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María ya estaba de camino a su casa después de cantarle las mañanitas a su madrecita, eran cerca de las 2:30 de la madrugada, pero, a pesar de todas las actividades que realizaron en el día, no se sintió para nada cansada. Ir a la basílica siempre la recargaba de energía y no se creía capaz de dormir en la absoluta, así que desde su celular comenzó a firmar algunos documentos ya leer otro par de actas gubernamentales. Matar el tiempo adelantando trabajo, incluso desde el camino, no era mala alternativa.

Después de un rato el conductor la dejó frente a su hogar y María le pagó por sus servicios, entró y cerró la puerta con llave, dejando su bolsa y sus llaves en la mesa junto a la puerta.

-¡Ya llegué, Chiquis! ¿Te extrañas mucho a mamit...?

Su cuerpo de puso en alerta inmediatamente. Algo estaba fuera de lugar.

Todas las luces en su casa estaban apagadas, con excepción de unas lámparas decorativas que ella jamás encendía, además un hedor de comida recién hecha podía percibirse sutil desde la cocina y, cuando creyó que su corazón no podía latir más rápido, un crujido suave provino debajo de su bota al dar un paso. Entrecerrando los ojos por la relativa oscuridad, María se dio cuenta de que lo que pisaba eran pétalos rojos que hacían un caminito hacia el interior de su casa y se perdían por el pasillo.

-¿Qué chingados es esto?- murmuró para sí misma con una fuerte opresión en el pecho.

Primero había pensado en allanadores y se alertó, aunque al oler la comida se imaginó que quizás Guatemala había entrado nuevamente sin permiso, pero luego estaban esos pétalos en el suelo y de plano ya nada tenía sentido. Además ¿Dónde fregados estaba su perrito? Él no dejaba pasar a nadie sin antes atacarlo.

El estómago de María dio un tirón ¿Y si Chiquis se había escapado cuando entró quien sea que adornó su casa tan... tan...? ¿Tan cómo? ¿Cómo fregados se supone que deben interpretar las tenues luces cálidas de las lámparas, la comida recién hecha o el camino de rosas? ¡Y a las 2:30 de la madrugada!

María se remangó el suéter y se quitó silenciosamente sus botas, una alzándola como arma y la otra cargándola como munición extra. Apretó bien su mandíbula para que su respiración alterada no se escuche mucho mientras caminaba de puntitas hacia la cocina. Lo más preocupante de todo es que en la casa no había ni un solo ruido. Al entrar el olor se hizo más fuerte, se podía percibir carne asada y se veían pedazos de jitomates y chiles en la mesa de cortar. Cuando pasó su mano por la estufa la notó tibia y, en el lavatrastes (que ella había dejado impoluto) había una nueva montaña de utensilios para lavar.

Eso la enfurecido de sobremanera, ahora ya no le importaba mucho quién se había metido a su hogar, sino en qué momento lo encontraría para madrearlo por no limpiar su lugar de trabajo, aunque seguía sin aparecer nadie. Salió de la cocina y retomó el camino de rosas, creyó que se detendría en el comedor, pero enorme fue su sorpresa cuando pasó de largo el baño, la mesa y las sillas para internarse más hacia un rumbo específico... hacia su habitación.

María se detuvo de golpe, con el corazón queriéndosele salir del pecho ¿Qué demonios hacía cayendo directo en la trampa? ¡Ni de chiste daba otro paso para allá! ...al menos no sin un arma propiamente dicha. Así que dio media vuelta para dirigirse a la cocina y enfundarse algún cuchillo o algo cuando un primer ruido se escuchó desde su recámara.

Había sido como una puerta abriéndose.

Su boca se entreabrió y comenzó a exhalar pesado sin darse cuenta, podía jurar que detrás suyo la presencia de algo o alguien estaba acercándosele desde el pasillo. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y el ambiente se volvió frío.

Si toda la situación resultaba ser una broma, sería una de muy mal gusto donde el chistosito lo pagaría caro.

Sujetó con fuerza su bota y dando la vuelta rápidamente, la lanzó hacia la negra del pasillo a su habitación.

-¡Fuera, chamuco!- gritó.

Pero la bota solo chocó contra puerta y cayó al piso.

María inclinó la cabeza extrañada y aliviada a la vez ¿Entonces realmente no había nadie en su casa?

-¿Qué carajo, Mary?- preguntaron detrás de ella.

-¡AHH!- giró nuevamente y, con la bota que le quedaba disponible, propinó un golpe certero sin pensarlo dos veces.

-¡JODER!- se quejaron adoloridos desde el suelo. -¡¿Qué sucede contigo?! [¡¿Qué sucede contigo?!]

La boca de María comenzó a abrirse y cerrarse como pez fuera del agua, su cerebro aún lo procesaba todo.

-¡Eso realmente dolio! [¡Eso realmente dolio!] Linda forma de continuar celebrando nuestra amistad, ¿eh?

La sombra de Alfred comenzó a enderezarse ya sobarse la mandíbula, encumbrándola con su tamaño.

-¿Q-Qué? Esto... t-tú...- María dejó pasar el susto y el enojo no tardó en tomar su sitio. -¡TÚ!

-¡Si! Soy yo ¿Pues con quién más cumples dos siglos de amistad?

-¡Explícame de una vez qué chingados haces en mi casa y qué v*rgas le hiciste! ¿Por... por qué tanta oscuridad? ¡¿Por qué tanta pinche rosa y qué mierda le hiciste a mi cocina?!

Alfred cruzó los brazos sobre su pecho, indignado de que todo su trabajo estuviera siendo desestimado.

-¿Quiero saber? ¡¿Realmente quieres saberlo?! [¿Quieres saber? ¡¿En verdad quieres saber?!]

-¡Sí, pendejo! ¡Si no, no preguntaría!

-BIEN.

Alfred tomó por la mano a María y la jaló por el pasillo hasta llegar a la puerta de la recámara y abrirla de golpe, sin dejarle tiempo ni de replicar. Todo fue muy rápido, muy brusco.

-¡ESTO, MARÍA! ¡Esto es!- exclamó, soltándola.

La habitación parecía sacada de alguna revista: estaba tapizada con rosas, tanto el suelo como los muebles. Las únicas luces provenían de velas colocadas en los burós de la cama, en la cómoda frente a ella y en una especie de mesita improvisada en el centro con dos sillas. Sobre la misma, dos platos con carne y guacamole; al lado, dos copas de vino californiano.

El enojo se esfumó de arrepentimiento para ambos: él la miró expectante, ansioso por saber qué opinaría; y ella, en cambio, sintió a su mundo dar vueltas en su cabeza.

-¿Entonces? ¿Qué piensas?

Colocó sus manos en la espalda baja de María y la empujó suavemente hasta que la sentada, parecía una muñequita de trapo; y le puso una servilleta en sus piernas.

-¿Hambre?- murmuró mientras rodeaba la mesa y se sentaba frente a ella, ubicando otra servilleta ahora en sus propias piernas. -Eso espero. No sabes lo mucho que me demoré en...

-¿Por qué?

-¿What?

-¿Por qué haces esto, Alfred?

-Es nuestro aniversario de dos siglos de...

-Sabes que no me refiero a eso.

-Bueno, yo soy... uh...- se rascó la nuca y sonriendo, nervioso. -Entonces no sé a qué te refieres. [No sé a qué te refieres entonces]

-No me mientas, gringo.

-¡No soy! Yo sólo... ¡Urgh!

Alfred bajó la mirada y suspiro, no podría librarse de esto. Así que respiró profundamente y decidió que la cena comenzaría con el pie derecho si se sinceraba, así que eso hizo.

-No he sido el vecino perfecto... ni siquiera el más amable o el más políticamente correcto. Estoy consciente de que mis gobiernos te han visto por debajo del hombro, de que te han lastimado y que se han aprovechado de ti, de tu hospitalidad y del amor que yo siempre te he tenido. Sé muy bien que mis actos en el pasado no tienen justificación, que nada de esto- señaló la recámara. -servirá como compensación, pero deseo, Mary... en verdad deseo que al menos podamos empezar una nueva etapa juntos, que tras 200 años se haga algo distinto y... I don't know... quizás esta sea una buena forma de empezarlo.

María se quedó estupefacta de nuevo, sin reacción.

-Eh... ¿María? ¿Eres...?

-Increíble que creas que puedes engañarme con ese discursito.

-¿What? ¡No!

-Solo quieres que me acueste contigo.

-Mary ¿Qué no escuchaste? Solo quiero empezar algo nuevo, ¡lo juro por Dios!

-¿Por qué sigues mintiendo?

-¡No!

-¡Mentira!

-¡No es mentira! ¿Por qué no puedes creerme?

-¿Está en serio?

-¡Si!

-¿Qué por qué no puedo...? ¡JA! ¿Y por qué chingados crees, papito? Neta que, yo...- María bajó la mirada, apretando sus labios para contener el nudo en su garganta. -N-No puedo.

Se levantó, tirando la servilleta de sus piernas y dándole la espalda a un gringo desamparado en la mesa.

-¿En verdad esa visión es tu de mí?- susurró Alfred con la voz adolorida, triste. -¿Que soy un maldito en el que no se puede confiar, que no puede cambiar? ¿Acaso no puedo intentar hacer las cosas diferentes? ¿Crees que lo único que me mueve son mis propios intereses y que no me preocupa por nadie más, por ti?

-Tampoco es que me hayas dado razones para pensar lo contrario, Alfredo- seguía sin voltear a verlo. -Desde T-Texas tus acciones han sido desfavorables hacia mí, por decir lo menos. Y las veces que tus gobiernos se han compadecido con los míos era porque querían algo a cambio... siempre buscando algo, siempre buscando más.

-Pero eso eran ellos, n-yo no.

-No lo sé, Alfred. No lo sé- María se limpió las lágrimas rebeldes que se le escaparon y respiró profundamente para intentar calmarse. -Esa línea nunca está trazada.

-María...

El estadounidense dejó la servilleta de sus piernas sobre la mesa y caminó hacia ella, una opresión en el pecho lo hacía sentirse culpable, triste, desgraciado. Pocos eran los momentos en que reflexionaba realmente las palabras de su vecina, en donde escuchaba más allá de la forma: en los que entendía el contenido. Y lo que comprendió no lo hizo feliz en lo absoluto.

Si bien ella jamás entró en su Plan Cóndor como los otros, si tampoco fue sofocada con la misma intensidad como los demás países latinos por su política proteccionista durante la Guerra Fría y si en la vida había él puesto base militar alguna en sus territorios. . aun así el injerencismo que le habían aplicado sus gobiernos había sido constante, sutil, obligatorio.

Porque así le habían convencido sus jefes en el pasado, no porque él lo hubiera deseado.

María tembló y de inmediato Alfred supuso que su presencia desde atrás la intimidaba... pero él ya no quería que fuera de esa manera, por eso se había preocupado tanto con su obsequio de la mañana, con prepararle la cena y adornar su habitación entera. . . Quería ser distinto con ella. Así que descendió, se colocó sobre sus rodillas para que sus acciones respaldaran lo que había dicho: que esta vez iba en serio. No era que se estuviera sobajando ni mucho menos, era para que se notara su verdadero arrepentimiento y que, personalmente, ahora estaba dispuesto a verla como un igual.

-María… por favor perdóname.

María volteó lentamente, desconcertada al no escuchar la voz de su vecino desde arriba como siempre, y llevó ambas manos a su boca cuando procesó la imagen.

-Lo digo en serio No sé de qué otra forma más demostrártelo, pero en verdad hice esto para comenzar de nuevo. El mundo ahora es otro, más y mayores nos amenaza acechan y...- apretó la mandíbula no sonar con la voz rota. -Lo estoy intentando, de verdad que lo estoy. Pero ya no puedo solo, ya nadie puede solo. Nos necesitamos ahora más que nunca: Matthew, you, I... te necesito Mary, pero no como antes, sino como ahora el mundo lo demanda: como un igual.

María se inclinó también, para estar verdaderamente a su nivel y, mientras él cerraba los ojos, ella acariciaba lentamente su mejilla. El nudo en su garganta seguía sin deshacerse.

-¿Hacerme un igual?

-Si.

El corazón de María se aceleró.

-¿Escucharías mis opiniones sin desestimarlas?- él asintió -¿Respetarías mis decisiones aún si no fuesen de tu agrado?- volvió a asentir. -Si debo ser yo quien dirija algo ¿Acatarías mis órdenes, así como hemos hecho Matthew y yo contigo en el pasado?

-Si yo...

-Bésame.

Los ojos de Alfred se abrieron de golpe, notando de inmediato cómo a María parecía encantarle la idea, cómo la había asimilado tan rápidamente. Pero luego ella alzó una ceja, decepcionada por su inacción.

-... 'pos al parecer tu discurso sí eran palabras sin fondo... ¡Mmph!

Alfred acató, juntando sus bocas de forma tal que parecía quemarla, derritiendo los pliegues por donde su lengua paseaba, diluyendo sus labios bajo la presión de sus dientes al morderla en arrebato.

María no especificó nunca cómo ni dónde quería que la besara, pero al sentirla correspondiéndole con la misma intensidad, Alfred confirmó que un beso menos pasional la hubiera decepcionado. Y ya no, ya no la decepcionaría, estaban ahora al mismo nivel, y si tendría que obedecerla para comprobárselo de manera inicial, eso haría.

Dejó sus labios con un tirón y bajó, mordiendo el camino de su mentón hasta llegar a su delgado cuello, allí aparentemente al notar su respiración jadeante, como si la hubiera dejado repentinamente sin aliento y aprovechó para preguntar en su oído:

-¿Alguna otra orden, cariño?

-Más.

-¿Más?

-Si, ptm. Bésame más... ¡Ah!


...CONTINÚA EN usuario/_NOVAINNE...