- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XVI

"Futuro incierto"

Los pocos días que había pasado en aquel enorme castillo y en compañía de la extraña gente que lo habitaba le habían ayudado a formarse una idea de cómo era realmente la situación que se vivía en aquellas tierras alejadas de la capital imperial.

Ciertamente no había encontrado inconvenientes por parte del señor de Seisyun cuando había decidido presentarse en su palacio sin siquiera enviar una misiva que informara de su llegada. Su rango y elevada posición le permitían darse pequeños gustos, pero el presentarse de improviso ante un señor de la guerra como Kuno Tatewaki había sido una arriesgada jugada. Ni siquiera ella, hija predilecta de un importante dignatario de su majestad imperial, amiga de princesas y príncipes, compañera de juegos de hijos y nietos de emperadores, tenía la vida asegurada; corrían tiempos difíciles en el país y aquella aparente tranquilidad que se podía presenciar en la capital imperial estaba lejos de ser cierta.

La capital era un mundo aparte, una burbuja dentro de una tierra hostil y llena de odiosidades entre quienes realmente tenían el control sobre el destino del país. Qué pensaría la princesa Kokoro de que en esa parte del territorio no se citaran a los grandes artistas cuyas colecciones de pintura y poesía ella tanto adoraba. Qué diría la joven consorte imperial Aika si se enterase que la música tan amada por ella era considerada un mero entretenimiento superficial y que nadie poseía la experticia de los grandes intérpretes de la corte imperial para tañer las cuerdas de un koto o un shamisen.

Seguramente ellas quedarían escandalizadas ante un panorama como aquel, tal y como ella misma había quedado al darse cuenta de lo distinto que era su mundo del mundo al que había irrumpido de improviso y casi sin tener tiempo de detenerse a pensarlo mejor.

No había tenido tiempo, había tenido que actuar precipitadamente para evitar que el error de su hermana mayor acarreara más problemas de los deseados. De todos modos, no se arrepentía, ya que gracias a ello, había podido inmiscuirse sin ser cuestionada por ningún daimyō capaz de quitarle la vida si no le parecían sus explicaciones; al contrario, el señor de Seisyun, aquel a quienes todos temían por su irascible carácter y estúpido fanatismo por los antiguos códigos había quedado encantado con la imprevista aparición que ella había desplegado en su castillo. Como fuere, ahora que conocía de primera fuente cómo se comportaba el señor de Seisyun, ya no le temía pues sabía que podría controlarlo a voluntad.

En los pocos días que llevaba en el lugar, había descubierto que el hombre que gobernaba sobre el clan, temido por algunos y odiado o despreciado por otros, no era más que un joven guerrero obsesionado por rencillas de un pasado muy lejano, inseguro, ególatra y totalmente manipulable si sabías cómo hacerlo.

Así era el futuro esposo de su hermana menor, aquella que según había podido averiguar, se había desposado con el señor de Nerima, el peor enemigo del señor Kuno. Maldijo su suerte cuando se enteró de ello y se disgustó con todos los dioses por no haber impedido que la boda se realizase puesto que ella no había podido llegar antes para interponerse y arreglar la complicada telaraña que se había entretejido entre las vidas de tres familias tan distintas; la de ella, perteneciente a la aristocracia y respetada en toda la corte imperial; la del heredero Saotome, temible guerrero y respetado daimyō del país; y la de los hermanos Kuno, desequilibradamente apegados a su propio mundo, su mundo individual.

Cómo había terminado ella en medio de tamaña situación, cómo había dejado que todo se fuese escapando de sus manos sin poder hacer nada para evitar que los problemas se fueran multiplicando, cómo había sido tan ingenua para no prever los acontecimientos que se fueron sucediendo uno tras otro hasta ponerla en aquella encrucijada, la cual no estaba segura de poder sortear sin dificultad.

Hubiera bastado una carta enviada con un mensajero rápido y eficaz advirtiendo a su hermana menor de las malas decisiones tomadas por su padre, pero no lo había hecho y en cambio, se había confiado en llegar a tiempo para evitar un desastre mayor.

Ahora se encontraba allí, en ese enorme salón que daba al jardín de los ciruelos. Se imaginaba el bello paisaje con el que aquellos árboles debían deleitar a la vista en la temporada de su floración, sin embargo, ya se encontraban casi desprovistos de hojas y el jardín transmitía un sentimiento melancólico. Los hermanos la acompañaban como sus anfitriones, además del general que parecía siempre estar a las espaldas de su señor y el consejero enjuto que le había dado la bienvenida tiempo atrás. El resto, sus propias doncellas y las de la hermana del señor del castillo.

La tarde había caído bastante rápido aquel día, como si un presagio de que el tiempo se agotaba hubiere traído consigo y Kuno no había encontrado mejor manera de agasajar a su invitada pidiéndole a su hermana menor que les deleitara con algo de música.

Trajeron un koto de siete cuerdas, y, a regañadientes, Kodachi Kuno trató de demostrar que era una conocedora en el arte de interpretar correctamente la música de corte.

Fue en aquel momento en que Nabiki Tendo, acostumbrada a las más variadas y exquisitas interpretaciones se percató de las muchas falencias de su anfitriona en el manejo de tal instrumento; aun así, no dijo nada y se limitó a escuchar con resignación la melodía que la hermana del señor del castillo se encontraba interpretando.

Cuando Kodachi se aburrió de tañer las cuerdas del koto, finalizó su interpretación con un brusco e improvisado acorde que no se escuchó nada bien en el gran salón en el que permanecían, sin embargo, Nabiki fue la primera en comenzar a aplaudir a su anfitriona.

-Qué bonita melodía, dama Kodachi –comentó la hija de Tendo con una sonrisa en los labios.

-Seguramente no es nada original ni mucho menos sofisticado como debes estar acostumbrada a oír en la corte –repuso Kodachi retirando el instrumento de su lado como si éste pudiera quemarle las manos si volvía a tocarlo.

-Te equivocas, tu interpretación fue bastante original.

-Podría apostar que nuestra invitada también sabría cómo deleitarnos con una pieza musical –comentó Tatewaki sonriendo desde su lugar al centro de la estancia.

-¿Yo? –Contestó Nabiki fingiendo sorpresa-. No creo estar a la altura de una reunión como esta –prosiguió ocultando de forma coqueta la mitad de su rostro con la manga de su kimono-, sólo tengo estudios básicos de koto, y, a decir verdad, prefiero el shamisen.

-Pero podrías intentar complacernos con este antiguo instrumento –insistió el señor del castillo indicando el instrumento con un ademan de su mano.

-Mi señor, creo que sobrevalora el talento de una mujer que apenas conoce –contrarrestó Nabiki haciéndose la interesante.

Sabía que el hombre que tenía en frente estaba intrigado y no sabía cómo comportarse con ella, después de todo, ella había sido lo bastante poco clara como para no darle pista alguna de lo que realmente hacía allí, sólo le había dicho que estaba deseosa de ayudar en los preparativos de la próxima boda y de conocer a la que pasaría a ser su familia, pero, había omitido el detalle de aclararle tanto a él como a su hermana, cuál de las hijas de Soun Tendo contaría con el privilegio de desposarse con el señor de Seisyun.

Hacía sólo un par de días había decidido cambiar de estrategia al no recibir noticias de Akari y la misión que le había encomendado, o de su padre aunque estaba segura que a él no se le ocurriría escribirle aun cuando supiera que unas palabras serían mejor que no saber nada en lo absoluto. Así, con su inteligencia y sagacidad como única arma, decidió arriesgarse a jugar un poco más en serio con ese par de hermanos tan singulares.

El plan era simple, trataría de ganarse la confianza de Kodachi sólo por si necesitaba de una aliada dentro del castillo y confundiría al señor de Seisyun haciéndole creer que efectivamente, ella era su prometida y extendería aquel engaño hasta que estuviera segura de contar con el apoyo del clan Saotome para que la rescataran.

Seguramente habría derramamiento de sangre y posiblemente la vida de los Kuno correría peligro pero de momento, era lo único que se le ocurría para ganar tiempo puesto que era casi un hecho que el señor de Nerima se encontraba muy a gusto con su nueva esposa; todos lo sabían y era lo que más se comentaba, entonces, ya no sería factible arrebatarle a Akane a Saotome para entregársela a Kuno. No, la única opción sería ganar tiempo, tratar de mantener un contacto fluido con su hermana menor y que los señores de la guerra se destrozaran por sus viejas rencillas mientras ella era rescatada como en las antiguas leyendas de héroes y heroínas de la antigüedad.

-Entonces, tendré que pensar que te incomoda compartir tus virtudes con nosotros, dama Nabiki.

Las palabras de Tatewaki la sacaron de sus propias cavilaciones y trató de sonreír.

-Eso en ningún caso –contestó la aludida llevándose ambas manos al rostro para fingir azoramiento-, el problema es que no considero que sea una virtuosa en la interpretación, pero si mi admirado anfitrión tanto insiste, con gusto trataré de interpretar una melodía.

Kuno sonrió complacido y para Nabiki fue evidente que halagándolo conseguiría en muy poco tiempo tenerlo a sus pies.

A un gesto del señor del castillo, un lacayo trasladó el instrumento desde donde permanecía Kodachi totalmente desinteresada en todo lo que la rodeaba, al lugar en el que se encontraba Nabiki.

La hija de Tendo acercó el instrumento hasta que la madera tocó sus rodillas, irguió su espalda y concentrándose por un breve momento, comenzó su interpretación.

Las miradas de asombro se fueron instaurando en los rostros de quienes la acompañaban puesto que la delicada forma de tañer las cuerdas y la cuidada melodía que la joven se había propuesto interpretar, habían conseguido que todos le pusieran atención y quedaran maravillados con la sublime belleza de la interpretación.

Nadie supo cuánto tiempo escucharon los acordes de aquella melodía, nadie supo explicar el por qué habían caído en un extraño hechizo o eso les pareció, lo cierto es que cuando Nabiki finalizó su interpretación, todos se encontraban observándola como si se tratase del ser más perfecto que hubiesen visto jamás.

-Lo siento –se disculpó la joven de castaños cabellos con falsa modestia-. Debo haberlo hecho horrible.

-¡Maravilloso! –exclamó Tatewaki sin poder contenerse y aplaudiendo con entusiasmo.

Los demás lo imitaron, incluso Kodachi comenzó a aplaudir todavía sorprendida ante la muestra de sofisticación y belleza que la joven Tendo había desplegado.

-Mi señor lo dice por compromiso –dijo Nabiki bajando la mirada mientras fingía avergonzarse.

-Jamás había escuchado una interpretación tan perfecta –rebatió él poniéndose de pie para encaminarse al lugar en donde se encontraba su invitada-. Simplemente sublime, ¿no lo crees así, Gosunkugi?

-Por supuesto, mi señor –respondió el consejero quien, al igual que todos los presentes, se habían incorporado entendiendo que el señor del castillo había dado por finalizada la reunión.

-Gracias por deleitarnos con la belleza de tu música –dijo Tatewaki cuando estaba sólo a pasos de Nabiki.

-Lo hice sólo para complacer al generoso señor del castillo –contestó la joven esquivando deliberadamente la mirada de su interlocutor.

-Entonces, ¿harías algo más por mí esta noche? –inquirió en voz más suave.

-Siempre que pueda cumplirlo.

-Acompáñame a dar un paseo por los jardines del castillo, dama Nabiki. Es una noche hermosa y me gustaría contemplarla en buena compañía.

-Está bien –contestó sin levantar la mirada-. Tienes razón al decir que es una noche hermosa y digna de contemplarse en buena compañía, acepto la invitación –hizo una pausa y sonrió al tiempo que observaba el rostro del guerrero-. Aunque una de mis doncellas deberá acompañarnos.

Quiso reír a carcajadas cuando vio el rostro de espanto que Tatewaki le devolvía. Una cosa era jugar y manipular la situación a su favor, pero otra muy distinta era que ésta se le escapara de las manos.

-Por supuesto –dijo Kuno cuando se hubo recuperado de la impresión-, tus doncellas y Taro nos acompañarán, después de todo, faltan dos días para el plenilunio pero para alguien como tú o como yo, es peligroso desplazarse por la noche aunque ésta sea una noche iluminada por la luna.

Nabiki sólo asintió sonriéndole al señor del castillo.

Para muchos un paseo nocturno era sólo una de las extravagantes ideas del señor de Seisyun, pero para quienes sabían observar con detenimiento estaba claro que Tatewaki Kuno se estaba dejando llevar por los sentimientos que la deslumbrante presencia de la joven Tendo causaba en él.

Sólo Hikaru Gosunkugui vio lo que los demás no estaban dispuestos a ver esa noche, sólo él se percató de que más pronto que tarde el señor del castillo terminaría rendido a los pies de esa muchacha venida de la capital, sólo él y por supuesto, Nabiki Tendo.


En cuanto vio que el señor del castillo se alejaba por la puerta del gran salón en dirección al jardín junto a su huésped y sus acompañantes, él creyó que debía desaparecer rápidamente del lugar en el cual había permanecido sólo por compromiso y para no enfadar a su señor.

Lo cierto es que a Hikaru Gosunkugui no le gustaban aquellas reuniones sociales en dónde, según su punto de vista, se perdía el tiempo en trivialidades sin importancia. Frente a las mujeres era imposible hablar de política, batallas o acuerdos entre los clanes, todos éstos temas de los que él se preocupaba y para lo cual asesoraba al señor de Seisyun.

Sin embargo, aquella noche lejos de experimentar ese aburrimiento que siempre acompañaba su talante en aquellas reuniones sociales, él se había sentido distinto, había experimentado una mezcla de temor y angustia que había sido incapaz de controlar.

Su corazón palpitaba aceleradamente cada vez que la observaba de soslayo sentada a una corta distancia de donde él había permanecido al lado de su señor; su cuerpo se estremecía cada vez que escuchaba su voz chillona y demandante dirigir alguna frase a alguno de los que participaban en la velada; su mirada buscaba rápidamente un punto indeterminado en el suelo cada vez que sentía los oscuros e intimidantes ojos de ella posados en su persona.

Debía escapar de aquel lugar y de ella en particular; así lo hizo una vez que el señor del castillo puso el primer pie fuera de la habitación.

Trastabilló cuando pasaba raudo por el lado de un lacayo que portaba una linterna para acompañar el trayecto de su señor al jardín, le miró con el ceño fruncido y sólo fue capaz de asentir con un leve movimiento de cabeza a la atolondrada disculpa que salió de labios del joven lacayo, luego caminó lo más rápido que sus piernas pudieron avanzar por los intrincados pasillos del gigantesco castillo Kuno.

Tomó un atajo cruzando sin permiso un pabellón que se encontraba cerca de las habitaciones que se habían asignado para la dama Tendo y sus acompañantes, pasó por un jardín interior y divisó a lo lejos el pasillo que finalmente lo llevaría a sus propios aposentos. Caminó concentrado observando cómo su sombra se dejaba apreciar a la luz de la luna, la misma luna que pronto entraría en su fase más llamativa. El plenilunio se encontraba a dos días de producirse, su señor lo había comentado y cuando eso ocurriese, él tendría que hacerle entrega a la desquiciada dama del castillo el encargo que le había hecho tiempo atrás.

Suspiró pesadamente al momento de llegar frente a la puerta de sus aposentos y dio un salto hacia atrás cuando escuchó que alguien le hablaba.

-Demoraste más que yo en salir de aquella espantosa reunión, señor Gosunkugui.

La joven mujer se dejó ver avanzando con delicadeza un poco hacia adelante, en donde la luz plateada de la luna alumbraba aquel recóndito lugar del castillo.

-Sobre nuestros asuntos…

-Tendrás lo que quieres –cortó el asustado y nervioso hombre de confianza de Tatewaki-, sólo debes esperar dos días más y tendrás lo que acordamos.

-Eso quiere decir que…

-Que ahora puedes retirarte y no poner en riesgo tu reputación al encontrarte en este lugar del castillo –dijo Gosunkugui posando una mano en la puerta corredera para tratar de ingresar al pabellón que ocupaba-. Lo que acordamos sigue en pie. Te haré llegar lo que necesitas a la mañana siguiente del próximo plenilunio, como lo prometí.

-Dos días –comentó la hermana del señor del castillo.

-Dos –fue la escueta respuesta de Gosunkugui al momento de abrir la puerta e internarse al interior de sus aposentos, dejando a la joven mujer atrás con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Del otro lado de la puerta, la habitación que recibió al consejero se encontraba totalmente en penumbras.

El hombre apoyó su mano en uno de los muebles que se encontraban más próximo a la puerta que acababa de cerrar y sólo con la ayuda de su tacto, comenzó a buscar la lámpara de aceite que siempre dejaba en aquel lugar. La encendió no sin dificultad y ésta comenzó a desprender una oscilante y amarillenta luz que no fue suficiente para iluminar en su totalidad la habitación del consejero del castillo, sin embargo, esto pareció no importarle al nervioso hombre que se encontraba apoyando ambas manos en el mueble, observando fijamente la pequeña llama que permanecía encendida.

Finalmente llevó una de sus manos a su rostro y con parsimonia, la dirigió a su cabeza quitándose el gorro formal que había estado usando.

Observó el objeto en su mano y lo dejó con solemnidad en la cubierta del mueble; luego tomó con una de sus manos la lámpara y avanzó dando tumbos por la habitación en penumbras hasta llegar al rincón más oculto de la misma. Observó el lugar en una esquina del pabellón que ocupaba, avanzó un poco más y descorrió el biombo que él mismo había ubicado en aquel sitio mucho tiempo atrás, tras el biombo, un mueble de ébano de lustroso color negro que le llegaba a la barbilla en altura le dio la bienvenida.

Sonrió al imaginarse que se trataba del encuentro entre dos viejos amigos, como si aquel mueble de costosa madera tuviese vida. Una locura, se dijo al depositar sobre la superficie de madera la lámpara que portaba.

Rebuscó entre sus ropas y encontró lo que buscaba, una pequeña llave de hierro que abría la cerradura de aquel mueble que había adquirido mediante el encargo a un viajero que había visto exóticos pero útiles artículos en el continente.

La cerradura cedió en el mismo instante en el que giró la llave, como siempre, y, una vez más se admiró del ingenio de los artesanos extranjeros. Abrió ambas puertas y sus ojos se dirigieron de inmediato a la pequeña vasija que descansaba en la repisa central del mueble.

Un lastimero suspiro escapó de labios del consejero y con pesadez cerró sus ojos, incapaz de seguir observando aquella vasija. Levantó su mano izquierda y meció su oscuro y descuidado cabello.

No quería abrir los ojos y contemplar aquella vasija que contenía el espeso líquido que en dos días haría la distinción entre la vida y la muerte.

Ciertamente, meses atrás no le hubiera importado lo que se hiciera o lo que se planeara hacer con la preparación que permanecía dentro de aquella vasija, pero sabía que ahora era totalmente distinto; ahora sí le importaba en qué se iba a ocupar aquella preparación; ahora sí le importaba quién sería la víctima de sus ocultas y siniestras artes.

Aún sin abrir los ojos, posó su mano en una de las puertas del mueble y reprimió un escalofrío. ¿Cómo había llegado a tal extremo?, ¿qué lo había llevado a aceptar la proposición de la dama Kodachi tiempo atrás?, ¿por qué no podía comportarse ahora como siempre había hecho, sin que le importara nada ni nadie más que él mismo?, ¿por qué el destino había cruzado su camino con el de ella?

Abrió los ojos de par en par. Ni siquiera se atrevía a evocar su nombre dentro de su mente, por lo que había tomado la decisión de referirse a la dama de Nerima como "ella".

Ridículo, pensó, y sin embargo era tal su temor que aunque encontrara su propia idea la estupidez más grande que se le había ocurrido en la vida, estaba convencido que con sólo pensar el nombre de la dama, lo mancillaría.

¡Por qué la había visto!, ¡por qué se había encontrado con ella!, ¡por qué ella le había salvado la vida!

Él había concurrido a aquel templo con la única intención de apoderarse del último ingrediente que le faltaba para completar el pedido que le hiciera la dama Kodachi y que, irónicamente, serviría para quitarle la vida a ella, pero el destino había jugado cruelmente en su contra al poner en su camino a la dama más bondadosa y bella que él jamás hubiese soñado ver algún día.

Una vez más cerró los ojos y no pudo reprimir una sonrisa al recordar aquellos bellos y expresivos ojos color tierra, esa piel perfectamente nívea, los largos y lustrosos cabellos negros y la sonrisa más perfecta que él hubiese visto jamás.

Ella, la única que podía compararse con una deidad, la única que podía venerarse como una deidad, la única que se había mostrado tan compasiva como una deidad.

Era un hecho, Kannon había intervenido. Esa era la única forma que explicaba que él se hubiese topado con su reencarnación en la tierra, porque no podía entender de otra manera que coincidieran en el mismo templo el mismo día, y él sabía los motivos de Kannon, el problema era cómo hacer la voluntad de la diosa y su propia voluntad ya que, desde el día en que había conocido a la dama de Nerima, había decidido que no quería que ésta desapareciera de la faz de la tierra, mucho menos quería ser él el responsable de tamaña aberración, pero, cómo hacerlo sin oponerse a los deseos de quien le daba el sustento, cómo engañar a la desquiciada hermana de su señor, cómo hacer que ésta última se olvidara de su obsesión por Saotome y la dejara a ella en paz.

Y de pronto lo supo. Abrió los ojos y una mueca de satisfacción apareció en su compungido y enjuto rostro.

Tal vez tuviera éxito, tal vez conseguiría sus propósitos, tal vez otros resultarían dañados, tal vez otros tendrían que pagar las consecuencias, pero estaba seguro de que sus planes resultarían y lo mejor de todo ello, salvaría la vida de la diosa encarnada que permanecía en Nerima, sin enterarse de lo que se tramaba en un oscuro rincón de Seisyun.

Finalmente tomó la vasija en una de sus manos y la observó a la luz que proyectaba la pequeña lámpara de aceite.

Tal vez traicionaría a su señor, a la hermana de éste, a todo el clan Kuno, pero estaba dispuesto a todo con tal de salvarla a ella.

-A… Aka… ne –musitó con temor e inmediatamente la sonrisa se ensanchó en su rostro al percatarse que la palabra había escapado de sus labios-. A.. kane-, volvió a repetir dejando la vasija en su lugar y cerrando con rapidez el mueble que la contenía-. Akane, Akane… ¡Akane!

La última exclamación hizo que se llevara las manos a la boca, tratando de reprimir otro grito. Observó como un poseso a todos lados de la habitación y luego soltó una estridente risotada.

Rió, y mientras reía a carcajadas pensaba en su ingeniosa ocurrencia y en el rostro de la dama más bella que existía en la región, la dama por quien incluso estaría dispuesto a sacrificarse de ser necesario.

Se dirigió en penumbras a su futon y se arrojó tal y como estaba sobre él, exhausto pero también satisfecho.

Repitiendo el nombre de la dama de Nerima en su mente como si de un mantra se tratase, el consejero más respetado del clan Kuno se quedó profundamente dormido.


El sonido que emitían los cascos de los caballos al chocar contra el camino de tierra no lograba distraer al hombre que permanecía sentado dentro del palanquín; tampoco lo hacían los gritos de los hombres que conformaban su comitiva y mucho menos el rugir de las aguas del río cercano, aquel que mantenía detenida la comitiva puesto que con las últimas lluvias, las ramas más endebles de un árbol habían caído sobre el puente que permitía cruzar el río y así, avanzar al dominio de uno de los daimyōs más renombrados del país.

No, nada de lo que sucedía afuera podía distraer su atención de la carta que sostenía en sus blancas y arrugadas manos.

El hombre suspiró y volvió a leer la escueta pero taxativa misiva.

Estaba claro que algo fuera de lo previsto había sucedido en la capital imperial; algo que había cambiado el curso de las cosas; algo que había conseguido hacer que el mismísimo emperador enviara a uno de sus más rápidos mensajeros a darle alcance a él en mitad de su trayecto para entregarle aquel trozo de papel lacado con el sello imperial, el cual alteraba todos los planes y echaba por tierra todas las instrucciones recibidas al momento de emprender aquel viaje desde la capital imperial hacia Edo.

Toramasa Kobayakawa separó levemente la pesada cortina de la ventanilla del palanquín y observó con pesadumbre lo que ocurría a su alrededor. Los hombres que componían su comitiva estaban bien entrenados y sabían exactamente qué se esperaba de ellos en momentos de dificultad, por eso no le extrañó comprobar que el pequeño puente que conectaba ambas riberas del río estaba despejado y prácticamente reparado gracias a la oportuna intervención de sus hombres.

Pronto tendría que decidir qué hacer puesto que al cruzar el río ya nada tendría vuelta atrás.

Cerró la ventanilla y volvió a enfocar la vista en el delicado trozo de papel. La letra era de una exquisitez y formalidad que no dejaba espacio para dudas, los trazos firmes que se apreciaban en tinta negra contra el papel claro eran los trazos imperiales; aun si él no hubiese estado familiarizado con la escritura del emperador, hubiera podido adivinar sólo con leer aquella carta que había sido escrita de puño y letra de su divinidad. Suspiró.

La incertidumbre era cada vez mayor en su interior y su anciano corazón se sentía inquieto. Un acontecimiento muy especial y fuera de lo normal debía haber ocurrido en Kioto para que el emperador enviara a interceptarle y darle nuevas órdenes; el problema era saber qué había sucedido.

-Tendo –murmuró para sí-. Algo debe haber ocurrido con Soun, algo grave y de suma importancia.

Dobló el papel en seis partes y lo guardó cuidadosamente dentro de sus ropas justo un instante antes de que el comandante de sus hombres se acercara al palanquín y llamara la atención del anciano hombre.

El anciano volvió a abrir la pesada cortina y miró expectante al hombre que permanecía de pie junto al palanquín.

-Señor Kobayakawa, los hombres han terminado de reparar el puente y ya podemos cruzar –dijo solemnemente-. Debemos partir ahora si queremos llegar a Seisyun antes de que anochezca.

Toramasa observó más allá de donde se encontraba el joven comandante y comprobó que éste tenía razón, el puente se encontraba totalmente reparado y sin rastros de haber sido destrozado por la caída de las ramas de un árbol.

-Cruzaremos el puente, comandante –respondió el anciano-, pero nos detendremos a pernoctar en la primera posada que encontremos antes de llegar a territorio Saotome.

-¿Saotome, señor? –preguntó el hombre sorprendido ante la afirmación del consejero imperial.

-Sí –afirmó el anciano-. Siento no poder entrar en detalles, comandante, pero hubo una pequeña modificación en nuestro itinerario. Ya no iremos a Seisyun, debemos desviar nuestro camino y dirigirnos a Nerima.

-Nerima –repitió el hombre con extrañeza en el tono de su voz.

-Sí, Nerima –confirmó el consejero imperial-. En estos momentos es imperioso que sostenga una conversación con el señor Saotome. La visita que pensaba hacerle al señor Kuno tendrá que esperar.

-Se hará como ordene, señor Kobayakawa.

El hombre hizo una reverencia y se retiró para posteriormente llamar la atención de sus hombres con un potente silbido.

Al interior del palanquín, el apesadumbrado anciano escuchó cómo los gritos potentes de aquel hombre impartían órdenes que los demás se apresuraban en cumplir. Ya todo estaba casi listo para emprender el viaje una vez más y la suerte estaba echada, sólo esperaba que su decisión de dirigirse inmediatamente a Nerima obedeciendo ciegamente al emperador fuese la correcta y con ello no pusiera en riesgo la precaria situación en la que debía encontrarse su amigo en la capital.

-Sí, el señor Kuno tendrá que esperar –musitó cruzando nerviosamente las manos en su regazo-. Confiemos en que la dama Nabiki pueda manejar al señor Kuno hasta que todo se aclare o terminará sucediendo una desgracia.

Y allí, en medio del camino mientras escuchaba los gritos de los hombres dando y recibiendo órdenes para ponerse en marcha, Toramasa Kobayakawa comenzó a elevar una plegaria al Buda misericordioso; una plegaria por su amigo y discípulo, por todas las vicisitudes que seguramente le estaba tocando vivir y también por las hijas de éste, puesto que tal vez serían las únicas capaces de evitar lo inevitable.


Cuando su amigo y mentor había partido desde el palacio imperial hacia Edo, él se había imaginado que ya nada podría empeorar su situación puesto que afortunadamente el emperador no sabía nada de lo que había sucedido con sus malas decisiones respecto a los enlaces de sus hijas, y, con la ayuda del anciano consejero, habían urdido un plan para tratar de arreglar el desbarajuste provocado por el mal actuar de su hija mayor y por su propio y precipitado actuar, sin necesidad de alertar al emperador.

Así había sido y cada día que pasaba, Soun Tendo se felicitaba por su buena suerte, por contar con un amigo incondicional que iba camino a solucionar todos sus problemas y por no haber perdido la confianza del emperador debido al indecoroso comportamiento de su hija mayor.

Pero la suerte es caprichosa y el destino impredecible.

Soun Tendo lo entendió y comprobó de la peor manera. Todo había sucedido muy rápido como para percatarse de los fallos que él mismo había cometido. Un día gozaba de la plena confianza y estima del emperador y, al siguiente, era obligado a dejar el palacio imperial y condenado al autoexilio.

Ahora, en la soledad de su palacio repasaba amargamente los hechos que habían desencadenado la desgraciada situación que se encontraba viviendo.

Toramasa Kobayakawa, su amigo y mentor se lo había advertido, le había prevenido lo veleidosas que podían llegar a ser las mujeres y él había desatendido aquel consejo, dejándose llevar por sus propias preocupaciones.

Nunca hubiera imaginado que terminaría cayendo en desgracia por culpa de la vanidad y odiosidad de las mujeres de palacio.

Él era un cortesano avezado en el manejo del protocolo y las normas de palacio y también conocedor de las rivalidades entre las beldades que cohabitaban dentro del recinto imperial. Por supuesto que había jerarquía entre ellas, como en todo sistema de convivencia, pero eso no evitaba la rivalidad que existía entre las consortes imperiales; a esto también se agregaban las azafatas y doncellas de las consortes, cada cual abogando por la causa de su señora e inclusive, ni siquiera la emperatriz escapaba a las rivalidades que surgían en el gineceo.

El hombre, cansado y abatido, suspiró al recordar cómo su flamante carrera había sucumbido en tan sólo tres días.

Como era de esperarse, él se había esmerado durante aquellos días en mostrarse complaciente y servicial con el emperador ya que debía demostrarle al soberano que nada había cambiado y que todo se encontraba en un perfecto orden.

Durante cinco semanas mantuvo la aparente calma y estabilidad en su relación con el emperador. Nadie podía suponer que Soun Tendo estaba ocultándole información al soberano y el resto de los cortesanos, ministros, generales, príncipes de la sangre y princesas, parecían convencidos de que su comportamiento era totalmente normal y que Tendo, el consejero favorito de su majestad imperial, seguía desempeñando sus labores con naturalidad dentro de la corte imperial.

Eso era lo que el consejero percibía, pero no se percató nunca que había alguien que sí tenía sospechas, y ese alguien se lo hizo saber a través de una nota en la cual lo instaba a encontrarse para tratar un asunto urgente y de suma importancia.

El error de Soun Tendo fue acudir a tal encuentro sin recelo alguno puesto que imaginaba que el asunto se relacionaba con la misión encomendada a su amigo Toramasa; nada más podía hacer que la favorita del emperador se arriesgara a que lo descubrieran a él en su pabellón personal.

Con la confianza de un insensato, Soun Tendo se hizo acompañar por dos de sus lacayos al gineceo en donde fue recibido furtivamente por una de las azafatas más jóvenes y bellas de la dama Hinako.

En un primer momento el hombre pensó que la dama le haría llegar otra carta explicándole los motivos de querer conversar precisamente con él, pero nunca imaginó que la azafata, un tanto asustada y nerviosa, iba a espantar a los dos lacayos que el cortesano había llevado consigo y le introduciría a empujones dentro del pabellón que ocupaba la favorita del emperador.

Cuando pudo reponerse, se encontraba dentro de una espaciosa sala decorada con exquisitas pinturas y grabados, muebles de antigua data y calidad inigualable y una ventana con vista a un impresionante jardín interior.

Nunca había estado en el interior de los aposentos de una de las damas que vivían en el gineceo, eso estaba totalmente prohibido para alguien como él y para cualquier hombre que no fuera el emperador, por tanto se sentía extrañamente fuera de lugar.

-Gracias por venir, señor Tendo.

La voz era dulce y suave, de una delicadeza exquisita que hizo estremecer al cortesano. Sabía quién había hablado pero no tenía la fortaleza de buscar con la mirada a la dueña de aquella voz.

-Es una locura –contestó mirando al suelo sin atreverse a moverse de donde permanecía-. Yo no debo estar aquí. Si descubren mi presencia en este lugar…

-Cálmate, señor Tendo –le interrumpió su anfitriona-. No estamos haciendo nada malo, además, lo que quiero tratar contigo concierne directamente al emperador.

Soun Tendo levantó la vista asustado y fue cuando pudo vislumbrar la silueta de la consorte favorita del emperador, quien permanecía sentada sobre sus rodillas tras un kichó. Se aclaró la garganta y trató de apartar de su mente el hecho de que por un momento ansió que la dama se mostrara abiertamente frente a él y no utilizando aquel artefacto con el que sólo podía apreciar su silueta.

-Te escucho, dama Hinako –se obligó a decir.

-Por favor, siéntate –respondió ella-. Si te llamé hasta acá rompiendo todo protocolo y arriesgándome a ser descubierta en compañía de un hombre que no es precisamente el emperador, fue simplemente porque me preocupa lo que está sucediendo con tus hijas, señor Tendo.

-¿Con mis hijas? –preguntó el hombre alarmado.

-Sé que estás ocultando algo y también sé que estás demasiado asustado como para confesarle lo que realmente sucede a su majestad imperial.

-Yo… no sé…

-Lo sabes –interrumpió nuevamente-, y por tu bien, el de tus hijas y el de aquellos dos clanes que permanecen en disputa en Edo, debes decírmelo –demandó de forma enérgica.

-No creo que conversando podamos arreglar un problema de esta naturaleza –reconoció el cortesano bajando la mirada y si hubiera podido ver a la dama tras el kichó, hubiera notado cómo ésta sonreía triunfante al comprobar que sus sospechas eran reales.

-Puedo ayudarte, señor Tendo –dijo suavemente-. Confía en mí, tú… me importas y me importas mucho.

Soun Tendo no pudo ocultar la sorpresa que le habían provocado aquellas palabras dichas casi en un susurro. ¿Y si Toramasa tenía razón? ¿Y si la consorte imperial estaba obsesionada con él? Cierto era que él sentía una secreta atracción por la joven dama, pero eso no le daba derecho a pensar en ella como mujer. No, ella estaba vedada y él sabía que nunca podría dejar de pensar en que, al mirarla de otra forma, estaría faltando a todos sus principios. La lealtad al emperador era por sobre todo lo más importante en su vida.

Se recompuso rápidamente y tras soltar un profundo suspiro, comenzó a relatarle la increíble historia de decisiones mal tomadas y equivocaciones que le habían llevado a someter a sus hijas a una situación de peligro jamás pensada y a que su reputación quedara destruida para siempre.

-Esto es… jamás me hubiera imaginado algo así –dijo Hinako una vez que el cortesano terminó de relatarle la historia hasta donde él tenía información.

-Es muy delicado y además, vergonzoso –contestó el cortesano-. Kasumi… ella nunca debió hacer lo que hizo, enlodó nuestro nombre y no pensó en su familia.

-Una mujer enamorada no piensa en lo que pueden causar sus acciones, señor Tendo, sólo piensa en su felicidad.

Soun iba a contestar, pero de pronto notó un movimiento inesperado tras el kichó y vio una segunda silueta que se acercaba a la de Hinako. Se asustó cuando la dama se puso de pie con agilidad y la misma jovencita que lo había introducido al pabellón de la favorita, salía de detrás del kichó.

-Rápido, señor Tendo, debes retirarte –dijo Hinako oculta todavía tras el kichó-, el emperador viene hacia acá. Pronto recibirás una nueva carta y espero que puedas venir nuevamente, pensaré cómo hacer para ayudarte a salir de este predicamento sin afectar mayormente a tus hijas.

-Eres muy amable, dama Hinako.

-Ve, rápido.

El cortesano se retiró conducido nuevamente por la joven azafata de Hinako, pero antes de salir del pabellón de la favorita imperial, giró su cabeza para ver por última vez aquella habitación. La dama había salido de su escondite y se encontraba de pie observando cómo el cortesano se alejaba del lugar. Hinako sonrió y su sonrisa permaneció grabada en la memoria del cortesano para la posteridad.

Al día siguiente, cuando llegó la misiva de Hinako a través de una de sus doncellas, Soun se sintió extrañamente feliz. Se había prometido no pensar en la joven consorte imperial como mujer, pero le era imposible borrase de la mente la sonrisa que ella le dedicara el día anterior, tampoco la amabilidad y la preocupación que había mostrado por él, y, cuando leyó que lo citaba para que la tarde del día siguiente volviera a visitarle en sus aposentos, no pudo reprimir el regocijo que sintió en su corazón.

Estaba claro, no podía engañarse, la dama Hinako provocaba en él sensaciones que creía dormidas y dominadas, pero la lealtad al emperador estaba ante todo, así que decidió apartar aquellos sentimientos y al siguiente día concurrió con confianza y la idea fija de que sería el último encuentro con la joven, al menos, el último que se permitiría mantener a solas.

Y así fue, pero no por los motivos que él creía, sino porque para su sorpresa, cuando llegó al pabellón que Hinako ocupaba en el gineceo, vio con horror que la dama no se encontraba sola. De pie junto a ella permanecía la figura enjuta del emperador, con una mirada recelosa y una mueca de disgusto en el rostro.

-Lo siento –dijo Hinako con pesadumbre.

Entonces Soun lo entendió todo. Había sido víctima de una trampa, sin embargo, se negaba a pensar que Hinako se hubiera prestado para arruinarlo, a menos que otro cortesano la hubiera utilizado u obligado. El último pensamiento lo enfureció.

-Dinos, señor Tendo –habló el emperador-, ¿no sabes que el gineceo de mi palacio está prohibido para cualquier hombre?

-Lo sé, su divina majestad –dijo Soun arrojándose de inmediato al suelo puesto que había olvidado prosternase con anterioridad.

-Entonces, nos preguntamos, ¿qué haces en los aposentos de mi querida Hinako?

-Yo… -titubeó, no quería comprometer a la dama y tampoco sabía las razones de ésta para haberle tendido una trampa como aquella-. Yo, vine porque quería hablar con la dama Hinako, su divina majestad.

-Sin embargo, la bella Hinako nos ha confesado que fue ella quien te hizo llamar, ¿es eso cierto?

¿Qué contestar a esa pregunta para no comprometer a la dama más de lo que ya estaba? Su carrera ya estaba enlodada por el comportamiento de sus hijas y tal vez ya nunca podría recuperarla, así que, qué más daba asumir la responsabilidad.

-Es cierto, pero sólo porque yo insistí en reunirme con ella. La dama Hinako solamente cedió a mis constantes requerimientos.

La bella mujer quedó sorprendida ante la mentira que había inventado el cortesano para salvar su reputación y se sonrojó profusamente. El emperador sin embargo, frunció aún más el ceño y enrojeció de cólera.

-Creímos que eras nuestro súbdito más leal, señor Tendo. Te dimos nuestra confianza, te llenamos de privilegios, te elevamos a los puestos más altos de la corte, ¿y es así como pagas nuestra gentileza?

-Todo tiene una explicación, su majestad.

-Queremos escucharla.

Y Soun, sin levantar su rostro del suelo, pasó a relatar con el más mínimo detalle toda su historia nuevamente, agregando además, que la dama Hinako se había mostrado dispuesta a ayudarle e intervenir en favor de sus hijas. Para cuando terminó de hablar, el emperador se había sentado en un rincón y apoyaba la cabeza en una de sus manos, con el rostro totalmente descompuesto.

-Lo que ha hecho tu hija mayor es una deshonra; lo que han hecho tus otras hijas es improcedente e inapropiado, pero lo que has hecho tú…

-Majestad…

-¡Silencio! –exclamó el soberano-. Nos sorprende tu proceder, siendo el más habilidoso cortesano que conocemos. Debiste estar atento y controlar mejor a tus hijas, ahora, nos has puesto a todos en un grave predicamento. Dinos, ¿por qué nos ocultaste esta información cuando sostuvimos aquella reunión en el salón del trono?

-Creí que podía solucionar esto sin darle mayores problemas a su majestad.

-¿Solucionar un mal entendido que nos involucra directamente y que además, tiene como protagonistas a dos de los daimyōs más despiadados del país?

-Lo siento, su divina majestad, mi proceder fue…

-Tu proceder nos ha decepcionado profundamente, señor Tendo –interrumpió el emperador-. Además, haber involucrado a nuestra querida Hinako es un agravio a nuestra persona.

-Clamo su perdón, su majestad.

-Sabes cómo son las cosas en nuestro palacio, nuestras mujeres rivalizan unas con otras y tratan de perjudicar a la que más queremos; con tu inoportuno proceder has estado a punto de provocar un desastre puesto que una de las azafatas de la emperatriz te vio salir de aquí el otro día. Nos lo ha dicho y nos hemos visto en la obligación de organizar esta treta para descubrir la verdad –el emperador hizo una pausa y se puso en pie-. Todo hubiera sido mucho más fácil si hubieras confiado un poco más en tu soberano.

-Yo confío ciegamente en su majestad.

-Con tus actos nos has demostrado lo contrario. Ahora, este problema lo asumiremos nosotros y tú volverás a tu palacio. Por ahora no requerimos de tus servicios, señor Tendo.

-Su majestad, ¿qué pasará con mis hijas?

-Nos comprometemos a informártelo a su debido tiempo. Es todo señor Tendo, puedes retirarte de palacio.

Diciendo esto, el emperador se retiró seguido de cerca por su consorte favorita, quien no pudo hacer nada en favor del cortesano puesto que ella misma se encontraba en una precaria situación.

Así fue como Soun Tendo cayó en desgracia, expulsado del palacio imperial, perdiendo con ello el favor del emperador y su puesto de cortesano ejemplar ante los ojos de éste y además, con la incertidumbre de no saber qué les deparaba la suerte a sus hijas.

Todo a causa de las rivalidades entre las mujeres del palacio imperial, pero también, por defender ante todo a una de ellas; la bella favorita, la dama Hinako, a quien a pesar de encontrarse fuera de palacio, le era imposible olvidar.


Las cosas estaban cambiando en el castillo. Él lo sabía y no podía aceptar que su lugar privilegiado dentro del dominio se viera amenazado por los cambios que se estaban produciendo inexorablemente.

Cierto que él mismo había insistido para que su señor se desposara con alguna dama de la nobleza; él había elegido a la familia con la cual su señor debía emparentarse; él había hecho las averiguaciones y los contactos previos para conseguir a la dama apropiada, pero cuando lo hizo, nunca imaginó lo que sucedería después.

Tampoco imaginó que su señor, aquel a quien había visto crecer y había formado, sería tan susceptible a algo tan banal como el amor de una mujer. Sus planes habían fracasado y ahora debía reconocerlo y remediarlo.

El señor de Nerima no debía enamorarse de nadie, mucho menos de una muchacha como la joven Tendo puesto que ella estaba influyendo cada vez más en su persona.

Él lo sabía y no podía aceptarlo puesto que mientras más influencia tuviera la jovencita sobre su señor, menor sería la necesidad que éste último tendría de pedir su consejo.

Soltó una bocanada de humo de su pipa mientras se ponía en pie y se dirigía hacia la veranda que daba al jardín.

¿Cómo intervenir en aquella relación que ahora parecía tan sólida? ¿Cómo apartar a la chiquilla del señor del castillo?

Todo había empezado el maldito día de aquel enfrentamiento que habían mantenido ambos frente a sus narices y él lo había notado pero no había hecho nada y cuando quiso intervenir tentando a Ranma con otras mujeres o atacando directamente a Akane, había sido demasiado tarde, el lazo que unía a la pareja ya era demasiado fuerte como para romperlo él solo.

Necesitaba ayuda, pero, ¿quién tendría interés en que aquella relación se disolviera? Todos a su alrededor parecían estar felices con la unión de Ranma y Akane, todos parecían contagiarse con la felicidad que la pareja irradiaba, desde consejeros, soldados, lacayos y servidumbre, todos, así que en el castillo no encontraría aliados.

Observó en lontananza dando otra calada a su pipa y permaneció con la mirada perdida. Eso sería complicado y poco conveniente, pensó; ciertamente la mujer estaba obsesionada con su señor, pero implicarla en la separación de la pareja sólo le traería más problemas, así que la joven señora de Seisyun quedaba descartada como aliada.

Algo debía hacer, pero no sabía qué; algo que le permitiera volver a tomar el control sobre las acciones de uno de los daimyōs más poderosos del país.

Ranma Saotome debía volver a someterse a la voluntad de su maestro. Para ello había trabajado durante toda su vida y no permitiría que una chiquilla venida de la capital le arrebatara el poder que a él tanto le había costado conseguir.

Hapossai expulsó el humo que contenía en sus pulmones y una imperceptible sonrisa apareció en el rostro del anciano chambelán. Nadie había osado vencerle nunca y no dejaría que una mocosa lo hiciera por primera vez. Antes muerto.


La habitación era muy espaciosa, decorada con una elegancia y buen gusto que sólo quien conocía de arte podría apreciar. Por supuesto para él, que no era amante de la pintura y poco entendía de estética, se trataba solamente de una bonita habitación dentro del pabellón que ocupaba la dueña de la casa, pero aun así, se sentía a gusto en aquel lugar. Lo había visitado tantas veces que cada vez que volvía le parecía estar ingresando a su propia casa.

Avanzó hasta posarse al centro del lugar y observó detenidamente tratando de encontrar a la dueña de la habitación, sin embargo, ella siempre lo sorprendía apareciendo de sitios insospechados, y esta vez no fue la excepción.

-Demoraste en venir esta vez, Mousse.

El joven sonrió girándose hacia la puerta de entrada a la habitación; ella siempre lo sorprendía y nunca lograba descubrir en dónde estaba antes de que ella hablara.

-Me cuesta un poco más salir del castillo cuando no está Hibiki; ese Sentaro es muy desconfiado y creo que no le agrado para nada. Además, escaparme de noche de forma furtiva no me pareció una buena idea.

-Tienes razón, no debes levantar sospecha alguna –contestó la mujer acercándose para quedar frente al joven extranjero-. Aunque tú, mi querido amigo, sabes cómo moverte en las sombras, ¿no?

Mousse no contestó, se quedó observando a la extraña mujer que tenía en frente. Su belleza era exótica y envolvente; una de esas mujeres que puede conseguir lo que quiera si se lo propone, pensó. En esta ocasión vestía un bello kimono color magenta bordado con pequeñas flores en hilo de oro y el cabello tomado en un elaborado peinado que dejaba expuesto su blanco y estilizado cuello.

-¿Cómo va todo en el castillo? –preguntó la dama rompiendo el extraño silencio que se había producido entre ambos.

-No sé si mal sería la palabra adecuada para describir lo que ha estado sucediendo.

-Explícate.

-Todos creímos que el señor del castillo tarde o temprano terminaría rechazando a su joven esposa. Su trato hacia ella y su extraño comportamiento nos hacía pensar que así sería pero…

-Pero –insistió la mujer cambiando el gesto amable de su rostro por uno de total desagrado.

-No sé cómo ni cuándo pasó, Yuka tampoco pudo decírmelo –contestó temeroso de la reacción de la joven ya que intuía que no le gustaría lo que tenía que decirle-. El señor del castillo no se separa ni a sol ni a sombra de su esposa. La servidumbre dice que jamás se le había visto tan radiante y he escuchado decir a los consejeros que nunca imaginaron que un hombre como Saotome pudiera enamorarse locamente como, al parecer, lo está de su esposa.

-Enamorado –dijo la mujer con una clara expresión de disgusto.

-Sí, en el castillo no se habla de otra cosa. Dicen que seguramente se conocieron en una vida anterior y que, por supuesto, estaban destinados a encontrarse ya que por lo que dice la servidumbre, el vínculo que los une es muy fuerte. Ni siquiera Hapossai ha podido sembrar la discordia entre la pareja.

-Y tú, sabiendo todo esto desde hace tiempo… -hizo una pausa apretando ambos puños al lado de su estilizada figura-, tú, Mousse… ¡me lo dices ahora!

-Ya te expliqué que no pude venir antes y…

Las palabras que iba a decir el joven extranjero murieron en su boca y en su lugar, un potente sonido se dejó oír en la habitación, producto de la bofetada que la mujer sin previo aviso le propinó al joven que se encontraba frente a ella.

El joven permaneció de pie, observándola con el ceño fruncido pero sin emitir juicio alguno respecto a la reacción de la mujer. Era la primera vez que la veía enfurecida y la primera vez que él había recibido un golpe por parte de una mujer, pero no se iba a quejar, tampoco se defendería, sólo la dejaría descargar su ira y si él tenía que recibir toda esa descarga, entonces lo haría sin chistar.

-¿No pudiste avisarme? –dijo finalmente la joven mujer conteniendo la rabia-. ¿No se te ocurrió mandarme una nota? ¡No hiciste nada para prevenirme, Mousse!

-No creí que la nueva situación afectara tanto a tus planes, mi señora.

-¡No creíste! –exclamó agitando finalmente ambos brazos a los lados-, ¡no creíaste!

Las mangas de su fino kimono revolotearon y luego cayeron pesadamente. Caminó como una bestia salvaje encerrada en un espacio demasiado pequeño, enterrando sus uñas en las palmas de sus manos cerradas, gritó y luego, se detuvo repentinamente frente a la puerta que daba al jardín.

-No creíste que afectara –dijo de forma más calmada apoyando todo el peso de su cuerpo en la viga que le daba soporte a la puerta-, pues déjame decirte que la nueva situación altera todos mis planes. Deberé cambiar mi estrategia y esperar que nada más pueda estropear lo que me ha costado tanto conseguir.

-Pudiste… pudiste acabar con él ese día –se aventuró a decir el joven.

-¡No! ¡Quiero que sufra igual que lo hice yo! –exclamó la mujer-, y esa chiquilla sería uno de mis instrumentos para hacerlo sufrir, pero ahora…

La mujer interrumpió su discurso y el joven extranjero no quiso hablarle hasta que la notó un poco más calmada.

-Mi señora –dijo Mousse observando a la mujer con pesadumbre-, ¿qué te hizo Saotome para que le odies tanto?

La mujer soltó una risotada y negó con un movimiento de cabeza antes de darse media vuelta.

-Eso no te interesa, Mousse –contestó mirándolo de una forma que hubiera atemorizado al más cruel de los demonios-. Sólo te diré… que mi deseo es verlo arruinado y destruido, sólo así podré sentirme satisfecha. Ahora vete, debo pensar qué voy a hacer de aquí en adelante. Te llamaré cuando tenga algo que decirte y si sucede cualquier acontecimiento extraño, comunícamelo de inmediato.

-Sí, mi señora.

-Vete.

-¿Puedo…

-No, no puedes –le interrumpió conociendo de antemano la petición que el joven iba a hacerle-. Será tu castigo por el error que cometiste.

-Lo entiendo –dijo el joven haciendo una leve reverencia para retirarse.

-Mousse –la joven mujer se había vuelto a girar y observaba nuevamente el jardín de su propiedad-. Siento haberte golpeado.

Él no contestó, siguió avanzando hasta traspasar la puerta de salida de aquella habitación, dejando atrás a la mujer de exótica belleza planeando cómo rearmar su plan de venganza contra el hombre que consideraba, le había hecho el mayor daño que se le puede hacer a un ser humano.

Sí, la joven señora de la casa del lago se vengaría de Ranma Saotome, a como diera lugar.


Los tenues rayos de sol de la tarde le daban directo en el rostro mientras avanzaba con lentitud por uno de los caminos que llevaban a las cuadras del castillo. No se sentía atraída por ir a ese lugar, pero debía buscar al odioso animal antes de que su señora volviera de su paseo al castillo y como, sabía que el peludo e inquieto espécimen gustaba de escapar hacia ese sector, ella había decidido comenzar su búsqueda precisamente en aquel lugar.

Maldijo el día y la hora en que esa tal Yuka había dejado que su señora encontrara al felino y lo llevara consigo al castillo puesto que ahora, si el estúpido gato escapaba, ella y su compañera debían buscarlo por todo el castillo y hacerse cargo de él.

Los hombres que se encontraban en los alrededores la observaban detenidamente, eso era algo que ella había detectado con sólo poner un pie en las cuadras, y, aunque ella sabía que llamaba la atención, no le gustaba la sensación que le producía el sentirse observada y codiciada por todos aquellos individuos. Si tan sólo su señora no se hubiera encaprichado con aquel gato, ella no tendría que estar exhibiéndose ante tantos varones que la ponían incómoda.

De pronto y para total alivio de la joven, divisó al inquieto animal observando desde una cancela hacia donde se encontraban un par de aves salvajes, con toda la intención de arrojarse a atraparlas.

-No, no lo harás –dijo apurando el paso hasta llegar muy cerca de donde se encontraba el felino y justo en el momento en que ella atrapaba el cuerpo peludo del asustado animal, los gritos de hombres y el sonido de cascos de caballos llamaron su atención.

-Quédate quieto –regañó al felino tomándolo firmemente en uno de sus brazos, mientras que el otro se lo llevaba a la frente para tratar de divisar quiénes llegaban en ese momento galopando al castillo.

Por un momento pensó que se trataba del señor de Nerima y su esposa, pero luego y al ver que eran varios caballos los que se acercaban, descartó esa idea, sin embargo, su sonrisa se amplió en su rostro al percatarse de que quien encabezaba la columna de jinetes era el comandante Hibiki en persona.

Sonrió aún más ampliamente y sin medir sus actos, comenzó a avanzar en dirección a donde se habían detenido los primeros caballos. Lo vio descender del animal con la habilidad de un avezado jinete y luego, sus ojos se abrieron de forma exagerada cuando pudo observar cómo su querido comandante ayudaba a bajar del mismo caballo a una joven que le resultó bastante familiar.

Detuvo de inmediato su andar y se quedó observando la escena que se le presentaba; la chica sonreía sonrojada puesto que había quedado muy cerca del comandante y él apoyaba una de sus manos en su hombro para posteriormente, acariciar la punta de los cabellos de la jovencita.

Cerró los ojos y quiso escapar de aquel lugar, pero para su mala suerte, se encontraba muy cerca de donde permanecía de pie el comandante del clan Saotome, por lo tanto, él la vio y no tardó en llamarla separándose rápidamente de la jovencita que lo acompañaba.

-Ukyo.

La joven de largos y castaños cabellos detuvo sus pasos y volteó con delicadeza.

-Buenas tardes, señor Hibiki.

-Hola –contestó él sonrojándose por un momento al tiempo que se acercaba un poco más a la joven-. No sabía que estarías aquí cuando llegara.

-Oh, yo tampoco lo sabía –dijo la joven con frialdad-. Es una coincidencia que este animal haya escapado a este lugar y yo lo haya encontrado en el momento justo en que tú llegabas, señor.

-Ah, el gato de tu señora –dijo contrariado.

-Sí.

Un silencio incómodo se produjo entre ambos, silencio que parecía envolverlos sólo a ellos puesto que a su alrededor, los hombres descargaban sus monturas y los caballos eran ingresados a las cuadras para que descansaran entre gritos y ordenes de los soldados del clan.

-Bueno, debo regresar al castillo.

-¿Así sin más? ¿No piensas dedicarme unos minutos después de tantos días sin vernos? –preguntó él mirándola con extrañeza.

-Vienes acompañado –dijo la chica acomodando mejor al gato entre sus brazos-, no creo que sea prudente que dejes a una dama tan bella sola entre tantos hombres.

-Oh, ella es…

-Akari –le interrumpió-, doncella de confianza de la dama Nabiki, hermana de mi señora.

-Por supuesto, debes conocerla, ¡qué tonto soy! –dijo llevándose descuidadamente una mano a la nuca.

-Sí –dijo, y él no supo si se refería a que conocía a la chica o a que estaba de acuerdo en que él era un tonto.

-Entonces, ¿podrías encargarte de llevarla al castillo? Yo debo ver a Ranma de inmediato y no puedo ir con ella.

-El señor del castillo salió temprano a cabalgar junto a su esposa y no han vuelto todavía –respondió la joven-. En cuanto a lo de acompañarla –continuó indicando con el mentón hacia la chica que permanecía de pie a poca distancia-, no puedo, lo siento.

-¿Por qué?, estás aquí y ella necesita alguien que le enseñe el camino al interior del castillo.

-Enviaré a Sayuri para que le sirva de guía a la pobrecita Akari –dijo de forma irónica-. Yo no sirvo para niñera de mujercitas mimadas e insoportables.

-No te llevas bien con ella –afirmó el comandante sonriendo ante lo evidente.

-Nunca hemos sido grandes amigas, si a eso te refieres –contestó la joven-. Permiso, comandante Hibiki, debo llevar este animal al castillo.

Diciendo aquello se dio media vuelta y comenzó a avanzar con el animal entre sus brazos.

-Ukyo –la llamó Ryoga, ella volteó la cabeza-. Te extrañé.

La joven le dedicó una coqueta sonrisa y se alejó del lugar dejando al joven comandante totalmente confundido con su reacción y ansioso de poder hablar a solas con la chica que había robado su corazón.

La había extrañado demasiado, pero tenía deberes que cumplir, el primero de ellos era presentarse ante su señor e informarle de todo cuanto había sucedido durante su estadía en la frontera del dominio, y para eso, tomó la decisión de montar nuevamente a lomos de su caballo y buscar en el único lugar que creía podía encontrarse su amigo y su joven esposa.

Lo conocía bien y sabía dónde se dirigía su señor cuando quería tranquilidad, así que, pidiéndole a Akari que esperara un poco a que Sayuri llegara a buscarla, montó en su caballo y se alejó del lugar en busca de Ranma Saotome, señor de Nerima.


Notas finales:

1.- Hola, no pretendía tardar tanto en actualizar esta vez, pero hay cosas en nuestra vida que no podemos controlar y que a veces, nos toman por sorpresa. Algunos problemas de carácter personal me imposibilitaron sacar este capítulo antes y perderme por bastante tiempo de ffnet (ya sea escribiendo o leyendo). Les pido a quienes siguen esta historia me disculpen y a quienes saben lo que pasó, aprovecho de agradecerles infinitamente por sus palabras de apoyo.

2.- No pretendo extenderme esta vez, así que pasemos a las palabras que creo que pueden ser tres:

-Koto: También conocido como "arpa japonesa", es un instrumento de cuerda que fue introducido al Japón desde China. Se compone de una caja de resonancia rectangular en donde van adosadas las cuerdas. El koto era el típico instrumento de música de cámara o corte en Japón, que se utilizaba para amenizar las reuniones de nobles y altos dignatarios. Su sonido sutil y delicado es muy agradable de escuchar y acompañado de una buena voz, resulta envolvente. Al menos a mí me gusta mucho. Sé por literatura japonesa que he leído que existieron (o existen) varios tipos de koto; el de seis cuerdas, el de siete cuerdas, el de trece, el koto chino, en fin, cualquiera de ellos es agradable si el intérprete es bueno en lo que hace.

-Gineceo: El gineceo era el lugar en donde se ubicaban los aposentos de las mujeres que habitaban en el palacio imperial. No sé, uno tiene la idea de un palacio como los castillos occidentales, con torres y muchas habitaciones en oscuros corredores, en donde se podían cruzar damas y varones mientras transitaban libremente, pero lo cierto es que el palacio imperial era una verdadera ciudad amurallada, por eso se habla de pabellones y aposentos, lo que no quiere decir otra cosa que pequeñas casas dentro del palacio, conectadas unas con otras por pasillos, avenidas y jardines interiores. Siendo así, el gineceo era "la pequeña ciudad" en donde vivían exclusivamente las mujeres del emperador y su servidumbre.

-Kichó: El kichó es una especie de biombo pero con cortinas que cuelgan de su armazón. Este implemento era utilizado por las mujeres para conversar con los caballeros, evitando así que éstos pudieran verlas.

3.- Una vez más pido disculpas por no contestar a los reviews que gentilmente me dejaron durante el capítulo anterior y tampoco prometeré cosas que me siento incapaz en estos momentos de cumplir, así que, por esta vez, creo que no podré contestarles personalmente, lo siento en el alma, de verdad. Sin embargo, eso no quita que pueda expresarles mi enorme gratitud a todos quienes me dejaron unas palabras por la entrega anterior. Muchísimas gracias a: Destiny Mellark Everdeen, Lobo De Sombras, Faby Sama, RowCinzia, Maritza chan, Eirene15, LadyLuise04, Jennifer, kane saotome83, lolita, Ilkane, Arashi Ayukawa, Ishy-24, susyakane, Aralefics, pataicho, akanelove, jfer calvomeneses, mechitas123, Ifis, Rosemary Alejandra y Andy . mr . Sinceramente y de corazón pido que me disculpen y gracias porque a pesar de todo, ustedes siguen junto a mí y le dan vida a esta historia. Muchísimas gracias por ello.

Un abrazo y será hasta la próxima entrega.

Buena suerte!

Madame de La Fère – Du Vallon.