- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
El salvaje caballo bajo un cielo escarlata
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo XIV
De cavilaciones e intrigas.
Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había experimentado una paz y tranquilidad tanto física como mental. No podía precisarlo con exactitud; mucho menos desde que había llegado a esos parajes desconocidos y poco amables.
El hecho es que estando allí, sentada a los pies de aquel gran árbol casi sin hojas producto del inevitable cambio de estación, se encontraba experimentando uno de los momentos de mayor calma que había tenido ocasión de vivir desde que había llegado tiempo atrás a la capital del Shögun.
El cansancio había quedado atrás hacía semanas; la humillación a la que había estado sometido su orgullo constantemente había sido olvidada por completo; los malos tratos y reprimendas no tan sólo a través de las palabras, sino también los golpes que recibía demasiado a menudo por exigir lo que creía, estaba en su legítimo derecho a exigir, se habían desvanecido en su memoria dejando sólo un vago recuerdo toda vez que rozaba alguna parte de su cuerpo que aún no hubiera sanado del todo.
En fin, cada infortunio que le había preparado el destino lo había sorteado con éxito y una templanza digna del mejor guerrero del clan.
El problema era que no pertenecía a ningún clan y tampoco había nacido en una familia que integrara la selecta casta de los guerreros.
Mordió su labio inferior y en su rostro apareció un divertido mohín que nadie apreció en aquel momento.
Desde que había aprendido a diferenciar a las personas a una temprana edad, siempre había odiado tener que considerar aquellas debilidades.
En una sociedad en la que todo se regía de acuerdo a dónde, cómo y de quién habías nacido, no era lógico tener sueños o aspiraciones que contradijeran aquel distintivo sistema.
Mala fortuna; siempre culpaba a su mala fortuna cada vez que aquellos pensamientos hacían mella en su fortalecido temperamento.
Cierto que no había nacido dentro de una familia de guerreros, aunque sabía luchar como uno de los mejores, pero aquel detalle no bastaba para que alguien pudiera obviar su condición y ofrecerle una especie de investidura de samurái honorario.
No había tenido la dicha de nacer en noble cuna y eso alejaba toda aspiración a pertenecer a la nobleza, ya fuera alta o baja, aunque pensándolo bien, eso era mejor así.
Los campesinos, necesarios pero explotados, al menos le hubieran dado algo de independencia.
Quienes se dedicaban a la artesanía eran los siguientes, aunque dudaba mucho haberse conformado fabricando cosas para las demás castas, salvo quizá si hubiese nacido en una familia de maestros en espadas. Ése hubiera sido un gran honor, pertenecer y con el tiempo convertirse en miembro de una gran familia de fabricantes de espadas, pero hasta ese sueño le estaba vedado.
Quedaban los comerciantes y los paria. Ni una ni otra casta le hubiese atraído puesto que ambas eran odiadas y denigradas, entonces, sólo le quedaba seguir siendo lo que había sido durante toda su vida, una sirvienta. Lisa y llanamente alguien que se dedicaba a satisfacer las necesidades de aquellos a quienes pertenecía.
Sin voluntad propia, siempre a merced de lo que decidían sus amos por ella, siempre cumpliendo los deberes que se le encomendaban y nunca pensando en el bienestar propio; ante todo estaba el bienestar de sus dueños, así lo dictaba la regla.
Suspiró de forma cansina y frotó su muñeca izquierda con los dedos de su mano derecha; el dolor propio por cargar con los más de cien cubos de agua para cumplir con el castigo que le habían prodigado en las cocinas esa misma mañana se hacía patente en sus extremidades ahora que disfrutaba de un momento de descanso.
Frunció el ceño y dejó descansar su mano izquierda sobre su regazo, enfocó su vista al cielo y se perdió en su propia ensoñación de convertirse en una nube y dejar que el viento la llevara muy lejos.
La sensación de la suave brisa moviendo sus cabellos y el tenue sol calentando su rostro la llevó a sumergirse en recuerdos de un pasado no muy lejano, cuando corría y jugaba junto a la hija menor de su amo, pero siempre sirviéndola y nunca en igualdad de condiciones.
Aun así, agradecía el respeto y cariño que por ella parecía guardar su joven ama, y todo hubiera seguido igual de armonioso si no hubiesen tenido que hacer ese maldito viaje acompañando el cortejo de la hija mayor de su dueño, si no hubiesen dejado atrás la conocida y querida tierra de Kioto.
Daría su vida por volver a ver el palacete de los Tendo, con sus fértiles tierras, sus riachuelos y su gente. Volvería de vez en cuando a vestirse con los pomposos atuendos que debía utilizar cuando su señora era requerida en la Corte Imperial y tenía que acompañarla hasta allá y quizá, la joven dama hubiese encontrado un mejor destino en la Capital. Tal vez se hubiese desposado con algún noble y ella hubiera pasado a formar parte de ese pequeño circulo selecto y no tendría que permanecer en guardia todos los días y noches, a sabiendas que en cualquier momento sus vidas podrían ser reclamadas en aquellas tierras extrañas y llenas de odiosidad.
Nerima.
El paraje se había convertido en su cárcel; la tierra que había arruinado su poca afortunada vida puesto que aunque inconforme con su condición de sirvienta, hasta antes de llegar a aquel lugar su vida no había sido tan mala y hasta se podría decir que había sido feliz.
Tomó un puñado de hojas secas del suelo en donde permanecía sentada y lo molió en su mano derecha; había llegado a odiar ese lugar y a toda su gente, empezando por el señor del dominio.
Simplemente no podía entender cómo el joven daimiyö había cambiado tan bruscamente de parecer. Ella estaba segura de que él se había enamorado de su señora y en todos los relatos y poemas, el amor siempre triunfaba, entonces, no era posible que de todos los hombres su señora hubiera caído justo en los brazos de uno que era insensible a sus propios sentimientos, que prefería castigar a aquella que debía amar sólo para proteger su honra. No lo entendía y no lograría entender nunca la estupidez humana.
-Idiota –murmuró dejando volar al viento los pequeños trozos de hojas secas.
-¿Lo dices por mí? –preguntó una voz a sus espaldas que la hizo sobresaltar.
-Yo… no, no… -titubeó asustada mirando hacia atrás.
-No importa –dijo sentándose sin mayores contemplaciones al lado de ella.
-¿De qué quería hablarme, mi señor? –preguntó ella observándole de soslayo-, ¿le sucedió algo malo a la dama Akane?
Él sonrió. Le gustaba ver la preocupación en aquel rostro que día con día se le hacía más encantador.
-Sinceramente –respondió-, no entiendo cómo es que siempre antepones a la dama Akane a tu persona.
-Supongo que es la costumbre –concedió sintiendo algo de incomodidad-. Además, la dama Akane es la única persona que ha demostrado ser una amiga verdadera, a pesar de mi condición –se apresuró en agregar sabiendo que esa respuesta tan impulsiva podía ser considerada una falta de respeto.
Él no respondió. Su rostro se ensombreció y esquivó la mirada interrogante de ella, momento que ella aprovechó para observarle detenidamente.
Ciertamente no le consideraba un amigo, pero aquel joven de oscuros cabellos y mirada penetrante le inspiraba confianza. Desde un principio lo había encontrado atractivo y había querido tentar a su suerte tratando de captar su atención, pero ahora, que la habían despojado de todo y que ya no contaba con la protección de su señora, había abandonado toda esperanza de conseguir su interés. Sin embargo, el joven siempre la buscaba y la citaba en lugares escondidos, lejos de ojos escrutadores para otorgarle información sobre lo que acontecía con su señora en el castillo y también para saber de ella. Al menos eso era lo que siempre decía.
-Así que –volvió a hablar el joven-, después de todo no me consideras tu amigo.
-No se vería bien que un guerrero como mi señor fuese amigo de una mujer de mi condición.
-Bien, si eso es lo que piensas –respondió bajando la mirada-. De cualquier modo, yo espero que algún día confíes en mí. Prueba de ello es que quise hablar contigo para darte una noticia importante antes de que la supieras por el conducto regular.
-¿Una… una noticia importante? –titubeó imaginando lo peor.
-Es verdad que la dama Akane de momento se encuentra bien.
-¡De momento! –se exaltó interrogándole con la mirada-. Eso quiere decir que…
-No te apresures en sacar tus propias conclusiones.
-¡Si acabaran con su vida, también deberán acabar con la mía! –sentenció de forma enérgica poniéndose de pie.
-Ukyo –rió sin poderse contener-, no todas las noticias deben ser malas –concluyó incorporándose para quedar frente a ella.
-Acá en Nerima parece que se estila así -rebatió.
-Tal vez, tal vez no. Lo que te quería decir es que no sé muy bien el por qué, pero Ranma cambió drásticamente de decisión y ahora quiere que ustedes vuelvan al servicio de la dama Akane.
-¡Qué! –exclamó verdaderamente sorprendida.
-Levantará muy pronto esa estúpida orden que las tenía confinadas a servicios menores y tanto tú, así como la anciana y la otra chica volverán al lado de su señora.
-¿Por qué? –preguntó, todavía sin salir de su asombro.
-No lo sé, pero al parecer hirió profundamente a la dama Akane y creo que intenta disculparse.
-Eso quiere decir que…
Miró sus manos y rompió a llorar, no sabría decir si de alegría o impotencia. Al contemplar sus manos magulladas, llenas de ampollas, grietas y callosidades, un cúmulo de emociones la embargaron y no pudo contenerse.
-Tendré que prepararme –comentó frotando sus manos como si quisiera limpiar una suciedad inexistente-, no puedo presentarme en el castillo con estas manos inmundas. No podré llevar a cabo las tareas de doncella, dañaría la delicada piel de mi señora y…
-Ukyo, cálmate –pidió enternecido por el comportamiento de la muchacha-. Sé que has pasado por difíciles momentos durante el último tiempo y tu señora lo sabe también.
Ukyo asintió en silencio y sus verdes ojos buscaron el marrón que caracterizaba los de su interlocutor. Sonrió.
-Gracias –susurró-, muchas gracias, señor Hibiki.
Él asintió y cobijó las temblorosas manos de la chica entre las suyas.
-Espero algún día me consideres como tu amigo.
-Desde ya -repuso temblando de pies a cabeza-, eso es un hecho.
-Entonces, ¿puedes dejar el señor a un lado?
-Sí –contestó ella liberando sus manos del agarre del guerrero-. Muchas gracias por traerme tan buena noticia, Ryoga.
Las mejillas de él se encendieron y un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando sintió las pequeñas manos ascender hasta apoyarse en sus hombros y los cálidos labios de la chica posarse en su mejilla derecha.
Demasiado cerca de la comisura de los labios del guerrero para que éste conservara la cordura; un roce demasiado dulce para que no experimentara un fabuloso hormigueo en todo su cuerpo y un gesto demasiado tierno para que no quisiera corresponder, así que, armándose de valor y con una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, fue volteando su rostro mientras tomaba a la chica por la cintura y no tuvo que hacer nada más que esperar a que sus labios se encontraran en un casto y tierno primer beso.
Ella se separó de él impresionada de descubrir lo que acababa de suceder y sonrió levemente sonrojada, no sabiendo si era de alegría o de vergüenza.
Él fue alejándose lentamente y se llevó instintivamente una mano tras su cabeza, totalmente confundido.
-Lo siento, Ukyo… yo no quise…
-¿De verdad? –cuestionó inclinando su cabeza hacia un costado-. Entonces debo disculparme, fue una tontería…
-¡Sí quise! –gritó con mayor efusividad de la que hubiese querido, por lo que rápidamente se llevó ambas manos a la boca-. Es decir… yo…
-Yo también –contestó Ukyo-. Ahora podemos decir que… fue una prueba de amistad.
Ryoga sólo asintió con dificultad ante las palabras de la chica.
-Hay… otro asunto –expuso tratando de cambiar de tema lo más rápido posible.
-¿Otro?
-Sí –afirmó el guerrero todavía sonrojado-. Pronto te llamarán, Ukyo, y volverán a encomendarte las mismas labores que tenías cuando llegaste a Nerima, pero las cosas ya no son como antes dentro del castillo.
-¿No?
-El señor de Nerima es mi amigo, casi un hermano para mí pero eso no impide que me fije en sus desaciertos. Ha cometido muchos errores durante el último tiempo y no todos pueden ser enmendados.
-El señor Saotome podrá ser un excelente guerrero pero deja mucho que desear si de sentimientos hablamos –comentó la chica cruzándose de brazos.
-Te encontrarás con sorpresas y también sospecho que no todos están de parte de tu señora en el castillo, te pido que tengas cuidado y seas precavida.
-Gracias, lo tendré en cuenta.
Un grato silencio se instauró entre ambos, silencio que ninguno quería romper, aunque Ryoga sabía que era tiempo para despedirse.
-Ya… debo irme.
-Creo que yo también.
-Sí, aunque mi despedida será duradera.
-¿Duradera?
-Parto esta noche a la frontera. Hay problemas y revueltas con el clan Kuno, así que…
No le dejó continuar, se arrojó hacia delante y lo abrazó fuertemente.
-Cuídate –rogó cerrando sus ojos al sentir que él correspondía a su abrazo-, cuídate mucho, por favor.
-Lo haré.
Cuando ella se apartó, permaneció en el mismo lugar, se empinó sobre la punta de sus pies y besó suave y brevemente los labios del joven guerrero.
-Cuídate tú también, Ukyo –dijo resignándose a emprender el camino de vuelta al castillo.
-Lo haré –asintió viéndolo partir-. Ryoga –le llamó-, espero que vuelvas muy pronto.
Él sólo asintió con un leve movimiento de cabeza y emprendió decididamente la marcha, puesto que sabía que de permanecer más tiempo ahí junto a ella, le sería mucho más difícil dejarla.
Ella se quedó de pie observándolo hasta perderlo de vista, con una sonrisa adornando su rostro y la esperanza de que todo cambiara para mejor.
Había realizado el trayecto una vez más, haciendo el mismo itinerario que tantas y tantas veces había ejecutado con anterioridad.
Ciertamente el recorrido no tardaba más de cinco días en palanquín si se realizaba con la debida premura, pero él estaba tratando de ganar algo de tiempo, así que ordenó que el trayecto se hiciera con más calma de la debida aduciendo encontrarse mal de salud.
Así, con gran pompa y lentitud, la comitiva que le acompañó se desplazó desde el palacete a la Capital Imperial, recorriendo caminos de bellos paisajes hasta llegar a la Capital en donde se emplazaba con suntuosa magnificencia el Palacio del Emperador.
Soun Tendo, hombre acostumbrado a desenvolverse en la Corte Imperial desde temprana edad y a codearse con aliados y enemigos dentro de Palacio, se encontraba excesivamente nervioso, como si fuese la primera vez que se presentaría ante el Emperador.
Luego de recibir aquella carta redactada con la característica escritura del escribano de Palacio y marcada con el sello imperial, él supo que no saldría ileso de aquella reunión que el mismísimo Emperador le solicitaba sostener.
Cuando el ornamentado palanquín se detuvo en la puerta principal de la enorme ciudadela amurallada que reunía las dependencias gubernamentales, ceremoniales y residenciales del Emperador, él abrió la ventanilla del palanquín y asomó la cabeza.
Por vez primera la enorme construcción le resultó intimidante. La puerta principal, con sus escalinatas, sus enormes vigas de madera y las dos grandes corridas de tejas de terracota que daban forma a dos techos curvos sostenidos por una construcción de madera y estuco con pequeñas ventanas en la parte superior, se le antojó una especie de ogro a punto de devorarlo.
El cortesano suspiró, el color rojo era el tono predominante en la construcción; rojo como la sangre que corría por sus venas y que estaba seguro, podía llegar a perder si no jugaba bien sus piezas en esa complicada partida de shōgi.
-¡Ah, señor Tendo!, es usted –dijo uno de los guardias imperiales acercándose al palanquín.
-Sí –fue la escueta respuesta del hombre.
-Le esperábamos hace unos días atrás, tenemos orden de dejarle pasar en cuanto llegase –afirmó el guardia jocosamente-. Sin protocolos esta vez, eh!
-Sin protocolos –repitió el hombre.
El guardia hizo una reverencia y se retiró alertando a sus compañeros. Un chirrido se escuchó venir de las puertas y los antiguos goznes comenzaron a girar, los porteadores levantaron el palanquín y el cortesano no pudo evitar el escalofrío que le recorrió el cuerpo cuando escuchó la pesada puerta cerrarse luego del ingreso del último porteador del palanquín al recinto imperial.
Ya no tenía escapatoria, tenía que cumplir con la orden recibida semanas atrás, tenía que enfrentarse al Emperador y satisfacer su curiosidad, y tenía que comenzar a rogar por su vida y la vida de sus hijas. Una vez hubo ingresado y luego de ordenarle a su comitiva que lo esperasen en el lugar de siempre, Soun Tendo se dirigió rápidamente y por el camino más directo al Salón de los Cortesanos devolviendo los saludos que le prodigaban pero sin detenerse a entablar conversación.
El guardia de la entrada tenía razón, el retraso había sido demasiado y seguramente el Emperador no estaría de buen humor a causa de la dilación con la que uno de sus más cercanos diplomáticos había cumplido uno de sus petitorios.
-¡Tendo!
El atribulado hombre detuvo su apresurado andar cuando escuchó el familiar llamado.
-Kobayakawa –respondió al girarse y ver a su viejo amigo a unos pasos de donde se encontraba.
-Es un gusto volver a verte en Palacio, Soun –dijo el hombre inclinándose en una reverencia.
-Lo mismo digo –contestó igualando el gesto de su amigo.
Kobayakawa Toramasa era un hombre de avanzada edad, de cabellos plateados y cuerpo enjuto que sin embargo, poseía una mirada vivaz. Había hecho amistad con Soun cuando éste recién comenzaba su espléndida carrera en la Corte Imperial. Los conocimientos que manejaba el anciano Toramasa fueron muy bien recibidos y aprovechados por un joven Soun, quien, en base a los consejos y tutoría de su amigo, rápidamente ascendió en rango llegando finalmente a convertirse en uno de los personajes más influyentes de Palacio.
-Toramasa, mi viejo y querido amigo.
-¿Qué te hizo pensar que podías hacer esperar tanto al Emperador? –rebatió el anciano sin dejarle tiempo de formular una respuesta-. Está impaciente y quiere verte enseguida, Soun. Le mandé aviso a penas me informaron de tu llegada. Iremos ahora.
-¿Ahora? –preguntó el cortesano atemorizado.
-Ahora –dijo invitando a su amigo con un gesto de su mano a seguirle-. Me encargó que te llevase a su presencia a penas llegases. Sígueme, te recibirá en el Salón del Trono.
-¿En el Salón del Trono? –titubeó Soun.
-Sí, sí, en el Salón del Trono. ¿Por qué repites todo lo que digo? –inquirió sin poder contener la sonrisa burlona que se formó en sus labios-. ¿Acaso de pronto te volviste idiota y se te olvidó todo lo que este viejo mañoso te ha enseñado durante estos años de amistad?
-Tengo un mal presentimiento, es todo.
-Soun, el Emperador se ha mostrado reticente a revelarme el por qué quiere verte con tanta urgencia, pero sea lo que fuere te ayudaré.
-Gracias.
-Es lo que debo hacer por alguien a quien estimo.
Le dio un par de palmadas a su amigo en el hombro para animarle y siguieron el camino que los llevaría hasta donde los esperaba el Emperador.
Soun no podía pensar bien; cierto que era un maestro en cuestiones diplomáticas pero cuando el problema pasaba a mezclarse directamente con él y su familia, era incapaz de desplegar toda su maestría.
Cuando llegaron a la puerta de ingreso al Salón del Trono, se percató de que no sabía cómo enfrentarse al Emperador. Miró a ambos lados y soltando todo el aire de sus pulmones, subió uno a uno los peldaños de la escalinata para encontrarse con la puerta principal que daba el ingreso a un gran salón rectangular el cual se utilizaba para oficiar ceremonias oficiales, aunque ciertamente una conversación con el Emperador no era precisamente una ceremonia oficial y ese era otro motivo de preocupación para el cortesano. Si el Emperador quería verlo en el Salón del Trono era porque realmente le preocupaba que dicha conversación fuese privada.
-¿Ingresarás conmigo, Toramasa? –preguntó Soun mirando de soslayo a su amigo.
-Claro –contestó éste-, pero si me pide que me retire tendré que dejarte solo, muchacho.
El cortesano asintió en silencio e ingresó junto a su amigo al gran salón desplazándose lentamente por el centro del recinto según dictaba el protocolo. Una vez llegaron a la mitad de su recorrido, ambos se inclinaron hacia delante y siguieron en aquella posición el resto de camino que les quedaba por recorrer hasta llegar a la presencia del Emperador.
-Nos es muy grato volver a verte, señor Tendo –se escuchó desde lo alto de un estrado al final de una empinada escalera, una voz suave y aflautada que para cualquiera que no estuviese familiarizado, pasaría por la de un niño mimado-. Dinos, ¿por qué has demorado?
Soun, que se había detenido y prosternado junto a su amigo a los pies de la gran escalera que ascendía a lo más alto del estrado en donde se encontraba sentado el Emperador, contestó desde aquella posición, con los brazos extendidos por sobre su cabeza y su frente tocando el suelo.
-Motivos de salud me impidieron presentarme con antelación. Imploro a la bondad que caracteriza a Su Divina Majestad y pueda perdonar esta grave falta.
-Te perdonamos, señor Tendo y esperamos que hayas recuperado la salud. Puedes incorporarte, queremos verte al rostro cuando hablamos contigo. Tú también, señor Kobayakawa.
Ambos hombres se incorporaron aunque permanecieron sentados sobre sus rodillas y con la mirada baja en un respetuoso silencio. En presencia del Emperador, era él quien decidía cómo debía seguir la conversación.
Para un cortesano como Soun, que estaba acostumbrado al protocolo, la pompa y la utilización del plural mayestático por parte del Emperador era algo normal, sin embargo no le pasaron desapercibidos dos detalles.
El primero, el Emperador se estaba dirigiendo a ellos sin ayuda de ninguno de sus ministros, quienes normalmente se turnaban para transmitir las palabras del Emperador a sus súbditos, sino que lo hacía por sus propios medios; lo segundo, estaba seguro de haber visto que alguien permanecía cerca del Emperador, alguien a quien no lograba distinguir desde su alejada posición.
-Dinos, señor Tendo, ¿qué ha sido de tus hijas? Si no mal recordamos, dimos nuestro consentimiento para que dos de ellas se desposaran.
-Su Divina Majestad recuerda bien, dos de mis hijas recibieron su bendición para desposarse.
-Sin embargo, no hemos recibido la debida información por parte del padre de las damas de cómo habían ido las cosas.
-Ruego me disculpe, Su Divinidad, no creí que fuesen de importancia estos asuntos domésticos.
-Señor Tendo, diremos lo que sabemos para que puedas respondernos a cabalidad.
Soun tembló de pies a cabeza, lo que no pasó desapercibido para su amigo y mentor.
-Tranquilo, Soun –susurró el anciano a su lado-, no debe ser nada grave.
-Primeramente –continuó el Emperador sin notar el nerviosismo en el cortesano-, dimos nuestro consentimiento para que una de tus hijas se desposara con el señor Saotome, fiel daimiyö nuestro, hemos de agregar.
-Sí, su Majestad.
-Y luego, dimos nuestro consentimiento para que otra de tus hijas se desposara con el señor Kuno, a quien nos une nuestra sangre.
-Y estoy muy agradecido con Su Divina Majestad por tanto honor dispensado.
Hasta el momento el Emperador no había hecho referencia a los nombres de las hijas de Soun, señal que éste último interpretó como de buen presagio.
-Es un tema delicado éste de las rivalidades entre nuestros daimiyös –reflexionó el Emperador-. Muertes, sangre derramada, odios y desolación… no es de nuestro agrado.
-Nuestro deber siempre será tratar de acabar con todas estas rivalidades para apaciguar el sufrimiento de Su Divina Majestad –expuso Soun.
-Debemos decir que nos preocupa el destino de tus hijas.
-Es muy generoso de su parte y me halaga que dedique tiempo para pensar en mi familia. Me conmueve enormemente la bondad de Su Divina Majestad, no soy digno.
-Demasiado modesto es nuestro querido súbdito, ¿no te parece?
Los hombres que permanecían arrodillados a los pies de la escalinata escucharon un murmullo de sedas y comprendieron sin la necesidad de levantar la vista que el Emperador se había puesto en pie.
El frufrú de los numerosos pliegues del kimono imperial se fue acercando hasta hacerse patente a escasa distancia del piso.
-Incorpórense –se escuchó claramente la voz aflautada del Emperador.
Los hombres se pusieron respetuosamente de pie aunque siempre conservando la mirada baja, como si el sólo hecho de encontrarse con los ojos del Emperador les pudiera dañar la vista.
Frente a ellos permanecía la encarnación de los dioses. El Emperador era un hombre de unos cuarenta años, de cuerpo enjuto, piel cetrina y grandes bolsas de piel bajo los ojos que daba la impresión de siempre encontrarse enfermo.
En esta ocasión vestía un pomposo kimono de color dorado, bordado con garzas en las mangas y espalda y flores de crisantemo color carmesí, la flor imperial.
A su lado no se encontraba ningún ministro, sino muy por el contrario, un estilizado kimono femenino de color blanco con flores de sakura y garzas en vuelo delataban la presencia de una mujer; el penetrante aroma a jazmín y flores de azahar también lo hacía patente.
-Señor Tendo, si nos urge hablar contigo es por una idea que tuvo nuestra querida Hinako y que quisiéramos compartir contigo –dijo finalmente el Emperador.
Soun asintió en silencio. Por fin descubría la identidad de la persona que acompañaba al Emperador en esa extraña reunión.
La dama Hinako era una de las más bellas consortes del Emperador. Por supuesto que no ostentaba el rol de primera esposa, ese papel lo desempeñaba la Emperatriz, pero para nadie resultaba un misterio que el Emperador tenía a una favorita entre todas sus consortes y esa favorita se encontraba de pie junto al él.
La dama Hinako era una joven de castaños y largos cabellos, de una delicada y atrayente figura y una belleza un tanto exótica debido a que, a pesar de ser una mujer adulta, todavía conservaba algunos rasgos infantiles que cautivaban a los hombres que tenían la suerte de llegar a conocerla. Soun lo sabía muy bien ya que más de una vez había tenido que hacer esfuerzos por no dejarse llevar por impulsos impropios de un súbdito de Su Majestad Imperial.
La dama Hinako estaba vedada para él y para el resto de los hombres, lo sabía y ella también, pero al parecer la favorita del Emperador lo olvidaba de vez en cuando y siempre que podía buscaba la compañía del cortesano.
Soun jamás había cedido a la dulce tentación que significaba la dama Hinako, pero reconocía que sentía cierta debilidad por la joven y se negaba a admitir que le estaba costando cada vez más apartarla de su pensamiento.
-Señor Tendo, señor Kobayakawa –susurró dulcemente la mujer a modo de saludo.
Los dos hombres sólo se inclinaron en una reverencia.
-Conocemos las disputas del clan Saotome con el clan Kuno por el dominio de Nerima –continuó el Emperador-. El señor Kuno, a pesar de poseer sus propias tierras en Seisyun, siempre ha mostrado aquella obstinación por las tierras de Nerima. Nos preocupa que dos grandes señores como lo son ellos terminen exterminándose mutuamente.
-Entiendo.
-Querida Hinako, puedes explicar tú misma lo que tenemos pensado solicitarle al señor Tendo.
-Si Su Divinidad me lo permite, así lo haré -musitó melosamente la mujer.
El Emperador asintió y por primera vez, Soun se atrevió a levantar la mirada para encontrarse con la oscura y envolvente mirada de la favorita.
-Señor Tendo, tu hija se desposó con el señor de Nerima y prontamente otra de tus hijas se desposará con el señor de Seisyun. Se me ocurrió que, puesto que Su Divina Majestad se encuentra decidida a cesar los ataques y odiosidades entre estos dos señores de la guerra, tus hijas podrían mediar para que ambos daimiyös dejaran su disputa a un lado y convivieran pacíficamente en Edo.
-Es una idea muy propia de una mente privilegiada, dama Hinako –dijo Soun ganándose una sonrisa de benevolencia del Emperador y haciendo que la mujer se sonrojara-, pero si me disculpas, no creo que funcione en la práctica.
-¿Por qué crees eso, señor Tendo? –intervino el Emperador.
-Su Divina Majestad me disculpará pero, es sabido que el señor Kuno siente una animadversión que se arrastra por años hacia el señor Saotome. No creo que mis hijas puedan hacer algo contra ese odio.
-No subestime los encantos de una mujer, señor Tendo –dijo Hinako con voz misteriosa-, se puede usted sorprender.
-Señor Tendo –contrarrestó el Emperador-, hemos decidido que la idea de nuestra querida Hinako es viable. Conocemos a tus hijas y sabemos que son dignas de ejecutar una empresa como esta.
-Si Su Majestad está tan seguro, así debe ser –respondió Soun.
-Para eso les hemos mandado llamar. Señor Tendo, tú escribirás la misiva para cada una de ellas y el señor Kobayakawa a quien estimamos y en quien confiamos plenamente será el mensajero.
-Será un honor servir una vez más a Su Divina Majestad –contestó Toramasa en su primera intervención en la conversación.
-Se hará lo que Su Majestad ordene.
-Entonces, tu primera tarea en Palacio será escribir esa misiva, señor Tendo –continuó el Emperador-. Confiamos en tu sabiduría y diplomacia, señor Kobayakawa y queremos que esto no se retrase más. El invierno se acerca y deberás hacer un largo viaje hasta Edo, queremos que nuestras bellas súbditas, hijas de nuestro servidor más leal, comiencen a desarrollar nuestra idea prontamente.
-Así se hará, Su Divinidad –afirmó Toramasa.
-Ahora nos retiramos y esperamos contar con la compañía del señor Tendo por largo tiempo esta vez.
-Sí, Su Divina Majestad.
El Emperador sonrió imperceptiblemente y comenzó a girar entre un murmullo de sedas para subir la escalinata. Hinako sonrió de forma significativa a Soun e inclinó coquetamente la cabeza a modo de despedida para luego girar y posar su propio antebrazo en el que cortésmente le ofrecía el Emperador.
Los dos hombres se quedaron estáticos en el lugar hasta que vieron desaparecer a la pareja y abandonar el Salón del Trono.
-Vamos –susurró Toramasa.
Soun asintió y siguió a su amigo en un obstinado silencio. La entrevista con el Emperador había resultado menos catastrófica de lo que él se había imaginado, aun así se preguntaba cuánto tiempo demoraría el Emperador en descubrir la verdad acerca de lo que realmente estaba sucediendo tanto en Nerima como en Seisyun. La voz de su amigo logró sacarlo de sus pensamientos.
-Estás en problemas, Soun.
-Sí –contestó todavía algo abstraído del camino que realizaban hacia el salón en donde se congregaba la nobleza-, aunque creí que esto iba a ser más duro.
-No me refiero a los deseos del Emperador, sino… –hizo una breve pausa y detuvo a su amigo del antebrazo- al deseo de la dama Hinako.
-La dama Hinako quiere lo mismo que quiere el Emperador y…
-El verdadero deseo de la dama Hinako –interrumpió Toramasa ganándose una mirada sorprendida de parte de su amigo-. Soy viejo pero no me he vuelto ciego ni tampoco chocheo, Soun. La preferida del Emperador tiene una fijación contigo y para mí, que he permanecido tanto tiempo en la Corte, que he servido a otros Emperadores y he conocido a muchas consortes, algo así no pasa desapercibido.
-Estás imaginando cosas, Toramasa.
-Ten cuidado Soun, he visto a bellas mujeres destruir a hombres fuertes y poderosos con encantos y ardides. No bajes la guardia con la dama Hinako.
-En todo caso, eso es lo que menos me preocupa ahora.
-¿Y qué puede ser más importante que tu carrera política?
-El Emperador no sabe todo lo que sucede con mis hijas y esos señores belicosos de Edo.
-¿No?
Soun negó con la cabeza y sintió que era momento de sincerarse con su amigo, así que le contó todo acerca de la suplantación de Akane, la fuga de Kasumi y el plan de Nabiki. Cuando terminó, su anciano amigo lo observaba con asombro.
-Esto es grave –articuló el cortesano mayor-. Es muy grave.
-Sí, así que comprenderás que en estos momentos no puedo estar preocupándome por los caprichos de una consorte imperial. ¿Me ayudarás?
-En lo que pueda, amigo mío –contestó el anciano.
-Entonces vamos, tengo que escribir una carta.
Ambos hombres se perdieron dentro de los intrincados pasillos y salones del Palacio Imperial.
Se encontraba abstraída en sus propios pensamientos, sin embargo, su hermano permanecía en la misma habitación junto a uno de sus generales y a su consejero más fiable.
La joven de larga y sedosa cabellera negra mordisqueaba distraídamente la fruta de la estación que una de sus doncellas le había servido. Sentada sobre sus piernas disfrutaba con cada bocado puesto que por su cabeza sólo pasaban imágenes de una mujer odiada cayendo al abismo de lo desconocido.
Habían pasado ya tres plenilunios desde que Kodachi Kuno visitara al señor Gosunkugui solicitando su ayuda y desde entonces, se había hecho una insana costumbre regocijarse día tras día imaginando la muerte de la usurpadora; porque claro, para ella la esposa del señor de Nerima había usurpado el lugar que por derecho le correspondía a ella ostentar.
Así pues, había seguido al pie de la letra las condiciones impuestas por el consejero de su hermano y la convivencia con éste último había resultado de mayor agrado desde entonces.
Los hombres se encontraban reunidos a una mesa de trabajo y no prestaban mayor atención a lo que hacía la joven señora Kuno; ciertamente les parecía muy agradable el ambiente que se había establecido en el castillo desde hacía un tiempo atrás. Sólo el consejero de Tatewaki sabía el real motivo de la aparente calma de la dama Kodachi, pero mientras ella acatara sus recomendaciones, él no tenía por qué preocuparse.
Así pues, sentados sobre sus rodillas discutían algunos temas relacionados con la administración del dominio y con el resguardo, o mejor dicho, las escaramuzas que se desarrollaban en las fronteras con las tierras de Nerima.
-Mis hombres han reportado distintos ataques cometidos en las tierras cerca de la frontera –acotó Taro-. Al parecer, Shiratori no se decide todavía y aunque tiene claras las intenciones de Sanzenin, el viejo no quiere ceder a la unión de su hija mayor con Mikado.
-Un viejo mañoso y terco no evitará que mis planes se realicen –dijo Kuno con desprecio-. Mikado tiene que desposar a la hija del viejo, así podremos controlar del todo las tierras de Shiratori y debilitar al clan del bastardo por ahí. Taro, mi fiel comandante, creo que es hora de darle un escarmiento al viejo Shiratori. Prepara a los hombres y ataca sus tierras, así le amedrentaremos y quedará tan asustado que no se negará a aceptar la propuesta de Mikado.
-Mi señor –intervino Gosunkugui-, si me lo permites debo decirte que es una estrategia arriesgada. Las tierras del señor Shiratori están bajo la protección del clan Saotome, llevar a cabo un ataque así sería una agresión directa al señor de Nerima.
-¿Y qué tiene de malo eso, Gosunkugui? A mí me parece que sería una linda forma de hacerle saber al bastardo que no he olvidado la última batalla.
-Aun así, me parece arriesgado. Quizá si enviáramos un mensaje o a un emisario para hacer entrar en razón al señor Shiratori, evitaríamos…
-¿Evitaríamos un enfrentamiento? –interrumpió Kuno-. ¿Y qué te hace pensar que mi intención es evitar un enfrentamiento?
-El invierno se acerca y tus hombres no estarán preparados para sostener una batalla en…
-¡Los hombres del clan Kuno no le temen a nada, consejero! –exclamó Taro golpeando la superficie de la mesa con su mano empuñada-. No temen ni se doblegan ante nada, ni siquiera a la crudeza de la estación invernal.
Gosunkugui suspiró, era imposible razonar con dos hombres tan tercos como sus acompañantes. Él era un hombre de letras, un diplomático, su fortaleza era la cabeza y la palabra, no la fuerza bruta, así que decidió ceder terreno por esta vez no sin antes advertir por última vez al señor del castillo.
-Entonces, no tengo nada más que decir, mi señor, salvo reiterar que me parece una estrategia que no dará los frutos que el señor Kuno espera.
-Tranquilo, Gosunkugui, ya verás cómo el buen Taro logra que ese viejo chocho baje la cabeza y se doblegue a mis deseos –rió exageradamente-. Taro siempre consigue que mis enemigos paguen por las afrentas que cometen hacia mi persona, ¿ya olvidaste lo que le sucedió a Satori?
Por supuesto que el consejero no lo había olvidado. Cómo olvidar el sangriento castigo al que había sido sometido el joven señor. Se estremeció de sólo recordar el castillo y las calles de la ciudad en llamas; de ver a la gente suplicando clemencia a un grupo de guerreros que parecían regocijarse en quitarles la vida con sus afilados sables; de observar la cabeza del joven señor junto a la de toda su familia, madre, hermanas, cuñados, sobrinos, sirvientes, todas separadas del cuerpo ya sin vida y puestas en estacas a modo de exhibición frente a la puerta de entrada al castillo como un cruel recordatorio de que el señor Kuno no olvidaba la traición… y mucho menos la perdonaba.
-No, mi señor –respondió bajando la cabeza-. No lo he olvidado, me hiciste ir a cerciorarme que tus guerreros hicieran un buen trabajo esa vez.
-¡Y vaya que lo hicieron! –se regocijó Kuno dándole un par de palmadas en el hombro a Taro a modo de felicitación.
-Gracias, mi señor –sonrió el comandante del clan Kuno con una sonrisa cruel y una mirada encendida de odio y frialdad.
-Bien, si no tenemos nada más que discutir…
Un lacayo se anunció en la puerta captando la atención de todos los allí reunidos. Incluso Kodachi pareció despertar de su ensoñación para enterarse de lo que el joven sirviente venía a comunicar.
-Mi señor –dijo haciendo una exagerada reverencia-. Acaba de llegar un visitante al castillo.
-¿Un visitante? ¿Sin aviso previo?
-Sí, es una comitiva pequeña compuesta por un grupo de guerreros, varios sirvientes y un palanquín finamente ornamentado.
-¿Mi señor quiere que vaya a cerciorarme de quién irrumpe en el territorio de Seisyun sin avisar de su llegada? –preguntó Taro.
-No, iré yo mismo.
-Te acompaño, hermano.
Kuno observó a su hermana mientras todos se levantaban y asintió en silencio. Después de todo y a pesar de la carga y la molestia que le significaba tenerla en el castillo, ella ocupaba el rol de señora del mismo; le correspondía atender ese tipo de situaciones.
Avanzaron todos por los pasillos del castillo hasta llegar a las puertas del mismo. Kuno ordenó que abrieran el gran portón y se acercó un poco más junto a su hermana menor. Gosunkugui se había adelantado y junto con Taro comenzaron a interrogar al hombre que encabezaba la pequeña comitiva.
Luego de un momento, Gosunkugui volvió al lado de su señor y los hermanos Kuno pudieron apreciar el movimiento tras los hombres de la avanzada. Alguien se preparaba para salir del palanquín.
-Mi señor, no lo vas a creer.
-¿El qué? ¿Quién es?
-Debí suponerlo por el blasón en los estandartes –comentó Gosunkugui.
-Habla de una vez, idiota –rezongó Tatewaki.
-La señora Tendo –comenzó a decir el consejero-. Es la señora Tendo, mi señor. Está acá.
Los hermanos se miraron sin salir de su estupor. Cierto que Tatewaki había solicitado a través de un mensajero la mano de una de las hijas de Soun Tendo, pero nunca se hubiera imaginado que la dama en cuestión hiciera el viaje personalmente para comunicar una respuesta.
Todavía desconcertado ante la noticia, el señor del castillo vio avanzar a una grácil mujer vestida elegantemente quien, sin embargo, no mostraba el rostro cubierto tras una sombrilla para protegerse del sol.
Cuando finalmente llegó a una distancia de tres pasos, la doncella que acompañaba a la mujer descubrió el rostro de su señora cambiando la sombrilla de posición.
-Debo disculparme con el señor del castillo por mi atrevimiento al venir a visitarle sin avisarle previamente –dijo Nabiki Tendo con un tono de voz cautivante e ingenioso a la vez.
El señor Kuno no salía de su impresión al ver a esa joven y bella mujer de sedosa cabellera castaña y ojos vivaces de pie frente a él.
-Tus disculpas son aceptadas por mi hermano, señora Tendo –intervino una malhumorada Kodachi al ver que su hermano mayor no reaccionaba-, ¿no es verdad, hermano?
-Por supuesto –aceptó Kuno con un movimiento de cabeza.
-Vine enviada por mi padre a conocer a tan valeroso señor que pidió desposarse con una de nosotras y, además, a prestar mi ayuda con los preparativos para la boda.
-Entonces, bella señora –repuso finalmente Kuno-, ¿vienes a quedarte en mi humilde castillo?
-Si el señor y la señora Kuno así lo disponen, sí –afirmó Nabiki con convicción-, de lo contrario me veré en la obligación de seguir mi camino y establecerme en el castillo de Nerima, donde mi hermana es la señora del lugar.
Para Nabiki no pasaron desapercibidas las reacciones que aquellas palabras causaron en quienes la acompañaban. Kodachi pareció erizarse y una silenciosa cólera se hizo patente queriendo hacerla explotar puesto que su rostro tan pálido, de un momento a otro enrojeció hasta niveles insospechados. Tatewaki se estremeció y su rostro mutó delatando una mirada de odio y furia mal contenida. Gosunkugui se quedó pasmado y sólo atinó a mirar a la joven con asombro y admiración.
-Por supuesto que te quedarás en el castillo, señora Tendo –dijo Kuno conteniendo la irá que por momentos sintió-. Mi hermana Kodachi será una buena compañera para ti.
Kodachi asintió de mala gana y frunció el ceño.
-Gracias, señor Kuno. No esperaba menos de un noble señor como el señor de Seisyun.
-Mucho gusto nos da conocerte, señora Tendo. Mi nombre como ya lo dijo mi hermano mayor es Kodachi y estaré complacida de tenerte como huésped en el castillo.
-Gracias, dama Kodachi. Yo soy Nabiki y estoy segura de que nos llevaremos muy bien durante mi corta estadía. Prometo no ser una molestia.
-Pues bien, a mi también me da gusto conocerte, dama Nabiki –dijo Kuno-. Pero ahora debes estar muy cansada por el viaje. Kodachi, ¿por qué no acompañas a nuestra invitada al interior del castillo para que se refresque? Mientras, Gosunkugui y Taro pueden organizar a sus acompañantes para que se instalen de la mejor forma.
-Será un placer, querido hermano –siseó Kodachi.
Nabiki inclinó la cabeza coquetamente a modo de despedida y siguió a Kodachi acompañada de su doncella al interior del castillo.
-Mi señor, es una bella dama pero hay algo que no me gusta en ella.
-¿Lo notaste tú también, Gosunkugui? –dijo Kuno observando a las mujeres perderse al interior del castillo-. Es bellísima y muy delicada, digna para ser la esposa de un daimiyö.
-No me refería a eso, mi señor, sino a que pareciera tener intenciones ocultas.
-¿Qué intenciones ocultas podría tener tan frágil y dulce pajarillo?
-No lo sé, pero esa mirada de astucia…
-De cualquier forma, tú estás cerca para vigilarla y averiguar esas supuestas intenciones ocultas, Gosunkugui –comentó Kuno-. Y si descubres algún secreto, nuestra invitada puede transformarse rápidamente en nuestro rehén, ¿no lo crees?
-Sí, mi señor. No lo había pensado así.
-Despreocúpate Gosunkugui.
-Así lo haré mi señor.
El señor del castillo se retiró extrañamente feliz, pero él no sabía que con la llegada de la señora Tendo, una nueva y encarnizada lucha de astucia iba a llevarse a cabo bajo sus propias narices.
Habían cabalgado por mucho tiempo entre un paraje y otro, preguntando, exigiendo e implorando información fidedigna sobre los prófugos, pero no habían conseguido dar con el paradero de la dama Kasumi y su amante.
Para Hiroshi, acostumbrado a llevar empresas de carácter bélico, la situación se le antojaba una infantil broma del destino puesto que no había sido entrenado para convertirse en la nodriza de las hijas de su señor. Él era un guerrero y uno de los mejores que servían al señor Tendo, entonces, ¿qué diablos hacía persiguiendo a una pareja de prófugos por todo Edo?
Ciertamente, si no albergara los sentimientos más tiernos por la menor de las hijas de su señor, seguramente se hubiera negado a emprender una empresa tan necia.
Por segunda vez se habían detenido en aquel pueblo alejado del palacete del señor al que pertenecían esas tierras, pero las personas que ahí vivían eran gente reticente a hablar, muy desconfiados y poco amables con los extraños, en especial si esos extraños se componían de un puñado de soldados.
Era común que la gente que vivía cerca de las fronteras de dos dominios tan divididos como lo eran Nerima y Seisyun actuara con desconfianza ante los extraños. Nadie estaba seguro en un lugar como aquel; las rencillas entre los clanes estallaban en cualquier momento y la gente común muchas veces pagaba las consecuencias de las batallas y escaramuzas de los guerreros.
Hiroshi se dejó caer en el asiento de una posada del camino y miró en derredor mientras esperaba a que la anciana mujer dueña del local le trajese un plato de comida. Sus hombres seguían buscando por los alrededores y habían quedado de reunirse en aquel lugar para descansar y alimentarse antes de emprender un nuevo tramo en su misión.
Uno a uno fueron llegando los hombres que componían su cuadrilla, con noticias de las hostilidades entre ambos clanes, con información sobre los últimos acontecimientos entre los guerreros, pero ninguna pista sobre el paradero de los prófugos.
Una vez que todos sus hombres hubieron comido, Hiroshi se levantó de su asiento, pagó lo que habían consumido, luego fue hasta donde se encontraba su caballo y comenzó a acariciarlo hasta que a lo lejos, algo llamó su atención.
El polvo del camino se veía con claridad; no podía estar equivocado, se trataba de guerreros a caballo que avanzaban en su dirección. Revisó que sus sables estuviesen en su lugar y silbó a sus hombres para alertarles. No era prudente descuidarse tan cerca de la frontera y aunque él y sus hombres no habían alcanzado a unirse a las tropas del señor de Nerima, portaban en sus ropas el blasón de los Tendo, la casa que se uniría a los Saotome a través del matrimonio.
Suspiró al recordar las últimas palabras de su señora. No había sabido nada de ella desde entonces y cada vez se encontraba más desesperado puesto que sabía muy bien que si daba con el paradero de los fugitivos, los problemas de su joven señora se acabarían.
Observó nuevamente el camino, sus hombres ya se encontraban a su lado, dispuestos todos a luchar de ser necesario y la tropa de guerreros estaba por llegar hasta donde ellos se encontraban.
Eran cinco, todos a caballo y armados.
Hiroshi sonrió cuando pudo visualizar al primer guerrero y corrió en su encuentro. El guerrero frenó el avance de su caballo e hizo una señal a sus acompañantes para que hicieran lo mismo. Bajó de un salto de su montura y avanzó a paso rápido hasta quedar a la altura de Hiroshi. Allí, y en un acto fuera de todo protocolo, ambos hombres se abrazaron con efusividad.
-Creí que habías muerto.
-No antes que tú, Daisuke, no antes que tú –dijo separándose de su amigo-. No sabes cuanto me alegra ver por fin una cara familiar.
-Ha pasado mucho tiempo desde que nos separamos en la colina del encuentro.
-Sí, y nada ha cambiado.
-Te equivocas, muchas cosas han cambiado desde entonces.
Hiroshi miró a su amigo con curiosidad y Daisuke rió suavemente.
-Te contaré todo lo que sé –dijo Daisuke-, pero antes debo alimentar a mis hombres.
Hiroshi asintió y se dirigió a sus hombres para decirles que podían descansar un poco más, que luego emprenderían nuevamente la búsqueda. Entre tanto, Daisuke ordenó a sus compañeros que ingresaran a la posada donde él mismo ingresó después acompañado de Hiroshi.
Los amigos se habían sentado separados de los acompañantes de Daisuke y mientras éste último comía, le fue contando a su amigo todo lo que había sucedido desde que Hiroshi había abandonado la comitiva de la señora Tendo.
Comenzó relatando la boda, la batalla contra el clan Kuno, el pseudo encarcelamiento al que estaba sometida la dama Akane y finalmente, el destino que le habían designado a él y a sus hombres custodiando las fronteras del dominio en una especie de destierro disimulado.
-Entonces, finalmente ese señor Saotome resultó ser un cretino –comentó Hiroshi al escuchar de labios de su amigo que la dama a quien él tanto quería permanecía atrapada en el castillo de Nerima-. Ella nunca debió seguir un plan tan descabellado.
-Hiroshi, todavía sientes…
-Aunque se haya entregado a ese estúpido señor de la guerra, yo seguiré sintiendo lo mismo por ella.
-Amigo mío, las cosas de por sí ya están complicadas. Que los guerreros del clan Saotome no te escuchen hablar así de su señor o terminarás perdiendo la vida.
-De todas formas ya no tengo vida, Daisuke.
-Eres un romántico de la peor clase –rebatió su amigo mirando al techo-. Mira, estamos aquí custodiando las fronteras, si te unes a nosotros es seguro que puedas conseguir alguna información sobre el paradero de la dama Kasumi.
-¿Qué te hace pensar así?
Daisuke se golpeó la ropa, en el lugar preciso en donde se dejaba ver el blasón del señor de Nerima.
-Es más fácil que esta gente hable y le dé información fidedigna a quienes pertenecen al clan de su señor, que a unos extraños que nadie conoce.
-Tienes razón.
-Entonces, no se hablé más. Te unes a nosotros.
Daisuke se puso en pie y pagó por la alimentación de sus hombres y la suya propia a la anciana de la posada.
-¡Nos vamos, holgazanes! –gritó a sus hombres y comenzaron a salir del lugar-. A partir de ahora, tú y tus hombres nos seguirán.
-Bien. Espero que me traigas suerte porque hasta el momento…
Daisuke rió y toda la tropa montó para emprender el camino.
No había pasado mucho cuando una joven pareja de aldeanos ingresó a la posada en donde pidieron algo de comer.
-¿Esos hombres que acaban de retirarse a caballo? –inquirió el hombre.
-Guerreros Saotome –contestó hoscamente la mujer-. Vigilan la frontera.
El joven asintió en silencio y esperó junto a su mujer a que la anciana le trajese lo que habían pedido.
Si Hiroshi y Daisuke hubiesen permanecido en aquel lugar un momento más, o si hubiesen emprendido su camino en dirección contraria, hubieran descubierto que la joven pareja de aldeanos estaba compuesta por la hija mayor de Soun Tendo y el médico con el que se había fugado.
La suave melodía que emitía la pequeña flauta de bambú siempre lograba tranquilizarle.
Nunca había tenido claro el por qué, pero el hecho de tocar ese instrumento lograba transmitirle una paz interior que no conseguía haciendo ninguna otra actividad; ni siquiera meditando.
Lo cierto es que la melodía que conseguía sacarle a la flauta lograba transportarlo a otra parte; era como una droga que conducía su mente y su alma hacia otros parajes, a una tierra lejana de un paisaje distinto, un paisaje de extensas planicies rodeadas por altas montañas y vegetación. Su tierra natal desde donde lo habían arrancado a temprana edad.
Detuvo su interpretación un momento ya que su instinto de guerrero le indicaba que alguien o algo andaba cerca. Sonrió al percatarse que se trataba de un pequeño conejo salvaje que merodeaba por el bosquecillo en donde se encontraba. Siguió entonando una nueva melodía con la flauta de bambú.
Mousse, el guerrero chino recientemente incorporado a los guerreros del clan Saotome se sentía inquieto. No le gustaba desconocer detalles de los trabajos que realizaba para su señora y hasta el momento, sabía que ella no le había dicho todo lo que pretendía que él hiciera infiltrándose en el clan Saotome.
La señora de la casa del lago, a quien pertenecía su lealtad a causa de la deuda de honor y dependencia que había contraído con ella, no le había dicho la finalidad de tanta intriga y misterio, sólo le había prometido que si le ayudaba a conseguir lo que quería, le otorgaría su libertad e independencia, entonces y sólo si conseguían el objetivo, él podría hacer su vida como se le viniera en gana al lado de la mujer que deseara.
El guerrero sentía que le debía algo más que gratitud a su señora, le debía la vida puesto que cuando sus caminos se habían cruzado hacía ya tanto tiempo que no lograba recordar, él no tenía cómo sobrevivir o ayudar a sobrevivir a quien más le importaba en el mundo. Ella, la dama de la casa del lago se encargó de ayudarle, de sacarlo del abismo y de reconfortarlo cuando él creía que todo estaba perdido. Entonces se convirtió en su leal servidor, dispuesto a hacer cualquier cosa que su señora le ordenase hacer, inclusive matar de ser necesario. No le importaba con tal de saber que lo que hacía, lo hacía por ambos. Así fueron forjando una extraña amistad no exenta de problemas y odios. Su señora tenía mal carácter, era exigente, testaruda y caprichosa, pero él sabía que le estimaba, quizá no tanto como había llegado a estimarla él, pero se había ganado su estima, de eso no tenía duda.
A pesar de lo complicada que podía tornarse algunas veces la convivencia entre ellos, él siempre estaba dispuesto a ceder para complacerla. Quizá Yuka tuviera algo de razón, quizá una de las razones por las que actuaba de esa manera era precisamente porque sentía algo más que afecto por la señora de la casa del lago, aunque no quisiera reconocerlo.
Se detuvo de inmediato cuando escuchó movimiento en los arbustos.
-¿Quién es? –dijo sacando rápidamente de su manga una daga corta.
-No quise molestarte.
La voz femenina denotaba algo de temor y curiosidad. Mousse buscó con la mirada y encontró rápidamente a la fémina dueña de tan dulce voz. Sonrió y guardó el puñal.
-De verdad, estaba dando un paseo y la melodía llamó mi atención. Tocas muy bien.
-Gracias –dijo sin quitarle la vista a la joven.
No la había visto más que en un par de ocasiones con anterioridad, pero allí, con el bosquecillo de fondo y la curiosidad brillando en sus vivaces ojos marrones, le parecía estar contemplando una deidad.
-Te detuviste por mi torpeza.
-La señora del castillo no debería deambular sola por un lugar tan solitario –acotó el joven-, es peligroso.
-Te aburres fácilmente encerrada en el castillo –musitó bajando la mirada-. Además, es divertido volver y ver como todos están asustados por la reacción que pueda tener su señor si no encuentra a su esposa enjaulada a tiempo.
-Una jugarreta peligrosa.
-Nunca me ha pasado nada y siempre vuelvo a mis habitaciones antes de que él llegue, así que…
Akane dejó la frase en el aire y descuidadamente paseó su mirada por las copas de los árboles medio desnudos.
-Un bonito lugar –comentó.
-Por cierto –dijo Mousse llevándose una de sus manos a la cabeza-, me llamo Mut-zu y desde hace poco me uní a los guerreros del clan.
Hizo una profunda reverencia y Akane sonrió.
-Eres el extranjero –acotó-. He oído hablar de ti. Muy bien, por cierto.
-Tu esposo es un gran guerrero, me halaga que tenga buenas palabras hacia mi persona.
-Casi no hablo con el señor del castillo –murmuró Akane un tanto molesta y sin percatarse que le estaba dando datos íntimos a un perfecto desconocido.
-Qué sorpresa. Si yo tuviera una esposa tan encantadora como la señora Saotome, pasaría la mayor parte del tiempo junto a ella.
-Tal parece que tu señor no piensa lo mismo –rebatió Akane-. Al señor del castillo le importa muy poco lo que pase conmigo.
-Debes estar bromeando, mi señora. El señor Saotome te quiere mucho.
Ni ella supo cómo había llegado a hablar de un asunto tan personal como aquel con el joven extranjero, ni él supo por qué de pronto se encontró defendiendo al señor de Nerima ante su esposa, pero ninguno de los dos estuvo dispuesto a dejar aquella conversación.
-Si me quiere como dices, entonces, ¿por qué va en busca de otros brazos?
Akane se llevó ambas manos a la boca aunque ya era tarde, había dicho lo que pensaba. Sin la compañía de Ukyo o Cologne y desconfiando siempre de Yuka, era lógico que la joven esposa quisiera desahogarse con alguien y un extraño muchas veces resultaba la persona ideal para escuchar sin juzgar.
-¿Lo dices por aquella vez que fuimos a la casa del lago, mi señora?
Ella asintió en silencio, sin poder contestar a la pregunta que le hacía el joven. Él la observó por un momento y sintió compasión. Incluso antes de que formulara la pregunta, ya había decidido decirle la verdad a la joven.
-Es una mujer muy bella –dijo Akane antes de que él pudiera comenzar a hablar-. Posee una exótica belleza que llama poderosamente la atención. Es normal que un daimiyö busque la compañía de una mujer tan bella y no me quejo, nosotras las mujeres somos educadas desde niñas para compartir a nuestros esposos, ya sea con los problemas en las tierras, las batallas y las mujeres como la hermosa dama de cabellos violáceos.
Mousse abrió los ojos con incredulidad. Sabía de los planes de su señora y estaba al tanto de que enviaría a alguna de las chicas en su lugar, pero nunca imaginó que…
Sus pensamientos fueron interrumpidos por las palabras casi suplicantes de la señora Saotome.
-No sé por qué estoy hablando de estas cosas contigo, Muzu –dijo en un fallido intento por pronunciar bien el nombre del guerrero-. Es la primera vez que te veo pero de cierta forma, me inspiras confianza. Por favor, no divulgues mis palabras. Sería mi ruina.
-No lo haré, mi señora –prometió de forma sincera-, es un juramento, aunque ya que me otorgas este voto de confianza, yo te retribuiré.
-No es necesario.
-Sí –dijo convencido-. Esa noche, yo también estuve en la casa del lago junto a tu esposo y puedo confirmar que no pasó nada entre el señor Saotome con ninguna de las damas del lugar. Fuimos a celebrar, es cierto, comimos y bebimos pero nada pasó, sólo nos quedamos dormidos. Debo reconocer que quizá nos excedimos con la bebida, eso fue todo.
Akane lo observaba incrédula y con una mezcla de ansiedad y esperanza reflejada en el rostro.
-Esa es la verdad, mi señora. Confía en mis palabras.
-Gracias –contestó ella sin saber qué otra cosa decir.
-Ahora, si me lo permites me gustaría escoltarte al castillo. Se hace tarde.
-Sí.
Ambos emprendieron el camino de regreso al castillo.
Ella sintiendo alivio y felicidad en su interior. Sabía que tal vez el guerrero la estaba engañando para no hacerle daño pero quería creer que no era así y que realmente su esposo no había corrido a los brazos de la exótica mujer de violeta cabellera.
Él iba dándole vueltas a una información que sin querer le había transmitido la señora Saotome. ¿Por qué su señora había cambiado de planes? Nunca lograría entender por completo las intenciones de la señora de la casa del lago, sin embargo, estaba dispuesto a averiguar qué había sucedido para que su señora hubiera cambiado de estrategia.
Habían terminado de armar el campamento que los cobijaría aquella fría noche otoñal.
Sus hombres, avezados guerreros y acostumbrados a las campañas militares no habían tenido mayores contratiempos en levantar un campamento en poco tiempo.
Desde que habían abandonado el castillo hacía cuatro días atrás, Ryoga no había encontrado señal alguna de hostilidad por el camino y eso le inquietaba. Los informes de las patrullas fronterizas hablaban de guerreros Kuno merodeando por los alrededores y provocando incidentes en los poblados de manera hostil, pero hasta esa noche, nada raro había confirmado aquellos informes. De igual modo, todavía no llegaban a territorios remotos y aun la frontera se vislumbraba lejana.
Frunció el ceño. Quizá el enemigo sólo trataba de confundirlos y engañarlos para que dividieran fuerzas y luego, atacaría con potencia y ferocidad.
Descartó aquella idea de inmediato y sonrió. Los planes de Kuno no eran tan elaborados y nunca se había caracterizado por ser un buen estratega; no, sólo tenía que alcanzar la frontera y descubriría las verdaderas acciones de los guerreros Kuno.
Pensando de esta manera se encontraba cuando uno de sus hombres se le acercó con rapidez.
-Señor Hibiki –dijo el guerrero-, encontraron a un intruso merodeando por el campamento.
-¿Dónde? –cuestionó Ryoga poniéndose alerta. Tal vez un espía del clan Kuno había penetrado en sus filas.
-Allá –indicó el hombre con un movimiento de su mano-. Lo capturaron en un claro del bosque y allí lo tienen todavía.
-Llévame hasta allá.
Ambos hombres caminaron hacia el lugar en donde mantenían prisionero al intruso, pero su sorpresa fue mayúscula cuando se percataron de que el intruso en realidad era una intrusa casi a punto de desmayarse.
-¿Una mujer? –inquirió Ryoga totalmente asombrado con el hallazgo.
-¿Qué hacemos con ella, señor Hibiki?
-Se encuentra medio muerta –rió un hombre joven.
Ryoga no prestó atención, se acercó a la joven e hizo que se apoyara en uno de sus brazos.
-Traigan un poco de agua, rápido –exigió mientras observaba a la extraña mujer.
La joven permanecía desvanecida en sus brazos. La blancura de su piel contrastaba con sus cabellos de un tono verdoso. Iba vestida con un sencillo kimono y nada de ropa de abrigo.
Ryoga tomó el envase con agua que le ofrecía uno de sus hombres y dio de beber a la chica quien se atragantó con el agua que alcanzó a beber. Una vez recuperado el conocimiento, miró asustada en derredor y se vio rodeada de hombres y sostenida por uno de ellos.
-¡No! –gritó alejándose de Ryoga quien cayó sentado al suelo por el impulso con que la muchacha se apartó de él-. Por favor, no me hagan daño –sollozó asustada.
-Tranquila –habló Ryoga-. No te haremos daño –dijo incorporándose para quedar sentado sobre sus rodillas.
Ella permaneció sentada en el suelo, temerosa de la situación en la que se encontraba.
-¿Cómo te llamas?
-A… Akari, señor.
-¿Y qué haces aquí, Akari? –cuestionó Ryoga.
-Mi señora –titubeó-. Ella me envió en busca de alguien.
-¿En estos parajes?
La chica negó con un movimiento de cabeza antes de contestar.
-Me perdí, no conozco el lugar y me perdí. Me robaron todo cuanto traía en una posada del camino y anduve deambulando sin rumbo desde entonces. No conozco a nadie, señor y debo llegar al castillo de Nerima –relató de forma apresurada-. No hice nada malo, solamente quería comer algo. Por favor, déjame ir.
-Estás hambrienta.
La joven asintió avergonzada.
-Llevo días sin probar bocado –reconoció.
-Bien, Akari –dijo Ryoga poniéndose de pie-, mi nombre es Hibiki Ryoga, comandante de los guerreros del clan Saotome.
-¡Saotome! –exclamó la muchacha con un brillo de felicidad en los ojos.
-Sí, así que puedes estar tranquila. Te ayudaremos.
-Gracias, señor Hibiki –dijo Akari arrojándose a los pies de Ryoga-. Muchas gracias.
-No hagas eso, por favor –se ruborizó Ryoga-. Soy un simple guerrero, no un daimiyö. Ahora, es necesario que comas. Ven –dijo extendiéndole la mano para ayudarle a ponerse en pie.
La chica se levantó pero estuvo a punto de desvanecerse una vez más de no ser porque Ryoga estaba atento y la sostuvo en sus brazos.
-Estás tan débil que no puedes caminar.
-Sí puedo, no te preocupes, señor Hibiki.
Ryoga no contestó, la tomó en sus brazos y avanzó con ella hacia el campamento. La chica cerró los ojos y rodeó el cuello de su salvador, agradecida de que los dioses escucharan sus ruegos y le enviaran a un guardián para ayudarle.
El comandante Hibiki, hombre tímido con las mujeres y bastante respetuoso se sonrojó profusamente al sentir cómo la chica se acomodaba en sus brazos, pero se obligó a apartar de su mente todo pensamiento romántico. Debía ayudar a la chica y luego descubrir cuáles eran sus intenciones. Quién y por qué la había enviado sola al castillo de su señor.
Pero eso lo dejaría para más adelante, por ahora necesitaba salvar la vida de una hermosa mujer abandonada a su suerte en un inhóspito bosque al sur de Nerima.
Notas finales:
1.- Un nuevo capítulo y avanzando. Esta vez no demoré tanto en sacar la actualización (parece que las presiones funcionaron). En lo personal este capitulo resultó bastante complicado de escribir, no sólo por lo extenso, sino porque tenía que abarcar muchas historias de los "secundarios" para llegar a buen puerto y lograr que el capítulo de transición también se transformara en un avance para la historia.
2.- Hago aquí y ahora una advertencia para el próximo capítulo: no estoy cien por ciento segura pero creo que durante la próxima entrega habrá alguna escena "subida de tono" así que, si sigues la historia y no te gustan estas escenas o no tienes la edad (aunque esto queda a criterio de cada uno, ¿no?), no será necesario que leas el cap para seguir disfrutando de la historia. Al menos, eso espero.
Hecha esta advertencia, las fanáticas/os de los lemmon no esperen demasiado. No soy buena escribiendo lemmon-lemonade, aunque de vez en cuando hago el intento.
3.- Palabras en este capítulo creo que no hay, excepto situaciones:
-Durante los pensamientos que comparte Ukyo, quise dar una pequeña pincelada informativa sobre las distintas castas que existían en Japón. Digo pincelada porque me pareció excesivo ahondar en el tema, aunque es muy interesante.
-Alguien se puede preguntar por qué no reemplacé al Emperador por uno de los personajes de Ranma ½, simplemente no lo encontré necesario y no tiene mucha relevancia el nombre si siempre hay que llamarlo "Su Divina Majestad".
-Toramasu Kobayakawa, tal vez alguien no lo recuerde pero aparece sólo en el anime de Ranma ½ y es el antiguo Director del Furinkan. Lo incorporé porque necesitaba un personaje con años de sabiduría para el rol del cortesano-mentor de Soun y Happy ya estaba ocupado.
-Creo que nunca antes había nombrado el dominio de Seisyun del cual Tatewaki es su señor en esta historia. Disculpas por eso, fue un olvido imperdonable de mi parte. Ahora, para quien quiera recordarlo Seisyun es el nombre del Instituto al que pertenece Mariko Konjou. Como ella tiene un papel en la casa del lago, me pareció que no se molestaría al ocupar el nombre de su Instituto para denominar las tierras de su querido Kuno :)
4.- Ahora lo más importante, el agradecimiento que siempre hago a mis fieles lectoras/es. Aquellas/os que pacientemente esperan por una actualización, en especial muchísimas gracias a quienes comentaron el capítulo anterior: A Alix (Gracias por comentar, un abrazo), Ifis(Gracias y también gracias por el review de "Dos palabras", besote para ti),aio hyuuga, Faby Sama, lerinne, Pleasure Delayer, RowCinzia, maritza chan, mechitas123, Arashi Ayukawa, susyakane, RosemaryAlejandra, Lolita (Muchísimas gracias por comentar y también por tus palabras para "Dos palabras" ;) Un beso), Lobo De Sombras, deathlove26, itzeldesaotome, Ishy-24, BankotsuSaotome (Gracias y por favor, leer más abajo mi contestación en extenso), L-na012, hitoki-chan, Teddy(Muchas gracias por el apoyo. Abrazo a la distancia), calvomeneses, Anne Saotome Tendo, calipzo1993, saori1f (Gracias por el comentario y recuerda, yo no abandono… sólo demoro un poquito XD Un beso), LittleMagpieGirl,MATT (Gracias por el review. Te agradecería leer al final del capítulo, por fis), Yuna Lockheart de Muller, Lenna (muchas gracias por tu apoyo), Guille Ruiz (Muchas gracias por tan lindas palabras, un beso), Eirene15, Kary14 y Alekia Saotome. Muchísimas gracias a todos por sus comentarios y palabras de apoyo. Siempre trato de contestar a todos los reviews pero a quienes no tienen cuenta en FF no les puedo contestar personalmente, hoy me tomé la libertad de contestar más abajo a dos porque realmente tenía cosas que aclarar, aun así, les agradezco a todos quienes dejan sus reviews insisto "mal llamados" anónimos. Cada palabra es realmente importante para mí.
Hasta aquí por ahora, espero volver pronto con otra actualización.
Un abrazo a todas/os y buena suerte!
Madame De La Fère – Du Vallon.
Ahora contesto en extenso, BankotsuSaotome:
Hola, gracias por tanto elogio, provocas que me sonroje ^/^
La propuesta de matrimonio lamentablemente tendré que rechazarla. Verás, estoy comprometida con el gato monstruo gigante (Mao-Mooling) y si no me caso con él, me convertirá en gata lo que sería un problema porque no podría seguir escribiendo. Ese es mi triste destino :'(
Nah, también es broma :)
Ya, recobro la seriedad. Ante todo y de verdad, muchas gracias por tan lindas palabras para/con esta historia y su autora. Yo no creo que sea perfecta puesto que no soy profesional, nunca he tomado un "taller literario" o algo así, ni siquiera he estudiado algo remotamente relacionado con literatura en mi vida (salvo en el colegio), no tengo editor y muchas veces me cuesta pasar a palabras lo que imagino en mi cabeza, pero le pongo todas las ganas siempre y trato de hacerlo lo mejor que puedo para entregarles un trabajo con la menor cantidad de errores posibles.
La época que elegí para esta historia no fue casualidad. Siempre me ha gustado la novela histórica y quise plantearme un desafío personal al escribir algo con lo que realmente disfruto. Tengo en carpeta otros proyectos relacionados (históricamente hablando) y tomando los personajes de esta maravillosa obra que tanto amo, pero más adelante quizá los pueda llevar a cabo.
Es curioso lo que me cuentas sobre Lux Aeterna; verás, siempre elijo una especie de "banda sonora" para mis escritos que me ayuda con la inspiración (para éste ocupo mucha música tradicional japonesa, del folklore de Japón) y esa melodía en particular así como el soundtrack completo de la película "Requiem for a dream" (entre otras) acompañó todo el proceso de escritura de otro de mis fics (Traición en Nerima). Me encanta ese soudtrack y encuentro genial que hayas acompañado casi sin querer las escenas de batalla con esa gran melodía, le da mayor impacto, ¿cierto? :)
Tu última duda… estoy haciendo lo posible por no demorar tanto en actualizar (ya se va notando; 2 meses entre un capítulo y otro es poco en comparación a lo que demoro a veces). Me estoy poniendo metas que hasta el momento estoy casi, casi, cumpliendo con éxito, pero tampoco se trata de forzarme a escribir porque pienso que si no hay inspiración, no se logra una buena historia. Creo que ya lo dije una vez (no recuerdo dónde, la verdad) pero me gusta que mis historias tengan lo que yo llamo "alma". Hasta el momento estoy consiguiendo mi objetivo pero no prometo nada, aunque voy a buen ritmo y espero seguir así.
Bueno, BankotsuSaotome, creo que lo dejaré hasta aquí por ahora porque esto ya parece una Biblia. Si quieres nos contactamos de alguna otra forma. Puedes pasar por mi perfil y sabrás cómo ubicarme, o puedes dejarme tu correo, claro, si quieres.
Un abrazo y espero que este capítulo también sea de tu agrado.
Madame…
Ahora me extiendo un poco en mi respuesta, MATT.
Hola, que alegría saber que te gusta lo que escribo. Contestaré aquí a los reviews que me has dejado tanto en ésta como en otras historias porque creo que será más fácil.
1.- Gracias por acompañarme en esta travesía de "El salvaje caballo bajo un cielo escarlata".
2.- Lo de la continuación del fic "El poder de Akane", creo que quedó allí porque la misma Pame-Chan Neko así lo decidió y en mi opinión, fue lo mejor que pudo haber hecho. Me explico: agradezco mucho que hayas pensado en mí para darle un final a tan maravillosa historia pero creo que no podría hacerlo. Conozco el fic. Lo leí cuando recién descubrí el mundo de los fic hace muchos años atrás y como varios de los de aquí, en la divina pero lamentablemente desaparecida página de "El portal fic" (en esa época era muy tímida para atreverme a interactuar con los autores, pero me leí casi todos los fics "clásicos" ahí, y me encantaban las traducciones que hacía Danae. Ahora lamento nunca haberle dicho cuánto la admiraba por ello y por sus propias historias). Volviendo al tema de "El poder de Akane", de verdad me halaga un montón que pienses que yo podría darle un final definitivo, pero pasa que, por mucho que mi forma de escribir o mis ideas o lo que fuera tenga algún parecido con la manera de escribir que ocupaba Némesis, me sentiría una intrusa y un poco "usurpadora" por decirlo de algún modo al continuar la historia. Es decir, la intención es buena y estoy segura de que muchas/os incluso lo agradecerían, pero en mi opinión personal, cada autor/a tiene su forma de desarrollar tramas y personajes y ahí recae la magia de cada historia. Para mí, una historia debe tener alma; cada capítulo que subo de las mías se lleva un trocito de mis sentimientos, mis pensamientos, mis emociones, mi esfuerzo, etc, y esos trocitos ya no vuelven, sino que prevalecen y se fortalecen cuando ustedes, mis querido/ass lectores/as, leen esos capítulos. Por eso, siento mucho si te desilusiono esta vez, pero me sería imposible tomar el trabajo de otra autora (sobre todo si el fic en cuestión es tan admirado y recordado) y construir un final que quizás no sería como lo quiso Némesis en su momento. Espero me comprendas y te voy a poner un ejemplo: Yo soy una admiradora del compositor W. A. Mozart, amo sus composiciones, todas ellas, pero a pesar de que amo la música de este austríaco, nunca, nunca, nunca he podido escuchar "La Misa de Réquiem" completa, siempre llego hasta la parte de la composición en donde la dejó Mozart y detengo la reproducción cuando empiezan los primeros acordes del final de la pieza que compuso uno de sus alumnos para terminar el trabajo que Mozart dejó inconcluso. Creo que algo similar sucedería si yo retomara el fic "El poder de Akane", aunque mi forma de escribir se parezca a la de la autora, nunca podría igualar a Némesis, por más que quisiera.
Sinceramente te pido disculpas de todo corazón y nuevamente agradezco que hayas pensado en mí, pero… no puedo, lo siento muchísimo.
3.- Muchísimas gracias por tan lindas palabras para "Dos palabras", "More than Us" y "Tal vez me quieres".
"Dos palabras" es una historia que nació de mis recuerdos cuando pedía permiso a mi padre para salir, así que sé cómo reaccionan los padres con sus hijas (sobre todo si somos "la hija menor"). Qué bueno que te gustó y te hizo pensar en el momento que te tocará vivir más adelante ;)
"More than Us" es mi próxima prioridad y aunque no puedo adelantar mucho, no descarto que la amazona aparezca por allí :)
Y "Tal vez me quieres", bueno, esa fue la primera historia que subí a FF; me da nostalgia recordarla y aunque concuerdo en que da para una segunda parte, siempre se concibió como un one-shot, así que de momento creo que respetaré mi primera decisión y la dejaré así, como una historia de un solo capítulo.
Bueno, con esto me despido porque ahora sí, me extendí demasiado.
Un beso y una vez más, gracias por tus lindas palabras.
Y para ti también va la invitación, si quieres contactarme puedes pasarte por mi perfil y allí encontrarás cómo hacerlo. Sólo si quieres, claro.
Un abrazo y será hasta la próxima.
Madame…
