- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XII

"El ardid de la misteriosa mujer"

El caballo que montaba no se comparaba al que había perdido durante la batalla contra el clan Kuno. No era más pequeño pero sí más joven, nervioso e inexperto en combate, aún así, serviría mientras amansaban y adiestraban al animal que había elegido para ser mi compañero de lucha.

Me habían informado que el animal demostraba una ferocidad y una tozudez impresionante y que dudaban mucho que sirviera para transformarlo en un caballo de combate, sin embargo, justamente esas características eran las que habían llamado mi atención y le exigí al domador de caballos que enseñara al salvaje animal que había escogido, un negro y reluciente corcel joven, de crines negro azabache y patas firmes, la única diferencia visible entre mi antiguo compañero y el nuevo, era que éste último tenía una pequeña marca de nacimiento en medio de los ojos, un manchón de pelo blanco que no superaba el tamaño de una avellana; parecía que alguien hubiese dejado caer una gota de tinta blanca en medio de sus ojos.

Sonreí al reconocer que el domador de caballos del castillo estaba teniendo bastantes problemas con mi encargo, pero yo no iba a ceder, ese era el caballo que yo había elegido como reemplazante del que había muerto heroicamente durante la batalla que habíamos ganado y no iba a conformarme con otro.

El caballo que montaba se inquietó cuando pasó por su lado un lacayo con una antorcha en su mano devolviéndome a la realidad en el instante.

No quería hacer el trayecto que me encontraba realizando. No me complacía el hecho de abandonar el castillo la noche antes de emprender el viaje hacia el sur de mi dominio, a las tierras de la nieta de Kaminarimon, pero ya había comprometido mi asistencia días atrás al lugar donde íbamos y ante muchos testigos, por lo que no resultaba aconsejable faltar a mi palabra.

Lo cierto es que hacía unos cuantos días y durante una conversación mantenida con Ryoga, Hapossai y Shinnosuke, en la que también estaban presentes Mousse y Sentaro, accedí tontamente a acompañar a mis hombres a una de las casas más renombradas dentro de Nerima, la casa del lago.

Ya había estado en un lugar así una vez, en Edo, cuando mi padre consideró que tenía la edad suficiente para acompañarle, pero confieso que prefiero permanecer ajeno a todo ese mundo de diversión y placer por adquisición.

De todas formas, la idea la dio Ryoga y fue compartida por el resto, a excepción de Shinnosuke. Los hombres estuvieron de acuerdo en que sería una buena forma de despedirnos por las casi tres semanas que significaba hacer el viaje de ida y vuelta al sur del dominio y yo, sin pensarlo con detenimiento y al ver las miradas demandantes que Ryoga y Hapossai me dedicaban para que aceptara, comprometí mi asistencia.

Ellos piensan que con un poco de diversión comprada aliviarán mi pesar y borrarán la humillación a la que me he visto sometido por la mujer que se hizo pasar por mi prometida, pero no saben que el que les acompañe ahora no aliviará en nada lo que siento y rehúyo a expresar.

Casi sin quererlo me he convertido en un experto artista del engaño; deberían contratarme en una compañía de teatro ambulante para interpretar algún papel.

Y es que a lomos de este caballo que no me pertenece, no hago otra cosa más que arrepentirme de la decisión que tomé torpemente con la única motivación de herir a mi esposa todavía más.

Estaba siendo justo con mi convicción de apartarla de mi vida, de castigarla lo que más pudiera y de lastimarla para que sufriera toda la decepción que sufrí yo cuando me enteré de su engaño, pero no estaba siendo justo con mi corazón.

Nunca en mi vida pensé que lo más difícil que me tocaría vivir sería dominar mi propio corazón, aplacar mis sentimientos y extinguir mi anhelo por la mujer que se había convertido en mi esposa.

Cada vez que estaba cerca de mí, me envolvían sus encantos y pensaba que el castigo con el que pretendía aleccionarla, se estaba volviendo en mi contra.

Ella había aceptado sumisamente las órdenes que le había impuesto a través de Hapossai aquel día en el que también le prohibí que me dirigiera la palabra. Se mostraba servicial y complaciente, tal como se hubiese esperado de una buena esposa; dominaba su carácter y si había algo que le molestaba, se limitaba a dirigirme una mirada llena de rencor y disfrazar su disgusto en una sonrisa forzada.

En el castillo nadie osó hablar sobre nuestra unión o los problemas que pudiéramos estar teniendo ya que tanto ella como yo sabíamos fingir a la perfección que éramos un matrimonio feliz ante los lacayos y sirvientes, pero cuando quedábamos a solas, yo me esmeraba en hacerla sentir mal y ella se esmeraba en no contradecirme y en parecer complacida ante mis malos tratos.

Lo cierto es que a pesar de disfrutar haciéndole la vida imposible, cada vez me costaba más cumplir con el rol del esposo déspota e insensible que me había autoimpuesto.

Cada vez que la veía sonreír, sentía mi corazón acelerar sus latidos; cada vez que presenciaba la delicadeza y dulzura con la que trataba a un animalillo del bosque, creía que mis piernas no soportarían mi propio peso; cada vez que escuchaba su melodiosa voz aunque fuera de lejos, mi cuerpo reaccionaba estremeciéndose de pies a cabeza; cada vez que la tenía cerca, mis ansias por estrecharla en mis brazos, pedirle que perdonara mi absurdo comportamiento y reclamarla como esposa siguiendo el camino que los dioses nos habían trazado, tomaban mayor fuerza dentro de mi ser y tenía que huir con cualquier pretexto para no rendirme a ese secreto anhelo que desde el mismo día en que la conocí, parecía consumirme por dentro.

El deseo por mi esposa se acrecentaba a medida que el tiempo y la convivencia junto a ella avanzaban, generándome un sentimiento de frustración que nunca antes había experimentado en mi vida. ¿Había tomado la decisión correcta al seguir adelante con la farsa? ¿Era correcto comportarme como un tirano daimiyö y dejar de lado los sentimientos del hombre que habitaba en mí? ¿Qué sacaba con tratar de engañarme al despreciarla si en el fondo de mi alma sabía que sólo ella era lo que importaba para mí?, y por sobre todo aquello, ¿cuánto tiempo resistiría a los deseos que consumían mi ser y nublaban mi razón?

Preguntas, sólo preguntas de las que trataba de escapar porque temía reconocer ante el mundo la respuesta.

Ante todo era un señor de la guerra a quien habían engañado y con ello, deshonrado, así que debía seguir actuando, hasta que mi corazón ya no pudiera soportarlo.

Miré de soslayo a Ryoga, quien cabalgaba a mi lado y traté de decidir cuándo sería el momento adecuado para confesarle que no me sentía capaz de acompañarles aquella noche, que lo único que quería era regresar al castillo y pasar esas últimas horas junto a mi dulce tormento, que se olvidara de la despedida porque de la única de quien quería despedirme, aunque fuera respirando el perfume que emanaba de sus cabellos era de mi esposa, sin embargo, callé mis intenciones y seguí cabalgando en silencio, tratando de desviar mis propios pensamientos a la próxima reunión que tendría con los tíos de la joven Kaminarimon Temari.

Los problemas en el sur del dominio surgieron a causa de la muerte del abuelo de Temari, Kaminarimon Kumajiro, quien fuera un fiel vasallo de mi padre. Kumajiro tuvo tres hijos, el mayor de ellos y padre de Temari murió joven dejándola a ella como única heredera; los otros dos, Tatsukichi y Torahachi nunca fueron considerados por su padre, Kumajiro, para ser sus sucesores. El viejo Kaminarimon se dio cuenta a tiempo que sólo su nieta sería digna sucesora de la familia y quiso dejarle las tierras antes de morir, pero esto no pudo realizarse porque la heredera es muy pequeña y todavía no llega a la edad de desposarse, por cuanto su madre ha solicitado mi ayuda para enfrentar la codicia y las disputas que han surgido con la muerte de Kumajiro. Es por ello que al amanecer debo partir al sur, para brindarle mi apoyo a la madre y custodia de la pequeña Temari hasta que pueda desposarse con quien eligió Kumajiro para preservar sus tierras y no dilapidar su fortuna, que es exactamente lo que harían Tatsukichi y Torahachi.

Sí, debo velar por mi pueblo antes de resolver mis propios asuntos. Tal vez alejándome de ella pueda conseguir algo de paz y afianzar el juramento que hice la noche en que descubrí la verdad.

Maldigo esa noche y maldigo el haberme enterado del engaño; quizás si ella no hubiese confesado su traición, en estos momentos ambos disfrutaríamos de una vida plena uno al lado del otro en el castillo, pero el destino siempre ha sido un cruel e implacable enemigo para mí, incluso desde mi nacimiento.

-¿Te encuentras bien, mi señor?

Ryoga debe haber notado mi nerviosismo, de lo contrario no hubiese formulado una pregunta como esa.

Le observé por el rabillo del ojo y pude ver la máscara de indiferencia que solía adoptar mi viejo amigo cuando algo le inquietaba. No por nada le conocía desde que éramos unos niños; sabía que algo le preocupaba y no era precisamente el estado de ánimo de su señor.

-Sí, me encuentro muy bien –mentí-. Deseoso de conocer el lugar en el cual dicen que olvidaré todos mis pesares.

-Ten por seguro que así será –contestó mi amigo chasqueando la lengua-. Al menos por unas horas, así será.

-Entonces, Ryoga, ¿visitas frecuentemente la casa del lago?

-No –contestó tajantemente-, aunque he venido algunas veces. Las chicas lindas no me toman en cuenta.

-Eres un embustero de la peor clase –reí-. No sabes engañar a nadie, menos a alguien que te conoce tan bien como yo.

-¿Y tú sí sabes engañar a los demás?

Di vuelta el rostro bruscamente. Su pregunta me tomó por sorpresa y al parecer, causó en mí el efecto que él esperaba porque la media sonrisa que pude apreciar en su rostro, junto con aquella expresión de superioridad que siempre adoptaba cuando sabía que me había ganado en algo, me demostró que Ryoga estaba decidido a averiguar qué pasaba por mi cabeza.

-Eso no tienes que ponerlo en duda, amigo mío.

-¿Incluso te engañas a ti mismo?

-Ryoga, si no fueses como un hermano para mí, te aseguro que en estos momentos tu cabeza estaría rodando por el camino que recorremos.

-¿Tanto te molesta que descubra tus secretos? –preguntó sonriendo de medio lado.

-No sé a qué secretos te refieres.

-Ranma, sé que no estás en paz contigo. Si sigues adelante con el propósito que inútilmente estás realizando, terminarás por perderlo todo –hizo una pausa y bajó la cabeza cuando continuó hablando-. Me refiero a la actitud que decidiste adoptar con la señora… con tu esposa –rectificó.

-Eso es algo que no aceptaré discutir contigo –rebatí conteniendo la molestia que sentía al comprobar que Ryoga se daba cuenta de lo difícil que me estaba resultando seguir con mis planes.

-Conmigo ni con nadie, ¿verdad, mi señor?

-Happosai estuvo de acuerdo y es lo que importa.

-Happosai es un buen maestro, un excelente consejero y chambelán, pero no tiene idea sobre las relaciones humanas, por algo perdió a su gran amor cuando era joven, porque no supo elegir correctamente.

-Y según parece, crees que yo tampoco sé elegir correctamente.

-Yo solo digo que estás llevando este asunto de la manera equivocada. Estás tomando decisiones y acciones como el daimiyö que eres, pero dejas de lado lo más importante que tiene el ser humano.

-¿Y qué es lo más importante?

-Los propios sentimientos.

Solté una risotada y lo miré con incredulidad. Ryoga, uno de los hombres más rudos que conocía, ¿me estaba hablando de sentimientos?

-Perdóname, Ryoga, pero me parece una soberana estupidez lo que acabas de decir.

-No lo considerabas una estupidez el primer día de enfrentamiento con el clan Kuno.

-No recuerdo haber dicho nada sentimental aquel día, sólo recuerdo haber dado órdenes de combate –mentí.

-Entonces escuché mal –contestó-. Y puede que también haya entendido mal las palabras de mi señor al decirme que la única mujer que había amado era a su joven esposa. Lo siento si soy insolente, pero creo que reconocer esa verdad es más digno de un gran señor que el ocultarla sólo porque el método de salvación de una joven mujer desesperada fue algo deshonroso para el hombre que la ama.

-Se equivocó y debe saldar su deuda conmigo –respondí amargamente-. Además, no creo que yo sea tan importante para la joven dama si tuvo la desfachatez de engañarme todo este tiempo.

-Estás ciego, mi señor –rebatió negando con un movimiento de cabeza-. Según lo que yo mismo he apreciado y lo que me ha contado su doncella…

-¡Ése es el motivo! –le interrumpí abruptamente-. Estás interesado en esa sirvienta y quieres interceder para que vuelva a su puesto, ¿no es así?

-Si así fuera, te lo pediría de otra forma.

-Te conozco, Ryoga. La sirvienta de la que se convirtió en mi esposa te interesa y quieres interceder por ella.

-Me tomaré la atribución de decirle a mi señor que se comporta como un idiota –respondió con un tono de voz solemne y ceremonioso-, pero dejaré que piense lo que quiera pensar. Solamente trataba de ayudarle a ver el error que está cometiendo al desatender las necesidades y peticiones de su propio corazón. Si yo quisiera mantener una relación con la dama Ukyo o con cualquier sirvienta del castillo, lo haría, siempre y cuando mis sentimientos fueran correspondidos.

-No te convendría para nada mantener tal relación –dije agradecido de que el rumbo de la conversación cambiara-. No sería bien visto que el comandante de mis tropas perdiera la cabeza por una sirvienta de tan baja categoría.

-No tendría una baja categoría si mi señor no se lo hubiera impuesto –contestó y me pareció notar algo de resentimiento en el tono de su voz-. En eso nos diferenciamos, Ranma. A mi me cuesta mucho reconocer mis sentimientos, pero cuando estoy seguro de ellos, no titubeo en luchar por alcanzar el objetivo aunque tenga que enfrentarme a las burlas y desaires de la sociedad. En cambio para mi señor, el honor es más importante que sus propios sentimientos; tanto es así que no duda en engañarse a sí mismo y huir de sus emociones.

Callé para no reconocer mi derrota ante tamaña verdad; callé para no aceptar frente a mi amigo de la infancia que efectivamente, él tenía toda la razón; y callé para tratar de no seguir dudando de mis propias acciones.

No hubo necesidad de decir nada para que Ryoga comprendiera que había asestado un golpe certero a mi atormentado corazón y a mi confusa razón, deliberadamente se fue rezagando en el camino, dejándome cabalgar una vez más en relativa soledad, sumido en mis propias meditaciones, tratando de encontrarle sentido a las decisiones que había tomado respecto de mi esposa.

Esposa; la palabra llegó de pronto a mi cerebro y la ansiedad creció en mi corazón en el preciso instante en que la imagen serena del rostro jovial de mi esposa tomó forma en mi memoria.

Ya sabía lo que debía hacer. Concurriría a la cita en la casa del lago, acompañaría a mis hombres por el tiempo que considerara prudente y luego, desharía el camino hasta llegar al castillo y hablaría con ella, rogando para que me perdonase y quizás, sólo si los dioses esta noche estaban a mi favor, lograría que todo volviera a ser como antes de la boda, cuando no tenía dudas de que ella sentía algo por mí.

Muy pronto mis pensamientos fueron interrumpidos por la cada vez más familiar voz de Mousse, que me indicaba que ya habíamos llegado al final de nuestro camino.

Asentí con un movimiento de cabeza y observé al frente.

La casa era una gran construcción de un único piso, con el techo conformado por baldosas de arcilla rojas que aún se apreciaban gracias a la iluminación de lámparas que colgaban de los aleros. Una puerta entreabierta dejaba al descubierto la luminosidad y la algarabía que salía desde dentro de la casa. Algunos hombres salían en evidente estado etílico del interior y otros entraban con la seguridad de quien ha hecho la misma acción muchas veces con anterioridad.

Bajé de mi caballo y de inmediato me vi flanqueado por Happosai, Ryoga y Mousse.

-No queremos que te suceda nada extraño, muchacho –escuché que decía mi maestro a un lado-, después de todo eres el señor de estas tierras y esta pequeña incursión pudo llegar a oídos del clan Kuno.

Sólo asentí y traté de serenarme mientras me disponía a ingresar al lugar. Sabía lo que encontraría tras esas puertas, pero no estaba seguro de que me sintiera cómodo, sobre todo porque mi intensión de escapar de aquel lugar y volver al lado de mi esposa se acrecentaba cada vez más en mi interior.

Avanzamos por la calle y dejamos que los mozos que nos habían acompañado se encargaran de los caballos. Además de mi maestro, mi amigo de la infancia y el extranjero que se había ganado un lugar en mi círculo más cercano, me acompañaban Sentaro, Toramasa Kobayakawa, uno de los notables más cercano a Happosai y tres hombres más de los altos rangos del clan.

Hice el camino en silencio, seguido por mis compañeros y al llegar a la entrada, un par de hombres que se encontraban a las afueras de la casa se postrernaron a mis pies. Abrí la puerta corredera que se encontraba a medio cerrar e ingresé al lugar sin prestarles atención a los hombres que permanecían con sus cabezas en tierra.

Me descalcé dejando mi calzado en el genkan; mis hombres hicieron lo mismo.

De inmediato llegaron a mis oídos las risas y voces festivas de quienes se encontraban en los salones del interior, el olor a licor y el dulzón aroma a flores se mezclaba en el ambiente.

Una jovencita que no aparentaba tener más de dieciocho años detuvo su andar pausado y se quedó paralizada mirándonos con curiosidad mientras una segunda jovencita chocaba a su espalda y la reprendía por haberse detenido tan abruptamente. La primera joven sonrió e hizo un gesto con la mano a su compañera para que callara y luego se arrodilló extendiendo sus manos por sobre su cabeza mientras su frente tocaba el suelo.

-Mi señor, es una sorpresa que nos honre con su visita –le escuché decir con una voz dulce y serena.

La segunda jovencita pareció haber sido azotada con una vara de bambú en la espina dorsal porque de inmediato y con una velocidad impropia de una mujer de su condición, imitó la posición de su compañera.

-Un verdadero honor, mi señor –complementó la joven que recién se había arrodillado.

-Creo que gané una apuesta –escuché decir a Mousse detrás de mi.

-¿Apuesta? –inquirí observando a las dos jóvenes que no se habían incorporado aún.

-Verás, mi señor –contestó Mousse-, nadie me creía capaz de convencer al señor de Nerima de acompañarnos una noche a la casa del lago.

-Entonces, ¿soy tu moneda de cambio, Mousse? –pregunté girándome para verlo a los ojos.

-No, mi señor –dijo atropelladamente-, yo solo…

Reí con ganas al verlo palidecer ante mi pregunta tratando de encontrar una excusa valida y que además le favoreciera. Mis hombres me secundaron al percatarse de que le había jugado una broma al joven extranjero quien se sonrojó furiosamente y fingió una sonrisa. Eso le demostraría que yo podía ser muy indulgente, pero hay veces que los comentarios inapropiados están de más.

-Damas, pueden incorporarse ya –dijo mi maestro y chambelán acercándose a las dos jóvenes geishas que permanecían postradas a nuestros pies.

Ambas se pusieron en pie al mismo tiempo, con agilidad y gracia; parecía un movimiento estudiado y empleado a menudo por las jóvenes. Las dos aparentaban tener la misma edad y vestían casi de forma idéntica, ambas con kimonos de seda roja con pequeñas flores blancas, sólo las diferenciaba el color de sus cabellos, negros y sedosos los de la primera chica que se había arrodillado y castaños los de la segunda.

-Ranma –dijo mi maestro con toda confianza-, te presentaré a estas muchachas. La dama Konatsu, experta en el arte de la interpretación con shamisen y la dama Tsubasa, con una voz tan dulce que encanta a cualquiera.

-Es usted muy amable con nosotras, señor Happosai –contestó la joven llamada Tsubasa.

-¿Gusta el señor Saotome y sus compañeros que les acompañemos al interior? –preguntó la joven llamada Konatsu haciendo un sutil gesto con una de sus manos.

Asentí con un movimiento de cabeza y pronto me encontraba siguiendo a las dos jovencitas al interior de la casa.

Avanzamos por un pasillo de madera muy bien mantenido y no pude evitar observar algunas de las puertas correderas que se encontraban cerradas sin dejar de preguntarme qué habría del otro lado.

Otras puertas en cambio se encontraban semiabiertas y desde adentro se podía escuchar música, charlas amenas y risas de hombres y mujeres por igual.

Al llegar casi al final del pasillo, Tsubasa abrió la puerta corredera y Konatsu nos indicó que ingresáramos al lugar.

-Aquí estarán más cómodos, mi señor –dijo reverenciando a nuestro ingreso.

La habitación era espaciosa y quizás la más grande existente en aquel lugar; las paredes estaban bien cuidadas y en dos de ellas existían grabados de garzas en vuelo, árboles floridos, montañas con nubes y un lago con sus aguas tranquilas. Seguramente el artista quiso plasmar el paisaje del exterior en la habitación, porque a pesar de que la noche ya había caído, tras las puertas que daban al jardín interior y que se encontraban abiertas, se podía apreciar el famoso lago que le daba el nombre a la casa y la vegetación que lo rodeaba.

El engawa que daba al jardín contaba con lámparas que iluminaban la noche, no obstante, era la luna llena la que le daba un toque mágico a los alrededores del lugar.

Me aseguré de sentarme cerca de la puerta que daba al jardín para observar el paisaje nocturno.

Observé que las esteras eran nuevas, tal vez recién cambiadas y me sorprendió comprobar una vez más la rapidez de movimiento de las dos anfitrionas, ya que apenas el último hombre que me acompañaba tomó asiento, ellas ya estaban preparadas para servirnos lo que seguramente había ordenado Happosai con antelación.

Konatsu batió sus palmas y de inmediato aparecieron unas sirvientas que dispusieron una hakozen frente a cada uno de nosotros. Las distintas preparaciones que contenían los chawan desprendían un aroma apetitoso que se fue mezclando con el aroma que ingresaba desde los jardines.

Entonces, la joven Tsubasa ingresó acompañada de cinco jóvenes más, quines se postrernaron al ingresar a modo de saludo.

-Señor Saotome –dijeron a coro las cinco jovencitas.

-Señor Saotome, mi señora envía a un ramillete de sus mejores flores para hacerle compañía a usted y sus acompañantes en esta noche –dijo Tsubasa.

-Muy agradecido estoy con la señora de la casa, dama Tsubasa –contesté con incomodidad, aunque creo que mi comentario fue el correcto ya que la chica sonrió agradecida.

-Mis compañeras –agregó-, Mariko, Asuka, Kaori, Kurumi y Natsume.

Las jóvenes tendrían entre dieciséis y veintidós años a lo sumo, pero indudablemente eran todas bellas.

Se fueron acomodando a nuestro lado, dejando que Konatsu, Tsubasa, Natsume y Kurumi, permanecieran de pie frente a nosotros.

Entonces, Konatsu se sentó sobre sus rodillas y tañó las cuerdas del shamisen que conservaba, Tsubasa se sentó a su lado y comenzó a cantar con voz dulce y armoniosa y las otras dos chicas empezaron a interpretar su danza.

Por un momento olvidé mis preocupaciones, comencé a disfrutar de la melancólica melodía que se interpretaba, de la compañía de las chicas, de mis hombres y del ambiente festivo que se había creado a mi alrededor, comiendo y bebiendo mientras observaba el espectáculo y entablaba conversación con mis acompañantes.

Mariko, Asuka y Kaori, entretenían y conversaban animadamente tanto conmigo como con mis acompañantes, pero de pronto y al ver el semblante serio y melancólico de Ryoga a mi lado, recordé la conversación que habíamos mantenido camino a la casa del lago y mi ansiedad volvió.

Yo había decidido volver esa misma noche al castillo para solucionar mis problemas con mi joven esposa y no podía permitirme el olvidarme de ello.

Apuré el sake que tenía en la mano y bajé el recipiente, de inmediato la joven Kaori se apresuró en llenar otra vez el vaso.

-Este licor de arroz que beben ustedes es bastante bueno –dijo Mousse muy alegremente. Al parecer, él ya había bebido bastante. Sonreí.

-Sí.

Los aplausos y vítores de los hombres que me acompañaban interrumpieron cualquier otra frase que hubiera querido decirle a mi interlocutor.

-Las hermanas terminaron su baile –escuché que decía Kaori a mi lado.

-¿Quiénes? –pregunté sólo por decir algo ya que en mi mente estaba elucubrando alguna estrategia para retirarme de la compañía de todos ellos sin levantar sospecha alguna.

-Kurumi y Natsume, son hermanas –respondió la chica con una sonrisa en los labios.

-¿Konatsu y Tsubasa también lo son? –pregunté enfocando mi vista en la joven de negra cabellera vestida de rojo.

-No, ellos no lo son, mi señor.

-¿Ellos? –inquirí dudando el haber escuchado bien.

-Sí, ellos –respondió sonriendo nuevamente-. Konatsu y Tsubasa son dos hökan.

Me habían engañado completamente. No era que me sorprendiera que dos hombres trabajaran como geisha, era muy común después de todo, lo que me sorprendía de verdad era el no haberme dado cuenta y por mis propios medios de su condición.

-Te engañaron a ti también, ¿verdad, mi señor? –se burló Happosai riendo a carcajadas-. Me preguntaba cuándo te darías cuenta de todo, pero a esta señorita siempre le ha gustado dejar en evidencia a las demás chicas.

Noté cómo Kaori fruncía los labios y se disculpaba con el pretexto de ir por más vino.

-Debo admitir que a todos nos engañan cuando las vemos por vez primera –continuó mi anciano maestro bebiéndose de un trago lo que quedaba en el recipiente que mantenía en su mano-. Tsubasa y Konatsu son los mejores köhan que me ha tocado conocer en mi larga vida y la dama dueña de esta casa debe sentirse orgullosa de contar con ellos a su servicio.

-Lo estoy, maestro Happosai.

La voz llegó a mis oídos como un susurro, aunque claramente alcancé a distinguir que se trataba de una voz femenina, joven y muy dulce.

Observé hacia la puerta corredera que daba al jardín en donde se encontraba el lago y allí, entre luces y sombras pude distinguir la silueta de una mujer que permanecía de pie, mirando fijamente al interior de la habitación que ocupábamos mis hombres y yo.

La vi avanzar con delicadeza hasta quedar frente a nosotros y de espaldas a las chicas que con el ingreso de ella, habían dejado de tocar, cantar y bailar.

-Mis respetos, señor Saotome –dijo con el mismo tono de voz dulce y susurrante que le había escuchado desde la puerta que daba al jardín-. Me presento. Soy la señora de esta casa y me honra recibir en mi humilde morada al señor de Nerima, cuya sola presencia me parece demasiada consideración para mí y mis chicas.

No hizo reverencia alguna, mucho menos se postró ante mí como el protocolo indicaba, simplemente permaneció de pie, con una sutil sonrisa en sus labios color carmesí y una mirada penetrante dirigida única y exclusivamente a mi persona.

A simple vista se veía tan solo unos años mayor que yo, algo poco habitual para ser la dueña de una casa de la categoría en la que nos encontrábamos.

Llevaba un kimono de la más delicada y costosa seda de un color rosa pálido moteado de pequeñas flores de cerezo y durazno. Su piel excesivamente blanca y sus ojos atentos y vivaces me hicieron caer en una especie de trance momentáneo. La familiaridad de sus rasgos era algo que me turbaba. Creía conocerla de algún lado ya que su rostro me era vagamente familiar, pero no sabía en dónde podría haberme encontrado con aquella inquietante mujer.

-Me había enterado de que en su casa encontraría lo que necesitaba para pasar una agradable velada –contesté con cortesía-. Quise comprobar si los rumores eran ciertos.

Ella asintió con un leve movimiento de cabeza y su larga cabellera se meció ligeramente; hasta ese momento no había notado el singular color de sus cabellos, simplemente muy atípicos en consideración al color de los cabellos de todas las damas que había conocido en mi vida.

-Espero que no se haya llevado una decepción, eso sería muy lamentable, mi señor.

-No, puedo afirmar que no ha sido ninguna decepción el concurrir a su casa.

-Me alegro mucho –dijo sonriendo amablemente-. La casa del lago siempre estará dispuesta a recibir al señor de Nerima, así como a todos los valientes hombres que pertenecen al clan Saotome.

-Se agradece tanta hospitalidad.

Ella hizo un amago de reverencia y volvió a sonreír, indicando a las chicas que habían permanecido imperturbables tras ella.

-Les dejo, señores, para que puedan seguir disfrutando de la compañía de mis chicas.

Dicho aquello, se alejó por la puerta principal meciendo sus cabellos al avanzar. Me quedé observándola hasta que vi cómo se cerraba la puerta y aun en ese momento, no pude quitar la vista de la puerta cerrada. ¿Quién era?, ¿de dónde la conocía?; estaba seguro de haberla visto antes, pero, ¿dónde? No podía recordarlo.

-Es muy bella, pero son pocos los que han conseguido disfrutar de una velada en su compañía –dijo Ryoga a mi lado, sorbiendo de su cuenco con los ojos cerrados.

-Sí, se dice que la dama de la casa del lago da cobijo a las mejores y más bellas mujeres solo porque ella ya no desea acompañar a los señores que vienen a visitar este lugar –agregó Mousse.

-Tampoco se le conoce algún amante fijo, como a otras damas –terció Happosai uniéndose a la conversación-. Tal vez si mi señor quisiera…

-Calla –dije de una forma más brusca de lo que hubiera querido.

-Solamente era una idea –agregó el viejo en su defensa-. Es muy normal que los hombres de alto rango tengan una mujer bella a su lado, sobre todo si ese hombre es un daimiyö.

-No necesito una concubina, Happosai –respondí airadamente-. Quítate esa necia idea de la cabeza.

-Sí, mi señor.

-Señor Saotome –dijo la chica que había vuelto a mi lado, levantando la vasija con el vino.

-Debería irme ya –contesté de mal modo mirando hacia fuera, la luna ya había cambiado de posición y se estaba haciendo tarde.

-Mi señor, ¿no despreciarás la última copa que te ofrece esta linda señorita? –terció Mousse, visiblemente achispado por el vino que había consumido-. Después de todo, la bella Kaori fue a buscar más vino para servirte y complacerte.

Muy a mi pesar, accedí y levanté mi tazón. Lo mismo hicieron quienes me acompañaban para llenar los suyos y luego, brindamos una vez más en la casa del lago. Después comprendería que no debía haberme dejado convencer por Mousse ni por nadie de permanecer por más tiempo en aquel lugar, pero las reconvenciones llegaron tarde, porque esa noche y en lugar de solucionar los problemas más íntimos que me atormentaban, los agudicé aún más con mis estúpidas decisiones.


El sonido del peine que utilizaba mi doncella para desenredar mis cabellos era lo único que se escuchaba en la habitación.

Ciertamente, la chica no había resultado ser un fastidio después de todo, pero aún no me acostumbraba a su presencia. Habían pasado las semanas y todavía me inspiraba desconfianza, no podía acostumbrarme a la idea de no volver a contar con las atenciones de mi anciana nodriza, de mi amiga Ukyo o inclusive de la soñadora Sayuri.

Yuka había resultado ser una doncella amable, tolerante y servicial, pero no confiaba en ella, por lo que me limitaba a ordenarle lo que quería que hiciera y a contestar con monosílabos a las preguntas o comentarios que consideraba insidiosos en demasía. Cierto que la chica no tenía culpa alguna, pero nadie me quitaba de la cabeza que había sido designada como mi acompañante con la única motivación de vigilarme y sonsacarme información.

Cuánto había sufrido y llorado la perdida de mis más fieles compañeras, aquellas que me habían acompañado desde mi niñez y que me habían arrebatado de tan brusca manera.

Estaba segura de que la idea había sido manifestada por el viejo maestro y chambelán. Él quería vengarse de mí por la afrenta cometida a su señor, y mi esposo, cegado por el orgullo herido había accedido a todas las indicaciones de Happosai. Así me lo había dado a entender el señor Hibiki en una de nuestras cortas conversaciones cuando le iba a solicitar permiso para alejarme del castillo hacia los jardines y bosquecillos de los alrededores, tal y como me había ordenado mi esposo.

También me había enterado por él que mis doncellas se encontraban bien; que Ukyo había demostrado su fortaleza y disposición con altivez, puesto que ejecutaba las labores que le encargaban con energía y sin protestar; que Cologne se mostraba indiferente a su nueva condición, exhibiendo una destreza pocas veces vista en una mujer de su avanzada edad para ejecutar el trabajo pesado que le encomendaban con frecuencia; y que Sayuri todavía se lamentaba por los rincones de su infortunio y lloraba cada vez que alguien le llamaba la atención por una labor mal realizada o cuando simplemente encontraba que la tarea a ejecutar era demasiado pesada o indecorosa para ella.

Pobre Sayuri, no creo equivocarme al pensar que ella jamás imaginó terminar así su aventura en compañía de mi hermana.

Suspiré pensando en ellas, lo que provocó la inmediata reacción de mi acompañante.

-¿Te hice daño, mi señora?

-No –contesté-, prosigue, por favor.

No había hablado demasiado con la chica esa noche, la verdad me encontraba sumida en mis pensamientos ya que por vez primera durante todos los días que llevaba alejada de mis compañeras y con la prohibición de hablarle a mi esposo, ese día había notado algunos cambios que para mí eran significativos.

La noche que el señor de Nerima me había despojado de todas las personas que me habían acompañado desde Kioto, yo había enterrado cualquier esperanza de que la situación en la que me encontraba diera un vuelco favorable, puesto que intuía que tarde o temprano, Saotome Ranma, daimiyö del dominio de Nerima se cansaría de mantener una farsa que no le beneficiaba en absoluto y tomaría la decisión de deshacerse de mí.

Recuerdo que aquella noche no pude dormir pensando en lo que sucedería en mi vida futura; no vislumbraba ningún atisbo de buena fortuna, todos mis pensamientos terminaban en horrendas conclusiones, y es que al ver esos ojos del color del mar tormentoso observándome con tanta frialdad y rencor, me convencí a mí misma que cualquier ilusión de volver a conseguir el favor del poderoso señor de Nerima se volvía vana e infundada.

Todo había acabado y de la peor manera, porque mil veces hubiera preferido morir a sufrir la indiferencia de quien había cautivado por completo mi corazón.

No obstante y pasados dos días desde que se había decidido mi destino en el castillo, la sorpresiva imposición de una nueva condición llegó para dañarme aún más.

Happosai, en su inmensa sagacidad descubrió que no todos en el castillo creían que el señor del mismo fuese feliz con su joven esposa; así me lo hizo saber y así lo percibí yo cuando comencé a observar actitudes y a escuchar algunos comentarios por parte de la servidumbre.

La solución que planteó Happosai fue sencilla pero demasiado perturbadora para mí y mi agitado estado emocional.

Tendríamos que fingir una excelente convivencia ante los extraños, yo debía aceptar con sumisión cada una de las acciones y comentarios del señor del castillo aunque estos fuesen ofensivos y lo más inquietante, mi esposo debía compartir habitaciones conmigo.

Me sobresaltó la idea de dormir en compañía de mi esposo puesto que no sabía qué esperar o a qué atenerme, además de desconocer si con esto, Happosai se refería solo a compartir la habitación o a aceptar, sumisamente como él nunca dejaba de recordarme, que Saotome Ranma, señor de Nerima, reclamara sus derechos sobre mí como su mujer.

El solo pensarlo me inquietaba y no era el hecho mismo de entregarme a un hombre con el cual estaba casada, después de todo ese era exactamente el papel que las mujeres desempeñábamos en la sociedad; nacíamos, vivíamos y nos educaban para ser esposas y madres de los vástagos de los señores. No, ese aspecto no era lo que me preocupaba, sino más bien el hecho de que el señor Saotome tuviera que compartir mi lecho a pesar de la animadversión que parecía tenerme.

Me aterraba que él pudiera utilizarme como un simple instrumento para conseguir sus propósitos sin pensar en mis propios sentimientos, es por eso que la noche del día que Happosai me comunicó las nuevas disposiciones, me sentía nerviosa, atemorizada y expectante a la vez. No sé cómo pude mantener la calma y fingir que todo iba bien ante los demás habitantes del castillo, el hecho es que cuando llegó finalmente la hora de recogerme en mis habitaciones, mis piernas temblaban y sentía mis ropas pegadas a mi cuerpo por una capa de sudor frío.

Pedí a Yuka que me dejase en la puerta de la habitación y ella pareció no tener mayores problemas y tampoco inquietarse. Las peticiones de la señora eran órdenes para las doncellas que la servían.

Ingresé a la habitación sin saber qué me esperaba y lo primero que vi fue la pequeña figura de Happosai, sentado en un montón de cojines apilados para parecer más alto y dando bocanadas a su pipa.

Tosí un par de veces por el humo de penetrante olor que despedía la pipa del anciano chambelán y luego observé la habitación. No había nadie más allí, solo Happosai y yo, el resto del mobiliario estaba dispuesto tal y como lo había dejado al abandonar la habitación esa misma mañana.

-Descuida –le escuché decir al anciano-, él no llegará hasta entrada la noche.

Asentí con un movimiento de cabeza y me quedé de pie en el lugar, como si mis pies estuvieran aferrados al suelo que pisaba.

-Te estaba esperando para comunicarte dos cosas, mi señora –volvió a hablar Happosai-. Mi señor aceptó dormir en este cuarto siempre y cuando se respeten sus disposiciones.

-Puedo preguntar cuáles son esas disposiciones –me escuché decir sin saber si estaba consiguiendo disfrazar el temor en el tono de mi voz.

-No es nada complicado –respondió haciendo una pausa para llevarse la pipa a los labios nuevamente-. Tengo órdenes de dividir esta habitación.

-¿Dividirla?

-No creerás que después de lo que hiciste, mi señor tenga alguna intención de compartir el lecho contigo, ¿no? –dijo observándome directamente y pude ver la malicia reflejada en sus pequeños y negros ojos.

Sus palabras golpearon tan fuerte mis sentimientos y mi amor propio que juro no entender cómo pude permanecer de pie y articular una respuesta.

-Por supuesto que no lo esperaba –me obligué a decir.

Pero no podía engañarme, la confirmación de que el señor del castillo me odiaba a tal punto de no querer acercarse a mí, dolió, y dolió tanto que tuve que aguantar las lágrimas que amenazaban con abandonar mis ojos y empuñar mis manos para que mis uñas se enterraran en la palma y así, mitigar con dolor físico el dolor que estaba sufriendo mi corazón.

-Bien, muchacha –sonrió el anciano-. Demuestras ser una chica lista. El asunto es el siguiente, cada noche y para que ambos puedan tener algo de privacidad, se instalará aquel biombo que puedes ver allí al medio de la habitación, así, ninguno de los dos podrá decir que su espacio es invadido.

-Bien –comenté.

-Tendremos que soportar esta estupidez hasta que Ranma decida qué hacer contigo más adelante –comentó más para sí mismo que para que yo le escuchara-. Lo otro –continuó bajándose de un salto de los cojines apilados y acercándose a mi lado-. Toma esto.

-¿Qué es? –cuestioné recibiendo de las manos del anciano un pequeño recipiente de porcelana tapado.

-Creo que no debo explicarte lo que se espera de una joven casada la primera noche que pasa junto a su esposo ¿no? –me sonrojé al comprender lo que el hombre que me miraba con diversión daba a entender-. Señora, discúlpame por ser tan poco sutil pero como no tenemos a nadie de confianza que te ayude a ejecutar con éxito la farsa que pretendemos montar a causa de tu insolente comportamiento, me he visto en la obligación de darte las instrucciones yo mismo.

El viejo disfrutaba humillándome de aquella manera, con justa razón no me había fiado de él cuando lo conocí por vez primera. Observé el recipiente que sostenía en mi mano y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

-Deberás esparcirlo en tu futón antes de que la dama Yuka venga por la mañana a servirte –dijo pasando por mi lado en dirección a la puerta-. Y por si te interesa saberlo, el recipiente contiene sangre de cerdo.

Creo que el muy astuto percibió mi sobresalto porque continuó hablando con falsa preocupación.

-Tranquila, el cerdito que salvaste en el templo de ruiseñor y que obstinadamente hiciste que tu doncella trajera hasta acá se encuentra bien, la sangre es de otro animal; no soy tan mala persona después de todo –acotó-. Señora, recuerda que permaneces en este castillo gracias a la bondad de mi señor, de lo contrario ya no estarías con vida, pero, debo insistir en que toda esta farsa se mantenga y se lleve a cabo a la perfección, de lo contrario, no solo tú estarás en problemas, también pondrás en aprietos a todo el clan.

-Lo sé –murmuré bajando la cabeza; el cálido líquido que vertían mis ojos corría libremente por mis mejillas sin poder hacer yo nada por evitarlo.

-Asegúrate de hacer todo lo que te indiqué, en especial con el contenido de aquel recipiente. Confío en que así acallaremos los rumores que han circulado por el castillo.

No le vi marchar, tampoco sentí la puerta cerrarse, sólo me concentré en acercarme a mi futón, depositar el recipiente al lado de mi cabecera y cambiarme rápidamente para dejar que mi alma se liberase a través del llanto ahogado.

Esa noche no sentí llegar a mi esposo, seguramente me quedé dormida antes de escucharle a causa del llanto.

Antes del alba me desperté y me levanté con cautela para comprobar si estaba sola en la habitación, él se había marchado, así que antes de que Yuka se anunciara al otro lado de la puerta, me dispuse a desplegar el denigrante plan que Happosai había dispuesto para que nadie volviera a sospechar. Destapé el recipiente y el olor a sangre fresca me envolvió al instante por lo que tuve que llevarme una mano a la nariz. Con algo de repulsión esparcí el contenido del envase en la tela del futón y guardé el recipiente en un lugar seguro a la espera de una oportunidad para librarme de él.

Desde ésa mañana ya no habrían más comentarios ni cotilleos en el castillo puesto que la niña que había llegado desde Kioto se había convertido en la mujer del señor de Nerima; para el resto de los habitantes que conformaban el clan ya no había dudas, yo era la señora del castillo y esposa de su señor.

Para mí, así como para los pocos que estaban en conocimiento de los planes de Happosai, la verdad era una totalmente distinta, pero todos estuvimos de acuerdo en seguir con la farsa.

Esa noche tampoco sentí llegar a mi esposo, pero al tercer día descubrí que ingresaba casi sin hacer ruido a la habitación y se acostaba rápidamente.

Comenzó a hacerse un hábito en nuestra convivencia; de día fingíamos que éramos un matrimonio normal, o por lo menos yo lo hacía ya que él siempre encontraba algún pretexto para incomodarme y yo debía tragarme mi orgullo y soportar de la forma más estoica posible sus malos tratos.

De noche, yo me retiraba a la habitación que compartíamos, dejaba que Yuka me ayudase a prepararme para dormir y luego la despedía. Acomodaba el biombo divisorio en la mitad de la habitación, luego me acostaba y esperaba, a veces por mucho rato, otras veces poco, pero siempre igual, él abría la puerta con sigilo e ingresaba casi sin hacer ruido, se dirigía rápidamente a su lado de la habitación, extendía su futón y se dormía.

No había intercambio de palabras, no había una frase de buenos deseos, éramos dos extraños que compartían obligadamente una habitación por las noches.

Así fueron pasando los días, luego las semanas y ningún cambio se apreciaba en nuestra relación.

La frialdad con la que el señor del castillo me trataba me dolía en lo más profundo de mi ser, siempre me encontraba cuestionándome si las veces que había notado algo de cariño en sus ojos, si todos aquellos gestos de generosidad hacia mi persona realmente habían existido o tan solo se había tratado de un engaño de mis ojos y de mi propio corazón.

Poco a poco me iba convenciendo de que eso era justamente lo que había sucedido; yo, con mi inexperiencia y mis profundas ansias de ser amada me había engañado, había malinterpretado todos los indicios que el señor de Nerima me había dado con anterioridad. Quizás él solamente trataba de ser gentil, de hacerme sentir bien pensando en que era su prometida.

Pero entonces, ¿por qué notaba cierto nerviosismo cada vez que estábamos a solas?, ¿por qué sentía que él trataba de evitarme? Estas interrogantes venían con regularidad a atormentarme puesto que no conocía las respuestas y ya no tenía a nadie con quien compartir mis inquietudes.

Fue así como esta misma mañana me sorprendió la actitud de mi esposo al mostrar una preocupación casi obsesiva por mi persona.

Había querido dar un paseo por la arboleda que rodea el castillo, por lo que solicité el debido permiso a Happosai y salí a caminar junto a Yuka. Las hojas de los árboles ya habían cambiado de tonalidad variando entre colores rojos, pardos y amarillos, lo que le daba al paisaje un encanto especial que me gustaba apreciar.

Las hojas secas se amontonaban en los senderos y disfrutaba del sonido que emitían al pisarlas y el aroma que expelía la tierra húmeda de los alrededores. Sobre nuestras cabezas, un cielo claro aunque moteado de nubes bajas y blancas hacían que constantemente levantara la vista disfrutando de las formas esponjosas que se desdibujaban a contra luz de un pálido y poco caluroso sol de fines de otoño.

-¿No sientes frío, mi señora?

-No –contesté escuetamente.

Yuka siempre trataba de entablar conversación conmigo y no la culpo, pero hay momentos en los que no es agradable que interrumpan nuestras meditaciones.

Avanzamos un poco más por un sendero especialmente inclinado y entonces pude escucharlo claramente.

Observé preocupada a todos lados tratando de identificar desde dónde provenía el sonido hasta que divisé la pequeña figura en la copa de un árbol que ya había perdido gran cantidad de sus hojas.

Avancé rápidamente en dirección al árbol y me quedé observando hacia arriba. Yuka llegó a mi lado agitada y con evidente preocupación.

-¿Qué…?

-Está atrapado –dije adelantándome a la pregunta-. No puede bajar.

Ella observó la copa del árbol y sonrió con socarronería.

-Es solo un gato –dijo quitándole importancia al asunto.

Yo por el contrario, trataba de decidir la mejor forma de ayudar al pobre animalito. Lo llamé empinándome lo que más pude con mi brazo extendido y logré que bajara a una rama de poca altura, pero allí se quedó, asustado por el movimiento de las otras ramas y cohibido por nuestra presencia.

En ese momento decidí que era mi deber hacer algo por el pobre animalito y, como tantas veces lo había hecho cuando era una niña, remangué mi kimono lo suficiente para que no me estorbase y subí con algo de dificultad a la rama más baja del árbol ante la desorbitada mirada de desconcierto de mi doncella.

Sus gritos y aspavientos me hubieran hecho mucha gracia en otras circunstancias, pero yo estaba tratando de salvar a un animalito asustado y el escándalo provocado por Yuka no me estaba ayudando.

-¡Calla de una vez o tendré que castigarte! –le grité a la vez que me acercaba con cuidado al lugar en donde permanecía el gatito asustado.

Ella dijo algo entre sollozos y crispó los dedos de sus manos. Tenía razón, pensé, su deber en el castillo era cuidar de mí y si algo me sucedía, a la primera persona que culparían sería a ella.

Aparté esa idea de mi cabeza y me esforcé por alcanzar al animalito hasta que conseguí mi objetivo. El gatito se aferró a mi pecho con sus cuatro patas y lo acurruqué contra mi cuerpo.

-Tranquilo, ya pasó –le hablé acariciándole el lomo-. Ahora tendrás que ayudarme porque debemos bajar de aquí.

Miré hacia abajo y me percaté de que la altura era considerable; no había trepado a una rama tan baja después de todo.

-Yuka, tendrás que ayudarme a bajar –dije observando a mi acompañante.

-Señora, no debiste subir allí –censuró-, los gatos suben y bajan de los árboles solos.

-Éste es muy pequeño, apenas si cuenta con dos o tres meses –me justifiqué-, y tiene miedo. Ahora, ayúdame a bajar.

-¿Cómo? –cuestionó.

Una buena pregunta porque no tenía el menor indicio de cuál sería la manera menos peligrosa de bajar.

-Trataré de descolgarme por esta rama utilizando mis manos y tú recibirás mis piernas para ayudarme a tocar el suelo.

-¿Y si no funciona?

-Funcionará.

Tomé al gatito con una de mis manos aprisionándolo contra mi pecho, pasé mis piernas a un lado de la rama y traté de bajarlas lentamente afirmándome con mi otra mano de la rama, pero al intentar alcanzar con mis piernas las manos de Yuka, mi kimono se desprendió de donde yo lo tenía sujeto y cayó con pesadez sobre la cabeza de mi compañera, por lo que le escuché propinar un gemido involuntario y luego resbaló cayendo al suelo y rodando un unos cuantos pasos por el inclinado sendero.

-¡Yuka! –me escuché gritar más preocupada por ella que por la incómoda posición en la que yo me encontraba.

En ese instante la rama crujió y lo único que pude hacer fue cerrar los ojos rogando para que resistiera mi peso un poco más.

El infortunio quiso que la rama no resistiera más y se quebrara desde el inicio. No tuve otra opción, me solté protegiendo al gatito con ambas manos y pidiéndoles a los dioses que no me hiciera tanto daño al caer al húmedo terreno a los pies del árbol.

Los dioses cumplieron porque no sentí la caída, es más, ni siquiera toqué el suelo ya que sentí cómo me rodeaban la cintura y permanecía allí, con mis pies a unos cuantos palmos del suelo, mi cabeza apoyada en un hombro que no era el mío y escuchando el resuello de alguien que sin duda había recorrido una gran distancia en poco tiempo, alguien que distaba mucho de ser una menuda mujer como lo era Yuka, alguien que al parecer no pretendía soltarme, alguien que me estaba dando espacio para que me alejase un poco y pudiera observar su profunda mirada gris azulada.

Suspiré involuntariamente cuando me di cuenta que era mi esposo el que me mantenía aprisionada en un abrazo.

-¿Qué se supone que estabas haciendo? –preguntó con preocupación, o eso me pareció.

No respondí, no porque no quisiera, sino porque no podía. El mismo hombre que formulaba la pregunta me había dado la orden de no hablarle si él no lo solicitaba, así que mordí mi labio inferior y traté de no demostrarle lo dichosa que me sentía ante su cercanía.

-¿Qué hacías, señora? –insistió-. Pudiste haberte matado.

Abrí la boca un par de veces como si intentase articular una frase, pero las palabras no salieron. Seguro parecía un pez fuera del agua.

-Ah, sí, entiendo –dijo como si también a él le molestase aquella estúpida regla que él mismo me había impuesto-. Puedes hablarme.

-Quise salvar a un animalito indefenso –dije bajando la mirada. Había mantenido al gato todo ese tiempo tranquilo entre mis manos-. No pensé que sufriría este percance.

-¿Un animal? –preguntó-, ¿qué clase de…?

Me soltó como si hubiese sido mordido por una víbora y caí sentada al suelo por el imprevisto movimiento, aunque no fui la única puesto que él también trastabilló y cayó de lado apoyando una rodilla en el suelo.

-¡Un… un gato!

-¡No tenías por qué dejarme caer de esa manera, mi señor!

-¡Un gato! –volvió a decir.

-Sí, y de ahora en adelante será mí gato –dije levantándome con el gato todavía sujeto en mis brazos.

Él se incorporó de un salto y observó al pequeño animalito con una mezcla de repulsión y temor reflejado en su rostro.

-No puedes quedarte con él -sentenció.

-¿Por qué? –pregunté genuinamente interesada-. Yo lo encontré y lo salvé, así que es mío. Me parece que será una buena compañía para mis días y noches de soledad –terminé de decir acomodando el tibio cuerpo del felino entre mis brazos; éste comenzó a ronronear complacido.

-Simplemente no puedes llevarlo al castillo.

-¿Otra prohibición, mi señor? –cuestioné mirando a mi esposo directamente a los ojos.

Él no contestó aunque pude intuir que se encontraba incómodo ante la situación que se estaba desarrollando en aquel sector.

-Si mi señor agrega la orden de no quedarme con el gato a la larga lista de prohibiciones que debo recordar diariamente, entonces me veré en la obligación de abandonar al animalito a su propia suerte aun cuando haya salvado su vida, de lo contrario me gustaría mucho quedarme con él.

Luego de un momento en que lo vi empuñar sus manos, fruncir el ceño y apretar sus labios como si estuviera sosteniendo una lucha interna, volvió a dirigirme la palabra.

-Está bien, puedes conservar el gato.

Sonreí ilusionada y me llevé el cuerpecito del felino al rostro para sentir la suavidad de su piel mientras le hablaba como si se tratase de un niño.

-Te quedarás a mi lado y ni tú ni yo volveremos a estar solos.

Para cuando bajé nuevamente al gatito a la estabilidad de mis brazos y volví la vista hacia mi esposo, él me observaba con una media sonrisa en los labios y acaso fue mi imaginación, pero estoy casi segura de que su hasta antes de aquel encuentro, fría mirada, se volvió cálida y llena de ternura.

-Gracias –murmuré, y puedo asegurar que mis mejillas estaban completamente sonrojadas en ese momento.

-Solo asegúrate de que no me tope con ese animal en el castillo –contestó con una voz suave que por esos días ya no le escuchaba con frecuencia-. No me gustan los gatos –continuó ante la muda pregunta que había formulado con la mirada-, es más, me inspiran desconfianza. Siempre con esa mirada de saberlo todo, esa actitud despectiva y autosuficiente… como si estuvieran planeando algo. No me gustan.

Luego hizo un gesto de despedida con su cabeza y emprendió el camino de vuelta al castillo.

Le observé marchar sin voltearse y pude escuchar la voz de mi doncella a mi lado.

-El señor Saotome tiene razón, los gatos no son confiables.

Me sobresalté al oír sus palabras puesto que había olvidado por completo que me encontraba acompañada por Yuka en aquel paraje.

-Lo tendré en cuenta –dije recobrando un talante indiferente-. Vamos, regresemos al castillo, debo darle de comer a mi nuevo amigo.

Sonreí recordando aquella situación en particular la cual se había desarrollado esa mañana.

Yuka finalizó con las atenciones que le brindaba a mis cabellos y dejó el peine a un lado para tomar un trozo de cinta y atarlos a mi espalda.

-¿Está bien así, mi señora?

Asentí con un movimiento de cabeza y enderecé mi espalda. Ya estaba lista para la representación nocturna una vez más.

-Sí, así está bien –dije en un susurro-. Gracias, Yuka. Ya puedes retirarte.

No me volteé a verla pero puedo asegurar que hizo una profunda reverencia antes de salir de la habitación. Sentí la puerta corredera cerrarse y los pasos de mi doncella se alejaron por el pasillo.

Exhalé un suspiro y me puse en pie para terminar de arreglar el escenario de la representación nocturna del matrimonio feliz. Lentamente me acerqué donde reposaba el biombo que dividía mi espacio del que ocupaba mi esposo. Observé los paneles divisorios y me quedé hipnotizada por las pequeñas aves dibujadas a tinta en la cubierta del biombo.

Mi cerebro nuevamente comenzó a lucubrar ideas de las cuales sabía no contaba con fundamentos fehacientes para sostener, pero en la ilusión de que tal vez las pequeñas señales que nuevamente comenzaba a observar en el comportamiento de mi esposo respecto al cambio en su actitud distante conmigo, podían darme la certeza futura de que nuestra relación conseguiría volver a ser la misma de antes, cuando todo parecía indicar que estábamos destinados por los mismísimos dioses a conformar un matrimonio feliz.

Cerré mis ojos y llevé mis manos al pecho; una involuntaria y anhelante sonrisa se dibujó en mi rostro al recordar el momento en que serví el té a mi esposo esa noche, cuando volví a descubrir en sus ojos un esbozo de ternura al observarme.

El ser consiente de ello me llevó a cometer torpezas en el manejo de los utensilios que hasta aquel momento había logrado controlar.

Fue entonces que decidí que los nervios no me dominarían y me obligué a concentrarme en mi labor. A pesar de ello, notaba cómo sus ojos seguían cada uno de mis movimientos, atentos y con una intensidad que iba en aumento. Cuando finalmente le ofrecí el brebaje, él cogió en cuenco y nuestras manos se rozaron.

Apenas fue un momento pero bastó para que nuestras miradas se encontraran y el rubor que subió desde mi cuello hasta las raíces de mi cabello en forma de calor fue tan intenso como el que noté en su rostro.

Esquivó mi sorprendida mirada y ocultó su rostro tras el cuenco que contenía el té recién preparado para él.

El silencio que nos rodeaba no era incómodo, al contrario, se transformó en un silencio cómplice que me envolvió por completo.

Quería que ese instante no terminara jamás, daría lo que fuera para que aquel momento se hubiera extendido para siempre.

-Akane –murmuró y me pareció que con su voz acariciaba mi nombre.

Tuve que inclinar mi cabeza hacia delante simulando que asentía, pues inexplicablemente a mis ojos asomaron lágrimas al escuchar su nombre pronunciado con tanta dulzura.

-Sabes que mañana parto al sur –comentó.

Volví a asentir sin emitir palabra alguna.

-Antes, he de hablar contigo –se llevó una vez más el cuenco a los labios-. Pero no aquí.

No volvió a hablar. Luego de un momento se disculpó, agradeció por el té y la compañía y se levantó para irse.

Sus hombres lo esperaban y cenaría fuera del castillo.

Le escuché abrir la puerta de salida y cuando levanté la vista para observarlo salir de la habitación me percaté que permanecía de pie observándome.

Su mirada me atravesó desde la puerta y luego de hacer un amago de reverencia a modo de despedida, cerró la puerta tras de sí.

¿Acaso mi esposo se estaba fijando en mí?

En aquel momento no quise descartarlo pero tampoco me atrevería a asegurarlo, ya había sufrido bastante haciéndome ilusiones que finalmente no se habían cumplido como para no haber aprendido la lección.

Sin embargo ahora, cuando los frescos recuerdos de este día en particular vuelven a embargarme, la esperanza de que el anhelo de mi corazón se transforme en realidad cobra mayor fuerza sobre todo mi ser.

Decidí esperarle, decidí no extender el biombo divisorio y decidí que podría ocupar el pretexto de la conversación que él quería mantener conmigo para indagar un poco más respecto de sus verdaderos sentimientos hacia mí esa misma noche.

Fue así como, en lugar de acostarme en mi futón como cada noche hacía, me dirigí a la puerta corredera que daba al jardín y la dejé medio abierta; hacía frío pero me daría la facilidad de descubrir cuánto tiempo pasaba para que él llegase mediante los movimientos de la luna llena en el cielo nocturno.

Me arropé con una manta acolchada y me senté sobre mis rodillas de frente a la puerta observando la preciosa y gigante esfera de luz plateada que resplandecía en la oscuridad del cielo nocturno.

Allí esperé la llegada de mi señor; esperé por la confirmación de una esperanza; esperé para que una ilusión se hiciera realidad.

Pero la espera fue en vano. Sólo sirvió para contemplar los cambios de la luna en el cielo y confirmar que me había equivocado una vez más.

Cuando las primeras luces del alba hicieron su aparición y quedó en evidencia que mi señor no regresaría, las lágrimas anegaron mis ojos y buscaron libre paso por mis mejillas.

No sé qué fue lo que me impulsó a levantarme, calzarme las sandalias y salir al exterior, el hecho fue que sentí la necesidad de caminar, escapar de esas cuatro paredes que me aprisionaban y agobiaban.

Sin darme cuenta avancé por los patios y caminos interiores, cubierta con una de las yukatas de algodón que utilizaba para dormir y arropada con la manta acolchada con la que me había cubierto en infructuosa espera de mi esposo en mi habitación.

De pronto, el bufido de un caballo llamó mi atención y me sorprendió lo mucho que había avanzado sin darme cuenta.

Avancé y pude observar el negro pelaje del caballo que habían destinado para mi señor luego de que éste perdiera a su aguerrido semental en la batalla contra el clan Kuno.

Tras la cerca de madera permanecía el animal, inquieto e indómito; yo sabía que el domador de caballos había tenido muchos problemas con el joven semental, era tan salvaje que no se dejaba adiestrar, sin embargo mi señor no había querido acceder a que le entregaran otro animal que no fuera aquel que me observaba a lo lejos, como si se preguntase qué estaba haciendo yo allí.

Me acerqué un poco más a él, las lágrimas se habían secado en mi rostro con la brisa que soplaba, aún así me pasé una mano por el rostro para retirar el vestigio del agua salada que había derramado.

Acaso ese movimiento inquietó al animal que piafó un par de veces y relinchó, pero no se alejó de donde permanecía observándome.

-Tranquilo –dije cuando por fin llegué a su lado en la cerca de madera-, yo también sufro encerrada en este lugar.

El caballo no se alejó, bufó una vez más e hizo un movimiento brusco hacia delante y hacia atrás con su cabeza, lo cual hizo que sus crines rozaran mi propio cabello.

Dejé caer lentamente la manta acolchada a mis pies y alargué mi brazo para alcanzar la cabeza del animal. Sonreí al comprobar que el negro corcel se dejaba acariciar la cara.

-Así está mejor, no te haré daño.

El caballo emitió un sonido en contestación y pateó el suelo con una de sus patas delanteras.

Fue en ese momento que decidí que domaría mi corazón, tal y como se domaba a un caballo.

Allí, con el sol saliendo para dar comienzo a un nuevo día y observando la bella figura del animal que tenía en frente, prometí que nunca más me dejaría engañar, que tal y como se adiestraba un caballo de combate, adiestraría mis propios sentimientos para que nadie, ni siquiera el señor de Nerima pudiera herirme jamás.

Yo era Akane Tendo y no me dejaría vencer por un amor no correspondido.

-Antes muerta –murmuré y el animal volvió a relinchar haciendo el mismo movimiento de afirmación con su cabeza.

Sonreí al imaginar que un animal tan salvaje como aquel me estaba dando a entender que había tomado una sabia decisión.

Cuando el señor de Nerima volviera de su viaje hacia el sur, encontraría a una esposa muy distinta. Hice la promesa ahí, con el caballo de combate como único testigo de aquel juramento.


De pie junto a la puerta de ingreso a la habitación se encontraba la mujer observando con una imperceptible sonrisa de triunfo la escena que se desarrollaba frente a ella.

En verdad no había mucho que ver, pensó la mujer, salvo unos cuantos hombres dormidos en distintas posiciones sobre el cuidado tatami de la habitación.

Sonrió con mayor amplitud al comprender que su plan había resultado todo un éxito y sus disposiciones se habían cumplido a cabalidad.

-Mi señora –habló una suave voz femenina a espaldas de la mujer.

-Cobíjenlos –respondió con una voz no exenta de frialdad-. A todos por igual. No queremos que se diga que en la casa del lago no somos hospitalarias con nuestros invitados.

Entonces, tres jovencitas ingresaron a la habitación y fueron cubriendo con mantas acolchadas uno a uno a los hombres que permanecían recostados en el suelo tal y como si se tratase de fruta caída a los pies de un árbol.

Cuando el cuerpo del último hombre estuvo cubierto, la mujer hizo un gesto con su mano y de inmediato las tres chicas salieron raudas de la habitación sin hacer el menor ruido.

Los ojos de la bella mujer centellearon al enfocarlos en el rostro sereno del señor del dominio, quien se encontraba dormido y totalmente indefenso a merced de cualquiera que quisiera atentar contra su vida.

Sería tan fácil acabar con él. Un solo golpe y dormiría para siempre; un solo corte y su apuesta y codiciada cabeza terminaría separada de su cuerpo, sin que él se enterase jamás de lo que había sucedido. Sonrió.

No, aunque la idea tentaría a cualquier vulgar asesino, ella estaba por sobre todo aquello. Quería que él pagase su deuda, quería hundirlo y expulsarlo del mundo al cual nunca debió siquiera llegar, quería cobrar venganza pero no lo haría de la forma fácil, porque sabía que si su plan se articulaba de la forma que ella había ordenado, no solo cobraría venganza, sino que también lograría hacer caer a todo el clan Saotome y acaso al clan Kuno como efecto secundario. Sería maravilloso ver a los dos clanes destrozados por una mujer. Así, los impetuosos y arrogantes señores de la guerra, llenos de tradiciones y de privilegios mal avenidos en su mayoría, aprenderían a respetar a quienes no pertenecían a su intachable casta.

Sí, sería una implacable lección la que conseguiría darles a todos ellos y una venganza digna y gloriosa con la cual saldar las cuentas pendientes de un pasado que el hombre que se encontraba dormido en el suelo de su casa no parecía recordar. Sea como fuere, ella se encargaría de dilucidárselo cuando llegara la hora de acabar con él. De momento, trabajaría en conseguir que todo siguiera el camino de perfección que había logrado encausar.

-Señora.

La voz masculina se escuchó suave y con un dejo de preocupación.

-No, Mousse –contestó ella sin dirigirle la mirada al joven que permanecía de pie a un costado-. Todavía no.

-Creí que tu objetivo sería librarte de tu tormento una vez que estuviera a tu alcance –comentó observando el semblante sereno del que se había convertido en su señor hacía tan poco tiempo atrás.

-Librarme de mi tormento –dijo ufanamente-. Sí, llegará ese día, querido amigo, pero antes, mi intención es hacerle sufrir.

-El sufrimiento… un padecimiento del cual ni tú ni yo hemos estado libres.

-Sí, y ahora con tu valiosa ayuda, él tampoco lo estará.

-¿Qué piensas hacer, mi señora?

-A veces, no basta con quitarle sus tierras y posición a un hombre como Saotome Ranma, Mousse –dijo reflexivamente-. Sé cuál es la naciente debilidad de nuestro señor y me aseguraré de hacer de ella un instrumento para provocarle un dolor –se interrumpió de improviso y el joven chino se volteó para mirarla de frente-, aquí –terminó de decir poniendo su delicada mano en el pecho del joven que permanecía frente a ella.

Él le regaló una mirada desconcertada y ella solamente sonrió subiendo su mano lentamente hasta alcanzar el rostro del joven.

-Has sido mi más leal amigo, Mousse. ¿Desde hace cuánto nos conocemos?

-No lo recuerdo con exactitud, mi señora.

-Tampoco yo –dijo de forma meditabunda-. Ahora necesito que le quites al señor de Nerima su bolsa y una prenda de su ajuar. Un pañuelo estaría bien.

-¿Y después?

-Después te encargarás de convencer a todos estos señores de que bebieron más de la cuenta y cayeron dormidos sin posibilidad de regresar al castillo. Las chicas pueden ayudarte.

-Partiríamos temprano hacia el sur, pero ahora…

-Lo harán. Debes convencer a Hibiki de que es lo mejor que pueden hacer. La siguiente jugada en el tablero depende de ello. La señora del castillo deberá encontrarse sola cuando las prendas olvidadas de su esposo en la casa del lago sean devueltas.

-Sí, mi señora.

El joven extranjero se disponía a cumplir las órdenes de la mujer de larga y exótica cabellera, pero ésta le detuvo tomándolo del antebrazo.

-Hiciste un buen trabajo, amigo mío –dijo con melosa voz-. Antes de que estos señores despierten podrás disfrutar de tu recompensa si así lo quieres.

-Siempre tan generosa con tu servidor, mi señora –contestó haciendo una leve reverencia.

-Soy generosa con quien lo merece, lo sabes, Mousse.

-Lo sé.

El joven se acercó al lugar en que permanecía tendido el señor del dominio y se acuclilló a su lado. Levantó la vista hacia la puerta y comprobó que la mujer se había retirado sin hacer ruido.

-"Heme aquí –pensó-. Podría acabar contigo ahora y librar a mi señora de una vez de tu existencia, pero ella no quiere que sea así."

Hurgó entre las ropas del joven señor de Nerima y encontró lo que buscaba, un fino pañuelo de suave seda y una pequeña bolsa que tintineó con las monedas que había en su interior.

-Me pregunto qué puedes haberle hecho para que mi señora te odie con tanta intensidad –murmuró observando el rostro del joven guerrero.

-Akane… -balbuceó Ranma.

Mousse sonrió con pesar. Intuía que el joven señor amaba a su esposa aunque no lo demostrara abiertamente y así se lo había transmitido a la señora de la casa del lago en uno de sus muchos informes, pero no entendía el por qué de las acciones del daimiyö.

Si él estuviese enamorado de una dama y esa dama fuera su esposa, no se apartaría de su lado para recrearse en una casa como esa, mucho menos si sabía que al día siguiente debía partir a un viaje que siempre resultaba con destino incierto. Después de todo, los tiempos que corrían resultaban peligrosos para los grandes daimiyös de las islas que componían ese extraño país en el que estaba obligado a permanecer. Suspiró.

-En algo nos parecemos, señor Saotome –dijo al instante que se ponía en pie-. Ambos sufrimos y sufriremos por el amor de una mujer.

Observó los objetos de los que había despojado al guerrero descansar en su mano y luego miró hacia fuera. Todavía no amanecía pero ya pronto comenzarían a aparecer los primeros rayos del sol. Debía darse prisa.

Salió raudo de la habitación y sin mirar atrás, se perdió por los pasillos de la casa que tan bien conocía.

Afuera, los pálidos rayos de luna comenzaban a extinguirse para dar paso a un nuevo día.

Y ese naciente día traería unas cuantas consecuencias a la vida del joven matrimonio Saotome; consecuencias que ni ellos mismos serían capaces de vislumbrar.


Notas finales:

1.- Por fin salió. Realmente pensé que no lograría ordenar las ideas y sacar el capítulo, pero finalmente lo conseguí. Además, debo decir que me he superado, digo, la última vez pasó un año antes de poder actualizar… ahora fueron solo meses XD. Aún así, vayan mis disculpas por la tardanza.

2.- Como pueden apreciar, estoy tratando de incorporar a distintos personajes del mundo de Ranma ½ (ya sea que aparecen en el manga, el anime, ovas o en todas las anteriores), esto con la finalidad de reducir al máximo los personajes creados por esta cabecita loca, es decir, yo. La verdad, no es porque me desagrade la idea de dar vida a personajes propios, pero siento que en esta historia pesa más la adaptación de la obra original a la incorporación de nuevos chicos y chicas. Además, como son varios secundarios los que he ido incorporando, pienso que es más fácil para el lector si ya se encuentra familiarizado con los nombres.

3.- Las raras palabras utilizadas en este capítulo:

-Genkan: Es el espacio en donde se ubica la entrada de una casa tradicional japonesa; el lugar en donde las personas se descalzan y dejan sus zapatos antes de hacer ingreso a la vivienda.

-Engawa: El engawa es el espacio que divide el exterior del interior en una casa tradicional japonesa. Una especie de pasillo por donde se puede transitar por fuera de las habitaciones, sin necesidad de bajar al suelo del jardín (muy visto en el anime cada vez que uno de los personajes se encuentra en la habitación que da al jardín de la casa Tendo).

-Hakozen: Son unas pequeñas mesas en forma de cajas en las que se disponen los platillos que se sirven a los comensales.

-Chawan: Nombre de los cuencos que contienen la comida.

-Hökan: Nombre que recibe el varón entrenado para realizar el mismo arte que realiza una geisha. Creo que ya no existen en el Japón actual, pero en la época en la que se sitúa esta historia, era bastante común ver a hombres desempeñando la misma labor de las mujeres en este tipo de actividad. A modo de recordatorio, la geisha no siempre se dedicaba a dar placer sexual, es más, estas mujeres utilizaban sus habilidades en ejecutar distintas artes como la danza, el baile, la narración, etc, así que, no las generalicen como simples prostitutas por favor (lo siento, tenía que decirlo ya que he mantenido discusiones más de una vez por este tema).

-Yukata: Kimono de algodón que se utiliza generalmente para dormir o cuando se concurre a los baños termales.

4.- Mis más sinceros agradecimientos a quienes hacen que esta historia se mantenga viva a pesar de sus constantes retrasos en las actualizaciones de la misma (mi culpa, lo reconozco). A mis queridas/os lectoras/es, muchísimas gracias, ya sean pasivos o activos, saben la importancia que tienen para su servidora.

A quienes comentaron el capítulo anterior, Faby Sama, Mininahermosa29, Amancay, Saori1f, Percy, Preust, cjs, kiko, rusa-ranmayakane-zk, Belli, Arashi Ayukawa, hitoki-chan, Paly-chan, IramAkane, Ishy24, CEUSCOLO, SAKURA, Ifis, Hatoko Nara, Eirene 15, Reira Tendo, Yuna Lockheart, linaakane, 97pupi, sabrina2998, mechitas123, akaneyranma, Guille Ruiz, aio hyuuga y a todos quienes dejan sus comentarios anónimos y la página borra el nombre, muchísimas gracias, de verdad agradezco todas y cada una de sus palabras.

5.- La verdad, me obligué esta vez a no contestar en los agradecimientos a cada comentario de aquellos que me dejan sin utilizar la cuenta de fan fiction (en mi punto de vista, mal llamados "anónimos") para no alargarme (si quieren, pueden dejarme su correo o bien, contactarme a través del mío o facebook, ambas opciones están agregadas en mi perfil), pero me voy a tomar el punto cinco para comentar dos cosas: A quien mencionó "La leyenda de los Otori" (Paly-chan), pues sí, la leí hace tiempo y tienes razón, fue de mi agrado, aunque no todo lo que quisiera. De esa saga en particular yo me quedo con la precuela llamada "La red del cielo es amplia (Leyendas de los Otori-El origen)" de la misma autora; no sé, será porque cuenta la historia de Otori Shigeru y trata más sobre la vida de un samurái… Los ninjas como se dan a conocer en los otros cuatro libros de la saga Otori no me llaman tanto la atención :)

Lo segundo, mi blog o "rinconcito" como me gusta llamarle, está casi totalmente abandonado, pero creo haber visto un comentario allí de alguien que sigue esta historia (espero que siga acompañándome) que preguntaba si la leyenda de la que hablo en la reseña del primer capítulo es verdadera o no. La verdad es que es algo que se me quedó en el tintero, como se dice. Verás, el primer título con el que comencé a escribir esta historia fue: "La leyenda del salvaje caballo bajo un cielo escarlata" (o algo así, realmente ya no lo recuerdo con exactitud), pero fan fiction no me dejó subir el título completo; demasiados caracteres para ellos, creo, así que tuve que eliminar palabras, pero la historia no está basada en ningún libro, película o leyenda preexistente, solo en las ideas que mis enanitos me van dictando y que yo voy escribiendo… con lentitud, es verdad, pero escribiendo al fin y al cabo :)

Realizados estos dos comentarios, me despido porque esto ya parece una Biblia.

Gracias por leer.

Un abrazo cariñoso a todas/os y buena suerte!

Madame…