- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo VII

"Esponsales"

Los hechos acaecidos durante las últimas veinticuatro horas se agolpaban y se confundían en mi cabeza como si estuviera rememorando los fragmentos incompletos de un extraño sueño.

Me encontraba en la habitación que habían asignado los monjes para mi descanso y los recuerdos de los últimos meses venían y se iban con una rapidez inusitada.

Si me hubieran dicho alguna vez que luego de dos meses de un lento y tedioso viaje por parajes que nunca en mi vida había visto, terminaría ocupando el lugar de mi hermana mayor a quien sólo acompañaba para que cumpliera con el compromiso de matrimonio al cual la había entregado padre, seguramente jamás lo hubiera creído.

Sin embargo, era justamente lo que había sucedido. Ahora me encontraba sentada sobre el futón, esperando que mis doncellas, Ukyo y Sayuri terminaran el complejo y sofisticado peinado para la ceremonia.

Cerré mis ojos por unos momentos y un indiscreto suspiro escapó de mis labios.

-¿Te hicimos daño, mi señora? –preguntó Ukyo con inquietud.

Yo no fui capaz de contestarle con palabras, así que sólo negué con un suave movimiento de cabeza.

Las doncellas siguieron con su labor y yo tuve tiempo de pensar en lo estaba a punto de ocurrir.

Las cosas no habían salido de acuerdo a mis planes. Nada había resultado como yo esperaba y me angustiaba sobremanera que así hubiera sucedido.

Desde el día anterior, cuando el señor Hibiki había interrumpido mi conversación con el señor Saotome, yo había buscado insistentemente el momento de confesarle todo el engaño a mi señor; sobre todo después de conocer esa misma noche las intenciones que él tenía para ambos.

A la hora de jabalí se habían reunido todos los cercanos a mi señor y habían dispuesto que al despuntar el alba, Hibiki saliera rumbo a Nerima para reclutar al grueso de los hombres del señor Saotome y luego, conducirlos a donde sabían, se estaban produciendo los primeros movimientos hostiles del clan Kuno. Después de eso, me fue imposible volver a ver al señor Saotome; ocupado en preparar la mejor estrategia de ataque y defensa de su dominio, era entendible que las demandas de una chiquilla como yo, su 'prometida', no tuvieran la misma importancia. Fue entonces cuando recordé una de las primeras enseñanzas de mi antiguo maestro. Me parecía que podía escuchar la voz del anciano hablándome con total propiedad.

- "…Mi dulce Akane, un verdadero guerrero dejará todo de lado cuando se trate de una batalla y no porque sea una muestra de valor el estar siempre dispuesto a combatir. No, mi niña querida. Desde pequeños nos preparan para morir y para vencer el miedo a la muerte, pero un guerrero siente miedo en todo momento, el mérito recae en apartar ese miedo y enfrentarse al enemigo por la defensa de lo que queremos y respetamos: nuestra familia, nuestro pueblo, nuestro señor… nuestra tierra. Eso es lo que hace un verdadero guerrero, no lucha por alcanzar gloria y reconocimiento, si se sale vencedor, eso vendrá por añadidura. No, el verdadero guerrero lucha por quienes ama. Recuerda eso Akane, el guerrero siempre luchará por lo que le es más preciado y derramará su sangre convencido de que hizo lo correcto…"

Ahora entendía a la perfección las palabras de mi maestro, a las que a esa temprana edad no había dado la importancia que merecían. El señor Saotome era un verdadero guerrero y haría exactamente lo que mi anciano maestro había dicho, por lo que no tendría tiempo para mí, lo entendía y lo respetaba. Pero cuando la hora del jabalí estaba a punto de llegar a su fin, Cologne recibió una escueta misiva con la instrucción de entregármela cuanto antes.

El trozo de pergamino es el mismo que conservo en mis manos ahora y que puedo recitar de memoria por las tantas veces que lo he leído. La caligrafía apresurada con la que fue escrito no impidió que cada kanji quedara gravado para siempre en mi memoria.

"Señora Tendo, deberás disculparme por no atender a tus necesidades como es debido, pero la situación en la que nos encontramos es preocupante y necesita de toda mi atención.

No es mi intención impartirte órdenes, así que toma esto como una petición formal. He decidido que mañana por la tarde nos desposemos, luego partiré a la frontera a reunirme con la avanzada comandada por el comandante Hibiki, quien como ya debes saber, se encuentra en camino.

Sé que no será la ceremonia que esperabas, pero confío en que entiendas que nos encontramos en una situación especial, aunque no por ello quiero aplazar más mi unión con la mujer que eligieron los dioses para ser mi compañera.

Quiero convertirte en mi esposa señora Tendo y así, tener un motivo mucho más poderoso para regresar triunfante de la batalla que se avecina.

Espero lo entiendas y aceptes esta unión apresurada que, como lo dije en el bosquecillo, hace días que dejó de ser una unión por conveniencia.

¿Podré aspirar a tu comprensión y disposición para acelerar los hechos?

Espero que así sea.

Ranma."

Ranma, la escueta carta terminaba con ese sólo nombre. Él no firmaba como "tu prometido", tampoco como "tu futuro esposo" y mucho menos como "señor Saotome"; no, mi señor había escrito esa simple palabra al final, su nombre y con ese gesto me demostraba que confiaba en mí y acaso incluso... me quería. De solo pensarlo me sonrojaba, mi corazón se agitaba y la alusión a nuestra secreta conversación en el bosquecillo no hacía más que empeorarlo todo.

Las horas habían pasado rápidamente y yo casi no había descansado pensando en cómo decirle a ese hombre que me ofrecía quizá la única oportunidad verdadera de ser feliz, que yo no era más que una embustera, una mujer que no había medido las consecuencias de sus actos y que para salvar el prestigio y el honor de su familia, le había engañado vilmente y lo seguía haciendo.

Sentí el característico escozor en los ojos que producían las lágrimas al agolparse antes de caer. Abrí los ojos y observé directamente al blanco traje ceremonial que descansaba impecable frente a mí.

-"Un motivo mucho más poderoso para regresar triunfante de la batalla que se avecina- repetí en mi atormentada cabeza-. Yo no soy tu motivo señor Saotome… yo no puedo…"

Un sollozo ahogado que no pude reprimir escapó de mis labios alertando de inmediato a mis doncellas.

-Señora Tendo –dijo Sayuri asustada, yo esquivé su inquisitiva mirada y solicité la ayuda de Ukyo con un gesto.

-Sayuri –dijo mi amiga y compañera dejando el peine que utilizaba sobre el futón-, la emoción de la próxima ceremonia debe tener muy afectada a nuestra señora. Ve y dile a los monjes que le envíen algo para calmar los nervios.

Sayuri observó a Ukyo con suspicacia, pero yo la miré agradecida.

-¡Anda mujer, obedece! –exigió Ukyo con autoridad-. No tenemos todo el día, la hora prevista se acerca.

-Sí –respondió mi otra doncella incorporándose para luego salir con rapidez de la habitación.

Ukyo murmuró un par de palabras que yo no escuché y luego se quedó observándome con impaciencia y preocupación.

-No puedo –gimoteé al escuchar el discreto caminar de Sayuri alejándose del lugar.

Mi doncella y amiga avanzó sobre sus rodillas hasta quedar frente a mí y tomó mis manos entre las suyas.

-Sí puedes, Akane –dijo sonriendo amablemente y con un dulce tono de voz-. Eres una Tendo, la dama Kasumi debe estar muy lejos de aquí y nadie tiene porqué enterarse jamás de que tú no eras la prometida del señor Saotome. Yo creo que tu padre estará de acuerdo con este arreglo ya que fue su hija mayor quien lo defraudó y deshonró, no has sido tú. Tú sólo hiciste lo que hubiera hecho cualquier mujer ante una situación así de desesperada.

-¡Pero le estoy engañando! –exclamé con mayor intensidad de la que hubiera querido.

Mis ojos se encontraron con los de Ukyo y ya no pude soportarlo más, las lágrimas brotaron incontrolables. Me abalancé sobre mi doncella y la abracé con todas mis fuerzas. Necesitaba consuelo, necesitaba ese afecto casi maternal que mi amiga y compañera sabía ofrecerme.

Ukyo me correspondió y comenzó a golpear suave y rítmicamente mi espalda mientras yo trataba de calmar mi llanto. Cuando pude tranquilizarme un poco, sus susurrantes palabras lograron que mis ojos se abrieran enormemente.

-Akane, ¿estás enamorada del señor Saotome?

No contesté, me separé de la forma más delicada que pude de ella y esquivé su mirada. Sequé mi rostro húmedo, respiré profundamente y me puse de pie. Faltaban escasas horas para la ceremonia y debía hacer algo.

-Te conozco desde pequeña Akane, a mí no puedes engañarme y sé que sientes algo por el señor de Nerima, la pregunta es ¿qué tan fuerte es ese sentimiento?

-Sólo respeto y gratitud –respondí fríamente-. El señor Saotome no se merece que lo engañe de esta manera, se ha ganado toda mi admiración.

-Eso no es lo que demuestran tus acciones, Akane –respondió Ukyo-. Deberías luchar por fortalecer ese sentimiento que tratas de esconder torpemente, no por destruirlo.

-¡Tú no sabes nada! –le grité furiosa aun sin saber porqué lo hacia.

Apreté mis puños y me dispuse a salir de la habitación tal y como estaba, con un simple kimono en un solo tono y luciendo el peinado ceremonial con todos esos pesados adornos insertos en el cabello.

-Estás llevando tu terquedad a niveles de los cuales luego te arrepentirás, señora Tendo –escuché que decía Ukyo a mis espaldas-. El código y el honor no lo es todo en la vida, el amor también es importante.

Fruncí el ceño y la observé con rencor. Ella permanecía de pie, observándome con una sonrisa de triunfo en los labios y juro que la odié con todo mi ser en ese momento… porque sabía que ella tenía razón, pero yo no estaba preparada para admitirlo, así que cerré la puerta corredera con todas mis fuerzas y avancé a gran velocidad por los pasillos del gran templo del ruiseñor. No sabía muy bien lo que iba a hacer o qué iba a decir cuando encontrara al señor Saotome, pero estaba decidida a no dar pie atrás. Que pasara lo que tuviera que pasar.

Había avanzado bastante cuando escuché unos gritos femeninos agudos e inquietantes, mezclados con increpaciones de una voz masculina y el típico sonido que emiten las vasijas al caer al suelo y romperse.

Corrí en la dirección desde donde venían los sonidos al reconocer las palabras de Sayuri.

-¡Atrápalo! ¡Que no se escape!

Cuando llegué al lugar, vi a mi doncella agazapada avanzando con cautela hacia un rincón de la habitación. A un costado de ella, caminaba con sigilo un corpulento monje en la misma actitud de mi doncella.

La habitación era bastante grande y se podía apreciar por los enceres y utensilios desperdigados al interior, que formaba parte de las dependencias de la cocina del templo. No pude seguir observando con detenimiento el lugar porque en agudo chillido de un animal, junto con las quejas de mi doncella y del monje me volvieron a la realidad.

-¡Se escapa! –exclamó Sayuri.

-¡No esta vez! –gritó el monje.

-¿Qué sucede aquí? –quise saber, preguntando desde la puerta.

-Señora Tendo –dijo mi sorprendida doncella.

-Sayuri, ¿qué fueron esos gritos? Pensé que te sucedía algo malo.

-Mi señora, yo…

-Fue mi culpa, señora Tendo –dijo el monje gordinflón de amable mirada-. Tu doncella vino a solicitarme algo para calmar tu estado nervioso y me encontró justo cuando trataba de darle alcance a un…

El chillido interrumpió las palabras del monje y captó la atención de los tres. Observé en la dirección en que se había escuchado el sonido y me acerqué. Debajo de unos cestos se movía algo, arrastrando un trozo de rustica tela y haciendo sonar unos pedazos de madera y varas de bambú que habían desperdigados en el sector. Levanté uno de los cestos y saqué rápidamente el trozo de tela. Unos ojos pequeños me miraron por unos instantes antes de tratar de huir nuevamente. Afortunadamente, yo fui más rápida y le atrapé utilizando la misma cesta que había sacado. Cuando fui capaz de apreciar mejor al animalillo, no pude hacer otra cosa que sonreír.

-Un pequeño cerdito –dije de forma susurrante. Nunca había visto uno de esas características tan de cerca, era completamente negro y sus ojitos parecían tristes.

-Señora Tendo, el monje debe llevarlo para…

-¡No! –exclamé entendiendo de inmediato lo que querían hacer con él-. No, si yo pude atraparlo es mío.

-Pero señora…

-El cerdo será mío y lo salvarás Sayuri –dije con total autoridad-. Es demasiado pequeño para que quieran… comerlo.

-No queremos comerlo –dijo el monje espantado-, solo queremos sacarlo de aquí. Se metió no sé cómo en la cocina y ha destrozado muchas cosas a su paso. Debe salir de aquí. Ya hay un monje asignado que lo está esperando para llevarlo lejos, al interior del bosque de donde debe haber llegado.

Me sonrojé ante las palabras del monje y observé al cerdito que trataba de hacerse cada vez más atrás, en un intento por escapar.

-Entonces deberás hacerme un favor Sayuri –dije con una sonrisa en los labios-. Deberás llevarle tu misma este cerdito al monje. Dudo mucho que se deje conducir por alguien que le inspire temor.

-Sí, mi señora.

Le entregué el cerdito a mi reticente doncella y la observé alejarse de mala gana hacia uno de los jardines interiores. Luego le sonreí al monje y cuando me disponía a abandonar el lugar, él hablo.

-Ranma será muy feliz a tu lado, señora Tendo –dijo amablemente, yo le quedé mirando de forma interrogante por lo que él continuó-. Lo conozco desde que era un niño, cuando el maestro Hapossai lo envió a entrenar con nosotros y ahora que te veo, sé que eres la mujer ideal para él. Me alegra mucho que los dioses hayan sido tan benévolos con Ranma, es un buen hombre.

Yo le observé sin decir palabra, no podía contestarle, así que sólo sonreí y él hizo una reverencia para luego retirarse. La angustia volvió a mi corazón y sin embargo, las palabras del monje habían logrado hacer que me cuestionara sobre mi decisión.

¿Y si Ukyo tenía razón? ¿Y si dejara que las cosas sucedieran tal y como estaban sucediendo?

Giré sobre mis talones y avancé lentamente por los pasillos del templo. Iba ensimismada en mis pensamientos por lo que no me fijé que había alguien esperándome a unos metros.

-¿Se lo dijiste?

-No –contesté después de un momento de silencio durante el cual me dediqué a observar a mi interlocutora-. No lo he encontrado y ahora yo… Cologne, no sé qué hacer.

La anciana me observó como pocas veces lo hacía, con dulzura. Asintió con un movimiento de cabeza y se encaminó rumbo a mi habitación.

-Vamos Akane, debemos hablar.

Yo la seguí de forma sumisa, sabía que ella me ayudaría a encontrar una solución. Cologne era la única que me daría opciones, no órdenes, así que avancé tras ella e ingresé en la habitación. Una sonriente Ukyo nos recibió con los implementos que hacían falta para completar el atuendo que debía lucir en la ceremonia.

Me desplomé sobre el futón y observé el bello y tranquilo verdor de los jardines interiores del templo. A lo lejos se observaban las enormes copas de los árboles que conformaban el bosquecillo al pie de la montaña y si uno ponía atención, lograba distinguir el eterno murmullo que generaban las aguas de la cascada al caer.

-Akane –dijo mi aya a mis espaldas. Se había sentado sigilosamente tras de mí sin hacer el menor ruido. Yo seguí observando el paisaje-, en la vida siempre encontraremos muchos caminos y nosotros podremos optar por el que mejor nos parezca.

-¿Qué caminos tengo yo en estos momentos, Cologne? –pregunté con resignación.

-Seguir con este engaño y desposarte con el señor Saotome, o contárselo todo y apresurar tu partida y la de todos nosotros a sukhavati.

-Esos siempre fueron mis dos caminos –dije con una sonrisa irónica en los labios-, desde que lo conocí, sabíamos que así sería.

-Sí, tienes razón, pero ahora hay una pequeña diferencia –contestó Cologne serenamente.

-¿Cuál?

-Si eliges la opción de seguir hasta el final con el engaño, el señor Saotome se irá confiado a la batalla, conforme por haber hecho lo correcto, seguro de haber dado un paso más para afianzar su liderazgo y con la esperanza de volver a reunirse con su joven esposa. Eso es algo que a un hombre como él le hará enfrentarse a todo y a todos. Ese tipo de cosas es lo a un guerrero como el señor Saotome le da el valor y la fuerza suficiente para derrotar al clan Kuno y volver a su dominio victorioso, volver al lado de su esposa, Akane –mi aya hizo una pausa mientras yo trataba de controlar los apresurados latidos de mi corazón-. Si le cuentas la verdad ahora, todo acabará para nosotros, es cierto, pero también será un duro golpe para él y te aseguro que puede llegar a ser desastroso. La batalla le será desfavorable porque estará pensando en el engaño al que fue sometido y no podrá concentrarse, tomará malas decisiones y las pagará caras. La vida de sus hombres y la de su pueblo están en juego y puede llegar a morir, lo sabes Akane, sabes que para un guerrero es importante el valor y la fortaleza, pero también la tranquilidad espiritual y si le dices la verdad ahora, justo en el momento en que se enfrentará a una batalla, carecerá de esa tranquilidad.

La anciana tenía razón, como siempre. Permanecimos en silencio, solo se escuchaba el canto de los ruiseñores. ¿Qué hacer?, ésa era la pregunta y yo no podía decidirme por la respuesta correcta. A mi mente vinieron escenas de destrucción y muerte, el bello dominio de Nerima destrozado y el señor Saotome ensangrentado, observándome con odio y desprecio. Sacudí mi cabeza para alejar esas imágenes.

-¿Cómo puedo saber que mi elección será la correcta? –dije en un susurro. Mi aya se acercó más a mí y tomó una de mis manos.

-No puedes saberlo –contestó-. Nadie puede saberlo. Mi niña, te lo dije cuando llegamos a Nerima, viniste en este viaje como acompañante de tu hermana, ésa era tu misión, pero si terminaste envuelta en esta telaraña es porque debía ser así. Si aquella vez te dije que sufrirías con esta farsa, no me refería al sufrimiento de una muerte prematura y trágica Akane, tú sabes a lo que me refiero…

La observé asustada. Ella me miraba con compasión.

-Tú no puedes controlar tu corazón, Akane, nunca podrás hacerlo y es por eso que sufres ahora –continuó diciendo en un susurro-. Le amas y no quieres hacerle daño, pero ya no puedes deshacer lo que has provocado sin salir lastimada o sin lastimarlo a él. Debes decidir qué hacer, pero por una vez en tu vida, decide con esto –dijo golpeándose un par de veces el pecho-, no con esto –terminó de decir, indicando su cabeza.

Cerré mis ojos y solté un suspiro resignado. Cologne se separó de mí y escuché sus pisadas dirigiéndose a la puerta de la habitación.

-Cuida de ella, Ukyo. Yo estaré esperándolas en la antesala del templo, seguramente con el señor Saotome. Sea cual sea tu decisión, Akane, yo la respetaré y te apoyaré hasta el fin de mis días. Queda poco para que comience la hora del gallo, asegúrate de decidir tu futuro inmediato con prontitud.

Mi anciana nodriza salió de la habitación y los temores volvieron a mi corazón. Sabía lo que debía hacer, estaba conciente de lo que quería hacer, pero temía no encontrar el valor para hacerlo. Tomé el pendiente de jade que colgaba de mi cuello y lo apreté con fuerza, quizá con la esperanza de que a través de la piedra, mi madre me transmitiera la fortaleza que necesitaba para llevar a cabo la elección que ya había hecho.


Me encontraba sentado en la habitación de meditación del abad. Había permanecido en ella desde la noche anterior hasta ahora, simplemente meditando o más bien, tratando de hacerlo. Había dormido por escasas tres horas durante la madrugada y me sentía agotado pero a la vez, ilusionado.

No sabía exactamente cuántas horas habían pasado desde que había optado por la postura seiza y juntar mis manos en mudrä para dejarlas descansar en mi regazo, pero ni siquiera siguiendo esos principios de meditación había podido evitar el pensar en los acontecimientos que me esperaban.

Era la emoción de preparar una batalla la que me tenía en ese estado de efervescencia, pero además, yo sabía que también se debía en gran parte a mi inminente unión con la señora Tendo.

La decisión se había tomado en consenso. El abad había dicho que sería lo mejor y Hapossai había concordado con él, pero aunque ninguno de los dos me hubiera apoyado, yo no hubiera renunciado a insistir en que los esponsales debían realizarse sin dilación. Afortunadamente, ellos habían estado de acuerdo, así que apresuradamente escribí una nota comunicándole a la testaruda niña que había robado mi corazón, que la tarde del día de hoy nos casaríamos a como diera lugar y se la hice llegar con un sirviente.

Luego de esa breve interrupción se habían decidido los pasos a seguir en lo concerniente al enfrentamiento con el señor Kuno. Ryoga se había puesto en camino aquella misma noche. Su misión era reunir a los guerreros Saotome y llevarlos a la frontera para preparar la avanzada.

Habíamos trazado un plan de ataque. Sabíamos que las tropas del clan Kuno se estaban desplazando al occidente de nuestra frontera, por lo que habíamos decidido aprovechar las favorables condiciones geográficas que nos daban las colinas que rodeaban el valle que se extendía más allá del territorio de Nerima a nuestro favor. Así dispondríamos de todos nuestros hombres a la espera del primer ataque de los guerreros Kuno.

Sabido era por todos que si no atacabas primero y atraías al enemigo, sus fuerzas disminuirían debido al cansancio. Ése era nuestro objetivo, disminuir sus fuerzas ya que no sabíamos cuántos eran los hombres a los que nos enfrentaríamos.

Kuno quería enfrentarme, pues bien, yo le demostraría el poderío de los guerreros Saotome, aunque contara con menos hombres.

Estaba orgulloso de mis guerreros, pero sobre todo, de mi caballería. No hacía mucho tiempo que se estaban perfeccionando las técnicas de ataque montado, pero los guerreros Saotome se caracterizaban por ser los mejores en aprender, desarrollar, perfeccionar y aplicar aquellas técnicas. También contaba con buenos arqueros y del grueso de mis guerreros, la infantería, no había que tener cuidado en que se comportarían de forma magistral, como siempre lo habían hecho.

Ahora bien, yo había ideado un plan con el cual estaba seguro de conseguir una buena ventaja. Aprovechando las colinas, el llano y los bosques que rodeaban el terreno, había decidido que no todos mis hombres se apostaran en el mismo lugar. No, nos dividiríamos en tres bandos, el primero sería el señuelo y lo comandaría yo, ya que finalmente, el estúpido y ególatra Tatewaki quiere mi cabeza. Los otros dos grupos esperarían a que el adversario se arrojase a enfrentarnos y les saldrían al encuentro por sorpresa.

La idea era buena, en teoría se veía aplicable y casi infalible, pero mi experiencia me decía que en la práctica las cosas eran distintas.

En la práctica, los hechos sucedían demasiado rápido para darse cuenta de lo que pasaba. Debías tomar decisiones apresuradas y atacar de forma constante porque de lo contrario, el adversario podía obtener la ventaja y los errores se pagaban con la vida.

Ahora más que nunca yo no estaba dispuesto a cometer errores porque un solo error podría costarme el no ver nunca más aquellos almendrados ojos soñolientos y vivaces a la vez, aquellos cabellos sedosos y azulados y aquel rostro de niña mujer que venía apareciendo en mis sueños y me acompañaba en mis pensamientos cada vez con mayor frecuencia.

Akane Tendo se convertiría en mi esposa en unas cuantas horas, pero sólo en lo que se refería a la ceremonia para que no quedara duda de que yo la protegería y defendería el dominio que pasaría a ser de ambos. Inmediatamente después me marcharía dejándola sola y al cuidado de los monjes… y por todo lo más sagrado, juro que era la primera vez que reconocía aquella sensación de miedo ante la inminente batalla. Lo que nunca había experimentado, el temor a la muerte, ahora lo vivía en carne propia.

En mi fuero interno sabía que temía el que no todo saliera como habíamos previsto y que por ello, los dioses me privaran de volver a su lado.

Estaba enamorado, lo sabía y lo temía porque siempre me habían dicho que los guerreros no amaban, porque el amor era un arma de doble filo, podías defenderte con ella pero no sabías en qué momento, ésta se volvería en tu contra.

Por eso había permanecido en esa pequeña habitación durante todas esas horas, para evitar verla y así, construir una coraza que evitara el ser dependiente de ella, aunque sabía muy bien que todo intento por conseguirlo sería absurdo, la señora Tendo ya era dueña de todo mí ser y estando allí, separados por unas cuantas habitaciones, ya comenzaba a extrañarla. No quería pensar en la separación que significaba una batalla, sobre todo sabiendo que ya sería mi esposa.

-Ranma.

Escuché la voz de Shinnosuke quien había entrado sigilosamente a la pequeña habitación. No quise abrir los ojos, tampoco hablarle, pero con un gesto de mi mano le indiqué que le estaba escuchando.

-Ranma, se acerca la hora del gallo –dijo en voz baja, casi como si se sintiera culpable de interrumpir mi meditación-. El maestro Hapossai me envió a buscarte para que vayas a prepararte, la ceremonia se realizará pronto.

-¿Has sentido temor alguna vez, Shinnosuke? –pregunté en voz alta.

-Todos hemos sentido temor, Ranma –contestó mi amigo con simpleza.

Abrí los ojos y lo observé buscando en su rostro la respuesta a una pregunta que no había formulado.

-¿No estarás arrepentido de desposar a la señora Tendo? –preguntó con sorpresa.

-No –contesté, negando suavemente con un movimiento de cabeza-. No es eso pero… siento que hay una amenaza cerca y no se trata de la batalla con el clan Kuno. Algo me dice que debo estar preparado… pero no sé para qué –terminé de decir en un susurro.

-Siempre sentimos esa clase de sensaciones cuando estamos por enfrentarnos en combate Ranma, seríamos unos estúpidos si tratáramos de convencernos que no le tememos a la muerte.

-Puede que tengas razón –asentí-, siento temor de no volver a verla, ¿sabes?

-Estás enamorado de ella, ¿no es así?

Esquivé su mirada con incomodidad. Si había algo que me costaba demasiado hacer, eso era reconocer mis sentimientos y aunque conocía al monje desde que éramos unos chiquillos, no tenía la confianza suficiente como para revelarle mis secretos más íntimos.

-Debe ser el temor propio que antecede a una batalla –respondí finalmente poniéndome de pie para salir de la habitación.

Shinnosuke se acercó con rapidez y posó su mano en uno de mis hombros.

-No temas reconocer tus sentimientos, Ranma. Al guerrero le han enseñado cómo pelear, cómo ganar batallas y cómo defenderse, pero nadie le enseña a amar, eso es algo que debes aprender tú solo –dijo con amabilidad-. No le temas a ese sentimiento porque te aseguro que cuando puedas aceptarlo abiertamente, te dará la fortaleza para ser mucho mejor de lo que ya eres.

No contesté, esbocé una sonrisa y me encaminé en dirección a la habitación que se me había asignado. El lugar en donde seguramente encontraría a Hapossai y a algunos sirvientes que ayudarían a vestirme de forma adecuada para la ceremonia.

-"Los guerreros no se enamoran tontamente" –me dije, tratando de engañarme a mí mismo.

Entré sin anunciarme a la habitación. Hapossai me miró con un gesto adusto.

-Llegas tarde –dijo con tono autoritario.

-Ya no soy un niño, Hapossai –reclamé a mi maestro y chambelán.

-Ah, pero pareces uno –terció él, regalándome una mirada de advertencia-. Deberás cambiarte rápidamente si quieres alcanzar a casarte con esa niña.

-Se llama Akane y te recuerdo que fuiste tú el que pactó este matrimonio. Yo no tenía intención de casarme –dije acercándome al centro de la habitación en donde dos sirvientes estaban esperando para ayudar a desvestirme.

-Pero ahora has cambiado de opinión –susurró observando el kimono ceremonial que descansaba sobre el futón-. Vestirse para la ceremonia y luego, vestirse nuevamente para partir a la batalla, me parece una pérdida de tiempo.

-Si no puedo ofrecerle una boda como merece a la señora Tendo, al menos quiero esforzarme en cumplir con la tradición. No puedo casarme con armadura, nodowa y máscara, Hapossai.

-Sería más práctico –terció jugando con un pequeño sable tanto.

-Y una falta de respeto para la futura señora Saotome –dije mientras uno de los sirvientes me despojaba de la parte superior del kimono que llevaba puesto y el otro me pasaba el hakama negro.

Una vez puesto y fijado el pantalón, los sirvientes se apresuraron en completar mi atuendo con la parte superior. Luego me hicieron extender los brazos a los costados para poder incorporar el haori.

Estaba listo, me había demorado muy poco en estar presentable y ya estaban a punto de dar el inicio a la hora del gallo. Mi corazón saltó en mi pecho y un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

-"Mal presagio" –pensé, pero luego me obligué a olvidar esa extraña sensación-. ¿Cómo luzco? –pregunté a mi maestro para tratar de alejar esos malos pensamientos de mi mente.

Hapossai me observó de pies a cabeza, frunció el ceño y una sonrisa irónica asomó en sus labios.

-Como un idiota cortesano –contestó burlonamente.

-¿Qué es lo que te molesta, Hapossai?

-Me molesta el que estemos perdiendo tiempo valioso en tonterías como vestimentas ceremoniales y esponsales, mientras el señor Kuno está preparando una batalla.

-No será tiempo perdido, te lo aseguro –dije arreglando el fajín del traje-. Y si así lo fuera, te prometo que lo recuperaremos. Mañana alcanzaremos a Ryoga, ya lo verás.

El anciano maestro no contestó, se limitó a chasquear la lengua mientras observaba a uno de los sirvientes arrodillarse frente a mí, para entregarme el wakizashi con la solemnidad que requería aquel momento.

Recibí el sable y lo ajusté al fajín, sonriéndole con ironía a mi maestro. Luego me encaminé hacia la puerta y salí presuroso de la habitación.

Hapossai salió tras de mí y me alcanzó con celeridad.

-La anciana huraña me comunicó que te esperará en la antesala del templo –dijo mi chambelán a mi lado.

-Hapossai, ¿qué tienes en contra de la señora Tendo y sus cercanos? Desde que llegaron no haces otra cosa que ser desagradable con ella y sus damas.

-No lo sé con exactitud –contestó el anciano con una seriedad que me sorprendió-, sospecho que esa niña oculta algo y quien debe saberlo es la huraña anciana que la acompaña.

-Son sospechas infundadas, Hapossai –contesté yo. Los temores volvían a apoderarse de mí, el viejo chambelán era muy astuto y casi nunca se equivocaba en sus apreciaciones-. En todo caso, es la mujer que elegiste para mí, Hapossai.

-Sí –reconoció-, yo la elegí –terminó de decir con aspereza.

Avanzamos en silencio, ensimismados en nuestros propios pensamientos, pero ese silencio estaba comenzando a exasperarme.

-Es curioso –comenté yo para romper el silencio y quitarle importancia a las palabras de mi mentor.

-¿Qué cosa? –preguntó Hapossai.

-Será la ceremonia más extraña y poco tradicional que haya visto, y es mí ceremonia.

-¿A qué te refieres?

-Tú no eres mi padre y me acompañarás a desposarme. Ella no tiene madre por lo que la acompañará su nodriza. Yo tampoco tengo madre, así que ella no podrá salir con su suegra. El abad hará una ceremonia breve, ya me lo comunicó y no tendré celebraciones por la unión ni noche de bodas porque me espera una batalla y quizá, la muerte.

-¡No digas esas cosas muchacho! –me regañó Hapossai.

-Pero si es la verdad, maestro –dije yo sonriendo.

Él soltó un gruñido y murmuró un par de palabras que no pude entender. Ya habíamos llegado al lugar en donde nos esperaba la anciana nodriza de la señora Tendo, afirmándose en su largo bastón.

-Señor Saotome –saludó, inclinándose en una reverencia.

-Buenas tardes, Cologne –respondí yo, mordiéndome los labios para no reír a carcajadas ante la escena de hostilidad entre Hapossai y Cologne.

Los ancianos no se soportaban, eso estaba claro, pero a mí me hubiera gustado conocer el motivo.

No puede hacer comentario alguno porque justo cuando iba a hablar, la anciana interrumpió mis pensamientos.

-Allí viene mi niña –dijo con el tono de voz más dulce que le había escuchado.

Me di media vuelta y quedé pasmado. Caminando a pequeños pasos venía ella, acompañada por una de sus doncellas y vestida totalmente de blanco. Su rostro estaba perfectamente pintado de blanco, sus labios en un rojo intenso y sus cabellos recogidos en un peinado elevado y adornados con unas figurillas doradas.

Cuando llegó a nuestro lado, quedé sin habla. No fui capaz de decir ni media palabra, solo pude mirarla embelesado por su belleza.

-Señor Saotome –dijo con un tono de voz temeroso y melancólico.

Mis ojos encontraron los suyos. La luz de la tarde que ingresaba hasta donde estábamos iluminaba su rostro y bañaba su cabello, haciéndolo relucir en tonos azulados y tornando sus ojos de un color casi anaranjado.

-"Es preciosa" –pensé, pero luego me di cuenta de su expresión de tristeza.

¿Sentiría el mismo temor a la batalla que sentía yo? Sería el hombre más afortunado si ella estuviera realmente preocupara por lo que pudiera sucederme en batalla, porque eso significaría que…

-Ranma, estamos listos -dijo Shinnosuke, sacándome de mis pensamientos.

-De… de acuerdo –titubeé mirando al interior del templo. Allí nos esperaba el abad, frente al pequeño altar.

Iba a darme la vuelta para ingresar ya que Hapossai estaba avanzando cuando sentí que ella tomaba mi brazo para detenerme.

-Mi señor –susurró de pronto de forma suplicante.

-¿Qué sucede Akane? –respondí y el temor volvió a tomar posesión de mi corazón.

-Mi señor –repitió-, necesito que… me perdones si llego a ofenderte… quiero que sepas que pase lo que pase, nunca he tenido la intención de… solo quiero que me disculpes.

Sus palabras me sorprendieron tanto que sólo pude asentir torpemente con un movimiento de cabeza y sonreírle amablemente. Ella esbozó una triste sonrisa y comenzó a avanzar hacia donde se encontraba el abad. Ukyo, su doncella se quedó algo rezagada, cuando yo emprendía la marcha, la chica susurró algunas palabras.

-No le hagas caso, mi señor, está muy nerviosa.

-Así veo –dije yo.

Avancé al interior y me acerqué al altar, allí me esperaba el abad, Shinnosuke, Cologne, Hapossai y Akane. La ceremonia comenzó al instante, pero yo no me di cuenta de lo que sucedía en ella, sólo escuché el murmullo de las plegarias dichas por el abad mientras era plenamente conciente del temblor en el cuerpo de Akane a mi lado. No podía concentrarme aunque quería y debía hacerlo, sólo podía pensar e imaginar los un y mil motivos que tendría ella para sentirse tan nerviosa y asustada.

Cuando llegó el momento de beber el sake e intercambiar las copas, casi derramo el licor a causa de mi desconcentración, ganándome una dura mirada por parte del abad y una sonrisa burlona por parte de Shinnosuke.

Luego todo sucedió bastante rápido y oficialmente, Akane se había convertido en mi esposa.

Un suspiro escapó de mis labios y una sonrisa satisfecha se instauró en mi rostro cuando abandonamos el interior del templo en donde se encontraba el pequeño altar.

Noté cómo todos a mí alrededor se encontraban felices por aquella unión. Todos, excepto mi esposa.

-¿Qué sucede, Akane? –pregunté con temor mal disimulado.

-Nada, mi señor… estoy nerviosa, es todo –contestó ella, tratando de esquivar mi mirada.

-La ceremonia ya pasó –susurré deteniendo mi caminar en la antesala del templo.

Ella me observó dubitativa y luego volvió a esquivar mis ojos. Algo quería decirme y no se atrevía a hacerlo. Tenía que ser eso o quizá… ¡Era muy joven!, debía haber pensado en ello antes, era lógico su temor, seguramente mi dulce e inocente esposa pensaba que ahora yo querría reclamar mis derechos como su legítimo esposo. Me sonrojé al descubrirlo y no supe cómo reaccionar, así que opté por acelerar las cosas.

-Bueno –dije con el tono de voz más despreocupado que pude fingir-, será mejor despedirnos aquí.

-¿Des… despedirnos? –titubeó observándome por sobre su hombro.

-Sí, sabes que Ryoga ya partió a enfrentar a los guerreros Kuno, yo debo alcanzarle para comandar a mis hombres, así que parto ahora mismo –dije ganándome la atención de todos los que nos rodeaban.

Ella se dio media vuelta para observarme e inclinó un poco su rostro con una expresión de total sorpresa.

-Pensé que…

-Pensaste mal –sonreí acariciando su mejilla-. Permanecerás aquí junto a tus acompañantes, los monjes te cuidarán.

Me separé unos pasos para dirigirme a mi habitación y cambiarme de ropa, pero el grito ofuscado de mi esposa me detuvo en el lugar.

-¡No!

Todos la observamos sorprendidos. El temor y el nerviosismo habían sido reemplazados rápidamente por una expresión decidida y casi furiosa.

-No aceptaré que vayas a la batalla y me dejes atrás –dijo tratando de quitarse los adornos del cabello.

Sonreí ante los vanos intentos de mi esposa por desarmar el peinado que seguramente les había costado horas confeccionar a sus doncellas.

-No puedes acompañarme a la batalla, Akane –dije todavía sonriendo-. El monasterio es seguro y los monjes te protegerán, además, Kuno puede ser un idiota, pero jamás se atreverá a cruzar la capital del Shögun para atacarte.

-Ahora soy la señora Saotome –dijo con decisión, demostrando que no había tomado en cuenta mis palabras-. Mi deber es velar por el dominio de mi esposo… y defenderlo junto a él si es necesario.

Sus palabras hicieron que mi pecho se inflamara de orgullo. Sí, ella era la mujer indicada para mí, pero aun así, no podía exponerme a que me acompañara en una empresa tan peligrosa.

-No me acompañarás, Akane –dije dándome la vuelta para seguir mi camino.

El frufrú de la seda al rozar el suelo y las pisadas nada recatadas y aceleradas me alertaron. De pronto la tenía delante de mí, desafiándome con la mirada y conteniendo apenas su furia. Quise tomarla en mis brazos, besarla allí mismo y después, perderme con ella en algún recoveco de aquel templo. Sacudí mi cabeza y me obligué a calmar mis impulsos.

-Iré contigo mi señor y si intentas dejarme atrás… -hizo una pausa, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas-, si me dejas atrás, me escaparé como sea. Mi deber es estar a tu lado.

-Akane… –susurró la asustada nodriza de mi esposa a su lado. Ella hizo un gesto con su mano, obligándola a callar.

-Iré contigo –volvió a repetir.

Yo la observaba encantado. No podía procesar sus exigencias, sólo pensaba en lo hermosa que era y en lo valiente que estaba demostrando ser. No pude soportarlo y la acerqué a mí con un rápido movimiento que ella no se esperaba… tampoco se esperaba el brusco y demandante beso que le exigí.

Sabía que no debía hacer algo como eso frente a todas esas personas, pero mis impulsos fueron más fuertes y ya no podía hacer nada por enmendar el error. 'Una vez más, pisoteando el protocolo y las reglas', hubiera dicho mi maestro… y seguro que algo así diría después.

Me separé lentamente de ella y me encontré con su rostro sonrojado y su mirada sorprendida.

-No me pidas que te lleve conmigo, porque si algo llegara a ocurrirte… -dejé la frase inconclusa. No podía decírselo delante de todos.

Ella suspiró y me observó conteniendo las lágrimas, retrocedió unos pasos y comenzó a retorcer las mangas de su kimono mientras enfocaba su vista en el piso. Me sentí muy mal, sabía que le había hecho daño sin siquiera proponérmelo. Fue entonces cuando escuché la voz de Shinnosuke a mi lado.

-Ranma –dijo el monje-. Creo que la señora Saotome tiene algo de razón, es tu esposa y le corresponde tomar el mando del dominio en tu ausencia. ¿No sería una buena idea que te acompañara hasta Nerima y defendiera el castillo en caso de que los guerreros Kuno lleguen hasta allá?

Observé al monje con suspicacia y me bastó esa sola mirada para entender que su idea era lo mejor que podía hacer. Dejaría contenta a Akane y la alejaría del peligro.

-Bien –contesté-, pero sólo si tú la acompañas y respondes por su seguridad.

-Dalo por hecho.

Mi esposa levantó la mirada ilusionada y sonrió complacida. El monje me hizo una de nuestras señas secretas para confirmarme que aquello estaba bien.

-Yo partiré antes, ustedes lo harán después ya que el viaje en palanquín…

-Tengo a Kyo, no necesito de un palanquín –dijo Akane de forma decidida-. Además, mi señor sabe que no me gusta viajar en palanquín.

-Lo sé –concedí con una sonrisa.

-Voy a cambiarme –dijo para darse media vuelta y perderse en dirección a su habitación. Su doncella y su nodriza la siguieron a toda velocidad.

Permanecimos en silencio por unos momentos, viendo desaparecer a las tres mujeres.

-Nube escarlata –comentó el abad acercándose-, es capaz de desatar una tormenta de proporciones con sólo unas palabras.

Los cuatro reímos con el comentario, pero para mí había quedado en claro una sola cosa, cada vez me sentía más agradecido con los dioses al haberme enviado a esa niña testaruda y dulce a la vez para compartir mi vida, porque de ahora en adelante sería mi única razón para vivir… y también para morir.

Aunque no dejaban de inquietarme las palabras que me había dicho antes de nuestra unión y tampoco esa aprensión que se había instaurado en mi corazón.

Por lo pronto, tenía que olvidarme de todo aquello ya que una batalla me esperaba y por mi gente, por mis hombres y sobre todo por mi esposa, tenía la obligación de vencer y estaba seguro de que así sería.


Notas finales:

1.-Hola a todas/os, un capítulo un poquito más corto, pero así no se aburren tanto ^^

Finalmente sí tuvimos boda… pero, a no confiarse que las cosas no siempre resultan como uno las planifica, así que mi querida Akane tendrá que ver cómo sale de ésta, ya que el agua le está llegando hasta más arriba del cuello.

Para quienes esperaban un relato más detallado de la ceremonia, lamento haberlos decepcionado pero creí que no era tan trascendente contar con lujo de detalles el momento. Además, las ceremonias de hoy en día difieren un poco de las de la época de este relato y me fue muy difícil encontrar mayor información al respecto, por lo que decidí no ahondar en un tema en el cual puedo cometer errores y hacerles leer cosas que realmente no sucedían así.

Mi intención nunca ha sido 'aleccionar' con este escrito, sino por sobre todo, entretener, pero tampoco me gusta escribir de situaciones y costumbres que no conozco muy bien o de las cuales poseo poca información, así que, mis disculpas por no poder relatarles de mejor forma el momento de la unión entre los personajes principales.

2.-Si se dieron cuenta, esta vez traté de separar los puntos de vista de los protagonistas no relatando la misma escena, sino que encausando el relato en el mismo momento vivido pero no juntándolos (no sé si me explico). Bien, quisiera pedirles a quienes me premian en cada entrega dejándome un review, que me dijeran qué les pareció este pequeño cambio. ¿Piensan que mejora la historia o no? (en otras palabras, ¿extrañaron las sensaciones y pensamientos de Akane sobre la ceremonia y el final del capítulo?). Por favor, me lo indican con toda confianza ¿si?, es la única manera que tengo de mejorar un poco esta historia. Gracias ^^

3.-Las palabras del capítulo:

-Hora del jabalí y hora del gallo: recordemos, la hora del jabalí va desde las 9 a las 11 p.m, aproximadamente; y la hora del gallo de las 5 a las 7 p.m, también aproximadamente, dentro de lo que sería nuestro sistema horario.

-Postura seiza: Es una postura de meditación. Debes mantenerte sentado de forma perfectamente recta y sobre tus rodillas (algo así como formando una L con el cuerpo). El samurái se preparaba meditando para enfrentarse a una batalla o bien, para cometer el suicidio ritual. Podría haber citado la posición del loto, pero la postura seiza me pareció más adecuada para la situación de nuestro querido Ranma.

-Mudrä: El mudrä se refiere a un gesto hecho casi siempre con las manos, el cual es de carácter sagrado tanto para el budismo como para el hinduismo. El mudrä utilizado en este caso por Ranma es el de permanecer con ambas palmas abiertas, descansando el dorso de una mano sobre la palma de la otra en el regazo, esto para ayudar en la meditación, espantando los miedos e invocando la paz.

-Nodowa: Se refiere a la parte de la armadura samurái que protegía el cuello del guerrero.

-Sable tanto: El tanto es el sable más corto que utilizaba el samurái; es parecido a una daga de unos 20 o 30 centímetros. También era utilizado para realizar el seppuku, siendo ésta la daga que se envolvía en papel de arroz y el practicante del suicidio ritual se clavaba en el abdomen.

-Haori: La haori es una chaqueta que se utiliza sobre el kimono. Actualmente la utilizan hombres y mujeres, pero en la antigüedad era una prenda de vestir exclusivamente masculina. Para la boda, el hombre utiliza una haori en color negro, con un lazo blanco que viene del interior y luciendo el emblema de su familia. Ahora que recuerdo, hay un capítulo del anime en donde pueden ver a Ranma con una haori (de hecho, aparece con el traje de boda completo), es el de "Ranma contra Mousse, perder para ganar" (así llegó traducido por estos lares). No recuerdo si es el cap 31 o 32 de la segunda temporada, por si quieren ver a nuestro chico como yo lo imaginé para la ocasión ^^

4.-Mis más sinceros agradecimientos y de todo corazón a ranm..OCD, Diana, Marina, ShinobuByako (Gracias por comentar ^^ Tienes razón, a medida que avanza esta historia, se irá complicando un poco más. Un beso y espero que te siga gustando la historia^^), saori1f (Muchas gracias por dejarme tu review ^^ Qué bien que te gustó el capítulo anterior, veámos qué te parece éste. Humm, lo siento pero no puedo revelarte la identidad de la geisha… todavía. Un poco de paciencia. Un besote y gracias por tus palabras ^^), Arashi, Nia06, ELOWYN3, syndy, ayu-charm, lrinne, IramAkane, Alumine, Hatoko Nara, Sele, Kara, (Qué suerte que te haya interesado este fic alternativo ^^ gracias por tus palabras. Una compatriota, qué lindo. Un beso y espero que tu también estés muy bien. Ojalá te siga gustando la historia. Gracias por el review^^), Sofi, Ely, CEUSCOLO (Carina, qué bueno saber que compartimos el gusto por la novela histórica. Ya ves que me estoy esforzando al máximo por crear algo entretenido para compartir, así que me llena de alegría saber que lo que he logrado hasta el momento es de tu gusto y del de otras/os lectoras/es. Un beso y muchísimas gracias por comentar ^^), Caro, Marce, Twinkle star-chan (Gracias, gracias por el comentario y por tu apoyo a esta historia. Besos ^^) e Ifis (Qué bueno que te sigue gustando la historia. La geisha… calma, ya se develará el misterio ^^. Respecto del interés que dices que tengo por los lectores pues es algo que me agrada mucho hacer, ya que siento que las historias que escribo no serían nada sin todas aquellas personas que se toman el tiempo de leerlas. Pienso que desde el momento de publicar un capítulo, éste ya no me pertenece, sino que le pertenece a todos ustedes quienes lo leen. Algunos lo comentan, otros no, pero yo me siento más que feliz tan solo al saber que alguien lo ha leído. Así que me siento dichosa al recibir un comentario, aunque sea de una palabra y por eso trato siempre de contestarlos todos, si no puedo personalmente, trato de resumir mi agradecimiento en un par de líneas aquí, como te habrás dado cuenta. Me gusta esa posibilidad de 'cercanía' que se produce entre autor y lector en esta página, así que mientras pueda hacerlo, seguiré con mi interés por quienes amablemente me regalan algo de su tiempo al leer. Ya me excedí, así que lo dejo por ahora. Un beso y gracias por seguir esta historia).

Muchísimas gracias a todos y cada uno de ustedes por seguir esperando las actualizaciones, por leer las ideas que tengo y sobre todo, por acompañarme durante el desarrollo de este escrito. Mis queridos lectores activos y pasivos, muchas gracias ^^

Un beso y un abrazo y será hasta un próximo capítulo.

Buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.