- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


El salvaje caballo bajo un cielo escarlata

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XXIII

"Quién salvará" parte I

Los últimos días dentro del palacio imperial le habían resultado demasiado abrumadores. Primero había sido llamado a presencia del emperador nada menos que a sus aposentos privados, y con esa petición por parte del mismísimo emperador, se había convertido en una de las pocas y selectas personas que habían tenido el privilegio de ver los aposentos imperiales.

Recordaba perfectamente el día en que de forma temerosa había dirigido sus pasos a los aposentos privados del emperador, conducido por dos hombres de la guardia personal de su majestad, y llevando consigo la misiva que había recibido del emperador exigiendo su presencia en aquel lugar. Había exhibido aquel escrito más de una vez durante su camino puesto que era muy raro que un cortesano fuese admitido en los recintos privados del palacio imperial, sin embargo, él había sido llamado y así se lo hizo saber a quién pusiera en duda aquello.

Nada más ingresar a las habitaciones, se percató del porqué el emperador descendía de Amaterasu y era llamado la encarnación de los dioses. Todo cuanto Soun Tendo había visto hasta ese momento ya fuera dentro de palacio o en otra parte, no se comparaba con la majestuosidad y magnificencia que ostentaba el pabellón imperial, y, aunque él pudo observar solo una parte pequeña de aquellos aposentos, le bastó para comprender el motivo por el cual le estaba prohibido a cualquier persona ingresar en aquel lugar.

Sin mayores preámbulos, el cortesano se arrojó al suelo nada más pudo observar que el emperador se encontraba sentado en un lujoso sitial frente a la puerta de ingreso a sus aposentos.

-Señor Tendo –dijo el emperador al ver a su vasallo con su frente tocando el suelo-, nos es grato volver a verte, mas suponemos que sabes el porqué de tu presencia ante nosotros en estas estancias.

-Creo saberlo, su majestad –contestó sumisamente-, y con todo el respeto que merece su divinidad, le pido disculpas por todo lo que acaba de suceder con el esposo de mi hija.

-El joven daimyō que escapó de nuestro palacio hace unos días atrás –comentó el emperador asintiendo con un movimiento de su cabeza-. Queremos saber por qué uno de nuestros más leales cortesanos ayudó en tamaña empresa al señor de Nerima, por qué nuestro cortesano más estimado engañó y burló la seguridad de nuestro palacio para conseguir que el joven señor Saotome escapara como si fuese un vulgar ladrón.

-El señor de Nerima recibió una advertencia, su majestad –contestó Soun de inmediato-. Una misiva en donde le comunicaban que el señor de Seisyun pensaba atacar su dominio a la brevedad, incluso si eso significa desplegar una campaña bélica en pleno invierno. Yo sólo pensé en mis hijas, su majestad. Su divinidad está en conocimiento que mi hija menor, Akane, se encuentra en Nerima; mi hija Nabiki debe permanecer todavía en Seisyun y mi hija mayor, Kasumi… de ella desconozco su paradero –el cortesano hizo una pausa y luego continuó-. Su majestad, yo sólo actué como padre y quise darle a mi yerno las herramientas para que pudiera salvar a una de mis hijas, porque sé que tal vez sea imposible que puedan salir todas con bien de este predicamento.

-Y es por ello que involucraste a nuestra querida Hinako.

-La dama Hinako fue la única persona que se me ocurrió podría prestarme su ayuda. Siento mucho el haberla involucrado y estoy dispuesto a pagar con mi vida la falta que cometí si esa es la voluntad de su majestad.

-Señor Tendo –dijo el emperador luego de un momento de silencio-, ¿estás enterado de las acciones que nos vimos obligados a desempeñar al conocer la situación en la que nos dejaste al permitir que el señor de Nerima escapara?

-Rumores han llegado a mis oídos, su majestad. Rumores que tienen que ver con el llamado que recibió el general Saffron.

-Sí, nos hemos visto en la obligación de llamar a nuestro general más leal. ¿Sabes el motivo?

-Supongo… supongo que es para detener al señor de Nerima –titubeó Soun.

Un momento de silencio fue lo que siguió a esa afirmación en el cual Soun fue consiente del susurro en el que el emperador se dirigía a otra persona. Seguramente la encarnación de los dioses en la tierra no se encontraba solo en aquella habitación.

-Nuestra intención nunca ha sido interponernos entre el señor de Nerima y su esposa, que coincidentemente resulta ser una de tus hijas –habló el emperador-. Desde el primer encuentro que sostuvimos con él, nuestra decisión estaba tomada, pero tú y tu yerno se comportaron de una manera tan impulsiva que nos vimos en la obligación de adelantar nuestros planes.

-No lo entiendo, su majestad.

-Señor Tendo, incorpórate, queremos verte.

El cortesano se incorporó quedando sentado sobre sus rodillas, aunque no levantó la mirada puesto que sabía que iba en contra de todo protocolo observar al soberano a los ojos.

-Nuestra querida Hinako, aquí presente, nos había relatado todo lo que nos acabas de contar –dijo el emperador.

Entonces, Soun hizo un esfuerzo para corroborar en dónde se encontraba la dama Hinako y no le fue difícil distinguir su figura oculta detrás de un kicho que permanecía al lado derecho del emperador.

-Solo quisimos corroborar las palabras de nuestra querida Hinako y cerciorarnos que no hubiéramos cometido una imprudencia al enviar a nuestro general más fiel en persecución de tu yerno –continuó el emperador-. Comprenderás que el señor de Nerima no es un dios de la guerra aunque la gente de su clan se empeñe en ensalzarlo como a un dios, por lo tanto no podría bajo ningún punto de vista salir victorioso de un enfrentamiento contra el clan Kuno al enfrentarlos él sólo con esa escueta comitiva que lo acompañó desde Edo hasta la capital. Nuestra intención fue ayudarle y para eso enviamos a nuestro general comandando a una parte de nuestro ejército.

-Su majestad… ¿intervendrá usted en esta guerra… a favor del clan Saotome? –preguntó Soun con perplejidad.

-Dinos, señor Tendo, ¿debíamos abstenernos de prestarle ayuda a un vasallo fiel de la casa imperial desde tiempos inmemoriales como lo es el señor de Nerima, quien además se encuentra emparentado con uno de nuestros más queridos servidores, sólo por un mal entendido que bien pudo ser evitado?

-Yo… pensé que…

-A cambio pediremos algo al señor Tendo -le interrumpió el emperador.

-Daré mi vida de ser necesario, su majestad.

-No es eso lo que solicitamos de ti, señor Tendo. Nos eres de mayor utilidad vivo que muerto –el emperador hizo una pausa y luego volvió a hablar-. Deberás irte de palacio por un tiempo prolongado, señor Tendo, así acallaremos rumores mal intencionados que ya empiezan a circular por los pasillos del palacio imperial. Te recluirás en tu palacete hasta que volvamos a requerir de tus servicios. Saffron tiene la orden de regresar sólo cuando la situación en Edo se encuentre estable y controlada, y además, deberá hacerse acompañar por el señor Saotome, porque nuestra voluntad es que el joven señor de Nerima nos preste juramento inquebrantable; creemos que nos será de utilidad contar con una vasallo que sólo piense en servir a su emperador y no en dividir esa lealtad entre su emperador y el shōgun. Por último, tu hija mayor, que fue quien provocó toda esta desagradable situación, vendrá a palacio y se incorporará a los servicios de la corte imperial, supongo que no querrá separarse de ese médico que provocó este predicamento y aunque deberíamos decretar la ejecución de aquel hombre, Hinako nos ha convencido que debemos escuchar a tu hija antes de tomar una decisión al respecto.

-¿Es todo, su majestad?

-Por ahora sí. Confiamos en que el señor de Nerima podrá recuperar su dominio con la ayuda de Saffron y que estará de acuerdo en jurarnos lealtad. Es todo por ahora, señor Tendo, puedes retirarte. Te avisaremos si necesitamos algo más de ti.

-Su majestad es sabio y benevolente con sus súbditos, no merezco tanta bondad, ni yo ni mi familia.

-Sólo esperamos que esta historia quede en el pasado y que de ahora en adelante la familia Tendo se comporte como lo que siempre esperamos de ella.

-Sí, su majestad.

-Retírate de nuestra presencia, señor Tendo. Te dejamos en libertad para que prepares tu viaje de regreso a tu palacio.

-Gracias, su majestad y… y gracias también a la dama Hinako.

Sólo un murmullo de sedas fue lo que se escuchó en la habitación. El emperador se había volteado y ahora ingresaba al interior de su pabellón acompañado de la joven que había permanecido a su lado sin emitir ni una palabra.

Soun suspiró y se puso en pie para volver a su habitación. Sabía que debía cumplir de inmediato con los requerimientos del emperador, sabía que esos requerimientos eran una especie de castigo pero aun así, él se sentía aliviado, puesto que el castigo por la afrenta cometida pudo haber sido mucho peor; y sabía que muy probablemente pasarían meses, quizás años para que él pudiera volver al palacio imperial a desempeñar su papel de cortesano fiel, aunque de lo que estaba total y absolutamente seguro era que nunca más iba a volver a ver a la dama Hinako. El emperador no le daría tal satisfacción y aunque una parte de su ser se sentía aliviada, la otra ya experimentaba un sentimiento de abandono y pesar por no volver a ver el rostro cautivante de la mujer que había hecho tanto por él y su familia.

Cerró por un momento los ojos y en silencio se despidió de su salvadora. La dama Hinako se convertiría en un dulce y bonito recuerdo que atesoraría en su corazón, igual que atesoraba cada día de su vida el recuerdo de su difunta esposa.


Permanecía en una posición de meditación en medio de esa sucia e inhóspita habitación. Ya había aceptado que debía esperar pacientemente los designios que tenían los hermanos Kuno para ella porque no podía escapar, así que mientras lo hacía, se dedicaba a serenar su espíritu por medio de la meditación, algo que muy pocas veces había practicado en el palacio de su padre. Lo cierto es que Nabiki Tendo había tomado la resolución de intentar salvar su vida ayudándole a su hermana menor en la realización de un plan que no sabía de qué trataba, porque Akane no lo había comunicado puesto que para Nabiki resultó obvio que su hermana menor tenía un plan cuando recibió de manos de la sonriente dama del castillo de Seisyun, una misiva abierta que había sido enviada por su hermana dirigida a ella.

A la hija de Soun Tendo le molestó sobremanera que la caprichosa dama de largos cabellos negros hubiese osado abrir una carta dirigida a su persona, sin embargo no dijo nada y tampoco manifestó su molestia porque si algo había aprendido estando confinada en aquella habitación era justamente el no contradecir a los hermanos Kuno, después de todo, nunca se sabía cómo iban a reaccionar, así que recibió la carta de manos de la señora del castillo y la leyó en su presencia sin prestar demasiada atención a los comentarios que hacía la dama Kodachi caminando recatadamente de un lado a otro delante de donde ella se encontraba arrodillada.

Tan sólo al leer aquella misiva, Nabiki Tendo supo que su hermana Akane tenía una estrategia; no sabía muy bien en qué consistía esa estrategia pero estaba claro que solicitaba su ayuda y cooperación "en el momento justo en que nos volvamos a ver, hermana" rezaba la frase entre líneas que a ella le había llamado la atención.

Había memorizado la frase y había hecho un sinfín de elucubraciones tratando de descubrir los planes de su hermana menor, porque quizás Akane quería informarle que los guerreros Saotome intentarían rescatarla de la prisión en la que la habían confinado los hermanos Kuno, pero cuando había estado casi segura que aquel era el significado de aquella frase, todas sus hipótesis se habían desvanecido al enterarse que las tropas del señor de Seisyun se disponían a atacar Nerima. El rescate no era posible en medio de una guerra, así que optó por convencerse a sí misma que su hermana tenía otro plan con el que lograría sacarla de aquel inhóspito lugar; el cómo se desarrollaría aquel plan y qué grado de participación tendría ella en el desarrollo del mismo lo desconocía, sólo sabía que debía estar preparada tanto física como mentalmente para lo que dispusiera su hermana.

Así se encontraba la hija de Soun Tendo cuando escuchó la puerta corredera abrirse de golpe. Ella no hizo ademán de inquietarse o mostrar curiosidad por lo que sucedía a su alrededor, después de todo, nadie iba a verla a ese lugar salvo la señora del castillo, pero Kodachi Kuno nunca perdía la elegancia y compostura al presentarse ante ella y no abriría la puerta de aquella habitación causando tanto estruendo, así que Nabiki siguió concentrada en su meditación pensando en que la persona que había ingresado era la apática mujer que todos los días le llevaba los alimentos. Seguramente la hosca mujer pronto se retiraría del lugar dejándola en completa soledad una vez más.

Para Nabiki fue una sorpresa sentir el tacto de una mano hacer contacto con su antebrazo por debajo de su sucio y deteriorado kimono, lo cual la hizo abrir los ojos de inmediato en el momento justo en que era elevada bruscamente de la estabilidad del suelo en donde se encontraba arrodillada y sacudida en el proceso.

-Pero qué…

-Debes acompañarme, Nabiki Tendo –dijo el hombre tirando de su brazo-, el señor Kuno te espera.

Entonces, Nabiki pudo distinguir al comandante de las tropas del clan a quien todos temían por su temperamento, así que asintió y trató de seguirle el paso sin decir nada respecto de lo inapropiado y poco cortés que le había parecido el que él no se dirigiera a ella como señora Tendo, sino sólo por su nombre como si fuese una vulgar campesina.

Siguió al hombre por los intrincados pasillos del castillo de Seisyun, observando a su alrededor el poco movimiento que se registraba en las habitaciones. La luminosidad y calor que la recibió en la habitación a la que la había conducido el hombre de confianza del señor del castillo logró por un momento hacerle olvidar en dónde estaba y en qué situación se encontraba, pero pronto volvió a la realidad al ver sentado sobre una tarima al señor del castillo, finamente vestido; a su hermana a su lado con un semblante de alegría total y a algunos consejeros, entre ellos distinguió el enfermizo rostro del consejero principal, Gosunkugui, quien lejos de encontrarse relajado como el resto de los que ahí había reunidos, parecía nervioso y expectante.

-Señora Tendo –escuchó la voz del señor Kuno-, bienvenida, te esperábamos con ansias.

-Si el señor Kuno quería verme sólo debía ingresar a los aposentos más inhóspitos en los que me tiene recluida –contestó Nabiki con orgullo y sin dejar de observar altivamente al hombre que tenía enfrente.

-Me pareció que era prudente mandarte a buscar –continuó Kuno.

-¿Acaso el señor de Seisyun teme de las pulgas y las ratas?

La sonrisa de Tatewaki se borró de su rostro al instante, pero no así la sonrisa en el rostro de su hermana menor quien muy en el fondo admiraba la templanza y el valor que había demostrado su rehén hasta aquel momento.

-No he solicitado que te traigan a mi presencia para contestar a tus ridículas preguntas, señora Tendo, sólo estás acá por un asunto práctico.

-Un asunto práctico –repitió la aludida.

-Como debes saber, estamos en guerra con el clan del bastardo y aunque me han enviado reportes favorables respecto al desarrollo del conflicto, no puedo confiarme de toda la información que reciben mis hombres.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que he recibido una petición formal que te involucra, dama Nabiki –dijo Kuno volviendo a sonreír de medio lado-, una petición que necesito que me confirmen si es verídica y sólo tú puedes realizar esa confirmación.

-¿Cómo podría yo hacer algo semejante?

-Porque conoces la caligrafía de tu hermana, ¿me equivoco?

Nabiki abrió los ojos con sorpresa y sólo pudo observar el movimiento que hacía Kuno con uno de sus brazos para indicarle a Taro que se acercara a él, para luego entregarle lo que a todas luces debía ser una carta. El comandante de las tropas Kuno hizo lo que le exigía su señor y le enrostró bruscamente la misiva a la joven que se encontraba de pie en medio de aquel salón. Ella tomó el trozo de papel con manos temblorosas y lo desplegó ante sus ojos. La letra de su hermana era inconfundible para ella y así lo apreció al leer los primeros caracteres.

-¡No quiero que la leas! –gritó el señor del castillo poniéndose de pie-, sólo dime si reconoces la caligrafía de tu hermana.

Nabiki dio un respingo observando a su interlocutor y luego asintió en silencio volviendo a enfocar sus ojos en la carta que tenía en sus manos. Antes que pudiera seguir leyendo, el comandante de los guerreros Kuno ya le había arrebatado la misiva casi rompiéndola en el acto.

-Sí, es la caligrafía de mi hermana menor, Akane.

-¡Bien! –exclamó el señor del castillo-, ¡muy bien!, entonces, debemos prepararlo todo.

-¿Cuáles son tus órdenes, mi señor? –dijo Taro inclinando la cabeza.

-Volverás al campo de batalla de inmediato, Taro, y te asegurarás que mi respuesta sea llevada por uno de tus mejores mensajeros y entregada en las puertas del castillo de Nerima, mientras tanto, mi hermana aquí presente se encargará de ayudar a nuestra insigne invitada a prepararse para el viaje. ¿Harías eso por mí, Kodachi?

-Por supuesto, hermano.

-Bien, Taro, espera por el mensaje que debes llevar. Kodachi, acompaña a nuestra invitada a sus antiguos aposentos, no queremos que se diga que en el castillo de Seisyun tratamos mal a nuestros huéspedes –dijo el señor del castillo observando con una sonrisa burlona a la pálida y andrajosa joven que permanecía frente a él-. Gosunkugui, tú ven conmigo, tienes que redactar una carta.

Nabiki vio con asombro que todos los allí presentes se ponían en pie y tomaban rumbos distintos con el semblante bastante distendido, lo que le hacía pensar que los planes de los Kuno estaban resultando favorablemente para el clan. Cierto es que no había alcanzado a leer la carta de su hermana en su totalidad, pero de lo poco que había alcanzado a distinguir podía dilucidar que Akane tenía un plan. Levantó la vista y observó a los hermanos Kuno, reían sin ningún recato en frente de ella y sus cercanos; Nabiki frunció el ceño y en el acto comprendió dos cosas, la primera era que odiaba con toda su alma a esos dos desquiciados hermanos que habían osado mantenerla prisionera como si fuese una vulgar ladrona. La segunda era que debía prepararse porque ahora cobraba mayor significado la frase que había memorizado de la carta que le había escrito su hermana con anterioridad, "en el momento justo en que nos volvamos a ver, hermana".

Si todo resultaba ser una estratagema de Akane y se volvían a ver, ella debía estar preparada y dispuesta a hacer cualquier cosa que la menor de sus hermanas le solicitara realizar. Con suerte y la ayuda de los dioses ambas saldrían bien libradas de aquella estúpida guerra.

-¿Estás lista, dama Nabiki? –escuchó que siseaba Kodachi Kuno sacándola de sus cavilaciones.

-¿Qué se supone que debo hacer? –contestó la joven con otra pregunta.

-Por el momento, sólo prepararte y volver a adquirir algo de la elegancia que te vimos desplegar al momento de tu llegada al castillo de Seisyun –contestó con sorna-. Lamento decirte que pareces una pordiosera.

-No porque yo lo quiera.

-Como sea, mi hermano predispuso tus aposentos y allí permanecerás hasta que te comuniquemos qué se espera de la hija de Soun Tendo, sin embargo, he de informarte que seguirás siendo custodiada.

-¿Me cambian a una prisión más amplia?

-Tómalo como quieras, sólo puedo decirte que te has convertido en una pieza importante en este juego, así que se me asignó la misión de cuidarte –terminó de decir riendo y avanzando por delante de Nabiki.

La hija de Soun Tendo exhaló un suspiro y siguió sumisamente a su nueva carcelera puesto que pensó que ya nada sacaba con seguir indagando porque Kodachi Kuno no le iba a dar detalles de lo que estaba sucediendo. Sólo sabía que fuere lo que fuere, tenía que ver con la guerra que se estaba desarrollando y con las dos misivas que había enviado su hermana al castillo de Seisyun.

Al parecer, ella también tendría que hacerse partícipe en esa estúpida y desgarradora batalla.


Los monjes guerreros se habían apostados en las murallas que servían de protección al castillo de Nerima, distribuidos de tal forma que cada uno de ellos era capaz de reemplazar a tres arqueros; allí los habían destinado después de haber recibido la orden por parte del chambelán del castillo, el señor Happosai y del propio comandante Hibiki. En un principio los monjes se habían rehusado diciendo que ellos consideraban que serían de mayor ayuda en el campo de batalla, en un combate cuerpo a cuerpo, pero finalmente el chambelán del castillo había desarmado aquel argumento explicándoles a los sohei que si bien tenían mucha razón en su planteamiento, el considerarlos para que se quedaran en las murallas del castillo formaba parte de una estrategia que habían previsto con el comandante Hibiki, ya que así ellos estarían más cercanos de la señora Saotome, y si todo salía mal y las defensas del clan caían, ellos podrían proteger a la dama y sacarla de una u otra forma para ponerla a resguardo, que era lo único que parecía importarle al anciano chambelán.

Los sohei habían acatado aquella orden reconociendo la importancia de proteger a la señora del dominio y no sin reticencia habían ocupado sus puestos provistos de arcos y flechas suficientes como para no dejar que la avanzada de un posible ataque por parte del clan Kuno se acercara al castillo, o al menos no podrían acercarse sin obtener bajas considerables.

Luego de la derrota en territorio Daimonji, habían bastado sólo tres días para que los guerreros Kuno avanzaran y desplegaran sus planes de destrucción total al dominio de los Saotome. Afortunadamente los guerreros Saotome se encontraban preparados y habían detenido el avance del ejército Kuno en el gran puente de piedra que daba paso a la ciudad. Allí habían logrado atrincherarse las tropas de los Saotome y enfrentarse a los Kuno en la explanada de los campos de sembradío, resistiendo al embiste de los guerreros Kuno e impidiéndoles el avance al castillo.

Shinnosuke, desde su puesto en la muralla de protección al castillo observaba impaciente y acongojado las lenguas de fuego que de vez en cuando se apreciaban en el campo de batalla, las cuales eran apagadas con prontitud y sólo podía imaginar el desarrollo de una batalla que ya se había extendido por tres días.

No era que el monje guerrero quisiera que los guerreros Kuno avanzaran y se dedicaran a sitiar el castillo de Nerima, pero él sentía que sería de mayor ayuda luchando en la avanzada, al lado del comandante Hibiki, del extranjero llamado Mousse y de tantos otros que había conocido durante aquellos meses y que había comenzado a considerar como sus camaradas. Sí, el monje había comprendido que se sentía a gusto con los guerreros Saotome, que se sentía a gusto con la vida de un guerrero.

Shinnosuke suspiró y bajó un momento la mirada observando su arco y sus flechas; él era un buen arquero, pero consideraba que era mucho mejor luchando con el sable. Cuando volvió su vista hacia el lugar donde se desarrollaba la batalla, no pudo dejar de estremecerse y ponerse inmediatamente de pie al ver cómo cuatro guerreros avanzaban a gran velocidad hacia el castillo cargando una rudimentaria parihuela en la que se observaba claramente un cuerpo inerte y ensangrentado.

-No –dijo en alta voz sin percatarse que ponía en palabras su pensamiento al reconocer de inmediato la armadura del herido-. No, no puede ser él.

El monje abandonó su puesto y de un salto se impulsó hacia las escaleras más cercanas bajando los escalones precipitadamente y a toda velocidad.

-¡Shinnosuke! –gritó uno de los monjes que se encontraban en su misma ubicación mientras observaba sorprendido junto a los otros hombres que permanecían junto a él, el extraño comportamiento del monje-. ¡Shinnosuke, qué sucede! –exigió saber sin lograr que el joven se detuviera a darle una explicación.

-No ahora –siguió diciéndose a sí mismo e ignorando los cuestionamientos de su compañero, mientras corría y era observado por el resto de los guerreros que permanecían dentro de las murallas del castillo-. No él –murmuró casi al llegar a las puertas de la muralla divisoria-. ¡Abran las puertas, soldados! –gritó a los hombres que allí encontró-, ¡abran rápido!

-No tenemos autorización para hacer algo semejante –contestó uno de los hombres-. Por órdenes del chambelán y del señor Hibiki, las puertas deben permanecer cerradas.

-¡Abre esa puerta ahora o lo haré yo mismo! –rebatió el monje perdiendo toda la serenidad que siempre le caracterizaba.

-Pero…

-He visto que traen a un herido y por tu bien y el de todo el dominio, debes abrir esa puerta para que ingrese sin pérdida de tiempo.

-¡Tú y tú, abran esa puerta! –exigió el samurái que había sido encarado por Shinnosuke-. ¿A quién traen? –preguntó mientras la puerta era abierta lentamente por los dos hombres que habían acatado la orden de su superior.

-No me atrevo a decírtelo porque será un golpe muy profundo en el corazón de los guerreros que defienden Nerima, prefiero que lo veas con tus propios ojos.

El monje no había terminado de hablar cuando por la puerta abierta del castillo de Nerima hicieron ingreso los cuatro guerreros cargando la parihuela. Se veían cansados, sucios y heridos, aunque los ojos de todos los que allí se encontraban se dirigieron de inmediato al cuerpo ensangrentado que ocupaba el rudimentario transporte.

Algunos hombres palidecieron, otros contuvieron las exclamaciones de horror que vinieron a sus mentes, otros murmuraron para sí alguna palabra de incredulidad o desazón y la minoría cayó de rodillas clamando en silencio a los dioses para que lo que estaban presenciando se tratase nada más que de un mal sueño.

Sin embargo, los gritos del monje pidiendo ayuda para transportar al herido al interior del castillo, les haría volver a la realidad de golpe y comprobar que lo que observaban sus ojos estaba sucediendo en realidad. Rápidamente los guerreros reaccionaron y relevaron a sus camaradas al cargar la camilla.

-¿Cuándo pasó? –inquirió Shinnosuke avanzando delante de los porteadores de la camilla, mientras uno de los samurái que había cargado con el herido desde el campo de batalla le seguía el paso.

-Hoy, temprano –admitió el hombre exhausto-. Lo vimos llegar cerca de nuestra ubicación detrás del puente, acompañado de varios hombres para detener el avance de los Kuno. Saltó junto a su montura al campo de batalla con varios de sus hombres; luchaba bien, como siempre, pero…

-Pero –insistió Shinnosuke a poca distancia de la puerta principal del castillo de Nerima.

-Una flecha certera lo hizo caer del caballo, corrimos a prestarle ayuda luchando contra el enemigo y en medio del fulgor de la batalla, apareció el maldito montando su caballo negro y blanco. Él no tuvo opción, se defendió lo mejor que pudo de sus agresores, pero el maldito estaba decidido a acabar con su vida y lo atacó montado en su caballo por la espalda mientras él se defendía de tres samuráis.

-Entonces, ¿fue Taro una vez más? – preguntó el monje, el samurái asintió.

-El despreciable se reía a carcajadas cuando lo vio caer con la espalda ensangrentada –relató el samurái con rabia contenida-. Lo rescatamos a tiempo para evitar que el miserable acabara con su vida y lo trajimos lo más rápido que pudimos, pero sus heridas son tan profundas que no sé si sobrevivirá.

-Eso lo dirán los médicos –contestó el monje dándole una palmada en el hombro al samurái que le había relatado los acontecimientos-. Sí, los médicos dirán si podrá recuperarse –murmuró viendo de reojo el rostro pálido y demacrado de aquel guerrero al que consideraba su amigo.

Y entonces, mientras veía cómo los hombres ingresaban con el cuerpo ensangrentado al interior del castillo de Nerima, el monje guerrero se preguntó cuántas vidas más tendrían que ser arrebatadas para que esa guerra terminara. Cuántos hombres más tendrían que morir para acabar con el odio de unos pocos. Miró al cielo buscando una respuesta que sabía no llegaría y rogó para que el hombre que había hecho ingreso al castillo malherido y agotado no engrosara la lista de los caídos en esa guerra que se le antojaba cada vez más mezquina.

Exhalando un último suspiro, emprendió el camino hacia su puesto de combate en el muro de contención del castillo de Nerima, por ahora no podía hacer nada por su amigo; nada, salvo rezar al iluminado para que lo mantuviera con vida y dedicarse con ahínco a defender el castillo de los ataques del clan Kuno.


Habían formado una masa compacta de hombres dispuestos con arcos y lanzas en las laderas del puente que daba la entrada a Nerima para repeler la avanzada del ejército de Kuno y habían construido un pequeño muro en el extremo del mismo puente valiéndose de rocas, madera y tierra reblandecida por la lluvia y la humedad. Así habían resistido los guerreros Saotome durante tres días con sus noches a los ataques del enemigo una vez que se enteraron que el castillo del señor Daimonji había caído a manos de los Kuno. El comandante Hibiki había dispuesto esta estrategia apenas se había enterado de tal acontecimiento pensando que debían ganar algo más de tiempo antes de llegar a utilizar el último recurso y parapetarse dentro del castillo de Nerima.

Había funcionado, sí, pero esa misma mañana el enemigo había atacado con mayor intensidad y había abierto una brecha en la precaria defensa que habían logrado construir los guerreros Saotome, por lo que las instrucciones habían cambiado y los arqueros habían recibido la orden de lanzar flechas encendidas al enemigo, pero pronto se dieron cuenta que esa estrategia tampoco estaba dando el resultado deseado ya que el fuego era apagado rápidamente por los Kuno y éstos volvían a atacar, así que no quedó más remedio que armar los grupos de ataque y salir al encuentro de los Kuno, a campo abierto tal y como siempre se habían desarrollado las batallas.

Los hombres habían aceptado su destino hacía mucho tiempo atrás. De una u otra forma siempre se habían sobrepuesto a la desventaja numérica que se pudiera producir en una batalla, a ocupar esa desventaja a su favor luchando con bravura y fiereza para intimidar a un enemigo que respetaba y temía el poderío de los guerreros del clan; porque la fama del clan Saotome y de todos sus samuráis les precedía y no había nadie en todo Edo que no admirara la tenacidad e hidalguía que siempre demostraban los guerreros Saotome en el campo de batalla.

Ahora bien, los hombres se habían juramentado y habían decidido que lucharían hasta derramar la última gota de su sangre por defender sus tierras y a su gente, pero en la mente de cada uno de ellos rondaba una sombra que no les dejaba en paz, un lúgubre pensamiento que intranquilizaba sus espíritus. Todos lo sabían, todos se daban cuenta, desde el guerrero de mayor rango hasta el último y más inexperimentado soldado; y es que simplemente esta vez no contaban con la presencia de su señor, no les rodeaba esa aura esperanzadora que parecía emanar del señor del dominio toda vez que éste se ponía al frente de sus hombres y comenzaba a luchar. Nadie quiso admitirlo y nadie lo haría jamás, pero ante las circunstancias era palpable que los guerreros se sentían desmoralizados y aunque harían hasta lo imposible por alejar el peligro del castillo de Nerima, en lo profundo de su ser, los guerreros dudaban.

Fue así como comenzó el enfrentamiento aquel día que para algunos resultaría ser el último y para otros sería uno de esos recuerdos que prevalecen frescos en la memoria aun cuando hayan pasado los años.

La caracola sonó a espaldas de los guerreros Saotome, los menos experimentados miraron hacia el lugar en donde se encontraban los generales dando la orden de atacar; los guerreros más veteranos supieron de inmediato qué se esperaba de ellos y saltaron las barricadas que ellos mismos habían construido, y se ordenaron de forma compacta formando un dique humano. Esperaron a sus compañeros y cuando la caracola volvió a emitir su característico sonido, comenzaron a avanzar contra el enemigo que había retrocedido para volver a reagruparse y enfrentarse a los guerreros Saotome que les salían al paso.

El ejército Saotome avanzó a gran velocidad, dejando a los lanceros montados en sus caballos ser los primeros en encontrarse con los guerreros Kuno. El lodo saltaba y se impregnaba en los uniformes de los guerreros, las puntas de las lanzas destellaban sus reflejos bajo un cielo opaco y sin sol. Atrás iba la infantería siguiendo el paso de la caballería y cuando finalmente ambos ejércitos se encontraron, la verdadera batalla comenzó.

Los gritos de guerra eran ensordecedores; de uno y otro bando los hombres luchaban con la fiereza de quien sabe que si da un paso en falso y sólo se detiene un momento a pensar en un movimiento, su vida puede acabar en aquel instante.

Las lanzas chocaron contra hombres y caballos enemigos; los hombres desenvainaron sus sables y comenzaron a demostrar todas sus habilidades, para eso habían llevado una vida de duro entrenamiento. Debían luchar aunque estuvieran atemorizados, debían luchar aunque no confiaran en una victoria, debían luchar porque así lo exigía el código, debían luchar porque eso era justamente lo que se esperaba de ellos y para lo cual cada uno de ellos había nacido.

Y así fue que comenzó nuevamente esa fiebre que parecía adueñarse de cada guerrero al momento de enfrentarse cara a cara con el enemigo, al ver la cara de la muerte reflejada en el rostro de su adversario; así fue que las lanzas se hundían en los cuerpos de aquellos que no habían contado con el favor de los dioses aquel día, los sables silbaban rasgando, cercenando y hundiéndose en los cuerpos de aquellos que estaban destinados a no ver un nuevo amanecer.

Una y otra vez los sables de uno y otro bando se encontraron; una y otra vez los guerreros se sumergieron en la danza de la espada; una y otra vez los samurái de uno y otro bando se enfrentaron desafiando a la muerte. Ya no importaba cuán asustados hubieran estado al inicio de la batalla, ya no importaba si conocían al guerrero que luchaba a su lado, ya no importaba si eran jóvenes guerreros o veteranos de muchas batallas, sólo importaba hacerse uno con el sable y luchar hasta el final por el honor y la grandeza del clan, aun cuando ello significara la muerte para muchos.

Y en medio de la feroz batalla, cuando los gritos ensordecedores de los guerreros se hacían más y más potentes y habían pasado varias horas, las caracolas de uno y otro bando se volvieron a escuchar llamando a la retirada. La mayoría de los guerreros no escuchó el llamado o no lo entendió, porque siguieron enfrentándose como si recién hubiesen comenzado a luchar, y fue que entre esos guerreros que no escucharon o no quisieron escuchar el llamado de sus superiores se destacó un gallardo joven vestido con una armadura que no llevaba precisamente el blasón de los Saotome, sino otro igual de reconocible pero venido de la capital imperial.

Hiroshi, perteneciente a la guardia personal de la señora Tendo se había negado a vestir las ropas de los guerreros Saotome y había querido luchar vistiendo su antigua armadura con el blasón de los Tendo.

Inmerso como estaba en su lucha personal, el joven no entendió el llamado de la caracola a sus espaldas y habiendo acabado con el guerrero con el cual luchaba, se volvió para enfrentarse a un hombre mayor que le miraba con odio.

-¡Otro jovencito que se cree espadachín! –gritó el veterano guerrero para hacerse escuchar-. Sea pues, acabaré con tu vida asqueroso Saotome.

El hombre avanzó con decisión, pero Hiroshi ya le esperaba, así que no fue problema para él detener el golpe quedando muy cerca del rostro del hombre.

-No pertenezco a los guerreros Saotome, aunque defiendo el dominio –contestó antes de separarse del hombre saltando hacia un costado-. Pertenezco a los Tendo y defiendo a mi señora.

Hiroshi blandió su sable y avanzó hacia el hombre que lo esperaba con una media sonrisa adornando sus labios. Uno, dos, tres golpes que hicieron que el acero de ambos sables destellara brillantes reflejos ante los ojos de los contendores.

-Así que defiendes a la perra del caballo –escupió el hombre recuperando fuerzas.

Hiroshi no dejó que el hombre siguiera hablando, la rabia por el insulto propinado por aquel infame guerrero Kuno a la mujer que para él era sagrada le cegó y avanzó sin temor con el sable en alto, olvidándose de todo a su alrededor. Para Hiroshi sólo existía él y el asqueroso hombre que se había atrevido a insultar a la mujer más maravillosa que él había tenido ocasión de conocer. Cinco estocadas certeras le bastaron al joven para hacer caer al hombre y desarmarlo; una última estocada para cercenar su cabeza. El hombre todavía reía cuando su cabeza cayó al enlodado campo de batalla.

Hiroshi suspiró y se permitió pensar un momento en su señora al interior del castillo de Nerima; quizás ese fue su único error aquel día, ése y el no percatarse que tras él venía un guerrero enemigo decidido a acabar con su vida. Cuando se dio cuenta que era atacado por la espalda ya era demasiado tarde; el hombre traspasó la armadura de Hiroshi por debajo de su costilla, perforando su costado derecho. Una vez el enemigo sacó su sable del cuerpo ensangrentado del joven, éste se volvió para enfrentarse a su agresor. La sangre manaba por su costado empapando su armadura y regando el reblandecido suelo que pisaban, aun así, Hiroshi enfrentó a su agresor, un joven parecido a él y sonrió ante el pensamiento de estar enfrentándose a sí mismo. La lucha duró poco, ambos se hirieron mutuamente, aunque finalmente y en un avance por parte de ambos guerreros, el joven acompañante de la señora Tendo se impuso atravesando el cuerpo de su oponente. El guerrero Kuno cayó pesadamente sin vida al suelo y Hiroshi tuvo que arrodillarse para no hacer lo mismo, fue en ese momento cuando volvió a escuchar el sonido de la caracola y una voz potente por sobre todas las demás gritando su nombre.

-¡Hiroshi! –escuchó nuevamente el llamado-.¡Hiroshi!

El joven levantó la vista nublada y pudo distinguir a un hombre que se acercaba corriendo a su lado pisoteando los cuerpos de los caídos. Sonrió débilmente y luego se dejó caer hacia delante golpeándose la mejilla con el suelo enlodado.

-Hiroshi, amigo mío –escuchó que le llamaba alguien mientras lo volteaba y sostenía su cabeza en sus manos-. Hiroshi, aquí estoy.

-Sé que estás aquí, Daisuke –murmuró el joven tratando de distinguir el rostro de su amigo, aunque le fue imposible ya que las fuerzas comenzaban a abandonarle y su vista nublada sólo le permitía divisar una sombra que se esforzaba por mantenerlo consiente-. Daisuke –tosió y un hilillo de sangre escapó por la comisura de sus labios.

-Calma, Hiroshi, te sacaré de aquí –sentenció Daisuke tratando infructuosamente de detener la sangre que manaba del cuerpo de su amigo con una de sus manos-. Han ordenado la retirada de ambos bandos, pronto estaremos en el castillo.

-Daisuke, finalmente ganaste la apuesta –se obligó a decir el malherido joven con una media sonrisa adornando sus labios-, me iré de este mundo antes que tú.

-No digas tonterías, tú vivirás y seguiremos sirviendo a nuestra señora por muchos años más, como lo juramos cuando la conocimos, ¿recuerdas? –dijo Daisuke acomodando el cuerpo de su amigo para tratar de moverlo.

-Daisuke, sé que estoy muriendo –rebatió el guerrero conteniendo una mueca de dolor-. Ocúpate de cuidarla y si llegas a verla… dile… dile que mi último pensamiento fue para ella.

-No, Hiroshi, no morirás…

-Cuida a la señora Tendo, Daisuke –le interrumpió nuevamente-. Daisuke… mi amigo… mi hermano…

-Hiroshi –le llamó, aunque sabía que su amigo ya había partido a Sukavathi-. Hiroshi, no… tú no…

El guerrero observó los ojos opacos y sin vida del joven que se encontraba en sus brazos y luego de exhalar un suspiro, abrazó fuertemente a su mejor amigo, su camarada, su hermano. Lo abrazó y sin importarle qué se dijera de él, se permitió derramar una lágrima por aquel joven con el cual había compartido toda su vida.

-¡Qué no escuchaste el llamado que están haciendo con la caracola! –escuchó que alguien gritaba pasando por su lado-. Es la orden de retirada.

Observó al hombre que se había detenido junto a él y reconoció al extranjero que se había unido a los guerreros Saotome hacía un tiempo atrás.

-¿Era tu amigo? –preguntó el hombre.

-Más que mi amigo, era un hermano.

-Bien, déjale descansar –murmuró el extranjero-. Ahora lo que se espera de ti es que te pongas de pie y vuelvas a luchar si los generales así lo disponen. Vamos, volvamos con los demás.

Daisuke asintió en silencio y vio alejarse al extranjero junto a otros guerreros pertenecientes al clan Saotome. Lentamente depositó el cuerpo de Hiroshi en el suelo enlodado, juntó las manos del caído a la altura de su pecho y le cerró los ojos desprovistos de vida. Al momento de ponerse en pie vio el sable de Hiroshi y luego de dudarlo por un instante, decidió que lo conservaría, no para él, sino para entregárselo como última ofrenda a la mujer por la cual Hiroshi había dado su vida.

Sí, así Hiroshi sería por siempre recordado por ella, porque la memoria de un buen hombre no debía ser olvidada jamás. Con un último suspiro y con el sable ensangrentado de su amigo en la mano emprendió el camino hacia donde se reunían las fuerzas Saotome dispuesto una vez más a defender a la señora por la cual él y su amigo habían compartido más que un tierno sentimiento. Cuidaría de la señora Tendo tal y como le había prometido a su hermano; cuidaría de ella y si tenía que morir en el intento, por cierto que lo haría con gusto.


Ambas se habían escondido bajo el engawa que daba al jardín interior con vista al lago de la casa. La señora de la casa así lo había dispuesto apenas se enteró que los guerreros Kuno se enfrentaban al clan Saotome en la entrada al pueblo y no se había equivocado puesto que era de conocimiento popular que no todos los guerreros se comportaban siguiendo los antiguos códigos de honor de sus antepasados. Había algunos para los que honrar esas viejas costumbres resultaba absurdo y no les interesaba en lo absoluto, así que muchos desafiaban a sus superiores dedicándose al pillaje; después de todo, si podían sacar algún provecho por arriesgar su vida por un señor de la guerra que muchas veces no llegaban siquiera a conocer en persona, lo aprovecharían.

Así fue que un grupo de hombres del clan Kuno había escapado furtivamente de la batalla, internándose en el pueblo abandonado de Nerima para tratar de recoger algún botín que les ayudara a sobrevivir después de la guerra. Habían recorrido casas y puestos de comerciantes, destrozando todo a su paso al ver que casi nada de lo que quedaba dentro de las edificaciones era de gran valor.

Las dos mujeres habían corrido asustadas al escuchar las voces amenazantes y los ruidos de utensilios rompiéndose venir de las casas aledañas y luego de apagar con rapidez el bracero que la dueña de la casa mantenía encendido en su habitación, ésta le había ordenado a su acompañante seguirla, escondiéndose ambas bajo el engawa. Ahí habían permanecido, aguantando el frío, temblorosas de miedo y cobijándose una a la otra.

Los gritos de los hombres se acercaban y pronto supieron por las fuertes pisadas que se encontraban registrando la casa en donde ellas permanecían ocultas.

-Tranquila –susurró la señora de la casa abrazando con más fuerza a su compañera-, ellos no tienen cómo saber que estamos aquí abajo.

-Sí –asintió la otra mujer cerrando sus ojos y respondiendo al abrazo de su compañera para evitar demostrar el temor que estaba sintiendo-. Sólo me gustaría que Mut-zu estuviera con nosotras.

-¿Te arrepientes de haberte quedado en la casa?

-No, pero quisiera saber que él se encuentra bien.

-Él estará bien y vendrá a buscarnos cuando todo esto acabe. Ahora debemos permanecer en silencio –dijo bajando aún más el tono de su voz-. Pase lo que pase y escuches lo que escuches permanece en silencio y mantén la calma.

-Sí.

Habían terminado recién aquel intercambio de palabras cuando escucharon que los pasos se acercaban con rapidez al lugar en done ellas se encontraban; luego, una voz tosca y grave se dejó escuchar al mismo tiempo que la puerta que daba al jardín interior se abría de golpe.

-Aquí tampoco hay nadie.

-Sí –contestó una voz desde el interior de la casa-. No hay nadie y nada de valor con lo que podamos quedarnos.

-Me hubiese gustado encontrarme con alguna de las señoritas que trabajan aquí.

-No eres el único, creo que a los dos nos hubiera gustado eso.

Los pasos se hicieron notar con mayor fuerza en el piso de la habitación y pronto escucharon cómo caían algunos artículos al suelo. Las mujeres que se encontraban bajo el engawa se estremecieron cuando un fuerte golpe se dejó escuchar a la vez que la madera que cubría sus cabezas se estremeció con aquel golpe.

-El bracero –susurró la dueña de la casa.

-¡Vámonos de aquí, no hay nada que valga la pena en este lugar!

Los pasos se alejaron y las dos mujeres esperaron un poco más para salir de su escondite. Lo que no se imaginaban fue que al momento de salir del incómodo lugar que habían elegido como refugio, los hombres que habían ingresado a la casa les estarían esperando sonrientes.

-¡Te dije que ese bracero se había apagado hacía poco! ¡Ahí está nuestra recompensa! –gritó uno de ellos mientras avanzaba para tratar de capturar a las mujeres.

La dueña de la casa retrocedió obligando a su compañera a seguirla a trompicones. Lo único en que podía pensar la mujer de exótica belleza era en tratar de ingresar a su habitación en aquella casa, ya que se había dado cuenta por la mirada que les dedicaban esos dos hombres de aspecto tosco y rudo, que sus intenciones con ellas no eran buenas y tampoco demostrarían misericordia con ellas, si ella se los solicitaba.

-¡Míralas, tratan de escapar! –espetó burlonamente uno de los hombres.

-Pero si sólo queremos que nos hagan compañía un rato –secundó el otro tratando de cerrarles el paso a las mujeres mientras reía a carcajadas.

-Sepárate de mí y entra en la casa –susurró la dueña del lugar a su compañera.

-No –se escandalizó la otra mujer-. No dejaré que te enfrentes a ellos tú sola.

-Obedece, niña boba –espetó la dama del lago empujando a la otra mujer.

Su compañera avanzó corriendo hacia la puerta de la casa obedeciendo a regañadientes la orden recibida, pero en el instante justo cuando estaba por alcanzar el engawa y subir a la habitación, uno de los hombres la tomó por sus largos cabellos. La mujer soltó un alarido llamando la atención del otro hombre quien rio grotescamente al contemplar la escena, pero ninguno de dos hombres se percató de la acción que pretendía realizar la dueña de la casa del lago hasta que fue demasiado tarde. Ni ellos, ni la joven mujer que se debatía de un lado a otro para tratar de zafarse de su captor se percataron del pequeño cuchillo que fue lanzado con precisión exquisita y se enterró certeramente en la pierna izquierda del captor de la mujer, justo en la parte en que la armadura le dejaba descubierto.

El hombre aulló de dolor y soltó a su presa para palparse la pierna herida sacando de un solo movimiento el arma; la chica corrió al interior de la casa y la dueña de la casa aprovechó el pequeño momento de confusión para ingresar ella también en la habitación, seguida de cerca por ambos hombres; uno vociferando improperios en contra de las mujeres y el otro cojeando mientras la sangre escurría por su pierna herida. Cuando lograron dar alcance a las mujeres fueron testigos de la posición desafiante adoptada por la dueña de la casa quien había encontrado rápidamente una reluciente katana que mantenía escondida en uno de sus arcones; su compañera empuñaba un sable corto, aunque la dama de la casa lago la cubría con su cuerpo, evidenciando así que no estaba dispuesta a dejar que su compañera participara de una lucha si ella podía evitarlo.

El hombre herido desenfundó su sable de inmediato, mientras el otro reía a carcajadas y le indicaba con un movimiento de su mano que no se apresurara.

-Calma Kyusaku, ¿crees que estas mujerzuelas serán capaces de oponer alguna resistencia jugando con un sable que estoy seguro ni siquiera saben utilizar?

-No lo sé, pero no quiero esperar a averiguarlo –contestó el aludido avanzando para atacar a la mujer y así desarmarla.

La dama de la casa del lago lo esperaba preparada e intuía lo que el sujeto pretendía hacer, así que avanzó tres pasos con rapidez, inclinó su cuerpo hacia delante, extendió una de sus piernas al ver que el golpe que pensaba darle su oponente fallaba pasando por sobre su cabeza y con una velocidad que asombraría hasta al más experimentado espadachín, dio media vuelta esgrimiendo su katana con tanta pericia que su oponente ni siquiera fue consiente del momento en que el frío acero hacía contacto con la piel expuesta de su cuello.

El cuerpo sin vida del guerrero Kuno cayó pesadamente al piso, empapando el cuidado suelo cubierto por las esteras de paja, de la sangre que manaba del cuello semi cercenado del hombre. Ella no perdió tiempo en contemplaciones y de un salto se puso en guardia una vez más, enfrentando al otro guerrero.

-¡Maldita furcia! –dijo el hombre desenvainado su katana-. Te haré pagar lo que has hecho.

Avanzó hacia la mujer en clara posición de ataque. Uno, dos, tres golpes fueron bloqueados por la joven mujer, haciendo que el hombre se desesperara por no poder burlar su defensa.

-No estoy jugando, mi señor –dijo con marcada ironía al saber que el sujeto sólo era un vulgar soldado por su forma de hablar, de comportarse y también de atacar.

Tres golpes más le bastaron a la mujer para desestabilizar a su oponente y un cuarto para desarmarlo.

-¡Y ciertamente sé muy bien cómo se utiliza un sable! –exclamó al tiempo que limpiamente atravesaba la armadura y por ende, el cuerpo del guerrero a la altura de su pecho.

El hombre cayó de rodillas al suelo y levantó su rostro sorprendido para observar a la imponente mujer que permanecía de pie frente a él. Exhalando un último y lastimero suspiro al tiempo que intentaba sin éxito cogerse de una de las mangas del kimono de ella, el malogrado guerrero cayó de lado todavía con la katana de su oponente en su cuerpo.

-¿Estás bien? –preguntó a la muchacha que permanecía tras ella con voz fría y calmada.

-Sí… yo… no sabía que tú…

-Hay muchas cosas sobre mí que nadie sabe –le interrumpió agachándose para sacar su katana del cuerpo del guerrero caído.

Lo observó con desprecio antes de empujarlo con uno de sus pies hacia la puerta que daba al jardín, mas no contaba con que el pesado cuerpo del hombre no se movería más de dos palmos. Su compañera la observó con una mezcla de admiración y temor.

-Mi señora –dijo en un susurro.

-Ayúdame a sacar a estos dos infelices para llevarlos al lago, no quiero que sigan contaminando mi casa con su desdichada presencia.

-Sí –asintió la muchacha dejando caer el sable corto que todavía mantenía en una de sus manos.

Entre ambas hicieron el pesado trabajo de mover los cuerpos, valiéndose de la ayuda de las costosas esteras de paja que cubrían el suelo de la habitación. No fue tarea fácil para ellas deshacerse de los cuerpos, pero finalmente lo consiguieron y los arrojaron a las aguas del lago. Una vez realizada la tarea, volvieron a ingresar en la casa, observando con repugnancia la sangre que había manchado el piso de madera.

-Tendremos que ocupar otra habitación –sentenció la dueña de la casa-. Será mejor que nos acomodemos en tus aposentos.

-¿Crees que hayan más como ellos merodeando por los alrededores? –preguntó su compañera evitando observar más de lo debido esa habitación.

-Seguramente debe haber más de ellos, pero no les daremos la oportunidad de descubrirnos nuevamente.

-Desearía que Mut-zu estuviera con nosotras –murmuró la muchacha.

-¡Deja de invocar a Mousse como si fuese un dios! –exclamó la dueña de la casa sacando con rapidez unos cuantos kimonos y arrojándoselos a su compañera-. ¡Mousse no está acá y sólo nos tenemos la una a la otra!

-Lo siento, yo no quería…

-Escúchame –dijo de forma susurrante dándose cuenta del sobresalto que había causado en la muchacha-. Sé que lo extrañas y sé que te gustaría que él estuviera aquí, pero en estos momentos sólo podemos rezar para que los dioses no le abandonen y pueda reunirse con nosotras cuando toda esta estúpida guerra termine.

-Lo sé –admitió ocultando de su interlocutora su exótica mirada empañada por las lágrimas contenidas-. Lo sé –repitió-, es sólo que yo… nunca le dije… lo mucho que le quiero…

Su compañera la observó dulcificando el gesto de su rostro y limpió las mejillas de la joven con una suave caricia de sus manos.

-Se lo dirás cuando vuelva a buscarnos –sentenció con convicción-. Él no nos dejará aquí solas porque hizo una promesa y tú sabes que Mousse siempre cumple lo que promete –la joven asintió en silencio-. Ahora vamos, debemos salir de aquí y recluirnos en tu habitación.

-Sí –dijo tomando nuevamente las ropas que había dejado caer para dirigirse hacia la puerta.

La dama de la casa del lago tomó unas cuantas prendas más y avanzó siguiendo a su compañera. Antes de avanzar por el pasillo que la conducía a los aposentos de la joven, observó por última vez aquella habitación, suspiró y finalmente cerró la puerta tras de sí. Se había enfrentado a dos hombres ese día y había salido victoriosa, pero era innegable que ahora que rememoraba aquel enfrentamiento se sentía desvalida, puesto que se daba cuenta lo cerca que habían estado ella y su protegida de la muerte. Tomó las vestimentas en una de sus manos y la otra se la llevó a la altura del rostro. Temblaba tal como si se tratase de una hoja a merced del viento invernal y lo cierto es que no podía evitarlo, así como tampoco pudo evitar pensar en Mousse, en su último encuentro y en la promesa que le había hecho. Cuidaría de la muchacha hasta que él se reuniera con ellas, porque ella también cumplía sus promesas y porque muy dentro de su ser sabía que ella también quería a ese joven extranjero que le había servido por tantos años, a su modo, era cierto, pero le quería, quizá más de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir.

Observó el pasillo poco iluminado y se obligó a avanzar hacia la habitación más alejada de la casa. Debía seguir velando por su protegida para cumplir su parte del trato.


Se había enterado de lo que sucedía sólo momentos después de que ingresaran con el herido al castillo y lo instalasen en una de las habitaciones habilitadas para tratar de salvar la vida de los caídos en batalla.

Con el corazón palpitándole a una velocidad inusitada y el temor adueñándose rápidamente de todo su ser, corrió buscando la habitación correcta hasta que dio con el cuarto indicado. Lo supo porque encontró al chambelán afuera de la puerta reunido con dos ancianos consejeros, el monje amigo del señor del castillo y un hombre joven que vestía un uniforme ensangrentado y sucio. Detuvo su alocada carrera y se obligó a avanzar con dignidad y solemnidad, tal como se esperaba de una mujer como ella.

-¿La batalla será interrumpida, señor Happosai? –escuchó que preguntaba el hombre más joven.

-Sí –asintió el chambelán-. Fue una suerte que la carta del señor de Seisyun llegara en este momento solicitando una tregua.

-¿Por qué pidió una tregua? –preguntó uno de los consejeros.

-Lo desconozco, la misiva venía dirigida a la señora de Nerima y es ella quien… -el chambelán se interrumpió y dedicó una mirada interrogante a la mujer que permanecía en silencio y a una distancia prudente de los hombres reunidos en ese lugar-. ¿Necesitas algo, jovencita?

-Señor chambelán –susurró tratando de decidir rápidamente si debía revelar sus verdaderas intenciones o sería mejor mentirle al anciano chambelán para conseguir su objetivo principal. Finalmente optó por la segunda opción-. Señor chambelán –volvió a pronunciar esta vez con más fuerza-, mi señora me envió para ayudar a los doctores.

-¿Si? –consultó dándole una mirada suspicaz-. No he recibido esa información.

-Es porque el propio doctor Tofu se lo solicitó –mintió-. Yo le ayudaba a veces en Kioto y creo que por eso cree que le puedo ser de utilidad.

-¿Sabes quién está tras esa puerta, jovencita?

La chica palideció y negó con un movimiento de cabeza, tratando de engañar a su interlocutor, pues sabía perfectamente quién se encontraba tras la puerta que le indicaba el chambelán. Ella iba a decir algo pero los gritos de dolor que se hicieron escuchar justo en aquel instante consiguieron que permaneciera en silencio observando la puerta de la habitación y que su corazón se contrajera dolorosamente.

-Señor chambelán, pueden… pueden necesitarme –dijo de manera titubeante.

El chambelán asintió e hizo un gesto para que Shinnosuke la dejara pasar. La chica avanzó de forma insegura y finalmente ingresó en la habitación, escuchando el último comentario del chambelán.

-Primero Sentaro y ahora… esperemos que los dioses sean benevolentes esta vez y no se lo lleven como lo hicieron con el señor Daimonji

La joven avanzó soltando un suspiro para calmarse antes de avanzar hacia un biombo instalado a la mitad de la habitación. Ella recordaba haber visto un biombo igual en la habitación en donde habían tratado de salvarle la vida al señor Daimonji… en la habitación en donde el señor Daimonji había muerto hacía dos días a causa de sus graves heridas. Cerró los ojos para tratar de alejar de su mente la palabra muerte y un nuevo grito la sorprendió, logrando que diera un pequeño brinco. Con lágrimas en los ojos se acercó al biombo y llevó una de sus manos a sus labios para reprimir un grito cuando le vio ahí tendido.

Había tres médicos que atendían al herido y ella tuvo intenciones de retroceder cuando vio que entre dos de ellos hacían presión en los brazos del hombre y el tercero a quien ella reconoció como Tofu tiraba con fuerza de una flecha que el herido tenía incrustada en su costado. La flecha cedió y la herida quedó expuesta a vista de los que allí estaban, pero el joven se debatía de dolor sobre el futon en el que se encontraba, manchando todo con abundante sangre.

Fue entonces cuando la joven salió del trance en el cual parecía haber ingresado y se acercó de forma decidida para quedar frente a Tofu.

-Quiero ayudar, doctor –dijo ganándose una sorprendida mirada de los tres médicos que estaban allí.

-¿Qué haces aquí jovencita y quién te envió? –preguntó uno de ellos tratando de detener la sangre que manaba del costado del herido.

-Tofu, me conoces –dijo dirigiéndose al médico-. Sabes que puedo ayudar.

El médico con sus manos llenas de sangre la observó por un momento y luego observó a su paciente quien movía su cabeza de un lado a otro como si tratase de seguir la voz de la muchacha que permanecía de pie observando con temor el rostro del médico.

-¿Lo conoces? –preguntó el médico limpiando sus manos, para tomar un nuevo vendaje con el que pretendía limpiar las heridas menos graves del hombre. La chica asintió en silencio-. Entonces, sí me puedes ayudar.

-¿Qué tengo que hacer? –preguntó con decisión.

-Trata de calmarlo –dijo por respuesta mientras limpiaba con agua las heridas y aplicaba un ungüento después-. Al parecer, él escucha tu voz.

-Bien –contestó pasando con delicadeza por detrás de uno de los médicos.

-¿Está seguro de esto, Tofu? –cuestionó el más joven de los doctores.

-Sí –respondió el aludido dándose media vuelta para preparar la medicina con la que esperaba calmar el dolor del paciente-. A veces las personas reaccionan a estímulos como la voz de quienes les son queridos. Creo que el comandante se calmará si siente la presencia de alguien que le es familiar, algo que no pudimos darle al señor Daimonji y si no...

-¿Si no, qué?

El médico no contestó.

-"Si no es así, al menos dejará este mundo en compañía de alguien que le quiere" –pensó viendo cómo la jovencita se encontraba arrodillada junto al hombre, acariciando sus húmedos cabellos y murmurándole palabras sueltas.

-Señor Hibiki –dijo la joven-. Señor Hibiki, soy yo, Ukyo –continuó. El hombre pareció tranquilizarse un poco y dejó de luchar con los médicos, aunque seguía con sus ojos cerrados-. Ryoga… estoy aquí, Ryoga –se obligó a decir Ukyo secando sus lágrimas.

Entonces el hombre comenzó a mover lentamente su mano izquierda, como si quisiera encontrar algo en el futon en el que estaba postrado. Tofu sonrió y vio una oportunidad para obligar al joven a tomar la medicina que había preparado.

-Te está buscando, Ukyo –dijo arrodillándose al lado del joven-. Anda, toma su mano y hazle saber que te encuentra con él. No temas y por favor, sigue hablándole. Le hará bien escuchar tu voz.

La muchacha asintió e hizo lo que el médico le solicitaba. Con la ayuda de la joven, el médico logró hacer que el comandante de los guerreros Saotome bebiera la medicina y con ayuda de la joven, los doctores lograron vendar y estancar la sangre que manaba de las numerosas heridas del guerrero. Cierto es que el comandante Hibiki había resultado malherido, pero los doctores que lo atendían creían que tenía buen pronóstico, no como el señor Daimonji quien había resistido pero finalmente había dejado este mundo para irse a Sukavathi como tantos otros lo habían hecho durante esa cruenta guerra.

La joven permaneció junto al guerrero hasta la tarde de aquel día sin saber que pronto tendría que elegir entre continuar cuidando del que había robado su corazón o la lealtad hacia su señora. Recién había comenzado la hora del mono cuando la muchacha escuchó que la puerta de la habitación se abría e ingresaba alguien que intercambió unas palabras que ella no fue capaz de escuchar con el doctor que había permanecido a cargo del herido, mientras los otros dos médicos concurrían a atender a otros heridos que habían traído al castillo desde el campo de batalla. No le importó, ella permanecía concentrada en limpiar la transpiración provocada por la fiebre del rostro del comandante Hibiki y de susurrarle palabras tranquilizadoras toda vez que notaba que el guerrero comenzaba a inquietarse, por lo que no se percató de la mirada preocupada que le regalaba quien había ingresado a la habitación y que ahora observaba la escena en silencio.

-Los médicos me han dicho que es probable que el señor Hibiki se recupere –dijo con voz suave la mujer que les observaba a escasa distancia.

-Cologne –murmuró la joven al reconocer aquella voz, sin embargo, no dejó de prestarle atención al herido-. Lo siento por no avisar y escapar de esta manera, pero…

-Tranquila –le interrumpió la anciana acercándose un poco más a la chica-. No vine acá para sermonearte, sólo vine porque necesito saber si todavía quieres ayudarnos o… o prefieres quedarte a cuidar de la persona que amas.

-¿Qué? –contestó la muchacha levantando la vista para observar por primera vez el rostro cansado de la anciana nodriza de su señora-. Yo no…

-Ukyo, para alguien como yo que ha vivido más años de los que se esperaría que viviera, es evidente que le amas y yo no estoy aquí para cuestionarlo o reprocharte por ello. Sólo vine porque es necesario que me digas si renunciarás a cuidar de él para ayudar a tu señora una vez más.

-¿Quieres decir que… el plan se pondrá en práctica?

-Mañana a primera hora –contestó la anciana-. La carta llegó esta mañana indicándole a tu señora la hora y el lugar para el encuentro, pero ahora y con el señor Hibiki herido, las condiciones han cambiado y hemos tenido que modificar algunas cosas. Necesito saber si contaremos contigo o tendremos que buscar a una reemplazante.

-¿A quién le pedirán que las escolte si el señor Hibiki está… acá? –dijo enfocando sus ojos en el rostro pálido y demacrado del guerrero.

-Al extranjero. Eso ya lo decidimos con Akane, sólo nos queda saber si tendremos que modificar algo más en el tablero.

La muchacha permaneció en silencio; sabía del plan que tenía su señora para acabar de una vez por todas con ese enfrentamiento entre los clanes, se lo habían explicado el día anterior y aunque parecía una buena opción, era arriesgado porque había muchos factores que podían jugar en contra, el principal era el comportamiento del señor de Seisyun. Así pues, su señora necesitaba personas leales y de confianza, además de ser buenas en la lucha; ella cumplía con todos los requisitos y buscar a una reemplazante no sería nada fácil, pensó.

-Ukyo, es comprensible que en un momento así quieras quedarte a su lado –indicó la anciana haciendo un movimiento con la cabeza en dirección al señor Hibiki-, por eso Akane sólo quiso enterarse del estado de salud del señor Hibiki por los médicos y el chambelán y no ingresó a esta habitación personalmente aunque pretende hacerlo después de conocer tu respuesta. Ella me envió a preguntarte esto porque no quiere que te sientas obligada a participar, pero, el tiempo pasa rápido y tenemos que hacer las modificaciones ahora, de lo contrario…

-Iré –le interrumpió la muchacha con resolución-. Akane cuenta conmigo para parar esta estúpida guerra y no le fallaré, además, el señor Hibiki ha reaccionado bien y los médicos tienen esperanzas. Si no detenemos esta guerra es probable que todos abandonemos este mundo. Yo me encargaré de aportar para que el señor Hibiki tenga la oportunidad de sanarse y volver a ponerse de pie.

-A tu lado lo logrará –asintió la anciana volteando para salir de la habitación-. Por ahora permanece aquí, Ukyo, el comandante Hibiki te necesita a su lado. Yo enviaré a alguien a buscarte cerca de la hora del jabalí, cuando esté todo listo para darte las últimas instrucciones para mañana.

La muchacha asintió y acarició los cabellos empapados del herido quien volvía a inquietarse en sueños.

-Sólo asegúrate que ese alguien no lleve por nombre Akari –dijo la chica con intención.

Cologne sonrió al comprobar que a pesar de todo, la muchacha seguía siendo la misma chica mordaz de siempre y eso era bueno para los planes que tenían.

-Es un trato –dijo asintiendo con su cabeza-. Nadie con ese nombre se acercará a esta habitación.

La anciana se retiró dejando a la joven en el mismo lugar en donde había permanecido desde que había ingresado a esa habitación. La decisión estaba tomada y Ukyo sabía que su futuro y el del hombre que permanecía inconsciente en aquel futon dependía del plan que estaban dispuestas a desplegar tanto ella, como su señora y la nodriza de ésta, por tanto, ella estaba dispuesta a hacer su mayor esfuerzo para acabar con esa guerra de una buena vez y así, volver al lado de aquel guerrero y tal vez, sólo tal vez, soñar con construir un futuro juntos.


La oscuridad de la noche ya había cubierto el cielo en todo el territorio de Edo, sin embargo, la agitación al interior del castillo no se había detenido ni por un momento desde el instante mismo en que el señor del dominio había recibido la carta enviada desde territorio enemigo por intermedio de su general más aguerrido desde el campo de batalla. Y es que simplemente Tatewaki Kuno creía ver en aquella carta una señal de rendición y pensaba que prontamente obtendría su recompensa, puesto que si bien había decido concurrir a la reunión para pactar la paz a la mañana siguiente, sólo sus cercanos conocían sus verdaderas intenciones.

El señor de Seisyun se había reunido con sus consejeros, Gosunkugui y Sagurakure, así como también con el comandante de sus tropas esa misma tarde después de mantener la conversación con la dama Nabiki, y les había expresado los planes que tenía para realizar aquella reunión que se llevaría a cabo la mañana siguiente. Y es que el señor de Seisyun se había enterado finalmente que el bastardo no se encontraba en Nerima, que la señora de Nerima se encontraba sola en el castillo y que los guerreros Saotome eran comandados en la batalla por Happosai y Hibiki, cuál de los dos más ineptos, pensaba Tatewaki.

Así fue que hizo que respondieran de inmediato a la misiva que había enviado la señora Tendo y concretasen una reunión en medio del campo de batalla. Allí se llevaría a cabo el intercambio al que habían llegado a acuerdo; él entregaría a la dama Nabiki al clan Saotome y ellos renunciarían a su señora, la que debía volver con él al castillo de Seisyun para desposarse con él, sólo así se cumpliría el mandato del emperador y se pactaría la paz. Fue en esos términos en los que se redactó la carta, pero eso no era todo lo que pensaba hacer el señor Kuno, pues si bien era cierto que tenía intenciones de intercambiar a las damas en cuestión, también había pensado en sacar ventaja de la situación adversa en la que se encontraba el clan Saotome. Sin su líder, el clan no tenía respaldo, así que ideó un plan para quedarse con todo lo que le pertenecía al bastado. Intercambiaría a las hermanas, juraría restaurar la paz entre ambos dominios, pero cuando ya estuviera bien lejos del alcance de los guerreros Saotome junto a la dama que le habían prometido como esposa, daría la orden de acabar con todos esos estúpidos guerreros y tomar por la fuerza el dominio de Nerima para de una vez y para siempre, recuperar lo que le pertenecía.

Ése era su plan y se lo había comunicado a las tres personas más cercanas a él para que le ayudaran a concretarlo, mas no contaba con que la traición rondaba muy cerca de él.

Ciertamente nunca pensó que alguien como él sufriría una traición de tamaña envergadura y mientras esperaba en uno de los salones más privados del castillo a que trajeran al sujeto, el señor del castillo se preguntaba cuál sería el motivo de su hombre de confianza para tratar de desbaratar sus planes. Simplemente no lo entendía y necesitaba preguntárselo antes de tomar una decisión al respecto.

La puerta se abrió dejando ver a un enjuto hombre que avanzaba a gran velocidad seguido por otro hombre vistiendo una imponente armadura de guerra.

-Mi señor –dijo el primer hombre haciendo una pronunciada reverencia-. Me han comunicado que solicitaba mi presencia con urgencia.

-Sí –dijo Kuno sentado en un taburete que se encontraba sobre una tarima de madera-. Necesito preguntarte algo, Gosunkugui.

-¿Se trata de algo relacionado con la reunión de mañana, mi señor?

-Algo así –contestó haciéndole un gesto a Taro, quien había permanecido imperturbable a un lado del consejero-. Yo quiero que me expliques una cosa.

-¿Qué cosa, mi señor?

-Quiero saber por qué mi consejero más respetado, aquel al que he colmado de beneficios y privilegios, de un día para otro decide darme vuelta la espalda y traicionarme.

-No sé a qué te refieres, mi señor –contestó Gosunkugui con temor en la voz.

Taro se acercó a él y de un empujón hizo que el enjuto hombre se arrodillara ante su señor, luego le extendió un papel que el hombre reconoció de inmediato, consiguiendo que el consejero comenzara a temblar de pies a cabeza.

-Los hombres de Taro interceptaron a tu mensajero y con diligencia acabaron con su vida y me trajeron este mensaje el cual alerta a mi prometida de no concurrir a la cita de mañana, yo me pregunto por qué.

-Mi señor, no es lo que tú piensas.

-No es lo que yo pienso –murmuró Kuno-. No es lo que yo pienso –repitió-. ¡Sin embargo, la misiva es clara y está escrita con tú caligrafía, consejero!

-Nunca fue mi intención traicionarte, mi señor –trató de defenderse el asustado hombre.

-¡Qué te hizo cometer semejante infamia! –gritó poniéndose de pie para enfrentar al que consideraba su más destacado consejero-. ¡Por qué trataste de alertarles!

El silencio reinó por un instante en la habitación, hasta que el señor de Seisyun pareció perder el control de sí mismo y de un puntapié desestabilizó a su consejero haciéndole caer de espaldas.

-¡Contéstame! –exigió.

-Fue… fue por ella –susurró Gosunkugui mientras se sentaba nuevamente sobre sus rodillas-. No quería que ella… resultara dañada.

-¿Quién?

-La señora de Nerima.

-¡Es mi prometida! ¡No es la señora de Nerima, estúpido animal! –exclamó colérico el señor del castillo dándole una bofetada al hombre que permanecía arrodillado.

-Mi señor…

-¿La conoces?

-La vi una vez y… es el ser más perfecto y compasivo que vi alguna vez.

Silencio nuevamente y la señal que le dio Kuno a su comandante esta vez fue cumplida sin dilación mientras el señor del castillo volvía a tomar asiento en su taburete.

-Bien, consejero –dijo con total frialdad-. Me queda claro que conoces a mi prometida, que crees que acá junto a mí se encontrará en peligro aunque no sé por qué piensas eso, si yo soy la persona más amable de las ocho islas –rio-. Pero también me queda claro que hiciste algo así porque quizá sientes un cariño especial por mi prometida, así que…

El señor del castillo se interrumpió y asintió con un gesto de su cabeza a la silenciosa pregunta que le hacía Taro desde el fondo de la habitación.

-Señor consejero –dijo con los ojos brillando con una extraña mezcla de ira y placer-. Sabes bien que a mí nadie me traiciona y aquel que lo hace debe pagar por su osadía. Además, no puedo permitir que una vez se encuentre mi prometida acá conmigo, alguien que no sea yo se le acerque con intenciones poco decorosas.

-Mi señor, yo jamás haría algo así…

-Ya no confío en ti, consejero.

-Pero mi señor.

-¡Me traicionaste alimaña inmunda! –gritó Kuno sin poderse contener-. Ahora tienes dos opciones.

Taro, quien hasta ese momento había permanecido a una distancia prudente se acercó cargando una pequeña mesa, la que puso justo delante del consejero. Gosunkugui miró aterrado a su señor, pero éste le sonreía de una forma grotesca.

-Te daré la libertad de elegir tu muerte, querido y respetado consejero –ironizó-. Podrás elegir cometer el seppuku aunque no seas un guerrero y con algunas variaciones, ya que no podemos perder tiempo o… ser ajusticiado por mi fiel Taro, aquí presente. ¿Qué prefieres?

-Mi… mi señor…

-¡Qué prefieres!

El consejero se sobresaltó e hizo una reverencia hacia su señor antes de contestar con toda la calma que pudo reunir, sabiendo anticipadamente que cualquier cosa que dijera no serviría para convencer al irascible señor del dominio de perdonarle la vida. Era el costo que debía pagar por tratar de salvar a la diosa encarnada que había conocido tiempo atrás en el templo de Kannon.

-Elijo... elijo el seppuku, mi señor.

-Sabia elección –concedió Kuno asintiendo con su cabeza-, al menos pondrás fin a tu miserable vida de una manera honorable. Ahora bien, como comprenderás no tenemos tiempo, así que prescindiremos del kimono blanco y de la nota que deberías dejar, sin embargo, Taro te servirá de kaishakunin y así no sufrirás de una agonía prolongada.

-Oigo y obedezco, mi señor.

-Finalmente te comportas y actúas como un guerrero sin serlo –rio entre dientes el señor del castillo secundado por su comandante-. Está bien, eso está muy bien, dejarás un buen recuerdo. Taro, terminemos de una vez con esto, se hace tarde y debo descansar para mañana.

-Sí, mi señor –contestó el guerrero con formalidad, para luego acuclillarse al lado del consejero e indicarle el cuchillo envuelto en papel de arroz que permanecía sobre la mesita pequeña que anteriormente había dejado allí-. Cuando quieras, consejero –dijo dándole unos golpecitos en la espalda al abatido hombre.

El consejero de más renombre dentro del territorio de Seisyun finalmente tomó el cuchillo de la mesita, observó a su señor que lo miraba con una media sonrisa en el rostro y cerró los ojos evocando la única imagen que recordaba de la señora de Nerima y repitiendo en su mente el nombre de Akane como si de un mantra se tratase, se dispuso a hacer lo que se esperaba que hiciera. Exhalando un suspiro ahogado, el consejero enterró el cuchillo en su abdomen haciendo un corte vertical y otro horizontal, tal como había visto en alguna ocasión y también leído que hacían los samurái. El sable de Taro completó el trabajo realizando un corte limpio y rápido en el cuello del malogrado consejero y así fue como todo acabó.

-Y ahí yace el cuerpo sin vida del consejero que alguna vez me fue tan fiel –dijo Kuno poniéndose de pie-. Hikaru Gosunkugui, aunque no lo mereces, te recordaré como mi mejor diplomático. Taro, encárgate de limpiar y purificar este salón, por favor.

-Sí, mi señor.

-Y no te olvides que mañana te quiero temprano a mi lado ya que… no podré contar con la compañía de Gosunkugui –complementó encogiéndose de hombros cuando ya salía de aquel salón.

-Sí, mi señor.

La puerta se cerró tras la salida del señor del castillo y entonces Taro pudo observar el cuerpo sin vida, con el vientre abierto y con su cabeza cercenada del que había sido el consejero más respetado del dominio, aquel quien realmente había gobernado por tantos años el dominio desde las sombras manteniendo una férrea influencia en el señor de Seisyun.

-Y así acabaremos todos los que le servimos con esmero a este demente si no se detiene en su estúpida venganza contra el caballo –reflexionó limpiando su sable para luego guardarlo en la vaina-. A menos que… adelante mis planes y aproveche la ocasión –una sonrisa perversa apareció de pronto en el rostro adusto del guerrero-. Sí, esa cita de mañana puede ser favorable para mis planes, después de todo, el idiota confía plenamente en mí y sin Gosunkugui que pueda alertarle, será muy fácil arrebatarle todo y hacerme con ambos dominios… quizás hasta me quede con la estúpida mujercita que parece haber hechizado a todos los hombres de los alrededores. ¿Será que eres tan especial, Tendo Akane? –se preguntó observando por última vez el cuerpo sin vida del consejero-. No falta mucho para averiguarlo.

Con un movimiento de cabeza y una última carcajada hizo abandono de la habitación para dirigirse a los cuartos de la servidumbre. Tenía que enviar a alguien a realizar el trabajo de limpiar y purificar ese cuarto y también tenía que regresar a su habitación y preparar su propio plan de acción. Ya bastante había soportado viviendo en las sombras y realizando el trabajo sucio que le encargaba un demente como Tatewaki Kuno.

El día siguiente traería novedades a la región, porque él se sentía capaz de unificar a los guerreros y hacer que le juraran lealtad. Tenía todo de su parte, el caballo no se encontraba en el dominio, el señor de Seisyun no ejercía un liderazgo eficaz ya que sus guerreros sólo le obedecían porque él, Taro, era quien daba las órdenes y ya no existía la sombra siempre vigilante y alerta de Gosunkugui… todo estaba a su favor. A contar del siguiente día ya no sería Taro, comandante de las fuerzas Kuno, no; a contar del siguiente día sería conocido como Taro, señor del Seisyun y Nerima porque así lo había decidido y el desquiciado Kuno no podría obligarlo a cometer seppuku por su traición, porque para cuando se percatara de la felonía que pretendía realizar su comandante, ya estaría muerto. ¿Qué podía salir mal ante tan perfecto plan?

El comandante de los guerreros Kuno rio mientras avanzaba por los pasillos del castillo pensando en que su mayor ambición se vería realizada en unas cuantas horas y él se convertiría en dueño y señor de toda esa fértil tierra, sin saber que en otra parte de Edo había alguien dispuesto a truncar sus planes y demostrárselo en el campo de batalla.

Sólo los dioses podían saber a quién favorecerían esta vez.


Notas finales:

1.- Bien, sí, sé que una vez más tardé una enormidad en actualizar, pero sólo diré que este capítulo salió larga duración, así que espero que eso compense. ¿Más intrigas?, ¿preguntas sin contestar?, ¿sospechas de posibles finales?, ¿qué demonios trama Akane? Prometo que todo será resuelto prontamente (espero).

2.- Palabras del capítulo creo que hay sólo tres que supongo no son del todo desconocidas:

-Engawa: es el pasillo o pasarela de madera por la cual se transita por fuera de una casa tradicional japonesa. Como las casas tradicionales se construyen conservando una distancia del suelo y no directamente en la tierra, queda este espacio que bien puede ser ocupado por una persona para esconderse debajo de una habitación.

-Seppuku: es el suicidio ritual en Japón, practicado en la época de este relato por los samurái.

-kaishakuni: es el encargado de asistir a quien comete el seppuku, decapitándolo para así evitar la agonía que implicaba el corte que el suicida realizaba en su vientre.

3.- Mil gracias a todos/as quienes siguen esta historia y que siguen esperando actualizaciones y perdonando a esta autora por sus constantes retrasos en actualizar. A quienes comentaron el capítulo pasado: A HinamoriLu,Anngel (Continuaré, lo prometo pero quiero que sepas que siento un amor incondicional por los gatos, aunque sean malhumorados, así que eso no servirá de amenaza conmigo ;) Prometo que continuaré con la historia y gracias por comentar), lumlummamba, , AbiTaisho, nancyriny (X2), Miztu of the moon, IramAkane, hnaomi, RutRosales (Gracias por tus palabras, prometo que no abandonaré mis historias pero últimamente debo tomarme mi tiempo para escribir porque muchas veces las responsabilidades le ganan a los deseos de escribir, así que espero pronto retomar un ritmo más fluido. Sólo puedo prometer que terminaré este viaje que empecé hace tanto tiempo atrás. Un abrazo y nuevamente gracias por tus palabras), Fleuretty, Ginny chan, jfer calvomeneses, Faby Sama, Ishi-24, nancyricoleon, Nicolle Romeaux, pataisho (X2. Gracias por tus palabras, prometo no dejar la historia… al menos no por mucho tiempo. Un abrazo y gracias), Escarlatta, Nube Escarlata, Sailor-chan, kat saotome (Gracias por tus palabras. Un abrazo a la distancia), Vernica, Chat'de'Lune (X2. Gracias por tus comentarios, siempre que los leo me dejan con una sonrisa en los labios y la energía necesaria para seguir adelante. Así que gracias por dejarme saber tu opinión sobre lo que escribo, y gracias por leer. Un abrazo a la distancia), Penbagu (Muchísimas gracias por tus palabras, es bonito saber que esta historia haya servido para que te motivaras a escribir. Un abrazo y gracias por leer), cindy (Muchas gracias por tan lindas palabras. Pues no, ya lo prometí, no abandonaré la historia, sólo les pido que tengan un poquito de paciencia. Muchísimas gracias por leer y por comentar. Saludos y un abrazo), Bondo Murasaki, Auri22, nenis (Gracias por tu comentario y prometo no abandonar este fic. Un abrazo), Esmeralda Saotom (Gracias por tu comentario. No abandonaré este fic, lo prometo. Y respecto a tu pregunta la respuesta es no, este fic no está copiado de ninguna parte pues no me gusta mucho la idea de las adaptaciones; la idea nació de las tantas novelas históricas que me gusta leer y hace tiempo me propuse como desafío llevar a cabo un escrito ambientado en una época remota, sólo eso, el resto es invención mía. Muchísimas gracias por comentar y espero que te siga gustando esta historia), AKKASE-RAINDA, hitoki-chan, a algunos anónimos y a quienes me han escrito al mail, muchísimas gracias a todos/as por comentar, por seguir esperando las actualizaciones, por detenerse a escribir algunas palabras y por alentarme a continuar con este proyecto, de corazón, muchas gracias.

4.- Bien, dejo esto hasta acá y una vez más prometo volver con esta historia, no sé cuándo (espero que pronto), pero sí prometo volver.

Un abrazo y buena suerte para todos/as.

Madame…