- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo VIII

"Vientos de guerra (parte I)"

La angustia que estaba sintiendo desde que nos habíamos separado era tanta, que jamás hubiera creído posible llegar a sentir una aflicción semejante.

El camino desde el templo hasta el castillo de Nerima lo habíamos hecho en menos de la mitad del tiempo que habíamos tardado en hacer el trayecto de ida.

Al día siguiente de nuestra partida desde el templo del ruiseñor, tal y como lo había predicho el señor Saotome alcanzamos al comandante Hibiki. Él, junto a una cincuentena de hombres se encontraba en la tarea de reunir a los guerreros y recolectar las vituallas para el abastecimiento de los hombres que defenderían las tierras de mi señor.

Yo nunca antes había participado en la preparación de una batalla y observaba todo a mí alrededor con creciente curiosidad. Los guerreros se mostraban silenciosos y taciturnos, pero cada uno demostraba saber muy bien qué era lo que tenía que hacer y de qué forma hacerlo.

Mi señor era quien daba las órdenes, él era quien tomaba las decisiones y sus hombres acataban todo cuanto él mandase sin hacer nunca un reclamo. Yo estaba viendo a la fuerza de elite del clan Saotome prepararse para la batalla y me maravillaba observarles realizar cada acción con precisión e hidalguía.

El monje que había conseguido que mi señor accediera a que yo le acompañase había permanecido junto a mí casi como si se tratara de mi guardaespaldas particular. Eso me disgustaba demasiado, no era que el monje me desagradara, al contrario, lo encontraba muy amable y bondadoso, además se comportaba con demasiada condescendencia conmigo y con mis damas, pero yo estaba acostumbrada a ser libre, a hacer las cosas que se me ocurría hacer y acostumbrada a que nadie me pusiera límites u objetara mi comportamiento y el monje estaba resultando ser un obstáculo para mí, ya que se había transformado en mi sombra, mi protector y hasta en mi conciencia.

Así, había hecho el camino a mi lado, cuidando todos y cada uno de mis movimientos ya que me había dicho, ésa era la misión que le había encargado el señor Saotome, su amigo y como amigo y guerrero, él estaba decidido a cumplir con esa misión costase lo que costase.

Me incomodaba tenerlo cerca porque sentía que podía enterarse de todo cuanto yo hablaba con mis doncellas o con mi aya, incluso creía que era capaz de enterarse de mis pensamientos.

Sus ojos azules siempre serenos me inspiran una mezcla de temor y curiosidad. Ciertamente no tenían el mismo tono del mar embravecido de los de mi señor y tampoco poseían esa mezcla de decisión, pasión y fuerza que me inspiraba la mirada de mi esposo, pero aun así eran intrigantes y misteriosos, sin embargo y a pesar de todos mis esfuerzos por alejarlo de mi lado, el monje permaneció junto a mí durante todo el camino y tuve que acostumbrarme a su presencia casi de manera forzada.

Las imágenes que registraron mis ojos durante el camino de vuelta a Nerima se confunden ahora con los sentimientos que acongojan mi corazón. Realizamos el viaje a caballo, descansando escasamente durante las noches dentro de pequeñas tiendas que eran montadas y desmontadas con rapidez por los eficientes guerreros del clan.

Yo iba bastante atrás en la caravana, en compañía de mis damas y resguardada por varios samuráis que me dieron la impresión de ser los mejores entre los mejores del clan, tanto por su aspecto físico como por sus acciones.

Mis propios hombres comandados por Daisuke se veían disminuidos ante la presencia de los guerreros del clan Saotome, con solo observarles me di cuenta de la diferencia que había entre unos y otros; mis hombres habían sido entrenados para dar la vida en protección de un importante cortesano y de su familia, los guerreros del clan Saotome habían nacido para luchar por sus convicciones, todos comandados por un señor que compartía y encarnaba todas y cada una de esas convicciones, fue entonces cuando deseé que los hombres que me habían acompañado pasaran a transformarse en un guerrero del clan Saotome.

Ahora me encuentro aquí, encerrada en una de las habitaciones más elevadas del castillo de Nerima, esperando impaciente conocer noticias de la batalla que seguramente debe haber iniciado y rogando en silencio para que los planes que tengo predispuestos para encontrar a mi señor salgan bien.

Mi señor, Ranma Saotome, señor de Nerima, me pregunto si alguna vez antes él había observado a otra mujer como lo hizo conmigo al momento de nuestra despedida. Todavía no puedo evitar ruborizarme al recordar el momento.

Era nuestro quinto día de viaje y ya se podían apreciar los últimos pisos de las pagodas que dan forma al castillo de Nerima, la tarde caía de manera apacible y yo había logrado desmarcarme de mis doncellas, de mi aya, de los hombres que me resguardaban y hasta de mi guardia personal.

Había sido un viaje extraño y agotador pero por sobre todo, melancólico. Yo todavía no asimilaba muy bien que ahora era una mujer casada, esposa de un gran daimyö y responsable de un clan y de su gente. Había sucedido todo muy rápido y de forma casi imprevista, por lo que me parecía estar viviendo una realidad que no era la mía y de cierto modo así era, porque no había olvidado que me encontraba suplantando a mi hermana mayor, la verdadera señora Tendo.

Sumida en mis propias cavilaciones y a lomos de mi fiel compañero, Kyo, me había alejado bastante del grupo que me rodeaba y cabalgaba al trote suave cuando el clima cambió de un momento a otro y una suave llovizna comenzó a caer sobre nuestras cabezas.

Recuerdo que sonreí complacida, no hay nada que me guste más que disfrutar de la humedad y frescor que proporciona la lluvia, pero esa alegría se veía opacada por el sentimiento de abandono al que me sentía sometida. Sabía que él estaba organizando a sus hombres, sabía que para un guerrero no había nada más importante que prepararse para una batalla, sabía que seguramente mi señor estaba preocupado por su gente y sus tierras, sin embargo, me había acostumbrado a sentirlo cerca, a observarlo siempre preocupado por lo que me pasara o por lo que yo quisiera, en otras palabras, me había acostumbrado a formar parte de su mundo y durante todos los días que duró nuestro viaje de vuelta a Nerima, esa cercanía se había limitado a unos cuantos encuentros casi fortuitos de vez en cuando y en los cuales no podíamos intercambiar más que un par de saludos y unas cuantas palabras de cortesía.

Al principio me sentí ofuscada, me había convertido en su esposa, quizás no de la mejor forma ni tampoco en buena ley, pero era su esposa y lo único que recibía durante mis primeros días como la Señora Saotome, era un saludo de cortesía, una pregunta rápida para saber si necesitaba algo y un hasta pronto que cada vez me parecía más frío y distante.

No había hablado de esto con nadie, pero mi aya nuevamente descubrió sin necesidad de preguntar lo que me pasaba y sabiamente me hizo entender que no podía exigirle mayores atenciones a mi señor. Estábamos en medio de una campaña bélica, muchas vidas dependían de las acciones que debía emprender mi señor y sus hombres, así que era muy comprensible que él no prestara atención a sus intereses personales y en cambio, antepusiera el bienestar de su pueblo.

-"Además –había dicho mi aya-, no esperarás que reclame sus derechos como tu esposo en una tienda rodeada de extraños y en medio de la nada, niña".

Todavía me ruborizo al recordar las palabras dichas por mi aya en tono jocoso, pero que sin embargo provocaron mi ira. Ella no debería hablar de una cosa como esa con tanta libertad, debería tenerlo prohibido, pero muy dentro de mí debía reconocer que yo sí lo había pensado… había pensado en cómo enfrentarme al momento en que mi señor me pidiera convertirme en su esposa y la respuesta era siempre la misma… anhelaba la llegada de aquel instante, pero también la temía.

Pensando de esa forma y totalmente ensimismada a lomos de mi caballo fue cuando la figura de un guerrero vestido con la armadura casi completa y cabalgando rápidamente a lomos de un esplendido semental negro azabache se materializó ante mis ojos.

Mi corazón dio un vuelco y a punto estuve de perder el control sobre Kyo. Gracias a los dioses mi caballo es un buen compañero y me evitó el bochorno de caer de bruces al camino enlodado.

-Akane –llamó mi señor al momento de llegar a mi lado-, acompáñame por favor.

Yo le observé y tuve que hacer un esfuerzo para contener el suspiro que quiso escapar de mis labios. Allí frente a mí se encontraba el señor de Nerima, vestido con la pulcra armadura del samurái totalmente negra, con el blasón del clan gravado en el pecho, sus negros cabellos salpicados por pequeñas gotas del líquido vital que nos regalaban los dioses, sus ojos azul grisáceo observándome con profundidad y esa sonrisa de superioridad que a veces me molestaba y a veces llegaba a idolatrar.

Asentí con un suave movimiento de cabeza y tiré de la brida de Kyo al momento que le daba un suave golpecito en los flancos con mi pie derecho para lograr que avanzara. Mi caballo relinchó y se puso en marcha tras el caballo de mi señor. Fui conciente de las miradas de todos a mi alrededor pero no me importó en lo absoluto, mi esposo me había pedido que lo acompañase y yo obedecía a esa petición.

Cabalgamos al trote hasta llegar a una pequeña colina no muy lejos del castillo. Desde la cima pude apreciar el pueblo en su totalidad, las casas, los campos de cultivo, el río que cruzaba el poblado, el comercio, los diminutos animales pastando, el castillo, los bosques, todo. Nerima era un paraje hermoso y próspero, en ese momento lo entendí y me maravillé con lo que mis ojos observaban.

-Este es mi dominio, Akane.

Mi señor habló sacándome de mis cavilaciones y no supe cuándo había desmontado y se había alejado unos pasos hasta quedar delante de mi caballo, de espaldas a mí.

-Este es el dominio que te ofrezco y por el cual lucharé contra el clan Kuno –prosiguió con voz serena-. Comprenderás que cualquier señor que lo conozca quedará prendado de sus tierras y tendrá intenciones de quitárnoslo.

Ahora hablaba en plural y yo experimenté una agradable y cálida sensación en mi pecho, porque eso quería decir que yo significaba algo más que el logro de un beneficioso acuerdo entre familias.

Hice el intento de desmontar de mi caballo por mis propios medios, tal y como estaba acostumbrada a hacer, pero él se adelantó a mis planes y cuando estaba a punto de decender de un salto, mi esposo me tomó de la cintura y me depositó en tierra lentamente, casi como si temiera hacerme daño. No sé cuánto tiempo pasó o quién se separó primero, pero puedo decir que al estar así, tan cerca de él, hizo que me olvidara de todo lo que me rodeaba.

Levanté mis ojos y me encontré con su mirada profunda que escrutaba mi rostro como si quisiese encontrar una respuesta a una pregunta que no había formulado. Confieso que en ese momento quise abrazarme a él, quise que sus labios buscaran los míos, deseé con todas mis fuerzas volver a sentir esa exquisita sensación de pertenecerle solamente a él, sin embargo, tuve que conformarme con una gentil caricia al pasar sus dedos por mi rostro.

-La llovizna humedece tu piel –dijo de forma susurrante.

-No me importa –respondí tratando de que se percatara de mis deseos ocultos y los hiciera realidad… pero no lo hizo.

-Ven –dijo separándose de mí para luego tomarme de una de mis manos y conducirme hacia un par de frondosos árboles que se encontraban en el lugar-, aquí podremos protegernos del agua.

-Me gusta la lluvia –reconocí más bien para recuperarme de la decepción sufrida con anterioridad.

Apoyé mi espalda en el grueso tronco del árbol más cercano y dejé caer mi cabeza hacia delante para enfocar la vista en mis manos entrelazadas.

-A mí no me gusta –dijo él cruzándose de brazos, mientras observaba un punto lejano en el horizonte-, la lluvia siempre me ha parecido molesta e inoportuna, es cierto que es necesaria y vital para nuestro sustento, pero aun así es molesta, ¿no te parece?

-Puede ser –contesté con condescendencia. La verdad, no creía que él me hubiese llevado hasta ese lugar solamente para hablarme de la lluvia, así que luego de un momento de silencio en el cual él sólo se dedicó a observar hacia las montañas que rodeaban el valle, me decidí a preguntar-. Mi señor, ¿qué hacemos aquí?

Él permaneció en silencio un momento antes de contestar.

-Quería despedirme, Akane –dijo dándome siempre la espalda y con una voz profunda que nunca antes le había escuchado. Me estremecí, él era un gran guerrero, casi un dios decía la gente, no podía creer que lo que yo había detectado en su tono de voz fuese temor-, quería estar un momento a solas contigo antes de la batalla que se avecina.

Cerré mis ojos para evitar derramar las lágrimas que amenazaban con caer y me abracé a mi misma. Puedo decir que ése fue el instante preciso en el que la angustia tomó posesión de mi corazón y se quedó habitando en él hasta ahora. Me obligué a buscar en mi mente algo inteligente que decir para espantar los malos presagios.

-La batalla será favorable para el clan Saotome, mi señor.

-Eso nadie puede asegurarlo, Akane –hizo una pausa y luego continuó con voz clara y decidida-. En mi vida, jamás había sentido temor al enfrentarme al enemigo. Nunca había tenido dudas de la victoria de mis tropas. Nunca… hasta ahora.

Yo observaba su ancha espalada aumentada en tamaño por la pesada e imponente armadura, sus negros cabellos atados en aquella característica trenza y su mano jugando nerviosamente con la empuñadura de su sable y me parecía que recién ahora lo estaba conociendo, cuando el simple mortal y no el hombre elevado a la altura de un dios, reconocía abiertamente que temía a la batalla, que temía no volver con vida.

Quise abrazarlo, decirle que no se fuera, rogarle que se quedara a mi lado y que buscáramos la ayuda de mi padre y del emperador para enfrentar al señor Kuno, sin embargo, permanecí en silencio, las palabras se aglutinaron en mi garganta y no pude emitir ni un solo sonido.

-Es curioso –prosiguió él-, nos conocemos por tan poco tiempo pero yo… siento la confianza suficiente para confesarte mis temores. No lo sé, es como si te hubiera conocido desde siempre. Debes creer que soy un idiota. Cómo un señor de la guerra acostumbrado a luchar puede sentir temor, pero quiero que sepas que no es miedo a mi propia muerte el que siento en mi alma, sino a lo que pueda suceder después –hizo una nueva pausa y escrutó el cielo gris por un instante antes de continuar hablando-. Akane, necesito que me prometas que si yo muero en batalla, tú te alejarás de aquí apenas lo sepas. He dispuesto de una docena de hombres que tienen la misión de traer el mensaje de inmediato al castillo y en caso que lo recibas, quiero que olvides el código, que olvides el protocolo y las leyes que te obligan a defender el dominio, quiero que te alejes de aquí y que vuelvas a Kyoto, si no es posible, volverás al templo, el abad y los monjes te protegerán hasta que puedas volver a reunirte con tu padre en la capital imperial y…

-¡Por qué dices esas cosas! –estallé yo entre llantos no dejándole continuar. Qué le sucedía, por qué me decía esas palabras de mal augurio, por qué me hablaba de su muerte, él no podía morir… ¡él no iba a morir!

-Un daimyö puede adquirir tierras, puede adquirir hombres, puede acumular riquezas y poder si así lo quiere, pero nunca podrá comprar la vida, Akane, siempre debemos estar preparados para entregar nuestra vida, pero ahora es distinto, te tengo a ti como esposa y eres mi responsabilidad.

Me enfurecieron sus palabras y le interrumpí nuevamente gritándole con todas mis fuerzas.

-¡Eso es todo! ¡Soy tu responsabilidad y por eso…!

-¡Qué no lo entiendes! –gritó él dándose media vuelta para encarame y sus ojos refulgieron con pasión apenas contenida-. Debo protegerte aun cuando muera porque eres mi esposa y porque yo… -se interrumpió como si de pronto se arrepintiera de lo que estaba a punto de decir, volteó la cara y apretó ambos puños-, y es mi deber como tu esposo –terminó de decir de forma susurrante.

Yo lo observé con los ojos anegados en lágrimas, me costaba distinguir su rostro, me costaba respirar y me costaba asimilar sus palabras. Permanecí en silencio, esperando a que volviera a hablarme y él pareció entenderlo.

-El señor Kuno es un hombre despiadado, seguramente sabe que me desposé en el templo y querrá destruir todo lo que considera contaminado por mí, eso incluye a las personas que me rodean –suspiró de forma cansina y se llevó la mano al sable que llevaba al cinto-. Júrame que si no vuelvo al castillo, huirás, Akane. Júrame que no dejarás que ese desquiciado te atrape y cobre venganza valiéndose de ti para ello… por favor, Akane.

Sus palabras me desarmaron y todas mis barreras y reticencias cayeron. Me encontraba en presencia de un hombre maravilloso a quien amaba por sobre todo en la vida, pero aun así, no podía hacerle un juramento como aquel, menos sabiendo que no era yo quien debería estar en ese lugar junto a él.

Me acerqué a él lentamente y dejé descansar mi cuerpo sobre el suyo, apoyando ambas manos en la coraza de hierro y cuero que cubría su pecho.

-El señor Kuno no me atrapará –dije para tratar de hacer una promesa que pudiera cumplir sin la necesidad de jurar que escaparía de Nerima-, no dejaré que me atrape, en eso puedes confiar plenamente, mi señor, pero yo estoy segura que el señor Saotome no tiene nada que temer, porque volverá y estos malos presagios no serán más que un mal recuerdo.

Él no dijo nada, acarició mis húmedos cabellos y respiró de forma más pausada. Yo por el contrario, me sentía agitada por su cercanía, así que me separé de él y llevé ambas manos a mi cuello para luego extraer del interior del kimono la cadenilla con el jade engarzado. La saqué del interior de mis ropas y cuando la tenía en una de mis manos, con la otra hice que mi señor abriera su mano derecha.

-Esta joya me la obsequió mi madre al momento de nacer –dije depositando la cadena en la mano de mi esposo-, jamás me la había quitado antes, siempre me ha acompañado y me ha traído buena suerte, ahora quiero que mi señor la tenga, que se quede con ella y que me la devuelva cuando ingrese victorioso por la puerta del castillo de Nerima.

-Un amuleto –susurró observando la pieza de orfebrería descansando sobre su mano extendida.

-Un recuerdo de este día, un recuerdo de la esposa que confía en la victoria y el regreso de su esposo –dije cerrando esa mano grande y fuerte, la mano de mi señor, mi esposo y el hombre al que amaba.

Se llevó su mano cerrada con el jade dentro a la altura del pecho y subió su otra extremidad hasta dejarla descansar en mi rostro. Luego, de la manera más suave y tierna que hubiese esperado nunca de un guerrero, limpió mis lágrimas. Sus dedos ásperos por el entrenamiento con el sable apenas si rozaron mis mejillas, pero eso bastó para que mi cuerpo se estremeciera de pies a cabeza.

Levanté mi rostro y me atreví a escrutar su mirada, fue entonces cuando recibí de esos ojos del color del mar tormentoso la respuesta que por tantos días me había hecho a mí misma, él sentía por mí algo muy parecido a lo que yo sentía por él y si yo estaba segura de que ese sentimiento podía definirlo como amor, entonces quería decir que él me correspondía.

Podía estar equivocada en mis apreciaciones, después de todo era sólo una chiquilla de dieciséis años, casi diecisiete y jamás había sentido nada igual por nadie antes, pero algo en mi interior me decía que estaba en lo cierto y que el señor de Nerima podía no amarme con la misma fuerza con la que yo lo hacía, pero sí sentía cariño por mi persona y eso ya me hacía la mujer más dichosa de toda la nación.

-Volveré –dijo con convicción y en sus labios volvió a parecer esa sonrisa de superioridad que yo amaba y detestaba con igual intensidad, pero en ese momento me pareció la sonrisa más hermosa que hubiera visto jamás en mi vida.

-Lo sé –dije devolviéndole la sonrisa-, sé que así será.

Un rayo iluminó las montañas que teníamos en frente y el sonido del trueno no se hizo esperar. La llovizna se transformó en lluvia y allí lo supe, había llegado el momento del adiós.

-Debemos llegar al castillo –dijo poniéndose la cadenilla al cuello y guardando el jade en el interior de sus ropas-. Te quedarás allí, junto a Shinnosuke y a varios de mis hombres.

-¿Pasarás la noche en el castillo, mi señor? –pregunté con la secreta esperanza de una respuesta afirmativa.

Él me observó y pareció dudar por un momento, luego, su rostro adquirió un tinte melancólico y triste. Negó con un suave movimiento de cabeza que hizo que de sus cabellos cayeran unas cuantas gotas de agua.

-No –dijo con firmeza-, te dejaré en las puertas del castillo y seguiré avanzando. Todavía quedan unas horas de luz para continuar y algunas gotas de lluvia no detendrán a mis hombres.

No contesté, suponía que esa iba a ser su respuesta y no sabía por qué había tenido la débil esperanza de que se quedase conmigo sólo por una noche en el castillo.

Sonreí nuevamente y me di la vuelta para montar a Kyo tratando de esconder así mi decepción, pero él me detuvo tomándome del antebrazo.

-Cuento con tu promesa, Akane.

-Ya lo dije –contesté esquivando su mirada escrutadora-, no dejaré que Tatewaki Kuno me atrape.

-Bien.

-Bien –dije yo con desazón, si quería irse a la batalla, por qué me retenía allí haciéndome sufrir con aquella angustiante separación-. Se hace tarde, mi señor, tus hombres te esperan.

-Una última cosa –dijo con voz grave y profunda, luego, todo pareció acelerarse inexplicablemente.

En un momento me encontraba a pasos de mi caballo, de espaldas a mi esposo y al siguiente era casi arrancada de la estabilidad del suelo y conducida por una fuerte mano hasta chocar mi cuerpo con el de mi esposo. Levanté la vista asustada por la rapidez y brutalidad de la demanda y fue cuando sus labios tomaron posesión de los míos.

Era la tercera vez que recibía un beso de mi señor, pero me pareció incluso más significativo que el primero.

Sus fuertes manos enmarcaron mi rostro, con movimientos bruscos y poco sutiles demandó mi participación en la tarea de intercambiar caricias con nuestras bocas y casi de forma desesperada nos fundimos en un abrazo que dolió físicamente por la presión que él ejercía sobre mi menudo cuerpo. No me importó, hubiera dejado con gusto que con sus brazos me asfixiase si así lo hubiera querido, sin embargo, el dolor físico remitió casi enseguida, en cambio el dolor que sentí en el alma al momento en que él decidió separarse de mí, ése lo experimento día tras día, hora tras hora y no se ha mitigado… ni se mitigará hasta no volver a verle.

Volvió a enmarcar mi rostro con sus manos y esta vez depositó un beso sobre mis húmedos cabellos.

-Perdóname por tantas imprudencias, Akane, perdóname por la brusquedad de mis acciones y perdóname por mi torpeza –hizo una pausa y lo escuché suspirar, yo mantenía mis ojos cerrados ya que pensaba que no sería capaz de evitar llorar nuevamente y con desesperación si los abría para observarle allí, de pie frente a mí.

-Volvamos con la comitiva –prosiguió, acariciando mis cabellos con sus manos-, volvamos ahora o ya no seré capaz de renunciar a lo que desea y anhela el hombre que habita en mí para cumplir con el deber que le impusieron al daimyö que vela por su pueblo.

Abrí mis ojos desmesuradamente al escuchar y entender el significado de sus palabras, pero cuando estaba a punto de reaccionar y decirle que yo quería que hiciera exactamente aquello, que renunciara a su deber y se quedase allí conmigo, él se había alejado rápidamente y había montado en su negro caballo.

El caballo relinchó y corcoveó cuando el cielo se iluminó por segunda vez en esa tarde y él lo controló con la maestría que se adquiere sólo con años de experiencia. Allí, sentado a lomos de su caballo de guerra y con el cielo gris de fondo comprendí que aunque quisiera, jamás podría alejarlo de sus obligaciones como daimyö. Él era un guerrero, el más formidable que yo hubiera tenido ocasión de conocer y no podía ser tan egoísta al reclamarlo sólo para mí… aunque su vida estuviese en juego, así que avancé los pasos que me separaban de Kyo y monté sobre su lomo, rogando desde ese momento a todos los dioses para que a mi señor no le ocurriese nada malo en batalla y volviera a mi lado, aunque fuera para verlo por última vez.

Esa fue nuestra despedida.

Ahora me encuentro aquí, sentada en la misma posición desde hace horas esperando la llegada de la noche, porque decidí que ya no esperaría más para saber noticias de mi señor y para eso, he de escapar del castillo, de los hombres que me custodian y del monje que se encarga de mi protección.

-Mi señora.

-¿Lo conseguiste?

-Aquí tienes, Akane.

Ukyo, mi doncella y amiga es la única que sabe lo que pienso hacer y la única en quien yo confío para que me ayude a conseguir mis objetivos.

-Esto es arriesgado, Akane, lo sabes.

Observando las dos pequeñas armaduras que mi doncella consiguió para mí y para ella, asentí con un movimiento de cabeza, pero no pude evitar sonreír. Pronto estaría cerca de mi señor y le sería de mayor utilidad que encerrada en el castillo de Nerima.

-Lo sé –respondí finalmente-, pero no tengo miedo.

-Si tú no temes, entonces yo tampoco –contestó mi doncella con decisión-. Te ayudaré gustosa a llegar al campo de batalla.

-El señor Saotome no cuenta con tantos arqueros, de seguro nosotras le seremos de gran ayuda, después de todo nuestro anciano maestro decía que éramos las mejores, ¿recuerdas?

-Sí, pero enfrentarse en una batalla es muy distinto a practicar con blancos fijos, Akane.

Me sumí en un silencio profundo, ella tenía razón, pero yo ya lo había decidido y no iba a dar pie atrás.

-Necesito verlo, Ukyo. Tengo un mal presagio y un dolor muy grande… aquí –dije llevándome la mano derecha a la altura de mi pecho. Bajé mi mirada para enfocarla en la armadura de samurái que descansaba frente a mí y no pude evitar suspirar audiblemente-. Lo amo, Ukyo.

Aquel sentimiento que nunca había reconocido en público, ni siquiera frente a él, lo reconocía ahora frente a mi amiga de toda la vida y las palabras que jamás había dicho habían escapado de mis labios sin ninguna dificultad y con tanta convicción, que me sorprendí de haber temido tanto el decirlas antes.

-Lo sé –dijo Ukyo con ternura, regalándome un abrazo sincero-, y es por eso que te ayudaré con esta locura que piensas hacer.

-Gracias –contesté yo con emoción contenida, devolviéndole el abrazo.

No hizo falta decir nada más, mi doncella me acompañaría en la mayor aventura de nuestras vidas, todo en nombre de ese amor que sabía muy bien, no me pertenecía.

Sólo un par de horas más y escaparía del castillo para encontrarme de una vez con el dueño de mi corazón y quién sabe, tal vez poder decirle a él lo que con tanta facilidad le había confesado a mi única amiga.

Que los dioses decidieran una vez más el curso de nuestras vidas, yo sólo seguía mi instinto y en ese momento, todo me indicaba que debía ir en ayuda de mi esposo, el hombre por el cual estaba dispuesta a morir de ser necesario.


Cuatro días habían pasado desde que me había despedido de mi esposa en la cima de la colina más próxima al castillo de Nerima, cuatro días y a mí me parecía que habían sido años desde la última vez que la había visto sonriente a lomos de su blanco caballo, diciéndome adiós con un movimiento de su mano bajo una lluvia inclemente.

Ahora me pregunto por qué no fui capaz de decirle lo que verdaderamente siento por ella en el momento de soledad que compartimos en la cima de la colina. Tal vez fue cobardía, tal vez fue por temor o tal vez fue una mezcla de ambas cosas, ya que si le confesaba que estoy enamorado de ella y tengo la fortuna de ser correspondido, es probable que no hubiera tenido el valor de alejarme de su lado para comandar mis tropas y enfrentarme al clan Kuno.

Es mejor así, que ella piense que mis impulsos son sólo los que tendría cualquier hombre en mi posición, casado con una mujer joven y bella. Prefiero que me crea un idiota que sólo piensa en la guerra y en la victoria, a que sufra lo que estoy sufriendo yo ahora al comprender que si pierdo esta batalla no podré conocer jamás lo que significa compartir la vida junto a la persona que se ama.

Mi angustia es indescriptible, jamás pensé que al conocer el amor, conocería también el temor y el dolor.

Los informes que Ryoga me entrega periódicamente indican que estamos en desventaja numérica. Kuno a logrado reunir un ejército que nos supera en todos los aspectos; tiene mayor contingente de hombres a caballo, cuenta con muchos y buenos arqueros y la infantería es superior a la nuestra por lo menos en un tercio. Se encuentran apostados del otro lado de las montañas que rodean el dominio de Nerima, en la explanada del terreno. Las tiendas de los generales las levantaron estratégicamente en una colina tras sus propias tropas; el muy idiota no se arriesgaría a perder la vida en la batalla si puede evitarlo, típico de Kuno.

Nuestro plan de atacar al enemigo en tres frentes me parece cada vez más arriesgado. Dividir a mis tropas en tres partes iguales significa disminuirlas en fortaleza; algunos se oponen a hacerlo, piensan que le daríamos ventaja al enemigo, otro piensan que es la única forma de quedarnos con la victoria.

Sea como sea, tengo decidido atacar hoy. La hora señalada para que todos los guerreros Saotome se apresten a la batalla será la hora de la serpiente, temprano, para intentar sorprender a los guerreros Kuno.

Recién hemos pasado la hora del conejo y yo no he dormido prácticamente nada, la vigilia siempre me ha servido para meditar y repasar todas las lecciones que he recibido durante toda mi vida para enfrentar a mi enemigo, pero ahora, esa vigilia se ve interrumpida a menudo por la aparición de mi esposa en mi recuerdo. No he podido alejarla de mis pensamientos y cada vez que evoco su recuerdo, la angustia se hace más fuerte en mi corazón.

Quiero pensar que obedecerá mis órdenes, que cumplirá con su promesa de alejarse de Nerima si algo malo llega a ocurrirme, pero ella es tan testaruda que no puedo confiar ciegamente en que así lo haga.

La madrugada de este día se presenta bastante fría, la lluvia nos ha acompañado desde que dejamos el castillo de forma intermitente y al parecer, no tiene intenciones de remitir. Sólo espero que al momento de dar el primer golpe, el cielo nos de una tregua y deje de llover.

El viento, compañero inseparable de la lluvia se cuela por entre las lonas de la tienda que han armado para mi uso personal. Mis hombres cubrieron el suelo enlodado con alfombras de bambú y sólo cuento con la débil luz que emite una pequeña lámpara a mi costado derecho, con un futón para mi descanso en el cual he permanecido en posición de meditación durante toda la noche aunque sin lograr encontrar la anhelada paz interior y la armadura que descansa en una de las esquinas de la tienda de campaña.

Mis sentimientos, miedos y pensamientos se agitan en mi interior, no he logrado controlarlos y todo ese cúmulo se emociones me dan la sensación de estar viviendo una realidad confusa y paralela a mi propia realidad.

Me pregunto si padre sentía lo mismo que siento yo en estos momentos al separarse de madre para enfrentarse en una batalla; me pregunto cómo el gran guerrero que fue doblegaba sus sentimientos para que éstos no interfirieran en su desempeño en la batalla; me pregunto si no hay alguna fórmula para olvidarla, para apartarla de mi mente, para alejarla de mi corazón sólo por el tiempo que dure esta campaña y así, poder rendir tal y como siempre lo he hecho; me pregunto si no habrá alguna manera de hacer a un lado mis propios temores, esos que jamás había sentido antes… me pregunto si al final del día seguiré con vida para reunirme con ella en la seguridad del castillo y confesarle que… la amo.

Los pasos casi imperceptibles que sin embargo yo logré escuchar afuera de mi tienda me devolvieron a la realidad de un golpe.

No llevo la armadura puesta, sólo he permanecido durante este tiempo con la ropa de montar, pero mi sable lo conservo siempre al alcance de mi mano, así que de un rápido movimiento lo tomé para desenvainarlo de inmediato de ser necesario.

El visitante que se adentró en el interior de la tienda no merecía un recibimiento hostil, así que esbocé una sonrisa y dejé descansar mi sable en el mismo lugar en donde había permanecido durante toda la noche.

-¿Qué sucede? –pregunté evitando reír al observar el rostro enfurecido de mi comandante de caballería.

-Es un traidor –bufó mi amigo y compañero, mientras sacudía el agua que se había acumulado en sus cabellos y ropa-. ¿Puedes creer que el infante idiota se unió a Kuno para enfrentarte en la batalla?

-¿Quién? ¿Satori? –pregunté conociendo desde ya la respuesta.

-Él mismo –contestó Ryoga sentándose frente a mí cuando yo le ofrecí hacerlo con un movimiento de mi mano-. Sus hombres engrosan el ejercito de Kuno y le ha facilitado a casi la mayoría de sus arqueros.

-Es un niño, Ryoga y bastante mal asesorado por una madre que no tiene mayor control de los asuntos del dominio que el que le deja tener su ambicioso chambelán –traté de disculparle, sin embargo, realmente entendía la molestia de mi amigo con el chiquillo-. Ninguno de ellos sabe que asociarse a un señor como Tatewaki Kuno significa ganarse enemigos y problemas gratuitamente. Pobre chico, lo compadezco.

-Yo no lo hago –rebatió Ryoga con ímpetu-, y si tengo la oportunidad de encontrarme con él en el campo de batalla…

-No harás nada –corté yo dándole una mirada de advertencia-. Si por alguna razón el chico es tan idiota como para aparecerse en medio de la batalla y alguno de nuestros hombres lo enfrenta, deberás dar la orden de apresarle y entregármelo… con vida –recalqué-, eso te incluye a ti también.

-Sería mejor cortar su traidora cabeza y exhibirla ensartada en la punta de una lanza frente a su castillo en llamas para que todos sepan la clase de sabandija que es –respondió de forma rencorosa.

-Si alguno de mis hombres hace algo semejante con el señor Satori –respondí con total autoridad-, yo haré lo mismo con quien lo haya ejecutado… aunque se trate de una de las personas más queridas por mí, te quedó claro comandante Hibiki.

-Sí, mi señor –hizo una reverencia hasta tocar el piso con su frente, entendiendo que le había dado una orden como el daimyö que era y no como su amigo de la infancia-. Oigo y obedezco, mi señor.

-Bien.

No podía creer que el señor Satori, un chiquillo de apenas doce años convertido en daimyö gracias a la prematura muerte de su padre y quien había recibido todo mi apoyo, mi respeto y mi amistad, estuviera ahora dándome la espalda y ayudando con sus tropas y alimentos a mi enemigo más acérrimo. Algo debía haberle ofrecido Kuno para que el chico bondadoso que yo conocía hubiese decidido luchar contra mí.

De cualquier forma, no estaba dispuesto a derramar la sangre de un muchachito que se veía envuelto en rencillas ajenas que en nada beneficiaban a su dominio.

-¿Con cuántos hombres contamos, Ryoga? –pregunté saliendo de mis cavilaciones.

-Tres mil, contando a escuderos y jovencitos que experimentan su primer enfrentamiento verdadero.

-¿Y el enemigo?

-El último informe indica que cuentan con alrededor de cinco mil hombres, tal vez un poco más –reconoció con algo de vergüenza en el tono de su voz-. Lo siento, no pude conseguir más hombres, Ranma.

-Tres mil hombres es una bonita cifra, Ryoga –comenté de la forma más despreocupada que pude fingir-, nos facilita la repartición de las fuerzas para llevar a cabo nuestro plan.

-Dividirás las tropas en tres partes iguales –dijo esperanzado.

-No –contesté mirándolo directamente a los ojos-, dejarás que quinientos hombres me acompañen al frente, la mitad de ellos a caballo y la otra mitad a pie, el resto podrás repartirlo en partes iguales.

-¡No! –exclamó de forma airada-, es muy arriesgado y no permitiré que…

-Sólo así nuestra estrategia funcionará como queremos –le interrumpí-. Ryoga, sé lo que hago y sé cómo piensa el idiota de Kuno. Al ver que me encuentro tan desprotegido, iniciará el ataque sin utilizar a sus arqueros, es allí cuando tú debes atacar, porque seguramente el idiota enviará a la caballería e infantería para acabar rápidamente con mi vida, recuerda que es lo único que le obsesiona.

-Demasiado riesgo para ti, Ranma –musitó con angustia-, deberías dejarme comandar la avanzada.

-No, tú tienes que esperar el momento preciso para prestarme la ayuda que requiero para salir con vida y vencer a los guerreros Kuno, una vez más –dije poniendo mi mano sobre su hombro-. Venceremos nuevamente, Ryoga, juntos como siempre. Confía en tu señor.

-Confío en mi señor, pero no así en sus ideas y estrategias –rebatió frunciendo el ceño-. Deberíamos trazar un plan de batalla normal, con formaciones de combate estructuradas y aprendidas.

-Y derramar más sangre de la necesaria –complementé yo-. Ryoga, todo saldrá bien.

-Eres mi señor, no puedo desobedecerte –contestó esquivando mi mirada.

-Venceremos, Ryoga.

-Hum –contestó mi amigo, sumiéndose en el silencio.

Yo le dediqué una mirada rápida y comprendí que él también sentía el mismo temor e inseguridad que yo. Nunca antes lo había visto así, por lo que no podía estar seguro si ese temor lo experimentaba sólo ahora o ya lo había sentido en otras batallas, de todas formas, no me atreví a preguntárselo.

Nos quedamos en silencio, el sonido de la lluvia había cesado, señal de que los dioses habían escuchado mis ruegos y habían dejado de enviarnos agua.

-Dejó de llover –comenté luego de un momento-, es una buena señal.

-Puede ser –contestó Ryoga con poco entusiasmo.

-Ya es tiempo –dije poniéndome en pie-. ¿Quieres ayudar a tu señor o es necesario llamar a los escuderos?

-Será un honor, mi señor –contestó recuperando algo de su carácter despreocupado y alegre.

Rápidamente se puso en pie y dirigió sus pasos hasta donde descansaba mi armadura completa. Vi que la observaba con admiración y pasaba una de sus manos por el kabuto.

-Siempre has sido más que un simple señor para mí, Ranma –dijo dejando caer su mano a la altura de su sable-, incluso más que un amigo… si me permites la confianza, te considero casi como un hermano y mi única familia –hizo una pausa y luego volteó a verme-. No dejaré que mueras, Ranma. Por favor, mi señor, deja que tome tu lugar.

Me conmovieron sus palabras. Era cierto que los samuráis podíamos ser los hombres más rudos y despiadados en el campo de batalla, pero también era cierto que los sentimientos y la camaradería formaban parte esencial en nuestras vidas.

-Yo también te considero mi hermano, Ryoga –dije acercándome a él con evidente emoción-, pero ésta vez no podré cumplir con tu petición. Siento que debo enfrentar mi destino y sólo requiero de tu ayuda luchando a mi lado, como siempre lo hemos hecho desde niños.

-No, no será como siempre –rebatió observando nuevamente la armadura-, porque esta vez me dejarás atrás y cuando llegue a tu lado para prestarte ayuda… puede ser demasiado tarde.

-Si algo así ocurre… –contesté enfocando mi vista en la imponente armadura que permanecía frente a mí- Si algo así ocurre –repetí-, sólo te pido un único favor. Cuida de ella, Ryoga, deberás velar por ella y lograr que escape a salvo de la ira de mi enemigo.

Dejé de hablar y busqué con mi mano entre mis ropas la piedra de jade que Akane me había dado al momento de despedirnos.

-Si yo muero –continué mirando la piedra que descansaba en mi mano extendida-, tu única misión será lograr que mi esposa vuelva con vida y a salvo a la casa de su padre. También te encargarás de devolverle esta piedra y de decirle que yo… que fue la única mujer de quien estuve enamorado y que pido su perdón por no haber tenido el valor suficiente de decírselo cuando debí hacerlo.

Sentí la mirada penetrante e incrédula de mi amigo posarse sobre mí, pero a mí ya no me importaba reconocer ante él que amaba a mi esposa, que amaba a esa niña testaruda y torpe que los dioses habían cruzado en mi camino.

-Se lo dirás tú mismo cuando regreses junto a ella –contestó esbozando una sonrisa de medio lado.

-Eso espero, Ryoga –contesté con renovada confianza, la misma que vi brillar en la mirada burlona que me regalaba mi amigo y compañero. Mi hermano-. Eso espero. Ahora, será mejor que me aliste para la batalla, amanece y la hora se acerca.

-Sí –contestó él, haciéndose a un lado para dejar que me despojara de la parte superior del kimono que había utilizado hasta ese momento.

Tomé el kimono de combate y comencé con la laboriosa tarea de vestirme para la batalla. Luego de fijar el kimono y el matabiki con el obi de los colores de mi clan, Ryoga se acuclilló para ayudarme a calzar los tabi y proteger la zona baja de mis piernas con las espinilleras. Conforme iba completando mi atuendo, sentía mi corazón latir con fuerza, era la emoción y ansiedad característica que precedía al enfrentamiento con el enemigo.

Las botas de piel de oso completaron la parte inferior de la armadura y al percibirlo, Ryoga acercó un pequeño taburete en el cual hizo que yo tomara asiento; a continuación, comenzó a ayudarme a vestir con las piezas faltantes de la armadura. Primero, mi pecho fue cubierto con el do de hierro lacado, un par de sobe para los hombros, los yugake que cubrieron mis manos, la nodowa para el cuello, la hanedate para proteger mi vientre y finalmente, me entregó el kabuto con la hoate de rojo intenso.

Ya estaba casi listo y comprobé allí sentado, con el kabuto apoyado en una de mis piernas, que la hora había llegado y que me sentía emocionado por ello, los temores quedaron a un lado dando paso a la ansiedad que siempre sentía ante la inminencia del encuentro con el enemigo.

Dejé escapar todo el aire de mis pulmones y traté de relajar la tensión de mi cuerpo. Ryoga tomó mis armas del lugar en donde descansaban y se arrodilló apoyando una de sus rodillas en el suelo frente a mí para entregármelas con la ceremonia que se requería en un momento semejante.

-Mi señor –dijo inclinando su cabeza para ofrecerme los dos sables que descansaban en sus manos extendidas.

Tomé el wakizashi y lo observé por un instante para luego fijarlo a mi atuendo de combate, luego recibí mi katana, "kibō", esperanza la había nombrado al recibirla de manos de mi padre hacía años atrás y ahora que la tenía en mis manos me preguntaba si llevaba bien puesto el nombre, si se convertiría en mi esperanza cuando me encontrase frente al enemigo en el campo de batalla. Observé fijamente la funda negra y fue cuando sentí que me encontraba completo, mi corazón estaba listo para la lucha… mi sable me había regresado la confianza, compartíamos nuestra alma y un mismo destino, yo le pertenecía a kibö y ella me pertenecía, y en la batalla, nos complementaríamos como siempre lo habíamos hecho.

Ryoga levantó su rostro para observarme y yo le hice un gesto afirmativo con la cabeza que él imitó. Desenvainé mi katana hasta la mitad de la funda y observé el reluciente y frío acero templado; mis ojos se reflejaron en la hoja y mi corazón se agitó en mi pecho.

-Espero no tener que usarla demasiadas veces hoy –comenté sin quitarle la vista de encima al acero desnudo.

-Esperemos que ellos no usen sus sables demasiadas veces en contra nuestra –respondió Ryoga-. Estamos listos, Ranma. Cuando tú ordenes, pondremos en práctica nuestra estrategia.

-Prepara a los hombres –dije con seriedad volviendo a kibö a su funda-, divídelos tal y como te dije, yo saldré en unos momentos y nos pondremos en marcha, la hora de la serpiente ya se acerca y debemos atacar pronto.

-Sí –dijo Ryoga haciendo una profunda reverencia.

-Ryoga –le llamé cuando ya se disponía a salir de la tienda-. Te espero en el campo de batalla para disfrutar del triunfo una vez más.

Me dedicó una sonrisa jactanciosa antes de responder.

-Allí estaré, mi señor. Volveremos a Nerima con una victoria –dijo con total convicción, al parecer, sus temores también habían desaparecido de su corazón-, como siempre lo hemos hecho, Ranma.

-Así será.

Mi amigo y comandante levantó la lona que hacía las veces de improvisada puerta de la tienda y salió al exterior dejándome en absoluta soledad.

El sonido del movimiento apresurado de tropas y los gritos y órdenes de los hombres no se hicieron esperar. Los guerreros de mi clan estaban tan ansiosos como yo de entrar en combate. Me acerqué a la lámpara que todavía permanecía encendida y la apagué ceremoniosamente. Quedé en la penumbra de la tienda y dejé escapar un suspiro, busqué nuevamente la piedra que me había entregado mi joven esposa al momento de nuestra despedida y la observé fijamente con la escasa luz que se filtraba por entre los pliegues de la tienda.

-"Le regresaré esta piedra yo mismo –me dije-. Venceré al clan Kuno y cuando vuelva al castillo, le daré este jade junto a las palabras que no fui capaz de decirle en la colina. Así será".

Besé con devoción el jade verde que pertenecía a mi joven esposa y lo guardé nuevamente dentro de mi indumentaria, luego me puse el kabuto y salí con la hoate en una de mis manos, decidido a enfrentar a mis hombres para darles las últimas indicaciones.

La totalidad de los guerreros que había reunido Hibiki me esperaba a las afueras de mi tienda. Habían apagado apresuradamente las fogatas que habían encendido para calentarse durante la noche y habían desarmado casi la totalidad de las tiendas, dejando sólo una docena en pie, la mitad con las provisiones para la subsistencia de los hombres y la otra mitad para ocuparlas en el caso de que contáramos con muchos heridos.

Los hombres, formados por rango y por especialidad se veían imponentes con sus armaduras de combate. Primero divisé a la infantería, de pie y expectante; luego enfoqué mi vista en la caballería, un poco más atrás y todos montados sobre sus corceles de guerra y después, los arqueros, cada cual con el arco y el carcaj preparado para la batalla.

Entonces, un escudero avanzó despacio hasta donde me encontraba, llevando a mi caballo de la brida. El corcel negro que me había acompañado desde que yo tenía trece años y con el cual habíamos salido victoriosos de tantos enfrentamientos se mostraba ansioso e inquieto; lo conocía bien y sabía que el animal percibía la proximidad del enfrentamiento. Relinchó un par de veces cuando llegó a mi lado y comenzó a dar golpes con una de sus patas delanteras contra el blando terreno que pisábamos. Me acerqué y traté de tranquilizarlo acariciando su hocico y cabeza con movimientos lentos; mi fiel compañero se calmó y comenzó a agitar su cabeza adelante y atrás. Esbocé una sonrisa al descubrir que mi caballo parecía asentir a lo que yo quería que hiciera, sin necesidad de darle una orden para ello.

Ya estaba todo dispuesto, así que me apresuré a montar mi cabalgadura. Le entregué la máscara lacada al jovencito que sostenía la brida de mi caballo y él me observó con una mezcla de temor y asombro reflejado en el rostro por lo que le guiñé un ojo en forma cómplice.

-No te morderá –susurré.

El chico sonrió aliviado y yo pude montar con tranquilidad. Una vez sobre mi caballo de guerra, solicité con un gesto la máscara roja y tomé las riendas con la otra mano. Ryoga se acercó a mí montando su corcel.

-Ya está hecho. Cada quién sabe cuál será la estrategia y se encuentran listos para ponerse en marcha y cumplir tus órdenes, Ranma.

-Entonces, no les hagamos esperar –contesté dándole unos golpecitos a mi caballo en los flancos para que avanzara un poco hacia el contingente de mis guerreros.

-¡Sólo un par de palabras les dedicaré antes de avanzar! –grité para hacerme escuchar, aunque era tal el silencio que había en el ambiente que de seguro hubiera bastado con hablar un poco más fuerte de lo normal, aun así, quería que hasta el último hombre pudiera escuchar lo que quería pedirles-. ¡Sé que estamos en desventaja numérica como deben saberlo ustedes también, pero que eso no sea impedimento para presentar una buena batalla! ¡Ustedes, los guerreros del clan Saotome son los mejores guerreros de todo Edo e incluso me atrevería a decir que son los mejores de toda esta nación! ¡Muchos de ustedes lucharon bajo las órdenes de mi padre, otros lo harán por primera vez hoy y bajo mis órdenes, pero yo les pido a todos que sea cual sea el destino que nos tenga preparado los dioses, luchen no por mí o por mi apellido, sino que luchen por esta tierra, por sus mujeres y sus hijos, por sus hermanas y sus madres, para que ninguna sabandija con el blasón de los Kuno o sus aliados vuelva a pretender jamás el territorio que nos pertenece por derecho y por el cual nuestros padres, abuelos y antepasados han dado sus vidas! –tuve que detener mi discurso por la enardecida aclamación de mis hombres, luego, volví a dirigirme a ellos-. ¡Quiero ver a los mejores guerreros de la nación enfrentarse a los guerreros del clan Kuno sin temores! ¡Si nos doblan en número, cada uno de nosotros peleará por ese compañero que falta! ¡Si nos triplican en número, pelearemos por tres, pero que no se diga que el guerrero Saotome ingresa al campo de batalla derrotado y temeroso! ¡Quiero una victoria y estoy seguro de que todos juntos la obtendremos y les demostraremos al clan Kuno que no basta un número mayor de hombres para ganar una batalla si no se tiene el coraje y la bravura necesaria para enfrentarse al enemigo y eso es lo que a los guerreros Saotome nos sobra! ¡Victoria al clan!

Mis últimas palabras fueron aclamadas y vitoreadas, y espontáneamente las voces de mis guerreros comenzaron a entonar una especie de cántico con el apellido Saotome. Debo reconocer que me estremecí al escuchar ese coro de voces graves y enardecidas corear mi apellido, pero el calor que sentí en mi pecho al verles allí me dio nuevas esperanzas.

Sí, ganaríamos esa batalla, como siempre lo habíamos hecho y Tatewaki Kuno se arrepentiría de haberme desafiado.

Me di media vuelta sobre mi caballo y le hice una señal a Ryoga, mi comandante de caballería asintió y avanzó un poco más hasta quedar junto a mí.

-Nos encontraremos en la explanada, cuando los guerreros Kuno caigan en la trampa –me dijo dedicándome una sonrisa de triunfo.

-Lo haremos –dije yo, apoyando mi mano en su hombro-. No tardes en llegar.

-No tardaré. No me perdería por nada cortar unas cuantas cabezas Kuno, al lado de mi señor.

Nos separamos y él tomó el mando del primer grupo que se dirigiría a las colinas que nos separaban de la explanada en donde sabíamos, se ubicaban los guerreros Kuno. El otro grupo partió casi al mismo tiempo. Las caracolas emitieron su característico sonido llamando al combate mientras los estandartes con el blasón de los Saotome flameaban delante de los guerreros, marcando el compás de la marcha.

Vi a mis guerreros avanzar y el orgullo que sentí fue casi desbordarte. Miré a mí alrededor y observé a los quinientos hombres que había solicitado a Ryoga. La mixtura en ellos era evidente, algunos eran experimentados guerreros y otros, jóvenes que recién habían superado los quince años, incluso podía suponer que algunos de ellos aún no los cumplían, pero era indudable que todos y cada uno de estos hombres lucharía hasta la muerte por sus convicciones, aquellas que yo mismo compartía.

Me llevé la mano al pecho buscando el lugar exacto en donde podía sentir la piedra de jade por debajo de mis ropas.

-Por ti, lucharé y saldré victorioso, Akane –murmuré-. Es nuestro turno –dije en voz alta y posteriormente, ajusté mi hoate de color rojo intenso, cubriendo mi rostro con ella. Espoleé a mi caballo y me dispuse a comandar a mis quinientos hombres. Todos me siguieron en formación de guerra y avanzamos por el camino enlodado.

Finalmente, emprendíamos el trayecto al campo de batalla, a enfrentarme con mi enemigo más acérrimo y despiadado, pero ya no sentía temor, sólo la ansiedad de encontrarme con el primer contingente de los guerreros Kuno y demostrarles que un Saotome siempre está dispuesto a luchar.

Después de todo y si los dioses así lo quieren, luego de la batalla un premio maravilloso me espera en el castillo de Nerima, un premio con nombre y rostro de mujer, mi mujer… Akane.


Notas finales:

1.- Bueno, aquí está la primera parte de este capítulo larga duración. La verdad no quería dividirlo, pero la escritura del mismo se extendía demasiado, así que me vi en la obligación de hacer dos partes.

2.-Las palabras del capítulo básicamente tienen que ver con las partes de la armadura del samurái, que es una de las cosas que más llama mi atención sobre ésta época en la historia de Japón.

La armadura era pesada y sin embargo, ellos se movían como el viento (lo mismo ocurre con las armaduras medievales occidentales, pero los movimientos de los caballeros eran más toscos si los comparamos con los de un samurái), bueno, quien tenga la posibilidad de probar una verdadera armadura samurái me cuenta si es cómoda y da libertad de movimiento ^^

La verdad, la armadura samurái posee más piezas de las que nombro aquí y algunas cambian de nombre según el periodo de la historia de Japón, yo no quise incorporarlas todas para no confundirles demasiado con tanto nombre en japonés, pero bueno, aquí van las palabras:

-Matabiki: Eran los pantalones plegados que se utilizaban bajo la armadura

-Obi y Tabi: Ambas palabras aparecieron en algún capítulo anterior, pero las repaso aquí también. Obi: es la tela que fija el kimono al cuerpo haciendo las veces de cinturón. Los tabi son calcetines japoneses, generalmente en blanco.

-Do: El do es el peto de hierro lacado de la armadura, digamos que es la parte esencial de la armadura, complementado además por el resto de partes atadas entre sí.

-Sobe: Son hombreras hechas de placas articuladas para proteger los hombros del guerrero.

-Yugake: Especie de guante para cubrir y dar protección a las manos.

Nodowa: Era la parte encargada de proteger la garganta y cuello del samurái.

-Hanedate: Es una especie de faldón que ayuda a proteger el vientre y muslos del guerrero.

-Kabuto: Quizás una de las piezas más impresionantes de la armadura junto con la hoate. El kabuto es el casco que utilizaba el guerrero. Era lacado y básicamente estaba compuesto de tres piezas: el hachi que era la parte superior que cubría el cráneo, el shikoro para proteger el cuello y el maedate, una pieza de madera fijada en la parte frontal del casco que representaba al clan o a la familia a la cual servía el samurái.

-Hoate: Era la máscara que utilizaron algunos samuráis para proteger el rostro. También lacada, además de dar protección a quien la usaba, le otorgaba un aspecto fiero e imponente.

-Otra palabra que no tiene que ver con la armadura: kibō, que significa esperanza. Elegí esta palabra más bien por necesidad que por otra cosa y sólo para explicar el hecho que el guerrero daba un nombre a su katana. El sable de un samurái era demasiado importante para el guerrero y lo cuidaba incluso más que a sí mismo, por tanto era tratado con sumo respeto ya que se consideraba que en la katana residía el espíritu del propio samurái. Para dejar en claro este concepto fue que elegí esta palabra a falta de otra mejor.

3.- No sé si se utilizaba el que un señor de la guerra dedicara unas palabras a sus guerreros antes de la batalla. Una libertad de autora que me tomé porque encuentro que lo que pueda decir la persona al mando de cualquier grupo (no necesariamente un ejército) es fundamental para inspirar la confianza necesaria a sus compañeros al emprender cualquier tipo de misión. Por eso incorporé este pequeño discurso.

4.- Mis más sinceros agradecimientos a quienes siguen esta historia fielmente a pesar de las constantes tardanzas en su actualización, en especial a quienes me dejaron un review por el capítulo anterior, a Marissa (Gracias por el review ^^ Ya veremos qué piensa Kuno de todo este lío, pero todavía no, jaja!. Muchísimas gracias por tus lindas palabras y todo tu apoyo, un beso ^^), Marce, Sabrina (Gracias por tus palabras ^^ Aquí sigo con la historia, muchas gracias por el apoyo, un abrazo ^^), usaguitendo-saotome, ELOWYN3, amafle, syndy, Ranm .a .lways .OCD, Mafufa (Gracias por dejarme tu review ^^ También por el apoyo y por ayudarme en la decisión de cómo seguir con la redacción, qué bueno saber que te agradan las dos formas de escribir. Un beso ^^), Arashi, CEUSCOLO (Cary, mil gracias por comentar ^^ Lo de las tardanzas, bueno, falta de tiempo y algunos problemillas personales son mi excusa por la demora en las actualizaciones. Espero solucionar pronto aquello. Gracias por el apoyo y por seguir conmigo leyendo lo que escribo, un beso ^^), monyk (Gracias por el review. Ya ves que he decidido seguir relatando como lo hice en el cap anterior y es que me parece que queda más fluido todo. Lo del secreto de Akane, ya veremos, paciencia que todavía queda mucha historia por delante. Un beso y gracias por comentar ^^), Hatoko Nara, Nia06, LadySC –Maaya-, Sele, Sandy (mil gracias por el lindo review ^^ Espero que me tengas paciencia por las tardanzas, ya de a poco quiero ir solucionando aquello. Un beso ^^), Ely, Marina, Sofi, Ifis (Muchísimas gracias por seguir apoyando la historia. Te habrás dado cuenta que ya tomé una decisión respecto a la escritura y en lo personal, me gusta más como está quedando ahora. Lo de Kasumi, pues sí, siempre tuve pensado en que el personaje no pasaría desapercibido en esta historia y quizás más adelante vuelva a tomar un rol mayor. De nuevo gracias por el comentario. Un beso ^^), mane chan (Gracias por el review ^^ Espero que te siga gustando lo que estoy haciendo con este proyecto. Muchísimas gracias por el apoyo. Un brazo ^^), kary 14, Caro y Sonia (Qué alegría me dio recibir tu review justo antes de actualizar ^^ Finalmente sí hubo boda, pero la luna de miel… tendrá que esperar un poco. No me mates por eso ¿si? Tienen cosas que solucionar primero asi que, paciencia. Muchas gracias por el review, un besote ^^). Gracias de todo corazón por todas sus palabras, opiniones y fundamentalmente por el apoyo que le dan a esta historia. Espero volver pronto con un nuevo capítulo y no hacerles esperar tanto tiempo a quienes me hacen inmensamente feliz leyendo lo que escribo. Mil gracias por todo ^^

Un beso y un abrazo y será hasta un próximo capítulo.

Buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.