todavía no se acostumbran a tus "privilegios".
Rodé los ojos y lo golpeé levemente en el hombro.
-No se siente como privilegio, es más como una condena ante los ojos de los demás, ni siquiera la hija del Tlatoani tiene que estudiar lo que yo estudio- Sonreí bajo la mirada divertida y la ceja alzada de mi mellizo.
-Pero te gusta...- Reí cuando me pellizcó suavemente la mejilla.
-No... ¿Cómo crees? - Aparté su mano de mi cara y presté atención en las actividades que poco a poco empezaban a hacer las personas que terminaban su desayuno. Un ardor no tardó en subir por mi rostro.
- ¡Te gusta! – Y pegó su hombro con el mío, trastabillando en el pasillo. -Te encanta tener mejor educación que ella...
- ¡No es cierto! - No pude evitar reír ante su tono cantado y la forma en la había pasado su mano por mi espalada solo para mover rápidamente sus dedos. - ¡Ah! ¡Cosquillas no! -Entonces yo lo imité y pronto hubo en eco dentro del templo de carcajadas y risas.
-¡Mixcóatl! ¡Xóchitl!- Hasta que uno de los sacerdotes apareció frente a nosotros, con la cara arrugada y caminando con las manos en las caderas. - ¡Esa no es forma de comportarse para un noble, Mixcóatl! - Rápidamente nos separábamos y bajamos las cabezas, aceptando el regaño. -...y mucho menos para una niñita, Xóchitl.
Sus labios se deformaron con asco y su mirada recorrió despreciablemente mi pequeño cuerpo; quise retarlo, como al noble anterior, tal vez hasta responderle algo para dejarle en claro que no podía hablarme así de feo, pero tuve que tragarme el orgullo si no quería sufrir un castigo.
A excepción de mi hermano y el Gran Sacerdote, nadie más en el calmécac aceptaba mi asistencia.
Medio día.
Los tambores y caracoles del templo volvían a sonar y anunciaron la hora de la comida. Viendo hacia el centro y afueras de la ciudad, presté atención a la gente que sacaba su atole y tortillas con frijol en sus casas o que compraba en el mercado alimento para llevar. Y frente a mí, en la mesa, mi chocolate recién hecho y mis tortillas con carne traídas de las cocinas del palacio me miraban deseosas que las probara.
No las dejé con el gusto.
- ¿Crees que se esté tomando muy enserio nuestros sueños, Xóchitl? – Alcé los ojos y detallé nuevamente la preocupación de mi hermano. Miré hacia donde él veía y pude vislumbrar a nuestro abuelo en uno de los balcones del palacio del Huey Tlatoani, mirando, como yo hace rato, al pueblo. - ¿Crees que las considere verdaderas visiones y que realmente sucederán?
-No pueden suceder- murmuré, perdida en el reflejo del sol en los adornos dorados de su pecho. -Porque en mi sueño koli nos mandaba ahí y, cuando regresábamos, él ya no nos recibía.
-En mi sueño también se desvanece- Lo miré sin querer, con las lágrimas amenazando en escapar. Sé que él entiende perfectamente a qué sueño me refiero, porque desde hace varios días hemos estado teniendo la misma pesadilla.
Por suerte, o desgracia, la hora de la comida se acaba y tenemos que volver a nuestros estudios.
El sol escondiéndose tras los volcanes y las montañas, manchando el cielo de un amarillo y naranja intensos que acompañan a los últimos tambores del día... por fin, hora de volver a casa.
-Hola Ameyali.
-Xóchitl, el temazcal está listo- Frase inequívoca para tomar el segundo baño del día. Así que comencé a quitarme las prendas de encima para adentrarme a aquellos vapores y aguas calientes.
- ¿Ya llegó el señor de la casa? – Pero, antes de entrar por completo, la pregunta de mi hermano me detuvo detrás suyo.
-Todavía no, joven Mixcóatl. Aunque no creo que tarde mucho- Sonreí.
-Gracias Ameyali.
Ya me sabía la rutina, después del baño llegaría mi abuelo y esperaríamos a que terminara de usar el temazcal para sentarnos de nuevo en torno a la mesa, cubierta por hermosos manteles. Los criados servirían platos de carne, pescado y verduras, los tomaríamos con trocitos de tortilla de maíz que se mantendrían calientes sobre pequeños braseros de barro. Los sirvientes no sólo estarían pendientes de que no faltara comida o bebida, sino que también pasarían aguamaniles para pudiéramos lavarnos las manos.
Al terminar la cena, mi abuelo saldría al patio principal de la casa y, rodeado de flores y arrullados por el agua de las fuentes, se sentaría en cómodos cojines para paladear un buen chocolate espumoso y fresquito, endulzado con miel y vainilla o condimentado con chile, mientras fumara de una pipa de tabaco hasta que, desde el templo, los sacerdotes anunciaran la hora de dormir con las antorchas encendidas y con sus tambores.
Entonces, se pondría la ciudad en tanto silencio, que parecía que no habita hombre en ella, desbaratándose los mercados, recogiéndose la gente, quedando todo en tanta quietud que conciliar el sueño sería cuestión de segundos.
Todo para despertar y vivir otro nuevo día.
Solo que, al sentarnos en la mesa para cenar, nuestra rutina se vio interrumpida. Corriendo desde el Templo Mayor, llegó mi abuelo agitado hasta nosotros, que ya bebíamos de nuestras jícaras.
-Debo ir con los mayas urgentemente- Todos, hasta Ameyali y sus ayudantes, lo miramos con el cejo fruncido. Era del todo anormal una petición como esa tan dentro la noche, y mucho menos el verlo tan agitado y con tantas prisas.
Me volteé totalmente hacia él y volví a tocar con las yemas de mis dedos, la inscripción en mi silla.
- ¿Qué pasó koli? - pregunté, pero su atención estaba perdida en las aguas turbulentas de sus pensamientos.
-Prepárenme comida suficiente para seis lunas y asegúrense de que los niños cumplan estrictamente con sus horarios. - Mi corazón volvió agitarse y preocuparse al ver a mi abuelo revolviéndose el cabello en el centro de la sala mientras todos a su alrededor corrían, empacándole lo que pedía. -Ameyali, usted estará a cargo de Mixcóatl y Xóchitl, ambos deben asistir al calmécac todos los días sin excepciones y organizar las celebraciones próximas ¿de acuerdo?
-Si señor.
-También necesitaré que, si llega algún mensajero, usted sea quien lo reciba y recuerde la noticia hasta mi llegada. No puede comentarle nunca a nadie lo que sea que el mensajero le diga ¿de acuerdo?
-Si señor.
-Y, Ameyali...- Ambos fijaron miradas y yo me paré de mi asiento. -Prepáreme a dos acompañantes- Abrí los ojos y me acerqué a él.
- ¿Iremos contigo? -Solo entonces mi abuelo pareció caer en cuenta de nuestra presencia, listos para cenar con una tercera silla en el centro. Tomó una de las plumas de su penacho y nos la entregó. Suspiró pesadamente.
-Sé que seis lunas es mucho tiempo, pero su abuela envió un mensajero diciendo que necesita mi presencia inmediatamente.
- ¿Te dijo de qué se trataba? - Mi hermano tomó mi mano con fuerza y nuestro abuelo se hincó hasta ponerse a nuestra altura.
-No quiero que se preocupen, estaremos todos bien ¿sí? – Mixcóatl y yo asentimos al mismo tiempo. Sentí una punzada en el pecho. -Bien, nos vemos niños.
Dejé escapar una lágrima cuando el penacho desapareció de mi vista y se perdió por el gran puente de piedra que conectaba la cuidad con sus demás territorios. Tras de mí, la voz de mi hermano se quebró en angustia.
-P-Por favor, dime que tu sueño no comienza también de esta forma...
Me acerqué a él y lo abracé con fuerza mientras dejaba correr las lágrimas bajo la luz de la luna.
Había pasado ya siete lunas y las clases en el calmécac se volvían más interesantes, pero, sin las palabras reconfortantes de mi abuelo al final del día, también ese lugar se volvía cada vez más insufrible.
Miré hacia el techo de la casa y me limpié una lágrima solitaria, acariciando por enésima vez la pluma que dejó nuestro abuelo, ahora ya con sus pelitos pegados unos a los otros gracias a mis constantes llantos. A mi lado, Mixcóatl solo se removió bajo sus mantas en el petate. No sabía cómo podía dormir tan plácidamente cuando la familia ni siquiera estaba completa. Tragué duro y me destapé para ponerme de pie. Pegué la pluma contra mi pecho y me asomé de puntitas hacia la ventana, observando nuevamente el gran puente de entrada a la ciudad... pero nadie aparecía en su calzada, allí, solo relucía la roca antigua.
Miré de nuevo tras de mí, todos tan cómodos en sus petates, descansando para poder reiniciar el día, sumidos en mundos propios, con los ojos cerrados y sin estar atentos. Caminé hacia la entrada de la casa y salí sin que nadie escuchara nada.
La oscuridad de la noche sobrecogía y me engulló con facilidad, pero supe, por el canal que había cerca del palacio, que ni siquiera había abandonado el primer nivel de éste. Me dirigí, con sumo cuidado y apenas rozando los pies en el suelo, al río. Recuerdo que, una noche estando con la Abuela Maya, ella se levantó también cuando la luna se posaba sobre las cabezas para perderse por la densa selva de sus territorios. La había seguido y la había descubierto sentada al lado de un ojo de agua, meditando con las frías aguas mientras observaba las estrellas y su reflejo cristalino frente a ella.
Entonces me enteré que, cuando una quiere conciliar el sueño, aclarar la mente y purificar el espíritu, solo hace falta ubicarse al lado de un poco de agua virgen.
Llegué al río y acomodé mi huipil para sentarme en su orilla, me recogí ligeramente mi cabello con un pequeño listón y atoré allí la pluma de mi abuelo; crucé las piernas y miré al cielo.
-Ojalá pudiera comprender todos los secretos que escondes, desearía saber por un instante todo lo que sabes... para poder descifrar si mis pesadillas son solo eso, o un mensaje que con tanto fervor has querido darme.
Desde las estrellas, no hubo más que un simple titilar lejano.
Bajé la mirada con un nudo en la garganta y remojé mis pies en el río, temblé con su temperatura, pero sonreí al encontrarme con un pequeño ajolote posado en una roca semi sumergida muy cerca de mí.
-Hola amiguito ¿tampoco puedes dormir? -Acerqué mi mano a la roca lentamente, para evitar espantarlo, y él inclinó su cabeza aún más hacia mí. Parecía sonreírme, reconfortarme. Brinqué cuando, en un parpadeo, se perdió entre las aguas y apareció un segundo después justo delante de mí. Sumergí mi palma, estremeciéndome un poco gracias al cosquilleo que su cuerpo me produjo cuando decidió posarse en mi mano. - ¡Qué lindo eres! Deberías estar con los otros en los Jardines del Huey Tlatoani, tu pálido rosa le daría un encanto más.
Y el ajolotito solo sonrió más.
El pacífico correr del agua se interrumpió con un cántico feroz, rompiendo el ritmo de la noche con la agitación de alguien atravesándola y salpicándola a toda prisa. Mi cuerpo se inmovilizó mientras observaba con creciente temor el punto donde la oscuridad se tragaba al río. Una persona se aproximaba a nosotros pues, también el lindo ajolotito, se paralizó en miedo.
Y de la negrura, se vislumbró el contorno de una persona, revelada tímidamente por la luna.
- ¿Eres Ameyali? ¿Encargada de los hijos del Consejero Mayor del Huey Tlatoani? – Tragué con fuerza y mi amiguito escapó de mi mano, perdiéndose nuevamente bajo el agua. -Eh... ¿Hola?
Mi boca empezó a abrirse y cerrarse como pez fuera del río.
– ¿Q-Quién me busca? – La grava crujió bajo sus lentos pasos. Mi pulso se aceleró y, cuando la persona se detuvo a mi lado, se hincó hasta quedar a mi altura, analizándome con el ceño fruncido. Por su apariencia y ropa, noté que era un mensajero del sur. -Supongo que tiene un recado urgente para mí, dado que los centinelas los dejaron entrar a la ciudad por la noche.
-Me dijeron que debo hablar con Ameyali- Junté las manos sobre mi regazo y me erguí, para parecer de alguna forma mayor. -No con una niñita perdida.
Mi pecho se infló, altanero.
- ¡¿Niñita?! Usted está hablando con Xóchitl, uno de los "hijos" del Consejero Mayor... ¡Y no estoy perdida! -Se rascó con mucho cuidado la barbilla y entronó los ojos en lo que yo trataba de acompasar mi respiración.
- ¿Cuál dijiste que era tu nombre?
-Me llamo Xóchitl y tengo un hermano mellizo llamado Mixcóatl- El mensajero estiró lentamente sus piernas hasta quedar sentado a mi lado, con la mano de vuelta al suelo y una sonrisa tímida.
-Disculpe que haya dudado de usted- Volví a tragar y asentí, sin saber muy bien qué otra cosa más hacer. -La Gran Sacerdotisa Maya me envió para comunicarles que el Consejero Mayor ya viene de regreso y que, cuando él lo permita, vayan tú y tu hermano a visitarla, tiene otra gran noticia para ustedes.
Me enderecé con prisas y acomodé mejor mi huipil, un sutil chapoteo me indicó que el ajolote se había vuelto a posar en esa pequeña roca semi hundida.
- ¿Ya está de vuelta mi abuelo?
- ¿Qué abuelo? – Frunció el entrecejo.
-Quiero decir... mi padre, el Consejero. - El asintió y metió las manos al río, haciendo una mueca. -Eh... puede que las aguas de este lago sean más frías de las que hay en sus ciudades mayas y, por cierto, no son bebibles.
Lanzó una leve risa y juntó sus palmas para formar un irregular cuenco y mojarse el rostro.
-Lo sé, solo me espanto el sueño, es lo bueno de las noches frías de Tenochtitlán- Sonreí mientras observaba cómo mi amiguito apenas sacaba vacilante sus ojos al aire. -Su padre llegará mañana por la tarde a más tardar, los rebasé esta mañana por Ayotzingo.
Suspiré, liberando la tensión de siete lunas.
-Gracias por el mensaje, es aliviador- Me llevé una mano al pecho y el hombre suspiró como derrotado a mi lado, mirándome como si sintiese lastima por mí. - ¿Pasa algo? ¿Hay algún otro mensaje?
Me sonrió con los labios caídos. -No comunico lo que veo, solo lo que me piden que diga. Supongo que su padre le dirá cuando llegue. Con permiso- Y se levantó para volver a perderse en la oscuridad de la noche, dejándome con un sabor amargo de boca.
Al día siguiente, con el sol escondiéndose por los volcanes y con los últimos toques del tambor, la caravana de mi abuelo por fin apareció como una pequeña mancha andante por el gran puente.
-¡Mixcóatl! ¡Ya llegó! ¡Está aquí! – Salí corriendo de la casa, escuchando cada vez más a lo lejos los gritos y llamados de Ameyali y mi hermano. Lo único que me importaba ahora era abrazar a mi koli.
Esquivé a varias personas que se encaminaban ya a sus casas y espanté a otras más, pero logré alcanzar la gran calzada de piedra y lo vi allí, de pie en uno de los trozos de madera, con el penacho reflejando los últimos rayos del sol.
-¡Koli!- exclamé y me lancé a sus brazos, que me recibieron gustosos. -T-Te extrañé mucho.
La vibración de su risa me hizo mover la cabeza a su ritmo; me estrujó bien y luego me soltó, mirándome con aquella pizca de angustia contenida en su feliz mirar.
-También los extrañé mucho Xóchitl- Miró a alguien detrás de mí, y caminó a abrazarlo. -Mixcóatl... en verdad que sí- Avancé hasta ellos y llevé mi cabello detrás de la oreja, ni siquiera me había dado tiempo de peinarme propiamente. -Pero ahora necesito hablar con el Huey Tlatoani, es muy importan...
-El mensajero comentó que la Abuela Maya quería que fuéramos con ella- interrumpió mi hermano. - ¿Es cierto? Dijo que se trataba de una gran noticia ¿Es eso lo que le dirás al Huey Tlatoani?
Ameyali, que apenas llegaba jadeante con nosotros, se detuvo repentinamente, bajando la cabeza ante la fuerte mirada que mi abuelo le dedicó.
-Se suponía que mantendrías los mensajes para ti misma en cuanto yo llegara Ameyali...- Nuestra criada abrió la boca para responder, pero yo di un paso al frente.
-No es su culpa, yo recibí al mensajero- De nuevo, Mixcóatl me miró con los ojos saltones y negando la cabeza. - ¿Qué? Es cierto, él me encontró en el río.
- ¡¿En el río?!- Poco a poco Ameyali se iba haciendo más pequeña, casi al mismo tiempo que mi abuelo se molestaba más. - ¿Por qué estabas sola en el río?
-Era de noche y todos dormían ¿Cómo no iba a estarlo? -Entonces Mixcóatl me pellizcó un brazo. - ¡Oye! - Lo miré mal y nuestro abuelo apartó a Ameyali del camino, regañándola fuerte, humillándola frente a quien pasara por cerca del puente.
Me sentí mal.
-Mira lo que hiciste- Me reprendió mi hermano cerca del oído.
- ¡Pero si tú empezaste! - Giré los ojos y volteé con los manos en la cintura.
- ¡No es cierto! - Y él hizo lo mismo.
- ¡Que sí!
- ¡Que no!
- ¡Que sí!
- ¡Que no!
-¡Mixcóatl! ¡Xóchitl! -Ambos brincamos al instante y guardamos silencio. - ¡¿Ustedes también desobedecerán las reglas y se pondrán a pelear ante todos?! – Bajé la mirada, notando de reojo los sollozos silenciosos de Ameyali; luego miré a mi abuelo, había una ira derritiendo sus ojos chocolate.
-No koli- respondimos en unísono.
-Bien, ahora vayan con esta criada a la casa; y si llego después de la cena, duérmanse sin esperarme- Yo abrí la boca para refutar algo, pero Ameyali nos tomó de la mano y emprendimos nuestro camino de vuelta a casa.
Apreté mi mandíbula mientras mi abuelo se perdía entre los tantos escalones del Palacio del Huey Tlatoani. Suspiré, no era justo que se fuera sin apenas hablar con nosotros... agité mi cabeza y respiré con fuerza. Los sollozos casi imperceptibles de Ameyali ya habían evolucionado a un llanto desconsolado.
- ¡Psst! Mixcóatl- Como respuesta solo obtuve un gruñido amargo. - ¡Cúbreme!
Tras mi susurro, solté la mano de Ameyali y noté cómo mi hermano ponía la suya rápidamente, con una mirada loca y confundida, tratando de llamarme para que volviera. Por suerte nuestra cuidadora estaba ahogada en llanto como para notar mayor diferencia.
Corrí hasta el Palacio del Huey Tlatoani, pero en vez de tomar el camino oficial como mi abuelo, desfilando por toda su monumental escalinata, me fui detrás de la pirámide, entrando por aquel pasillo secreto construido hace tantísimos años y olvidado casi al mismo tiempo; ya la naturaleza había clamado su lugar en aquel rincón, pero yo había apartado lo suficiente para poder entrar sin dificultades.
Al llegar, solo tuve que evitar a sus criados y hacerme un pequeño espacio lo suficientemente cerca como para escucharlos en la sala.
-...así que dos tlakatastali ¿estás seguro de ello? – Fruncí el entrecejo ante las palabras del Huey Tlatoani, eso que decía no era algo que alguien hubiera visto antes.
-Solo los observé de lejos, para no delatar mi presencia, pero estoy seguro. Maya los tiene presos en uno de sus reinos costeros... y quiere mostrárselos a mis nietos.
-¡No! ¡Ellos no pueden verlos! – Llevé una mano a mi pecho.
-Lo sé, pero ya se enteraron de la invitación- Escuché un suspiro pesado y el mover fino de una tela de algodón. -Además, ella me insistió que Mixcóatl debe pasar más tiempo con la princesa Itzel, quiere asegurarse de que su otra nieta compagine con él.
Tomé un mechón de mi cabello y comencé a hacer una trenza mientras mi mirada se perdía en las sombras que mi abuelo y el Huey Tlatoani proyectaban en la pared.
-Sigo sin comprender por qué deben casarse esos dos, Mixcóatl es un niño guapo y con su encanto seguro nos logrará una unión más benéfica para el Imperio... quizá incluso alguna tlaxcalteca se enamora de él.
Escuché bufidos y risas sarcásticas.
-No... esas mujeres son de cuidado, créeme- Cuando quise amarrar mi trenza al final, no solo noté que no tenía listón alguno para hacerlo, sino que lo que me había hecho en mi cabello, era todo, menos una trenza. Poco a poco las risas cesaron. -Moctezuma, ya te he dicho muchas veces la razón de ese matrimonio. Ellos son...
Abrí los ojos mientras destrenzaba mi cabello, nadie debía llamar al Huey Tlatoani por su nombre.
-Ya sé, ya sé... he escuchado ya lo misma frase muchas veces. Desde bebé te he visto justo como hoy te presentas ante mí, y en mi primera memoria apareces junto a mi padre, diciéndole que tus nietos son "especiales".
Pegué más mi oreja al muro.
-Entonces comprenderás que lo que Maya y yo decidamos, junto con las otras culturas, será lo mejor para ellos.
-Bien- Me levanté de golpe al escuchar cómo alguien avanzaba con pasos gráciles hacia mí. -Gracias por avisarme; es una lástima que hayas consumido algún poderoso hongo de la selva y que ello haya resultado en la alucinación de un tlakatastali... pero ha sido entretenida tu historia.
-No aluciné nada Moctezuma... yo sé que estaban allí ¡Yo los vi! – hubo un refunfuño, seguido de un fuerte ruido.
-De todas formas, tus nietos no irán con los mayas, es más... si puedes apartarlos de la ciudad por unas cuantas lunas, estaría bien. No quiero que, si algún mensajero llega, ellos estén presentes como para enterarse.
-Pero ¿Y la petición de Maya? – Retrocedí unos pasos, tratando de alejarme de las sombras que poco a poco se hacían más grandes.
-Mixcóatl irá con esa princesa cuando haya regresado... mientras puedes enviar un mensajero a tu querida "amiga", diciéndole que su verdadera nieta debe esperar. Los nobles mexicas son más importantes- Una respiración fuerte me hizo salir de un ligero trance en el que apenas estaba entrando... ¿Cómo que su "verdadera nieta"? El que Itzel haya sido producto de mi Abuela Maya con otro noble maya de las tierras del sur, no significa que Mixcóatl y yo seamos menos dignos de ser nombrados como sus nietos.
-Adiós Mexica.
-Adiós Moctezuma.
Alcé mi mirada y comencé a escabullirme de nuevo por los pasillos del palacio, llegué a la entrada secreta y salí. Afuera solo había oscuridad total. Corrí lo más silenciosamente posible y me encaminé hacia la casa, donde encontré a mi hermano sentado en la puerta, mordiéndose las uñas y golpeando un pie con rapidez en el suelo.
-Mixcóatl...-tragué con fuerza y él alzó su cabeza.
- ¡Xóchitl! Por fin regresas hermana...- lanzó un suspiro y dio varias zancadas hasta llegar a mí. -No vuelvas a irte así porque así, no sabes el escándalo y las mentiras que le tuve que hacer a Ameyali para encubrir tu ausencia. -Bajé la cabeza y pronto me sentí envuelta entre sus brazos.
-No te hagas, que de seguro disfrutaste mucho crear ese caos- Reímos ligeramente y luego nuestra felicidad se fue apagando hasta quedar solo nuestras respiraciones.
-...por favor, dime qué escuchaste- Pasé mis manos a su espalda y abracé con mayor fuerza.
El día había comenzado como otro cualquiera, el regreso de mi abuelo no significó ningún cambio en la rutina, lo único que varió fue el tiempo, pues las criadas se tardaban un poco más en sus actividades ahora que volvimos a ser tres.
Ninguna diferencia más, ninguna menos.
Esa mañana Mixcóatl me había hecho señas con los ojos por quinto día consecutivo, quería que hablara con nuestro abuelo acerca de cuándo cumpliríamos la petición que Abuela Maya había mandado con aquel mensajero, pues debíamos encontrar una forma de hablar sobre los temas que con tanta urgencia les contó al Huey Tlatoani y no a nosotros.
Solo que, ni mi hermano ni yo, encontrábamos el coraje para preguntarle. A veces su mirada chocolate era insostenible... demasiado intensa. Pero esa mañana... ese día yo había despertado con la confianza necesaria, y le preguntaría tan solo terminar el desayuno.
Lo que no volvía a esperarme, fue la interrupción de la rutina. En vez de encaminarnos al calmécac, nuestro abuelo nos detuvo del hombro.
- ¿Ven a esos guardianes de allí? -Tragué seco y asentí al mismo tiempo que Mixcóatl. -Ellos los acompañarán hasta el lugar donde el Huey Tlatoani decidió enviarlos por todo un año de cosechas y todas las cosas que necesitarán ya están listas también.
Mi respiración se agitó levemente y me di la vuelta, topándome justo frente a los ojos de mi abuelo. Mi hermano aún tenía la vista perdida en aquella caravana.
-No... n-no puede ser tan pronto, no puedes alejarnos así de fácil ¡No koli! – Crucé mis brazos sobre el pecho y un nudo se formó en mi garganta. -No nos iremos a quién sabe dónde cuando ni siquiera has sido capaz de contarnos lo que pasó con la Abuela Maya y porqué no vamos con ella.
Mi abuelo solo entornó los ojos y me alzó una ceja.
- ¿Cómo sabes que no irás con ella? -
-A-Ah... bueno, yo...- Bajé la mirada y sentí un ardor subiendo por mi rostro.
-Es obvio, por la cantidad de comida y cosas que parecen estar cargando los guardias. Nunca hemos necesitado tanto para un año con la Abuela Maya- Agradecí con la mirada a mi hermano y me tomó de la mano. - ¿Al menos puedes decirnos por qué?
Koli tomó una gran bocanada de aire y suspir negando con la cabeza. Yo intenté tragar para deshacerme el nudo que sentía por dentro.
-No puedo... no ahora, pero cuando llegue el momento, lo sabrán. Solo necesito que confien en mí, los estoy mandando a un lugar muy especial, donde yo pasé mi infancia... seguro aprenderán mucho allí, no solo de los pueblos que quedan, sino también de sus raíces. -Nos sujetó mejor de los hombros y apretó con ligera fuerza. -Necesito que nunca olviden de dónde hijo.
Mis ojos se aguadaron mientras hablaba y, soltando a mi hermano, me lancé a abrazar a mi abuelo. Un año no era tanto tiempo, pero de nuevo tenía ese horrible sentimiento de que algo malo pasaría en con él.
-Nunca lo olvidaré- susurré, y pude perderme en su sonrisa triste.
Llevábamos caminando por mucho tiempo, ya hasta habíamos visto dos lunas llenas en lo que teníamos de haber salido y ya la tercera no hacía más que insinuarse por el cielo oscuro.
- ¿Cuánto más falta? – Pregunté al guardián que me cargaba.
-Una semana si tu pie cura y vuelves a caminar por ti misma- Me tallé los ojos y crucé los brazos bajo mi pecho.
-No fue mi culpa haberme tropezado con esa roca ¡Salió de la nada! -Me rodó los ojos y fruncí el entrecejo. No era forma de tratar a alguien de la nobleza mexicana. -...de haberme cuidado como debían, eso no habría sucedido.
-No habría sucedido si fueras más cuidadosa, pero ¿Qué se puede esperar de una persona de origen incierto?
Las risas no tardaron en hacer presencia y mi hermano, caminando al frente de todos, dio la vuelta.
-Solo porque muy pocos conocieron a nuestros padres antes de que fallecieran no significa que nuestro origen sea desconocido, ni menos digno que el de otro noble... somos mexicas y, como cuentos, llevamos su descendencia en la sangre.
Sonreí mientras los demás intercambiaban miradas escépticas, Mixcóatl fue el único que me devolvió ese gesto de confianza y seguridad en su rostro.
-E-Es que...- todos volteamos y observamos al guardia del final de la caravana, que hablaba con una voz muy queda y jugaba con sus dedos, huyendo de la mirada del resto. -Lo de sus padres pasó hace tanto tiempo que... es casi un mito, como un cuento de tragedia que se nos cuenta a todos desde niños.
Negué con vehemencia mientras los demás se asentían levemente y mi hermano se detenía, sorprendido.
-Eso no puede ser cierto... vamos a cumplir cinco en poco tiempo- Nuestros acompañantes tragaron seco casi a la vez y el guardia volvió a hablar.
-Pues para cumplirlos apenas... ya habla como alguien de ocho.
Otro más lo acompañó.
-Oh doce...
-Y ya asisten al calmécac... incluso tú, una mujer...
-Eso es todo, menos normal.
-Así es... sí- empezaron a corear todos.
Yo miré a Mixcóatl y él solo me hizo la seña de que mejor lo olvidara y dejara pasar el tema. Inflé mis mejillas y observé las líneas en mis manos... la verdad eso era algo que muchas veces antes me había cuestionado.
¿Por qué no crecíamos como los otros niños? ¿Por qué nunca pudimos estar con ellos? Toqué mi palma izquierda y seguí el camino de mis venas ¿Era debido a que notarían la diferencia? Tomé mi cabello y me fijé en su castaño color ¿Por qué solo el Huey Tlatoani y su círculo más cercano conoció a mi abuelo? ¿Por qué no me parecía a ninguno de ellos? Me abracé a mí misma y sentí un nudo en la garganta ¿Será que las demás familias, nobles o no, nos veían como algo que debía ser evitado, por ser tan distinto? Cubrí con mis trenzas mi rostro y logré ocultar con éxito mis lágrimas. De no ser por Mixcóatl, no sé cómo habría sobrellevado tantos años siendo la "rarita" del Imperio.
-Dormiremos aquí- Me bajaron y dejaron con cuidado en el suelo, tratando de no lastimar más mi pie.
Unos comenzaron a colocar los petates y otros iban al pequeño arroyo de cerca para llenar las jícaras de agua fresca. Mixcóatl subió una fogata frente a mí y luego se sentó a mi lado. No dijo nada, solo me sonó como mi abuelo antes de que nos fuéramos... triste.
Lo abracé y me acomodé en su regazo antes de mirar a la luna y caer dormida.
Los volcanes coronados de blanco y las montañas con bosques a sus faldas habían quedado muy atrás. Los valles e incluso unas que otras planicies llenas de flores silvestres también eran ahora solo un bonito recuerdo de los lugares por los que pasábamos y, cada vez más rápido, el paisaje se iba despojando de los verdes tonos para volverse más rocoso, más arenoso. .. y mucho más caluroso.
Todos, mientras íbamos andando bajo el arduo sol, nos sorprendíamos con la escasa vegetación y los casi inexistentes animales. Pasadas las primeras impresiones, unos comenzaron a quejarse, otros solo querían detenerse y muy pocos, como mi hermano y yo, saboreábamos el aire seco de aquel lugar como si se tratara de un terrero ya recorrido.
-Es tal como lo cuentan los viejos sacerdotes- Volteé y fruncí el entrecejo ante el comentario del guardia que me había estado cargando hasta apenas dos días atrás. -El suelo es como blanco y te hunde un poco como queja por ser pisado, el horizonte parece alejarse cada que intentas alcanzarlo y el cielo presume orgulloso a nuestro Gran Dios Sol, Tonatiuh; que ilumina tu camino tan poderosamente que seca el aire y su fuego entra en tus pulmones con cada respiración.
- ¿Qué está diciendo? – Pregunté mientras me resguardaba con los otros bajo la sombra de una gran roca y bebía lo último que quedaba en mi jícara.
- ¿No me digas que nunca te contaron sobre las Natales Tierras de Aztlán? – Mi hermano abrió los ojos como platos y yo me atraganté con mi agua, sentí que alguien me palmeaba la espalda y le agradecí como pude, pero mi cerebro solo trataba de procesar la información al tiempo que intentaba controlar mi respiración. – Cualquiera quién se jacte de ser mexica sabe que el origen de nuestro gran Imperio Azteca nació por estas tierras... por eso el nombre.
Sujeté mi jícara con fuerza y busqué con los ojos a mi hermano, lo que pude leer del movimiento de sus labios fue "como tu sueño...", y un escalofrío me recorrió la espalda.
Pronto el presentimiento de algo malo avecinándose me llenó el pecho. Lo siguiente que supe, fue que el guardia parado a mi lado, fue derribado tras un fuerte sonido cortando el aire.
Una mano jaló de mí y me escondió en el círculo protector que rápidamente formaron los otros con sus escudos, armados en un cerrar de ojos con sus macuahuitls . Mi hermano se inclinó hacia el guardia caído para intentar ayudar en todo lo que pudiera, pero yo no pude evitar fijar mi mirada en aquella enorme flecha que tenía incrustada en el hombro derecho. La herida sangraba mucho y el plumaje que decoraba el final, no era parecido a nada que hubiera visto antes de alguna otra ave.
El pánico se apoderó de mi cuerpo cuando empecé a escuchar cómo más y más flechas se encajaban en los escudos, unos gritos lejanos se hicieron presentes, al igual que el sonido de unos cuantos tambores. Algunos de nuestros guardianes sacaron sus arcos y sus flechas de obsidiana para poder contraatacar a la distancia, pero aún así nos seguían acorralando más hacia las rocas.
- ¡Debemos separarnos o nos emboscarán! ¡Cualli, tú encárgate de Xóchitl! ¡Y Tonahuac, tú de Mixcóatl! Pase lo que pase ¡Mantengan a los niños con vida!
De mi hermano solo vi sus ojos impregnados en miedo antes de que una mano fuerte me tomara del hombro y me jalara con él a alguna otra parte del dichoso desierto.
- ¡No! ¡Espera! ¡Quiero estar con mi hermano! – grité a todo pulmón, pero el guardián no me hacía caso, solo disparaba flechas para despejar camino y me empujaba constantemente contra unos helechos y pequeños cactus que no dudaron en incrustar sus espinas en mi cuerpo. - ¡Ah! ¡Ay! Oye... ¡Por favor escúchame!
Me levanté para tomarlo del brazo, pero antes de que pudiera alcanzarlo, una flecha enemiga se incrustó en su pierna, desgarrando su carne y provocándole un gran alarido de dolor y sangre. Grité del susto y solo atiné a arrastrarlo con mucho trabajo al mismo lugar donde él me había escondido.
- ¡Ay por favor! No te me mueras...- pasé mis manos por encima de su herida, no tenía las pomadas que habíamos empacado y que me había aplicado en mi pie, no sabía cómo ayudar, y sus quejidos no ayudaban en lo absoluto. -T-Te necesito, tienes familia que te necesita... ¡Cualli!
- ¡Ya niña! Deja de gritar o nos encontrarán más rápido...- crucé los brazos bajo mi pecho como acto reflejo, pero en realidad no podía molestarme con él en esta situación. -Ten, lleva esto y corre hacia el norte hasta llegar a una pequeña aldea- De sus ropas, me dio un bolso con jícaras llenas de agua, comida y una piedra de jade con el nombre de mi abuelo escrito en ella. -Un tal Chenoa debe estar esperándonos a la entrada, muéstrale la piedra y dile que fuimos atacados... ¡Ah! – Me llevé una mano el pecho cuando él tocó su pierna y manchó sus manos con sangre.
- ¡No te toques! -Cerró los con fuerza y luego negoció con la cabeza.
-Mixcóatl debe hacer lo mismo, así que, si no llega antes él, tendrás que esperarlo con las mujeres de la aldea ¿Escuchaste bien? No te vayas a buscar a nadie, una vez que llegues ¡No salgas de ahí!
-De acuerdo- Asentí intensamente, al grado de que una de mis trenzas comenzó a deshacerse, mi corazón parecía querer salirse de mi pecho. -Pero no puedo dejarte aquí sin más.
- ¡Si puedes y lo harás! – Metió una de sus manos al bolso y tomó una jícara. - ¡Ahora vete!
Me empujó y, dando traspiés, comencé a correr hacia el norte. A cada paso que daba, sentía las espinas de los cactus clavándose más en mi cuerpo, intensificando el dolor de dejar a uno de los míos atrás.
Cuando sentí que estaba lo suficientemente lejos del sonido de los tambores y los gritos de la pelea, volteé, solo para ver cómo el mismo hombre que había herido a Cualli, tensaba su arco y apuntaba con otra reluciente flecha al suelo entre los cactus y los helechos donde lo había escondido.
Brinqué cuando la cuerda rompió el aire y liberó su flecha; Cerré los ojos por instinto, pero una lágrima logró escapar y recorrió presurosa mi mejilla.
-Cualli... - Contuve la respiración. -...por favor no nos dejes.
Apreté con fuerza el bolso y soné mi nariz lo más discretamente posible que pude, pero un ruido cerca de mí me hizo abrir los ojos con el corazón en la garganta de nuevo. Las hojas de un helecho cercano se movieron y entre sus colores casi muertos lograron vislumbrar a una persona asechándome con un atuendo que no era como el nuestro.
No lo pensé, mis piernas solo me alejaron de aquella planta lo más rápido posible, corrí y corrí sin mayor intención más que alejarme del sonido de alguien siguiéndome con igual de prisa. No volteé, pero tampoco grité; Quizás mi cuerpo estaba demasiado ocupado jadeando para oxigenarme lo suficiente que mis ojos tampoco se fijaron bien en el camino y, tras pisar en un pedazo de tierra húmeda, solo sentí como si la tierra se abriera paso y me tragara en sus entrañas.
Grité al caer, pero en vez de sonido, salieron burbujas.
Todo a mi alrededor se volvió azul, pero nada era respirable, intenté salir del agua, solo que el bolso alrededor de mi cuello se había atorado con un tronco seco bajo la superficie. Por más que pataleaba y jaloneaba, no podía escapar; comencé a desesperarme y pronto mis pulmones me urgieron aire, tomé a duras penas el jade con el nombre de mi abuelo y de un fuerte tirón liberé mi cuello del agarre del bolso; Me impulsé con el tronco hacia la superficie y logré dar una buena bocanada de aire, pero en vez de encontrarme aguas someras, unas bravas corrientes me sumergieron de nuevo con violencia.
Estaba perdida, cada que por milagro lograba sacar la cabeza, lo que respiraba era más líquido que aire y, por más que intentaba ver la orilla, no la encontraba; Todo era un constante desfile de agua, agua y más agua. No podía resignarme a morir ahogada allí mismo, pero no me quedaban fuerzas para seguir luchando... yo quería ir al Mictlán, no al Tlalocan... hasta que un sonido sordo llegó a mis oídos sumergidos y unos brazos delgados se ciñeron a mi cintura.
Debí sorprenderme, pero todo se volvió negro de repente.
Este capítulo lo traspasé directamente de mi otra historia "Memorias de una nación", porque en realidad no tiene mucha coherencia histórica que digamos xd; pero me gustó tanto, tanto el resultado que mejor lo publico por aquí como un "relato alternativo" de cómo se conocieron estos pillos ¿Va? En vez de tirar todo mi trabajo a la basura.
En "Memoria de una nación" ya estará agregando los capítulos redactados con mayor precisión histórica -espero, porque investigué un chingooo- :0
En fin, espero que les guste, jejeje.
¡Saludos!
