- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XVI

"De misivas y encuentros inesperados"

Fue el más maravilloso despertar que había experimentado nunca; sólo así se me ocurre describirlo y creo estar cometiendo un vano intento de explicar con burdas palabras, lo que sentí al comprobar esta mañana que no había sido un sueño ni una ilusión mi vivencia la noche anterior.

No. Ella era real y estaba allí junto a mí, tan real que permanecía abrazada a mi cuerpo desnudo, durmiendo plácidamente.

Era verídico. Todo lo que había sucedido aquella noche se trataba de una verdad indesmentible y el comprobarlo hizo que me sintiera el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra.

Recuerdo haber movido mi cuerpo lentamente hacia un lado, intentando no despertar a la hermosa mujer que yacía junto a mí. Ella remoloneó un poco y un gesto de leve disgusto decoró sus facciones.

Sonreí al verla acomodarse en mi futón. A veces me parecía encontrarme en presencia de una terca niña y otras, frente a una intrépida mujer.

Acomodé mi peso en mi brazo y me quedé observándola a la luz que se filtraba desde el exterior. La tenue luz del alba le confería un aura casi mágica al cuerpo de la mujer que me tenía hechizado.

Su piel, blanca como la nieve virgen que cubre los montes en pleno invierno, resplandecía en un tono azulino que le daba un halo de misticismo y divinidad que jamás había atisbado y que estoy seguro, nunca veré en otra mujer. La dulzura de su rostro transmitía serenidad y paz; uno de sus brazos descansaba junto a su cara, ocultando a mis ojos la mayor parte de sus atrayentes curvas. Sus oscuros y espesos cabellos en desorden y dispersos sobre la tela de mi futón completaban aquella onírica visión.

Mi esposa. Sonreí apartando un mechón de suave y sedoso cabello que caía insolente sobre su rostro, no dejándome disfrutar de la perfección de sus facciones. Finalmente podía declarar con toda propiedad que ella era mi esposa, el ser más perfecto que yo había visto en mi vida y que los dioses me habían entregado.

Acaricié su mejilla con el dorso de mi mano y la suavidad de su piel al contacto con mi tacto me hizo rememorar con impactante claridad la experiencia de la noche anterior. Cerré mis ojos y no sin reticencia, arropé a mi joven esposa con las acolchadas mantas; había amanecido y con el día llegaban las mundanas preocupaciones y deberes que un daimiyö como yo debía enfrentar, así que, sin ánimo de hacerlo, me levanté tratando de no despertar a mi joven esposa; ella sólo emitió un suspiro y se acomodó para seguir durmiendo.

Enfoqué mi vista tratando de buscar algo con qué cubrir mi desnudez; la mañana se presentaba fría por lo que era muy probable que pronto las doncellas de Akane ingresaran con algún bracero para entibiar la habitación en donde descansaba su señora. No quería imaginar la escena que se podría presentar si una de ellas encontraba al señor del castillo como había venido al mundo.

Una suave risilla escapó de mis labios al representar aquella imagen en mi mente y me apresuré en buscar una cómoda y abrigadora túnica de invierno, me calcé un par de sandalias y me dirigí sigilosamente a la contraventana que daba al jardín que había estado contemplando la noche anterior. Salí despacio al pabellón, deslicé la puerta tras de mí y abrí la siguiente para salir a la helada mañana otoñal con una sola idea en mente.

Akane me había regalado una noche que jamás olvidaría y con su entrega había confirmado que estaba dispuesta a enfrentar todo tipo de problemas para permanecer junto a mí, eso era algo que ni con todas mis posesiones podría llegar a pagar.

Saludé con una leve inclinación a un sorprendido guardia que pasó por mi lado cuando estaba por llegar a mi destino. Seguramente el joven no supo qué pensar al ver a su señor deambular por el jardín tan temprano en la mañana, sin la indumentaria típica de un señor de la guerra y cubierto sólo por una sencilla túnica. Lo cierto es que ya no me importaba lo que pensaran los demás sobre mí, sólo me importaba la idea que ella se formara de su esposo, así que, como estaba condenado a mantener la vida del daimiyö en paralelo a la vida del amante esposo, quería asegurarme que ella no se decepcionara de ninguno de los dos.

Me agaché lentamente ante el arbusto que decoraba aquel rinconcito del ornamentado jardín e inspeccioné los delicados botones humedecidos por el rocío matinal. No era la temporada para que un arbusto de aquellos floreciera y todavía no me explico cómo es que llegó a florecer tan tardíamente, lo cierto es que agradecí en mi interior por aquel inesperado obsequio de la naturaleza. Tomé una de las flores más bellas que se encontraban entre el verde y oscuro follaje y la examiné. Era perfecta para mis intenciones; una flor de pétalos semiabiertos, de un intenso color púrpura y una fragancia embriagadora. Suavemente separé la flor del follaje y corté el tallo. Luego deshice mis pasos y volví al interior del castillo, al pabellón en donde se encontraba la habitación que compartía con mi esposa.

Afortunadamente ella seguía durmiendo y, a pesar de que el castillo comenzaba a despertar lentamente, las doncellas no habían concurrido aún a ayudar a su señora en su despertar.

Rápidamente busqué pincel, tinta y algún trozo de papel en la mesita que se encontraba a un lado de mi futón y escribí sin mucha pulcritud unas cuantas líneas. Sabía que no contaba con mucho tiempo, así que no esperé a que la tinta se secara, por el contrario, de forma apresurada puse el trozo de papel cerca del rostro de mi durmiente esposa y con sumo cuidado dejé descansar el botón de peonía al costado de la torpe nota.

Me levanté y me dispuse a abandonar la habitación como lo había hecho todos los días desde que había llegado de mi incursión al sur del dominio aunque esta vez, mi intención no era escapar de ella, sino más bien todo lo contrario, pero aunque sabía que estaba total y profundamente enamorado de mi esposa, no podía dejar que ese sentimiento interfiriera en mis deberes como señor de Nerima. Había asuntos urgentes que atender esa mañana, audiencias que conceder, problemas que solucionar… suspiré y me permití volver mi mirada hacia mi futón para grabar en mi memoria aquella imagen y así poder soportar el calvario que me significaría pasar todo un día alejado de mi esposa.

Al verla allí acostada me percaté lo difícil que sería seguir con mi papel de señor de la guerra. A veces envidiaba a mis hombres; ellos tenían responsabilidades, es cierto, pero muchas veces podían elegir eludirlas para hacer lo que realmente querían hacer. Yo no podía eludir las mías, todo un pueblo dependía de mí y aunque quisiera permanecer en esos aposentos estrechamente abrazado a mi esposa durante todo el día, sabía que debía concurrir a mi otra habitación, vestirme formalmente y comenzar con el ajetreado día que me esperaba.

Cerré mis ojos un momento para tomar el valor y alejarme de una vez de aquella habitación, maldiciendo mi suerte pero con la esperanza de que la noche llegara con rapidez una vez más.

Ahora que lo pienso, nunca antes había mostrado tanta apatía por los temas relacionados con la administración de mis tierras. Sentado en la tarima en uno de los salones destinados para ello, atendí todas las audiencias que estaban programadas para la mañana. Tuve que escuchar pacientemente desde un campesino que quería solicitar mi opinión sobre qué grano sería mejor para la siembra de la siguiente temporada, hasta una pareja de ancianos que me solicitaban autorización para contactarse con un bonzo expulsado anteriormente del dominio por mal comportamiento y prácticas indebidas porque, según ellos, era el único que podría aliviar el mal que sufría su nieta. Escuchar a la gente del pueblo nunca me había molestado, al contrario, me complacía que tomaran tan en cuenta la opinión de su señor y me alegraba el que me consideraran un hombre cercano y afable, preocupado por sus problemas, pero reconozco que no era el mejor día para concentrarme y mantenerme atento a los relatos de una treintena de personas que venían en busca de consejo.

Lo cierto es que cuando llegó la hora del mono, mi mente se encontraba exhausta y mi talante muy irascible. Al parecer los consejeros se percataron de ello y cuando comenzaron a presentarme sus inquietudes respecto de las finanzas, armas y reservas de provisiones, entre otras cosas, evitaban dirigirse directamente a mí si podían consultar antes la opinión de Hapossai.

Me encontraba fingiendo que escuchaba atentamente cómo uno de ellos se enfrascaba en una encendida discusión con el chambelán, cuando vi asomarse a uno de los guardias en la entrada del pabellón. Abrí de un solo y enérgico movimiento el abanico lacado que sostenía en una de mis manos para llamar la atención de todos mis acompañantes y luego indiqué al guardia que podía acercarse.

El hombre así lo entendió, avanzó hasta donde yo estaba y luego de hacer la reverencia correspondiente, se agachó permaneciendo con una rodilla en el suelo y la otra doblada.

-Mi señor, traigo dos mensajes para ti. Espero no importunarte –dijo de forma solemne.

-Cualquier cosa que no sea de suma urgencia es una forma de importunar a un daimiyö que se encuentra en medio de un consejo, soldado –terció Hapossai.

-Déjalo, Hapossai –dije reconociendo al hombre que se encontraba frente a mí como uno de los hombres que siempre hacían guardia cerca de las habitaciones de mi esposa-. Dime, cuáles son esos mensajes.

-Mi señor, el primero viene de la frontera –se apresuró el hombre-. Ha llegado un enviado del señor Hibiki, dice que trae un mensaje urgente.

-Ordena que le atiendan, que le den de comer y luego, que me espere en la sala de armas. Iré en cuanto pueda.

-Sí, mi señor.

-¿Qué más?

-Esto –dijo el hombre sin mirarme, extendiéndome un trozo de papel.

Sentí las miradas de los consejeros sobre mí al recibir el papel de manos del guardia, pero Hapossai, quien se encontraba sentado a mi lado, fue quien hizo un enorme esfuerzo por averiguar qué me había entregado el hombre que permanecía arrodillado.

Incómodo, me puse en pie y me alejé unos cuantos pasos para satisfacer mi propia curiosidad. Observé el trozo de papel y no pude contener el temor que sentí cuando reconocí su origen; era el mismo que había dejado esa mañana junto al botón de peonia donde descansaba mi joven esposa.

Con impaciencia desdoblé el papel y pude apreciar que dentro del mismo venía otro trozo meticulosamente doblado.

"Que esta flor de peonía sirva de compañía a mi amada esposa mientras su desdichado esposo cumple con el fastidioso deber que le impone su rango. No me siento capaz de despedirme como es debido puesto que sería un tormento aún mayor el alejarme de tu lado, pero ten por seguro que el recuerdo de mi amada tranquilamente dormida me ayudará a no desesperar durante las horas que debamos permanecer separados hasta el momento en que volvamos a encontrarnos y pueda cumplir con el anhelante deseo que tengo en este momento de volver a tus brazos. Espero puedas entenderme y compartas mi esperanza de que el día pase y podamos compartir una noche más. Ranma".

Esa había sido la nota que le había dejado y no pude evitar leer mi propia escritura para asegurarme de que había sido lo bastante claro en mi mensaje; de que al leerlo, ella no pensaría mal de mí y mi apresurada decisión de dejarla durmiendo en la habitación sin siquiera despedirme.

Abrí con impaciencia la segunda nota y me deslumbró la cuidada y bella caligrafía de mi esposa.

"La belleza de la peonía que mi amado esposo dejó en su lugar abruma mi corazón con el deseo de que las preocupaciones y obligaciones del daimiyö cuya valentía y coraje hacen que deba atender las necesidades de su gente, sean lo bastante solucionables para que pronto pueda concurrir al lado de la mujer que con profunda ansia espera el reencuentro con su esposo. Sé que mi esposo ante todo es un señor de la guerra y siempre deberé compartirlo con su gente, mas mi alma goza al saber que su corazón es sólo mío. Con aquella certeza y con el recuerdo de la pasada noche me bastará para soportar las horas que hemos de estar separados, esposo mío. El aroma de la peonía que conservo junto a mí también me recuerda que un valeroso guerrero comparte el deseo que albergo en mi corazón de permanecer en sus brazos, sin embargo y aunque estoy segura que mis sentimientos y afectos son compartidos por mi esposo, he de solicitarte me dejes abandonar el castillo por unas horas para concurrir a ofrendar mi gratitud a aquella que con toda seguridad me ha ayudado a conseguir mi completa felicidad a tu lado. Por favor, esposo mío, espero que comprendas mi deseo y concedas mi petición, para mí es importante el agradecer por nuestra unión. Al igual que tú lo mencionas, comparto la esperanza de volver a unirme a ti, pero quisiera asegurarme de que aquella unión será eterna y solo nuestra divinidad podrá darme aquella certeza. Recuerda que te amo y haré lo que sea para permanecer siempre a tu lado. Akane".

Así que eso era, sólo quería autorización para concurrir a un templo. Sonreí aliviado y volví a leer la nota.

Me conmovió la forma en que casi suplicaba le autorizara para ir a pedir la protección de nuestro amor y, aunque no estaba muy convencido, decidí que no podía contrariarla dada la naturaleza de su solicitud.

Dudo mucho que una diosa pueda hacer que mi amor hacia mi esposa pueda crecer aún más puesto que soy consciente de que estuvo a punto de consumirme. Suspiré y me alejé un poco más del lugar en el que me encontraba. No quería que nadie se percatara de la naturaleza de la misiva que había recibido.

-Incorpórate y acércate –le ordené al guardia que no tardó en cumplir mi solicitud.

-Mi señor.

-¿Eres capaz de guardar un secreto? –susurré para que sólo él pudiera escucharme.

-Por supuesto –asintió bajando también el tono de su voz.

-¿Con tu vida?

-Sí, mi señor.

-Bien –dije escrutándolo con la mirada. Sabía cómo intimidar a un hombre y nadie que apreciara su vida querría arriesgarse a contrariarme-. ¿Sabes si Mousse se encuentra en el castillo?

-Sí, mi señor –contestó con total seguridad. Había entendido el mensaje.

-Entonces, lo buscarás y le dirás que quiero que junto a un par de hombres acompañe a mi esposa al lugar que ella le indique. También le dirás que es muy probable que ella quiera ir sin llamar la atención, por lo que le recomiendo que si no quiere sufrir la furia del señor del castillo, le convendría organizar una generosa escolta capaz de seguirles en completo sigilo por si algo inesperado pudiera ocurrir durante el recorrido que ella quiere realizar.

-Sí, mi señor.

-Una última cosa –dije sopesando la situación-. Tú también formarás parte de la escolta.

-Como ordene, mi señor –contestó haciendo una leve reverencia.

-Te estoy confiando lo más preciado que tengo. Debes jurar que cuidarás aquel tesoro con tu propia vida.

-Lo juro, mi señor.

-Una indicación final que te incluye sólo a ti –dije con un tono de voz autoritario y demandante-. No le dirás a nadie de quién recibiste esta carta y tampoco lo que te acabo de encomendar, al menos no hasta que vuelvan con mi esposa sana y salva al castillo. Esas son mis órdenes.

-Oigo y obedezco, mi señor.

-Ahora, puedes ir.

Tras hacer una profunda inclinación, el hombre salió y yo no tuve duda de que cumpliría mis indicaciones a cabalidad, así que guardé los dos trozos de papel y me dispuse a volver a mi lugar.

Mis acompañantes se encontraban desconcertados y en silencio, todas las miradas estaban fijas en mi persona, como si esos hombres esperaran que les explicara qué acababa de suceder, pero yo no tenía intención alguna de hacerles partícipes de un asunto que me atañía sólo a mí y a mi esposa, así que me limité a sonreír.

-¿En qué estábamos? –pregunté con total afabilidad ganándome una mirada sorprendida de los consejeros.

Hapossai, por el contrario, me observaba con dureza. Yo sabía que el chambelán estaba intrigado y también molesto; no era común que lo mantuviera ajeno a mis decisiones, pero si quería mantener en perfecto estado mi relación con Akane, debía comenzar a alejarme de la influencia de mi maestro.

El anciano era un buen maestro y un excelente chambelán, pero me había dejado en claro que no creía en el amor y seguramente censuraría mi comportamiento. Yo no estaba dispuesto a renunciar a un sentimiento que recién comenzaba a conocer por las aprensiones del viejo chambelán.

La reunión siguió su rumbo normal aunque era totalmente notorio mi cambio de actitud; es que simplemente no podía dejar de sentirme feliz luego de haber recibido aquella escueta misiva y sabía que mi semblante me delataba.

Cuando por fin los consejeros terminaron con sus planteamientos, ya estaba oscureciendo en el exterior. Calculé que nos acercábamos a la hora del perro y todavía tenía asuntos que atender; también me inquietaba saber si mi esposa había vuelto de su incursión al templo, pero temía que el solicitar a uno de los lacayos que me informara de aquello sería llamar poderosamente la atención del maestro chambelán, así que me abstuve de hacer algo semejante y luego de despedir a los hombres del consejo, me dispuse a salir en busca del mensajero enviado por Ryoga.

Hapossai se quedó rezagado y al llegar a la puerta, me detuve para esperarle. Él no hizo ningún esfuerzo por seguirme, así que llamé su atención.

-¿No piensas venir conmigo, maestro?

-Creí que el señor del castillo ya no necesitaba de mi consejo –dijo con ironía-. Luego de lo que acabamos de presenciar, es probable que quieras tomar tus propias decisiones y ya no necesites a un viejo como yo.

-Eres un viejo tonto y además, celoso –dije sonriendo-. Sabes que todo lo que tenga que ver con mi dominio lo consulto contigo, pero no pretendas ejercer ese poder también en mi vida personal.

-Entonces, toda esta escenita fue debido a esa chiquilla –dijo acercándose a mi lado.

No contesté. No supe bien el por qué pero me estaba molestando cada vez más la forma despectiva e insolente en la que el anciano siempre se dirigía a mi esposa.

-Es mejor que vamos de una vez por todas a ver qué sucedió en la frontera con Ryoga.

Hice el camino en silencio junto al viejo chambelán, tratando de no contestar a las astutas preguntas que me hacía respecto a mi vida privada. No era fácil engañar a alguien como Hapossai y estaba seguro que el viejo sospechaba que algo había cambiado en mi relación con Akane, pero yo no estaba dispuesto a darle en el gusto.

Cuando llegamos a la sala de armas, el mensajero que había enviado Ryoga se encontraba sentado puliendo su espada. En cuanto me vio ingresar al lugar, se levantó de un salto, envainó el sable e hizo una impecable y respetuosa reverencia. Era un hombre joven, de rostro sereno y mirada confiable. Sus ropas se encontraban totalmente desarregladas y cubiertas de polvo del camino.

-Mi señor, señor Hapossai –saludó el hombre.

-He sabido que has realizado un largo viaje con un encargo de Ryoga.

-Sí, mi señor –contestó incorporándose-. El comandante Hibiki viene de regreso con dos cuartas parte de los hombres que llevó a la frontera.

-Eso quiere decir que la situación no era demasiado desesperada –terció Hapossai.

-Unas cuantas escaramuzas, pero nada de qué preocuparse mayormente –contestó el soldado-. Más bien se trataba de forajidos y desertores del clan Kuno que estaban causando problemas a los poblados de los alrededores, aun así, el comandante Hibiki pensó que sería bueno dejar a algunos de sus hombres para que sirvieran de apoyo en el resguardo de la frontera.

-Si Ryoga lo consideró necesario es porque no confía del todo en que la situación haya sido controlada -razoné.

-Es verdad –confirmó Hapossai.

-¿Qué más, soldado?

-El comandante envía una misiva explicando un incidente que tuvimos en el camino.

-¿Incidente? –preguntó Hapossai.

-Sí, señor. Es que… -titubeó buscando entre sus ropas-. Es mejor que mi señor lea lo que escribió. En comandante Hibiki no me dio autorización para hablar de ello.

Me extendió un trozo de bambú y de él extraje un papel envuelto en forma de pergamino con el sello de Ryoga. Rompí el sello y me sorprendió encontrar otra misiva envuelta dentro de la carta de Ryoga, pero esta última tenía un sello que reconocí enseguida.

Sin más dilación, comencé a leer la pulcra y ordenada caligrafía de mi amigo y comandante de mis tropas.

"Ranma, en estos momentos me encuentro realizando el camino de regreso a Nerima. De la misión que se me encomendó no tengo mucho que contarte puesto que los sucesos de los cuales nos llegaron informes fueron controlados y creo que por el momento no debemos preocuparnos, sin embargo, hemos hallado en el camino a una mujer que dice ser una de las doncellas de la hermana de tu esposa. Su nombre es Akari y dice que la dama Nabiki la envió con un mensaje para su hermana. Encontrarás la carta dentro de este papel que te envío y podrás sacar tus propias conclusiones. La doncella viaja conmigo y mis hombres de vuelta a Nerima puesto que , no quise dejarla abandonada a su suerte y tampoco me pareció aconsejable devolverla al lugar donde se aloja su señora. No sé qué estará sucediendo pero me alarmó el hecho de enterarme que la dama Nabiki actualmente puede encontrarse alojada en el castillo del señor de Seisyun, lo cual no deja de ser preocupante. Espero estar allá prontamente, así podrás interrogar tú mismo a la chica. De momento lo único que puedo hacer es entregarte esta misiva dirigida a tu esposa y esperar que nada extraño suceda en Seisyun. Si tomas alguna decisión respecto a lo que debo hacer, comunícamela con el hombre que te entregó esta información, él sabe qué ruta hemos de tomar para el regreso a Nerima. Hibiki Ryoga".

Sin duda la misiva que enviaba Ryoga era inquietante. No, inquietante no era la palabra, más bien era una información alarmante.

¿Qué estaría haciendo una de las hijas de Soun Tendo en el castillo de los Kuno?; peor aún, ¿por qué la dama había decidido enviar a una de sus doncellas tan imprudentemente en busca de su hermana?, ¿acaso estaría en peligro y solicitaba la intervención de su hermana?

Miles de ideas y conjeturas pasaron por mi mente mientras enfocaba la mirada en el trozo de papel enrollado con el sello lacado de la familia Tendo. No supe cuánto tiempo estuve sopesando la información que aquellas líneas me entregaban, pero cuando Hapossai hizo un molesto ruido con su garganta para llamar mi atención, supe que me había quedado totalmente abstraído de la realidad.

-¿Malas noticias, muchacho? –preguntó el chambelán con los ojos chispeantes y el rostro ávido por conocer el contenido de la carta.

-No –contesté serenamente-, nada que no nos haya comunicado ya el mensajero aquí presente, salvo…

Me interrumpí y observé el rollo en mis manos. Era una carta que había escrito la dama Nabiki para su hermana y si yo leía esa carta sin el consentimiento de mi esposa, podría generar un conflicto entre ambos que no estaba dispuesto a suscitar.

Por otro lado, Hapossai no se quedaría tranquilo sabiendo que le estaba ocultando información, pero me pareció que bien podría revelarle esa noticia luego de hablar con mi esposa.

-¿Salvo? –inquirió mi chambelán.

-Salvo la noticia de que trae una invitada –dije mirando de soslayo al mensajero que permanecía imperturbable frente a mí-. Una chica que encontraron en el camino y que tal vez nos proporcione información importante.

-¿Trae a una rehén? –dijo Hapossai alarmado-. ¡Ese chico está loco!

-No creo que se trate de una rehén, Hapossai, en su carta no lo dice pero creo que nos enteraremos de cosas trascendentales para el futuro del dominio.

-¿Eso es todo lo que dice Ryoga?

-Sí –contesté esquivando la mirada del anciano-. Al parecer tendremos que esperar a que vuelva de su misión para enterarnos de más detalles.

-Sí, al parecer así deberá ser –completó Hapossai con un tono desafiante.

No le di importancia, me volví hacia el mensajero y lo despedí. El joven guerrero tendría la oportunidad de dormir esa noche en una cama caliente junto a su esposa o amante después de tantos días pernoctando a la intemperie.

Luego, me vi obligado a dejar la sala de armas y a acompañar a Hapossai a su pabellón para tratar algunos pendientes que el chambelán se había empeñado en tratar conmigo ese día.

Observé el cielo, ya estaba prácticamente oscuro y el chambelán me estaba obligando a permanecer por más tiempo lejos de mi esposa.

Justo ahora que mi alma deseaba con vehemencia permanecer junto a ella.

Justo ahora que guardado entre mis ropas llevaba un mensaje que ansiaba conocer y del que ella era la única que podría hacerme participe.

Quizá no era más que una carta fraternal entre hermanas, o quizá las líneas escritas en ese trozo de papel que guardaba celosamente en los pliegues de mis ropas nos conducirían a un futuro incierto.

Y mientras recorría los pasillos del castillo acompañado de Hapossai, rogué a los dioses porque así no fuera.


Cuando mis ojos comenzaron a abrirse, la habitación se encontraba totalmente iluminada y una calidez agradable envolvía mi cuerpo. Traté de enfocar mi mirada, pero mis ojos se negaban a obedecerme, así que permanecí unos momentos cobijada en las tibias mantas hasta que fui realmente consciente de mi propia realidad.

Mis ojos se abrieron de golpe y me levanté de mi posición buscando con la mirada algún indicio de la presencia de mi esposo en la habitación.

La contraventana se encontraba abierta, un bracero ardía a los pies del futón en donde permanecía y me percaté de mi propia desnudez. Me arrebujé en las mantas y noté cómo el calor me subía al rostro al ser consciente de que no había sido un sueño; la noche anterior me había entregado a mi esposo y era por ello que ahora me encontraba en esa situación.

Cubrí con mayor empeño mi cuerpo y volví a escrutar la habitación. No había nadie, me encontraba sola en el futón de mi esposo, pero, ¿dónde estaba él?

Mi confundido cerebro comenzó a elucubrar posibles explicaciones y en un acto de coraje me puse en pie para recorrer el otro lado de la habitación, aquel que se encontraba dividido por el biombo que solían situar mis doncellas separando nuestros espacios.

¡Mis doncellas!

Abrí enormemente los ojos y fijé mi vista en el bracero. Seguramente ya habían estado en la habitación pues no se explicaba de otra forma que el artefacto estuviera encendido calentando la estancia.

¿Y si ellas se habían encontrado con mi esposo? ¡Y si Ukyo había imaginado que Ranma me había forzado y en estos momentos estaba enfrentándose con el señor de Nerima!

No me extrañaría aquella reacción por parte de mi doncella, así que traté de apresurarme para ir al otro lado de la habitación a buscar algo con qué cubrirme, decidida a salir de allí en busca de respuestas, pero las mantas se enredaron en mis pies descalzos y caí de bruces al tatami.

Escuché unos pasos apresurados que venían del otro lado del biombo y levanté la vista con la esperanza de encontrarme con los ojos azules de mi esposo.

-Ranma… -susurré.

-No, él no está aquí –escuché la voz risueña de Ukyo quien me miraba con un brillo pícaro en los ojos-. ¡Hasta que por fin despiertas, mi señora!

-Ukyo, qué…

-Eso debería preguntártelo yo a ti –me interrumpió acercándose para ayudarme a ponerme en pie-, pero como soy tan poco curiosa… -se interrumpió llevándose una mano al pecho para luego soltar una carcajada-. ¡Debes contármelo todo, Akane!

-No sé a qué te refieres –traté de defenderme esquivando su mirada al sentarme otra vez en el futón, totalmente sonrojada.

-¡No sabes a qué me refiero! –exclamó Ukyo alzando los brazos para volver a reír a carcajadas-. Akane, te encuentro desnuda en el futón de tu esposo, con tus ropas y las de él desperdigadas en cualquier lado y tienes el descaro de decir que no sabes a qué me refiero –dijo retirando el biombo para dejar el espacio libre-. Tienes suerte de que la mojigata de Sayuri haya decidido ayudar a Cologne esta mañana y no se haya encargado de despertarte.

No contesté, mi mente vagaba entre los recuerdos de la noche anterior y la inquietud de no saber por qué mi esposo me había dejado sola en la habitación. Tal vez se arrepentía, tal vez se avergonzaba, tal vez… todavía quería vengarse de mí. Sin embargo, sus palabras y acciones me habían parecido sinceras y…

-Akane, estás muy callada –dijo Ukyo sacándome de mis cavilaciones-. Se supone que deberías estar contenta a menos que… -se interrumpió dejando caer la túnica acolchada que tenía en las manos y su expresión hasta entonces alegre mudó a una de total angustia-. A menos que el señor del castillo te haya forzado a…

-No –le interrumpí de inmediato y al hacerlo tiré con fuerza desmedida de la colcha que cubría mi cuerpo.

Fue entonces cuando me percaté de la hermosa flor que había caído al tatami. La tomé entre mis manos y vi que también había un trozo de papel escrito un poco más allá. Lo levanté con mis manos y una sonrisa apareció en mi rostro al reconocer la poco cuidada caligrafía de mi esposo.

-Akane…

-Shhh –hice callar a mi doncella mientras con un movimiento de mi mano le indicaba que me dejase en paz.

Leí detenidamente la nota y mi corazón sintió un enorme alivio al comprender que mi esposo había tenido que ausentarse debido a los compromisos que un daimiyö como él no podía eludir.

Cuando terminé de leer no podía borrar la sonrisa de mi rostro, acerqué el trozo de papel con una mano a mi pecho y el botón de peonía a mi rostro para disfrutar de su envolvente fragancia. Cerré mis ojos y evoqué en mi memoria esos ojos azules que adoraba.

-¿Qué hora es? –pregunté en un susurro a mi doncella sin abrir los ojos.

-Estamos cerca de la segunda hora del caballo.

-Bien. –contesté abstraída por el embriagante perfume de la delicada flor que conservaba en mi mano.

-Akane, ¿te sientes bien?

-Mejor que nunca –dije sonriéndole a mi doncella quien me devolvió el gesto-. Me ama, Ukyo –me interrumpí para observar nuevamente el trozo de papel-. Mi esposo me ama tanto como yo a él y todavía no puedo creerlo.

-Me alegra tanto que sea así –contestó ella arrojándose al suelo para abrazarme.

-Soy inmensamente feliz, Ukyo.

-Lo sé –dijo separándose de mí para mirarme a los ojos-, y lo mereces.

Permanecimos así un momento. Yo trataba de asimilar los acontecimientos que en una noche habían hecho cambiar mi vida y debo reconocer que tenía miedo de lo que pudiera suceder más adelante con la decisión que mi esposo y yo habíamos tomado de permanecer juntos aunque no estábamos destinados a hacerlo. Sin embargo, él había manifestado su intención de oponerse ante cualquiera que tratara de separarnos y yo confiaba plenamente en él, aun así, temía por nuestro futuro.

-Debemos prepararte –dijo Ukyo incorporándose y ofreciéndome una mano para ayudarme.

Me levanté con su ayuda, sosteniendo la peonía y la carta en una mano, con lo cual, la colcha con la que me había cubierto hasta ese momento se desplazó por mi cuerpo quedando a mis pies. Ukyo recogió la túnica que había dispuesto para mí y la sostuvo en sus manos para ayudar a cubrirme con ella. Pasé uno de mis brazos por la manga y luego de sostener la flor y el trozo de papel con la otra, terminé de arroparme. Ukyo tomó mis largos cabellos entre sus manos y los retiró del interior de la túnica dejándolos caer tras mi espalda, luego se puso delante y me arregló el fajín, sujetando así la túnica a mi cuerpo.

-¿Mando a traer tu desayuno? –preguntó.

-Ciertamente estoy hambrienta –dije sonrojándome-, pero me gustaría tomar un baño antes.

Ukyo rió con ganas y me tomó de las manos haciendo que me relajara y riera junto con ella. Luego me hizo entregarle los objetos que sostenía y trató de hacerme avanzar.

-No quiero que nadie vea ese mensaje –sentencié duramente.

-No te preocupes, mi señora –contestó mi doncella-, nadie lo verá.

Se acercó a uno de los arcones en donde guardaba mis objetos de mayor valor y escondió el botón de peonía junto al trozo de papel en una cajita de ébano finamente ornamentada que no recordaba mantener oculta allí.

-Listo –dijo cerrando el arcón-. Dudo mucho que alguien decida revisar este arcón justamente ahora.

Asentí con un movimiento de cabeza y me calcé las sandalias que Ukyo me ofrecía.

-Mi señora tomará un reparador baño y le contará a su querida doncella todo lo que sucedió anoche –comentó de manera divertida-. Luego volveremos a sus habitaciones en donde espero que la ineficiente de Sayuri haya dispuesto todo para el desayuno y cuando Cologne y Sayuri vengan, mi señora les dirá a simples rasgos que se convirtió en la señora del castillo.

-Tú no cambias, Ukyo –dije sonriendo.

-La anciana y la advenediza no tienen por qué enterarse de los detalles sabrosos de tu historia de amor, Akane –acotó haciendo un gracioso gesto con su mano-. En cambio a mí me debes contar todo, para eso somos amigas ¿no?

-Sí –respondí tomándola del brazo para avanzar hacia la puerta-, somos amigas.

-Eso me da derecho a saber cómo fue que caíste en los brazos del señor de Nerima.

-Al parecer… -titubeé y la miré sonriendo-, al parecer fue él quien cayó en mis brazos.

-¿Cómo?

-Creo que lo seduje.

Ukyo soltó otra carcajada y yo reí junto con ella.

-Nunca me imaginé que aplicarías algún juego de seducción. Siempre manifestaste que no te interesaban las relaciones amorosas.

-¿Recuerdas cuando me acompañabas a esas odiosas charlas en las que las mujeres de palacio de padre nos aleccionaban sobre cómo debíamos comportarnos en el lecho conyugal? –mi doncella asintió en silencio-. Pues creo que una parte de mi cerebro sí prestó atención a esas tediosas lecciones.

-Y el señor del castillo quedó complacido –acotó Ukyo.

-No lo sé –dije sonrojándome y ocultando mi rostro tras la manga de la túnica que llevaba puesta-, pero al menos conseguí que todas mis dudas se aclararan y por sobre todo, estoy segura que me ama. Sí, Ranma me ama.

-¿Ya no es "mi señor"?

-Después de lo de anoche creo que no podría seguir manteniendo el tono formal.

-Tienes razón –concedió Ukyo mirándome con una sonrisa en los labios-, eso sería una soberana ridiculez.

Salimos de la habitación todavía riendo en dirección al cuarto de baño que por supuesto, Ukyo ya había enviado a preparar con antelación. Me ayudó a ingresar al agua y luego se disculpó para ir a dar unas cuantas indicaciones más. Cuando regresó, yo me encontraba disfrutando del reconfortante calor de las aguas.

Mientras ella lavaba con delicadeza mis cabellos, yo iba relatándole parte de mi noche anterior al tiempo que aseaba sin ningún apuro mi cuerpo. No me gustaba hablar de cosas tan íntimas y Ukyo lo sabía, así que agradecí el que no preguntara más de lo debido y se conformara con conocer detalles casi ínfimos de la noche de pasión en la que me había convertido en la señora Saotome. Era cierto que manteníamos una estrecha amistad y unos lazos muy fuertes; habíamos crecido juntas, pero ella sabía que debía mantenerse en el lugar que le correspondía y yo tampoco estaba dispuesta a revelar algo tan íntimo, aunque se tratase de mi mejor amiga.

El caso es que luego del baño, ambas nos dirigimos de vuelta a la habitación en donde me esperaban Cologne con un exquisito desayuno y Sayuri con mis ropas extendidas esperando para ayudar a vestirme.

Ukyo y Sayuri me asistieron como todas las mañanas para vestir las ropas que mi doncella había preparado y perfumado para mí, luego dispusieron todo para el desayuno y sentada en la veranda que daba al jardín me dispuse a alimentarme, mientras Ukyo se dedicaba a cepillar y secar mis cabellos a los tenues rayos del sol.

Cologne y Sayuri no hicieron mayores comentarios respecto a mi "verdadera noche de bodas", como la había bautizado Ukyo; Sayuri se alegró de que por fin las cosas con mi esposo se hubieran solucionado, pero mi anciana nodriza tenía sus aprensiones y me lo hizo saber.

-Era de esperarse que la situación entre ustedes no pudiera dilatarse por más tiempo, es más, me extraña que hayan soportado tanto alejados el uno del otro sin hacer caso de la pasión que parecía consumirlos –comentó Cologne bebiendo un poco de té-. Ambos son jóvenes y, a pesar de lo obstinado que parece ser el señor Saotome, se nota que se enamoró de ti hace bastante tiempo.

-Yo también lo hice –reconocí un tanto sonrojada-. Creo que desde la primera semana que estuvimos aquí, ya le amaba y sin embargo…

-Y sin embargo las historias de amor en la vida real no son tan perfectas como las de los cuentos que nos leen desde niñas, ¿no? –interrumpió la anciana.

-No, no son perfectas.

-Ahora es cuando debes manejarte con suma precaución, niña mía.

-¿El saber que él me quiere a su lado a pesar de todo lo que ha sucedido entre ambos no es suficiente para sentirme segura de sus sentimientos, Cologne?

Formulé una pregunta, es cierto, pero había un toque de censura implícita en ella. No podía creer que mi aya todavía dudara de las intenciones de mi esposo.

-Él te quiere, es cierto –contestó la anciana nodriza asintiendo con la cabeza-, pero con ello atraerás la envidia de la mayoría de sus cercanos. Bien sabemos la naturaleza de los hombres que buscan el poder.

-¿Qué quieres decir?

-El chambelán –dijo con desprecio-. Me contaste lo que había dicho durante tu último encuentro con él. ¿Crees que un hombre así se conformará con saber que su discípulo está enamorado de su esposa y que ella puede influir en sus decisiones, apartándolo a un segundo plano?

-Pero yo no tengo intenciones de…

-¡Eres la esposa de un daimiyö! –exclamó mi aya sobresaltándonos a todas con su enérgico tono de voz-, por supuesto que debes interesarte por los asuntos de tu esposo. Dime, ¿pretendes ser como esas damas que no saben hacer nada más que cuidar de la administración de sus palacetes y velar por una buena educación para sus hijos? Yo no te crie para que fueras una esposa sumisa y boba, Akane, lo sabes.

-Lo sé.

-Poco a poco deberás ir interesándote por las tierras de tu esposo, por su administración, su distribución, sus defensas y sobre todo, por los enemigos de tu esposo. El señor de Nerima se dará cuenta tarde o temprano que en ti tiene un valioso apoyo y cuando deba confiarle su dominio a alguien en el caso de que tenga que ausentarse, entonces veremos si el chambelán seguirá gobernando en la sombra o por el contrario, tú le ganarás la partida al despreciable maestro de tu esposo.

Sabía que mi anciana nodriza tenía razón en sus palabras, pero no podía evitar el sentir que ella guardaba un secreto, algo personal tenía en contra de Hapossai, y era por eso que me decía todo aquello, para tratar de utilizar la influencia que yo pudiera llegar a ejercer sobre mi esposo y así destruir el poderío que hasta entonces mantenía al chambelán en su cómoda y elevada posición.

No quise preguntar sus razones, tampoco ahondar mayormente en el tema; de haber estado sola junto a mi nodriza quizá me hubiese atrevido a consultar sus motivos y exponer mi teoría, pero el encontrarme en presencia de Ukyo y Sayuri evitó que cuestionara las palabras de la anciana. Ya tendría ocasión de aclarar mis dudas, de momento tomaría el consejo de mi nodriza tal y como tantas otras veces lo había hecho.

-Me cuidaré del chambelán y procuraré mantenerme informada de la situación en el dominio.

-Verás que poco a poco tu esposo depositará toda su confianza en ti.

-Ahora quisiera descansar un momento –dije enfocando mi vista en el jardín-. Mi intención es solicitar permiso para ir a visitar uno de los templos esta tarde.

-Y pedir el favor de la diosa –complementó Cologne-. Eso está muy bien, siempre debemos manifestar nuestra gratitud con nuestros protectores.

Ukyo dejó de cepillar mis cabellos, ya se encontraban totalmente secos y los ató con un lazo, como siempre hacía.

Me levanté de donde permanecía sentada y me acerqué al arcón en donde Ukyo había guardado esa mañana la carta de mi esposo, la saqué de la cajita junto a la flor y sonreí al llevarme el botón de peonía al rostro. Su fragancia aún se conservaba intacta, así que la enganché del tallo en uno de los pliegues de mi kimono.

Mis acompañantes salieron de la habitación con el compromiso de volver en cuanto las enviara a buscar.

Por fin sola en la habitación, me dispuse a buscar tinta, pincel y papel, y, acomodándome en la veranda que daba al jardín para disfrutar de los tibios rayos de sol que se dejaban sentir en mi piel, me dispuse a escribir una nota de contestación a la carta que me había dejado mi esposo esa misma mañana al abandonar la habitación. Sonreí al volver a leer la nota y es que simplemente todavía no daba crédito a lo que me encontraba viviendo. De un día para otro todo mi mundo había cambiado y me había convertido en la mujer más feliz de la tierra.

Con mucho cuidado y eligiendo delicadamente mis palabras, fui redactando una contestación a la carta de mi esposo que también pretendía ser una solicitud. Sabía que si me presentaba en el pabellón de audiencias, llamaría la atención del anciano chambelán y no tenía intenciones de enfrentarme a él, por lo menos, no todavía, así que me pareció adecuado utilizar aquel medio para comunicarme con Ranma sin la necesidad de ir en su busca.

-Ranma –susurré.

Qué extraño me parecía nombrarle y sin embargo, era como si ese nombre siempre hubiese estado en mi corazón, como si me perteneciera al igual que el mío propio.

Suspiré y continué con mi labor. Una vez finalizados los trazos, utilicé un poco de arena para secar la tinta y doblé cuidadosamente el trozo de papel. Estaba orgullosa de lo que había conseguido escribir, aunque no sabía a ciencia cierta si lograría el efecto deseado. Luego doblé mi carta minuciosamente y la puse dentro de la que él había dejado, doblando ésta a su vez. Me quedé abstraída en mis propios pensamientos lo bastante como para que pasáramos la hora de la cabra. Cuando me percaté de ello, decidí que era tiempo de enviar a buscar a mis compañeras.

No tenía apetito, sin embargo, ellas insistieron en que debía ingerir algo de comer. Me acompañaron al salón en donde me habían servido algo liviano y no pude evitar pensar en que hubiera dado cualquier cosa por compartir esa comida en compañía de mi esposo.

Después de terminar de ingerir los alimentos de mala gana, les comuniqué mis planes a mis compañeras. Las dos más jóvenes se entusiasmaron mucho puesto que llevábamos meses encerradas en el castillo y cualquier pretexto para salir de él sería bien aprovechado, así que sin más preámbulos, le solicité a Ukyo que se encargara de hacer llegar mi carta al señor del castillo por intermedio de uno de los guardias que tenían la misión de resguardar mi seguridad mientras las demás esperábamos la respuesta en mis habitaciones.

No tuvimos que esperar mucho a que alguien se presentara solicitando hablar conmigo. Sayuri me informó que un hombre extraño enviado por mi esposo se encontraba a la entrada del pabellón. Me acerqué al lugar y sonreí cuando pude reconocer al joven extranjero que había encontrado tiempo atrás en una de mis incursiones al bosquecillo colindante al castillo.

-Señora Saotome –saludó llevándose una mano al pecho mientras hacía una profunda reverencia-. Mi señor me ha enviado porque desea que te acompañé a un lugar del cual tú me informarás.

-Entonces, ¿quiere decir que ha dado su autorización? –pregunté emocionada.

-Los palanquines están preparados, así que supongo que eso es un sí.

-No quiero llamar la atención –dije un tanto alarmada al escucharle. No sé por qué me imaginé a una gran comitiva acompañándome por la ciudad.

-No te preocupes, sólo serán necesarios tres hombres más. Te resguardaremos y acompañaremos al sitio a donde quieras ir. Además –complementó-, pedí que prepararan palanquines sin ningún blasón o marca, así, nadie reconocerá a la esposa del señor de Nerima.

-Qué inteligente –comenté.

-Sólo por seguridad –dijo encogiéndose de hombros con una sonrisa de suficiencia en el rostro.

-Entonces, iremos al templo más cercano –dije sin poder ocultar mi regocijo.

-Ya veo. A veces es necesario solicitar ayuda –comentó el extranjero esquivando mi mirada.

-Y otras veces es indispensable agradecer por la ayuda recibida –complementé sonriéndole-. Tenías razón, Muzu, tu señor me quiere.

No sé por qué dije aquello. Tal vez para justificar mi repentina ida al templo y agradecerle también al extranjero el hecho de que aquel día de nuestro único encuentro, él se hubiera esforzado por convencerme de que mi esposo me amaba y me había sido fiel.

El joven permaneció en silencio, luego sonrió de medio lado e hizo una leve inclinación de cabeza.

-Los hombres nos esperan, mi señora.

-Sí –contesté introduciéndome nuevamente en el pabellón-. Yo y mis damas iremos enseguida.

Llamé a mis compañeras y las cuatro salimos de mis habitaciones, escoltadas de cerca por el joven extranjero.

En el patio y descansando sobre la grava, dos palanquines no muy grandes se encontraban dispuestos para nosotras. Muzu me preguntó a qué templo pensábamos concurrir y le indiqué que me daba exactamente igual, siempre y cuando en él se venerara a la diosa Kannon. Nos distribuimos en los palanquines; en el primero iban Cologne y Sayuri, en el segundo, Ukyo y yo. Los porteadores alzaron los armatostes de una sola vez y nos pusimos en marcha. Muzu cumplió su promesa y sólo nos acompañaban él y tres hombres más a caballo.

El trayecto fue corto para el disgusto de mis jóvenes doncellas, sin embargo, pudimos disfrutar del paisaje y de los sonidos del poblado que dejamos atrás para internarnos en un bosque de pinos en donde se encontraba el santuario más cercano dedicado a la veneración de Kannon, además de otras deidades.

Cuando los porteadores bajaron el palanquín, Muzu se acercó a la portezuela y la abrió para ayudarme a salir del interior.

-Llegamos, mi señora –dijo ofreciéndome su brazo para que pudiera apoyarme en él-. No conozco mucho la región, pero los hombres dicen que este es el templo más cercano al castillo y aunque es pequeño, es uno de los más bonitos de toda Nerima.

-Gracias –dije observando embelesada los alrededores.

Nos encontrábamos en una explanada de tierra rojiza, rodeada por un bosque de pinos. Las agujas que habían caído secas a los pies de los árboles se acumulaban y contrastaban con el musgo de un color verde oscuro que crecía en el suelo y en los troncos de los centenarios árboles.

El trino de las aves se escuchaba como una melodía ensayada y una pequeña escalinata de piedra de tan sólo unos seis escalones separaba la explanada del templo.

Observé hacia lo alto de la escalinata y pude apreciar una pequeña pagoda en donde predominaba el color rojo de sus paredes. El techo de tejas tenía una tonalidad marrón, al igual que las gruesas puertas de añosa madera.

Subimos lentamente y cuando estuvimos a la altura de la entrada pude observar que en realidad el templo no era tan pequeño como se me había informado, más bien era una construcción rectangular que se internaba en el bosque de pinos.

Avancé por el camino adoquinado seguida de cerca por mis compañeras y me interné en el templo. La estructura era sencilla y sin muchas pretensiones; no se comparaba a las ornamentadas edificaciones que Su Divina Majestad mandaba a construir en la capital imperial, pero tenía un aura especial.

El interior del templo era oscuro, pero a medida que avanzaba por el centro, la luz de las lámparas y cirios que los monjes dejaban encendidas junto a las imágenes de veneración iban iluminando poco a poco el camino. El aroma a incienso era penetrante y se hacía más presente al acercarnos al altar principal.

La imagen de la diosa permanecía imponente en el centro del altar. Tallada en piedra blanca, me pareció la representación más bella que había visto de la deidad.

Me acerqué al altar sin dejar de observar la mirada compasiva de Kannon. Sin percatarme, mis piernas toparon con la valla de madera pintada de rojo que impedía acercarse demasiado a la representación de la deidad. Me arrodillé en el piso de piedra y noté que una de las chicas se acercaba a mi lado para entregarme unas cuantas varas de incienso; encendí las varitas y las deposité en el lugar destinado para quemarlas, luego, juntando mis manos y cerrando mis ojos, me dispuse a elevar mis suplicas.

Tenía tanto que agradecer y tanto que solicitar, que no supe cuánto tiempo estuve arrodillada ante la mirada de la señora compasiva.

Cuando mi corazón se sintió aliviado y completamente en paz, supe que ella había escuchado mis ruegos, así que me levanté y me dispuse a salir del templo. Mis compañeras me secundaron y salieron tras de mí, pero cuando estábamos prontas a alcanzar las puertas, noté que una sombra se movía hacia donde me encontraba.

Me asusté y Cologne, quien siempre andaba con su largo bastón a cuestas, se puso delante de mí y golpeó a quien quiera que había tratado de acercarse a nosotras.

De inmediato vi que Muzu y los otros hombres corrían en dirección al templo y el joven extranjero apresaba de ambas manos al hombre que había caído hacia atrás con el fuerte golpe que le había propinado mi aya.

-¿Quién eres? –exigió saber Muzu sin ningún tipo de delicadeza.

-Nadie, mi señor –contestó el hombre con un hilo de voz-. No soy nadie.

Muzu lo llevó a rastras hacia afuera del templo para verle el rostro.

El hombre vestía ropas oscuras y de buena calidad aunque un tanto extrañas, ya que parecían mezclar el kimono tradicional con una especie de túnica que le quedaba grande a un cuerpo menudo, delgado y de baja estatura. A pesar de eso, se notaba que no era un bandido o algún campesino de los alrededores, mas su rostro era misterioso.

Tenía el aspecto de encontrarse enfermo, el rostro enjuto y ceniciento enmarcaba unos ojos grandes con enormes sombras amoratadas bajo los parpados inferiores, una boca pequeña y pálida además de su corto y grasiento cabello le daban un aire fantasmal.

-No juegues conmigo –exclamó Muzu apartándome de mis pensamientos-. Contesta de una vez, ¿quién eres?

-Señor, yo no sabía que había alguien en el templo…

-Eso no contesta a mi pregunta, idiota –dijo el extranjero arrojando al pobre hombre con fuerza al suelo.

Justo en el momento en que el extraño sujeto caía y azotaba su espalda contra el piso de piedra, de sus ropas cayó su bolsa y un abanico lacado.

El hombre se alarmó y trató de recoger los utensilios rápidamente, pero era tarde, Muzu había conseguido apropiarse de ambos implementos y ya descansaban en sus manos.

-Parece que no te va nada mal –comentó haciendo tintinear la bolsa de monedas, pero luego abrió mucho los ojos cuando pudo examinarla de cerca-. ¿Kuno?

Todos nos quedamos en silencio mirando a Muzu y el hombre retrocedió visiblemente asustado.

-¿Perteneces al clan Kuno? –preguntó Muzu.

-El señor Kuno hizo demoler los templos dedicados a la diosa Kannon y yo no tengo otra opción que adentrarme de vez en cuando en territorio Saotome para venerar a la compasiva señora que me protege.

-Entonces, es mejor que empieces a pedir su protección desde ya.

Con un movimiento calculado, Muzu desenvainó un cuchillo corto al mismo tiempo que le daba la indicación de hacer lo mismo a sus tres acompañantes.

-¡Esperen! –grité saliendo de mi ensimismamiento-. No quiero que le hagan daño a este hombre.

-Mi señora, pertenece al clan Kuno y…

-Muzu, él mismo dijo que ese señor… Kuno –dije con desprecio-, destruyó los templos de la diosa Kannon en su dominio. Él no cometió ninguna falta al venir a venerar a la diosa aquí.

-Cometió una falta porque esta bolsa me indica que es un vasallo importante del señor de Seisyun y no tiene salvo conducto, ¿o sí? –interrogó Muzu al asustado hombre.

-No, no lo tengo –reconoció agachando incómodamente la cabeza.

-Dime –dije acuclillándome al lado del hombre-, ¿vienes con frecuencia a los templos de Nerima?

-¡Señora Saotome, no se rebaje a la condición del enemigo! –gritó Muzu escandalizado.

-¡Deja que me conteste! –respondí de forma airada, luego traté de sonreírle al asustado hombre-. Contéstame, por favor. No tengas miedo, no te harán nada si yo puedo evitarlo.

El hombre me miraba desconcertado, al parecer sorprendido de encontrarse en territorio enemigo y nada menos que frente a la esposa del peor enemigo de su señor, pero a mí no me causaba temor aquel desconocido, más bien me inspiraba lástima.

-No… no traspaso la frontera… si puedo evitarlo –musitó.

-¿Cómo te llamas?

-Gosun… -titubeó y miró de soslayo a Muzu. Era evidente que temía lo que el extranjero pudiera hacerle-. Gosunseiki, mi señora.

-Bien, yo soy la señora Saotome –dije poniéndome en pie-, y estos son los hombres que mi esposo destinó para mi escolta, así que deben obedecerme –sentencié mirando a Muzu de hito en hito-. Muzu, dejarás libre a este hombre que no ha cometido mal alguno, sólo vino a venerar a la diosa que nos protege a todos, así pertenezcamos al clan Saotome o al clan Kuno.

-¡Pero, mi señora!

-No he terminado –le interrumpí-. Tú, señor Gosunseiki –continué dirigiéndome al extraño personaje-, te abstendrás de traspasar la frontera a no ser que solicites un salvo conducto y si me entero que te han visto merodear por Nerima… entonces ya no podré hacer nada por ti.

-Gracias, señora Saotome –dijo mirándome con veneración, algo que me hizo sentir bastante incómoda-. Eres tan compasiva como mi diosa amada… y tan bella como ella.

-Señora, no deberíamos…

-Muzu, en ausencia de tu señor y estando yo presente, ¿quién decide lo que se debe o no se debe hacer?

-La señora del dominio –contestó con resignación.

-Entonces, cumple mi orden –dije desafiándole con la mirada-. Y si no te sientes seguro, entonces tú mismo deberías acompañar al señor Gosunseiki a la frontera. Pero piénsalo muy bien, si se sabe que un vasallo importante del clan Kuno como tú mismo lo acabas de mencionar, muere en territorio Saotome asesinado a sangre fría por cuatro guerreros del clan, ¿no crees que serías el responsable de otro derramamiento de sangre inútil?

El extranjero no contestó, se limitó a arrojarle los implementos al hombre de oscuras vestiduras y enfermizo rostro.

-Ahora, te sugiero que nos acompañes rápidamente de vuelta al castillo y olvidemos este incidente –dije con total dignidad-. Es más, todos los aquí presentes olvidaremos lo que acaba de suceder.

-Sí, mi señora –contestó Muzu haciendo una reverencia que los otros tres hombres del clan imitaron.

Comencé a caminar como si nada hubiese pasado junto a mis compañeras, pero antes de bajar las escalinatas, me permití observar una vez más a ese extraño individuo. Me miraba con la misma veneración que había detectado momentos atrás y no pude hacer otra cosa que sonreírle amablemente, después de todo y frente a las puertas del templo había salvado una vida, algo que a los ojos de la diosa Kannon no pasaría desapercibido, o eso esperaba.

Pensé que Cologne trataría de censurar mi comportamiento, pero no lo hizo y el camino de regreso al castillo lo realizamos con tranquilidad, aunque notaba la tensión que me rodeaba. Seguramente y a pesar de mi petición, el joven extranjero informaría de lo acontecido a mi esposo, así que me propuse hablar con él y explicarle lo que había sucedido en el templo antes de que se enterara por terceras personas.

Ranma era el único que podía decidir si había actuado bien o mal ante una situación semejante, y, aunque ahora dudaba el haber cometido un error al dejar escapar al extraño hombre, me parecía que Muzu no se había comportado de mejor forma. Tal vez hubiese sido mejor capturar al hombre y llevarlo al castillo… tal vez no.

No era fácil ostentar el poder que por nacimiento o alianza se les concedía a ciertas personas, lo había comprobado aquella tarde y no sabía si mi actuar se ajustaba a lo que se esperaba de la esposa de un daimiyö.

Cuando llegamos al castillo la noche ya empezaba a caer, así que me dirigí directo a mis habitaciones y les solicité a mis doncellas que me ayudaran a cambiarme de ropa para concurrir a cenar. Por fin y después de un largo día volvería a ver a mi esposo y necesitaba dar una buena impresión.

Ukyo insistió en perfumar mi cuerpo con las esencias que siempre utilizaba, por lo que entre ambas chicas se dedicaron a acicalarme lo mejor que pudieron ante la mirada divertida de mi nodriza. Cologne sabía que a mí nunca me habían atraído esas prácticas de belleza que tanto les gustaban a las damas de la nobleza, pero yo no tenía ánimos de reñir con mis doncellas esa noche, así que las dejé hacer y luego de que terminaran de vestirme y cepillar mis cabellos, volví a engarzar la flor de peonía en los pliegues de mi ropa.

-No pretendes separarte de esa flor, ¿no? –comentó Cologne.

-No.

-Mejor así –dijo-. Demostraste valentía esta tarde al desafiar al hombre que envió tu esposo para protegernos y eso es lo que se espera de la esposa de un guerrero. Seguramente tu esposo recordó el significado de la peonía y por ello la dejó junto a ti esta mañana, para que tú también recordaras que te encuentras casada con un hombre valeroso e intrépido; él no espera menos de ti.

-Entonces, ¿lo que hice hoy estuvo bien?

-No sé si estuvo bien o mal, pero te impusiste y eso es lo que cuenta. Debes aprender a hacer respetar tus ideas porque eres la esposa de un daimiyö, así de simple.

La quedé mirando y le sonreí. Cologne siempre parecía anticiparse a mis dudas y me tranquilizaba con sus palabras en el momento justo.

-Ahora ve, niña –dijo de pronto-. No hagas esperar más al señor del castillo.

Asentí y salí del pabellón con el anhelo de reencontrarme con mi esposo creciendo cada vez más en mi interior, pero cuando llegué al salón en donde siempre nos servían la cena, mi decepción fue tan grande que estoy segura no pude ocultarla.

Allí estaba mi esposo, esperándome, pero a su lado se encontraba el anciano chambelán.

Me acerqué despacio y Ranma se puso en pie para recibirme. Sonreí al sentir que con su mano tomaba la mía.

-Siéntate a mi lado hoy, Akane –dijo susurrando sus palabras-. Quiero sentirte cerca.

Asentí con una inclinación de cabeza y no pude evitar sonrojarme al momento de levantar la vista y encontrarme con esos ojos azul cobalto que me devolvían una mirada llena de deseo.

Nos dirigimos a la mesa que obligatoriamente debíamos compartir con el anciano chambelán y nos sentamos muy cerca uno al lado del otro, demasiado cerca para que alguien tan experimentado como el chambelán no se percatara de que algo había cambiado en nuestra relación.

-Hapossai nos acompañará esta noche, Akane –dijo con fastidio-. Dice que tiene asuntos urgentes que conversar conmigo. Espero no te moleste.

-Los asuntos que atañen a mi señor también me interesan a mí –contesté sonriéndole al chambelán que no dejaba de observarme con desconfianza.

Era evidente que Ranma no se sentía cómodo con la situación y yo tampoco. Yo pretendía hablarle durante la cena de lo que había sucedido en el templo, pero ante la astuta mirada de Hapossai, no me atreví a hacerlo.

La cena transcurrió así, en un ambiente tenso en el cual sólo el chambelán parecía sentirse a gusto. Ranma me dedicaba de vez en cuando miradas elocuentes que yo trataba de devolver evitando sonrojarme, pero la presencia del anciano me incomodaba y me sentía cohibida. Al final, el chambelán sólo se dedicó a indagar en temas personales de nuestro matrimonio, sin mencionar en ningún momento aquello tan importante que debía tratar con el señor del castillo.

Para cuando retiraron los últimos platillos casi sin tocar, era evidente la molestia en el rostro de mi esposo. Parecía un niño berrinchudo con el ceño fruncido, medio recostado sobre uno de sus brazos sobre la mesa y apoyando el peso de su cabeza en su mano.

-Ha sido una excelente cena, ¿no te parece, Ranma? –dijo Hapossai llevándose la mano a la barriga.

-¿Eso crees? –contestó mi esposo enarcando una ceja.

-¡Claro! Una buena comida, con una amena conversación y en compañía de una bella mujer, ¿qué más puedes pedir?

-Que el estúpido viejo nos deje a solas –murmuró mi esposo para que sólo yo pudiera escucharle. Tuve que llevarme una mano a los labios y tapar mi rostro con la manga de mi kimono para evitar reír con exageración.

-¿Cómo dices?

-Que terminaría perfectamente con una taza de té –contestó Ranma sonriendo amablemente.

-Sí, esa es una excelente idea.

-Entonces, deberás disfrutar del brebaje tú solo, viejo –respondió mi esposo incorporándose ante la curiosa mirada del anciano-. Dime, ¿para qué seguir en esta mesa si puedo solicitarle a mi esposa que me acompañé a degustar una taza de té en mi pabellón? –se volvió hacia mí y sonrió-. ¿Te molestaría eso, Akane?

-En absoluto –respondí con una sonrisa sincera.

-Entonces –dijo mi esposo poniéndose en pie-, tendrás que disculparnos, maestro Hapossai.

Con una indicación le dio a entender a un lacayo que llevase los implementos para la preparación del té a su pabellón. Luego me ofreció la mano y me levanté para quedar a su lado.

-No te ofenderás por no seguir acompañándote, ¿verdad? –preguntó al anciano con una expresión de total inocencia en el rostro.

-No –contestó secamente el chambelán.

-Bien –dijo Ranma-. Eso me pareció. ¿Vamos, Akane?

-Sí –respondí apoyando mi brazo en el que mi esposo me ofrecía.

Salimos de la habitación en silencio, pero yo no dejaba de pensar en el chambelán y su extraño comportamiento. Cologne tenía razón, el anciano haría lo que fuera por alejarme de mi esposo si creía que yo pondría en riesgo su poderío, sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando al doblar una esquina en uno de los pasillos que nos conducían al pabellón en donde se encontraba la habitación que compartía con mi esposo, me vi impulsada hacia la pared y sorprendida en un abrazo desesperado.

-Espere todo un día para cumplir el deseo de abrazar a mi esposa nuevamente, lo siento pero no puedo esperar más –escuché que susurraba Ranma en mi oído.

Sabía que mi esposo no se caracterizaba por seguir el protocolo y aunque yo también había deseado aquel contacto durante todo el día, me aterraba que alguien nos descubriera en una posición poco decorosa. Mi cuerpo temblaba y mi mente se encontraba en un estado de embotamiento poco aconsejable, pero ante todo, sabía que alguien debía mantener la compostura y al parecer, ese alguien sería yo.

-Ranma –dije, apartándolo de mí con la ayuda de mis manos-. Debo preparar una taza de té –complementé de forma divertida.

Él sonrió y me besó suavemente.

-¿Debo seguir esperando? –preguntó con una expresión infantil en el rostro que me hizo sonreír.

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Además –continué mirando hacia abajo-, el botón de peonía es tan bello y tú lo estabas estropeando.

-Está bien –dijo soltando un suspiro-. Esperaré un poco más a que mi esposa termine de preparar el té.

Me tomó de la mano y seguimos caminando tranquilamente luego de aquel arrebato por parte de él. Consideré que ese sería el momento adecuado para contarle lo que había sucedido en el templo.

-Gracias por dejarme salir del castillo esta tarde –comenté antes de tocar el tema del extraño personaje que habíamos encontrado.

-Era algo que no podía negarte –respondió sinceramente.

-Debo decirte algo que sucedió durante mi visita al templo.

-Y yo debo mostrarte algo que llegó durante tu visita al templo –respondió cuando casi llegábamos al pabellón-, pero aguardaremos a estar solos.

Entramos al pabellón y pude divisar que ya estaba todo dispuesto para la preparación del té. Una mesita baja con todos los implementos necesarios permanecía en el centro de la habitación. Junto a la mesita, un bracero encendido para templar una noche que parecía sería bastante fría. Ranma cerró suavemente la puerta tras de sí y yo me senté sobre mis rodillas, examinando los utensilios. Nunca había sido buena preparando infusiones pero trataría de esforzarme al máximo.

Comencé remangándome las mangas y tratando de formar una pasta en la taza sin que salpicara a los lados, pero parecía una tarea imposible, pequeñas gotas quedaron desperdigadas en la superficie de la mesa mientras yo me esforzaba en formar una pasta compacta.

Cuando él se sentó a mi lado, vi que me miraba de forma divertida enarcando una ceja.

-No soy muy buena en esto –dije deteniendo lo que hacía y totalmente avergonzada.

-Eso parece –contestó sonriendo-. Pensé que sólo te habías puesto nerviosa… aquella noche.

Supe enseguida a qué noche se refería y me dio un vuelco el corazón al recordar todo lo que había sucedido y la tristeza que había acarreado mi confesión la primera noche que habíamos compartido en el castillo.

-Nerviosa, asustada y triste –dije dejando los utensilios en la mesa-. Esa noche fue la peor que he vivido en toda mi vida.

-Y no volverá a repetirse –acotó él posando su mano en la mía-. Akane, ayer las cosas sucedieron demasiado rápido y casi no pude hablarte porque… bueno… mi necesidad era otra.

Esquivé su mirada y sentí cómo mi rostro se calentaba debido a la vergüenza que me invadió al recordar, sin embargo, no pude escapar del todo, ya que su otra mano tomó mi rostro por mi mentón y me obligó a devolverle la mirada. Sonrió.

-Te ves linda cuando te sonrojas.

-Lo siento, yo…

-No te disculpes –negó con un movimiento de cabeza-. Fui un idiota. Si esa noche hubiera renunciado a mi orgullo y le hubiera obedecido a mi corazón, no te habría hecho tanto daño.

-Fue el precio justo por el daño que te provoqué yo a ti –dije con un hilo de voz.

-Pero no merecías sufrir por mi estúpido comportamiento. No después de que me salvaste la vida arriesgando la tuya… no después de que me habías demostrado con hechos que yo te importaba, aun cuando sabías que yo no era nada para ti, que era el hombre que debía casarse con tu hermana.

-Y ese fue mi error porque sin saberlo… me enamoré del hombre destinado a casarse con mi hermana.

-Y yo te correspondí desde el primer día, pero mi orgullo me cegó y no pude hacer nada para evitar dañar a quien más amo. Perdóname, Akane, fui un tonto.

-Sólo te perdonaré si tú me perdonas a mí.

-Hace mucho que lo hice.

-Entonces…

-Entonces –me interrumpió acunando mi rostro entre sus manos-, olvidaremos todo lo que pasó y comenzaremos a construir nuestra historia desde hoy.

-Desde ayer –respondí sonriendo-. No estoy dispuesta a olvidar la noche que pasó.

Ranma soltó una sonora carcajada y besó mis labios con pasión.

-Yo tampoco pretendo olvidar nuestra primera noche juntos.

Permanecimos en silencio, sólo contemplándonos mutuamente. Todavía me parecía increíble lo que me encontraba viviendo y tenía miedo a que se tratase de un sueño del cual pronto pudiera despertar.

-¿Y el té? –musité por decir algo.

-Fue perfecto ¿no te parece? –dijo-. Lo de querer tomar una taza de té fue una excusa, en realidad tengo otras cosas en mente –complementó sonriendo de medio lado.

No contesté, sólo podía mirarle y sonrojarme cada vez más ante sus insinuaciones, pero decidí que ante todo debía contarle lo sucedido en el templo.

-Ranma, hay algo que debo informarte –dije bajando la mirada.

-Sea lo que sea no me alejará de tu lecho esta noche –comentó haciéndome sonreír.

-No –dije mirándolo de soslayo. Sonreía-. Es que… esta tarde en el templo hice algo que quizá no estuvo bien.

-¿Te refieres al incidente con el desconocido del clan Kuno?

-¡Ese extranjero te lo contó! –exploté sin poder evitarlo ante la divertida mirada de mi esposo. De inmediato me llevé una mano a los labios-. Quería decírtelo yo, quería que te enterarás por mí y no por un tercero.

-Mis hombres cumplen órdenes, Akane y la principal es cuidar de mi más preciado tesoro, es normal que me informen de todo lo que sucede contigo cuando les encargo cuidar de ti.

-Entonces, ¿no estás molesto?, ¿hice bien?

-Hiciste lo que creíste debías hacer –contestó acariciando mi mejilla izquierda-. En verdad hubiese sido un problema si no hubieras detenido el ataque a un hombre indefenso en las afueras de un templo, aunque quizá hubiera sido mejor traer a ese hombre para interrogarle en el castillo.

-Actué mal…

-No –interrumpió-. Actuaste bien, pero debes aprender a dirimir en situaciones complicadas y ciertamente ésta era una situación complicada. Aprenderás, ya lo verás. Prometo enseñarte.

Sonreí complacida y en un arrebato de confianza desmedida, me arrojé a sus brazos como si fuese una niña pequeña que no sabe comportarse. Traté de separarme de él al percatarme de la imprudencia que había cometido aunque me fue imposible hacerlo del todo, Ranma me sostenía de los hombros y me miraba con intensidad, pero de pronto su semblante cambió y adoptó una seriedad que me asustó.

-Esto llegó durante la tarde con la indicación de que se le entregara a la señora Saotome –dijo extendiéndome el rollo que sacó del interior de sus ropas.

Lo examiné por un momento separándome de mi esposo y levanté la mirada totalmente desconcertada buscando algún tipo de respuesta. Tenía el sello de mi padre.

-Lo envía tu hermana Nabiki –dijo Ranma encogiéndose de hombros-. No sé qué pensar puesto que Ryoga encontró a una chica que dice ser su doncella tratando de acercarse a Nerima.

-Entonces, debe ser importante –susurré sin quitarle los ojos de encima al rollo de papel.

-Tal vez, tal vez no.

Permanecimos en silencio. Yo miraba el rollo en mis manos sin atreverme a romper el sello; él me observaba con atención sin hacer ningún tipo de comentario o movimiento.

-¿Crees que debo abrirla ahora, Ranma? –dije moviendo nerviosamente el rollo sellado que permanecía en mis manos.

-No niego que siento curiosidad por saber qué dice, pero es tu decisión, Akane.

Todos mis miedos volvieron. Una carta de mi hermana era algo que no dejaba de inquietarme. Si padre había decidido alejarme de allí, alejarme del lado de mi esposo, simplemente moriría.

-Tengo miedo –reconocí llevando una de mis manos hasta donde permanecía la peonía-. Yo… les conté de mi intención de suplantar a mi hermana –dije con dificultad-. Si ahora ellos tratan de separarme de ti… yo ya no podría…

-Nadie te alejará de mi lado, Akane –sentenció Ranma quitándome el rollo de papel y dejándolo sobre la mesita-. Pensé que te lo había dicho anoche.

Reprimí un sollozo, avergonzada de mis propios temores, enojada ante mi propia debilidad y él me abrazó con fuerza.

-Nunca nadie podrá separarnos, Akane –susurró en mi oído-. Ya no, confía en mí.

Me perdí en su mirada y acaricié su rostro.

-Moriría si alguien me pidiera alejarme de mi esposo –murmuré.

-Y aunque lo pidieran, yo no dejaría que eso sucediera.

Me abrazó nuevamente, casi como si abrazara a un bebé pequeño e indefenso.

-Haremos una cosa –dijo depositando un beso en mi frente-, esperaremos a Ryoga y cuando podamos interrogar a la supuesta doncella de tu hermana, abriremos juntos esa carta. ¿Estás de acuerdo?

Asentí en silencio aunque todavía tenía miedo de lo que mi hermana pudiera decir en esa carta.

-Eso nos dará unos cuantos días de tranquilidad. Calculo que Ryoga no llegará hasta la próxima semana –complementó apartándome de sí para mirarme con profundidad-, hasta entonces, yo pretendo disfrutar de la dulce y adictiva compañía de mi esposa.

Me obligué a sonreír y cerré mis ojos cuando él se acercó y comenzó a repartir besos por todo mi rostro casi con veneración. Dejé que mi corazón se calmara y comencé a responder.

Cuando por fin pude apartarme de él, lo observé con esperanza renovada. En sus ojos descubrí que no mentía, Ranma no dejaría que me apartaran de su lado. Sonreí y él me cobijó en un abrazo.

-Nuestra historia merecería ser contada –murmuró como si hablara consigo mismo.

-¿Eso crees? –cuestioné percatándome que él sólo quería sacarme de mi angustia.

-Sí, como las antiguas leyendas que aprendemos desde pequeños.

-¿Y de qué trataría nuestra historia?

-¿Qué no resulta obvio? –dijo observándome alegremente-, de nuestro encuentro inesperado, de nuestro accidentado romance y de cómo logramos mantener nuestro amor a salvo de todo y de todos los que quieren atentar contra él.

-Eso aún no lo sabemos –rebatí.

-Eso sucederá porque yo me encargaré de que así sea –dijo con convicción-. Una leyenda de la que todas las nodrizas hablarán a los niños que se les encomienden; una leyenda que se contará en todas las casas de campesinos y gente común y corriente a la hora de dormir; una leyenda que recorrerá los palacios y salones de la nobleza y por qué no, del mismísimo palacio imperial; una leyenda que contarán los guerreros alrededor de una fogata cuando tengan que pernoctar a las órdenes de su señor.

-Es una idea muy romántica –dije un tanto divertida ante tamaña ocurrencia.

-Puede ser, pero ya verás que así será –se interrumpió un momento y miró hacia arriba como si tratara de encontrar algo más que decir-. La leyenda del salvaje caballo bajo un cielo escarlata –murmuró finalmente.

-Un título demasiado rebuscado –contradije sólo para fastidiarle puesto que la verdad era que me agradaba el juego de palabras-, por qué no sólo "la historia de Ranma".

-Un título demasiado simple –contrarrestó mirándome a los ojos-, y nuestra historia no ha sido nada simple, Akane.

-Tienes razón –dije mirándole con ternura.

¿Qué tenía aquel hombre que me hacía sentir segura con sólo permanecer a su lado? No lograba explicármelo, pero mi corazón se sentía rebosante de alegría y mi espíritu tranquilo al permanecer en sus brazos. De forma pausada y sin apuro fue acercándose hasta arrebatarme un beso que me sentí dichosa de corresponder y allí comenzó todo una vez más; lentamente fuimos cayendo en manos de una pasión que casi nos desbordaba.

Mis miedos quedaron atrás cuando Ranma me cargó en sus brazos para llevarme al futón que ahora compartíamos.

Sí, quedaron atrás por una noche, tal como había quedado atrás la carta de mi hermana.

Por una noche más había decidido dedicarme a ser feliz al lado del hombre que amaba.

Por una noche más dejaría que Ranma me protegiera de todos mis miedos, ya que estaba segura que a su lado, nada malo podría sucederme.


Notas finales:

1.- Bueno, sé que demoré un poco en subir la actualización que debía haber entregado el mes pasado, pero no tanto y además, salió bastante larga ¿no?, así que creo merecer una disculpa.

2.- Este capítulo si bien puede llamarse de transición, aporta dos acontecimientos que marcarán el curso de la historia… para bien o para mal, sólo mi mente perversa lo sabe. Ahora, puede resultarles algo excesivo esto del intercambio de cartas y/o el "romanticismo" que adquieren Ranma y Akane pero, a modo de justificación, no podía hacer que después de su esperada noche de bodas enfrentaran problemas de inmediato, no sería justo con los tortolitos.

3.- Palabras creo que no las hay, pero si les quedase alguna duda, les ruego me la hagan saber y la contesto por interno o bien, en la próxima entrega.

4.- Por último y saben que es lo más importante para mí, mis más sinceros agradecimientos a quienes leyeron el capítulo anterior y tuvieron la gentileza de dejarme un comentario. A: Lobo De Sombras, Maritza chan, Faby Sama, Kaname (Qué bueno que te gustó el capítulo. Gracias por comentar, un abrazo a la distancia), jfer calvomeneses, Reira Tendo, Amancay, susyakane, RosemaryAlejandra, rosi . ramirez , lolita (Gracias por tanto elogio, aunque no creo merecerlos. Un abrazo), itzeldesaotome, Ishy-24, calipzo1993, linaakane (Gracias a ti por leer. Un beso), ilakane, LadyLouise04, Estefy-chan, Saori1f (Gracias por seguir junto a mí y mi historia. Un beso), MATT (Muchas gracias por seguir comentando y por el entusiasmo con el que presumo, lees lo que escribo. En verdad me hace muy feliz saber que te gusta lo que plasmo en unas cuantas palabras. Muchas gracias y un abrazo a la distancia), iloveKia-chan, Andy . mr (Bueno, muchísimas gracias por animarte a dejarme este comentario. Lo que escribo lo hago con mucho cariño y me alegra mucho que te agraden mis historias, en especial ésta que para mí es especial. Un abrazo y espero te guste esta última entrega también), pataisho (Muchísimas gracias por comentar. La verdad es que siempre me siento insegura al escribir una escena lemon, por eso el comentario, así que para mí es muy grato saber que lo hice bien y que al parecer, les gustó. Espero que también te haya gustado esta actualización, un poco más romántica. Un abrazo), ceuscolo, Alekia Saotome, Ifis, Teddy`s Circus, Miztu-chan, Yuna Lockheart de Muller (Lo siento mucho pero el pelirrojo es MIO, lo perdiste cuando se te ocurrió "presentármelo" jaja… tenía que decirlo. ¿O prefieres que nos "juguemos" el amor de Kvothe en una partida de "esquinas"? XD), kane saotome 83 (Gracias por tus dos comentarios. La verdad, no podía dilatar más la situación entre Ranma y Akane, ese es el motivo de que ella "olvidara" tan rápido los malos tratos de su esposo, además, la chica está enamorada y por amor se pueden perdonar muchas cosas, sobre todo si se es totalmente correspondido. Un abrazo y nuevamente muchísimas gracias por comentar), akire-chan (Muchas gracias por dejarme tu primer comentario. La verdad es que la razón de por qué no me entusiasma el escribir en otros fandom es simple, mi amor hacia los personajes de Ranma ½ va más allá de cualquier otro anime y/o manga. Me siento cómoda trabajando con ellos y los adoro, así que creo que no podría lograr una historia "decente" si me decidiera a escribir utilizando otros personajes. Por otra parte, me alegra mucho que te guste lo que escribo y espero que esta entrega también haya sido de tu agrado. Un beso y gracias por comentar) y Destiny Saotome Tendo. Esta vez no contesté a los reviews de quienes tienen cuenta en ff net personalmente, lo sé, pero pienso hacerlo durante la semana puesto que (otra vez), quise darle prioridad a la publicación (así que, esperen mi PM en cualquier momento). Mis excusas por eso aunque no es motivo para no agradecer. Así que, muchas, muchísimas gracias por todas y cada una de sus palabras. También agradezco a quienes leen en el anonimato puesto que también es una forma de darle vida a esta historia; sin ustedes, que leen lo que escribo, esta historia no existiría, así que muchísimas gracias a todos por regalarme un poco de su tiempo al leer.

5.- Hasta aquí por ahora, será hasta un próximo capítulo (que espero sacar prontamente). Un abrazo a la distancia y buena suerte!

Madame de La Fère – Du Vallon.