- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo IXX

"Sólo los dioses"

Caminaba por los pasillos del castillo sosteniendo unos trozos de seda cuidadosamente envueltos y doblados, puesto que no se trataba de cualquier trozo de seda común. Era precisamente uno de los vestidos de su señora lo que sostenía en sus manos, aunque lo valioso no era la seda que cargaba, sino más bien lo que escondía ese costoso kimono en su interior.

Había recibido el encargo de la señora del castillo y ella, no sin antes tratar de razonar con su señora para que olvidara aquel encargo, finalmente había accedido a llevar a cabo la misión que se le encomendaba.

Así que a esa hora del día se dirigía presurosa al pabellón que ocupaba la señora del castillo, con la satisfacción de haber logrado una vez más y con éxito una misión que estaba segura, sólo a ella se podía encomendar.

Una helada brisa le recibió en uno de los pasillos, observó hacia su costado izquierdo y comprobó que una de las contraventanas de una de las habitaciones se encontraba abierta. Suspiró de forma cansina, seguramente alguna de las criadas había olvidado cerrarla, así que se acercó con la intención de realizar la acción que por descuido no se había practicado antes. Se detuvo justo frente a la salida al jardín interior y se quedó contemplando el paisaje; éste había cambiado mucho desde que ella había llegado a aquel castillo. Los árboles se encontraban desprovistos de hojas, los verdes arbustos y el suelo se encontraban cubiertos por un manto blanco de nieve acumulada, el cielo se mostraba gris y de los aleros del castillo colgaban innumerables carámbanos que amenazaban con desprenderse y caer en cualquier momento. El invierno definitivamente se había instalado con toda su crudeza en Edo y los habitantes del castillo debían agradecer el contar con la protección de esas paredes que les resguardaban de las inclemencias de la estación.

-¿Hasta cuándo podrán mantenernos a salvo estas paredes? –se preguntó la mujer sin dejar de observar el melancólico paisaje invernal.

Habían pasado ya cinco semanas desde que el señor del castillo había emprendido su viaje a Kioto y ella sabía que durante todo aquel tiempo, quienes habían quedado a cargo del dominio, empezando por su señora, se encontraban preparándose para una batalla contra el clan Kuno; quizá la última batalla, le había comentado el comandante Hibiki en una de sus cortas conversaciones.

Suspiró nuevamente y cerró los ojos un momento. A pesar que quería confiar en que todo saldría bien, que aquella batalla no se desarrollaría, que el señor Saotome conseguiría su objetivo ante el emperador, que su señora seguiría felizmente casada con el señor de Nerima, algo le decía que esos eran pensamientos ingenuos y que todos sufrirían al final del invierno… algunos más que otros, por supuesto.

Sacudió la cabeza para tratar de alejar esos pensamientos y finalmente cerró la contraventana dejando el helado viento invernal fuera del castillo. Luego se obligó a sonreír y continuó avanzando hacia donde se dirigía. La puerta del pabellón de su señora se encontraba cerrada como debía ser, así que anunció su presencia en un susurro y luego ingresó al lugar.

Se quedó de pie observando un tanto pasmada a sus dos compañeras de labores. Sayuri sonreía tontamente mientras daba su aprobación a una radiante Akari, quien, ataviada con una blanca bata simulaba ser una novia.

Sacudió la cabeza y frunció el ceño antes de hablar con un potente tono de voz.

-¿Qué se supone que están haciendo ustedes dos?

Las chicas dieron un respingo antes de observar desconcertadas hacia la puerta en donde se encontraba Ukyo de pie.

-Sólo estamos jugando, Ukyo –respondió Akari cuando venció el miedo que le había generado la reacción de su compañera-. Es muy aburrido estar encerrada todo el día en el castillo.

-Entonces, ¿te gustaría estar afuera ayudando a las criadas en sus quehaceres, sin siquiera una taza de té caliente en sus manos para calentarse?

-Ya sé que el invierno es así de aburrido, pero en Kioto no lo era tanto. Al menos teníamos visitas y a veces hasta nos trasladábamos a la corte durante largos periodos y…

-Y ahora estás en Edo, al servicio de una dama que no está acostumbrada a las frivolidades y además, todos nos encontramos preparándonos para una batalla –le interrumpió acercándose a grandes zancadas hasta uno de los arcones de su señora-. No creo que sea nuestra mejor época de diversión –terminó de decir con ironía.

-¿Qué es lo que realmente te molesta, Ukyo? –dijo Akari-. A veces pienso que es mi presencia aquí la que te molesta.

-Muy perspicaz –murmuró la aludida.

-¿Qué dijiste?

-Sólo deja de hacer berrinches y no te comportes como una niña mimada, y así nos llevaremos todas bien –intervino al tiempo que guardaba cuidadosamente las ropas que aún conservaba en sus manos.

-Yo no me comporto como una niña.

-¿Y todo ese espectáculo que estabas montando cuando llegué?

-Sólo estaba jugando –dijo cruzándose de brazos-. Algún día voy a casarme con un valiente guerrero y quiero estar preparada.

-¿Un valiente guerrero? –preguntó Ukyo enarcando una ceja mientras la observaba sospechosamente.

-Sí, un valiente guerrero porque sé que… -se interrumpió de pronto y observó de forma dubitativa a su interlocutora-. Es por el señor Hibiki –razonó-, tú también…

-Yo qué –le interrumpió-. No digas nada de lo que te puedas arrepentir después.

-Él me habló de… él dijo que había una chica y…

-El señor Hibiki puede decirte lo que quiera, pero tú deberías prestar mayor atención a lo que está sucediendo a tu alrededor, Akari.

-A ti te gusta –rebatió la chica apuntando a Ukyo con su dedo índice extendido-, reconócelo.

-No eres quién para exigirme nada, mocosa –gruñó Ukyo recogiendo las telas blancas que Sayuri, totalmente muda de la impresión, conservaba en sus manos.

-Tenemos casi la misma edad, no soy una mocosa.

-Ya basta y ayúdenme a ordenar este desastre antes que la señora regrese –ordenó mientras se dirigía a uno de los arcones a guardar las ropas.

-Lo que pasa, Sayuri –continuó Akari haciendo lo que Ukyo le había ordenado-, es que nuestra querida compañera se siente amenazada por mi presencia en el castillo. Como el señor Hibiki fue tan caballeroso al prestarme su ayuda desinteresada, ella debe sentir temor que él deje de fijarse en ella y posé sus ojos en otra muchacha.

-¿Eso crees? –contestó Ukyo con ironía-. ¿Realmente crees que le temo a las fantasías de una mocosa que piensa que todo gira en torno al romance que pueda tener con un hombre que apenas conoce?

-Estas celosa, Ukyo –dijo doblando cuidadosamente uno de los kimonos que habían desperdigados en la habitación-, y también sientes miedo de…

-¡Miedo! –interrumpió su compañera-, ¡qué sabes tú de mis miedos!

-Lo suficiente como para…

-No, muchachita –volvió a interrumpir-. Tú no conoces mis miedos si eres tan ciega como para no darte cuenta que en estos momentos lo que menos me importa es ganar el amor de un hombre. Tú, que siempre has vivido en una burbuja, no puedes saber lo aterrador que es vivir pensando día a día cuándo atacarán y acabarán con todos nosotros. Pero está bien, sigue soñando, Akari, y llena de ilusiones la cabeza de la pobre Sayuri también, quizás así no sufrirán tanto cuando todo esto termine.

-¿Qué quieres decir, Ukyo? –se atrevió a intervenir por primera vez Sayuri poniéndose rápidamente de pie.

-Ay, pajarito –suspiró la aludida observándola con tristeza-. Pobre avecilla desconcertada. ¿Sabes realmente a qué fue el señor del castillo a Kioto? ¿Sabes el porqué de la urgencia en llegar a la capital imperial antes del invierno? No, por supuesto que no lo sabes y ni siquiera te lo has preguntado.

Las dos muchachas observaban a la chica de largos cabellos castaños como si estuviera a punto de revelarles los secretos más preciados del universo.

-El señor Saotome fue a Kioto para tratar de evitar una desgracia –continuó Ukyo-. Si él logra persuadir al emperador tendremos una oportunidad, quizá la única de salvarnos de una guerra. Aunque si me lo preguntan, yo creo que de igual forma tendremos que afrontar la guerra en primavera. Por eso todos se están preparando, por eso la señora se reúne a diario con el consejo y por eso deben preocuparse, porque les aseguro que se avecina algo peor que simples escaramuzas con el enemigo de mi señor.

-¿Quieres decir que… moriremos aquí? –dijo Sayuri casi al borde de las lágrimas.

-Tal vez no, Sayuri –contestó Ukyo-. Yo espero que no, pero si los guerreros Saotome no logran aplacar la ira del señor Kuno, ten por seguro que ni siquiera las defensas del castillo podrán evitar que él y sus hombres quieran arrasar con todo lo que le pertenece al señor Saotome, incluyendo a su esposa y sirvientas.

-¿Por qué?

-Eso no te incumbe, Akari. A ninguna de nosotras debería preocuparnos el por qué, sólo el cuándo, y el que podamos librarnos de la mejor forma. Ese es mi miedo, Akari, no el que me quiten las atenciones de un hombre que ni siquiera estoy segura pueda salvarse de la muerte al enfrentarse al enemigo cuando la batalla se produzca.

La puerta corredera se abrió en aquel instante y por ella hizo ingreso la anciana nodriza de Akane, quien se quedó observando el semblante pálido y asustado de las dos chicas, luego observó la determinación en el rostro de Ukyo y suspiró.

-Finalmente les abriste los ojos, ¿no?

-¿No debía? –preguntó Ukyo ladeando la cabeza para enfrentar a Cologne.

-Simplemente no sé qué es peor, Ukyo –dijo moviendo la cabeza en negación-, el tener que soportarlas con sus estúpidas risitas y cuchicheos despreocupados, o verlas asustadas de su propia sombra.

-Sólo pensé que debían saber lo nos espera.

-Bien, muchacha. Ahora ve al salón de reuniones, tu señora quiere verte.

-Sí –dijo Ukyo apresurándose en salir del lugar.

-Y ustedes dos, séquense las lágrimas y pónganse a ordenar. El hecho de que estemos preparándonos para una guerra no quiere decir que debamos olvidar nuestras obligaciones.

Las dos chicas se pusieron a trabajar en silencio mientras Cologne las observaba de pie en el centro de la habitación. Todo estaba cambiando muy rápido en el castillo y el ambiente ciertamente era de incertidumbre, pero para la anciana nodriza no era más que un indicativo que el verdadero cambio vendría después de la guerra que se avecinaba y por el bien de todos, ella se había obligado a confiar en que todo saldría muy bien, aunque sólo los dioses podrían saber el destino que les esperaba a todos.


La habitación era bastante amplia y aun así, parecía pequeña para albergar a la cantidad de personas que en ella se encontraban en aquel momento.

Se trataba de un espacio rectangular, con sus paredes adornadas por finos dibujos de los más renombrados artistas. El piso cubierto por exquisitos tatamis de gran calidad y unas mesas bajas que habían sido distribuidas en perfecto orden para que cada uno de los asistentes a aquella reunión tuviera lo necesario para su comodidad.

La tarima central se permanecía vacía, a pesar que quién debía ocupar el puesto de honor presidiendo aquella reunión se encontraba presente entre los asistentes. Sin embargo, ella había preferido no sentarse en el lugar que por derecho le correspondía ocupar a su esposo, ahora ausente del castillo.

Todos los consejeros más leales habían exigido que se cumpliera el protocolo, puesto que el señor del castillo les había encargado hasta el hastío que respetaran, apoyaran y obedecieran a la persona que él dejaba en su lugar para que condujera los asuntos del dominio durante su ausencia. Así pues, a los consejeros les parecía una inconsecuencia que aquella persona que había quedado en el lugar del señor del dominio optara por no ocupar su puesto y en cambio, se comportara como un igual a ellos.

Sin embargo, el hombre que se sentaba al lado de la señora desde que ella había asumido la dirección del dominio cuando su señor se había marchado, entendía las aprensiones que ella tenía para realizar ese acto.

La situación en la que se encontraban era bastante impredecible. No era una temporada común la que todos vivían en el dominio puesto que si así lo fuera, no tendrían que estar en constantes reuniones para decidir cuál era el mejor proceder ante una situación cada vez más compleja.

Él hubiera preferido mil veces que la única preocupación que tuviera que afrontar su señora fuera cuántas provisiones quedaban para pasar el invierno, o si contaban o no con la cantidad suficiente de grano para sembrar la próxima primavera; no en la mejor estrategia para ganar una guerra que cada vez se veía más cercana.

Allí sentado a un costado de la señora del castillo, Ryoga no podía concentrarse en lo que se debatía en aquel momento puesto que se encontraba inmerso en sus propias preocupaciones.

Cierto que la guerra se veía cada vez más cerca e inevitable; cierto que él era el comandante de los guerreros del clan; cierto que tenía la misión de reunir refuerzos y pactar alianzas que les ayudarían a vencer; cierto que debía preocuparse de elaborar una buena estrategia para vencer a las fuerzas del clan Kuno, que con toda seguridad se dejarían caer con mayor fuerza esta vez, pero aunque debía tener esas preocupaciones y otras tantas más de esa índole como su mayor prioridad, en aquel momento no podía dejar de pensar en lo que estaba sintiendo, logrando confundirlo.

Él no se consideraba un hombre afortunado si de cuestión de amor se trataba y ahora al parecer tenía la oportunidad de comprobarlo.

Desde muy joven se había percatado que las muchachas no lo veían como una opción para tener un romance y verdaderamente, él agradecía que así fuera ya que su prioridad era convertirse en el mejor guerrero del clan, y por cierto que lo había logrado.

Así fue que el joven comandante no se había preocupado nunca por conseguir el amor de una mujer para convertirla en su esposa, a pesar de los reclamos de sus más cercanos. La vida era difícil, pero se alivianaba si conseguías a alguien que compartiera esas dificultades, le había dicho siempre su madre.

Pero él creía que no llegaría a conocer el amor debido en gran parte a su extrema timidez para enfrentarse a una mujer y a sus bruscos modales. ¿Quién querría a un hombre hosco que sólo servía para la batalla? Ciertamente, él estaba convencido de que ninguna mujer se interesaría jamás en alguien como él.

Sin embargo, ahí estaban esas dos muchachas llegadas de la capital imperial. Una tan distinta de la otra que no podía entender cómo se las había ingeniado para captar la atención de ambas, porque claro, que él no supiera cómo enfrentarse a una mujer para declararle sus sentimiento no quería decir que fuera tan obtuso como para no darse cuenta que las dos muchachas mostraban un cierto interés en su persona. De hecho, a una de ellas le había robado un torpe beso y ella le había correspondido.

Entonces, si él ya tenía la atención de dos muchachas atractivas, con educación y de una posición elevada dentro del castillo, ¿por qué no podía enfocarse en elegir a una de ellas y de pronto aparecía ese extraño y confuso sentimiento por esta otra mujer?

No era agradable lo que le estaba sucediendo, no era adecuado y mucho menos era seguro.

Hasta unas semanas atrás, a él jamás se le hubiera pasado por la cabeza que algo así le podría llegar a suceder. Era simplemente imposible e iba contra todos sus principios.

La lealtad era algo que se aprendía desde la cuna.

Un guerrero era fiel y leal a su señor hasta la muerte, de lo contrario no tenía el derecho de llamarse a sí mismo guerrero.

Y ahí estaba él, siendo desleal con su señor y con él mismo al albergar esos tiernos sentimientos por la esposa de su señor.

No lo había planeado, ni siquiera se lo había imaginado, y sin embargo, algo se removía en su corazón cada vez que ella le sonreía. Algo le revolvía las entrañas cada vez que ella lo observaba fijamente tratando de entender su punto de vista en alguna conversación. Algo se estremecía dentro de su ser cada vez que se quedaban solos y él se ofrecía para acompañarla a su pabellón.

Estaba mal.

Estaba muy, muy mal sentir esa alegría desbordante cada vez que la tenía cerca.

Estaba muy, muy mal desear cada noche en la soledad de su propia habitación que todo hubiese sido distinto y que ella fuera libre para corresponder a sus sentimientos.

Estaba muy, muy mal fantasear despierto con la esposa de su señor, su mejor amigo, su hermano…

Ryoga cerró los ojos y trató de seguir el hilo de la conversación que se estaba llevando a cabo en la habitación, sin conseguirlo del todo.

Es que el sentimiento que crecía con fuerza en su interior al que él no estaba acostumbrado puesto que no lo conocía, le impedía poner la debida atención. Sobre todo si quien se encontraba hablando era la señora del castillo con su dulce voz.

Su corazón comenzaba a latir de forma apresurada con sólo escuchar su voz y ser consciente de la cercanía de ella.

Cercanía que sin embargo, le parecía tan lejana.

Es que ella simplemente era una mujer inalcanzable, intangible y prohibida, no tan sólo por los antiguos códigos, sino también porque sabía que ella jamás se dejaría confundir, fuese cual fuera el sentimiento que él invocara, no teniendo a Ranma Saotome a su lado.

Y cuando Ryoga se dio cuenta que aunque él intentase acercarse a ella con segundas intenciones la situación no cambiaría, sintió un profundo sentimiento de envidia que jamás había sentido hacia Ranma Saotome, porque a pesar que él sabía que jamás tendría lo que su amigo tenía al no haber nacido como heredero del clan al que pertenecía, nunca le había envidiado… hasta ahora que se daba cuenta que lo que sentía hacía la señora del dominio era más que admiración y cariño.

-¡El señor Saotome no lo aprobaría!

La exclamación de uno de los consejeros más ancianos le hizo salir de sus cavilaciones y prestar atención a lo que se discutía.

-Debo recordarle que el señor Saotome no está aquí y a quien dejó a cargo de todo fue a mí.

-Con el debido respeto, mi señora, usted jamás ha comandado un ataque –contradijo el hombre-. No tiene la experiencia para decidir una estrategia.

-Tiene razón, pero tal vez si deja que explique porqué pienso que es lo mejor…

La discusión continuó, pero Ryoga sólo podía observar a esa bella mujer de nívea piel y cabellos azulados mover sus labios con rapidez tratando de explicar algo que él no lograba escuchar.

-¿Qué opina, comandante Hibiki? –preguntó uno de los hombres a su derecha.

-¿Qué?

-La señora Saotome estaba diciendo que esta vez se puede ocupar una estrategia defensiva para detener al clan Kuno –terció Mousse observando con inquietud a su comandante-. Evacuar a los aldeanos detrás de la colina y ocupar las defensas del castillo para repeler a los Kuno.

-¡Fabricaríamos nuestra propia trampa! –dijo uno de los consejeros más jóvenes golpeando sobre la cubierta de su mesa.

-No, si sabemos cómo defendernos –dijo Sentaro, quien se encontraba sentado frente a Ryoga-. Si ubicamos al mayor número de nuestras fuerzas en el frente y enviamos a dos grupos más pequeños a atacar por los flancos, puede funcionar. Los muros del castillo nos darán seguridad en caso que debamos retirarnos y resistirían un ataque directo de ellos. Nuestros arqueros pueden apostarse en los muros y desde allí prestarnos apoyo.

-Pero nunca nos hemos defendido, siempre hemos atacado.

-Nunca estuvimos en una situación tan crítica –habló finalmente Ryoga-. Tenemos pocos aliados. Shiratori cedió a las exigencias de Mikado y ya no podemos contar con él. Nuestros aliados son cada vez menos y no creo haber estado jamás en una situación como esta. Creo que esta vez debo estar de acuerdo con la estrategia propuesta, nuestro mejor ataque es la defensa.

Ryoga observó con decisión a su señora y ésta le sonrió dulcemente, lo que provocó un extraño nerviosismo y un leve rubor en el guerrero. Todos se encontraban discutiendo las últimas opciones que veían para enfrentar una batalla como la que se preveía, todos, excepto el joven chino que se encontraba sentado al lado del señor Daimonji y para quien no había pasado desapercibido el extraño comportamiento del comandante Hibiki.

Cuando la reunión hubo terminado y los asistentes comenzaron a retirarse, Ryoga se ofreció como lo hacía siempre a acompañar a la señora Saotome a su pabellón, puesto que había encontrado que ese era uno de sus secretos placeres, acompañarla en silencio pero sintiéndola muy cerca mientras caminaban por los pasillos del castillo. Grande fue su decepción cuando ella le dijo que su doncella la estaba esperando a la salida del salón para hacer el camino juntas.

Efectivamente, Ukyo se encontraba de pie junto a la puerta y saludó con una tenue sonrisa y una inclinación de cabeza al señor Hibiki para luego desaparecer junto a su señora por los pasillos del castillo. Él no supo cómo reaccionar ante la situación y no lo supo hacer cuando los días posteriores, esa misma circunstancia se repitió. Tal vez la esposa de su señor se había percatado de sus sentimientos y tal vez sería sensato para él tratar de olvidarse de los mismos por el bien de todos.

Había una guerra por delante que sólo los dioses sabían cómo acabaría, y él necesitaba de toda su cordura para hacerle frente.


Él siempre había creído que para un monje el invierno era sinónimo de reflexión y preparación. Limpiar su alma valiéndose de la tranquilidad que la temporada invernal proporcionaba era sin duda un privilegio que no todos podían darse. Había sido de esa forma desde que había ingresado al monasterio siendo apenas un niño. Había sido así porque el abad tenía aquella norma, y, aunque los entrenamientos no cesaban del todo, durante el invierno se reducían dedicando aquel tiempo a la meditación y la oración.

Pero resultó que este invierno estaba siendo totalmente diferente de otros que él hubiera vivido con anterioridad.

Se encontraba lejos de la tranquilidad del templo en el que había pasado prácticamente toda su vida, lejos de sus compañeros, lejos de los sabios consejos del abad, realizando una tarea para la cual él no se sentía preparado.

Cuando el abad le había solicitado su ayuda para brindarle protección a la esposa del señor de Nerima, él había aceptado de inmediato, no sólo por el gran aprecio que sentía por su amigo de la infancia, sino también porque creía firmemente que él podía ser de utilidad, así que no le importó dejar la tranquilidad de las colinas cercanas a Edo para emprender viaje hacía Nerima. Pensaba que su estadía lejos del templo sería de unos cuantos días, mientras su amigo solucionaba los problemas con los enemigos de su clan; jamás imaginó que los días se transformarían en meses y que durante aquel tiempo, él viviría tantos acontecimientos desacostumbrados para la vida tranquila de un monje.

Así pues, ahora se encontraba recorriendo los alrededores de Nerima con una única misión, reclutar a hombres que estuvieran dispuestos a luchar defendiendo al señor del clan aunque estos no hubieran nacido para ser guerreros.

Sin duda era una tarea difícil no tan sólo por las inclemencias del clima a las cuales ya se había acostumbrado, sino por el hecho de que la mayoría de las personas que visitaba eran aldeanos; gente sencilla que jamás en su vida había tomado un arma porque su condición no se lo permitía y él tenía que convencerlos que no importando la clase a la que ellos pertenecían, ahora debían luchar por el clan porque su señor los necesitaba con desesperación.

Era cierto, los aliados del clan se reducían en número porque el señor de Seisyun había hecho nuevas alianzas desbaratando los antiguos pactos que unían al clan Saotome con otros clanes de los alrededores; tampoco ayudaba que el señor Saotome no se encontrara en su dominio y mucho menos que su esposa hubiera tomado el control del clan, así que la única opción que el comandante de los guerreros del clan había visto viable para conseguir refuerzos fue el reclutar a la mayor cantidad de hombres posible, no importando a qué condición pertenecieran, y cuando se le comentó esta decisión, él no tuvo ningún reparo en ofrecerse como voluntario para llevar a cabo la medida desesperada que significaba el reclutar a gente sin experiencia para luchar por su señor, aunque nunca imaginó que convencer a esa gente le sería tan difícil.

Ahora se encontraba haciendo el camino de vuelta al castillo, con más desesperanza de la que nunca había sentido y preguntándose si realmente podrían enfrentar al clan Kuno sin la ayuda de otros señores. Miró al cielo y luego llevó su mano a su espalda acercando el sombrero de paja que llevaba atado a la espalda para posarlo en su cabeza, dio tres pasos y los copos de nieve comenzaron a caer sobre su cabeza cubierta con el precario sombrero.

Los guerreros Sohei serían enviados por el abad, de eso no tenía dudas, pero un puñado de guerreros no garantizaba la victoria en una guerra contra un poderoso clan bien armado y superior en número. Había hecho todo cuanto podía para ayudar a su amigo de la infancia y esperaba por el bien de todos que lo que había conseguido fuese suficiente para evitar una tragedia como la extinción del clan Saotome y de toda su gente. Y en la soledad del camino que lo conducía de vuelta al castillo, rogó a todos los dioses porque así fuera.


La anciana bebió el último sorbo de su taza de té y observó fijamente el lienzo grabado que decoraba la pared de la habitación en donde se encontraba sentada. El par de garzas en vuelo sobre las aguas de un lago parecían burlarse de ella y su desazón por permanecer allí sentada de brazos cruzados, mientras los rumores de una batalla inminente tomaban más y más fuerza a su alrededor. Ella había nacido hacía mucho tiempo atrás en una aldea de guerreros al otro lado del mar, en el continente, pero con los años se había convertido en una anciana nodriza y ahora nadie parecía tomarla en cuenta como elemento útil en un posible enfrentamiento con el clan enemigo.

Su orgullo se había visto herido cuando su pupila le había confesado que no quería que ella se inmiscuyera en la preparación de la batalla porque no quería que saliera lastimada; después de todo, ella era una anciana mujer que si bien podía enfrentar a un hombre en una lucha justa, era muy distinto a enfrentarse a todo un ejército dispuesto a matar a quien se encontrara en su camino.

La anciana había insistido en que ella les sería útil puesto que conocía mucho de estrategias y batallas, no por nada había tenido que luchar junto a su tribu años atrás en contra de la dominación del Gran Khan, sin obtener el éxito deseado, claro está, pero lo había hecho.

Las palabras no habían conseguido convencer a su pupila y finalmente, tras ver llorar amargamente a Akane, le había hecho la falsa promesa de no involucrarse en la lucha.

Falsa, porque la anciana nodriza tenía decidido con antelación hacer hasta lo imposible para defender a su querida niña, y si eso significaba desobedecer para luchar cuando llegara el momento, ella lo haría con gusto y sin ningún remordimiento.

Dejó la taza en la mesa y sonrió con melancolía al ponerse de pie para dirigirse al lugar que había evitado desde que había tenido la mala fortuna de llegar a aquel castillo.

Apoyándose en su largo bastón hizo lentamente el camino por el interior del castillo hasta que llegó a la puerta cerrada de una habitación en uno de los pabellones más escondidos del castillo. No llamó ni se anunció porque sabía que no sería bien recibida y lo que menos quería era que el individuo se negara a hablar con ella. Las cosas se estaban poniendo muy raras en el castillo y ella, con todos sus años de experiencia sabía que algo extraño sucedía.

Así que ingresó como quien entra a su propia habitación y luego de cerrar la puerta tras de sí, hizo un rápido examen ocular de la habitación. No tuvo que mirar con mucho detenimiento para corroborar que sus sospechas eran acertadas.

La habitación se encontraba casi desmantelada y en el centro de ella se contabilizaban cuatro o cinco arcones, unos cerrados, otros abiertos y a medio llenar por distintos objetos, todos ellos a simple vista de gran valor. Frunció el ceño y se acercó dando silenciosos pasos hasta que llegó al centro de la habitación en donde desde uno de los arcones abiertos tomó un trozo de la más fina seda entre sus dedos observándola con detenimiento.

-¡Qué haces aquí! –escuchó que exclamaba alguien a sus espaldas.

Una imperceptible sonrisa apareció en su agrietado rostro. No tenía que voltear para saber quién había hablado.

-Vine a ver qué se traía entre manos el anciano chambelán –contestó soltando la tela al tiempo que volteaba para enfrentarse a él-. Debo decir que de todas las conclusiones a las que llegué nunca pensé que un escape sería lo que estabas planeando, maestro Happosai.

-Al parecer, tu joven señora no me necesita para nada –contestó el anciano cerrando el arcón al que su visitante se había acercado-, así que decidí que bien podría visitar a unos antiguos parientes.

-¿En pleno invierno y a las puertas de una guerra que cada vez se ve más inevitable?

-El camino es corto y respecto a la guerra, no creo que se desarrolle antes de la llegada del señor del castillo.

-¿Ahora es el señor del castillo y no Ranma a secas?

-¿Qué quieres, Cologne? –contestó Happosai con otra pregunta.

-El deber de un chambelán es cuidar del dominio de su señor en su ausencia aun cuando éste no le haya hecho el encargo. Además, como primer guerrero del clan deberías estar preparando el enfrentamiento que se avecina contra el clan enemigo, no alistándote para una fuga.

-El señor del castillo confió en su esposa para encargarle sus asuntos.

-Noto un atisbo de celos.

-Piensa lo que quieras.

-¿Quieres saber lo que pienso?

El anciano no contesto, pero le mantuvo la mirada desafiante a su interlocutora.

-Pienso que eres un verdadero cobarde. No tan sólo abandonas a tu discípulo y a toda su gente a su suerte, sino que también rehúyes de las responsabilidades que tan orgullosamente aceptaste tiempo atrás.

-Ya estoy viejo, Cologne y no quiero pasar mis últimos días temeroso de que en cualquier momento puedan matarme. Sabes la situación en la que estamos, al clan Saotome apenas le quedan unos cuantos aliados que no son poderosos y Ranma fue tontamente a entregarse al emperador. Dime, ¿crees que el emperador dejará que vuelva con vida conociendo las irregularidades que se cometieron sin su consentimiento? Además, Kuno está emparentado con el emperador, ¿a quién crees que dará su favor? Todo esto es una guerra perdida y yo sé bien cuándo hay que retirarse del campo de batalla para no salir lastimado.

-Se me olvidaba lo descarado que puedes llegar a ser –dijo la anciana con resignación-, se me olvidaba que no tienes escrúpulos en vender a cualquier persona si con ello puedes salvar tu vida y ganar algún beneficio.

-¡Nunca he vendido a nadie! –se defendió.

-¿Y yo qué? –preguntó Cologne con frialdad-. Me vendiste, sólo que no por unas cuantas monedas, sino más bien por estatus y posición que ahora rechazas porque te da miedo enfrentar una batalla adversa.

-Yo no…

-Me rechazaste cuando sabías que yo te amaba –le interrumpió-. Convenciste al antiguo señor para que me obsequiara como esclava a una familia lejos de aquí sin saber que en mi vientre llevaba una criatura, todo para obtener tus mezquinos propósitos.

-¿Una criatura?

-Lo que no pudieron darte tus dos esposas yo fui capaz de dártelo, sólo que nunca te enteraste de ello.

-Estas diciendo que…

-Sí, tuviste una hija que tuve que regalar para que conservara su vida, pero qué importa eso ahora.

-Yo… no lo sabía –dijo el anciano totalmente sorprendido-, ¿por qué nunca me lo dijiste?, ¡por qué no te comunicaste conmigo!

-¿Para qué?, lo que yo no pude darle tú tampoco hubieras podido dárselo.

-Te equivocas, yo la hubiera adoptado junto a mi esposa y la hubiera convertido en…

-Otra moneda de cambio para conseguir una posición aún más elevada.

-Eres injusta.

-No, soy sensata –rebatió mirándolo con desprecio-. Sólo pensé que como seguramente será la última vez que nos vemos, debías saberlo.

-Espera, no…

-Que te vaya muy bien en tu viaje, maestro Happosai –dijo la anciana dándose media vuelta para salir de aquella habitación.

Una vez fuera y mientras se encaminaba por los pasillos de vuelta al pabellón de su señora, la anciana dejó escapar un profundo suspiro. Lo había hecho, el último secreto de su pasado había sido develado y ahora se encontraba en paz con su alma.

Podía enfrentar una batalla sin temor a morir en ella y así lo haría, porque si algo la diferenciaba del mezquino hombre que acababa de dejar atrás era que sin dudarlo ella estaría dispuesta a dar su vida por su discípula, no así el ruín hombre del que alguna vez había estado profundamente enamorada.


La casa se encontraba inusualmente silente a esa hora de la noche. Él sabía que en un día normal y a esa hora, la casa debía estar abarrotada de huéspedes buscando diversión y compañía, por eso cuando llegó se extrañó de no encontrar a nadie en el lugar.

La mitad de las luces que se encendían para iluminar tanto el interior como el exterior del recinto permanecían apagadas. Al ingresar al lugar conducido por una sirvienta se percató que no había rastro de las chicas que deambulaban alegremente por los pasillos día a día. Preguntó por este extraño hecho a la sirvienta y ésta le dijo que habían sido disposiciones de la señora el no abrir a público aquel día.

Cuando llegó a la habitación en donde siempre era recibido por la señora de la casa, no pudo dejar de observar sin emitir sonido alguno la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

Frente a él permanecía sentada la señora de la casa cubierta con un kimono acolchado que se notaba muy cálido. Apoyaba su mano en una mesa baja aparentemente escribiendo alguna misiva, sus cabellos permanecían sueltos a su espalda sin ningún tipo de amarra o sofisticado peinado y un bracero encendido hacía que el lugar conservara una temperatura agradable.

Avanzó por la estancia hasta quedar frente a ella, sin atreverse a sentarse hasta que ella se lo permitiera.

Ella sonrió levemente y con un movimiento de su mano le indicó al joven que podía acompañarla, él se sentó sobre sus rodillas y ella irguió su cuerpo para quedar frente a él.

-Creí que no podrías venir con esta tormenta de nieve –comentó la mujer observando a su acompañante sin dirigirle antes un saludo.

Siempre había sido así, ellos jamás se saludaban formalmente dedicándose palabras y frases que les parecían innecesarias. Las formalidades habían quedado excluidas de su relación hacía mucho tiempo atrás.

-Una simple tormenta no es impedimento para cumplir con mis obligaciones.

-Pero sí lo es para nosotras –dijo sonriendo levemente-, la tormenta consiguió hacer que tomara la decisión de cerrar por hoy, además, un día de descanso resulta muy reparador para las chicas.

-Así es.

-Y dime, ¿Qué sucede por estos días en el castillo de tu señor?

-Se prepara una guerra –contestó el joven sin mayores preámbulos-. Hibiki cree que los Kuno atacarán cuando acabe el invierno y quiere estar preparado en caso de que el señor Saotome no alcance a volver.

-Kuno –escupió la dama con desprecio-. Ese idiota me alejó de su lado cuando llegó esa estúpida niña de la capital, alterando todos mis planes.

-¿Qué piensas hacer, mi señora?

-Nada –contestó encogiéndose de hombros-, esos dos señores acabarán solos con sus vidas y yo me sentaré a observar.

-Pero si Kuno ataca Nerima y destruye la ciudad sin que Saotome esté presente…

-¿Crees que Saotome dejará que su esposa enfrente sola una guerra contra el clan Kuno?

-Si no alcanza a volver, será una tragedia para todos.

-Un hombre no puede detener a todo un ejército, Mousse.

-Lo he visto pelear y es impresionante. Además, sus hombres lo respetan y siguen adonde sea, lo seguirían al mismo país de las tinieblas si se los ordenara –rebatió-. En estos momentos, sin su líder, ellos se encuentran desorientados y desmoralizados, pero con Saotome aquí, te aseguro que cada uno de ellos pelearía por diez y a los Kuno no les será fácil derrotarlos.

-Tienes en muy alta estima a ese Saotome, ¿no?

-Sólo digo lo que veo.

-Aun así no creo que esto cambie los planes de Kuno, él atacará, tarde o temprano lo hará.

-No resultó la primera batalla, no resultó el que haya querido envenenar a la señora Saotome, ¿qué te hace pensar que acabará con Saotome esta vez?

-Si no lo hace él, lo haré yo –dijo con fría decisión.

-¿Por qué le odias tanto?

-Ya te lo dije, me quitó lo más valioso que tuve alguna vez.

-Pero, al parecer, él no te recuerda, entonces cómo…

-¿Dudas de mis palabras, Mousse?

-Nunca.

-Entonces, no cuestiones mis motivos.

Hubo un momento de silencio en el cual ellos sólo se miraron directamente a los ojos, hasta que el joven extranjero volvió a intervenir.

-Hay algo que quisiera saber.

-¿Relacionado con Saotome?

-En parte –asintió Mousse-. El día en que devolviste las prendas que le arrebatamos al señor de Nerima a su esposa...

-¿Si? –dijo ella al ver que él se interrumpía.

-La señora Saotome me dijo que te había conocido, que habías sido tú quien le entregó los implementos que su esposo había olvidado en esta casa… pero cuando te describió… puedo equivocarme aunque… -hizo un leve movimiento de cabeza en negación-. No, me quedó muy claro aquel día que tú no…

-Muy perceptivo, Mousse y tienes razón.

-Pero, ¿por qué? –cuestionó.

La dama sentada frente a él suspiró audiblemente y luego le dedicó una mirada decidida que le hizo estremecer. En silencio le estaba dando una orden y él lo supo de inmediato.

-Lo repetiré una última vez, no cuestiones mis motivos –dijo con dureza-. Debía ser así en ese momento, aunque con el paso del tiempo esa jugada tampoco sirvió de nada.

Un nuevo momento de silencio se hizo patente cuando ninguno de los dos quiso volver a insistir en el tema. Ella esperaba que su fiel aliado no siguiera indagando en sus planes, después de todo, Mousse no tenía que enterarse de todos sus planes, él sólo debía servirle como siempre lo había hecho.

Él se encontraba absorto tratando de descifrar los secretos que su señora le mantenía ocultos, sin embargo, sabía de antemano que no conseguiría más información que la que ella quisiera proporcionarle.

-¿Qué quieres que haga ahora?

-Lo que vienes haciendo desde que te ordené infiltrarte entre sus guerreros.

-Quieren evacuar el pueblo en cuanto comience el fin del invierno y así evitar mayores pérdidas.

-Entonces, ¿no esperarán la batalla fuera de los límites de Nerima como otras veces?

-No. Piensan que tendrán más opciones de resistir si ocupan el castillo como defensa.

-¿Y tú qué piensas?

-Es una estrategia arriesgada, pero creo que es la mejor opción. Kuno supera al clan Saotome en número ya que casi todos los aliados del señor de Nerima se han vuelto aliados del clan Kuno por la fuerza, así que Hibiki no cuenta con un gran ejército para enfrentar el poderío que seguramente ostentará Kuno –dijo encogiéndose de hombros-. No sé cuánto puedan resistir en el castillo, pero de momento es la mejor opción que tienen.

-Quiero que Yuka vuelva a la casa –dijo la dama-. Si piensan refugiarse en las montañas y nos ordenan a todos concurrir allá, quiero a todas mis mariposas cerca de mí y seguras.

-Trataré de sacarla del castillo esta semana.

-¿Dónde llevarán a los aldeanos?

-A los poblados vecinos. Creo que la idea es armar campamentos en territorios de los señores Kaminarimon, mientras ellos mandan a sus guerreros a la batalla.

-Al sur, una buena decisión.

-Todo fue idea de la señora Saotome.

-¿Esa chiquilla sabe de estrategia militar?

-Te sorprendería todo lo que sabe –sonrió Mousse-, aunque ha encontrado alguna reticencia en los consejeros, pero se las arregla para conseguir que se haga su voluntad.

-Bien, no se hable más –dijo la dama poniéndose de pie, imitada de inmediato por Mousse-. Traerás a Yuka y cuando llegue el momento de evacuar veremos qué sucede.

-Así se hará, mi señora.

-¿Quieres verla? –preguntó la dama cambiando abruptamente de tema.

-¿Puedo hacerlo? –contestó él con otra pregunta.

-En estos momentos nos encontramos todos bajo amenaza, Mousse y sólo los dioses pueden decidir nuestro destino final -dijo dirigiéndose hacia la puerta de la habitación-. No me perdonaría negarle a mi más fiel servidor algo que sé le hará olvidar que hay una guerra a punto de estallar.

-Gracias, mi señora.

Ella no contestó y abandonó la habitación con delicados y gráciles movimientos.

Él se quedó observando el lugar por donde había desaparecido la señora de la casa, con demasiadas interrogantes sobre aquella mujer en su mente, pero con el indudable regocijo que siempre experimentaba cuando ella le concedía un privilegio que pocas veces en el año se podía regalar.


Se encontraba sentado en el salón más pequeño de su palacete, sosteniendo en su mano derecha el rosario de cuentas de sándalo que había tomado por costumbre llevar siempre consigo y su mano izquierda empuñada descansaba sobre su rodilla. Sus ojos cerrados hacían creer que el hombre rezaba, pero lo cierto es que él se encontraba muy lejos de dedicarse a la oración en aquel momento.

No, el hombre se dedicaba a rememorar los acontecimientos recientes y a tratar de adivinar hacía dónde lo conducirían.

Su carrera en la corte pendía de un hilo, y, exiliado en su propio palacete, él intuía que poco o nada podía hacer para remontar en la estima del emperador.

Y a eso se sumaba la visita inesperada que ahora se alojaba en su palacete.

Cuando él se enteró que el mismísimo emperador había enviado a un mensajero con una misiva que le daba nuevas indicaciones a su amigo y mentor respecto de los dos señores conflictivos de Edo, él jamás imaginó que uno de ellos tomaría la decisión de viajar a Kioto para tratar de conseguir una audiencia con el emperador.

Había sido una jugada imprudente y arriesgada, pero ahora, cuando ya habían pasado dos semanas desde que el señor Saotome se había presentado en su palacete y había compartido ese tiempo con él, Soun Tendo entendía que su yerno se desenvolvía con ese arrojo e imprudencia por la vida.

Por eso no le sorprendió que le exigiera que concertara una audiencia prontamente con el emperador, tampoco le sorprendió la efusividad que demostró el joven guerrero al defender ante él su unión con su hija menor y mucho menos le sorprendieron las recriminaciones que éste le había hecho respecto a sus malas decisiones y al poco apoyo que le había ofrecido a su hija menor, su esposa, había declarado.

Su esposa. El cortesano sonrió débilmente al pensar en ello. ¿Acaso Saotome no sabía que aquella unión dependía ahora de la voluntad del emperador?, ¿acaso creía que era tan fácil declarar que Akane era su esposa y ya?

No sería fácil convencer al emperador y él lo sabía, sólo esperaba poder ayudar a la joven pareja y así conseguir reivindicarse con su hija menor.

El sonido de pasos en el exterior del salón en el que se encontraba le indicó que ya no estaba solo, y cuando abrió los ojos, un lacayo se acercó respetuosamente extendiéndole un trozo de pergamino.

-Acaba de llegar, mi señor –dijo el lacayo haciendo una reverencia.

El cortesano asintió y recibió la misiva rompiendo el sello para leerla de inmediato. Sus ojos volvieron a cerrarse y volvió a asentir dejando que el pergamino descansara en su regazo.

-Dile al señor Saotome que necesito hablarle urgentemente.

-Sí, mi señor.

El lacayo se retiró con prontitud a cumplir su cometido, dejando al señor del palacete solo una vez más.

-Debo prepararlo –musitó enfocando la mirada en la misiva escrita con la pulcritud y elegancia del emperador-. En poco tiempo debo prepararlo para que no cometa ningún error al presentarse ante su majestad.

El cortesano exhaló un suspiro y volvió a sumirse en sus cavilaciones. Ahora debía desplegar todos sus conocimientos para conseguir el favor imperial, puesto que el mismísimo emperador le comunicaba que la audiencia al señor de Nerima se había concedido extraordinariamente para la semana venidera. Con su experiencia y la ayuda de los dioses conseguiría que el temerario señor Saotome obtuviera los beneficios y concesiones que todos esperaban.

Era una difícil tarea, pero él estaba dispuesto a llevarla a cabo hasta el final.


El clima empeoraba cada día más. De los días lluviosos pasaban a las tormentas de nieve en un abrir y cerrar de ojos. El viento, el frío y los caminos casi intransitables hacían que tanto él, como sus acompañantes se desalentaran cada vez un poco más.

Y es que desde un comienzo él había pensado que la misión que se le había encomendado era prácticamente imposible de concretar, sin embargo, allí estaba, recorriendo los caminos cada vez más inaccesibles en busca de los fugitivos.

Observó el cielo encapotado. Al parecer, pronto volvería la lluvia por lo que azuzó a su caballo y gritó a sus hombres para que lo siguieran.

A lo lejos divisó una pequeña casa apartada del poblado que habían dejado atrás y decidió acercarse en un intento por conseguir refugio ante la inminente lluvia que volvería a empantanar los caminos.

Cuando bajó del caballo y golpeó la puerta de la pequeña casa, jamás imaginó lo que encontraría tras ella.

Allí, de pie frente a él se encontraba la dama por la cual había recorrido los caminos de todo Edo sin descanso. La reconocería en cualquier lugar o circunstancia. Sus cabellos castaños y sus ojos eran inconfundibles; y su porte nunca dejaría ese aire aristocrático que a él se le hacía tan familiar. Sonrió, pero al instante tuvo que interponer su cuerpo antes que la puerta se cerrara.

-Mi señora, te he buscado por todo Edo. Es un alivio que te encuentres bien.

-¡Déjame! –gritó la dama enfurecida-. ¡Vete de aquí y no vuelvas!

A espaldas de la dama, Hiroshi vio al hombre que había provocado todo el desastre. El médico se había acercado alertado por los gritos de la dama y ahora le observaba asustado.

-Señora, lo siento, pero tengo órdenes de llevarte de vuelta a Nerima –dijo haciendo una seña a sus hombres para que se acercaran a prestarle ayuda.

-¡Pierdes tu tiempo! –exclamó ella tratando de cerrar la puerta nuevamente-. Ya estoy casada y dudo mucho que ese señor de Nerima quiera una esposa que…

-El señor de Nerima ya se ha desposado, mi señora –interrumpió Hiroshi mirándola con pesar.

Ella le dedicó una mirada interrogante y él volvió a hablar tras exhalar un suspiro.

-Tu hermana te suplantó cuando huiste y se arriesgó a perder la vida más de una vez para salvar la de su familia… para salvar tu vida, mi señora.

-¿Cómo?

-Es una larga historia, mi señora, pero ahora por favor, no hagas las cosas más difíciles y deja que te acompañe al castillo de Nerima.

-Pero…

-Juro por todos los dioses que no tienes nada que temer respecto al matrimonio acordado con el señor Saotome. Ya te dije que él desposó a tu hermana, pero debo llevarte conmigo para poder regresar al servicio de mi señora. En este momento más que nunca ella necesita de todos los hombres que puedan combatir a su lado.

-¿Qué quieres decir?

-Se prepara una guerra en Nerima, dama Kasumi, y temo que tu hermana cuenta con muy pocos aliados. Entre más hombres puedan defender Nerima, mayores probabilidades tendremos de vencer, pero yo y los hombres que me siguen no podemos volver si no te llevamos de vuelta. Por favor, señora, así como ella se sacrificó por ti…

-¿No nos harán ningún daño?, ¿no dañarán a Tofu?

-Si te hubiese encontrado unos meses atrás no estaría tan seguro de eso, pero ahora, con todo lo que ha acontecido me atrevo a decir que nada malo te sucederá.

Kasumi pareció pensar en las palabras de ese joven guerrero y trató de confiar en él. No podía explicar por qué pero creía que él tenía razón.

Hiroshi en tanto llamó a uno de sus hombres y le indicó que fuera con uno de sus compañeros y consiguieran donde fuese un palanquín con porteadores para que le sirviera de transporte a la dama que se encontraba pensativa frente a él.

-Dama Kasumi –dijo luego llamando la atención de la mujer-, si no quieres venir conmigo, debo advertirte que…

-No será necesario –interrumpió ella-. Tienes razón, le debo una explicación a mi hermana y tendré que afrontar las consecuencias de mis actos.

El joven asintió haciendo una leve reverencia y luego volvió a hablar.

-Dos de mis hombres conseguirán un transporte para que nos acompañes.

-Entonces, los demás pueden esperar dentro de la casa. No es mucho lo que puedo ofrecerles pero…

-Cualquier cosa será mejor que esperar bajo la lluvia, dama Kasumi.

Hiroshi llamó a sus hombres e ingresó a la casa no sabiendo muy bien qué sentir en aquel momento.

Estaba contento por haber encontrado a los fugitivos, pero al comprobar las condiciones en las que la dama Kasumi había pasado esos meses, sintió algo de compasión. Ella ya no se comportaba como la altiva dama de la corte que él recordaba, sino como una simple mujer de la aldea. Suspiró y se sentó observando a la dama discutir suavemente con su amante. Había tenido suerte al encontrarla; había tenido suerte al convencerla de acompañarlo sin llegar a las amenazas y entonces se preguntó si seguiría teniendo la misma suerte cuando finalmente volvieran al castillo y tuviera que enfrentarse al clan Kuno en batalla para defender a la única mujer que le parecía merecerlo. Y rogó a todos los dioses para que la suerte le siguiera acompañando en la dura batalla que le esperaba al lado de su señora.


Observaba ensimismado el pergamino en blanco que mantenía frente a él en la mesa baja que generalmente ocupaba cuando debía escribir alguna importante misiva dictada por su señor, pero ahora su señor no le acompañaba en la habitación. No, él se encontraba absolutamente solo, tratando de cavilar la mejor forma de escribir la advertencia que pretendía comunicar al enemigo de su señor, sin llamar la atención ni poner en riesgo su vida y situación dentro del castillo.

Suspiró con pesar cerrando los ojos. Se había convertido en un traidor por culpa de una mujer y lejos de avergonzarse de ello, cada día sentía que estaba haciendo lo correcto, porque no estaba dispuesto a dejar que la dama sucumbiera a manos Taro y sus sanguinarios hombres, si de él dependía evitarlo.

Cuando abrió los ojos nuevamente dispuesto a escribir la nota, se percató con asombro que ya no se encontraba solo en aquel salón y se preguntó en qué momento ella se había materializado frente a sus ojos.

-Te has comportado de manera muy extraña, consejero –dijo la mujer observándolo con una fría mirada.

-No comprendo a qué te refieres, mi señora.

-Me evitas desde hace un tiempo –contestó ella paseándose de un lado a otro frente al hombre, con sus brazos cruzados a la altura del pecho.

-No somos amigos y mi deber en el castillo es prestarle consejo a tu hermano, dama Kodachi, no servirte de compañía –respondió guardando lentamente los implementos para escritura que tenía desplegados en la mesa.

-¡Tu maldita preparación no funcionó! –exclamó la dama sin poder contenerse-. ¡Esa estúpida mujerzuela sigue con vida!

-Dama Kodachi –dijo suavemente tratando de esconder su disgusto-, yo no tengo la culpa que los medios que conseguiste para hacer llegar la encomienda al castillo de Nerima hayan fallado. Yo hice mi trabajo y me arriesgué por ti, ¿qué te hace pensar que puedes venir a recriminarme por algo que era tú responsabilidad poner en práctica?

-¡Fueron advertidos, Gosunkugui! –gritó la mujer totalmente fuera de sí.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó con tranquilidad.

-Me lo han informado y sé que es verdad.

-¿Y piensas que tuve algo que ver en ello?

-Sí.

-Dama Kodachi, me sorprende que pienses así.

-Eras el único que conocía todos los detalles del plan. Tú y yo éramos los únicos.

Gosunkugui observó por primera vez a la dama que permanecía frente a él. Parecía una fiera dispuesta a atacar en cualquier momento. Recogió los implementos que ya había guardado y con lentitud se puso en pie para enfrentarla.

-Dime, ¿qué ganaba yo con ponerlos en conocimiento de aquel plan?, acaso crees que sería capaz de traicionar a tu hermano y a todo el clan, ¿para qué?

-No lo sé, tal vez…

Kodachi no supo qué contestar puesto que el consejero tenía razón. Ella sabía que el hombre de confianza de su hermano no actuaba si no podía conseguir algún beneficio propio.

-El que la señora Saotome dejara este mundo nos convendría a todos. Tú conseguirías que el caballo quedara libre y podríamos convencerle de desposarse contigo, dama Kodachi, así acabaríamos de una vez por todas con estos malditos enfrentamientos entre ambos clanes, y si eso no fuera posible, tendríamos a Saotome debilitado y Taro y todos sus crueles guerreros aplastarían al clan Saotome y tu hermano por fin conseguiría lo que quiere –el consejero hizo una pausa mirando detenidamente a la dama frente a él-. Ambas opciones nos favorecerían a todos, dime, ¿piensas que yo me hubiera saboteado a mí mismo cuando la recompensa al acabar con la vida de esa chiquilla era tan generosa?

Kodachi no contesto y esquivó la mirada del hombre que en ese momento avanzaba a paso lento hacia la puerta del salón.

-Dama Kodachi, para otra vez elige mejor a tus servidores y recibirás la recompensa que deseas.

-¿No puedes prepararlo nuevamente? –preguntó con la esperanza de obtener una respuesta positiva.

El consejero sonrió con desgana y negó con un movimiento de cabeza.

-No hay nada peor que repetir una estrategia que no sirvió la primera vez que fue desplegada, dama Kodachi. La respuesta es no, no puedo volver a preparar ese brebaje.

-Pero…

La hermana menor del señor de Seisyun fue interrumpida con la abrupta entrada del comandante de las tropas de su hermano al salón.

-Gosunkugui, el señor Kuno te necesita en el salón principal –dijo con rudeza-. Sarugakure acaba de llegar de Kyushu.

-¿Buenas o malas noticias? –preguntó Gosunkugui observando a Taro darse media vuelta.

-Ve y averígualo por ti mismo –contestó el guerrero alejándose del lugar.

Gosunkugui exhaló un suspiro y siguió los pasos del comandante de los guerreros Kuno, felicitándose por haber convencido de su inocencia a la desquiciada hermana de su señor, pero preocupado ante las noticias que pudiera traer su antagonista en el castillo. Nunca se había llevado bien con Sarugakure Sasuke y lo consideraba portador de malas noticias puesto que la desgracia siempre lo había rodeado.

Ahora vería si esa teoría seguía siendo cierta respecto a Sasuke, aunque por el bien de todos esperaba que sólo por esta vez, su intuición estuviera equivocada.


Cuando ingresó al gran salón, no tan sólo vio a su señor presidiendo aquella reunión, sino también a Sarugakure Sasuke sentado a su derecha y a un hombre anciano que no reconoció a su izquierda. Avanzó con cautela siguiendo a Taro e hizo una pronunciada reverencia a los presentes antes de sentarse a un lado del hombre que no conocía, mientras Taro tomaba asiento sin ninguna muestra de cortesía al lado de Sasuke.

Observó al que consideraba su antagonista y no pudo evitar reflexionar sobre los visibles cambios que había experimentado el hombre que siempre había competido con él por ganar el favor del señor del castillo. Se veía cansado y podría jurar que hasta había envejecido desde la última vez que lo había visto. Secretamente se alegraba de no haber sido él el escogido para desarrollar la misión que se le había encomendado a Sarugakure, porque seguramente él hubiese vuelto en peores condiciones. Y es que allí radicaba la diferencia entre él y su rival. Sarugakure Sasuke se desempeñaba como consejero del señor de Seisyun, pero también le servía cuando había que desarrollar una misión importante en donde debía mezclarse la diplomacia con los conocimientos militares. Él, Hikaru Gosunkugui se vanagloriaba de estar por sobre todos en cuanto a diplomacia y astucia se trataba, pero carecía de entrenamiento como guerrero, sin embargo, a la hora de tomar cualquier decisión importante sobre el dominio, el consejo que él daba era el que más pesaba para el señor Kuno a la hora de ejecutar una acción, fuera bélica o diplomática.

Sonrió con arrogancia al encontrarse con los ojos de Sasuke y luego observó a Kuno esperando alguna información del por qué lo había mandado a llamar.

-Gosunkugui –dijo el señor del castillo llamando su atención-. Como podrás ver, nuestro estimado señor Sarugakure ha vuelto sano y salvo a nuestro castillo.

-Así veo, mi señor.

-Además, ha traído un invitado que encontró por el camino –dijo indicándole al anciano que se encontraba sentado a su lado-. El señor Kobayakawa viene de la capital imperial.

-Bienvenido al dominio de Seisyun, señor Kobayakawa –saludó Gosunkugui, el anciano agradeció con un gesto casi imperceptible.

-Sasuke nos trae buenas noticias desde Kyushu, pero no las discutiremos ahora porque es algo que no tiene por qué interesarle a nuestro invitado –continuó Kuno-, sin embargo y ya que estamos todos aquí, me interesa muchísimo discutir con ustedes mi futuro enlace con la señora Tendo.

Gosunkugui pudo observar el asombro que reflejó la expresión del anciano que se encontraba a su lado y pensó que algo no andaba bien en todo ello. Tenía que averiguar ya, qué sucedía, puesto que él no había confiado nunca en la dama que se hospedaba en el castillo.

-Entonces –dijo tranquilamente-, sería una buena idea llamar a la señora Tendo para que nos acompañe en esta reunión.

Sasuke se sobresaltó al escuchar estas palabras y el anciano pareció hundirse a su lado.

-¿Cómo? –preguntó Sasuke interviniendo por vez primera en la conversación-. ¿La señora Tendo está acá?

-Desde hace algún tiempo –contestó Gosunkugui.

-¿Cuál de ellas? –quiso saber el hombre.

-Mi prometida, por supuesto, Sasuke –contestó Kuno sonriendo levemente-. Tendo Nabiki.

-¿La dama Nabiki?

-¿Sucede algo malo, Sasuke? –inquirió Gosunkugui intuyendo que así era.

El aludido no contestó, se limitó a buscar entre sus ropas hasta extraer un pergamino lacado con el sello de Tendo que extendió a su señor.

Mientras Kuno rompía el sello y leía la escueta misiva que había sido enviada por Soun Tendo hacía meses atrás, Sasuke comenzó a informar a su antagonista de la situación.

-Nabiki Tendo no es la prometida de mi señor –dijo negando con un movimiento de cabeza-. Cuando estuve en Kioto, ella misma fue quien se negó a aceptar la propuesta que mi señor le hacía. Entonces, Tendo decidió conceder la mano de su hija menor…

-Tendo Akane –murmuró Kuno dejando caer el pergamino a su regazo.

-¿Tendo Akane? –dijo Taro frunciendo el ceño pasmado al escuchar aquel nombre-. ¿No es el nombre que nos dio nuestro informante?, ¿no es ella la esposa del bastardo? –preguntó mirando al consejero que tenía en frente-. ¡Gosunkugui!

Por primera vez el consejero no sabía qué contestar ante una pregunta ya que se encontraba tan consternado con la noticia que todo en su mente parecía estar dando vuelta en un torbellino. Si eso era cierto, si el estúpido caballo se había atrevido a desposar a la mujer que le había sido prometida a su señor, entonces él nada podría hacer por aplacar su ira.

-Debe… debe haber algún error –dijo mirando de forma interrogante a Sasuke-. Una confusión o tal vez…

-No es un error –declaró Kuno con un tono de voz tan frío que Gosunkugui creyó que se pondría a temblar allí frente a todos-. Aquí dice que Akane Tendo será mi esposa.

-Señor Kuno –intervino el anciano cortesano-, es por eso que me tienes en tu castillo, vine enviado por el emperador a solucionar este inconveniente que se produjo por un mal entendido…

-¡Un mal entendido! –exclamó Kuno mirando con odio a quien le hablaba en aquel momento-. ¡Un mal entendido! –volvió a decir escupiendo cada palabra-. ¡El maldito bastardo se desposó con mi prometida y tú, viejo infame, vienes a decirme que se trata de un mal entendido!

-Es que Tendo no conocía los acontecimientos que ocurrían en Edo cuando escribió su contestación y…

-¡Calla miserable! –explotó Kuno dando un manotazo sobre la cubierta de la mesa.

-¿Qué harás, mi señor? –preguntó Taro, quien al parecer era el único que disfrutaba enormemente con la situación.

-¿Qué haré? –cuestionó Kuno con la mirada ardiendo con furia contenida mientras se levantaba de su posición.

Los demás le imitaron de inmediato.

El señor del castillo se movía como una feroz bestia enjaulada de un lado a otro. Y es que para él todo había sido un engaño, un ultraje perpetrado por sus enemigos con la ayuda de esa inmunda familia de nobles a la que él había querido unirse para conseguir el apoyo del emperador.

-Mi señor –se atrevió a decir Sasuke-, tal vez podríamos…

-Que se adelanten nuestros planes –interrumpió con frialdad-. Quiero que todos mis hombres y todos los de nuestros clanes aliados se alisten para la batalla. Si los señores que prometieron combatir conmigo se niegan, los liquidas, Taro.

-¿Qué pasará con la dama Nabiki? –preguntó Sasuke.

-Hasta ahora ha disfrutado de mi hospitalidad, veremos qué le parece pasar de ser la huésped de honor en el castillo a transformarse en mi rehén. Enciérrenla desde ahora y a todas sus acompañantes mujeres también. A los guerreros que vinieron con ella los quiero ejecutados mañana por la mañana.

Gosunkugui cerró los ojos con resignación, preparándose para lo peor.

-Atacaremos al maldito bastardo antes de que finalice el invierno y cuando él menos lo espere. Quiero a todo su inmundo pueblo destruido, quiero que todos paguen por lo que él me hizo. Taro, tienes permiso para prepararlo todo para arrasar de una vez por todas con el dominio de Nerima.

-¿Con todo y con todos? –preguntó el hombre con una sonrisa perversa adornando sus labios.

-Con todos –confirmó Kuno-, excepto con ella –indicó observando a los presentes-. La quiero viva. Según esta carta sigue siendo mi prometida y haré valer aquel derecho.

-Mi señor, atacar antes que termine el invierno es una locura –terció Gosunkugui con la remota esperanza de hacerle cambiar de opinión-. Sufriremos perdidas y…

-¡Quiero que Nerima caiga ahora! –gritó Kuno sobresaltándolos a todos-. Los destruiré y me sentaré a observar cómo la ciudad entera es aplastada por culpa del bastardo. Quiero que me traigan a mi prometida sin importar lo que tengan que hacer para cumplirlo y cuando la traigan -se interrumpió observando con odio hacia un punto indeterminado al frente-. Cuando la traigan, también traerán la cabeza del bastardo que se atrevió a desafiarme. ¡Quiero la cabeza de Ranma Saotome en una lanza, tal como años atrás trajeron la cabeza de su padre!

-Así será –acotó Taro haciendo una reverencia para retirarse del salón.

Los demás quedaron observando al señor del castillo quien había abierto la puerta que daba a uno de los jardines y reía como un poseso observando el nevado jardín.

Entonces, el consejero de más renombre en Seisyun se permitió estremecerse al imaginar la crueldad que aplicarían ahora los guerreros del clan comandados por Taro. Observó al anciano cortesano e inclinó la cabeza en un gesto de despedida.

Suspiró de forma cansina y emprendió el camino hacia sus aposentos. Saotome Ranma, tal vez sin percatarse, había despertado la furiosa locura de su señor y él ya nada podía hacer por aplacarle.

El destino de todos ahora estaba en manos de los dioses y sólo ellos sabían a cuál de los dos clanes favorecerían esta vez.


Notas finales:

1.- He vuelto después de muchos meses con un capítulo que no fue nada fácil de escribir, pero que espero les guste. ¿Qué pasará ahora?, temo que "sólo los dioses" lo saben.

2.- No me extenderé mucho porque lo creo innecesario, sólo confirmar que, para quien todavía lo dude, nunca ha estado en mis planes abandonar la escritura de esta historia, así que, como ya ven, en cualquier momento subo su actualización.

3.- Palabras raras creo que no las hay, sólo un concepto que creo es prudente aclarar: cuando Mousse se refiere al "país de las tinieblas", el sólo está citando lo que para nosotros sería el infierno o el lugar en donde habitan los muertos.

4.- Si lo notaron o no, se los cuento igual: cambié el ícono que representa esta historia así como la imagen de mi perfil por una preciosa que realizó una seguidora de esta historia con su versión de "la Akane protagonista" de este escrito. A mí me encantó y me siento muy halagada que alguien dedique tiempo y talento en dibujar una imagen inspirada en algo escrito por mí, así que muchísimas gracias a Zwoelf por este maravilloso regalo de: "La señora Tendo soy yo". Es precioso y no me cansaré de agradecerlo nunca. Sólo quería agradecer públicamente a Zwoelf y hacerles partícipe a quienes leen este escrito de este precioso regalo inspirado en esta humilde historia. Estoy contenta y no puedo ocultarlo :)

5.- Agradecimientos a quienes comentaron el capítulo anterior: a Anngel, susyakane, Faby Sama, Ishy-24, jfer calvomeneses, Paulina Mvalle, Earilmadith21, LadyLouise04, Zwoelf, lerinne, ilkane, pataicho, Astrid Saotome, calipzo1993, Mary, Arashi Ayukawa, Lobo De Sombras, linakane, nancyricoleon, Ifis, Piki26, juan-k-chan, LinaAkane, alix, y Sav21samydeanspn, muchísimas gracias a todas/os por comentar y siento mucho no poder contestarles personalmente pero el tiempo apremia, así que, infinitas gracias a todas/os.

6.- Será hasta una próxima entrega que espero no tardar tanto en subir. Como siempre un abrazo y buena suerte.

Madame...