- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.



El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

* * *

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo II

"Encuentro"

Hicimos que nuestros caballos avanzaran al trote, bajando la colina que nos separaba de la comitiva que traía a la que se convertiría en mi esposa, en unos cuantos días más.

Yo no la conocía, nunca la había visto, pero según los comentarios que había recibido, me aseguraban que era muy bella.

Hija de un importante noble que ha hecho una exitosa carrera diplomática en la Corte Imperial en Kyoto, siendo considerado uno de los cortesanos más cercanos al Emperador.

Mi alianza con la familia Tendo no puede ser más ventajosa para mí y mi clan. Padre estaría orgulloso de esta unión, después de todo, la hija de un alto representante de la nobleza y cercano a Su Majestad Imperial puede afianzar el respeto y lealtad que desde siempre ha mantenido mi clan hacia el Emperador y al shogun. Tanto Su Majestad Imperial, como el shogun pueden estar seguros de que los Saotome no caeremos en las rencillas que existen en el Shogunato, las cuales dividen la nación.

No caeremos, a menos que sea necesario, claro está.

Ya estamos a mitad de camino y en mi mente empiezo a imaginar aquel encuentro. No es algo que me emocione tanto la verdad, pero debo reconocer que siento curiosidad por ver con mis propios ojos a la que dicen, es la personificación de una deidad en la tierra; aquella que dicen, es la mujer perfecta y más bella de todo el territorio de Kyoto; aquella que se convertirá en mi esposa y me dará la descendencia que necesito para concretar mis planes y solventar mi futuro.

Mis hombres vienen tras de mí, fieles a su señor. Ryoga avanza a mi lado, callado y taciturno. Sé que a él no le parece bien lo que estoy haciendo. El presentarme ante la señora Tendo así, saltándome todo el protocolo de una presentación adecuada y como dictan las antiguas tradiciones, tiene inquieto a mi amigo, pero él sabe que en mi vida he hecho lo correcto.

Siempre he sido así, imprudente y arriesgado, desde pequeño me costó seguir las reglas y las órdenes que mis mayores me imponían. Por esto le causé problemas a Hapossai y ahora que soy el señor de toda esta tierra, mi libertad es aún mayor.

Sonrío al recordar que padre solía decir que él nunca pensó que al darme mi nombre, estaría contribuyendo a que aquel nombre me dominara hasta llevarlo al extremo de la palabra.

Sí, mi nombre es muy propio de mi carácter, siempre me lo han dicho y siempre lo he sabido, soy como un caballo salvaje, indomable, aguerrido, libre y me siento orgulloso de ser así.

Miro de soslayo a mi silencioso acompañante y sonrío.

-¿Por qué tan callado, Ryoga?

-No me gusta como estás llevando las cosas esta vez, Ranma. Eres mi señor, pero también eres mi amigo, tengo el deber moral de decirte que creo que cometes un error.

-Bah, ella tendrá que conocerme tarde o temprano ¿no?, mejor que sea temprano.

No pude evitar soltar una carcajada ante mi propio comentario y con esto me gané una mirada de desaprobación de mi fiel amigo.

-Dime, ¿qué sucedería si ella decide devolverse hacia Kyoto por el agravio que puede resultar a su persona y a todos los tratados el presentarte así? –preguntó él y no dejaba de tener razón-. ¿Dónde quedaría la importante unión de sus casas?

-Eso no sucederá –contesté con una seguridad que empezaba a abandonarme.

Ryoga tenía razón y yo, con mi improvisada decisión de presentarme ante ella sin la más mínima muestra de educación y todo por hacer las cosas a mi manera, había olvidado aquella posibilidad, el que mi noble prometida se sintiera ofendida por mi descortesía.

Pero ya no había vuelta atrás, habíamos llegado a los pies de la colina y estábamos muy próximos a la comitiva que acompañaba a mi prometida.

Un par de hombres nos salieron al paso, montados en bellos y fuertes caballos, debí reconocer. Seguramente eran de la avanzada, exploradores que se adelantaban para dar aviso a los guerreros en caso de encontrarse con alguna hostilidad, después de todo, viajaban por tierras desconocidas y estaban encargados de proteger a una importante señora.

Los guerreros ante mí tiraron de las riendas de sus respectivos caballos y con una mirada dura e implacable, llevaron sus manos hacia la empuñadura de sus sables. Estaban muy bien entrenados, sabían qué hacer y cómo hacerlo.

-Calma –les dije con un tono autoritario.

Estaba acostumbrado a ordenar y a que obedecieran mis órdenes, así es que me sorprendió el que aquellos hombres hicieran caso omiso a lo que les decía y desenfundaran el reluciente acero de sus katanas. Entonces, Ryoga se adelantó y desenfundó también, al tiempo que hablaba con hostilidad.

-Cómo osan levantar sus armas en contra del señor de éstas tierras –tronó su potente voz, haciendo que el semblante de los hombres que tenía en frente palideciera de inmediato-. Un agravio como este puede costarles la vida y...

-Ryoga –le detuve yo al ver que mi amigo y compañero de tantas batallas se encontraba a punto de cometer una estupidez-. Estos hombres no tienen cómo saber que se encuentran ante el señor de esta tierra.

-¿Señor... señor Saotome? –titubeó el más joven de aquellos dos soldados asustados. Apenas demostraba tener dieciséis años.

El otro, un hombre ya adulto de unos cuarenta años, hacía lo posible por contener el temblor en la mano que sujetaba el sable. Entonces y al ver aquella imagen me di cuenta de lo que causaba el nombre Saotome entre los guerreros que no pertenecían a mi clan. Debo reconocer que la sensación fue gratificante.

Sonreí con arrogancia. Los dos hombres desmontaron rápidamente y se arrojaron al suelo, prosternándose a mis pies, tocando sus frentes en la tierra que pisaban, con ambos brazos extendidos por sobre sus cabezas y pidiendo disculpas, ambos al mismo tiempo.

-Mi señor, no sabíamos...

-Os ruego disculpe nuestra ignorancia, mi señor...

-Incorpórense –les dije con voz exenta de cualquier emoción, disfrutando de la diversión que me brindaban aquellos hombres, con sus actos de sumisión desesperados por salvar sus vidas y las de su familia-. Me llevarán en el acto en presencia de la señora Tendo y dejaremos este asunto olvidado.

-Sí, mi señor.

-Por supuesto, mi señor.

-Ahora, adelántense. Yo y mis hombres les seguiremos.

-Sí, señor –contestaron ambos, montando en sus caballos y poniéndose al trote.

Secretamente, quería reír con aquella demostración de obediencia a mi autoridad. Ni siquiera me desposaba con su señora y ellos ya me obedecían como si siempre hubieran sido mis hombres.

-Eso no estuvo bien, deberías haberle dado un escarmiento a esos dos –comentó Ryoga, mientras hacíamos que nuestras monturas avanzaran.

-Ya tendremos otra oportunidad. Ahora quiero llegar hasta donde se encuentra mi prometida.

Seguimos nuestro camino, avanzando tras los hombres de mi futura esposa, en silencio y con total dignidad. Debió ser una procesión que nadie se esperaba, pues mientras avanzábamos y el resto de la comitiva que descansaba en aquel momento, se daba cuenta por el blasón de los estandartes que portaban dos de mis escoltas de quién era el señor que cabalgaba tan despreocupadamente, todos y cada uno de ellos fueron cayendo al suelo en reverencia ante mí. Luego de que pasáramos, los murmullos y miradas de sorpresa no se hicieron esperar.

-Te respetan –comentó Ryoga a mi lado.

-Eso parece –dije yo con diversión-. Pero saben que si no lo hacen, podríamos cortarles la cabeza. Esa es una de las cosas que no me gusta de ser quien soy.

-Pero es bueno que te teman.

-Siempre y cuando, el que me tema sea mi enemigo, no mi pueblo.

Ryoga sonrió y yo enfoqué mi vista al frente, fue en ese momento en que mis ojos observaron a los hombres que nos precedían, detenerse frente a un enorme, elegante y bello palanquín, finamente engalanado. Apresuradamente hice cálculos y pensé en que se necesitaban por lo menos ocho hombres fuertes para transportar el peso que significaba cargar con tremendo armatoste, cuatro porteadores y cuatro hombres de refresco.

Tras la litera habían armado una tienda de campaña, seguramente para que mi prometida pasara la noche.

Cuatro estandartes con el blasón de los Tendo, la escalera de piedra ascendiendo al cielo con algunas nubes y el sol de fondo, descansaban en las cuatro esquinas de la tienda, flameando orgullosamente.

Cuando llegué a mi destino, bajé de mi montura y acaricié a mi caballo en la cabeza para inspirarle seguridad. Todos fueron cayendo como si se tratasen de briznas de hierba aplastadas por el viento y tocando sus frentes en la tierra que pisaban. De inmediato, Ryoga y otros dos hombres desmontaron, uno de ellos tomó la brida de mi caballo y la del caballo de Ryoga.

-Incorpórate –escuché la voz de Ryoga, decirle a uno de los mozos que se encontraban más cerca. El jovencito se puso inmediatamente de pie, pero permaneció con la vista al suelo.

-Anúnciale a tu señora que Ranma Saotome, señor de estas tierras se encuentra aquí y quiere verla –le dije al confundido jovencito.

El joven levantó su rostro y me miró asustado por tan sólo un instante, luego, se apresuró en cumplir mi orden.

-Señora, es el señor Saotome, está aquí; quiere ver a la señora Tendo –escuché que decía el muchacho sin atreverse a descorrer la puerta del palanquín. Entonces me pregunté, para qué habrían levantado la tienda de campaña si mantenían a mi prometida dentro de esa litera, aislada del resto de los mortales. No era lógico, pero no pude seguir pensando en una respuesta, ya que unas cuantas frases ininteligibles y apresuradas captaron mi atención.

Provenían desde dentro del palanquín.

Así es que la bella señora Tendo no viajaba sola, era de esperarse. Tendo no hubiera permitido que tan digna dama se internara sola en un territorio desconocido, era una joya demasiado preciosa para dejar que se extraviara al no tomar las medidas adecuadas.

Me acerqué al palanquín al no recibir la respuesta rápida que requería, para anunciar yo mismo mi presencia allí. Ryoga me miró sorprendido y asustado, pero aquello no me detuvo.

-Señora Tendo, estoy esperando que salga de su palanquín.

Mis ojos registraron el movimiento en el interior y luego, una mano femenina hizo a un lado la portezuela corrediza, pero aquella mano distaba mucho de ser la de una joven y bella noble.

Del palanquín salió una anciana muy bajita, de largos cabellos blancos, vistiendo una túnica en tonos verdes, muy distinta de las ropas tradicionales, quien se apoyaba en un largo bastón, su piel, arrugada y curtida por haber recibido el sol de muchos años.

La anciana se prosternó y por instinto, retrocedí un paso al contemplarla en su totalidad.

-No puedes ser mi prometida –dije con incredulidad y temor.

-Por supuesto que no lo soy, mi señor –contestó la anciana con un leve acento extranjero.

Luego, observé que otra cabeza femenina salía del palanquín e imitaba rápidamente a su anciana compañera.

-Pueden incorporarse –dije tratando de controlar mi ansiedad.

Cuando ellas, junto al resto de su comitiva estuvieron de pie, pude darme cuenta de que la joven mujer de castaños y largos cabellos, blanca piel y delicada figura, no levantaba la vista para mirarme. Vestía un simple kimono de una tela bastante común, en un solo color y sin ningún adorno, nada sofisticado ni a la usanza que se esperaba, utilizaría una gran señora acostumbrada a frecuentar la Corte Imperial.

Su simpleza era tal, que fácilmente pasaría por una modesta criada. Era evidente que la hija de Soun Tendo, mi futura esposa, no se atrevía a darme la cara, podía notarlo, así que llamé su atención para ver su rostro.

-Señora Tendo, me da gusto el que finalmente podamos encontrarnos –dije de la manera más educada de la que fui capaz, a la vez que hacia una leve inclinación.

Todos los que se encontraban alrededor y que pertenecían al séquito de mi prometida, me observaron con cara de espanto y sorpresa.

Mi futura esposa levantó bruscamente el rostro y me observó con la misma incertidumbre que pude ver en el resto de su comitiva. En su rostro pude leer el temor que sentía en ese momento y un profundo tono carmín decoró súbitamente sus blancas mejillas.

-Se equivoca, mi señor –dijo calmadamente la anciana que permanecía a su lado-, ella no...

El acelerado galope de un caballo interrumpió a la anciana e hizo que yo y todos los que allí nos encontrábamos, giráramos nuestros rostros para ver quién era el incauto que interrumpía aquel importante momento.

Fue en ese preciso instante en el que mis ojos registraron la visión más perfecta que había tenido oportunidad de contemplar alguna vez en mi vida.

Allí, a lomos de un hermoso caballo blanco, montaba una joven mujer de largos cabellos negros como una noche sin estrellas, divididos al medio y ligeramente atados con una sola cinta. Su piel era blanca como la nieve que cubría montes y llanos en el invierno, sencillamente perfecta. Sus mejillas se encontraban sonrosadas por la agitación de la cabalgata que aparentemente había realizado. Su manejo de las acciones que realizaba su caballo me hacía pensar que había recibido una instrucción desde pequeña.

Bajó de su montura dando un impecable salto, tendió la brida de su caballo a un joven que se encontraba cerca y avanzó con paso decidido hasta quedar en frente mío.

Vestía un kimono del color del cielo despejado, con pequeños pétalos blancos que decoraban su impecable indumentaria. Sobre el kimono, llevaba un pantalón hakama del color de la tierra que completaba el traje de montar que le quedaba a la perfección. Al avanzar hacia mí, sus negros cabellos destellaron azulados reflejos al viento, los cuales le daban un aire cautivante a su atractivo rostro.

Cuando llegó a mi lado, me enfrentó sin temor ni recato. En vez de arrojarse a mis pies, como exigían las antiguas normas, levantó su rostro desafiante. Yo le aventajaba en estatura por más de una cabeza, me observó directamente a los ojos.

Nunca en mi vida había visto ojos más bellos y expresivos que aquellos, almendrados y del color de las avellanas, parecían soñolientos pero alertas a la vez, me miraban desafiantes y con firmeza. Parpadeé un par de veces y me vi atrapado por esa mirada, fiera y cándida a la vez.

No pude evitar fijarme en el resto de su persona, la impecable línea de su nariz y barbilla, su diminuta boca me parecía seductora en demasía, la natural forma en que aquel kimono caía, adaptándose a la perfección de su menudo cuerpo, hicieron que mi corazón diera un vuelco.

Aquella mujer, casi una niña, me había hecho entrar en un extraño trance que me había apartado del mundo que me rodeaba, y luego, su dulce y melodiosa voz expresó con decisión cinco simples palabras.

-La señora Tendo soy yo.

Un suspiro ahogado escapó de mis labios. Ahora podía estar seguro de que los comentarios eran verídicos, frente a mí se encontraba la personificación de una deidad.

Perfecta mujer que bajó del cielo para compartir mi camino.

La señora Tendo había roto todos mis códigos y esquemas, y se había posicionado sin saberlo y en aquel breve encuentro de todo mi ser.

Lo supe enseguida y verdaderamente, temí por ello.


Avanzamos al galope por aquella verde planicie que se extendía ante nosotros, Hiroshi me seguía a escasa distancia.

Me agobiaba un mar de sentimientos y emociones que invadían mi corazón. Estaba furiosa con mi hermana mayor. No entendía cómo la princesita más bella de Kyoto había cometido aquella estupidez, una falta tan grave que le costaría la vida si padre llegaba a enterarse y a nuestra distinguida familia le arrebataría toda la buena reputación y favores adquiridos durante años de servicios al Emperador.

Sencillamente, Kasumi Tendo, se había propasado esta vez y yo me encontraba cada vez más angustiada por no saber realmente hasta dónde podría ocultar su falta.

Mientras Kio, mi adorado caballo galopaba a una velocidad inusitada, en mi mente comenzaba a elaborar un plan de batalla. No por nada mi maestro me había traspasado sus conocimientos, instruyéndome tal y como si fuese un varón en el arte de la guerra.

Pues bien, este grave problema sería abordado como si fuese una batalla.

Mi enemigo, el gran señor de la guerra y señor de estas fértiles tierras que mi caballo recorría a toda velocidad, el daimyō, Saotome Ranma.

No sabía casi nada sobre él, sólo que era un excelente guerrero y uno de los más fieles adeptos a Su Majestad Imperial, pero sus hazañas y proezas en el campo de batalla desde que era un joven de quince años le precedían y habían llegado a nuestros oídos.

Se decía que el joven señor Saotome era la encarnación misma del valor y la templanza, decían que era como si Hachiman hubiera reencarnado en él.

Yo debía verlo para creer en algo así. ¿La personificación de un dios en la tierra? No, eso debía ser un cuento de niños, lo mismo decían de mi hermana y ella se había encargado de demostrar que era tan humana como para dejarse dominar por algo tan banal como el amor.

La joven señora Tendo, hija predilecta de padre, ejemplo a seguir por sus hermanas menores, mujer admirada por todos los alrededores de Kyoto y más allá, bella y noble doncella, me había decepcionado de la peor forma y me causaba un problema demasiado grande para enfrentar a mis dieciséis años de edad.

Mi hermana Kasumi, aquella beldad amada por todos, terminó por amar ella también.

Desde hacía dos días que no sabíamos nada de ella y de su oculto amor, un galeno que nos acompañaba, el mejor de todos es cierto, pero un simple médico a fin de cuentas. Alguien que no es digno de mantener una relación con una alta dama de la nobleza, hubiera dicho padre.

¿Qué pensaría él si se enterase que mi bella hermana se ha escapado ahora con aquel hombre de baja alcurnia? Seguramente estaría desesperado y gritando, culpando únicamente al buen doctor Tofú de haber seducido a su bella hija.

Yo sé que no es así. Sin conocer el amor y sin querer conocerlo, me pude dar cuenta hace mucho tiempo atrás de lo que pasaba por los corazones de ambos. El doctor y la princesa se enamoraron, son felices juntos y cometieron una locura por amor.

Mi hermana, sin importarle su familia, sin importarle su nobleza y sin importarle ofender a un gran señor de la guerra que podría ordenar que nos matasen a todos quienes conformamos su comitiva, escapó con su doctor hace dos noches.

Para cuando nos dimos cuenta de que ella no estaba y que también Tofú había desaparecido, no me quedaron más dudas. Mi hermana había escapado con el doctor.

Dispuse de inmediato de tres cuadrillas conformadas por mis mejores hombres a caballo para que la buscaran por los alrededores del campamento que habíamos establecido en la ladera de la colina que nos separaba de nuestro destino. Yo misma me puse a la cabeza de uno de aquellos grupos, pero no hemos conseguido dar con los prófugos y ahora, tengo que enfrentarme al prometido de mi hermana, quien seguramente se pondrá furioso al enterarse de la verdad y querrá matarnos a todos. No lo culpo, es su prometida la que huyó de él y ese acto imprudente es un agravio que ningún señor de la guerra perdonaría y merece ser castigado.

A lo lejos, mis ojos pueden observar cómo una pequeña caravana de jinetes baja al trote por la colina e identifico claramente los dos estandartes con el blasón de los Saotome.

-Estamos perdidos –me escucho decir en voz baja.

Detengo a Kio y espero a que Hiroshi llegue a mi lado. Su caballo se detiene a escasa distancia.

-Mi señora, son ellos –me dice con temor en su voz.

-Sí, son ellos.

-¿Qué haremos, mi señora? Si me lo permite, ordenaré que nuestros hombres se enfrenten a ellos, no son más de quince jinetes. Así, usted y las mujeres podrán escapar y...

-No –le interrumpí-. Hiroshi, lo que menos nos sirve ahora y lo que no quiero hacer por muy desesperada que sea la situación, es huir de este enfrentamiento.

-Pero, mi señora...

-Calma Hiroshi, todo irá bien. Escucha, esto es lo que haremos. Tomarás a treinta hombres de la comitiva y te separarás de nosotros, seguirán buscando a mi hermana y volverás sólo una vez que capturen a los prófugos.

-Mi señora, si hacemos eso, podemos provocar la ira del señor Saotome.

-No, no lo haremos. Confía en mí.

-Siempre he confiado en usted, mi señora –me dijo con un tono de decepción y con algo de incomodidad, como si quisiera reprocharme aquel comentario.

-Entonces, has lo que te ordeno.

-Pero usted quedará desprotegida ante una posible represalia de él –dijo alarmado.

-El señor Saotome no me hará daño, tengo un plan para ganar tiempo, todo el que sea necesario para que ustedes encuentren a mi hermana. Ahora, has lo que te digo Hiroshi, es una orden.

-Sí, mi señora.

Hiroshi se retiró con renuencia y yo me quedé observando cómo aquel gallardo y valiente joven se alejaba para cumplir con mis órdenes. Era un buen hombre y me había demostrado en más de una oportunidad, su interés de contar con algo más que mi amistad y gratitud. Lamentablemente, yo no podía retribuirle aquel sentimiento.

Suspiré profundamente y fijé mi vista nuevamente en la ladera de la colina, los jinetes ya habían salido del pequeño bosquecillo que decoraba aquel paisaje y casi llegaban a la llanura. No podía demorar más, mi encuentro con el emisario que seguramente había enviado el importante señor de estas tierras era inminente y debía afrontarlo con entereza.

Yo no conocía al señor Saotome, él tampoco a mí, ni a mi hermana y yo tenía sólo un punto a mi favor, sabía que en la única misiva que habían intercambiado mi padre con el señor Saotome, se había estipulado que Su Majestad Imperial daba su consentimiento para que la hija de Soun Tendo, importante dignatario en Kyoto, contrajera nupcias con Ranma Saotome, señor de la guerra y fiel a Su Majestad Imperial.

Nadie sabía qué hija de padre debía contraer nupcias, el señor Saotome no había averiguado nombres y padre no le había dado a conocer aquella información. Así es que mi plan era suplantar a mi hermana lo mejor que pudiera y por el mayor tiempo posible. Nadie podía impedirlo, yo era la señora Tendo, mi título era tan legítimo como el de mi hermana, la diferencia estaba en nuestro carácter, nuestra edad y por supuesto, nuestra belleza.

-"Espero que los rumores de la hermosa perfección de Kasumi no hayan llegado a estas tierras, de lo contrario estaré perdida –pensé en ese momento-. Madre, por favor, ayudadme".

Hice que Kio comenzara a cabalgar a toda velocidad, muy dentro de mí sabía que mi estrategia era arriesgada y casi irrealizable, pero era lo único que se me había ocurrido para darles el tiempo suficiente a mis buenos hombres de encontrar a la fugitiva. Confiaba en Hiroshi y en sus hombres, debían encontrarla y traerla para que cumpliera con su destino.

Avancé velozmente. La comitiva se sorprendió, pude notarlo en sus rostros. Hombres y mujeres miraban a su señora con rostros que expresaban incertidumbre, seguramente ya habían visto pasar a nuestros anfitriones y se preguntaban en qué terminaría aquella desafortunada aventura.

A lo lejos pude divisar los estandartes con el blasón de los Saotome, aquél trozo de tela con el caballo negro alzándose en sus patas traseras sobre una verde y escarpada colina con el sol de fondo, justo en donde se habían detenido los porteadores del gran palanquín que había transportado a mi hermana y habían construido la tienda de campaña. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y apenas podía contener mis emociones.

Sentía curiosidad por conocer a tan importante señor, pero a la vez temía por la reacción y el recibimiento que me darían, a mí, la hija menor de Soun Tendo, la chiquilla menos agraciada de Kyoto, la menos femenina y la que había crecido con menos amor.

Cuando llegué a una distancia en que pude observar con detenimiento toda la escena, mi asombro fue tremendo. No sé por qué, pero había albergado la secreta esperanza que el señor de aquellas tierras hubiese enviado a un emisario, nunca imaginé que aquel emisario seria el propio señor Saotome. No le conocía, pero debía ser él.

De pie frente a mi aya y mi doncella, se encontraba aquel hombre imponente, vestido con su completa e impecable armadura negra, más alto que cualquiera que estuviese a su lado, con su cabeza descubierta dejaba admirar un rostro sereno e impasible. Sus cabellos, de un color negro azabache, largos y trenzados.

Aminoré la velocidad de mi caballo justo para escuchar su potente y envolvente voz cuando le decía a mi doncella que le daba gusto el encontrarse finalmente con ella.

¡Tenía que ser un idiota! ¡Confundir a una noble señora con una doncella de mano!, quise reía a carcajadas. Kasumi y Nabiki se hubieran sentido ofendidas y ofuscadas, a mí me causo gracia.

Quería mucho a Ukyo, mucho más que a mis propias hermanas, pero era innegable que ella no podía pasar por una noble señora... Y quizá yo tampoco.

Vi el asombro de todos los presentes al escuchar aquellas palabras y luego, la voz calmada de Cologne que contestaba.

-Se equivoca mi señor, ella no...

Creo que mi galope acelerado le interrumpió. Hice que Kio se detuviera con un solo movimiento y bajé de un salto de mi caballo. Arrojé la brida a uno de los jóvenes que se encontraba a mi lado sin siquiera mirarlo y me acerqué con decisión al grupo que se encontraba allí.

Mis ojos registraron el asombro de todos mis cercanos. Me detuve justo frente al señor que debía estar esperando a su prometida, mi hermana, la personificación de una deidad. ¡Qué desilusión se debe haber llevado al verme!, igual a la que debió sentir padre cuando supo de mi nacimiento.

Pero en ese instante, cuando debía comportarme con mayor dominio de mi misma, las palabras se negaron a salir de mi boca, mis ojos no podían dejar de mirar aquellos lagos azules, que transmitían tanto calma como ira y pasión. Me sentía intimidada por aquella mirada, tan desafiante, tan gallarda, tan dominante.

Él no lo sabía, pero en ese momento, me sentía desconcertada al observarle con detenimiento, su tez, de un cálido tono tostado, su nariz delicada, la suave prominencia de sus pómulos, su barbilla firme y sus labios apenas esbozando una sonrisa me tenían cautivada. Además de su perfecta vestimenta negra con el blasón de los Saotome grabado en el pecho, le daba un aspecto de ser un hombre excepcional. Debía reconocerlo, me sentía bajo un extraño hechizo que jamás había experimentado antes en mi vida y de pronto, recordé lo que estaba haciendo allí y me obligué a reaccionar, debía continuar con mi arriesgado plan.

-La señora Tendo soy yo –me escuché decir con una seguridad que estaba muy lejos de sentir.

Noté que todos a mi alrededor se sorprendían con mis palabras, pero yo no podía dejar de mirar a la profundidad de aquellos perfectos ojos azules que me observaban con atención.

Y entonces lo supe, tenían razón, todos los rumores eran ciertos, me encontraba en presencia de la reencarnación de Hachiman, dios de la guerra y no sabía cómo iba a enfrentarle para no salir lastimada.

El primer paso en mi futuro inmediato ya lo había dado, lo que tuviera que venir con posterioridad y mi suerte, la dejaba en manos de aquel hombre.

Finalmente comprendía que podía controlar a mis hombres, podía controlar mi caballo, podía controlar mis acciones y mi mente, pero no podía controlar mi corazón.

Porque aquel señor a quien apenas conocía, ya ejercía todo el control sobre él.

Y el saberlo, me atemorizaba demasiado.


Notas finales:

1.-Hola!

Segundo capítulo y avanzando. ¿Qué les ha parecido hasta ahora?, espero que no muy mal.

2.-Bueno, las extrañas palabras de este capítulo. No hay muchas en mi opinión:

-Hakama: la hakama no es más que un pantalón largo que se usa sobre el kimono. Utilizado por los samuráis en la época medieval cuando el guerrero cabalgaba, para protegerse las piernas. Tiene cinco pliegues por delante y dos por detrás. Se fija al cuerpo utilizando cuatro tiras que reciben el nombre de himo.

-Hachiman: Akane lo dijo, es el dios de la guerra de acuerdo al sintoismo.

3.- Quiero agradecer enormemente por el recibimiento que le dieron a este escrito. En verdad que aquello me tiene inmensamente feliz porque esta historia significa mucho para mí. A quienes me regalaron algo de su tiempo al leer el primer capítulo y muy especialmente a quienes me dejaron saber su opinión mediante un review, muchísimas gracias. A Nia06, Caro, Marina, shojo88, HitomiRut (Gracias por el review y por las palabras de aliento. No sé cuál será el ritmo de actualización, pero espero no tardar tanto. Gracias, gracias ^^), momito (Muchísimas gracias por el apoyo y por tus palabras ^^), Rmtl Des, Sele, Sofi, Yram (Sí, nueva historia, ya ves que no pude aguantarme. Ya pronto pretendo dar a conocer más detalles. Como siempre, gracias por el apoyo ^^), Marce, gabrielajeu (Gracias por tus palabras y tu consejo. Tienes toda la razón y es una de las cosas en las que trataré de ser más cuidadosa, ya que me parece fundamental que no resulte tedioso el relato de las situaciones que vivan los protagonistas. Muchas gracias por el apoyo ^^), Mei Otsume, Monica Tendo (Gracias por leer esta historia. Más abajo contestaré un poco más extenso a tu review ¿si?. Agradezco muchísimo tu apoyo ^^), Paola, BABY SONY (Me alegra saber que te gustó esta historia y que también cuento con tu apoyo para ella. Gracias de corazón y espero que te siga gustando ^^), monyk (Gracias por el apoyo, y este capítulo no tardó tanto. Veré qué puedo hacer con los siguientes. Muchas gracias por tus palabras ^^) y lerinne. Les agradezco de todo corazón por dejarme conocer su opinión respecto a este nuevo desafío que recién comienza.

4.-Es todo por ahora y será hasta una próxima entrega. Que tengan una excelente semana y buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.


****Ahora sí, Monica Tendo:

Primero, quisiera agradecerte una vez más por leer esta historia y dejarme tu opinión. Trataré de controlar un poco el uso excesivo de términos antiguos o en japonés y creo que en este capítulo se vio reflejado, ya que utilicé sólo dos palabras que creo, pueden resultar algo desconocidas.

Es cierto, lo reconozco, soy una especie de ratón de biblioteca que devora tanto libros como fics y otro tipo de escritos, pero mi intención nunca ha sido 'complicar' la lectura de mis escritos a propósito, al contrario, es por eso que utilizo las notas finales como herramienta para explicar un poco a qué me refiero cuando cito alguna palabra o situación que pienso, no todos conocen y no tan sólo en esta historia, en otras también me ha sucedido.

El punto es, que mi idea principal es tratar de hacer un fic con un contexto histórico real de fondo y para eso, para darle un poco más de credibilidad a la historia, por decirlo de alguna forma, me resulta indispensable incorporar algunas cosas como estas palabras. No soy una experta en el tema, conozco mis limitaciones. Por lo mismo, estoy investigando lo más que puedo para escribir esta historia y créeme, es un poco difícil llevar a los personajes al pasado, porque tienes que imaginarte una época totalmente distinta a lo que conoces, por ejemplo, en este mismo capítulo, obligatoriamente tuve que utilizar el término "palanquín" para referirme al transporte de la prometida de Ranma, porque en aquella época era el medio de trasporte que utilizaban las damas y los grandes señores. Así, muchas palabras son distintas y hay términos, sobre todo en vestimentas, armas, descripción de casas y títulos jerárquicos, que no tienen un sinónimo y es por eso que decidí incorporar las palabras o nombres y explicarlos luego.

Lamento de verdad el que con esto dificulte tu lectura. No es que yo quiera vanagloriarme de lo mucho que pueda saber, de verdad que no, ya lo he dicho, estoy aprendiendo mucho escribiendo esta historia.

En verdad, trataré de controlar un poco las palabras, pero te pido paciencia y comprensión, porque no podré eliminar todos los términos antiguos y las palabras japonesas.

Agradezco enormemente tu comentario y espero que de aquí en adelante no se dificulte mucho la lectura de esta historia.

Muchas gracias por el apoyo y será hasta pronto.

Cuídate mucho y que tengas una buena semana.

Besos.

Madame… ^^