- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
El salvaje caballo bajo un cielo escarlata
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo XVIII
"Separación"
Recordar la escena que se desarrolló esta misma tarde en mi refugio fuera del castillo me resulta un tanto extraño ahora. No lo sé, me parece tan lejana y que se produjo hace tanto tiempo, sin embargo fue hace muy poco, pero las preocupaciones han propiciado que guarde aquel momento de paz y tranquilidad en mi memoria, para cuando realmente necesite evocar un bello recuerdo.
No sabría decir con exactitud cuánto tiempo estuve disfrutando de la silente compañía de mi esposa en mi lugar preferido del dominio que heredé de mis antepasados.
Lo cierto es que la idea de salir a cabalgar junto a ella surgió de pronto en mi cabeza puesto que necesitaba confirmar que lo que estaba viviendo era verídico, que la compañía de ella era real y que me hacía bien tenerla a mi lado a sol y a sombra.
El paisaje pronto cambiaría; las verdes colinas que desplegaban todo su esplendor frente a nosotros quedarían cubiertas por el blanco manto de la nieve invernal, los árboles ya no contarían con su follaje para regalarnos su sombra y sólo sus ramas desnudas harían frente al invierno que se aproximaba, el riachuelo que desembocaba en el lago a un costado nuestro ya no emitiría el relajante sonido de sus aguas porque éstas se congelarían ante las inclemencias del tiempo, y, por supuesto, el pequeño monte a nuestras espaldas sería muy difícil de bajar a caballo o incluso a pie por lo peligroso de hacer un descenso cuando la piedra está congelada y la tierra reblandecida por el agua.
El invierno se aproximaba rápidamente a la región y con él, nuevas responsabilidades recaerían en mis hombros, así que decidí disfrutar mientras podía hacerlo de los últimos días templados que nos regalaba el cada vez más lejano otoño, es por ello y a pesar de saber que en el castillo me esperaban, seguramente con impaciencia, no quise cambiar la compañía de mi esposa por reuniones aburridas junto a molestos consejeros.
¿Es necesario que explique por qué prefería permanecer recostado sobre la suave tela que cubre las piernas de mi esposa mientras ella acariciaba mis cabellos, a ir a encerrarme en una habitación junto a una docena de hombres ceñudos?
¿Acaso es comparable la paz y tranquilidad que transmite este paraje apartado de la civilización, a las quejas de un grupo de señores inconformistas?
Sólo un necio cambiaría las atenciones de una mujer como Akane por ir a encerrarse entre cuatro paredes a escuchar problemas y peticiones, y yo no estaba dispuesto a transformarme en aquel necio.
Una bandada de gorriones alzó el vuelo cerca de donde nos encontrábamos y Saikyo, el negro corcel que me acompaña desde no hace mucho, resopló alarmado, lo que provocó que volviera mi atención a la realidad y al paisaje que nos rodeaba.
Abrí mis ojos y lo primero que pude ver fue el rostro amable y sereno de mi esposa inclinado sobre mí. Sonrió dulcemente sin dejar de acariciar mis cabellos.
-Es un caballo joven –comentó observando al negro corcel que se encontraba en compañía de su blanco caballo-, pronto se acostumbrará. Kio era muy nervioso en un principio.
La observé por un momento sin emitir sonido, ella siguió observando a los caballos pastar y a mi mente volvieron las recriminaciones. Cómo fui capaz de evitarla por tanto tiempo, cómo fui capaz de pensar siquiera en castigarla, cómo quise algún día vengarme de ella. Gracias a los dioses no me dejé convencer por el viejo Happosai y no le hice daño alguno, porque de haberlo hecho, jamás hubiera conocido la plena felicidad.
-Creo que cuando padre me obsequió a Kio, nunca se imaginó que también me estaba regalando algo de libertad –complementó de forma un tanto melancólica.
-¿Cómo es tu padre?
De inmediato volvió su atención hacia mí y logré vislumbrar un matiz de tristeza en sus ojos.
-El señor Tendo –dijo en un susurro haciendo una pausa-, mi padre. –Soltó un suspiro para luego continuar-. Padre es un dignatario de importancia en la corte imperial, quizá por eso nunca ha sido muy cercano a mí. Es un hombre de aspecto adusto; comprensivo si se reconocen los errores ante él, pero implacable cuando se trata de impartir justicia.
-De lo que se deduce que siempre fuiste regañada por él –dije sin poder evitar una sonrisa-. No me mires de esa forma, sé por experiencia lo testaruda y obcecada que puedes llegar a ser, así que supongo que eras la preferida de tu padre para cumplir con los castigos.
-Padre siempre tuvo y tiene preferencia por Kasumi –comentó observando hacia un punto más allá de los árboles que nos rodeaban-, ella es… era la dama perfecta a sus ojos. Nabiki siempre se esforzó por agradarle, aunque lo suyo va más por el lado intelectual; quiso ocupar el lugar del heredero que padre nunca tuvo y de cierta forma, lo consiguió.
-¿Y tú? –pregunté al notar que no siguió hablando.
-Yo nunca he sido más que un estorbo en su vida –respondió con amargura-. La causa de que perdiera a su esposa; la niña que nunca quiso educarse para ser una dama de corte; la chica rebelde que no obedecía a sus preceptores; la niña que lo deshonraba al interesarse en cosas tan poco femeninas como la lucha y los caballos…
-La mujer que lo salvó al sacrificarse y elaborar un plan para librar su nombre de la deshonra que cometió su hija favorita –la interrumpí ganándome una mirada de sorpresa por parte de mi esposa-, y que nunca pensó que con ello haría del guerrero deshonrado, el hombre más feliz de las ocho islas.
Sus ojos brillaron con emoción y sonrió con agradecimiento.
-Tal vez tu padre se equivocó al repartir su cariño, pero yo no me equivoco al decir que se lo agradezco en el alma, porque de lo contrario, si hubieras sido educada como una damita frívola y vanidosa, ten por seguro que jamás me hubiera enamorado de ti.
La vi sonreír con un leve sonrojo asomando en su rostro y lentamente acarició mi mejilla, por lo cual me di el gusto de cerrar mis ojos y dejar que siguiera regalándome aquellas suaves caricias.
-Y tu vida, ¿cómo fue la relación con tu padre? –le escuché preguntar.
-Padre –dije casi en un susurro. Hacía mucho tiempo que no pensaba en él, por lo que me resultó algo extraña la pregunta-. Supongo que mi relación con él fue la que se esperaría de cualquier guerrero.
Hice una pausa para incorporarme al lado de ella y mi mirada se perdió en el paisaje que nos rodeaba.
-Genma Saotome era un hombre duro y lejano, vivía para conservar su poder y sus tierras y no le importaba si tenía que herir a alguien para conseguirlo –sin poder evitarlo, comencé a jugar con una piedra que recogí del suelo-. No recuerdo haberle escuchado nunca una palabra de afecto, sólo me felicitaba por los logros que conseguía ya sea en el aprendizaje del protocolo o del arte de la guerra, pero… No, nunca demostró una pizca de cariño. Para él yo era el niño que seguiría defendiendo su legado, un simple instrumento.
El silencio se hizo presente entre nosotros dejándonos reflexionar por unos momentos, hasta que ella volvió a preguntar.
-¿Y tu madre?
-Yo no tuve madre, Akane –contesté con pesar-. Nací de la relación que mantuvo padre con una campesina. Cuando la mujer me entregó a Genma Saotome, él decidió que ya no le servía de nada, así que ordenó que la ejecutaran –observé el estremecimiento en mi esposa y me obligué a seguir contándole mi historia-. Nodoka Saotome nunca me quiso; para ella no era más que un bastardo, el niño que ella no había podido ofrecerle a su esposo, así que me crié con la madre de Ryoga, ella fue una excelente sustituta y además, me dio la posibilidad de encontrar en su hijo a lo más parecido que pude llegar a conocer como un hermano.
-Y ella… la señora Saotome, nunca hizo el intento de acercarse a ti.
-Nodoka Saotome era una mujer demasiado elevada y orgullosa. Para ella, el no haber sido capaz de engendrar un hijo propio se convirtió en una deshonra. Nunca hubiera aceptado al hijo de una campesina y creo que de haber vivido lo suficiente, es probable que le hubiese encantado el apodo con el que me conocen en el clan Kuno –arrojé la piedra con todas mis fuerzas lejos y me recosté en la hierba-. Sí, el bastardo Saotome habría sido un apodo de todo el agrado de mi "madre" –finalicé escupiendo la última palabra con ironía.
Akane permaneció en silencio, observando al frente con detenimiento. Luego suspiró y se recostó a mi lado, no importándole ensuciar las sedas de su indumentaria.
-Al parecer, los dos tuvimos una triste infancia –comentó.
-Pero ahora somos felices ¿no? –contesté, aunque me arrepentí al momento puesto que estaba dando por hecho algo de lo que no podía estar seguro; al menos, no todavía-. Porque, eres feliz a mi lado, ¿no, Akane?
-Por supuesto que lo soy, bobo –dijo sin asomo de duda, e inmediatamente se llevó una mano a los labios-. Lo siento, yo no quise decir…
No la dejé terminar arrebatándole un beso de sus labios.
-Bobo, tonto, necio, loco –dije susurrándole muy cerca de su rostro al momento en que decidí separarme de ella-, no me importa que lo digas si lo dices con ese tono cariñoso que ocupas cuando hablas de mí.
Sonrió y dejó descansar su mano en mi mejilla e iba a decir algo pero el sonido de cascos de caballo acercándose nos alertó.
Me puse en pie rápidamente y ayudé a Akane a hacer lo mismo, luego me dirigí corriendo hacia donde había dejado mi sable y me preparé para un posible ataque, instando con la mano a mi esposa a permanecer a resguardo atrás de mí.
A mi mente vinieron diversas ideas de lo que podía suceder si alguien no deseado nos encontraba a mí y mi esposa en ese paraje, alejado del castillo y de la civilización. Sería una estupenda oportunidad para acabar conmigo y con Akane de una sola vez, pero mis ojos se abrieron con sorpresa y sonreí aliviado al reconocer al único jinete que se acercaba galopando la pequeña colina.
-¡Es Ryoga! –informé a mi esposa con un grito al tiempo que guardaba a Kibbô en su funda.
Akane se acercó a mi lado y cuando Ryoga desmontó, ambos caminamos lentamente al encuentro de mi amigo.
-¡Ryoga! –dije realmente contento de verle-. Qué alegría verte de nuevo.
-Mi señor –contestó posando una rodilla en tierra, para luego, levantarse y darme un apretado abrazo-. El gusto es mío, Ranma. Mi señora –dijo después dirigiéndose a mi esposa quien permanecía a mi lado.
-Señor Hibiki –contestó ella con una inclinación de cabeza.
-Esperaba encontrarte aquí Ranma y veo que no me equivoqué.
-Sigues conociéndome tan bien como cuando éramos niños. ¿Cuándo llegaste?
-Acabo de dejar a mis hombres desmontando en el castillo.
-Entonces, ¿viniste directamente hasta acá? –pregunté algo desconcertado.
Para que Ryoga quisiera buscarme apenas llegado de la frontera debía querer comunicarme algo importante.
-Quise buscarte antes para poder hablar libremente, sin la presencia de Happosai o de los consejeros.
-¿Qué sucedió Ryoga? ¿Qué tan grave es la situación? –conocía a mi amigo y sabía que él no se atrevería a molestarme si no fuese por algún importante asunto.
Kuno y su obstinada lucha por quitarme el dominio de Nerima vino inmediatamente a mi mente. Tal vez el insoportable individuo estaba preparando un nuevo ataque.
-La verdad –titubeó-, no sé si sea de gravedad pero… quería saber si ya tomaste conocimiento de lo que dice la hermana de mi señora en esa carta que te hice llegar.
-Ah, esa carta –dije observando a mi esposa quien me devolvió una mirada llena de angustia-. Mi esposa y yo decidimos no leerla hasta obtener mayor información al respecto –contesté-, pensábamos que tú nos podías dar aquella información cuando regresaras.
-No la leyeron –dijo mi amigo con pesadumbre.
-Ryoga, seré muy sincero contigo porque te quiero como querría a un hermano, lo sabes –asintió solemnemente-. Últimamente me comporté como un verdadero idiota, también lo sabes –dije mirando de forma significativa a mi esposa-. Luego de tu partida pasaron muchas cosas, cosas buenas por si quieres saberlo y cuando llegó esa carta, no quise abrirla porque no quería que nada ni nadie perturbara el poco tiempo de felicidad que habíamos compartido con tu señora aquí presente, sin embargo, ahora podremos leer lo que la dama Nabiki escribe y saldremos de dudas.
-Su doncella vino conmigo y aunque dice que no sabe mucho de lo que está pasando, se nota bastante preocupada.
-¿Su doncella? –preguntó mi esposa realmente interesada.
-Sí, Akari –respondió Ryoga mirando a mi esposa al rostro por primera vez durante aquel encuentro-. Ella viajó con nosotros hasta el castillo. No podía dejar que volviera sola al castillo de los Kuno.
-Hiciste bien, señor Hibiki –dijo mi esposa-, aunque no sé cómo haré para tomar bajo mi protección a esta chica sin hacer enfadar a Ukyo. No se llevan nada bien.
-Bueno, creo que lo mejor será regresar al castillo, entrevistar a la muchacha y leer de una vez por todas, la carta escrita por la dama Nabiki.
-Sí –contestó Ryoga dirigiéndose a su caballo.
Akane y yo nos acercamos hasta donde se encontraban nuestras monturas pastando y sin mayor preámbulo, ambos montamos.
El trayecto lo hicimos sin prisa, aunque algo dentro de mí me decía que la famosa carta escrita por la hermana de mi esposa iba a marcar nuestro futuro y no me equivoqué.
Al llegar al castillo lo primero que hicimos fue dejar a nuestros caballos en las cuadras, avanzamos al interior sin prestar atención a nadie y nos dirigimos por los pasillos y jardines interiores hacia un pequeño salón que utilizaba para las audiencias de carácter menos solemne, pero el escoger esa habitación se debió más bien a la seguridad que me daba el saber que allí nos encontraríamos libres de curiosos que pudieran escuchar nuestra conversación.
Akane se sentó a mi lado y pidió a un lacayo que había concurrido a ofrecernos su ayuda, que llamara a sus dos jóvenes doncellas. Ryoga permaneció de pie junto a la puerta, asegurándose que nadie nos interrumpiera.
La primera en llegar fue la chica llamada Sayuri, a quien Akane solicitó que buscara a la recién llegada, Akari, y la hiciera concurrir a su presencia. Cuando Sayuri salía a cumplir con su misión, la siempre altiva Ukyo nos saludó desde la puerta y Akane le solicitó que fuera a su habitación y trajera la carta que había recibido de su hermana, la cual permanecía en uno de sus arcones.
Ukyo se apresuró en cumplir su cometido y las tres chicas llegaron casi al mismo tiempo al salón en donde yo y mi esposa esperábamos en completo silencio.
Akane despidió a sus doncellas e hizo que Akari se sentara frente a nosotros. Yo le pedí a Ryoga que nos acompañara y así, los cuatro tratamos de mantener una conversación indagando en los motivos que había tenido la hermana de mi esposa para enviar a su doncella sola en busca del castillo de Nerima.
La chica no nos fue de mucha ayuda puesto que juró desconocer los motivos que había tenido su señora para encomendarle tamaña misión, así que luego de un rato y casi como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, Akane decidió dejarla ir a descansar, prometiéndole que no dejaría que nada malo le sucediera y que desde ya se podría incorporar a su servicio personal.
La chica agradeció a su nueva señora con lágrimas en los ojos y se alejó haciendo una reverencia tras otra con intención de alcanzar la puerta. Cuando lo hubo hecho y cerró tras de sí, quienes quedamos en la habitación nos miramos confundidos.
Fue Ryoga quien rompió el silencio que se había producido en aquel salón tras la salida de la joven doncella, preguntando si queríamos que él también saliera del lugar para que pudiéramos leer la misiva con tranquilidad.
Akane negó con un movimiento de cabeza y yo pude apreciar todo el temor que reflejaba esa mirada color avellana cuando encontró mis ojos. Posé una mano en su hombro y con la otra busqué a tientas la carta que permanecía en la pequeña mesa junto a nosotros.
-Es tu turno, Akane –dije pasándole la carta de su hermana-. Léela e infórmanos qué demonios pretende tu hermana.
Ella asintió y suspiró mirando la carta en sus manos sin atreverse a abrirla.
-No temas, sabes que no dejaré que nada malo te suceda.
-Es eso justamente lo que temo, Ranma –confesó-. Algo me dice que no nos gustará lo que dicen estas líneas y temo lo que tengamos que hacer para que nada malo suceda.
No contesté, me quedé observando cómo rompía el sello de la carta y extendía el pergamino en sus manos para comenzar a leer. Su rostro comenzó a mostrar un cambio notorio; palideció casi de inmediato, sus ojos se ensancharon y comenzaron a brillar con lágrimas contenidas, sus labios se tensaron tanto que sólo se dejaron ver como una tenue línea, su mentón comenzó a temblar al mismo tiempo que sus manos lo hacían y de pronto, bajó la carta hasta dejarla caer al suelo y buscó mi mirada. El terror que reflejaban sus ojos fue demasiado impactante para mí.
-¿Qué pasa, Akane? ¿Qué dice tu hermana?
Negó con la cabeza y se abrazó a sí misma en un fallido intento por controlarse. Las lágrimas escaparon a raudales de sus ojos mientras sollozaba con angustia. No pude hacer otra cosa que cobijarla en un abrazo. Ella se acurrucó en mi pecho y lloró aferrada a mis ropas. Intercambié una mirada de preocupación con Ryoga y éste se acercó sigilosamente a recoger la misiva olvidada. Me la entregó y esforzándome un poco, logré finalmente leerla.
"Mi querida hermana"- comenzaba-"He realizado un largo y difícil viaje por los mismos parajes por donde tú y nuestra amada Kasumi seguramente han viajado antes que yo. Me encuentro muy cerca de donde supongo tú te localizas ahora, pero mi destino no es reunirme contigo, aunque sí lo es mi deseo. No, mi destino es llegar hasta territorio Seisyun. Debo ver al señor Kuno y tratar de ganar tiempo para que mi leal doncella pueda entregar esta carta y prevenirte de una impensada y aterradora situación. Akane, nuestro padre, sin percatarse de lo que hacía, prometió tu mano al señor de Seisyun. Si no te alejas del señor de Nerima aunque ya te hayas convertido en su esposa, ten por seguro que nada bueno resultará, no sólo pondrás en riesgo a nuestra familia, sino también desatarás una tragedia. Sé que el señor Kuno no tendrá contemplación con nadie si se llega a enterar que la dama que le fue designada para ser su esposa le fue arrebatada por su peor enemigo; es muy probable que se desate una lucha encarnizada, lucha que debemos evitar. Sé que podemos arreglar este mal entendido si trabajamos juntas y es por este motivo que he viajado hasta estos parajes. Por favor, Akane, hazme saber de alguna forma que todo estará bien, que no es demasiado tarde para evitar una tragedia y que puedo contar contigo.
Confío en que harás lo mejor para todos y también confío en tu buen juicio de no mostrarle esta carta al señor de Nerima.
Nuestro destino depende de ti, hermana querida.
Te quiere, Nabiki Tendo"
Tuve que leer la carta; tuve que leerla tres veces para convencerme que lo que mis ojos registraban era verídico; tuve que leerla sosteniendo a mi esposa deshecha en lágrimas en mis brazos y aun así, no podía creer lo que aquellas líneas tan pulcramente escritas trataban de informar.
No era cierto.
¡No podía ser cierto!
Mi esposa no había sido prometida a mi peor enemigo; debía tratarse de una broma, una jugarreta de la hermana de Akane. Seguramente ella venía en camino y quería anunciarse de una manera poco convencional.
Vi a Ryoga removerse a nuestro lado y ese movimiento me sacó de mis pensamientos. Sin decir ninguna palabra, le entregué la carta a mi comandante y acerqué más el delicado y tembloroso cuerpo de mi esposa para tratar de calmarla.
Cuando Ryoga hubo terminado de leer, me observó directamente con una mezcla de sorpresa y lástima que me estremeció.
-Nada cambiará –dije con una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
Akane por fin pareció reaccionar ante mis palabras y se alejó de mí sólo la distancia que le permitió mirarme a los ojos. Fui testigo del terror reflejado en su rostro, de la angustia que ella estaba sintiendo en aquel momento y me obligué a convencerla, y convencerme a mí mismo, que mi afirmación era correcta.
-Nada cambiará –volví a decir con mayor convicción al momento que apartaba unos cuantos cabellos de su rostro empapado por las lágrimas derramadas-. Lo que dice la dama Nabiki puede ser cierto. El señor Tendo cometió la estupidez de prometer tu mano a Kuno, pero te lo dije una vez, Akane, ya nada ni nadie podrá arrebatarte de mi lado, antes tendrían que matarme.
-Pero…
-Ryoga, ¿me ayudarás? –dije obviando las palabras de mi esposa.
-Por supuesto, Ranma.
-Entonces, esta carta no tendrá ninguna implicancia. Es más, quiero que nunca más se haga mención a ella en el castillo; nunca llegó, ¿entendido?
-Por supuesto, mi señor –contestó Ryoga-. Respecto a la chica…
-Se quedará con nosotros. Mi esposa fue clara con ella y la tomará bajo su protección.
-Mi hermana querrá saber qué pasó con ella y si en estos momentos se encuentra en Seisyun… -observé la preocupación de mi esposa y asentí pidiéndole con aquel gesto que continuara hablando-. Si ella está con Kuno… probablemente se encontrará en problemas, sobre todo si él llega a enterarse que la dama que debe desposar se convirtió en la esposa de su peor enemigo… Ranma, yo no puedo permitir….
-Sacaremos a tu hermana de territorio enemigo, Akane –le interrumpí-, y después veremos cuál será la mejor estrategia para acabar con las ambiciones de Kuno.
-Ranma, yo no quiero que se desarrolle una guerra por mi culpa.
-Y yo no quiero que el idiota obtenga lo que quiere –respondí con más dureza de la que pretendía-. De momento él no podrá hacer nada y nosotros tenemos todo el invierno para prepararnos. Mis hombres estarán más que dispuestos a luchar por sus tierras, por su señor y por defender a su señora. Será la última batalla y esta vez venceremos al clan Kuno para siempre –dije buscando el apoyo de Ryoga.
-Por supuesto, mi señor. Lucharemos por nuestra tierra, por nuestro clan y por el honor de nuestra señora. Lucharemos una vez más a tu lado y derrotaremos para siempre a ese idiota.
-No –murmuró Akane tratando de alejarse de mi lado.
-Es todo por ahora –sentencié levantándome y extendiéndole una mano a mi esposa para que hiciera lo mismo-. Desde mañana comenzaremos a prepararnos, Ryoga.
-Sí, mi señor.
-Ahora ve a descansar como lo haremos nosotros.
Ryoga hizo una profunda reverencia y avanzó hacia la puerta, pero antes de que pudiera abandonar la habitación, yo lo había llamado nuevamente.
-De momento no quiero que Happosai se entere de nada, Ryoga –le dije a mi comandante quien asintió en silencio-. Ni una palabra al viejo.
-Oigo y obedezco, mi señor.
La puerta corredera se cerró cuando mi amigo de la infancia salió por ella y yo me quedé allí de pie, junto a mi esposa quien se veía tan vulnerable como nunca la había visto.
-Escúchame bien, Akane –dije tomándola de los hombros-. Tú eres mi esposa y eso nadie podrá cambiarlo. Si tengo que luchar contra todos los señores que me rodean para que reconozcan que nuestra unión es legítima, lo haré. No me importa morir en el intento, pero jamás podría seguir con vida si alguien llega a alejarte de mi lado. Así que ya no quiero ver preocupación en esos ojos ¿sí?
-¿Cómo quieres que no me sienta preocupada si me hablas de batallas, de luchas y muertes?
-Akane…
-No quiero separarme de ti porque te amo y lo sabes –dijo mirándome a los ojos-, pero tampoco quiero perderte, Ranma, o que se produzca un derramamiento de sangre innecesario.
-La guerra es inminente, Akane. Por uno u otro motivo, yo y Kuno nos tendremos que enfrentar siempre hasta que uno de los dos venza, está en nuestro destino, pero te prometo que no me perderás.
-¿Cómo puedes prometer algo que no puedes saber?
-Porque no me dejaré matar por un idiota como él, porque ahora tengo un motivo mucho más poderoso que un pedazo de tierra para querer vivir hasta muy anciano y porque no puedo morir sin cumplir el que se ha vuelto mi mayor anhelo.
-¿Cuál? –dijo mi esposa aún con temor reflejado en su rostro.
-Tener un hijo, Akane –contesté acariciando su rostro-. Quiero un hijo al que pueda demostrar el amor que padre nunca demostró por mí y quiero que tú seas quien cumpla con mi anhelo.
Se arrojó a mis brazos y casi caigo con ella si no hubiera estabilizado mi cuerpo a tiempo. La besé y luego de aquel beso supe que ella había comprendido que haría lo que estuviera en mis manos para seguir juntos construyendo nuestra historia.
Y ya no hubo más palabras, no hubo más cavilaciones ni malos presagios, sólo me encargué de llevarla a nuestros aposentos y velar su sueño.
Todavía me encuentro a su lado, cuidando que su sueño sea tranquilo y tratando de transmitirle seguridad… una seguridad que ni yo mismo siento del todo.
Los acontecimientos sucedieron de una forma tan precipitada que ahora, sentada en la habitación más próxima a la entrada del castillo aún me cuesta creer cuán rápidos y drásticos pueden resultar los cambios que en sólo unos días puede experimentar la vida de un ser humano.
Todo comenzó con la apertura y posterior lectura de aquella carta escrita por mi hermana, la cual ya he comenzado a llamar "la misiva maldita" en mi mente. Luego de enterarnos de su fatal contenido, Ranma se propuso tranquilizarme y comenzó a realizar esfuerzos que no tenía presupuestados para elaborar la mejor estrategia para enfrentar las vicisitudes que seguramente deberemos enfrentar cuando finalmente el señor Kuno se entere que su prometida se encuentra casada con su peor enemigo.
Juro que he tratado de mostrarme comprensiva y hasta agradecida de los planes que mi esposo elabora junto a sus hombres de confianza, pero no logro alejar de mi pensamiento el hecho de que toda esta locura acarreará sufrimiento a un pueblo que no debería pagar ese precio por un capricho de unos pocos.
Es verdaderamente una idea muy romántica que se desarrolle una guerra por una mujer, pero no para mí. Me da la sensación de ser un objeto y aunque sé que mi esposo luchará de todas formas por conservarme a su lado y eso me halaga, no puedo quitarme de la cabeza que él lo hará valiéndose de vidas ajenas.
Una vez más, padres, hermanos, hijos, amigos… todos lucharán por su señor hasta vencer o morir, pero para mí no es un honor que ellos dejen a sus familias por defender un amor que ni siquiera les corresponde defender; que pierdan su vida defendiendo a una mujer que tal vez nunca conocerán sólo porque su señor así lo desea.
Mis doncellas dicen que no debo ser boba, que cualquier mujer debería sentirse alagada con una muestra tan grande de amor; mi aya está de acuerdo conmigo, pero dice que es inevitable que un hombre como Ranma Saotome se comporte de esta manera. Ella no se preocupa mayormente por los acontecimientos que se puedan producir en una eventual batalla, no, su preocupación va dirigida directamente hacia Happosai, el chambelán del castillo y maestro de mi esposo.
Cierto es que a mí tampoco me inspira confianza, nunca lo hizo y adquirí un recelo aún mayor luego de su comportamiento cuando mi esposo se ausentó para resolver los conflictos surgidos en el sur del dominio, pero jamás se me hubiera ocurrido sospechar de él cuando al día siguiente de enterarnos del contenido de la carta enviada por mi hermana, intentaran acabar con mi vida.
Aún hoy, después de que han pasado los días, me estremezco de sólo recordar los acontecimientos.
Esa mañana amaneció fría y gris. Mi esposo no abandonó el lecho que compartíamos temprano como acostumbraba hacer, se quedó a mi lado y tuve que despedir a mis doncellas cuando llegaron a asistirme para levantarme.
A mediodía, cuando ya todo había vuelto a una aparente tranquilidad y me encontraba dando el paseo que acostumbraba a dar por los jardines y el bosquecillo cercano, un joven de extraña apariencia me alcanzó y se prosternó ante mí.
-Señora Saotome –dijo de forma atropellada extendiendo sus manos por sobre su cabeza-. Mi señora, me ha costado mucho encontrar el momento propicio para hacerte entrega de mi encargo.
-¿Qué encargo? –pregunté alejándome un poco.
Se veía un joven campesino, pero últimamente habían sucedido cosas tan extrañas que no me fiaba de cualquier persona.
-Esto, mi señora –expresó abriendo sus manos.
Pude ver que sostenía un pequeño recipiente envuelto en un fino y delicado pañuelo de seda roja.
-¿Qué es eso y quién te hizo el encargo de entregármelo? –pregunté con desconfianza.
-He atravesado la frontera y he arriesgado mi vida para entregarte esto, mi señora. Soy un simple aldeano que vive en territorio Kuno y recibí la misión de entregarte este recipiente a como diera lugar. La dama dijo que tú sabrías de qué se trataba puesto que era alguien muy querida por ti, quien en estos momentos se encontraba alojada en el castillo del señor de Seisyun.
Nabiki se me vino de inmediato a la cabeza. Tal vez ese recipiente contenía un nuevo mensaje cifrado o algún tipo de advertencia y se había valido de un mensajero que no despertaría demasiadas sospechas para hacerlo llegar a mis manos.
-¿No sabes el nombre de la dama que te encargó este cometido?
-No, mi señora –negó con la cabeza todavía mirando el suelo-. Era hermosa y joven, pero no pronunció su nombre. Sólo dijo que la señora de Nerima sabría de quién provenía y qué debía hacer con él.
Busqué mi bolsa y saqué un par de monedas que tintinearon en mi mano; el joven se había arriesgado mucho para cumplir con el encargo que ahora estaba segura, le había encomendado mi hermana, así que me pareció una buena idea recompensarlo.
-Incorpórate –dije observando su aspecto desastrado-. Debes regresar a tu territorio ahora, antes que los hombres de mi señor esposo te encuentren y comiencen a hacer preguntas que podrían poner en riesgo tu vida. Dame eso y si vuelves a ver a la dama que te hizo el encargo, dile que la señora Saotome recibió el encargo y que descubrirá qué hacer con él.
El joven asintió sin mirarme y me entregó el recipiente envuelto todavía en el pañuelo de seda.
-Ten –continué extendiendo la mano con las monedas que había extraído de mi bolsa-, esto es por el riesgo que has enfrentado al venir y atravesar las defensas del castillo sólo para verme. Ahora vete.
El joven extendió su mano y recibió las monedas, luego se fue corriendo por el mismo camino por el cual yo lo había visto llegar. Sólo en ese momento y con el extraño recipiente en mi mano fui capaz de pensar en los riesgos que yo misma corría. Estaba sola, en un lugar alejado del castillo y un joven del clan enemigo había ingresado al territorio supuestamente insondable del castillo de Nerima.
-Si hubiese querido, pudo haberme matado y nadie se lo hubiera impedido –razoné.
Observé el recipiente en mis manos y traté de discernir qué sería lo mejor que podía hacer con él. Abrirlo en el momento e inspeccionar su contenido disiparía todas mis dudas, pero llevarlo al castillo y abrirlo junto a mi esposo me daría más confianza si lo que encontraba dentro resultaba ser alguna desagradable sorpresa.
Suspiré y decidí volver al castillo con el recipiente envuelto para luego abrirlo junto a mi esposo o junto al comandante Hibiki, en quien había comenzado a confiar y a respetar.
No había recorrido la mitad del camino que acostumbraba a recorrer cuando escuché pasos que se acercaban a gran velocidad hacia mí.
Me asusté, pero mis temores se esfumaron cuando pude ver que se trataba de cuatro personas, tres hombres y una mujer que corrían de forma desesperada hacia mí.
El extranjero, Muzu, encabezaba la pequeña tropa, a su lado corría el comandante Hibiki y un poco más atrás, el señor Daimonji, segundo hombre al mando. Un poco rezagada y tratando de alcanzar a los hombres divisé a Ukyo, mi doncella.
Me detuve y esperé a que llegaran a mi altura. Cuando lo hicieron, Muzu me arrebató de inmediato el recipiente que sostenía en mis manos. Fue casi como si un felino me hubiese dado un zarpazo puesto que el movimiento de su brazo fue tan rápido que apenas noté que había dejado de sostener el recipiente.
-¿Qué sucede? –cuestioné con algo de temor.
-¿Abriste el recipiente, mi señora? –dijo Ukyo apenas recuperando el aliento-, ¿lo abriste?
Observé confundida la escena que se desarrollaba ante mí. Allí estaba Ukyo cuestionándome mientras se acercaba y tomaba mis manos para examinarlas. Muzu había dejado el recipiente todavía envuelto en el suelo y acuclillado, con una especie de daga corta y delgada, trataba de inspeccionarlo sin llegar a tocarlo. Los otros dos hombres prestaban atención a lo que hacía el extranjero inclinados sobre sus propios cuerpos.
-Ukyo, ¿qué sucede?, ¿qué tienes?
-¿Lo abriste o no, Akane? –dijo mi doncella olvidando todo el protocolo y mirándome directamente a los ojos.
-No –contesté confundida-. Iba hacia el castillo con intenciones de hacerlo pero…
-Tan sólo por su aroma puedo decir que el contenido es muy potente –escuché decir a Muzu y al volver la vista hacia el suelo, él ya había abierto el recipiente-. Quien haya preparado esta cosa sabía que quien llegara a tocarlo resultaría mortalmente intoxicado.
-¿Mortalmente intoxicado? –pregunté totalmente ajena a las miradas de preocupación de los demás.
-Quien haya enviado esta cosa al castillo quería verte muerta, mi señora –respondió el extranjero-. Tuvimos suerte que me contactaran y nos avisaran a tiempo.
-¿Estás seguro, extranjero? –preguntó el señor Hibiki mirando horrorizado el pequeño recipiente que descansaba en el suelo.
-Espera y lo verás con tus propios ojos, comandante –contestó el aludido alejándose unos cuantos pasos hacia el bosquecillo.
-¿Quién te entregó el recipiente, mi señora? –intervino por primera vez el señor Daimonji.
-No lo sé, era un joven aldeano, dijo que alguien le había encargado buscarme y entregármelo.
-¿Quién?
-Ni siquiera él lo sabía, sólo dijo que era una mujer joven –me interrumpí y escruté con la mirada a las tres personas que se encontraban junto a mí-. No entiendo qué sucede, alguien me lo puede explicar, por todos los dioses.
Justo cuando el señor Hibiki iba a comenzar a hablar, Muzu llegó a nuestro lado, se acuclilló sosteniendo algo en su mano y luego habló mirando directamente al señor Hibiki.
-Presta atención, comandante –dijo poniendo su mano cerrada en un puño justo encima del recipiente-, ahora comprenderás lo que es capaz de hacer esta cosa que permanece dentro del recipiente.
Soltó dos dedos de su mano empuñada y de ella apareció una cola diminuta de lo que comprendí luego, era un pequeño animal.
Sólo podíamos ver las pequeñas patas traseras del animalillo y la cola que se movía de un lado a otro, hasta que el extranjero hizo que la cola del pobre animal hiciera contacto con el contenido del recipiente, luego lo soltó como si le quemase la mano en la que lo sostenía.
La pequeña rata de campo avanzó asustada unos cuantos pasos, luego comenzó a convulsionar y al instante, ya no se movía.
-Un veneno mucho más potente que el que podría preparar cualquier experimentado maestro ninja –dijo Muzu observando con suficiencia al señor Hibiki mientras se ponía en pie.
-Querían asesinar a la señora Saotome, pero, ¿quién?
-No es la primera vez –intervino el señor Daimonji-, recuerda a los ninjas que ingresaron antes de que mi señor se desposara.
-¿Crees que fue otro intento del clan Kuno?
La conversación entre los hombres llegaba amortiguada a mis oídos. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Si ellos no hubiesen llegado a tiempo, quizá yo hubiera encontrado el destino que encontró el pobre animalillo que permanecía inerte en el suelo.
Me estremecí de sólo pensarlo y llevé mi mano a mi pecho en un intento desesperado por calmar los latidos de mi corazón.
-Mi señora –escuché la voz de Ukyo.
La observé sin verla realmente, sentía la cabeza pesada y la sangre zumbaba en mis oídos. Posé mi mano en su brazo para apoyarme puesto que creía que en cualquier momento mis piernas no resistirían y caería al suelo.
-El joven –dije en un susurro que apenas se escuchó-. El joven… él dijo que era un aldeano… que vivía en territorio Kuno…
-La advertencia también llegó de ellos –terció Muzu, ganándose una mirada sorprendida por parte de todos los que allí nos encontrábamos.
El extranjero asintió y pasó a relatar todo cuanto sabía. Comenzó diciendo que lo había interceptado un desconocido en el pueblo, quien luego de mostrarle una bolsa y un abanico con el blasón de los Kuno que él reconoció de inmediato como los que le había arrebatado al hombre que habíamos encontrado en el templo hacía un tiempo atrás, se había identificado como enviado del señor Gosunseiki. Esto puso en alerta al extranjero, pero antes que pudiera tomar alguna resolución, el desconocido comenzó a explicar que venía con una misión encomendada por quien había sido salvado por la señora de Nerima. El señor Gosunseiki, a quien efectivamente perecían las prendas, había encomendado dar aviso sólo al extranjero que prestaba servicio en el clan Saotome, que la señora de Nerima se encontraba en peligro de muerte, que le harían entrega de un poderoso veneno con el fin de acabar con su vida y que él, al enterarse de la situación, había decido arriesgarlo todo aun cuando esto significaba traicionar a su señor y al clan completo en pos de salvar la vida de aquella que se había mostrado tan compasiva con él hacía tiempo atrás.
Luego de algunas conjeturas más que yo escuchaba sin poder creer todavía los sucesos que se habían desencadenado, el comandante Hibiki decidió que regresáramos al castillo para poner a Ranma sobre aviso.
Posteriormente, ellos sostuvieron una reunión con mi esposo y yo me retiré a mi pabellón, todavía asustada y consternada por lo que había sucedido.
En resumidas cuentas y tras las conjeturas a las que llegaron los hombres, el clan Kuno había intentado arrebatarme la vida una vez más valiéndose de una mujer para hacer el encargo. Mi acción de abogar por la vida a un desconocido en las afueras de un templo tiempo atrás había sido mi salvación, puesto que el hombre a quien había salvado con mi accionar se había transformado en un traidor por dar un aviso oportuno para que no llegara a buen término el plan urdido por Kuno.
Ranma se enfureció al enterarse de todo lo que había sucedido. Reprendió al señor Hibiki, al señor Daimonji y a toda la guardia del castillo por confiarse de tal modo que un espía del clan Kuno hubiera podido traspasar las defensas que todos creíamos seguras e insondables.
Hicieron que describiera al joven que me había entregado el recipiente y les dije lo poco que recordaba de él. Lo buscarían, pero yo sabía que el joven ya se encontraba lejos, fuera del alcance de los hombres de mi esposo, mi instinto me decía que así era.
Luego se me prohibió terminantemente que volviera a salir sola del castillo. Podía salir a dar un paseo, Ranma no lo impediría, pero siempre que fuera acompañada de alguna de mis doncellas y de un par de guardias.
Acepté y no dije nada, después de todo, me había puesto en peligro al confiarme demasiado en las defensas del castillo.
Desde ese momento, todo el castillo pareció envolverse en un extraño ambiente de desconfianza y temor, pero yo no podía dejar de pensar en aquella mujer que le había encargado la misión al joven aldeano. ¿Quién era?, ¿por qué quería acabar con mi vida?
Y de pronto, una idea macabra comenzó a tomar fuerza en mi mente… si mi hermana estaba involucrada en los hechos… pero, ¿para qué?, ¿con qué motivo?
Así pasaron los días. Ranma se comportaba de una forma totalmente posesiva y sobreprotectora y tuve que acostumbrarme a ese cambio en su actitud.
También tuve que acostumbrarme a estar siempre vigilada, tal como había sido durante mis primeros días en el castillo de Nerima, hasta que hace dos días atrás, recibimos un nuevo y doloroso golpe.
Todavía me cuesta creer que de un momento a otro la forma de vida a la que estás acostumbrada puede llegar a cambiar drásticamente, para bien o para mal.
Era tarde y no esperábamos a nadie, pero de pronto, un lacayo interrumpió la cena que compartíamos mi esposo y yo. Un visitante acaba de llegar a las afueras del castillo y pedía entrevistarse de forma urgente y sin dilación con el señor de Nerima.
Ranma se levantó de inmediato e hizo que el lacayo se retirara para hacer los preparativos correspondientes. Dijo que recibiría a quien fuera ese visitante en el salón de audiencias y que le esperara en nuestra habitación.
Su decisión me molestó puesto que yo era su esposa y como tal, me correspondía también servir de anfitriona, pero debido a los últimos acontecimientos era esperable la reacción de mi esposo, quería protegerme.
Esa noche esperé su llegada hasta la madrugada, pero él no concurrió. Envió un mensaje con una criada en donde me comunicaba que la reunión tardaría más de lo presupuestado y que tal vez le sería imposible concurrir a nuestra habitación, que no le esperara despierta.
Me preocupé y la curiosidad comenzó a asaltarme, pero tendría que esperar hasta la mañana siguiente para saber por qué el visitante que había llegado sin avisar había retenido a mi esposo durante gran parte de la noche.
La mañana siguiente muy temprano lo supe de boca del propio Ranma y de nuestro visitante.
Kobayakawa Toramasa, antiguo cortesano imperial; amigo y mentor de padre había recorrido grandes distancias desde la capital imperial hasta Edo con una única misión, entregar una carta.
Yo respetaba y quería mucho al señor Kobayakawa, después de todo me había pasado gran parte de mi infancia en su compañía y lo veía casi como un abuelo. En otras circunstancias quizás hubiera olvidado todo el protocolo y hubiera saltado a sus brazos como antaño solía hacer, pero algo en el semblante del anciano dignatario me hizo sospechar que no era emisario de buenas noticias.
-El señor Kobayakawa nos trae noticias de la capital imperial, Akane.
La voz de mi esposo se escuchaba cansada, y, algo en su postura me hizo reconocer la impotencia y preocupación que Ranma estaba sintiendo en ese momento al transmitirme aquella información.
Sentada frente al lado de mi esposo y frente al señor Kobayakawa, mi primer pensamiento fue para padre, quizás algo había sucedido con él en Kioto. Tal vez estaba enfermo, tal vez tenía algún problema.
-Akane –escuché por primera vez la voz del anciano-, mi querida niña.
-Es un placer volver a verlo, señor Kobayakawa –contesté sin saber por qué lo hacía puesto que lo único que deseaba en aquel momento era saber qué había hecho que el anciano dignatario abandonara la seguridad de la capital para trasladarse a Nerima.
-Para mí también es un placer verte –contestó-, aunque hubiera preferido hacerlo en otras circunstancias.
No contesté y busqué respuesta en la mirada de mi esposo quien permanecía sentado a mi lado.
-El señor Kobayakawa me trae un mensaje urgente.
-¿Malas noticias, mi señor? –pregunté volviendo a utilizar los formalismos.
Estábamos frente a un dignatario imperial y no quería que el anciano se llevase una mala impresión de mi rol de esposa.
-Akane –intervino el anciano-, por petición de tu padre y de Su Divina Majestad, tuve que realizar este viaje. El objetivo principal era visitar a los señores de Nerima y Seisyun, específicamente a la esposa del primero y a la prometida del segundo, pero a mitad de camino fui interceptado por un mensajero imperial.
-¿Qué quiere decir con eso, señor Kobayakawa?, no entiendo nada –dije tratando de calmar la ansiedad que estaba sintiendo-. ¿Se trata de padre?, ¿él se encuentra bien?
-Tan bien como puede encontrarse tan importante cortesano al verse alejado de sus funciones –contestó exhalando un suspiro-. Niña mía, tu padre me contó todo lo sucedido durante estos meses. La fuga de Kasumi, tu plan de suplantarla y la idea de Nabiki de adentrarse en territorio Kuno. Mi misión era advertirte tanto a ti como a Nabiki lo que su Majestad Imperial quería lograr, que los clanes Saotome y Kuno dejaran atrás las disputas y pudieran convivir en paz.
-¿Eso es todo?
Negó con un movimiento de cabeza y yo dirigí mi vista hacia Ranma. Él permanecía imperturbable, con su mirada perdida en el paisaje que se dejaba ver por la puerta abierta que daba a uno de los jardines interiores del castillo.
-Quizá todo hubiera ido bien, pero el emperador se enteró de los acontecimientos de estos últimos meses –el anciano hizo una pausa y me observó con pesar-. Él dio su consentimiento por escrito para que una de las hijas de Tendo se desposara con el señor Kuno. Él sabe que esa hija debías ser tú, Akane y tú te desposaste con el señor Saotome.
-¿Cómo?
-Está furioso, Akane. Piensa que tanto tu padre, como tú y tus hermanas lo han traicionado y se han burlado de él al no respetar su palabra.
-Pero yo no sabía que padre había…
-Da igual, Akane –me interrumpió-. Su Divina Majestad está convencido que la familia Tendo actuó muy mal. Confinó a tu padre a permanecer en su palacete y quizá más adelante lo obligue a autoexiliarse.
Permanecí en silencio, tratando de asimilar la información que se me había proporcionado. Imaginarme a padre encerrado en su palacete sin poder desempeñar las funciones que durante toda su vida había desempeñado se me antojó bastante cruel; y luego, su Majestad Imperial sabía toda la verdad y se sentía engañado; él, emperador de las ocho islas y emparentado por sangre con el señor de Seisyun. ¿Qué podía hacer yo, una simple mujer para doblegar la voluntad imperial?
¿Acaso todo había estado mal desde un principio? ¿Acaso enamorarse estaba prohibido?
A mi mente vinieron las palabras de mi esposo quien aún permanecía en silencio, "Quiero un hijo al que pueda demostrar el amor que padre nunca demostró por mí y quiero que tú seas quien cumpla con mi anhelo". ¿Y Ahora?, si el emperador decidía que yo no debía permanecer junto al hombre que amaba, yo no tendría otra opción que la de acatar sumisamente el mandato imperial.
-Ya sabes a qué debemos la visita del señor Kobayakawa, Akane –escuché que decía mi esposo levantándose desde donde había permanecido sentado y me obligué a buscar su mirada, aunque ya podía sentir las lágrimas acumulándose en mis ojos-. Su Majestad Imperial será muy ilusa si piensa que va a quitarme a mi esposa –sentenció mirando directamente al amigo de padre.
-Señor Saotome…
-Me presentaré ante el emperador, señor Kobayakawa –le interrumpió-, y le haré saber a la mismísima encarnación de los dioses que nada ni nadie podrá arrebatarme a mi esposa. Quien tenga esa intención tendrá que matarme.
-Ranma.
Mi voz había sido un leve gemido y me apresuré en levantarme para correr a su lado. Apoyé ambas manos y frente en su espalda y de mis ojos comenzaron a brotar las lágrimas libremente.
-Por favor, no cometas una locura –me obligué a decir entre sollozos-. Ranma, esposo mío –supliqué.
Volteó y tomó mis manos entre las suyas llevándoselas posteriormente a los labios para depositar un beso en mis dedos humedecidos con mis propias lágrimas. Alcé la vista y vi esa mirada azul cobalto más decidida que nunca. Sus ojos brillaban y lentamente vi aparecer una tenue sonrisa en sus labios.
-Nada ni nadie, Akane –murmuró secando mis mejillas con una caricia de sus manos al acunar mi rostro-. Ya no, recuérdalo.
Se alejó de mí unos pasos y volvió a observar al anciano amigo de padre con decisión.
-Partiré mañana mismo –comunicó-. Anoche estuve reunido con mis hombres y creo que mientras antes se realice el viaje, tanto mejor.
-El invierno ya está prácticamente aquí, señor Saotome.
-Lo sé y ésa es mi ventaja –replicó-. Yo realizo el viaje durante el principio del invierno, me presento ante el emperador y para fines de la temporada invernal o inicio de primavera, estaré en Nerima nuevamente, enfrentando a Kuno y a quien quiera unírsele, de ser necesario.
-Una empresa demasiado arriesgada –comentó el anciano.
-Una empresa que debe realizarse con prontitud –dijo mi esposo-. Señor Kobayakawa, me gustaría atenderlo de una mejor forma, pero tengo que preparar un viaje. Con su permiso, queda usted en su casa.
Lo vi salir de la habitación sin mirar atrás, lo vi alejarse y juro que sentí mi corazón partirse en mil pedazos. Caí de rodillas al tatami y me abracé a mí misma, sin poder dejar de llorar. Sabía que estaba frente a un dignatario imperial, que debía comportarme como la señora del castillo, atenderlo y hacerle sentir en casa, pero yo había olvidado todas mis responsabilidades, sólo podía pensar en que él se alejaría de mi lado y aunque estuviera convencido de que todo saldría bien, nadie podía asegurarme que volvería a salvo a mi lado a final del invierno.
Ahora me encuentro aquí, sola, en este gran salón a la espera de que todo se haya consumado.
La noche que recién pasó fue de dulce y agraz; una noche de amor y despedida que todavía permanece fresca en mi memoria. Recuerdo cada palabra, cada gesto, cada sensación y aun así, parece que nunca la viví.
-Mi señora.
La puerta corredera se abre y Ukyo es quien se presenta ante mí. Me levanto, pero mis piernas parecen moverse por voluntad propia, sin que yo tenga real intención de dirigirme hacia donde me llevan.
-Ya es hora, mi señora.
La observo, parece tan triste y abatida que me obligo a sonreír para tranquilizarla.
-Sí.
Camino tras ella, por el interior del castillo, camino sin deseos de hacer aquel recorrido hasta que llegamos a la puerta principal.
Se encuentra abierta de par en par. Todos los habitantes del castillo están reunidos allí, desde el más alto consejero de mi esposo hasta el más humilde de los criados. Todos observando hacia el exterior y esperándome.
Me acerco a ellos y ocupo mi lugar en el centro de la veranda, siempre acompañada por mi doncella. Mis ojos registran la escena, todos reunidos allí observando a una treintena de hombres a caballo; hombres con sus atuendos de guerrero con el blasón Saotome estampado orgullosamente; hombres que se alejan de sus hogares durante el crudo invierno; hombres comandados por su señor, quien espera frente a la puerta principal a dos pasos de su orgulloso caballo negro.
Me saluda con una inclinación de cabeza y lo veo avanzar hacia mí. ¿Podré soportarlo?, ¿podré sobrellevar esta despedida desempeñando mi papel de esposa de un daimyō sin sucumbir a mis deseos de llorar?
-Desde este momento, el castillo, así como todo el dominio quedan bajo tu cuidado, esposa mía.
Asiento en silencio, sin atreverme a contestar por miedo a que las emociones vuelvan a traicionarme frente a tanta gente.
-Volveré pronto, Akane –le escucho decir más suavemente al mismo tiempo que se acerca para acariciar mi rostro y yo no puedo evitar cerrar los ojos ante tal gesto-. Te prometo que pronto estaré nuevamente a tu lado.
-Confío en que así será, mi señor.
Al abrir los ojos me encuentro con su rostro sonriente. Inclina su cabeza nuevamente en un saludo y retrocede dejándome con una sensación de vacío que jamás sentí antes.
Lo veo montar, lo veo ajustarse el kabuto, lo veo dar las últimas instrucciones a sus hombres y por último, lo veo partir y alejarse de mi lado, y mientras más se aleja y su figura se hace más pequeña ante mis ojos, un presentimiento crece en mi corazón y se extiende por todo mi ser.
El presentimiento que esa sería la última vez que vería a mi esposo.
Notas finales:
1.- Lo siento de verdad por tanta espera. Algunas complicaciones hicieron que tardara en actualizar y en verdad no puedo prometer tiempos para volver a hacerlo de momento ya que estoy tratando de reencontrarme con "algo" que extravié durante estos meses… publicar este capítulo es sólo el primer paso para reencontrar ese algo que extraño tanto. Lo que sí puedo prometer es que voy a terminar esta (y otra historia que tengo pendiente), sea como sea, a menos que suceda algo realmente grave en mi vida, así que, a quienes siguen leyéndome prometo solemnemente darles un final para este escrito.
2.- No me extenderé demasiado hoy y también aprovecho para disculparme con quienes me dejan sus comentarios; esta vez no podré contestarlos personalmente y espero sinceramente que me disculpen por ello, aunque quiero dejar en claro a quienes se toman unos minutos para hacerme saber lo que piensan, que cada uno de sus comentarios es muy apreciado por mí y lo guardo en un rinconcito de mi corazón, así que se agradece de verdad el que me obsequien sus palabras. Para los momentos malos, esas palabras son la mejor forma de conseguir energía y seguir adelante, de verdad.
Así que gracias infinitas a quienes dejaron un comentario en el capítulo anterior, a: Lobo de Sombras, KohanaSaotome, maritza chan, , Faby Sama, ilakane, Lizzie, Arashi Ayukawa, Aralefics, Teddy`s Circus, jfer calvomeneses, Matt, Ifis, Hatoko Nara, Hachiko LovePaulinne, 97pupi, LadyLouise04, pataisho, Earilmadith21, lolita, linaakane y algún anónimo que salió por allí, muchas, muchas gracias.
3.- Es todo por ahora, espero no tardar tanto con la próxima actualización y que les haya gustado este capítulo.
Un abrazo para quienes siguen conmigo y buena suerte!
Madame…
