- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo IX

"Vientos de guerra (parte II)"

Tres días habían pasado.

Tres días con sus noches y el amanecer del cuarto día se presentaba lúgubre y frío.

No era que el clima nos perjudicara demasiado; habíamos tenido problemas por las inestables lluvias que nos habían acompañado desde que habíamos dejado el campamento atrás, pero no podíamos decir que el clima nos hubiera sido totalmente desfavorable. El sol alumbraba a ratos, el viento y la lluvia no se habían vuelto a presentar tan inclemente como hacía días atrás y el cielo, aunque siempre moteado de nubes oscuras y amenazantes, no había dejado descargar la tormenta con la fuerza que esperábamos.

Así, el amanecer del cuarto día de enfrentamiento me encontré solo en mi tienda, meditando en todo lo que había ocurrido desde que acompañado por quinientos hombres, había decidido enfrentar al clan Kuno.

La estrategia había funcionado.

Ryoga llevó a su contingente hacia el este, alineándolos detrás de las colinas que rodeaban el valle. Igual cosa hizo mi otro comandante y uno de los mejores guerreros Saotome, Sentaro Daimonji, aunque él dirigió a su contingente para apostarlo en el extremo oeste de las colinas.

Allí esperaron, dejando que la infantería al completo se desplegara en los extremos más alejados, listos para entrar en batalla al momento de recibir la señal.

Al centro se dispusieron los arqueros, ya que esa era la mejor posición para alcanzar al enemigo que seguramente cargaría de inmediato en contra nuestra. En tanto la caballería se replegaría sólo un poco para cargar colina abajo y al mismo tiempo, para así, tomar al enemigo por sorpresa y acabar con ellos rápidamente si era posible.

Puedo recordar perfectamente el camino recorrido junto a mis quinientos hombres con los estandartes de batalla flameando frente a mí.

Al llegar a la cima de la colina, lo primero que divisaron mis ojos fue la masa uniforme de guerreros y caballos acampando en la explanada. Más atrás, en una pequeña colina, las elegantes y bien construidas tiendas de los generales, los estandartes de mando y la silueta de algunos hombres diminutos que se divisaban a los lejos.

Allí se escondía el idiota, tras sus hombres en vez de salirme al encuentro.

Divisé también las banderas con el blasón del señor Satori, tal y como me lo había informado Ryoga, pero mi sorpresa fue inmensa al descubrir también los estandartes de otro señor a quien yo había ayudado. Sanzenin Mikado también se encontraba dispuesto a enfrentarme, pues bien, uno, dos o tres señores de la guerra podían unirse en mi contra, pero ni juntos ni mucho menos por separado podrían vencerme.

Recuerdo haber soltado una carcajada al ver los estandartes de mis enemigos flamear juntos, casi como si se tratasen de tres hermanos fanfarrones. Mis hombres me observaron intrigados y yo dejé escapar el aire de mis pulmones.

-"Comencemos la representación –recuerdo haberles dicho-. Tú, sopla esa caracola lo más fuerte que puedas y ustedes, que los estandartes con el blasón de los Saotome flameen lo más alto que puedan hacerlos flamear. Qué esos señores se enteren que estamos acá y se preparen para la batalla".

Mis órdenes fueron cumplidas de inmediato e hice que mi pequeño contingente tomara posición. La infantería delante de mí y la caballería a ambos lados.

El potente sonido de la caracola hizo que mi corazón latiera fuerte dentro de mi pecho, como siempre lo había hecho desde que había escuchado su llamado por primera vez en una batalla.

Ajusté mi hoate y ordené a los portaestandartes que dieran la señal de ataque a la infantería y la caballería al mismo tiempo.

Avanzamos colina abajo al trote y pude divisar al enemigo que ya había dispuesto a sus hombres en formación de combate.

Tal y como lo había pensado, el idiota creyó que sólo ese puñado de hombres me acompañaban y vi flamear los estandartes que le indicaban a la caballería e infantería que cargaran en contra nuestra.

Los movimientos habían sido estudiados y aprendidos por mis hombres quienes se detuvieron junto a mí cuando vimos al enemigo avanzar a gran velocidad. Estábamos a mitad del valle, esperando. Mi orden era dejar atacar primero al enemigo, así nos aseguraríamos de que nuestros arqueros, apostados en las colinas próximas acabaran con algunos guerreros. El factor sorpresa sería fundamental para enfrentar al enemigo. Confiaba en Ryoga y confiaba en Sentaro, ambos eran grandes guerreros, respetados por los hombres y con la autoridad suficiente como para conseguir que todas nuestras tropas hicieran lo que ellos les indicaban.

Así, la avanzada de los guerreros enemigos se presentó ante nuestros ojos de forma amenazadora y terrible. Vi el temor reflejado en los rostros más jóvenes, vi el coraje reflejado en los rostros con más experiencia y sentí mi corazón latir con fuerza dentro de mi propio pecho.

Una masa uniforme en tonos oscuros avanzaba a gran velocidad directo hacia nosotros, una masa cuatro veces mayor a nuestras fuerzas, una masa dispuesta a matar y a arrasar con todo a su paso.

Las caracolas se dejaron escuchar, su sonido fuerte y claro indicaba que el bando contrario estaba listo para atacar.

-Tú, indícale a la infantería que se separe de nosotros formando una sola línea de fuego entre caballería e infantería –recuerdo haberle dicho al portaestandarte.

-¿Mi señor? –contestó totalmente sorprendido por mi abrupto cambio en las ordenes que había dado con antelación.

-¡Obedece! –le grité.

El joven se apresuró en hacer la señal que yo quería que efectuara y la infantería se dividió quedando a los lados de mis hombres a caballo, formando una sola línea compacta.

Cuando los hombres de mi adversario estaban a una distancia que consideré adecuada, pedí que me prestaran una caracola y ante el estupor de todos mis hombres, la hice sonar de una forma que sólo yo y Ryoga sabíamos hacer. Era nuestra señal, una señal inventada cuando éramos un par de niños aburridos en medio de un entrenamiento.

El mismo sonido penetrante me respondió desde la colina y divisé el movimiento del estandarte que le indicaría a Sentaro que debían atacar.

El enemigo se fue acercando cada vez más y tanto mis hombres como sus caballos se sentían impacientes.

-¡Ahora! –dije-. ¡Es el momento!

Hice avanzar a mi caballo unos pasos y lo detuve en frente de mis hombres, desenfundé a kibö y la alcé por sobre mi cabeza, sosteniéndola en esa posición.

-Sólo un poco más –murmuré sin quitarle la vista a la primera línea de caballería enemiga que avanzaba a gran velocidad seguidos por la infantería. El sonido emitido por los gritos de guerra era ensordecedor y atemorizante, pero a pesar de ello, nunca en mi vida me había sentido más tranquilo.

Momentos después, bajé lentamente mi sable hasta quedar con el brazo extendido frente a mí.

La lluvia de flechas no se hizo esperar… los gritos de quienes fueron alcanzados por ellas tampoco.

Los hombres de Kuno no se lo esperaban, pero recuperados de la primera impresión, siguieron cargando. Un segunda oleada de flechas acabó con unos cuantos más y una tercera y hasta una cuarta, aun así, seguían siendo bastantes los que avanzaban a nuestro encuentro.

-¡Ahora! –grité con todas mis fuerzas mientras mediante un golpe en los flancos de mi caballo lo hacía avanzar al galope.

Mis hombres me siguieron enseguida y en menos de lo que dura un suspiro, nuestras fuerzas se encontraron con el enemigo.

Por el rabillo del ojo pude ver al resto de la caballería e infantería avanzar colina abajo de ambos lados de la explanada. Aplastaríamos al enemigo y no sabrían nunca cómo lo habíamos hecho.

Los arqueros que habían permanecido en las colinas tenían la orden de acercarse al campamento enemigo lo más posible y una vez que vieran que los arqueros del clan Kuno se disponían a disparar, ellos tratarían de aniquilarlos.

Así lo hicieron y gracias a eso, el primer día no tuvimos que lamentar tantas pérdidas.

El segundo y el tercer día el enfrentamiento fueron más parejos, habíamos equiparado las fuerzas, ellos con sus bajas y nosotros… nosotros tratando de hacerles frente sin recibir demasiadas pérdidas.

Así, este día se presentaba como el cuarto día de batalla y yo le rogaba a todos los dioses que fuera el último que tuviéramos por delante, no porque temiera un desenlace desastroso, eso ya no me preocupaba, lo que quería evitar era la pérdida de más vidas, tanto de mi bando como del bando contrario.

Cuando uno se encuentra en el campo de batalla no puede ni debe preocuparse por nada más que por ganarle al enemigo y salir con vida del enfrentamiento y para ello, es necesario matar, acabar con el mayor número de seres humanos de tu misma condición, eres tú o el enemigo, pero luego, cuando pasa esa fiebre delirante que se adueña del guerrero y lo convierte en un animal salvaje que sólo sabe dar muerte a su enemigo, viene la meditación.

No me arrepiento de haber luchado, es lo que debo hacer y lo que se espera de mí como señor de la guerra, pero si puedo evitar una masacre sin sentido, mi opción siempre será intentar hacerlo.

Los gritos y pasos apresurados de mis guerreros me traen de vuelta con rapidez a la realidad. Al levantar el rostro, veo que la lona de la tienda que han armado mis hombres para mi descanso se abre y por la improvisada puerta aparece Ryoga junto a cuatro de sus hombres y un desconocido al cual mi comandante de caballería empuja sin miramientos haciéndole caer de bruces en la tosca alfombra de bambú, justo frente a mí.

Antes de dirigir mi mirada al desconocido, enfoco mis ojos en mis hombres, todos se ven cansados y sus ropas se encuentran manchadas de barro, sudor y sangre reseca.

-"La guerra no es un bonito espectáculo" –me digo para sí, enfocando, ahora sí, la vista en el joven que permanece prosternado a mis pies-. ¿Y él?

Ryoga se adelanta unos pasos y toma al joven por sus largos cabellos negros para obligarlo a levantar el rostro.

-Lo encontramos merodeando por los bosques, cerca de la colina.

-¿Un espía? –pregunté observando el rostro sereno del acusado.

-Puede ser. No quiso decirme nada, dice que sólo hablará con el señor de Nerima.

Lo observé detenidamente antes de continuar. Era un joven alto, de largos cabellos negros que le llegaban hasta la baja espalda, sus ojos eran de un verde intenso y su piel de un tono más claro que la mía. Parecía tener mi misma edad, quizá unos años mayor inclusive. Vestía una túnica blanca, larga, con los bordes de las mangas negros. Unos pantalones bastante curiosos en un tono oscuro que eran cubiertos completamente por la larga túnica y ésta se encontraba fija a la cintura por una especie de obi muy delgado de color rojo, el cual, el extraño había atado con un nudo al costado derecho de su cintura, dejando dos largos trozos de seda colgar en su costado.

-¿Eres un espía? –le pregunté directamente.

-¿Eres el señor de Nerima? –contestó él, ganándose un fuerte golpe en la cabeza por parte de mi amigo.

El hombre ni siquiera frunció el ceño al recibir el golpe, por el contrario, permaneció erguido, sin quitarme los ojos de encima.

-¡Cómo te atreves a hablarle de esa manera a un señor de la guerra! –exclamó Ryoga cuando le iba a propinar un segundo golpe al desconocido.

-Déjalo Ryoga –tercié, deteniendo justo a tiempo el manotazo que pretendía darle mi amigo al extraño personaje-. Soy yo –continué-, soy Ranma Saotome, señor de Nerima.

El extraño sonrió y se prosternó nuevamente, tocando el suelo con su frente.

-Mi señor –dijo luego de hacer la reverencia.

Confieso que todos nos quedamos sin saber qué hacer ante tal muestra de respeto luego de la insolencia que acababa de cometer. El hombre tenía dos opciones, era muy valiente o estaba demente.

-¿Quién eres? –pregunté, ahora sí, con genuina curiosidad.

-Vine a ayudarte, mi señor –dijo con un tono de voz potente y serio-. Vine a prestarte mis servicios en esta batalla y si logro serte útil ahora, a quedarme a tu lado y protegerte.

Observé a Ryoga, él estaba tan sorprendido como yo. El hombre postrado frente a mí hablaba con total convicción.

-Incorpórate –dije con autoridad, él obedeció de inmediato-. ¿Por qué me ofreces tu ayuda?

-No te la ofrezco, mi señor –dijo observándome directamente a los ojos-, estaba escrito en mi destino que llegaría el día en que un joven guerrero necesitaría mi ayuda para salir victorioso de la lucha contra sus enemigos. Hoy es ese día.

-¿Una profecía? –pregunté con incredulidad.

-No –contestó él-, no creo en las profecías, sólo en los designios que nos prepara Buda.

-Es un loco, mi señor –dijo Ryoga e iba a continuar, pero yo detuve sus palabras levantando uno de mis brazos para hacerlo callar.

-¿Por qué debería confiar en lo que dices?

-¿Por qué no deberías hacerlo? –contestó con calma.

Algo en sus ojos me decía que él no quería hacerme daño y que sus palabras encerraban la verdad, una verdad misteriosa pero en definitiva, se trataba de la verdad.

-No eres de esta nación, ¿verdad?

-No, mi señor, vengo del continente, de Zhon guo –contestó con orgullo-, llegué a Je-pen-kuo cuando era un niño de once años, con mis padres, pero ellos murieron y quedé solo. Una familia de la tribu me adoptó y me enseñó sus técnicas. Poco a poco fui perfeccionando lo que había aprendido de mi padre con lo que aprendía de las enseñanzas de la tribu, pero en un enfrentamiento en donde murieron todos los integrantes de mi familia adoptiva, entendí que nuevamente había quedado solo y desde entonces he sido mi propio señor, hasta ahora.

-Los ninjas nunca me han inspirado confianza –comenté, sólo para observar su reacción. Él no demostró incomodidad.

-¡A mí tampoco, mi señor! –contestó sonriendo. No pude evitar esbozar una sonrisa ante tal respuesta-. Mi señor, yo no soy un ninja, le tengo mucho respeto y cariño a mis raíces como para haberme convertido en un ninja. No, yo sólo aprendí lo que más pude de sus técnicas.

Sus palabras parecían sinceras, sin embargo, yo había aprendido a desconfiar.

-¿Cómo sé que lo que dices es verdad? ¿Cómo sé que no intentarás matarme en el momento en que encuentres una oportunidad?

-Eso no puedo decírtelo, mi señor, sólo te pido que me pongas a prueba. Si quieres, lucharé a tu lado o a una gran distancia, pero deja demostrarte que lo que digo es cierto y que puedes confiar en mí.

Lo observé fijamente y él no esquivó mis ojos, ¿podía confiar en él? Algo me decía que sí, pero no supe explicarme qué era ese algo.

-Está bien, te daré la oportunidad de demostrarme que el destino existe y que eres la persona que necesito para salir victorioso de este enfrentamiento.

-¡Mi señor! –se escandalizó Ryoga.

-Te aseguro que no te arrepentirás, mi señor –dijo el desconocido.

Yo asentí y observé a Ryoga con complicidad, él estaría encargado de vigilar al nuevo integrante de los guerreros Saotome.

-¿Cómo te llamas? –pregunté. Todo ese tiempo conversando y ni siquiera sabía el nombre de mi nuevo aliado.

-Mu-Tzu, mi señor –contestó respetuosamente-, mi nombre es Mu-Tzu.

-¿Mozoo? –inquirí. Por qué la gente que venía del continente tenía esos nombres tan complicados.

-Mu-Tzu –volvió a repetir, con un poco de incomodidad en su tono de voz. Seguramente le ofendía el que yo no pudiera pronunciar su nombre correctamente.

-Moosu –volví a intentar.

-Mu-Tzu –repitió de la forma más lenta que pudo.

-Mousse –asentí al decir la palabra. Él suspiró con resignación.

-Supongo que está bien –dijo con decepción-, Mousse está bien.

-Ryoga, que alguien busque una buena armadura para Mousse y…

-Si me permites, mi señor –me interrumpió el guerrero-, yo no necesito armadura, éstas son mis ropas de combate.

-¿Esa tela es… tu ropa de combate?

-Sí –contestó-, es ligera y cómoda, me da libertad de movimiento y sirve para ocultar unas cuantas armas.

Debo reconocer que todos quedamos boquiabiertos cuando Mousse comenzó a sacar las armas que ocultaba bajo las mangas de su túnica. De pronto, un montón de cuchillos, cadenas y otras piezas que no logré identificar muy bien fueron expuestas ante mis ojos.

Observé a Ryoga con una mirada reprobadora, se suponía que debería haber registrado al desconocido antes de presentarlo ante mí.

-Lo registramos –dijo mi comandante ante la silenciosa acusación que recibía de mi parte-, juro que lo registramos bien…

-Sí, lo hicieron –interrumpió Mousse volviendo a guardar sus armas bajo su túnica-, pero hay veces en que los ojos no logran ver con claridad, las manos no encuentran lo que buscan y el corazón no advierte el peligro.

Sabias palabras dichas por el extranjero que no sólo se aplicaban a la situación en la que nos encontrábamos, en mi opinión.

-Bien, que sea una lección para todos nosotros –dije avanzando hacia donde descansaba mi kabuto-. Ryoga, que todos se preparen, ya es hora de que volvamos a la acción… y espero que este sea el último día de lucha.

-Permíteme decirte que lo será, mi señor –dijo el extraño joven asintiendo con la cabeza-. Hoy será el último día de lucha contra el clan Kuno.

-Eso espero Mousse. Ahora, todos a prepararse.

Los hombres salieron de mi tienda y volví a quedar solo en medio del melancólico espacio. Pensé en mi padre al ponerme el kabuto en mi cabeza, pensé en el orgullo que sentía él cada vez que se enfrentaba al enemigo y me pregunté si se sentiría orgulloso de su hijo.

Luego, mi mente se obstinó en recordar a mi joven esposa. La imaginé sentada en alguna habitación del castillo contemplando los jardines, pero luego, una sonrisa que se fue convirtiendo en carcajada se apoderó de mis labios. Akane no se quedaría quieta contemplando el esplendor de la naturaleza, ésa no era ella. No, mi esposa era una niña inquieta, testaruda y un tanto agreste que buscaría una y mil formas de matar el tiempo, pero ciertamente no lo haría quedándose quieta por horas en el mismo lugar observando el paisaje.

Instintivamente llevé mi mano al lugar en donde podía sentir perfectamente el jade por sobre mis ropas y lo apreté con fuerza.

-"Sólo espero que no le estés causando demasiados problemas a Shinnosuke –me dije sonriendo al recordar los temores que me había expuesto el monje antes de separarme de ellos a las afueras del castillo, de cómo le inquietaba que mi esposa no hiciera caso de sus recomendaciones-. Quisiera estar allá contigo, mi torpe niña. Allá, contemplando tu dulce rostro… no la crudeza de la batalla y la horrible cara de la muerte."

Suspiré de forma queda y tomé la haote para salir de la tienda. Afuera me esperaban mis hombres. De los tres mil que habían emprendido conmigo el camino desde las puertas del castillo hasta el campo de batalla, sólo quedaban cerca de dos mil. Muchos se encontraban heridos y habían sido llevados al campamento, lejos del campo de batalla; otros habían muerto, algo inevitable tratándose de un enfrentamiento. Pero nosotros también habíamos provocado bajas en el contingente enemigo, bajas considerables y habíamos sabido que el señor Satori había retirado su apoyo a Kuno. El motivo no lo sabíamos con certeza, pero eso era una gran ventaja, porque casi todos los arqueros con los que contaba el idiota, los había obtenido de las tropas de Satori.

Así, veía una luz de esperanza ante el día que se avecinaba y creía firmemente que pronto conseguiríamos la victoria.

Subí a mi caballo y me puse al mando del contingente, tal y como acostumbraba. Antes de cubrir mi rostro con la hoate, hice un rápido recorrido ocular de mis hombres. Todos se encontraban dispuestos para seguirme en cuanto diera la orden de hacerlo, así lo pude ver en sus rostros.

-Sólo les pido un último esfuerzo –dije con voz potente y clara-. Hoy venceremos al clan Kuno y podremos regresar a casa con una victoria más en nuestro historial y demostraremos una vez más que los guerreros Saotome ganaremos una batalla aún cuando estemos en desventaja, porque somos los mejores.

-¡Victoria al clan Saotome! –gritó un hombre que no alcancé a ver y todos lo secundaron con entusiasmo.

Los hombres comenzaron a corear mi nombre hasta transformar sus toscos gritos en un cántico de batalla, potente e intimidante. Yo miré a mis tropas, orgulloso de ellos, orgulloso de ser uno más de ellos y me apresuré en ajustar mi hoate al rostro, luego, espoleé los flancos de mi caballo y di la orden para ponernos en marcha hacia el campo de batalla.

Llegamos a la cima de la colina en donde teníamos una vista privilegiada de la explanada y me percaté de que las fuerzas enemigas ya nos esperaban. Eran menos, a simple vista podía constatar que le habíamos hecho daño al señor Kuno aniquilando sus tropas. Si todo salía bien, al final del día podríamos volver con la frente en alto a nuestro campamento y de ahí, al castillo de Nerima.

Di la orden de avanzar justo en el mismo momento en que las señales del enemigo enviaban a la infantería a atacarnos. Estoy seguro de que una fuerte risotada escapó de mis labios y no sé si fue porque me encontraba nervioso o confiado, el hecho es que hice avanzar a mis tropas sin ninguna estructuración, algo muy poco habitual, pero mis hombres habían entendido que las improvisaciones también eran buenas para ganar una batalla, sobre todo si el enemigo te superaba en número.

Entonces, mi adversario dispuso que su caballería también nos saliera al encuentro. Así pude apreciarlo cuando la señal se movió de izquierda a derecha en la lejana colina de mando.

Podía ver la maku sobre la colina e imaginar a Kuno sentado bajo el amparo de la lona, dando órdenes y observando la batalla desde lejos, desde la seguridad que le daba el esconderse tras sus generales. Él jamás se rebajaría a enfrentarse cara a cara conmigo, eso nunca; pues bien, yo me aseguraría de darle un digno espectáculo.

Habíamos avanzado bastante y el encuentro entre ambas fuerzas era inminente, fue entonces cuando lo vi, el muy idiota estaba tratando de provocarme, eso era un hecho.

Mi sangre hirvió y todo atisbo de nerviosismo se esfumó cuando mis ojos divisaron al comandante que seguramente, estaba a cargo del asalto.

-Taro –me escuché decir sin entonación.

Mi espíritu experimentó una poco aconsejable sed de venganza. Taro era el comandante de las fuerzas de Kuno y había sido él quien había dado muerte a mi padre tiempo atrás, yo lo había sabido y había esperado impacientemente el día en que pudiera darle muerte y cobrar la deuda de sangre que mantenía con él. Fue entonces que agradecí a los dioses por haberme regalado esa oportunidad, quería su cabeza, pero no que me la entregara uno de mis hombres. Yo mismo quería acabar con el asesino de mi padre, Taro, ese arrogante hombre que se jactaba de haber acabado con un gran señor de la guerra.

El choque entre ambas fuerzas se produjo como un estruendo.

-¡Ahora! –grité con todas mis fuerzas, desenvainando de inmediato a kibö y el silbido del frío acero hizo que mi corazón saltara dentro de mi pecho, sentí que el sable me traspasaba su espíritu y yo le entregaba el mío. Una vez más, nos volvíamos uno ante el clamor de la batalla.

Cuando estás inmerso dentro de una batalla, todo parece desaparecer a tu alrededor, sólo vez al enemigo acercarse y tomas conciencia de que debes dar muerte o morir, es un extraño sentimiento el que se apodera de nuestra alma de guerrero, un sentimiento de alegría, de euforia, de locura.

La calma que adquiere el espíritu del guerrero en una batalla es algo que no podría explicar con palabras, porque esa calma es mágica y maravillosa, aunque se escuche horrible el reconocerlo. Todo el miedo, toda la inseguridad, todo el nerviosismo previo desaparece y se esfuma como si se tratase de una nube de humo al momento de entrar en contacto con el enemigo y comienzas a ver tus posibilidades, te das cuenta de que tu adversario no tiene opciones de salir con vida porque es demasiado lento, comete muchos errores, es más inexperto y te da la ventaja, embistes contra él y todo acaba en unos cuantos movimientos. Uno tiene que morir, el otro debe sobrevivir sólo para enfrentarse a un nuevo oponente y así sucesivamente y llega un momento en el cual te sientes invencible y feliz. Invencible, porque has logrado sobrevivir acabando con el adversario y feliz, porque para eso fuiste duramente entrenado, para luchar y ganar esa lucha.

Si no te han entrenado para ello, es probable que no logres entenderlo jamás, pero lo cierto es que la alegría de la espada se apodera de ti, pidiendo cada vez más y más sangre; ésa es la alegría del guerrero.

Vi a mis hombres y a mi mismo tomar el control sobre las acciones. Las naginatas rasgaban, las flechas volaban perforando armaduras y carne, las espadas giraban en molinetes, silbando, danzando, cercenando, los hombres gritaban, los hombres caían al suelo enlodado… los hombres morían; era la furia de un enfrentamiento, la canción de la espada, la euforia del combate.

Poco a poco, la sangre fue regando la hierba que cubría la tierra que nos servía de campo de batalla, mi caballo ya no daba pasos seguros por lo resbaladizo que se había tornado el lugar por donde era guiado, además, el olor a la sangre fresca hacía que se inquietara, era un animal fornido, de combate y acostumbrado al enfrentamiento, pero aun así, la sangre logra alterar los nervios de un animal de combate.

No supe cuánto tiempo estuvimos luchando, seguramente demasiado para darnos cuenta del horrendo escenario en donde nos encontrábamos. Los cuerpos de quienes no habían tenido fortuna ese día se amontonaban en la hierba, eran pisados por sus propios compañeros, hundidos en el lodo por la fuerza que ejercían las patas de los caballos que les pasaban por encima.

Los hombres estaban extenuados, yo mismo sentía que me faltaban las fuerzas y entonces, escuché el silbido y vi la flecha acercándose a gran velocidad. No pude hacer nada, el proyectil dio de lleno en el pecho de mi caballo haciendo que éste diera un brinco y se alzara sobre sus patas traseras justo cuando una segunda y tercera flecha penetraban limpiamente su cuello y su pecho. La sangre brotó a borbotones de las heridas y comprendí que había perdido a mi fiel compañero de tantas batallas. No hubo tiempo para lamentarlo porque caí al suelo siendo testigo de los últimos instantes de vida de mi azabache corcel. Se removió cuan largo era en el suelo y con un último estertor, dejó este mundo.

Me puse en pie e inmediatamente me vi rodeado por cinco hombres, cinco adversarios que concurrieron a darme muerte llamados por el honor que significaba acabar con un gran señor.

Me enfrenté al primero y más próximo tratando de no descuidar los movimientos de los demás.

El hombre demostraba que quería acabar rápidamente conmigo, ya que se lanzó con furia a atacarme, pero la furia nos ciega y hace que nuestros movimientos sean imprecisos y carezcan de utilidad. Yo le esperé en mi lugar, sin moverme hasta que llegó a una distancia de cinco pasos, distancia adecuada para ejecutar mi contraataque. Dos pasos, giro, descanso, embestida y mi adversario cayó pesadamente al suelo sangrando copiosamente.

-"Uno menos" –me dije, preparándome para el siguiente ataque.

Vi a dos muchachos acercarse de la misma forma a mí, dos jovencitos que no superaban los dieciséis y que cometían los mismos errores que había cometido el hombre muerto que descansaba a mis pies. Cerré los ojos y traté de olvidar que me enfrentaría a dos niños ya que a fin de cuentas, ellos querían matarme y yo no se los iba a permitir.

Cuando abrí los ojos, los muchachos ya estaban junto a mí. Bloqueé el embiste del primer sable y me agaché haciendo girar mi cuerpo al mismo tiempo para evitar el corte certero que pensaba propinarme el segundo niño. Desenvainé mi wakizashi y me dispuse a enfrentar a ambos guerreros, pero ellos ya habían tomado las precauciones y en su segundo ataque, fueron más cautos.

Uno atacó esgrimiendo el sable de arriba hacia abajo, el otro de izquierda a derecha. Tuve que esforzarme para detener el golpe del primero y esquivar al segundo, giré nuevamente y logré atizar un corte en una de las piernas del segundo muchacho quien gritó de dolor y me observó con odio.

-Ríndanse y no tendrán que morir –les dije observando por sobre mi hombro la llegada de otros dos hombres.

-Somos guerreros del clan Kuno y estamos preparados para entregar nuestras vidas, no para rendirnos ante un bastardo.

Los jóvenes son imprudentes e insensatos, yo no les superaba en edad por mucho, pero ya había aprendido esa lección hacía mucho tiempo atrás.

No le contesté, di un paso adelante y el chico que había sido herido me atacó, recibiendo un segundo corte que lo hizo caer de rodillas al suelo.

Sentí la llegada de los dos hombres a mi espalda y la sonrisa burlona de mi joven contrincante me demostró que me encontraba en desventaja y que si no hacia algo arriesgado, ellos le llevarían mi cabeza como trofeo a su señor. Retrocedí unos pasos a la izquierda en el preciso instante en que llegaban los dos hombres decididos a matarme.

Uno recibió la respuesta de kibö al golpe de su katana, el sonido del acero contra el acero me devolvió la confianza.

El jovencito impetuoso tuvo que conformarse con enfrentarse a mi wakizashi y el tercer hombre, quien de haber sido sólo un poco más rápido de movimiento hubiera conseguido acabar conmigo, cayó pesadamente al suelo, derramando abundante sangre de una herida en su cráneo, con los ojos abiertos y una expresión de incredulidad en el rostro. Él no se enteró de lo que había sucedido, pero cuando su cuerpo agonizante cayó a mis pies, yo divisé claramente el brazo extendido cubierto por una túnica blanca y los largos cabellos negros del extranjero moviéndose al viento.

Mousse, el hombre al que habíamos tomado por espía me había salvado la vida arrojando una de sus armas directo al cráneo de mi adversario.

Lo vi avanzar a gran velocidad y rodear a uno de mis oponentes para enfrentarse a él.

-Te dije que había llegado para ayudarte, mi señor –dijo entre jadeos mientras descargaba golpes contra el ofuscado jovencito que pretendía mi cabeza con una espada larga y más gruesa de lo que sería una katana. Seguramente un arma de su país.

-Gracias –contesté reprimiendo los furiosos embistes de mi oponente. Un samurai mucho más experimentado que los dos jovencitos que se habían atrevido a enfrentarme con anterioridad.

-Todavía no me lo agradezcas. Sólo cuando tu enemigo se retire de aquí y puedas volver a Nerima debes hacerlo.

No contesté, porque nuevamente me vi inmerso en el ataque y contragolpe. La danza de las espadas seguía su curso y yo me sentía feliz de participar en ella.

Así estuvimos hasta que escuché el gritó desesperado de Mousse a mi lado y vi el rostro sonriente del hombre que había estado luchando conmigo.

-¡Señor Saotome, atrás!

Di un paso al costado, girando la mitad de mi cuerpo y supe que no había nada más que yo pudiera hacer. El muchacho a quien había herido y a quien no había querido matar se encontraba a no más de tres pasos, empuñando un sable tantö con el cual pretendía matarme. Bloqueé el ataque del hombre con quien había estado luchando hasta ese momento, pero me sería imposible escapar a un ataque propinado por la espalda y tan cercano, así que me resigné a enfrentar mi destino. Después de todo, el extraño extranjero también podía equivocarse.

Sin embargo, el jovencito abrió los ojos enormemente y perdió precisión y fortaleza en sus movimientos, logrando hacerme un corte poco profundo en el brazo izquierdo, luego cayó al suelo, sin vida.

Una certera flecha había penetrado su mala armadura por la espalda, perforando su corazón de manera impecable.

No me había repuesto todavía de la impresión cuando escuché el silbido de una segunda flecha y con la misma precisión que la que había abatido al muchacho, derribó a mi otro oponente haciéndolo caer de rodillas al momento que una tercera acababa con su vida.

Mousse había dado muerte al otro joven y se acercó rápidamente hasta donde yo estaba, todavía impactado por la pericia del arquero que había salvado mi vida cuando escuché el sonido de la caracola a lo lejos.

-Se retiran –dijo Mousse, indicando la colina en donde se encontraba la maku-, la señal de retirada ondea allá.

-No debe ser más que un jovencito –comenté sacándome la hoate y totalmente concentrado en descubrir al menudo chico que permanecía sobre un caballo, todavía con el arco en las manos, mirando hacia donde yo me encontraba-. Me salvó la vida, merece un reconocimiento, al igual que tú.

Avancé un par de pasos seguido de cerca por mi nuevo protector, acercándome al muchacho que me había salvado en dos oportunidades, pero cuando estaba a no más de treinta pasos, un jinete montado en un caballo blanco y negro hizo una arriesgada maniobra para tratar de derribar al guerrero que me había salvado la vida y lo consiguió, porque gracias al embiste, el caballo del arquero se encabritó dejando caer al jinete de mala manera al suelo.

Entonces, todo estuvo claro para mí y arrojé mi tantö como si fuera una estrella ninja en contra de Taro y su caballo blanco y negro.

El sable se clavó en su antebrazo, él lo sacó con furia, lo arrojó al suelo, lamió la sangre que manaba de la herida y la escupió sobre el sable que había arrojado con anterioridad.

-¡Nos veremos otra vez, Saotome! –gritó con desdén-. ¡Cuando mi señor decida enfrentarte nuevamente, espero poder encontrarnos en batalla. Será un placer acabar con el hijo, tal y como acabé con el padre!

Espoleó su caballo y se alejó al galope, pisando cuerpos sin vida y agonizantes por igual. No tuve tiempo de morder mi rabia o de contestar a sus insultos porque un grito desesperado hizo que mi corazón estuviera a punto de dejar de latir y un temor que jamás había sentido tomó posesión de todo mi ser al punto de no poder moverme del lugar en donde me encontraba.

-¡Mi señora! ¡Reacciona por favor, mi señora! ¡Akane!

El acompañante de mi arquero salvador se había descubierto el rostro y frente a mí tenía a Ukyo, la doncella de mi esposa quien se encontraba arrodillada sosteniendo el cuerpo inerte de la muchacha que había salvado mi vida disparando tres flechas con su arco.

Akane, mi joven esposa se encontraba tendida frente a mí, en medio de esa cruenta batalla y yo no podía reaccionar.

El dolor que sentí fue tan grande que me parece imposible describirlo.

Akane se había arriesgado para salvarme la vida y lo había conseguido, en cambio yo… yo no había conseguido salvarla del ataque de mi enemigo y ahora se encontraba ahí frente a mí, tendida en brazos de su doncella y yo no podía hacer otra cosa que observarla desde lejos, porque el miedo a perderla me tenía paralizado.

Juro por todos los dioses que en ese momento, creí que moriría sin la necesidad de haber recibido una herida mortal… y en verdad hubiese preferido morir a contemplar a mi terca niña tendida en la hierba ensangrentada.


El clamor de la batalla llega a mis oídos claramente. Cada vez nos encontramos más cerca y mi corazón se acelera de sólo pensar en que por fin y después de tres días de duro camino, podré encontrarme con mi señor en el campo de batalla.

Ukyo cabalga a mi lado, pendiente de todo a nuestro alrededor porque dice que en cualquier momento pueden salir a nuestro encuentro y atacarnos por creer que pertenecemos al bando enemigo.

Tiene razón, pero eso me tiene sin cuidado, yo sólo pienso en el enfrentamiento que nos espera y en encontrar a mi señor con prontitud.

Hemos cabalgado durante tres días y parte de sus noches, vistiendo las pesadas armaduras de un samurái, durmiendo escasamente a la intemperie acurrucadas una al lado de la otra, con la única compañía de una fogata en donde Ukyo se esmera en preparar unos cuantos alimentos.

La vida del errante es complicada y cualquiera que nos viera avanzar por los caminos poco concurridos pensaría que somos dos ronin que avanzamos sin rumbo fijo y sin más futuro que una muerte indigna y merecida.

Lo cierto es que las armaduras que consiguió Ukyo para ambas no sólo cumplen la función para la cual fueron creadas, sino también son perfectas para ocultar nuestras identidades y nuestra condición de mujer.

Ukyo hizo maravillas con mis largos cabellos, ya que los tomó de tal forma que parecen más cortos de lo que los usaría una mujer, pero tan largos como los tendría un jovencito. A los de ella también les aplicó el mismo procedimiento.

Además de la armadura, llevo mi arco con flechas suficientes para defenderme de varios enemigos y mi katana que cuelga del cinto de mi armadura.

Kyo se muestra tranquilo a medida que avanzamos por los bosques que rodean las colinas de Nerima. El corcel nunca a estado cerca de una batalla, yo tampoco, pero confío en que no me defraudará y que se comportará de forma valiente.

Observando el paisaje no puedo dejar de pensar en el escándalo que debe haber armado mi aya al descubrir mi huída y la de mi doncella, también pienso en el pobre monje, seguro que jamás se imaginó que yo podría hacer algo semejante a escapar del castillo y sólo con recordar el momento en que emprendimos el viaje junto a Ukyo, una sonrisa espontánea aparece en mi rostro.

Hace cuatro días atrás y en cuanto mi doncella puso frente a mí las armaduras que había conseguido, comencé a repasar junto a ella lo que haríamos para escapar del castillo sin ser vistas.

Lo primero sería preparar nuestras provisiones, cosa que no fue muy demorosa porque Ukyo ya tenía todo previsto y sólo tuvimos que armar nuestros bultos de viaje y sacar algunas cosas para cargar las alforjas que llevarían nuestros respectivos caballos.

Luego, fingimos que yo me sentía extenuada y melancólica, por lo que me disculpé para retirarme muy temprano a mi habitación. El problema ahora era Sayuri, qué hacer con ella para que no nos molestara ya que yo dormía con mis dos doncellas. Fue entonces cuando Ukyo decidió dormirla valiéndose de un té que consiguió con una muchacha que trabajaba en las cocinas y que aseguró, tenía propiedades calmantes. Debió de ser cierto porque al poco tiempo de haber ingerido la infusión, Sayuri cayó en un sueño profundo y no hubo forma de despertarla.

Así, teníamos todo listo y dispuesto para escapar. Apagamos las lámparas y cerca de la hora del buey, salimos furtivamente recorriendo el interior del castillo de memoria. No encontramos a nadie en nuestro arriesgado camino y yo di gracias a los dioses por que mi señor no hubiese ordenado implementar en su castillo el suelo de ruiseñor, de lo contrario, hubiéramos estado perdidas.

Pasar la guardia no fue tarea fácil. Había cinco guardias que rondaban el castillo con estrictas instrucciones de no dejar entrar o salir a nadie luego del cierre de las puertas. Nosotras pretendíamos salir y con dos caballos, por lo que seguramente más de algún guardia se daría cuenta de nuestra fuga, así que pensamos en una forma de distraer su atención.

Un falso ladrón o atacante nos pareció una buena idea. Fuimos hasta la cuadra en donde descansaban nuestros caballos y luego de sacarlos y prepararlos para el viaje, raptamos a un potrillo del lado de su madre, le amarramos una soga a la altura de su estómago, de las puntas que sobraban a cada lado atamos un par de cubos de los que se usan para darles de comer a los animales, pedimos disculpas al pobre e inocente animalito y lo hicimos correr en dirección contraria al gran portón del castillo, nuestra salida.

La reacción de los guardias no se hizo esperar, los cinco corrieron en la dirección de donde provenía el inquietante ruido, dejando solo el lugar por donde pretendíamos escapar. Ukyo abrió el portón y yo saqué a los caballos, cuando mi doncella cerró el portón tras de sí, yo ya había montado a Kyo y sostenía al caballo de mi doncella por la brida, ella montó de un salto, acomodó su naginata y espoleó su caballo, yo la imité y ambas salimos al galope con dirección a las colinas que rodeaban Nerima, el lugar predispuesto para el enfrentamiento de los clanes Saotome y Kuno.

Así escapamos del castillo, cabalgando durante toda esa noche y gran parte del día siguiente, porque sabíamos que nos seguirían el rastro de inmediato y apenas se dieran cuenta de nuestra desaparición.

Quien debe encontrarse más enojada debe ser con toda seguridad la anciana Cologne, pero confío en que mi señor pueda defenderme tanto a mí como a mi doncella de la ira de la anciana nodriza una vez que volvamos todos al castillo, porque si de algo estoy segura, ése algo es de que volveremos todos con bien al castillo de Nerima.

-Akane –Ukyo me saca de mis pensamientos llamando mi atención-, detrás de aquel bosquecillo seguramente encontraremos el campo de batalla y debemos estar preparadas.

-Sí.

-¿Tienes miedo? –pregunta mi doncella en un susurro.

-No –contesto con fingida seguridad.

-Yo sí –reconoce ella mirando fijamente al frente-. Nunca he presenciado una batalla, nunca he estado cerca de un enfrentamiento y… tengo miedo.

Un sentimiento de culpa se instala en mi corazón, yo le pedí que viniera conmigo sólo por seguir a mi señor. A veces me sorprende lo egoísta que puedo ser, yo quería ver a mi señor y ella no debería estar pagando con temor y miedo por mis caprichos, mi buena amiga, mi única amiga.

-Si quieres… si quieres, puedes quedarte aquí –contesté de forma titubeante.

-¿Y dejar que te expongas tú sola a los horrores de una batalla?, ¡eso nunca, Akane!

-Entonces…

-Entonces, ambas nos enfrentaremos a las tropas de ese estúpido señor de la guerra, buscaremos al señor Saotome, lo verás y volveremos al castillo.

Me quedé en silencio por un momento, sólo dejando que Kyo avanzara por el terreno montañoso y boscoso que nos rodeaba, los gritos de guerra llegaban a mis oídos con fuerza y claridad y yo estaba asustada, más que asustada, aterrorizada era la palabra exacta pero no podía renunciar a mi idea de reunirme con mi esposo, así que me concentré en el paisaje que tenía en frente y traté de no prestar atención a los sonidos de la batalla. El lugar en donde nos encontrábamos era maravilloso, casi sacado de un relato de la antigüedad, de esos en donde los dioses bajaban a la tierra y la habitaban.

-Hermoso –murmuré.

-¿Cómo? –preguntó mi doncella.

-Ukyo, si diviso a mi señor en el campo de batalla y logro acercarme a él, le pediré que me deje permanecer a su lado –hice una pausa y sentí los ojos de mi doncella fijos sobre mi-. No volveré al castillo, Ukyo… no sin el señor Saotome.

-Pero… pero… ¡Es muy arriesgado! –titubeó mi doncella-. ¡Él no querrá! ¡Sería un idiota si te dejara hacer algo semejante!

-Veremos que es lo que sucede.

-Akane, no…

-Ahora concentrémonos –le interrumpí-. No nos queda mucho para ver la acción… tras aquella arboleda, ahí se encuentra mi señor.

El resto del camino lo hicimos en el más absoluto silencio, faltaba muy poco y no sabía muy bien con el espectáculo que me iba a encontrar. La imaginación de una mujer de dieciséis años es muy activa, pero jamás había tratado de imaginarme en un escenario como aquel, protagonizando una encarnizada batalla.

No tuve que esperar mucho para salir de dudas porque al momento de llegar a la arboleda que había divisado un poco antes, mi corazón experimentó el primer sobresalto.

Ukyo utilizó su naginata para hacer que yo detuviera mi avance y nos escondimos tras los gigantescos y frondosos árboles.

Lo que mis ojos registraron fue mucho peor de lo que esperaba encontrar. Frente a mí, los hombres se daban muerte unos a otros sin piedad alguna.

Lo que había sido un campo de un verde intenso bordado de flores silvestres se había convertido rápidamente en la sangrienta imagen de una carnicería.

El verde de la hierba se había teñido de color púrpura, la sangre de los caídos se había mezclado con el barro que habían dejado las últimas lluvias dándole un aspecto inestable al terreno, el olor dulzón de la sangre de quienes no habían tenido fortuna ese día hizo que me estremeciera y tuve que hacer mi mayor esfuerzo para no devolver el poco alimento que conservaba en mi revuelto estómago. Ése era el olor de la muerte, ésa era la imagen de la muerte.

Pasé saliva, pero mi garganta se encontraba seca. Yo había escuchado los relatos de los guerreros, los cuentos de las ancianas, había leído las crónicas de los antepasados, pero todos ellos hacían imaginarse la guerra como algo heroico, poético e inclusive, hermoso.

Se relataban los grandes triunfos de héroes inmortales, se cantaba sobre ellos, se contaban sus hazañas pero vivirlas… vivirlas era algo muy distinto y allí, frente a miles de hombres de un bando y otro me di cuenta de que los relatos mentían. La guerra no es bella, heroica o poética, la guerra es muerte y destrucción, sólo eso.

Vi los primeros cuerpos a no mas de veinte pasos, todos ensangrentados, mutilados, con rostros de sufrimiento y dolor; hombres jóvenes, adultos, mayores y también niños, algunos portando los colores y blasón del clan Kuno, otros los del clan Saotome, pero fue inevitable para mi no pensar en lo que había detrás de ellos, en lo que habían dejado atrás por cumplir su deber como guerrero. Esposas, madres, hermanas, hijas, abuelas, prometidas y amantes, todas ellas confiando en el regreso triunfal del guerrero al que amaban… y ese guerrero ya no podría volver a su lado porque se encontraba allí frente a mí, mutilado, sangrando, tendido en un campo que días atrás había sido bello y que ahora se encontraba teñido con el color de la sangre de todos esos guerreros, todos esos esposos, hijos, hermanos, padres, nietos y amantes, todos… muertos.

Sentí ganas de llorar, de gritar con todas mis fuerzas que aquella batalla era una estupidez, que todos se detuvieran porque sus familias esperaban su regreso con bien a casa pero sin embargo, mi boca fue incapaz de abrirse y un sollozo ahogado fue el único sonido que escapó de mis labios.

-¿Te… te sientes… bien? –escuché el murmullo de mi doncella, seguramente tan afectada como yo al contemplar esa masacre.

-Sí –contesté como mera formalidad, pero la verdad era totalmente contraria a lo que mis labios habían contestado.

No me sentía bien, no me sentía nada bien y la angustia, el miedo y el nerviosismo comenzaron a manifestarse en mi interior.

Akane Tendo, la hija menor de un importante dignatario de la Corte Imperial en Kyoto había querido aventurarse en el episodio más arriesgado de su corta vida sólo por la obstinación de querer serle de utilidad a un daimyö que no necesitaba de la escasa ayuda que le podía brindar y se había auto convencido de que la guerra era algo simple y natural, casi como tomar un baño diario o tomar el té a la hora que quisiera hacerlo.

-"Estúpida – me regañé a mi misma-, torpe niña boba, ¿qué quieres demostrar? Razón tenía mi señor al no querer que presenciaras… esto."

-¡Señora, atrás!

El grito de Ukyo y el fuerte embiste que hizo con su caballo para que el mío retrocediera me devolvieron a la realidad.

Frente a nosotras, dos hombres del clan Kuno se enfrentaban a un guerrero Saotome que se veía disminuido por una herida que había recibido en su antebrazo izquierdo.

Mi compañera fue más rápida que yo en tomar una decisión, seguramente porque no se encontraba tan afectada por la escena que nos encontrábamos presenciando o quizá porque había salido antes del estupor y aturdimiento de la primera vista del campo de batalla, el hecho es que sacó rápidamente su arco y con maestría disparó la flecha que penetró limpiamente en el cuerpo de uno de los oponentes del guerrero Saotome haciendo que cayera al suelo sin saber muy bien que le había sucedido, luego vino el desenlace, los dos guerreros Kuno murieron, uno decapitado por el guerrero Saotome, el otro a causa de la flecha disparada por mi doncella.

Un gracias tosco y rápido fue la única frase que escuchamos decir al joven que había salvado mi doncella, luego de eso, comenzó a correr en dirección al campo de batalla, enfrentándose a quien tuviera el blasón de Kuno en su armadura y le saliera al encuentro.

Fue entonces cuando giré mi cuerpo para observar a mi doncella. Temblaba de pies a cabeza, sus manos no eran capaces de sostener el arco con firmeza y de pronto, se llevó una de sus manos a los labios para contener las nauseas.

-¿Estás bien? ¡Ukyo!

Se giró rápidamente y devolvió todo lo que había en su estómago. Me estremecí, ciertamente habíamos estado en peligro antes, cuando nos habían atacado los ninjas en el castillo, pero aquello ni siquiera había sido una escaramuza, era totalmente incomparable a una batalla de verdad y yo había obligado a mi doncella a acompañarme en aquella desastrosa aventura. Sentí culpa y tristeza, porque ahora entendía que no sólo estaba exponiendo mi vida obstinadamente y sin ningún motivo, sino también la de mi buena amiga.

-Perdón, mi señora, yo nunca… yo nunca había matado a nadie.

Hablaba muy suavemente mientras se limpiaba con el yugake que cubría su delicada mano y el observarla ahí, tan compungida me partió el corazón.

De pronto me encontré dudando de mi decisión, ¿no sería mejor volver a la seguridad del castillo y esperar a mi señor allí, tal y como él quería que yo hiciera?

Aspiré una bocanada de aire helado y cerré por un momento los ojos para dirimir lo que debía hacer, pero cuando los volví a abrir y observé el campo de batalla, todas mis dudas se aclararon y mi corazón tomó posesión nuevamente de mis acciones, haciendo la sensatez a un lado como tantas veces lo había hecho.

A unos cien pasos de donde nos encontrábamos escondidas se encontraba mi señor, su negro corcel era inconfundible y la armadura, negra también, hacía que se destacara de cualquier otro guerrero.

Estoy segura de que en mi rostro apareció la sonrisa más sincera que jamás hubiera expresado y mis ojos se llenaron de lágrimas de emoción.

Lo vi luchar, lo vi defenderse y atacar haciendo movimientos arriesgados sobre su caballo y manejando la espada con maestría y de pronto, no tan solo una, sino tres flechas consiguieron que me quedara sin aliento y fuera testigo silencioso de su caída al terreno enlodado y ensangrentado.

Su caballo corcoveó y expulsó al jinete, quedando ambos en el suelo. Seguramente el azabache corcel de combate había muerto, pero mi señor no podía hacerlo, yo no había visto que las flechas se dirigieran hacia él, así lo comprobé cuando la negra silueta se puso en pie sólo para ser atacado por cinco hombres furiosos.

-¡Son cinco, no podrá con todos! –grité tan fuerte que mi doncella pegó un brinco a mi lado.

Acto seguido, ajusté la hoate que me serviría para ocultar mi rostro ante un posible reconocimiento por parte de los hombres del señor Saotome y espoleé a Kyo.

El caballo se replegó un poco y me costó hacer que avanzara, seguramente los gritos de los hombres y el olor a la sangre le provocaban demasiado nerviosismo, pero finalmente obedeció a mi exigencia.

-¿Dónde vas?

-A ayudar a mi señor, tal y como tenía presupuestado –contesté.

-¡Akane, no!

-¡Lo matarán si no le ayudo! –grité con furia mientras me internaba en el campo de batalla tratando de esquivar los cuerpos agonizantes de algunos guerreros seguida muy de cerca por mi doncella.

-¡Pero estaremos más protegidas en la arboleda, desde allí podemos ayudarle y…!

-¡Nuestras flechas no llegarían con la precisión necesaria! ¡Necesito acercarme un poco más!

Mientras avanzaba, mis ojos fueron testigos de su lucha con dos hombres, a uno lo hirió, al otro le enfrentó con el sable, mientras un tercero y un cuarto llegaban por su espalda. Creí que lo vería morir ante mis ojos porque era muy poco probable que pudiera seguir enfrentándose a esos hombres solo. Detuve a Kyo y saqué mi arco y una flecha.

-"No es la mejor distancia pero servirá –me dije mientras apretaba los dientes y tensaba la cuerda de mi arco-. No debo fallar."

Estaba a punto de soltar la primera flecha cuando vi caer a uno de los hombres que atacaban a mi señor al suelo sin vida.

Un hombre con unas ropas muy similares a las que usaba mi aya había ayudado al señor Saotome a eliminar a uno de sus oponentes y ahora luchaba a su lado.

Suspiré aliviada, pero el peligro no había pasado, así que seguí en la misma posición sobre mi caballo, sentía la cuerda tensa del arco contra mi mejilla, los oídos me zumbaban por la presión de la sangre, el corazón me palpitaba a gran velocidad y entonces, vi cómo el primer hombre al que mi señor había herido se levantaba del suelo empuñando un sable corto dispuesto a acabar con la vida de mi esposo. Confieso que en ese momento todos mis escrúpulos desaparecieron, pareció que el mundo entero hubiera desaparecido y sólo podía ver ese brazo acercándose cada vez más al cuerpo de mi señor. Si no hacía algo, le mataría y fue entonces cuando lo entendí, en una batalla tenías dos opciones, matar al contrincante o morir a sus manos y yo no dejaría que el contrincante me quitara lo más valioso que tenía en la vida, así que mis ojos se enfocaron exclusivamente en el cuerpo del atacante y disparé la flecha.

Escuché el zumbido alejándose, mi cuerpo se hizo hacia atrás al dejar de hacer presión en la cuerda y cerré mis ojos, abriéndolos casi de inmediato.

El hombre cayó lentamente al suelo, con su brazo extendido pero ya sin poder hacerle gran daño a mi señor.

Inmediatamente extraje otra flecha, tensé la cuerda y la disparé dándole al otro oponente del señor Saotome en su estómago, luego repetí el procedimiento y esta vez, mi flecha dio directo en el cuello del hombre. Un ataque certero y mortal.

Había matado sin compasión a dos hombres del clan Kuno, pero con ello, había logrado salvarle la vida a mi señor, el hombre al que amaba.

Permanecí con el arco en las manos temblorosas, mirando fijamente al señor Saotome quien se acercaba lentamente hacia donde yo estaba.

El sonido de la caracola a lo lejos no me pareció de importancia, en lo único que podía pensar en ese momento era en la reacción que tendría el señor Saotome al descubrir que quien le había salvado la vida era su esposa y no uno de sus guerreros.

Sonreí tras la máscara, imaginado el tinte de asombro que reflejarían esos bellos ojos azul grisáceo y si no hubiera estado tan concentrada en la figura de mi esposo y en pensar en nuestro encuentro, me hubiera dado cuenta de la llegada de un violento jinete el cual pasó por el lado de mi caballo, dándole una fuerte embestida que lo hizo hacer una imprevista cabriola.

El animal estaba asustado y se asustó aun más cuando recibió ese golpe del otro caballo. En un abrir y cerrar de ojos me vi expulsada de lomos de mi noble corcel, vi el cielo en lo alto, los árboles atrás, el suelo ensangrentado en donde caí estrepitosamente y después… nada, todo quedó en la más completa y absoluta oscuridad para mí.


Notas finales:

1.- Mmmm, no sé que les pareció esta continuación pero para mí, además de ser uno de los capítulos más difíciles e interesantes que me he propuesto escribir no tan solo de esta historia, sino de todo lo que he escrito hasta el momento, me gustó mucho como quedó.

El relato de la batalla no se me hizo nada de fácil, pero creo que era totalmente necesario para la historia.

Ciertamente, aquí no vemos nada de romanticismo (como suelen tener mis escritos) y es que realmente quise plantearme en el escenario de una batalla real, en los sentimientos que podían experimentar los antiguos samuráis, entrenados para matar o morir y yo no los justifico, pero sí los entiendo.

2.-Paso rápidamente a las palabras del capítulo para no quitarles tanto tiempo:

-Sable tantö: Es un sable corto similar a un puñal que además de ser utilizado en batallas cuerpo a cuerpo (a falta de la katana o el wakizashi), es el arma que se utiliza para cometer el sepukku o suicidio ritual.

-Zhon guo: Antiguo nombre para referirse al país que conocemos hoy como China (el término es utilizado por los propios chinos o, en ésa época, Zhon guo ren).

-Je-pen-kuo: Antiguo nombre para referirse al país que conocemos hoy como Japón (también es utilizado por los chinos de aquella época).

-Maku: La maku es una tienda semiabierta en donde el comandante o jefe del ejército permanecía sentado en un banquillo para comandar sus tropas, lejos del campo de batalla.

-Ronin: Un ronin era un samurái sin señor, sin amo a quien servir. Distintos motivos podían llevarle a convertirse en ronin (tales como la muerte de su señor o la caída en desgracia ante los ojos de éste, por ejemplo), pero lo cierto es que en aquélla época significaba caer en desgracia, eran despreciados y muchas veces se convertían en forajidos.

3.- Un agradecimiento muy especial a quienes leen esta historia, a quienes apoyan mis escritos ya sea activamente o de forma pasiva y a quienes me hacen feliz dejándome un review. A ELOWYN3, shojo88, usaguitendo-saotome, CEUSCOLO (Gracias Cary por el apoyo ^^ Confieso que los libros de Tolkien, y no tan sólo "El señor de los anillos", se encuentran entre mis favoritos de todos los tiempos. Amo los libros de maese Tolkien, así que comprendo perfectamente a lo que te refieres. Para mí, el que comparen mi modesta historia con una de las grandes obras épicas es uff!... ¡me ilusiona muchísimo! *_* Un beso y aquí seguiré escribiendo ^^), MONYK (Gracias por el review ^^ Un gusto recibir tu comentario ^^), Arashi, Rmtl Des, Marina, lerinne, Sonia (Gracias, linda ^^ Qué bueno que te gustó el capi, espero que con éste no te decepcione. Un besote y nos hablamos luego ^^), kary14, Mafufa (Gracias por el comentario y por tener esta historia entre tus favoritas ^^ También gracias por tenerme tanta paciencia. Un beso ^^), Hatoko Nara, hitoki-chan, Sele, Nia06, Yuna Lockheart, Ifis (Muchísimas gracias por el review ^^ En verdad me alegra saber que te sigue gustando la historia. Un abrazo ^^), preust (Gracias por este review y por todos los demás que me has dejado ^^ Los he leído todos y me alegra que te guste lo que escribo. No pienso dejar ninguna historia de lado, pero mi tardanza se debe al poco tiempo libre que tengo en estos momentos, así que con paciencia, seguirás sabiendo de mis actualizaciones. Gracias por comentar ^^), Ranm .a. lways. OCD, Akaneiiro, Marce, IramAkane, belli (Gracias por el review ^^ Qué alegría que te gusten mis historias, las escribo con mucho cariño y me siento muy feliz de que te gusten. Lo de Corazones en conflicto, pues fue mi primera historia por capítulo y hasta yo lloré con ella al escribirla, así que no te sientas extraña por eso, aun así, que bueno que te gustó. Un beso y estamos en contacto ^^), Veruska y Caro. Muchísimas gracias por los reviews, saben que me hace muy feliz el recibirlos y me alientan para seguir creando nuevos capítulos.

4.- Un beso y un abrazo y será hasta un próximo capítulo.

Buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.