※Xóchitl※
Lo primero que sentí fue un calor abrazador, lo primero que vislumbré fue un intenso brillo, cuasi segador... y lo primero que escuché, fueron los rápidos de un río.
Me levanté de un susto y al querer respirar, mi cuerpo solo se contrajo para expulsar agua y más agua. Tosí y tuve arcadas, pero al final pude inhalar profundamente. Me hinqué sobre la ardiente arena y me sujeté la cabeza con fuerza... todo aún me daba vueltas, era como seguir sumergida: confundida, preocupada y sin tiempo para pensar claramente. Solo una imagen volvió a mi mente, la de unos brazos delgados tomándome de la cintura.
Me paré de golpe y comencé a mirar por todas partes en el desierto, pero nadie parecía estar ni remotamente cerca de mí.
- ¿Hola? -Entorné los ojos y detallé el horizonte, no reconocía para nada el lugar, ya ni siquiera sabía dónde estaba el norte y dónde el sur, pero no podía estar sola... alguien me había sacado del enorme río que corría furioso a mi lado. - ¡Hola! ¡¿Hay alguien ahí?!
Caminé unos dos o tres pasos y hubo un sonido detrás de mí; me volteé asustada y descubrí por segunda vez que el ruido provenía de un helecho cercano a una gran roca. Tragué con fuerza y me acerqué lentamente, si era quien me había salvado... no debería tener malas intenciones.
- ¿Hola? Por favor dime que eres una persona buena y no alguna especie de animal salvaje... ¿sí? – Estiré mi mano hacia la planta y temblé, al igual que las hojas por segunda vez. Mi cabeza insistió en alejarme, pero mi corazón me apremiaba en continuar. -Solo... ¡Sal de ahí!
Metí la mano en el helecho y, de un brinco que me hizo gritar y cubrirme el rostro, salió algo. Poco a poco fui apartando los brazos de mis ojos y ante mí apareció lentamente la imagen más espectacular que jamás haya visto.
Era un niño de aparentemente mí misma edad, pero totalmente distinto a todos los demás que había conocido; si yo era rara, él debía ser una extravagancia total. No solo su cabello parecía hecho de oro puro, también su piel era tan pálida que parecía habérsela tapizado con la escarcha fría de la cima de mis volcanes y, lo más impactante, eran sus ojos... brillantes como gemas preciosas, azules como el cielo despejado o los mares turquesa de mi Abuela Maya, y observándome con una intensidad que me provocó escalofríos.
- ¿Q-Quién eres? – Tomé la parte de mi cabello que solía ser una bonita trenza y jugué con él. -Mi abuelo me aseguró que el náhuatl se habla incluso más allá pasando Aztlán, a-así que respóndeme... ¿Quién eres? ¿Qué haces? ¿Y qué q-quieres de mí?
El niño solo me sonrió y extendió su mano hacia mí. Yo retrocedí de inmediato, pero me fijé que lo que tenía en su mano, era el jade de mi abuelo.
- ¡Oye! ¡Eso es mío! – Di un paso hacia él, pero retrocedió, haciendo mover sus escazas ropas y la pequeña corona de plumas que llevaba alrededor de la cabeza. - ¡Dámelo! No puedes tenerlo-
Entonces rió con ganas y comenzó a hablar entre carcajadas en un idioma que yo desconocía por completo, aun así, no hizo falta más que su tono de voz como para saber que se burlaba de mí. Inflé mis mejillas y crucé mis brazos bajo el pecho.
-Cuando llegue con ese tal Chenoa, haré que todos en la aldea se rían también de tu apariencia, a ver si eso te gusta... - Su felicidad se acabó de repente.
-N-No...- Abrí los ojos y mi mandíbula cayó sin avisar al escucharlo hablar náhuatl de verdad. -...no sería nada nuevo, siempre se burlan por como luzco y nadie nunca me acepta- Me miró y mi corazón dio un hueco, pues el agua de sus ojos parecía querer salir en forma de llanto. -Ten tu roca... mejor ya no te molesto.
Al darse la vuelta y comenzar a andar, noté cómo ese curioso niño tenía las mismas raspaduras que yo en los brazos, era seguro que sí me había sacado del río. Apreté el jade entre mi puño y me apresuré a detenerlo del hombro para pararme frente a él, sus ojos se abrieron con sorpresa.
-Yo no quería lastimarte, perdóname. De hecho... - Llevé mi cabello detrás de la oreja y sentí un ardor extendiéndose por mi rostro. -Te debo las gracias, por sacarme del río.
Él sonrió de nuevo y tocó mi cabello, asustándome un poco e incrementando mi rubor. Reí nerviosa mientras sus pálidos dedos contrastaban y recorrían el mechón que, en algún momento de la mañana, fue trenza.
-No te preocupes, me gusta ayudar a la gente en problemas... además me resultaste demasiado única como para dejarte morir en el río.
Me acerqué más a él y toqué con cuidado su mejilla, intentó apartarse de mí, como yo en un principio, pero luego un color carmesí fue naciendo en su nariz y se extendió hasta sus orejas en lo que yo sonreía y admiraba su color tan extraño de piel.
-También eres demasiado único para mí- Subí mi mano hasta su cabello y entrelacé mis dedos en su sorprendente textura; parecía de oro macizo, pero era igual de suave que el algodón antes de ser cosechado y tan lacio que resbalaba con facilidad por la piel. - ...asombroso.
Sentí cómo una mano bajaba por mi brazo y llegaba a mi mano, nos miramos fijamente a los ojos y nuestras palmas se encontraron mientras las alzábamos lentamente a la altura de nuestras caras, una junto la otra, apenas tocándose, pero transmitiéndose un calor que decía mucho.
-Mi nombre es Xóchitl, nieta del Gran Consejero del Huey Tlatoani Mexica.
-Mi nombre es Wenutu, nieto del Sabio Gran Jefe Apache.
Sonreímos y me perdí en azul de sus ojos, casi como si se trataran de auténticas olas, llamándome... solo entonces me di cuenta que él también se había perdido en la avellana de mis ojos y, por primera vez, no me sentí rechazada... sino querida.
-...así que vives por estas tierras, ixtexotik – Wenutu volteó hacía mí y una enorme sonrisa conquistó su rostro. Volví a sentir aquel ardor recorrer mis mejillas.
-No siempre, hay muchos grupos Apache o Comanche y me la paso recorriéndolos con mi abuelo... tienes suerte de que estuviera por aquí- Mandé mi cabello hacia atrás para dividirlo en dos partes y rodé los ojos mientras él reía, volviéndose a inclinar hacia el río.
-Bueno... algo de suerte, porque si tu no me hubieras asustado en un principio, no hubiera corrido ni caído al río- Tomé una parte de mi pelo y comencé a trenzarlo de nuevo, el niño pálido solo me veía de reojo mientras buscaba con un brazo totalmente sumergido, el bolso que se había atorado en aquel feo tronco.
- ¡Aquí está! – Sacó el brazo triunfante y alzó muy alto en el aire, mi bolso medio roto.
- ¡Ah! ¡En verdad lo lograste! - Amarré mi última trenza con rapidez y corrí hasta su lado, para revisarla. - ¡Y está casi todo dentro! – Pasé los dedos por las jícaras y la comida con una sonrisa que creí, no cabría en mi rostro. - ¡Ay, muchas gracias! -Giré hacia él y la abracé con fuerza, dándole un sonoro beso que se perdió en la inmensidad del desierto. - Ahora podré ir a la aldea sin morir de hambre o sed...
Cuando volteé, encontré a ixtexotik totalmente tieso, con los ojos bien abiertos y la cara de un rojo intenso. Fruncí el entrecejo y volví a hincarme a su lado, llevando una mano a su mejilla, sintiendo su piel estremecer bajo la mía.
-...en verdad eres curioso, cambias de color a cada rato- Recorrí su nariz, frente y barbilla, hasta llegar a su cuello, rojo también, y terminar en su pecho. Sentí el latido de su corazón y una angustia se apoderó del mío, recordando que mi corazón también se alteró así cuando comenzaron a atacarnos en el camino.
Cerré los ojos para intentar tranquilizarme y no llorar frente a este niño pálido, pero apartaron mi collar de jade cuello y sentí cómo su mano se posaba en mi pecho. Abrí los ojos muy grandes, nadie podía tocar así a una noble mexica.
- ¿Por qué lloras? – Miré la arena y dejé de tocarlo para abrazar mi propio cuerpo. - ¿Es porque sabes que no debiste besarme?
Lo miré, aún más rojo si eso era posible.
- ¿Por qué no debí besarte? Solo te agradecía, no tiene nada de malo.
- ¿No lo tiene? C-Creí que solo los que se aman se besan así- Alcé los hombros mientras él se rascaba la cabeza y le tocaba mirar hacia la arena. - ¿Nunca los has visto?
-Por las calles de la ciudad en ocasiones, pero... bueno, es que no sabía que los besos solo eran para cuando amas a alguien-Sonreí un poco, apretando el jade de mi abuelo con fuerza, con la esperanza de que su nombre inscrito en ella me hiciera sentir un poco más cómoda. -Perdón si te molestó, n-no quise...
Un beso en mi mejilla me silenció.
Mis ojos se abrieron lo más grande que pudieron y sentí el ardor recorrer mi cara de nuevo; frente a mí, la rojez de Wenutu se extendió hasta su cuello y revolvió su cabello de oro, evitando mi mirada.
- ¿Recuerdas lo que me contaste sobre lo que tu gente piensa de tu apariencia? -Quise asentir, pero no pude moverme por la impresión. -Y-Yo, supongo que si nadie nos quiere en casa... podremos amarnos entre nosotros ¿No? - Mi cuerpo no reaccionó cuando él terminó de hablar y me observó con timidez, solo sentí cómo si mi mandíbula hubiera caído hasta el piso. -Eh... si, supongo que tienes razón... es una tontería.
Cuando noté en sus ojos cristalinos una mirada triste, lo primero que hice, fue lanzarme a él. Su cuerpo brincó entre mi abrazo, pero no tardó en devolverme un abrazo con mi misma fuerza.
- ¡Sería la persona más feliz si por fin alguien más que mi familia me amase! – Reí con ganas y me separé, tomándolo de los brazos. - ¡Como un amigo!
Su mirada brilló de nuevo.
- ¿Un amigo? ¡Sí! ¡Siempre quise uno! – Y me sujetó las manos. - ¿Serías mi amiga para toda la vida? ¡Podríamos amarnos todo el tiempo!
- ¡Claro que sí! – Reí más y balanceé nuestras manos juntas. - ¿Quién necesita a los otros nobles cuando te tengo a ti? ¡Uy! ¡Uy! Tengo que llevarte a casa para presentarte a mi abuelo ¡Estará muy contento cuando se entere que por fin alguien me ama!
Nos levantamos y él tomó mi bolso.
- ¡Sí! ¡Mi abuelo igual estará contento! ¡Vamos primero con él! Está más cerca.
- ¡Vamos!
Nos volvimos a besar las mejillas y me dejé guiar por él a través del desierto, corriendo hacia un nuevo destino con unas sonrisas que en cualquier momento saldrían de nuestras caras. En una mano apretaba el jade y en la otra, la pálida mano de mi nuevo y único mejor amigo.
Volvieron a pasar otras dos noches y seguíamos entre arena, cactus y helechos secos, pero ahora no estaba cansada, asustada o triste; cada mañana significaba el inicio de un nuevo día de juegos y travesuras con ixtexotik.
Escalábamos montañas rocosas, cazábamos conejos, explorábamos cuevas y nadábamos en arroyos poco profundos. Wenutu me advertía de la clase de animales peligrosos que nos íbamos encontrando en el camino y, al caer la noche, nos acostábamos con las cabezas juntas y observábamos las estrellas mientras platicábamos de nuestras vidas.
Era hermoso tener a un amigo que te amase para toda la vida.
-...y esa es la historia del Conejo en la Luna- Me giré a verlo y reí al notar su mirada maravillada, con un tono plateado reflejando a nuestra Diosa Metztli.
-Yo siempre había creído que era una cara sonriente- Fruncí el entrecejo y observé el cielo, tratando de ver lo que él veía. -...pero tienes razón, hay un conejo plasmado ahí.
Asentí y me rasqué la cabeza.
-Pues yo no veo ninguna cara más que... ¡Oh! ¿Te refieres a esa forma? ¡Es cierto! -alcé la mano y apunté a la luna. - ¡Si lo ves te esta manera parece que alguien te sonríe!
Reímos y sentí su mirada en mi sonrisa.
-Te dije, pero... me gusta más tu conejo- Volteé y toqué su nariz roja con la punta de mi dedo, estaba helada. - ¿Ya no tienes frío?
Observé la manta de pelo de búfalo que me había dado y luego lo miré a él, temblando con solo sus escasas ropas cubriéndolo del aire frígido. Me senté y empecé a reacomodar la manta, dándole la vuelta y extendiéndola lo más posible.
- ¿Qué haces nakai? – Me incliné hacia él y aparté sus brazos de su cuerpo para poder colocarle la manta encima, expandiéndola lo más posible por nuestras piernas y pecho. -G-Gracias.
Lo miré y le sonreí, ya volvía a tener aquel sonrojo por todo su rostro de nuevo.
-No te preocupes, para eso son los amigos- Me volví a acostar a su lado y lo abracé con un brazo y una pierna, pues ahora no podía darme el lujo de poseer toda la manta para mí solita. Tembló bajo mío, pero poco a poco su pálida piel se fue entibiando cada vez más.
Cerré los ojos, ya lista para descansar en su pecho, cuando unos labios besaron mi mejilla. Alcé la vista sorprendida, todavía no terminaba de acostumbrarme a esos gestos de cariño; me acerqué a él con un ardor en la cara y le devolví el beso.
-Para amarnos y cuidarnos por siempre- terminó de decirme mientras sus manos me abrazaban de vuelta.
Le sonreí y comenzamos a reír sin motivo alguno, a veces pasaba eso, quizá porque aún nos hacíamos a la idea de los besos como forma de reafirmar nuestra amistad. Solo que el ruido de unos tambores arruinó nuestra diversión.
Me levanté de golpe, tirando la manta sin importar dónde cayera y me dirigí al bolso que colgaba de otro tronco seco. Escuché que ixtexotik se quejó, asomando su cabeza despeinada del suelo, pero yo solo me centré en buscar el jade de mi abuelo. Cuando lo encontré, volví a apretarlo en mi puño con todas mis fuerzas y comencé a recoger todas las cosas que habíamos dejado dispersas por el suelo.
- ¿Qué te pasa? – Lo miré con el corazón en la boca al escuchar los sonidos del tambor intensificándose. - ¿Nunca los habías escuchado? ¿Te asustan?
- ¡Claro que los había escuchado! ¡Fueron los mismos que escuché cuando nos atacaron esos... salvajes! – Le lancé el bolso a Wenutu mientras él se ponía de pie y comencé a doblar la manta, recogí las jícaras vacías y las colgué a su cinturón de cuero junto a las llenas. - ¿Por qué te quedas así de tieso? ¡Ayúdame a escapar!
-...ellos no son salvajes, si los atacaron fue porque entonces ustedes invadieron el territorio- Me detuve y lo miré fijamente a los ojos.
- ¡Nosotros no invadimos nada! Ya te conté cómo pasó, ixtexotik. Además ¿Por qué los defiendes? ¡No tendrías amiga si ellos me hubieran capturado o algo peor!
Me di la vuelta para recoger lo último que quedaba en el suelo, pero una mano me tomó del hombro y me hizo girar el cuerpo. Lo miré, ahora no solo estaba preocupada, también molesta de que solo entorpeciera mi ritmo.
- ¡¿Qué?!
-Esos tambores que escuchas a la distancia son los de la aldea donde está mi abuelo, deben estar celebrando la llegada de una persona rescatada... y te aseguro que no son ni salvajes, ni asesinos por gusto.
Abrí los ojos y la boca mientras él se daba la vuelta y recogía la manta. Caminaba despacio, con el ceño fruncido y la mirada triste y dolida.
-N-No puede ser cierto... ¡Ellos mataron a Cualli y de seguro se llevaron a...! -Se volteó rápido hacia mí, aventando de nuevo la manta a quién sabe dónde.
- ¡¿De seguro?! ¡Ni siquiera sabes si lo que dices es cierto y ya los estás acusando de algo muy feo! ...lamento lo que le pasó a tu guardián, pero esa de allí- Señaló bruscamente al horizonte y yo brinqué. -Es la aldea Apache del norte, y si no quieres confiar en mi palabra, de que ellos nunca atacan si razón, entonces puedes regresar al río y esperar a que alguien te busque por allí.
Nos miramos fijamente y tragamos duro al mismo tiempo. Ya ninguno de los dos tenía frío, pero lo que nuestras respiraciones agitadas exhalaban era un vaho que alcanzaba el rostro del otro y golpeaba como para querer irritarnos más.
-No volveré al río... pero tampoco iré contigo.
Soné mi nariz y mi vista se fue nublando con lágrimas ante la idea de quedarme totalmente sola en medio de un mortal desierto. Ixtexotik se acercó lentamente y tomó mi mano temblorosa, pero en cuanto sentí su tacto, me aparté y cerré los ojos.
Solo quería ir a casa, entrar corriendo por el gran puente y abrazar a mi koli hasta perder las fuerzas, quería volver a escuchar la voz de Mixcóatl e incluso los regaños de los sacerdotes en el calmécac. Quería pellizcarme para que este sueño acabase de una vez por todas.
Pero no estaba durmiendo, las lágrimas que recorrían mi cara eran verdaderas y las contracciones de mi respiración al llorar también dolían como cuando estás despierta. Sentí un calor aproximándose y luego unos labios besaron mis mejillas, primero una y segundos después, la otra. Abrí los ojos con lentitud y unos pulgares limpiaron mis lágrimas, revelando a un curioso niño de ojos azules, cabello dorado y piel pálida sonriéndome tímido.
-Los amigos no dejan a los otros nunca... los amigos pelean, pero se reconcilian- Sonreí sin poder evitarlo y nos abrazamos. -Vamos con mi abuelo, él te ayudará a encontrar a los tuyos.
Asentí y partimos hacia el sonido de los tambores que dirigían hacia el frente, rumbo al horizonte.
El sol comenzaba a asomarse orgulloso sobre la luna cuando, a la distancia, vislumbré una aldea. Apreté con fuerza el jade de mi abuelo y la mano de Wenutu, quien solo me devolvió una sonrisa. Traté de bajar el pulso de mi corazón, pero por más que mi amigo intentaba hacerme cambiar de opinión, no podía evitar pensar en que nos encaminábamos hacia la aldea de las mismas personas que atacaron días atrás mi caravana... pero, si ésta en verdad era la aldea del norte que Cualli había mencionado, no debería temerles... mi cabeza empezó a doler con el dilema, mientras mi respiración era cada vez más nerviosa.
Cuando menos me lo esperé, nos detuvimos frente a un hombre robusto, que nos observó y arrugó el entrecejo.
- ¡Hola Chenoa! ¿Sabes dónde está mi abuelo? Le tengo una gran sorpresa- Sentí que me miraron de arriba abajo, analizándome, pero no presté mucha atención porque el nombre de aquel centinela me sonaba... solo que no recordaba bien de dónde. - ¡Oh! Ella es mi amiga, no es de aquí y se llama...
-¡Xóchitl!- El grito nos hizo brincar, pero el hombre no se inmutó, se quedó allí sin pronunciar palabra.
Desde dentro de la aldea, de una figura pequeña corriendo hacia nosotros... era extraño, pero hubo algo en esa voz, algo en esa silueta, que me aceleró el corazón. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, supe la razón.
-¡Mixcóatl!- Solté la mano de mi amigo y corrí hacia los brazos abiertos de mi hermano, reencontrándome con su mirar chocolate nuevamente. - ¡No sabes lo mucho que te extrañé!
Comenzamos a reír y nos estrujamos con fuerza por un tiempo que parecía nunca acabar.
- ¡Ay Xóchitl! Nos tenías muy preocupados a todos... cuando encontraron a Cualli y nos dijo que te había enviado hacia aquí, nos tranquilizamos, pero luego pasaron los días y tú simplemente no llegaste- Soné mi nariz y sonreí.
- ¡Entonces Cualli está vivo! - Mixcóatl deshizo nuestro abrazo y me sujetó de los hombros con el ceño fruncido. - ¿Qué pasa?
La cara de mi hermano se había crispado en una rara combinación de furia y preocupación pura.
- ¡¿Por qué tardaste tanto?! ¡Fuiste la única que no volvió! ¡¿Por qué desobedeciste las instrucciones?! ¡Pudiste haber muerto en el desierto!
Y yo todo lo que veía eran pedazos de cielo y manchas borrosas de la terracota de la aldea.
- ¡Ya deja de zarandearme! – Me estaba empezando a marear cuando alguien empujó a mi hermano y me sostuvo con su brazo.
- ¡Que dejes de zarandearla, te dijo! – Wenutu me puso tras su cuerpo y encaró a mi hermano, aunque le sacaba al menos media cabeza. Era chistoso ver los cabellos ondulados y revuelos de mi mellizo por encima del dorado de mi amigo.
Mixcóatl, en vez de acalorarse y responderle como solo un noble podría, únicamente puso los ojos como platos y retrocedió varios pasos. Conociéndolo como yo lo hago, supe que estaba un poco asustado.
- ¿Q-Qué eres tú? – Preguntó con la voz temblorosa.
-No qué... ¡Quién! – Wenutu se irguió en su lugar y acomodó sus ropas con orgullo. -Soy nieto del Sabio Gran Jefe Apache- Me señaló y continuó hablando con ese tono autoritario. -...y ella es mi amiga, así que la debes tratar bien, intruso.
Apreté mis labios contra sí mismos y mi hermano solo me miró con el ceño aún más fruncido mientras se rascaba la nuca. Con cuidado alcé una mano hasta la altura de ixtexotik y toqué, casi rozándolo.
Él solo volteó ligeramente, manteniendo su "intimidante" postura.
- Por cierto, Xóchitl ¿De dónde lo conoces? Ni siquiera es de aquí.
Me incliné a su oído mientras observaba curiosa cómo la piel de su espalda enrojecía, ahora por estar bajo el sol.
-Eh... lo sé, él vino conmigo. Es mi hermano, Mixcóatl- Wenutu volteó en un abrir y cerrar de ojos, haciéndome brincar por un segundo.
-Nunca dijiste que tenías hermano- El ardor en mi rostro no tardó en volver tras sentir su voz golpeando mi frente y quedar tan cerca que podía observar con atención los lunares en su pecho.
-Nunca me preguntaste...
-¡Wenutu!- Nos separamos al escuchar una estridente voz saliendo de una curiosa manta alzada triangularmente con palos y pieles. -Al tipi ¡Ahora!
Ixtexotik me miró con los ojos caídos y corrió al dichoso "tipi", dejándome de pie en medio de la aldea. Unos pasos se aproximaron a mí y una mano tomó la mía con sutileza.
-Xóchitl, vamos- Mis ojos se perdieron en la abertura de la manta por donde se había desvanecido mi amigo. -Tienes muchas cosas que explicarme y aquí parecemos iguanas tomando el sol.
- ¿A dónde fue Wenutu? – me dejé llevar por mi hermano, pero mantuve la vista en aquella apertura. - ¿Quién era ese que lo llamó así de feo?
-Oh... no hables así de él por aquí, se ofenderán- En cuanto nos detuvimos bajo un pequeño techo de madera seca, solté su mano y fruncí el entrecejo. -Según entiendo, ese viejito de allí es el Sabio Gran Jefe Apache.
- ¿Él es el abuelo de Wenutu? -Mi hermano abrió los ojos con sorpresa.
-Creí que era broma... no sabía que era su nieto, debe ser muy importante entonces- Me senté cuando Mixcóatl lo hizo y bebí de la jícara que me ofrecía. -Aunque ese niño es muy raro hermana... preferiría que no te juntaras con él.
Me atraganté con el agua.
- ¡N-No! Sé que luce raro, pero... ¡Es mi amigo! – Me levanté y llevé mis manos a la cintura. -Prometí estar siempre a su lado.
Mixcóatl suspiró pesado y se incorporó a mi lado, mirándome serio.
-Yo... estando aquí he escuchado rumores sobre el "niño pálido" y... dicen que está maldito- Contuve el aliento. -...que él será el fin de los Apaches y cualquier otra población a la redonda- Mi cabeza comenzó a moverse de un lado a otro. -...él y otros pálidos desconocidos, como se ha visto en las visiones.
Cada vez negaba con mayor vehemencia, hasta el punto en que sentí mi cabello golpear de un lado a otro, mi rostro.
-¡Mentiras! ¡Ya sabía que tú no entenderías! – Avancé hasta él y le apunté al pecho. - ¡En casa te tratan mejor a ti por ser hombre e ignoran que eres distinto! ¡Nunca te has dado cuenta de cómo me miran! ¡Cómo murmuran a mis espaldas!
Apartó mi dedo de su pecho y también dio un paso al frente.
- ¡Eso no es cierto! En el calmécac yo hablo por ti.
- ¡Sí! ¡Hablas por mí, en vez de dejarme hablar a mí!
-¡Suficiente!
Mixcóatl y yo brincamos ante el sonido de una profunda, rasposa y estridente voz. Al voltear, solo vimos el contorno de un hombre corpulento y con ornamentos por todo el cuerpo, portando con orgullo y el cuello en alto, una especie de cascada de plumas blancas con las puntas rojas y negras.
Mi hermano intentó ponerme detrás suyo, pero aparté su brazo; una opresión en mi pecho me rogaba ocultarme, pero me planté decidida en mi lugar; el hombre respiró profundo y gruñó, como si de una bestia se tratase... pero me tragué el temor y di un paso al frente.
-Disculpe mucho, solo nuestro abuelo tiene permitido hablarnos de esa forma.
Mixcóatl jaló mi huipil y se aproximó a mi oído, nervioso.
-Xóchitl... ¿Qué haces? – El hombre ladeó la cabeza y pude ver cómo arqueaba también una ceja.
-Tu nombre ¿Es Xóchitl? -Di un paso al frente en cuanto aquella voz carrasposa volvió a hablar.
-Así es, soy nieta del Gran Consejero del Huey Tlatoani Mexica- Un escalofrío debió haber recorrido mi espalda, pero en vez de ello, me sentí... tranquila.
A veces el siempre hecho de recordar a mi koli me calmaba, el estar en sus brazos o recogiendo las plumas de su penacho... intenté tragar, pero un nudo en la garganta me lo impidió. Ya tenía a Mixcóatl... me faltaba mi abuelo.
-Así que en verdad son dos... hubiera preferido un solo niño- Rodé los ojos y jalé de mi huipil, golpeando fuerte el piso con mi pie.
- ¡¿Qué es lo que tengo de malo?!
- ¡Nada! - Saliendo de detrás del hombre, un par de ojos azules con las cejas curvadas, se acercaron a mí. -Yo no te veo nada malo, Xóchitl- Sonreí mientras mi amigo avanzaba hasta mi lado y me pasaba su brazo por el hombro. -Y mi abuelo tampoco ¿Verdad?
Seguí la mirada de Wenutu y me encontré con la del dicho "Jefe Apache", era mucho más dura que la de mi abuelo, demasiado crítica y precavida... pero también cansada, parecía estar recordando todo el tiempo del que ha sido testigo.
-El problema con las niñas es que son valiosas para tantas cosas, que tener una puede ocasionar...- Puso su atención a su nieto, e ixtexotik y yo fruncimos el entrecejo. -Un intenso deseo de nunca dejarlas ir.
-...en ese caso, Sabio Gran Jefe Apache, mi hermana y yo nos vamos ya- La mano de Mixcóatl volvió a tomar la mía mientras el brazo de mi amigo caía de mis hombros, llevándose consigo mi alegría. -Muchas gracias por sus atenciones, pero ahora que Xóchitl volvió y le entregamos el mensaje, podremos volver a casa.
- ¡¿Qué?! Pero acabo de llegar ¡Quiero conocer el lugar! ¡La gente! ¡Lo que hacen! – Me aparté de Mixcóatl y Wenutu se paró de nuevo a mi lado.
- ¡Yo igual quiero que se quede, abuelo! ¿Recuerdas lo que te dije? Ella ahora es mi...
Pero unas estridentes carcajadas son hicieron brincar a todos.
- ¡En verdad lo hizo ese Nakai! – Miré confundida a mi hermano y luego a ixtexotik, en busca de una respuesta, pero solo me alzó los hombros, estaba tan perdido como yo. -...dos niños especiales e igual de tercos, en verdad le gustan los problemas a ese viejo azteca.
Cuando terminó su risa, nos observó serio a todos, de su alegría quedaron solo arrugas. Su repentino cambio de actitud me desorientó aún más.
-Se quedarán por estos tres días en lo que les recolectamos comida y agua suficiente para su viaje ¿De acuerdo? Luego volverán a su cuidad y le dirán a su abuelo que "Las águilas se unieron ya en el agua brava" y si se molesta, le dicen que fue su culpa ¿Cómo se le ocurre traerla a ella?
Nos dio una última ojeada y se retiró, caminando de vuelta a su tipi.
-Eso fue...- Mi hermano volteó. - ¿Lo escuchaste Xóchitl? -Pero yo ya había volteado también, solo que no para su lado.
-...supongo que, nos quedaremos para la comida- Alcé los hombros y Wenutu me sonrió contento, Mixcóatl solo rodó los ojos y se fue murmurando con los brazos caídos a su costado.
- ¡Vamos Xóchitl! ¡Vamos! Tengo mucho que mostrarte...
Y en menos de cinco segundos, ya volvía a correr por el desierto con ixtexotik guiándome de la mano.
Había sido el mejor viaje de mi vida, durante los últimos días no había hecho más que jugar con la arena, cazar bichos raros, escalar rocas gigantes, chapotear en los pequeños arroyos y tratar de entender los rituales y la vida de esa aldea... todo eso solo junto a mi amigo. Había invitado a Mixcóatl muchas de las veces, pero por más, el seguía creyendo que Wenutu no era de confiar, me decía, cada que me encontraba sola, que ese niño pálido tenía un aurea extraña, una que no auguraba nada bueno... yo solo creía que mi hermano estaba celoso de ya no estuviera tanto tiempo con él.
Sonreí y me giré sobre las pieles para mirar el punto donde el tipi se unía en su forma triangular, lo único malo, acaricié mi brazo, es que ya era la última noche que pasaríamos en la aldea antes de partir a . Llené mis pulmones con todo el aire que pude antes de exhalar, liberando también unas lágrimas en el proceso ¿Qué había pasado con el año que, se supone, debíamos de quedarnos?
No quería irme, quería estar para la eternidad en el desierto con mi amigo, amándonos.
Escuché el movimiento de otra de las pieles en el tipi y supuse que era Mixcóatl acomodándose para dormir mejor; rodé los ojos, simplemente no podía entender por qué él estaba tan feliz de partir... aunque algo dentro me decía que ya extrañaba el calmécac y a mi koli, cosa que yo, a excepción de la escuela, también hacía.
-No grites Xóchitl...- Una mano me cubrió la boca antes de que pudiera dar siquiera un brinco. Abrí grandes los ojos de la sorpresa y volteé solo para encontrarme con un par de ojos azules, mirándome ansioso con el sutil reflejo de la platina luna en ellos. -Acompáñame.
Lo siguiente que supe, es que reía entre murmullos y corría sujeta de la mano pálida de Wenutu por enésima vez en el desierto, dejando a la aldea atrás desde hace ya mucho tiempo.
-Shh... no hagas tanto ruido- Cubrí mi boca y alcé los hombros, tratando de contener mi risita.
-Pero ya no estamos cerca de nada ni nadie- Él rió a mi lado, mientras me acercaba más a su cuerpo.
-No hace falta... el desierto también escucha- Fruncí el entrecejo e ixtexotik me puso frente a él, sujetándome por los hombros. -Cierra los ojos- Le obedecí y sentí cómo me guiaba hacia adelante.
-Eh... ¿A dónde vamos?
-Es sorpresa, pero confía en mí, sé que te gustará- Sonreí un poco y apreté con mayor fuerza sus manos en lo que dábamos pequeños pasos desierto dentro. Estuvimos así por algo de tiempo, hasta que, sin aviso previo, nos detuvimos. -Listo... puedes abrirlos.
Lo que vi me dejó sin aliento... era como si hubiésemos entrado a un portal y hubiéramos aparecido en una de las playas de mi Abuela Maya. Unas cinco o seis palmeras daban sombra, incluso de noche, por todo el lugar; había muchas rocas esparcidas, camuflando el pequeño paraíso con el ambiente; los helechos eran increíblemente verdes y, todo eso, rodeaba el ojo de agua con el tono más cristalino que jamás hubiera visto tan al norte.
Eran tan etéreo que sobrecogía el corazón y estremecía el cuerpo.
-Bienvenida a mi oasis- Me solté de sus brazos y di dos pasos tímidos por la arena, hacia las rocas. -Es mi mayor secreto- Me susurró al oído.
-¿Oasis?- Avancé y me maravillé con el perfecto reflejo de la luna en el agua, se podían observar ambas marcas en ella, la de la cara sonriente y la del conejo. -Jamás había oído sobre un oasis ¿Eso es esto?
Luego me vi a mí, me sorprendí un poco al observar mi cabello ondulado suelto y brillante, mi huipil estaba recién lavado por las mujeres de la tribu y parecía querer presumirlo en su blanco intenso, mi collar resplandecía con una fría luz verde en forma de águila y, apareciendo tras de mí, tan blanco como la Diosa Metztli, estaba mi amigo, con su cabello dorado tan reluciente como el mismo oro recién pulido y sus ojos observándome, tan refulgentes de aquel claro azul, como el agua en la que reflejábamos.
-Sí, eres... lo más hermoso del desierto- Comentó con una voz casi inaudible.
- ¿Eh? - Volteé hacia él y un sonrojo conquistó su pálido rostro.
-D-Digo... ¡Es! Me refería a que... un oasis es lo más hermoso del desierto- Se paseó una mano por su cabello y me sonrió nervioso.
- ¡Ya lo creo! ¡Esto es el paraíso! - Estiré los brazos y comencé a dar vueltas, disfrutando del seco aire traspasando mis telas. - ¿Quién más sabe de este lugar? - Caminé hasta llegar a su lado.
-Mi abuelo me enseñó este lugar hace mucho tiempo, pero nadie más que él y yo sabemos, es nuestro secreto... aunque, bueno... ahora tú también sabes.
-¡Oh! Bueno, qué lindo detalle... gracias- Ambos reímos tímidamente y poco a poco el desierto se fue comiendo nuestras voces con su silencio.
Pasé mi mirada de la luna, a mi amigo, al agua, de vuelta a la luna... no sabía muy bien qué hacer, solo me limité a levantar levemente la arena con los dedos del pie mientras que Wenutu jugaba con sus manos. Ya no tenía sueño, pero tampoco la comodidad de hace rato.
-¿Te gustaría entrar? El agua es cálida- Abrí los ojos y sentí a mi mandíbula descuadrarse un tanto, cosa que le provocó una risa a ixtexotik. -¿Qué? ¿Creíste que el oasis sirve solo para verse lindo?
-Pues... no creí que con este frío el agua se mantuviera caliente, los cenotes de mi Abuela Maya son muy fríos incluso de día- Bajé mi cara al sentir un ardor recorriéndola y una risa divertida no tardó en escucharse.
-Pues aquí no es así. Vamos, entra conmigo- Tomé un mechón de mi cabello y empecé a enrollarlo entre los dedos de mi mano ¡Por supuesto que aquí no era así! Estábamos en Aztlán. -Xóchitl, será divertido.
Una de las manos de ixtexotik se posó en mi hombro y la otra tomó mi barbilla para subirla lentamente. Detallé la sinceridad en su mirada y sonreí.
-Está bien- Dejé caer mis hombros y, entre risas, comenzamos a desnudarnos. -Pero no me vayas a empujar porque si no... ¡Ah!
Antes de que el sonido se silenciara casi por completo y que mi cuerpo se encontrara rodeado de nuevo por agua, la risita pilla de Wenutu y sus manos en mi espalda, fue lo último que percibí antes de caer al oasis. No tardé en impulsarme hacia el aire de la superficie.
-¡Wenutu!- Aparté de mi rostro hebras de mi cabello empapado y comencé a buscarlo con la mirada molesta. -¡Te dije que no me empujaras!
Cuando lo detecté, de pie frente a mí, no pude evitar reír al descubrirlo con la cara y el cuello totalmente rojos... era increíble la pálida y tan extraña piel de mi amigo.
-¡Hubieras visto tu cara!- Sus carcajadas se intensificaron y llevó sus manos a su estómago. -Apuesto a que no te lo espera... ¡AH!- Hasta que yo tomé su talón y tiré de él, entonces sus manos se elevaron por el aire y luego se hundieron profundo en el agua, a mi lado.
-Perdón ixtexotik, pero quien no se lo esperó, fuiste tú- Salió para tomar aire y, tras escucharme, me sacó la lengua y con la mano en forma de un cuenco, me lanzó agua. -¡Ah! Con que esas traes ¿Eh?
Lo imité y pronto lo único que se escuchó a la redonda, fueron nuestras risas y el salpicar de las cristalinas aguas en ese hermoso y secreto oasis. Esa noche, a sabiendas de que eran nuestra última velada juntos, la aprovechamos para hacer de todo: aventarnos con clavados al agua, hacer competencias de nado, comprobar quién aguantaba más la respiración y descubrir juntos que, si te quedabas quieto, el reflejo de la luna podría dar la ilusión de que nadabas en ella.
Fue mágico, como planeado por los dioses.
-Algún día Xóchitl...- Sujeté la pálida mano que descansaba en mi hombro y lo miré a los ojos, radiantes al embelesarse con Metztli. -Algún día iré a la Luna y, así como aquí, te llevaré conmigo para que podamos nadar y jugar en ella.
Sonreí y acomodé mi espalda mejor entre su pecho y las rocas.
-¿Crees que esté hecha de agua?- Alcé los ojos y me perdí también en la diosa.
-No lo sé, pero sería muy interesante descubrirlo ¡Una aventura más por venir!- Reímos y bajé la mirada, fijándome en que, tanto sus dedos como los míos, ya parecían de viejitos. -También es curioso ¿no? Lo que le pasa a la piel cuando está mucho tiempo mojada.
-Si...- le respondí quedamente. -Creo que es porque...
-¡Porque desobedecieron las instrucciones de dormir bien para el viaje de mañana y decidieron jugar en el agua!- Wenutu y yo brincamos y nos abrazamos por la inesperada voz grave que se oyó tras nosotros, pero no hubo falta ni de voltear para saber de quién se trataba.
-¡A-Abuelo Apache! ¿Qué haces aquí? N-No te escuché llegar- El corpulento hombre se inclinó intimidante ante nosotros y frunció el entrecejo; su expresión pasó de molesto a inquieto en menos de un segundo, cosa que me extrañó. -Esto... bueno, no es lo que parece... yo en realidad no incumplí nuestra promesa de mantener el oasis en secreto, es solo que... habías dicho que únicamente se les muestra a aquellos que amas, así que traje a Xóchitl para...
-Ya, es suficiente- Tomé la mano de ixtexotik bajo el agua y la apreté, nerviosa. -Ya dijiste suficiente Wenutu- El Sabio Gran Jefe Apache paseó derrotado una gran y áspera mano por su cara, como si no tuviera más opción que aceptar lo que tenía frente a él... a nosotros. -Salgan del agua y vístanse, debo hablar con ustedes.
Giré lentamente mi rostro hacia mi amigo, pues quise encontrar tranquilidad en él, pero lo único con lo que me recibió, fue el reflejo de mi propia expresión: intranquilidad y temor.
Mucho temor ante lo que el Jefe Apache nos diría.
De repente, y sin quererlo, volvió a mí una parte de aquel sueño que no me dejaba descansar hacía tantísimas noches, en Tenochtitlán.
