- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XX

"El inicio del conflicto"

Ahora que cuento con un momento de tranquilidad es cuando me permito reflexionar en cuánto ha sucedido durante estos días. Una distancia tan breve nunca me había resultado tan agobiante. Estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias, sin mayores comodidades que las de ir montado sobre un buen caballo y sin recibir mejores tratos que los que me otorgaban mis hombres al armar los campamentos para descansar de noche.

Sin embargo, viajar en palanquín junto al padre de mi esposa durante tres días con sus noches me resultó bastante incómodo.

Primeramente porque no estaba acostumbrado a viajar en palanquín y confieso que comprendí perfectamente a mi esposa cuando insistentemente se negaba a utilizar ese medio de transporte. Segundo, porque el padre de mi esposa no cesó en ningún momento de tratar de aleccionarme respecto al comportamiento que debía mantener en presencia del emperador.

En cierto modo entendía las aprensiones del señor Tendo, después de todo, soy un guerrero de modales rudos y con poco tacto cuando se trata de defender alguna posición que me parece correcta, así que Tendo no se encontraba tan equivocado al querer infundirme todo su conocimiento de cómo debía comportarme ante el emperador y su corte.

Así, aprendí que seguramente nos harían esperar en las estancias más sencillas de palacio antes de hacernos ingresar al salón que seguramente el emperador dispondría para recibirnos; también aprendí que en ningún momento debía mirar directamente al emperador, de no ser que él expresamente me lo solicitara y lo más importante, aprendí que no debía rebatir nada de lo que el augusto personaje dijera; aunque fuese un señor de la guerra con títulos y tierras, frente al emperador me transformaría en alguien sin importancia y por lo tanto, no tenía derecho a contradecir lo que pensara o dijera su divina majestad.

Tendo nunca dejó de instruirme en el protocolo de la corte imperial, así que cuando llegamos a las puertas del palacio luego de atravesar la ciudad de Kioto, ya sabía perfectamente qué se esperaba de mí.

Las enormes puertas de madera maciza nos dieron la bienvenida como dos ogros tratando de engullir a la pequeña comitiva que esperaba junto a mí. Los abanderados que portaban los estandartes con el blasón de Tendo y el mío propio acompañaron al jefe de la guardia de palacio hasta nuestro palanquín y luego de intercambiar unas cuantas palabras con Tendo, el jefe de la guardia hizo una señal para que desde dentro de palacio abrieran las pesadas puertas dejándonos así ingresar.

Los goznes giraron produciendo un sonido desagradable y cuando subí la lona que hacía las veces de ventanilla del palanquín, pude observar que ya habíamos ingresado al palacio imperial. Mi viaje había concluido y pronto me encontraría enfrentando mi destino.

Los porteadores dejaron el palanquín en el suelo y corrieron a prestarnos su ayuda para descender del armatoste. Rechacé la ayuda y bajé por mis propios medios esperando que mi acompañante bajara y me indicara qué debía hacer ahora que ya estaba dentro de la magnífica ciudadela que albergaba al emperador y a toda su corte.

La edificación era impresionante. Los edificios se sucedían uno tras otro dejando ver sus techumbres finamente labradas desde donde nos encontrábamos. Cierto que nos encontrábamos en la época invernal, pero de una u otra forma, la frialdad de la estación hacia que a la vista, el palacio cobrara mayor majestuosidad y solemnidad.

Cuando Tendo estuvo por fin a mi lado, me indicó con un movimiento de su mano que lo siguiera por el medio del gran patio hacia lo que parecía ser uno de los salones del lugar, no sin antes impartirle órdenes a sus hombres para que estos ayudaran a los míos a acomodarse en el lugar destinado para la servidumbre.

Cuando atravesamos la primera puerta me vi recibido por un salón amplio pero sin demasiada sofisticación. Se notaba la calidez del lugar por lo que supuse que se encontraba calefaccionado con algún bracero y no me equivoqué al divisar un par de aquellos artefactos en las esquinas del recinto. Dentro había una veintena de hombres de distintas edades que nos observaron con sorpresa cuando hicimos ingreso al lugar. Entonces, el más anciano de los que allí había se acercó con parsimonia hasta donde se encontraba Tendo a mi lado y lo saludó con falsa cortesía. Pude darme cuenta de ello por la sonrisa maliciosa que le dedicó al padre de mi esposa.

-¡Soun Tendo! –le escuché decir-, qué gusto me da el que al fin vuelvas a palacio, mi queridísimo y buen amigo.

-Kobayashi –contestó Tendo haciendo un leve saludo con una inclinación de cabeza-, el gusto es mío.

-¿Vienes para las fiestas en honor a la emperatriz?

-No, son asuntos muy distintos los que me traen a palacio esta vez. ¿Se encuentra el chambelán, Kobayashi? Me urge hablar con él.

-Sí, sí. Lo vi hace un momento rondando por aquí. Si quieres voy a buscarlo.

-No es necesario –contestó Tendo-. Yo mismo lo encontraré.

Con una pronunciada reverencia se alejó del cortesano y me indicó seguirlo con un movimiento de su mano. Hasta ese momento no me había percatado que habíamos captado la atención de todos los que allí estaban reunidos y cuando seguí al padre de mi esposa hacia una de las puertas de aquella habitación, pude apreciar el frufrú de la seda la rozar el tatami y los murmullos de los presentes a mi alrededor. Y es que simplemente ver a un desconocido, con sus ropas de fina seda pero bastante austeras para la pomposidad de sus propias vestimentas, debe haber significado todo un espectáculo para ellos. Además, nadie allí portaba dos sables en su indumentaria; nadie, excepto yo.

Cuando llegamos a la puerta corredera más próxima, vi a Tendo dirigirse discretamente a uno de los lacayos e intercambiar algunas palabras, luego el lacayo desapareció raudo por un pasillo y nuevamente me quedé observando a mi alrededor, sin saber qué hacer o qué esperar, hasta que al poco rato, el joven lacayo volvió y se acercó a nosotros.

-Síganme, señor Tendo. El chambelán lo espera, a usted y a su invitado.

-Gracias.

Avancé siguiendo a Tendo y al lacayo en silencio absoluto, observando todo lo que me rodeaba y preguntándome si sería capaz de convencer con mis argumentos al augusto residente de tan magnifico palacio. A medida que avanzábamos, me parecía que estábamos ingresando a las fauces de una bestia y ya no me parecía tan buena idea haber concurrido precipitadamente a entrevistarme con el emperador.

El lacayo se detuvo en una puerta que procedió a abrir y con una profunda reverencia, nos indicó que podíamos ingresar. La habitación estaba ornamentada con finos grabados que colgaban de las paredes, una mesa al centro y algunos muebles en una de sus paredes. Tras la mesa y sentado sobre sus rodillas se encontraba un hombre anciano que me recordó a Happosai. Lo saludamos con una reverencia y él nos indicó que tomáramos asiento.

-Señor Tendo, me alegra mucho volver a verle –dijo inclinando su cabeza hacia un lado-. Debo suponer que el joven que le acompaña es el señor de Nerima.

-Supone bien –contesté adelantándome a mi acompañante, quien me regaló una mirada furibunda-. Saotome Ranma es mi nombre, señor.

-Señor Saotome, sí, sí –asintió con su cabeza-. Lo estábamos esperando y debo decirle que su divinidad desea mucho conocerle.

-Mi deseo también es conocerle y espero que sea pronto.

-Me temo que eso no será posible, señor Saotome, su majestad no les esperaba hasta dos días más y por ahora no podrá recibirles.

-Y qué se supone que haré hasta que él decida recibirme.

-Esperar.

Quise levantarme y abofetear a ese sujeto que parecía disfrutar con lo que nos estaba comunicando, pero Tendo me detuvo posicionando uno de sus brazos en mi antebrazo.

-¿Dónde quiere su majestad que esperemos la audiencia? –intervino Tendo.

-Sus aposentos están dispuestos, señor Tendo. Allí puede quedarse también el señor Saotome, después de todo, son familia ¿no?

-Sí, somos familia –contestó el cortesano devolviéndole la fingida sonrisa al chambelán.

Se notaba que el viejo conocía mi situación y todo lo que sucedía con mi esposa, su hermana mayor y Kuno, o al menos estaba enterado de algunas cosas, pero no iba a ser yo quien le confirmara o desmintiera lo que estaba sucediendo en Edo.

-Esperaremos a que su majestad pueda recibirnos –dijo Tendo levantándose lentamente.

El viejo asintió y yo imité a mi acompañante.

-Una última petición, señor Saotome –dijo de pronto el viejo como si hubiese olvidado mencionar algo importante-. Tenga la bondad de entregarme sus sables.

-¿Qué? –pregunté totalmente sorprendido.

-No podemos dejar que usted porte armas por el palacio –dijo por respuesta-, nadie aquí las porta, a excepción de la guardia, claro está.

-Jamás me he separado de mi sable.

-Me temo que esta vez deberá hacerlo si quiere hablar con el emperador. Son las reglas –sonrió extendiéndome su mano derecha.

-No puede exigirme algo así, soy un daimyō.

-Y está en el palacio imperial, son las reglas –volvió a repetir.

-Señor Saotome, por favor –intervino Tendo-. Es cierto, son las reglas y tus armas te serán devueltas una vez que todo acabe.

Muy a mi pesar sabía que no debía tentar a mi suerte, así que saqué el sable y el tanto de mi fajín y se los entregué al chambelán. De inmediato me sentí desprotegido, como si me hubiesen despojado de todas mis ropas y me encontrara caminando desnudo por una plaza pública.

-Nada malo les sucederá a sus armas, joven señor y verá que pronto le serán restituidas.

Asentí sin querer hacerlo y me di la vuelta para salir de aquella habitación, cuando abrí la puerta pude escuchar nuevamente la voz del chambelán.

-Espere mi llamado, señor Tendo. Su majestad ya ha sido avisada y creo no equivocarme al pensar que adelantará su audiencia.

Pero las palabras del chambelán no se cumplieron, porque estuve encerrado en los lujosos aposentos del padre de mi esposa durante dos largos días. Él aprovechó para recuperar el terreno diplomático que había perdido durante su autoexilio, pero yo no tenía la más mínima intención de entablar amistad con toda esa gente que me miraba extraño y murmuraba a mis espaldas, así que esperé encerrado en los aposentos de Tendo tal y como un bandido espera ser ejecutado por sus fechorías.

El tercer día llegó con una buena nueva ya que Tendo ingresó trayendo una escueta misiva en donde se me informaba que esa misma tarde el emperador me esperaría junto a sus ministros para escuchar mis demandas.

-Tienes que prepararte – dijo Tendo-. Ya conoces todo el protocolo, ¿lo recuerdas?

-Sí, lo recuerdo.

-Tendrás que usar tus mejores atuendos y llevar los regalos que te di cuando salimos de mi palacete.

-De eso te puedes encargar tú –le dije observándolo con suspicacia-, estoy seguro que con esos regalos deseas conseguir el perdón de su majestad.

-Señor Saotome, no me conoces, así que no puedes afirmar algo así y…

-Te equivocas, señor Tendo –le interrumpí-. Unos meses junto a tu hija y unos días junto a ti me bastaron para darme cuenta la clase de persona que eres. No te importa nadie más que tú y tu carrera diplomática en la corte imperial. Si es necesario, estarías dispuesto a sacrificar a tu propia familia por quedar en buenos términos con su majestad imperial.

-Señor Saotome, te prohíbo que me hables de esa forma, recuerda que soy tu suegro.

-Sí, pero eso también depende de su majestad, ¿no? O vas a decirme que te importa mucho si sigo siendo yo tu yerno o soy sustituido por el señor de Seisyun. Eso te tiene sin cuidado, si logras recuperar el favor del emperador.

-Estás siendo injusto.

-Injusto es el que hayas abandonado a tu hija menor y le hayas quitado tu cariño de padre sólo porque dio la casualidad que tu esposa murió al dar a luz.

Tendo pareció envejecer diez años cuando me observó boquiabierto moverme con rapidez para buscar el atuendo apropiado para concurrir a mi audiencia imperial.

-Si quieres borrar algo del mal que le hiciste a tu hija menor al apartarla de tu lado tan egoístamente, entonces tendrás que ayudarme a convencer a su majestad.

Sin más que decir, me acerqué a uno de los biombos que se encontraban en la habitación y comencé a cambiar mis ropas sencillas por unas más elegantes; luego salí y me encontré a Tendo de pie esperándome con un semblante abatido.

-Yo no conozco a nadie aquí –dije observándolo-. Necesito un par de lacayos que carguen los arcones con los obsequios para el emperador.

-Ya me encargué de ello, vendrán cuando sea el momento.

-Bien –contesté.

Luego me senté a esperar que llegara la hora del gallo para dirigirme al Salón del Trono en donde se suponía que me esperaría el emperador y me dispuse a escribir algunas órdenes que debían ser entregadas a la pequeña comitiva de guerreros que me había acompañado al palacio imperial. No quería que dejaran de informarme de lo que sucedía en el exterior y si pasaba algo fuera de lo común, quería ser el primero en enterarme, sobre todo desde esa misma mañana, ya que había tenido un extraño e inquietante sueño que me recordó demasiado al sueño que tuve antes de mi boda con Akane.

En el sueño veía a Akane con el mismo kimono blanco que había utilizado el día de nuestros esponsales. Yo la llamaba y corría hacia el lugar en donde se encontraba, el mismo lugar al que yo la había llevado antes de mi partida a la capital imperial, mi refugio en Nerima, pero ella no me escuchaba y se alejaba de mí dando pequeños pasos hacia el lago que formaba la cascada. Luego todo se oscurecía y ella finalmente parecía darse cuenta de mi presencia y volteaba a verme sonriendo con melancolía, mientras de sus ojos brotaban copiosas lágrimas. Luego me fijé en su indumentaria, ya no era blanca, sino que estaba salpicada de manchas rojas. Tanto las mangas como los faldones del kimono se habían teñido de un rojo carmesí que en mi sueño me hacía estremecer… un rojo sangre, y en su mano derecha, mi esposa empuñaba un sable que goteaba un líquido espeso que era absorbido por los faldones de su kimono. No había dudas, ese líquido era sangre. Yo me acercaba corriendo para tratar de alcanzarla, pero mientras corría, la veía hundirse lentamente en el lago, con la imperturbable sonrisa melancólica en su rostro y los ojos anegados en lágrimas. El lago ya no estaba compuesto por las aguas cristalinas que recordaba, sus aguas eran rojas y mi esposa desaparecía en ellas. Fue cuando desperté y rogué a todos los dioses que no se tratara de una premonición, porque de ser así, no lo soportaría.

No podía quitarme ese sueño de mi mente y me perturbaba de tal modo que creo que mis increpaciones hacia mi suegro bien pudieron deberse a ese sueño y al no poder compartirlo con nadie allí donde me encontraba.

Cuando golpearon a la puerta y el padre de mi esposa se levantó a abrirla, yo apenas fui consciente de sus movimientos. Los lacayos habían llegado y eso quería decir que era la hora de enfrentar al emperador. Los jóvenes tomaron los arcones y salieron precediéndonos, luego salió Tendo y al final, yo les seguí.

Me sentía nervioso, no voy a negarlo, pero era más por el hecho de sentirme desnudo sin mis armas que el miedo mismo que tenía de aquella reunión y de aquel venerable personaje.

Cuando llegamos luego de recorrer una cantidad enorme de pasillos y patios interiores, me pareció que el salón al que me conducían era inmenso, el doble de grande de lo que me había imaginado.

Subimos una a una las interminables escaleras hasta llegar a las puertas de roble que fueron abiertas para nosotros por los dos guardias que resguardaban el ingreso. Caminamos por un pasillo cubierto por una larga alfombra roja y pude notar muchas miradas clavadas en mí y mi acompañante. No podía observar a mi alrededor porque Tendo me había dicho que debía permanecer con la mirada baja hasta que el ministro más cercano al emperador me concediera el permiso de su majestad para levantar la mirada, así que supuse que el salón estaba lleno de cortesanos, ministros y diplomáticos curiosos por saber quién era yo y qué me motivaba a visitar la capital para pedir una audiencia con su majestad imperial.

Nos detuvimos a los pies de una ancha escalera que llevaba al trono que ocupaba el emperador, según me había informado Tendo previamente. Allí nos prosternamos y las primeras palabras nos fueron dirigidas.

-Señor Tendo, señor Saotome, su majestad me solicita que les salude muy afectuosamente.

-Mis saludos y parabienes vayan para su majestad, señor ministro –contestó Tendo a mi lado y en ese momento me percaté que era mi turno para desplegar mis pocos conocimientos de diplomacia.

-Es un honor para mí el que su divinidad haya aceptado que su fiel siervo se presente ante él. Vayan también mis respetos y parabienes.

Luego de un momento en el que supuse que el emperador se encontraba hablando con su ministro, éste último volvió a hablar.

-Su divina majestad está muy interesada en conocer el motivo de su viaje en pleno invierno hasta Kioto, señor Saotome.

-Señor ministro, primero he de entregarle a su majestad estos presentes que he traído y que espero. sean de su agrado.

-Su majestad agradece el gesto, ahora, ¿podría informar a nuestra divinidad el motivo de su visita?

-Vine desde muy lejos a solicitarle a su majestad que no intervenga en los asuntos entre el señor de Seisyun y yo.

-Su majestad pregunta qué asuntos son esos.

-Su majestad debe estar al tanto de los acontecimientos o al menos parte de ellos –suspiré dispuesto a revelar parte de todo lo que había sucedido desde que conocí a Akane frente a todos esos curiosos-. Me desposé con una de las hijas del señor Tendo aquí a mi lado, afortunadamente para mí, no fue la hija que me habían prometido sino la tercera hija de Tendo. Sin saber cómo pasó, mi esposa fue prometida en matrimonio al señor de Seisyun y he venido desde Edo a solicitar que no intervenga en favor del señor Kuno, porque yo no estoy dispuesto a perder a mi esposa.

-Su majestad pregunta qué le hace pensar que intervendrá en favor del señor de Seisyun.

-Sé que hay lazos de sangre que emparentan a su majestad con el señor de Seisyun y sé que su divinidad dio su consentimiento por escrito al señor Kuno para desposarse con Tendo Akane. Pero yo no voy a permitirlo.

-Su majestad dice que usted es el menos indicado para impedir que el destino fijado por los dioses se cumpla en la tierra, señor Saotome.

-Entonces, su majestad no sabe nada del amor y del valor de un guerrero.

Los murmullos de sorpresa no se hicieron esperar y sentí al padre de mi esposa tensarse a mi lado cuando terminé de decir mi última frase.

-Su majestad quiere que se incorpore y le explique su última afirmación, señor Saotome.

-Su majestad no me conoce –dije poniéndome de pie y observando desafiante hacia donde se encontraba el emperador, mientras su ministro, de pie a su lado, me hacía señas para que bajara mi mirada-. Él no me conoce si pretende que le entregue a mi esposa a otro daimyō sin luchar. Akane Tendo es mi esposa y lo seguirá siendo hasta el día de mi muerte. Me enamoré de ella y ella de mí, cosa que no puedo decir, les suceda a muchos hombres, puesto que la mayoría debe soportar un enlace obligado. Le prometí a mi esposa que lucharía por nuestra unión y que no dejaría que nada ni nadie nos separase, y es lo que voy a hacer. Si su majestad quiere que mi esposa cumpla con un compromiso posterior ante el señor de Seisyun, tendrá que quitarme la vida ahora, porque de lo contrario, yo lucharé contra quien sea por ella y hasta que la última gota de mi sangre no sea derramada, nadie podrá quitarme el amor que ella me profesa, ni siquiera un daimyō emparentado con su divinidad.

-Su majestad dice que eres un joven arrogante, señor Saotome, y que entiende tu posición. Sin embargo, el señor de Seisyun también debe ostentar una postura que debe ser escuchada.

-El señor de Seisyun ha buscado durante años una excusa para acabar conmigo y ahora la tiene; si su majestad interviene es muy probable que él le exija a su prometida, que resulta ser mi esposa. Que le quede claro a su majestad que yo no estoy dispuesto a renunciar a ella sin luchar.

-Su majestad dice que siendo así, no puede dejarte salir de aquí antes de consultar al señor de Seisyun sus intenciones.

Cerré mis ojos y los volví a abrir con furia contenida. Si el estúpido emperador me retenía en la capital hasta averiguar qué decía Kuno al respecto, era muy probable que el idiota se aprovechara de la ventaja para despojarme de mis tierras y de mi esposa. No lo iba a permitir. El emperador tendría que matarme o dejarme ir, no había otra opción, así que me abalancé hacia un guardia que se encontraba cerca y ante la mirada de estupefacción de todos los que estaban allí, le quité el sable y subí corriendo la escalinata sin darle tiempo a nadie a reaccionar.

Me arrodillé bajando la mirada a los pies del emperador y le extendí el sable en mis manos.

-Si esa es su decisión, máteme ahora, su majestad. De lo contrario, no espere que me quede encerrado aquí presenciando los ataques de mi enemigo. Prefiero morir ahora a sus manos que sentarme a contemplar cómo Kuno me despoja de lo que más he amado en esta vida.

El sonido de pasos apresurados me hizo comprender que me encontraba rodeado por la guardia imperial y el característico silbido de varios sables al salir de su vaina me indicó que esas podían ser con toda seguridad las últimas palabras que saldrían de mi boca. Pero luego de un momento y al no percibir movimiento a mi alrededor, me arriesgué a levantar mi rostro.

De inmediato percibí que uno de los guardias daba un paso hacia mí, pero una voz aflautada y suave le detuvo dándole una orden.

-Detente –escuché que decían frente a mí-. Queremos que todos abandonen el Salón del Trono. Todos, a excepción del señor Saotome.

-¡Su divinidad! –exclamó el ministro que anteriormente había servido de intermediario para la conversación con el emperador-. No podemos dejarle aquí solo con este… este hombre tan…

-Silencio –escuché nuevamente la voz suave del emperador-. Si decidimos quedarnos a solas con el señor Saotome, es porque estamos seguros que nada malo ha de ocurrirnos, ¿o es que desconfías de las decisiones de tu emperador, señor ministro?

-Por supuesto que no, su majestad.

Vi que el ministro hacía una pronunciada reverencia y luego batía palmas. De inmediato, un murmullo de sedas se dejó escuchar por toda la habitación y yo pude respirar con algo de tranquilidad mientras bajaba el sable y lo dejaba a los pies del emperador quien ya se encontraba de pie frente a mí.

-Incorpórate, señor Saotome, queremos verte.

Al momento de ponerme en pie, noté como todos a mi alrededor iban desapareciendo caminando hacia atrás con sus cuerpos inclinados hacia delante, haciendo una reverencia hacia el emperador, la forma en que me había dicho Tendo, una persona debía retirarse de la presencia del emperador.

-Su majestad, quiero disculparme por mi insolencia y atrevimiento, pero quiero que entienda que no dejaré que nadie me quite a mi esposa.

-Señor Saotome, nos preguntamos si esa defensa tan férrea que haces de tu amor por la pequeña Tendo, la ejercerías en contra de los propios dioses.

Era una pregunta engañosa, pude darme cuenta de inmediato ya que con ello quería decir si yo estaba dispuesto a enfrentarme no tan sólo a los dioses, sino también a quien había sido designado por ellos para ejercer el mando de nuestra nación. El emperador, descendiente de Amaterasu, indirectamente me preguntaba si tenía intención de enfrentarlo.

-Ya le expliqué a su divinidad que estoy dispuesto a todo para conseguir que se respete mi unión con Tendo Akane, incluso si eso implica enfrentarme a una divinidad encarnada en la tierra y morir en el intento –dije con solemnidad y convicción-. Su majestad tendrá que matarme si quiere hacerme cambiar de opinión.

-Creemos que el señor de Seisyun tiene motivos poderosos para reclamar a su prometida, señor Saotome, sin embargo, somos unos convencidos que el amor también es importante para nuestros súbditos.

Había esperanza. Con aquellas palabras el emperador me daba una muestra de comprensión y tal vez, pudiera confiar en que me daría la razón… o tal vez no.

-Su majestad, soy un hombre sencillo que nació de una relación poco apropiada para undaimyō como lo era mi padre, lo sé. Mi padre amaba a su esposa pero yo no soy hijo del amor entre ellos, soy el hijo de una campesina que sirvió de instrumento para cumplir con la obligación de Genma Saotome para con su pueblo y su linaje. –Hice una pausa para prestar atención al leve movimiento que registré a un costado del emperador, pero él me indicó que continuara con un gesto de su mano-. No me avergüenza conocer mi procedencia y confesarla a quien quiera escuchar. Su majestad, quiero que entienda que yo jamás fui criado con amor. A mí se me negó el amor de una madre desde mi nacimiento ya que Nodoka Saotome nunca me quiso; se me negó el amor de un padre porque para Genma Saotome siempre fui un simple instrumento y el resto de personas que me rodean no pueden suplir aquella carencia de afecto. Majestad, en Akane encontré lo que siempre pensé me estaría negado. Juro que nunca creí que me enamoraría de mi esposa, para mí, el desposarme era algo que debía hacer tarde o temprano para otorgar un heredero al clan, nada más que eso, y confieso que cuando me enteré del engaño al que fui sometido, quise acabar con la vida de la usurpadora… pero me fue imposible porque ella se había convertido en mi todo –hice una nueva pausa y finalmente observé las ropas de alguien que permanecía atrás del emperador-. No pude acabar con la vida de la mujer que me había engañado cuando debí hacerlo porque ya sentía un lazo muy fuerte atando nuestros destinos, no me pida ahora que renuncie a ella porque ese lazo se hizo indestructible y sólo la muerte podrá romperlo.

El emperador permaneció en silencio, pero extendió su brazo derecho hacia atrás tomando una fina y blanca mano que hizo avanzar hasta que una mujer se dejó ver a su lado. Era una bella y joven mujer, de rostro perfecto, cabellos castaños y mirada expresiva. Vestía un elegante kimono bordado con hilos de oro y plata y se notaba por su comportamiento que contaba con la total confianza del emperador.

-Querida Hinako, ¿qué opinas de lo que acaba de exponernos el señor Saotome?

La dama me observó con una extraña expresión en el rostro y hubiera jurado que su intención había sido reír en ese instante, sin embargo, comenzó a hablar con una voz dulce y pausada.

-Es evidente que el señor Saotome se encuentra enamorado de su esposa, pero, ¿es correspondido ese sentimiento por la joven Tendo?

-Contesta la pregunta de nuestra querida Hinako, señor Saotome.

-Si la joven Tendo no correspondiera a mis sentimientos, en estos momentos estaría junto a su padre aquí en Kioto ya que me hubiera visto en la obligación de repudiarla, o tal vez camino a Seisyun, en donde estaría obligada a desposarse con el señor Kuno a pesar del afecto que yo le profeso. Ya le he dicho a su Majestad que no pude acabar con ella cuando debí hacerlo y no lo haré ahora que estoy seguro que ella me ama tanto como yo a ella –hice una nueva pausa e incliné mi cuerpo hacia delante-. Es por eso que he venido hasta acá a pedir… no, he venido a suplicar a su Divinidad que permita que mi esposa permanezca a mi lado, de lo contrario será condenarnos a muerte a ambos. A ella porque le aseguro a su Divinidad que no soportará que la entreguen al señor de Seisyun tal y como si se tratase de un saco de grano para sembrar; y a mí porque ya lo he dicho, me enfrentaré a quien sea para defender a mi esposa, así tenga que morir en el intento. Solo muerto renunciaré a ella, antes nunca.

Se hizo el silencio en el gran Salón del Trono y yo no tenía el valor de levantar mi rostro para enfrentar a quienes se encontraban frente a mí. Había expuesto mis motivos, había desafiado la autoridad imperial, había hablado tan sinceramente como nunca lo había hecho antes y había suplicado por primera vez en mi vida. Ahora todo dependía del emperador y acaso de la bella dama que lo acompañaba.

Escuché el frufrú de las sedas al moverse, escuché un murmullo de voces aunque no pude distinguir lo que decían y luego, la orden fue clara y especifica.

-Señor Saotome, hemos decidido que permanecerás alojado en palacio hasta que podamos deliberar y darte una respuesta –dijo el emperador-. Hoy nos avocaremos a tu caso, eso te lo prometemos y ya mañana a esta misma hora te daremos nuestro parecer. Es todo por ahora, puedes retirarte.

No había nada más qué hacer, el emperador había hablado para darme una orden, no para hacerme una petición. Estaba condenado a retirarme y permanecer tranquilamente en los aposentos que me habían destinado en el palacio imperial esperando la decisión de su Majestad, tal y como un condenado esperaría el momento de su ejecución.

Me retiré del lugar siguiendo todo el protocolo que me había enseñado el padre de mi esposa y cuando me dirigí a los aposentos que me habían destinado dentro del palacio, no pude dejar de notar que la mayoría de personas que se cruzaban conmigo me observaban sorprendidos, casi como si estuvieran observando de cerca un fantasma o un demonio. No me importó, seguí mi camino cabizbajo y taciturno puesto que si bien el emperador me había escuchado, no podía dar por hecho que él tomaría una decisión que me favoreciera.

Cuando llegué al pabellón que compartía con el padre de Akane, él me esperaba impaciente. Se acercó a mí apenas me vio ingresar, haciéndome preguntas y observándome como si estuviera hablando con un muerto caminante.

Le conté todo lo que había sucedido en mi entrevista con el emperador y él me aclaró que la joven dama que había visto junto al emperador era una de las consortes imperiales, y preferida del emperador. La mujer llevaba por nombre Hinako y ejercía una fuerte influencia en su Majestad Imperial. De haberlo sabido antes me hubiera esmerado mucho más en caerle en gracia para que abogara por mi causa.

En conclusión, el señor Tendo pensaba igual que yo, no todo estaba perdido pero tampoco podía decir que hubiese ganado algo. Me disculpé con el padre de mi esposa y me retiré a mi habitación. Esa noche dormí muy poco; no podía dejar de pensar en la respuesta del emperador y tampoco podía alejar de mi mente el recuerdo de Akane. ¿Qué estaría haciendo mi esposa en el castillo de Nerima?, ¿los consejeros estarían acatando sus órdenes?, ¿Ryoga estaría prestándole el apoyo que ella necesitaba? Preguntas, sólo preguntas atormentaban mi pensamiento y con ello, la añoranza por sentirla a mi lado crecía; el anhelo de saber que ella estaba y estaría bien se hacía cada vez más insoportable en mi corazón.

Las horas fueron avanzando y cuando desperté, me embargó una extraña sensación de inseguridad y temor. Tendo me acompañó en el pabellón hasta medio día y luego se despidió para tratar de recuperar algo de terreno perdido durante su autoexilio, así que seguí esperando el llamado del emperador puesto que si él había comprometido una respuesta para la tarde de aquel día, no podía desentenderse.

Pero no fue el llamado del emperador lo que vino a comunicar un lacayo a las puertas del pabellón en el que me encontraba. No, el hombre de unos cuarenta años de edad me observó fijamente cuando concurrí a atenderle y luego de un momento, me tendió un trozo de pergamino. Lo abrí de inmediato al reconocer mi propio sello en él y entonces tuve claro lo que debía hacer, aunque no sabía cómo iba a lograrlo.

Salí corriendo del pabellón así como estaba e ignorando el llamado a gritos del hombre que me había llevado esa escueta misiva. Debía encontrar a Tendo para que me condujera hacia donde se encontraba el emperador y debía ser en aquel preciso instante.

Pregunté a tres o cuatro personas en dónde podría encontrar al padre de mi esposa, hasta que la quinta me indicó, no sin antes mirarme un tanto confundido, el salón en donde seguramente se encontraba el dignatario imperial. Ingresé al salón sin ningún recato y escruté con la mirada el lugar; cuando hube ubicado al padre de mi esposa entre toda la gente que allí se encontraba, avancé a paso rápido hacia él.

-¡Tendo! –exclamé sin medir la entonación de mi voz, con lo que conseguí que todos los cortesanos que allí había reunidos voltearan a verme-. Tendo, necesito ver al emperador, ahora –dije una vez llegué a su lado.

-¿Te has vuelto loco, señor Saotome? –inquirió el padre de mi esposa observando asustado la reacción de sus cercanos.

-Necesito recuperar mi sable y salir de aquí, ahora –contesté ignorando por completo el comentario de mi interlocutor.

-No puedes abandonar el palacio imperial cuando se te dé la gana, señor Saotome, me parece haberte advertido cuáles son las reglas de este lugar.

-La vida de tu hija, mi esposa, depende de que pueda abandonar el palacio ahora, Tendo. Y ten por seguro que me iré de aquí con el consentimiento de su Majestad o sin él. Sólo necesito que me devuelvan a kibō.

-¿Qué sucedió con Akane? –preguntó asustado-. ¿Qué quieres decir?

-Sólo devuélveme a kibō y ayúdame a salir de aquí.

-¿Ella está bien?

-De momento sí, pero necesito llegar a Nerima lo antes posible, ¡entiende de una vez!

-Sígueme –dijo finalmente avanzando por un costado del salón.

Avanzamos por distintos pasillos por los cuales no recordaba haber transitado con anterioridad, hasta que llegamos a uno de los patios interiores de palacio. Tendo avanzó a grandes zancadas hasta ingresar a una habitación a un costado de un pasillo. Había varios hombres allí, todos vestidos con el uniforme de la guardia imperial. En el centro de la estancia había una mesa de madera sencilla en donde permanecía sentado un hombre de unos cuarenta años escribiendo sobre un trozo de pergamino. Tendo se acercó a él y llamó su atención.

-Buenas tardes –saludó. El hombre apenas levantó el rostro e hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo-. Me envía el chambelán a solicitar la devolución de las armas del señor de Nerima, Saotome Ranma, aquí a mi lado.

-¿Las órdenes? –inquirió extendiendo una de sus manos al frente.

-No me las entregó, el señor chambelán dijo que luego se las haría llegar con uno de sus lacayos.

-Sin órdenes por escrito, no hay armas.

-Mi nombre es Tendo Soun y soy un…

-Sí, sí, sí –interrumpió el hombre-. Sé quién es usted, mi señor, y también sé la posición que ocupa al lado de su Majestad –continuó diciendo con sorna-, pero yo soy el hombre al que le cortarán la cabeza si entrega un sable que le fue confiado sin una orden por escrito de quien está autorizando a retirarlo.

-Pero…

-No hay autorización por escrito, no hay armas. Así de simple –dijo el hombre volviendo la mirada al escrito que permanecía en la mesa-. Ahora, si me disculpa señor Tendo, estoy bastante ocupado con estas labores como para seguir manteniendo una amena conversación.

Salí de aquel lugar siguiendo a Tendo, pero con ganas de matar a aquel hombrecillo del cual dependía el que me devolvieran mis sables.

-Sólo nos queda una opción. Esperaba no tener que llegar a utilizarla pero no podremos sacarte de aquí si ella no nos ayuda.

-¿Ella? – quise saber.

-Mi hija está en peligro ¿no? –Asentí en silencio avanzando a su lado-. Entonces me arriesgaré una vez más; por ella arriesgaré no tan sólo mi puesto en la corte, sino también mi vida.

Habíamos llegado nuevamente a los intrincados pasillos interiores del palacio; el padre de mi esposa abrió una puerta y me indicó una pequeña sala que se encontraba vacía.

-Espérame aquí, señor Saotome.

-¿Dónde vas?

-A tratar de hablar con alguien.

Me sentí abatido por lo que estaba sucediendo. Me encontraba encerrado en una pequeña sala, sin posibilidad de escapar de aquel palacio a menos que el emperador me concediera su autorización, desarmado y sin posibilidad de recuperar mis armas, y mientras yo permanecía enjaulado en ese enorme recinto, mi esposa se encontraba a una gran distancia, enfrentada a un grave peligro.

Saqué de mis ropas el trozo de pergamino y lo desenvolví. Lo cierto es que no era tan sólo una carta la que permanecía en mis manos, sino dos. En la primera, uno de los hombres que me acompañaban me explicaba que había recibido aquel mensaje de manos de un mensajero que no quiso identificarse pero que había jurado que la misiva era de suma importancia y debía entregármela inmediatamente y él así lo había hecho puesto que no habíamos tenido noticias de lo que sucedía en Edo. El segundo mensaje estaba sellado con un sello que no distinguí. No pertenecía a nadie de mi clan; tampoco reconocí en él, que la misiva hubiese sido enviada por algunos de los aliados de clan, el pergamino había sido sellado con un simple círculo de lacre, sin ningún grabado que hiciera presumir quién lo había enviado.

-"Señor Saotome - volví a leer mientras esperaba el regreso de Tendo-, las fuerzas del señor de Seisyun se alistan para atacar Nerima. El asalto al castillo se realizará antes del fin del invierno. El señor Kuno está decidido a acabar con todo y no pretende esperar a que el clima sea favorable, atacará de todas formas. Se ha enterado que la que debía ser su esposa acabó casada con el señor de Nerima. Su venganza será implacable".

Eso era todo. No había nombre ni indicios de quién había enviado la advertencia, pero me negaba a pensar que aquello fuese una trampa. Conocía lo suficiente al idiota de Kuno como para saber que justamente ésa sería su forma de reaccionar si se enteraba que Akane le había sido prometida en matrimonio. No, la persona que había escrito esa misiva debía ser alguien amigo que no quiso comprometerse si la misiva era interceptada y yo debía volver cuanto antes al lado de mi esposa.

Así que esperé, por lo que me parecieron horas, espere a que Tendo llegara con una respuesta favorable mientras la angustia de mi corazón crecía y mis pensamientos se dirigían hacia el lejano Edo, al dominio de Nerima, en donde mi esposa corría un grave peligro.

Los pasos apresurados y el murmullo de la seda al rozar con el piso me alertaron, sacándome de mis propias cavilaciones. Tendo ingresó portando a kibō y me lo ofreció junto al sable más pequeño.

-¿Cómo conseguiste que ese idiota te entregara mis armas? –fue lo primero que pregunté al momento que ajustaba ambos sables a mi fajín.

-El cómo no importa ya, ahora lo que importa es que me digas porqué piensas que mi hija está en peligro.

-No estás sólo ¿verdad? –inquirí ya que había notado un movimiento tras la puerta que Tendo había dejado abierta.

-No tengo tiempo para…

-Yo tampoco tengo tiempo.

-Señor Saotome, he confiado en ti y he realizado todo lo que me has pedido. Ahora necesito que confíes tú en mí y me expliques la situación para transmitirla a su Majestad.

-Kuno atacará Nerima antes de que acabe el invierno. Fui advertido y necesito llegar a mi dominio antes que la batalla dé comienzo, de lo contrario, todo estará perdido.

-Entonces…

-Entonces, tengo que viajar ahora si quiero llegar antes que la tragedia se desate.

-El emperador te concederá su apoyo, señor Saotome, eso ya lo tiene decidido –se escuchó una voz femenina desde el otro lado de la puerta. Traté de avanzar para ver a la dama con la que había hablado el día anterior puesto que estaba seguro que se trataba de ella, pero Tendo me detuvo y negó con un movimiento de cabeza-. Ahora que conozco el motivo de tu prisa por abandonar el palacio imperial, mediaré ante su Majestad en tu favor.

-Te estaremos eternamente agradecidos, dama Hinako –dijo Tendo instándome para que agradeciera yo también.

-Te agradezco todo lo que haces por mí y por mi esposa, dama Hinako.

-Ten, señor Saotome –dijo la mujer extendiendo un trozo de pergamino que se dejó ver por la puerta entreabierta-. Es una autorización para salir de palacio junto a tus hombres ahora mismo si así lo quieres.

-Gracias, dama Hinako.

Tomé el trozo de pergamino de manos de la joven y pude verificar que efectivamente se trataba de un permiso firmado por el chambelán de palacio.

-Le explicaré lo sucedido a su Majestad y creo que entenderá tus motivos, de lo contrario, tú estarás lejos de Kioto y no podrá darte alcance, por lo que seremos yo y el señor Tendo quienes tendremos que aplacar la ira de su Majestad.

-Te arriesgas demasiado, dama Hinako –dije realmente agradecido con aquella mujer.

-Me arriesgo porque tu causa me parece justa –comentó-. Además, como mujer no puedo dejar que la joven Tendo afronte una situación desesperada sin la compañía de su esposo. Un amor tan profundo como el que nos relataste ayer no merece ser pisoteado por un hombre con sed de venganza. Tal vez soy una romántica, señor Saotome, pero he decidido ayudarte sólo por ver prosperar aquella unión que con tanto ahínco defendiste ayer ante su Majestad Imperial. Me despido ahora, señor Saotome.

-Adiós, dama Hinako y una vez más, gracias por tu ayuda.

Luego, todo sucedió tan rápido que apenas lo recuerdo. Salimos de aquel salón con Tendo, recogí algunas cosas del pabellón en donde me alojaba y salimos rumbo al lugar en donde mis hombres habían permanecido todos esos días. Di las órdenes a mis hombres quienes las acataron en el acto e hice traer a Saikyo. Una vez montado a lomos de mi caballo y comprobado que todos mis hombres y los caballos que habían cargado con las alforjas estuvieron listos, me despedí del padre de mi esposa.

-Señor Tendo, fue agradable conocerte y te agradezco por todo lo que has hecho por mí.

-No lo hice por ti, señor Saotome, lo hice por mi hija –dijo seriamente-. Antes de abandonar Kioto pasa por mi palacete, mi gente les surtirá de provisiones, ya les envié una orden con un mensajero, llegará antes que ustedes.

-Gracias, señor Tendo.

-Cuida… cuida a mi hija… por favor.

-Lo haré –dije haciendo una reverencia a modo de despedida-. Sabes que lo haré, así tenga que morir por ella.

Tendo me devolvió la reverencia y fue la última imagen que registraron mis ojos de él. Avanzamos hacia el gran portón y entregué la autorización a uno de los guardias; éste leyó el documento e hizo abrir las puertas. Los goznes se escucharon como quejidos de un ogro y avancé a la cabeza de mi pequeña tropa de hombres.

Así abandonamos el palacio imperial.

Así nos alejamos de Kioto y de toda su pompa y protocolo.

Así hemos seguido cabalgando con la esperanza de llegar a tiempo para la batalla que decidirá mi futuro y el de mi esposa. Sólo en ella pienso durante el trayecto que me encuentro haciendo, en ella y en la promesa que le hice antes de emprender el viaje, nada ni nadie podrá separarnos… y Kuno demostraría ser muy estúpido si piensa que lo conseguirá.


Los días pasaban lúgubres y tristes en el castillo. Parecía que todos a mí alrededor habían adquirido un talante funesto y el inclemente clima invernal no hacía nada para alivianar la carga de los atribulados corazones de quienes habitábamos el castillo.

Todos los habitantes del lugar caminaban cabizbajos y demostrando pesar, era como si de antemano supieran que nuestro fin estaba cerca. Ya nadie sonreía o demostraba alegría en el castillo y eso me tenía acongojada.

La última semana había llovido prácticamente a diario lo que imposibilitaba el traslado de las familias del pueblo hacia los refugios que se estaban armando en territorio de la familia Kaminarimon y con ello se retrasaban nuestros planes ya que cada vez faltaba menos para que el invierno acabase. Tampoco habíamos tenido noticias de mi esposo, aunque era entendible puesto que los pasos fronterizos seguramente se encontraban cerrados, así que no teníamos manera de comunicarle la decisión de permanecer en el castillo en un eventual ataque por parte del clan Kuno. Yo sabía que el consejo había aceptado a regañadientes mi estrategia, pero contaba con el apoyo de los cabecillas de las fuerzas de ataque del clan. Los señores Hibiki y Daimonji habían estado de acuerdo y habían defendido mi idea, bastando sólo aquello para que los más acérrimos detractores de mi plan cedieran ante la petición de quienes eran los hombres de confianza de mi esposo. El consejo tampoco tenía muchas opciones si se miraba el problema desde mi perspectiva. Los aliados de mi esposo le habían abandonado; no todos, es cierto, pero la mayoría de los grandes señores que habían jurado fidelidad al clan Saotome, ya fuera por conveniencia o por amedrentamiento por parte del clan Kuno le habían vuelto la espalda, y, a pesar de los esfuerzos del señor Hibiki y sus hombres de confianza, las fuerzas del clan Saotome se habían visto mermadas en gran cantidad por el abandono de los demás clanes. En otras palabras, no teníamos a quién acudir y el reclutamiento de hombres había sido muy escuálido en comparación a lo que el señor Hibiki esperaba. Solicitar la ayuda del Shōgun tampoco me parecía adecuado porque luego querría retribuciones que no estaba dispuesta a tranzar, así que me sentía completamente desamparada, pero aun así, no me daría por vencida. Ranma había confiado en mí para manejar los asuntos del dominio y yo no iba a fallarle, aunque un estúpido señor de la guerra como el señor de Seisyun quisiera acabar con todos nosotros.

Ranma, mi esposo, no había momento del día en el cual no le dedicara un pensamiento. Habían sido semanas de extrañarlo, de añorar su presencia, de vivir de recuerdos. ¿Dónde estaría ahora?, ¿se habría reunido con el emperador?, ¿qué respuesta le daría su Majestad?, ¿seguiría con vida? Esta última pregunta se había convertido en mi temor más profundo; no me importaba que estuviésemos preparándonos para una batalla que quizá perdiéramos, no me importaba que todos en el castillo estuviéramos consumiéndonos en la agonía y el temor, no me importaba que los aliados del clan nos hubiesen abandonado, sólo me importaba saber que él se encontraba bien en Kioto y que volvería a verlo aunque fuera una última vez para decirle cuánto le amaba.

Pero al parecer los dioses no tenían intención de reunirnos tan pronto y mucho menos hacernos la vida un poco más fácil. Yo sabía que mi esposo iba a desplegar sus mejores argumentos para tratar de convencer al emperador de la legitimidad de nuestra unión, pero eso no garantizaba que el emperador estuviera de acuerdo con los razonamientos de Ranma y mucho menos evitaría que la encarnación de los dioses en la tierra se sintiera ultrajado y para compensar ese ultraje solicitase la vida de mi esposo. El riesgo era inmenso y conociendo el temperamento de Ranma, era muy probable que ante una decisión desfavorable para nosotros por parte de su Majestad, él se revelase y entonces… No quería pensar en las consecuencias. De sólo imaginarme a la guardia imperial rodeando a un indefenso daimyō, esperando la orden de ejecución dictada por el emperador, me daban ganas de llorar y salir del castillo rumbo a Kioto.

Lo cierto es que no me encontraba bien anímicamente, la ausencia de Ranma me había afectado demasiado y mis cercanos se habían percatado de ello. Ukyo era la que mostraba mayor preocupación por mí, al igual que Cologne y me lo hacían notar cada vez que tenían oportunidad. Yo me defendía diciendo que eran las preocupaciones de enfrentar una batalla al mando del clan de mi esposo lo que me tenía acongojada, pero a ellas no podía engañarlas. Tampoco ayudaba el que me hubiera percatado del extraño comportamiento que manifestaba el señor Hibiki desde un tiempo atrás. Puede que resulte un poco pretencioso de mi parte, pero, me había dado cuenta que el señor Hibiki me observaba de otra forma ahora que mi esposo no estaba conmigo. Para mí no era extraño recibir atenciones de alguien a quien mi esposo consideraba un hermano y a quien le había confiado mi seguridad, pero esas atenciones comenzaron a incomodarme en el momento justo en que noté que el señor Hibiki trataba de acercarse a mí de una forma más personal.

Yo sabía que entre él y Ukyo nacía poco a poco algo más que una amistad y no podía creer que el comandante de los guerreros Saotome estuviera interesado en mí. Yo era la esposa de su mejor amigo, de su señor, entonces, todos los códigos de lealtad y moralidad estarían siendo violados, no podía permitirlo, así que comencé a alejarme de él, puesto que nada bueno traería el seguir haciéndome acompañar por un hombre el cual cada vez que me miraba o hablaba dejaba ver un comportamiento poco apropiado con su señora. A él podría costarle la vida si alguien se enteraba de sus confusos sentimientos; a mí me traería más de un problema el que el mejor amigo de mi esposo comenzara a demostrarme en público lo que ocultaba su corazón. Ya suficiente había tenido con las sospechas infundadas y los malos entendidos que se habían producido tiempo atrás con el monje Shinnosuke y aunque Ranma no estuviera en el castillo, Happosai, el detestable chambelán sí permanecía en el castillo. Si Happosai descubría el interés que por mi demostraba el señor Hibiki, entonces no habría forma de acallar los rumores que finalmente llegarían a oídos de mi esposo. Happosai había demostrado ser un hombre veleidoso y a pesar de que su primera intención había sido escapar de una situación desventajosa para él y sus intereses ante la batalla que se avecinaba, algo había pasado que había alterado sus planes iniciales y ahora se encontraba al igual que todos nosotros en el castillo, esperando la batalla y participando activamente en las reuniones de planificación que manteníamos con el consejo, las que se habían reducido en número y tiempo a una cada semana, lo cual era un alivio para mí y mi atribulado corazón ya que no tenía que ver al comandante Hibiki más que por unos momentos cada semana.

Así, con el señor Hibiki alejado de mí por seguridad y pudor, y Happosai aparentemente de nuestro lado y con deseos de colaborar para la victoria del clan, me sentía un poco más tranquila, hasta que hace tres días atrás, una noticia inesperada hizo girar mi mundo una vez más.

Más que una noticia fue una aparición. Llovía copiosamente aquel día y yo me encontraba junto a mis doncellas y mi aya en mi habitación cuando un lacayo se hizo escuchar tras la puerta, solicitando mi presencia.

Ukyo, quien siempre era reacia a permitir que cualquier persona se entrevistara conmigo le dijo que le comunicara a ella qué sucedía, pero el lacayo insistió en hablar conmigo, así que me acerqué a ver qué era lo que pasaba sin imaginar que el joven me entregaría un pergamino doblado en cuatro partes. Lo abrí y leí las escasas dos líneas escritas con rapidez en el pergamino.

-¿Dónde están? –pregunté al lacayo quien haciendo una reverencia contestó.

-En el salón principal, mi señora.

Salí tan rápido de la habitación que casi no me percaté que el lacayo trastabilló para dejarme pasar. Tras de mí salió Ukyo y luego Cologne pidiéndome una explicación por mi extraño comportamiento, pero yo no les contesté, estaba muy ofuscada en aquel momento y lo único que quería era llegar al salón principal para encontrarme con quien me esperaba ahí.

Recorrí los pasillos, crucé habitaciones y aparté a criadas a toda velocidad, sin importarme el que las personas que observaban mi apresurado andar censuraran luego el que no me comportara de acuerdo a las normas que se le exigían a una dama que ostentaba el título de esposa de un daimyō.

Cuando finalmente llegué a las puertas del salón principal, me detuve y exhalé un suspiro ahogado, había llegado el momento y no sabía cuál iba a ser mi reacción una vez abriera las puertas de esa habitación. Mis compañeras habían llegado a mi lado y se habían apostado tras de mí, a la espera de que en cualquier momento alguna especie de ogro o espíritu saliera de aquel lugar, pero al abrir las puertas de aquella habitación comprobaron que no se trataba de un ogro o algún fantasma, sino de alguien que se encontraba gozando de mucha salud.

-Por fin llegas al castillo de Nerima –dije fríamente observando con rabia contenida a la mujer que permanecía de pie en el centro de la habitación junto a un hombre joven que demostraba en su semblante estar completamente asustado-. Tardaste bastante en llegar, meses, pero finalmente estás aquí.

Ella avanzó un par de pasos acercándose a mí lo suficiente como para que yo pudiera extender mi brazo y acariciar su rostro, pero yo no tenía intención de acariciar aquel pálido y demacrado rostro, sino más bien mi intención era abofetearlo y así lo hice.

-Hermana –dijo ella llevándose ambas manos a la mejilla castigada.

-Debería acabar con tu vida, Kasumi –dije conteniendo las lágrimas de rabia que amenazaban con abandonar mis ojos-. Debería encerrarte en una de las habitaciones más recónditas del castillo y ordenar que te ejecuten, a ti y a tu amante.

-Akane, soy tu hermana…

-¿Y no recordaste que lo eras cuando escapaste con tu amante dejándome enfrentar sola al que debía convertirse en tu esposo? –le interrumpí dando un paso hacia ella-. ¿Es que acaso te importó que fuéramos hermanas al dejarme sola en las afueras de Nerima con toda esa gente que pudo haber muerto por tu imprudencia si el señor de estas tierras se hubiera enterado de lo que había hecho su prometida? ¿Pensaste en la represalia que tu prometido podría ejercer en contra de tu querido padre en Kioto, de tu hermana Nabiki y de toda nuestra gente?

-No lo hizo.

-¡No lo hizo porque yo tuve que impedirlo! –exclamé dejando que mis lágrimas corrieran por mis mejillas. Ella retrocedió un par de pasos más-. Fue muy difícil y no sabes la cantidad de veces que creí que mi vida terminaría y ahora estoy aquí frente a ti, convertida en la esposa de un daimyō del que tú deberías… deberías…

-Lo siento, Akane.

-Juro que si no me hubiese enamorado del señor Saotome, te hubiera matado, Kasumi, o hubiera dejado aquel encargo antes de que él me hubiese ordenado acabar con mi vida.

La observé en silencio. Estaba cambiada, más delgada, más pálida y vestida casi con harapos. Sentí pena por ella, pero a la vez, la miraba y recordaba todo lo que yo había sufrido por su culpa. Los días de incertidumbre, la culpa carcomiéndome al saber que me encontraba engañando al señor de Nerima, el temor a la muerte, la vergüenza por su comportamiento, los malos tratos recibidos por quien debía ser su esposo y no el mío y ahora, la inseguridad de una batalla. Había sido mucho sufrimiento y angustia como para perdonarla tan fácilmente. Seguía existiendo aquel sufrimiento y congoja puesto que no sabíamos cómo acabaría todo.

-Dama Akane –escuché que decía el hombre que permanecía tras mi hermana y fue como salir de una ensoñación, puesto que en aquel momento recién fui consciente de la presencia de él y de mis acompañantes tras de mí.

-Ahora soy la señora Saotome, honor al que tu amante renunció meses atrás.

-Señora Saotome –rectificó el hombre-, tu hermana en verdad se sintió muy mal cuando hizo abandono del campamento…

-¿Y no pudo comunicarme esa decisión cuando la tomó?

-Temimos que nos obligaras a cumplir con el acuerdo –dijo Kasumi.

-Y tal vez lo hubiera hecho o tal vez no. Ahora ya no podemos saberlo.

-Akane, ¿qué sucederá ahora?

-Te doy tres opciones, Kasumi. La primera es que pases el resto del invierno aquí y una vez que el señor de Nerima regrese se decidirá qué haremos con ustedes. La segunda es que vuelvas al lugar de donde has venido y la tercera es que trates de hacer el camino a Kioto para explicarles a padre y al emperador, tu proceder. No te detendré Kasumi, pero has de saber que los caminos son prácticamente intransitables en estos momentos, los pasos fronterizos deben estar cerrados y nos encontramos a las puertas de una batalla contra el clan Kuno; no es seguro salir del castillo.

-Si el señor de Nerima nos encuentra aquí cuando vuelva, seguro querrá acabar con nosotros.

-Mi esposo no les hará daño, aunque lo merezcan, porque al igual que yo, está agradecido de que aquel engaño fuese propiciado.

-Quieres decir que…

-Quiero decir que les ofrezco la hospitalidad del castillo de Nerima, aunque no esperes que te perdone, Kasumi… al menos no todavía.

-Akane, sé que estas dolida y decepcionada de mí, pero juro que lo lamento y ruego a los dioses para que me perdones algún día.

-Me obligaste a convertirme en algo para lo que no estaba preparada, Kasumi. Me obligaste a mentir, a sacar fortaleza de donde no la tenía y me obligaste a ser fuerte no tan sólo por mí, sino también por quienes me rodean –dije mirándola fijamente-. Ser la esposa de un daimyō no es fácil, Kasumi, mucho menos cuando tienes todo en tu contra. Aun así, con tu estúpido comportamiento me diste la posibilidad de conocer el amor… quieran los dioses que tanto el señor Saotome como yo vivamos para compartirlo.

-¿Por qué lo dices?

-Es todo lo que debes saber por el momento –dije girando mi cuerpo hacia la puerta de salida-. Enviaré a alguien para que les indique dónde se alojaran y les ayude con lo necesario.

-No debes molestarte por nosotros.

-Sí debo –rebatí-. A pesar de todo, sigues siendo una Tendo y no quiero que se diga que la señora del castillo atiende mal a su hermana.

-Gracias, Akane.

No contesté, salí de allí tan rápido como había ingresado ya que no soportaba por más tiempo ver a mi hermana en aquel lugar.

Cierto que si no hubiese sido por ella y su alocado comportamiento, yo no me hubiera convertido en la señora Saotome y tampoco hubiera conocido el amor, pero no podía perdonar la traición a la que había sido sometida y con ello, los peligros que había enfrentado.

Fue entonces cuando Ukyo y Cologne se hicieron notar a mi lado y me inspiraron tranquilidad casi sin proponérselo, sólo acompañando mi caminar hacia las habitaciones que ocupábamos.

-Ukyo –llamé a mi doncella-. Ve y diles a un par de criadas que preparen algún aposento para nuestros invitados. Que les provean ropas adecuadas y todo lo que necesiten.

-Sí, mi señora.

Ukyo se alejó para cumplir mi orden y seguí avanzando con Cologne a mi lado.

-Hiciste bien –dijo mi aya cuando estábamos prontas a llegar a la habitación.

-¿De verdad lo crees?

-Sí, a pesar de todo lo que causó la decisión de la dama Kasumi, ella es tu hermana. La sangre no se traiciona y ella debió recordarlo al momento de abandonarte. Ahora tú le darás una lección y le demostrarás que cada acción que uno realiza en esta vida tiene una consecuencia en el mundo, en especial en aquellos que nos rodean.

-Lo que suceda con Kasumi no me preocupa, Cologne. Sé que padre la perdonará y seguirá con su vida tranquila, lo que me inquieta es el rumbo que tomará mi vida y la de mi esposo.

-En el peor de los casos deberán enfrentar una batalla para la cual tú ya estás preparándote.

-Ni siquiera sé si sigue vivo –comenté exhalando un suspiro-. Sabes que el emperador puede decidir arrebatarle su vida y eso me angustia.

-No lo hará –dijo con total convicción-. El señor Saotome es testarudo, sabrá hacerse escuchar y conseguir el apoyo del emperador.

-Espero que así sea, Cologne, de lo contrario yo…

-No lo digas –me interrumpió-. Ni siquiera lo pienses, niña. Si el señor Saotome no consigue volver a Nerima, tú te enfrentarás a ese idiota de Kuno y defenderás las tierras de tu esposo y a su gente, tal y como él te lo encargó.

No contesté y seguí caminando en silencio hacia mi habitación. Cuando llegamos, le pedí a Akari y a Sayuri que me ayudaran a cambiarme y me acosté rápidamente. Habían sido muchas emociones las que acababa de vivir, pero sólo una idea acompañó mi pensamiento antes de dormirme, el hecho irrefutable que debía luchar hasta el final por conservar el dominio de mi esposo para cuando él volviera, con vida o sin ella.

Luego todo volvió a una aparente calma dentro del castillo, calma que por supuesto se vio afectada al momento en que el señor Daimonji se presentó ante mí.

Habían pasado cuatro días desde que mi hermana permanecía en el castillo y yo no la había vuelto a ver, en parte porque no quería que se desarrollase otro desagradable encuentro entre ambas y en parte porque me encontraba trazando mi propio plan de acción para cuando tuviéramos que enfrentarnos al señor de Seisyun.

Hiroshi y sus hombres habían sido incorporados de inmediato a los guerreros del clan y había sabido que habían demostrado adaptarse casi de inmediato a los entrenamientos y exigencias que a todos los guerreros Saotome se les pedía. Por eso pensé que el señor Daimonji venía a comunicarme algo relacionado con ellos cuando me anunciaron que quería verme y me esperaba en el salón que ocupaba Ranma para redactar documentos y recibir a sus consejeros de forma particular.

Cuando ingresé al pequeño salón, el señor Daimonji no se encontraba solo, lo acompañaban el anciano chambelán Happosai y el monje Shinnosuke. Al ver sus rostros temí lo peor.

-Mi señora –saludó el señor Daimonji haciendo una pronunciada reverencia. Los otros dos le imitaron.

-¿Ha ocurrido algo malo? –pregunté saltándome todo tipo de saludos y cortesías.

-Hemos recibido un informe, mi señora.

-La información llegó hace un rato con un mensajero desde la frontera –intervino Happosai.

-¿Qué dice esa información? –pregunté alarmada.

A mi mente vino la imagen de mi esposo asesinado por la guardia imperial en Kioto, sin embargo, tuve que alejar esos pensamientos cuando recibí la misiva de manos del señor Daimonji, obligándome a mí misma a leer con cuidado aquellos caracteres escritos con poca pulcritud.

Permanecí en silencio tratando de sopesar lo que se me informaba por intermedio de aquellas dos líneas escritas con rapidez sobre aquel trozo de pergamino.

-"El señor de Seisyun atacará Nerima antes de que acabe el invierno –leí en alta voz-. Sus guerreros ya están casi listos y es probable que dentro de dos semanas comiencen a movilizarse".

Observé a los tres hombres que permanecían conmigo en el salón, pero ninguno de ellos habló hasta que me escucharon hacerles la pregunta que me inquietaba.

-Dos semanas –dije doblando el pergamino-. ¿Cuánto tiempo tardarían en llegar a las afueras de Nerima?

-Tres semanas como máximo, tal vez un poco más si se encuentran con obstáculos en el camino –contestó el señor Daimonji.

-Bien, sabíamos que esto sucedería tarde o temprano ¿no?

-Lo sabíamos, mi señora, pero contábamos con que el ataque se retrasara hasta la llegada de la primavera.

-Entonces, debemos terminar de alistarnos.

-Los sohei ya fueron advertidos, mi señora –dijo Shinnosuke-, tardarán unos cuantos días en llegar al castillo desde el Templo.

-Los aldeanos no han podido ser evacuados –acotó el señor Daimonji.

-Tendrán que ayudarles –dije observándoles con decisión. Era ahora cuando debía demostrar entereza y hacer respetar mis decisiones-. Señor Daimonji, deberás encargarte de apartar a una parte de los hombres para que ayuden a trasladar a los aldeanos al sur del dominio así llueva o nieve.

-Se hará como lo ordene, mi señora.

-También –dije llevándome una mano al mentón ya que se me estaba ocurriendo una idea para retrasar a los guerreros Kuno-, también necesitaremos que otro grupo de hombres obstaculice el avance de Kuno.

-Los asaltos a menor escala nunca han funcionado para detener a una fuerza de ataque, señora Saotome –dijo Happosai.

-No hablo de emboscadas, maestro Happosai –contesté observando al anciano-, quiero decir, que si los guerreros del clan Kuno encuentran árboles caídos, puentes rotos o acumulación de rocas y nieve en el único acceso que tienen para llegar a las afueras de Nerima, esto retrasará su avance y tal vez no tengamos que enfrentarlos en tres semanas, sino en un tiempo más.

Los tres me observaron asombrados, como si recién acabaran de comprender mi idea. El señor Daimonji sonrió.

-Cuenta con ello, mi señora. Dispondré de dos grupos para lo que me solicitas, los demás hombres se quedarán con el comandante Hibiki y prepararán la defensa del castillo.

-Mi señora –escuche decir a Happosai-. Hay algo que hemos conversado junto a mis acompañantes y también se lo hemos hecho saber al comandante Hibiki quien ha estado de acuerdo.

-¿Qué cosa, Happosai?

-Pensamos –dijo el anciano esquivando mi mirada-. Todos pensamos que éste ya no es un lugar seguro para la señora de Nerima, y creemos que es mejor que partas junto a tus doncellas al Templo del Ruiseñor, allí estarás segura y cuando Ranma regrese…

-Cuando Ranma regrese encontrará a su esposa defendiendo su dominio y a su gente como la esposa de un daimyō tiene el deber de hacer –le interrumpí furiosa ante la sola idea de abandonar mi lugar-. Señor Happosai, permaneceré aquí hasta el final y nadie podrá hacerme cambiar de parecer.

-Pero, mi señora…

-¡Permaneceré aquí, Happosai!

-Sí, señora –dijo el chambelán bajando la mirada-. Oigo y obedezco.

-¿Eso es todo? –pregunté recuperando algo de calma.

-Por ahora, sí.

-Bien, señor Daimonji, confío en que comenzarás a desarrollar nuestra estrategia. Mañana nos reuniremos a la hora del dragón en el salón principal con los demás consejeros y cada uno recibirá su misión en la estrategia que desplegaremos.

-Sí, mi señora –contestaron los tres al unísono.

-Es todo por ahora, señores.

Los tres se despidieron dedicándome una profunda reverencia antes de salir del lugar en donde nos encontrábamos. Yo por el contrario, avancé hacia la contraventana y abrí ambas puertas correderas para contemplar el lúgubre paisaje del exterior. Había dejado de llover, pero el cielo estaba gris y el viento helaba los huesos. Me recorrió un escalofrío y no sabría decir si fue por el viento helado o por lo que me esperaba de aquí a tres semanas. Me sorprendió descubrir que el miedo me embargaba, pero no era el temor a enfrentar una batalla contra el clan Kuno lo que me atormentaba, sino el saber que tal vez no iba a sobrevivir para tener la posibilidad de ver aunque fuera una vez más a mi esposo.

Ése era mi temor y lentamente fui aceptando que cada vez quedaba menos tiempo para comprobar si ese temor era infundado.

La batalla por el dominio de Nerima estaba muy pronta a comenzar y yo no podía dejarme abatir por oscuros pensamientos. No, yo defendería el dominio, acabaría con el enemigo de mi esposo y viviría para contarles la historia a nuestros hijos, esos que él tanto anhelaba y que me había solicitado en una de nuestras últimas conversaciones antes de separarnos.

Yo lucharía por construir un futuro junto al hombre que amaba y no dejaría que un necio señor de la guerra me arrebatara ese sueño por una absurda venganza.

Que vinieran los guerreros Kuno, que la batalla se desarrollara, yo estaría gustosa de enfrentarles, así fuera lo último que hiciera en esta vida.

El inicio del conflicto estaba pronto a consumarse… y yo me sentía preparada.


Notas finales:

1.- Hola de nuevo. Sé que he tardado en actualizar… pero no tanto como pudo pensarse ¿no? (Ok, excusa tonta). Bueno, he vuelto y espero no tener más estos baches creativos que a veces me impiden escribir como quiero (porque una cosa es escribir cualquier cosa sólo por cumplir y otra muy distinta es escribir lo que una realmente quiere entregar).

2.- Este capítulo si bien es cierto puede llamarse de transición, posee datos importantes que se verán en un futuro como quién es el misterioso personaje que alertó a Ranma, qué decidirá hacer el emperador y lo más importante, ¿alcanzará a llegar Ranma antes de la batalla con todo el clima invernal en su contra? En un futuro (espero no muy lejano) se verá.

3.- Palabras creo que no las hay, así que me salto ese espacio.

4.- Como siempre es importantísimo para mí agradecerles por su lectura, a todas/os, lectoras/es pasivas/os y activas/os. Gracias infinitas por seguir esperando los capítulos, seguir leyéndolos y lo más importante, tomarse unos minutos de su tiempo para comentar. Gracias, gracias, gracias.

A quienes comentaron el capítulo anterior: the-girl-of-pig-tailed, Sav21, Zwoel, Faby Sama, Acoountkiller000, susyakane, Mitzy of the Moon, Piki26, Anngel (gracias por comentar), Haro Adrianne, nancyricoleon, ilkane, alix (gracias por tus palabras), Victoria (pues gracias por decir que son las mejores pero aquí hay autores talentosísimos, así que yo no me siento la mejor, es más, sé que me falta mucho y que hay autores que son geniales. Muchísimas gracias a ti por leer lo que escribo y por comentar, espero seguir contando con tu lectura. Gracias), Ifis (como siempre, muchísimas gracias por comentar esta historia. Un abrazo), Ishy-24, Fleuretty, AkaneKagome, IramAkane, pataicho (Muchisimas gracias por comentar) y AKKASE-RAINDA. Muchísimas gracias por las valiosas palabras que me dejan en cada comentario. Un abrazo a todas/os.

5.- Bien, hasta aquí esta actualización y espero no desaparecerme por tanto tiempo otra vez. Muchísimas gracias por seguir junto a mí y será hasta la próxima.

Un abrazo y buena suerte!

Madame….