- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"
* * *
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo V
"En el templo del ruiseñor"
El camino al templo fue bastante tranquilo. Mis temores no habían quedado atrás, pero el hecho de recorrer los caminos sin contratiempos y haber descansado en Edo durante tres días para que las costureras confeccionaran los tres kimonos ceremoniales que debía utilizar mi prometida para la boda, habían logrado tranquilizarme un poco.
Yo no entendía cómo una mujer podía y debía utilizar tres trajes para hacer algo tan simple como casarse, pero la tradición manda y como señor de la guerra, mi deber es respetarla, al menos, hasta donde me es posible.
Casi no he compartido con mi prometida durante el viaje. Luego de nuestra breve estadía en la capital del Shögun, ella ha seguido la caravana muy cerca de la delantera que yo encabezo junto a mis más fieros guerreros, dentro del palanquín.
Todavía sonrío al recordar lo indignada que se mostró al recibir la orden de hacer el trayecto en su, para ella, incómodo medio de transporte, pero yo no puedo arriesgarme a perderla en un ataque sorpresa y aunque Ryoga insistió en que yo mismo viajara en un palanquín, me siento mucho más seguro cabalgando en mi caballo, siempre atento a lo que pueda ocurrir con mi prometida; mi propia seguridad quedó a un lado al comprobar lo fácil que puede ser perder a mi prometida en un ataque imprevisto, porque aunque todo resulto bien para nosotros durante el enfrentamiento con esos ninjas enviados por Kuno, debo reconocer que si me hubiera tardado unos momentos más en llegar a la habitación de ella, ahora no estaría de camino al templo en donde espero convertirme en su esposo, tal vez estaría en medio de un funeral y el sólo pensarlo logra que mi piel se erice.
El camino serpentea ante mis ojos, el paisaje es de un verdor y una armonía que impresiona, a lo lejos puedo escuchar el murmullo de la gran cascada que da a los pies del templo, mi lugar preferido de entrenamiento y meditación cuando era un chiquillo.
Tantos recuerdos vienen y se agolpan en mi cabeza, tiempos pasados de alegrías y penas infantiles, épocas remotas que ahora conservan un lugar en mi corazón y en mi memoria.
¿Cómo seguirán los Sohei? ¿Me reconocerá el antiguo abad del monasterio? ¿Qué dirán de mi futura esposa? Quisiera que ellos se sintieran tan emocionados como me siento yo ante esta unión.
Secretamente reconozco que todo salió distinto de como yo esperaba. Me engañé al creer que yo era inmune a los poderes que parecen desplegar con tanta maestría las mujeres y hasta cierto punto tengo razón, pero ella… Ella es distinta, mi primera impresión no estaba tan equivocada después de todo, porque ella es un ser diferente, cándida y aguerrida, la combinación perfecta para alguien como yo y cada día que pasa se me hace más difícil el mantenerme alejado de ella.
Es una suerte que durante el viaje hayamos estado separados, porque de lo contrario, estoy seguro de que ya habría cometido una imprudencia como apropiarme de sus labios y con ello, me hubiera ganado la reprobación de mi chambelán, de su nodriza y quizá, la de ella misma.
El camino sigue serpenteando ante nosotros, cada vez estamos más cerca, puedo oler la paz y tranquilidad que parecen emanar del monasterio, así como la vegetación que expele ese característico olor a fresco.
El canto de los ruiseñores no se deja esperar, mis oídos registran esa exquisita melodía que tan diminuta ave es capaz de generar para regocijo de nuestros corazones. Siempre me ha tranquilizado el canto del ruiseñor y tanto Ryoga como Hapossai me han tratado de convencer para que contrate los servicios de un artesano para que fabrique un suelo de ruiseñor en el castillo, otros daimyös lo han hecho para defenderse de los ataques sorpresa como el que hace poco sufrimos, pero yo siempre estuve en desacuerdo, hasta ahora.
Tal vez sea adecuado contar con esa arma de defensa, al menos, nos ayudaría a estar alertas, pero ya veré la opción a su debido tiempo, ahora sólo pretendo concentrarme en mi pronta unión con la señora Tendo.
Sin quererlo, observo por sobre mi hombro en dirección al palanquín de mi prometida, no está a más de tres metros, pero ruego en silencio para que podamos llegar a destino sin contratiempos, y es que estamos tan cerca del templo, que mis temores vuelven a asaltarme.
La avanzada se detiene de pronto y estoy seguro que en mi rostro aparece una mueca de preocupación. Detengo a mi caballo y exijo con la mirada por una respuesta a la pregunta que no he formulado todavía.
Ryoga, quien cabalga un metro más adelante, me mira con confusión.
-¿Qué sucede Ryoga? ¿Por qué se detienen?
-Mi señor, un grupo de etas se encuentra a un costado del camino –dice mi compañero con una mezcla de desagrado y repugnancia-. Los guerreros quieren saber si acaban con ellos.
-¿Y por qué deberían? –respondí con una pregunta-. No es más que un grupo de parias que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino. ¿No basta con ignorarlos?
Me sentía mal cada vez que presenciaba esa muestra de intolerancia ante las personas que no gozaban de un rango social como el nuestro. Los eta practicaban los trabajos más impuros de la nación, pero a mi modo de ver, eran trabajos que debían realizarse, no podía entender esa repulsión y ese deseo de querer castigarlos sólo por el hecho de respirar el mismo aire que nosotros respirábamos.
-Mi señor –se acercó Hapossai en ese momento-. El dejar que ellos pasen ante un señor de la guerra sin ser castigados, resultaría embarazoso.
-Hapossai, no están haciendo nada malo, simplemente siguen su camino –dije observando los cuatro cuerpos temblorosos de los eta a un lado del camino. Un hombre, una mujer y dos niños pequeños-. Sólo mira como tiemblan.
-Mi señor, cometes muchas imprudencias, pero si dejas pasar algo así…
-¿Qué sucede?
Escuché su voz a mis espaldas y parecí congelarme. ¿Cuándo había abandonado su transporte y había llegado a mi lado? ¿Cómo no me había dado cuenta de su presencia allí?
-¿Por qué nos detuvimos, mi señor? –la observé hacia abajo, no la había visto en todo el día y el observarla de pie, vestida con un hōmongi de color rosa pálido, decorado con ramas y flores de sakura, siendo escoltada por su doncella, quien le brindaba sombra mediante una sombrilla, me hizo desentenderme por un momento de todo lo que me rodeaba-. ¿Tenemos algún problema?
-¿Qué haces aquí? –me escuché decir con torpeza.
-Quise saber porqué no seguimos avanzando, el día ya está llegando a su fin y no me gustaría tener que pasar otra noche en una posada –contestó con simpleza.
La vi observar hacia donde se encontraban los eta y frunció el entrecejo. Ahora ya no podía hacer nada para salvar a esa familia de parias, seguramente, ella también esperaría que su señor les castigara.
-¿Qué hacen tus guerreros?
-Esperan mi orden para ejecutar a la familia eta que encontramos en el camino.
-¿Ejecutar? –dijo totalmente escandalizada, luego, todo sucedió muy rápido.
Ella emprendió una carrera en dirección a la avanzada, su doncella la seguía con lentitud y con una leve cojera, diciéndole que era peligroso acercarse, yo desmonté rápidamente para seguirla y Ryoga hizo otro tanto.
-¡Akane! –le grité, ella no me prestó atención.
Para ese entonces, ya estaba a tres pasos de la familia que permanecía con la cabeza sobre el barro, temblando de pies a cabeza.
-¿Quiénes son ustedes? –le escuché preguntar, pero no obtuvo respuesta-. Incorpórate y respóndeme, por favor.
Todos la observamos incrédulos. Ella, una joven noble le pedía a un eta que le contestara a su pregunta… ¿Por favor? Eso escapaba a toda lógica y a toda norma jerárquica.
Vi al hombre levantarse sólo un poco, sin atreverse a mirar a mi prometida, tampoco a ninguno de los guerreros que habían permanecido con sus katanas desenfundadas.
-Lo siento… Sólo… Sólo pasábamos por aquí, mi señora –contestó el eta con temor en la voz-. Acabad con nosotros, si así lo queréis, pero por favor, dadles una muerte rápida a nuestros hijos.
-Niña –dijo mi prometida con seguridad, la pequeña se incorporó temerosa y observó a Akane, casi como si sus ojos se quemaran al posarse sobre ella-. ¿Son buenos tus padres contigo y con tu hermano?
-Sí, mi señora –contestó la niña con un hilo de voz.
Entonces, vi a mi prometida asentir y una de esas sonrisas que yo había aprendido a adorar, adornó su delicado rostro de porcelana. Dio vuelta su rostro y buscó mi mirada, avanzó dos pasos para quedar frente a mí y se inclinó en una perfecta reverencia.
-Mi señor, ya sé lo que quiero como regalo de bodas –dijo de forma sumisa, pero yo sabía que ese era el tono de voz con el que ella conseguía lo que quería. Por sus reacciones, acciones y palabras, yo ya intuía lo que ella quería pedirme.
-¿Qué desea esta vez la señora Tendo de su señor? –dije sin poder evitar el risueño tono de mi voz.
-Quiero que perdones la vida a esta gente, quiero que puedan continuar su camino tranquilamente hasta la aldea en donde viven y quiero que me permitas hacerles un obsequio.
Ahí estaban otra vez los fuertes latidos de mi corazón, esos que me indicaban lo maravillosa que me resultaba la niña que tenía enfrente, porque cualquier otra persona hubiera exigido de su señor el castigar a esa gente, sino con la muerte, al menos con una fuerte golpiza; en cambio ella, mi prometida, la que se convertiría en mi esposa, me solicitaba de una forma humilde y tierna, que perdonara la vida de esas personas, que no les hiciera daño. ¿Podían los dioses haberme enviado a una mujer más bondadosa para que compartiera mi camino?
Sonreí abiertamente antes de contestar.
-La señora Tendo pide benevolencia para esta gente. Sea como la señora Tendo quiere. Dejarán que esta familia siga su camino hacia donde se dirigen –dije con seriedad, ante la atenta y estupefacta mirada de los que me rodeaban. Akane levantó su rostro y me sonrió con complicidad. Estoy seguro de que mi rostro adquirió un color granate al presenciar su sonrisa-. Hapossai, mi sello –pedí al anciano chambelán que me observaba con desaprobación.
-¿Qué harás, mi señor?
-Asegurarme de que esta familia llegue con bien a su casa –dije poniendo en las manos del tembloroso hombre, un pergamino con el blasón de los Saotome. Si mostraba ese simple documento por todo el territorio de Edo, no deberían tener dificultades en llegar a destino. Akane volvió a sonreír al observar mi gesto y yo le devolví la sonrisa torpemente.
-Ukyo –se dirigió a su doncella-. Mi bolsa.
La doncella se acercó con una mirada de reproche, pero no dijo nada. Le tendió un bolsito finamente confeccionado en seda amarilla a su señora y esperó a un lado.
Mi prometida sacó unas monedas, no pude ver bien cuántas eran pero a juzgar por la mirada de perplejidad y alegría de la niña que las recibió, pude deducir que eran de gran valor. Luego, sacó un pañuelo de fina seda del interior de su kimono que llenó de inmediato el ambiente de un envolvente y dulce aroma a flores y hierba fresca, el aroma de su dueña. Momentos después, se lo obsequió a la niña.
-Las monedas se las darás a tus padres, les ayudarán para vivir por algún tiempo, sobre todo durante el crudo invierno que se acerca –dijo con dulzura-. Esto es para ti. No lo vendas a menos que sea estrictamente necesario, te acompañará durante tu vida y será una muestra de que no toda la gente les desprecia.
-Mi señora es demasiado bondadosa –dijo la madre de la niña, visiblemente emocionada.
Mi prometida sólo sonrió nuevamente y se dio la vuelta para regresar al palanquín. Yo en tanto, sentí mi corazón dar un vuelco ante las acciones de mi futura esposa. Ella me estaba demostrando ser tan transgresora de reglas y protocolos como yo mismo y lo que me tenía dichoso era saber que las reglas que ella transgredía siempre eran en favor de la gente más desvalida, lo que le daba un sitial más elevado que el de cualquier persona ante mis ojos.
Sí, Akane Tendo era una maravillosa mujer que afortunadamente, se convertiría en mi esposa.
Luego de aquel incidente y cuando comprobé que mi futura esposa hubiera regresado al palanquín, ordené que siguiéramos nuestro trayecto.
Atrás quedó la familia eta, arrodillada y con sus cabezas tocando el barro del camino.
-Sabes que no debiste acceder a sus caprichos esta vez muchacho –dijo mi anciano maestro, apenas puso su caballo a la altura del mío.
-Fue un regalo de bodas anticipado –contesté con molestia.
Ya me estaba cansando de que cuestionaran todo lo que hacía o dejaba de hacer. Era cierto que me había convertido en señor del dominio muy joven, pero eso no les daba el derecho de pensar que no podía tomar mis propias decisiones. Había demostrado con hechos lo capaz que era para gobernar mi dominio y para ser la cabeza de mi clan, entonces, porqué siempre cuestionaban aquellas pequeñas e insignificantes acciones.
-Ella puede sacar conclusiones que no nos convienen, mi señor. Una mujer no debe sentirse con el derecho de exigirle a su señor que cumpla sus deseos. Ella está aquí para casarse contigo, mi señor, para darte descendencia, no para ser partícipe de las acciones que sólo un hombre debe llevar a cabo. Además…
-Además, soy yo quien se casará con ella –le interrumpí de mala manera-. Soy yo quien compartirá su vida con ella y no me apetece el saber que la que será mi esposa se siente temerosa porque su esposo es capaz de ir decapitando a todo el mundo por ahí. Por lo que he podido apreciar de ella, es un ser demasiado sensible y si está en mis manos complacer esos pequeños caprichos, lo haré.
-Te tiene embrujado –le escuché murmurar.
-Ya déjate de decir tonterías, viejo –contesté casi gruñendo mis palabras. Espoleé mi caballo y avancé hasta llegar al lado del primer guerrero que encabezaba la caravana.
Al dar la vuelta al camino, divisé las primeras plantaciones de bambú, mientras el camino se hacia más escarpado.
Luego aparecieron ante mis ojos los bosques de cedro y pino que rodeaban el templo del ruiseñor. No pude evitar sonreír ante el espectáculo, mis ansias por volver a entrar en el monasterio y ver a mis amigos, los monjes guerreros, eran inmensas. Me adelanté un poco más junto a mi caballo y al llegar al inicio de la escalera de piedra, desmonté de un salto. Esperé a que uno de mis guerreros llegara a mi lado y le arrojé la brida de mi caballo.
Hasta mis oídos llegaban claramente los cánticos de los monjes y el sonido de un gong lejano. Quise subir los empinados escalones de piedra que conducían al templo, construido en la ladera de la montaña, pero la silueta de un anciano monje que se apoyaba en el brazo de otro, muchísimo más joven, me detuvo en el lugar.
El anciano de aspecto enjuto, frágil y de baja estatura, me sonrió con alegría al llegar a mi lado. Sus ojos brillaban y su rostro denotaba serenidad, aquella que desde siempre me había impactado el observar. Abrió ambos brazos y se acercó.
-¡Qué alegría volver a verte, joven Saotome! –dijo el anciano abad del monasterio, abrazándome con efusividad.
-Entonces, ¿no me has olvidado, Zengen? –respondí yo, devolviendo el abrazo.
-¡Cómo olvidar a mi mayor dolor de cabeza durante años! –bromeó, separándose de mí, para observarme con detenimiento-. Qué lástima, no has cambiado en nada, sigues siendo el atolondrado muchachito rebelde que no le gusta seguir las reglas.
-¡Vamos!, si hubiese seguido todas tus reglas, mi vida hubiera sido muy aburrida.
-Aburrida pero un poco más tranquila.
Ambos reímos con el comentario.
-Es un honor tenerte de vuelta entre nosotros, señor Saotome.
Recién en ese momento reparé en mi descortesía al no saludar al compañero del abad.
-¿Shinosuke? –dije con incredulidad. Él hizo una reverencia, sonriendo por respuesta.
-Parece que el que ha olvidado a sus amigos de antaño es el señor del dominio de Nerima –comentó con diversión.
-¡Pero si estás muy cambiado! –me defendí yo. El abad y su acompañante rieron de buena gana, yo les secundé.
-¿Dónde está? –preguntó Zengen de improviso, yo le miré sin entender y él se apresuró en contestar-. La novia, la futura señora Saotome. ¿Dónde la tienes escondida, Ranma?
-Oh, viene en el… -dije mirando hacia atrás, pero ella ya se había adelantado nuevamente y en ese momento se encontraba observando con curiosidad los alrededores del templo- La niña que se encuentra cerca de la linterna es mi prometida abad, Akane Tendo.
-Akane –repitió Zengen mientras la observaba a lo lejos-. Un bello nombre, aunque algo incierto. Las nubes siempre dejan caer el agua en los peores momentos.
-Te aseguro que ésta nubecilla no es de cuidado –dije yo con diversión, pero la expresión del hombre más sabio que yo había conocido en mi vida no dejó de preocuparme.
-Espero que así sea –comentó en un susurro, luego pareció recuperar esa jovialidad que a pesar de los años, aún conservaba-. Bueno, has que se acerque para conocerla y dile a tu gente que puede acomodarse. Tenemos que preparar una boda ¿no?
-Sí, tenemos que preparar una boda –secundé yo, apresurándome a cumplir la orden del abad.
Impartí las órdenes a Ryoga para que organizara a la comitiva, debían acomodarse en los edificios que se apiñaban cerca de la segunda verja del templo, recintos destinados a los peregrinos y visitantes. Los mozos llevaron a los caballos a las cuadras para darles agua y forraje y yo me acerqué a mi prometida.
-El abad quiere conocerte, señora Tendo –dije ofreciéndole mi brazo, ella asintió con una sonrisa y se dejó guiar por mí, seguida muy de cerca por su doncella y su nodriza.
Cuando llegamos hasta la escalera de piedra en donde nos esperaba el abad acompañado de mi amigo de la infancia, noté el leve temblor que se apoderaba de mi joven prometida y también pude apreciar su esquiva mirada.
-Mi prometida, la señora Tendo, abad –dije con solemnidad.
-Señora Tendo, bienvenida a este antiguo templo –dijo Zengen haciendo una reverencia que ella se apresuró en devolver.
-Es para mí un verdadero honor el visitarles, abad.
-Shinosuke fue uno de mis compañeros de entrenamiento –dije presentándole al joven que permanecía de pie, a un lado del abad-. Es uno de los mejores guerreros de este monasterio.
-Siempre exageras Ranma –comentó mi amigo, para luego hacer una cortés reverencia-. Me da gusto conocer a la señora Tendo.
-Para mí también es un gusto conocerle, joven Shinosuke.
-Debo advertirle a la señora Tendo, que el casarse con un Saotome le traerá más de un dolor de cabeza –comentó mi amigo con diversión, tal vez dándose cuenta de lo nerviosa que se encontraba mi prometida-. Quizá ya lo haya descubierto –rió mirándome con esa expresión de burla que yo tan bien recordaba.
-Sí, búrlate todo lo que quieras, ya será mi turno –dije yo, con falsa indignación.
Todos reímos y el ambiente se distendió. Luego, el abad nos invitó a avanzar hacia las dependencias del templo, ya que nosotros éramos sus invitados especiales, por lo que no nos quedaríamos en las dependencias para los peregrinos, sino en el propio templo, junto a los monjes.
Habíamos llegado cerca de la hora del perro y todos estábamos muy cansados por la larga peregrinación, así que después de acomodarnos y de que los monjes nos agasajaran con una apetitosa cena, todos nos fuimos a dormir.
Ya me podía sentir un poco más seguro, porque los monjes no dejarían que le sucediera nada malo a la futura señora Saotome y también porque estando en el templo, comprendía que faltaba cada vez menos para unirme a ella.
El día siguiente fue de mucha actividad. Los preparativos para la boda habían comenzado y todos los criados parecían no tener tiempo para nada más. Por la tarde, nos reunimos el abad, Shinosuke, Ryoga, Hapossai y yo en el hojo del abad, su estancia privada para la meditación. Era un cuarto pequeño de unos tres metros cuadrados, pero ideal para aislarnos de miradas y oídos indiscretos.
-Siento que la amenaza te persigue, Ranma. ¿Me equivoco? –comenzó por preguntar el abad con su ya característica serenidad.
-No, no te equivocas –reconocí con el tono más calmado que fui capaz-. Al parecer, el clan Kuno quiere atacar nuevamente mi dominio.
-¿Otra vez? –se inquietó Shinosuke.
-Tuvimos una visita sorpresa de un grupo de ninjas antes de emprender el viaje hasta aquí –continuó Ryoga-. Atacaron las habitaciones de la señora Tendo.
-Sabe de tu compromiso –dijo el abad.
-Al parecer, sí –contesté yo-. Aunque no entiendo porqué la atacó a ella.
-El señor Kuno es un estratega, sabe que si ataca a tu prometida, si logra dañarla, secuestrarla o lo que sería mejor para sus planes, asesinarla, sin que ella logre desposarse contigo primero, el señor Tendo montará en cólera y seguramente pedirá la ayuda e intervención del Emperador para vengar la muerte de su hija. Piénsalo Ranma, sería una excelente oportunidad para destruirte y recuperar el dominio de Nerima sin levantar sospechas. Oportunidad que Kuno quiere fabricarse a como dé lugar -explicó el abad.
-Entonces, ¿qué me aconsejas que haga Zengen?
-Lo primero será casarte cuanto antes, así, la señora Tendo no correrá riesgos innecesarios, luego te aconsejaría que enfrentes a tu enemigo.
-Y derramar más sangre inocente sobre mis tierras –dije en un susurro.
-La guerra no es agradable, pero a veces es necesaria para vivir en paz. Sobre todo cuando tu enemigo es un señor que no entiende razones.
-Puede que tengas razón.
Un momento de silencio se instauró en la pequeña habitación, parecía como si cada uno de los cinco hombres que nos encontrábamos allí hubiéramos entrado en una conexión con nuestro ser interior.
-Ranma, si el abad me lo permite, me gustaría ir contigo a la batalla –dijo de pronto Shinosuke con determinación.
-Claro que puedes ir –consintió el abad-. De hecho, iba a proponerlo. Necesitarás de toda la ayuda que dispongas Ranma y sabes que Shinosuke es nuestro mejor guerrero. Con él y con Ryoga a tu lado, nada malo debería sucederte en el campo de batalla.
-No necesito que me protejan –dije yo con molestia.
-No dije que te protegerían, dije que te ayudarían. Además, deberás volver al lado de tu esposa.
No contesté, el darme cuenta de que ahora no tan solo lucharía por mis derechos y convicciones, sino también por ella, me desconcertó un poco.
-Mi señor debe casarse a más tardar en tres días –dijo Hapossai-. ¿Será posible, abad?
-Será –dijo el abad con un asentimiento de cabeza.
-Luego partiré a la batalla –complementé yo con decisión-. Abad, quisiera pedirte un favor especial.
-Pide lo que quieras, Ranma.
-¿Será posible que luego de la boda ella… Akane permanezca aquí hasta que yo solucione las cosas con Kuno?
El abad me observó con una bondadosa sonrisa decorando su anciano y cansado rostro, cerró los ojos y asintió.
-Pensé que nunca nadie podría lograr domar al caballo imprudente que me enviaste un día, Hapossai. Ahora veo que me equivoqué. Sin darse cuenta, nuestro muchacho cayó rendido ante la jovencita que le escogiste como esposa. Bien hecho, maestro Hapossai.
Yo iba a contestar, dispuesto a negar todo lo que decía el abad, pero su mirada tranquilizadora detuvo mis impulsos.
-Acá la defenderemos, Ranma, hasta que vuelvas a buscarla para regresar a Nerima y gobernar tus tierras en paz –completó el abad con una sonrisa en sus labios.
Devolví la sonrisa, un tanto avergonzado pero con la certeza de que podía confiar en ellos para la protección de mi prometida.
La tarde avanzaba y ya habíamos resuelto los puntos pendientes. Estaba decidido entonces que me desposaría en tres días más, por la mañana. Al día siguiente, partiría a la batalla de donde ahora más que nunca, necesitaba volver victorioso y con vida.
Salimos del hojo y cada quien emprendió su camino. Yo me despedí de mis amigos y me dispuse a salir al bosque que rodeaba el templo. La tarde se sentía agradable, la brisa y los árboles ayudaban a darle frescor a un día caluroso.
Caminé por los senderos del bosque que recordaba, llevaban a los pies de la cascada, guiándome por el sonido de las aguas y disfrutando del canto de los ruiseñores que anidaban por el lugar.
El templo llevaba muy bien puesto el nombre ya que la belleza del canto del ruiseñor envolvía el lugar y le daba un toque casi mágico.
Tan ensimismado iba en mis pensamientos, que no supe cuándo llegué a las orillas del lago en donde desembocaba la pequeña pero hermosa cascada, para luego convertirse en un río de aguas cristalinas.
Observé el cielo despejado y la majestuosa cascada que dejaba caer sus aguas con fuerza. Me sobresalté cuando escuché una voz a mi espalda.
-Debería estar siempre en guardia, señor Saotome –dijo mi prometida muy cerca de mí, tocando con uno de sus dedos mi brazo izquierdo.
Me di la vuelta para observarla, sonreía alegremente y sus ojos brillaban con diversión.
-Acá me siento seguro –me defendí-. No tengo motivos para temer un ataque.
-¿Y si yo hubiera sido una joven ninja, que adoptó el aspecto de tu prometida?
-Seguramente estaría muerto, pero hubiera perecido viendo algo hermoso.
-¿Hermoso?
-Obligatoriamente, la joven ninja tendría que haberse esforzado por adoptar el rostro de mi prometida ¿no? –la vi sorprenderse y sonrojarse profundamente, luego esquivó mi mirada, sonreí para mis adentros-. ¿Qué haces aquí, sola?
-Tenía ganas de caminar. Entre mis doncellas y mi aya me volverán loca con los preparativos para la boda –dijo con un tono de voz apagado, casi como si sufriera al referirse a nuestra unión-. Ya perdí la cuenta de las veces que han insistido en probarme los trajes ceremoniales.
-Ya no sufrirás por mucho tiempo más. El abad y Hapossai decidieron que nos casaremos en tres días más.
-¿Tres días? –se sorprendió ella.
-Sí.
Un incómodo silencio se instauró entre los dos, solamente se escuchaba el sonido del viento en los cedros, el murmullo de la cascada y el trino de los pájaros. Sentí que era el momento de decirle la verdad.
-Akane –dije sin mirarla, enfocando mi vista al frente y dando pequeños y rítmicos golpecitos a la funda de uno de mis sables-, sabes que como señor de la guerra, tengo enemigos ¿no?
-Sí –contestó ella con un hilo de voz.
-Uno de ellos, el más obstinado y peligroso de todos, es el señor Kuno. Fue él quien envió a esos ninjas a atacarte y sacamos por conclusión, que quiere utilizarte para destruirme y recuperar el dominio que piensa, le pertenece. Es por eso que nos desposaremos en tres días más y al cuarto, partiré a la batalla. Sólo así podré ofrecerte un dominio en paz.
-¿Partirás… a la batalla? –titubeó con sorpresa.
-Sí.
-¿No hay otra opción?
-No. Tatewaki Kuno es obstinado y estúpido. Si yo no ataco, es probable que él lo haga primero y eso sería un error.
-Ese era el secreto… y padre no lo sabe –murmuró-. Sé quien es el señor Kuno, sé que cuenta con el apoyo del Shögun y de Su Majestad Imperial… si el señor Saotome se casa con una Tendo, estaría en igualdad de condiciones y…
-Akane –le interrumpí-. No todo es por conveniencia. Quizá en un principio sí, pero ahora…
-¿Pero ahora? –me dijo, mirándome a los ojos, exigiendo que siguiera con esa explicación.
Yo tragué con dificultad, se veía tan frágil, con una expresión de tanta incertidumbre. El abad tenía razón, ella había logrado dominar mi espíritu y ahora que la tenía enfrente, podía aceptar que yo le pertenecía.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza y acerqué mi mano a su perfecto rostro, acariciándolo con delicadeza. Vi que cerraba los ojos y entonces, ya no pude contenerme más, me acerqué lentamente y luego de exhalar un suspiro, posé mis labios en los de mi joven prometida.
El contacto fue maravilloso, una sensación exquisita y desconocida me recorrió de pies a cabeza, ella se abrazó a mí y yo correspondí a ese abrazo con ansiedad. Acaricié sus largos y sedosos cabellos y me dejé embriagar por su perfume.
Cuando finalmente decidí separarme de mi dulce prometida, ella escondió el rostro en mi pecho, pensé que se sentía avergonzada, pero el temblor de sus hombros me indicó que sollozaba.
-¿Qué sucede Akane? No temas, nadie se enterará de que faltamos al protocolo, si es eso lo que te preocupa –dije con ternura, mientras acariciaba sus cabellos.
-Mi señor… Yo debo… -contestó tratando de controlar su angustiante llanto- Debo… Decirte algo, mi señor.
-¿Es importante?
-Demasiado importante… Yo, no puedo… Yo…
Se separó de mí y me observó con ojos anegados en lágrimas. Con una de mis manos, sequé esas gotas saladas que escurrían por sus mejillas y acaricié nuevamente su rostro, mientras le sonreía para inspirarle confianza. Ella suspiró.
-No puedo… -negó bruscamente con su cabeza-. Yo… Yo, no soy tu…
Sus palabras fueron interrumpidas por los pasos acelerados y los gritos de mi comandante.
-¡Mi señor! –gritó Ryoga, acercándose a grandes zancadas hasta donde estábamos. Mi prometida se había separado de mí y se encontraba tratando de componer su semblante.
-¿Qué sucede Ryoga? ¿Por qué tanta prisa?
-Informantes, Ranma. La gente que tengo apostada en la frontera occidental de Nerima envió un mensaje, el mensajero acaba de llegar al templo.
Algo no andaba bien, Ryoga no se comportaría de esa manera si fuesen buenas noticias.
-¿Qué dice el mensaje? –pregunté con temor, mi amigo me tendió el ajado pergamino escrito de forma rápida.
-Hay movimientos de tropas en occidente, Ranma, el señor Kuno se apresta a atacar Nerima. Debemos regresar.
Terminé de leer el mensaje justo cuando Ryoga había dicho la última palabra. Él tenía razón, debíamos regresar para defender el dominio.
-Tienes razón, debemos regresar.
-Pero, tu boda Ranma, debes desposarte y…
-Reúne a Hapossai, al abad y a tus cercanos Ryoga, tomaremos una decisión rápida y mañana partiré a enfrentarme con Kuno. Mi pueblo está antes que otra cosa.
-Mi señor, señora Tendo –dijo Ryoga haciendo una rápida reverencia para alejarse del lugar.
Yo me quedé ensimismado, sopesando la situación. Las noticias habían cambiado todos mis planes, ahora debía enfrentarme a mi enemigo y la boda con la señora Tendo tendría que esperar, a menos que el abad y mis consejeros encontraran una solución. Lo que sí estaba decidido era que partiría a la batalla al día siguiente, no dejaría que Kuno atacara, saqueara y despojara a mi pueblo de lo que habían conseguido con tanto esfuerzo.
La mano de mi prometida sobre mi brazo derecho me sacó de mis cavilaciones.
-Te acompañaré a la batalla, mi señor.
-No, pase lo que pase, tú te quedarás aquí. Los monjes te cuidarán.
No contestó, pero pude apreciar que sus ojos brillaban con emoción. Algo estaba planeando mi niña testaruda y yo hubiera dado mi sangre por saber qué era.
Sin más y pensando en mis posibilidades ante el enfrentamiento que me esperaba, la conduje hacia el templo del ruiseñor, consiente de que era el lugar más seguro en donde podía permanecer mi futura esposa, hasta que pudiera desposarme con ella… si es que los dioses eran benévolos y me permitían salir con vida de la batalla con el señor del clan Kuno.
Estaba a las puertas de una batalla en donde debía demostrar nuevamente de qué estaban hechos los guerreros del clan Saotome y mi recompensa me esperaría en la seguridad del templo.
Esa niña sería mi mayor motivación para salir airoso de la batalla.
Me sentía tan ofuscada por la forma en que el señor Saotome había dispuesto que viajara en el detestable palanquín. Era como si quisiera controlarme en todo lo que yo hacia.
Yo podía entender sus aprensiones, el ataque sorpresivo de los ninjas al castillo era un motivo suficiente para que cualquier señor tomara sus precauciones, pero ya me estaba hartando de ese largo viaje en palanquín.
El eterno vaivén me mareaba, el calor era casi insoportable y el parloteo de mis doncellas ya estaba comenzando a exasperarme.
Ya quisiera ver cómo se las arreglaría el señor Saotome con un calor sofocante, encerrado dentro de este armatoste, soportando el peso y la incomodidad de estas elegantes ropas que mi haya me ha obligado a lucir.
Extrañaba tanto mi cómodo hakama y cabalgar sobre Kyo. Mi caballo también debía extrañarme, ya que lo he escuchado relinchar en varias ocasiones; pobrecillo, no debe entender porqué lo llevan de la brida sin un jinete que lo monte.
Ya dejamos atrás la capital de Shögun. Edo es una ciudad atestada de gente, el bullicio es impresionante, muy distinto a la tranquilidad que se vive en el dominio de Nerima. Allí permanecimos durante tres días; tres largos días en los que las costureras tuvieron que hacer malabares para confeccionar los tres trajes ceremoniales que supuestamente, utilizaré para mi boda con el señor Saotome.
Debo reconocer que los trajes son preciosos. El shiromuku, totalmente blanco es de una delicadeza y elegancia que me dejó sin aliento cuando me lo mostraron terminado, luego está el ushikake, adornado con grullas y ríos, que usaré sobre el shiromuku sin el obi, éste fue del gustó de Ukyo, cree que es hermoso y que me traerá buena fortuna, ojalá los dioses la escuchen. El hikifurisode que confeccionaron para después de la ceremonia es de una belleza que impresiona, de vivos colores y delicado, no tiene nada que envidiarle al kimono que traía mi hermana para la ocasión.
No sé cómo las costureras lograron hacer piezas tan bellas en sólo tres días. Me da tristeza el pensar en que tal vez, nunca lleguen a lucirse en público, es una lástima, pero ése es mi destino.
Ukyo y Sayuri se empeñan en hacerme sonreír y en practicar el elaborado peinado ceremonial que debo lucir el día de mi boda. Ambas se pelean para enseñarme una y otra vez los distintos adornos dorados que debo llevar en mi cabeza, que se encontrará cubierta por el tocado blanco durante la ceremonia.
Yo sólo puedo pensar en lo incómodo que me resultará el llevar tanto peso sobre mi cabeza y los trajes, aunque hermosos, no harán nada por evitar que sienta el calor sofocante.
Aunque pensándolo bien, quizá no llegue a usar nada de todo aquello, es lo más probable.
Me encuentro mirando por la pequeña ventanilla del palanquín hacia fuera, el paisaje es precioso y mis deseos de salir y cabalgar libremente en mi amado corcel se intensifican.
-Mi señora –Ukyo me aparta de mis pensamientos. La observó de forma interrogante, espero que no me vuelva a molestar con su tema preferido del tiempo que llevamos en Edo, los kimonos ceremoniales-. Supe algo.
-Ukyo, no empieces a contar chismes que has escuchado en las cocinas. A la señora Tendo no le interesan –dice Sayuri, regañando a mi amiga-. Tengo razón, ¿verdad mi señora?
-¡Qué sabes tú lo que le interesa o no a mi señora! –le recrimina Ukyo, regalándole una mirada llena de rencor.
-Ya basta –intervengo antes de que las chicas empiecen una de sus interminables luchas verbales-. ¿De qué te enteraste, Ukyo?
-Es algo relacionado con el señor Saotome –me dijo con una sonrisa pícara en el rostro.
-¿Qué pasa con él?
-Una de las criadas confirmó mis sospechas de que él te será fiel, mi señora.
Ukyo siempre ha sido una chica que se escabulle no sé cómo en todos los rincones y se entera de los secretos mejor guardados. Debería dedicarse al espionaje.
-¿Qué quieres decir con que el señor Saotome le será fiel a la señora Tendo? –preguntó Sayuri con curiosidad, misma curiosidad que yo siento en ese momento.
-Supe que él no acostumbra frecuentar el mundo flotante, mi señora. Desde que cumplió la mayoría de edad, nunca se le ha conocido amante o concubina. La criada dice que él es muy reservado y piensa que la señora Tendo será la única dueña de su corazón… y de otras cosas también –dijo mi doncella, soltando una risita traviesa que se apresuró en cubrir con sus manos.
-¡Ukyo! –exclamó mi otra doncella, totalmente escandalizada con el comentario de su compañera.
Yo sonreí con timidez y pude sentir cómo la sangre se agolpaba en mis mejillas. Hasta ese momento no había pensado en lo que implicaba el desposarme con el señor Saotome. Estaba tan inmersa en encontrar una escapatoria al hecho de desposarme para que Kasumi volviera y ocupara su lugar, que había olvidado que si finalmente y contra todo pronóstico, me desposaba con Ranma Saotome, la noche de bodas, él y yo…
El brusco movimiento que hizo el palanquín al detenerse me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la realidad.
-¿Qué sucedió? –preguntó Sayuri alarmada, seguramente todavía no podía olvidar el incidente con los ninjas. Yo tampoco lo había olvidado.
-No lo sé –dijo Ukyo, acercándose a la ventanilla-. ¡Hey, tú! –llamó a uno de los porteadores-. ¿Qué sucedió?
-La avanzada se detuvo –dijo el joven con simpleza-. No sabemos el motivo, pero los señores se encuentran dialogando en estos momentos.
Algo me impulsó a bajar del palanquín. Con dificultad, me acerqué a la portezuela y pedí que me ayudaran a bajar. Dos de mis hombres se acercaron y se apresuraron a ayudarme.
-Mi señora, ¿dónde vas? –preguntó Ukyo.
-A saber porqué nos detuvimos –contesté, poniéndome en marcha.
-Voy contigo –se apresuró mi doncella, dejándose caer con dificultad del palanquín y abriendo una sombrilla para procurarme sombra.
Yo aminoré el paso, notaba el esfuerzo que hacia Ukyo para avanzar junto a mí. No había olvidado su herida, que aunque había cicatrizado de una forma rápida e impecable, le impedía desplazarse con la agilidad que le caracterizaba.
Me acerqué hasta llegar sigilosamente al lugar en donde mi señor parecía mantener una discusión con su chambelán y me dispuse a hablar.
-¿Qué sucede? –dije con total seguridad, esperando por una rápida respuesta-. ¿Por qué nos detuvimos, mi señor?
El señor Saotome me observó con una mirada cautivante e intensa, pudo ser el calor, pero sentí que mi cuerpo se acaloraba con sólo mirarle y recordar el ingenuo comentario de mi doncella. Me obligué a serenarme y a reaccionar
-¿Tenemos algún problema? –dije para alejar esos pensamientos de mi mente.
-¿Qué haces aquí? –contestó él con otra pregunta.
-Quise saber porqué no seguimos avanzando, el día ya está llegando a su fin y no me gustaría tener que pasar otra noche en una posada.
Era la verdad, detestaba las posadas y no quería por ningún motivo que nos detuviéramos nuevamente en una de ellas.
De pronto me di cuenta de que los guerreros que componían la avanzada permanecían con sus sables fuera de la funda, amenazando con ellos a un grupo de cuatro personas. Por sus vestimentas, pude darme cuenta de que se trataba de etas, la escoria de la nación, hubiera dicho padre.
-¿Qué hacen tus guerreros? –pregunté con temor a su respuesta.
-Esperan mi orden para ejecutar a la familia eta que encontramos en el camino –lo que temía, otro señor de la guerra que no soportaba a los eta.
-¿Ejecutar? –la pregunta escapó apresurada de mis labios y ya no pude contenerme, corrí al lado de esa familia, dispuesta a hacer cualquier cosa para tratar de salvarlos de una muerte injusta, sólo por pertenecer a la clase más baja e indigna de todo el país.
Me detuve muy cerca de ellos y esperé.
-¡Akane! –le escuché gritarme, pero yo no estaba dispuesta a tranzar, quería salvar a esa gente.
-¿Quiénes son ustedes? –pregunté con autoridad, pero ninguno de los cuatro, un hombre, una mujer y dos niños, se atrevieron a contestarme-. Incorpórate y respóndeme, por favor.
Sabía que no sería bien visto el que me dirigiera a ellos con buenos modales, mucho menos que les pidiera que me contestaran por favor, pero qué podía hacer, quería una respuesta, la necesitaba para tratar de hacer algo en su favor.
El hombre fue quien reaccionó primero, levantó unos centímetros su cabeza del suelo embarrado y sin atreverse a mirarme, contestó de forma sumisa.
-Lo siento… Sólo… Sólo pasábamos por aquí, mi señora. Acabad con nosotros, si así lo queréis, pero por favor, dadles una muerte rápida a nuestros hijos.
Me conmovieron sus palabras, ciertamente, eso era lo que cualquier dama de noble cuna hubiera exigido de su prometido, pero yo no era cualquier dama.
-Niña –llamé la atención de la pequeña. La jovencita debía tener apenas ocho años. No se atrevió a mirarme de frente, pero se incorporó-. ¿Son buenos tus padres contigo y con tu hermano?
-Sí, mi señora –me respondió con temor.
Asentí sonriéndole para que se sintiera más segura, pero la niña seguía asustada, ya que no dejaba de temblar. Me di media vuelta para encarar al señor Saotome y una idea me vino de pronto a la cabeza. Era algo descabellado, pero el señor de Nerima me había demostrado tener un buen corazón, no perdía nada con intentar una arriesgada y poco común jugada al solicitarle lo que quería.
-Mi señor –dije inclinando mi cuerpo para practicar una sumisa reverencia-, ya sé lo que quiero como regalo de bodas.
-¿Qué desea esta vez la señora Tendo de su señor? –contestó él, conteniendo la risa. Pude notarlo por la diversión en sus palabras.
-Quiero que perdones la vida a esta gente, quiero que puedan continuar su camino tranquilamente hasta la aldea en donde viven y quiero que me permitas hacerles un obsequio –demandé con total seguridad y la firme convicción de que el poderoso daimyö no se negaría a una petición de la que supuestamente, se convertiría en su esposa.
Me incorporé lentamente para quedar frente a él y le vi sonreír con soltura, estaba en lo cierto, el señor Saotome no se negaría a concederme mi petición y eso hizo que mi corazón diera un vuelco en mi pecho.
Con cada acción que realizaba él, me daba cuenta de lo torpe que había sido yo al engañarme, creyendo que no sentiría nada por ese hombre. Qué equivocada estaba, ya que cada vez comprendía mejor los sentimientos que secretamente albergaba en mi corazón por aquel señor y las dudas volvían a embargarme. ¿Sería capaz de seguir engañándole? ¿Sería capaz de confesarle la verdad y renunciar a mi felicidad? Porque ya lo sabía, lo había aceptado, mi felicidad se estaba forjando lentamente al lado de aquel daimyö y yo debía renunciar a ella para recuperar el honor de mi familia, mancillado por mi hermana mayor.
-La señora Tendo pide benevolencia para esta gente. Sea como la señora Tendo quiere. Dejarán que esta familia siga su camino hacia donde se dirigen –le escuché decir con autoridad y le sonreí en agradecimiento-. Hapossai, mi sello.
-¿Qué harás, mi señor? –preguntó el anciano chambelán con preocupación.
-Asegurarme de que esta familia llegue con bien a su casa.
Sacó un pergamino con el blasón de los Saotome y se lo entregó al padre de la niña que miraba todo con curiosidad. Era un noble gesto el que realizaba mi señor, ya que ese pergamino ayudaría a la familia a cruzar con seguridad por la capital de Shogun.
-Ukyo, mi bolsa –dije yo.
Mi doncella se acercó con reticencia y me tendió la pequeña bolsa, a sabiendas de lo que yo iba a hacer y estoy segura de que no compartía mis ideas.
Saqué unas cuantas monedas y se las entregué a la niña, luego me desprendí de mi pañuelo de seda que también le obsequié a la pequeña.
-Las monedas se las darás a tus padres, les ayudarán para vivir por algún tiempo, sobre todo durante el crudo invierno que se acerca. Esto es para ti. No lo vendas a menos que sea estrictamente necesario, te acompañará durante tu vida y será una muestra de que no toda la gente les desprecia –sonreí con ternura al ver la expresión de perplejidad y alegría en el rostro demacrado de la niña.
-Mi señora es demasiado bondadosa –me agradeció su madre con emoción.
Ahora ya podía regresar a ese incómodo palanquín con la certeza de haber hecho una buena acción, aunque con ello me hubiera ganado la desaprobación de todos los que rodeaban al señor Saotome.
Llegué al palanquín y subí nuevamente al armatoste. Demoramos poco en retomar el camino hacia el templo.
Ukyo me observaba ceñuda, sin atreverse a hablarme pero era evidente que reprobaba mis acciones para con la familia eta.
Yo no aguanté más su silencioso reproche y la encaré.
-¿Qué tienes Ukyo? ¿Por qué esa cara tan amargada?
-No debiste hacer lo que hiciste con la familia de parias, mi señora. No es bien visto que una señora de tu rango se rebaje para hablar en igualdad de condiciones con los eta. Además, pudieron contaminarte.
-Ukyo, ¿desde hace cuánto tiempo me conoces?
-Desde que eras una niña de seis años.
-Entonces, no debería sorprenderte el que haya tratado de salvar a esa familia.
-¡Eran etas!
-Eran personas –rectifiqué yo-. Además, el señor Saotome me ayudó y al parecer, no se sintió ofendido por mi accionar.
-Eres su prometida, por supuesto que quiere complacerte, pero eso no quiere decir que le haya parecido bien el que te inmiscuyeras en ese asunto.
-Ya, dejemos todo como está. Lo que hice ya fue y no puedo arrepentirme ahora.
-Suerte tuviste de que la anciana Cologne no estuviera presente.
-Ni siquiera Cologne me hubiera detenido de salvar esas vidas –dije observando a mi otra doncella, quien permanecía callada y cabizbaja-. ¿Y a ti qué te sucede, Sayuri?
-Mi señora deberá purificar su cuerpo apenas lleguemos al templo, sólo así podrá…
-¡Tú también, Sayuri! – exploté yo.
Ya me estaba cansando con eso de purificarse por el sólo hecho de haber estado en presencia de un eta. Ellos trabajaban con la sangre, muchas veces con la muerte, pero eran trabajos que debían hacerse ¿no?
Un incómodo silencio se instauró en el palanquín, mis dos doncellas me observaban de soslayo, mientras yo trataba de concentrarme en el paisaje del camino.
Estábamos llegando a los inicios de un espeso bosque de pinos y cedros y el canto de los ruiseñores llegaba con claridad a mis oídos.
-Estamos cerca –murmuré.
-Sí, desde aquí se logra divisar parte de la escalinata de piedra –dijo Ukyo, indicando el lugar.
-No puedo… dejar de sentir esta angustia –dije más para mí, que para que mis compañeras me escucharan-. Es como un peso que se ha instalado en mi corazón y me agobia.
-Akane –dijo Ukyo, dirigiéndose a mí por mi nombre, el modo en que me hablaba sólo cuando estábamos solas, pero al parecer, no le importó que Sayuri se encontrara en esos momentos presente-. ¿Y si cambias tus planes? ¿Y si no le dices al señor que no eres su prometida? Tal vez la dama Kasumi no vuelva nunca más, tal vez sea mejor el que seas tú quien se despose con el señor Saotome, tal vez…
-Y entonces, padre quedaría en el más completo ridículo y tal vez sea él quien exija que me quite la vida –le interrumpí-. No Ukyo, está decidido, antes de la boda deberé decirle al señor Saotome que yo no soy su prometida, vuelva Kasumi o no, ése es mi destino.
-Pero Akane…
-Yo ya acepté mi destino Ukyo, es necesario que ustedes también lo hagan, de lo contrario, mis fuerzas disminuirán y todo estará perdido –dije tomando la mano de mi mejor amiga, ella me observó conteniendo las lágrimas.
A su lado, Sayuri lloraba abiertamente y tomó mi otra mano con desesperación, yo les sonreí a ambas y en ese momento, el palanquín se detuvo.
-Mi señora, llegamos a destino –dijo uno de los porteadores.
-Gracias –contesté yo, tratando de controlar mis emociones-. Bien, que comience la función.
Me abrí paso para bajar del palanquín, seguida por mis doncellas. Cuando mis pies tocaron tierra, sentí que me hundía y tuve que buscar apoyo en Ukyo.
Reí con fuerza por mi torpeza, ganándome una mirada de reprobación de mi estricta nodriza, quien ya se había acercado a nosotras y me observaba con el ceño fruncido.
-Akane, ¿es cierto lo que me dijeron sobre esa familia que se atravesó en el camino?
-Primero debes decirme qué te dijeron, Cologne –sonreí desafiante, ella frunció aún más el ceño, si eso era posible.
-Me dijeron que tú le habías rogado al señor Saotome para que perdonara la vida de unos eta, ¿es cierto?
-Fue mi regalo de bodas –dije despreocupadamente, mientras me dedicaba a admirar el encantador paisaje que rodeaba el templo del ruiseñor.
-¡En qué estás pensando, niña! ¡No debiste hacer algo así!
-¡Ya lo hice Cologne y a quien no le guste…!
-¡Qué, qué harás con quien no le guste!
-Puedo pedirle al señor Saotome que lo encierre para siempre –dije con diversión. Mi aya se escandalizó y yo reí al ver su rostro de sorpresa-. Cologne, ya olvídalo ¿si? Puede que haya cometido un error, pero afortunadamente, el señor Saotome piensa igual que yo.
-No abuses, mi niña. No sabes hasta cuándo podrás gozar de su generosidad.
-Hasta que tenga que decirle la verdad –susurré, escapando de allí para dirigirme a admirar una antigua y bella linterna de piedra.
Me sentía libre en ese lugar, como nunca me había sentido durante todo el viaje y quería que esa sensación durara por mucho más tiempo.
Tan absorta en mis pensamientos me encontraba, que no sentí en qué momento, el señor Saotome se acercó a mi lado.
-El abad quiere conocerte, señora Tendo –dijo con su profunda voz, al tiempo que me ofrecía su brazo.
Asentí y posé mi mano en su brazo. Me sentía nerviosa y asustada de conocer al abad del monasterio, era una sensación inexplicable, una mezcla de curiosidad y temor. Mi aya y Ukyo nos siguieron a escasa distancia.
Allí, a los pies de la escalera pude divisar a un anciano enjuto que nos esperaba sonriente. Sus ojos brillaban y eran la prueba de que el anciano abad poseía una sabiduría de la que muy pocos podían jactarse.
A su lado permanecía un joven alto de cabellos castaños. Parecía ser sólo unos años mayor que el señor Saotome y también sonreía con amabilidad.
Cuando el anciano me miró directamente, no sé porqué no pude reprimir el deseo de esquivar aquellos ojos. Era como si el abad pudiera leer mis pensamientos y si yo bajaba la mirada, tal vez no descubriría la gran mentira que yo había sostenido durante todos esos días.
-Mi prometida, la señora Tendo, abad –me presentó el señor Saotome.
-Señora Tendo, bienvenida a este antiguo templo –dijo el abad.
-Es para mí un verdadero honor el visitarles, abad –me apresuré en contestar, al tiempo que devolvía la reverencia que me había dedicado el anciano.
-Shinosuke fue uno de mis compañeros de entrenamiento –me indicó el señor Saotome-. Es uno de los mejores guerreros de este monasterio.
-Siempre exageras Ranma. Me da gusto conocer a la señora Tendo.
-Para mí también es un gusto conocerle, joven Shinosuke.
-Debo advertirle a la señora Tendo, que el casarse con un Saotome le traerá más de un dolor de cabeza. Quizá ya lo haya descubierto –comentó el joven guerrero, riendo al ver la cara de desagrado que tenía el señor Saotome.
-Sí, búrlate todo lo que quieras, ya será mi turno.
Reímos con los comentarios de ambos amigos y me sentí más tranquila cuando el abad no invitó a las dependencias del templo.
Avanzamos tranquilamente y luego nos acomodamos en las habitaciones que los monjes nos habían destinado.
Esa noche cenamos con ellos y luego nos dirigimos a descansar, había sido un largo viaje, no exento de contratiempos y emociones, así es que merecíamos un reponedor descanso.
El siguiente día llegó muy rápido, la actividad comenzó desde muy temprano en mi habitación. Mis doncellas se peleaban por arreglar mis cabellos y mi atuendo. Yo sabía que ambas se sentían emocionadas con la proximidad de la boda que no se debía realizar.
El tranquilo templo parecía un hormiguero, todos los criados corrían de un lado a otro preparándose para lo que sería la tan esperada boda.
Para cuando el sol comenzó a decender, yo me sentía cansada y aburrida de probarme tantas veces los trajes ceremoniales.
Cada vez que me los enseñaban, descubrían que faltaba o sobraba algún detalle.
Por suerte, Sayuri había salido de la habitación para acompañar a mi aya a hablar con los monjes encargados de la cocina del templo y en ese momento, me encontraba sólo en compañía de Ukyo.
-Ukyo, ¿puedes dejar esas telas tranquilas? De verdad que terminarán estropeándose –le dije a mi doncella para tratar de evitar que volviera a sacar su traje favorito.
-Lo siento mi señora –dijo ella avergonzada-, pero es que te ves tan linda llevándolo.
-Me lo has repetido tantas veces que ya ni puedo recordar cuántas han sido. ¿Por qué mejor no tratas de descansar? Tanto ajetreo no le hace bien a la herida de tu pierna.
-Ya no me duele –contestó con una sonrisa-. La medicina que me regaló el señor Hibiki hace maravillas.
-¿Hibiki? –inquirí yo con complicidad. Eso sí me distraería-. ¿El comandante de…?
-El mismo –respondió mi doncella con una sonrisa en los labios.
-Y dime, ¿cómo es que Hibiki se interesó tanto por tu salud?
-El día del ataque, cuando mi señora parecía estar en otro mundo al ser cargada por el señor Saotome –comentó Ukyo con diversión en la voz, perfectamente conciente de que yo me sentiría incómoda-. ¿Recuerda el momento, mi señora?
Sólo pude asentir torpemente ante las palabras de mi amiga, cómo olvidar ese especial momento.
-Bueno, ese día, el señor Hibiki me regaló una medicina que según dijo, era la mejor para heridas sufridas por afiladas armas ¡Y vaya sí tenía razón! –rió mi doncella alegremente.
-¿Es todo lo que te regaló Hibiki?
-¿Qué insinúas, Akane?
-No sé, él parece un buen hombre y tú eres una chica soltera…
-Es atractivo, ¿verdad Akane? –dijo mi doncella visiblemente entusiasmada ante la perspectiva de una relación con el comandante Hibiki. Se acercó casi a saltitos hasta donde yo me encontraba y tomó mis manos-. Dime, ¿crees que podría gustarle?
-Ukyo, eres una joven bella –dije sonriendo-. Por supuesto que podrías gustarle.
-Entonces, ¿mi señora me daría permiso para tratar de acercarme a él?
-Si así lo quieres –concedí, me agradaba verla feliz y entusiasmada-. Pero ten cuidado Ukyo, sabes que de un momento a otro, nuestra situación ante los ojos del señor Saotome puede cambiar.
-Lo sé –dijo mi doncella esquivando mi mirada y con aflicción en la voz.
Sentí remordimiento, con mis acciones, era muy probable que acarreara desgracias también a mis acompañantes más cercanas y Ukyo era una de ellas.
Suspiré profundamente y me puse de pie.
-¿Dónde vas, mi señora?
-Tengo que salir de aquí Ukyo, me estoy asfixiando.
-¿Y qué le digo a la anciana Cologne?
-Dile que salí a tomar aire… Dile, dile que salí con el señor Saotome.
-¡Eso es una mentira!
-Para cuando lo descubra, yo ya estaré de vuelta –dije, luego salí casi corriendo de la habitación.
Me escabullí por las dependencias del templo hasta llegar a uno de los jardines, avancé por uno de los caminos y me fui alejando cada vez más del bullicio, internándome en el bosque, siguiendo el sendero.
Llegué a un claro y pude escuchar el murmullo del agua al caer, debía haber una cascada cerca.
Me interné al interior del bosque, siguiendo el sonido de la cascada hasta que di con el lugar correcto.
Mi sorpresa fue enorme al observar al señor Saotome de pie, frente a la cascada, ensimismado en sus pensamientos.
Me acerqué tratando de no hacer ruido, quería jugarle una broma y asustarlo, así que sigilosamente, llegué a su lado y le toqué el brazo con uno de mis dedos.
-Debería estar siempre en guardia, señor Saotome –complementé mi acción con esa frase desafiante.
Él me enfrentó enfocando sus ojos azul grisáceos directamente en los míos, yo no pude hacer otra cosa que sonreír.
-Acá me siento seguro –me dijo con firmeza-. No tengo motivos para temer un ataque.
-¿Y si yo hubiera sido una joven ninja que adoptó el aspecto de tu prometida? –dije para provocarlo, sentía ese secreto deseo de cobrar venganza por las veces que me había hecho quedar como una niña boba.
-Seguramente estaría muerto, pero hubiera perecido viendo algo hermoso –dijo con un tono de voz profundo que me cautivó.
-¿Hermoso? –pregunté yo ingenuamente.
-Obligatoriamente, la joven ninja tendría que haberse esforzado por adoptar el rostro de mi prometida ¿no? –dijo con seguridad. Yo me desconcerté ante sus palabras, jamás alguien me había dicho algo parecido a un cumplido como él lo había hecho. Me sonrojé y desvié mi mirada hacia el lago para escapar de sus ojos-. ¿Qué haces aquí, sola?
-Tenía ganas de caminar. Entre mis doncellas y mi aya me volverán loca con los preparativos para la boda. Ya perdí la cuenta de las veces que han insistido en probarme los trajes ceremoniales –dije con desgana. Era cierto que me sentía agotada, pero la verdad era que me encontraba triste, ya que sentía que cada vez me quedaba menos tiempo al lado de mi señor.
-Ya no sufrirás por mucho tiempo más. El abad y Hapossai decidieron que nos casaremos en tres días más –le escuché decir con seriedad.
-¿Tres días? –pregunté, rogando para que no me traicionaran mis emociones. Tres días era demasiado pronto… demasiado pronto para despedirme de él.
-Sí -asintió.
Luego, ambos parecimos abandonar el lugar. Yo me encontraba inmersa en mis propios pensamientos, tratando de encontrar la fuerza y el valor para confesarle la verdad al señor Saotome.
-Akane –dijo de pronto. Yo lo observé de soslayo y pude notar algo de nerviosismo en sus acciones y palabras-, sabes que como señor de la guerra, tengo enemigos ¿no?
-Sí –contesté cerrando mis ojos, esperando por el discurso que parecía, él iba a darme.
-Uno de ellos, el más obstinado y peligroso de todos, es el señor Kuno. Fue él quien envió a esos ninjas a atacarte y sacamos por conclusión, que quiere utilizarte para destruirme y recuperar el dominio que piensa, le pertenece. Es por eso que nos desposaremos en tres días más y al cuarto, partiré a la batalla. Sólo así podré ofrecerte un dominio en paz.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Él partiría a la batalla. Un temor que jamás había experimentado se apropió de todo mi ser. Eso no podía suceder, no tan pronto. Una batalla significaba muerte y yo…
-¿Partirás… a la batalla? –dije nerviosamente, con un hilo de voz.
-Sí –fue su escueta respuesta.
-¿No hay otra opción? –mi voz se escuchó muy suave, y comenzaba a ver las imágenes borrosas por las molestas lágrimas que se agolpaban con rapidez en mis ojos.
-No. Tatewaki Kuno es obstinado y estúpido. Si yo no ataco, es probable que él lo haga primero y eso sería un error –dijo con una voz serena y autoritaria.
-Ese era el secreto… -pensé yo en voz alta- Y padre no lo sabe. Sé quien es el señor Kuno, sé que cuenta con el apoyo del Shogun y de Su Majestad Imperial… si el señor Saotome se casa con una Tendo, estaría en igualdad de condiciones y… -mis conclusiones eran acertadas y el darme cuenta de ello me dolió. Aunque yo no era su verdadera prometida, sí me convertiría en un instrumento para su conveniencia. Yo lo sabía, siempre lo había sabido, pero aún así, dolía reconocerlo.
-Akane –dijo de pronto-. No todo es por conveniencia. Quizá en un principio sí, pero ahora…
-¿Pero ahora? –dije observándolo a los ojos con una esperanza que no era totalmente mía, ya que era Kasumi la que debería estar ocupando ese lugar y no yo.
Lo vi dudar, estaba allí de pie y sólo me miraba con ternura, sin decir una sola palabra y de pronto, sentí sus dedos acariciar mi rostro. Se sentía tan maravillosamente bien, que me dejé llevar por mis emociones y cerré mis ojos para disfrutar de esa caricia que no merecía, de esa caricia que no me pertenecía.
Luego, sentí su aliento muy cerca de mi rostro.
No, eso no podía estar sucediendo, no ahora, no allí… No a mí, pero todas mis barreras se vinieron abajo cuando sentí sus labios posarse sobre los míos.
El primer beso recibido del hombre que amaba… Y no me pertenecía.
Me abracé con fuerza a él, tratando con ese abrazo de cambiar mi destino, de decirle a los dioses, a cualquiera de ellos que por favor, me pidieran cualquier cosa, menos alejarme de aquel hombre, pero yo sabía que los dioses no tenían nada que ver en esto y que yo misma había arruinado mi futuro al tratar de engañar al señor Saotome, a quien ahora me daba cuenta, amaba con todo mi ser.
Sus manos recorrieron mis cabellos y ya no pude soportarlo más, dejé escapar mis lágrimas.
Cuando él se separó de mí, yo no pude mirarlo, así que escondí mi rostro en su pecho, llorando con desesperación.
La decisión estaba tomada, debía decirle allí y ahora toda la verdad, de lo contrario, el daño sería mayor.
-¿Qué sucede Akane? –preguntó, acariciando mis cabellos-No temas, nadie se enterará de que faltamos al protocolo, si es eso lo que te preocupa.
-Mi señor… Yo debo… Debo… Decirte algo, mi señor –no podía controlar mi llanto desesperado, sabía que todo estaba a punto de terminar, pero mi vida ya no me importaba. Yo sufría, era cierto, pero mi sufrimiento era por no poder permanecer al lado del señor que amaba.
-¿Es importante? –preguntó con dulzura.
-Demasiado importante… -reconocí de forma angustiante- Yo, no puedo… Yo…
Levanté la mirada y él me obsequió una sonrisa mientras limpiaba con ternura mis lágrimas. Fue lo que necesité para darme valor. No podía seguir engañando a un señor tan bondadoso.
-No puedo… -dije mientras negaba frenéticamente con movimientos de cabeza-. Yo… Yo, no soy tu…
Los gritos y pasos de alguien me detuvieron justo antes de revelarle mi verdad. Los dioses eran injustos conmigo al hacerme sufrir por más tiempo cargando esa gran mentira
-¡Mi señor! –el señor Hibiki se acercó casi en forma desesperada a nosotros. Mi señor ya había recuperado su aspecto sereno y yo trataba de calmarme para que Hibiki no notara nada fuera de lo normal.
-¿Qué sucede Ryoga? ¿Por qué tanta prisa?
-Informantes, Ranma. La gente que tengo apostada en la frontera occidental de Nerima envió un mensaje, el mensajero acaba de llegar al templo.
El semblante preocupado de Hibiki me hizo temer lo peor.
-¿Qué dice el mensaje?
-Hay movimientos de tropas en occidente, Ranma, el señor Kuno se apresta a atacar Nerima. Debemos regresar.
Cerré mis ojos para tratar de no ceder al mareo que sentí de pronto. Las palabras de Hibiki eran claras y mi señor no dudaría en regresar para defender su dominio. La batalla se iniciaría y tal vez mi señor… El sólo pensarlo me angustiaba. No, eso nunca, él era el mejor guerrero de toda la nación, no por nada decían que era la reencarnación de Hachiman.
-Tienes razón, debemos regresar –su voz me volvió a la realidad.
-Pero, tu boda Ranma, debes desposarte y…
-Reúne a Hapossai, al abad y a tus cercanos Ryoga, tomaremos una decisión rápida y mañana partiré a enfrentarme con Kuno. Mi pueblo está antes que otra cosa.
-Mi señor, señora Tendo –se despidió Hibiki rápidamente.
Él tenía razón, su pueblo estaba antes de cualquier cosa. De pronto pensé en la ironía de la vida, momentos antes le solicitaba a los dioses que me dieran más tiempo para compartir con mi señor y ahora lo obtenía, porque si la boda no se realizaba, yo no tendría que decirle todavía la verdad, pero si la batalla era desfavorable para el clan Saotome, si el señor del clan Kuno salía vencedor, si mi señor perdía y… No, ya lo había decidido, acompañaría a mi señor y lucharía junto a él.
-Te acompañaré a la batalla, mi señor –dije con total convicción, descansando mi mano en su brazo.
-No, pase lo que pase, tú te quedarás aquí –contestó él con autoridad-. Los monjes te cuidarán.
Yo no le respondí, y es que en mi interior ya había tomado la decisión de ir adonde quiera que mi señor fuera, así tuviera que escaparme y disfrazarme para lograrlo. Nada ni nadie me alejaría de él, mientras él no me pidiera la vida para lavar la afrenta que significaba haberle mentido.
No por nada me habían entrenado, no tan sólo en el uso del sable, sino también en el uso del arco.
Mi señor pensaba que yo era su futura esposa, pues bien, como futura esposa me correspondía acompañarle en lo bueno y en lo malo… y una batalla no sería la excepción.
Notas finales:
1.-Hola!
Año nuevo, capítulo nuevo… Felicidades a todos por este nuevo año que se inicia.
Bueno, aquí me tienen con una nueva entrega, sé que estoy tardando en actualizar mis historias, pero creo que ahora sí, podré retomar un ritmo más acelerado de actualización, aunque no me atrevo a prometerles nada.
2.-El glosario de este capítulo:
-Suelo de ruiseñor: El suelo de ruiseñor era un dispositivo de seguridad, en términos modernos (algo así como una alarma). Consistía en un pasadizo de madera que emitía un ruido chirriante, parecido al canto de un pájaro cuando alguien lo atravesaba. Los tablones que se utilizaban para la confección del piso, rozaban unas pestañas, también de madera, que emitían un sonido más penetrante y detectable que el crujido normal de la madera seca. Así, el método de instalar este tipo de piso en pasillos y corredores de los castillos y/o templos, ayudaba a detectar a cualquier intruso que quisiera ingresar y atentar contra el señor feudal.
-Eta (o paria): Eta es el término para indicar a aquellas personas que se dedicaban a realizar los oficios que eran considerados 'impuros'. Los oficios relacionados con la muerte, como el que ejercían los curtidores, sepultureros o verdugos, entre otros, no eran agradables a los ojos del resto de los habitantes, debido a la prohibición de matar del budismo y el concepto de impureza para el sintoísmo, ya que estos oficios estaban estrechamente relacionados con la sangre y los cadáveres (te contaminabas si estabas cerca de una de las dos cosas). Los eta eran obligados a vivir en especies de ghettos, fuera de las ciudades. Así que podrán imaginarse la discriminación que sufría esta gente.
Yo me pregunto, si no hubieran existido, ¿quién se hubiera encargado de estos oficios desagradables, pero necesarios?... Una paradoja que no logro entender.
-Hömongi: Es un tipo de kimono. De seda menos llamativa, con una sola capa de mangas y de menos caída. La característica principal de un hömongi es que los motivos están dispuestos asimétricamente y cubren buena parte de la superficie.
-Hojo: Bueno, Ranma lo dice en el relato, se trata del cuarto privado de meditación que utiliza el abad de un templo o monasterio.
-Shiromuku: El shiromuku es el kimono totalmente blanco (de hecho, eso significa el término, 'blanco puro'). Era utilizado por las mujeres de la nobleza para ocasiones formales, pero luego pasó a utilizarse en el atuendo que luce una novia en la ceremonia nupcial tradicional japonesa.
-Uchikake: Es el segundo kimono que se utiliza para la ceremonia en una boda. La novia lo lleva puesto sobre el shiromuku, pero no utiliza el obi para fijarlo, más bien lo lleva sobrepuesto. Es un kimono de mangas largas, finamente decorado, de colores brillantes y con motivos de buenos augurios (grullas, ríos, pinos, etc.). Como nota, es éste el kimono que más le gusta a Ukyo en el relato (y a mi también ^^).
-Obi: El obi es una pieza confeccionada en distintos materiales, puede ser de tela, seda, damasco, algodón o lana inclusive. Se enrolla alrededor de la cintura y se anuda con elaborados o sencillos nudos a la espalda, manteniendo el kimono en su lugar (lo que en occidente sería una especie de cinturón, claro que muchísimo más elaborado, bonito y delicado ¿no?)
-Hikifurisode (o hanayome): Se trata de un furisode (otro tipo de kimono) de boda. Es utilizado por la novia después de la ceremonia nupcial. Vendría a ser algo así como un vestido de fiesta, más cómodo quizá que los dos anteriores.
Como una pequeña acotación, si quise incorporar los tres nombres de los kimonos ceremoniales al relato, fue para dar una pequeña pincelada a lo que sería una boda japonesa tradicional, que por lo demás, encuentro una de las cosas más interesantes de su cultura y sinceramente, los distintos kimonos, ya sean ceremoniales o normales y corrientes, son una de las cosas que más me gusta observar; no sé, encuentro que son tan hermosos que pienso, se merecían una pequeña mención en la historia.
3.-Finalmente quiero agradecer una vez más a todos quienes han seguido esta historia, ya sea de forma anónima o activa, dejándome un review. Sinceramente muchas gracias por la aceptación que le han dado a este relato. A Syndy, Viry chan, agatha (Gracias por el review, qué bueno que te gusta lo que escribo. Ahora, lo de HTS, espero ya la próxima semana actualizarla. Muchas gracias por el apoyo ^^), Marina, gabrielajeu (Gracias por tus palabras y por el apoyo a la historia, de verdad que me hacen muy feliz ^^), Paola, Nia06, monyk (Gracias por dejarme tu review. Hum, veremos qué pasa por la cabecita de Akane ahora. Tal vez siga tu consejo y se decida a asumir el rol de verdadera prometida de una buena vez, jaja. Muchísimas gracias por tus palabras ^^), roxy (Gracias por el apoyo a la historia, la seguiré pero paciencia ¿si?. Muchísimas gracias por comentar ^^), Auro-chan (Gracias por el review, ¡vaya efusividad! jaja. Bueno, ya hay nuevo capítulo, espero que sea de tu agrado. Gracias por comentar ^^), mafufa, Marce, Sonia (Gracias por tus palabras, qué bueno que te gustó el capítulo anterior. A ver qué te parece éste. Muchas gracias por el apoyo ^^), lerinne, Monica Tendo (Gracias por tus palabras. Sé que las escenas de lucha serán un poco desconcertantes tal vez, pero el hecho es que en la época del relato, ésa era la cruda realidad. Lo siento por eso. Ahora, creo muy probable que no sea la escena más fuerte de este relato la de los ninjas, vienen escenas más intensas que espero de corazón, no te resulten tan desagradables. Un beso, gracias por comentar ^^), Ifis (Gracias por el review. Así que una historia adictiva… espero que sea una adicción positiva jeje. No te preocupes, tendría que sucederme algo muy grave para dejar de escribir esta historia, así que espero no te canses de esta adicción. Gracias por el apoyo ^^), mjgsmf, Akaneiiro, ayu-charm, yram (Gracias por tus palabras para esta autora, me hace muy feliz el leerlas. Ahora los problemas se intensifican, veremos cómo sale adelante nuestro querido Ranma. Gracias por el review ^^), Reira (Gracias por comentar el 1er. cap de esta historia. Espero te siga gustando lo que he escrito hasta ahora. Muchísimas gracias por el review ^^), Arashi Ayukawa, Caro y herse (Gracias por el review. En verdad que me gusta mucho saber que lo que he escrito es de tu gusto. Muchísimas gracias por comentar ^^). A todas/os muchísimas gracias por dejarme conocer lo que piensan de esta historia que escribo con tanto cariño y que se ha vuelto un verdadero desafío el llevar a palabras.
Gracias por el apoyo y por todas y cada una de las palabras que me dejan, porque realmente significan mucho para mí ^^
4.-Es todo por ahora, nos encontramos pronto, que estén muy bien y será hasta un próximo capítulo.
Cuídense mucho y buena suerte!
Madame De La Fère – Du Vallon.
