- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo XIII
"Celos compartidos, sentimientos mal avenidos"
Mi vida se había transformado en un verdadero infierno. Eso era lo que sentía. Un infierno en el cual me estaba consumiendo lenta e inexorablemente.
No podía escapar, no podía solicitar ayuda y tampoco podía contarle a nadie mis padecimientos.
El infierno en el que estaba condenada a permanecer se había comenzado a forjar en el instante mismo en que mi esposo había abandonado el castillo rumbo al sur.
Recuerdo que esa mañana, y, luego de haber permanecido junto al negro corcel destinado para convertirse en el caballo de combate de mi señor, regresé al castillo y me cobijé en mi futón. Sabía que faltaba muy poco para que Yuka se presentara a cumplir con sus deberes de doncella, pero yo había tomado una decisión.
Me dediqué a escuchar. El gran castillo lentamente iba despertando; pisadas casi imperceptibles se perdían por los pasillos de lustrosa madera; voces susurrantes se escuchaban a lo lejos; el canto de las aves llegaba desde los árboles cercanos y de pronto, la puerta corredera se deslizó con delicadeza.
-Mi señora, sé que es temprano aun pero… debes levantarte.
La voz de Yuka se escuchó suave y delicada a mis espaldas. No me moví ni di señales de encontrarme despierta por lo que presumo, mi doncella se atrevió a mover mi hombro con suavidad.
-Mi señora, el señor del castillo ya se está preparando para salir junto a sus hombres. El chambelán me pidió que viniera a ayudarte para que puedas ir a despedir a tu esposo.
Abrí mis ojos con perplejidad pero no dejé que Yuka notase ningún cambio o movimiento.
Así que el señor de Nerima se encontraba en el castillo a tempranas horas de la mañana, en otra habitación preparándose para salir de viaje y ni siquiera se había dignado aparecerse por la habitación que compartía con su esposa.
Traté de controlar mi ira y me llevé una mano a los ojos para indicarle a Yuka con aquel movimiento que ya estaba despertando. Ella se puso en pie rápidamente y se acercó a la puerta que daba al jardín, seguramente con la intención de abrirla para que ingresara un poco de luminosidad del exterior.
-Deja la puerta tal y como está, Yuka –le ordené sin voltearme a verla.
-Sólo quería que ingresara la luz de la mañana, mi señora, pero si prefieres vestirte a la…
-No voy a vestirme –le interrumpí, ocultándome de su mirada bajo las cobijas de mi futón.
-Pero, mi señora –la escuché decir con voz temblorosa-, el chambelán me dijo que debías apresurarte puesto que es la tradición y el protocolo el que la esposa de un señor de la guerra le despida cuando éste va…
-Lo sé, niña boba –rebatí conteniendo las ganas de abofetearla-. Fui educada para convertirme en esposa y sé mis deberes como tal. No necesito que la servidumbre me diga lo que tengo que hacer.
Realmente no sé por qué descargué mi ira en la muchacha que me acompañaba, pero lo cierto es, que me sentí mucho mejor luego de haberla regañado.
-Ahora, saldrás de esta habitación, buscarás al chambelán y le comunicarás que me encuentro indispuesta y que no puedo levantarme.
-Entonces, la señora se encuentra enferma –musitó Yuka.
-Finalmente entiendes lo que se te dice, ¿no? –ironicé-. Ahora ve y comunica mi condición a Happosai.
Escuché el sonido de la seda contra la estera de paja y luego, la puerta se abrió y se cerró suavemente. Me quedé ahí acostada, esperando a que el viejo chambelán se tragara mi excusa.
Sabía que al no concurrir a despedir a mi esposo junto a todos los habitantes del castillo estaría cometiendo una falta gravísima, justificable solamente por algún poderoso motivo y yo esperaba que una supuesta enfermedad fuese razón suficiente para faltar a aquel compromiso.
Pero al parecer, Hapossai no pensaba así y me lo demostró cuando abrió la puerta de un golpe seco y se acercó a mi futón con pasos acelerados.
-Levántate señora, debes ir a despedir a tu esposo –sentenció remeciendo mi cuerpo con su delgada y huesuda mano posada en mi hombro.
Consiguió que me volteara a verle y descubrí en sus pequeños ojos un brillo de malicia que me perturbó.
-Vamos ya, tu esposo debe estar pronto a partir –se dirigió a la puerta que daba al jardín y la abrió de par en par-. No querrás que se retrase por tu culpa.
-Me encuentro enferma. No creo poder hacer lo que me solicita.
-Sal de aquí, Yuka –ordenó el anciano, la chica hizo una reverencia y salió de la habitación con rapidez- ¡Eres la esposa de un daimiyö, niña! –dijo acercándose a mi lado y el olor al alcohol golpeó mis fosas nasales, haciéndome esquivar su mirada.
-Lo sé, siempre me lo estás recordando.
-Entonces, ¡compórtate como tal! –atacó tomándome de un brazo y forzándome a sentarme en el futón.
-¡Suéltame! –me escuché gritar asustada-. ¡No puedes obligarme si estoy enferma!
-Puedo obligarte a lo que yo quiera porque tú y yo escondemos muchos secretos que destruirían a tu familia.
-¿El chambelán y consejero del poderoso señor de Nerima me está amenazando?
-No juegues conmigo, niña –respondió a mi impertinencia-. Sabes bien que puedo destruirte si así me lo propongo.
-No te tengo miedo, chambelán –contesté con mayor entereza de la que realmente sentía en aquel momento.
-¡Levántate y ve a despedir a tu esposo! –se exasperó el anciano, tirando bruscamente de mi antebrazo con lo que consiguió que cayera al piso.
-¡Suéltame, chambelán! –grité al tiempo que trataba de soltarme de su firme agarre-. ¡Suéltame, me haces daño!
La puerta corredera se abrió de improviso y ambos permanecimos estáticos en nuestra ubicación, observando con asombro la figura que observaba la poco decorosa escena que se desarrollaba en la habitación.
-Happosai –le escuché decir-, ¿qué sucede aquí?
-Mi señor –musitó el anciano arrojándose a los pies del señor del castillo.
Él avanzó lentamente y me dirigió una mirada interrogante. En aquel momento me percaté que estaba sentada en el piso, con la yukata que utilizaba para dormir aflojada y ambas piernas descubiertas hasta más arriba de la rodilla. Me arreglé la ropa de dormir con rapidez y me senté sobre los talones e hice una leve reverencia hacia donde se encontraba mi esposo.
-Señora, tu doncella me informó que te encontrabas indispuesta, ¿es eso cierto? –preguntó.
De mi boca no salió sonido alguno, puesto que siempre me obligaba a recordar la prohibición de hablarle que él mismo me había impuesto.
-Puedes hablar –le escuché decir con un tono cansino.
-Es cierto –contesté sin levantar la vista-. Me siento mal de salud y estaba solicitándole al señor Happosai, me liberara de la obligación de concurrir a despedir a mi señor y a sus hombres –mentí.
Noté un estremecimiento en el cuerpo del anciano a mi lado y podría asegurar que en su arrugado rostro se había formado una sonrisa. Si el retorcido chambelán pensaba que la niña que tenía a su lado no sabía cómo desenvolverse en los peligrosos juegos diplomáticos que los hombres acostumbraban a jugar, estaba muy equivocado.
-¿Es eso cierto, Happosai?
-Totalmente cierto, mi señor.
Viejo hipócrita. El muy astuto acababa de salvar su vida confirmando mi mentira y, aunque me pesara reconocerlo, me sentía mucho más tranquila sabiendo que por el momento nos encontrábamos del mismo lado y ambos habíamos optado por tergiversar un poco las cosas y ahorrarnos problemas que a ninguno convenía.
-Levántate y déjanos solos, Happosai.
La orden fue cumplida a cabalidad y con excesiva rapidez por el chambelán, quien abandonó la habitación y cerró la puerta corredera tras él. Mi señor se acercó y se arrodilló junto a mí, a una distancia prudente pero que aun así, hizo que mi cuerpo temblara.
No puedo precisar si su cercanía me turbaba de forma positiva o negativa, puesto que mi corazón albergaba sentimientos muy dispares en aquel momento.
Sabía que a pesar de todo lo que había sucedido, de las humillaciones y los malos tratos que él me había prodigado durante esas semanas, le amaba con la misma intensidad de siempre, pero algo había cambiado durante la noche que acabábamos de dejar atrás; una punzada de dolor y rabia había estado contaminando aquel sentimiento.
-¿Te encuentras bien, señora?
-Sí –respondí todavía con el rostro oculto-. No es nada grave, tal vez esté algo fatigada o quizás algún enfriamiento, o…
Retiré mi cuerpo hacia atrás, apoyando una de mis manos en el futón y la otra llevándomela al pecho al descubrir que mi esposo trataba de tocar mi frente con sus dedos. Fue un acto reflejo y para el cual no tengo explicación. Unos días antes tal vez hubiese rogado para que el señor del castillo mostrara algún tipo de interés en mi persona, pero después de la noche anterior y a raíz de la resolución que había tomado, mi inconsciente me instaba a alejarme de él.
Vi la sorpresa reflejada en su rostro. Bajó su mano y frunció el ceño.
-Sólo quería saber si mi esposa no tenía fiebre o algo así.
-Eres muy gentil al preocuparte por mi salud, mi señor –me obligué a responder cordialmente.
-Eres mi esposa –respondió y pude observar en sus ojos un atisbo de aquel cariño que tiempo atrás me había demostrado, pero estaba decidida a no dejarme engañar nuevamente.
-Una esposa que mi señor no esperaba y a la cual no quiere –rebatí en un susurro, ocultando mi rostro nuevamente y conteniendo las ganas de llorar-. Debo solicitar a mi señor me perdone por no poder concurrir a despedirlo como se debe, después de todo y aunque no me corresponde puesto que sólo soy una traidora y farsante, todo el mundo cree que soy la verdadera señora. Es mi deber...
-¿Por qué me hablas así? –interrumpió bruscamente.
-Digo lo que mi señor se ha encargado de hacerme ver –contesté levantando la vista para encontrarme con la sorprendida mirada azul grisácea-. Lo entendí, lo acepté y lo acataré hasta que mi señor así lo disponga.
No respondió, solamente asintió con un movimiento de cabeza y se levantó lentamente. Pude apreciar que se encontraba totalmente vestido con la armadura, detalle que había pasado desapercibido para mí hasta aquel momento.
Cerré los ojos para no dejarme llevar por mis propios sentimientos y me obligué a seguir hablando.
-¿Puedo permanecer aquí, mi señor?
-Sí, puedes.
Se alejó lentamente, como si le costase caminar y cuando estaba pronto a abrir la puerta, se detuvo y giró su cabeza.
-Cuando vuelva, hablaremos y aclararemos algunas cosas, Akane.
-Como gustes, mi señor.
Salió de la habitación y yo me quede sumida en un mar de dudas. Había pasado una difícil prueba al resistirme a los anhelos de mi propio corazón y creía que con el tiempo y las semanas que estaríamos separados, podría, sino eliminar, al menos mitigar ese amor que se negaba a abandonarme.
Así pasaron los días. La soledad en el castillo me consumía. No tenía nada que hacer salvo administrar a la servidumbre, contemplar los jardines y cuidar que las tareas se estuvieran haciendo de buena forma.
Como era de esperarse, Happosai había quedado a cargo de las tareas más importantes del feudo, ya fuera en lo que concernía a la política, como a la administración de las tierras, las problemáticas que pudieran suscitarse entre los habitantes o inclusive, la recaudación.
El monje que nos había acompañado desde Edo permanecía en el castillo. Según había sabido, estaría allí hasta que pasara el invierno ya que el camino se tornaba peligroso y los pasos fronterizos podrían encontrarse cerrados, pero a mí no me engañaban esas excusas. Yo sabía que mi esposo había dispuesto de sus servicios para que me controlara, para que me vigilara y acaso, para que me espiara, pero el monje parecía no querer enemistarse conmigo, al contrario, me trataba amablemente y se dejaba ver sólo cuando tenía que tratar algún tema en específico conmigo.
Yo agradecía que me concediera algo de libertad; siempre odié que me controlaran y no iba a aceptar tan fácilmente que lo hicieran en Nerima.
Así fue que, dado que los quehaceres del castillo, las tierras, el pueblo y la administración absorbían casi por completo el tiempo de Happosai y Shinnosuke no parecía encontrar una mala idea mi afición por los caballos, cada vez que contaba con tiempo libre, me dirigía a las cuadras y de allí, al lugar en donde el domador de caballos se dedicaba a adiestrar los corceles de guerra del clan.
Al principio había encontrado trabas para acercarme e inmiscuirme en el proceso, sobre todo porque Yuka no había olvidado la labor que seguramente le habían encomendado y no se despegaba de mi lado, convirtiéndose en una verdadera molestia. Los constantes reproches y quejas de mi doncella muchas veces conseguían que perdiera la paciencia y acabara regañándola fuertemente, hasta que se convenció de que no había nada que ella pudiera hacer para hacerme cambiar de opinión.
El domador de caballos, un hombre mayor y de aspecto duro llamado Kinnii, ya estaba acostumbrado a mi presencia, así como sus ayudantes y los animales, así que dejaba que me acercara y le ayudara con algunos caballos que ya estaban amansados, pero cuando le dije que creía que podía ayudarle a apaciguar al salvaje corcel negro que había escogido el señor del castillo como reemplazante de su anterior montura, se sorprendió enormemente y luego quiso impedir que siguiera concurriendo al sitio de entrenamientos.
Lo que el hombre no sabía era lo obstinada que yo podía llegar a ser, así que lo amenacé con la promesa que como señora del castillo y encargada del dominio en ausencia de mi esposo, podía mandar a matarlo tanto a él, como a toda su familia si no cumplía con mis órdenes. Por supuesto nunca hubiera dado una orden semejante, pero el domador de caballos optó por no comprobar si yo sería capaz de cometer semejante atrocidad sólo por no obtener su consentimiento de acercarme al negro caballo que me había aconsejado la noche en que decidí apartar los sentimientos que por mi esposo guardaba en mi corazón.
Finalmente llegamos a un acuerdo, él dejaría que yo participara siempre y cuando me pusiera a resguardo cada vez que el animal demostrara hostilidad. No quería ser el responsable de un accidente, mucho menos si la involucrada resultaba ser la señora del castillo.
Acepté y así pude comprometerme con el adiestramiento del salvaje animal. No sé por qué, pero sentía que era importante participar de aquella actividad tan poco acorde con lo que se esperaba de la esposa de un gran señor de la guerra.
Pasaba horas observando los fallidos intentos del domador y sus ayudantes por adiestrar al corcel negro y me divertía al contemplar las jugarretas que éste último realizaba para no dejarse someter.
Finalmente y poco a poco, el caballo comenzó a ceder y yo pude acercarme a él sin temor a ser golpeada por él. Lentamente fui ganando su confianza y sentía que de una u otra forma, estábamos conectados, sentía que él me esperaba cada tarde y se comportaba de una forma más dócil en mi presencia. El domador así me lo hizo saber un día y confesó que desde que yo iba a ver el adiestramiento del animal, éste había dejado su salvajismo a un lado, "el animal es inteligente", había dicho, "sabe comportarse con quienes le respetan y a la vez, le otorgan su confianza".
Aquel día me sentí realmente feliz al escuchar las palabras que me había comunicado el domador y me decidí a hacer algo que hasta el momento no había hecho. Me acerqué al corcel, lo saludé en un susurro acariciando su cara y le solicité permiso para montar en su lomo.
Nadie pudo evitarlo porque cuando se percataron de lo que pretendía realizar, yo ya me encontraba sobre la silla, con las riendas en una de mis manos y acariciando las negras crines con la otra.
La sorpresa de todos los allí presentes fue absoluta cuando di un pequeño golpe con mi pie al ijar derecho del caballo y éste comenzó a moverse lentamente. Me alejé lo suficiente como para que nadie pudiera escucharme y comencé a tensar las riendas para dirigir al animal.
-Tú y yo sabemos que esto no es casualidad –murmuré recibiendo un bufido por respuesta-. Yo te considero un amigo, quizás el único que me queda dentro de este castillo y que entiende lo difícil que es permanecer encerrado y haciendo lo que no nos gusta.
El caballo volvió a bufar y movió su cabeza adelante y atrás un par de veces; sonreí.
-El señor al que le perteneces no es malo, no te preocupes por eso, pero debes cumplir con lo que dispongan para ti, ése es nuestro destino –suspiré-. Sí, nuestro destino esta unido al del señor de Nerima, le pertenecemos y sólo él podrá liberarnos algún día… si así lo quiere.
Detuve el andar del caballo y me quedé observando en lontananza, más allá de las montañas, hacia el sur. Luego acaricié nuevamente la cabeza del corcel y lo dirigí hacia donde había dejado al sorprendido domador y sus acompañantes.
La distancia era corta pero suficiente como para llevar a mi montura al trote. Cuando nos acercamos al punto en donde se encontraban reunidos los demás, noté que todos a excepción del domador miraban al camino. Me detuve al lado del hombre y observé en la dirección en la que el resto lo estaba haciendo.
-Mi señora, no puede hacer esto nuevamente –escuché que decía el asustado hombre a mi lado-. El caballo todavía no está listo y puede desconocerla. ¡Sería una desgracia que se provocara un accidente y la señora del dominio resultara lesionada de gravedad!
-Tranquilo –contesté sin prestarle demasiada atención-. No me sucedió nada. Y él no dejará que me suceda nada malo.
La comitiva era reducida pero impresionante; seis mujeres vestidas con esplendidos kimonos, protegiéndose del sol bajo una sombrilla cada una de ellas avanzaban rodeando un elegante palanquín cargado por cuatro porteadores.
El palanquín se detuvo cuando llegaron a nuestra ubicación y una de las mujeres se adelantó observando todo a su alrededor, cerró la sombrilla y con una inclinación, hizo un saludo general.
La joven era bella y delicada, sus castaños cabellos recogidos con peinetas y orquillas brillaban bajo los tenues rayos del sol de la tarde.
-Busco a la señora Saotome –dijo con una delicada voz-. Me informaron en el castillo que podría encontrarla acá, aunque este lugar es un poco inapropiado para una…
-Yo no lo creo así –dije bajándome del caballo y pasándole las riendas de éste al domador-. ¿Escuché que buscas a la señora Saotome?
-Sí –respondió asintiendo.
-Estás ante ella.
-Mi… señora, mi nombre es Mariko –dijo mirándome con incredulidad.
-Y dime, qué requieres de mí.
-Yo sólo vengo acompañando a quien realmente quiere hablar con la señora del dominio.
La observé darse media vuelta con la gracia de una bailarina y acercarse al palanquín. Claramente yo, con mi traje de montar y mi aspecto descuidado no debía parecerle la esposa de un señor de la guerra, sino más bien la hija de un campesino o algo así.
Batí palmas y despedí al domador de caballos y sus ayudantes, ya que justo en ese momento, el monje que había quedado encargado de protegerme se acercaba por el camino.
-Mi señora, ¿te encuentras bien?
-¿Por qué no habría de estarlo? –respondí con otra pregunta-. Esta jovencita dice que viene acompañando a alguien que quiere hablar conmigo.
El monje no respondió porque ambos nos quedamos observando atentamente el palanquín cuando los porteadores lo depositaron en el camino de tierra.
Yuka había abierto una sombrilla y se había acercado a mi lado para protegerme con ella del sol, pero a mí me pareció que lo hacía más que todo para imprimirle algo de dignidad a la escena.
Vi salir un pequeño pie femenino del palanquín que fue inmediatamente calzado con unas sandalias por la joven llamada Mariko, luego depositó la otra sandalia en el piso y la mujer que venía dentro del palanquín introdujo su otro pie en ella.
Los pliegues y faldones de un elegante kimono resplandecieron con sus figuras bordadas con hilo de oro y plata y cuando la mujer salió completamente pude apreciar un espectáculo del cual sólo había escuchado o leído en los cuentos de amor que mis hermanas leían con frecuencia.
Frente a mí permanecía una joven mujer con un kimono de un vivo color magenta, finamente ornamentado y el lazo del obi hacia delante; una cortesana sin duda.
Su rostro de finos rasgos estaba maquillado con polvo de arroz y sus labios pintados de rojo carmesí, pero lo que llamaba la atención mayormente eran sus ojos y su exótico color de cabello.
Una mirada enigmática y vivaz de un color violáceo que hacían juego a la perfección con los cabellos violetas de la joven, cabellos que parecían haber sido entrelazados entre sí muchas veces para darle forma al suntuoso peinado adornado con peinetas de madreperla y horquillas doradas.
Se acercó a mí decididamente a pesar de la inestabilidad del terreno en el cual nos encontrábamos e hizo una profunda reverencia.
-Señora Saotome –dijo con una suave entonación.
No fui capaz de contestar, demasiado impactada por la aparición de una cortesana en el castillo, demasiado abrumada por ese presentimiento de que no me gustaría lo que la mujer iba a decirme y demasiado consciente de que aquella exótica mujer resultaba ser más bella que la esposa de un renombrado daimiyö. Sentí angustia y algo de dolor al comprobarlo.
-Señora Saotome –repitió levantando su mirada-. Me he tomado la atribución de venir hasta acá para hacerte entrega de unos objetos.
-¿Cómo te llamas? –pregunté solamente para recobrar la confianza y aplomo que había perdido momentáneamente.
-Mi nombre es pasado, mi señora, pero en el ambiente en el que vivo me dieron el nombre de Shampoo.
-Shampoo, ¿así sin más?
-Nosotras no tenemos apellido, mi señora –sonrió tenuemente-, sólo nuestro presente nos pertenece.
En otras palabras, ella no era de noble cuna, por tanto no poseía un apellido. Por supuesto que sabía eso pero me resultaba imperioso ganar tiempo a mi favor; no quería enfrentar la contundencia de los hechos que seguramente traerían más dolor a mi corazón.
-Bien.
Hizo un movimiento y con gracia dejó al descubierto una fina y blanca mano con la que llamó con un gesto a la joven llamada Mariko. La aludida se acercó portando una caja mediana de costoso ébano, la cual abrió en el momento mismo en que llegaba a la altura de Shampoo.
-Señora Saotome, mi intención siempre fue hablar con su esposo, pero dado que él no se encuentra en el dominio, me vi en la obligación de presentarme ante usted.
-No entiendo en qué puedo ayudarle. Mi esposo dejó todos sus asuntos a cargo del chambelán, así que si debe hablar con alguien es con él.
-Es que esto es algo más… personal.
La observé fingiendo incomprensión y conteniendo las ganas de empujarla al suelo y salir corriendo del lugar a refugiarme en la soledad de mi habitación.
-La noche en que el señor Saotome junto a sus hombres fueron a despedirse –dijo con tranquilidad, pero estoy segura de que mi expresión de asombro no pasó desapercibida a sus ojos-, dejó olvidadas unas cosas que presumo, para él son de importancia.
-Entonces, debería entregárselas a él cuando vuelva –me obligué a decir tratando de ocultar el dolor en mi voz.
-No puedo esperar más porque… usted comprende que a lo que nos dedicamos nosotras es a entretener y no podemos hacer diferencias o seleccionar a nuestros clientes –afirmó con fingido pesar-, últimamente han concurrido a la casa del Lago algunos guerreros que no pertenecen al clan y pensé que bien podían ser espías del clan Kuno. Si de casualidad encontraran algún artículo de pertenencia del señor de Nerima…
Dejó la frase inconclusa y sacó de la caja que sostenía la joven un pañuelo de seda y una bolsa que tintineó con monedas dentro, ambos bordados con el inconfundible emblema del señor del castillo.
Los recibí de sus manos y me pareció que los soltaría en cualquier momento. No tenía motivos para odiar a la mujer que me sonreía, tampoco podía exigirle fidelidad a un esposo al que había engañado. Y pensar que un hombre no concurriría a un lugar como el lugar en donde la mujer que permanecía imperturbable al frente mío se desempeñaba era iluso, pero por un momento tuve la vaga idea de que él no era ese tipo de hombre, que no necesitaba de placeres mundanos para vivir y que tal vez, podría llegar a fijarse en mí como mujer y olvidar el engaño al que había estado expuesto, pero el darme cuenta de que todo lo que había creído hasta aquel momento eran falsas ilusiones me dolió demasiado como para ocultarlo ante las personas que me rodeaban.
-Yuka –llamé con un hilo de voz –guarda esto, lo entregaremos a la vuelta del señor.
-Sí, mi señora.
-Bueno, eso es todo lo que venía a hacer. Muchas gracias por recibirme, señora Saotome. Cualquier otra dama no hubiera tenido ese gesto conmigo.
-Soy distinta a otras damas –respondí rogando para que se fuera rápido.
-Sí, eso ya lo comprobé. Adiós, mi señora –dijo haciendo una profunda reverencia para luego introducirse al palanquín.
Los porteadores levantaron de inmediato el palanquín y comenzaron a realizar el camino de vuelta, las muchachas avanzaban junto al pesado armatoste. Iban serias y concentradas, excepto una que me dedicó una bondadosa sonrisa aunque su mirada brilló con sagacidad.
Cuando finalmente se alejaron, apreté inconcientemente mis puños y me dispuse a regresar al castillo, olvidando por un momento que me encontraba acompañada del monje y mi doncella.
-¿Quieres que te acompañe, mi señora? –preguntó el monje.
-Haz lo que te ordenaron hacer, vigilarme.
El monje no contestó a mi provocación, avanzó tras de mí y mi doncella, protegiéndonos a ambas.
Ahora que lo pienso, el monje no merecía que descargara mi mal humor en él, pero en ese momento yo sólo podía pensar en lo estúpida que había sido, en lo simple y poco agraciada que le debí haber parecido a la bella cortesana y su adorable séquito. Tuve ganas de llorar, de gritar y de correr, sin embargo, ingresé al castillo con la poca dignidad que fui capaz de fingir y me dirigí a mis habitaciones, seguida muy de cerca por Yuka.
Cuando la doncella preguntó que qué debía hacer con las pertenencias de mi esposo, le pedí que las guardase en uno de mis arcones. Yo misma le entregaría lo que había olvidado aquella noche en la que pensé, mi suerte cambiaría y mis sentimientos serían correspondidos.
Ahora me quedaba claro que, definitivamente, era una falsa ilusión el seguir pensando en ello, porque para el señor de Nerima yo era tan sólo una chiquilla que lo había engañado, un juguete que sería desechado algún día, cuando él estuviera dispuesto a hacerlo.
Los días que siguieron al encuentro con la cortesana los pasé encerrada en mis habitaciones; no tenía deseos de salir de allí, del único espacio en donde me sentía segura y alejada de miradas escrutadoras, sólo me animaba a salir por las tardes, para observar los progresos que el domador de caballos estaba consiguiendo con el animal.
Por Yuka me enteré que tanto la cortesana como las chicas que la acompañaban eran muy afamadas y vivían en un lugar llamado la casa del Lago. No todas eran cortesanas allí; había muchas geisha, otras damas de compañía o aprendices y por supuesto, la servidumbre, aunque según mi doncella, la dueña de la propiedad sólo reclutaba y cobijaba a las mejores mujeres.
Así pasó el tiempo, casi sin darme cuenta había permanecido sin la presencia de mi esposo por más de tres semanas. Seguramente había surgido un contratiempo que lo había retrasado, por ese motivo no me extrañó que Happosai me hubiese mandado a llamar.
Cuando llegué a la habitación en donde me esperaba el chambelán, me di cuenta que éste se encontraba solo en el lugar, sentado sobre un taburete que le daba más altura y fumando su típica pipa.
Hice una leve reverencia a modo de saludo y el la respondió indicándome que me acercase. Me senté a su lado y él sonrió de medio lado.
-La última vez que nos vimos no pude agradecerte, mi señora.
-¿Qué tendría que agradecerme el chambelán del castillo? –pregunté tratando de indagar en las intenciones del anciano. No me daba confianza y sabía que algo tramaba.
-Aquella mañana –respondió expulsando el humo de su pipa-, no le dijiste la verdad a Ranma y te agradezco por ello.
-Aunque lo hubiese hecho, no me hubiera creído.
-Niña inteligente –musitó-. Como sea, quería agradecerte el que me cubrieras esa vez.
-No tenías por qué. ¿Eso es todo?
-No –contestó removiéndose en su taburete-. Ranma está por llegar, ¿sabes?
-Sí.
-Yo me pregunto, ¿hasta cuándo piensas aguantar, señora?
-No te entiendo, chambelán.
-Te he observado, estás muriendo aquí encerrada. Posees un espíritu libre, la vitalidad de una joven aguerrida y aquí estás acorralada. Este castillo se ha convertido en tu prisión y Ranma no te dejará escapar –hizo una pausa y luego continuó expulsando una bocanada de humo gris-. Mi pupilo es un buen muchacho pero está dolido y no creo que te perdone. Siento decirlo, pero es la verdad.
-¿Qué quieres, Happosai?
-¡Vaya!, por fin te muestras tal como eres, eso me gusta –asintió-, me gusta.
-Si estás pensando en conseguir algo de mí, debo informarte que no poseo nada de valor.
-¿Crees que con la posición que ostento en el castillo me falta dinero? Parece que voy a tener que retirar mis alabanzas a la niña inteligente.
-Entonces…
-Entonces, la cosa es así. Mi señor conoció a una mujer muy atractiva antes de partir al sur y como bien sabes, yo soy su consejero más próximo, al único a quien él le obedece en todo, basta que yo le convenza para que él vuelva a los brazos de esa mujer de exótica belleza y eso mi querida niña, no te haría gracia ¿no?
Bajé mi cabeza y apreté mis puños con rabia junto a mis rodillas flexionadas. El anciano siguió hablando.
-Un consejo de su anciano maestro y él reemplazará a la niña por una verdadera mujer. Sería muy penoso que el señor de Nerima tuviera que repudiar a su joven esposa y abandonarla a su suerte, pero lo sería mucho más si en vez de eso, la mantiene encerrada y convierte a una cortesana en su concubina, ¿no te parece, mi señora?
No supe en que momento se acercó a mí, sólo me di cuenta de su cercanía cuando sentí su callosa y huesuda mano acariciar mi rostro. Me sobresalté y me alejé de él.
-Eres una mujercita muy bella, Akane…
-¡Basta! ¡Aléjate de mí, chambelán!
Iba a levantarme pero él fue más rápido y tomó uno de mis brazos. Forcejeamos hasta que logré soltarme.
-¡Eres un demonio pervertido y sin moral!
-¡Soy un hombre! Dime, si él te repudia, ¿cuál será tu destino?
-Regresaré a la casa de mi padre.
-No tienes idea de la vida, niña. Cuando el esposo repudia a su mujer, la única opción que les queda a ellas es convertirse en cortesanas. Es eso o morir de hambre.
Volvió al ataque cerrándome el paso ya que yo tenía la intención de retirarme del lugar.
-Te estoy ofreciendo una posición, una salvación –tiró de mi brazo y me obligó a caer sentada en el tatami-. Ambos sabemos que tarde o temprano él te alejará de su lado. Es orgulloso y no te ama –abrí los ojos ante aquella afirmación y comencé a llorar sin poder evitarlo-. Cuando eso pase, yo estaré dispuesto a recibirte y cobijarte, Akane.
Acarició nuevamente mi mejilla y trazó con un dedo el contorno de mis labios.
-Podrías ser mi abuelo –contesté asqueada.
-O podría protegerte.
-No me convencerán tus infamias, Happosai. Antes de eso prefiero morir.
Me puse de pie y comencé a caminar hacia la salida, pero antes de que la puerta se cerrara tras de mí, le escuché dedicarme una última frase.
-Pues bien, atente a las consecuencias, niña. Yo estaré esperando el día de tu caída y tal vez para ese entonces, me haya arrepentido.
Salí de allí casi corriendo y llorando de rabia. Avancé por los pasillos del castillo sin rumbo fijo, quería escapar de allí, perderme para siempre, encontrar un lugar en donde nadie me encontrara jamás y entonces, algo detuvo mi camino, el cuerpo de una persona que me tomó de la mano y evitó que cayera al suelo.
Observé su mirada azulada y me arrojé a sus brazos. Necesitaba tanto de alguien que me consolara que no pensé si mi reacción estaba bien o mal, sólo permanecía allí, llorando abrazada a él.
-¿Qué sucedió, mi señora?
-Quisiera desaparecer, Shinnosuke –contesté angustiada-. Desaparecer de una vez y que nadie me encontrara nunca. La única forma de que eso suceda sin deshonrar mi nombre y el de mi esposo es morir ¿no?
-No –contestó separándome de su cuerpo para buscar mi mirada-. Puedes morir, es cierto, pero también puedes enfrentarte a tus temores, fantasmas y dolores y así, vencerlos hasta que desaparezcan.
Recobré la compostura y me separé completamente de él, limpiando mi rostro de las lágrimas que había derramado y lo observé detenidamente.
Sus ojos transmitían paz y su semblante una tranquilidad que me fue contagiando poco a poco. Antes no lo había notado pero la cercanía del monje me hacía sentir bien; me sentía tranquila y protegida.
-No te aseguro que tus problemas y preocupaciones desaparecerán del todo, pero al menos por un momento, te olvidarás de ellos y disfrutarás de lo más preciado que tiene el ser humano.
-¿Qué cosa?
-La fuerza interior, mi señora. Tú tienes mucha fuerza interior –dijo sonriendo-. Tanta que a veces se desborda.
Sonreí avergonzada.
-Si quieres puedo entrenarte.
-¡Lo harías!
-Por supuesto –contestó-. Haría cualquier cosa por ver a mi señora feliz.
-Gracias –contesté sonriendo.
-Así está mucho mejor –dijo el monje-. Siempre lo he dicho, Ranma es muy afortunado. Empezaremos desde mañana en la sala de armas, luego de que terminen de entrenar los hombres, lo haremos tú y yo.
Asentí y lo vi alejarse con la convicción de que poco a poco escaparía de aquel infierno en el que me encontraba viviendo día con día.
Había conseguido un poderoso enemigo, una bella rival y un importante amigo durante la ausencia de mi esposo y sólo el destino me demostraría si derrotaría a los dos primeros y conservaría al tercero, el destino y el señor de Nerima, mi esposo, el cual estaba pronto a volver.
Mi idea de solucionar los problemas que habían surgido en el sur del dominio a causa de la terquedad de los hermanos Kaminarimon rápidamente se fueron esfumando con el paso de los días. Las rencillas entre ellos habían generado revueltas en los alrededores y la tierra que perteneciera al patriarca Kaminarimon y que éste le dejara a la joven Temari estaba siendo mal administrada y un peligroso foco de delincuencia.
Muchos bandidos se escondían en los bosques de los alrededores, asaltando a los comerciantes y viajeros que utilizaban los caminos entre un poblado y otro, así que era imperioso llamar al orden y establecer nuevas reglas para asegurar la prosperidad de aquellas tierras que se encontraban dentro del dominio de Nerima.
No había resultado fácil convencer a los tíos de Temari sobre su derecho de ser la cabeza de familia ahora que el viejo Kumajiro había muerto. Tanto yo como los notables y consejeros de las partes involucradas habíamos estado de acuerdo en que las asperezas debían limarse y los hermanos debían reconocer la autoridad de la regenta y madre de Temari, hasta que ella se desposara con quien su abuelo había acordado.
Fueron días y días de infructuosas reuniones, trasladándonos de un palacete a otro hasta que decidí amenazar a los conflictivos hermanos con llevarme a sus hijos de rehenes si seguían las disputas y no llegábamos a un acuerdo.
Cierto es que me estaba cansando de aquella situación, pero no hubiera llegado tan lejos de no ser porque cada vez añoraba con mayor intensidad estar cerca de mi esposa y sostener aquella conversación que había quedado pendiente al momento de mi partida.
No sabía ni podía explicar realmente lo que había sucedido la noche que habíamos concurrido a la casa del Lago, pero todos nos despertamos en la misma habitación en la que habíamos permanecido y nadie recordaba con exactitud lo que había pasado. Mousse insistió en que seguramente habíamos bebido más de la cuenta y sin percatarnos, habíamos caído dormidos. Yo no quise discutir más sobre el tema, seguramente él tenía razón y esa mañana debía hablar con mi esposa a como diera lugar, pero una vez llegados al castillo y cuando habíamos terminado de prepararnos para emprender el camino al sur, Yuka, la doncella que había designado Happosai en reemplazo de las acompañantes de mi esposa me alertó sobre su estado de salud.
Inmediatamente me preocupé y estuve muy cerca de suspender el viaje, pero eso hubiera sido censurado por Happosai y mal entendido por la familia de Temari, así que decidí informarme personalmente sobre la verdadera condición de mi esposa, pero me sorprendió la rudeza y frialdad con la que me recibió. Ahora que lo pienso detenidamente, se veía más bien dolida y desilusionada que enferma, y eso me angustia.
Me había resuelto a arreglar mi relación con ella, a empezar de nuevo sin rencor ni resentimiento, pero ahora todo es muy confuso. Lo único cierto es el anhelo que siento por verla nuevamente. Sé que en cuanto la tenga en frente, todas mis dudas y temores se aclararán.
Cada vez queda menos camino por recorrer y estamos más cerca del castillo. Con los problemas en el sur ya resueltos, puesto que los hermanos Kaminarimon acataron mis sugerencias y órdenes con el fin de terminar el conflicto y así recuperar la tierra próspera por la que su padre había luchado, prometieron respetar los acuerdos y velar para que su sobrina conservara su liderazgo, así como también juraron fidelidad al clan Saotome, me siento más tranquilo al realizar el último tramo de camino hacia mi castillo.
Han pasado cuatro semanas desde que dejé de ver a mi esposa; creo que fue una buena elección el dejar los asuntos del dominio a cargo de Happosai. El viejo maestro nunca me ha fallado y no creo que pudiera hacerlo ahora.
Lentamente los arrozales se dejaron ver a orillas del camino y las primeras casas de los campesinos nos dieron la bienvenida. Ya pasábamos la hora de la cabra, pero yo no me detendría para satisfacer la necesidad de comer, había esperado demasiado tiempo para volver a contemplar el rostro más bello que jamás había visto, así que tan pronto cruzamos el puente que nos permitía ingresar al pueblo, despedí a los hombres que me habían acompañado en la travesía.
Quedaban libres de permanecer en el pueblo, concurrir al castillo o dirigirse a sus casas. Yo iría junto con Ryoga y Mousse al castillo, dejaría mi caballo en las cuadras y me adentraría al interior en busca de mi esposa. No podía soportar por más tiempo el estar sin ella.
Así lo hicimos, llegamos más tarde de lo que pensaba hasta las murallas que delimitaban el castillo puesto que la gente del pueblo saludaba amablemente a su señor quien había vuelto del lejano sur del dominio. No les culpo por querer acercarse a mí, pero realmente estaba tan desesperado que poco me importó el no corresponder alegremente como solía hacerlo a aquellos saludos.
Las cuadras estaban casi vacías a esa hora de la tarde. Yo sabía que el domador de caballo y sus ayudantes sacaban a los animales a pastar y correr un poco a esas horas cuando el día lo permitía. Pronto y con la llegada del invierno tendrían que permanecer encerrados y según el domador, eso les estresaba.
Bajé de mi caballo y un mozo corrió enseguida a coger las riendas del caballo para llevárselo, darle de comer y beber.
Saludé con una inclinación de cabeza a otro de los mozos y me dispuse a adentrarme en el castillo, pero antes decidí preguntar cómo iba el adiestramiento de mi caballo.
-Muy bien, mi señor –contestó el muchacho-. El maestro Kinnii dice que hubiera sido imposible domar al caballo sin la ayuda de tu esposa, mi señor.
-¿Con la ayuda de mi esposa? –pregunté asombrado.
-Sí, la dama Akane ha estado supervisando el adiestramiento e inclusive, ha participado en el.
Toda intención de ingresar al castillo quedó atrás, todo el cansancio fue olvidado, todos mis planes fueron suspendidos. Corrí en dirección al corral de adiestramiento y escuché los gritos de Ryoga tras de mí. Debía hablar con el domador y si era necesario, acabar ahí mismo con su vida.
No podía creer que Happosai dejara que mi esposa se hubiera expuesto de aquella forma a sufrir un accidente puesto que sabía que aquel caballo era tremendamente salvaje. Y Shinnosuke, ¿dónde estaba Shinnosuke? ¿Por qué no había hecho nada para evitar esa peligrosa situación?
-¡Ranma! ¿Qué sucede? –preguntó Ryoga corriendo a mi lado-. ¿Por qué te alejas de esa forma?
No contesté, seguí corriendo con desesperación hasta que divisé a tres hombres y una mujer de pie dentro de la cerca de entrenamiento. Los caballos pastaban en un campo cercano y un caballo negro trotaba con elegancia recorriendo el extenso círculo que delimitaba el sitio de entrenamiento. El jinete manejaba a la perfección los movimientos y por un momento creí que iba a desmayarme al reconocerle.
Con todos los implementos que se utilizaban para montar y su cabello negro azulado atado en su ya característica y simple coleta, iba mi joven esposa, azuzando al caballo negro azabache que yo había elegido para convertirse en mi compañero de batalla, cambiando de velocidad, haciendo fintas y deteniéndose con propiedad ante los ojos de quienes se encontraban allí reunidos.
Vi al domador de caballos, Kinnii, acercarse corriendo al lado del caballo, sonriendo y haciendo una reverencia tras otra a mi esposa. Al parecer el chico que había encontrado en las cuadras tenía razón y ella había participado activamente en el adiestramiento de mi animal de combate.
-¿Es… es…?
-Sí, es ella –contesté a la pregunta que Ryoga no había terminado de hacerme.
-¡Mi señor! –dijo Yuka cuando me vio llegar a su lado. Acto seguido, todos se arrojaron al suelo.
El domador de caballos no me había visto y al parecer tampoco lo había hecho Akane, por lo que salté la valla y me acerqué a ellos.
-Buenas tardes, señora.
Kinnii se arrojó avergonzado al suelo y me gané una mirada totalmente sorprendida de parte de Akane, quien todavía se encontraba montada a lomos de mi corcel. No contestó a mi saludo hasta que yo no le dí a entender con un movimiento de cabeza que podía hacerlo.
-No te esperaba, mi señor –dijo totalmente confundida.
Me acerqué para hacerle saber que quería ayudarla a desmontar, pero ante mi sorpresa, ella se bajó del caballo por el lado contrario.
-Incorpórate, Kinnii –dije ocultando mi decepción.
-Mi señor, esto no…
-¿No? –pregunté no dejándole terminar.
-Es todo responsabilidad mía, mi señor –comenzó a decir mi esposa-. Yo le exigí al maestro Kinnii que me dejase participar del adiestramiento de este caballo y no me arrepiento. Es una excelente montura, te dejará muy conforme.
Mientras hablaba, yo no podía apartar mi mirada de su rostro. Así, acalorada y algo sucia como estaba, encontraba que era el ser más perfecto de toda la tierra, los latidos de mi corazón se aceleraron y me confirmaron que lejos de olvidarme de ella, las cuatro semanas que habían pasado no habían hecho otra cosa que acrecentar mi amor por la joven que permanecía de pie frente a mí, sujetando las riendas de mi negro caballo.
-Si tienes que castigar a alguien por esto, ese alguien soy yo, mi señor.
-¿Tú le pediste al maestro Kinnii colaborar con el adiestramiento?
-Sí –dijo encogiéndose de hombros-, me aburría en el castillo y quise serle útil a alguien, parece que este amigo me consideró de utilidad –terminó de decir sonriendo y acariciando la cabeza del animal.
No pude evitar sonreír yo también. Había extrañado tanto su sonrisa y ahora la estaba contemplando sin la necesidad de evocar un simple recuerdo.
-Mi señor, el caballo está terminando su entrenamiento y está listo para ser montado, como ya lo pudo observar –acotó el domador-. Debo agradecer a la señora Saotome por su gentileza. Se lo dije a ella y lo repito para que usted lo escuche, mi señor, el caballo parece sentirse cómodo en su presencia y fue la única forma de lograr que disminuyera su agresividad y consiguiéramos domarlo.
-No sé por qué no me sorprende lo que me dices, maestro.
-Permítame decirle, que la señora tiene una habilidad sorprendente con los animales y parece transmitirles una paz y confianza que pocos son capaces de lograr.
-Me alegra mucho –dije mirando a mi esposa quien evitaba mi mirada pero se encontraba totalmente sonrojada-. ¿Puedo montarlo?
-Por supuesto, mi señor.
Subí a la silla ajustada al lomo del caballo de un solo brinco y tomé las riendas que me extendió el domador, miré hacia delante y le di un suave golpe en los ijares con lo que el animal se puso en marcha relinchando un par de veces, del trote pasé al galope en poco tiempo y di media vuelta para volver a llevarlo al trote y luego, al paso. Obedecía todas las órdenes que le daba mediante los movimientos de las riendas o los golpes que recibía a los costados. Desde que lo vi por vez primera supe que sería un excelente caballo de combate, pero el montarlo por primera vez me dio la certeza de que en eso se había convertido y todo gracias a la ayuda de Akane.
Cuando llegué hasta donde me esperaban los demás, bajé del caballo y le acaricié la cabeza con suavidad.
-Hiciste un excelente trabajo, Kinnii.
-Gracias mi señor.
-Ahora es tiempo de darle un nombre –comentó Akane acariciando las negras crines-. Hasta ahora lo hemos llamado sólo azabache, pero mi señor debe darle un nombre.
-Nunca le di un nombre a un caballo –reconocí.
-El nombre que le des le otorgará identidad y será reconocido por el resto, porque adquirirá la personalidad que le quieras imprimir. Será su sello.
Me quedé en silencio observando al animal un momento. Lo que decía Akane tenía mucho sentido pero en aquel momento no se me ocurría ningún nombre, al menos no uno acorde con un caballo.
-¿Qué nombre le darías tú, Akane?
-Yo lo nombraría… Saikyo –contestó pasando nuevamente su delicada mano por las crines del negro animal.
-Bien, entonces ese será tu nombre de ahora en más. Saikyo.
-Saikyo –repitió mi esposa. Luego se dirigió al caballo en un susurro apenas audible pero que alcancé a escuchar-. ¿Recuerdas al hombre del que te hablé?, pues él es el señor Saotome, tú le perteneces y sólo él podrá liberarte algún día si así lo quiere. Le debes respeto y obediencia… Saikyo.
La observé desconcertado. Parecía que con aquellas palabras no se refería al caballo, sino a ella misma por la forma en la que lo dijo y la manera en que me devolvió la mirada al terminar.
Hizo una reverencia y quiso despedirse.
-Mi señor debe estar muy cansado, es mejor que me retire y así podrá refrescarse en el castillo y descansar.
-¿No piensas acompañarme? –pregunté tratando de esconder mi ansiedad.
-Si mi señor así lo quiere, pero creo que es mejor que me retire y… -se interrumpió como si acabara de recordar algo-. Si no resulta incomodo para mi señor, pienso que podría acompañarlo durante la cena.
-Bien, será hasta la cena entonces –asentí.
Me evitaba. Era evidente que ella estaba tratando de tomar distancia de mi persona y no podía imaginar el por qué. La observé saludar a Ryoga y luego alejarse por el camino junto a su doncella. Algo había sucedido durante mi ausencia, algo que había contribuido al misterioso cambio de actitud de parte de mi esposa y yo estaba decidido a averiguar qué había pasado.
Junto a Ryoga me dirigí al castillo y tomé un largo baño para relajar mis músculos cansados. Durante ese tiempo traté de no pensar en la actitud fría y distante de mi esposa, pero era algo que no abandonaba mi mente ni por un momento. No era que esperase una bienvenida muy efusiva por parte de ella, después de todo yo no había hecho nada por ganarme su cariño desde que había decidido comportarme como un bruto señor autoritario, pero tenía el recuerdo de una Akane sumisa pero dulce; no podía haber idealizado tanto a la mujer que amaba durante mi separación de ella.
Después del baño me vestí con un kimono simple y sin mucha pompa. Estaba de vuelta en casa y lo que quería era descansar, no impresionar a nadie.
Salí de la habitación y me dirigí a ver a Happosai, éste me recibió con júbilo y deseoso de conversar sobre temas que a mí no me importaban en lo más mínimo. Tenía clarísimo que el viejo maestro no había descuidado mis asuntos ya que nunca lo había hecho, así que le dije que quizás más tarde podríamos juntarnos a conversar.
No pareció muy contento con eso, pero finalmente se convenció y pude ir a encontrarme con mi esposa en el cuarto que habían preparado para nuestra cena.
Ella ya se encontraba sentada, observando distraídamente por la puerta entreabierta que daba al jardín interior. Observé su rostro y me percaté de la tristeza que reflejaban sus ojos, en ese momento supe que no debía dejar pasar más tiempo para confesarle mis sentimientos. Me acerqué y ella salió de su ensoñación, sonrió y me sirvió los platillos que habían preparado en las cocinas para mí. Ella sólo ingirió unos cuantos bocados, sin dirigirme la palabra y evitando mirarme el mayor tiempo. Sólo se limitaba a contestar brevemente a las preguntas o comentarios que yo hacía.
-Akane –dije al terminar de cenar-, ¿te sucede algo malo? –acompañé mi pregunta con un leve roce a su muñeca descubierta.
Ella alejó su brazo como si mi mano se hubiese convertido en un fierro caliente, negó con la cabeza y golpeó un par de veces llamando a su doncella.
Yuka ingresó a la habitación portando una pequeña caja de madera, se arrodillo junto a su señora y se la extendió.
-Gracias, Yuka. Puedes retirarte y preparar mi futón.
-Sí, mi señora –contestó la doncella haciendo una reverencia para luego salir de allí, pero para mí no pasó desapercibida la mirada traviesa que me dedicó al pasar por mi lado.
-Hace unos días vino alguien –le escuché decir a mi esposa con un hilo de voz-. La verdad, quería ver a mi señor, pero como demorabas tanto en volver, quiso hablar conmigo.
-¿Quién? ¿Alguien enviado por Kuno? –pregunté pensando en que quizás el idiota le había hecho pasar un mal rato.
-No. Es alguien que te conoce, mi señor, y presumo que te es fiel porque si no lo fuera, no se hubiera tomado la molestia de traerte esto.
Me alcanzó la caja de madera por sobre la mesa que ocupábamos para que yo la tomase en mis manos. Cuando la abrí y descubrí lo que en ella había, mi sorpresa fue inmensa. Saqué el pañuelo y la bolsa con monedas que había dentro y dejé la caja a un lado.
-Ella dijo que quería devolverlas antes que cayeran en malas manos.
Me sorprendió el tono de voz que utilizó, puesto que me pareció distinguir rabia contenida en el, pero al levantar la vista me percaté que la expresión de su rostro encerraba una profunda tristeza.
-¿Ella?
-Sí –contestó apretando los puños que descansaban sobre la mesa-. La dama de la casa del Lago… es muy bella y amable.
Al principio no pude interpretar lo que significaban sus gestos y palabras, pero luego sentí como se regocijaba mi corazón. Ella estaba celosa, ése era el motivo de todo su comportamiento anterior. Seguramente pensaba que yo había preferido pasar unas horas de diversión en la casa del Lago antes de permanecer junto a ella.
Mi instinto me aconsejaba hablarle con la verdad y explicarle que jamás había pensado en pasar una noche con ninguna otra mujer que no fuera ella, pero la vanidad que hasta entonces no se había manifestado en mi persona pareció tomar posesión de mi ser. Si ella estaba celosa, yo debía aprovechar ese hecho a mi favor.
-Sí, es bella –comenté observando detenidamente su reacción.
-Mi señor, si me permites, quisiera retirarme a mi habitación –dijo en un susurro.
-Akane, quisiera darte una explicación –dije cuando me di cuenta que quizá le estaba provocando un daño que ella no merecía con mi tonto ego-, sobre la dama que vino hasta acá…
-No tienes que darme ninguna explicación, mi señor. Sé cómo se comporta un daimiyö y también sé lo que se espera de su esposa –me dedicó una dulce mirada y una sonrisa que me desconcertaron-. Ya lo dije, ella es muy bella y me alegro de haberla conocido. Si me disculpas, debo retirarme.
Hizo una reverencia y se acercó a la puerta de salida con suaves pasos.
-No siempre tenemos razón en nuestras apreciaciones, Akane –comenté antes de que abandonara la habitación-. Hablaremos de ello en otra ocasión y recuerda que tenemos una conversación pendiente.
Fue la última vez en cuatro días que la vi. Aun viviendo en el mismo recinto y compartiendo habitaciones, ella parecía tener una capacidad innata para esconderse de mi; era obvio que me estaba evitando y los compromisos que habían surgido después de mi regreso al castillo no estaban ayudando. Me pasaba de reunión en reunión mayoritariamente con Happosai y los notables del dominio. Ryoga y sus informes sobre las fuerzas del clan también ocupaban bastante tiempo del que me hubiera gustado disponer para arreglar mis problemas con mi esposa.
Atendía a la gente del pueblo por las mañanas, en su mayoría por problemas de comerciantes, pequeñas infracciones a la ley de convivencia, problemas relacionados con las tierras o las cosechas, en fin, parecía que todo y todos se habían confabulado para apartarme de mi esposa quien se retiraba temprano a dormir y se aseguraba tener siempre uno o dos invitados a las horas en que coincidíamos en las comidas. Siempre escapando, huyendo de mí como si presintiera que yo podría lastimarla si permanecía sola conmigo.
Fue así, hasta que decidí que fuese lo que fuese que quería hablar Happosai conmigo, lo postergaría e iría a buscar a mi esquiva esposa para aclarar nuestra situación.
-Happosai, no tengo mucho tiempo así que di rápido lo que quieres decirme, por favor.
-¡Vaya! –contestó el viejo sentado tras su mesa de escribir-. Buenas tardes, Happosai –continuó esparciendo un poco de arena sobre el pergamino para secar la tinta de los caracteres que acababa de plasmar en el trozo de lienzo-, así debería entrar primeramente el señor del castillo a una habitación.
-Buenas tardes, Happosai, ¿qué quieres? –rezongué.
-Bueno, bueno. Creo que realmente te encuentras apremiado de tiempo, así que esto lo podemos dejar para después.
-¿De verdad?
-Claro, muchacho, pero… -levantó sus ojos del pergamino que había sellado y recibí una mirada que no me gustó nada-, antes de que te vayas a hacer eso tan importante que tienes que hacer, quiero hacerte una pregunta.
-Dime.
-Hay rumores que han llegado a mis oídos; rumores sobre la dama Akane.
-¿Qué clase de rumores? –me alarmé.
-Sabes que la servidumbre es fiel y que todos quienes te rodeamos haríamos lo que fuera por ti, pero…
-¿Pero?
-Ranma, la chica no se está comportando a la altura de una señora de la nobleza, casada con un daimiyö –dijo el viejo maestro-. Dejé pasar el asunto de los caballos cuando tú estabas fuera, hecho que ya había sido motivo de murmuraciones entre la servidumbre y ahora esto.
-¡Qué! –me exasperé ante la prolongada pausa que hizo Happosai.
-Shinnosuke –contestó.
-¿Qué pasa con él?
-Circulan rumores de que se junta todos los días con tu joven esposa en el salón de armas después de que Ryoga entrena con los guerreros del clan. Como se trata de la señora del castillo y del amigo del señor, nadie se ha atrevido a espiarlos o a decir nada, pero me preocupa que alguien empiece a murmurar… cosas.
-Cosas –repetí totalmente sorprendido con la información que me había sido entregada por mi chambelán.
-Es una jovencita, han pasado los meses y no te ha dado un heredero. Ambos sabemos el por qué, pero el resto no lo sabe y ahora se junta con Shinnosuke todas las tardes, a escondidas de su esposo para hacer algo que nadie sabe ni quiere preguntar. Da para elucubrar ideas y malos pensamientos que pueden ser diseminados con facilidad.
-Shinnosuke es mi amigo… y un monje –rebatí mirando el piso y alejando las ideas que tontamente se me venían a la cabeza luego de escuchar al chambelán.
-Un monje sí, pero antes de ser monje –hizo una pausa para cargar algo de tabaco en su pipa-, antes de eso, es un hombre, Ranma.
-¡Estás sugiriendo que Akane y Shinnosuke…!
-Yo simplemente estoy poniendo en palabras los pensamientos que pueden llegar a mentes menos instruidas como la de los criados.
No seguí escuchándolo a pesar de los llamados a gritos que el anciano maestro me dirigía.
Salí como una exhalación rumbo al salón de armas, sin prestar atención a nada ni a nadie. Cuando llegué frente a las puertas, quise abrirlas de un golpe pero mi curiosidad fue mayor y me acerqué con sigilo. Lo que vi me dejó perplejo, mi amigo de la infancia estaba acostado de espaldas en la duela y ella se levantaba con dificultad, apartándose de él. Se reían a carcajadas. Se reían como nunca había visto reír a ninguno de los dos. Se reían y se notaba que estaban felices.
Los celos me cegaron y sentí que la furia invadía todo mi ser.
-Cuando dije que no avanzabas lo suficiente, no quise decir que tenías que arrojarme al suelo, mi señora.
-Lo siento, es que yo…
-¡Akane! –el grito que di fue tan feroz que la vi saltar y retroceder temblando-. ¡Sepárate de él de inmediato!
Para entonces, ambos se encontraban de pie y los vi intercambiar una mirada asustada.
-¡Sepárate de él! –exigí-. Y tú, prepárate para luchar.
-Ranma, ¿por qué quieres luchar?
-Maldito embustero –dije desenvainando a kibö.
-No hemos hecho nada malo, sólo estábamos entrenando –rebatió en monje retrocediendo para recoger un palo de entrenamiento-. Le estaba mostrando a tu esposa una técnica con la espada que…
-¡Déjate de tonterías y pelea! –le interrumpí cortando en dos la espada de madera con el filo de kibö.
Akane recobró la confianza y sin mediar palabra se puso entre el monje y yo con sus brazos extendidos.
-Aléjate de él –exigí, ella negó con efusividad y me devolvió una mirada furibunda-. No sacas nada con interceder –volvió a negar y esta vez juntó sus manos hasta tocar con ellas la hoja de mi katana.
Reflexioné un momento y bajé mi katana mirando fijamente al hombre que consideraba mi amigo, con el rostro pálido y desencajado tras el menudo cuerpo de mi esposa.
-Debí acabar contigo el día de la batalla, cuando fuiste incapaz de cuidad de ella. Ahora vete si no quieres terminar con la cabeza separada de tu cuerpo –lo vi hacer una reverencia y se alejó del lugar-. Habla –le ordené a mi esposa toscamente.
-¿En qué estabas pensando, mi señor? –fue su primera frase.
Arqueé una ceja y la miré con sorpresa. Quién demonios se creía esa chiquilla al cuestionarme. Era ella la que estaba dando un espectáculo muy poco apropiado para ser la esposa de un señor de la guerra.
-¿Desde cuándo te encierras aquí con ese monje asqueroso?
-Me está entrenando –rebatió indignada-. No estábamos haciendo nada malo.
-Estaban en el suelo, riendo y… -negué con la cabeza-. Si hubiese sido otra persona la que los hubiera visto, ya estarías en boca de todos.
-¿Acaso es del interés de los demás el entrenamiento de una mujer en la esgrima?
-No fue eso precisamente lo que vi.
-¿Y que vio mi señor?
-Vi cómo permanecías en el suelo muy a gusto con otro hombre.
-¡Es un monje!
-¡Es un hombre, maldita sea! –dije golpeando la pared que retumbó cuando mi puño quedó incrustado en ella, al lado del rostro de mi esposa.
Me quedé ahí, sorprendido de mi propia reacción. Ella había cerrado sus ojos y temblaba de pies a cabeza. Tuve que hacer esfuerzos para sacar mi puño del agujero que había dejado en la pared, pero ella no se movió. Seguramente temía otra violenta reacción de mi parte.
-Yo… lo siento –balbuceé-. No quería asustarte…
-¿Eso es lo que piensas de mí, mi señor? –dijo ahogando un sollozo-. ¿Piensas que no sé comportarme y que puedo engañarte con cualquier hombre?
-Yo no… es lo que pueden pensar los demás, Akane –rebatí-. Happosai dijo…
-El viejo chambelán está detrás de todo esto, debí suponerlo.
-¿Qué insinúas?
Suspiró y no pudo aguantar los deseos de llorar, miró hacia un lado y dejó correr sus lágrimas. Nunca la había visto tan vulnerable y sentí lástima de mi mismo, porque era yo el que le estaba provocando aquel daño.
-Soy un estorbo, mi señor –dijo en un susurro-. He sido un estorbo toda mi vida y ni siquiera mereces que yo esté aquí porque… nunca fui tu verdadera prometida. Por favor, te lo suplico, acaba con todo, déjame ser libre.
-¿Qué?
-Es la única forma.
-¡Ese monje! –grité recuperando toda la furia que me había embargado momentos atrás al imaginar que ella pudiera haberse entregado al monje-. ¡Estas enamorada de ese monje!
-¡El monje no tiene nada que ver! –gritó de forma desafiante-. ¡Me tienes encerrada como un pájaro exótico que sólo sirve de adorno y ni siquiera me dices el por qué! ¡No te sirvo de nada, por favor mi señor, acaba con esta farsa! –tomó la mano en la que sostenía mi espada de improviso y forcejeó hasta que logré quitársela y arrojarla al suelo-. ¡Acaba con mi vida, te lo suplico!
-¡No! –grité tomándola de los hombros para apoyarla en la pared con brusquedad-. ¡Eso no lo haré nunca!
-¿Por qué? –sollozó.
-Porque… -la observé fijamente, el rostro demacrado, sus ojos acuosos y sus cabellos revueltos. Me acerqué a su oído y quise decirle en aquel momento el verdadero motivo por el cual la mantenía a mi lado-. Porque quiérelo o no, tú me perteneces y lo harás siempre, Akane, hasta que yo no decida lo contrario.
Mentí, es cierto. Quería decirle que era porque la amaba, porque ya no podía ni quería separarme de ella, pero algo me detuvo. Tal vez la arrogancia y el orgullo a los cuales todavía no me decidía a renunciar. Aun así, me di el gusto de hacer algo que había querido hacer durante largos meses, me acerqué a sus labios y le robé un beso que me supo a gloria y sal.
Sus ojos me devolvieron una mirada desconcertada y la dejé apoyada en la pared de la sala de entrenamientos, totalmente sonrojada y confundida. Recogí a kibö y salí del lugar con el corazón dividido y tan confundido como nunca antes lo había estado en toda mi vida.
Notas finales:
1.- Hola de nuevo. Ya hay actualización de esta historia y no me regañen esta vez porque salió bastante largo el cap (y difícil de escribir). No pretendo alargarme mucho porque mi idea es publicar pronto. Me di el tiempo de revisar el cap pero no mucho, así que si hay algún "dedazo faltortográfico" por ahí, me disculpan, ¿si?
2.- Palabras, creo que solo hay una que paso a detallar:
-Saikyo: es el nombre que le da Akane al caballo negro que ocupará Ranma de aquí en adelante y su significado vendría a ser algo así como "El más fuerte" o "el más poderoso".
Lo otro son dos acotaciones, la primera de ellas es hacer la diferenciación entre cortesana (nombre elegante para referirse a prostituta) y geisha (creo que ya había hablado de esto en otra oportunidad… ¿o no fue aquí?, da igual). La geisha es aquella mujer entrenada para ser una especie de dama de compañía, brindar entretenimiento y desenvolverse en un circulo de gente (varones) importante, por así decirlo y no estaba "destinada" a ofrecer placer sexual.
La cortesana, en cambio, era su contraparte. También estaba entrenada, muchas veces poseía los mismos conocimientos de una geisha (culturalmente hablando), pero éstas mujeres sí ofrecían servicios sexuales a quienes pagaban por ellos, llegando a tener muchos amantes. Conocidas con el nombre de Oiran, estas prostitutas de lujo se diferenciaban de las geisha y del resto de las mujeres en general por cómo iban ataviadas. El kimono normal utilizado por una mujer va con el obi atado atrás, pues bien, la cortesana llevaba el lazo hacia delante; algunos dicen que para que les resultase más fácil deshacerse de sus vestiduras, pero me han desmentido esta información explicándome que era más bien para diferenciarse de las otras mujeres. En el Japón del período Edo (shogunato Tokugawa), la prostitución estaba permitida e incluso se crearon barrios dedicados exclusivamente a este oficio (uno de ellos y sobre el que más he tenido oportunidad de leer es el Yoshiwara), en donde la mujeres eran puestas en jaulas, vestidas con sus espectaculares ropajes a modo de exhibición.
Ahora bien, en la cronología que lleva esta historia (en comparación con la historia real del Japón), no estoy muy segura si estas mujeres ejercían su oficio en la época del relato, pero me valí de una licencia de autora para incorporar a un personaje así porque éste tiene una poderosa razón de ser (jugaré al misterio). Ya saben, no todo lo que digo o escribo es como finalmente resulta ser; quienes me han leído antes lo saben… Madame siempre tiene sorpresas guardadas ;)
Lo segundo, Happosai como acosador y conspirador… mmmh, no sé si les resulte extraño, pero me valí de la pseudo obsesión que tiene el viejo maestro para/con Akane tanto en el manga como en el anime para que el personaje me sirviera para mis propósitos. Cualquier reclamo al respecto, adjuntar formulario junto al review, mensaje privado o a través del face para quienes me conocen por ahí ^^
3.- Mis agradecimientos a quienes leen lo que escribo, en especial a quienes leen esta historia y me dejan sus reviews. Lamento no poder contestarles personalmente a quienes tienen cuenta en ff net esta vez (mi prioridad es publicar), pero prometo solemnemente que lo haré en cuanto tenga un tiempo. A todos los anónimos (insisto, mal llamados anónimos) también vayan mis agradecimiento y es que ahora sólo los nombraré ¿si?
A mechitas123, AkaneKagome, Ishy-24, Arashi ayukawa, rusa, Faby Sama, Ifis, 97pupi, Amancay, IramAkane, Eirene15, andychan23, Yuna Lockheart de Muller, RosemaryAlejandra, marissa, kikko88, RowCinzia, calipzo1993, Maritza chan, LumLumLove, Sele de la Luna, L-na012, CHIQUI09, calvomeneses, Lobo De Sombras y alix, a todas/os muchísimas gracias, saben que no podría seguir sin sus palabras y una vez más, me disculpo por no contestar reviews esta vez pero prometo hacerlo, de verdad. Gracias, gracias, gracias.
Un beso a quienes siguen conmigo y un abrazo gigante. Será hasta una próxima actualización y buena suerte!
Madame De La Fère – Du Vallon.D
