- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XIV

"Amor"

Me encontraba demasiado cansado y abrumado para concurrir a interpretar mi papel de esposo en el salón que todas las noches preparaban para que Akane y yo cenáramos.

No teníamos ningún invitado aquella noche; ningún notable que quisiera discutir algún asunto con su señor, ningún viajero o señor de menor rango que pasara por el castillo a pernoctar. Nadie, sólo cenaríamos ella y yo, así que pensé que a ella no le molestaría si la dejaba en paz por una noche.

Las emociones que había vivido aquel día habían sido muchas y me pareció que por el bien de mi salud mental, debía mantenerme lejos de mi joven esposa por lo menos esa noche puesto que dudaba tener la fuerza de voluntad suficiente para ocultarle mis atribulados sentimientos tras la máscara de mentiras que con el tiempo había construido y perfeccionado.

Y es que con el correr de los días había reflexionado bastante respecto a mi brutal comportamiento y me arrepentía desde lo más profundo de mi ser de haberla juzgado de una manera tan baja. Así que traté de evitarla lo que más pude, avergonzado por mi estúpido comportamiento y mis celos injustificados. No me fue difícil porque ella al parecer, también trataba de evitar encontrarse conmigo, sobre todo si daba la casualidad de que debíamos permanecer a solas. Seguramente creía que yo volvería a perder el control y volvería a mostrarme agresivo, pero se equivocaba.

Era cierto que el día que la vi junto al monje me enfurecí y actué con precipitación, pero si bien la rabia me cegó, no todo lo que había dicho y hecho podía justificarlo con un arrebato de celos. Reconocía que mi sentido de pertenencia se había exacerbado a niveles insospechados al contemplar la escena, pero también sabía que lo que realmente sucedía conmigo era que me sentía frustrado al comprender que la mujer que amaba y por quien hubiera dado mi vida, no me pertenecía.

Poco a poco fui comprendiendo que si seguía manteniéndola a mi lado por la fuerza, ella terminaría odiándome tanto como yo la amaba, pero ya no me sentía capaz de alejarla. Había llegado a una situación tan complicada como quedarse sin provisiones ni agua dentro de una ciudad sitiada. Yo mismo me había puesto la soga al cuello y ahora no podía dilucidar una salida acorde a mi difícil situación porque si la repudiaba y liberaba, ella se alejaría de mi lado y yo ya no me sentía capaz de vivir sin su presencia a mi alrededor. Seguramente por eso busqué la forma de disculparme por todo lo que le había hecho padecer y finalmente se me ocurrió la idea perfecta.

Todo había comenzado a principios de semana, cuando había dispuesto que las acompañantes que mi esposa había traído desde Kioto volvieran a su servicio. Era una torpe y cobarde forma de disculparme por todo lo que le había hecho pasar, por todo el sufrimiento al que la había expuesto, pero de momento era lo único que se me ocurría para pedirle perdón.

Le había levantado la prohibición de hablarme y le había señalado que ahora podía dirigirme la palabra con total libertad y me había mostrado dispuesto a complacer todos sus requerimientos.

Lo primero que ella solicitó fue la liberación de Shinnosuke.

Desde el incidente en el salón de armas del castillo, el monje había permanecido en una pequeña y precaria casita alejada, emplazada en medio del bosquecillo que rodeaba el castillo y no había salido de allí. Esa especie de encarcelamiento de produjo en parte porque yo lo había ordenado y en parte por decisión personal de él.

Ambos queríamos alejarnos el uno del otro para tratar de recuperar la confianza que se había roto y volver a forjar nuestra amistad.

No me había parecido mala idea el que me solicitara un lugar en donde pudiera meditar en soledad, así que ordené que se le llevara a ese lugar, apenas una choza que sin embargo, fue de todo agrado para Shinnosuke.

Debo confesar que sentí una secreta satisfacción al comprobar que permanecería alejado del castillo. Alejado de mi esposa.

Nunca antes había sentido celos, de nada ni de nadie. Al ser hijo único, no debía compartir ninguna de mis posesiones con nadie y no iba a aprender a compartirlas ahora, mucho menos si se trataba de compartir la atención de mi joven esposa.

En lo profundo de mi ser sabía que nada había sucedido entre el monje y mi esposa, pero los celos son un mal que muchas veces no podemos controlar. Corrompen el corazón, envenenan el pensamiento y hacen que cometas acciones impensadas.

Yo lo sabía y desde que había visto la escena entre Akane y Shinnosuke, había cometido muchas imprudencias hasta que entendí que con mi comportamiento estaba logrando abrir una brecha que pronto se volvería insondable entre mi esposa y yo.

Así pues, accedí a liberar a Shinnosuke de su autoexilio, aunque tuve que convencerlo para que saliera de la choza. Él prometió que saldría un par de horas al día, pero que realmente necesitaba meditar en soledad.

Los monjes son así. Cuando sienten la necesidad de encerrarse a meditar, lo hacen y no debemos cuestionarlos. Se lo expliqué a mi esposa quien comprendió las razones del monje.

Luego de eso, pareció que ella recuperaba la energía que había perdido paulatinamente producto de mis malos tratos, pero a medida que ella recobraba su carácter jovial y alegre, el mío se fue empequeñeciendo.

Ya no podía soportar el tenerla cerca sin sentir la necesidad de abrazarla. No podía verla sonreír sin quedar embobado observándola por largo rato.

Era un juego peligroso el que estábamos jugando, aunque no sabía a ciencia cierta si mi contrincante se percataba de ello.

Resistí lo que más pude, pero esta misma mañana tuve que reconocer secretamente que estaba a punto de desquiciarme.

Ella había ingresado por mis poros, se había metido en mi sangre, en mi alma y en mi corazón. La niña imprudente, altanera y testaruda estaba dominando al guerrero que yo era, adueñándose de todo mi ser.

Recuerdo que recorría como un fantasma la planta baja del castillo, dispuesto a salir a cabalgar para calmar al demonio que parecía tener encerrado dentro de mí, cuando escuché los pasos apresurados de alguien que corría en sentido contrario.

En otras circunstancias me hubiera bastado escuchar aquellos pasos para alejarme y dejar que quien corría tan imprudentemente por uno de los pasillo pasara por mi lado, pero mis reflejos fallaron y me encontraba tan inmerso en mis propios pensamientos que no pude hacer otra cosa que esperar a recibir el golpe.

Un cuerpo menudo chocó contra mí y ambos caímos al cuidado piso de madera.

Abrí los ojos y la vi acurrucada en mi pecho, con sus ojos cerrados y una mueca de temor en el rostro. Abrió lentamente los ojos y sonrió con timidez al descubrir que era yo con quien había chocado.

Yo no podía reaccionar, no lograba articular palabra, no podía pensar en una frase coherente, solo podía verla observándome con su alegre y chispeante mirada color avellana.

Lentamente mi cuerpo fue reaccionando y me erguí, sentándome en el piso de madera con ella en mis brazos en una extraña posición.

Me hablaba, estaba seguro de que me estaba pidiendo disculpas pero las palabras que decía llegaban de forma disonante a mis oídos. No lograba comprender todo lo que me decía con su dulce voz, solo era conciente de que se encontraba en mis brazos, demasiado cerca para que mi embotado cerebro pudiera reaccionar.

Distinguí las frases "mi gatito escapó", "pueden asustarlo" y "trataba de atraparlo" entre una y otra palabra; asentí sin saber por qué lo hacía. Seguramente una parte de mi cerebro no se encontraba del todo aturdido ante la imagen, pero estoy seguro que esa pequeña parte me abandonó cuando mis ojos se toparon con la visión total de mi joven esposa.

Hasta ese momento solo me había concentrado en su rostro y quise apartar la mirada para escapar de su hechizo; no contaba con lo que mis ojos vieron a continuación.

Ya dije que la posición en la que nos encontrábamos era extraña, pero hasta entonces comprendí que además de extraña, era bastante poco decorosa.

Los faldones de su suave kimono de seda se habían recogido cuando nos habíamos sentado en el piso y dejaban al descubierto casi la totalidad de las níveas piernas de mi joven esposa.

Abrí los ojos con sorpresa y juro que agradecí a todos los dioses cuando sentí el grito de una de las doncellas de mi esposa.

-¡Mi señora!, ¿te encuentras bien?

Vi el cambio en el rostro de mi esposa; de la suavidad y tranquilidad que reflejaba hasta ese momento mutó a una mueca de fastidio que le fue imposible ocultar.

-Sí, no fue nada –dijo extendiéndole un brazo a su doncella para que le ayudara a ponerse en pie-. Ese gato me las pagará –sentenció con falso enojo.

La vi arreglarse el kimono e inclinar la cabeza hacia un lado para observarme con curiosidad.

-¿No piensas levantarte, mi señor?

Nada. Las palabras simplemente se negaban a salir de mi boca.

Parpadeé un par de veces y me apoyé en uno de mis brazos para impulsarme y ponerme en pie con la mayor rapidez de la que fui capaz.

-Ten… más cuidado, Akane. –dije haciendo una rápida reverencia y abandonando el pasillo con la certeza de que si no escapaba pronto de aquel lugar, sería capaz de hacer algo que no se esperaba que hiciese un señor de la guerra… al menos no en público y en medio de un pasillo transitado del castillo.

Ahora que lo pienso, ella debe haber creído que me estaba convirtiendo en un idiota, y en cierto sentido tiene toda la razón de creer que así es.

Lo sé, fue solo un momento que no llegó a ser siquiera demasiado íntimo, pero fue suficiente para confirmar mis temores. En ese pasillo había tomado conciencia de que en mi interior, ese sentimiento que creía dominado había crecido a niveles insospechados y amenazaba con desbordarse si no podía canalizarlo de alguna forma.

La niña que me había engañado haciéndose pasar por su hermana; aquella que se había convertido en mi joven esposa por error; la que compartía mi habitación hacía poco más de tres lunas. Ella era mi mayor tormento en estos momentos.

No supe cuándo ni cómo había ingresado a mi habitación, el hecho es que permanecí de pie largo rato contemplando uno de los jardines interiores hasta que la noche cubrió el cielo con su manto oscuro iluminado por las estrellas titilantes. Ni siquiera hice el intento de encender la lámpara de aceite que conservaba sobre la mesa baja que tenía a un costado de la habitación, quería estar solo y tranquilo para poder pensar. El frío no se había manifestado todavía. Algo atípico en consideración a lo avanzado que estaba el otoño en la región.

Dejé la contraventana abierta y me senté en mi futón a contemplar el cielo estrellado. Con antelación había hecho que un lacayo dejara una botella de sake junto a un vaso de cerámica lacada en una bandeja de madera. Me serví el licor y me dispuse a disfrutar de su sabor mientras comenzaba a pensar en qué podía hacer para salir de aquel predicamento; qué podía hacer para controlar aquella necesidad que sentía cada vez que la tenía cerca; qué podía hacer para contener el deseo que sentía por aquella joven mujer. Mi esposa.

Sonreí con amargura.

Para el resto del mundo ella era mi esposa. Para mí era como las estrellas que brillaban en el cielo, algo que está ahí pero que resulta inalcanzable.

No podía arriesgar más de lo que ya había arriesgado por seguir mis instintos.

Si la reclamaba como era mi más profundo deseo, ya no habría vuelta atrás y la vana esperanza de cambiar el curso del destino por ese que debió haberse cumplido desde un principio quedaría sepultada para siempre.

Happosai me había dicho que un grupo de hombres de los que habían acompañado a Akane a Nerima se encontraban buscando frenéticamente a la que debía haberse desposado conmigo desde un principio.

Eso me había hecho dudar de las intenciones de Akane.

Quizá ella se arrepentía de todo lo que había hecho y quería enmendar su error entregándome a su hermana.

Quizá yo había conseguido que me odiara tanto hasta el punto de sentirse desesperada por volver a la seguridad de su tierra natal, junto a su padre… y para ello necesitaba recomponer las cosas. Dejar que todo siguiera su curso, abandonar Nerima para dejar a su hermana en su lugar.

Abandonarme a mí… para siempre.

Se me encogió el corazón de solo pensarlo y apuré el contenido del vaso que tenía en la mano.

Había terminado de beber el segundo vaso de sake cuando escuché el sonido que emitía la puerta de la habitación al abrirse y una débil luz amarillenta iluminó el lugar, dejándome contemplar dos siluetas femeninas que se dirigían al espacio en donde mi joven esposa tenía su futón separado del mío por un biombo.

-Déjame sola, Ukyo, me desvestiré yo misma. –escuché que le decía Akane a su doncella.

-Akane, ¿te encuentras bien?

-Estoy bien, solo quiero estar un momento a solas para pensar. –respondió ella.

Yo no podía ver más que sus siluetas a contraluz dibujadas en una sombra negra en el biombo que dividía la habitación que compartíamos, así que no supe el por qué de la pregunta de la doncella de mi esposa.

-Seguramente, mi señor se acostará tarde nuevamente –le escuché decir con un tono de decepción-. No quiero causarle molestias.

-¿Sigue desapareciendo por las noches? –inquirió la doncella.

-Es un daimiyö importante, seguramente tiene muchos problemas que resolver. Problemas de los que no me hace partícipe –dijo de forma susurrante.

-¿Sólo eso?

-Sí –hizo una pausa y luego continuó hablando-. Además, es lógico que evite mi compañía. Lo decepcioné y aunque trate de mostrarse amable conmigo, sé que nunca volverá a confiar en mí.

Reflexioné sobre sus palabras. Era cierto que trataba de evitarla pero mis motivos eran totalmente distintos a los que mi esposa pensaba. Cada noche permanecía fuera de la habitación, haciendo cualquier cosa y muchas veces, totalmente solo; calculaba el tiempo que demoraría Akane en dormirse y luego me introducía furtivamente en la habitación que compartíamos, sin hacer ruido, como lo haría un ladrón.

-¡El señor del castillo es un idiota! –exclamó la doncella de pronto.

Me sobresaltó con el enérgico tono de su voz y logró arrancarme de mis propios pensamientos.

-Se comporta como un necio que no se da cuenta de lo que tiene en frente.

Me sorprendió y al mismo tiempo me causó gracia escuchar aquella afirmación por parte de la doncella de mi esposa.

La había visto pocas veces, pero notaba que era una mujer de temperamento y además, quería mucho a su señora.

Akane la hizo callar suavemente y luego la regañó.

-Ukyo, no es correcto que te expreses así de un señor de la guerra. Hace muy poco que te devolvieron a tus ocupaciones y yo no soportaría quedarme sola una vez más solo porque no puedes controlar tu lengua.

-Pero es la verdad –rebatió la doncella-. No entiendo cómo puede ser tan estúpido para no darse cuenta de que tú estás...

-¡Ten mucho cuidado con lo que vas a decir, Ukyo! –le interrumpió Akane, dejándome con la incertidumbre de saber qué iba a comentar la deslenguada doncella-. Si te conté aquello fue justamente porque confío en ti. No quisiera perder esa confianza.

-Disculpa, mi señora.

-Está bien, ahora retírate, quiero estar sola.

-Sí.

La doncella se retiró un tanto acongojada y sin hacer el menor ruido.

Cuando la puerta se hubo cerrado tras ella, yo no pude evitar el contemplar a mi joven esposa a través del biombo que nos separaba. Solo podía ver su silueta en una sombra oscura reflejada por el contraste de la luz que emitía la pequeña lámpara que Akane había traído consigo en el biombo, pero era suficiente para imaginar a la perfección lo que sucedía tras el biombo.

Escuché que suspiraba y luego, con movimientos pausados y delicados, vi que comenzaba a despojarse de sus vestiduras.

Hice un gran esfuerzo por contener el aliento. Pensaba que en cualquier momento los latidos acelerados de mi corazón y mi agitada e inquieta respiración delatarían mi presencia en aquella habitación.

Una a una las pesadas vestiduras de mi joven esposa fueron cayendo al tatami y luego, ella se movió con gracia y delicadeza hasta alcanzar su ropa de dormir, pero antes de que ella pudiera vestirse, yo había logrado vislumbrar todas y cada una de las curvas de ese cuerpo que durante el día permanecía oculto por las más delicadas sedas.

Se vistió sin prisa y con elegancia; luego recogió sus vestiduras y las dejó sobre un arcón que mantenía cerca de la cabecera de su futón.

Se encontraba sentada cepillando sus largos y azulados cabellos cuando un inoportuno suspiro escapó de mis labios.

Me sobresalté al creerme descubierto y torpemente, dejé caer el vaso que había sostenido en una de mis manos hasta aquel momento. El sonido de la porcelana quebrándose al contacto con el piso fue lo que realmente me delató.

Maldije para mis adentros y comencé a recoger los pequeños trozos de la fina porcelana. Afortunadamente el pequeño recipiente se había roto en tres partes y no me costó dar con ellas. Inmediatamente escuché los pasos acelerados de Akane y la luz de la lámpara que sostenía en una de sus manos iluminó mi espacio de la habitación.

-¿Mi señor? – dijo ella con un tono de desconcierto e inquietud en su voz.

Levanté el rostro para mirarla y enfrentarla. Ya no había otra cosa que hacer, había sido descubierto espiándola. En su rostro pude vislumbrar el temor, así que sonreí para inspirarle confianza.

-Mi señor, ¿desde... desde cuándo estás… aquí? –titubeó ella, avanzando con la lámpara en una mano y arrodillándose ante mí.

-Desde que llegaste –reconocí con algo de incomodidad.

-¿Escuchaste… todo? –preguntó dejando la lámpara a un costado.

Asentí con un movimiento de cabeza y observé como se ruborizaba y se llevaba una mano al pecho. El verla ruborizarse es uno de los espectáculos más admirables de observar en su persona.

-No te preocupes, no alejaré a tu doncella de tu lado por el comentario que acaba de hacer. –Sonreí-. Quería estar solo –continué diciendo con voz calmada-. Me sentía cansado y agobiado. Estos días no han sido nada fáciles para nuestro clan. El hecho de estar en constante alerta para detener a los Kuno hacen que la tensión se acreciente y finalmente, el cuerpo pasa la cuenta. Esto ayuda un poco –completé mi explicación mostrando la botella de sake y el vaso quebrado en la palma de mi mano derecha.

No supe cómo brotaron tantas palabras de mi boca de una sola vez. Eran más de las que le había dicho en días; seguramente el sake que había consumido tenía algo que ver.

-Sí –dijo ella, todavía ruborizada.

-¿Quieres un poco? –le pregunté y ella negó con la cabeza.

Un momento de silencio fue lo que siguió a ese corto intercambio de palabras.

Yo la miraba de soslayo, sin atreverme a darle la cara, sin atreverme a moverme para no dificultar más las cosas entre ambos.

Ella permanecía sentada sobre sus rodillas, con la mirada baja y seguramente pensando en lo ridículo de la situación, sin embargo, sus palabras me sorprendieron al escucharlas con claridad.

-Mi señor se encuentra muy cansado. –dijo avanzando con sus rodillas hasta quedar muy cerca de mi propio cuerpo-. Tal vez yo pueda ayudarle.

Tomó una de mis manos entre las suyas, la que conservaba los restos del vaso de porcelana y me despojó de los diminutos fragmentos.

Luego avanzó sin ponerse de pie hasta dejar los trozos sobre la bandeja y ésta a su vez, en la mesita que tenía a un lado de mi futón.

Yo observaba sus suaves movimientos con embeleso, tratando de controlar el suspiro que estaba seguro me traicionaría, pero mi sorpresa fue grande cuando ella se levantó, cerró la contraventana, levantó la lámpara del piso dejándola descansar junto a la bandeja sobre la mesita y luego se instaló a mis espaldas, volviendo a sentarse sobre sus talones e irguió su cuerpo tras de mí.

Por un momento no comprendí lo que trataba de hacer hasta que sentí que deslizaba sus delicados y suaves dedos por mis sienes y comenzaba a masajear la extensión de mi frente y mi cabeza.

Al principio me sobresalté, pero luego comencé a disfrutar de aquel contacto y cerré mis ojos.

Era maravilloso; un estado de relajación incomparable que fue alejándome de mi propia realidad y mis temores.

Ella comenzó a cantar una cadenciosa melodía con su dulce voz muy suavemente mientras seguía dándome aquel masaje con precisión y suaves movimientos ascendentes y descendentes. Reconocí de inmediato la melodía. Se trataba de una canción romántica muy popular entre las jóvenes de la nobleza. Sonreí.

Me sentía transportado a otro mundo, lo más cerca de la presencia de los dioses que había estado en mi vida y luego, sus manos bajaron y se posicionaron en mi cuello, haciendo que diera un pequeño brinco ante el suave contacto de sus dedos con mi piel. Ella lo notó, interrumpió su delicada interpretación y acercó sus labios a mi oído.

-Tienes que relajarte, mi señor –susurró y su aliento me hizo cosquillas provocándome un escalofrío-, estás muy tenso.

Sus palabras hicieron el efecto contrario al que ella me solicitaba. Mi cuerpo se tensó todavía más, abrí los ojos de golpe y de una forma casi inconsciente y un tanto agresiva, detuve sus manos apresándola de ambas muñecas.

-Akane, no sigas –logré articular.

-¿Por qué no? Uno de mis deberes como esposa es preocuparme del bienestar de mi señor –dijo ingenuamente-. Además, estoy muy agradecida de la generosidad de mi esposo. Gracias a ello cuento con mis amigas a mi lado nuevamente.

No noté ni pizca de malicia o sensualidad en su voz, solo era el comentario de una joven mujer a quien le habían inculcado desde pequeña cómo debía comportarse la esposa de un guerrero. Siempre sumisa, siempre recatada, siempre solícita a las necesidades de su esposo. Sin embargo, yo sabía que si ella seguía dándome aquel masaje, mis instintos más básicos tomarían posesión sobre mí y no estaba seguro de poder hacer algo para detenerlos a tiempo.

La deseaba de una manera tal, que inclusive me costaba respirar al tenerla cerca.

-Solo... solo déjame... –rogué en un intento desesperado por no parecer un bruto sin educación ni sensibilidad-, apártate de mí, por favor...

-Pero mi señor, dices que estás cansado y yo...

-¡Akane! –le interrumpí de forma violenta. Ya no podía soportarlo por más tiempo y no me importó que ella se sobresaltara con mi demanda-. Aléjate de mí de una vez… ¡Maldición! ¿Qué no entiendes? Si sigues con esto... yo no podré seguir controlando mis acciones... yo...

Me interrumpí, no podía confesarle la verdad. El silencio se instauró en la habitación, interrumpido solamente por mi agitada respiración.

Aflojé mi agarre y traté de liberar sus muñecas, pero la piel de mi joven esposa parecía ejercer una fuerza de atracción sobre mis propias manos que impedían que me alejara de ella.

-Entonces... deja de controlar tus acciones, mi señor.

Sus palabras se escucharon suaves pero decididas a la vez y luego, acompañó esa frase soltándose un poco de mi agarre y siguiendo con su masaje, adentrando su mano derecha por el borde de mi kimono, descendiendo hacia mi pecho en una caricia tan atrevida que me hizo estremecer.

El deseo le ganó a mi fuerza de voluntad y sin pensarlo hice lo que había querido hacer por tanto tiempo.

Atrapé aquella delicada mano y giré mi cuerpo en un rápido movimiento. Era un guerrero y sabía cómo moverme a grandes velocidades.

-Akane –dije en un susurro.

Mi voz se escuchó tan profunda y gutural que parecía que no hubiese sido yo quien hablaba

-Por favor, Akane... no juegues conmigo –supliqué mirándola de frente-. No hagas mi existencia a tu lado más difícil de lo que ya es.

Ella me observó detenidamente por un momento que me pareció eterno.

Determinación fue lo que vi reflejada en aquella mirada cristalina. Sus mejillas se ruborizaron al máximo y sus labios se curvaron en una tímida sonrisa. Con la mano que conservaba libre acarició mi mejilla y luego acercó su rostro al mío hasta casi tocar mis labios con los suyos.

-No estoy jugando, mi señor –pronunció con total serenidad, algo que yo estaba muy lejos de llegar a sentir en aquel momento.

Acompañó sus palabras presionando sus labios en los míos. Ese gesto fue lo único que necesité para tomarla de su delgada cintura y acercarla a mi cuerpo, reclamando con desesperación aquellos labios que se entregaban sin reserva a mis requerimientos.

Yo no era totalmente consiente de lo que hacia, mi ansiedad por sentirla mía me desbordaba por momentos.

Ella se abrazó a mí con tanta firmeza que me parecía estar siendo apresado por los ocho brazos de la mismísima Benzaiten.

Quise profundizar lo que más pude aquel apasionado beso. Desesperado, logré que ella abriera su boca y nuestras lenguas comenzaron a danzar de forma ansiosa. Sentía mi cuerpo arder y mis manos buscaban el contacto con la piel de porcelana de mi diosa particular.

La delgada tela de su ropa de dormir me estorbaba y el calor que emanaba de su cuerpo a través de la tela hacía que mi tacto ardiera, así que decidí abandonar sus besos para concentrarme en tratar de despojarla de aquella molesta prenda.

Ella pareció decepcionarse y frunció el entrecejo en un gesto tan infantil que me causó gracia. Sonreí ante su mudo reproche y deslicé mi mano por sus largos y sedosos cabellos.

Fue solo un instante, un momento de lucidez, un chispazo de cordura que me bastó para comprender lo que estaba a punto de suceder entre ambos.

El ser plenamente conciente de mis acciones me asustó. Yo, el guerrero que nunca había sentido miedo de nada me encontraba atemorizado por tener en frente mío a esa niña que había robado mi alma.

Retrocedí mi cuerpo y estoy seguro que mi semblante se tornó serio dado la tirantez que sentí en los músculos de mi rostro.

Ella suspiró y noté cómo se reflejaba la tristeza en su rostro al mismo tiempo que sus bellos ojos brillaban con lágrimas contenidas. Ese detalle me turbó y me atemorizó aun más. Luego, Akane volvió su rostro e intentó retroceder. Yo la detuve de inmediato, tomándola de su antebrazo.

-Espera –me escuché articular con poca seguridad.

-Mi señor no me desea –dijo con la voz quebrada-. He cometido un error imperdonable. Soy una tonta, es mejor que me retire ya.

Sus palabras me golpearon de una forma tal, que sentí que me desmoronaba. ¿Creía que yo no la deseaba? ¡Esa niña debía estar loca!

Se soltó de mi agarre y se levantó con rapidez, quiso avanzar para escapar de mí, pero yo siempre me he jactado de mi velocidad. Esta vez no fue la excepción. En menos de lo que dura un suspiro, me había puesto de pie a su espalda y la había capturado en un apretado abrazo. Acerqué mi boca a su oído y pude respirar el perfume embriagante que despedían sus cabellos. Un aroma a flores silvestres y a una mañana después de una copiosa lluvia. Me obligué a recuperar el control sobre mis actos y palabras y traté de elaborar una frase coherente en medio de tantas emociones.

-Es justamente porque te deseo de una manera incontenible que temo lo que pueda ocurrir esta noche, Akane. –susurré en su oído-. No quiero cometer más errores de los que después tú puedas arrepentirte.

Hice una pausa y suspiré, tratando de mantener la concentración en mis palabras y no en la peligrosa cercanía de su cuerpo junto al mío.

-Sabes a lo que nos arriesgamos si continuamos con...

Mis palabras fueron interrumpidas cuando ella selló mis labios tapándolos con los dedos de una de sus manos. Luego, inclinó su cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro derecho y suspiró.

-Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho y tampoco lo haré en el futuro –dijo con convicción-. Cuando decidí suplantar a mi hermana estaba insegura, pero aquella inseguridad duró solo hasta que te vi de pie frente al palanquín, el día en que te conocí.

Tragué con dificultad. Con sus palabras secretamente me estaba dando autorización para reclamarla como mi legítima esposa y yo ya no podía soportarlo por más tiempo.

Mi rostro buscó la cavidad que se formaba entre su cuello y su hombro; mi nariz percibió el agradable y embriagante perfume que despedía su cuerpo y mis manos buscaron con desesperación el lazo de la yukata que ella utilizaba para dormir.

Ella permanecía quieta y expectante, pero logré percibir el ligero estremecimiento de su cuerpo cuando dirigí mis labios hacia su delicado y níveo cuello.

Yo temblaba, estoy seguro de que lo hacía. Me sentía torpe, asustado, nervioso y mi inexperiencia en cuestiones amorosas jugaba en mi contra, sin embargo, logré mi cometido no sin dificultad. El largo trozo de tela que sujetaba la yukata al cuerpo de mi esposa cedió y la bata quedó suspendida solo de los hombros de ella. Aparté mis manos de su cintura con temor y esperé su reacción.

Ella se dio la vuelta para observarme. Vi la túnica abierta y pude apreciar algo de la piel que había ocultado esa ligera vestimenta. El deseo por acariciar ese joven cuerpo femenino crecía más y más en mi interior. Ella sonrió con timidez y con movimientos lentos y delicados, se despojó de la prenda. La tela cayó suavemente, emitiendo un sonido casi imperceptible al rozarse con su cuerpo para quedar arremolinada a sus pies. Yo no podía creer que finalmente estaba viendo aquella figura, totalmente desnuda delante de mí. Apenas y podía respirar, mi corazón latía apresuradamente y mi cuerpo ardía. Di un paso para acercarme a ella y con un infantil tono de voz, me detuvo.

-Es tu turno, mi señor.

Fruncí el ceño y ella rió suavemente. Se acercó con lentitud y comenzó a desatar el lazo de mi kimono. Yo la miraba embelesado, no podía creer lo que estaba pasando, no podía creer que ella estuviera desnuda junto a mí, no podía creer que me estuviera despojando de mis ropas. Cuando logró desatar las amarras que sujetaban mi vestimenta y comprobó que éstas cedían, levantó su mirada y buscó mis ojos. Yo me quedé hechizado ante aquella mirada y luego sentí sus pequeñas y suaves manos recorrer mi pecho desnudo hasta dirigirse a mis hombros en donde se detuvieron. Aquella sutil caricia casi logra enloquecerme.

-Mi señor es muy ingenuo si pensó que no iba a ayudarle –dijo suavemente, mientras retiraba la parte superior de mi kimono con ambas manos.

Entonces me abalancé a capturar aquellos labios que me hablaban con tanta dulzura. Reclamé sus besos de forma desesperada, la tomé de la cintura y la acerqué a mi cuerpo. El contacto de su piel en la mía fue tan maravilloso que sentí un temblor recorrerme de pies a cabeza. Sentí su firme busto agitado hacer presión en mi pecho, con mis manos comencé un recorrido por su espalda e intenté hacer que se recostara en mi futón, pero ella se separó de mí dando un paso hacia atrás y utilizó sus brazos como barrera entre ambos.

-Akane –gruñí con exasperación y di un paso adelante para acortar la distancia que ella había otorgado.

-Todavía no termino –dijo ella con una media sonrisa en sus labios de la forma más dulce y aniñada que le había escuchado hasta ese momento.

Lentamente recorrió con sus manos desde mi pecho hasta llegar a mi vientre en una caricia que me quemaba con cada toque de sus finos dedos sobre mi piel.

Bajó sus manos hasta encontrar el himo que mantenía el hakama en su lugar y comenzó a desatarlo. Cuando estuvo segura de que había conseguido su objetivo, subió su mirada nuevamente buscando la mía.

-Ahora, mi señor ya está tan listo como yo –dijo traviesamente.

Sonreí ante el comentario y me vi sorprendido cuando ella se irguió en la punta de sus pies y reclamó mis labios en un beso apasionado mientras rodeaba mi cuello con sus brazos.

El movimiento fue tan imprevisto que tuve que hacer un esfuerzo para no perder el equilibrio y caer al piso con ella. Correspondí a aquel beso con ardor y terminé de despojarme del hakama que terminó arrumbado como el resto de nuestras ropas en el piso. Con uno de mis brazos, rodeé el cuerpo de ella y comencé a recostarla en el futón sin dejar de besar aquellos labios en ningún momento. Cuando estuvo totalmente recostada, sostuve mi propio cuerpo en uno de mis brazos para observarla.

Sus largos cabellos habían quedado dispersos sobre el futón, resplandeciendo con destellos azulados gracias a la tenue luz que desprendía la lámpara de aceite, enmarcando perfectamente aquel níveo cuerpo femenino haciéndolo resaltar ante mis ojos. Su mirada expectante estaba fija en mi rostro y sus mejillas sonrojadas le daban un aspecto demasiado cautivante. Sonreí y acaricié su rostro, bajando con mi mano por su cuello hasta llegar a su hombro.

-Eres preciosa –dije con dificultad-. Lo más bello que he visto en mi vida.

Ella no contestó. Con su mano derecha acarició mi rostro y luego mi cabello. Suspiré profundamente y volvimos a fundirnos en un beso, pero esta vez fue más corto, sentía la necesidad de saciar mi sed de ella, así que fui besando cada parte de su cuerpo mientras mis manos tomaban posesión de ella acariciando cada rincón de la piel expuesta a mi merced. Ella gimió audiblemente cuando sintió que mi boca besaba su clavícula y mi mano tomaba posesión de uno de sus senos y luego, arqueó su espalda cuando mi lengua hizo contacto con el sonrosado pezón. Una de mis manos descendió acariciando su estómago plano. Ella se abrazaba a mí de una forma desesperada, haciendo que hundiera mi rostro entre sus pechos.

En ese momento sentía una necesidad imperiosa por fundirme con ella, pero traté de controlar mis impulsos y mis salvajes deseos lo que más pude puesto que quería disfrutar largamente de aquel momento, extenderlo hasta lo impensado.

Había esperado tanto y me había reprimido demasiado, así que la parte cuerda que quedaba en mi cerebro me instaba a no ceder todavía ante la desesperación casi animal que inundaba todo mi ser.

Me aventuré a bajar la mano que tenía sobre su vientre y acaricié su muslo. Su piel era tersa y suave y temía hacerle daño con la aspereza y callosidad de mis manos; las manos de un guerrero acostumbradas a la dureza de la espada. Alejé mi mano de su pierna y me sostuve con ambos brazos apoyados a sus costados. Mis ojos debieron delatarme puesto que ella sonrió y buscó a tientas una de mis manos, entrelazó sus dedos con los míos y dirigió su brazo hasta deslizar el dorso de mi mano por su mejilla, luego soltó mis dedos y tomó mi muñeca, llevándose la palma de mi maltratada mano a los labios. Depositó un fervoroso beso en las callosidades de mi mano y nuevamente me hizo estremecer de pies a cabeza.

La simple acción realizada por ella me otorgó la confianza para seguir explorando sin temor. Había recibido su consentimiento y aunque no tenía mucha experiencia, decidí seguir con mi cometido. Comencé una vez más con mis caricias hasta que, sin proponérmelo siquiera, dirigí mi tacto hacia lo que creía sería el lugar más sensible que pudiera encontrar en aquel cuerpo femenino. Di en el blanco y pude ser testigo de su sobresalto y del temblor que provocó en ella aquel atrevido contacto al interior de sus suaves muslos.

Hasta ese momento, yo había actuado por instinto. No me encontraba para nada seguro de lo que estaba haciendo o si lo estaba haciendo bien, pero confiaba en que ella me guiara si cometía algún error. Así lo hizo y sus manos, que hasta el momento habían permanecido acariciando mi espalda y parte de mi torso me obligaron a separar mi boca de sus senos y mi turbia mirada encontró sus ojos ansiosos.

-Por favor –clamó con dificultad.

Supe de inmediato a lo que se refería con aquella suplica y ciertamente, yo también lo quería, pero seguí torturándonos al demorar aquel contacto. Ella me obligó a besarla nuevamente acercándome a su rostro con ambas manos, luego se separó y comenzó a regalarme una estela de besos por mi rostro y cuello hasta llegar a mi oído.

-Por favor –susurró nuevamente, para luego morder el lóbulo de mi oreja.

Bajé nuevamente mi mano en una caricia que comenzó en su rostro, pasando por su barbilla, bajando por su cuello, luego por sus senos, su estómago, su vientre y finalmente, el interior de sus muslos. Separé sus piernas y dejé que ambos sintiéramos el contacto de nuestros enardecidos cuerpos. Con aquel roce creí desfallecer; gemimos alto y al mismo tiempo. Ella arqueó su cuerpo cuando rocé con más fuerza aquella sensible zona, se abrazó a mí y yo busqué su mirada.

-Ya no hay vuelta atrás, mi terca y torpe niña –le dije sonriendo, fingiendo una seguridad que estaba lejos de llegar a sentir.

Lo cierto es que quería asegurarme de que ella sentía y deseaba lo mismo que yo.

Es verdad, puede que sea considerado uno de los daimiyös más respetados y temidos del país, puede que me tengan por un excelente estratega e invencible guerrero e incluso, puede que me hayan forjado la imagen del hombre fiero que no le teme a nada, pero en mi fuero interno sabía lo que me atemorizaba de verdad. El rechazo de la mujer de quien me había enamorado locamente no era una opción y quería asegurarme para no salir lastimado luego.

-Nunca la hubo –contestó ella con emoción contenida, acariciando mis cabellos.

Asentí a esa afirmación y busqué sus labios nuevamente, para luego, abrirme paso en su interior. Lentamente fui ingresando con movimientos pausados pero firmes, casi como si estuviera practicando alguna técnica nueva hasta que finalmente, obtuve lo que buscaba. Un potente gemido escapó de mis labios al sentirla finalmente mía, ella exhaló un gemido mezcla de placer y dolor. La separé de mí y la observé con temor, ella sonrió y besó mis labios. Todo estaba bien, yo sabía que era el precio que ella debía pagar para convertirse en mi mujer. Acarició mi espalda con infinita ternura e hizo que acercara mi oído a su boca.

-Continúa, mi señor, nunca en mi vida he estado mejor.

Sonreí, compartía plenamente aquella frase. Nunca en mi vida me había sentido mejor que en aquel momento.

-Yo tampoco, Akane –contesté, para luego, seguir con aquel movimiento de vaivén que se estaba convirtiendo en una danza al compás del latido de nuestros desbocados corazones y nuestras agitadas respiraciones.

Me dediqué a disfrutar de aquel momento, a intentar extenderlo con embistes rítmicos pero lentos mientras besaba con devoción el cuerpo de aquella mujer que me enloquecía. Ella gemía y respiraba con dificultad, aferrándose a mi espalda y clavando descuidadamente sus uñas en mi piel desnuda, pero a mi me tenía sin cuidado, yo estaba en un estado de agitación y éxtasis similar, hasta que de pronto, lo escuché claramente.

-Te... Te amo, Ranma.

Sentí que mi corazón se detenía y volvía a latir con el doble de intensidad al escucharla. Era la primera vez que ella decía mi nombre y era la primera vez que alguien decía que me amaba.

Quise llorar, gritar, reír. Era tal mi gozo que creí que en cualquier momento me desbordaría. ¿Era posible que aquella divinidad hecha mujer me amara? ¿Los dioses habían sido tan benévolos como para regalarme con su amor?

La besé con pasión y luego me separé para buscar su mirada.

-Yo también te amo, Akane –le sonreí con emoción-. Más que a mi vida.

Ella sonrió y acarició mi rostro con una ternura indescriptible.

-Entonces, demuéstramelo y termina lo que comenzamos –dijo en un susurro mientras que con su pierna derecha se abrazaba a mi cadera, haciendo que me adentrara más profundo en su interior.

La sensación fue tan placentera que me escuché exhalar un gutural grito que compitió en intensidad con el gemido que escapó de sus labios.

Reanudé mis embestidas aferrándola a mi cuerpo, sentía la necesidad de evitar que nuestros cuerpos se separasen en lo más mínimo. Ella parecía querer lo mismo, ya que se abrazaba fuertemente a mi espalda, su boca lamiendo y mordiendo mi torso y mi hombro. Yo sabía que el momento culmine se encontraba cerca, traté de controlar esa danza desenfrenada, pero mi cuerpo no me lo permitía, me exigía que acabara con aquella placentera tortura a la que nos había sometido a ambos. Internamente quería cada vez más de ella y aceleré mis movimientos; ella pareció entender mis intenciones y se acopló a la perfección a mis exigencias, luego de un momento la escuché gemir intensamente y gritar nuevamente mi nombre al momento que su cuerpo temblaba. No pude evitar el sonreír de satisfacción, sabía lo que había conseguido hacerla sentir, pero esa secreta arrogancia duró poco, ya que me sentí trasportado yo también hacia un nivel superior. Con la fuerza de su orgasmo se llevaba parte de mi ser, sentí la energía recorrer mi cuerpo y abandonarme en un abrir y cerrar de ojos. Mi simiente la inundó y en ese momento sentí que eran abiertas para mí las puertas del cielo.

Me derrumbé sobre ella en un total y completo estado de relajación y paz interior. Ella me cobijó en su pecho abrazándome con ternura, mientras acariciaba mis húmedos cabellos con una de sus manos.

No supe en qué momento parte de mis cabellos se habían soltado y ahora se encontraban medio trenzados, medio dispersos tras mi espalda y sobre mis hombros. No me importó. Había vivido el momento más sublime el cual nunca hubiera imaginado que pudiera existir. Había experimentado la sensación más placentera e intensa de toda mi vida. Ni siquiera una batalla ganada me había hecho sentir aquella mezcla de emociones tan intensas y todo gracias a aquella terca niña a la que adoraba y que permanecía allí conmigo, acariciando mis cabellos mientras trataba de recuperar la calma.

Levanté mi rostro y la observé detenidamente. Sus azulados cabellos en desorden, su rostro y cuerpo perlado de sudor, sus mejillas sonrosadas, sus ojos con un brillo intenso que interpreté como felicidad y sus labios, aquellos que al probarlos sentía que me elevaba de la tierra, curvados en una ingenua sonrisa. Toda ella se resumía en una sola palabra.

-Hermosa. –susurré para darle un beso en la frente-. Perfecta y mía por fin.

Ella me sonrió y se sonrojó aun más al escuchar mis palabras.

Nuestras vidas tomarían un nuevo rumbo de ahora en adelante, lo sabía muy bien. El haberla hecho mi mujer exigía que arreglara esa confusión que se produciría en la Corte Imperial, ya que el señor Tendo me había concedido la mano de su hija mayor y Su Majestad Imperial debía estar enterada, pero yo no iba a renunciar a mi terca niña, ni ahora ni nunca. Le había entregado mi corazón y ella me había correspondido, por lo que ella era y seguiría siendo mi única esposa, así tuviera que enfrentarme al mismísimo Emperador y a mi señor, el shogün. Lucharía por ella y conseguiría el favor imperial y el de mi señor, para eso era un Saotome, vasallos e incansables defensores de ambas casas desde tiempos inmemoriales.

Pero aquello tendría que esperar, en esos momentos en lo único que podía pensar era en compartir aquel amor con mi terca niña.

-¿Sabes lo que has logrado? –pregunté distraídamente mientras besaba su cuello con suavidad.

-No –dijo con diversión en la voz.

-Has logrado que se despierte en mí el ser oscuro que cada hombre lleva dentro.

Rió con aquella risa cristalina e infantil que tanto me gustaba. Yo también reí acariciando su clavícula con mi nariz.

-Oh, ese ser oscuro no me atemoriza si me ama tanto como yo lo amo a él –contestó.

Permanecimos en un cómodo silencio, abrazados, solo disfrutando de la mutua compañía y de la cercanía de nuestros cuerpos desnudos hasta que ella volvió a hablar.

-Mi señor...

La interrumpí sorprendiéndola con un intempestivo beso.

-Se escucha mucho mejor cuando gritas mi nombre. –dije separándome para observarla con intensidad. Ella sonrió un tanto avergonzada-. No quiero volver a escuchar eso de "mi señor" de tus labios, Akane.

-Está bien. –asintió-. Ranma.

Sonreí satisfecho y ella me devolvió la sonrisa. Me dejé caer al costado del futón y ella buscó rápidamente el contacto con mi piel. Suspiré audiblemente y la abracé, ella se acomodó en mi abrazo y con su mano comenzó a trazar descuidadamente un camino de caricias ascendentes y descendentes por mi torso desnudo. Cerré mis ojos y me dediqué a disfrutar de aquel fantástico contacto que ella me regalaba.

-Ranma, ¿qué sucederá ahora?

La misma pregunta me había formulado yo hacía unos instantes. Con mi mano comencé a acariciar el brazo que ella había dejado descansar sobre mi pecho hasta llegar a su barbilla. Hice que levantara su mirada y contesté.

-Nada que nos pueda separar, Akane. Ya no.

-Pero, mi hermana, mi padre, el Emperador...

-Ahora, tú eres mía –le interrumpí-, en cuerpo y alma. Ya no puedes escapar de mí porque yo no te dejaré ir y a quien le parezca mal aquello, tendrá que enfrentarse a mí en batalla. Ya nadie ni nada nos separará. Confía en mí.

No contestó, se limitó a sonreírme y me besó suavemente para luego recostarse sobre mi pecho y seguir con sus delicadas caricias.

-Tú también eres mío ahora, Ranma –susurró, dándome un beso en el cuello.

Sonreí para mis adentros, el contacto de sus labios en mi piel me quemaba y sentí renacer en mi interior la pasión y el deseo por hacerla mía. Ella seguía brindándome sutiles caricias, pero mi cuerpo ya no se conformaba con aquello, la necesidad por ella iba en aumento.

En un arrebato, volteé con violencia, haciéndola girar para quedar a mi merced bajo mi cuerpo. Sonrió.

-¿El ser oscuro? –preguntó con diversión, mientras arqueaba una de sus cejas.

No contesté, reclamé sus labios con desesperación, mientras recorría su cuerpo con desbordante pasión. Sus gemidos fueron en aumento. Me separé de ella solo un momento para recuperar el aliento.

-Te amo con locura, mi perfecta y bella nubecilla escarlata –susurré en su oído para luego seguir besando el resto de su anatomía.

-Y yo te amo con toda el alma, mi travieso caballo salvaje.

Sonreí contra su hombro al escucharla. Luego seguí con mi cometido, amaba a esa mujer y la deseaba hasta la desesperación, mi cuerpo la requería y yo no estaba dispuesto a ignorar ese requerimiento.

Lo que sucediera en un futuro próximo me tenía sin cuidado. Esa noche sería solo mía y de ella. Nos amábamos y aquello era lo único que importaba ahora. Yo sabía que desde esa noche en adelante podría reclamar sus atenciones cuando quisiera. Ya era mi mujer y eso me otorgaba derecho sobre ella, pero también sabía que no habría ninguna otra noche como aquella, la primera de nuestra entrega mutua. Quería disfrutarla al máximo para recordarla por siempre. Así que aquella noche reclamé su cuerpo una y otra vez, sin obtener nunca un no por respuesta. Ella me amaba y se entregó a mí sin reservas, haciéndome el hombre más feliz de la tierra. Entonces comprendí que yo, Ranma Saotome, señor de la guerra, señor de estas tierras, quien siempre había tenido la firme convicción de que jamás me enamoraría, me encontraba totalmente enamorado de aquella chiquilla. Amaba a mi esposa con locura, la necesitaba para vivir y era totalmente dependiente de ella, ahora más que nunca.

Allí y mientras le hacía el amor, me prometí que jamás dejaría que la alejaran de mi lado. Antes moriría a renunciar a ella porque los dioses habían encarnado su espíritu, los dioses habían dejado que viviera y se cruzara en mi camino, los dioses me habían regalado con su amor y solo los dioses podrían reclamarla alguna vez para ellos. El resto del mundo, simples mortales que quisieran interponerse en nuestro amor, deberían enfrentar mi furia si querían arrebatármela algún día y nadie que me conociera querría hacerlo por su propia voluntad.

Yo, Ranma Saotome, lucharía hasta la muerte por conservar a mi terca niña a mi lado, la única que me había enseñado a amar, la única que se merecía todo mi amor y la única que había sabido cómo domar al salvaje caballo que habitaba en mi interior con la primera mirada que me había regalado.

Era inmensamente feliz a su lado y no dejaría que nadie me arrebatara aquella felicidad.

Nunca...


Todavía no salía del asombro que me provocaba el rememorar la noche que lentamente se iba desvaneciendo, dando espacio a la tenue y mortecina luz de un amanecer que se me antojaba muy diferente de otros.

No sabía cómo ni cuándo había tomado la resolución de arriesgarlo todo para descubrir si realmente tenía alguna posibilidad de encontrar el amor en los brazos de un hombre al que había traicionado y que me había demostrado con hechos que con el honor de un guerrero no se jugaba.

Lo cierto es que algo había gatillado un cambio en la actitud displicente para conmigo del señor del castillo y yo no me explicaba qué había provocado aquel cambio, aunque me encontraba muy agradecida de que se hubiera efectuado.

Mi sorpresa fue inmensa cuando me enteré que él había ordenado devolver a sus funciones a mis tres acompañantes, mis amigas.

No cabía en mí de gozo al verlas acudir sonrientes y emocionadas a mis habitaciones el día en que habían vuelto a mi servicio. Lloramos, nos abrazamos, conversamos de lo que habíamos vivido durante el tiempo que estuvimos separadas y discutimos respecto de lo que debíamos hacer desde aquel día.

Las palabras de Cologne, siempre certeras, me hicieron comprender que había una gota de esperanza puesto que se había enterado que el señor del castillo se había peleado hasta con su maestro y chambelán para lograr que ellas volvieran a mi lado. Según mi nodriza, eso se convertía en una prueba irrefutable del cariño que por mí todavía sentía.

Yo no estaba tan segura de que así fuera.

Durante todo ese tiempo me había quedado claro que él no sentía más que odio y desprecio por mi y, seguramente, sus gestos de buena voluntad eran producto del arrepentimiento por los malos tratos que me había prodigado llegando a mostrarse realmente violento cuando no podía controlarse.

De cualquier modo, le estaba muy agradecida de la concesión que había hecho al devolverme a mis amigas, fueran cuales fueran sus motivos.

Pensé seriamente en preguntarle directamente el por qué de aquel cambio tan repentino y había querido hacerlo en innumerables ocasiones, pero él siempre me evitaba. Lo asumí como otra prueba de la poca importancia que yo tenía para él hasta que esta noche sucedió lo impensado.

Fue casi como una jugarreta del destino, una prueba que ambos tuviéramos que sortear para percatarnos de lo tontos que habíamos sido durante todo este tiempo.

Como dije, quería arriesgarlo todo para saber si debía seguir manteniendo viva la esperanza en mi corazón, ya que tenía muy claro que a pesar de intentar extinguir mis sentimientos, éstos habían crecido y estaban a punto de sobrepasar todos los límites permitidos.

Así fue que el destino jugó a mi favor y me otorgó la oportunidad de comprobar si mi anciana nodriza tenía razón.

No voy a relatar todo lo que sucedió esta noche porque de solo recordarlo una sensación de absurdo pudor se apodera de mi mente y cuerpo. Baste decir que vi nacer la única ocasión y la aproveché. Tenía que hacerlo, tenía que saber si él me daría una segunda oportunidad y traté de comportarme como una verdadera esposa, como me habían enseñado desde pequeña que debía hacerlo. El mostrarse servicial y comprensiva con un esposo atribulado era lo que nos inculcaban desde pequeñas y yo, a pesar de todos mis temores, me decidí a ayudar a mi esposo.

Debo reconocer que solo buscaba una respuesta, un pequeño indicio mediante algún gesto o quizá alguna palabra de él que me indicara que la intuición de mi anciana nodriza no había fallado, que él aún sentía algo de cariño por mí. Jamás pensé que mi inocente idea desencadenaría la pasión que ambos guardábamos dentro.

La noche fue testigo de nuestra delirante entrega.

Y es que simplemente puedo resumir todo lo que sucedió entre nosotros en una única palabra, amor, en su estado más puro e irracional.

Todavía me encuentro desnuda, abrazada a su cuerpo, velando su sueño, y con mis dudas reducidas a nada.

El hombre que permanece a mi lado, durmiendo pacíficamente con un brazo tras su cabeza y el otro aferrado posesivamente a mi cintura me demostró que mis sentimientos eran correspondidos, que todos mis temores eran infundados y que lucharía por conservar este amor intacto con quien fuera. Solo espero que él pudiese comprender que yo pienso y siento igual.

Durante la noche y mientras concretábamos nuestra entrega mutua le escuché decir tantas veces que me amaba que no podría recordar cuántas fueron, pero confieso que aunque escucharle me hizo la mujer más feliz sobre la faz de la tierra, fueron sus azules ojos los que me confirmaron infinidad de veces que sus palabras eran ciertas. El señor de Nerima me ama tanto o más de lo que yo lo amo a él y es por ello que no puedo borrar la sonrisa de mi rostro.

La luz que poco a poco ha ido iluminando la habitación no ha logrado eliminar la magia que nos envuelve. La lámpara que nos acompañó durante gran parte de la noche hace mucho que dejó de arder, pero no así la llama que se avivó en mi corazón.

Aquí, abrazada a mi esposo puedo dar fe de que no hay lugar mas seguro ni más placentero; al menos, no para mí. Podría pasar la vida entera junto a él, velando su sueño, contando las innumerables y plateadas cicatrices que se distribuyen por su cuerpo de guerrero. Cicatrices de batallas pasadas que me hubiese gustado cuidar.

Un suspiro escapa de sus labios y no puedo evitar sonreír al escucharle murmurar mi nombre en sueños.

Ranma Saotome, el invencible guerrero me ama como jamás pensé que alguien iba a llegar a amarme.

Si en mi tierna infancia alguna de las mujeres encargadas de mi educación me hubiera dicho que terminaría enamorada de un hombre, seguramente me hubiera echado a reír en su cara. Ahora sé cuán equivocada estaba, ya que el amor existe y para mí tiene nombre y apellido, se llama Ranma Saotome, el único que lograría hacerme entregar mi vida por salvar la de él.

Un suspiro escapó de mis labios haciendo que él se aferrara más a mi cintura. Creo que lo prudente sería que yo también tratara de dormir. Mi dolorido y exhausto cuerpo así lo exige, pero mi mente se niega a obedecerle; todavía rememorando, todavía soñando despierta, todavía sopesando los cambios y los problemas que enfrentaremos de aquí en adelante. Pero para eso hay tiempo y tengo la certeza de que mi esposo no permitirá que aquellos problemas nos afecten mayormente. Confío en él y en su promesa de que nada nos podrá separar.

Lentamente fui cayendo en un adormecimiento tranquilo, aunque una sonrisa se formó en mis labios al imaginar la sorpresa que se llevarían mis dos doncellas cuando vinieran a despertarme.

Me acomodé mejor y me dispuse a dormir abrazada al hombre que amaba.

En sus brazos me sentía feliz y protegida.

En sus brazos sabía que nada malo iba a pasarme.


Notas finales:

1.-Debo confesar que si dije que el capitulo pasado había sido muy difícil de escribir… ¡me retracto! Esto ha sido realmente difícil. Un verdadero desafío y la verdad, no sé cómo quedó. A mí me gustó, ustedes juzguen y luego me cuentan (si es que quieren hacerlo, claro está).

Escribir lemon (aunque siempre resulta más acorde a un lime) siempre ha significado un desafío para mí. Considero que es una de mis flaquezas junto con el humor, así que si les gustó, me consideraré afortunada.

Es la primera vez que escribo una escena así en primera persona, así que tampoco sé si salió muy bien. Hay quienes se pueden preguntar por qué elegí a Ranma y no a Akane para el relato y la razón no tiene nada que ver con la "comodidad" para escribir, simplemente lo eché a la suerte (una moneda) y el chico de la trenza ganó la partida.

2.- Palabras del capítulo:

- Benzaiten (Benten): Considerada uno de los siete dioses de la suerte, Benzaiten representa la deidad de las artes, el conocimiento, la belleza y, también por qué no decirlo, el amor.

-Yukata: Es un tipo de kimono más liviano (sin todas las capas que requiere un kimono tradicional). Utilizado generalmente para dormir.

-Himo: Es una especie de cordel que cumple la función de fijar el kimono al cuerpo.

-Hakama: Pantalón de siete pliegues utilizado por el samuráis.

3.- Mi más sincero agradecimiento a quienes siguen leyendo lo que escribo, me hacen muy feliz y me llena de energía el saber que me acompañan en este camino. En especial quiero agradecer a quienes comentaron en el capítulo pasado: Saori1f (Bueno, creo que finalmente tuviste la esperada noche de bodas ¿no? Muchas gracias por comentar siempre Saori. Un abrazo y que estés muy bien), itzeldesaotome, , nerima, Anne Saotome Tendo, Faby Sama, mechitas123, Alekia Saotome, Reira Tendo, calipzo1993, maritza chan, susyakane, Ishy-24, RosemaryAlejandra, jfer calvomeneses, eternalminami, ilkane, MATT(Nada que ver, MATT, siempre hay un momento para comentar las palabras de alguien que lee con tanto entusiasmo lo que escribo. Ahora no me extenderé mucho por cuestiones de tiempo. Para algunos lo más valioso es el dinero, para mi es el tiempo ;) Solo agradecer el que siempre estés comentando y dedicándome palabras de apoyo. Un abrazo a la distancia y espero que este capítulo también haya sido de tu agrado. Yo seguiré escribiendo, eso lo prometo), Estefy-chan, Yuna Lockheart de Muller, Ifis y ceuscolo.

Muchísimas gracias de todo corazón. Saben que sin sus palabras este escrito no sería nada.

4.- Por ahora me despido y espero seguir a buen ritmo para que no tengan que esperar mucho por una nueva actualización.

Un abrazo a la distancia y será hasta una próxima entrega.

Y como siempre, buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.