- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
******Capítulo especialmente dedicado a una amiga a quien quiero y admiro muchísimo por ser hoy el día de su cumpleaños. Para ti mi querida Caro, por el apoyo y la amistad que me brindas, este pequeño obsequio virtual. Sé que no es mucho pero la intención vale ¿no? Espero te guste y disfruta al máximo de este día ¡Feliz, feliz cumpleaños! ^^******
"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"
* * *
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo III
"Nerima"
Allí estaba yo, con todo el séquito de mi hermana a mis espaldas. La comitiva observaba con asombro y temor ese primer enfrentamiento con Ranma Saotome, aquel daimyō que pronto se convertiría en su señor.
La cortesía y el protocolo exigían que yo me prosternara a los pies de ese hombre. Al ser un señor de la guerra y muy afamado por lo demás, nadie podía dejar de hacerlo y nadie querría dejar de hacerlo, ya que era sabido que semejante falta ante un señor de alto rango podía acarrearle la muerte segura al imprudente.
Para mi desgracia, yo era muy imprudente, así que no hice nada por arrojarme al suelo como se hubiera esperado que hiciera. En vez de eso, me quedé observándole de forma desafiante por un largo lapso de tiempo en el que me pareció que todo el valor que me caracterizaba se me escapaba con cada respiración.
Entonces y sin siquiera imaginármelo, el señor de aquellas tierras se inclinó en una profunda y perfecta reverencia dedicada a mí, la hija menor de Soun Tendo, la que menos merecía tal deferencia.
Ranma Saotome, daimyō del dominio de Nerima, no se inclinaba ante nadie. Ningún señor de la guerra hacía algo semejante, sólo Su Majestad Imperial y el shōgun merecían esa señal de respeto y sin embargo, el joven señor, el prometido de mi hermana mayor, la reencarnación de Hachiman se inclinaba ante mí, una jovencita de dieciséis años, ignorada desde el nacimiento por su propia familia.
Eso no podía estar sucediendo, no a mí.
Sentí mi rostro arder con las palabras que escuché a continuación y mi corazón comenzó a latir a un ritmo insospechado.
-Por fin tengo la dicha de apreciar su indescriptible belleza, señora Tendo.
No, aquello no podía ser verdad, no me estaba sucediendo, era una confusión. Yo no podía parecerle bella a un señor como él.
Mi cuerpo menudo, mi vestimenta un tanto ruda, mi poco sofisticado peinado, mi rostro acalorado y mi nula reacción a actuar de acuerdo a lo que se esperaba de una joven dama perteneciente a la nobleza, eran aspectos que jugaban completamente en mi contra.
¡Todo en mí estaba en desacuerdo con el prototipo de belleza que los hombres admiraban!
Lo que decía aquel señor era una mentira, debía serlo, y yo tenía que asumirlo.
Parpadeé un par de veces y con una profunda inhalación de aire, traté de calmarme.
-No merezco tantas atenciones, mi señor –contesté, mientras hacía el tardío intento de prosternarme a sus pies-. Su gentileza es enorme y yo no...
No pude seguir con el cortés discurso que estaba improvisando, ya que apenas estaba posando una de mis rodillas en la tierra, me vi sorprendida por un rápido movimiento del brazo derecho del prometido de mi hermana, quien me tomó firmemente impidiendo que me arrojara a sus pies. Mis ojos encontraron los suyos, era una posición bastante incomoda e impropia para una joven noble y un gran señor, pero yo no era totalmente consiente de lo correcto o incorrecto en aquel momento.
No, sólo podía sentir los latidos cada vez más apresurados de mi corazón, el calor en mis mejillas y esa indescriptible sensación de regocijo que inundaba todo mi ser.
-No es necesario que lo hagas –dijo él.
Tuve miedo. ¿Era posible que lo que sentía fuera eso que todos describían como amor? ¿Era posible que ese señor hiciera flaquear mis convicciones tan rápidamente?
Me incorporé con torpeza e hice una reverencia apresurada, más que nada para esconder mi rostro que estaba segura, se encontraba profundamente sonrojado.
-Mi señor –contesté apresuradamente. No sabía qué más decir, las palabras no venían en mi ayuda y comencé a desesperarme. Nunca antes había sentido tanta confusión al enfrentar una situación semejante, aunque tampoco había vivido nunca antes algo así.
Al incorporarme nuevamente, lo vi sonreír. Otro punto en mi contra. ¡Qué tenía aquel señor que lograba hacer que mis piernas temblaran con sólo regalarme una sonrisa!
-Soy Saotome Ranma, tu prometido, señora Tendo. Bienvenida al dominio de Nerima, mi tierra.
Sonreí amablemente y al parecer, eso no le agradó, porque me observó con una expresión indescifrable en su rostro y una especie de suspiro ahogado escapó de sus labios.
-Tendo Akane es mi nombre, mi señor. Es todo un honor para mí y mi familia el que me hayas elegido para compartir tu camino.
Él inclinó su cabeza levemente y luego se volvió para mirar hacia atrás. Con un firme pero elegante gesto de su brazo, indicó a un joven que permanecía a no más de cinco pasos de donde estábamos.
Vestía una impecable armadura, aunque no tan soberbia como la de su señor. El joven era sólo un poco más bajo que el señor Saotome, de cabellos cortos de un color castaño y mirada apacible, aparentaba tener la misma edad que el señor del dominio.
-Él es Hibiki Ryoga, mi comandante de caballería y mi mejor amigo. Si por cualquier motivo yo no estoy y necesitas algo, Akane, puedes dirigirte a él con toda confianza.
El señor Hibiki me dedicó una reverencia que yo me apresuré en devolver.
-Será un honor y un privilegio servirte, señora Tendo –dijo después.
-Gracias, señor Hibiki.
A continuación, todo sucedió muy rápido. El señor Saotome impartió un par de ordenes a sus hombres, observó el cielo y luego hacia la colina. Parecía como si estuviera calculando algo.
Con posterioridad, volvió a observarme seriamente y me ofreció su brazo. Yo reaccioné tardíamente y con torpeza pude apoyar mi mano en su antebrazo.
-Si emprendemos el camino ahora, podemos llegar al castillo a la hora del perro –dijo avanzando junto a mí, los pasos que nos separaban del palanquín-. Así, el resto del camino no será tan pesado.
-Mi señor, preferiría seguirte montando mi caballo –dije de pronto, él me observó y luego de un momento sonrió.
-Pensé que el viaje en palanquín era lo bastante cómodo para una dama de alta cuna.
Me sonrojé nuevamente y esquivé su mirada.
-No es nada cómodo viajar encerrada en un armatoste como ese –dije olvidando por completo con quien hablaba-. El calor es sofocante, duele la musculatura, el aire se encierra y no logro respirar bien, además, el eterno vaivén hace que sienta ganas de devolver...
-Mi señora –interrumpió mi aya el discurso nada apropiado que me encontraba diciendo. Cologne siempre sabía cómo evitar que por no pensar antes de hablar, terminara cometiendo una imprudencia-. Cuales son tus órdenes, mi señora.
-Mi señor, te presento a la anciana Cologne, mi aya –dije mirando asustada a mi estricta nodriza-. Ella es Kuonji Ukyo, mi doncella.
-Ya las conocí –dijo él- aunque no de la forma en que debía.
Pude notar la incomodidad en la reacción de Ukyo; el ser confundida con su señora era embarazoso y eso era justamente lo que había hecho el prometido de mi hermana.
-Bueno, entonces, ¿cabalgarás hasta el castillo?
-Sí mi señor, me siento más libre a lomos de Kio.
-Mis hombres indicarán el camino, tú puedes venir conmigo.
-Mi señor, no quisiera abusar de tu generosidad, pero debo darle algunas órdenes a mis hombres, así es que me parece que sería mejor que te adelantaras. Yo seguiré la caravana.
-Una mujer que sabe muy bien lo que quiere y no teme solicitarlo –murmuró, pero yo alcancé a oírle. Incliné la cabeza de forma sumisa, aunque no pude evitar que una sonrisa apareciera en mi rostro-. Bien, se hará como la señora Tendo quiere.
Hizo una nueva inclinación de cabeza y giró sobre sus talones. Le vi avanzar con prestancia hacia el lugar en donde se encontraban sus hombres y mis ojos fueron testigos de cómo montaba a lomos de su negro caballo de un impecable salto. Definitivamente, Ranma Saotome era el hombre de la leyenda, aquella reencarnación de un dios en la tierra.
El negro pelaje de su caballo de combate brillaba con los rayos del sol y él se veía imponente sobre el animal.
Escuché que con su profunda y potente voz se dirigía a sus hombres, pero no pude distinguir bien las palabras. Luego, vi que cuatro de sus hombres comenzaban a cabalgar hacia la retaguardia, otros cuatro lo hacían hacia la avanzada, el señor Saotome me dedicó un nuevo saludo con su cabeza y espoleó su caballo, éste hizo una elegante cabriola y se dispuso a partir al trote. Hibiki lo siguió, dejando tras de sí a los dos guerreros que portaban los estandartes con el blasón de los Saotome.
-Ranma Saotome, señor del dominio –me escuché murmurar-. Me pregunto si será tan indomable como un caballo salvaje.
-¿Y tú pretendes averiguarlo, mi querida niña?
Las palabras de Cologne me devolvieron a la realidad. Mi anciana aya se encontraba a dos pasos de distancia, subida en su largo bastón y me miraba como si tratara de leerme el pensamiento.
Sí, la anciana mujer siempre había sabido cómo intimidarme. Sonreí forzadamente.
-Debemos seguir al señor Saotome –le dije con serenidad.
-¿Qué estás haciendo Akane? –preguntó ella, evidentemente no estaba de acuerdo con lo que había hecho yo-. ¿En qué estás pensando ahora, mi niña?
-En salvar a mi familia, Cologne.
-No, tú no sabes el peligro que corren tanto tú como tu familia.
-Hablaremos luego de eso, ahora necesito organizar a mis hombres. Tú –le indiqué a uno de los jóvenes que se encontraban próximos-. Ve y llama a tu superior.
-Sí, mi señora.
-Apresúrate, no tenemos tiempo.
-Sí.
El joven corrió con todas sus fuerzas para cumplir mi orden. Entre tanto, yo me acerqué a Ukyo.
-Ukyo, quiero que empieces a correr la voz del cambio de planes entre las mujeres que nos acompañan. No tenemos mucho tiempo, cuando lleguemos a la ciudad, todas, absolutamente todas, deberán estar enteradas de que he tomado el lugar de Kasumi.
-¡Señora! –dijo mi doncella con evidente preocupación en su voz-. ¡En verdad piensas suplantar a tu hermana!
-Es lo único que puedo hacer para salvarnos a todos. Hiroshi se encuentra en busca de los prófugos. Hasta que no los encuentre, debo ganar tiempo para que mi hermana vuelva y cumpla con su deber.
-Pero, cuando el señor Saotome se entere...
-Eso lo veré a su debido tiempo –le interrumpí-. Ahora ve Ukyo, no podemos perder tiempo. Debes decirles a todas que digan que soy la señora Tendo, la prometida del señor Saotome y quien viene desde Kyoto, a desposarse con él.
-No puedo, Akane. No mi señora, tú correrías peligro y...
-¡Ukyo! –le grité-. Es una orden. Obedece a tu señora.
Detestaba tratar de mala manera a Ukyo, ella era mi doncella, pero también era mi amiga. Casi habíamos crecido juntas y se había convertido en la única amiga que había tenido en mi vida, prácticamente una hermana para mí. Los únicos defectos que poseía la muchacha eran el ser demasiado curiosa y también muy aprensiva conmigo.
-Sí, mi señora –dijo finalmente, conteniendo las lágrimas.
-Una advertencia más Ukyo, las mujeres no deben enterarse de que Hiroshi se encuentra buscando a mi hermana. Sólo deben decir que yo soy la prometida del señor Saotome.
-Sí, mi señora.
Mi doncella me observó con tristeza y logré ver cómo se limpiaba una lágrima antes de dirigirse a cumplir mi orden. No supe si lloraba porque le había dolido el que la tratase tan duramente o porque se había dado cuenta de mis intenciones.
Quise disculparme con ella, pero no tuve tiempo, ya que en ese momento llegaba el jovencito que había mandado a buscar a su superior, acompañado de Daisuke, el hombre que seguía a Hiroshi en jerarquía.
Daisuke era un guerrero tan confiable como Hiroshi, ambos eran mis mejores hombres.
Les habían entrenado juntos desde pequeños, aunque compartían algo más que su obediencia y fidelidad a la familia Tendo. Ukyo me había comentado que ambos sentían una secreta atracción por la misma mujer, alguien que no era adecuada para ellos dada su alta cuna.
No tuve que indagar más para saber a quién se refería mi doncella, pero por respeto y humildad, siempre me hice la desentendida frente a aquella embarazosa situación.
Daisuke desmontó de su caballo y se acercó a mí.
-Mi señora, cuáles son tus órdenes –dijo haciendo una apresurada reverencia, apoyando una de sus rodillas en el suelo.
-El señor Saotome se encontró conmigo, Daisuke. Hiroshi se fue por orden mía tras los prófugos. Hasta que él no vuelva, debemos ganar tiempo. Para eso, yo, como señora de la familia, tomaré el lugar de mi hermana –noté que Daisuke tensaba sus hombros y su rostro, siempre tan tranquilo, adquiría un gesto adusto-. Necesito que hagas jurar a toda la comitiva para que digan a quien les pregunte, que yo soy la prometida del señor Saotome. Escúchame bien, quiero que todos digan que soy la legítima prometida, quien ha venido a desposarse con el señor de estas tierras. Se aplicará la pena de muerte a quien se niegue a hacerlo.
-Mi señora, es una locura, ellos no se prestarán para una mentira semejante.
-No es su mentira, es la mía. Además, les dirás que yo tomaré el lugar de mi hermana, pero no que se lo devolveré cuando Hiroshi logre traerla de vuelta.
-Aún así, no querrán hacerlo. Los hombres no son tontos, se darán cuenta de lo que quieres hacer, mi señora.
-¿Por qué no querrán hacerlo? ¿Acaso quieren morir?
-No es eso, mi señora. Lo que no querrán es ver morir a su señora, a quien... quieren demasiado; aquella que es más importante que sus insignificantes vidas.
Me conmovió esa declaración y mi corazón pareció dar un salto dentro de mi pecho. Sabía que esas palabras las decía el hombre, aquel que sentía algo más que gratitud por su señora, no el guerrero, pero yo no estaba dispuesta a dar pie atrás en mi decisión.
-Daisuke, si no queremos morir, deben hacer lo que te digo. Es una orden.
Lo observé en silencio, esperando su reacción. Ese joven me observaba con devoción y pude ver la misma expresión de Ukyo en sus ojos, los cuales brillaban con lágrimas contenidas.
-Oigo y obedezco, mi señora –dijo finalmente con emoción contenida, posando una rodilla en tierra y doblando su tronco en una reverencia.
Luego se levantó y volvió a montar. Rápidamente reunió a algunos hombres a su alrededor, vi que todos me observaban sorprendidos, luego, cada uno de ellos hizo una profunda reverencia en mi dirección y se dispersaron.
La noticia se difundiría velozmente y confiaba en contar con la fidelidad y lealtad de toda la comitiva.
Dejé escapar un suspiro y me dirigí hacia donde se encontraba mi caballo. Monté de un salto y di la orden de partir.
El castillo del prometido de mi hermana me esperaba y ya no había vuelta atrás.
La comitiva empezó a avanzar de forma lenta y pausada. Los hombres que el señor Saotome había dejado atrás, se formaron junto a los guerreros Tendo que llevaban los estandartes con el blasón de mi familia. A medida que nos adentrábamos en el dominio de Nerima, empezaba a experimentar nuevas emociones.
Me encontraba ansiosa por conocer aquella tierra, me sentía un poco asustada por el futuro que me esperaba. Pero no era un temor a la muerte lo que me inquietaba, secretamente, empezaba a reconocer que deseaba que Hiroshi jamás encontrara a mi hermana, porque el día en que él lo consiguiera, yo tendría que decirle adiós a esos verdes parajes que se me presentaban ahora, tendría que decirle adiós a esa fértil tierra que pisaba mi caballo y tendría que decirle adiós a esos inquietantes ojos azules que venían a mi memoria en ese momento.
Sonreí con melancolía. ¿Qué pensaría padre de lo que estaba haciendo? ¿Qué diría Nabiki, mi astuta hermana de la audacia que había cometido? ¿Qué sermón me regalaría Kasumi al enterarse de que estaba ocupando su lugar?
Sacudí mi cabeza y traté de concentrarme en el camino, avanzábamos por un sendero bordeado a ambos lados por enormes cedros que le daban frescor a una tarde demasiado calurosa. Cerré mis ojos un momento y me dejé guiar por Kio, sintiendo la brisa en mi rostro, deleitándome con la frescura que nos regalaban aquellos árboles.
Cuando abrí los ojos, pude ver los primeros campos de cultivo a ambos lados del camino. Sí, el dominio de Nerima era una tierra fértil y hermosa.
Los campesinos y labradores que se encontraban en sus faenas, habían hecho un descanso para ver pasar la comitiva. Nos observaban con asombro y curiosidad desde los campos de cultivo.
Observé al cielo despejado y luego enfoqué mi vista al frente. A unos metros delante de mí, divisé la figura negra del señor Saotome. Conversaba animadamente con Hibiki, volteó el rostro y pude ver sus ojos observarme por unos instantes.
¿Sería capaz de engañar a ese hombre? ¿Sería capaz de jugar con algo tan importante como su honor?
Suspiré profundamente, ya había comenzado a jugar y no podía dar pie atrás. Sólo esperaba conseguir jugar ese arriesgado juego de una manera convincente por el mayor tiempo posible.
Atravesamos un puente de piedra bastante extenso. Era una estructura colosal que servía para cruzar un caudaloso río que bajaba desde la colina que habíamos dejado atrás para pasar por gran parte de la ciudad.
En uno de sus muros, el puente tenía grabado el blasón de los Saotome.
En un principio, el pueblo me pareció pequeño, pero a medida que avanzábamos, la ciudad se extendía ante mis ojos y murmullos y gritos de todo tipo inundaban mis oídos.
Cuando las primeras casas del pueblo comenzaron a poblar el camino, fui testigo de cómo el pueblo entero parecía adorar a su señor. Para mi sorpresa, nadie se prosternaba a sus pies, al contrario, todos, ancianos, niños, mujeres y hombres lo saludaban con respeto, haciendo graves reverencias, pero era innegable el cariño que expresaban aquellos rostros, y los niños corrían tras la comitiva, vitoreando el nombre Saotome.
Sentí el relincho de un caballo a mi lado. Cuando di vuelta mi rostro, pude ver a Cologne, montada en una dócil yegua.
-Le respetan y le quieren –comentó.
Yo sólo asentí y observé cómo el señor Saotome le indicaba a una niña de unos ocho años, una dirección hacia atrás.
Cuando yo pasé por donde la niña se encontraba, la pequeña se acercó corriendo a mí y me entregó un enorme ramo de flores, peonías de un color rosado pálido. La pequeña me sonrió y yo le devolví el gesto.
-La señora Tendo es más bella de lo que decían –dijo haciendo una reverencia-. El señor Saotome será muy feliz junto a ella. Mi señor se lo merece. ¡Bienvenida a Nerima señora Tendo!
-Gracias –fue lo único que pude articular.
Ahora caía en la cuenta de que no solo engañaría al señor Saotome, también engañaría a todo su pueblo. Un pueblo que lo amaba y lo respetaba. Sentí culpa y remordimiento.
-Mi niña, ¿me puedes explicar en qué tontería estás pensando?
Mi aya me sacó abruptamente de mis cavilaciones. La observé de soslayo y traté de darme valor para lo que debía decirle. Sabía que Cologne encontraría mil y un problemas en mi plan, e iba a tener razón.
-Debo reemplazar a mi hermana, sabes que es la única alternativa para que Hiroshi vuelva con ella para obligarla a cumplir con el acuerdo que existe entre padre y el señor Saotome.
-Viniste hasta aquí como compañera de la dama Kasumi, esa era tu misión Akane, acompañarla durante los primeros meses de su matrimonio.
-Lo sé, pero ella se escapó. Yo soy una Tendo, puedo y debo reemplazar a Kasumi para salvar el nombre de mi familia.
-Akane, no puedes reemplazarla –negó mi aya.
-Sí puedo –dije con más terquedad que convicción.
-Si finges que eres su prometida, le estarás engañando.
-Lo sé, pero qué quieres que haga. Si dejo que él se entere de que su verdadera prometida, la perfecta Kasumi Tendo, escapó de su compromiso para fugarse con un simple médico, el señor Saotome sería capaz de ordenar que nos mataran a todos. Luego atacaría nuestra tierra, y padre, junto a toda nuestra gente perecería. Ese es nuestro destino, Cologne, no puedo dejar que eso le suceda a mi pueblo.
-¿Y qué crees que sucederá cuando él se entere que lo engañaste?
-Para cuando eso pase, yo seré la única en pagar por mi falta. El señor Saotome no podrá rechazar a Kasumi, no le quedará otra opción que aceptarla y conformarse con reclamar mi vida.
-Mi niña, todavía es tiempo de decirle la verdad, parece ser una buena persona, entenderá y no tendrás que sacrificarte.
-No Cologne, tú sabes como son todos los señores de la guerra, mira lo que hicieron contigo, te capturaron y te regalaron a mi familia como si fueses una mercancía. Qué te hace pensar que el señor Saotome es diferente a otros señores de la guerra. No quiero que mi pueblo, mis amigos, tú y Ukyo que son las únicas que me han querido verdaderamente, sufran la furia del señor por culpa de la estupidez de mi hermana.
-No logro entenderte Akane –mi aya hizo una pausa para observarme detenidamente, luego continuó-. No será otro tu motivo al querer reemplazar a la dama Kasumi.
-¿Qué otro motivo?
-No conocíamos al señor, ahora que nos encontramos con él, pude apreciar lo atractivo que es él y...
-¡Te dije que jamás me dejaría dominar por sentimientos tan banales! –exploté, furiosa ante el comentario de Cologne-. ¡El que sea atractivo o no, me tiene sin cuidado! ¡Salvaré mi casa y a mi gente, desde hoy soy la prometida del señor Saotome!
Cologne movió su cabeza en negación y cerró sus ojos.
-Malos son los designios que se fuerzan, mi niña. Espero equivocarme, pero nada bueno presiento. Sufrirás con este engaño, porque tú nunca podrás controlar tu corazón... –dijo mirando hacia delante-. Y él tampoco –finalizó en un susurro.
Fruncí el ceño y obstinadamente defendí mi postura.
-La decisión está tomada. Seré la prometida de Ranma Saotome, hasta que Kasumi vuelva. Necesito de tu ayuda Cologne.
-El día en que la dama Kasumi vuelva para cumplir con su acuerdo, tú tendrás solo dos opciones Akane. Espero que sepas cuáles son.
-El día en que Kasumi regrese, mi vida acabará, lo sé.
-El señor tendrá que elegir si te quita la vida con sus propias manos o la recibe por tu decisión. La falta que pretendes llevar a cabo se lavará sólo con tu sangre, mi niña.
-Así será.
-Una pieza digna para la mejor representación del teatro Nō.
Yo la observé con melancolía, pero no pude evitar una sonrisa de triunfo. Mi aya sonrió con tristeza.
-Entonces, yo representaré mi papel hasta el final. Sabes mejor que nadie que nos encanta el Nō.
-Sí, pero sólo si lo vemos desde fuera, no si participamos de él.
-Tendrás la oportunidad de verlo de cerca Cologne. Será una espectacular representación y te sentirás orgullosa de tu niña.
-No puedo sentirme orgullosa de mi niña, al saber que piensa suicidarse por sostener una mentira que puede evitarse.
-Y comprometer la vida de todos –complementé yo.
-Le prometí a tu madre que velaría por ti hasta el fin de mis días Akane, que te cuidaría como lo hice con ella y con tus hermanas. No está en mis planes el morir después de la que he llegado a amar como la nieta que nunca tuve.
-Cologne...
-Te ayudaré en esta locura –me interrumpió la anciana, con lágrimas en los ojos que dejó escapar silenciosamente-. Representaré mi papel al igual que tú y cuando llegue el momento, ambas nos iremos juntas a la tierra pura de Amida. El buda de la Luz Compasiva nos recibirá y podremos encontrarnos con tu madre.
-No tienes que hacer algo así.
-Debo hacerlo y quiero hacerlo –dijo mi aya con decisión-. El capricho y el egoísmo de la dama Kasumi no me separará de mi niña. Dime, ¿qué quedaría para una vieja como yo, guerrera incansable que fue capturada y convertida en nodriza lejos de su tierra, sin la compañía de la única persona que la ha tratado con cariño? De todas formas, moriría de tristeza. Prefiero morir con honor y a tu lado, mi niña.
Mis ojos dejaron escapar las lágrimas que había estado conteniendo hasta ese momento y asentí.
-Entonces, ambas emprenderemos el viaje hacia la tierra pura cuando llegue el momento.
En silencio, seguimos avanzando por el camino rodeado de casas y comercio, hasta que llegamos a un llano. Desde allí, el camino se abría; la vegetación era abundante y en lontananza divisé el gran castillo, una construcción imponente de siete pisos. La base de piedra sostenía numerosas y estilizadas pagodas de madera, estuco blanco y tejas color terracota que curvaban el tejado. El soberbio castillo se encontraba emplazado en la cima de una colina que daba a un despeñadero.
Los guardias que permanecían en la garita adyacente a la muralla de protección, salieron enseguida a recibir a su señor.
Había llegado a mi destino, el castillo de Nerima. Seguramente, el último recinto que sabría de mi existencia.
Estaba pronta a cumplir los diecisiete años de edad y no sabía si lo lograría. Mi destino estaba en las manos de Hiroshi, quien debía encontrar a mi hermana y en manos del señor Saotome, quien decidiría de qué forma debía morir cuando se descubriera mi engaño.
Estábamos a escasos metros de cruzar la gran puerta del castillo y supe enseguida que la representación estaba a punto de comenzar, porque cuando cruzara aquél portón, sería la prometida oficial del señor Saotome.
Suspiré profundamente y me aferré con una de mis manos al colgante que llevaba al cuello.
-"Madre, ayudadme a que todo salga como pretendo" –dije para mí, mientras mi caballo cruzaba el portón principal y yo detenía su andar. Observé el interior del castillo y luego, busqué mi pañuelo de seda para limpiar los restos de lágrimas que pudieran quedar en mi rostro, mientras la comitiva se apresuraba en desmontar y comenzaban a ocuparse en desembalar todos los bultos, arcones y equipaje de la futura señora Saotome.
Me obligué a componer mi semblante y sonreír.
La mayor representación en mi corta existencia de un drama digno de la más exitosa obra Nō estaba a punto de comenzar… y yo esperaba desempeñar mi papel a la perfección.
Me encontraba hechizado por aquellos ojos desafiantes y cándidos. Jamás mujer alguna había conseguido dominarme con tan sólo una mirada y una frase. Me sentía estúpido y como el gran señor que era, sabía que todos los presentes esperaban mi reacción, pero simplemente las palabras se negaban a salir de mis labios y mi cuerpo no respondía a mis requerimientos.
Era como si de pronto me hubiera transformado en una inamovible linterna de piedra o en una estatua de algún buda, tan comunes de ver en los caminos que rodeaban la región.
Debía hacer algo y rápido. La señora Tendo parecía no tener intenciones de rendirme los honores que me correspondían, primero por ser su futuro esposo y segundo por ser un daimyō.
Yo sabía que debía castigar esa falta, seguramente otros señores no hubieran titubeado un momento en desenfundar su wakizashi y cercenar el delicado cuello que se me presentaba tan desafiante, pero yo no era como otros señores y no podía negar que el quitarle la vida a una mujer indefensa sólo por no prosternarse a mis pies era algo que me desagradaba por sobre todas las cosas.
Era distinto cortar cabezas, cercenar extremidades y atravesar cuerpos en una batalla en donde la vida y el honor están en juego, a hacerlo en tiempos de paz y a una mujer que se convertiría en mi esposa en unos cuantos días más.
Notaba que todos los que se encontraban allí me observaban insistentemente y con impaciencia.
Así que creían que iba a decapitar a la insolente niña que tenía en frente. Qué decepción debieron llevarse cuando una vez más, abandoné el protocolo y me incliné en una reverencia, diciendo una breve pero segura frase.
-Por fin tengo la dicha de apreciar su indescriptible belleza, señora Tendo.
Quería reír a carcajada cuando pude observar por el rabillo del ojo el desconcierto que expresaba el dulce rostro de mi prometida.
Todos debían estar pensando que lo que había hecho, o mejor dicho, lo que 'no' había hecho la señora Tendo merecía un castigo ejemplar, pero yo, no tenía intenciones de castigar a una divinidad hecha mujer.
¿Podría haber hecho algo semejante cuando en frente tenia a una menuda niña que seguro no superaba los dieciocho años, con una belleza distinta a la de todas las damas que había conocido en mi vida y que parecía emanar de su interior?
No, ella no merecía un trato semejante y yo tampoco estaba dispuesto a dárselo. En mi interior sabía que aquella niña me había deslumbrado.
Lo sabía por los acelerados latidos de mi corazón; lo sabía por el secreto nerviosismo que sentía en ese momento y lo sabía porque sentía la necesidad imperiosa de llevarla al castillo pronto y así esperar que pasaran rápidamente los días para desposarme con ella, aunque por supuesto, ése sería mi secreto. No estaba dispuesto a que una jovencita altanera como ella se enterase de que tenía cautivado a un hombre como yo.
No, jamás reconocería que una mujer pudiera ejercer un mínimo de control sobre mí. Eso aún no se producía, pero al verla ahí de pie, temí que lo consiguiera.
Vi cómo trataba de prosternarse a mis pies con un movimiento tardío.
-No merezco tantas atenciones, mi señor. Su gentileza es enorme y yo no...
Me incorporé enseguida, tomé su brazo con firmeza e impedí que se arrojara a la tierra que pisábamos.
La posición no era nada decorosa, nos encontrábamos muy juntos, demasiado para ser nuestro primer encuentro formal y el hecho de que yo me tomara la libertad de sujetarla de su delicada extremidad iba contra todo protocolo.
No me importó, mis ojos buscaron los de ella y pude ver la incertidumbre y el temor que expresaban. Pero, ¿cuál era su mayor temor?, ¿el que yo la tratase mal?, ¿o tal vez que me aprovechara de su situación, lejos de su casa, de su familia y ante la perspectiva de un matrimonio arreglado?
Solté su brazo delicadamente para darle un poco de seguridad y espacio, y de la forma más apacible que pude, dije lo primero que se me vino a la mente.
-No es necesario que lo hagas.
Ella pareció desconcertada e hizo una breve y torpe reverencia, con nada de gracia y muy poca elegancia. El verla actuar de una forma que estaba seguro, no acostumbraba, inspiraba tanta ternura que agradecí internamente a los dioses por haberla enviado a mi vida.
-Mi señor –dijo con poca seguridad.
Era definitivo, la niña estaba asustada. Seguramente había escuchado miles de historias siniestras acerca de los señores de la guerra y sus costumbres.
Cuando se incorporó, le sonreí para inspirarle algo de confianza. Lo menos que quería era que la que se convertiría en mi esposa me temiera.
-Soy Saotome Ranma, tu prometido, señora Tendo. Bienvenida al dominio de Nerima, mi tierra –dije con total seguridad y la dignidad que me fue posible.
Ella sonrió y entonces lo supe de inmediato. Debo reconocerlo, me atemorizó demasiado el darme cuenta de que aquella niña me había hechizado. Los latidos de mi corazón eran cada vez más fuertes y acelerados, mis manos comenzaron a sudar de repente y el resto de las personas que se encontraban a nuestro alrededor parecieron envanecerse en el aire.
Sólo existía ella con su envolvente e hipnotizante sonrisa. Me vi traicionado por los sentimientos que la jovencita había despertado en mi interior y suspiré de forma ahogada.
¡Maldito suspiro! ¡Los señores de la guerra no suspiraban por nadie! ¡Ni siquiera por una hermosa jovencita que se convertiría en su esposa en pocos días más!
-Tendo Akane es mi nombre, mi señor. Es todo un honor para mí y mi familia el que me hayas elegido para compartir tu camino.
Mientras ella hablaba, sentía que mi cabeza daba vueltas y una desconocida sensación, mezcla de nerviosismo y alegría que jamás había experimentado, inundó mi pecho dándome una sensación de vértigo.
Debía calmarme, debía enfriar mis pensamientos y debía alejar esos extraños y desconocidos sentimientos que la joven señora Tendo había despertado en mi interior.
Para conseguirlo, hice un gesto de asentimiento con mi cabeza y luego se me ocurrió presentarle a Ryoga. Mi amigo me sacaría de aquel trance.
-Él es Hibiki Ryoga, mi comandante de caballería y mi mejor amigo. Si por cualquier motivo yo no estoy y necesitas algo, Akane, puedes dirigirte a él con toda confianza.
Ryoga hizo una rápida reverencia que ella devolvió de forma impecable.
-Será un honor y un privilegio servirte, señora Tendo.
-Gracias, señor Hibiki.
Avancé un par de pasos para acercarme a mis hombres y les dije lo que pensaba hacer.
-Debemos reforzar la retaguardia y la avanzada del grupo. Acompañaré a la señora Tendo a su palanquín y volveré para confirmar la orden.
-Sí, mi señor –contestaron todos al unísono.
Luego observé el cielo y la colina. No podía dejar que la señora Tendo y sus mujeres subieran la pequeña pero escarpada colina, así que decidí que bien podríamos bordearla, sería un trayecto más largo y demoroso, pero más seguro para las mujeres.
Observé a mi prometida y le ofrecí mi brazo, ella titubeó. Me había demostrado en tan poco tiempo ser una jovencita aguerrida, audaz, de temperamento, muy bella, pero algo torpe. Definitivamente, resultaba ser una combinación que me atraía demasiado.
-Si emprendemos el camino ahora, podemos llegar al castillo a la hora del perro. Así, el resto del camino no será tan pesado –le dije con seguridad, aunque todo dependía de los inconvenientes que encontráramos en el camino. Según mis cálculos, era probable que llegáramos al castillo a la hora del perro, pero bien podríamos llegar un poco mas tarde, a la hora del jabalí. Esperaba que no. La hice avanzar conmigo hacia donde se encontraba el lujoso palanquín.
-Mi señor, preferiría seguirte montando mi caballo.
Me sorprendió su frase, se suponía que las damas nobles cuidaban siempre de su piel, ya que el sol la envejecía y le daba ese color tostado que no era bien visto por sus pares, ni apreciado por los hombres.
-Pensé que el viaje en palanquín era lo bastante cómodo para una dama de alta cuna.
Me di cuenta de su incomodidad y sonrojo, otra vez esa extraña sensación de regocijo embargando mi interior al ver que se sonrojaba de esa manera tan atrayente por una frase que yo le decía.
¡Qué me sucedía! ¡Cómo era posible que no pudiera controlar mi desbocado corazón al contemplar sus infantiles reacciones!
-No es nada cómodo viajar encerrada en un armatoste como ese –dijo de pronto-. El calor es sofocante, duele la musculatura, el aire se encierra y no logro respirar bien. Además, el eterno vaivén hace que sienta ganas de devolver...
-Mi señora. Cuales son tus órdenes, mi señora.
La anciana bajita habló con total autoridad y pude notar que la señora Tendo daba un respingo cuando escuchó su voz. Otra revelación, la anciana que no me agradaba mucho ejercía una marcada influencia sobre ella y el saberlo me preocupó, aunque no supe el por qué.
-Mi señor, te presento a la anciana Cologne, mi aya. Ella es Kuonji Ukyo, mi doncella.
-Ya las conocí, aunque no de la forma en que debía –dije reprimiendo lo que más pude la carcajada que tenía deseos de dejar escapar. El primer encuentro con ambas mujeres había sido algo... peculiar, por decirlo de alguna forma.
La joven doncella se sintió incómoda y la anciana me observó ceñuda, definitivamente la anciana no me agradaba. Tal vez Hapossai me podría ayudar con ella, esperaría a llegar al castillo para hablar con él.
-Bueno, entonces, ¿cabalgarás hasta el castillo?
-Sí mi señor, me siento más libre a lomos de Kio.
-Mis hombres indicarán el camino, tú puedes venir conmigo.
La vi titubear un momento y luego contestó con sumisión, pero con total seguridad.
-Mi señor, no quisiera abusar de tu generosidad, pero debo darle algunas órdenes a mis hombres, así es que me parece que sería mejor que te adelantaras. Yo seguiré la caravana.
La observé gravemente. La torpe niña tenía muy claro lo que quería y no dudaba en exponer sus deseos, ni siquiera al daimyō que se convertiría en su esposo. Entonces me vi cuestionándome si aquello sería un punto favorable o en contra.
-Una mujer que sabe muy bien lo que quiere y no teme solicitarlo. Bien, se hará como la señora Tendo quiere.
Me incliné nuevamente y me dirigí hacia donde me esperaban mis hombres, debía pensar en todo lo que había pasado durante esos breves momentos que había compartido con la se convertiría en mi esposa, Akane Tendo, la niña que había logrado que mi espíritu de guerrero sintiera temor.
Cuando llegué cerca de mis hombres, monté sobre mi caballo e impartí de inmediato mis órdenes.
-Escuchen, quiero que cuatro de ustedes se dirijan a la retaguardia, otros cuatro se incorporarán a la avanzada. Ustedes dos que portan los estandartes, se quedarán aquí, y cuando la señora Tendo dé la orden de emprender el viaje, tomarán ubicación al lado de los hombres que portan los estandartes de los Tendo. Es bueno que el pueblo se vaya acostumbrando desde ya a ver que el caballo negro ya no cabalgará solo –todos asintieron y se apresuraron a cumplir mi orden-. Ryoga, tú vendrás conmigo. Nos adelantaremos un poco, pero no tanto como para dejar a mi prometida desprotegida.
-Puedo preguntar ¿por qué no ocupará el palanquín?
-No le agrada y la entiendo.
-Deberías cabalgar con ella entonces –afirmó Ryoga.
-Me pidió tiempo para transmitirle sus órdenes a sus hombres.
-No es normal que una señora contradiga a su futuro esposo. Tampoco es bueno que ella cabalgue sola.
-Ryoga, deja de cuestionarlo todo y obedece. Se hará lo que digo –mi amigo me observó con una mirada llena de desaprobación, luego suspiró e hizo que su caballo diera dos pasos.
-Oigo y obedezco, mi señor.
Yo lo observé con diversión. Ése era el problema con Ryoga, pensaba demasiado las cosas, encontraba un y mil dificultades en cada acción, siempre andaba al pendiente de lo que pudiera pasar si yo no me regía por el estricto código ancestral que nos habían enseñado a respetar y temer desde pequeños.
Moví la cabeza para alejar esos pensamientos y observé a la señora Tendo. Todavía se encontraba de pie en el mismo lugar en que la había dejado y me miraba de forma seria. ¿Qué pensaría de mí? ¿Habría cumplido yo con sus expectativas?
Fruncí levemente el ceño ¡Desde cuándo me importaba lo que pensaran de mí! ¡Desde cuándo me preocupaba la impresión que le causaba a una mujer!
Le dediqué un nuevo saludo y espoleé a mi caballo suavemente, el corcel hizo una impecable cabriola y se puso al trote, Ryoga me siguió.
Sí, debía reconocer que después de conocer a la señora Tendo, sí me importaba lo que ella pensara de mí. Iba a convertirse en mi esposa, compartiríamos nuestras vidas y no me agradaba la idea de que la niña se sintiera atemorizada o intimidada por mi persona, aunque lo que secretamente me intrigaba era saber si conseguiría algún día agradarle por como yo soy, sin necesidad de evocar el matrimonio arreglado al que seguramente su padre la había obligado a aceptar.
Avanzamos junto a Ryoga y nos detuvimos a escasos ocho metros de distancia de donde permanecía mi futura esposa.
-Es bella –escuché comentar a mi compañero.
-¿Así lo crees?
-Por supuesto, tienes suerte Ranma.
-No es más que una niña mimada y torpe que cree que es hermosa porque todos se han encargado de adularla con comentarios como el tuyo.
Yo mismo me sorprendí de mis palabras, estaba diciendo exactamente lo contrario a lo que realmente pensaba y no sabía muy bien por qué lo hacía.
Quizá el temor a que Ryoga se diera cuenta de lo estúpido que me sentía por haber quedado embobado durante ese primer encuentro con mi joven prometida, o tal vez era para demostrarme más a mí mismo que a mi amigo, que la jovencita no ejercería ningún efecto en mi persona.
Yo no me dejaría dominar por un sentimiento que jamás había conocido, ni tenía intenciones de conocer. El casarme con la señora Tendo sólo era parte de un acuerdo beneficioso para ambos clanes, una estrategia que me posesionaría en la estima de Su Majestad Imperial y que me daría las herramientas para seguir afianzando el poder de mi clan en el dominio.
La señora Tendo era hermosa, el ser más bello que había conocido, pero su belleza no interferiría en mis planes. Era mejor que todos supieran que a mí no me había cautivado su divina perfección, aunque eso fuera una mentira más grande que mi propio castillo.
Era bueno que intentara engañar a Ryoga, ya que si lo conseguía, quería decir que nadie dudaría de mi palabra. Él me conocía a la perfección y si no demostraba desconfianza ante mis palabras, todo estaría bien.
-¿Una niña mimada y torpe? –contestó Ryoga arqueando una ceja y con un tono de desconcierto-. ¿Estás ciego? Es la mujer más bella que he visto en mi vida y es tu prometida, se convertirá en tu esposa Ranma.
-Puede que sea linda, pero, ¿realmente crees que pueda compararse a una deidad?
-Estás ciego o loco, mi señor –dijo Ryoga negando con la cabeza-. De todas formas, te casarás con ella en pocos días.
-Sí, me casaré con ella en pocos días –me escuché decir en un susurro y no pude reprimir la tenue sonrisa que se formó en mi rostro.
En ese momento, la caravana comenzó a avanzar.
En silencio emprendimos el camino hacia el castillo. Pero yo no dejaba de pensar en ese encuentro. Recordaba cada palabra que había salido de sus labios, cada gesto, cada expresión de su delicado rostro.
Sí, no podía admitirlo frente a nadie, mucho menos frente a la señora Tendo, pero esa torpe niña había hecho que mi corazón se agitara con sólo recordar aquel extraño encuentro.
Algo me decía que desconfiara de ella, que no era bueno dejarse llevar por la primera impresión, pero, ¿podía yo desconfiar de ojos tan trasparentes?, ¿podía dudar de una niña tan dulce?
Aunque quisiera, mi corazón se negaba a hacer algo así.
-"Nube escarlata... –pensé-. Me pregunto si no traerás una enorme tormenta a mi vida".
Ya nos encontrábamos cerca de los campos de cultivo. Los esforzados campesinos miraban asombrados la numerosa comitiva que pasaba ante sus ojos. Estaban acostumbrados a verme pasar a mí, su señor, pero no lo estaban a ver a guerreros que portaban otro blasón, un palanquín finamente engalanado y una joven mujer que cabalgaba a lomos de un hermoso caballo blanco, quienes precisamente no dejaban de llamar poderosamente la atención.
-Los campesinos no saben cómo comportarse ante la señora Tendo.
-Es primera vez que la ven, ya se acostumbrarán.
-Supongo que no le comentaste a Tendo la situación con el señor Kuno.
-No, no se la comenté. ¿Crees que hubiera estado de acuerdo en esta unión si le hablaba de nuestros problemas con uno de los más importantes señores que cuentan con el favor de Su Majestad Imperial?
-Seguramente no hubiese consentido en el enlace.
-Seguramente no –secundé yo.
-Y a la señora Tendo, ¿se lo dirás?
Miré por sobre mi hombro a la señora Tendo quien cabalgaba apaciblemente a unos seis metros de distancia y una punzada de angustia se instauró en mi corazón.
-Lo sabrá de una forma u otra Ryoga.
Las primeras casas del pueblo se divisaban a lo lejos, ese pueblo esforzado y fiel que me demostraba cada vez que podía su cariño.
Hombres y mujeres, niños y ancianos, todos con sonrisas de alegría y agradecimiento salieron a nuestro encuentro, mi nombre era vitoreado por los pequeños. Se sentía tan bien.
-Hasta cuándo crees que conservemos esta paz -comentó Ryoga con inquietud.
-Hasta que el iluso encuentre una buena idea el atacarnos –dije con rencor-. Hace tres años que asumí como cabeza del clan Saotome y se me designó como gran señor del dominio de Nerima. Durante esos tres años hemos tenido que enfrentarnos a cuatro o cinco escaramuzas, pero no hemos enfrentado una batalla de verdad. ¿Por qué crees que ahora nos veremos amenazados, Ryoga?
-No lo sé, siento que todo ha estado extremadamente tranquilo y eso es extraño.
-Kuno no será rival para nuestros hombres, nunca lo ha sido y no lo será ahora, por mucho que cuente con la amistad del Emperador y la protección del shōgun.
-Su hermana es una mala influencia y te odia después del desprecio que le hiciste.
-Su hermana está loca y se merecía el que yo desechara su proposición, pero eso qué tiene que ver.
Mi amigo me miró de forma muy seria y negó con la cabeza.
-Eres muy ingenuo para algunas cosas Ranma, ¿qué crees que sucederá cuando la señora Kuno se entere de tu próxima unión con la señora Tendo?
-Nada.
-¡Nada! –exclamó mi amigo-. Estoy seguro de que ella usará el mismo pretexto que buscan siempre para atacarnos. Utilizará el mal recuerdo que provoca en su hermano la derrota en la batalla de Furinkan y tratará de influenciarlo para que ataquen Nerima.
-Entonces, nos prepararemos para una batalla.
En ese momento, llegó a mi lado una pequeña niña con un enorme ramo de peonías de un bello rosado pálido.
-¡Señor Saotome! ¡Mi señor!, ¿quisiera usted darle este ramo de flores a la bella señora Tendo, nuestra señora?
Sonreí ante las palabras de la niña.
-Por qué no se las das tu misma pequeña, la señora Tendo cabalga en aquel caballo blanco que viene atrás –le indiqué.
La niña abrió mucho los ojos y rió con alegría.
-¡Los rumores eran ciertos! ¡Sólo una diosa podría cabalgar de esa forma y no perder su delicadeza! ¡El señor Saotome será muy feliz junto a ella!
La niña retrocedió sobre sus pasos y se quedó esperando la llegada de mi prometida. Yo no pude reprimir el suspiro que escapó de mis labios y observé hacia el castillo que se encontraba algo lejos todavía, pero que ya dejaba ver la punta de la última pagoda.
-Si el idiota de Kuno se atreve a atacarnos, debemos poner todo de nuestra parte para salir airosos una vez más Ryoga. No pienso sacrificar la paz y tranquilidad de mi gente por el capricho de un señor que nunca ha podido aceptar su derrota o de una mujer despechada que se obsesionó con alguien que jamás le dio esperanzas. Tengo un pueblo que me respeta y confía en su señor, tengo un clan que depende de mí para afianzar su posición y pronto tendré una esposa que necesitará protección.
-Tu causa es la mía, mi señor. Kuno atacará, estoy seguro de que lo hará. Y lo derrotaremos, una vez más.
Yo no respondí, habíamos llegado a las puertas del castillo y estábamos a punto de ingresar. Ryoga había logrado ponerme alerta de nuevo. Tenía razón, la loca hermana de mi peor enemigo era capaz de convencerlo para que atacase nuevamente. Mi padre había muerto años atrás defendiendo la causa de otro señor de la guerra, pero lo había hecho a manos de los guerreros Kuno.
Yo no entendía cómo alguien que se decía heredero de un linaje y sabiduría milenaria podía ser tan estúpido como para dejarse dominar por rencores que se arrastraban desde la época de nuestros antepasados. Hacía más de trescientos años atrás que uno de mis antepasados había derrotado a la familia Kuno en la batalla de Furinkan y con ello, había conseguido el dominio de Nerima. ¿Acaso nunca olvidaría algo así esa familia de locos? Probablemente no y ahora yo tendría que enfrentarles, nuevamente.
-¿Qué dicen nuestros informantes Ryoga? ¿Han podido averiguar los planes de Kuno?
-No del todo, pero saben que una familia de la tribu le juró lealtad recientemente.
-Ninjas –dije yo en un susurro. No me esperaba esa jugada por parte del idiota. Creo que para Ryoga no pasó desapercibida mi preocupación-. Eso no es bueno –dije, más para mí mismo que para que mi acompañante me escuchara.
-No, no es para nada bueno –aportó Ryoga con un tono de voz que denotaba preocupación e inquietud.
Cruzamos la puerta del castillo y respiré un poco más aliviado. Entonces fui conciente de que a mi mente vino inmediatamente la imagen de la señora Tendo cuando la había tomado del brazo para evitar que se prosternara a mis pies.
Si el impredecible Tatewaki había conseguido la ayuda de ninjas, las prioridades cambiaban inmediatamente, porque esos sujetos eran de cuidado y atacaban de la peor de las formas, de improviso y sin avisarse.
El castillo ya no me parecía un lugar tan seguro y un temor incomprensible se apoderó de mi acongojado corazón. La señora Tendo podía encontrarse en peligro. Un apretado nudo se formó en mi garganta.
-Ryoga –dije con voz seca y dura, jamás le había hablado con tanta seriedad a mi amigo. Él pareció notarlo.
-Mi señor.
-Escoge a cuatro de tus mejores hombres y que hagan guardia día y noche en los aposentos que serán destinados a la señora Tendo. Redoblarás la guardia en todos los alrededores del castillo y desde hoy, no quiero que nadie deje de entrenar y prepararse para la batalla. Comunícate con nuestros informantes y que averigüen cuáles son los planes de Kuno. La prioridad de todos los guerreros Saotome será la defensa del castillo, pero por sobre todo, la seguridad de la futura señora Saotome.
-Pierde cuidado mi señor, se hará todo lo que me pides y si es necesario, yo mismo velaré por la seguridad de la señora Tendo.
-Bien. A la hora de la rata te esperaré en la habitación de las garzas doradas. Nos reuniremos con Hapossai y decidiremos los pasos a seguir.
Ryoga y yo desmontamos y nos despedimos con una rápida reverencia. Observé a todas esas personas apresuradas como si se tratasen de pequeñas hormigas llevando las últimas raciones de comida hacia el hormiguero antes de la llegada del invierno y mis ojos encontraron la figura que buscaban. Todavía montada a lomos del caballo blanco, la señora Tendo se pasaba un delicado pañuelo de seda por el rostro, desconociendo absolutamente lo que tendríamos que vivir en un tiempo más, cuando mi enemigo jurado atacara.
Porque el señor del clan Kuno lo haría, estaba seguro de que lo haría, sólo era cuestión de tiempo.
Entonces, me juré a mi mismo que no dejaría que nada malo le sucediera a esa torpe niña, la futura señora Saotome, antes moriría a verla sufrir por el ataque de un egoísta y cruel señor de la guerra.
Allí, de pie frente a las puertas del castillo, juré ante todos los dioses que yo, Ranma Saotome, siempre defendería a mi dulce y torpe niña. Akane Tendo no tenía nada que temer si se encontraba a mi lado, nadie podría nunca intentar siquiera dañarla, porque yo daría mi propia sangre por su vida.
Lo había decidido ese día al observarla allí, montada a lomos de su corcel... y un Saotome nunca rompía una promesa.
Notas finales:
1.-Hola!
Lo sé, este cap salió eterno. Había pensado en escribir capítulos más cortos, pero por una extraña razón se alargan más de lo presupuestado. Espero que la historia no se esté tornando tan aburrida.
2.-Las palabras del capítulo:
-Hora del perro, jabalí y rata: Sucede que antiguamente en Japón, las horas del día se dividían en doce intervalos de tiempo, los cuales se nombran de acuerdo a los doce animales del zodiaco japonés (o chino). Los intervalos a su vez se dividen en dos, seis horas diurnas y seis nocturnas (hora mayor y hora menor). Es un poco difícil de entender para uno, acostumbrado al sistema horario tradicional, pero aquí les dejo una adaptación aprox. a lo que sería en nuestro sistema horario: conejo = 5 a.m; dragón = 7 a.m; serpiente = 9 a.m; caballo = 11 a.m; cabra = 1 p.m; mono = 3 p.m; gallo = 5 p.m; perro = 7 p.m; jabalí = 9 p.m; rata = 11 p.m; buey = 1 a.m y tigre = 3 a.m. Así, cuando Ranma se refiere a que llegarán a la hora del perro, quiere decir que pretende llegar a destino cerca de las 7 u 8 de la tarde para nosotros. Es algo curioso este sistema, pero se mantuvo así hasta el año 1873, cuando se adoptó la forma occidental del uso horario y también el calendario gregoriano que todos conocemos, ya que antes de esa fecha, los años se agrupaban en nengos o eras, que eran designadas por la ascensión al trono de un emperador. Todavía se ocupan los nengos, pero más que todo como una formalidad. En cuanto al uso horario, he sabido que actualmente existen compañías fabricantes de relojes modernos que han incorporado entre sus modelos el horario tradicional de Japón, como una forma de recuperar algunas tradiciones.
-Tierra pura de Amida (o Sukhavati) y Buda de la Luz Compasiva: Estos términos vendrían a ser algo así como el cielo y Dios, respectivamente, para las religiones cristianas de occidente. Como Cologne proviene de China y fue a través de los chinos que el budismo llegó a Japón, me pareció correcto incorporar estas creencias para ejemplificar lo que le espera a Akane, luego de la muerte. Además, era común (y lo sigue siendo) la mezcla de las religiones sintoista y budista. El pueblo seguía la creencia del señor feudal y casi siempre, por no decir siempre, éste era creyente de ambas, vale decir, sintoismo y budismo compartían un lugar en la creencia religiosa de los señores feudales y por ende, del pueblo mismo.
-Teatro Nō (o Noh): Se trata de un tipo de teatro japonés, un drama lírico, para ser más exactos. Tiene su origen en las danzas y cantos rituales de los templos. Los actores se visten, algunos con riqueza y otros no, pero todos utilizan máscaras que representan a su personaje. Los dramas nō son muy solemnes y están asociados a la aristocracia, así que por este motivo incorporé este tipo de arte a la historia, ya que el kabuki, que puede resultar un poco más conocido se contrapone al nō, además, por la época no corresponde, ya que el apogeo del teatro kabuki se genera con posterioridad.
-Wakizashi: Es el nombre que recibe la espada corta que utilizaba el samurái. El sable más largo, creo que no es desconocido que recibe el nombre de katana. Así, el samurái llevaba al cinto dos espadas, la katana y el wakizashi. También hay otros tipos de sables como el tanto, que puede ser que vaya incorporando en el relato, pero daré la debida explicación a su tiempo.
Ahora, un par de aclaraciones que no tienen que ver con palabras.
-Históricamente, los grandes señores y samuráis en general tenían el 'derecho', por decirlo de alguna forma, de quitarles la vida a quienes no les rendían los honores que por rango les correspondía, ya fueran importantes comerciantes o gente del pueblo, daba igual. Si no te prosternabas a sus pies y el daimyō o samurái se sentía ofendido por tal falta, era muy probable que no vivieras para contar la hazaña. Así también, si un samurái chocaba su espada con otro sin querer, por ejemplo, eso ya era motivo suficiente para que ambos desenvainaran y se batieran en un duelo. Me pareció interesante hacer alusión a ese aspecto de la conducta del guerrero. Ahora, yo estoy pensando en un Ranma 'transgresor' de costumbres, por eso era muy poco probable que él acabase con la vida de la que cree, es su prometida. Además, ¿cómo matar a Akane por no arrojarse a los pies de Ranma?, no puedo ^^
-La batalla de Furinkan obviamente me la inventé, pero lo hice por una razón. Sucede que estos señores, al vivir bajo un estricto código de honor, era bastante común verlos enfrentarse para vengar viejas derrotas sufridas por sus antepasados. Por eso es que me inventé la batalla de Furinkan, para justificar la enemistad entre el clan Saotome y el clan Kuno, además de justificar por medio de esta batalla el que Ranma sea el señor del dominio de Nerima (dominio que dicho sea de paso, también me inventé, porque a pesar de que el barrio de Nerima existe en el Tokio actual, es poco probable que haya existido con ese nombre en la época que se basa esta historia).
3.-Agradecer muy sinceramente a quienes me han apoyado en esta historia. De verdad que no me imaginaba que con sólo dos capítulos conseguiría tantos reviews, así es que de verdad, mil gracias a todas/os, es especial a quienes me dejaron su opinión por la segunda entrega. A Nia06, Des, ATHENS (Gracias por el apoyo ^^), Marina, Mónica Tendo (Gracias Mónica, yo entiendo a la perfección tu situación respecto a las palabras que estoy utilizando, espero que ya no se dificulte tanto la lectura. Me alegra muchísimo que te gusten las historias que escribo. Gracias por el apoyo ^^), Pam (Wow, historias adictivas, eso me pone muy feliz, porque quiere decir que disfrutas al leer tanto como yo al escribirlas ^^. Gracias por tus palabras), ALFREDUKE, viry chan, AKANE2004, Marce, LadySc-Maaya, Sele, Hatoko Nara, akaneiro, lerinne, monyk (Gracias por tus palabras. La verdad es que estoy tratando de hacer todo lo posible para relatar los dos puntos de vista sin que resulte tedioso el leer, qué bueno que te gustó. Gracias por el review ^^), Yram (Síp, las sorpresas no acabarán aquí. Ya sabemos que Akane no era la prometida de Ranma y ahora debemos descubrir qué sucederá cuando él se entere de un engaño semejante. Así que veremos qué pasa. Como siempre, gracias por dejar tu opinión, me hace muy feliz ^^), Paola, Sofi, Sonia (-"La señora Tendo soy yo", te juro que la frase me salió del alma, jaja. Y su aparición dejó con la boca abierta a más de uno ¿no? Veremos qué sucede de aquí en más. Muchísimas gracias por todo el apoyo ^^) y Caro (Espero que te guste el cap Carito, un regalito bastante simple pero de todo corazón ^^, ¡felicidades!). Gracias, gracias, gracias por comentar lo que escribo y por apoyarme con este nuevo proyecto, en verdad que es muy importante para mí el conocer sus opiniones.
Ya me despido porque creo ahora sí me extendí demasiado.
Cuídense mucho, pásenlo muy bien y será hasta un próximo capítulo. Buena suerte!
Madame De La Fère – Du Vallon.
