Shun escuchó los llamados en su puerta. Molesto dejó la cama y encontró a Hyoga del otro lado.

– Alguien te busca y si yo fuera tú no la haría esperar –canturreó Hyoga –espero me cuentes la historia después –. Shun le miraba receloso.

– Deja de bromear –respondió secamente y regresó a la cama, pensando que el ruso no se rendía a la idea de no conocer la historia completa de la tienda.

– No lo hago, te busca una chica extranjera. Trigueña, cabello ondulado, ojos grises –. Hyoga con sus manos dibujó una silueta y sonrió traviesamente, rápidamente fue apartado bruscamente de la puerta –. ¡Está en el recibidor! –alcanzó a gritar el rubio siguiendo muy lentamente al peliverde.

Shun bajó a toda prisa saltando escalones, con la respiración entrecortada alcanzó a esbozar una sonrisa al recibir un afectuoso abrazo por parte de la chica, mientras Seiya intercambiaba pícaras miradas con Hyoga.

– Ejem –carraspeó el ruso consiguiendo que se separaran –. Mi nombre es Hyoga –continuó al notar en mutismo del peliverde por presentarlos –y el chico con el que estabas sentada es Seiya, y supongo a Shun ya le conoces bastante bien –. Dijo sin disimular la diversión provocada por la situación.

– Eve –dijo denotando su acento inglés –. Tendrán que disculpar los errores que cometa, alguien no terminó de enseñarme japonés –sus grandes ojos grises acusadores se posaron sobre Shun.

– Mientras no lo leas, no hay problema –minimizó el peliverde –lo hablas estupendamente –mencionó ocasionando un leve sonrojo en Eve –. ¿Pero aún no me has dicho que haces aquí?, creí que estabas en Australia.

– Pasamos un par de meses allá, pero regresamos a Inglaterra.

– Debiste decirme antes, dijiste que era definitivo –menciono sorprendido.

– Cuando fui a buscarte, tu hermano estaba por irse terminaba y me dio esta dirección. Le dije que no te mencionará nada. Quería sorprenderte pero, parece que fue al revés –sonrió –. ¿Quién lo diría?, tan solo esta habitación es por lo menos tres veces más grande que el departamento que tenían en Fulham –mencionó admirando el recibidor –. Alguien tiene mucho que explicar –dijo con una sonrisa seductora.

– Espera, espera –intervino el castaño –conoces a Shun de… ¿Inglaterra?, ¿cuándo estuviste ahí?, y… –. Puso una mano en su mentón –aún más importante, ¿lograste que Ikki te diera algo más que un monosílabo? –interrogó impresionado.

– Larga historia –murmuró Shun, restándole importancia.

– Ya lo creo –mencionó Hyoga – y queremos escucharla –Hyoga se sentó en el sofá al lado de Seiya y lo miró con interés. Shun sabía lo que significaba la mueca burlona que asomaba en su rostro.

– Podemos esperar –. Seiya le dio un ligero golpe en las costillas con su brazo –. Ven ayúdame a buscar eso que no pude encontrar –el castaño se puso en pie y tiró del brazo a Hyoga forzándolo a levantarse.

– Pero si no estabas buscando nada –alegó notoriamente el ruso mientras era empujado por su espalda.

– ¿Qué te pasa? –. Preguntó Seiya al tiempo que le daba un zape, una vez fuera de la habitación –. ¿Acaso te das cuenta que necesitan un tiempo a solas?. Es obvio que son más que amigos.

– Lo sé, esperaba poder exasperar a Shun, al menos un poco –. Murmuró divertido, Seiya rodó los ojos para después sonreír –arruinaste mi diversión, nunca imaginé presenciar algo así, al menos no en este lugar.

Seiya y Hyoga fueron a la cocina en busca de algo que calmara el hambre y ahí permanecieron hasta el regreso de Saori. Ella había disipado su mal humor con varias compras realizadas.

– ¿No tienes ya, zapatos rojos? –. Cuestionó inocentemente Hyoga cuando la pelimorada le mostró a su novio las hermosas sandalias recién adquiridas –. ¡Auch! ¿qué dije? –se quejó tras un manotazo de Seiya sobre su nuca.

– No para el verano –explicó exasperada –y si tuvieras más que un par de camisas del mismo color, quizás las chicas no te verían como un mejor partido –dijo altiva hiriendo el orgullo del ruso.

– ¿Chicas?, ¿cuáles?, ¿qué dicen de mí? –preguntó ilusionado y sorprendido –Saori…–rogó el ruso.

– No es para tanto. El otro día platicábamos Miho, su amiga y yo quien vestía mejor de ustedes, y créeme quedaste muy abajo en la lista –explicó sin mirarlo tomando las bolsas dejadas en el desayunador de la cocina.

– ¿Lista?, ¿qué lista? –dijo alarmado, mirando al castaño.

– Deja de preguntar Hyoga, no querrás saber –murmuró cansinamente Seiya comiendo cacahuates.

– Pero… –dudó el ruso mientras el castaño hacia señas para dejar las cosas así –. Parece que ya no está enojada, ¿cierto? –afirmó el rubio después de cansarse de pensar acerca de la lista mencionada por Saori.

– Así parece –. Contestó sin ganas Seiya dando un mordisco a una manzana.

– Deja de comer así, ¿quieres? –instó Hyoga –cenaremos en menos de una hora –. Hyoga observaba a su amigo hundido entre sus brazos sobre la barra a la cocinera.

– Estoy en pleno crecimiento, –refutó Seiya –aun cuando no parezca –añadió antes que Hyoga pudiera hacerle notar su baja estatura.

– ¿No iras con Saori? –. Preguntó el ruso aspirando un delicioso aroma a comida.

– ¿Y dejarte solo?

– Calma, que no me pierdo. Aun éstas molesto –aseveró Hyoga –, son un par de orgullosos.

– Y tú un entrometido –murmuró mientras mordía una galleta –. Me aburro –expresó Seiya luego de una hora.

– No veo porque –dijo con ironía Hyoga –. ¿No se te ocurre hacer algo? –preguntó mientras cortaba verdura en perfectos trozos.

– ¿Cómo qué? –mencionó con holgura. Hyoga crispó sus manos y rodó los ojos, la cocina pululaba de movimiento y un par de manos dispuestas a ayudar no serían rechazadas.

– ¿No tienes alguna idea? –apretó los dientes Hyoga.

– No –contestó contundente. Hyoga suspiró.

– Puedes ir con Saori, así no estorbaras…digo, te aburrirás –corrigió tardíamente el ruso cuando una chica estuvo a punto de tropezar con el inmóvil cuerpo de Seiya.

– Aquí estoy bien gracias, me interesa más saber cómo le va a Shun. Hay mucho que no nos ha dicho –. Hyoga miro confuso a su amigo le pareció que ahí había algo más que un orgullo herido pero no dijo nada. Recordó las visitas anteriores, era difícil encontrar un instante en el cual Saori estuviera lejos de Seiya, sin embargo, la última vez creyó que estaban distanciados sin prestar atención lo atribuyo a su corta estadía. Curiosamente, desde que Hyoga había llegado a la mansión habían sido escasos los momentos en los cuales Seiya no se apartaba de él –. ¿Piensas que oculte algo nuestro pequeño amigo?, ¿por qué no habrá dicho nada?. Solían ser muy cercanos ¿No?

– Lo somos Seiya, es solo que … –el ruso dudó un momento –. Si Shun quiere decir algo lo hará, de otra forma es imposible obtener una palabra de él. Odio reconocerlo, compartimos esa cualidad con Ikki.

– Cuando empieces a decirle nii-san, empezaré a preocuparme –. Rió Seiya consiguiendo que Hyoga le arrojara a la cabeza una pata de calabaza.

En la habitación de Saori, bolsas, cajas, recibos y ganchos cubrían el fino piso de madera color canela. La joven modelaba para sí misma un entallado vestido color azul sin mangas. Sonrió levemente para después sentarse en un taburete bajo. Suspiró y se desprendió del vestido con brusquedad. Sin levantarlo del piso se tendió vistiendo solo su ropa interior en la cama, fijó su mirada en el techo, cruzó sus brazos debajo de su cabeza y flexionó una pierna. Una vez más lo había hecho y tenía la misma sensación de vacío alcanzada en las ocasiones anteriores, esa sensación la amedrentaba. Se reprochaba que una diosa pudiera sucumbir a esos sentimientos tan mundanos como la ira.

Cerró los ojos y esa voz, que asechaba oculta en sus pensamientos, resonó con más fuerza en su cabeza, ahora de sobra conocía la existencia del peor sentimiento; sentirse sola dentro de un mar de gente.

– ¿Señorita puedo pasar? –la voz de Yui, la distrajo de sus pensamientos. Tomó una bata y le permitió la entrada a la mucama. La morena sintió desolación tras echar un vistazo, esa no sería una jornada tranquila. Gran parte de ella estaría acomodando las nuevas compras de la pelimorada, para después recoger los envoltorios y dejar la habitación impecable. Aunque lo único que deseaba la joven era descansar, pues desde la mañana las pastillas que había tomado contra los cólicos propios del mes no habían ningún surtido efecto –. Le traigo su vaso de agua.

– Gracias, Yui –dijo Saori.

– La cena estará lista en diez minutos –indicó la muchacha mientras levantaba algunas cajas y papeles del piso.

– ¿Seiya y Hyoga siguen en la cocina? –preguntó Saori. Yui afirmó con la cabeza –. ¿Y Shun?, ¿no está en casa?

– Estuvo en su habitación casi toda la tarde, pero hace unos momentos salió al jardín –. Mencionó la chica. Dentro del armario colgaba el vestido azul –. Tan pronto termine aquí, iré a avisarle de la cena.

– Descuida, lo haré yo –dijo Saori. Salió del cuarto de baño con una falda negra corta con vuelo y una blusa morada.

Durante la tarde la chica pensó acerca de su actitud hacia Shun, considerándola una exageración. La situación no la había irritado, lo que lo hizo, fue que Shun estaba deliberadamente evitándola. Por más que trataba de entender el por qué de su actual actitud, no lograba hacerlo. Su rechazó la ponía a la defensiva. Habían pasado tres semanas en las que mantuvieron charlas casuales y ella aún desconocía los lugares visitados por él o los sucesos durante su ausencia. En estos meses había echado de menos la compañía del peliverde, rozó ligeramente con los dedos sus labios. Shun había regresado, entonces ¿por qué eran incapaces de recuperar su vieja amistad?, aunque era la única en conocer la razón por la que mantuvo distancia. Quizás ella era quien debía darle una ofrenda de paz. Que aquello había sido un acto impulsivo, sin un significado real. Dispuesta a ofrecerle una disculpa se encamino hacia el jardín.

Saori siempre había encontrado divertido andar descalza. Era placentero sentir la suave hierba en sus pies desnudos, algo que no hacía a menudo. De niña, sus nanas la reprendieron duramente por ensuciarse los pies, más tarde las institutrices castigaban ese comportamiento inadecuado al considerarlo ajeno para una señorita de su condición. Por otra parte, su abuelo sobreprotector y cauto ante las raras enfermedades, lograba sobornarla cuando la veía descalza además él consideraba como un desperdicio que sus pies no calzaran los finos zapatos importados de todas partes del mundo. Y aun ahora, lejos de los juicios, Seiya censuraba su proceder. Un tonto capricho comparado con las miles de personas que no tenían la suerte de poder cubrir sus pies diariamente con una grata protección, solía decir.

Saori continuó caminado hasta un viejo cedro sintiendo la frescura de la hierba colarse en sus pies, divisó el codo del peliverde desaparecer en un grueso tronco. Se detuvo dándose valor para lo que iba a hacer, pedir disculpas y darle la razón a alguien más que no fuera ella era una labor muy ardua. Tras armar sus mejores argumentos continuó decidida su andar, rodeó el árbol topándose con una escena que nunca hubiese imaginado –. Yo…yo…yo…perdón –tartamudeó azorada con las mejillas encendidas, mientras huía rumbo a la mansión.

– ¿Estás bien? –preocupado preguntó Hyoga a Saori sentada en el pasto tras chocar con su pecho –. No alcance a sostenerte –se disculpó.

– Si –dijo tímidamente, sin levantar la vista.

– ¿Te hiciste daño? –. Cuestionó Shun, rápidamente había llegado hasta ella y estaba hincado al igual que Hyoga al lado de la joven. Esta negó con la cabeza evitando mirar a Shun o a la chica de pie tras él.

– Deja, yo lo hago –. Indicó Hyoga, levantándola del suelo con delicadeza –es para ti –. Le dio el teléfono al peliverde. Shun lo miro extrañado –. Ikki –Hyoga respondió a la pregunta formada en la cabeza del chico. Tomó por un brazo a la pelimorada y se dirigieron rumbo a la mansión.

– Hola hermanito –resonó por el auricular un alegre Ikki –. ¿Ya te encontró?

– Llamas algo tarde, solías ser muy oportuno –dijo con sarcasmo.

– ¡Bah!. No puedo estar rescatándote todo el tiempo –minimizó Ikki –. Además sé que te gustan mis sorpresas –. Shun no dijo nada pues la sorprendida fue Saori cuando los encontró tras el roble –. ¿Sigues ahí?

– ¡Eh!, sí claro. ¿Algo más?

– Vaya eso se gana uno por estar al pendiente de los hermanos, dejaré París. Dicen que Moscú es una bella ciudad para visitar, pero no le digas al ruso. Sería grata tu compañía pero seguro sabrás entretenerte. Cuídate y no hagas nada que yo no haya hecho. ¿De acuerdo?

– Ikki…–Shun dudó –. ¿Regresarás a Japón?

– Conoces el trato –reiteró el mayor, quien tras el silencio de Shun rió con ganas–. Nos vemos hermanito –. Shun colgó y volteó hacia Eve. Le sonrió mientras se acomodaba un mechón de cabello tras su oreja y ladeaba la cabeza, se acercó con andar sexy hacia Shun retiró el fleco de un ojo y murmuró –te extrañe mucho.

– También yo –dijo antes de volver a besarla y tomarla entre sus brazos.