- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.
El salvaje caballo bajo un cielo escarlata
"De no estar tú
Demasiado enorme
Sería el bosque".
Capítulo XXIV
"Quién salvará" parte II
Sabía que la hora final estaba cerca. Muy pronto conocería el destino que los dioses tenían preparado tanto para mí, como para mis acompañantes y para todas las personas que vivían en el dominio de mi esposo.
Lentamente comprendía que la jugada que pensaba realizar sería decisiva para conocer el destino de todos nosotros y me preocupaba el que a último momento tuviera que tomar una decisión que pudiera afectar a quienes más quería, sin embargo, ya nada podía hacer para cambiar los planes y retractarme de enfrentarme cara a cara con el enemigo de mi esposo. Todo había sido dispuesto y avanzábamos lentamente a su encuentro con el fin de realizar y desplegar mi estratagema para detener aquella cruenta guerra sin sentido. Yo lo había dispuesto así y había luchado contra todos en el castillo para lograr concretar mis planes, ahora no podía arrepentirme, sólo me quedaba avanzar y esperar un desenlace favorable.
Al momento de hacer abandono del castillo de Nerima, me vi envuelta por un sentimiento de angustia tan grande que pensé que no podría llevar a cabo mi arriesgada acción. Afortunadamente, mi anciana nodriza se percató de ello y me transmitió todo el apoyo que yo necesitaba al posar una de sus delgadas y arrugadas manos en mi antebrazo. Sonreí ante aquella muestra de cariño y comprensión, para luego montar a lomos de mi caballo. Mis acompañantes hicieron lo mismo y pronto emprendimos la marcha al lugar escogido por el señor de Seisyun para nuestro encuentro.
La comitiva era pequeña y compuesta por personas de mi absoluta confianza. El anciano Happosai había insistido en acompañarnos para tomar el lugar dejado por el comandante Hibiki, puesto que decía que a tal reunión debía concurrir alguien a quien el enemigo reconociera como cabecilla de los guerreros Saotome y el anciano no dejaba de tener razón. Con el señor Hibiki malherido y el señor Daimonji muerto, era lógico pensar en Happosai para ocupar ese rol, así que luego de dejar el castillo a cargo de uno de los consejeros más respetados del clan, Happosai se había incorporado a nuestra escueta comitiva. El extranjero Muzu y el monje Shinnosuke se habían unido también a mis acompañantes; Cologne, así como Ukyo eran las únicas mujeres que me acompañaban a pesar que los hombres hubieran manifestado su preocupación y malestar con ese hecho, pero yo necesitaba tenerlas cerca, sobre todo a Ukyo, ya que ella era parte fundamental en mi estrategia y solo ella y Cologne conocían el plan que íbamos a desplegar en su total profundidad.
El resto de la comitiva la componían una treintena de guerreros, entre ellos, Daisuke, el fiel guerrero que me acompañaba desde Kioto quien también quiso unirse con algunos de sus hombres para honrar la promesa que le había hecho a su amigo y quizá el más fiel de mis guerreros, Hiroshi, quien había caído en la última batalla. Confieso que sentí mucho pesar cuando Daisuke me relató los hechos de cómo había muerto Hiroshi y me entregó la espada del guerrero para mantener vivo su recuerdo, aunque yo sabía que no necesitaría de una espada para recordar el valor y la hidalguía demostrada por aquel joven; no, el recuerdo de Hiroshi me acompañaría por lo que me quedara de vida, había dado su vida por su señora, había muerto por mi causa… así como tantos otros. No podía olvidarlo, ni a él, ni al señor Daimonji, ni a ninguno de los guerreros Saotome que habían muerto por defender el dominio; estaba agradecida con todos ellos, pero también odiaba que hubieran tenido que morir dejando a sus familias sin el consuelo de verles una última vez por los mezquinos deseos de un hombre que se había obsesionado con destruir todo lo que mi esposo amaba.
Así avanzamos lentamente, emprendiendo el viaje mucho antes de la salida del sol. Durante la noche había ido a visitar al señor Hibiki encontrándome con la conmovedora escena que permanece vívida en mi memoria. Mi fiel doncella permanecía con sus ojos cristalizados por las lágrimas contenidas, sentada al lado del guerrero, tomando firmemente una de las manos de él entre las suyas mientras velaba su sueño intranquilo a la luz de una pequeña lámpara. Me impactó tanto aquella imagen que no quise molestar y decidí informarme por Tofu del estado de salud real del comandante Hibiki; el médico me confirmó que su condición era bastante delicada y de mucho cuidado, pero que tenían esperanzas que pudiera sobrevivir, aunque no quiso asegurar nada. Luego, Ukyo me alcanzó y me comunicó que estaba lista para desarrollar su papel en mi plan, pero sabía que para eso debía descansar, así que tristemente avanzó a mi lado hacia mi pabellón en donde me esperaban el resto de mis doncellas y mi nodriza.
En silencio y mientras caminábamos hacia mis aposentos, elevé una oración por mi doncella, para que los dioses le dieran la fuerza que necesitaba para soportar la carga que debía significar el sacrificar permanecer con el hombre que amaba por cumplir con su deber; elevé una oración por el señor Hibiki, para que todos los pronósticos de los médicos se cumplieran y pudiera sanarse para compartir una vida plena al lado de aquella mujer que lo amaba más de lo que podía demostrar en público y elevé una oración para que los dioses me ayudaran a concretar mi plan y así poder terminar con esta guerra de una vez por todas.
Al llegar a mi pabellón y justo cuando hacíamos ingreso a éste, pude recordar las palabras de Tofu, y la angustia volvió a apoderarse de mi corazón. Él había utilizado la palabra esperanza… kibō, esperanza, el nombre con el que mi esposo había llamado a su katana y entonces me pregunté en dónde estaría Ranma, qué estaría haciendo, acaso estaría enterado de todo lo que estaba sucediendo en su dominio… acaso había una esperanza para mí también de reencontrarme con él y vivir a su lado nuestro amor.
Me obligué a serenarme y con fingida seguridad observé desde la puerta de la habitación los semblantes abatidos de mis doncellas, las cuales se encontraban acurrucadas una abrazada a la otra en un rincón de la habitación. Cologne se encontraba sentada sobre sus rodillas puliendo un arma que identifiqué como un pequeño puñal y entonces me comentó que había tenido que explicarles a las dos muchachas nuestros planes para la mañana siguiente, eso explicaba el comportamiento temeroso y acongojado de ambas chicas. Avancé hacia ellas y esbozando la sonrisa más amable y sincera que pude fingir, me acerqué para acariciar sus rostros como lo haría una madre con sus pequeñas hijas. Las muchachas se arrojaron a mis pies casi al mismo tiempo, derramando abundantes lágrimas; me acuclillé junto a ellas e hice que levantaran sus rostros, luego les pedí que me dieran un abrazo a lo cual ellas no se negaron, así permanecimos hasta que Ukyo les hizo ponerse en pie y les solicitó suavemente que le ayudaran a cambiar mis ropas; debíamos descansar, yo lo sabía y agradecí el gesto de mi amiga con una sonrisa. Entre las tres cambiaron mis ropas por una yukata para dormir. Cuando se disponían a salir de la habitación, les solicité que permanecieran conmigo, las tres chicas miraron a mi nodriza pidiendo su aprobación y ella sólo asintió en silencio, para luego declarar que las cuatro podíamos dormir, que ella permanecería velando nuestro sueño y nos avisaría cuando llegara el momento de partir.
Así fue mi última noche en la precaria seguridad que todavía me otorgaba el castillo de Nerima. La despedida de las dos chicas que quedaron atrás fue triste y silenciosa, en el fondo, creo que a pesar de lo atolondradas que pueden llegar a ser, ambas muchachas saben que quizá nunca más volverán a ver a su señora.
Ahora me encuentro a mitad de camino en dirección a mi encuentro con el enemigo, montada en mi caballo blanco y vistiendo una armadura que se me hace cada vez más incómoda. Ya pasamos el puente y las barricadas que habían construido los guerreros Saotome. En el campamento que dejamos atrás, los guerreros no pudieron ocultar su asombro al ver pasar la comitiva frente a sus ojos, pero bastó una severa orden de Happosai a dos de los generales para que estos detuvieran a los curiosos y los obligaran a permanecer descansando en el precario campamento que habían armado a las afueras de la ciudad.
En el campo de batalla, el olor a la sangre es penetrante y todavía se pueden apreciar algunos cuerpos que no han sido recuperados. Hombres abandonados a su suerte, jóvenes que no tuvieron fortuna al enfrentarse al enemigo, padres de familia que encontraron la muerte en una cruenta batalla, abuelos que no podrán contar otra de sus hazañas a sus nietos… Hombres que murieron defendiendo sus ideales de un despreciable señor de la guerra obsesionado con obtener lo que no le pertenece.
Así, seguimos avanzando sin descanso porque yo así lo ordené y aunque obtuve algunos reclamos por parte de los ancianos al tratar de explicarme que debía descansar y comer, no quise obedecerles y les obligué a seguir el camino; si alguien sentía hambre, bien podía alimentarse sobre el caballo. Habíamos ingresado recién a la segunda hora del gallo cuando pude ver en lontananza a otro grupo liderado por algunos jinetes y muchos guerreros de a pie, acercándose hacia nosotros; eran numerosos y demasiado organizados para que se tratase de una pequeña comitiva como la que yo llevaba.
El galope de un solitario caballo me alertó, pero luego me percaté que se trataba del extranjero quien venía galopando en sentido contrario al que nosotros nos dirigíamos. Nos detuvimos a la salida del bosquecillo que nos rodeaba e interrogué con la mirada a Happosai, quien iba a mi lado y el viejo frunció el ceño antes de contestar.
-Envié al extranjero como explorador, seguramente trae alguna noticia interesante.
Cologne asintió en silencio y luego soltó una risa ahogada.
-No hay que ser muy sagaz para entender lo que pasa allá –dijo indicando con su bastón el lugar en donde se divisaba la gran masa de guerreros-, el muy idiota nos tendió una buena trampa esta vez. Debimos suponer que no se atrevería a venir solo.
Me inquietaron sus apreciaciones, porque eso quería decir que debía cambiar mi estrategia, modificarla en el último momento y haciendo algo que solo quería llevar a cabo de encontrarme en una situación desesperada. Suspiré, ahora mismo me encontraba en una situación desesperada.
Finalmente el extranjero llegó a nuestra altura y detuvo su caballo de manera impecable, el animal relinchó y movió su cabeza un par de veces.
-El muy idiota avanza acompañado de una parte de sus guerreros, Happosai –comunicó alzando la voz.
-¿Cuántos son aproximadamente? –escuché preguntar al chambelán a mi lado.
-Diría que por lo menos unos cien o quizá doscientos, la mayor parte de los guerreros se moviliza de a pie, sólo conté unas veinte monturas –contestó Muzu dirigiéndome una mirada preocupada.
-Doscientos contra treinta –murmuró Happosai negando con un movimiento de cabeza.
-¿Estás seguro que la caballería no le acompaña? –preguntó Cologne.
-Completamente seguro –afirmó el hombre.
Sostuve firmemente las riendas de mi caballo y le di un suave golpe en el ijar derecho indicándole que debía voltear.
-Cambiaremos el plan inicial –dije con convicción observando de frente a los dos ancianos-. Considerando que estamos en desventaja numérica y que muy probablemente el señor de Seisyun quiera capturarnos a todos, desarrollaré una jugada que él no se espera.
-¿Qué quieres hacer, niña? –preguntó Cologne sin poder ocultar su preocupación.
-Algo que lo sorprenderá –contesté con firmeza-, pero para eso necesito de la ayuda de todos, especialmente la de Ukyo.
-¿Qué pretendes hacer, Akane? –insistió mi nodriza.
-Ya lo sabrás –le dije espoleando a mi caballo para que avanzara un poco más atrás, en donde se encontraba mi doncella montada en un caballo bayo.
Reuní a mis más cercanos y les comuniqué mis nuevas órdenes; por supuesto, los dos ancianos se negaron desde el primer momento cuando conocieron mi idea; el extranjero, aunque reticente, aceptó ayudarme a llevar a cabo mi estrategia; el monje guerrero trató de disuadirme, pero no lo consiguió y finalmente acabó por aceptar; Daisuke también se opuso, pero luego comprendió que la estrategia podía dar resultado, así que comenzó a repartir órdenes a los guerreros que nos acompañaban puesto que de ellos dependería la eficacia de lo que pretendía hacer; finalmente Ukyo, con la altivez que la caracterizaba y demostrando un valor digno del más renombrado guerrero, aceptó mi idea y fue la primera en ocupar su lugar.
Así, la comitiva fue reorganizada para encontrarse con nuestro enemigo. Encabezaban el grupo Muzu y el monje Shinnosuke acompañados por seis guerreros; tras ellos permanecían Happosai y Cologne; luego, yo y Ukyo; cerrando la comitiva se había dispuesto al resto de los guerreros comandados por Daisuke.
-¿Estás segura de esto, Akane? –preguntó en voz baja mi doncella.
-Si no resulta, de igual modo acabarán con todos nosotros.
-No se atreverá a matar a su prometida –comentó mi doncella.
-Quizá –contesté observando los estandartes del clan Kuno flamear a la distancia-, o quizá sí lo haga, recuerda que su prometida se entregó a su peor enemigo y eso significa una grave afrenta para cualquier daimyō.
-Hum –dijo observando hacia adelante en donde se distinguían vagamente las figuras de los guerreros del clan Kuno-. Se llevará una gran sorpresa.
-Esperemos que no lo descubra hasta que sea demasiado tarde para él.
La comitiva permaneció a la salida del bosquecillo porque el chambelán así lo ordenó. Luego, Happosai avanzó al galope hacia donde se encontraba el señor de Seisyun junto a sus acompañantes. El viejo chambelán trataría de hacer que el señor Kuno avanzara hacia nosotros acompañado de pocos guerreros.
Esperamos bastante hasta que pudimos ver movimiento a los pies de la colina en donde permanecía la numerosa comitiva del enemigo y entonces pudimos apreciar que el viejo chambelán lo había conseguido, ya que una pequeña escolta de no más de quince hombres acompañaban un palanquín en donde supuse viajaba mi hermana y al que presumiblemente se trataba del señor de Seisyun, montado en un caballo bayo.
No pude evitar sonreír al observar la escena que cada vez se hacía más nítida ante mis ojos a medida que la comitiva avanzaba.
-Viejo astuto –escuché que decía mi doncella, yo sólo pude asentir.
-¿Estás preparada, Ukyo? –pregunté.
-Sí, mi señora, lo estoy –dijo con convicción.
-Entonces, empecemos con la representación –dije para luego voltear un poco y dirigirme a Daisuke-. Pase lo que pase, Daisuke, sabes lo que tienes que hacer.
-Sí, mi señora –contestó el joven inclinando su cabeza en una semi reverencia-, el objetivo principal es el señor de Seisyun y tu hermana.
Asentí en silencio y volví a mirar al frente. Ya sólo nos separaban unos doscientos pasos del enemigo, así que le indiqué a mi doncella que debíamos avanzar. Cologne se puso al lado de Ukyo y me regaló una sonrisa al tiempo que realizaba una reverencia. Mi corazón latía rápido en mi pecho y mis manos se humedecían al sostener las riendas de mi caballo; me obligué a serenarme puesto que no serviría de nada que los nervios dominaran mis acciones.
El hombre del caballo bayo se detuvo justo frente al extranjero y al monje que resguardaban la avanzada del pequeño grupo que me acompañaba. Pude apreciar que era un hombre atractivo, de cabellos castaños y tez blanca, aunque sus ojos destilaban desprecio y vanidad; venía finamente vestido con su armadura, pero sin el kabuto ni la nodowa. A su lado divisé a un hombre pequeño en estatura y de mirada sagaz que observó directamente hacia nosotras, como si quisiera descubrir algo anormal. Bajé la mirada tratando de fingir respeto por ese señor de la guerra y entonces escuché que se dirigía a mis hombres.
-Ya estoy aquí –dijo con arrogancia-, vengo en busca de lo que se me prometió para pactar una tregua.
Happosai se puso a la altura de nosotras y luego contestó.
-¿Debo entender que el señor de Seisyun dejará de atacar el dominio de Nerima si la dama Akane se entrega libre y voluntariamente para cumplir el pacto hecho con su majestad imperial?
-Eso es correcto –contestó el hombre que se encontraba al lado del señor Kuno-. Mi señor ha decidido abandonar la lucha por esta vez a cambio de su verdadera prometida.
-¿Quién nos asegura que una vez obtenga lo que quiere no seguirán las hostilidades, señor Sarugakure?
-¿Desconfías de mi palabra, Happosai? –se adelantó en contestar el señor de Seisyun, omitiendo el dirigirse al chambelán con el respeto que el anciano había utilizado hasta ese momento.
-De ninguna manera, señor Kuno –respondió el chambelán-, sólo pienso que es verdaderamente extraño que un señor de la guerra se conforme con este intercambio, cuando sabe que puede obtener mucho más.
El idiota no pudo ocultar una sonrisa de triunfo al escuchar las palabras del chambelán, gesto que delató sus verdaderas intenciones ante los ojos de los que habíamos puesto atención. Nadie dijo nada pero estoy segura que todos los que estábamos allí nos percatamos de ello: el señor de Seisyun estaba haciendo una falsa promesa y una vez que obtuviera a su prometida, seguiría con sus hostilidades. Hice una seña a Ukyo que ella entendió de inmediato, ya veríamos si el muy despreciable lograba concretar sus planes.
-Señor Happosai –escuché decir a mi doncella con aplomo y total dignidad-, me parece que ya es tiempo de terminar con todo esto. El señor Kuno desea que su prometida haga abandono de Nerima y rechace la unión pactada con el señor Saotome para pactar una tregua entre los clanes, sea pues –se interrumpió para observar la reacción del señor de Seisyun, éste sonreía y la observaba con admiración. Entonces supe que el idiota había caído en la trampa gracias a la impecable suplantación de Ukyo-, a cambio y como le hice saber en mi misiva, deseo que mi hermana Nabiki permanezca en Nerima hasta que pueda regresar a Kioto.
-¿Eres tú mi prometida, Tendo Akane? –preguntó el hombre sin poder ocultar la alegría en su tono de voz.
-¿Acaso lo pone en duda, señor Kuno? –contestó mi doncella con otra pregunta-. Soy yo, Tendo Akane, quien por una lamentable equivocación terminó desposándose con el señor de Nerima, pero estamos aquí para enmendar ese error.
-Realmente los rumores eran ciertos, Sasuke –dijo el enemigo de mi esposo-, a pesar de cargar con esa tosca armadura, mi prometida es la mujer más bella que he tenido ocasión de ver.
Bajé de mi caballo haciendo una señal para que mis cercanos hicieran lo mismo, era hora de ejecutar mi plan. Ukyo lo entendió de inmediato y siguió con su impecable interpretación.
-¿El señor Kuno no piensa escoltarme hasta el palanquín? –preguntó con delicadeza.
Fue como si aquel hombre hubiera caído en un hechizo de voluntad, puesto que bajó del caballo rápidamente, seguido por el hombre llamado Sasuke y se acercó a mi doncella. Ella retrocedió unos pasos y mi nodriza se interpuso entre ambos. El estúpido individuo además de idiota estaba demostrando ser demasiado impulsivo. Sonreí.
-Señora Tendo –murmuró.
-Ante todo, el señor de Seisyun debe cumplir los acuerdos –dijo Ukyo con firmeza-. Mi hermana Nabiki, quiero verla.
El hombre hizo una señal con su mano y dos de sus hombres bajaron de sus monturas para luego dirigirse al palanquín. La lona fue abierta y del interior bajó mi pálida y delgada hermana mayor.
-Tu hermana, señora Tendo –dijo el señor Kuno cuando Nabiki llegó a nuestro lado.
Ukyo no dejó que mi hermana dijera una palabra y se abalanzó a abrazarla.
-Mi querida hermana –le dijo ante el estupor de Nabiki-, qué bueno volver a verte.
Nabiki me observó sorprendida, pero pronto recuperó la compostura. Estoy segura que si bien no sabía qué estaba pasando, iba a fingir tal y como lo hacíamos nosotras.
-Me alegra mucho verte, Akane –le dijo a mi doncella.
-Ya cumplí mi parte, ahora debemos irnos, señora Tendo –dijo el señor Kuno-. Quiero que conozcas mi castillo y que pronto te desposes con quien estás prometida.
Ukyo me miró y yo asentí en silencio.
-Ve al castillo de Nerima, hermana –dijo Ukyo abrazando nuevamente a Nabiki-. Nuestra hermana mayor te espera allá.
Me acerqué lo que más pude a ellas dos con el pretexto de ayudar a la falsa Akane y aproveché para susurrarle una indicación a mi hermana.
-Quédate atrás Nabiki, monta con uno de los guerreros de la retaguardia y dile que te lleve a Nerima –ella quiso preguntar algo, pero yo la interrumpí-. No hables.
Obedeció y supe que había llegado el momento de actuar.
-Mi señora –dije haciendo una reverencia.
Ukyo tomó mi antebrazo y yo la ayudé a avanzar por el inestable terreno enlodado. Ella debía fingir ser una joven delicada e indefensa y lo hizo a la perfección. Muzu y Shinnosuke se acercaron lentamente y sin levantar sospechas hacia donde se encontraba el señor de Seisyun y cuatro de sus acompañantes, entre ellos, el hombre bajito de nombre Sasuke.
Cuando estábamos a no más de cuatro pasos del señor Kuno fue cuando decidí que había llegado por fin el momento de desplegar mi plan.
-¡Ahora! –grité con todas mis fuerzas.
Los guerreros sacaron sus armas, Ukyo retrocedió y Cologne le lanzó su naginata que fue capturada por la joven en el aire, yo saqué mi katana y en menos de lo que pensé, tenía a uno de los guerreros Kuno luchando contra mí. Los hombres del señor de Seisyun reaccionaron rápido al sorpresivo ataque nuestro y pronto estaban rodeando a su señor para defenderlo, ya que él parecía no salir de su estupor.
Nos enfrentamos a ellos; los sables silbaban y entrechocaban con los del enemigo, uno de mis hombres se enfrentó al guerrero que luchaba conmigo y me di el tiempo para observar hacia atrás con el fin de asegurarme que mi hermana hubiera huido del lugar y la vi alejarse acompañada de uno de mis guerreros, me di la vuelta para ayudar en la pequeña escaramuza y sentí un dolor punzante en mi costado izquierdo, más debajo de mis costillas donde la armadura no cubría mi cuerpo. El guerrero del clan Kuno sonreía cuando lo vi desvanecerse debido a la impecable estocada que recibió de uno de los guerreros Saotome.
-¡Ríndanse o el señor de su clan muere en este mismo momento! –escuché que gritaba Muzu.
-¿Te encuentras bien, mi señora? –me preguntó mi salvador.
Asentí evitando demostrar el dolor que sentía en aquel momento.
-Sí, estoy bien –respondí viendo cómo los guerreros Kuno dejaban caer sus sables uno a uno. Muzu tenía al señor de Seisyun atrapado con uno de sus brazos por el cuello y con el otro sostenía una daga corta que ejercía presión en el cuello del asustado daimyō. A su lado, el monje Shinnosuke amenazaba con cortar el cuerpo del daimyō en dos con su afilada katana.
-Ese hombre te hirió –insistió el guerrero que me había salvado-, yo vi cuando su katana…
-No es nada –le interrumpí-, sólo una herida menor. No te preocupes. Ahora debemos apresurarnos.
El guerrero obedeció con reticencia y se acercó a Muzu para intimidar aún más al señor de Seisyun y su comitiva.
Aproveché el momento para palparme el costado y mis dedos se humedecieron con mi propia sangre. No sabía si la herida era profunda, pero eso no me iba a detener, debíamos volver a Nerima con nuestro prisionero y parapetarnos en el castillo. Luego, enviaríamos una nueva misiva a territorio Seisyun para pactar una tregua definitiva ante algún juez garante que bien podía ser el shōgun o el mismísimo emperador. Ése era el plan y sólo si se cumplían las condiciones exigidas entregaríamos al señor de Seisyun.
-Nos llevaremos a su señor como rehén –declaré con decisión ante los allí presentes-. Si no quieren que tan importante daimyō muera ahora, tendrán la gentileza de no seguirnos y esperarán en su dominio nuestras condiciones, de lo contrario, yo misma acabaré con su miserable vida.
-¡Una sirvienta amenaza la vida de un señor de la guerra! –exclamó el individuo llamado Sasuke.
-Me temo que cometes un grave error, consejero –contestó Happosai sin poder evitar el tono risueño de su voz-. Estás dudando de la señora Saotome, esposa del señor de Nerima y primera cabeza del clan en ausencia de su esposo. Le debes respeto.
-¿Ella es… Tendo Akane? –preguntó el señor de Seisyun todavía prisionero por mis hombres.
-¡Un excelente plan desempeñado a la perfección por la señora Saotome y su doncella!, ¿no le parece así al señor Kuno? –se burló el chambelán.
-¡Basta ya! –exclamé con impaciencia, debíamos darnos prisa si queríamos que nuestro plan surtiera el efecto deseado-. ¡Daisuke, ya sabes qué hacer!
El joven asintió y se acercó junto a dos de sus hombres al señor de Seisyun, lo amarraron de pies y manos y luego lo subieron al caballo que el propio daimyō había utilizado para reunirse con nosotros. El hombre no paraba de gritar y amenazar, así que Daisuke tomó la sabia decisión de amordazarlo. Los dos guerreros que habían hecho el trabajo llevaron al señor de Seisyun a la avanzada y comenzaron el trayecto rápidamente convirtiéndose en sus custodios. El resto de los hombres comenzaron a amarrar de pies y manos a los guerreros Kuno para evitar que corrieran alertando a la comitiva que había quedado atrás y luego tomaron por la brida a los caballos de los guerreros Kuno para evitar que de poder soltarse de las amarras, los guerreros regresaran rápido al lugar en donde esperaba el resto de ellos y así, ganar tiempo a nuestro favor, luego se formaron para comenzar con lo que suponíamos sería una loca carrera hacia territorio Saotome. No sabíamos si los guerreros Kuno tratarían de seguirnos con los doscientos hombres que llevaban o tal vez querrían esperar a que se les uniera el resto del ejército, sólo sabíamos que era muy probable que quisieran recuperar a su señor, sin esperar a cumplir las condiciones que yo les había impuesto. Era un riesgo que debíamos correr.
Los demás montamos sobre nuestros caballos y Happosai se encargó de amenazar al asustado consejero del clan Kuno y asegurarle que si no hacía lo que la señora de Nerima había exigido, el señor de Seisyun pagaría con su vida por el atrevimiento.
La herida en mi costado me dolía y punzaba, pero bajo la armadura pasaba casi desapercibida y yo sabía que si alguien de mis acompañantes se enteraba de la situación, no me dejarían cabalgar y de ser así, pondríamos en riesgo no sólo el desarrollo de nuestro plan, sino también nuestras vidas.
Así avanzamos, dejando a la pequeña comitiva del señor de Seisyun atrás, amarrados de pies y manos y gritando improperios contra mi esposo y el clan. Avanzamos galopando a la mayor velocidad que nuestras monturas fueron capaces de correr, pronto le dimos alcance a los guerreros que llevaban al señor de Seisyun y ellos nos siguieron el ritmo.
Finalmente y a lomos de mi blanco caballo me puse a reflexionar. Había salido todo muy bien para nosotros, demasiado bien para estar tranquila. Me pregunté qué pasaba con los guerreros Kuno, pues estaba convencida que ellos tratarían de darnos alcance y eso aún no pasaba. No podía negar que me preocupaba esa actitud de los hombres de Kuno porque quizá era muy probable que ya se hubiesen enterado de lo sucedido y estaban planeando un ataque de mayor envergadura el cual no sabía si podríamos repeler con nuestras mermadas fuerzas de ataque. Si el estúpido señor de Seisyun no servía de moneda de cambio, entonces ya nada podría detener la destrucción del dominio de mi esposo.
El dolor se hacía más y más intenso a medida que avanzábamos y tal vez fue por eso que mi mirada se nubló haciéndome perder el control sobre mi caballo; el caballo corcoveó y si no hubiese logrado abrazarme a su cuello, éste me hubiese dejado caer. Sentí que alguien tomaba las riendas de mi montura, escuché que Shinnosuke ordenaba detener el avance y luego sentí el tacto de una mano en mi frente. Yo estaba haciendo un esfuerzo por mantenerme consciente, pero claramente no lo estaba consiguiendo.
-Está ardiendo –escuché que mi nodriza murmuraba.
-Uno de los hombres me dijo que había visto que atacaban a la señora Saotome –dijo el monje-. Me dijo que su herida no era de gravedad.
-¿Qué herida? –preguntó Happosai.
-Uno de los guerreros Kuno la hirió… -contestó una voz desconocida para mí, seguramente el guerrero que había acabado con mi atacante.
-En el costado –complementó mi nodriza y pude sentir que me tocaba la zona de la herida.
Mi cuerpo se tensó ante el tacto de Cologne y me obligué a levantar la cabeza y abrir mis ojos.
-Estoy bien –dije con dificultad-. No es nada grave.
-Ella no puede seguir cabalgando hasta el castillo, perderá más sangre y al parecer, ya perdió mucha –escuché que decía el extranjero.
-Estoy bien –insistí tratando de enfocar mi mirada en él.
-¿Qué haremos? –dijo Cologne tocando nuevamente mi rostro mientras trataba de estabilizarme sobre el caballo.
-Debemos encontrar un lugar y detenernos –contestó Happosai.
-No –dije con obstinación-. Yo puedo… puedo seguir adelante, no pondré… en riesgo nuestra…
-¡Por una vez calla y obedece, Akane! – me regañó Cologne.
Vi la mirada preocupada de la anciana, vi los ojos llorosos de Ukyo quien no había dicho una palabra, y vi el semblante temeroso de Happosai y Shinnosuke, y entonces entendí que el asunto era grave.
-Señor Happosai –dijo Muzu-, estamos llegando a la ciudad, debemos encontrar una casa para que la señora Saotome descanse hasta que puedan enviar a un médico desde el castillo. Si me lo permites, la llevaré al pueblo, de lo contrario, sabes que pondremos en riesgo su vida si sigue cabalgando en esas condiciones.
-¿Sugieres que nos separemos?
-Eso mismo –contestó.
-Creo que será lo mejor, ¿tú qué opinas, Cologne?
-No me gusta la idea de quedarnos fuera del castillo, pero creo que es lo más apropiado, ella no está bien y debemos revisar esa herida para que pueda descansar.
-Entonces, ustedes la acompañarán junto al extranjero y el monje, yo regresaré al castillo para controlar la situación y enviaré a los médicos a donde me indiquen. Llévense a la mitad de los hombres, no creo que yo necesite mucha custodia para mantener calmado al insolente señorito que va adelante.
Las voces me llegaban desde muy lejos, apenas podía distinguir las palabras que decían y de pronto, me vi alzada desde mi montura, mientras alguien acomodaba delicadamente mi cuerpo entre sus brazos.
-Vamos, debes resistir, mi señora –escuché que decían cerca de mí.
No logré distinguir quién había dicho esas palabras, sólo sabía que había sido una voz masculina; no logré distinguir el rostro del jinete cuando traté de abrir mis ojos al sentir que nos poníamos en movimiento nuevamente; no logré escuchar nada más a mi alrededor… y tampoco supe en qué momento cerré mis ojos y todo a mi alrededor desapareció en la más absoluta y completa oscuridad.
Ya había pasado demasiado tiempo desde que el señor de Seisyun junto a un puñado de hombres se había separado del grueso de la comitiva y el comandante de los guerreros Kuno comenzaba a sospechar que algo no andaba bien en aquella extraña reunión.
El señor de Seisyun lo había obligado a esperarle junto a sus hombres, ya que había dicho que sería un encuentro corto y que no necesitaba más escolta que la de unos quince hombres para hacer entrega de la mercancía en la que se había convertido Nabiki Tendo y volver al castillo con su verdadera prometida.
Así fue que se habían separado y ahora, él se encontraba inquieto; había visto movimiento en la lejanía, pero no había logrado distinguir lo que sucedía puesto que sólo había visto sombras moverse de un lado a otro. Decidió esperar un poco más hasta que no fue capaz de seguir haciéndolo y luego de impartir algunas órdenes a sus hombres, avanzó al galope acercándose hasta el lugar en donde se había realizado el encuentro con el enemigo.
Su sorpresa fue grande cuando pudo divisar el palanquín que llevaba a Nabiki Tendo abandonado por los porteadores y a todos los hombres que habían acompañado al señor de Seisyun, amarrados y tirados en el suelo enlodado. Los caballos no estaban y unos cuatro hombres permanecían inmóviles con sus cuerpos ensangrentados. No había que ser muy astuto para darse cuenta de lo que había sucedido en aquel lugar y a Taro le bastó una mirada para comprender que todo ese famoso encuentro se había tratado de una trampa en la cual su estúpido señor había caído.
Bajó de su caballo de un salto y entre los gritos y exigencias de ayuda que expresaban sus propios hombres maniatados, buscó con la mirada al estúpido daimyō a quien estaba obligado a servir, pero no lo divisó por ningún lado. Entonces se acercó al pequeño consejero de su señor quien se removía de un lado a otro en el suelo como si se tratase de un gusano, haciendo un esfuerzo por soltarse de sus ataduras; se acuclilló junto a él y con una daga pequeña, cortó las amarras del hombre y le obligó a sentarse.
-¿Qué pasó, Sarugakure? –exigió saber.
-¡Era una trampa! –Exclamó el atribulado consejero-¡Nos tendieron una trampa!
-Eso resulta obvio –acotó el guerrero-. ¿Dónde está tu señor?
-Se lo llevaron. Los Saotome lo capturaron y se lo llevaron de rehén, debemos ir a rescatarlo –dijo el consejero poniéndose de pie para liberar al resto de los hombres-. ¡Qué esperas, Taro! ¡Deben ir muy lejos!
El comandante de los guerreros Kuno soltó una risita burlona que prontamente se convirtió en una sonora carcajada. Así que ése era el plan oculto de los Saotome, llevarse al señor de Seisyun para exigir el fin del conflicto. Una jugada muy astuta puesto que era sabido que un dominio sin su señor carecía de fortaleza.
-¿Qué te sucede, imbécil? –Reprochó Sasuke-. No es gracioso que tu señor haya sido capturado por el enemigo.
-Lo gracioso es que tú no hayas podido descubrir las intenciones del enemigo, Sasuke –contestó sin dirigirse al consejero por su apellido y todavía sonriendo-. Estoy seguro que Gosunkugui hubiera sospechado de la actitud de los hombres del bastardo.
-No me compares con ese traidor y ayúdame a soltar a los hombres para ir tras...
-No iremos a ningún lado, Sasuke –dijo Taro poniéndose de pie con un semblante totalmente serio.
Sasuke lo observó desde el suelo y dejó de prestarle ayuda a los guerreros del clan. Los hombres que ya había soltado se apresuraron en ayudar a sus compañeros y Sasuke se puso en pie para enfrentar al hombre que permanecía mirando en lontananza con una media sonrisa en el rostro.
-¿Estás loco? –cuestionó-. ¡No podemos dejar que el señor Kuno se convierta en moneda de cambio! ¡Debemos rescatarlo!
-¿Qué crees que pasará cuando el resto de esos estúpidos daimyōs se enteren que el señor de Seisyun fue capturado por los Saotome?
-Yo no lo sé, ellos pueden hacer lo que quieran. Yo sólo sé que debemos ir por el señor Kuno porque…
-Esos imbéciles nos quitarán su apoyo, Sasuke –le interrumpió observándolo con severidad-. Sabes que un dominio sin su señor es una presa fácil para otros clanes, ¿crees que no aprovecharán la oportunidad?
-Yo…
-Antes de ir tras tu estúpido amo, debemos asegurarnos de seguir contando con el apoyo de nuestros aliados y luego, señor Sarugakure –se interrumpió para sonreír malévolamente-, luego arrasaremos con todo Nerima… y recuperaremos a tu señor –escupió con desprecio.
-¿Será que es un buen plan?
-Es el único que tienes –dijo amenazándolo con la mirada-. Déjamelo a mí, convenceré a esos idiotas y en la madrugada partiremos hacia Nerima… y esta vez no dejaremos piedra sobre piedra.
Sasuke se quedó observando el semblante decidido del guerrero que tenía en frente y no le gustó lo que reflejaba esa mirada. El experimentado consejero pudo identificar la codicia que expresaban los ojos del mandamás de los guerreros Kuno. Una mezcla de temor y sorpresa invadió el corazón del consejero; ¿sería que el comandante de los guerreros Kuno tenía sus propios planes?
-Acamparemos acá esta noche y enviaré a un mensajero para que alerte a nuestras tropas, Sasuke –dijo finalmente Taro encaminándose hacia su montura, acarició al caballo blanco y negro en su hocico y luego montó-. Puedes hacer el camino de a pie junto a estos idiotas que se dejaron robar sus monturas. Ah, y no te preocupes por tu señor, estoy seguro que conseguiré el apoyo de esos idiotas y mañana rescataremos al señor del dominio.
-Sí –contestó el consternado consejero.
El comandante de los guerreros Kuno se alejó del lugar con una sonrisa adornando su rostro; las cosas no podían haber salido mejor para él y su ambición.
-"Sí –pensó-, rescataremos al demente de Kuno, aunque no sé si sea con vida".
Habíamos tardado más de lo que había presupuestado en darle alcance al ejército de Kuno ya que en mi intención por seguirle los pasos de cerca, no había reparado en que seguramente encontraríamos obstáculos. Fue así que estando cerca de mi dominio, el único puente que podíamos atravesar para llegar a destino había sido cortado, ya fuera por una tormenta o por la mano del hombre, lo importante es que no pudimos cruzarlo y eso me desmoralizó.
Debíamos tomar una decisión; realizar el trabajo para reparar el puente para así poder cruzarlo, o bordear el río y tomar otra ruta para llegar a Nerima. Calculé que ambas acciones nos demorarían casi la misma cantidad de tiempo, así que le dije a Saffron que la mejor opción era cambiar nuestra ruta ya que no me arriesgaría a perder algunos hombres en las torrentosas aguas del río para reparar un puente. Él estuvo de acuerdo y nos pusimos en camino en dirección a mi dominio tomando una nueva ruta, más demorosa, con más colinas que bordear, pero definitivamente mucho más segura.
Así seguimos haciendo el viaje durante el día y gran parte de la noche, comiendo poco, durmiendo todavía menos, con frío y descansando a la intemperie. Los hombres ya ni siquiera se preocupaban de armar carpas o encender fogatas, sólo querían terminar esa travesía, enfrentarse al ejército de Kuno y volver a Kioto. Lo notaba en sus semblantes y lo palpaba cada vez que alguno de ellos me observaba.
No me importó nada de lo que ellos dijeran, tampoco me importaba pasar incomodidades, sólo tenía una idea en mente y esa era reencontrarme con mi esposa. Ganar esa estúpida guerra también, pero debo reconocer que mi única preocupación era volver a ver el rostro de Akane y saber que se encontraba bien.
Avanzamos casi sin descanso, con lluvia y por caminos enlodados, casi intransitables hasta que por fin pude divisar a lo lejos la pagoda de un Templo escondido en un bosquecillo de pinos; ya estábamos muy cerca del castillo y mi ansiedad comenzó a crecer en mi interior.
Esperé al general del emperador y le comuniqué la noticia, él asintió con tranquilidad y siguió avanzando junto a mí, concentrado en el camino y en los sonidos que se pudieran escuchar. Pasamos por las afueras del Templo, pronto se dejaron ver las primeras casas de la ciudad, las cuales se encontraban abandonadas. Temí lo peor y me apresuré en seguir el camino. Mis acompañantes parecieron entender la premura que llevaba y comenzaron a cabalgar tras de mí.
A medida que avanzaba aguzaba el oído para tratar de enterarme de lo que sucedía; mi corazón latía apresurado ante la expectativa de encontrar al enemigo destrozando la ciudad y el castillo, masacrando a mi pueblo… asesinándola a ella.
Le di la orden a Saikyo para que galopara a mayor velocidad valiéndome de un golpe en los ijares y el caballo pareció entender, porque aumentó la velocidad. Cabalgué cegado por la preocupación y la angustia hasta que escuché que gritaban mi nombre y un hombre se materializaba a mi lado.
-¡Señor Saotome, gracias a todos los dioses! –gritó el hombre.
Sacudí mi cabeza y detuve mi cabalgata al tiempo que los guerreros que me seguían hacían lo propio. Reconocí de inmediato a uno de mis guerreros de más rango montado a caballo quien me observaba con incredulidad y esperanza.
-¡Señor Saotome! ¡Por fin!
-¿Cuál es la situación actual, general? –pregunté sin siquiera saludar al hombre.
-Hemos resistido a los ataques de los Kuno –dijo de forma seria recobrando la compostura-. Ahora mismo los generales se aprestan a dar la orden de volver al campo de batalla porque los Kuno volvieron a su posición ésta mañana.
-¿Sabes cómo está todo en el castillo? –no quería preguntar directamente por mi esposa, así que tergiversé mi pregunta para informarme de ella de forma solapada.
-No han atravesado el puente que da ingreso a la ciudad –contestó el guerrero-, así que el castillo no ha sufrido ningún daño.
Eso estaba bien, porque quería decir que ella se encontraba segura en el interior del castillo. Rápidamente tomé una decisión; era innegable que quería ver a Akane, pero sentía que mis hombres me necesitaban ahora más que nunca y me pareció egoísta dirigirme al castillo sólo para calmar mis ansias de ver y abrazar a mi esposa, así que mi reencuentro debía esperar un poco más.
-Bien –dije volteando a Saikyo-. General Saffron –continué dirigiéndome al hombre que permanecía silencioso atrás de mí-, creo que llegó el tan esperado momento. Ahora mismo nos incorporaremos a la avanzada de los guerreros que luchan por mi clan, si es que no ves algún inconveniente.
-A eso vinimos –contestó-. Su majestad nos envió a luchar por el clan Saotome, sea pues. Es hora de cumplir nuestra misión.
-Vamos, general.
-Te seguiré hasta el campo de batalla, señor Saotome, pero no creas que podrás darme órdenes una vez nos enfrentemos al enemigo.
-Sé que aunque quisiera hacerlo, jamás obedecerías mis órdenes.
Él sólo sonrió y se acercó a sus hombres para informarles de la situación. Yo me obligué a concentrarme en lo que vendría, el espíritu de la espada volvía a llamarme y la emoción de enfrentar a mi enemigo una vez más se estaba adueñando de mi ser lentamente.
Le solicité al hombre que nos había encontrado que indicara el camino hacia el improvisado campo de batalla que seguramente Ryoga y mis guerreros habían dispuesto e hice que mi caballo se pusiera en marcha.
A medida que nos íbamos alejando del castillo y acercando al campo de batalla, mi espíritu comenzó a experimentar esa ansiedad que siempre me embargaba antes de una batalla, ansiedad que sólo se calmaba al momento de dar la primera estocada con el sable. Vi a mis hombres a lo lejos, estaban alineados de forma compacta, y listos para marchar, el hombre que me precedía comenzó a galopar más rápido y fue gritando que traía consigo al señor de Nerima. Fue impresionante escuchar los gritos de júbilo con que aquellos guerreros comenzaron a vitorear mi nombre.
No me detuve hasta que llegué a la avanzada abriéndome paso entre mis propios hombres; observé que Saffron hacía lo mismo seguido de sus propios hombres, los cuales eran observados con asombro por los guerreros Saotome, ya que para nadie era desconocido el escudo imperial que esos hombres venidos de la capital ostentaban en sus uniformes.
Bajé de mi caballo y me acerqué a los generales tratando de encontrar a Ryoga, pero fue Happosai quien me recibió con alegría.
-Happosai –dije interrogándolo con la mirada antes de preguntar-. ¿Dónde está Ryoga?
-¡Ranma, qué bueno que estás aquí! –Dijo el anciano-. Nosotros creímos que tú…
-Luego hablaremos de todo lo que pasó en Kioto, ahora debo informarles que parte del ejército de su majestad imperial comandados por el general Saffron, aquí atrás, se unirá a nuestras tropas –indiqué-. Happosai, te hice una pregunta.
-Ryoga fue herido Ranma –contestó el viejo con pesadumbre-, se encuentra en el castillo al cuidado de los médicos.
-¿Va a morir? –pregunté con temor.
-No lo sabemos, los médicos no pueden asegurarnos nada.
-¿Por eso estás aquí y no resguardando a mi esposa en el castillo? –esquivó mi mirada e indicó con la mano extendida en dirección al puente que daba la entrada a Nerima.
-Los guerreros están esperando órdenes para repeler al enemigo, mis órdenes –dijo volviendo su vista hacia mí una vez más-, pero ahora que estás aquí, se las darás tú mismo.
Lo observé detenidamente y luego asentí. Algo ocultaba la mirada sagaz del viejo chambelán, también lo notaba en su comportamiento.
-No tienes que luchar, viejo –le dije tratando de averiguar si acaso el astuto maestro estaba tratando de permanecer a resguardo.
-Todos los guerreros pertenecientes al clan Saotome tenemos que luchar –contestó con decisión-, desde el más joven escudero al más anciano general.
-Bien –asentí dejando los cuestionamientos por su extraño comportamiento para después-, ¿cómo están las cosas en el campo de batalla?
-No sabemos qué pretenden los guerreros Kuno, se supone que debían cumplir un acuerdo de tregua ya que capturamos a Kuno y lo tenemos de rehén.
-¡Capturaron al imbécil!, ¿cómo?
-Es una larga historia –dijo el viejo esquivando mi mirada nuevamente, algo andaba mal, lo intuí al ver el comportamiento de Happosai-. Sí, una larga historia que prometo contarte, pero ahora creo que será necesario que avancemos puesto que los Kuno ya comienzan a dar órdenes de ataque. Creo que esta vez quieren acabar con todos nosotros.
-Veremos si lo logran –dije montando en mi caballo y ajustándome el kabuto-. ¡Guerreros Saotome! –grité para hacerme escuchar-, ¡su señor ya está aquí y juntos lucharemos una vez más por la grandeza del clan! –terminé de decir.
Los gritos de aprobación fueron ensordecedores y me enorgullecí de pertenecer al clan Saotome, me enorgullecí de enfrentar una nueva batalla al lado de esos hombres que estaba seguro darían la vida por su señor y su dominio. Así fue que avanzamos hacia el campo de batalla, a enfrentarnos con el enemigo y salir victoriosos de aquel enfrentamiento.
Cuando llegamos al puente y aprecié la explanada, pude comprobar que Happosai tenía razón, los guerreros Kuno se encontraban formados a lo lejos, dispuestos a atacar. Vi los estandartes y pude distinguir varios blasones de otros clanes que se habían unido a las tropas de Kuno; el saberlo no me sorprendió puesto que intuía que el idiota había pactado nuevas alianzas para derrotarme, de lo contrario la situación hubiera sido manejada de otra forma por Ryoga y Happosai. Lo que sí me sorprendió fue ver el blasón del clan Shiratori perfectamente reconocible entre los demás, el daimyō de aquel clan había sido muy amigo de mi padre y hasta hacía poco tiempo juraba lealtad al clan Saotome. Moví mi cabeza y me dispuse a luchar contra todos ellos, porque ahora estaban apoyando al bando enemigo, sea cuales fueren sus motivos, se habían convertido en adversarios de mi clan.
-Happosai –dije llamando al viejo a mi lado-. Creo que la mejor opción es dividir fuerzas una vez más. Tú atacarás por el flanco izquierdo con un grupo de hombres, el general Saffron puede dirigirse al flanco derecho y yo tomaré mi objetivo desde el centro.
-Creo que sería mejor no improvisar, Ranma -contestó el viejo chambelán-. Formaremos una línea compacta que se enfrente al enemigo como un solo ejército.
-Pienso que la idea del señor Saotome es mejor que la que acabas de expresar, anciano maestro-, refutó de pronto Saffron, a quien no había sentido a mi lado-. Dividir a las fuerzas de ataque no está dentro de la disciplina con la cual los soldados están habituados a combatir, pero el factor sorpresa puede resultarnos muy favorable para nuestras propias pretensiones.
Observé a ese general venido de la capital y sonreí de medio lado. Jamás imaginé que me daría la razón y menos que me apoyaría en una estrategia bélica, después de todo, él había planteado que sólo él comandaría a sus tropas.
-Bien, se hará como los jóvenes estimen conveniente –aceptó Happosai asintiendo con un movimiento de cabeza.
-No se hable más –dije avanzando a paso lento con Saikyo-. Organicemos nuestro ataque.
Así fue que todo sucedió bastante rápido. Los hombres sabían cómo organizarse y los que habían concurrido de la capital no tuvieron mayores problemas para distribuirse y acatar órdenes. Saffron hizo que una parte de su propio ejército se uniera a mis hombres y así, formamos tres grupos totalmente equiparados en número y fuerza de ataque.
Los Kuno también habían formado su estrategia, pude verlo cuando vi las banderas de mando flamear y moverse dando indicaciones en lontananza y estuve seguro al escuchar el débil sonido de la caracola a lo lejos, llamando a la batalla.
Había llegado el momento. Una vez más me enfrentaría a mi enemigo y una vez más debía salir victorioso para reencontrarme con mi esposa en el castillo.
Di las últimas instrucciones, la caracola resonó a mis espaldas y las banderas flamearon dando la orden de ataque. Avanzamos al galope entre gritos feroces propinados por mis hombres con el fin de intimidar al enemigo; vi a los hombres dividirse en tres columnas que avanzaron con rapidez a encontrarse con el enemigo… con la muerte. La infantería prontamente se mezcló con la caballería en lo que parecía ser un ataque desordenado, pero yo sabía que la estructurada tropa de Kuno no esperaba esa forma de ataque y estaba decidido a ocupar eso a nuestro favor. Prontamente llegamos al centro de la explanada, miré a los costados y vi que Happosai comandando a su grupo, así como Saffron comandando al de él, estaban a la misma altura que nosotros y entonces, el encuentro se produjo; el choque de fuerzas fue ensordecedor y sangriento, la primera línea comenzó la lucha de inmediato y el entrechocar de sables no se hizo esperar.
Vi a hombres de uno y otro bando caer de rodillas atravesados por lanzas, con sus cuerpos cercenados por el filo de un sable o el perfecto movimiento ejecutado por una naginata; gritaban, corrían y se abalanzaban sobre el enemigo, cegados por la emoción de saberse vencedores, orgullosos de pertenecer a la casta de los guerreros y ayudar a que su clan saliera victorioso en la batalla. Sí, me dije desenvainando a kibō para enfrentarme al primer guerrero Kuno que me alcanzó, el orgullo guía al guerrero y mis hombres, así como los del clan enemigo, lucharían hasta la muerte con su orgullo como único escudo.
Me vi a mí mismo asestar un certero golpe que acabó al instante con la vida del primer guerrero que me enfrentó, luego cayó el segundo y el tercero, entonces entendí una vez más que el espíritu de kibō se había fundido con el mío y nuevamente nos habíamos vuelto uno ¿Cuánto tiempo llevábamos juntos?, ¿cuántas vidas habíamos arrebatado?, ¿cuánta sangre había empapado el filo de mi sable?
Me obligué a alejar esos pensamientos y a concentrarme en la batalla; no era culpa mía que el idiota de Kuno estuviera siempre dispuesto a enfrentarme, no era culpa mía que mis antepasados hubieran humillado a su familia quitándoles sus tierras y tampoco era culpa mía que se hubiese producido esa extraña confusión con las hijas de Tendo, lo único que yo tenía en mente es que debía luchar y vencer, así tuviera que matar a todo el ejercito de Kuno y sus aliados, pues no dejaría que me quitaran a mi esposa, mi mujer, la única persona que me importaba realmente en esta vida.
Luché durante tanto tiempo que no podría precisar cuánto fue, hasta que un embiste mal realizado por Saikyo me devolvió a la realidad puesto que casi me hace caer al suelo, recuperé el dominio sobre el caballo y me dispuse a seguir luchando; entonces vi un sable acercándose hacia mí, sostenido por un joven que pretendía atacarme. Llevaba el blasón de los Shiratori en sus vestiduras y de pronto fui consciente del desplome del cuerpo del muchacho; un sable le había atravesado el cuerpo por la espalda haciendo que el joven nunca se enterara qué había sucedido para terminar así. Levanté la vista para reconocer a mi salvador creyendo que se trataría de uno de mis hombres o quizá uno de los hombres que habían llegado con Saffron, pero mi sorpresa fue evidente al reconocer esa fría mirada y esa sonrisa de suficiencia.
-¡Sólo yo debo obtener el placer de darte muerte! –gritó para hacerse escuchar.
La sangre del muchacho todavía chorreaba de su sable cuando le vi prepararse para la embestida que seguramente pensaba realizar.
-Taro –me escuché murmurar conteniendo la rabia que sentí al verle montado sobre su caballo blanco y negro.
-¡Yo debo dar muerte al bastardo de Nerima, tal y como lo hice con el padre y con el comandante de sus tropas!
Así que había sido él quien había herido a Ryoga, me gustó enterarme de ello, sería un nuevo aliciente para acabar con la vida del desgraciado.
-¡Y entonces, qué esperas para atacar! –grité a modo de amenaza.
No fue preciso decirle nada más para que él avanzara riendo a carcajadas. El embiste de su caballo fue tan agresivo que casi logra tirarme de mi montura. Repelí el golpe que quiso darme gracias a kibō y ataqué con intensidad. Sentía mi sangre bullir en mi interior, podía experimentar el sentimiento de venganza dominando mi accionar y estaba consciente que de no dominar mis emociones, éstas podían jugarme en contra y caer frente a mi antagonista. Él había matado a mi padre, me había dicho que había herido a Ryoga, al que consideraba mi hermano y eso era más que suficiente para odiarle.
Fueron más golpes de los que presupuestaba los que intercambiamos antes de que nuestros caballos se embistieran con tanta fuerza que ambos caímos al enlodado y ensangrentado suelo.
Me levanté lo más rápido que pude, me sentía aturdido por la caída y una pierna me dolía, pero eso no fue impedimento para tratar de encontrar con la mirada a mi oponente. Vi que se ponía en pie a diez pasos de mí y se golpeaba la cabeza con su mano izquierda, seguramente para despejarse. Me observó con una sonrisa en los labios, como si quisiera invitarme a atacar, pero antes de acercarme a él, noté como un líquido escurría por mi sien derecha deslizándose por mi rostro, dificultando así mi visión. Me arranqué el kabuto y palpé mi frente, la sangre en mi mano me confirmó que había recibido un golpe en la cabeza, producto de la caída o asestado por mi contrincante, no podría precisarlo. Limpié mi rostro rápidamente y me dispuse a atacar.
Avancé dando un potente grito en dirección a mi oponente y kibō destelló pequeñas chispas cuando se encontró con el sable de Taro, retrocedí un paso y me encorvé a un costado llevando el cuerpo de mi adversario en el acto. Él se repuso rápido y se alejó tres pasos de mí.
-Todos aclaman la destreza del bastardo –comentó escupiendo sus palabras-. ¡Un dios encarnado!, dicen. Ya veremos si este dios sale bien librado esta vez.
-Hablas demasiado y sólo deberías estar concentrado en la lucha.
-Soy como los gatos –dijo levantando el mentón-, me gusta jugar con mi presa antes de matarla.
A mí no me gustaban los bravucones y tampoco los gatos, así que me arrojé nuevamente decidido a acabar con él. Paso, golpe, defensa, golpe, rechazo, paso, golpe, embestida y vuelta a empezar.
No puedo precisar cuánto tiempo me vi sumergido en esa lucha pero creo que fue bastante porque cuando me pude dar cuenta, la lluvia había comenzado a caer. Debía acabar con el individuo rápidamente porque el suelo, que ya se encontraba resbaladizo, lo estaría aún más con la lluvia.
-¿No piensas rescatar a tu señor? –dije tratando de desconcentrar a Taro-. ¿No piensas honrar el pacto que les propusieron al clan para salvar la vida de Kuno?
Me observó con suficiencia y se echó a reír, aproveché el momento para atacarle nuevamente.
-¿Crees que no aprovecharé la oportunidad que me ha dado tu clan? –dijo muy cerca de mi rostro, deteniendo mi ataque-. ¿Por qué salvar a un daimyō tan idiota, si puedo acabar con él, quedarme con su dominio y con el de su enemigo, todo de una vez?
Por fin descubría el porqué de seguir con la lucha, el porqué de los guerreros Kuno para no aceptar la rendición si teníamos cautivo a su líder. El maldito de Taro quería adueñarse de todo valiéndose de los hombres de Kuno y las alianzas que él había pactado. Sonreí, era un plan muy astuto pero que lamentablemente para él, yo estaba dispuesto a detener.
-No podrás realizar esa jugada.
-¿Quién lo dice? –cuestionó estudiando mis movimientos-, ¿el bastardo que se desposó con la prometida de otro señor de la guerra?
-Imbécil –siseé atacando nuevamente.
Nuestros sables volvieron a encontrarse y ambos ejercimos presión para derribar al contrincante.
-Aunque todavía no decido qué hacer para ganarme el favor del shōgun –comentó sonriendo-. No sé qué sería mejor, si desposar a la hermana del señor de Seisyun o a la viuda del señor de Nerima, ¿tú qué me recomiendas?
No pude soportarlo y me arrojé contra él, cegado por la rabia que me produjo escuchar tamaña insolencia. No me sorprendían los planes de Taro para hacerse con un dominio sin señor, pero su audacia sobrepasaba todos los límites si pensaba que iba a dejarle utilizar a mi esposa para conseguir su propio beneficio. Antes muerto. Así que sin controlarme y experimentando una rabia que no había llegado a sentir jamás en toda mi vida, me propuse acabar con él. En mi mente sólo podía pensar en matar al inepto que había osado desafiarme.
Vi que reía a carcajadas repeliendo mi ataque, pero aunque la rabia era una mala consejera, a veces se convierte en nuestro único aliado para lograr nuestros objetivos.
Mis ropas estaban empapadas por la lluvia, mis movimientos eran más lentos de lo normal, me encontraba cansado por no haber dormido lo suficiente durante el trayecto a Nerima y el frío calaba mis huesos, aun así, experimenté esa sensación de sentirme invencible cuando logré asestarle un golpe en el antebrazo de mi enemigo. Lo vi mirarme con sorpresa y comprendí que lo tenía a mi merced, el idiota no tenía ninguna posibilidad de salir con vida. Embestí una vez más con kibō como una extensión de mi brazo, Taro esperaba un movimiento de costado y yo logré dilucidarlo por su postura de defensa, pero si algo me caracterizaba era mi rapidez, así que a último momento cambié mi táctica de ataque y lancé la estocada de mi sable hacia adelante.
Creo que para Taro fue tan sorpresivo como para mí mismo. Kibō se ensartó en el cuerpo de mi oponente y yo pude sentir el estremecimiento de su cuerpo en el filo del sable. Hice un movimiento con el sable hacia un costado, rasgando su armadura, cortando piel y músculos al mismo tiempo y luego, desprendí a kibō del cuerpo de mi oponente. El sable chorreaba sangre del enemigo; la sangre del asesino de mi padre, la sangre del agresor de mi mejor amigo.
Cayó de rodillas, ensartando su propio sable en el enlodado suelo para sostenerse, palpándose el vientre. Debo decir que no tuve contemplación con él y cuando levantó el rostro sorprendido, me satisfizo cercenar su insolente cabeza con un certero golpe de kibō.
Ahí yacía el cuerpo decapitado de mi enemigo, aquel que me había privado de la compañía de mi padre, obligándome a asumir tempranamente las obligaciones de un daimyō.
-Nadie podrá arrebatarme a mi esposa, imbécil, ni siquiera la muerte –dije observando hacia los costados en busca de otro enemigo-. Eso debiste entenderlo antes de enfrentarte a mí.
Recogí con repulsión la cabeza del guerrero. Si había algo que detestaba era el cobro de cabezas, sin embargo, sabía que si no exhibía pruebas que el estúpido comandante de las tropas de Kuno había muerto, sus aliados así como sus hombres no detendrían la lucha.
Miré en derredor y vi la cara de la muerte de cerca una vez más. En el suelo enlodado yacían los cuerpos de hombres de uno y otro bando, ensangrentados, con extremidades cortadas y heridas profundas por doquier; algunos agonizaban, la mayoría ya había muerto. Avancé con la cabeza de mi enemigo goteando sangre todavía, la lluvia me impedía ver bien y a cada paso que daba, mis pies se hundían en el lodo, desestabilizándome. Cualquier persona cuerda que me hubiera visto en ese momento se hubiese sentido asqueada de observarme caminar lentamente con un sable ensangrentado en una mano y una cabeza humana en la otra, lo sé, pero en medio de la batalla, la cordura abandona a cualquiera, sólo existes tú enfrentado a tu destino, así que se podría decir que los que estábamos ahí no éramos los seres más cuerdos en ese momento; sí mueres luchando, quizá tengas la suerte de ser recordado por algún tiempo; si vives, recuperarás la cordura en tiempos de paz y quizá llegues a ser feliz durante ese tiempo, sólo hasta que te vuelvas a enfrentar a una nueva batalla y vuelvas a perder la cordura por lo que dure la campaña bélica.
A lo lejos divisé a Saikyo. El caballo se encontraba caminando sin jinete y se notaba inquieto, seguramente por el olor a la sangre; me apresuré en alcanzarlo y tuve que esquivar a dos guerreros Kuno en el camino, el primero no supo quién era yo y tampoco quiso escucharme cuando le dije que ya no tenían a quién seguir en la batalla, así que tuve que acabar con él, sin querer realmente hacerlo. El segundo fue más cauto y reconoció de inmediato el rostro de su comandante, soltó su arma y aceptó la derrota. Le convencí para que comenzara a correr la voz si quería evitar más muertes innecesarias, aceptó a regañadientes y luego se alejó llamando a sus compañeros a los gritos. Para entonces, ya había llegado junto a Saikyo y el animal me reconoció de inmediato dando un relincho; me acerqué y acaricié sus crines negras antes de montar.
-Todo terminará pronto, amigo mío –dije cerca de su oreja-, volveremos al castillo y veremos a mi esposa, sólo tenemos que esperar un poco más.
Subí a lomos del caballo y le indiqué hacia dónde quería dirigirme con un movimiento de riendas, Saikyo avanzó a paso rápido, aunque yo hacía que detuviera su avance cada vez que encontraba a los guerreros luchando en mi camino, puesto que quería acabar pronto con esa masacre y mi única opción fue ir alertando a los hombres de uno y otro bando sobre la muerte de Taro. Los guerreros Kuno y sus aliados comenzaron a reconocer sumisamente su derrota, y, si bien es cierto a ningún guerrero que se precie como tal le gusta ser derrotado, pude distinguir una mezcla de alivio y alegría en algunos de ellos, seguramente debido a que se sentían afortunados de permanecer con vida. Mis hombres y los del general Saffron recibían la noticia, exultantes de alegría y comenzaron a proclamar la victoria del clan con cánticos y gritos que fueron expandiéndose por todo el campo de batalla, así que comprendía que ellos mismos se encargarían de comunicar la situación reinante.
A lo lejos divisé a quien buscaba. Saffron daba órdenes sobre su caballo a la vez que atacaba a los enemigos que se le acercaban. Al verlo luchar comprendí porqué era considerado el mejor general al servicio del emperador y rogué en silencio para nunca tener el infortunio de enfrentarlo en batalla. Me acerqué lo suficiente para ayudarle a acabar con sus atacantes y cuando me hubo visto, me cuestionó con la mirada.
-¡El comandante Taro de las tropas de Kuno ha muerto! –grité con fuerza para hacerme escuchar.
Un silencio y el cese de los ataques entre guerreros le siguieron a mi declaración. Los hombres me observaban con recelo y entonces supe que debía mostrar nuevamente la cabeza cercenada de mi enemigo. Lo hice y pude apreciar el estupor de quienes rodeaban a Saffron.
-¡Soy el señor Saotome, daimyō de estas tierras y he acabado con su comandante! –grité-. ¡El señor Kuno sigue cautivo en el castillo de Nerima y su hombre de confianza cayó en batalla! ¡Ya no tienen a quién seguir, ríndanse ahora y se les perdonará la vida! ¡Sigan enfrentándome y les aseguro que seremos capaces de arrasar con todo Seisyun de ser necesario!
Poco a poco los guerreros Kuno fueron abandonando sus armas y quienes luchaban por el clan Saotome fueron aclamando mi nombre. Saffron me observó e hizo una señal de aceptación con la cabeza antes de acercarse a mi lado.
-Te dije que venía a ayudarte a ganar esta batalla, señor Saotome, y eso hemos hecho.
-Sí. Ahora necesito avanzar hacia la maku y comunicarle a los daimyōs que se aliaron con Kuno las condiciones de rendición.
-Te acompaño –dijo Saffron asintiendo con un movimiento de cabeza-, y creo que sería bueno que el chambelán también estuviera presente.
-Enviaré a alguien a avisarle, aunque creo que ya debe saber el resultado de la batalla.
Luego de aquel intercambio de palabras, uno de mis hombres se ofreció para ir en busca de Happosai y avisarle lo que pretendíamos hacer con Saffron. El camino lo realizamos bastante rápido y llegamos casi al mismo tiempo que lo hacía Happosai a la maku en donde se encontraban los daimyōs que habían apoyado a Kuno junto a sus generales.
Me erguí sobre mi caballo y avancé con aplomo ante la sorprendida mirada de todos esos hombres que se encontraban desconcertados por cómo había terminado su ambición de despojarme de mis tierras. Rápidamente y sin ningún escrúpulo, arrojé la bolsa en donde había guardado la cabeza de Taro al suelo frente a esos hombres.
-Tengan la prueba que les confirmará que lo que dicen los guerreros es verdad –dije con severidad-. Taro ha muerto y Kuno se encuentra cautivo en mi castillo, pueden elegir seguir enfrentándose conmigo y morir, o elegir renovar las antiguas alianzas que los unían al clan Saotome y regresar sin sufrir más pérdidas a sus respectivos castillos. ¿Qué eligen?
Los hombres se miraron entre sí, eran pocos los que se atrevían a devolverme la mirada, quizá la mayoría se avergonzaba de su actuar o quizá se encontraban tan ofuscados por no poder vencerme que rehuían mi mirada.
-¡Qué eligen! –exigí haciendo que mi caballo diera unos pasos hacia ellos, y con la mano siempre apoyada en la empuñadura de kibō, dispuesto a desenvainar mi sable de ser necesario.
-La rendición –contestó el señor Shiratori haciendo una reverencia-. Espero que el señor de Nerima pueda escucharme y comprender los motivos que me obligaron a unirme al clan Kuno en su contra.
-De eso hablaremos después –dije bajando de mi montura.
El resto de los señores que allí había reunidos fueron imitando a Shiratori. Uno a uno fueron reverenciándome y aceptando la rendición, todos reconocían la derrota, salvo el idiota de Mikado, quien reticente y sin nada de tacto, aceptó retirarse con sus tropas.
Los generales de Kuno también dejaron entre ver que no estaban de acuerdo con rendirse, sin embargo, no tuvieron otra opción. Era aceptar la derrota o perder sus vidas.
Luego de sostener aquella breve reunión en donde mis enemigos se rindieron casi por obligación, presenté al enviado de su majestad imperial y declaré que él sería un representante válido para pactar las condiciones de paz, después de todo, Saffron me había dicho que el emperador le había ordenado obligarnos a Kuno y a mí a pactar una tregua duradera. Esa era su misión en Edo.
Todos parecieron estar de acuerdo y sin mayores cuestionamientos acataron las nuevas disposiciones. Yo sólo podía pensar en que la batalla había terminado y con ella, la espera por reunirme con mi esposa acababa de la mejor forma, así que me acerqué a Happosai para dejarle el encargo de acompañar a Saffron en las negociaciones ya que si bien es cierto, sabía que el general imperial estaba allí con la misión de pactar la paz entre los clanes Kuno y Saotome, no confiaba plenamente en él y quería que alguien defendiera mis intereses. Con Ryoga herido y Sentaro muerto, el único que podía hacerlo era el viejo chambelán.
-Happosai –le llamé a un lado-, quiero que te quedes y vigiles a Saffron. Puede ser el general del emperador pero no confío en él, tienes que defender mis intereses, viejo.
-¿No te quedarás tú a negociar? –preguntó el chambelán con temor reflejado en el rostro.
-Todo terminó, Happosai –dije observando a mi alrededor cómo los hombres que habían peleado en mi contra comenzaban a retirarse cabizbajos, cansados y desarmados por mis propios hombres y los que acompañaban a Saffron-, lo único que quiero en este momento es reencontrarme con mi esposa, en el castillo.
Observé al anciano con una sonrisa en mis labios, pero al comprobar la actitud nerviosa y asustada de mi viejo maestro confirmé que algo malo pasaba.
-¿Qué estás escondiéndome, viejo?
-Ranma, es que…
-¡Qué! –exigí saber al ver que el anciano se interrumpía. Soltó una bocanada de aire y luego contestó.
-Fue ella quien capturó a Kuno –comenzó a decir-. O al menos, ella fue quien ideó el plan para capturarle y confieso que fue una estrategia osada pero que dio excelentes resultados.
-¿Qué pasó? –cuestioné intuyendo que no todo el plan había resultado como esperaban.
-Luchamos contra la guardia de Kuno, fue fácil pues el idiota no llevaba muchos hombres y le capturamos, pero…
-Pero…
-La señora Saotome resultó herida –confirmó mirándome aterrorizado.
Cerré mis ojos. Al escuchar aquella frase creí que caería al suelo y que moriría allí mismo. Mis piernas temblaban, mi corazón palpitaba a gran velocidad, me sentía mareado y sentí un sudor frío recorrer mi espalda; de pronto la vi, materializándose en mi mente vino el recuerdo de una Akane vestida con un kimono blanco, sosteniendo una espada ensangrentada y hundiéndose en un mar de sangre con una melancólica sonrisa en sus labios. Abrí mis ojos de golpe y elevé a Happosai del suelo para zarandearlo bruscamente. No podía ser, ese sueño no podía haberse cumplido. No, Akane no podía dejarme solo.
-¡Por qué no me lo dijiste antes, Happosai! ¡Debías cuidarla! ¡Todos ustedes tenían la obligación de cuidarla hasta que yo regresara!
-¡Ranma cálmate! –gritó el chambelán.
-¡Por qué me lo ocultaste!
-¡Porque necesitábamos ganar esta guerra, Ranma, y si te lo decía, tú jamás hubieras conseguido ganarla!
Solté al viejo empujándolo al suelo en donde cayó sentado y me dirigí a paso rápido hacia donde se encontraba mi caballo, pero un nuevo grito de Happosai me detuvo en el lugar.
-¡No está en el castillo, Ranma!
Parecía como si toda la sangre de mi cuerpo se hubiera congelado cuando escuché aquella frase. Mi esposa no estaba en el castillo, ¿sería que el viejo me estaba ocultando algo más grave? ¿Sería que Akane había dejado este mundo? El solo pensarlo me paralizó y con terror me di media vuelta para encarar a Happosai.
-¿Dónde está? –susurré.
-No lo sé – contestó de forma temerosa. Jamás había visto al viejo demostrar temor en toda mi vida, por tanto supe que estaba diciendo la verdad.
-¿Cómo que no lo sabes? –cuestioné forzándome a mí mismo a mantener la calma para no matar al viejo.
-Nos percatamos que estaba herida cuando veníamos de vuelta a Nerima. Para entonces, ella había perdido demasiada sangre y estaba a punto de desfallecer; el extranjero propuso llevarla a las casas cercanas a los límites de la ciudad y luego enviar en busca de los médicos del castillo… pero esta mañana hasta antes de encontrarte no habían enviado a ningún mensajero en busca de los médicos. Yo no sé en dónde está tu esposa, mi señor.
-No sabes dónde está –repetí bajando mi mirada para enfocarla en el suelo enlodado-, eres el chambelán del castillo, Happosai, tu deber es proteger mi dominio en mi ausencia, ¡y eso incluye a mi esposa, maldita sea!
-Mi señor, yo traté de…
-¡Trataste y no lo conseguiste! ¡Cómo dejaste que ella se expusiera de esa manera! ¡Cómo permitiste que ella siquiera abandonara la protección del castillo! ¡Cómo dejaste que la hirieran y ahora…!
-Ranma, ella está con el extranjero y su nodriza, no creo que ellos dejaran…
-Vete con Saffron, Happosai –murmuré esquivando su mirada.
-Estoy seguro que…
-¡Vete viejo o te aseguro que soy capaz de matarte aquí mismo! –grité con furia-. No me obligues a acabar con tu vida porque te aseguro que en estos momentos es lo único que me gustaría hacer para calmar en parte la furia que estoy sintiendo.
-Entiendo.
No respondí, me limité a respirar profundamente para intentar calmarme y me dirigí corriendo al lugar en donde me esperaba mi caballo. Monté de un salto dispuesto a alejarme de allí, ¿hacia dónde?, no lo sabía, sólo tenía claro dos cosas. La primera, que Akane se encontraba herida en algún lugar de Nerima; la segunda, que yo la encontraría así tuviera que registrar todas y cada una de las casas del dominio.
Mi esposa estaba herida en algún lugar de la ciudad, herida, pero no muerta; así lo sentía en mi corazón y me obligué a creer que más pronto que tarde la encontraría y me volvería a sonreír como sólo ella sabía hacerlo.
Sí, los dioses debían devolvérmela porque ellos la habían encarnado y ellos habían cruzado nuestros caminos. Los dioses no podían castigarme arrebatándomela, no ahora, no después de todo lo que habíamos pasado para estar juntos.
Cabalgando en soledad me alejé del campo de batalla, sin ningún escolta y con la esperanza renaciendo en mi interior. Ella estaba bien, algo en mi interior me hacía creer firmemente que así era y yo la encontraría para no separarme de ella nunca más.
Por todos los dioses que así sería.
Notas finales:
1.- Hola, sí, yo de nuevo… atrasada como siempre. Seré breve, sólo espero que les haya gustado este capítulo que por lo demás, salió bastante extenso. Ya sólo quedan unos cuantos y llegamos al final de esta historia (no sé cuántos, pero serán pocos), así que espero que me sigan acompañando hasta el final. ¿Qué pasará de aquí en más?, siento no poder adelantarles nada porque si lo hago perdería el encanto, así que jugaré al misterio.
2.- Infinitas gracias a quienes siguen esperando las actualizaciones de esta historia, a quienes la leen y a quienes me regalan sus palabras de apoyo cada vez que subo un capítulo. Gracias por comentar el capítulo anterior a HinamoriLU, Chat`de`Lune, IramAkane, nancyriny, Miztu of the moon, caro (gracias por comentar), Auri22, Faby Sama, Lolita (gracias por tus palabras), nancyricoleon, rosefe-123, Earilmadith21, AkaneSodi, Fleuretty, Andy-Saotome-Tendo, Vernica, Nira (Gracias por tus lindas palabras), Camila (gracias por comentar), Ia chesed (no puedo dar fechas de actualización… al menos no con esta historia), Chely (gracias por tus palabras), Mara12 (gracias por el review), Esmeralda Saotom (muchas gracias por tus lindas palabras), Flynnchan y Josefina (gracias por comentar). Gracias por sus palabras y por sobre todo, hacer un alto en sus vidas para regalarme unos minutos de lectura.
3.- Es todo por ahora, nos volvemos a leer (espero que prontamente).
Un abrazo y buena suerte!
Madame…
