- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XI

"De temores, dolores y amores vive el ser humano"

Permanecía sentado sobre sus rodillas en una clara posición de meditación en el salón principal del gran castillo de su propiedad, aquel que daba directo a uno de los más esplendidos jardines interiores.

La paz que parecía emanar del cuidado jardín no había logrado serenar en absoluto el alma del hombre que parecía meditar frente a un altar especialmente trasladado por un par de lacayos hasta el gran salón del castillo.

El señor del castillo había ordenado trasladar el pesado objeto hasta ese preciso lugar por ser una de las habitaciones que más le confortaban y además, porque creía que en aquél jardín en particular, se producía una extraña conexión con su fallecida esposa.

Así pues, pasaba largos periodos sentado sobre sus rodillas frente al altar, con las manos sobre sus flexionadas piernas sosteniendo las cuentas con las que recitaba los mantras elevando sus suplicas a los dioses y quemando incienso tras incienso.

Sus sirvientes habían recibido órdenes de no molestarle durante el tiempo que pasaba meditando y rogando por soluciones a un problema que veía cada vez más gigantesco y difícil de resolver, por lo que nadie se atrevía a hablarle durante esas largas jornadas ya que, conocida por todos los habitantes del castillo era la cólera de su señor al desobedecer una orden.

Una breve y difusa sonrisa se dibujó en el tenso semblante del señor del castillo al pensar en el temor que despertaban sus actos y palabras en su servidumbre; si tan sólo supieran todos ellos el inmenso temor que su alma albergaba en ese preciso momento; si supieran la angustia en la que vivía sumergido desde que se enterara de lo que pasaba a sus espaldas; si conocieran las desesperanzadoras noticias que lo mantenían en ese estado de tensión y alerta constante, entonces no temerían por el castigo que él pudiera darles por desobedecer sus órdenes.

No, todos ellos temerían por sus vidas al comprender que de una u otra forma, estaban cercados.

El destino de todos los habitantes del castillo se encontraba pendiendo del más fino y delicado hilo de seda. Sí, porque el gran guerrero que él mismo había convertido en parte de su familia al entregarle a una de sus hijas no había dado señales de hostilidad, pero en cualquier momento podía hacerlo, ya que sería una insensatez y una vana fantasía el aferrarse a la esperanza de que un guerrero tan renombrado y afamado como lo era el señor de Nerima, fuera a quedarse tranquilo en sus tierras al conocer la verdad acerca del engaño que había sufrido a manos de su hija mayor.

No, todas las probabilidades y las conjeturas que había hecho hasta ese momento le hacían llegar a la misma conclusión, el señor de Nerima solicitaría ayuda, seguramente al Shogün para lavar su honra y entonces, todos estarían perdidos y la familia Tendo se extinguiría para siempre.

Apretó con fuerza los parpados de sus ojos que permanecían cerrados e inmediatamente una profunda y marcada línea apareció en su frente e hizo que su entrecejo se arrugara de una forma bastante peculiar.

Cuando logró calmarse un poco y tras repetir en voz muy baja uno de los mantras que recitaba, su mente volvió a transportarlo a la lejana tierra de Edo. En alguna parte de esas tierras debían de estar sus tres hijas.

Kasumi, quien lo había decepcionado y deshonrado. Nunca hubiera esperado que justamente ella se comportase de aquella manera tan impropia para una dama de la Corte Imperial y en ese momento debía estar lejos, muy lejos del alcance de todos quienes podrían sancionar su comportamiento, viviendo su inadmisible idilio con ese médico que seguramente la había seducido con su ingenio y talento.

Sí, la culpa de todo la tenía el médico a quien él mismo había dado toda su confianza, y ahora Kasumi, la serena y amable Kasumi estaba perdida para él, como mujer, como instrumento y también como hija.

Movió bruscamente su mandíbula haciendo que su boca adoptara una extraña y grotesca mueca que desapareció tan rápido como se había instalado y tras soltar un breve suspiro y recitar un nuevo mantra, sus pensamientos lo llevaron a preguntarse por el destino de su otra hija, Nabiki.

¿Dónde se encontraría Nabiki en aquel momento?, ¿ya habría logrado cruzar todos los pasos fronterizos que los separaban de las tierras de Edo? o por el contario, ¿todavía se encontraría en ruta?

Nabiki, la astucia personificada en el cuerpo de una frágil y bella mujer.

¿Lograría su hija solucionar el problema que él había provocado inconcientemente al ofrecer a otro peligroso guerrero la mano de su hija pequeña cuando ésta había asumido el puesto de la fugitiva Kasumi?

El otoño ya se dejaba sentir en la región de Kioto, por lo que los pasos fronterizos pronto estarían cerrados ante la inminente llegada del invierno y si ella no lograba pasar a tiempo, si no lograba su cometido, estaba seguro que toda esperanza, por mínima que fuera se perdería para siempre pues ya no sería sólo un adversario, sino dos los que estarían furiosos y cuestionarían su accionar ante situaciones que podrían haberse evitado. Que debían haberse evitado.

Flexionó su cuello tratando de relajar sus tensionados músculos y pasó una cuenta de sándalo ayudándose con sus dedos, de inmediato visualizó en su mente el rostro desafiante de su hija menor, esos ojos del color de la tierra que sin embargo destellaban fuego cuando ella se enfurecía y paz cuando se encontraba serena.

Akane, la más pequeña de sus hijas pero también la más osada. Akane, quien había tomado la decisión de cargar con la responsabilidad de enfrentarse al temible señor Saotome. Akane, aquella niña a quien él evitaba desde su mismo nacimiento por haberlo separado de su esposa para siempre, la muchacha que se había transformado en el vivo reflejo de su difunta esposa. Era como si los dioses lo hubiesen castigado por rechazarla desde un principio y lo torturaran haciendo que se pareciera cada vez más a su madre, recordándole día a día la felicidad que había vivido al lado de su mujer y el dolor que había sentido al perderla y ahora…

Ahora su hija estaba lejos, muy lejos tratando de ganar tiempo para que él y sus hermanas pudieran salvar sus vidas. Un noble acto de valentía y cariño, un cariño que él estaba seguro no merecer. ¿Y si algo malo le sucedía a su hija y él ya no tuviese la oportunidad de pedir su perdón y entregarle todo el cariño que le había negado durante tantos y tantos años a causa de su egoísmo?

Un profundo estremecimiento le recorrió el cuerpo y de sus labios escapó una única palabra susurrada dolorosamente.

-Akane.

El cortesano abrió los ojos de golpe y se sorprendió al notar la oscuridad que le rodeaba. Sin darse cuenta había permanecido más tiempo del habitual frente al altar, pidiendo la protección de los dioses y de sus antepasados y la noche ya se cernía sobre el territorio de Kioto.

Trabajosamente se puso en pie y exhaló un suspiro, luego llamó batiendo un par de veces sus palmas y esperó la llegada de un lacayo a la estancia.

Un joven muchacho fue el primero en acudir al llamado de su señor y de inmediato se arrojó a los pies de éste, atento a recibir las órdenes.

-Enciende las lámparas, está muy oscuro aquí.

El joven asintió en silencio, pero antes de dar cumplimiento a la petición de su señor, comenzó a hablar despacio pero con voz clara.

-Mi señor, ha llegado un mensajero –comunicó el joven lacayo.

El cortesano lo observó en la penumbra, sorprendido ante aquella información y por instinto se acercó más al joven que permanecía postrado a sus pies.

-Levántate –ordenó-. ¿Cuándo llegó el mensajero?, ¿de qué lugar viene?, ¿quién lo envía?

El joven se levantó rápidamente y sin mirar a la cara a su señor, se dispuso a contestar.

-Llegó cerca de la hora del gallo, espera en las cocinas a que mi señor…

-¡Y por qué nadie me dijo que había llegado un mensaje! –exclamó el señor del castillo interrumpiendo al joven con furia e impaciencia.

-Mi señor, dijiste… dijiste que nadie debía molestarte… mientras permanecías…

-¡Puede ser un mensaje importante! –volvió a interrumpir-. Ahora, si no quieres que te castigue, irás de inmediato a las cocinas y traerás al mensajero a mi presencia.

-Sí, mi señor –asintió el lacayo inclinándose en una profunda reverencia-. Pero antes, ¿he de encender las lámparas? –preguntó de forma temerosa.

-¡Envía a alguien a encenderlas! ¡Hay tanta gente en este castillo y tenías que concurrir tú a mi llamado, el más necio de todos! –el joven se estremeció y reverenció nuevamente a su señor como si lo que acababa de escuchar fuese un halagador cumplido-. ¡Ve rápido! –le apremió el señor del castillo al borde de la desesperación.

Cuando el joven desapareció por el pasillo principal, el hombre soltó un gruñido de exasperación. Quería enterarse de la forma más rápida qué decía el mensaje que portaba el mensajero y quién lo mandaba. Fue entonces cuando lo recordó y sin darse cuenta de lo que hacía, dejó caer las cuentas de sándalo a sus pies; éstas rodaron y fueron a dar contra la base del altar.

"Pase lo pase, te enviaré un nuevo mensajero antes de irme a Sukhavati, para que estén preparados ante una posible represalia del señor de Nerima".

La frase se repetía una y otra vez en su cabeza y a pesar del temblor en sus extremidades inferiores, comenzó a pasearse como si fuese un animal demasiado grande encerrado en una habitación muy pequeña.

"Pase lo pase, te enviaré un nuevo mensajero". Un mensajero. Y si Akane era quien enviaba al mensajero, y si el señor de Nerima se disponía a atacar y si…

-Mi señor, el mensajero.

La voz temblorosa del mismo joven con el que momentos atrás había mantenido aquel estúpido altercado interrumpió sus pensamientos y él observó hacia la puerta que daba al jardín interior. No se había percatado cuándo ni quién había encendido las lámparas, pero el hecho era que la habitación se encontraba totalmente iluminada y frente a él permanecían dos hombres. Su lacayo, inclinado en una profunda reverencia y el mensajero, con sus ropas sucias por el polvo recogido durante el viaje que había realizado hasta el castillo.

El señor Tendo escrutó al hombre que permanecía con una rodilla en el piso y la cabeza mirando al suelo y se acercó lentamente.

-Señor Tendo, me han enviado con un mensaje.

El rostro de Soun Tendo mutó adquiriendo una expresión de preocupación y temor.

El mensajero, sin levantar su mirada del suelo, buscó entre sus ropas y extendió su mano derecha sosteniendo un fino trozo de pergamino doblado y sellado.

Soun le arrebató la misiva con dedos temblorosos y sus ojos se abrieron enormemente al reconocer el sello; sus manos temblaban y era casi incapaz de mantenerse en pie debido al temor que sentía fluir e invadirlo por entero.

-Retírense –dijo casi susurrando sus palabras-. Retírense ahora, déjenme solo –exigió con mayor ímpetu.

Cuando hubo quedado solo en la habitación, se dejó caer al tatami y observó el trozo de pergamino que conservaba en sus manos.

-Y ahora, ¿qué voy a hacer? –se preguntó en voz alta mientras se obligaba a abrir la misiva.

Leyó lentamente los kanjis allí escritos y cerró los ojos con fuerza mientras el pergamino se le deslizaba de los dedos y caía suavemente y con gracia sobre el cuidado piso dejando ver la pulcra y estilizada letra del emisor de la carta.

Soun Tendo debía tomar una decisión. Salvarse él solo de tan desesperada situación, o tratar de salvar a sus hijas, quienes se encontraban lejos de allí. Todo dependería de su respuesta y los pasos que decidiera seguir de ahí en más.

Abrió los ojos, observó la luna reflejada en el estanque y finalmente, tomó una decisión. Llamó nuevamente batiendo palmas.

-Tráeme pergamino y tinta, rápido –ordenó.

Mientras el lacayo se retiraba raudo a cumplir su cometido, el señor del castillo tomó nuevamente la misiva que tenía en frente, la leyó una vez más y la dobló por los pliegues ya hechos. Asintió con un movimiento de cabeza, como si quisiera confirmar lo que estaba pensando y volvió a enfocar la mirada en el estanque de su palacio.

-Sí, será lo mejor –musitó con rudeza-, por el bien de todos, será lo mejor… Lo siento… Akane.


El camino se había convertido en un tedioso, agobiante y continuo vaivén que estaba forzándola a utilizar el máximo de su autocontrol para no explotar en la furia sin control que sentía acumularse en su interior ante la imposibilidad de hacer el trayecto con mayor rapidez.

Sabía que su escolta y acompañantes hacían lo que podían para brindarle toda la atención, cuidado y comodidades que requería y merecía por ser quien era, pero a eso se resumía todo, a las atenciones de su comitiva y nadie podía exigir a la caprichosa naturaleza que también le rindiera pleitesía, por muy importante que fuera la dama que se acaloraba y desesperaba dentro del incómodo palanquín.

Así pues, Nabiki Tendo había optado por evitar maldecir a los dioses y en cambio, pedir que intervinieran ante los embistes de la naturaleza para que el viaje que había emprendido hacía ya unas cuantas semanas por voluntad propia, resultara un poco más confortable.

Observó el reducido espacio al interior del palanquín, iluminado sólo por la luz rojiza que proyectaba el sol del exterior al filtrarse por la seda aceitada que hacía las veces de ventana y puerta, y que permanecía cerrada para evitar que el polvo del camino dañara su piel y sus finas vestimentas. Suspiró con resignación y se preguntó si había hecho bien al decidir emprender un viaje que no le aseguraba nada favorable respecto a la compleja situación en la que se encontraban como familia.

Extendió su mano en su regazo y la observó con detenimiento, entonces reflexionó. Tenía el destino de toda su familia en la palma de su mano, debía luchar y desplegar todo el ingenio del que disponía por salvar aquello por lo que tanto había esperado, sus propias tierras. Su padre se hacía viejo y ella sabía que podría convencerle de que traspasara todos sus bienes, todas sus tierras y todas sus posesiones a su nombre, por ello había luchado desde que había tomado conciencia de lo importante que era poseer tierras y riquezas propias. Claro que podría obtenerlas mediante un matrimonio concertado, pero entonces pasarían a ser de su consorte y ella quedaría relegada a un plano muy por debajo de sus propias expectativas, pues pasaría a ser la señora de la casa y no la señora de sus propias tierras.

Eso no lo iba a permitir, jamás accedería a delegar la administración de lo que consideraba suyo por derecho a un hombre extraño. Por eso debía soportar los días de incómodo viaje, por eso debía someterse al calor, el viento y la lluvia que caracterizaban a esa época del año y por eso debía trazar un plan de acción el cual desarrollar cuando llegara el momento de actuar.

Cerró su puño con fuerza y sus ojos adquirieron ese brillo de astucia y ambición que siempre aparecía en su mirada cuando se proponía conseguir algo para su propio beneficio.

El calor húmedo del exterior hacía que dentro del palanquín se sintiera un pesado aire que oprimía, haciendo que fuese difícil incluso el respirar, por lo que agradeció en silencio que el camino serpenteara y condujera a la comitiva directo por la sombra de una arboleda.

Abrió un poco el cortinaje de seda y se percató que efectivamente, el palanquín se encontraba ahora rodeado por un bosque de pinos, puesto que la ruta que habían seguido debía atravesar aquel bosque para llegar hasta donde pensaba pasar la noche ese día.

Sonrió aliviada, debían de estar cerca de las tierras del señor Shiratori, antiguo amigo de la familia Tendo. Allí tendría la posibilidad de descansar como requería e incluso, hacer ciertas averiguaciones acerca del misterioso señor Kuno y también de lo que estaba sucediendo en Nerima con el señor Saotome y sus dos hermanas.

El sonido de cascos de caballos acercándose al trote la sacó de sus pensamientos, dejó caer la seda y esperó a que el palanquín se detuviera. No tuvo que esperar demasiado para que los porteadores detuvieran su andar pausado y el vaivén del armatoste cesara.

-Mi señora, unos cuantos hombres se acercan –dijo desde el exterior la voz de Kinnosuke Kashao, el comandante de su guardia personal.

Una enigmática sonrisa iluminó el rostro de la joven al escuchar aquella voz, sonrisa que se desvaneció tan rápido como había aparecido.

-¿Quienes son? –preguntó con un suave y dulce tono de voz desde el interior.

-Al parecer, son hombres enviados por el señor Shiratori pues el blasón en sus banderas refleja la montaña nevada de los Shiratori.

-Bien, entonces vienen a escoltarnos hasta sus tierras.

-Señora Tendo, yo recomendaría que esperaras aquí hasta confirmar que realmente vienen a escoltarte.

-¿Piensas que quieren matar a la hija de Soun Tendo, Kinnosuke? –dijo sin poder evitar la diversión y complicidad de sus palabras al dirigirse al guerrero por su nombre de pila.

Sabía perfectamente que ese pequeño detalle bastaría para perturbar su siempre inalterable estado de indolencia y apatía.

-No es eso –contestó el guerrero cuando se hubo recuperado de la primera impresión-, es sólo que, mi deber es protegerte y…

Se interrumpió y abrió los ojos con sorpresa al divisar el rostro de su señora sonriéndole desde el palanquín.

Nabiki Tendo disfrutaba poniendo nerviosos a quienes sabía que no eran indiferentes a su persona, lo que con frecuencia era censurado por sus hermanas, sobre todo por Kasumi, quien hasta hacía poco, había mostrado una conducta intachable e incorrupta frente a las actitudes de los hombres que les dedicaban más atención de la permitida a las tres hermanas.

Totalmente opuesta a esa conducta siempre había sido el comportamiento de Nabiki quien se dejaba llevar por los coquetos juegos que se producían cuando ella sabía que nadie estaría cerca para reprocharla o malinterpretar sus palabras.

-¿Qué es entonces… Kinnosuke? –preguntó Nabiki, enfatizando el tono dulce al pronunciar el nombre del guerrero.

El muchacho, quien superaba por muy poco la veintena, tragó saliva y sus mejillas se colorearon de inmediato al escucharla.

Carraspeó un poco, levantó la mirada y la enfocó en la lejanía donde se divisaban las monturas aproximándose.

-Creo que será mejor que vaya a cerciorarme de que son tropas del señor Shiratori –optó por decir el joven mientras volvía sobre sus pasos y montaba en su caballo-. Con su permiso… señora Tendo.

Nabiki lo vio alejarse como si lo persiguieran mil demonios y reprimió una carcajada, los porteadores estaban demasiado cerca y aún cargaban el palanquín.

-¡Descansen! –ordenó y de inmediato los porteadores dejaron el palanquín en el suelo.

Nabiki se dejó caer en el asiento y sonrió complacida. Hacía tiempo que había notado ese destello especial en los ojos de Kashao Kinnosuke al contemplarla y vaya que había dejado toda duda atrás en las pocas palabras que habían intercambiado.

Y Kasumi diciéndole que no era correcto prestarles atención a los hombres que no fueran dignos de un matrimonio como los que su padre les tenía concertados, y ahora ella se había convertido en la concubina de un médico sin ningún título ni posición.

Frunció el entrecejo y trató de apartar esa idea de su mente pero le era imposible, después de todo, ella estaba realizando aquel viaje justamente para intentar solucionar el desastre que había dejado la huída de su hermana mayor con su adorado médico.

-"Te felicito, hermana –se dijo a sí misma-, fuiste muy inteligente al no prestar atención a cualquiera".

No supo en realidad cuánto tiempo pasó desde que Kinnosuke había salido galopando a encontrarse con los jinetes que les salían al paso, pero el hecho fue que más rápido de lo ella hubiera esperado, el joven volvió para comunicarle que efectivamente, los jinetes habían sido enviados por el señor Shiratori para escoltar a la hija de Soun Tendo, su viejo amigo, hasta su humilde casa.

Nabiki dio la orden para marchar y se regocijó al notar que los jinetes de su anfitrión ahora formaban un grupo compacto alrededor del palanquín, brindándole una protección que a su entender, parecía exagerada.

A medida que avanzaban en dirección al palacete del señor Shiratori, la joven hija de Tendo analizaba la mejor forma de abordar al que seguramente sería una poderosa fuente de información fresca respecto a los acontecimientos acaecidos en Edo y sus alrededores. Ella, con su mente siempre perspicaz y calculadora, sabía que tenía el deber de reunir información fidedigna antes de enfrentarse a una posible reunión con Kuno, así que el resto del camino lo recorrió totalmente concentrada dentro del palanquín planeando la mejor estrategia para conseguir aquella información antes de dejar la casa del señor Shiratori.

La tarde ya pronto daría paso a la noche cuando el palanquín se detuvo y avisaron a Nabiki de que habían hecho arribo a la casa de sus anfitriones. Ella agradeció y esperó a que le ayudasen a decender y a calzarse sus sandalias.

Akari, su doncella principal ya estaba esperándola con una capa de seda en las manos para proteger a su señora del frescor de la noche que estaba pronta a desplegar su manto en el lugar.

Nabiki agradeció con un gesto y dejó que su doncella le ayudase a cubrir su espalda, luego, señora y doncella avanzaron lentamente por el camino de grava que serpenteaba hacia la entrada principal del palacete.

En una primera mirada escrutadora por parte de la joven Tendo, el palacete no le pareció más grande que las casas de algunos comerciantes de Kioto, aunque lo que sí captó toda su atención fueron los jardines y la tranquilidad que rodeaba el lugar en donde se emplazaba la construcción de un solo piso.

A medida que se fue acercando, pudo distinguir a la familia del señor Shiratori. El señor de la casa se encontraba de pie junto a su familia en la veranda. Lucía un elegante kimono en tonos azules, un espeso bigote que le daba un aspecto divertido a un rostro regordete y de ojos diminutos. De talla más bien pequeña, el señor Shiratori se veía sobrepasado en altura por su mujer, una dama delgada y de rasgos finos y que destacaba por el extraño color dorado de sus cabellos.

Al lado de su esposa permanecía una jovencita de unos quince años, calculó Nabiki, de rostro bello y delicado en donde resaltaban unos vivaces y brillantes ojos color verde y una espesa cabellera dorada igual a la de su madre.

Junto a ellas, un pequeño niño de unos seis años miraba asombrado la lujosa comitiva de la recién llegada.

-Señora Tendo –dijo el regordete señor bajando de la veranda para acercarse a su joven visitante-, le doy la bienvenida a mi humilde hogar. Nunca pensé tener el privilegio de hospedar a una de las hijas de mi viejo amigo Soun.

-Muchas gracias por su hospitalidad, señor Shiratori y discúlpeme por imponerle la obligación de hospedarme durante un par de días, pero realmente necesitaba una casa amiga donde descansar y no estar disponiendo de más posadas antes de llegar a Edo.

-No tiene que disculparse, mi señora, ya le dije que para mi es un privilegio hospedarla en mi casa.

-Aun así, sé que mi presencia causará algunos inconvenientes.

-Inconvenientes que se solucionan rápidamente. Déjeme presentarle a mi familia. Ella es mi esposa, mi hija mayor Azusa y mi hijo menor, Kosei.

-Señora Tendo –dijeron todos al unísono, haciendo una inclinación.

Nabiki devolvió el gesto con una imperceptible sonrisa en el rostro.

-"Me admiran porque vengo de la Capital, pero también sienten algo de temor"- se dijo para sí.

El señor Shiratori batió palmas y al instante aparecieron en escena una doncella y dos lacayos que hicieron profundas reverencias a la recién llegada.

-Señora Tendo, ella te indicará el camino a los baños para que puedas refrescarte y luego, nos acompañes a cenar. Mientras tanto, mis lacayos pueden ayudar a los tuyos a instalarse.

-Es usted muy amble, señor Shiratori, pero no creo tener mucho que desempacar; pretendo no abusar tanto de su hospitalidad y seguir mi viaje en un par de días.

-Eso podemos discutirlo durante la cena.

-Está bien –concedió Nabiki-, lo discutiremos durante la cena.

Esbozando una sonrisa se despidió de sus anfitriones y siguió a la muchacha al interior de la casa, acompañada en todo momento por su propia doncella, Akari.

Cuando hubo finalizado su reconfortante baño y cambiado sus ropas de viaje por unas más apropiadas para una reunión social, Nabiki se presentó ante la familia Shiratori al completo quienes la esperaban en la antesala al comedor de la casa.

La joven sonrió tímidamente, tratando de ocultar el regocijo que le causaba el saberse admirada por esa familia que pocas veces tenía la fortuna de observar los encantos de una persona acostumbrada a la ostentosa vida en la Capital Imperial, el palacio y sus alrededores.

-Lo siento si tardé demasiado –dijo para romper el extraño y embriagante silencio que les había envuelto.

-No te disculpes, señora Tendo –cortó el dueño del palacete acercándose a su invitada para acompañarla al salón en donde se había servido el banquete-, debes estar cansada y para nosotros es halagador que quieras compartir nuestra mesa.

-Gracias señor Shiratori, es bueno saber que los amigos de mi padre nos tienen en gran estima.

Todos se sentaron a la mesa y comenzaron a disfrutar de una deliciosa comida especialmente preparada para tal ocasión.

Nabiki quedó de frente a la hija mayor del señor de la casa, Azusa y no pudo dejar de notar la codicia con la que la chica observaba tanto sus ropas como los adornos de su cabello. Pensó que era normal que alguien que vivía tan alejada de la Capital Imperial, así como de la Capital del Shogün se sintiera fascinada por la usanza en la forma de vestir de las mujeres de la Corte.

El señor y la señora Shiratori conversaban animadamente con Nabiki acerca de trivialidades, de anécdotas del pasado compartidas con el padre de la joven y de asuntos relacionados con la vida tranquila de las tierras que dominaban al sur de la capital del Shogün. Para cuando iban a la mitad del banquete, Nabiki pensó que ya había esperado suficiente para desplegar su plan, así que sutilmente fue encausando la conversación hacia los temas que a ella le interesaban.

-Señor Shiratori, perdone que cambie de conversación pero, ¿ha sabido algo de mi hermana?

Por la reacción de la familia, quienes se miraron nerviosamente y callaron por algún tiempo, Nabiki comprobó que algo no andaba bien en la capital del Shogün. Shiratori se aclaró la garganta y observó su cuenco de anguilas antes de contestar.

-Tengo entendido que tu hermana se desposó con el señor de Nerima en el Templo del ruiseñor. Supongo que ahora te diriges a verla, ¿no es así?

-Se equivoca –contestó Nabiki llevándose un bocado a los labios con posterioridad.

-Entonces, este viaje que estás haciendo…

La señora Shiratori dejó la frase inconclusa al observar la severidad en la mirada de su esposo; una silenciosa advertencia para que no siguiera indagando en el tema, pero Nabiki no estaba dispuesta a dejar la conversación inconclusa.

-Voy a visitar al señor Kuno en su dominio.

-A Kuno – se sorprendió el señor del palacete.

-Sí, debo hacer algunos arreglos si el daimiyö quiere desposar a una Tendo –comentó la joven despreocupadamente consiguiendo el efecto deseado con sus palabras; que la familia mostrara curiosidad-. Pues sí, un enviado del señor Kuno nos visitó en Kioto y solicitó a padre y a su Divina Majestad el consentimiento para desposar a una de nosotras, pero el enviado se retiró tan rápido que no tuvimos tiempo de afinar los detalles de la próxima boda –mintió la muchacha-. Padre consideró que era necesario visitar al señor Kuno para esto y me envió con esa misión.

-¡Por todos los dioses! –exclamó la esposa de Shiratori sin poder contenerse-, es que no llegan las noticias a la capital.

-¿Qué noticias? –inquirió la joven, sonriendo mentalmente al comprobar que su plan estaba dando el resultado deseado.

-Se respiran aires de guerra por estas tierras –intervino Azusa por primera vez en la conversación-. Los clanes Saotome y Kuno, enemistados durante años se han enfrentado recientemente en batalla y pensamos que seguirán haciéndolo; más pronto de lo pensamos tal vez ellos…

-Azusa, basta –ordenó el señor Shiratori.

-Es la verdad, padre y la señora Tendo debería saberlo antes de internarse en territorios del señor Kuno.

-Lo que dice su hija es verdad señor Shiratori –acotó Nabiki sonriéndole a la muchacha, ella le devolvió la sonrisa-. Gracias, dama Azusa.

-Bueno, como sea creo que el señor Kuno no permitirá que le hagan daño a una Tendo –acotó el señor de la casa.

Un incómodo momento de silencio reinó durante el resto de la cena, hasta que Nabiki creyó que era prudente volver a insistir.

-Señor Shiratori, hay algo que no me queda claro en todo esto. Si es cierto que los clanes Saotome y Kuno mantienen una disputa, ¿en qué bando se alineará usted? –comentó la joven mirando directamente a los ojos a su anfitrión.

-Bueno –titubeó el hombre-, la familia Shiratori siempre ha apoyado al clan Saotome, después de todo, las tierras que administramos nos fueron entregadas por los antepasados del actual señor.

-Hmmm, eso es lo que me esperaba –asintió Nabiki no creyendo del todo en la nerviosa respuesta que había expuesto Shiratori.

Un simple escrutinio con su mirada al resto de los adultos que se sentaban junto a ella en la mesa le bastó para confirmar que las palabras del señor de la casa no representaban fidedignamente sus pensamientos.

La joven noble no quiso incomodar nuevamente a su anfitrión, pero en su mente ya elucubraba una nueva estrategia para enterarse de las cosas que a ella le parecían relevantes.

Así pues, una vez terminada la cena y luego de compartir unos momentos más con la familia, se las ingenió para conseguir que al día siguiente, Azusa, la joven hija de Shiratori le mostrase los alrededores fingiendo sentirse muy interesada y queriendo empaparse de los bellos paisajes que rodeaban el palacete.

No tuvo ningún problema para que la jovencita aceptara encantada ya que Azusa veía en la visitante un modelo a seguir y ansiaba conocer cómo era la vida en la Capital Imperial, tan lejana y diferente a la monótona vida en el retiro de los campos y las grandes ciudades. Su padre, algo reticente en un principio, finalmente aceptó la propuesta y dio su consentimiento para que su hija acompañara a Nabiki a un corto recorrido.

Hechos los arreglos, Nabiki se disculpó con la familia y se retiró a las habitaciones que se habían preparado con esmero para ella.

Al siguiente día, Azusa se encontraba impaciente por mostrarle los alrededores a la invitada de su padre, por lo que apenas hubieron desayunado, los hombres y mujeres de la casa se dispusieron a realizar los ajustes para el paseo de las dos damas.

El palanquín que utilizaba la señora Shiratori se arregló para la ocasión, siendo éste más pequeño y cómodo que el de Nabiki. La guardia personal del señor Shiratori haría las veces de escolta y las doncellas de Azusa y Nabiki las acompañarían durante el paseo, así como algunos hombres de la escolta de Nabiki, entre ellos, Kinnosuke.

Así fue que comenzó el paseo que serviría a Nabiki de excusapara indagar más sobre la situación en la región, ya que estaba segura que Azusa no se negaría a regalarle la preciada información que ella tanto requería.

Pasado el mediodía y luego de hacer un alto en el poblado cercano para comer algo en una de las mejores posadas que allí había, Nabiki decidió caminar por los alrededores en dirección al Templo cercano, dedicado a la diosa Kannon con el pretexto de conocer dicho lugar.

-No sé si sea una buena idea el que la señora Tendo camine hasta el Templo –acotó Azusa al momento de escuchar a su acompañante manifestar su intención de hacer el trayecto caminando-, la distancia no es demasiada, pero la señora Tendo se vería expuesta y padre quizá se moleste por ello.

-Dos cosas, dama Azusa –replicó Nabiki-, la primera es pedirte que ya no me llames señora Tendo, sólo dime por mi nombre ¿de acuerdo? –la muchacha asintió con una leve sonrisa plasmada en sus labios-, la segunda es que dejes de pensar que soy una mujer débil y sin ideas propias. Desde pequeña he hecho lo que me place y ahora quiero caminar. Además, con la tropa de acompañantes que nos envió tu padre, dudo mucho que alguien tenga intención de atacarnos- terminó de decir con una sonrisa, haciendo un gesto con su brazo para indicar a los hombres que esperaban tras ellas.

Azusa sonrió y volvió a asentir con un movimiento de cabeza.

En cuanto se pusieron en marcha, comenzaron a conversar muy amenamente de trivialidades. Azusa se mostraba sorprendida y cautivada por la manera de ser de su huésped, y es que simplemente para una muchacha nacida y criada lejos de las grandes ciudades resultaba muy interesante todo lo que pudiera aprender de alguien que había vivido una vida totalmente distinta a la de ella misma, sobre todo si ese alguien era una importante dama habituada a rodearse de altos dignatarios y gente socialmente importante y además, mayor que ella.

Nabiki así lo comprobó y trató de aprovechar ese punto a su favor encausando la conversación hacia los temas que a ella le interesaban.

-Sí, la vida en la capital imperial es muy distinta a la que llevas aquí, dama Azusa.

-Supongo que para alguien como tú, este pueblo debe resultar aburrido y la vida que llevamos quienes pertenecemos aquí, monótona y muy poco atractiva.

-Te equivocas –repuso Nabiki-. Es cierto que la vida en la capital es distinta y a veces resulta ser demasiado vertiginosa y es por ello que hay días en los que me gustaría alejarme de ella y descansar del protocolo y las normas sociales que nos son impuestas desde pequeños. Acá todo es más sencillo y se respira un aire de libertad que no disfrutamos en la capital, donde debes cuidarte de todo y de todos.

-Aun así, me encantaría pertenecer a ese otro mundo, usar esos bellos trajes, utilizar los mismos adornos que usas y rodearme de gente importante como lo haces tú, dama Nabiki.

-Eventualmente podrías hacerlo –contestó Nabiki-. Si tu padre quisiera podría arreglar un buen matrimonio para ti y si así fuere, podrías llegar a la capital y cumplir tus sueños.

-Padre sólo piensa en sí mismo –dijo Azusa con resentimiento en la voz-. Él está preocupado de sus tierras y de las ventajas y desventajas que pueden traer consigo las rencillas entre el clan Kuno y el clan Saotome.

-Pero ustedes apoyan al clan Saotome.

-En teoría y por tradición –aventuró Azusa-, pero ahora no estoy tan segura.

-¿Por qué? –indagó Nabiki cada vez más interesada en la conversación.

-Porque padre está haciendo gestiones. Tengo entendido que ha mantenido conversaciones con el señor Sanzenin, él está… interesado en conseguir que aquel señor se despose conmigo y así asegurar que sus tierras queden resguardadas. Mi hermano es pequeño todavía y si le sucede algo a padre, él heredará nuestras tierras, pero padre piensa que si yo me desposo con el señor Sanzenin, contará con el apoyo de él para defender el territorio de los Shiratori.

-Y tú no tienes intenciones de desposarte con ese señor –aventuró Nabiki.

-No es que me disguste la idea pero… hubiese preferido que padre optara por alguien mejor.

-¿En qué sentido?

-El señor Sanzenin tiene mala reputación. Se dicen muchas cosas de él, que es irascible, inestable, presumido, engreído y fatuo, además de renunciar a su propia moral y honor por conseguir lo que quiere. Puede que hasta nos parezcamos un poco y compartamos algo de nuestras personalidades pero… también se dice que es un traidor, que no le importa violar acuerdos si con ello consigue su conveniencia.

-Entonces, ese es tu temor.

-Las tierras del señor Sanzenin se encuentran al norte de las nuestras y ambos territorios sirven de división entre los clanes Saotome y Kuno, estamos en la frontera y aunque por nuestras tierras todavía circulan soldados del clan Saotome, sé que el señor Sanzenin ya no apoya al señor de Nerima y que en la última batalla participó activamente al lado del señor Kuno. Si yo me desposara con él, la lealtad que ha mantenido la familia Shiratori para con el clan Saotome se vería interrumpida y pasaríamos a ser enemigos de ellos y aliados del clan Kuno.

-Pero eso no es del todo malo ¿no?

-Estoy segura que padre piensa de esa forma, pero el señor de Nerima es poderoso y nunca ha sido derrotado por los Kuno a pesar de las tantas veces que se han enfrentado. Mi temor es que en un posible enfrentamiento futuro, sus tropas pasen por encima de nuestras cabezas y nuestro pueblo y toda la estrategia de padre para conservar sus tierras quede reducida a nada.

-Te entiendo, es riesgoso.

-Sí, pero sólo de acuerdos como estos se sustenta nuestra vida de mujer, ¿no es verdad?

-Supongo… supongo que sí.

-¡Mira, dama Nabiki! –expresó Azusa de pronto cambiando el tono lúgubre de su voz por uno más jovial y entusiasta-, hemos llegado, el Templo de la diosa Kannon está frente a nosotros.

-Es bastante grande y muy lindo –dijo Nabiki con real admiración, pues ella se imaginaba que encontraría apenas un págoda pequeña y un altar diminuto en donde veneraban a la diosa, pero el Templo era grande y de una hermosura que impactaba.

-Será mejor que nos acerquemos y elevemos nuestras oraciones a la diosa.

-Sí, eso estaría bien.

Ambas jóvenes se acercaron y se introdujeron en el interior del Templo. Una vez dentro y preparadas para elevar sus plegarias, Azusa comenzó a pedir por las intenciones que guardaba en su corazón.

Nabiki miró de soslayo a su compañera y suspiró sintiendo algo de lástima por la chica. Observó la imagen de la diosa esculpida en piedra y cerró los ojos, pero lejos de expresar ante la diosa sus intenciones y súplicas, su mente comenzó a procesar toda la información que le había sonsacado a su joven anfitriona.

Rápidamente tomó una decisión, esa misma noche enviaría una misiva a su hermana en Nerima para alertarla de su llegada y avisarla de las posibles deslealtades que afectarían directamente al señor de Nerima si éstas se concretaban.

Al otro día, retomaría el viaje hacia las tierras del señor Kuno y finalmente, se enfrentaría con él para conocer los planes de ese enigmático y fanático señor de la guerra.

Abrió nuevamente los ojos y observó el rostro de piedra de la diosa Kannon que le devolvía una mirada astuta pero con rasgos de ternura.

Por unos momentos la contempló en silencio y luego inclinó la cabeza cerrando los ojos con posterioridad, invocando la protección de la diosa y pidiendo su intervención en los planes que tenía para que todo saliera bien.

Necesitaba con desesperación que todo resultara bien y que la guerra no se destara antes de que ella pudiera ayudar a su hermana a escapar de la tormenta que estaba segura, caería sobre ellas si no conseguía sus objetivos.


Cerca de la contraventana de una pequeña pero confortable choza se encontraba de pie la joven de largos cabellos castaños. Observaba interesada la escena que se desarrollaba afuera de la casita en donde cuatro pequeños niños de edades que iban entre los cinco a diez años de edad, jugaban corriendo alrededor, tratando de alcanzar a un joven hombre que hacía las veces de caballo humano una y otra vez turnándose entre uno y otro niño.

Todos reían y se veían felices y ella no podía hacer otra cosa que contagiarse de aquella simple felicidad infantil.

Suspiró profundamente y volvió a recargar su cuerpo en la escoba de paja que había utilizado para limpiar el lugar. Escrutó con la mirada el trabajo recién hecho y sonrió satisfecha, comprendiendo que lentamente se estaba acostumbrando a aquel estilo de vida. La dama de la Corte Imperial estaba cediendo ante la mujer que se esforzaba por llevar la vida de una simple campesina, esmerada dueña de casa y amante esposa, aunque no fuera del todo cierto.

Las ampollas que se habían formado en sus manos durante los primeros días de abnegado trabajo hogareño ahora se encontraban secas y se habían transformado en pequeñas durezas y callosidades que le recordaban lo que había sido durante su vida anterior y en lo que estaba dispuesta a transformarse por él.

Volvió a enfocar sus ojos en el exterior y lo vio de pie con los brazos en la cintura observando a los niños correr y perseguirse unos a otros en sus juegos infantiles.

Entonces razonó y cayó en la cuenta de lo que ambos anhelaban para ser totalmente felices. Habían llegado tan lejos, se habían arriesgado tanto y habían renunciado a tantas cosas materiales, que le parecía evidente un premio al sacrificio.

Después de todo, al parecer habían dado con el lugar perfecto para seguir con su prohibida relación.

La aldea era pequeña, apenas constituida por unas treinta o cuarenta casas desperdigadas por los alrededores de los campos de cultivo; el río que la cruzaba era pequeño y les abastecía de agua, los animales pacían tranquilamente y lo mejor de todo era que el señor del feudo parecía no prestarle mayor atención a la pequeña aldea, siempre y cuando sus pobladores pagaran a tiempo los impuestos. Así pues, la aldea había sido puesta en el camino de los fugitivos como un regalo de los dioses. Habían conseguido instalarse en una de las casitas y allí, Tofú estaba ejerciendo su profesión de médico, sirviendo a la comunidad a cambio de lo que pudieran y quisieran darle en recompensa. Fue así como consiguieron unas cuantas gallinas, algunas telas pasadas de moda y un pequeño pollito que prontamente se convertiría en un gallo que esperaban, haría crecer el pequeño gallinero en formación.

-"Sí –pensó Kasumi-, por qué no quedarnos aquí, renunciar a nuestro pasado y empezar una vida totalmente nueva."

Nadie los conocía, sin embargo, la gente no había formulado preguntas y los había acogido con cariño. Tofú se estaba ganando el respeto de la población y ella estaba aprendiendo a ser una buena esposa. Aun así, pensaba que faltaba algo para concretar la ansiada felicidad.

-"Un niño propio" –se dijo para sí contemplando a los niños que seguían jugando afuera de la casa y ruborizándose nada más pensar en aquello y recordar las técnicas de seducción que se había visto obligada a utilizar para que su amado doctor diera finalmente el paso que faltaba a esa relación por la cual habían arriesgado hasta sus vidas.

Sonrió totalmente sonrojada y volvió a suspirar.

-Se lo propondré en cuanto tenga una oportunidad.

Volvió a mirar hacia afuera contemplando con un nuevo calor invadiéndole el corazón a los niños que correteaban alrededor del médico.

Sí, ella había sacrificado mucho y estaba dispuesta a sacrificar mucho más si con ello conseguía que ambos fuesen totalmente felices.

-Todo –murmuró-, haría todo por él y por este amor que habita en mí.

Con una radiante sonrisa en su rostro, tomó el mango de la escoba y comenzó a deslizarla a un lado y otro, reemplazando la débil punzada de dolor en las palmas de sus manos por la certeza de que cualquier sacrificio valía la pena por permanecer junto al hombre que amaba, alejada de todo lujo y comodidad, si se veía recompensada con la dicha de una familia únicamente para ella, formada por los mágicos lazos del amor.


El susurro de la seda al roce del pulido suelo de madera y los delicados pasos amortiguados era el único sonido que se dejaba escuchar por los alrededores de aquella parte del gran castillo.

Ciertamente las habitaciones más recónditas y alejadas de la propiedad no eran demasiado frecuentadas por los habitantes del palacio, sólo los guardias cuando cumplían con sus rondas de vigilancia y algunos criados que se encargaban del aseo de aquel lugar eran los visitantes de las últimas dependencias, las más alejadas a ojos intrusos, las más lúgubres por la falta de luz, las más temidas debido a quién las ocupaba.

Así y todo, la joven mujer parecía no temer el ingresar a ese extraño mundo aparte en el que parecía haberse convertido aquella parte del castillo, al contrario, en la actitud de la joven se notaba la convicción y necesidad de recorrer los pasillos semidesiertos e internarse en las últimas habitaciones del castillo.

La última puerta de corredera se vislumbraba al final del pasillo y ella sonrió de medio lado al notar que por fin había llegado a su destino. Se detuvo frente a la puerta y luego de aclararse la garganta, la abrió de un solo movimiento, tomando la precaución de cerrar los ojos antes de abrir, ya que no quería encontrarse con alguna escena que no estuviera dentro de sus planes, pero cuando abrió la puerta nada extraordinario ocurrió, sólo se escuchó el sonido emitido por la seda de la vestimenta de una persona al girarse bruscamente.

-Mi señora, sin ser descortés, puedo preguntar ¿qué haces aquí?

La señora del castillo abrió los ojos lentamente, como si temiera abrirlos del todo y esbozó una media sonrisa.

-Necesito hablarte –contestó firmemente-. ¿Puedo pasar?

Sin esperar la respuesta, la joven ingresó en la habitación, escudriñando cada rincón con creciente curiosidad.

La habitación no era pequeña, al contrario, era espaciosa y se diría que hasta lujosa, si no fuera por algunos grotescos adornos que descansaban en los pocos muebles de madera que se encontraban esparcidos cerca de la mesa de escritura en donde se encontraba sentado un hombre de unos treinta años, delgado, enjuto y con rostro enfermizo sosteniendo una pluma de escritura.

-Mi señora, perdona que insista pero, no entiendo de qué podemos hablar nosotros, así que si no te importa te repetiré la pregunta, ¿qué haces aquí?

-Sé que eres el consejero más respetado por mi hermano –dijo la joven-, pero también sé que posees otras cualidades además de ser un excelente político.

-¿Otras cualidades? –inquirió el hombre poniéndose en pie y acortando con rapidez la distancia que lo separaba de la puerta que la joven había dejado abierta-. Te aseguro que no entiendo de lo que me hablas –terminó de decir observando enigmáticamente la espalda de la hermana de su señor.

-Señor Gosunkugui –declaró Kodachi con algo de diversión en el tono de su voz-, todos comentan las cosas que usted sabe hacer y a lo que se dedica en, digamos… sus ratos libres.

-Comentarios –rió el hombre moviendo la cabeza de lado a lado-. Señora Kuno, si todos viviéramos de los comentarios que se hacen de nosotros…

-Pero es que yo sé que lo que se dice de usted es verdad –interrumpió la joven, girándose para quedar de frente a él-, y necesito que me ayude.

El hombre la observó de pies a cabeza, ella no se intimidó ante su escrutinio, al contrario, le sostuvo la mirada estoicamente.

La señora Kuno era una joven y bella mujer, atormentada por una vida que se le antojaba injusta, siempre a la sombra de su hermano y algunos murmuraban que hasta se había vuelto algo loca.

Hikaru Gosunkugui, que no era un hombre compasivo, sintió una especie de remordimiento al saberse responsable de los muchos privilegios que su señor le había arrebatado a su hermana menor gracias a su consejo.

-En el hipotético caso de que los rumores sobre mi persona fuesen verdad, ¿en qué te podría ayudar el que así fuera? –preguntó con el ceño fruncido.

-Necesito que me ayudes a librarme de alguien –dijo sin tapujos-. Te pagaré lo que sea, te daré lo que sea por tus servicios. Pídeme lo que quieras y yo veré que lo tengas y…

-Señora Kuno –interrumpió Gosunkugui-, lo que me pides es imposible. Verás, yo no soy un asesino –terminó de decir enseñando sus manos la frente.

-Sé que no lo eres –espetó Kodachi-, pero también sé que tienes el conocimiento para hacer amuletos y pociones que ayudan a conseguir lo que uno quiere.

-Ya veo que los rumores que circulan sobre mi persona no son del todo halagadores –comentó el hombre observando el piso de su habitación-. ¿Un hechicero asesino?

-Para mí el que sepas cómo hacer desaparecer a tus enemigos sin la necesidad de desgarrarlos con la espada es un don poco habitual y muy útil.

-¿Es eso un halago, señora Kuno?

-Tómalo como quieras, lo único que sé es que necesito de tu ayuda.

-Y si yo contestara que sí, que puedo ayudarte, que puedo hacer algo para que ese enemigo te deje en paz, mi señora, ¿me dirás de quién se trata? –inquirió observando con suspicacia el rostro de su interlocutora-. ¿No estarás pensando en tu hermano?

-¡Por supuesto que no! –contestó Kodachi en forma airada-. Tatewaki merece que todos los demonios de este mundo y el otro le hagan sufrir eternamente, pero no seré yo quien les entregue su alma.

-Entonces quién. A quién odia tanto la señora Kuno que está dispuesta a hacer lo que sea por no verle más.

-No le conozco, pero necesito librarme de ella –dijo ganándose una mirada de estupefacción por parte de Gosunkugui-. La joven señora Saotome, esa mujer que acaba de casarse con el que debe ser mi esposo.

-Mi señora, sabes que con tu hermano hicimos más de una gestión para pactar una tregua con el clan Saotome a través del matrimonio, pero el caballo prefirió ganar el favor imperial uniéndose en matrimonio con una de las hijas del dignatario más influyente en la Corte.

-Eso no me importa, yo lograré que Saotome Ranma se despose conmigo de una vez, pero para lograrlo necesito que ella desaparezca.

Gosunkugui sopesó sus posibilidades y comenzó a calibrar en su cabeza las ventajas y desventajas que suponía acceder a la alocada idea de la señora Kuno.

Finalmente, avanzó lentamente hasta un estante lleno de pergaminos que se encontraba en la habitación, rebusco entre los trozos de pergamino y eligió un rollo que se notaba viejo y amarillento.

-Aquí tengo lo que necesitas –dijo con solemnidad-, es una antigua preparación y para conseguir resultados favorables, deberás tener paciencia –abrió el pergamino y luego leyó en alta voz-. Deberá madurar a contar de los plenilunios. Un plenilunio para un desmayo sin importancia, dos plenilunios para un sueño de unos días… tres plenilunios –levantó la mirada y la fijó en los ojos ilusionados de Kodachi-, tres plenilunios y cerrará sus ojos para siempre, sumergiéndose en el sueño eterno que termina con nuestra vida mortal.

-Tres plenilunios –acotó Kodachi-, tres plenilunios y ella…

Gosunkugui asintió. No conocía a la nueva señora de Nerima y tampoco le interesaba conocerla, pero pensó que si ayudaba a la hermana de su señor a solucionar su problema, él tendría más opciones de poner fin de una buena vez a las rencillas entre los dos clanes.

La batalla había resultado un desastre para el clan Kuno y si la señora Saotome desaparecía, tal vez y sólo tal vez, el caballo estaría dispuesto a considerar la propuesta de una alianza por medio del matrimonio o bien, si ello no funcionaba, bien podrián preparar otra batalla aprovechando la vulnerabilidad en la que dejaría al clan Saotome la partida de la mujer que tenía la obligación de engendrar a los herederos de su señor. Sólo por eso estaba dispuesto a reconocer ante Kodachi Kuno que él sí sabía artes oscuras y no tenía problemas en utilizarlas a voluntad.

-Entonces, ¿me ayudarás?

-Sólo si me prometes tres cosas.

-Lo que sea –aceptó Kodachi eufórica ante la perspectiva de verse libre de esa usurpadora.

-Nadie, absolutamente nadie, mucho menos tu hermano debe saber que los rumores sobre mi… otra ocupación, son ciertos.

-Por supuesto, por supuesto, nadie lo sabrá.

-Deberás conseguir a alguien discreto y de absoluta confianza para realizar el trabajo y depositar el contenido de mi poción en el castillo de Nerima para conseguir los resultados esperados y, por supuesto, ese alguien tampoco debe saber cómo ni dónde conseguiste lo que te daré.

-Sí, claro, lo haré.

-Lo tercero es que deberás ser paciente y saber esperar. Te hablé de tres plenilunios, pero en realidad son cuatro porque la preparación comienza a gestarse durante el primero y la maduración dependerá de cuántos plenilunios lo dejemos reposar. Durante ese tiempo no quiero que me contactes, yo te avisaré cuando todo esté listo para llevar a cabo el plan.

-Cuatro meses –murmuró Kodachi algo cabizbaja.

-Es lo que tarda, mi señora, pero si no quieres…

-Sí, quiero –le interrumpió-. Esperaré y no volveré a molestarte hasta que tú me indiques que todo está listo.

-Bien, ahora y si no tienes nada más que hablar conmigo, te pediría que te retires, mi señora. No es bueno que alguien te vea por aquí.

-Casi nadie deambula por este sector.

-Es la ventaja de ser quien soy –sonrió Gosunkugui.

-Hasta pronto, señor Gosunkugui –se despidió Kodachi sonriendo con complicidad.

-Señora Kuno –dijo a su vez el hombre cerrando la puerta y escuchando los pasos de la mujer alejarse lentamente.

Gosunkugui se quedó pensativo en su habitación, con el trozo de pergamino en su mano y la mirada perdida. Había aceptado participar en otra intriga por la dignidad y grandeza del clan Kuno.


Las cuatro mujeres se encontraban en la habitación que les había sido designada el primer día de su llegada al castillo. Allí habían sido confinadas desde que Akane había desatado la ira del señor Saotome al confesarle la verdad acerca de la suplantación de su hermana mayor.

Habían pasado cuatro días desde aquella noche y todavía no recibían ninguna indicación de lo que pensaba hacer el señor de Nerima con ellas y las personas que las acompañaban en Edo, la mayoría soldados.

Akane se mostraba cada vez más melancólica y taciturna. Ya había dejado de llorar y aquello suponía un gran alivio para sus compañeras, pero la tristeza parecía no querer abandonar su cuerpo. Apenas probaba alimento y las veces que las dejaban salir para asearse y ocupar las letrinas, ella se movía como si fuese un fantasma por los corredores del gran castillo.

Sus dos doncellas no ocultaban su preocupación por el estado anímico de su señora, pero su nodriza, acostumbrada a la crudeza de la vida, no pensaba igual.

Ella sabía que su señora estaba sufriendo, pero la conocía desde antes de su nacimiento, por tanto, estaba segura de la fortaleza de carácter con la que su joven señora contaba.

Aun así, tomó la decisión de transmitirle sus propias impresiones respecto a los hombres, esos señores que creían ser todopoderosos y que finalmente no eran más que seres humanos con más defectos que virtudes.

Así pues, esa tarde y mientras Akane se encontraba sentada sobre sus rodillas, dejando de forma sumisa que Ukyo cepillara su larga cabellera azulada y que Sayuri arreglara sus ropajes, la anciana Cologne rompió el silencio reinante en la habitación de forma abrupta.

-¿Alguna vez te conté la historia de cómo llegué a ser la nodriza de tu casa, Akane? –preguntó desde donde se encontraba sentada contemplando el paisaje frente a ellas.

Akane la observó intrigada y negó con un leve movimiento de cabeza.

La anciana sonrió melancólicamente y miró hacia un punto no determinado al paisaje frente a ella.

-Yo tenía doce años cuando el ejercito del Gran Jan invadió el pueblo de Joketsuzoku en Zhon guo, el sitio en donde yo vivía. La aldea fue destruida luego de que tratásemos de defenderla y nosotros, hombres, mujeres y niños, capturados para integrar el ejército invasor del Gran Jan… no tuvimos suerte como otras tribus y pueblos de Zhon Guo, ya que a ellos se les incorporó al Imperio y se les dejó seguir con sus vidas normales. Nosotros, al ser una tribu de guerreros fuimos tomados prisioneros y nos embarcaron en los barcos que tenían la misión de traer a los guerreros del Gran Jan a la tierra de Je-pen-kuo, Nihon, para ustedes. Desde un principio yo tuve un mal presentimiento. Si bien es cierto, me emocionaba pertenecer a las fuerzas del gran imperio, el mar que separa el continente de las islas no me agradó nunca. Una vez que la flota del Gran Jan estuvo cerca de Nihon y cuando los primeros guerreros comenzaban a desembarcar, una brutal tormenta se dejó caer destrozándolo todo a su paso, un Tai-fun, como lo llaman ustedes.

No estoy segura si fue suerte o los dioses de su pueblo realmente intervinieron de forma favorable para su gente, el hecho es que las huestes del Gran Jan fueron totalmente destruidas y derrotadas y los pocos que no morimos tragados por el mar, fuimos capturados.

Perdí a mi familia y un importante señor me reclamó como una especie de botín de guerra. No conocía el idioma, no sabía nada de su cultura y era joven, por lo que también, indomable. A golpes me hicieron aprender su idioma y a golpes me indicaron las cosas que esperaban que hiciera.

Aprendí a ser servicial… me convertí en dorei.

Con el paso del tiempo, me fui olvidando de mis parientes, la aldea de Joketsuzoku y mi deseo de volver ahí se desvaneció con el paso del tiempo, mi hogar ya no existía en mi memoria y poco recordaba de mi vida anterior… me fui apagando por dentro, pero por fuera, ya era toda una jovencita y los hombres me miraban con otros ojos. Me di cuenta que podía sacar provecho de aquella situación y así lo hice. Hacía amistad con los aldeanos para conseguir beneficios en las provisiones de alimentos y así escalar en la estima de mis señores. También procuraba hacerme amiga de los guerreros de más rango para contar con su protección en caso de que los más jóvenes tratasen de propasarse conmigo. Todo iba bien y hasta había modificado el acento de mi voz para intentar pertenecer a esta nación.

Sí, todo iba bien… hasta que apareció él. Akane, un hombre fue mi perdición, un guerrero que no supo apreciarme como mujer ni como compañera.

Me enamoré profundamente de él y estaba convencida de que él también me amaba, lo veía cada vez que nuestros ojos se conectaban, lo sentía cada vez que nuestros cuerpos se encontraban, me convencía todavía más cada vez que me hablaba dulcemente y hacía planes a futuro en los que me incorporaba. Tontamente creí que él era el indicado, el amor de mi vida, pero de un día para otro me di cuenta que nada era cierto, que los guerreros nunca dejan de lado sus propios intereses por algo tan insignificante para ellos como el amor de una mujer.

Él era joven y audaz, así que mi señor le quiso dar un mejor estatus, ascendió rápidamente en categoría y cuando tuvo que optar entre desposarse con la hija de otro importante guerrero o seguir con nuestra relación, él me abandonó.

Lloré, me deprimí, lo odié y quise matarlo, pero luego pensé que no valía la pena y juré que jamás volvería a amar a nadie.

Por ese entonces, tu abuela se desposó con tu abuelo y la familia de mi señor, que eran amigos de tu familia, le enviaron regalos a los recién casados, entre ellos, dos dorei. Yo fui uno de ellos.

Estuve feliz de aceptar el cambio de casa, me ayudaría a olvidar al infeliz que me había abandonado y se pavoneaba delante de todos con su joven esposa, la hija del guerrero que le prometía el ascenso que él tanto quería.

El día anterior a mi partida fue a despedirse de mí y fue en aquel momento que me di cuenta de dos cosas. La primera, que él había sido sincero y que verdaderamente me amaba pero su ambición y el cumplimiento de los estúpidos códigos de honor a los que ustedes les dan tanta importancia no le dejaban elegir a una extranjera y encima esclava como su esposa.

Lo segundo fue la revelación más amarga y triste que alguna vez tuve, porque esa misma noche la sentí en mi interior. Fue una revelación que quisiera nunca se hubiese hecho realidad, pero ella estaba allí, creciendo dentro de mí… una hija de aquel amor prohibido y despreciado.

Yo no tenía opción, debía hacer aquel viaje y servir a mis nuevos señores. Con un poco de suerte ellos entenderían mi situación y no me echarían a la calle.

Cuando llegué a Kioto y conocí a tu abuela, ella se aferró a mi compañía de una manera que jamás me hubiera esperado. Era apenas una jovencita, asustada y desconcertada por todo lo nuevo que estaba viviendo junto a un hombre mayor que ella y que demostraba muy poco afecto y comprensión con la joven dama.

La ayudé en todo lo que pude y cuando me convencí de que contaba con su absoluta confianza, le confesé mi secreto. Ella dijo que podría ayudarme a ocultar mi embarazo para que nadie se enterase y así, su esposo, que era un hombre de armas tomar, no me obligase a quitarme la vida, pero que no podría ocultar a la niña así que tendría que buscar la manera de deshacerme de ella.

Fue la decisión más cruel que alguien me haya hecho tomar, pero entonces reflexioné. Si aceptaba, podría asegurarme de encontrarle un lugar en donde pudiera sobrevivir y quizá, convertirse en una mujer de bien y feliz. Si rechazaba y tenía la suerte de escapar con vida, la niña no tendría nada más que una vida de sufrimiento. Yo era extranjera, esclava y por estas condiciones me sería muy difícil encontrar un trabajo o algún método que me ayudara a subsistir, mucho más con un bebé a cuestas.

Acepté la propuesta de tu abuela y cuando la entregué a sus padres postizos, una familia de campesinos que no podía engendrar, fue como si me hubiesen arrancado un trozo de mi corazón… el dolor nunca ha pasado y a veces recuerdo su rostro pequeño y frágil que tuve ocasión de contemplar por un escaso momento.

Nunca voy a perdonar a ese hombre por haberme dado lo más importante que pude haber tenido en mi vida y habérmelo arrebatado por culpa de su cobardía y ambición. Si todo hubiera sido distinto, yo tendría mi propia familia y quizá estaría disfrutando del amor de mis nietos e hijos.

Por eso te digo, mi niña, los hombres siempre velarán por sus propios intereses y aunque una mujer se adueñe de su corazón, si tiene que sacrificarla, lo hará. Son guerreros y están entrenados para eso.

Tú eres una mujer y una que además, pertenece a la nobleza, fuiste educada para acatar las decisiones y condiciones que te exija tu esposo. El señor Saotome se convirtió en tu esposo sin siquiera proponértelo, ahora tú estás obligada a obedecerle en todo lo que él disponga. No sufras más por un amor que quizá no podrá prosperar y dispón tu corazón y tu alma a acatar el dictamen que exija tu esposo.

Para cuando la anciana terminó con su relato, Akane tenía la mirada nublada por las lágrimas contenidas, Ukyo había dejado de peinar a su señora y observaba fijamente a la anciana mujer y Sayuri se encontraba estrujando y retorciendo con fuerza y sin querer la seda de uno de los kimonos de su señora.

-Nunca… -titubeó Akane con un hilo de voz rompiendo el silencio que reinaba en la habitación-, nunca creí que hubieras sufrido tanto.

-Aprendí a ser fuerte y a ocultar mis emociones –replicó Cologne si darle mayor importancia al comentario de su señora.

Akane avanzó sobre sus rodillas hasta donde se encontraba sentada su nodriza y se arrojó a sus brazos. La anciana mujer la recibió y sonrió débilmente al tiempo que dejaba que su joven pupila recostase su cabeza en su regazo.

-¿No supiste nada más de tu… de la niña?

-No –contestó la mujer de forma tajante mientras acariciaba los cabellos de su señora-. Fue el precio a cambio de mi vida y la de ella, sólo espero que haya sido feliz. Todos los días de mi vida pido por ella al Iluminado y algo en mi corazón me dice que ella tuvo o quizá tiene todavía, una vida feliz.

-Mi abuela no debió obligarte.

-Tu abuela hizo mucho por mí, Akane y le estoy muy agradecida por todo. Si no hubiese sido por su apoyo, ni la niña ni yo hubiésemos sobrevivido.

-¿Tampoco supiste de aquel hombre?

-Se convirtió en lo que siempre aspiró a ser, un gran guerrero, consejero y chambelán del clan de su señor, pero no tuvo hijos a pesar de que se casó dos veces. Su primera esposa murió a las horas de dar a luz a su primogénito el cual también murió, y su segunda esposa no pudo engendrar. Murió a una avanzada edad quedando en deuda con su deber de esposa de un gran guerrero. Ahora ya está viejo y no creo que le preocupe el dejar o no dejar descendencia.

-Entonces, has mantenido el contacto con él.

-No, pero las noticias se saben y vuelan rápido cuando uno tiene contactos con la servidumbre de otras familias importantes. Ya, niña, ahora quiero que reflexiones respecto a la historia que te acabo de contar y seas capaz de sobreponerte a todo lo que nos espera de aquí en adelante, sea lo que sea lo que suceda con todos nosotros, tú debes ser fuerte y afrontarlo, sin lágrimas y con coraje. Eres una Tendo y fuiste educada por una amazona, una vieja que te traspasó todos sus conocimientos, así que me sentiría muy orgullosa de ti si me demuestras que mis palabras y enseñanzas no han sido en vano.

-Te prometo que enfrentaré todo con la misma fortaleza que tú enfrentaste tu vida –contestó Akane levantando su rostro y observando con convicción el anciano rostro de su nodriza-. Lo haré gustosa.

-Eso es, Akane. Debes ser fuerte y demostrárselo al señor de este castillo y a todos sus cercanos. Recuerda, el viento, la lluvia y la tormenta logran que el junco se incline ante ellos…

-Pero el junco vuelve a levantarse una y otra vez y permanece erguido desafiando a quienes pretenden dañarle –completó Akane.

La anciana asintió con una sonrisa y una mirada de orgullo al comprobar que su pupila había comprendido lo que ella había querido transmitirle durante todos esos años y ahora sabía que Akane aplicaría todas sus enseñanzas para enfrentarse a la difícil situación que se vivía en el castillo.

No tuvieron tiempo de seguir conversando porque en ese momento llamaron a la puerta y la conocida voz del Hibiki Ryoga se escuchó del otro lado.

-"Señora Saotome, me enviaron a buscarla –dijo en un tono de voz bastante solemne-. Debe acompañarme junto a sus damas. El señor del castillo la espera en el gran salón."

-Enseguida vamos, señor Hibiki –contestó Akane palideciendo en el acto-. Sólo dénos un momento.

-"Bien."-contestó el guerrero del otro lado.

Cologne tomó la delicada mano de Akane entre las suyas y le dio un fuerte apretón.

-Es hora, niña. Enfréntate a él, sin miedo y sin pensar en lo que pueda suceder con los demás, incluso con nosotras.

Akane no contestó, se limitó a esperar a que Ukyo tomara sus cabellos con un trozo de seda y luego se levantó para salir de la habitación seguida por sus tres acompañantes e internarse en los pasillos del castillo tras Hibiki Ryoga quien trató de no darles la cara en ningún momento.

Nunca antes le había parecido que el castillo fuese tan frío, aunque pensó que ese aspecto del edificio no se debía al clima reinante, sino más bien al gélido comportamiento de los habitantes del lugar desde hacía unos días.


Sentado sobre una tarima, con ropa formal y sosteniendo un abanico lacado permanecía el señor de Nerima en completo silencio, expectante y con un semblante decidido.

La frialdad en su mirada le daba un aspecto atemorizante a su rostro y la posición rígida de su cuerpo le hacían parecerse a la estatua de un dios castigador.

Happosai permanecía de pie al lado derecho de su señor, con las manos a la espalda y una mueca de preocupación en el rostro.

No había nadie más en aquella habitación, las contraventanas se encontraban cerradas, los biombos estampados con garzas en vuelo, flores de cerezo y montañas rodeadas de nubes le daban un toque acogedor a la estancia, pero a pesar de ello, el ambiente se notaba tenso.

-Ranma, tenemos que darle un escarmiento a Satori por su traición –dijo Happosai sólo con la intención de romper el incómodo silencio reinante.

-No será necesario –contestó el señor del castillo de forma tajante-. Satori me traicionó, pero también traicionó a Kuno, te aseguro que él se encargará de darle una lección.

-¿Estás seguro de lo que piensas hacer? –inquirió el anciano observando inquieto la reacción de su discípulo.

-Ya lo discutimos y no pienso cambiar de parecer, Happosai.

Un nuevo momento de silencio se propagó en la habitación que fue roto cuando Hibiki Ryoga abrió la puerta e ingresó seguido de las cuatro mujeres que venían tras él.

-La señora Saotome y sus acompañantes, mi señor –comunicó haciendo una reverencia.

Ranma se estremeció al escuchar las palabras de Ryoga y sintió que una oleada de cólera invadía su cuerpo por un instante.

Las mujeres reverenciaron al señor del castillo y luego de que se les indicara que tomaran ubicación frente a la tarima que ocupaba Ranma, se acomodaron en la estera que cubría el suelo. Akane se ubicó frente a su esposo, al lado suyo y como si quisiera transmitirle todo su apoyo y fortaleza se arrodilló Cologne; Ukyo y Sayuri de apostaron detrás de su señora.

Happosai y Ryoga se arrodillaron, uno a cada lado de su señor, resguardándolo y entonces, el anciano se aclaró la garganta para luego comenzar a hablar.

-El señor Saotome tiene algunas cosas que comunicarte, mi señora, es por ello que te ha hemos molestado y hecho venir desde tu habitación hasta acá.

-No me molesta el hecho que me saquen de mi reclusión. Por lo menos me sirve para recrear la vista con otras cosas que no sean las cuatro paredes que me cobijan –respondió la joven ganándose una mirada de perplejidad por parte de Happosai, de admiración de Ryoga y de disgusto por parte de Ranma.

-Ante todo queremos que nos contestes unas cuantas preguntas, dama Akane –comenzó nuevamente Happosai no tomando en cuenta las palabras de Akane-. ¿Alguien más está enterado de la usurpación de identidad que realizó a espaldas de nuestro señor?

Akane levantó el rostro y con un tono de voz decidido y sin dejar de mirar el rostro de su esposo, se dispuso a contestar.

-Solamente las damas que me acompañan lo saben todo, el resto de mis acompañantes sólo saben que hubo un cambio de planes y que yo ocuparía el lugar de mi hermana de forma correcta. Es lo que se hubiera esperado de una Tendo.

-Entiendo pero de todas formas… fue una traición. Bueno, entonces debemos suponer que solamente los que nos encontramos aquí reunidos estamos al tanto de la situación, eso facilita mucho las cosas.

-Creo que para usted sí las facilita, pero mientras me tengan encerrada en mi habitación, pienso que el resto del castillo no tardará en enterarse de lo que sucede.

-Perspicaz, sí, muy perspicaz –ironizó el anciano-. Es justamente por eso que la hemos mandado a llamar, dama Akane.

-¿Qué se ha decidido respecto a mi futuro? –preguntó Akane sorprendiendo a los varones allí presente.

Cologne conservaba la mirada baja, adoptando una actitud sumisa al igual que las otras dos jóvenes, pero no podía evitar el regocijo que le causaba en su interior el escuchar cada palabra desafiante de su joven señora.

-Ya que la boda se llevó a cabo –continuó Happosai-, el señor Saotome ha tomado la decisión de continuar con la farsa que tú montaste y en la cual le hiciste caer.

Akane se mordió el labio para no explotar en insultos ante aquellas palabras. Finalmente la culpaban de todo y no se hubiese molestado tanto porque a fin de cuentas, lo que decía Happosai era cierto, pero la actitud displicente y fría que observaba en el señor Saotome la exasperaba cada vez más.

-En el castillo y los alrededores nadie sabe lo que sucedió y si él te repudiara, tendríamos que decir el motivo, lo cual no conviene en la situación delicada en la que nos encontramos con respecto al clan Kuno. Por tanto seguirás viviendo en el castillo y te convertirás en la señora de éste, tal y como estaba predispuesto. Tendrás los privilegios y garantías de las que hubiera gozado tu hermana, aunque no podrás abandonar el castillo a menos que se lo comuniques al señor Hibiki o a mí. Nosotros decidiremos si es prudente que salgas y te dejes ver por ahí.

-Una prisión más grande –comentó Akane mirando a los ojos a su esposo.

-Tendrás la misión de comportarte como una buena esposa y acatar sumisamente las decisiones y actos del señor Saotome. Respecto a tus acompañantes, los hombres que se quedaron como parte de tus tropas y escolta se unieron a los guerreros del clan y prontamente serán enviados a custodiar las fronteras, donde no podrán enterarse o revelar nada de lo sucedió contigo y tu mal comportamiento en el castillo.

-"Daisuke –pensó Akane-, en caso de necesitar un aliado dentro de los guerreros… ya no podré contar con nadie. Me quitarán a mis hombres."

Un nuevo silencio se instauró en la habitación, el que fue interrumpido de pronto por la joven esposa.

-¿Qué otro deber desea mi señor que cumpla?

-Tus doncellas –indicó Happosai extendiendo la mano con el huesudo dedo índice desplegado-. Tus dos doncellas y tu nodriza ya no formarán parte de tu compañía.

-¿Có… cómo? – titubeó Akane abriendo mucho los ojos y observando asustada a los tres hombres frente a ella en busca de ayuda-. ¿Qué piensan hacer con ellas?, ellas no tienen culpa alguna.

-Sí la tienen –contradijo Happosai-. El haber ocultado todo este tiempo tu deshonroso proceder las convierte en cómplices de traición. Se ha decidido que se les aplicará un castigo por esa actitud, para que aprendan a ser leales y serviciales.

-Discúlpame, señor Happosai –replicó una decidida Ukyo-, pero mi lealtad ante todo pertenece a mi señora, la joven compañera que me conoce desde pequeña.

-¡Ésa falta de respeto no la toleraré! –se enfureció el anciano-. ¡No eres nada más que una sirvienta y te prohíbo…!

Ranma hizo un movimiento con su brazo para evitar que Happosai se acercara a la joven doncella, ya que preveía que la situación podía terminar mal.

-Tus doncellas y tu nodriza pasarán a desempeñar labores en los campos de cultivo o en las cocinas, donde no podrás tener contacto con ellas –sentenció el anciano finalmente.

-Pero, ellas no saben aquel trabajo… es condenarlas a vivir en un lugar al que no pertenecen, bajarlas de…

-Bajarlas de rango castigándolas con las tareas más desvalorizadas del castillo –complementó Happosai-, es lo que merecen y lo que harán.

-¡No, mi haya es demasiado mayor para hacer ese trabajo! –se encolerizó Akane.

-Eso es todo por ahora, luego se te informará si mi señor toma alguna otra decisión que te afecte directamente, dama Akane –dijo Happosai sin tomar en cuenta la protesta de Akane.

-Por favor, señor Hapossai, mi haya no puede dejarme sola –suplicó la joven.

-No te preocupes, dama Akane, ya hemos asignado a una doncella que atenderá todas tus necesidades. Ryoga, acompaña a las damas a su nuevo lugar de trabajo.

-¡No, no! –exclamó la joven.

Cologne buscó su mano y le dio un leve apretón, indicándole con ese gesto que todo iba a estar bien, luego levantó la cabeza y fulminó con la mirada al anciano chambelán.

-Tranquila, estaremos bien, niña.

Fueron las últimas palabras que Akane escuchó decir a su anciana nodriza antes de levantarse y salir de la habitación acompañada de las dos jóvenes y el señor Hibiki.

Cuando la puerta corredera se cerró una vez que los cuatro hubieron abandonado la habitación, Akane pudo reaccionar. La habían despojado de todas las personas que la habían acompañado desde Kioto, toda su fortaleza la sacaba de los consejos y conversaciones mantenidas con las tres mujeres que habían salido del lugar. Todos los recuerdos de sus tierras los podía evocar al mirar a los hombres y mujeres con los que había compartido su vida en Kioto y ahora, la habían dejado sola, en la más absoluta y completa soledad. Era un castigo demasiado cruel para la joven mujer quien en ese momento, hubiera preferido la muerte.

-Ahora sólo queda presentarte a tu nueva doncella –dijo Happosai sacándola de sus pensamientos.

Akane miró con odio al viejo chambelán, pero no pudo decir nada porque el movimiento de la persona que había permanecido a su lado captó toda su atención.

El señor de Nerima se había puesto en pie y se disponía a salir de la habitación. Fue entonces, cuando en un arranque de desesperación, la joven pensó que podía conseguir revertir los acontecimientos.

-Mi señor, por favor –rogó recorriendo de rodillas la distancia que la separaba del daimiyö rápidamente-. Por favor, te suplico que reconsideres tu decisión y me devuelvas a mis acompañantes… por favor, mi señor.

-Dama Akane, no perturbe al señor del castillo con peticiones insensatas.

-¡No es una insensatez rogar por obtener la compañía de las únicas personas que me han expresado un cariño verdadero! –explotó Akane con lágrimas en los ojos-. Mi señor, por favor. Yo no quise hacer lo que hice, fueron las circunstancias las que me obligaron y… No me las quites, por favor.

Tiró de las ropas de su esposo para llamar su atención, se aferró a ese trozo de seda negro ocultando su rostro empapado y recibió una gélida respuesta a sus súplicas.

-Una impostora no está en condiciones de exigir nada de su señor, aun cuando éste haya cometido la necedad de desposarse con ella.

El corazón de la joven mujer terminó de destrozarse ante tal afirmación, porque comprendió que el daño causado era demasiado grande y acaso irreparable. Allí estaba, aferrada a las ropas del hombre que amaba y él la despreciaba y humillaba con su comportamiento. Las palabras de su haya vinieron a su memoria con rapidez e intensidad "…Enfréntate a él, sin miedo y sin pensar en lo que pueda suceder con los demás, incluso con nosotras…". Frunció el entrecejo y se obligó a mirar al hombre que permanecía en pie junto a ella.

-Entonces, reclama mi vida, mi señor –dijo con rabia-. Una impostora que te ha traicionado no merece seguir con vida.

Ranma la observó por un momento, desconcertado ante sus palabras, sin saber qué hacer con aquella joven mujer que de un momento a otro había cambiado sus lágrimas por la ira de una mujer insultada.

-Mi chambelán ya te dijo las condiciones en las que vivirás en el castillo, porque vivirás aquí hasta que yo lo quiera.

-Piénsalo mi señor, sería mucho más fácil y conveniente que me quitase la vida –insistió ella de forma desafiante-. Mucho más honorable.

No supo cuándo ni cómo lo hizo, pero sintió que la mano de su joven esposa se apoderaba del sable tanto que llevaba al cinto y lo desenfundaba. Él tuvo una rápida reacción y consiguió impedir que el sable abandonara su vaina deteniendo con su mano la mano de ella y ejerciendo fuerza para evitar que ella volviera a tirar del afilado sable. La observó conmovido y con admiración. Ella compuso una mueca desafiante.

-Mátame, mi señor –dijo en un susurro-. Mátame o deja que yo me quite la vida.

-No –respondió él- y no vuelvas a hablarme de esto porque mientras yo así lo quiera, tú seguirás con vida, serás la esposa sumisa y obediente que necesito a mi lado y no volverás a hablar de la muerte en mi presencia.

-Entonces tendrás que ordenarme que permanezca callada, porque de lo contrario seguiré insistiendo –le desafió.

Él la observó sin moverse. Inclinado ante ella así como estaba le recordó el primer día que la vio, el día en que se conocieron y él la tomó de sus brazos para evitar que se arrodillara ante él.

La misma mirada llena de pasión que vio aquel día era la que le devolvía ahora esa joven dispuesta a morir para salvar la deuda de honor que mantenía con él.

Sin proponérselo sus convicciones comenzaron a flaquear, sería tan fácil perdonar, olvidar y entregarse a ese amor que había nacido dentro de él; sería tan fácil dejarse consumir por la pasión que le provocaba la cercanía con su joven esposa.

Y allí permanecían, en un mundo aparte, fuego contra hielo en una intensa lucha para ver qué elemento se imponía, el fuego que resplandecía en la mirada de ella o el hielo que trataba de fortalecerse en los ojos de él.

Finalmente, los gélidos sentimientos dominaron el alma de él y logró apagar el fuego que por un momento se dejó sentir en su corazón.

-Le ordeno a la señora Saotome que no vuelva a hablarme a menos que yo se lo permita o le levante esta orden.

Ella sintió cómo su cuerpo aflojaba la tensión y asintió en silencio.

-Así lo haré, desde ahora no le dirigiré la palabra a mi señor a menos que él así lo solicite o me levante esta orden.

Él retiró su mano de la empuñadura del sable y ella dejó caer la suya a un costado bajando a su vez la mirada.

-Bien, así lo espero –dijo envainando el sable para salir con posterioridad.

Happosai se acercó a la puerta de salida y llamó un par de veces batiendo palmas. Al cabo de un momento llegó a su lado una jovencita risueña y servicial.

-Señora Saotome –dijo el anciano con voz pausada-. Ella es Yuka, tu nueva doncella.

Akane no contestó, sólo observaba la estera que reposaba bajo su cuerpo.

-Ella tiene la misión de ayudarte en todo lo que necesites. Ahora me retiro y las dejo solas para que se conozcan.

El anciano se retiró y la joven doncella se acercó a su señora.

-Señora Saotome, es un honor para mí el poder servir a la señora del castillo.

Akane se levantó sin prestarle atención a la joven y comenzó a caminar hacia la salida con pequeños y sutiles pasos, limpiando el camino húmedo que habían dejado las lágrimas al resbalar por sus mejillas.

-Mi señora, ¿quieres que te prepare un baño?, no me costará nada y…

-¿Te llamas Yuka? –interrumpió Akane con una pregunta.

-Sí, señora Saotome.

-Bueno Yuka, lo único que quiero y necesito ahora es que me dejes sola. Quiero ir a descansar.

-Puedo ayudar a la señora con sus ropas y así podemos conversar de sus aflicciones si así lo desea –propuso la doncella.

Akane giró la cabeza y sus ojos resplandecieron con furia al observar a la joven doncella que permanecía de pie a unos pasos de ella.

-Escucha, no pretendas acercarte a mí creyendo que seremos amigas. Yo no tengo amigas y tú estas aquí sólo porque el señor del castillo así lo dispuso. Haz bien tu trabajo y recibirás buen trato de ambas partes, aunque dudo mucho que de mí puedas obtener la información que seguramente quieren que les reveles –la joven giró su cabeza nuevamente y se dispuso a salir de la habitación-. Ahora déjame en paz, mañana concurrirás a mi habitación y cumplirás con los deberes que se te asignaron. Por hoy puedo encargarme de mi misma… necesito estar sola.

Akane abandonó el gran salón con paso ligero y apenas perceptible al oído humano dejando a Yuka un tanto confundida y desconcertada, aunque lentamente comenzó a dibujarse una enigmática sonrisa en el rostro de la joven doncella.

Estaba segura de que algo estaba sucediendo en el castillo y ella averiguaría lo que le ocultaban a la servidumbre y al resto de los habitantes del lugar. Sin duda sería una información valiosísima para algunas personas.

Sin dejar de sonreír abandonó la habitación y recorrió los pasillos del castillo hasta salir a los jardines que rodeaban la edificación, perdiéndose en la oscuridad de la noche que empezaba a cubrir los cielos de Nerima.


La noche había caído totalmente cuando la silueta de una persona se vislumbró en dirección al bosquecillo cercano que colindaba con el castillo.

El inquietante ulular de una lechuza interrumpió el andar de la persona por un momento, para luego cambiar de dirección y volver sobre sus pasos hasta detenerse frente a una linterna de piedra que se encontraba cerca de uno de los muros divisorios que protegían el castillo.

-Cambiaste el lugar de encuentro y no me alertaste –dijo la susurrante voz femenina hablando hacia la nada.

-No tuve opción, el bosquecillo no es seguro a estas horas –contestó la voz de un hombre que no se dejaba ver oculto a la sombra del muro divisorio.

-Está bien, lo importante es que podamos conversar ¿no?

-Sí, eso es lo importante. ¿Averiguaste algo de lo está pasando?

-No todavía, pero pronto lo conseguiré, de eso estoy segura.

-¿Es cierto que las compañeras de la señora Saotome fueron despojadas de sus labores?

-Sí, eso es verdad y adivina quién ocupará su lugar.

-No me digas que conseguiste que te escogieran.

-Claro. Soy la nueva doncella de la señora Saotome.

-Vaya, me sorprendes gratamente. Eso quiere decir que tenemos más posibilidades de averiguar todo lo que sucede en la intimidad del castillo.

-Sí, aunque me costará un poco ganarme la confianza de la chiquilla. Es terca y obstinada, hoy me amenazó y creo que no está de acuerdo con el cambio… bueno, es entendible, está acostumbrada al servicio de otras personas y su nodriza la cuida desde que nació.

-Debes conseguir que confíe en ti, a mi señora le interesará mucho lo que podamos averiguar respecto a la nueva señora de Nerima.

-Mi señora, mi señora… siempre pensando en ella –farfulló la mujer cruzándose de brazos.

-Debes recordar que por ella tú estas aquí, Yuka.

-Si por mí fuera, estaría en la casa con las otras chicas. No me gusta la vida de sirvienta, menos si voy a ser la sirvienta de una niña mimada y testaruda.

-Piensa en los beneficios que tendrá para nosotros toda la información que puedas reunir si te acercas a ella.

-Beneficios para quien, ¿para nosotros o para "mi señora"? –inquirió la muchacha bastante molesta.

-Yuka…

-Parece que estuvieras enamorado de ella y ella sólo te utiliza para su beneficio personal. No te das cuenta de que ella juega contigo porque sabe el amor y admiración que le profesas. Pero cuando quieras escapar y decidas poner atención a tu alrededor, quizá sea demasiado tarde, pues ya no habrá nadie esperando por ti.

-No es verdad –rebatió él-. Yo no estoy enamorado de mi señora, es sólo que…

-¿Qué?

-Tenemos un acuerdo, un pacto que no puedo romper porque si lo hago, perderé lo más importante que poseo en la vida.

-¿Y eso es?

-No puedo decírtelo –cortó tajantemente-. Ahora dime, las dos doncellas y la anciana fueron destinadas a servicios menores ¿no?

-Sí, hoy mismo las alejaron del castillo –contestó la muchacha-. Una de las jóvenes estaba destrozada, la otra se comportó bastante altiva y aceptó su nueva condición como si fuese el trabajo más importante que desarrollaría en su miserable vida y la anciana… No sé, hay algo extraño en esa mujer, algo que la envuelve y hace que infunda respeto. Además, tiene un acento extraño que disfraza muy bien, pero cuando la escuchas con atención, logras percibir que no es de acá.

-Un acento extranjero… interesante –comentó el hombre en las sombras.

-Bueno, mañana empiezo mis quehaceres como la nueva doncella de la señora Saotome, ¿desea que le cuente algo más para que lo transmita a la señora, mi señor?

-Vamos, no me vas a decir que estás celosa.

-¿Por qué iba a estarlo, si nunca me has prometido nada?

-Ya te expliqué que mi señora me debe algo y yo tengo que servirle para conseguirlo de vuelta.

-Sí, sí, ya sé, pero créeme que he visto hombres enloquecer de amor por ella y ella se aprovecha de eso… cuando ya no le son útiles, los deshecha y entonces ellos sufren.

-El sufrimiento es parte de la vida, Yuka –reflexionó el hombre acercándose a su informante-. Recuérdalo bien, de temores, dolores y amores vive el ser humano.

-Pues yo prefiero vivir de amores –respondió ella.

El joven sonrió y sus verdes ojos se iluminaron a la tenue luz que desplegaba la luna sobre ellos. Acortó la distancia que lo separaba de la chica y le arrebató un apasionado beso que ella no se negó a corresponder.

Luego de separarse, ella exhaló un suspiro y se acurrucó en el abrazo de él, así permanecieron unos instantes hasta que él volvió a dirigirle la palabra.

-Debo irme, tengo que averiguar hacia dónde mandarán a los hombres que vinieron acompañando a la dama Akane desde Kioto.

-¿No puedes quedarte conmigo un poco más?

-No, no puedo y tú deberías volver al castillo, pueden requerir de tus servicios y…

-Sí, ya entendí –interrumpió la chica, separándose bruscamente de él-. Vete ya Mousse.

-Yuka, no estoy enamorado de ella, ¿de acuerdo?

-Sí, lo sé… y de mí tampoco –susurró para sí-. ¿Cuándo volveremos a encontrarnos?

-Yo te avisaré el día y la hora.

-Bien, pero no vuelvas a utilizar el ulular de la lechuza, elige otro animal, las lechuzas me dan miedo.

El joven chino soltó una breve carcajada y la vio alejarse rápidamente rumbo al castillo. Cuando la silueta de su informante desapareció en la oscuridad, él observó el cielo nocturno. El clima estaba cambiando y ya pronto el otoño se dejaría caer en la ciudad.

Volvió sobre sus pasos y comenzó su camino hacia las cuadras en donde sabía, podría averiguar el destino de los hombres que habían acompañado a la señora del castillo durante su viaje a Nerima.

Había mucha información que debía transmitirle a su señora, la verdadera dueña de su lealtad y estaba ansioso por decirle todo lo que estaba sucediendo en el castillo, tal vez de esa forma podría acercarse un poco más a su propio objetivo.


Notas finales:

1.- Bueno, bueno. Después de tanto tiempo sólo una frase se me ocurre para comenzar estas notas y esa es: "Discúlpenme por el tiempo que les hice esperar por una actualización".

La verdad es que nunca fue mi intención el tardar tanto pero mi vida va de "complicada" a "todavía más complicada". Sé que me quejo mucho por la falta de tiempo, el exceso de trabajo y las enfermedades que no me han abandonado de un tiempo hasta acá, pero creo que esos problemillas son el costo que debemos pagar a medida que vamos creciendo y adquiriendo responsabilidades.

En mi caso particular ya no cuento con tanto tiempo libre como el que tenía cuando recién comencé a escribir mis historias y es por eso que se retrasan y se retrasan. Sólo espero que esta sea la última vez que tarde un año en actualizar.

2.- Palabras en el capítulo… no creo que hayan muchas, aun así voy a repasar algunas:

-Diosa Kannon: Es considerada la diosa de la compasión.

-Zhon guo: El país que conocemos como China actualmente (en chino).

-Je-pen-kuo: El país que conocemos como Japón actualmente (en chino).

-Nihon: El país que conocemos como Japón actualmente (en japonés).

-Tai-fún: La forma de decir tifón en japonés.

-Dorei: Término que significa esclavo.

-Sable tanto: Es el sable más corto utilizado por el samuráis.

3.-Muchísimas gracias a quienes a pesar de las constantes tardanzas, siguen leyendo y releyendo esta historia que en ningún caso está muerta, sólo se tomó un largo receso. A quienes dejaron sus reviews durante el capítulo anterior (que prometo contestar con posterioridad apenas tenga tiempo disponible): Belli, Faby Sama, Annkarem, rosstock, CEUCOLO, Hatoko Nara, Monyk, hitoky-chan, amafle, lerinne, RyA Die Rose del Leidenschaft, kary 14, Arashi Ayukawa, ELOWYN3, Pleasure Delayer, BABY SONY, lucy lu, saori1f, Yuna Lockheart, Ranm. a .lways. OCD, Ifis, Ariadne Sofia, IramAkane, Gata de la Luna, Rmtl Des, rosy, marilole, AkaneKagome, rel, mar, GAL, Caro, Mininahermosa29, Saomin, soulfire524, Marialejita, brenic, CJSALAZAR y Percy. Muchísimas gracias por tomarse la molestia de escribirme algunas palabras, en verdad que el apoyo es muy importante para mí y lo aprecio un montón y sí, VOY a contestar los reviews, es una promesa, sólo ténganme un poquito de paciencia ¿si?

4.- Ahora me despido esperando sinceramente que el capítulo haya sido de su agrado y queriendo (aunque no sé si lo consiga) prometerles una pronta actualización de esta historia.

Un beso a quienes la siguen y buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.