- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
El salvaje caballo bajo un cielo escarlata
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo XXI
"Tiempos aciagos"
Había permanecido en sus aposentos desde hacía ya bastantes días atrás, saliendo de ellos única y exclusivamente cuando era estrictamente necesario o cuando el señor del castillo le enviaba a llamar para discutir con él alguna nueva ocurrencia. Lo cierto es que a Hikaru Gosunkugui se le estaba haciendo cada vez más difícil la permanencia en el castillo de su señor, aquel a quien había servido durante tantos años y por el cual había cometido infinidad de acciones de las que ahora mostraba algún grado de arrepentimiento.
El día que el señor de Seisyun había declarado que pensaba atacar Nerima y destruirla por completo, él había pensado que con tiempo, paciencia y una alta cuota de argumentos convincentes, lograría quitar de la cabeza de su señor tan arriesgada y disparatada idea, pero esta vez todo parecía indicar que el señor de Seisyun no iba a dar pie atrás.
Tatewaki Kuno, obstinado e impredecible por naturaleza estaba empecinado en atacar el dominio de su enemigo acérrimo para despojarlo de todo cuanto pensaba, le pertenecía a él por derecho. Así fue que la primera acción que realizó el enfurecido daimyō constó en despojar a la señora Tendo de todos quienes le habían acompañado desde Kioto y encerrarla en las habitaciones más inhóspitas e incómodas del castillo. Taro había cumplido cabalmente las órdenes de su señor y sin escrúpulos había acabado con la vida de todos quienes habían acompañado a la señora Tendo desde la capital imperial. El señor Kobayakawa también había sido confinado a una habitación alejada de todos los habitantes del castillo, so pretexto de brindarle seguridad ante la inminente batalla que estaba pronta a desarrollarse, pero Gosunkugui sabía que el enviado del emperador había sido encerrado por precaución, ya que el señor Kuno no confiaba en el anciano y no estaba dispuesto a arriesgarse manteniéndolo a su lado.
Por consiguiente, las ideas que trataba de imponer ante las constantes estrategias bélicas que desplegaba el comandante de los guerreros Kuno no estaban surtiendo el efecto deseado en el señor del castillo, puesto que éste último demostraba estar muy interesado en las cada vez más despiadadas ideas de Taro, que en los prudentes consejos de Gosunkugui.
Sarugakure Sasuke tampoco servía de apoyo al consejero, ya que había optado por apoyar en todo al señor Kuno para de una vez por todas desplazar a Gosunkugui de la estima del señor del castillo y ocupar su lugar. Una estrategia mezquina, pensaba Gosunkugui, pero a fin de cuentas, cada cual trataba de sacar el mejor partido ante una situación como la que se encontraban viviendo.
Para Gosunkugui fue un hecho que no iba a poder doblegar la voluntad de su señor el día en que se enteró que Taro estaba reuniendo al contingente de los guerreros Kuno y obligando a los aliados del clan y a los que no lo eran también, a unírseles en contra del clan Saotome. Los daimyōs que no estaban dispuestos a luchar eran obligados, y si insistían en no hacerlo, Taro tomaba prisioneros desde sus propias familias.
Realmente estaba acorralado; parecía que todo estaba en su contra ahora y no sabía qué hacer para volver a ejercer aquella influencia que otrora ejercía en su señor, a veces sin siquiera proponérselo. Estaba solo en una partida que veía, no podría ganar.
Y entonces sucedió. Ocurrió sin él buscarlo. El informe fue recibido por él y lo aprovechó de inmediato a su favor, porque había jurado que aunque se transformara en el peor traidor de todos los tiempos, él haría lo que fuera para salvar a la señora de Nerima, así tuviera que verse envuelto en intrigas que sobrepasaban todos los límites.
Se enteró por uno de sus espías que el señor de Nerima no permanecía en su dominio desde hacía semanas, que había viajado a la capital imperial a entrevistarse con el mismísimo emperador dejando todos sus asuntos en manos de su joven esposa aprovechando la temporada invernal, puesto que era sabido que nadie en su sano juicio se atrevería a atacar y desarrollar una guerra en pleno invierno. El problema era que el señor Kuno demostraba cada vez con mayor frecuencia no encontrarse en su sano juicio.
La pregunta era, ¿merecía la señora de Nerima que él arriesgase tanto y renunciara a todo lo obtenido durante años de trabajo al lado del señor de Seisyun?... y la respuesta seguía siendo la misma, sí, lo merecía con creces. Así que hizo lo único que pensó podría hacer para tratar de ayudar a la señora del dominio enemigo de su señor. Mediante una escueta nota en donde no daba mayor información de la necesaria, alertó al enemigo de su señor.
La nota la escribió a consciencia, sin dejar espacio para las dudas del señor de Nerima y sin establecer vínculos que pudieran delatarle. Furtivamente hizo los preparativos, contactó al mensajero en quien depositó toda su confianza y una buena suma de dinero con la promesa de doblar aquella cantidad si la misión resultaba un éxito, y esperó.
Esperó a que el señor de Nerima recibiera su aviso y decidiera volver, ojalá con refuerzos, a defender su dominio y a la dama que en él lo esperaba.
Esperó a que los dioses lo favorecieran una vez más y no fuera descubierto por el señor de Seisyun, de lo contrario su vida estaría en juego.
Y esperó a que los preparativos que se realizaban para el ataque al dominio de Nerima estuvieran listos, pero no fueran efectivos ya que intuía que ésta vez, la venganza del señor de Seisyun y todos sus hombres sería despiadada.
Y para ello, permaneció en la soledad de sus habitaciones, en una reclusión autoimpuesta ya que no se sentía capaz de participar en los preparativos para la destrucción del dominio de Nerima y con ello, la destrucción de la bondadosa dama que en él residía. Tampoco se sentía capaz de mirar a su señor y a todos sus cercanos a los ojos por temor a ser descubierto en su traición, la cual dijese lo que dijese en su defensa, no sería perdonada jamás.
Sí, Hikaru Gosunkugui se aisló del mundo que lo rodeaba, implorando para que sus acciones dieran el resultado esperado, evocando el rostro de la mujer que lo había hecho realizar la jugada más arriesgada en su vida y rogando para que las consecuencias de ello no fueran desastrosas.
La oscuridad dominaba ahora el corazón de Hikaru Gosunkugui; el daño estaba hecho y su señor ni siquiera lo sospechaba; la mentira y la culpa corroían su consciencia, pero que no se dijera nunca que él, Hikaru Gosunkugui, servidor del clan Kuno no había luchado por un amor que sabía, nunca le pertenecería. Aun así, él estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella, por salvarla a ella.
-Que no se diga que no lo intenté –dijo para sí el atribulado consejero del clan Kuno, mientras permanecía sentado sobre sus rodillas en el centro de la habitación que ocupaba.
Ahora sólo quedaba esperar en soledad los designios que tenían los dioses para él y la dulce dama que le había salvado la vida tiempo atrás.
A Nabiki Tendo nunca le había gustado permanecer encerrada en ningún lugar por mucho que éste fuese amplio y lujoso, sin embargo ahora se veía obligada a quedarse confinada en un lugar que distaba mucho de las elegantes y cómodas habitaciones que hasta hacía muy poco ocupaba en aquel castillo.
La joven mujer exhaló un suspiro y observó a su alrededor. Permanecía sentada en el centro de una habitación pequeña, oscura y sin ventilación puesto que ésta no poseía más que una única puerta que daba al pasillo por el cual la habían conducido cuando la habían encerrado en aquel lugar. El piso estaba cubierto por una estera de paja demasiado gastada y sucia; parecía que nunca había sido cambiada. Un futon andrajoso y sucio permanecía recogido en un rincón y a su lado, una pequeña mesa en donde se encontraba una lámpara sin encender.
No había nada más, ese era todo el mobiliario con el que contaba, salvo un par de kimonos simples que le habían dejado sacar de sus arcones al momento en que le comunicaron que debían trasladarla de habitación. La vestimenta que llevaba puesta se encontraba sucia y arrugada, y ya había dejado de expeler el perfume que su doncella había utilizado para aromatizarlo tal y como a ella le gustaba. Frunció el ceño, ¿qué había pasado con su doncella?, ¿por qué no le habían permitido conservarla?
Observó la puerta cerrada por la cual ingresaba cada cierto tiempo una apática mujer que le llevaba las comidas diarias y la acompañaba a asearse o las letrinas cuando así lo requería. Desde que había permanecido en aquel lugar había tratado de sonsacarle a aquella mujer la información que requería, pero ella parecía una estatua de piedra. Cada vez que Nabiki preguntaba algo, la mujer la observaba con molestia y tironeaba de su brazo para hacerla caminar más rápido, así que nunca había obtenido una respuesta a sus preguntas.
Para Nabiki fue evidente que algo muy malo estaba sucediendo en el castillo cuando vio el lugar en donde le habían exigido permanecer, algo que la afectaba directamente, pero no sabía qué era ese algo porque nadie le había dado información. Solo intuía que fuera lo que fuera, el señor de Seisyun debía estar muy molesto o muy temeroso, de lo contrario jamás se hubiera atrevido a mantener a una de las hijas de Soun Tendo prisionera en un lugar así.
La puerta se abrió en aquel preciso instante y ella se dispuso a recibir a la mujer que le traía la cena como cada noche, pero su sorpresa fue mayor cuando sus ojos captaron la imagen de otra persona en el umbral de la puerta.
-¿Puedo pasar? –preguntó suavemente.
-Éste es tu castillo, puedes transitar por donde quieras ¿no? –contestó la joven poniéndose rápidamente en pie-. Yo no soy más que una simple… huésped –terminó de decir fingiendo una tenue reverencia.
-Dama Nabiki, solo vine hasta acá para comprobar con mis propios ojos si los rumores que corren por el castillo eran ciertos.
-Y qué te parece, ¿los rumores son ciertos?
La altiva y sonriente mujer de negra cabellera solo sonrió asintiendo con un grácil movimiento de cabeza para luego ingresar completamente en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
-Dama Kodachi, ¿me podrías decir qué es exactamente lo que está pasando?
-¿Todavía no lo sabes? –contestó con otra pregunta la hermana menor del señor de Seisyun-. Pensé que eras más perspicaz.
-Quizá sea perspicaz para algunas cosas, pero no puedo serlo cuando se me dice que se me va a cambiar de habitación y luego, sin siquiera comunicarme los motivos, me encierran en un lugar que parece más un cuarto para dar cobijo a pordioseros que para hospedar a una dama de la corte imperial.
-Mi hermano tiene ciertas normas para mantener a los rehenes.
-¿Rehenes? ¿Me he convertido en un rehén para tu hermano? –dijo Nabiki observando con incredulidad a su interlocutora-, ¿por qué?
-Seré franca contigo, dama Nabiki y te diré lo que está sucediendo –la joven hizo una pausa y luego observó fijamente a quien tenía en frente-. La guerra está a punto de estallar. Mi hermano enloqueció al descubrir que la mujer que le habían destinado para ser su esposa, al parecer le fue arrebatada por el señor de Nerima. Él quiere vengarse y para hacerlo, necesita contar con algunas piezas que le aseguren el triunfo. Él sabe quién eres, dama Nabiki; sabe que nunca fuiste su prometida e intuye que tu visita a Seisyun fue para engañarle, pero el engaño se descubrió y ahora te utilizará a ti para conseguir su preciado botín. Si no consigue a tu hermana por medio de las armas, te ocupará a ti para amenazar a quien sea y capturar a la que estaba destinada a desposarse con él y no con el señor de Nerima.
Nabiki palideció al instante y se llevó una mano a la altura de su pecho para tratar de aminorar los furiosos latidos de su corazón. Cuando recuperó algo de confianza volvió a hablar con fingida tranquilidad.
-¿Y tú por qué me estás diciendo esto? -cuestionó- ¿En qué te beneficia?
-Quizá en nada –contestó Kodachi encogiéndose de hombros-, salvo en querer arruinar un poco los planes de mi hermano.
-¿Arruinarlos?
-Me tiene sin cuidado lo que pase contigo o con tu hermana, dama Nabiki, pero no voy a permitir que mi hermano acabe con la vida de quien debe ser mi esposo. Si está en mis manos impedirlo, lo haré.
-¿Te refieres al señor de Nerima?
Kodachi asintió en silencio y se acercó un par de pasos a Nabiki quedando frente a frente.
-Él nunca debió desposarse con tu hermana porque está destinado a hacerlo conmigo, yo lo sé y seré quien cumpla con ese destino, pero para lograrlo necesitaré ayuda.
-¿Y quieres que yo te ayude? ¿Cómo?
-Si mi hermano no gana la batalla, te utilizará como moneda de cambio. Es lógico que el señor de Nerima se negará porque no renunciará a su esposa, es ahí donde ingresarás al juego. Tatewaki amenazará con acabar con tu vida, lo cual para un daimyō como él es algo muy común, pero tú, que ya estás en conocimiento porque yo así lo quise, te adelantarás a los planes de mi hermano con un único objetivo, convencer a tu hermana que lo mejor es entregarse al señor de Seisyun para evitar la devastadora venganza que caerá sobre todos ustedes si no cumplen con los requerimientos de mi querido hermano.
Nabiki permaneció en silencio observando detenidamente los maliciosos rasgos que había adoptado el rostro de Kodachi Kuno. Así que de eso se trataba, iban a utilizarla para conseguir que Akane cumpliera su papel en la historia. Lástima para los hermanos Kuno que no supieran que ella y su hermana menor no eran muy cercanas; lástima para ellos pero sin lugar a dudas éste era un aspecto muy favorable para ella misma y no dudaba en utilizarlo a su favor.
-¿Cómo piensas que puedo ayudarte? –dijo por fin sin demostrar emoción alguna.
-Escribirás a tu hermana y le informarás de tu situación en el castillo de Seisyun, yo me encargaré de hacer llegar la misiva a Nerima y seguramente ella hará algo para salvarte de tu predicamento, después de todo, es tu hermana ¿no?
-Sí, es mi hermana, pero una hermana muy obstinada. ¿Qué piensas hacer si ella no cede a mi petición y consejo?
-Llegará el momento en que deberá ceder porque mi hermano está dispuesto a destruirlo todo. No creo que tu hermana quiera ser la responsable de la destrucción de Nerima, pero si no quiere venir con mi hermano, entonces la convencerás de que vuelvan ambas a Kioto y en eso yo las ayudaré. Lo que yo necesito es que la apartes del señor Saotome, sea como sea. A cambio te ofrezco tu libertad y tu vida.
-No sé si pueda ayudarte, dama Kodachi. Yo no tengo tanta influencia sobre mi hermana.
-¡Debes ayudarme porque soy la única que puede ayudarte a ti a conservar tu miserable vida!
Nabiki retrocedió un par de pasos. Nunca antes había visto la furia que Kodachi guardaba en su interior. Entonces pensó, y se dio cuenta que había subestimado a los hermanos Kuno porque había querido utilizarlos para conseguir sus objetivos, pero ahora estaba atrapada por ambos. Si Kodachi había reaccionado de aquella forma, no quería imaginar cómo sería enfrentarse con Tatewaki Kuno. Ambos hermanos estaban obsesionados con el señor de Nerima; distintos eran sus motivos, pero era un hecho que ambos se encontraban obsesionados con Ranma Saotome.
Nabiki exhaló un suspiro y asintió en silencio.
-Te ayudaré en todo lo que quieras, dama Kodachi. Sólo asegúrate de poder ayudarme tú a mí.
-Pierde cuidado –contestó la señora del castillo con una sonrisa al momento que giraba su cuerpo para salir del lugar.
-Una última pregunta… por favor –titubeó Nabiki. Kodachi detuvo su caminar pausado-. Mis acompañantes, ¿dónde están?
Kodachi volteó el rostro y observó a Nabiki por sobre su hombro antes de contestar.
-Están muertos –dijo como si fuera lo más natural-. Mi hermano hizo que ejecutaran a todos tus acompañantes, incluyendo a tus doncellas.
Nabiki cayó de rodillas al piso al escuchar aquella respuesta y no vio salir a Kodachi de aquella habitación, solo escuchó a la mujer decirle que pronto volvería a visitarla y cerrar la puerta tras de sí.
Había sido una muy mala idea concurrir a Seisyun y ahora era tarde para retractarse. Estaba cautiva en aquella habitación, convertida en rehén de un daimyō despreciable y desalmado que había tenido el descaro de acabar con todos sus acompañantes. Pensó en Kinnosuke, en sus doncellas y en toda la gente que la había acompañado desde la capital imperial, todos muertos por el capricho de un hombre.
Estaba sola en aquel lugar, a merced de dos hermanos que estaban demostrando estar desquiciados y por primera vez, Nabiki Tendo se sintió asustada de su propia realidad. Abrazándose a sí misma, lloró.
Lloró por todos a quienes había perdido y por lo que estaba segura, podría perder si no sabía hacer bien sus movimientos en aquel juego en el cual ella misma había decidido participar.
Y allí, sobre aquella sucia estera, juró por todos los dioses que saldría vencedora y no le daría en el gusto a ninguno de los dos hermanos. Para eso ella era Nabiki Tendo.
Permanecía imperturbable en la soledad de aquella habitación. Sentado sobre sus rodillas observaba fijamente el pergamino extendido en la mesa baja que le servía para la redacción de documentos. Los dibujos hechos a tinta en la superficie del pergamino eran detallados y específicos y decían relación con los alrededores del dominio de su peor enemigo, pero en su mente parecían una nebulosa inentendible. Gruñó en frustración y acabó doblando el pergamino en dos partes. Fue en ese momento que se dejó escuchar una petición de ingresar a la habitación.
-¿Quién es?
-Soy Taro, mi señor.
-Pasa –contestó Tatewaki apoyando su cabeza en ambas manos.
El comandante de los guerreros Kuno ingresó a la habitación haciendo la respectiva reverencia protocolar, pero ésta no fue vista por el señor del castillo, así que el hombre se sintió en libertad de avanzar hacia donde se encontraba su señor.
-¿Buenas o malas noticias? –preguntó Kuno antes que su vasallo comenzara a hablar.
-Señor Kuno –titubeó el aludido llevándose una mano nerviosamente a sus castaños cabellos-, mí señor…
-¡Habla de una vez, idiota! –exclamó Kuno enfocando su furiosa mirada por primera vez en el hombre que permanecía de pie frente a él-. ¿Buenas o malas noticias?
-No son del todo… malas, mi señor.
-Pero sí son malas, ¿no?
El comandante de los guerreros Kuno no contestó.
-¿Qué sucedió ahora, idiota? –insistió el señor de Seisyun.
-Los guerreros han encontrado muchas dificultades para despejar el camino más directo que conduce a Nerima, mi señor. Es como si algo o alguien estuviera interviniendo para cortar los caminos y poner obstáculos que dificulten el ingreso a las cercanías del castillo del caballo.
-¿Solo eso? –preguntó Kuno con el ceño fruncido al tiempo que se ponía en pie-. ¿Eso es lo que me separa de mi objetivo primordial, Taro?
-Mi señor, juro por todos los dioses que hemos hecho grandes esfuerzos para despejar el camino, pero…
-Sin embargo, esos esfuerzos no han sido suficientes, ¿es eso lo que quieres decir, Taro? –inquirió Kuno dándole la espalda a su servidor para proceder a abrir la contra ventana que daba a uno de los jardines interiores de su castillo. El viento invernal ingresó de inmediato en la habitación enfriando el cálido ambiente que allí reinaba.
-Los hombres hacen lo que pueden, mi señor, pero en estas condiciones es casi imposible conseguir el objetivo y… temo que perdamos la batalla antes de haberla comenzado.
-¿Quieres decir que pretendes renunciar a atacar Nerima?
-Mi señor, quizá sería bueno reconsiderar la estrategia esta vez y aplazar los planes de ataque hasta la primavera.
-Dijiste que sería una buena idea atacar al bastardo en invierno, comandante –dijo Kuno observando fijamente los copos de nieve caer en su nevado jardín-, dijiste que el invierno no era obstáculo para los guerreros Kuno.
-Lo dije, mi señor, pero el clima ha sido muy desfavorable para nuestras pretensiones y los hombres se encuentran agotados con los trabajos que han realizado. Cuando llega el atardecer, solo quieren descansar en una habitación que esté a resguardo del frío y los que no se dedican a labores de despeje de caminos ni siquiera pueden entrenar con normalidad. De seguir a este ritmo, antes del inicio de la batalla contra en clan de Nerima perderemos a mucho hombres, mi señor. Esta vez debo reconocer que Gosunkugui tenía razón.
Kuno permaneció en silencio, nada más observando al frente. Quizá el estúpido que tenía a sus espaldas tenía razón, quizá había llegado el momento de abandonar ese alocado plan de atacar a su enemigo en invierno y quizá un señor de la guerra en su sano juicio lo hubiera hecho, pero todos decían que él no se encontraba en su sano juicio, así que les daría la razón una vez más a quienes murmuraban a sus espaldas.
-¿Aprecias tu miserable vida, Taro?
El joven comandante pareció encogerse antes de contestar.
-Sí –dijo con un hilo de voz.
-Entonces, te esforzarás en despejar el camino que conduce a Nerima. Te esforzarás porque solo así lograrás conservar tu cabeza pegada a tu cuerpo, Taro –dijo Kuno cerrando la contraventana para voltearse a ver de frente a su comandante de caballería-. Prometiste que los guerreros Kuno estarían preparados para atacar el castillo del bastardo en invierno y cumplirás esa promesa. Desde ahora no quiero que ningún hombre descanse hasta despejar el camino. Trabajarán día y noche, Taro, y te asegurarás que dentro de dos semanas, todos los guerreros Kuno y sus aliados se dispongan a marchar hacia Nerima.
-¿Dos semanas, mi señor?
-Ya hemos retrasado esto por más de tres semanas, ¿no?
-Es por el clima, mi señor, ya lo he explicado. Cuando no llueve, no para de nevar y el camino vuelve a quedar inservible, y…
-Por eso trabajarán despejándolo día y noche, Taro, para evitar que el camino vuelva a ser intransitable por efectos del clima –interrumpió Kuno-. No renunciaré a la destrucción del bastardo esta vez y tú serás el responsable de que consiga mi objetivo. Ya lo he dicho, quiero la cabeza del caballo en una lanza frente a mis ojos y tú harás que la consiga antes de acabado el invierno.
-Veré lo que puedo hacer, mi señor –dijo Taro inclinándose en una profunda reverencia.
-No, Taro –respondió Kuno soltando una breve carcajada-. Tú conseguirás que mis guerreros ataquen el castillo del bastardo en dos semanas más, porque de lo contrario, tu cabeza rodará por el suelo y nada, ni nadie, podrá evitarlo ¿Entendiste?
-Oigo y obedezco, mi señor.
-Eso es lo que quería escuchar.
El hombre encargado de las fuerzas de ataque del clan no emitió comentario alguno, solo retrocedió unos cuantos pasos y abandonó la habitación de la misma forma en la que había ingresado, dejando al señor del castillo sumido en sus propios pensamientos.
Dentro de la habitación, Tatewaki Kuno observaba con desprecio el pergamino que yacía en su mesa de escritura. Una cruel sonrisa apareció en su rostro y sus ojos brillaron con fulgor al enfocar sus ojos en el dibujo que representaba el castillo de Nerima. Sus planes no serían abandonados por un poco de agua y unos cuantos copos de nieve. Recuperaría Nerima, cumpliría con los designios de los dioses al arrebatarle la mujer al bastardo y conseguiría acabar con la vida del que se hacía llamar señor de Nerima y ni siquiera el más poderoso de los dioses podría evitarlo.
Soun Tendo había permanecido en el suntuoso palacio imperial luego de que hubiera ayudado a escapar al señor de Nerima, porque si bien era cierto que el esposo de su hija había abandonado el palacio exhibiendo una autorización, ésta no se encontraba firmada por el emperador, sino por uno de los personajes más importantes en la organización de palacio. Uno de los ministros más cercanos al emperador y poderosos de palacio había accedido ante la insistente presión de la dama Hinako a firmar una autorización para la pronta salida del señor de Nerima con la única condición que de descubrirse el engaño, no le involucraran ante el emperador. Así había conseguido sacar al señor de Nerima del palacio imperial y esperaba que él pudiera llegar a tiempo para salvar la vida de su hija menor. Aun así, Soun Tendo se encontraba preocupado por lo que pudiera suceder. No había podido volver a hablar con la dama Hinako puesto que entendía que si hacía algo semejante, estaría poniendo en riesgo no tan solo su seguridad, sino la de la dama también, así que se conformaba con agradecerle en la soledad de sus aposentos y secretamente por su intervención en el escape del esposo de su hija; no obstante, había escuchado rumores que de ser ciertos resultaban inquietantes. Se decía que el emperador había enviado a llamar a uno de sus generales, el más comprometido, leal y valeroso que prestaba servicio a su majestad imperial, pero también el más despiadado de ellos.
Si los rumores eran ciertos, si el emperador había decidido que sus tropas fueran tras el prófugo, entonces no tan solo él estaría en peligro por la complicidad que había tenido en el escape, sino también la misión de su yerno de salvar la vida de su hija menor, puesto que el enviado del emperador no descansaría hasta darle caza al señor de Nerima y quizá eliminarlo en donde lo encontrara. Soun Tendo conocía la tenacidad del general en cuestión y no dudaba que si había sido mandado a llamar por el emperador, justamente era para cazar a Ranma Saotome. Solo esperaba que la orden del emperador fuera llevarlo de regreso a palacio y no acabar con él.
El hombre suspiró cansinamente y acomodó el rosario de cuentas de sándalo en su mano para volver a sus oraciones. No había recibido ningún llamado del emperador y tampoco había recibido alguna noticia de la dama Hinako en cuatro días, por lo que la información con la que contaba se limitaba a los rumores que había oído en los pasillos de palacio, así que sólo podía confiar en que los dioses le dieran su favor una vez más.
Escuchó que llamaban a su puerta y luego de darle permiso a quien esperaba tras ella para entrar, se dio vuelta para observar de quién se trataba. Un lacayo se inclinaba sumisamente ante él.
-Señor Tendo, he traído un mensaje para usted.
-Gracias, puedes dejarlo y retirarte.
El jovencito dejó el pergamino en una mesita cercana a la puerta de ingreso y se retiró reverenciando una vez más al hombre que permanecía sentado sobre sus rodillas en el centro de la habitación.
Soun Tendo se puso en pie apenas vio salir al joven y avanzó hasta donde permanecía el pergamino abriéndolo de inmediato con la esperanza de reconocer la letra de la dama Hinako en él.
Pero la caligrafía que se le presentó no era la que él recordaba de la dama en cuestión, sino otra demasiado conocida por él y tembló sin poder evitarlo cuando leyó la escueta frase escrita con la elegancia que siempre había utilizado el emperador.
Soun Tendo cerró los ojos y dejó caer el pergamino al suelo. El emperador quería verle en su salón privado a la brevedad.
Una vez más tendría que enfrentarse a la furia de su majestad imperial y rogar a los dioses para no salir demasiado perjudicado.
Suspiró una vez más y enfocó su mirada en la puerta de salida. Al menos la vida de su hija valía la pena el riesgo.
El monje guerrero nunca había participado antes en la preparación de una campaña bélica. Tampoco había estado en una batalla, por tanto, todo lo que le rodeaba le resultaba nuevo e intrigante.
Cierto que había visto a las tropas de élite del clan Saotome prepararse para la batalla cuando se habían enfrentado al clan Kuno luego de la boda en el templo del ruiseñor, pero esta vez era distinto. Los hombres caminaban cabizbajos realizando los deberes que se les encomendaba. El castillo se encontraba envuelto en una agitación poco común para una época tan inhóspita del año. El invierno se había dejado caer con toda su crudeza en la región y a cada momento parecía hacer notar su presencia con el frío, la lluvia y la nieve que no daba descanso a las mermadas fuerzas del clan. Así y todo, los guerreros habían logrado sobreponerse a las inclemencias del clima y cumplir con su promesa de defender el dominio. Para el monje era increíble presenciar a esos hombres taciturnos y tristes seguir las órdenes que se les daba con una marcialidad impertérrita.
-"Saben que probablemente van a morir –pensaba el monje al verles-, sin embargo, darán la vida por su señor, sus convicciones y la grandeza del clan".
El monje exhaló un suspiro y levantó la vista para observar la agitación que se producía en las puertas del castillo de Nerima.
El día estaba nublado y era temprano aún, pero a diferencia de otras veces, el clima había dado una tregua aquella mañana y parecía que ni la lluvia ni la nieve les acompañaría aquella jornada, solo el inclemente frío invernal, así que le pareció extraño ver la excitación que manifestaban los hombres al acercarse corriendo a las puertas del castillo. Fue entonces cuando pudo observar a la distancia lo que los demás hombres habían visto y su rostro se iluminó con una sonrisa. De un salto se puso en pie dejando de lado los sables que hasta aquel momento se encontraba inspeccionando y puliendo, y salió corriendo como un niño que sabe que recibirá una recompensa si hace lo que le han mandado hacer con prontitud.
-¡No puedo creerlo! –exclamó Shinnosuke al llegar a las puertas del castillo-. ¡Ustedes… aquí!
-¿Pensaste que te dejaríamos pelear esta batalla solo, Shinnosuke? –respondió un hombre alto y fornido con voz grave y autoritaria.
-Es que… creí que…
-El abad nos ha enviado en ayuda del clan Saotome –le interrumpió el mismo hombre sonriendo de medio lado-, y si no lo hubiera hecho, hubiéramos venido de igual forma.
Los trece monjes sohei que se encontraban tras ellos asintieron en silencio pero sonriendo a la vez.
-Me alegro mucho –asintió Shinnosuke reverenciando a sus compañeros a modo de saludo-. No saben cuánto me alegro de verlos aquí.
-No dejaríamos que nuestro amigo Saotome enfrente solo al clan Kuno –contestó el monje devolviendo el saludo de su hermano.
Ambos sonrieron y Shinnosuke les hizo un gesto para que lo acompañaran al interior del castillo.
-La situación no es nada favorable –comentó adentrándose en los patios mientras la pequeña tropa de monjes era observada por los expectantes guerreros del clan-. Kuno ha reunido a muchos hombres y está decidido a atacar. Creemos que esta vez querrá destruirlo todo, al menos eso es lo que los espías del señor Hibiki han informado.
-Quizá no haremos una gran diferencia en cuanto a número, Shinnosuke, pero al menos tenemos la intención de ayudar a que el señor de Nerima conserve el dominio que le pertenece.
-Y también a su esposa –comentó Shinnosuke-. ¿Estás enterado de lo sucedido?
-Sí, el mismo señor Saotome envió una carta al abad relatando los hechos hace un tiempo atrás. El abad cree que la nubecilla escarlata estaba destinada a encontrarse con nuestro amigo y aunque otros quieran separarlos, él bendice esta unión porque cree que de una u otra forma, el dios misericordioso y todos los dioses quisieron que ellos se encontraran y unieran sus vidas, así que también vinimos a defender a la esposa del señor de estas tierras.
-Seguramente ella estará muy agradecida.
-Ahora, llévame con Hibiki. Necesito hablar con él de las estrategias que quiere aplicar.
-Vamos, hermano. Te llevaré con él.
Los monjes avanzaron en silencio el resto del camino, pero para Shinnosuke fue el silencio más agradable que había experimentado durante todos esos meses. Estaba con sus hermanos en creencia y ellos habían venido a prestarles su apoyo. Los dioses estaban siendo benevolentes esta vez.
Kasumi Tendo había decidido quedarse en el castillo de Nerima hasta que todo el enredo que ella misma había armado se solucionara de alguna forma que esperaba, fuese favorable para todos.
Hasta el momento de reencontrarse con su hermana menor, ella no se había cuestionado mayormente los alcances de sus acciones porque en lo único que ella había pensado era en sus sentimientos y en el querer compartir una vida tranquila con el hombre que amaba. Pero ahora se daba cuenta que con su decisión había malogrado la vida de toda su familia. Su hermana le había dicho que su padre había sido obligado a autoexiliarse del palacio imperial, que su hermana Nabiki se encontraba en el castillo del enemigo del señor de Nerima y no sabían en qué condiciones, y Akane estaba haciendo su mayor esfuerzo para enfrentar una batalla para la cual no estaba preparada. Todo había sido provocado por una acción de ella; una acción que a ella le había parecido lo más acertado en su momento, pero que ahora se daba cuenta, estaba convirtiendo la vida de muchas personas en un tormento.
Los guerreros del clan Saotome se estaban preparando para enfrentarse al poderoso señor de Seisyun y cada cual aportaba su experiencia y valentía, pero se rumoreaba que estaban en desventaja numérica y que sin duda alguna e hicieran lo que hicieran, con toda seguridad morirían defendiendo el dominio de Nerima, y que era casi una obviedad que el señor de Seisyun saldría vencedor esta vez, tomando posesión del castillo y de las tierras que habían pertenecido a los Saotome por tanto tiempo.
No era que la gente que habitaba el castillo anduviera pregonando malos augurios cada vez que se encontraban entre ellos, simplemente se notaba en sus rostros cansados y en sus gestos atribulados. Para Kasumi Tendo era la primera vez que se encontraba inmersa en un ambiente hostil y peligroso para su propia seguridad. En Kioto contaba con la seguridad del palacio de su padre y también las que les proveía el estar cerca del palacio imperial y contar con el favor del emperador, así que nunca sintió temor por su seguridad, hasta que llegó a Edo, ese territorio hostil que parecía encontrarse siempre en guerra consigo mismo. Así y todo, ella había decidido permanecer al lado de su hermana; si bien era cierto que ella no sería de ninguna ayuda ante un ataque directo al castillo, había decidido que permanecería allí por el solo hecho de enfrentar las vicisitudes que a Akane le tocaría enfrentar para así, tratar de lavar sus culpas.
-Dama Kasumi.
La suave voz masculina la sacó de sus cavilaciones volviéndola a la realidad. Se encontraba sentada sobre un mullido cojín en el centro de una suntuosa y cómoda habitación calefaccionada. Sus ropas estaban limpias y confeccionadas con las mejores sedas y sus sedosos cabellos lucían un bonito peinado adornado con peines de madreperla. ¡Qué distinta lucía Kasumi Tendo ahora que estaba bajo la protección de su hermana en el castillo de Nerima, de aquella que se escondía en una pequeña choza en los límites del dominio!
Suspiró apartando tales pensamientos y se obligó a sonreírle al joven que la acompañaba en aquella estancia.
-Dime.
-La guerra se avecina –dijo exhalando un suspiro-. Ukyo me dijo que los guerreros Saotome se encuentran listos para la batalla y que solo están esperando que los centinelas les comuniquen el movimiento de las fuerzas del clan Kuno para tomar su posición de ataque.
-Eso ya lo sabía, Tofu –contestó Kasumi asintiendo levemente-. Mi hermana me había informado.
-Estuve pensando –dijo de pronto el médico-, tal vez sería prudente que te refugiaras con el resto de los habitantes. Supe que los evacuaron a todos y se encuentran al sur del dominio…
-No –interrumpió la joven mujer-. Yo permaneceré aquí, junto a mi hermana.
-Pero, el castillo es inseguro incluso para tu hermana, dama Kasumi.
Tofu se puso en pie y observó a la dama que permanecía sentada frente a él. Se veía frágil y delicada, casi como si estuviese hecha de la porcelana más fina y con el menor toque se fuese a quebrar. Ella no tenía la fortaleza que él había visto reflejada en la dama Akane y dudaba mucho que de ser necesario, pudiera tomar un arma y defenderse de un asalto al castillo.
-Dama Kasumi –continuó-, necesito que te refugies junto a las personas que abandonaron la ciudad.
-Y yo necesito quedarme con Akane, Tofu.
-Este lugar no es seguro.
-Ningún lugar es seguro cuando se enfrenta una guerra –rebatió Kasumi mirando fijamente a su interlocutor-. Dime, ¿crees que si el señor Kuno derrota a los guerreros Saotome y toma el castillo, dejará con vida a la gente que se encuentra refugiada al sur del dominio, solo por el hecho de haber escapado? Es probable que elimine a todos quienes fueron fieles al señor de Nerima y aunque yo no le conozca, no podré decir que estoy en su dominio por un infortunio para que no me maten. Entiéndelo Tofu, aquí o en una casa al sur del dominio, mi vida corre el mismo peligro que corre la de todas las personas que nos encontramos aquí o en tierras de los señores Kaminarimon.
-Pero dama Kasumi…
-Crees que no sirvo de nada y quieres que me vaya por eso, ¿no es así? –interrumpió nuevamente ella.
-No –dijo arrodillándose junto a la mujer para tomar una de sus delicadas manos entre las suyas-. No. Lo que yo creo… no, estoy seguro que no podré soportar el saber que te encuentras en peligro. No quiero que te suceda nada malo y el solo pensar que ese señor Kuno pueda tocarte…
-No me pasará nada si tú permaneces a mi lado –sonrió la mujer enternecida por las palabras que salían de los labios de su amado.
-Pero yo pienso ayudar a los heridos.
-Entonces, yo te ayudaré a ti con los heridos.
-No, eso no, dama Kasumi. Una batalla no es tan solo destrucción, también es muerte, desolación y sufrimiento. No puedo dejar que te expongas a ver lo cruel y sanguinaria que puede llegar a ser la guerra.
-No puedes ordenarme nada, Tofu, es más, soy yo la que puedo ordenarte que me lleves contigo a prestar ayuda a los heridos del clan.
-Tu hermana no lo permitirá.
-Mi hermana no tiene por qué enterarse de mis planes. Tú no le dirás y yo tampoco. Además, le seré de mayor ayuda a tu lado que quedándome aquí encerrada mientras todos defienden esta tierra.
-Dama Kasumi…
-No quiero escuchar más quejas, Tofu. Está decidido, yo iré allá donde tú vayas, para eso renuncié a todo lo que tenía, para estar a tu lado.
El médico no contestó, solo se contentó con observar el dulce rostro sonriente de la dama de corte que había robado su corazón. Ella tenía razón, había renunciado a todo por permanecer junto a él y él no podía negarle su deseo sabiendo que ella había sacrificado mucho más que él para permanecer juntos.
Tofu se obligó a sonreír y besó con ternura la frente de su amada para luego ponerse en pie. Tenía muchas cosas que hacer y repasar antes de unirse a los médicos que seguramente prestarían ayuda a los caídos del clan cuando la guerra azotara el dominio. Esperaría que aquel momento llegase sabiendo que tendría que ingeniárselas para que su dulce y frágil acompañante no se espantara con la crudeza que se reflejaba en el campo de batalla.
Ambos se encontraban sentados sobre sus rodillas, frente a frente y sin decir una palabra desde que habían ingresado en aquella habitación.
Ella había preparado y servido el té para ambos y así habían permanecido por largo tiempo, solo sentados contemplando el brebaje sin entablar ninguna conversación, ensimismados en sus propios pensamientos.
Al contemplar la escena, nadie hubiera creído que las personas que allí se encontraban habían dejado de verse hacía muchos años atrás y que ahora no se toleraban, pero claro, en tiempos de guerra había que dejar el orgullo a un lado y pactar alianzas. Así lo entendían ellos y así habían decido actuar.
El anciano chambelán llenó su característica pipa y la encendió, observando el humo llenar el espacio en aquella habitación. La anciana nodriza pareció no molestarse con la acción de su acompañante y lo observó como si recordara una situación similar vivida mucho tiempo atrás.
-La dama Akane debería irse ahora junto a su hermana –rompió el silencio el anciano dirigiendo una mirada a su acompañante-. Sería bueno que emprendiera el viaje al templo del ruiseñor. Allí, el abad puede protegerlas hasta que desde la capital venga alguien y las escolte hasta el palacio del señor Tendo.
-¿No confías en una victoria?
-Soy realista, Cologne –contestó el anciano-. No niego que me encantaría decir que sí, que confío en una victoria del clan, como siempre ha sido, pero ahora estamos en total desventaja.
-En el arte de la guerra, el general Sun Tzu dice: "el principio más importante para vencer en la guerra, es lograr que tus soldados mueran alegremente" –dijo la anciana observando fijamente a su interlocutor-. No tengo la menor duda que los guerreros del clan derramarán hasta la última gota de su sangre por su señor y su tierra.
-Lo harán –asintió Happosai-, pero en este momento su señor se encuentra lejos de aquí y no sabemos si llegará antes que la batalla se desarrolle… ni siquiera sabemos si está enterado que el clan Kuno pretende atacarnos.
-De todas formas los hombres del clan no dejarán caer el castillo.
El anciano chambelán observó a la mujer de la que tiempo atrás había estado enamorado y una tenue sonrisa adornó su envejecido rostro. Ella estaba allí frente a él, y a pesar de todo lo que había sucedido entre ambos, ella le hablaba con absoluta confianza en que obtendrían la victoria. Una confianza que ni él mismo siendo parte de las fuerzas del clan lograba sentir.
-Son tiempos aciagos los que estamos viviendo –dijo finalmente-. También recuerdo que Sun Tzu, en otro de sus versos dice: "Para poder vencer al enemigo, todo el mando militar debe tener una sola intención y todas las fuerzas militares deben cooperar". Sin Ranma acá, esas fuerzas militares se encuentran desmoralizadas y piensan que solo les espera una muerte segura –el anciano dio una bocanada a su pipa y luego expulsó el humo-. Por supuesto, Ryoga es un gran comandante y asumirá el rol de mando junto a sus compañeros, pero…
-Pero –le instó a seguir Cologne.
-Ryoga no es Ranma –contestó Happosai encogiéndose de hombros-, y los hombres lo saben. Saben que el señor de estas tierras, su señor, no se encontrará dirigiendo el ataque esta vez y eso les desmoraliza, aunque quieran ocultarlo.
-¿Tú también quieres ocultarlo?
-Del resto, de ti no podré hacerlo ¿no?
-No, no podrás hacerlo, maestro Happosai.
-Bien, hagamos un trato.
-¿Qué clase de trato?
-Yo me comprometo a ocultar mi desaliento y levantar el ánimo de los guerreros del clan aunque sea uno de los que cree que esta batalla solo nos traerá muerte y destrucción, y tú te comprometes a tratar de convencer a la señora del castillo que debe refugiarse en las montañas, lejos de aquí.
-No conoces a la señora del castillo –negó Cologne con un movimiento de cabeza y una sonrisa en el rostro-. No podrás alejarla de aquí a menos que la amarres de pies y manos y la lleves a la fuerza a un lugar seguro y aun así, pondrá resistencia.
-Me preocupa su seguridad, si la capturan será el fin de toda esperanza para el clan. Mientras la chiquilla se encuentre con vida, el clan tendrá la esperanza de renacer porque Ranma no permitirá que lo maten, pero para que él pueda recuperar su dominio en caso de perderlo a manos de los Kuno, ella debe permanecer con vida. Solo así él encontrará las fuerzas para seguir luchando.
-No puedo prometerte que ella saldrá de aquí porque bien sé que no lo hará, solo puedo prometerte que haré lo que sea para mantenerla a salvo y entregársela al señor Saotome cuando vuelva para que ambos sigan construyendo un futuro juntos. A cambio quiero que alientes a los guerreros y que te conviertas en su general, después de todo es lo que siempre quisiste, ésta es tu oportunidad.
-Una oportunidad que no busqué y que llega demasiado tarde a mi anciana vida.
-Puedes rendirte ahora y ver cómo destruyen todo por lo cual has luchado durante toda tu vida, o puedes hacer lo imposible para cambiar el destino de esta batalla.
-Está bien, cambiaré el destino de esta batalla a cambio de que cuides de la chiquilla hasta que Ranma vuelva.
-Es una promesa, maestro Happosai.
La anciana se puso en pie e hizo una leve inclinación a modo de despedida.
-Cologne –la llamó el chambelán; ella volteó a verle-. ¿Podemos ser amigos desde ahora?
Ella pareció pensarlo por unos momentos y luego asintió levemente.
-Podemos serlo, pero ten presente que no toleraré otra traición, maestro Happosai.
-No más traiciones, Cologne, nunca más. La última traición la pagué demasiado caro, ambos la pagamos muy caro, ¿no es verdad?
Ella no contestó, solo volteó y se apresuró en salir de aquella habitación. Todavía dolía recordar aquella traición por la que había tenido que entregar a su hija a un desconocido sin saber jamás cuál había sido su destino en la vida.
Los acontecimientos habían sucedido demasiado rápido para que él pudiera procesarlos, puesto que no sabía cómo ni porqué había decidido hacer lo que había hecho.
Estaba mal y era una falta grave que podía pagar con su vida si la dama daba el aviso respectivo y entraba el samurái que debía hacer la guardia fuera de la habitación en donde se encontraban.
¿Qué lo había motivado a actuar de aquella forma tan impulsiva e inapropiada? La desesperación. Esa era la única explicación que encontraba en su alborotada mente para explicar aquel imprudente accionar de su parte.
La observó de soslayo, sin atreverse a mirarla de frente. Ella llevaba un kimono sencillo, adornado con flores de cerezo y nubes, y un cinto color rosa pálido. Sus mejillas se encontraban totalmente sonrojadas y conservaba una mano en su rostro, mientras la otra la había posado en su pecho.
Cómo había pasado de estar hablándole sobre la llegada de los monjes sohei enviados por el abad del templo del ruiseñor, a atreverse a tomar una de sus blancas manos entre las suyas. Era una imprudencia y una acción irrespetuosa que no sabía cómo podría enmendar.
Él había concurrido a verla para informarle que la estrategia de defensa del castillo había variado en su ejecución ya que los monjes guerreros les habían hecho ver que tenían otra opción para enfrentarse al clan enemigo. El castillo de la familia Daimonji se encontraba ubicado en un lugar estratégico, justo antes de la única vía de ingreso al territorio de Nerima, por cuanto resultaba una ventaja apostar a los guerreros en aquel castillo y esperar allí a los guerreros del clan Kuno. Aunque no pudieran retenerlos por mucho tiempo en aquel lugar, serviría para acabar con la avanzada y si tenían algo de suerte, detener el avance de las tropas y terminar la batalla en aquel lugar sin necesidad de llegar a defender el castillo de Nerima. La idea era aprobada por todo el consejo y Sentaro estaba de acuerdo en trasladarse a su propio castillo comandando a los guerreros del clan, en pos de la defensa del dominio.
Era eso lo que él había ido a informar, nada más, pero fue entonces cuando la conversación tomó otra dirección y terminó rogándole al borde de las lágrimas a la señora del castillo que se marchara de allí, que se fuera a un lugar seguro, lo más lejos posible de la batalla y fue allí que, en un arranque de locura o de cordura, él, Ryoga Hibiki se había abalanzado sobre la señora del castillo atreviéndose a tomar una de sus manos entre las suyas para posteriormente, besar el dorso de aquella mano con veneración.
Fue cuando la dama se separó bruscamente de él asustada por su comportamiento y él salió de aquel trance sintiéndose el ser más idiota y despreciable del mundo entero.
Había cometido una falta grave hacia la esposa de su señor, la esposa de su mejor amigo… su hermano y ahora se encontraba allí, frente a ella sin saber qué decir o qué hacer para enmendar aquel atrevimiento.
-Mi señora…
-No digas nada, señor Hibiki –contestó ella con un hilo de voz-, no es necesario.
-Pero yo… acabo de cometer una falta imperdonable.
-Falta que jurarás olvidar aquí y ahora, señor Hibiki –contestó Akane recuperando la confianza y autoridad-, ambos olvidaremos lo que acaba de suceder.
-Sí, mi señora.
-Señor Hibiki, es necesario que te alejes de mi lado. No quiero que otra situación similar vuelva a repetirse y mucho menos que hayan testigos que puedan malinterpretar las cosas.
-No volverá a repetirse –se apresuró en contestar Ryoga-, eso puedo prometerlo, pero por favor, no me alejes de tu lado, mi señora.
-Debes comprender que es una situación incómoda para mí y muy peligrosa para ti. Mi esposo no se encuentra en el castillo y su más cercano amigo se comporta de una manera poco adecuada con su esposa.
-Deberías entregarme a los guardias para que acaben con mi vida.
-Quizá es eso lo que se espera de la esposa de un daimyō en una situación así, pero así como el daimyō que se convirtió en mí esposo no es un señor convencional, yo tampoco soy una esposa convencional. Prefiero perdonar esta vez tu falta de respeto porque sé que tú estás idealizando a una mujer que no te puede ofrecer nada más que una respetuosa amistad –dijo Akane suavizando su tono de voz-. Señor Hibiki, eres el compañero de vida de mi amado esposo y yo no podría quitarle a su hermano a Ranma, así que no lo haré aunque correspondería el castigo. Por favor te pido que olvides lo sucedido y te olvides de mí, porque aunque me obligaran a hacerlo, nunca podría volver a sentir amor por otra persona que no fuera mi esposo. Estoy segura que los dioses cruzaron nuestros caminos porque para él nací. Tú estás confundido con una ilusión y esperas recibir algo que yo no puedo ofrecerte. Por favor, que esa ilusión no enturbie tu corazón porque en estos momentos te necesito más que nunca, amigo mío.
Ryoga observó el piso a sus pies avergonzado por su comportamiento, pero ante todo, avergonzado al darse cuenta que la esposa de su mejor amigo era sabedora que él ocultaba esos tiernos sentimientos hacia ella y que aun así, le ofrecía una sincera amistad.
Él, que siempre había sido un guerrero rudo y falto de tacto, reconoció que en aquel momento la señora del castillo se comportaba con una bondad que él creía no merecer, así que se prometió a sí mismo que cuidaría de ella apartando sus propios sentimientos para entregársela sana y salva al verdadero dueño de su amor.
-Mi señora, juro que olvidaré todo lo que sucedió y volveré a recuperar tu confianza. De momento solo puedo darte las gracias por tu infinita bondad.
-Lo que hago no es por bondad –contestó ella-, es por el cariño y el respeto que merece el mejor amigo de mi esposo, al cual también considero un amigo valioso.
-Gracias, mi señora. Nunca nadie se enterará de mi imprudencia y tampoco de mis… sentimientos.
Akane lo observó conmovida. El guerrero que se encontraba frente a ella era tan noble que estaba renunciando en ese preciso instante a todo lazo afectivo que pudiera haber pasado por su cabeza y su corazón, en pos de la amistad y lealtad que le debía a su esposo y a ella misma.
-Gracias a ti por comprender, señor Hibiki –dijo finalmente-. Eres un buen hombre y tienes un noble corazón. Estoy segura que encontraras a la mujer que sepa y pueda corresponder a esos sentimientos. Yo no soy esa mujer y no podría serlo nunca.
-Lo sé. Ranma es muy afortunado.
-También yo lo soy por tenerle.
-Mi señora –se despidió él haciendo una profunda reverencia.
-Espero que todo ese asunto de la nueva estrategia obtenga buenos resultados.
-Los tendremos –confirmó el guerrero con convicción-. No dejaremos que Kuno obtenga lo que quiere y tampoco dejaremos que la señora del castillo corra peligro. De eso puedes estar segura, mi señora.
-Que los dioses escuchen tus palabras, señor Hibiki.
El comandante no contestó y con una última reverencia salió de la habitación cerrando la puerta tras él. Suspiró cansinamente y cuando había dado no más de tres pasos, divisó la delgada y grácil figura de Ukyo que se acercaba distraídamente a la estancia en donde se encontraba la señora del castillo. Entonces se preguntó si aquella mujer que la señora Saotome había dicho correspondería a sus sentimientos no estaba frente a sus ojos más cerca de lo que él imaginaba.
-Señor Hibiki –saludó la doncella haciendo una inclinación de cabeza al pasar por su lado.
-Ukyo –dijo él llamando la atención de la doncella.
-¿Sí?
-¿Cómo… cómo estás?
-Bien, dentro de lo que se puede esperar durante estos tiempos aciagos.
-Sí.
Permanecieron en silencio, él observando su rostro tan bello como lo recordaba; ella observando las manos encallecidas por el entrenamiento del guerrero que tenía en frente en el cual confiaba y esperaba que algún día se fijase en ella para compartir su camino en la vida. Pero claro, esas eran esperanzas cada vez más vanas puesto que la amenaza que se cernía sobre todos los habitantes de Nerima era más significativa para los guerreros, sobre todo para uno como el comandante Hibiki.
Pensando de aquella manera, no supo cómo ni cuándo aquel hombre rudo y tosco se había acercado y había depositado una de sus manos en su rostro, en una suave y tímida caricia.
-La vida de un guerrero siempre está sujeta a lo que determine su señor y la batalla que deba librar.
-¿Sería muy difícil para un guerrero vivir en paz? –inquirió la doncella en un susurro.
Ryoga sonrió de medio lado y enfocó su mirada en los ojos llorosos de Ukyo.
-"Pensar que un hombre no tiene más que cincuenta años para vivir bajo el cielo –recitó-. Sin duda este mundo no es más que un sueño vano. Viviendo una sola vida, ¿existe algo que no decaiga?"
-El Atsumori –murmuró Ukyo cerrando los ojos para evitar que las lágrimas abandonaran sus ojos.
Y de pronto sucedió.
Él tomó el valor que hacía falta y se acercó lentamente a ella depositando un suave pero significativo beso en la frente de la muchacha.
-Yo pretendo que mi mundo no se convierta en un sueño vano, Ukyo –dijo posando su frente en la de la sorprendida doncella-, y espero volver de la batalla para luchar por construir ese mundo junto a una mujer que quiera lo mismo ¿Me esperarás, Ukyo? ¿Te convertirías tú en esa mujer?
Ella suspiró y sonrió sinceramente antes de responder.
-Te esperaré, señor Hibiki, y si quieres que me convierta en aquella mujer, yo lo haré con gusto.
-Entonces, nos veremos pronto, Ukyo, cuando todo esto acabe.
-¿Es una promesa?
-Lo es –dijo acariciando por última vez el rostro sereno de la doncella.
Ella lo vio alejarse y pensó que si bien era cierto que él trataría de cumplir aquella promesa, el Atsumori tenía razón, todos contaban con una sola vida y ahora esa vida estaba sujeta a los designios de los dioses y los deseos de venganza de un obsesivo señor de la guerra al que no le importaría acabar con los sueños y anhelos de una joven doncella atrapada en un castillo que enfrentaba una amenaza de guerra.
Suspiró y volvió a su labor. Debía encontrarse con su señora en la habitación, debía cumplir con su deber de doncella y debía rezar para que los dioses dejaran al señor Hibiki cumplir con su promesa.
-¿Por qué están aquí?- interrogó el joven nada más ingresar en la habitación en donde permanecía sentada la mujer escribiendo sobre un pergamino-. ¡Por qué siguen aquí! –exigió saber importándole muy poco la mirada reprobadora que ella le dedicaba en aquel momento.
-No tengo por qué darte explicaciones –contestó poniéndose en pie-. Además…
-¡Tienen que irse, tienen que alejarse de la ciudad! –exclamó acercándose a ella para tomarla bruscamente de uno de sus brazos-. No puedes quedarte acá, el clan Kuno está a punto de atacar Nerima y si permanecen acá, corren grave peligro, lo sabes.
-Suéltame –dijo observándolo con rencor y haciendo un movimiento con su brazo para liberarse-, no tienes derecho a tratarme con tanta insolencia.
-Lo siento –se disculpó soltando el brazo de ella-, es solo que no comprendo qué hacen aquí todavía. Me dijiste que abandonarían la ciudad, que irían al sur y que llevarías a las chicas contigo. Incluso pediste que consiguiera que liberaran a Yuka y sigues aquí, ¿por qué?
-Mousse –suspiró la mujer.
-Es peligroso permanecer en este lugar. Las fuerzas del clan Kuno nos doblan en número y esta vez atacarán con mayor intensidad, estoy seguro. Es casi seguro que el castillo será asediado y luego caiga a manos del señor de Seisyun y entonces, todo estará perdido. Si huyes al sur, tendrás mayores posibilidades de salvar con vida, si permaneces aquí, los guerreros Kuno acabaran con todo.
-Sé que estás preocupado y sé que tienes razón, pero debes entender que es mi decisión quedarme en esta casa y antes que me lo reproches, debo decirte que fue ella quien quiso quedarse a mi lado, yo no la obligué a nada, es más, le rogué que partiera con las chicas a las tierras de Kaminarimon, pero ella no me obedeció, sabes lo obstinada que es.
-Mi señora, debes escapar ahora que aún es tiempo.
-No.
-¡Por qué! –se exasperó el joven chino-. ¡Por qué es tan importante para ti permanecer acá!, el clan Saotome caerá y con él, el señor de Nerima, ¿acaso no es eso lo que querías?, ¿no es eso lo que siempre has querido?
-Ranma Saotome no se dejará vencer tan fácilmente, Mousse, lo sabes.
-¿Y tú quieres estar aquí para acabar con él en caso de que Kuno no sea capaz de hacerlo?, ¿quieres... quieres... -el guerrero hizo una pausa-, ¿tan importante es él?, ¿acaso no es odio lo que genera el señor de Nerima en tu corazón, sino amor?
La dama de la casa del lago no contestó, solo observó con tristeza a su interlocutor y luego volvió a sentarse en el cuidado tatami.
-Mis motivos para permanecer en esta casa no te incumben, Mousse. Digas lo que digas yo no abandonaré este lugar. Ahora, si quieres tratar de convencerla a ella para que se reúna con las chicas en el sur, te concedo mi autorización, puedes tratar de convencerla y también puedes abandonar a los guerreros Saotome, ya no se justifica tu presencia dentro del castillo. Después de todo, estamos viviendo tiempos aciagos y cada quien debería hacer lo que mejor le parezca con el tiempo que nos queda.
El joven chino suspiró cansinamente, sabía que ella no cambiaría de parecer y que ya nada podría evitar que ella permaneciera obstinadamente en aquella casa. Haciendo una reverencia y mirándola con tristeza por última vez, se dio media vuelta para abandonar la habitación.
-¿Irás a tratar de convencerla?
-Probablemente se enfadará conmigo si trato de hacerlo, así que no lo haré –dijo con resolución.
-Y tú, ¿abandonarás la ciudad?
-No, me quedaré a luchar con los Saotome. Deberías saber que por ti y por ella arriesgaría mi vida una y mil veces.
-Lo sé Mousse y te lo agradezco infinitamente.
-Sólo prométeme que la cuidarás bien y no dejarás que nada malo le suceda. Si yo dejo este mundo durante la batalla, prométeme que seguirás cuidándola.
-De eso no debes tener duda alguna.
El joven guerrero asintió con un movimiento de cabeza y abandonó la habitación. Dentro de la estancia, la mujer dejó que una lágrima resbalara por su mejilla. Esa había sido la despedida de un guerrero, la despedida de un hombre que sabía que era muy probable que su vida acabara en aquella batalla. Así que ella se permitió llorar por aquel hombre que había aprendido a querer y luego, sin secarse las lágrimas que había derramado, comenzó a rezar para que no fuera así. Mousse debía permanecer con vida para volver a reunirse con ellas, como siempre lo había hecho.
Los rápidos pasos que se acercaban a la precaria tienda que habían montado para el descanso la noche anterior alertaron al hombre que permanecía sentado en el interior de ella. Él se puso en pie de inmediato y desenvainó su sable al mismo tiempo que un hombre levantó una de las lonas para hacer ingreso a la tienda.
-Eras tú –confirmó el señor de Nerima al ver que quien había hecho ingreso a la tienda se trataba de uno de sus samurái.
-Encontramos a dos hombres, mi señor, dicen que traen un mensaje para usted.
-Indícame en donde los tienen –dijo Ranma saliendo tras el hombre luego de que éste hiciera una reverencia a su señor.
Cuando Ranma salió de la tienda pudo comprobar que aquel sería otro gélido y ventoso día invernal. Les había tomado tres semanas recorrer el camino que habían decidido tomar para llegar a Nerima debido a las inclemencias del clima, la mitad del tiempo que habían necesitado para realizar el mismo recorrido cuando habían emprendido el viaje desde Nerima hacia la capital imperial, por lo que Ranma se sentía más que satisfecho y según los cálculos que habían hecho y si no tenían mayores inconvenientes, en unos cuantos días más llegarían a las tierras de los Daimonji y de allí sería solo un par de días para por fin ver el castillo de Nerima. Por lo tanto, no era bueno retrasarse en el camino, así que él había decidido ver qué querían los supuestos mensajeros para proceder a despacharlos rápidamente y seguir el camino que habían trazado.
-¿Quiénes son ustedes y quién los envía? –preguntó al llegar a los pies de un árbol en donde sus propios guerreros mantenían prisioneros a dos hombres.
-¿Es usted el señor Saotome? –contestó uno de ellos con otra pregunta.
-¿Quién lo pregunta?
-Lo pregunta uno de mis subordinados, señor Saotome.
La voz había llegado desde atrás. Todos los samurái que acompañaban a Ranma en aquel momento quedaron perplejos ya que nadie había notado la presencia de un tercer hombre, por lo que solo habían maniatado a los dos que permanecían arrodillados a los pies del árbol.
Ranma les regaló una mirada desaprobatoria a quienes permanecían con él y se dio la vuelta para encarar al recién llegado. No pudo ocultar su sorpresa al comprobar por el blasón que ostentaba aquel hombre en su armadura de quién se trataba y sin poder evitarlo, palideció temiendo lo peor.
-Casi no logro alcanzarle, señor Saotome.
-Debo suponer que es enviado por su majestad imperial.
-Supone bien –contestó el arrogante hombre mirándose la palma de su mano.
-¿Le enviaron a capturarme o a matarme?
-¿Usted qué cree, señor Saotome? –sonrió el hombre haciendo una pausa para luego observar directamente a los ojos a Ranma-. Necesitamos un lugar para conversar, ¿no le parece?
-Por supuesto –asintió Ranma observando por primera vez la frialdad que reflejaban los ojos del enviado del emperador-. Sígame, por favor.
Ambos se alejaron de donde estaban y rehicieron el camino hacia la tienda desde donde había salido Ranma.
Para el señor de Nerima quedó claro que no podría hacer nada por evitar aquella reunión, puesto que conocía a aquel hombre aunque nunca le había visto en persona.
Sabía que su padre había llegado desde el continente cuando solo era un jovencito y por esos azares del destino, había terminado sirviendo al antiguo emperador ganándose el respeto y afecto de él y también las tierras que ahora eran patrimonio del guerrero que caminaba en silencio junto al señor de Nerima. Por supuesto cuando murió el padre, el hijo siguió sirviendo a la familia imperial convirtiéndose en el guerrero más respetado de la capital. Sus hazañas eran conocidas por todos y su temperamento también. Se decía de él que nunca había fallado en una misión encargada por su majestad y ahora Ranma comprendía que los rumores eran ciertos porque a pesar de haber avanzado a gran velocidad, el esbirro de su majestad había logrado darle alcance.
Cuando llegaron a la tienda, Ranma levantó la lona y extendió el brazo a modo de invitación.
-Después de usted, señor.
-Agradezco su gentileza –dijo el guerrero con fingida cordialidad.
-Perdonará mi rudeza pero no tengo mucho tiempo, así que me gustaría saber qué va a suceder conmigo, porque si su intención es hacer que vuelva al palacio imperial le aseguro que tendrá que matarme. Volver a la capital imperial sabiendo que mi esposa y mi dominio se encuentran en peligro no es una opción para mí.
-¿Siempre es usted tan atolondrado? –preguntó sonriendo de medio lado.
-Sé que su misión es llevarme con usted de vuelta al palacio imperial, de lo contrario el emperador no hubiera enviado a su mejor y más fiel general tras los pasos de un fugitivo como yo, pero déjeme decirle que…
-Señor Saotome, ¿podemos tomar asiento y conversar? –dijo su interlocutor sentándose de piernas cruzadas en la tosca estera que había desplegada en el suelo de tierra.
Ranma se sentó frente a él y le observó esperando que él comenzara la conversación, pero para el señor de Nerima no habían dudas respecto de la intempestiva aparición de aquel personaje. El emperador quería vengarse del daimyō que había osado escapar del palacio imperial sin esperar la venia de su majestad, por eso había enviado a su mejor hombre, al más comprometido con la casa imperial, al más fiel guerrero del que disponía su majestad, al más despiadado general que defendía a la encarnación de los dioses en la tierra. En ese momento Ranma volvió a observar la fría mirada del hombre que permanecía impávido frente a él y por primera vez en meses, sintió que el miedo le dominaba, y no era el miedo a terminar decapitado por aquel sujeto, sino el miedo que le provocaba el intuir que no podría llegar a sus tierras a defender a su esposa de los guerreros Kuno.
Saffron, el guerrero más renombrado que prestaba servicio para el emperador le había dado alcance y él estaba seguro que no le dejaría escapar.
Solo los dioses podían saber cómo terminaría aquella insólita reunión en medio de la nada, solo los dioses y el hombre que observaba fijamente al señor de Nerima.
Notas finales:
1.- Hola… a quienes todavía no se olvidan de mí, de esta historia y siguen esperando sus actualizaciones. Bueno, excusas no tengo (al menos no una que pueda considerar apropiada), solo pido disculpas por no actualizar antes y hacerles esperar tanto para leer; trataré que no vuelva a ocurrir… trataré, no les prometo nada al respecto, solo puedo comprometerme a no dejar morir esta historia.
2.- Palabras del capítulo: creo que solo se citan dos libros que a continuación paso a explicar:
-El arte de la guerra, del general Sun Tzu: bueno, creo que no es del todo desconocido. Se trata de un libro escrito por el general chino Sun Tzu en donde se detallan las distintas estrategias de guerra o más bien el pensamiento o sabiduría que debería aplicar un militar para enfrentar una batalla ya sea ésta favorable o desfavorable para su ejército. A pesar de que fue escrito durante el siglo V antes de Cristo (siglo en el cual vivió este general), estos tratados han sido utilizado por distintos estrategas a través de los años (estrategas que no nombraré aquí por tiempo) y sigue siendo objeto de estudio para las nuevas generaciones. Así que me pareció interesante acotar dos de sus principios para que fueran utilizados por dos estrategas como lo son Cologne y Happosai.
-Atsumori: El Atsumori es uno de los relatos que componen el Heike Monogatari (cuentos de Heike), en donde se relata la muerte del joven samurái Taira no Atsumori a manos de Kumagai Naozane, enemigo de su clan. El relato fue llevado al teatro Noh y algunos de sus versos se "volvieron famosos" por así decirlo, gracias a que Oda Nobunaga (daimyō durante el periodo Sengoku al periodo Azuchi-Momoyama quien, junto a uno de sus generales: Toyotomi Hideyoshi y a su aliado, el daimyō Ieyasu Tokugawa, es conocido como el unificador del país,) tenía por costumbre cantar o bailar sus versos. A quien le interese la historia de Japón, le aconsejo que busque a estos tres personajes: Nobunaga, Hideyoshi y Tokugawa, son muy interesantes. Y si les agrada el teatro Noh, el Atsumori está en Youtube, así que pueden ver una interpretación de éste.
3.-A mis queridas/os lectoras/es, muchísimas gracias por siempre estar ahí, a pesar de mis tardías actualizaciones. En especial a quienes dejan sus comentarios que son el pago de quienes escribimos fics. A quienes dejaron su comentario en el capítulo anterior: A Anngel (gracias por comentar), Victoria (Muchísimas gracias por tus palabras y espero te siga gustando la historia), the- girl-of-pig-tailed, Ishy-24, IramAkane, Haro Adrianne, susyakane, Sav21, nancyricoleon, evylangelux, HinamoriLU, AkaneSaotomee, Ruth Rosales3 (Muchísimas gracias por tus palabras, que bueno que te gusta lo que escribo), hitoki-chan, A Redfox, Auri22, esteffi-b, Zwoelf, Ginny chan, Pataicho (bueno, se acabó la espera y creo que podré decir que el próximo capítulo no tardará tanto. Gracias por tus palabras) y Chat'de'Lune (Muchísimas gracias por tus palabras y espero ganarme ese premio de "fic del año" algún día… nah, es broma. Muchas gracias por leer). Y por supuesto, a quienes leen y no comentan y a los que comentan sin dejar nombre o mal llamados anónimos, muchísimas gracias por seguir junto a mí y junto a este salvaje caballo que sigue galopando hasta llegar a la meta.
Gracias, gracias a todas/os.
Un abrazo y muy buena suerte!
Madame…
