- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
El salvaje caballo bajo un cielo escarlata
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo XXII
"¿Cómo llegamos a esto?"
Cuando era pequeña y mi nodriza me relataba historias de hazañas épicas, o me leía cuentos en donde los héroes se enfrentaban a graves peligros para conseguir sus objetivos, siempre me gustó imaginarme a mí misma siendo uno de aquellos personajes de leyenda. Incluso muchas veces y en sueños, mi mente recreaba la historia que mi nodriza me había relatado insertándome a mí en el papel protagónico. Sin embargo ahora que me encuentro inmersa en medio de un conflicto, mi propia aventura resultó ser muy distinta de las que mi anciana aya me contaba para hacerme dormir.
Yo no soy una princesa con poderes sobrenaturales y fuerza sobrehumana capaz de crear con una lágrima un lago de aguas cristalinas o lanzando una flecha detener el avance de un poderoso ejército.
Tampoco soy un fiero guerrero capaz de aniquilar a un millar de hombres sólo con el filo de su sable.
No, me he dado cuenta que sólo soy una simple mujer que finge fortaleza de espíritu para infundirles valor a quienes me rodean, pero que sin embargo, se siente atemorizada de lo que pueda suceder.
Hace tres semanas que las tropas comandadas por el señor Daimonji tomaron posesión en el castillo de su propiedad y todavía puedo recordar la sonrisa triste que se impuso en su rostro cuando vino a prometerme que tanto él como sus hombres harían lo que estuviera en su mano para detener el avance del clan Kuno, pero esa promesa es algo que él y yo sabemos será casi imposible de cumplir. Prueba de ello son los incontables informes que desde hace días llegan mediante mensajeros al castillo; informes que dan cuenta de lo dispuesto que está el señor de Seisyun a destruirlo todo; informes que resumen en cifras las pérdidas que han sufrido los guerreros de uno y otro bando; informes que detallan las crueles tácticas desplegadas por el enemigo para sitiar, atacar y finalmente, hacer caer el castillo Daimonji; informes que me hacen pensar que el fin de toda esta aventura está cada vez más cerca.
La guerra ha comenzado y con ella, la cuenta regresiva para cumplir con mi destino, sea cual fuere el que me designaron los dioses al momento de nacer.
El inhóspito clima invernal no ha cedido un solo día desde que comenzó el asedio al castillo de Daimonji. Cuando no está lloviendo, la nieve vuelve a caer formando un manto blanco en los terrenos que hacen dificultoso el desplazamiento de los guerreros, pero aun así, el señor de Seisyun parece estar decidido a acabar con todo el dominio de Nerima; prueba de ello es que no ha dejado que sus hombres se guarezcan de las inclemencias del clima invernal y a pesar del frío, la nieve y la lluvia, los ha hecho combatir de igual forma para tratar de abrir una brecha en la férrea defensa del castillo Daimonji y así, avanzar al castillo de Nerima, arriesgándose a perder más hombres debido a las inclemencias del clima que por una batalla cuerpo a cuerpo. Cualquier general o estratega estaría en desacuerdo con el proceder del señor de Seisyun, pero al parecer, él no toma en cuenta la opinión de sus generales.
No, estoy cada vez más convencida que el señor Kuno no es el mejor de los estrategas porque a nadie se le ocurriría exponer así a sus hombres a las inclemencias del clima sólo por conseguir sus egoístas objetivos; aunque la carta que recibí ayer me hace sospechar que el señor de Seisyun debe contar con un plan más elaborado que el de atacar a ciegas el dominio de Nerima.
Cuando mi doncella me entregó la carta, no podía creer que estaba leyendo la cuidada y estilizada caligrafía de mi hermana. Y es que jamás se me pasó por la cabeza que ella podía llegar a enviarme una misiva estando prisionera en el castillo de Seisyun, ya que eso es lo que ella me informa en su carta. Se encuentra prisionera a merced de los hermanos Kuno y necesita que yo le ayude a escapar; el cómo es algo que escapa a toda lógica pero que sin embargo, tiene algo de coherencia.
Según Nabiki, el señor Kuno sólo se quedará tranquilo si yo me entrego libre y voluntariamente a él como su verdadera prometida. Nabiki me informa que el señor de Seisyun ha decretado la destrucción de Nerima sólo cuando se ha enterado que su verdadera prometida se había desposado con su enemigo, el señor de Nerima. Entonces, para solucionar el problema y pactar la paz, yo debería entregarme a él y así salvar la vida de todos los habitantes de Nerima, la vida de los guerreros Kuno y Saotome, y la vida de mi hermana. Por supuesto eso es algo que carece de toda lógica puesto que siempre se me dijo que el señor Kuno sólo tenía por motivación destruir a mi esposo y quitarle el dominio de Nerima que antiguamente había pertenecido a los Kuno, por lo tanto, un hombre testarudo y obstinado como lo es el señor Kuno no puede darse por satisfecho sólo quitándole a su enemigo la mujer que cree, le pertenece. Algo no anda bien, algo extraño hay detrás de las palabras que mi hermana me dedica con desesperación en su carta y a pesar que he leído y releído aquellas líneas hasta casi memorizarlas, no he logrado descifrar la verdad oculta tras la escueta pero significativa misiva.
Así que ahora me encuentro aquí, encerrada en uno de los salones principales del castillo, tan sólo esperando el desenlace de mi propia aventura.
Ciertamente nunca me he caracterizado por ser paciente y el estar aquí pensando en cuántas vidas han sido arrebatadas por la tozudez de un hombre o en cuánto tiempo ese mismo hombre derribará las barreras que suponen el castillo del señor Daimonji para apersonarse en las afueras del castillo de Nerima, me tienen en un estado de alerta constante y de nerviosismo exacerbado, y aunque ya he tomado una decisión respecto a lo que haré cuando el inevitable enfrentamiento a las afueras de Nerima se produzca, no dejo de pensar que mi plan tiene varias falencias; quizá la más importante es no saber si las personas a las que tengo pensado pedirles ayuda me apoyarán en tan arriesgado plan.
Debo convencer a personas cercanas y queridas por mí, pero creo que esa misma cercanía y cariño esta vez jugarán en mi contra, debido a que no estoy segura de la reacción que tendrán cuando les comunique mi estrategia para ganar esta guerra, la única estrategia que veo posible para evitar más derramamiento de sangre y salvar a todas las personas que me importan sin la ayuda de mi esposo.
Mi esposo. Me pregunto en dónde estará y si se habrá enterado de lo que sucede en su dominio. Cada vez que pienso en él, la añoranza me invade y los deseos de llorar se acrecientan, pero hasta eso me lo he prohibido. Las lágrimas sólo harían que quienes me rodean se preocuparan todavía más y que quienes están a mi mando me vean como alguien débil que no está capacitada para reemplazar a un daimyō. No, las lágrimas han quedado descartadas para mí hasta el día en que me reúna con mi esposo, estoy segura que en ese momento derramaré mis lágrimas, pero serán de felicidad y ya no de sufrimiento y desesperación.
Un suspiro ahogado escapa de mis labios y me concentro en alejar de mi mente todo pensamiento que no sea el de poner en práctica mi plan.
La carta de Nabiki llegó en el momento preciso ya que podré ayudarla a ella con mi estrategia y así salvarla de los Kuno. Lo primero es contestarle a mi hermana Nabiki, así que me dispongo a tomar el pincel para escribir la escueta misiva con la que daré mi respuesta a la solicitud desesperada de mi hermana. Sé que no será nada fácil hacer llegar un mensaje al castillo de Seisyun, primordialmente porque siento que me queda poco tiempo, pero el mensajero que se ha ofrecido para tan descabellada misión me aseguró que hará lo imposible por cumplir con su cometido. Me cuesta poner en orden mis ideas para traspasarlas al escrito ya que éste debe ser escueto y debe contener poquísima información, aunque haciendo un gran esfuerzo logro redactar una carta lo suficientemente aceptable para que la mente astuta de mi hermana Nabiki logre leer entre líneas mi mensaje oculto.
Quiero que esté preparada tanto física como sicológicamente para lo que tendrá que enfrentar, porque esta vez necesitaré de su ayuda para realizar mi plan. Una vez nos volvamos a ver las caras, ella tendrá que leer mis intenciones si quiere salvarse de las garras del señor de Seisyun, de lo contrario, saldrá perjudicada y probablemente arruinará la única opción que tengo para ganar este juego. La vida de muchas personas depende de cómo se desarrollen los acontecimientos que en mi mente he repasado una y otra vez, mas ello no me asegura el triunfo ya que sé que llegado el momento, factores que escapan totalmente a mis manos decidirán nuestro destino.
Si contara con más tiempo, si estuviera segura que el señor de Seisyun es un hombre razonable y pudiera convencerle de establecer un trato justo para pactar una tregua, otros serían los tiempos en los que nos encontraríamos viviendo, pero sé que no será así; sé que el señor de Seisyun no claudicará en sus deseos, y eso me lleva a creer que mi plan para vencer de una vez por todas al obstinado señor Kuno es mi única esperanza, aunque sea una auténtica locura llevarlo a cabo.
Ya veremos qué sucede al momento de llevar a la práctica mi última jugada, con la que pretendo dar por finalizado todo este espectáculo.
Mientras guardo la carta que pretendo enviarle a mi hermana, observo el pequeño altar que se encuentra en una de las paredes del salón y me dirijo lentamente hacia ese lugar hasta quedar arrodillada frente a él. En silencio saco mi rosario de cuentas de sándalo y el perfume de la madera invade de inmediato el lugar. El rosario es uno de los tres que expuso mi padre ante mí y mis hermanas cuando éramos unas niñas. Recuerdo que en aquella ocasión, él permitió que cada una de nosotras escogiera un rosario con el que honraríamos nuestras creencias y nos contó que los tres habían sido confeccionados con la madera del mismo árbol; tres rosarios hermanos, como las tres hermanas que los recibimos de manos de nuestro padre. Me pregunto si Kasumi y Nabiki se encontrarán rezando al igual que lo hago yo en estos momentos y a mi mente vuelven recuerdos de una época muy lejana, cuando las tres nos reuníamos por órdenes de nuestros preceptores y rezábamos juntas. En esa época todo era más fácil; yo no sabía de codicias y ambiciones, no conocía la mezquindad de los seres humanos, no sabía de guerras, ni de luchas, ni de muertes en un campo de batalla, sólo era una niña pequeña que se sentía acompañada por sus hermanas mayores y protegida en el castillo de su padre… ¿cómo llegamos a esto?
El llamado de Ukyo a mis espaldas casi en un susurro logra sacarme de mis cavilaciones y suelto el rosario al piso. Seguramente estuve demasiado concentrada para responder a su llamado, por lo que ella ingresó a la habitación sin yo percatarme.
-¿Qué pasa, Ukyo? –pregunto recogiendo el fragante rosario del suelo para luego darle una mirada interrogante a mi doncella.
-No sabía que estabas rezando, mi señora, de lo contrario no te hubiese molestado.
-Si ingresaste hasta aquí debe ser para comunicarme algo de importancia, ¿me equivoco?
Ukyo no contestó de inmediato, pero por su semblante y los nerviosos movimientos que hacía con sus manos juntas a la altura de su cintura, pude intuir que no traía buenas noticias.
-Llegaron noticias nuevas -dijo interrumpiéndose para soltar un suspiro-, noticias del castillo Daimonji… el señor Daimonji… él…
-¿Qué sucede con el señor Daimonji? –exigí saber ya que ella parecía no atreverse a decirme lo que ocurría.
-Él está acá, en el castillo.
-¿Cómo?
-Mi señora, al señor Daimonji lo trajeron al castillo hace unos momentos –dijo Ukyo arrojándose al piso para quedar frente a mí-. Está malherido y los médicos dicen que no pueden asegurar que se salve.
-¿Dónde está? –dije poniéndome de pie.
-En el cuarto de la garza, el señor Happosai dijo que lo instalaran allí –se apresuró en decir alcanzándome en la puerta, ya que yo tenía toda la intención de ir a enterarme de la situación que estábamos viviendo de inmediato-. Mi señora, mi señora espera –pidió mi doncella aunque sin conseguir que yo me detuviera-. ¡Akane!
Ese grito hizo que me quedara estática en el lugar y observara a Ukyo por sobre mi hombro, ella avanzó y me observó de forma suplicante.
-No vayas a verlo, él está…
-No me importa en qué condiciones se encuentre el señor Daimonji, iré a verle porque me fue fiel hasta el final y expuso su vida para que tú y yo permaneciéramos en este castillo a salvo. Es lo mínimo que se merece de la mujer que lo envió a la batalla y a una muerte segura.
-No fue tu culpa, mi señora. Tú no le pediste que hiciera esto, él y sus hombres cumplían con su deber.
-¿Y crees que porque cumplían con su deber merecen morir sin los debidos agradecimientos?
-No es eso, es sólo que…
-Ukyo, sé que tratas de protegerme, pero al aceptar desposarme con un daimyō, también acepté las responsabilidades que ello conlleva, y mi responsabilidad en estos momentos es enterarme del estado de salud de uno de los hombres más fieles a mi esposo y de la situación en la que se encuentra el castillo Daimonji.
-Entonces, te acompaño –sentenció ella.
-Bien, eso no puedo negártelo.
En silencio y a toda velocidad nos dirigimos al lugar en donde Ukyo había dicho se encontraba el señor Daimonji luego que lo trajeran al castillo. Lo primero que pude ver fue la agitación de las personas que circulaban cerca de la habitación, todos me saludaban sorprendidos con leves inclinaciones de cabeza, pero nadie se atrevió a decirme nada o a preguntarme qué hacía yo allí, y debo suponer que fue única y exclusivamente por la desesperación que adquirió mi semblante.
Al llegar al pasillo en donde se encontraba la entrada a la habitación, pude observar que justo en la puerta se encontraban el chambelán Happosai, el señor Hibiki y uno de los consejeros más ancianos de mi esposo; estaban dialogando, de eso no cabía dudas, pero sus semblantes reflejaban preocupación y seriedad.
-¿Qué sucedió? –pregunté nada más llegar al lado de los hombres.
-Mi señora, no debería estar usted aquí –dijo el señor Hibiki haciendo una leve reverencia.
-Concuerdo con el comandante, mi señora –acotó el anciano consejero-, éste no es un lugar apropiado para una dama como usted.
-Les recuerdo que en estos momentos estoy a cargo del dominio de mi esposo y una de mis obligaciones es enterarme qué está sucediendo con los hombres que le son fieles, así que les rogaría informarme cuál es la condición de salud del señor Daimonji y qué fue lo que sucedió en su castillo.
Un silencio sepulcral se produjo en aquel momento y entonces fui consciente que la situación era grave. El primero en hablar fue Happosai dirigiéndose a nadie en particular.
-La señora Saotome tiene razón, es nuestro deber informarle de la situación en la que nos encontramos.
-Pero maestro…
-Es la señora de Nerima, Ryoga –interrumpió Happosai-, no lo olvides nunca.
El anciano chambelán dedicó una mirada acusadora al comandante Hibiki y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era cierto que el viejo maestro había demostrado un cambio significativo en su comportamiento últimamente, pero a mí no se me olvidaban las amenazas y malos tratos que había recibido de él cuando mi posición en el castillo todavía era inestable, por decirlo de alguna forma. ¿Sería que el astuto viejo se había enterado de mi pequeño problema con el comandante Hibiki? Y de ser así, ¿estaría pensando que podía utilizar esa información de algún modo en mi contra? De momento no le daría importancia a ese asunto, lo que me preocupaba era conocer la realidad de la situación.
-¿Y bien? –pregunté observando a los tres hombres.
-El comandante Daimonji resistió en su castillo hasta hace tres días, mi señora –dijo Happosai con tranquilidad-. Los guerreros Kuno no habían podido abrir una brecha en el castillo hasta que anteayer a mediodía, ingresaron por un conducto de agua. Los informes dicen que rompieron uno de los conductos para el ingreso del agua y por allí entraron enfrentándose a los hombres de Daimonji.
-Fue allí cuando lo hirieron –continuó el señor Hibiki-. Sentaro se puso al frente de su hombres resistiendo al ataque de los guerreros Kuno y una vez controlada la situación, los hombres de Sentaro volvieron a cerrar el conducto por donde habían ingresado los Kuno, pero a Sentaro lo habían herido.
-¿Dónde está?, quiero verlo.
-No, mi señora –dijo el consejero obstruyendo el paso a la puerta con su propio cuerpo-. Él recibió dos flechas en su pierna derecha y una en su costado izquierdo, además de las estocadas de un sable en uno de sus brazos y en su rostro. No es prudente que usted…
-Entonces –dije aguantando el llanto que amenazaba con abandonar mis ojos-, díganme, ¿El ejército de Kuno avanza al castillo de Nerima?
-Aún no –contestó el comandante Hibiki al parecer aliviado de que yo hubiera desviado mi atención hacia otra cosa-. Los guerreros de Sentaro lograron hacer que los Kuno retrocedieran y se atrincheraron nuevamente en el castillo comandados por dos generales que son fieles a los Saotome, resistirán un poco más, aunque no sabemos cuánto tiempo.
-¿Y cómo fue que… cómo fue que el señor Daimonji… pudo…
-Lo sacaron a escondidas del castillo –contestó Happosai, entendiendo que yo casi no podía hablar-. Sus hombres lo trajeron en una camilla hasta acá.
Asentí a las palabras de Happosai y a mi memoria vino la imagen del señor Daimonji despidiéndose de mí con su amable pero triste sonrisa.
-Quiero verlo –insistí dando un paso en dirección a la puerta.
-Mi señora…
-Escúchenme, si no quieren que los mande a arrestar por desobedecer mis órdenes, dejaran que vea con mis propios ojos al señor Daimonji –exigí observando a los tres hombres de manera desafiante-, saben que soy capaz de hacerlo.
-Ryoga, déjala pasar y acompáñala –dijo finalmente Happosai y yo exhalé un suspiro de alivio.
No sabía por qué, pero necesitaba ver a ese hombre que había dado todo por defenderme a mí y al dominio de mi esposo, tal y como lo había prometido. Quizá fuera sólo para darle las gracias o quizá fuera porque todavía no me podía convencer de que detrás de aquella puerta se encontraba uno de los hombres más fieles al clan, malherido y moribundo… uno de tantos que habían caído en batalla.
Me acerqué despacio, tras de mí podía sentir la presencia del señor Hibiki y de Ukyo; delante, había un biombo que seguramente ocultaba al hombre al que había ido a ver y de pronto, un grito desgarrador me hizo estremecer de pies a cabeza, luego, todo lo que escuché fueron pasos apresurados y el sonido que provoca la seda al roce con el piso. Me acerqué con temor hasta donde se encontraba el biombo y me atreví a observar.
El señor Daimonji yacía en un futon exhausto y con sus ojos cerrados. Su rostro se encontraba sudoroso y tenía una manta que lo cubría de la cintura hacia abajo. A los pies del futon había esparcidas partes de una armadura junto a un montón de ropa ensangrentada y sucia y lo que parecían ser tres flechas rotas. Dos médicos se esforzaban por hacer que el señor Daimonji tomara algún tipo de medicina de un platillo lacado y para mi sorpresa, mi hermana Kasumi se encontraba sosteniendo la cabeza del herido entre sus finas manos, tratando de hacerle reaccionar.
Lo vi mover su cabeza bruscamente de un lado a otro tratando de no beber el líquido que le obligaban a beber, lo vi toser y convulsionar al mismo tiempo que abría los ojos haciendo que su rostro se deformara en una mueca de dolor y lo vi tratar de mover sus labios cuando sus ojos hicieron contacto con los míos.
-No –dije de la forma más serena que fui capaz, conteniendo los deseos de llorar-. No te esfuerces.
Fue en ese momento que las otras tres personas que se encontraban rodeando el cuerpo del hombre malherido parecieron advertir mi presencia.
Me acerqué un poco más y pude distinguir que uno de los médicos era Tofu, el doctor que se había escapado con mi hermana mayor. Sentí una mezcla de rabia y alivio a la vez. Rabia, porque si mi hermana no hubiera escapado con el médico, quizá nada de lo que estábamos viviendo hubiera ocurrido. Y alivio, porque sabía que por muy irresponsable que hubiera sido el accionar de Tofu, él era un excelente médico y quizá podía hacer algo por el hombre que yacía en aquel futon.
-Akane –susurró mi hermana.
-Señor Daimonji –dije acercándome a un costado del enfermo para luego arrodillarme junto al médico que sostenía el platillo-, debes tomar tu medicamento –continué tomando el platillo de manos del médico y acercándolo con cuidado a sus labios al momento que podía observar la gran venda ensangrentada que cubría su mejilla y parte de su cabeza y cuello-. Debes tomarlo y te sentirás mejor –sonreí.
Él pareció derrotado ante mis palabras y entonces lo supe, el hombre que yacía en aquel futon hubiera hecho cualquier cosa que yo le ordenase, inclusive beber veneno si yo así se lo pedía. Admiré su lealtad, admiré su temple al momento en que haciendo un gran esfuerzo bebió todo el contenido del platillo que sostenía en mis manos y rogué a los dioses para que aquel hombre no muriera por una guerra injusta y mezquina.
-Así es, señor Daimonji –continué diciendo con dulzura-. Tienes que obedecer a tus doctores para que te mejores con prontitud.
-Yo… -tosió y sus palabras se escucharon graves, como el graznido de un ave de corral- lo siento… mi señora…
-No hables, Sentaro –dije con convicción. Era la primera vez que me dirigía a uno de los hombres de mi esposo por su nombre y no por su apellido, pero la situación era tan triste que no quise acatar el protocolo, sino más bien con ese simple gesto, hacerle saber que él contaba con toda mi admiración, respeto y gratitud-. Gracias por todo lo que has hecho por mí y por tu señor. Descansa ahora, Sentaro y recupera tu salud.
Tomé una de sus manos y la presioné suavemente entre las mías. Sabía que estaba siendo observada por más de una persona y que mi proceder escapaba a toda regla de protocolo, pero estaba tan agradecida de aquel guerrero y de todos los que habían caído por defenderme, que si hubiera podido, hubiera tenido el mismo gesto con todos y cada uno de ellos. Sin darme cuenta, había dejado escapar una lágrima que cayó libremente en la mano que sostenía la de él y lo observé, él también lloraba pero en sus labios se percibía una tenue sonrisa.
-Descansa –dije finalmente poniéndome de pie y limpiando discretamente mi rostro de las lágrimas que había dejado escapar.
Tofu me siguió junto a mi hermana y nos detuvimos detrás del biombo. Ukyo y el señor Hibiki mantuvieron algo de distancia.
-¿Cómo está, Tofu? –pregunté en un susurro.
-Sufrió heridas de consideración y que se han agravado por el trayecto que tuvo que realizar hasta llegar acá –contestó el médico en un tono de voz casi inaudible.
-¿Morirá? –pregunté sin ningún miramiento, el médico me miró con temor.
-No podemos asegurar nada tan tajantemente, pero si sobrevive, creo que no podrá volver a caminar con esa pierna. Recibió tres impactos de flecha; dos de ellas pudimos sacarlas enteras, pero una permanece en su lugar, en la pierna herida… no sé si podremos aliviar en algo esa dolencia.
Cerré mis ojos y rogué para que lo que decía Tofu no fuera cierto. El señor Daimonji tenía que sobrevivir y debía volver a caminar, de lo contrario dejaría de ser el hombre que todos conocíamos, puesto que para un guerrero no había nada peor que no poder realizar aquello para lo que había nacido, y ciertamente, con una de sus piernas inutilizadas, la vida ya no sería la misma para el señor Daimonji.
-Bueno, confío en ti Tofu, sé que eres un buen médico y atenderás al señor Daimonji como es debido.
-Haremos cuanto esté en nuestras manos para salvarle, mi señora.
-Kasumi –dije enfocando mis ojos directamente en mi hermana mayor-. No sabía que estabas en este lugar.
-Decidí ayudar a mi… al doctor Tofu –se retractó-. Es necesario hacer algo por los heridos y creo que puedo ser de utilidad.
-Está bien, pero no quiero que te alejes del castillo –contesté-. Cuidarás del señor Daimonji y esa será tu misión.
-Pero puedo ayudar a los heridos cuando los guerreros Kuno…
-No saldrás del castillo, Kasumi –dije con total autoridad-, y esperemos que los guerreros Kuno no lleguen.
-Está bien, hermana.
Di media vuelta y comencé a abandonar la habitación, seguida de cerca por el señor Hibiki y mi doncella. Cuando salimos, los dos hombres que habían quedado fuera de la habitación seguían allí de pie, así que preferí hacer mis preguntas en aquel momento y no dilatar más la situación reuniéndolos a todos en un consejo que a mi entender, resultaría infructuoso.
-¿Cuándo crees que llegarán las tropas de Kuno a las afueras del castillo, señor Happosai?
-No lo sé –contestó el anciano entendiendo mi ansiedad-. Los hombres que acompañaron al señor Daimonji se encuentran diezmados y es difícil saber cuánto tiempo más resistirán el asedio al castillo de Sentaro… Me atrevería a decir que contamos con unos tres o cuatro días, pero no más que eso, mi señora.
-Entonces, que todos se encuentren preparados y dispuestos para cuando los Kuno aparezcan.
-Se hará como usted diga, señora Saotome –concedió el chambelán haciendo una reverencia.
-Ukyo, ven conmigo, por favor –dije observando a los tres hombres que permanecían de pie-. Lo dejo todo en tus manos, señor Happosai.
-Pierde cuidado, todo saldrá bien.
Di un giro brusco y nada recatado para una delicada mujer, pero no me importaba lo que se dijera o se pensara de mí; en aquel momento lo único que quería era llegar a mis habitaciones y descansar un poco. Así que avancé rápidamente por los pasillos interiores del castillo y cuando llegué a mi destino me sentí aliviada. Abrí la puerta dejándole el trabajo de cerrarla a Ukyo y mis ojos observaron el ceñudo rostro de mi anciana nodriza quien me observaba sentada en unos cojines sosteniendo el peto de una armadura en sus manos.
Cerré mis ojos y dejé escapar un suspiro, era un hecho que no podría descansar como era mi deseo antes de sostener una conversación con mi nodriza.
-Explícame esto, niña –le escuché decir.
-No tengo nada que explicarte –dije con una convicción que no sentía en aquel momento-. Es sólo una vieja armadura.
-Pequeña y maniobrable, ideal para el cuerpo menudo de un joven guerrero –contestó haciendo una pausa para observarme acusadoramente-, o el de una mujer.
-Cologne…
-No permitiré que cometas una estupidez, Akane –interrumpió mi nodriza arrojando la prenda que sostenía a sus pies-. Dime, ¿piensas que esta anciana es estúpida? Para tu información, no me caracterizo por ser una persona que avala la tontería, lo sabes. Si pretendes escaparte para enfrentarte al enemigo como ya lo hiciste una vez, tendré que encerrarte y delegar tus facultades como esposa del señor de este castillo al chambelán.
-Cologne, no, puedo… puedo explicarlo.
-Entonces, hazlo de una vez. ¿Qué hace esta armadura entre tus ropas y quién te la consiguió?
El silencio se instauró por unos momentos en la habitación y creí que iba a ser atravesada por la mirada iracunda de mi nodriza.
-Fui yo –escuché a mis espaldas-, fui yo quien consiguió esa armadura.
-Supuse que serías tú, otra vez –dijo mi nodriza observando acusadoramente a Ukyo quien permanecía atrás de mí.
-Cologne –suspiré. Parte de mi plan había sido descubierto, así que me vi en la obligación de contarles a las dos mujeres que permanecían a mi lado parte de mis intenciones-, no voy a salir a luchar con los guerreros del clan si eso es lo que piensas, sólo le pedí a Ukyo que consiguiera la armadura para estar prevenida.
-Prevenida –repitió Cologne-, explícame cómo.
-Todos sabemos que los Kuno nos superan en número, si llega el momento en que me vea en la obligación de escapar, quiero hacerlo por mis propios medios y para eso necesito una buena armadura, el galope rápido de Kyo y a mis fieles amigas, si es que quieren ayudarme, claro.
Sabía que era muy difícil convencer a mi anciana nodriza y sabía que no estaba diciendo toda la verdad respecto de mis planes, pero no podía develar todo lo que estaba en mi mente porque entonces, ni Cologne, ni Ukyo, querrían ayudarme.
-¿Estás segura que eso es todo?
-¿Para qué más necesitaría una armadura, Cologne? –contesté con otra pregunta.
-Le prometí al chambelán que cuidaría de ti y no dejaría que nada malo te sucediera porque él cree que es la única forma que tenemos para que el señor Saotome vuelva y no decaiga –dijo suspirando-. Akane, si el señor Saotome vuelve y no te encuentra a salvo, todo se pondrá mucho peor… confío en que llegado el momento tus intenciones sean ocupar esta armadura para escapar, y por supuesto que contarás con mi ayuda.
-Con la mía también –dijo Ukyo.
-Les prometo que esa es mi intención –dije escondiendo mi mirada y sintiéndome bastante culpable al no decirles la verdad totalmente-. Ahora quiero descansar un poco.
Las mujeres asintieron y me dejaron a solas. En el futon, no pude dejar de revivir en mi memoria lo que había vivido aquel día y las palabras del anciano chambelán vinieron a mi mente de improviso. Todo saldrá bien, había dicho al momento de despedirse de mí, pero yo no estaba tan segura de que esas palabras fueran a cumplirse, después de todo, nadie sabía cómo terminaría nuestra historia.
Confiaba en los hombres que me defendían, confiaba en mis amigas, confiaba en mí misma y confiaba en mi plan secreto, entonces me permití creer en las palabras de Happosai. Con la ayuda de los dioses, todo saldría bien.
Llevábamos dos días sin hacer absolutamente nada más que esperar en el campamento que habían armado mis hombres para nuestro descanso. El general de su Majestad Imperial lo había dispuesto así y yo, aunque con muchas intenciones de deshacerme de él para continuar mi camino hacia mis tierras, había tenido que obedecerle.
Las cosas no pintaban nada bien para mi pequeña comitiva, y, aunque estaba seguro que de haberlo querido hubiera contado con el apoyo de todos mis samuráis para enfrentarme a las fuerzas del general del emperador, sabía que no podíamos ganarle y que probablemente hubiera resultado una pérdida de vidas inútil. Cierto que nos sobrepasaban en número por dos o tres hombres, pero yo sabía que ellos no se enfrentarían a mis guerreros en un combate justo, sino que me atacarían directamente a mí, así me lo había insinuado el señor Saffron en nuestra corta y extraña reunión.
Así que me había tenido que someter a su voluntad sin hacer ningún tipo de reclamo. Me encontraba encerrado en un precario campamento en medio de la nada, a merced de un general enviado por el emperador que no me había dicho qué era realmente lo que estábamos esperando.
Entonces me puse a imaginar posibles respuestas a esa interrogante. La dama Hinako me había asegurado que el emperador había decidido favorecerme con su apoyo, pero tal vez ella estaba equivocada o tal vez yo había ofendido tanto a su Majestad Imperial, que éste había decidido retenerme para luego mostrarme la destrucción de mis tierras y de mi gente sólo como forma de castigo. No podía creer que algo así fuese planeado por el emperador, sería un castigo cruel y demasiado injusto, pero lo cierto es que no conocía al hombre enjuto que me había recibido en su palacio y a pesar que pensaba que se trataba de un hombre sensato, no podía estar seguro de cómo reaccionaría la encarnación de Amaterasu en la tierra después de recibir una afrenta como la que yo había realizado.
No, el emperador no podía ser tan cruel con uno de sus súbditos, pensaba mientras me paseaba de un lado a otro en la tienda esperando alguna señal de mi fiero carcelero, señal que no llegaba nunca. La imagen de mi joven esposa siendo capturada y quizá asesinada por mi peor enemigo era recurrente en mi imaginación y eso era motivo más que suficiente para desesperarme aún más con la infructuosa espera a la que me tenían sometido; no había olvidado el sueño que había tenido en el palacio imperial y si ese sueño se transformaba en realidad como lo había hecho aquel otro ya tan lejano cuando ella había reconocido que había suplantado a su hermana, mi vida sería miserable y quizá no estaba preparado para seguir adelante sin mi terca niña mimada.
Cómo cumplir con mi promesa de volver a su lado, si me tenían capturado en mi propio campamento; cómo enfrentarme a mi enemigo tal y como le había prometido para que nada ni nadie nos separara, si mi carcelero se interponía entre nosotros. No podía escapar y tampoco podía enfrentarme al general del emperador.
El frío viento invernal silbaba entre las ramas de los árboles del pequeño bosque que rodeaba el campamento y los hombres afuera de las tiendas trataban de calentar sus manos en pequeñas fogatas que luego se extinguían con las copiosas nevadas que se dejaban caer cada cierto tiempo cubriéndolo todo con un manto blanco que lejos de parecerme bello, me preocupaba cada vez más, porque si una de esas nevadas se desatara con fuerza, nos impediría seguir nuestro camino, si es que se nos permitía seguirlo, claro está.
No dejaba de pensar en lo que estaría sucediendo en el castillo. Si bien había dejado mis asuntos en manos de mi esposa, no podía dejar de preocuparme por cómo estaría llevando todo a cabo. ¿Estaría siendo obedecida o había sido relevada en el cargo por Happosai o alguno de los consejeros? Cierto que confiaba en ella, pero debía reconocer que era muy distinto hacerse cargo de un territorio en paz que de uno en medio de una guerra.
Se necesitaba de un estratega inteligente y con la capacidad de tomar decisiones e imponerlas a sus hombres y no estaba seguro de que mis propios hombres obedecieran a la que consideraban una jovencita inexperta. Entonces, mis únicas esperanzas recaían en Ryoga y Happosai, aunque éste último había perdido un poco de mi confianza. Como sea, los hombres necesitaban a un líder que los guiara en la batalla hacia un triunfo del clan, eso era a lo que estaban acostumbrados. Primero al liderazgo de padre quien siempre luchó junto a sus hombres a la cabeza del ejército, y luego al mío, cuando a su muerte, yo le sucedí. Confiaba en Ryoga, pero tenía muchas dudas de que mis hombres lo siguieran ciegamente, les conocía y podría apostar que cuando se enteraron que los Kuno preparaban un ataque, su ánimo decayó. Espero equivocarme, pero siento que esta batalla no se ganará tan fácilmente.
-Señor Saotome.
El samurái me observaba desde afuera, con una de sus manos levantando la lona y un plato en su otra mano.
-Pasa –dije con un asentimiento de cabeza-. ¿Qué hace el enviado del emperador?
-Se encuentra en su tienda con sus hombres. Pidió que le llevaran su comida allí.
-Y encima es exigente el muy imbécil.
-Mi señor, le traje algo de comer.
-Gracias –dije observando el plato con arroz seco que me entregaba. Ya todos nos habíamos acostumbrado a nutrirnos sólo a base de arroz-. ¿No has notado nada que indique que el señor Saffron pretende partir?
-No, mi señor.
-Nos está retrasando a propósito –pensé en voz alta-, no quiere que lleguemos a Nerima a tiempo.
-¿Son esas sus intenciones? –preguntó mi acompañante.
-Si no son esas, no entiendo para qué nos mantiene en esta espera infructuosa. Seguramente Kuno ya atacó o está pronto a hacerlo, mientras nosotros estamos estancados aquí por orden del emperador sin poder hacer nada por defender nuestra tierra.
-¿Y si le tendemos una trampa para acabar con él y partir a Nerima?
-Todo está en nuestra contra –me apresuré a decir mientras me sentaba para comer el arroz que me había llevado mi interlocutor-. Si le atacamos y contamos con la fortuna de vencerle, el emperador declarará al clan Saotome oficialmente como su enemigo y enviará a sus tropas para que acaben con nosotros. Bien sabes que lo que no han logrado los Kuno puede lograrlo el emperador. No, el atacar al señor Saffron y a sus hombres no está en mis planes, así que seguiremos esperando.
-Como digas, mi señor.
-Avísame si sabes algo más respecto de los planes del señor Saffron.
-Sí, mi señor.
El hombre salió de la tienda y me sentí angustiado al saber que mis hombres también sentían la desazón y el temor que yo sentía. Entonces y mientras terminaba de comer el insípido arroz que me habían llevado, me encontré cuestionando mi proceder hasta ese momento. Si yo no hubiese desposado a Akane, si en vez de insistir en que permaneciera a mi lado la hubiera devuelto a la capital, si me hubiese comportado como el daimyō que se esperaba de mí y hubiese acabado con su vida o la hubiese repudiado, en definitiva, si no me hubiese enamorado de aquella niña al momento de nuestro primer encuentro, quizá la vida de ella y de todo mi pueblo no estaría en peligro. Ahora ya nada podía hacer para retroceder el tiempo y cambiar el destino de todos, en especial el de ella.
La vida de Akane era demasiado valiosa para mí, pero qué podía hacer yo ahora para salvarla. Le había prometido que volvería a su lado, que estaría allí para ella y que la protegería de todo mal. Cómo cumplir mí promesa si me encontraba prisionero.
Me levanté y arrojé el plato con furia lejos de mí, luego me dirigí hacia un costado de mi tienda en donde permanecía mi armadura y acaricié el peto de la misma; lentamente fui vistiéndome con ella hasta que sólo faltó ponerme el kabuto, el cual conservé bajo mi brazo. No podía esperar más tiempo, debía ir a defender a mi esposa y ningún general del emperador me lo iba a impedir, así que sin meditarlo demasiado, salí de la tienda llamando al instante la atención de mis hombres quienes al parecer descubrieron de inmediato mis intenciones puesto que se apresuraron a tomar su armas y seguirme hacia la tienda que había ocupado Saffron y sus hombres.
Levanté la lona y me presenté ante el general con una mirada iracunda que a otro sujeto hubiera intimidado, pero él, sentado en medio de la tienda me observó con curiosidad, regalándome una sonrisa ladeada.
-Señor Saotome, qué sorpresa –dijo con ironía.
-Voy a continuar mi camino hacia Nerima y no habrá nada ni nadie que me lo impida por más tiempo –dije con rudeza-, sólo venía a informárselo.
-Es muy amable de su parte el tener esa consideración conmigo, señor Saotome –asintió y pude observar que todos su hombres me miraban frunciendo el ceño a la vez que llevaban sus manos a las empuñaduras de sus sables. No me había equivocado, Saffron me mataría antes de dejarme partir-. Sí, muy considerado pero, creo haber dejado en claro las intenciones de Su Majestad Imperial cuando les di alcance.
-No me caracterizo por tener paciencia y si sigo estancado en este lugar en medio de la nada, no podré hacer absolutamente nada por salvar la vida de mi esposa.
-Nunca pensé llegar a ver a un guerrero abatido por amor, mucho menos a uno con tal renombre como lo es el señor de Nerima, reencarnación de Hachiman –dijo como si hablase consigo mismo-. Un guerrero no se enamora -sentenció mirandome fijamente-, sin embargo, creo que ese es su motivo para hacerse asesinar al querer enfrentarse solo al clan Kuno, ¿no es así?
-Sólo quiero irme para unirme a mis hombres en batalla –escupí dando media vuelta a la espera del ataque de los hombres de Saffron.
-¿Tan importante es esa chiquilla para usted, señor Saotome?
-Más importante que todos nosotros juntos –contesté evitando darle la cara.
Justo en ese momento, fue levantada la lona en otro sector de la tienda y por la abertura ingresaron los dos hombres que había visto en mi primer encuentro con el esbirro del emperador. Creo que sus nombres eran Koruma y Masara. Me di la vuelta esperando el ataque, pero éste nunca se produjo.
-Mi señor, están llegando –dijo el hombre llamado Koruma mientras recuperaba el aliento.
-Tardarán muy poco en subir la colina y encontrarse con nosotros –secundó su compañero.
Vi como Saffron se ponía en pie y soltaba una sonora carcajada.
-Estás de suerte señor Saotome –dijo avanzando hacia donde me encontraba totalmente intrigado por la información que había escuchado y la reacción del general imperial-. Si hubiesen demorado un poco más, le hubiera ordenado a mis hombres que te apresaran, pero creo que los dioses te han favorecido esta vez –terminó olvidando las formalidades, así que yo también olvidé dirigirme a él con el respeto que lo había hecho hasta aquel momento.
-¿Qué quieres decir? –cuestioné.
-Creíste que el emperador me había enviado a matarte; creíste que si escapabas de mí, yo te seguiría porque mi misión era acabar con tu vida –se interrumpió para observarme fijamente-. Qué poco conocen por estos parajes a Su Majestad Imperial. Están tan absortos en sus pequeñas batallas y rencillas, que se olvidan de la benevolencia de aquel que desciende de los dioses.
-¿Có… cómo dices?
-Señor Saotome –continuó moviendo su cabeza en negación mientras una sonrisa aparecía en sus labios-. No sé cómo lo hiciste, no sé si fueron los dioses los que te favorecieron o quizá fue… sí, quizá fue Hinako –se interrumpió y sonrió soñadoramente como si de pronto hubiese evocado un bello recuerdo-, el punto es que el emperador me envió a la cabeza de parte de su propio ejército en ayuda del pobre y atribulado señor de Nerima para que de una vez y para siempre, se acaben las rencillas entre el clan Kuno y el clan Saotome. Realmente esas peleas tienen a Su Majestad agotado.
Estaba totalmente sorprendido por aquella revelación. El emperador no había enviado a su esbirro a darme caza para luego matarme, sino todo lo contrario, lo había enviado para ayudarme.
-Debo reconocer que no me importa para nada lo que pase con tu esposa, de eso ya te encargarás tú mismo, lo que sí me importa es no fracasar en esta misión. Su Majestad confía en mí y en mis hombres y como debes saber, nunca he fallado en un encargo del emperador, así que si ya comiste y estás preparado, envía a tus hombres a desmontar el campamento porque apenas lleguen mis hombres, partiremos a la batalla.
-¿Por qué no me dijiste esto antes? –exigí saber. Él podía ser el general de más renombre que servía al emperador, pero yo era un daimyō y estábamos en Edo, no en Kioto, por tanto yo tenía mayores derechos que él en estas tierras-. ¿Por qué no me informaste que venías con la misión de ayudarme?
-Me pareció divertido jugar un poco con la desesperación de un hombre enamorado -dijo encogiendose de hombros.
No contesté y en un impulso tomé a ese estúpido general de sus ropas, dispuesto a golpear su delicado rostro para demostrarle que no podía jugar conmigo.
-Tranquilo, Saotome –dijo mientras con una de sus manos daba una silenciosa orden para que sus acompañantes permanecieran quietos-. Fue una pequeña broma.
-¡Una broma que nos ha costado dos días de retraso! –exclamé soltando al sujeto bruscamente-. Puede que ya sea tarde y que los Kuno hayan destruido todo mi dominio gracias a tu pequeña broma.
-¿Y crees que tú y esos treinta hombres que te acompañan harían la diferencia en el enfrentamiento contra el clan Kuno?
-Es mejor que nos vamos ya –dije ignorando su pregunta.
Sí, era cierto que nosotros no haríamos la diferencia, pero quería ver a Akane, quería asegurarme que estaba bien y a salvo y luego, encabezar a mis hombres en batalla como siempre lo había hecho.
Dejé al estúpido general atrás e hice lo que me había dicho. Mis hombres comenzaron a desarmar el campamento y a disponerlo todo para el viaje. Con algo de suerte llegaríamos a las tierras de Sentaro en dos días. Observé hacia el este y pude divisar los estandartes de la casa imperial a lo lejos, era un verdadero ejército y avanzaban con rapidez, así que fui a comprobar que mi montura estuviera bien provista y lista para partir. Saikyo me recibió con un relincho y acaricié sus crines negras, al parecer no era el único impaciente por alejarme de aquel lugar.
Luego todo sucedió muy rápido. Los hombres desmontaron el campamento y se encontraban listos para seguir el viaje cuando la primera línea de los hombres de Saffron nos alcanzó. Él dio un par de órdenes y luego se dirigió a mí para hacerme saber que ellos nos seguirían por el camino y a la velocidad que indicáramos, así que partimos de inmediato al galope, debía ganar tiempo y acortar distancias, ya que habíamos perdido dos valiosos días en una espera que me disgustaba reconocer, había valido la pena.
Hicimos el camino en un completo mutismo, supongo que mis hombres pensando en la batalla; yo pensaba en la batalla también, pero a la vez reflexionaba en lo afortunado que había sido al caerle en gracia al emperador para que él mismo hubiese enviado a sus hombres en mi ayuda, o tal vez y tal como había señalado Saffron, la que había hecho el esfuerzo había sido la dama Hinako. Sea como fuere, les estaba agradecido por lo que habían hecho y lo único que me preocupaba ahora era que mi esposa estuviera bien, que la encontrara en el castillo a salvo, o que Happosai la hubiese obligado a irse con los monjes al templo del ruiseñor, allí estaría resguardada, pero conocía a Akane lo suficiente como para saber que ella no abandonaría el castillo por nada del mundo, así que debía estar en él y debía estar bien. Mientras cabalgaba, invocaba la protección de los dioses no para mí, sino para ella. Los dioses debían protegerla.
Descansamos a las faldas de una colina aquella noche con poco resguardo y al único abrigo de las fogatas que encendieron los hombres. El paisaje nocturno era interrumpido por los pequeños focos de luz que emanaban de las fogatas y el cielo por primera vez en aquella travesía se mostraba despejado. Hacía frío, es cierto, pero creo que mi mente estaba tan ocupada en analizar todo lo que había sucedido desde que abandonara Nerima para pedir la audiencia con el emperador, que no lograba sentir aquel frío en mi cuerpo.
A la mañana siguiente emprendimos la marcha nuevamente y casi al terminar el día no esperaba encontrarme con lo que mis ojos me mostraron en la lejanía. El castillo de los Daimonji ardía en llamas. No tenía que ser muy astuto para entender qué estaba pasando. Kuno había cumplido con sus amenazas, había atacado en pleno invierno y seguramente la estrategia de mis hombres había sido parapetarse en el castillo de Sentaro para resistir un primer ataque antes de que el imbécil pudiera atacar Nerima. Los ojos me escocían y una rabia que jamás había sentido antes en mi vida me invadió por completo. Quise seguir cabalgando para acercarme al castillo, pero el grito potente de Saffron me detuvo.
-¡Señor Saotome! –Volteé mi rostro y vi que se acercaba galopando a toda velocidad-. Ese castillo…
-Es el castillo de uno de mis hombres –dije sin entonación-. Debemos darnos prisa para alcanzar al maldito de Kuno.
-No, lo que debemos hacer es descansar y planear una estrategia. Vamos a la retaguardia, a la caza de los Kuno, pero aun así debemos prepararnos.
-¡Quieres que pierda aún más tiempo cuando mi castillo, mis tierras y mi esposa pueden estar siendo destruidas en este mismo instante!
-No, quiero que veas todo con claridad. No dejes que tus sentimientos y tu rabia te cieguen.
-¡El castillo está en llamas! ¡No estoy ciego!
-El castillo está en llamas y las llamas son recientes, de lo contrario se estarían extinguiendo ya –dijo apuntando el fuego que se veía a lo lejos-. El asedio al castillo debió haber finalizado hace poco, todavía deben quedar guerreros que se estén dedicando al pillaje y ahora es cuando debemos trazar un plan de acción o de lo contrario, los Kuno descubrirán al ejército que va tras sus pasos y no podremos sorprenderlos.
-¿Qué sugieres? –me escuché decir escupiendo mis palabras. El hombre que tenía en frente era astuto y frío, debí reconocer, no por nada era el mejor sirviendo a Su Majestad.
-Descansemos un poco mientras me instruyes de qué forma está distribuida la geografía de este territorio que no conozco –dijo mirando en lontananza-, cuando llegue la noche avanzaremos al resguardo que nos da la oscuridad y si encontramos a algún guerrero Kuno todavía deambulando en el castillo… se llevará una no muy agradable sorpresa.
-Tienes razón –admití a regañadientes-, descansemos hasta el anochecer.
-¿Cuánto nos tardaríamos de aquí a tu castillo haciendo los descansos breves?
-Tres o cuatro días –reconocí-, con un solo descanso y ocupando también la noche para viajar, dos.
-Hablaremos de eso ahora y trazaremos un plan de acción, ¿te parece, señor Saotome?
-No tengo más opciones que aceptar.
-No, creo que esta vez no tienes más opciones –dijo girando su caballo para volver a reunirse con sus hombres.
Yo me quedé allí, contemplando el castillo en llamas de uno de mis mejores hombres y acaso uno de los más fieles, tratando de entender y explicarme qué había sucedido. Kuno era un idiota y un necio, pero siempre lo habíamos derrotado. El contemplar el castillo en llamas me demostraba que el imbécil estaba dispuesto a todo esta vez para vencerme y ya ni siquiera confiaba que con la ayuda de Saffron y sus hombres pudiera detener a los Kuno.
Rogué para que mis temores fueran infundados, rogué para que la estrategia que planeábamos practicar con el enviado de Su Majestad diera resultado y rogué para que Akane estuviera a salvo y resguardada por mis hombres.
Miré una última vez el castillo en llamas y sin poder evitarlo, un suspiro escapó de mis labios. Kuno estaba demente, eso lo sabía, pero siempre lo había mantenido bajo control y jamás me imaginé que el estúpido pudiera derrotar a mis hombres. Las llamas me demostraban que esta vez lo había conseguido y entonces me pregunte, ¿cómo llegamos a esto?
Descansamos muy poco esa tarde, apenas unas horas y sin tender ninguna tienda o encender fogatas puesto que nos encontrábamos cerca del castillo y no queríamos alertar a los posibles hombres del clan enemigo que aún permanecieran en el lugar de nuestra presencia. Era una de las pocas noches en que el cielo permaneció totalmente despejado dejando ver las estrellas y la luna.
Le indiqué a Saffron el mejor camino para llegar a Nerima directamente, pero eso significaba movilizarnos detrás del ejército de Kuno. Él estuvo de acuerdo, le daríamos caza al imbécil y acabaríamos con él, comenzando por la retaguardia de sus hombres. Para lograrlo debíamos ser rápidos y sigilosos, y Saffron se jactaba de que justamente esas eran dos de las mejores cualidades de sus hombres. Me obligué a confiar en que fuera cierto y pensé que si todo salía tal y como habíamos planeado, daríamos alcance a nuestro enemigo en dos días y podríamos reunirnos con el resto de mis hombres en el campo de batalla. Sólo esperaba que ellos resistieran y que los hombres de Kuno no llegaran a las puertas del castillo de Nerima.
Por la posición de la luna en el cielo calculé que nos pusimos en marcha cerca de la hora del buey, eso nos daría mucho tiempo para avanzar sin ser vistos por nuestro enemigo. Cuando llegamos a las puertas destruidas del castillo Daimonji tuve que reconocer que Saffron había tenido razón, ya que nos encontramos con varios hombres del clan Kuno así como de otros clanes que seguramente le estaban apoyando, dedicándose al pillaje, a tontas celebraciones con exceso de alcohol y a destruir lo que todavía no había destruido el fuego. Acabamos con ellos sin problemas y los hombres fueron avanzando por el camino directo a Nerima, sin hacer demasiado ruido y en completo silencio.
Los vi pasar a lomos de mi caballo un poco alejado del camino, los vi marchar decididos a enfrentarse en batalla y deseé que aquellos hombres venidos de la capital me ayudaran a acabar con mi enemigo tan rápidamente como habían acabado con los hombres retrasados para por fin encontrarme con mi terca y bella esposa.
En ese momento la luz de la luna iluminaba totalmente el castillo en ruinas de Sentaro Daimonji. Pensé en él, rogué para que no hubiera sido tan iluso como para dejarse matar por el enemigo y me obligué a olvidarme de los rostros de los cadáveres que habíamos visto en el interior del castillo, cadáveres que llevaban el blasón de los Saotome y los Daimonji.
Me puse en marcha uniéndome a la hilera de hombres que avanzaba por el camino, observando de soslayo el castillo en ruinas iluminado por la luna y rogué a todos los dioses para no observar algo como aquello en mi propio dominio, cuando cruzara el puente y divisara el castillo de Nerima.
El castillo debía encontrarse intacto para cuando llegara a defenderlo y mi esposa debía encontrarse sana y salva dentro de él. No podía perderla a ella o jamás me lo perdonaría.
Ella debía encontrarse bien, estaba seguro de que así sería.
Notas finales:
1.- Hola. Seré breve esta vez en los comentarios y comenzaré por agradecer infinitamente a quienes a pesar de los estancamientos de esta historia, siguen aquí conmigo, esperando por una actualización que yo sé, a veces parece que no llegará jamás. Debo confesar que en algún momento pasó por mi cabeza el dejar esto inconcluso (pido también perdón por eso, considero que no es justo para nadie), pero luego recordé que les había hecho una promesa a ustedes y a mí misma de no abandonar el fic, así que no lo hice y ya ven que esto continúa y nos adentramos al desenlace de la historia. Qué sucederá de aquí en más… no puedo adelantar mucho, sólo decir que esto se irá volviendo cada vez más oscuro… eso creo ¿?
2.- Como segunda nota y final, pido nuevamente disculpas por no contestar personalmente a los reviews. No es que me moleste hacerlo, de hecho me gusta mucho contestarlos, pero creo que ha pasado tanto tiempo desde la última actualización, que no me parece justo hacerles esperar por un nuevo capítulo, así que pido disculpas una vez más por no contestar a cada uno de sus comentarios, aunque si quieren dejar alguno en este capítulo, me comprometo desde ya a responderlo más temprano que tarde.
Ahora bien, esto no quiere decir que no pueda agradecerles ahora y aquí, en las notas finales: A Piki26, Zwoelf, SSmarties, Sav21, susyakane, Earilmadith 21, Fleuretty, Miztu of the Moon, IramAkane, A. RedFox, Rmtl Des, Ginny chan, Ruth Rosales3, evilangelux, AbiTaisho, nancyricoleon, Ishy-24, cheyvi, juan-k-chan, pataisho, sadie, Vernica, Nenis tendo, RowCinzia, Faby Sama y nancyriny, a todas estas personitas, infinitas gracias por comentar, por seguir aquí conmigo y por esperar las actualizaciones de esta historia. Me hace muy feliz leer sus palabras de aliento, sus teorías de lo que sucederá o simplemente un "continúa por favor", en serio, saben (o deberían saber) que los comentarios son como el alimento de una autora y para mí todos esos comentarios son infinitamente importantes, así que gracias, gracias, gracias por molestarse en dejarlos y por seguir aquí conmigo.
Y ya, es todo (dije que sería breve y parece que finalmente no lo fui tanto). Me comprometo aquí y ahora a no abandonar por mucho tiempo esta historia, aunque no esperen un capitulo para la próxima semana porque me sería imposible hacerles una promesa así; sólo un poquito de paciencia ¿sí?
Un abrazo a todas/os, éxito y buena suerte!
Madame…
