- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XXVI

"Reencuentro"

El constante sonido de los cascos de caballo al hacer contacto con la tierra húmeda era lo único que escuchaba mientras realizaba el trayecto que me llevaría al encuentro de mi esposa. Saikyo galopaba a toda velocidad por el enlodado camino de tierra, haciendo que el viento helado rozara la piel de mi rostro como si se tratase de afilados cuchillos cortantes pero eso a mí me tenía sin cuidado, lo único en lo que podía pensar en ese momento era en ver a mi esposa y encontrarla bien.

El niño que iba montado a mis espaldas se aferraba de mis ropas con todas sus fuerzas; seguramente iba muy asustado por la velocidad a la que nos desplazábamos y yo ni siquiera hubiera notado su presencia de no ser por las indicaciones a las que a cada cierto tiempo se encontraba obligado a darme a los gritos.

Lo cierto es que miles de pensamientos pasaban por mi mente en aquel momento y todos tenían relación con mi joven esposa; y es que simplemente sentía que el fuego que había estado consumiendo mi corazón durante todo el tiempo que me había mantenido separado de ella se encontraba a punto de extinguirse y yo lograría recuperar mi paz en el momento justo en que pudiera observar su cándido rostro y sus bellos ojos.

-¡Señor Saotome!

El niño gritó a mis espaldas y haló de mi armadura para hacerse escuchar, así que aminoré la velocidad y observé a mi acompañante interrogándole con la mirada.

-Es a la derecha, mi señor –dijo el muchacho indicando el camino con el dedo índice extendido-. La casa en donde tienen a la señora Saotome se encuentra en esa dirección.

-¿Muy lejos de acá? –pregunté con ansiedad.

-No, mi señor. Sólo debemos atravesar esa arboleda y nos encontraremos de frente con la casa.

-Entonces, te pido que te afirmes muy bien una vez más –le dije y al tiempo en que notaba que el muchacho se aferraba a mi cintura y hundía el rostro en mi espalda. Le indiqué a Saikyo que cabalgara más aprisa mediante un golpe en su costado y el caballo comenzó a cabalgar a gran velocidad una vez más-. Vamos Saikyo –susurré-, llévame rápido, llévame con ella y podrás descansar, amigo mío.

El caballo obedeció y aumentó la velocidad de inmediato haciendo que prontamente nos internáramos en un camino abovedado por una hilera de árboles a cada lado lo que le daba el aspecto de ser un túnel verde y oscuro. Al final de ese túnel arbóreo volvía a iluminarse la explanada y frente a mí, justo como había dicho el muchacho, se materializó una casa grande de un solo piso. Recordé vagamente haber estado en un lugar así, pero no estaba seguro, después de todo, había recorrido tantos caminos y había estado en tantas partes que seguramente más de una vez había pasado por aquí.

Cuando llegamos frente a la casa que se encontraba justo frente al camino, detuve a mi caballo y observé al muchacho por sobre mi hombro.

-¿Es aquí?

-Sí, mi señor –indicó el chico-. Esa es la casa.

Ayudé a mi acompañante a bajar del caballo y cuando me disponía a bajar yo de mi montura, vi que del interior de la casa salía un samurái dispuesto a desenvainar su sable.

-Señor Saotome –dijo sin poder ocultar su sorpresa al reconocerme. Luego se arrojó al suelo olvidando su sable a un lado-. Mi señor.

-Incorpórate y llévame de inmediato al lugar en donde permanece mi esposa –ordené sin prestarle mayor atención al hombre.

-Sí, mi señor –contestó poniéndose en pie para luego abrir la puerta e ingresar casi a trompicones al interior de la casa.

Fui detrás de él y al hacer ingreso en la propiedad pude reconocer vagamente el haber estado allí antes. El lugar estaba en penumbras, solo alumbrado por una lámpara en un rincón; luego, había una pequeña sala que hacía las veces de recibidor y un largo pasillo alumbrado por dos lámparas que colgaban al inicio y al final del mismo. Seguí al hombre por el pasillo y fue allí cuando me percaté que era la misma casa donde había estado meses atrás con mis hombres. La casa de diversión a la que llamaban la casa del lago. Me pareció que aquel episodio había sucedido hacía muchos años, sin embargo, yo había estado allí hacía pocos meses y esa incursión casi había logrado acabar con la precaria relación que había logrado mantener con mi esposa en ese tiempo.

Me pregunté por qué de todos los lugares que había en la ciudad habían elegido justo ése para llevar a mi esposa herida y no tuve que esperar mucho para imaginar una respuesta, ya que al llegar al final de pasillo, el hombre se anunció en la puerta de una habitación y luego la abrió, haciéndose a un lado para dejarme espacio e indicarme que podía ingresar en la habitación.

Lo primero que registraron mis ojos fue la silueta de dos personas que permanecían sentadas sobre sus rodillas, cada una a un costado de un futón. Reconocí al extranjero que se había unido a mis hombres hacía meses atrás y a la anciana nodriza de mi esposa, entonces saqué por conclusión que el extranjero debía haber encontrado una buena idea el dirigirse a un lugar que al parecer, él conocía realmente bien.

Ellos se pusieron en pie de inmediato cuando me reconocieron, pero yo ya no les prestaba atención, mi mirada se encontraba enfocada en el cuerpo inerte de mi joven esposa que descansaba en un futon.

Quise acercarme de inmediato, pero mi cuerpo sencillamente no respondía porque de pronto fui consciente de la palidez en el rostro de mi esposa, de las gotas de sudor que perlaban su frente y mejillas, de la mueca de dolor que adquirían sus labios y de lo vulnerable y pequeño que se veía el cuerpo de ella en ese futon.

El miedo, esa sensación que me había acompañado desde que me había enterado de los planes de Kuno estando en la capital imperial me había dominado por completo y lejos de tranquilizarme el hecho de verla allí tan cerca, me aterraba el descubrir el verdadero estado de salud de ella.

Observé el rostro preocupado de la anciana y la interrogué con la mirada exigiendo una respuesta a una pregunta que no había logrado formular; ella pareció entenderme e inclinó su cabeza hacia delante antes de hablar.

-Mi señor –dijo en un susurro apenas audible-. Ella ha resistido todas estas horas, pero no sabemos qué tan grave es la situación. Hemos hecho lo que estaba a nuestro alcance para ayudarla, pero sin un médico que la evalúe no puedo asegurarte que su vida no corre peligro.

Asentí lentamente y me obligué a dar un paso en dirección al futon, luego di otro y otro hasta que por fin me encontré al lado de ella. No supe cómo ni cuándo me desplomé sobre mis rodillas y apoyé mis manos en la estera de paja. Fue como si una pesada roca hubiese caído sobre mi espalda y me obligara a permanecer doblegado. De pronto fui consciente de la angustia en mi corazón y no me importó el ser observado por las dos personas que se encontraban en esa habitación; las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, una tras otra, humedeciendo mi rostro y cayendo libremente al suelo, y luego, un sollozo que se negó a permanecer encerrado en mi interior escapó desde lo más profundo de mi garganta escuchándose casi como un quejido.

Ella estaba allí, inmóvil e indefensa, exhalando suavemente el aire de sus pulmones lo que indicaba que seguía con vida… pero hasta cuándo.

Hice el esfuerzo de enfocar mi vista nublada por las lágrimas en su rostro y con un suave movimiento quise acercar mi mano para acariciar sus cabellos húmedos, sin embargo, me detuve a tres pulgadas de mi objetivo cuando escuché que murmuraba mi nombre en sueños. La congoja fue aun mayor al escucharla porque significaba que me estaba solicitando ayuda y yo no sabía cómo ayudarla. Finalmente, acorté la distancia que separaba mi mano de sus cabellos y los acaricié con cuidado.

-No me dejes –susurré, y las palabras quebradas que salieron de mi boca me parecieron que no eran dichas por mí-. No te atrevas a dejarme solo en este inmenso bosque en el cual no podría sobrevivir –dije acercándome ahora para tomar una de sus manos entre las mías y depositar un beso suplicante en su fría piel-, ya no puedo ni quiero vivir sin ti, Akane… No puedes irte y dejarme atrás, recuérdalo, ya nada ni nadie podrá separarnos… ni siquiera –me interrumpí no atreviéndome a poner en palabras ese pensamiento y enfoqué mi vista nuevamente en su rostro-. Simplemente no puedes dejarme solo. Abre los ojos, Akane, vuelve a regalarme esa dulce y cálida mirada, por favor… la necesito –rogué posando una mano temblorosa en su mejilla-, por favor, abre los ojos. Ya regresé y jamás volveré a dejarte… sólo necesito que abras tus ojos y sonrías para mí, por favor, Akane… sé que nuestra historia no ha sido fácil y sé que quizá… ni siquiera deberías estar aquí ahora porque tú… eso ya no importa, lo que importa es que nada es difícil cuando estamos juntos y te prometo que pase lo que pase seguiremos juntos pero… necesito que vuelvas a mí, necesito que abras tus ojos, necesito saber que estás bien porque eres mi motivo, mi único motivo para luchar y si me dejas ahora… entonces ya no podré seguir adelante, así que por favor, Akane… por todos los dioses, te lo suplico, no me dejes aquí… tan solo…por favor…

No supe cuándo había comenzado a llorar con tanta angustia, tampoco supe cuánto tiempo había pasado, sólo me percaté que me encontraba sollozando igual que lo haría un niño de pecho al momento que sentí la mano de la anciana nodriza de mi esposa posarse sobre mi hombro. La observé con rabia y sequé mis lágrimas furiosamente con el dorso de mi mano.

-Mi señor –susurró la anciana-, lo mejor es que la dejes descansar y te serenes un poco. Escuchar la angustia de tu voz no le hará bien a tu esposa.

Asentí en silencio y me puse en pie trabajosamente; recién ahí me percaté de lo exhausto que me sentía. Había cabalgado por muchas horas y casi sin descanso durante días para llegar allí; me había enfrentado en batalla y luego había realizado ese viaje para reencontrarme con mi esposa y ahora que creía que todo había terminado, el cansancio y la pesadumbre se hacían presente en mi persona recordándome una vez más que yo no era un dios encarnado, sino un simple mortal con más defectos que virtudes y con necesidades tan mundanas como las de descansar un poco.

-Mi señor –dijo el extranjero a quien yo había olvidado se encontraba allí-. Me alegra mucho verte, eso quiere decir que podemos celebrar una victoria del clan Saotome.

-Eso quiere decir que hice un viaje desesperado desde Kioto para defender mi dominio y reencontrarme con mi esposa la que debería estar a salvo y segura en el castillo, sin embargo, todos los que tenían el deber de defenderla y asegurar su bienestar me fallaron –dije de forma acusatoria mirándolo directamente a los ojos y conteniendo las ganas de golpearle hasta calmar mi ira-. Heme aquí. Debería estar celebrando la victoria del clan, debería estar pactando las condiciones de rendición, debería estar haciéndoles pagar a cada uno de los señores que incumplieron sus pactos y alianzas por su osadía al desafiarme, pero los incompetentes que dejé al cuidado de mi esposa quisieron que conociera el verdadero dolor al contemplar el rostro de sufrimiento de la mujer que amo, quisieron que conociera el verdadero terror al saber que en cualquier momento puedo perderla. Ahora dime, Mousse, ¿crees que me encuentro en condiciones de celebrar una victoria? ¿Crees que tú, tus compañeros y todos aquellos a quienes les hice el encargo personal de cuidarla se encuentran en condiciones de celebrar?

El extranjero agachó su cabeza apesadumbrado y contestó en un susurro.

-No, mi señor –dijo negando con un movimiento de cabeza-. Te ofrezco mi vida, mi señor, es lo único que me pertenece y…

-No me caracterizo por tomar decisiones arbitrarias y a la ligera, Mousse -le interrumpí-, por lo que antes de hacer algo en contra tuya o reclamar tu vida, deberás contarme cómo sucedió esta tragedia y espero por tu bien y el de todos que mi esposa se recupere.

Me acerqué al extranjero y me senté a su lado, esperando a que él comenzara a hablar mientras observaba en silencio a la nodriza de mi esposa ocuparse de cambiar los paños fríos que Akane conservaba en su frente. Su relato inició con la muerte de Sentaro, luego siguió con la caída de Ryoga y el plan de mi esposa para detener el derramamiento de sangre de ambos clanes. Me sorprendió el descubrir que la idea de capturar a Kuno por intermedio de una estratagema tan arriesgada había sido de ella, pero me sorprendió aún más el enterarme que todos los hombres que tomaban las decisiones en mi ausencia, incluyendo al anciano Hapossai, habían estado de acuerdo y habían apoyado tan descabellado plan, porque una cosa era enfrentar al clan enemigo en batalla, pero otra muy distinta era arriesgar la vida de la señora del dominio para conseguir una victoria que no estaba claro que se pudiera conseguir. La ejecución de la estrategia fue relativamente fácil según palabras del extranjero ya que contaron con la fortuna de que el idiota de Kuno se confiara de su suerte y poderío; la dificultad la encontraron cuando se percataron que no todo había salido lo bien que se lo imaginaban, ya que para cuando descubrieron que mi esposa había resultado herida tuvieron que tomar decisiones apresuradas; salvar la vida de mi esposa era más importante que escoltar a un daimyō cautivo, así que decidieron separarse y buscar cobijo en una casa en donde el extranjero sabía que podía encontrar algo de tranquilidad y quizás un poco de ayuda para aliviar el padecimiento de Akane. Así que ahí habían permanecido desde entonces, cuidando de ella y esperando que llegara la ayuda desde el castillo.

-No debieron exponerla nunca a una situación así –gruñí cuando el extranjero me dio a entender que ese era el fin de la historia-. La estrategia fue acertada pero muy mal ejecutada. Debieron dejar que otra persona la suplantara, debieron obligarla a permanecer en el castillo y de ser necesario, debieron encerrarla.

-Mi señor, sabes lo obcecada que puede llegar a ser tu esposa –intervino la anciana.

La observé con desaprobación y me puse en pie.

-Es cierto, pero todos tenían el deber de cuidarla- dije acercándome a la puerta corredera que al parecer daba al jardín-. Por lo demás, debo informarles que me encontré con la doncella de mi esposa en la vía y espero que pronto mande la ayuda requerida.

-¿Ukyo se encontraba bien, mi señor?

-Se encontraba bien, aunque agotada y nerviosa.

En ese momento escuché un sonido tras la puerta corredera y de inmediato me dispuse a abrirla con rapidez ya que aunque nos encontrábamos a cubierto, no me iba a descuidar en la vigilancia del lugar en donde se encontraba mi esposa, así que al mismo tiempo que abría la puerta desenvainé a kibō y me puse en guardia.

La mujer que se materializó frente a mí me devolvió una mirada sorprendida, pero en un instante su expresión cambió a una de frialdad y acaso rencor mal disimulado. Yo la recordé de inmediato, se trataba de la bella dueña de la casa del lago; ese cabello cobrizo no pasaría desapercibido para nadie que hubiera tenido oportunidad de observarlo con anterioridad.

-Señor Saotome –dijo a modo de saludo sin ninguna formalidad-, no sabía que se encontraba en mi casa, es una sorpresa que no esperaba.

-Vine al reencuentro de mi esposa –contesté devolviendo mi sable a la funda-. Perdón por el recibimiento, pero en estas circunstancias es conveniente sospechar hasta del ruido más insignificante.

-Entiendo. Yo sólo venía a verificar que la señora Saotome siguiera recibiendo el trato adecuado a su estado –dijo ingresando en la habitación.

-Mi señora sigue sumida en un sueño profundo aunque inquieto –afirmó la anciana-. La fiebre ha bajado considerablemente, pero puede volver en cualquier momento.

La mujer observó a mi esposa y luego asintió en silencio.

-Ustedes dos han de estar muy cansados -dijo con aparente calma-. No han dormido ni comido y las energías se agotan, es necesario que por lo menos se alimenten.

-Ya dije que yo no me moveré de este lugar –contestó Mousse con un tono autoritario mirando directamente a la mujer que había ingresado casi como si estuviera desafiándola.

-Mousse –intervine llamando la atención de los presentes-. Tú y la anciana pueden ir a alimentarse, yo me quedaré cuidando de mi esposa.

-Pero, mi señor… -quiso rebatir el extranjero.

-Deben ir a alimentarse, es una orden, Mousse.

El extranjero se puso en pie e intercambió una mirada preocupada con la anciana que me inquietó por un momento, pero que no supe a qué atribuir.

-Sí, mi señor. Oigo y obedezco.

Me acerqué nuevamente al futon en donde descansaba mi esposa y la anciana me observó con preocupación, luego inclinó la cabeza y avanzó hacia la puerta seguida por el extranjero y la dueña de la casa.

-Debes cambiar los paños húmedos cada vez que los sientas calentarse un poco, mi señor. Yo comeré algo rápido y volveré para ayudarte.

-Vamos, los acompañaré –apremió la mujer abriendo la puerta para hacerles pasar.

Me quedé solo con mi esposa en la habitación, me senté a su lado y comencé a hacer la tarea que me había indicado la anciana, sin dejar de pensar en cómo habíamos llegado a ese punto y rogando a todos los dioses para que no me arrebataran a mi esposa ya que yo sabía que si algo así pasaba no sería capaz de seguir con mi vida y de ser así, todo el derramamiento de sangre que por años se había producido para defender las tierras de Nerima habría sido en vano. Sé que el pensar en abandonar este mundo si es que los dioses me quitaban a Akane era una actitud egoísta de mi parte, pero realmente estaba decidido a ser egoísta esta vez, aunque no perdía la esperanza.

No supe cuánto tiempo había pasado desde que mis acompañantes habían salido de la habitación y yo me había sumergido en lúgubres pensamientos y desesperadas oraciones, el hecho fue que sólo reaccioné cuando sentí el frío acero en mi cuello y escuché una voz dulce pero decidida a mis espaldas.

-Los dioses me han regalado la oportunidad de volverte a ver, señor Saotome, y esta vez no pretendo desaprovecharla.

-¿Trabajas para mi enemigo? –pregunté tratando de pensar en qué hacer para librarme de una muerte segura ya que en la posición en que me encontraba no me sería fácil maniobrar o repeler un ataque directo.

-No –dijo ella con voz gélida-, trabajo para mí misma, aunque no contaba con este golpe de suerte. Nunca imaginé que los dioses te trajeran nuevamente a mi casa para cumplir con mi destino.

-¿Qué quieres decir?

-Tienes una deuda pendiente conmigo, mi señor.

-Ni siquiera te conozco –contesté sintiendo cómo se adentraba un poco más el filo del sable en mi cuello-. Si quieres matarme, al menos debes explicarme por qué ¿Te dañé de alguna forma?

-Se puede decir que sí -admitió después de exhalar un suspiro-, aunque mi intención nunca ha sido matarte sin luchar. Quiero enfrentarte en un combate justo.

-No me enfrento con mujeres –contesté.

-A mí sí tendrás que enfrentarme, de lo contrario, cobraré mi deuda con quien no debería pagarla –dijo presionando aún más sobre mi cuello logrando así que un hilillo de sangre corriera libremente por mi piel-. Nunca ha sido mi intención hacerle daño a la señora de Nerima, pero si su esposo no quiere seguir mis reglas, no me quedará más remedio que cambiar mis planes.

-No te atrevas siquiera a pensar en dañar a mi esposa –dije conteniendo mi ira.

-Si no quieres que la dañe te pondrás de pie, saldrás por la puerta que da al jardín y te enfrentarás a mi espada –sentenció.

-Será como quieres –acepté sólo para tratar de ganar algo de tiempo ya que estaba seguro que en cualquier momento alguien vendría y descubriría lo que allí sucedía, evitando así un desenlace que no se veía para nada bien.

-Vamos, ponte en pie y sal ahora si no quieres perder a tu esposa de una vez y para siempre.

Me levanté lentamente y caminé hacia la puerta siendo amenazado en todo momento por el sable de la mujer que iba a mi espalda. Abrí la puerta corredera y salí a la veranda, observé que la tarde ya estaba muy avanzada y la oscuridad pronto cubriría el paraje con la llegada de la noche. Sin más dilación bajé de un salto al suelo y me di la vuelta mostrando mis manos al frente. La mujer de rojos cabellos me observaba desafiante y pude reconocer el odio que reflejaban esos llamativos ojos azules. Me pregunté por qué sentía esa ira hacia mí, me pregunté qué había hecho yo para que quisiera acabar con mi vida, me pregunté a qué deuda se refería si yo no recordaba haberle prometido nada la única vez que la había visto meses atrás en esa misma casa.

-Desenvaina tu sable y defiéndete, señor Saotome –dijo casi escupiendo mi apellido.

-¿Por qué quieres luchar? –pregunté sin obedecer a su orden-. ¿Qué te hice para que quieras acabar con mi vida?

-Me quitaste lo único importante que tuve alguna vez –contestó con rencor y entonces fui consciente que se preparaba para atacarme.

Muy a mi pesar no podía apartar los ojos de ella, con movimientos delicados y estudiados fue acomodando su cuerpo en una posición de ataque con un pie por delante y el sable amenazante firmemente tomado con su mano derecha a la altura de su cabeza en línea recta apuntándome como si el acero que sostenía se hubiese convertido en una extensión de su brazo.

-Sólo te he visto una vez, señora –dije con el tono de voz más calmado que pude expresar-, y de verdad no recuerdo haberte ofrecido o prometido nada que después te haya quitado. Ni siquiera sé tú nombre porque nunca lo revelaste.

Soltó una sonora carcajada y movió la cabeza de un lado a otro. Me fijé en su expresión, sólo odio pude detectar en ese bello rostro de mujer. Había algo hipnótico y al mismo tiempo estremecedor en su rostro que me hizo comprender que la mujer que tenía enfrente no se detendría ante nada por conseguir lo que quería.

-Me llaman de muchas formas, pero ninguno de los nombres que me ha asignado la gente vulgar se asemeja a mi verdadero nombre porque nadie tiene el derecho de saber algo que conservo sólo para mí –contestó sonriendo de medio lado-, y ni siquiera el señor de Nerima puedes aspirar a conocerlo.

-Entonces dime por qué quieres enfrentarme, cuál es tu motivo.

Apenas pude terminar la frase cuando la vi avanzar con una rapidez que no me esperaba y atacarme. Debo reconocer que sólo fui capaz de detener su ataque soltando mi sable del cinto con todo y funda para utilizarlo luego al recibir el golpe de su katana. La mujer se alejó un par de pasos con su sable amenazante a la altura de su hombro mientras yo observaba con asombro la mella que había dejado su ataque en la funda de mi propio sable.

-No te defiendas, es mejor que luches porque estoy decidida a acabar hoy con tu vida.

La observé seriamente por un momento. La había subestimado y ahora descubría que la mujer que tenía enfrente estaba dispuesta a todo con tal de acabar conmigo, así que de un sólo movimiento aparté a kibō de su funda, arrojando ésta última al suelo.

-No sé cuál es tu motivo y parece que no tienes intención de decírmelo, sin embargo, no estoy dispuesto a dejarme matar por complacer a una mujer que ni siquiera conozco –dije levantando a kibō hasta que quedara apuntando hacia mi contrincante-. Puedes atacar señora, estoy esperando.

Ella pareció complacida con mis palabras y volvió a lanzarse contra mí; esta vez yo estaba listo y recibí su embestida aplicando técnicas evasivas.

Uno, dos, tres, cuatro golpes de ataque fueron repelidos hasta que al quinto embestí con kibō y provoqué que ella retrocediera unos siete pasos tambaleándose sobre el suelo resbaladizo.

En otras circunstancias me hubiera parecido divertido el mohín que apareció en su rostro en el momento que se percató que yo la había atacado de verdad, sin embargo, ya me estaba cansando de toda esta situación y mi preocupación por la salud de mi esposa estaba volviendo a ocupar todos mis sentidos, por lo que pensé que si la derrotaba de forma rápida y sin causarle daño, se quedaría tranquila y me dejaría encargarme de los cuidados que requería mi esposa.

La observé seriamente tratando de averiguar cuál sería su próximo movimiento, pero me fue imposible adivinar sus intenciones, así que exhale un suspiro de resignación y empuñé nuevamente a kibō extendiendo su filo hacia el cuerpo de la mujer casi a la altura de mis ojos. Por encima de la azulada hoja de mi katana podía ver cómo ella se preparaba para el contraataque, adoptando una postura defensiva. Estaba seguro que ella había sido entrenada por un buen maestro puesto que sabía perfectamente cómo utilizar todo su cuerpo para una defensa o un ataque.

Me acerqué rápidamente y cuando estaba a tres pasos de asestar mi golpe, giré mi cuerpo sorprendiendo con ese cambio a mi contrincante, sin embargo, la sorpresa debió durar poco puesto que ella también giró y alcanzó a repeler mi ataque.

Uno, dos, tres, cuatro golpes y los sables se movían emitiendo el característico sonido del entrechocar de sus hojas. Cinco, seis, siete golpes y pude comprobar que mi cansancio contrastaba con la energía que parecía mantener a mi contrincante totalmente alerta y activa. Ocho, nueve, diez, once golpes y giré nuevamente mi cuerpo tratando de acabar aquel combate que me parecía absurdo.

Al momento de girar golpeé fuertemente a la mujer con mi mano libre haciéndola caer sentada al suelo, pero antes de provocar su caída, ella había logrado rozar mi mejilla con la punta de su sable, por lo que la sangre comenzó a caer de forma lenta en pequeñas gotas hasta fundirse con el suelo que pisaba.

-Tuviste suerte –dijo acariciando el lugar en el que la había golpeado y jactándose todavía sentada en el suelo-. Un poco más abajo y te corto el cuello.

-Estas bien entrenada –contesté haciendo caso omiso a sus provocaciones-, supongo que tuviste un buen maestro.

Sonrió mientras se ponía en pie y trataba de adoptar una nueva posición de ataque.

-Quizás esa es la respuesta a todo este misterio –aventuré-. Quizás eres la hija o la hermana de un guerrero que murió por…

Fue como si le hubiese dicho el insulto más aberrante que existiera en el mundo porque de pronto sus ojos parecían dos brasas y se arrojó hacia mí ya no con movimientos estudiados y técnica perfecta, sino como si fuese una bestia malherida que sólo ataca por instinto.

-¡No vuelvas a decir una cosa como esa! –me gritó mientras daba golpe tras golpe sin calcular distancia, fuerza o velocidad-. Jamás vengaría la muerte de un guerrero porque los guerreros son seres despreciables a los que lo único que les importa son sus intereses personales.

-Es decir que todo esto sí es por una venganza –le enrostré mientras detenía su espada con kibō-. ¿Qué mal te pude haber hecho?

-¡Nacer! –me gritó con un odio que no tan sólo se reflejaba en su rostro, también lo hacía sentir en sus palabras, gestos y movimientos-. Tú naciste y al momento de nacer yo lo perdí todo.

-¿Qué?

-Cuando tú naciste yo perdí lo poco que tenía- dijo con lágrimas de indignación en sus ojos-. Familia, casa, dignidad… siendo una niña tuve que luchar en un mundo cruel sólo por sobrevivir y fue difícil, muy difícil, pero me hice un juramento, señor Saotome- escupió con rabia-, no moriría hasta eliminar con mis propias manos a aquel que me arrebató mi vida, así que prepárate porque hoy y después de tantos años ha llegado el día de tu muerte.

Se lanzó una vez más en contra mía, con el sable por sobre su cabeza y a una velocidad que no hubiera imaginado pudiera manejar. Descargó dos golpes que pude esquivar, sin embargo, el tercero me alcanzó el hombro izquierdo, rasgando mis ropas y abriendo una herida que si bien no se veía profunda comenzó a escocer y a sangrar rápidamente.

Observé mi brazo pero a pesar que veía la herida expuesta no podía concentrarme en ella, porque mi mente estaba ocupada en tratar de asimilar y comprender las palabras dichas por mi contrincante.

-Mis enemigos –dije suavemente-, sobre todo Kuno… ellos dicen, se refieren a mí como el hijo bastardo de Genma Saotome.

La mujer soltó una amarga carcajada que me hizo estremecer de pies a cabeza porque en el fondo de mi alma yo ya empezaba a comprender, pero no estaba seguro de poder aceptar la realidad.

-¿Te molesta que se refieran a ti como un bastardo?

-No –dije con poca convicción-, no me molesta porque sé que mi padre hizo lo que debía hacer para asegurar el futuro del clan.

-¡El fututo del clan! –exclamó observando al cielo para luego mirarme con desprecio-. ¡Tu padre sólo quería su beneficio personal! Él era un ser egoísta y soberbio a quien no le importaba pisotear a los demás con tal de conseguir sus mezquinos propósitos. Tu padre fue un tirano, señor Saotome.

No sé muy bien el porqué, pero sentí que algo se removía dentro de mí al escuchar sus palabras. Nunca en mi vida me había cuestionado el accionar de mi padre y siempre había encontrado una justificación para su actuar muchas veces despótico y cruel, sin embargo, yo había crecido admirando a ese hombre, escuchando hablar de sus hazañas, estudiando su administración, sus planificaciones en el campo de batalla, sus acuerdos y relaciones políticas; yo quería igualarle y que la gente dijera que era un digno heredero del gran guerrero que había sido Genma Saotome.

La observé ahí de pie a escasos quince pasos de mí y lo que vi no fue una mujer hermosa y delicada, sino un demonio blasfemo que insultaba la memoria del hombre que yo había tenido todos estos años como ejemplo a seguir.

No me importó que se tratara de una mujer, no me importó mi juramento de jamás enfrentarme en combate con una mujer, no me importó que sus palabras fueran ciertas porque en el fondo de mi corazón tenía la certeza que lo que decía aquella mujer era completamente verídico. Así, observé por un instante el suelo que pisaba y exhalando un suspiro, hablé casi en un susurro.

-Puede que tengas razón –dije con una calma que estaba lejos de sentir-, pero Genma Saotome era mi padre y jamás permitiré que alguien insulte su memoria, ni siquiera una mujer. Prepárate señora.

Di un paso al frente para buscar la posición que me daría ventaja y me arrojé hacia ella con kibō extendido hacia el frente; pude ver que ella esperaba mi ataque con una sonrisa en los labios y haciendo un movimiento que sólo le había visto realizar a algunos maestros, respondió a mi ataque con total control obligándome a realizar un segundo movimiento y un tercero y hasta un cuarto.

No sé cuánto tiempo estuvimos inmersos en ese trance que se genera cuando uno se encuentra sumido en un combate, lo cierto es que vi una oportunidad de dar por finalizada esa lucha cuando ella descuidó su defensa y asesté el golpe que estaba seguro me daría la victoria.

Ella observó consternada y con una mueca de asombro el avanzar de kibō justo hacia su cuello. Al ver su expresión supe enseguida que ella había aceptado su derrota. Cerró los ojos y yo también cerré los míos esperando que kibō hiciera contacto con la piel de mi contrincante, sin embargo, el golpe fue detenido por otro acero que logró hacer que mi brazo temblara y yo retrocediera tres pasos.

-No la mates, mi señor –escuche decir a una voz suplicante-, por favor, por lo que más quieras, conserva su vida o te arrepentirás por el resto de la tuya.

Enfoque mi vista y vi enfrente mío al extranjero. Dos pasos tras él se encontraba la anciana nodriza de mi esposa y a su lado, una chica de violeta cabellera que no había visto nunca llorando de forma desesperada.

-Dame una razón para no acabar con la mujer que insultó a mi padre –dije con el corazón latiendo a gran velocidad ya que aunque no quisiera reconocerlo, en el fondo de mi alma ya sabía cuál era la respuesta.

-Porque ella…

-¡Cállate!-gritó la mujer clavando una daga en la pierna del extranjero quien sólo ahogó un grito de dolor-. Te dije que nadie puede revelar mi secreto.

-Ya no es un secreto –dije con amargura.

-¿Cómo?

-Me diste todas las respuestas, señora –dije bajando mi espada y observándola con tristeza-. Manifestaste tu odio hacia mí, me expresaste tu desprecio hacia mi padre, mencionaste tu sufrimiento al quedarte sola en este mundo, sólo un estúpido no se daría cuenta cuál es tu motivo para querer verme muerto.

Me miró fijamente, y ya no vi odio en esos ojos azules sino dolor, un dolor que llevaba años acumulándose dentro del corazón de aquella mujer y que ahora salía a la luz.

-Te pido perdón por no haber sabido de tu existencia antes. Te pido perdón por haberte atacado ahora cegado por defender el honor de un hombre que quizá no se lo merece. Te pido perdón por todos los años de sufrimiento y tristeza que te hice padecer sólo por el hecho de haber nacido. Y te pido perdón por haberte dejado sin un hogar ni una familia. Si hubiese sabido todo esto antes, ten la seguridad que ahora estarías en el castillo y no en este lugar, porque jamás dejaría que mi her….

-¡No sigas con lo que vas a decir! –me interrumpió como si fuera a insultarla-. No digas esa palabra. Crecí sola, me forjé un camino, una identidad y una vida yo sola. Nunca necesité y tampoco necesitaré la ayuda del hijo de un hombre como Genma Saotome.

-Quizá no necesites la ayuda del hijo de Genma Saotome, pero tal vez puedas aceptar algún día las disculpas y la ayuda del hijo la mujer que me regaló la vida. Aunque no lo aceptes, somos familia.

-Sólo por parte de madre. Una madre a quien tu padre exigió que se quitase la vida sin escrúpulos sólo por complacer a su esposa para que no se sintiera reemplazada por una humilde campesina. A tu padre no le importó dejarme sola, supongo que ni siquiera sabía de mi existencia cuando ordenó la muerte de mi madre. Tuve que mendigar, tuve que humillarme por unos granos de arroz, tuve que realizar las peores y más forzadas tareas que te puedas imaginar para no morir de frío en el invierno… hasta que comprendí que algunos desgraciados pagan muy bien los favores de una mujer… y entonces me convertí en esto –dijo abriendo sus brazos para exhibirse mejor-, por fuera ves a la hermosa mujer que es capaz de obtener lo que quiera del amante de turno, pero es tan sólo una cáscara, la cáscara de una niña que tuvo que crecer demasiado rápido para sobrevivir en un mundo hostil.

La vi expresando tanto dolor en su rostro que sentí rabia y vergüenza hacia mi padre. Ella había sufrido lo indecible por culpa de un hombre al que sólo le interesaba afianzar su poderío, mientras yo, su hermano, había crecido en la comodidad y tranquilidad del castillo ostentando todos los privilegios del hijo de un daimyō. La vida era injusta, pero yo no sabía cómo compensar a esa mujer que me miraba con profundo dolor.

-Puedo darme cuenta de que has tenido una vida muy dura, sin embargo, pienso que el quitarme la vida a mí no arreglará las cosas, sólo te dará la efímera satisfacción de acabar con el hijo del guerrero que hizo que tu madre muriera, ¿pero después qué? Seguirás con la vida que te obligaron a llevar y sólo te quedará el vanagloriarte de haber dado muerte al señor de Nerima, ¿y a quién le importará? Llegará otro daimyō y se adueñará de mis posesiones y luego de unos años nadie se acordará de Ranma Saotome y a nadie le importará el conocer la gran hazaña de haber acabado con un señor de la guerra a quien no recordarán.

-¿Me estás pidiendo clemencia?

-No, te estoy pidiendo el perdón y te estoy dando la posibilidad de enmendar los errores que cometieron nuestros antepasados.

-Mis antepasados no cometieron ningún error, mi madre fue obligada a entregarse a un guerrero que no la quería.

-¿Estás segura que las cosas fueron así? ¿Estás segura de que mi padre no la quería?

La vi dudar por un momento, luego contestó de forma evasiva.

-Si la hubiese querido no la hubiera obligado a matarse.

-A veces los hombres que ostentan poder se ven obligados a realizar cosas aberrantes, pero eso no significa que estén de acuerdo con realizarlas.

No contestó, se quedó en silencio quizá recordando un remoto pasado que sólo permanecía en su memoria.

Quise seguir apelando a su perdón para luego tratar de resarcir el daño que le había provocado mi padre, pero los pasos acelerados que se escucharon venir de la casa no me dejaron continuar.

-Mi señor, hemos llegado con los médicos del castillo -dijo un samurái a quien reconocí como el mismo que había encontrado en el camino con anterioridad-. Disculpa, no quería interrumpir.

-No interrumpes –contesté-, ya no hay mucho que hacer aquí. Ya que al parecer esta dama tomó su decisión, nada me detiene en este lugar salvo el conocer el estado de salud de mi esposa y llevármela de aquí.

-Esto no quedará así, señor Saotome. Tendrás que volver a enfrentarme hasta que uno de los dos desaparezca de este mundo -dijo recobrando su entereza y mirándome de forma desafiante.

-Cuando quieras, señora, pero te aseguro que no será hoy -respondí con una inclinación de cabeza-. Si no quieres atender razones, entonces ve a buscar tu anhelada venganza al castillo cuando quieras y se te abrirán las puertas para que la ejecutes, aunque no te puedo asegurar que sea yo el que desparezca.

Avancé a grandes zancadas acompañando al hombre que había ido a buscarme y cuando llegué a la habitación en donde había dejado a mi esposa, vi que se encontraba rodeada por tres hombres y que la anciana nodriza se acercaba también para ayudar.

-¿Qué dicen? –espeté apresuradamente- ¿Cómo se encuentra?

Dos de los médicos, uno de avanzada edad y otro de unos cuarenta años me miraron con temor e hicieron una reverencia en lugar de contestar, mientras que el tercero, un joven de castaños cabellos, no dejó de examinar el cuerpo de Akane mientras hablaba pausadamente.

-Debemos tratar la herida rápidamente, mi señor. Tus hombres hicieron bien en traer a la señora Saotome a este lugar para que descansara y así no someterla a una cabalgata, pero han pasado muchas horas, es imperioso que operemos lo antes posible.

-¿Puedes hacerlo? –le pregunté directamente.

-Podemos –dijo mirando inquisitivamente a los otros dos quienes no contestaron-. El problema es que los implementos que trajimos no son todos los que necesitaríamos para darle una atención…

-¿Qué recomiendas?

-¿Yo?

-Eres el único que parece saber lo que hace en este lugar ya que has contestado a todas mis preguntas, mientras estos dos señores permanecen callados mirándome como si fuera un ogro.

-Mi señor, es que nosotros…

-Limpiaré la herida, la cerraré y esperaremos unas horas –interrumpió el joven médico-. Afortunadamente el corte se encuentra en un lugar en donde no hay órganos vitales, así que, si la herida no vuelve a sangrar durante ese tiempo, podremos llevar a la señora Saotome al castillo y brindarle todas las atenciones que requiere para sanar correctamente.

-Pero joven Tofu –dijo el mayor de los médicos-, tú mismo has dicho que no trajimos todos los implementos y...

-¿Me aseguras que puedes atenderla y llevarla al castillo sin inconvenientes? –pregunté observándolo con inquietud-. Es la persona más importante que existe en esta tierra para mí.

-También lo es para su hermana, por lo que es importante para mí –contestó el médico con dulzura-. Te aseguro que haré todo lo que está en mis manos para que la señora Saotome sane y pueda volver a encontrarse con todos sus seres queridos.

Asentí en silencio. Quién hubiera pensado que atendiendo a mi esposa se encontraba en médico que había huido con su hermana mayor, regalándome la oportunidad de encontrar el verdadero amor junto a Akane.

-Procede entonces, yo me quedaré aquí y ustedes harán lo que tengan que hacer. Dime, ¿necesitas algo más?

-Si no fuera mucho pedir, mi señor, me gustaría que tú y la anciana salieran de la habitación, así nosotros podremos trabajar con toda libertad y concentración.

-La anciana puede salir, pero yo no me moveré de esta habitación –sentencié con autoridad.

-Será como tú dices entonces, mi señor -asintió el joven inclinando su cabeza-, pero te advierto que lo que presenciarás no es nada agradable.

Asentí en silencio y le di a entender que no me importaba lo que vieran mis ojos con tal de asegurarme que mi esposa se recuperaría. Vi a la anciana y a los médicos susurrarse instrucciones, mientras yo me dejaba caer a los pies del futon en donde permanecía mi esposa recostada.

Mientras se ponían de acuerdo, uno de ellos se acercó a mi lado y trató de examinar mis propias heridas, pero a mí solamente me importaba que curaran a mi esposa, así que lo despaché quitándole los vendajes que tenía en sus manos y envolví toscamente la herida que recientemente me había hecho en el hombro al enfrentarme con la dueña de la casa.

El médico más joven apartó las mantas que cubrían el cuerpo de mi esposa y mientras los otros dos apartaban instrumentos y aparatos que yo no había visto nunca en mi vida, él comenzó a apartar de su cuerpo los paños húmedos que habían utilizado para bajar la fiebre de Akane.

Uno de los médicos salió rápidamente de la habitación cargando todos los instrumentos que habían separado con anterioridad, para volver luego e informar que ya había solicitado la ayuda de la anciana para hervir el instrumental. El médico más joven asintió y con una mirada pareció solicitar mi autorización para proceder. Asentí levemente con un movimiento de cabeza a su silenciosa petición y pude ver cómo empezaban a descubrir lenta y delicadamente el cuerpo de mi esposa en el lugar exacto en donde estaba la herida.

Vi cómo iban sacando uno a uno los paños ensangrentados que habían servido para reducir la hemorragia; vi a uno de los médicos mayores rasgar las vestiduras de mi esposa para sacarlas y dejar descubierta la zona afectada; vi que el otro médico revisaba atentamente el rostro sudoroso de mi esposa y palpaba con sus manos en distintas partes de su cuerpo.

El médico joven pareció intuir mi preocupación e inquietud por lo que estaba realizando su compañero porque de inmediato me miró antes de comentar.

-Son puntos de presión –dijo con voz suave-. Es una técnica que sirve para calmar algunos dolores y también nos ayudará a que tu esposa casi no se percate de lo que tenemos que hacer para ayudarla, en otras palabras, trataremos de evitar que sienta dolor. Como se encuentra inconsciente y no podemos darle medicina por vía oral, esta técnica nos ayudará a calmarla para que no despierte mientras procedemos.

Asentí en silencio y volví a concentrarme en observar el trabajo de los médicos. En ese momento escuché que la puerta se abría suavemente y la anciana nodriza de mi esposa ingresaba con los implementos que había llevado el médico hacía unos momentos.

-Hice que hirvieran en agua como me pidieron –dijo entregando los utensilios envueltos en la misma tela blanca en que los había sacado el médico- ¿Hay algo más que pueda hacer para ayudar?

-¿Puede traer más agua hervida y telas limpias si las encuentra en esta casa? –Preguntó el anciano médico recibiendo los implementos de manos de la mujer-. En caso que no sean suficientes las vendas que trajimos, podemos ocupar lo que esté a disposición.

-Es verdad, tenemos que precaver en caso que falten vendajes.

La mujer se retiró realizando una leve reverencia y los tres hombres se miraron entre sí como si quisieran pedirse y darse permiso para continuar.

El médico más joven asintió con la cabeza y su rostro mutó. Resolución fue lo que pude observar en aquel rostro ensimismado.

Tomó un implemento que no pude distinguir desde la tela blanca y lo acercó a la herida que tenía Akane en el costado.

Desde que tuve edad de enfrentarme en batalla había visto a muchos heridos. Hombres con el cráneo roto, fracturas expuestas de huesos en distintas partes del cuerpo, flechas insertas en cabezas, abdomen, espaldas, brazos y piernas, extremidades y cuellos cercenados, en resumen, un sinfín de heridas e incluso a mí mismo me habían herido muchas veces y nunca había sentido miedo al contemplar un cuerpo sangrante, sin embargo, me aterré al ver cómo el médico acercaba aquel implemento al cuerpo de mi esposa y luego de realizar unos cuantos movimientos, la sangre comenzaba a brotar espesa y oscura, tan oscura que los paños y el futon se tiñeron de un líquido parduzco, casi negro.

Tuve la intención de acercarme, pero uno de los ancianos me detuvo con un gesto.

-Mi señor, el joven Tofu sabe lo que hace. Por favor, no te asustes.

En ese momento volvió a ingresar la nodriza de mi esposa con una jofaina desde donde salía abundante vapor y un gran número de telas que dejó a un lado del futon y volvió a salir conteniendo las lágrimas. Pude intuir que al ingresar y permanecer de pie tuvo una vista que yo no tenía de todo lo que estaban realizando los médicos, por lo que seguramente sus lágrimas fueron de angustia.

Lo siguiente fue como estar dentro de un angustiante sueño. Los médicos se movían sobre el cuerpo de Akane y empapaban telas con sangre que iban quedando amontonadas a un lado. A pesar que ella parecía estar durmiendo profundamente, se removía sobre el futon y de vez en cuando se escapaban quejidos de sus labios. Luego, el joven médico pidió a uno de los mayores algo que no alcancé a escuchar pero me pareció que se trataba de una especie de hilo muy fino y luego de unos momentos que me parecieron eternos los tres médicos se retiraron del cuerpo de Akane casi al mismo tiempo. Yo los observé de forma interrogante hasta que el mayor de ellos habló con calma.

-Ahora puedes acercarte a su lado, mi señor, será bueno que ella sienta tu presencia.

Los otros dos asintieron y se levantaron, uno tomando los implementos que habían utilizado y el otro recogiendo las telas manchadas de sangre.

-Ten cuidado con su herida –dijo el más joven-, a pesar que está cerrada y cubierta como lo ves, no podemos asegurarte que no se vuelva a abrir, mi señor. Yo iré en busca de la anciana para que ayude a limpiar y vestir a la señora Saotome.

-Nosotros nos quedaremos cuidando de ella.

Era como si estuviera escuchando todo lo que me decían desde un lugar muy lejano. En ese momento fui consciente que no podía reaccionar, que mis extremidades no respondían, sólo podía observar el cuerpo extenuado de mi esposa.

De pronto sentí que una mano se posaba sobre mi hombro, levanté la vista y me encontré con la mirada comprensiva del joven médico que había tratado a mi esposa.

-No te preocupes, mi señor, todo estará bien. Ella es una mujer fuerte y se repondrá muy pronto. La fiebre ya bajó lo cual es muy positivo y ha dejado de sangrar, con los cuidados correctos mejorará muy rápido.

-Dijiste que podríamos llevárnosla de aquí –contesté con voz temblorosa-. Dijiste que si salía todo bien podríamos cuidarla en el castillo y no en este lugar.

-Lo dije, sí, pero lo mejor será esperar unas horas.

-No quiero esperar mucho tiempo, necesito llevarme a mi esposa de este lugar.

-No esperarás mucho, mi señor, lo prometo. Ahora deberíamos curar tus heridas y atender al resto de los heridos.

-Gracias, pero no necesito que me cures a mí, mis heridas son sólo rasguños y sanarán solas. Sólo necesito que te preocupes de mis hombres y de mi esposa –dije observándolo retroceder.

-No tienes que agradecer, es mi trabajo y soy consciente que le debo la vida a la señora Saotome, yo y su hermana le debemos la vida y mucho más.

No contesté, sólo me desplacé sobre mis rodillas hasta quedar al lado de mi esposa. Se veía tan frágil, tan pálida y demacrada que no pude evitar derramar lágrimas nuevamente. No supe cuánto tiempo pasó hasta que por la puerta ingresó la nodriza de mi esposa cargando una palangana, algunos utensilios de aseo y un kimono de tela ordinaria. Los dos médicos me reverenciaron y salieron de la habitación.

-Mi señor, los médicos me autorizaron para asear a la señora Saotome.

-Lo sé, puedes proceder, pero no esperes que me aleje de ella.

-Eso es algo que siempre estuvo fuera de discusión -sonrió la anciana al contestar.

Le devolví la sonrisa ante su comentario, mientras observaba cómo limpiaba y vestía delicadamente a mi esposa. Fue entonces cuando recordé que la anciana había presenciado el final de mi lucha con la dama de la casa.

-¿Tú sabías los motivos de esa mujer para atacarme? –pregunté sin quitarle la vista a mi esposa.

-Lo supe esta misma mañana, mi señor –contestó suavemente-. Fue la señora Saotome quien se dio cuenta del parecido entre ustedes y reclamó por una respuesta. La dama de esta casa no tuvo otra alternativa que reconocer el parentesco.

-Y no me advertiste –demandé.

-No me correspondía hacerlo puesto que fue un secreto del que me enteré por casualidad.

Permaneció un momento en silencio y luego me contó lo que había sucedido desde que se había enterado ella y el extranjero de aquel secreto hasta que aparecieron para evitar que cometiera un asesinato.

Me dijo que la dama había jugado sucio ya que una vez yo ingresé a la habitación de mi esposa y ellos habían salido supuestamente a comer algo, ella había aprovechado la ocasión para dejarlos encerrados en la habitación en donde se encontraba la cocina y luego había hecho lo mismo con los hombres heridos que permanecían en una de las habitaciones. Ellos habían gritado y tratado de abrir la puerta, pero, aunque Mousse consiguió romper la puerta, ésta se encontraba sellada con un gran mueble que bloqueaba el paso. No fue hasta que Mousse convenció a la joven que vive con la dama de ayudarle en compañía de quienes llegaban acompañando a los médicos que pudieron salir de allí y dirigirse hacia el lugar en donde yo estaba con ella luchando.

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Si no se hubieran liberado y no hubieran llegado a tiempo, probablemente yo hubiera matado a… mi hermana –dije con pesar.

-El destino siempre interviene a favor o en contra, mi señor. Seguramente éste no es el momento de que abandonen este mundo, ni tú, ni ella, ni tampoco mi niña Akane.

-Tienes razón, anciana.

Luego de aquella breve conversación la mujer se retiró y me quedé nuevamente a solas con mi esposa.

No sabía cómo asimilar todo lo que había pasado en unas cuantas horas puesto que si realizaba un resumen del día, en poco tiempo había llegado a mi dominio desde la capital imperial a combatir junto a mis hombres, había dado muerte a Taro y con ello había saldado la deuda con mi padre y de paso había ganado la guerra contra el clan Kuno; me había enterado del delicado estado de salud de mi esposa; había cabalgado a toda velocidad para encontrarme con ella; me había enterado que tenía una hermana y me había enfrentado a ella hasta casi darle muerte; había presenciado la aparente curación de mi esposa y ahora me encontraba aquí, con el cansancio que se hacía presente en mis entumecidos miembros, con el dolor y escozor de las heridas que había recibido y no había dejado que me curaran, con la tristeza que me provocaba el ver a mi esposa tendida en el futon tranquila pero aún con la incertidumbre de si los médicos tenían razón y ella lograría sanar; y con el pensamiento de no tener claro mi futuro inmediato ni el futuro del clan ya que no había olvidado que el general del emperador se encontraba en mi dominio para hacer cumplir la voluntad del soberano.

De pronto me percaté que estaba demasiado cansado y me dio la impresión de haber vivido un año por cada hora que había pasado, así que me recosté en el suelo al lado de mi esposa, no importándome si entraba algún enemigo o la dueña de la casa a matarme, sólo quería descansar y encontrar sosiego al lado de ella. Tomé su mano y me acerqué lo que más pude a su rostro, luego no supe nada más, sólo dormí hasta que en algún momento sentí un suave movimiento en mi hombro tratando de despertarme. Abrí mis ojos desconcertado y me incorporé de un salto buscando el posible peligro que me asechaba, pero entonces vi que no había nadie en la habitación, salvo mi esposa que me observaba con ojos soñolientos y una tenue sonrisa en sus labios.

-Dime que no estoy soñando –dijo con voz áspera y casi susurrando sus palabras-, dime que eres tú.

-Soy yo, Akane –contesté arrodillándome de inmediato a su lado para estar más cerca-, estoy acá contigo y no pretendo dejarte nunca más.

No hizo falta agregar nada más, me derrumbé a su lado y lloré. Lloré como no recordaba haberlo hecho antes.

Ella también derramó silenciosas lágrimas y luego susurró.

-Creí que nunca más volvería a verte.

-Pero ya ves que estoy acá, a tu lado –dije secando mis ojos con la manga de mi sucio ropaje-. Ahora debes descansar para que podamos volver al castillo. Permaneceré a tu lado y velaré tu sueño hasta que los médicos nos indiquen que podemos irnos.

-Pero la batalla, tus enemigos, los…

Acerqué mis labios a los suyos dándole un casto beso para detener su diálogo, luego me alejé y acaricié su mejilla con mi temblorosa mano. Si no lograba que ella volviera a calmarse y dormir, mis propias emociones me traicionarían.

-Descansa Akane, ya todo terminó y pronto podremos hablar de lo que sucedió. Ahora sólo te pido que vuelvas a dormir y reponer fuerzas.

-Lo haré sólo si te quedas a mi lado.

-Ni siquiera ha pasado por mi mente el alejarme de ti… No otra vez –dije negando con un movimiento de cabeza.

Sonrió débilmente y cerró los ojos extenuada para sumergirse en un sueño tranquilo y apacible. Yo me quedé observándola, casi en un trance hasta que escuché la puerta abrirse y por ella ingresó el joven médico que había atendido a mi esposa.

-Vengo a ver cómo sigue la señora Saotome, mi señor –dijo acercándose a mi lado-, si me permites…

-Hace tan sólo un momento abrió los ojos, pero la convencí de que volviera a dormir.

-Hiciste bien, mi señor.

-¿Qué hora es? –dije mientras me ponía en pie para dejarle espacio al médico.

-Estamos entrando en la segunda hora del buey, mi señor.

Era muy tarde y él pareció notar mi turbación porque de inmediato intentó justificar el no haberme despertado.

-Estabas cansado, mi señor. Después de todo lo que has pasado es lógico que las fuerzas te faltaran. Por lo que estoy viendo, la señora Saotome se encuentra mucho mejor. Mi recomendación es que pasemos una última noche acá y mañana…

-No –dije interrumpiéndole bruscamente-. Si ella está en condiciones la sacaré hoy mismo de este lugar.

-Ella está bien, pero el trayecto es largo y fatigoso, por lo que deberíamos ir despacio y ojalá llevarla en una camilla o algo por el estilo. Ya casi es media noche, ¿te parece adecuado transitar por los caminos en plena oscuridad?

-Está bien –acepté de mala gana-. Tienes razón, eso sería peligroso y la expondría aún más. Pero mañana en cuento despunte el alba me llevaré a mi esposa de este lugar.

-Se hará como tú digas, mi señor. Debemos buscar un medio de transporte apropiado para…

-Yo la llevaré en mi caballo –le interrumpí mirándolo con decisión-. Saikyo es una buena montura y me ayudará a transportarla con todo el cuidado que mi esposa necesita. Ahora bien, ¿los demás heridos y acompañantes se encuentran en condiciones de realizar el viaje?

-Sí, aunque algunos en mejores condiciones que otros.

-Bien, entonces permaneceré aquí velando el sueño de mi esposa si no hay otra opción. Mañana ven temprano a buscarme y que todos estén preparados para partir.

-Así se hará, señor Saotome.

Esa noche fue larga, pero yo ya había descansado lo suficiente como para mantenerme alerta y en vigilia, sólo observando el rostro de mi esposa y rememorando toda nuestra historia desde que había comenzado un día ya lejano a los pies de una de las colinas que daban la bienvenida a Nerima.

La mañana llegó y el médico cumplió su promesa. Había ingresado unas cuantas veces durante la noche sólo para asegurarse que mi esposa se encontrara bien y en un par de ocasiones lo había visto presionar los puntos que me había indicado con anterioridad servían para evitarle a mi esposa el dolor, así que apenas ingresó esa mañana me puse en pie y estiré mis entumecidos miembros.

-Bien, supongo que ya podemos irnos.

Él asintió en silencio y volvió a examinar el cuerpo de mi esposa con suma delicadeza.

-Entonces, avisa a la anciana para que me ayude a preparar a Akane y partiremos.

-Mi señor, si no es mucha indiscreción, ¿por qué quieres irte de este lugar con tanta prisa?

Miré al médico directamente y me percaté que su inquietud era sincera. Realmente estaba intrigado por mi obsesión de retirarme de aquel lugar con la mayor rapidez que pudiéramos.

-Por una extraña razón tú me inspiras confianza –dije cruzando mis brazos al frente, él bajó un poco la cabeza con humildad-. En este lugar no estamos seguros –continué diciendo bajando un poco la voz-, ni yo ni mi esposa nos encontramos a salvo en este lugar puesto que existe una amenaza latente y no estoy hablando de las complicaciones que puedan existir después de haber recibido una herida.

-Entiendo –afirmó con un movimiento de cabeza-. Por eso el joven extranjero se apostó afuera de la puerta de ingreso junto a otros samuráis mientras ordenaba a otros tres que hicieran lo mismo en la puerta trasera.

-¿Están haciendo guardia?

-Sí. Desde que te dejamos solo con la señora Saotome, el joven extranjero tomó esa determinación y han hecho guardia toda la noche, a pesar de que él no se encuentra en buenas condiciones con esa herida en la pierna.

Asentí en silencio y esperé a que el médico se retirara de la habitación. Cuando éste salió me volví a acercar a mi esposa y con suavidad la desperté de su letargo.

-Akane, debemos irnos al castillo –dije cuando entreabrió sus ojos-. Ahora vendrán a ayudarte para que volvamos y puedan seguir atendiéndote.

Ella sólo asintió levemente con una suave sonrisa en el rostro. La anciana ingresó en la habitación seguida de dos de los médicos y Mousse.

Me acerqué al joven extranjero mientras los tres personajes atendían a mi esposa y en susurros le hablé.

-Tú conoces a la mujer que habita esta casa, fuiste tú quien convenció a mis hombres de venir hace un tiempo atrás, apareciste en mi camino en extrañas circunstancias y te hiciste parte de mis hombres; ahora, yo te pregunto, ¿eres parte de un complot en mi contra?, ¿cuál es tu verdadero propósito?, ¿servirme a mí o la señora que habita esta casa?

-Mi señor, es largo de explicar.

-Entonces, resume.

-Yo nunca supe que entre ustedes había un parentesco hasta ahora, sin embargo, reconozco que ella me utilizó como informante durante todos estos meses…

-Un espía que se hizo pasar por amigo.

-Puedes nombrarme como gustes. A mi favor he de decir que nunca te fallé, ni siquiera en batalla.

-Porque seguramente tenías la orden de salvar mi vida para que así tu señora pudiera quitármela, ¿me equivoco?

-No conocía todos los planes de ella, nunca me los dijo -contestó-. Sólo puedo decirte que lo que hice y he hecho durante gran parte de mi vida ha sido servirla en todo lo que me pide puesto que le debó más que la vida.

-¿Y mi esposa?, sabiendo que la mujer me odia, ¿cómo se te ocurrió exponer a mi esposa a venir a este lugar?

-La joven señora se ganó toda mi admiración y respeto tiempo atrás, por lo que juré protegerla de todo y de todos, aún si eso significa traicionar y liquidar a quien tanto le debo. Necesitábamos un lugar para descansar y atender a tu esposa, mi señor. El sitio más cercano y el cual yo conocía bien era este y los traje hasta acá sin ninguna mala intención y con el compromiso que me hice a mí mismo de morir antes de permitir que le sucediera algo malo a tu esposa.

-Está bien. De momento seguirás a mi servicio y procurarás guardar el bienestar de mi esposa, luego, cuando lleguemos al castillo y pueda enterarme de todo lo que sucedió en mi ausencia tomaré una decisión respecto a ti.

-Sí mi señor, oigo y obedezco.

La anciana ya había terminado y los médicos habían dado su aprobación para el traslado de mi esposa y así me lo manifestó la anciana mujer.

-Mi señor, estamos listos.

-Bien, que preparen a Saikyo y que se presenten los hombres que estén en condiciones de desplazarse junto a mí.

-Yo daré la indicación, mi señor –dijo el extranjero a mis espaldas.

Momentos después me encontraba cargando a mi esposa con toda la delicadeza de la que era capaz por los lúgubres y poco iluminados pasillos de la casona.

A ella la habían vuelto a dormir presionando los puntos en su cuerpo y me parecía más frágil y liviana de lo habitual.

Cuando llegamos a la entrada de la casa, vi que mi caballo estaba dispuesto y seis hombres se encontraban ya montados a lomos de sus caballos, incluyendo a Shinnosuke. Le saludé con un movimiento de cabeza y me acerqué a Saikyo.

-¿Quieres que te ayudemos, mi señor? –preguntó Mousse

Asentí y observé el rostro pálido y demacrado de mi esposa bajo los grises tonos de un amanecer en pleno invierno. Debía darme prisa si quería llegar al castillo sin contratiempos porque no sabía si en cualquier momento la lluvia nos sorprendería en el camino.

Mousse recibió el cuerpo inerte de Akane entre sus brazos y yo subí de un salto a mi caballo para luego agacharme sobre la montura y recibir con delicadeza el cuerpo de la mujer que amaba más que a mi propia vida.

Acomodé el frágil cuerpo de mi esposa entre mis brazos y con mi mano derecha tomé las riendas de Saikyo. El animal parecía saber la misión que se le había encomendado y lo importante que era para mí la persona que llevaba en mis brazos y que había apoyado en su cruz, porque aunque siempre relinchaba y coceaba con alguna de sus patas, ésta vez no hizo ningún movimiento y se quedó quieto hasta recibir alguna orden.

Observé a mi alrededor y noté que en la puerta de entrada permanecía la dueña de la casa junto a la joven de violetas cabellos viendo cómo todos los que habían permanecido en su casa se preparaban para abandonarla.

Sus ojos finalmente se fijaron en mí y yo hice una inclinación de cabeza.

-Recuerda que estás invitada al castillo de Nerima, señora –dije con propiedad-. Ahora, si quieres, puedes buscar un lugar neutral y no me negaré a concurrir para seguir con la conversación inconclusa que dejamos. Es una promesa que te hago delante de todos los aquí presentes. Reanudaremos y daremos por terminada nuestra charla –terminé de decir con intención.

-Ten la seguridad que haré cumplir tu promesa, señor Saotome –dijo haciendo un saludo con un movimiento de cabeza para luego desaparecer dentro de la casa seguida por la muchacha de violeta cabellera.

Estaba seguro que tarde o temprano volvería a enfrentarme a la mujer de cobrizos cabellos, era mi destino y debía cumplirlo, sin embargo, eso debía esperar y al parecer ella logró entenderlo porque no hizo ninguna objeción, sólo acató mi solicitud de aplazar el enfrentamiento y eso me dio esperanzas ya que tal vez ella razonaría y comprendería que yo no tenía culpa en las decisiones y actos que había realizado mi padre, aun así, yo no me dejaría matar por complacer a una mujer, aunque esa mujer fuera mi hermana.

Observé el rostro de mi esposa y acomodé su peso en mi regazo por última vez para luego darle un leve pero decidor golpe a mi caballo en los ijares.

-Vamos Saikyo, aléjate de este lugar –le susurré al caballo-. Llévanos a casa.

El caballo comenzó a avanzar al ritmo que yo le pedía casi como si estuviera caminando sobre nubes, con un cuidado y delicadeza que me hicieron pensar que el animal sabía que llevaba a una persona herida sobre su cuerpo y que esa persona le era conocida y valiosa.

Entonces recordé que Akane había participado en el adiestramiento de mi caballo de combate y que él debía reconocerla, por lo que me maravillé de la nobleza del animal mientras me alejaba de aquella casa que tanto dolor y sufrimiento me había traído en el poco tiempo que había permanecido en su interior.

Atrás había dejado a la mujer que a todas luces era mi hermana. Una hermana a la que no conocía; una hermana que había sufrido lo indecible por culpa de mi padre; una hermana que me odiaba desde el mismo día de mi nacimiento; una hermana que había querido matarme… una hermana a la cual tenía toda la intención de acoger en mi familia si ella así lo aceptaba.

Eso sólo el tiempo y nuestro próximo encuentro lo decidirían. De momento yo debía velar sólo por el bienestar de mi esposa a quien llevaba herida en mi regazo.


Cuando desperté no sabía muy bien en qué lugar me encontraba, sólo sabía que estaba viva y que mis pulmones expulsaban con un poco de dificultad el aire que me obligaba a inhalar.

Abrí los ojos lentamente sólo para enfocar mi mirada en un techo blanco. La habitación se notaba iluminada y cálida y fui consciente que me encontraba acostada en un futon suave y mullido. Cerré nuevamente mis ojos e imágenes desordenadas comenzaron a aparecer en mi mente.

Fragmentos de la escaramuza que habíamos mantenido con la comitiva del señor de Seisyun se entremezclaban con recuerdos de voces amortiguadas que había escuchado en otra habitación que no reconocí.

Recuerdos de mi hermana Nabiki huyendo se anteponían al momento exacto en que uno de mis atacantes logró herirme en el costado.

Luego, una voz dulce y un borroso rostro de azules ojos que me observaban sorprendidos enmarcado por unos cabellos rojos fue reemplazado por un rostro masculino añorado y anhelado por mi corazón.

-Ranma –dije abriendo mis ojos de golpe para luego intentar sentarme por mis propios medios sin conseguirlo.

¿Había sido un sueño o él realmente se había presentado en mi lecho? "Estoy acá contigo y no pretendo dejarte nunca más", recordé que le había escuchado decir a mi esposo entre lágrimas.

Levanté un poco el rostro y escudriñé la habitación tratando de encontrarle. No había señal de la presencia de mi esposo, sin embargo, reconocí el lugar; se trataba de la habitación que compartíamos en el castillo de Nerima, aquella a la que había creído que jamás volvería a ingresar.

Un cúmulo de emociones me embargaron y no fui capaz de contener las lágrimas que comenzaron a caer por mis mejillas. Apoyé nuevamente mi cabeza en el futon y la volteé tratando de observar hacia la contraventana, pero ésta se encontraba cerrada por lo que sólo pude ver la puerta de madera y papel.

Mi costado dolía y punzaba, pero no era un dolor insoportable sino más bien molesto e intenso. No podía recordar todo lo que había sucedido, mi mente se negaba otorgarme un recorrido coherente por los hechos ocurridos desde que decidí llevar a cabo una desesperada estratagema para rescatar a mi hermana y acabar con la guerra que tantas vidas había cobrado.

Sabía que mi hermana había escapado, también era consciente que los hombres habían apresado al señor de Seisyun, pero no sabía si todo eso había servido para detener los ataques entre ambos clanes. Recordaba vagamente que alguien me había tomado en sus brazos y me había trasladado a caballo, pero no sabía dónde me habían llevado, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que me habían herido y tampoco estaba segura de que lo que recordaba haber visto y escuchado era cierto o producto de mi imaginación.

Cada vez más angustiada, intenté incorporarme nuevamente pero la punzada en mi costado hizo que desistiera en mi intento puesto que el dolor fue tan intenso que hasta me costaba respirar con normalidad. Fue justo en ese momento en que escuché abrirse la puerta de la habitación y se dejaron escuchar pasos acercándose a mi lado. Inmediatamente giré mi rostro y descubrí a Cologne que me miraba con intensidad.

-Cologne –murmuré

-¿Te sientes bien? –fue su pregunta. Asentí con un movimiento de cabeza y alcé uno de mis brazos para quitar el resto de las lágrimas que habían rodado por mis mejillas.

-¿Estamos en el castillo? –pregunté.

-Sí –contestó acercándose un poco más para acariciar mis cabellos y mi mejilla. Hasta ese momento no había notado que ella contenía las lágrimas en sus experimentados ojos-. Desde que llegamos a la seguridad del castillo de tu esposo has permanecido dormida ya sea por voluntad propia o por acción de los médicos –dijo al tiempo que seguía acariciando mis cabellos tal y como hacía cuando yo era pequeña y enfermaba en el palacio de mi padre-. Ellos dicen que durmiendo experimentas menos dolor, pero debes estar hambrienta, por lo que alertaré a los médicos y ellos te traerán alimentos.

-No tengo hambre –contesté-, sólo quiero saber qué pasó después del enfrentamiento con la comitiva del señor de Seisyun.

-Hablaremos mientras te alimentas, lo prometo –contestó mientras se ponía en pie y se dirigía hacia la puerta de salida.

Luego de un rato aparecieron tres hombres junto a mi nodriza. Uno traía una bandeja con varias viandas, los otros dos se acercaron despacio a mi lado y reconocí en el más joven al médico que había escapado con mi hermana mayor.

-¿Cómo te sientes, señora Saotome? –preguntó.

-Bastante desconcertada de que estés frente a mí –contesté con rencor sin poder evitarlo.

-Él junto a sus compañeros te salvaron la vida, Akane –amonestó la anciana.

-¿Sientes mucho dolor? –insistió el médico.

-Un poco. Cuando me muevo me cuesta respirar y siento una punzada constante en el costado que resulta ser bastante molesta.

-Eso es porque la herida se encuentra cicatrizando –contestó con una amable sonrisa-. Con el correr de los días pasará, ahora, lo que debes hacer es alimentarte pues has estado mucho tiempo sin probar bocado.

El anciano médico dejó la bandeja en el piso y mi nodriza se acercó para ayudarme a incorporarme en el futon, valiéndose de varios cojines para que yo apoyara mi cuerpo en ellos. Con esfuerzo conseguí obtener una posición medianamente cómoda y vi a los tres hombres salir de la habitación.

-Probaré bocado sólo si me cuentas todo lo que ha pasado durante el tiempo que he estado inconsciente, Cologne.

-Bien –contestó la anciana-, trataré de contarte todo lo ocurrido de forma ordenada y resumida, pero tú deberás prometerme que no me interrumpirás ni te exaltarás durante el relato, ¿está bien?

Asentí en silencio sin hacerle una promesa porque me conocía y sabía que muy probablemente me costaría contenerme de realizar alguna pregunta o comentario.

Así fue que mi nodriza comenzó a relatarme los hechos como si se trataran de un cuento mientras poco a poco iba acercándome la comida a mis labios.

Me contó que después de descubrir que me encontraba herida, decidieron llevarme a un lugar más cercano y seguro en donde pudieran atenderme. Fue así que el extranjero propuso llevarme a la casa del lago en donde sabía encontraría la ayuda de la dueña del lugar. Él me cargó en su caballo y una vez estuvimos en el lugar, se negó a dejarme sola. Allí me cuidaron lo mejor que pudieron con la ayuda de la dueña de la casa y decidieron que al día siguiente algunos de los hombres que nos acompañaban vinieran al castillo en busca de ayuda puesto que no sabían cómo curar mi herida y mi estado febril no cedía ante la medicina que me daban.

-Ukyo vino en busca de ayuda junto a algunos hombres y posteriormente nos enteramos que a mitad de camino…

-¿Qué?, ¿algo le sucedió a Ukyo?

-Cálmate y no te exaltes.

-Trataré, pero dime, ¿Ukyo está bien?

-Ukyo está bien, niña, no te preocupes –amonestó mi aya-. No podíamos creerlo cuando llegó a la casa en la que estábamos y nos dijo que Ukyo había seguido su camino y pronto los médicos se pondrían en camino para atenderte. Tu esposo se presentó en la habitación en la que te teníamos y…

-¡Ranma! –Exclamé-, ¡entonces, no lo soñé!

-Cálmate niña –reprendió la anciana y no me quedó más remedio que obedecerle-. Sí, él regresó y acabó con esta estúpida guerra entre clanes. Cuando derrotó a los hombres de Kuno y luego se enteró de todo lo que había pasado contigo, salió a buscarte desesperadamente por los caminos. Fue una verdadera suerte el que se encontrara con Ukyo. Te cuidó mientras estuvimos en esa casa y no se separó de ti ni siquiera cuando llegaron los médicos y te atendieron, luego de que empezaste a mejorar se decidió que debíamos volver al castillo y él te trajo en su caballo. Has permanecido inconsciente desde ese momento y él sólo se ha ausentado de tu lado cuando ha tenido que concurrir a distintas reuniones para tratar de arreglar todos los entuertos que ha dejado la estúpida obsesión del señor de Seisyun.

-Ranma –suspiré para inmediatamente recordar algo que había guardado en mi memoria y que no estaba segura fuese verdad-. Espera un momento. Puede ser mi imaginación pero… esa casa a donde me llevaron. La mujer… recuerdo a una mujer de cabello rojo y ojos azules que dijo…

-Debes descansar ahora, Akane. No es bueno que hables demasiado en tu condición.

-Pero necesito saber si es verdad, Cologne. Lo que escuché… ella es…

-Sí, lo es –dijo la anciana poniéndose de pie mientras levantaba la bandeja y comenzaba a caminar hacia la salida de la habitación-. Ella es la hermana de tu esposo, pero él no lo supo hasta el día en que te encontró en esa casa.

-Pero…

-Descansa niña –dijo abriendo la puerta y ofreciendo la bandeja a alguien que seguramente se encontraba afuera puesto que volvió sobre sus pasos y me observó con severidad-. Debes descansar y recuperar fuerzas para que puedas sanar rápido. Ya tendrás tiempo para hablar con tu esposo y enterarte de más cosas que yo no puedo decirte pues no me corresponde hacerlo.

Asentí en silencio y lentamente fui cerrando mis ojos para tratar de dormirme, sin embargo, me costó conciliar el sueño puesto que mi corazón se encontraba agitado y expectante. Había confirmado que mi esposo se encontraba muy cerca y en cualquier momento podría volver a verle y abrazarle para eliminar todo el dolor y la tristeza que había experimentado durante el tiempo que habíamos permanecido separados, por lo que las emociones parecían desbordarme. Además, mil preguntas acudían a mi mente. Había cosas que necesitaba saber y que Cologne no me había contado.

La observé sentada junto a mí y me percaté que se veía abatida y preocupada aunque no me atreví a preguntarle por qué. Ella tenía razón, ya habría tiempo para hacer preguntas y que me contaran los acontecimientos acaecidos durante mi convalecencia. ¿Sería acaso que no todo había salido bien?

Comencé a adormilarme nuevamente y un sopor que no pude aguantar fue apoderándose de mí. No supe en qué momento volví a dormirme pero cuando desperté, la habitación estaba en semioscuridad. Sólo la débil luz de una lámpara a un costado daba algo de claridad al espacio en donde me encontraba.

Volteé mi rostro en busca de mi nodriza recordando el lugar en donde se había sentado y lo que mis ojos descubrieron fue tan inesperado que no pude retener el grito de júbilo que pareció subir desde lo más profundo de mí ser.

-¡Qué! ¡Qué pasó! –exclamó despertando abruptamente de su letargo así, tal y como estaba sentado a mi lado-. ¿Estás bien? –continuó diciendo mientras se ponía en pie de un salto, desenvainaba su katana y observaba en derredor buscando alguna amenaza.

-¡Estás acá! –Exclamé por fin conteniendo las lágrimas de emoción al verle ahí de pie observándome con dulzura-. Estás vivo y acá conmigo.

Bajó el sable y con su mano izquierda rascó los cabellos de su nuca como lo haría un niño pequeño confundido.

-Sí, pero si vuelves a gritar de esa forma me matarás de un susto –sonrió de medio lado y se sentó junto a mí extendiendo su brazo para acariciar mis cabellos-. No llores, ya todo quedó atrás, Akane.

Escucharlo decir mi nombre fue casi como sentir una caricia. Había extrañado tanto su voz, sus caricias, sus ojos y todo en él, que me parecía inverosímil estar contemplando su rostro sereno concentrado sólo en mí. Levanté mi brazo y busqué su mano para llevarla hasta mi mejilla.

-Parece que fueron años los que estuve anhelando este reencuentro –logré decir controlando un sollozo-. Te extrañé tanto, Ranma… no tienes idea cuánto te extrañé.

-Si es sólo una pequeña parte de lo que yo te extrañé a ti, entonces sí lo sé –dijo secando mis lágrimas con su pulgar-. Nunca más vuelvas a hacerme pasar un susto así, Akane. Casi muero al volver al castillo y enterarme que te habían herido y luego, verte en esa habitación, tan pálida y… De sólo recordarlo me estremezco y el terror que sentí vuelve a invadirme.

-Lo siento –susurré mientras trataba de incorporarme. Él me ayudo de inmediato.

-Los médicos dijeron que no debes hacer esfuerzos –dijo con preocupación en el tono de su voz-, que la herida puede abrirse y que…

-Los médicos no saben que lo que me hace falta para sanar es estar al lado de mi esposo –le interrumpí-. Quiero abrazarte y mirante a los ojos porque parece que fueron años los que estuve separada del hombre que amo. No me conformo sólo con recibir una caricia en mis cabellos –terminé de decir mirándolo directamente a esos ojos azules que tanto amaba.

-Eres terca, ¿lo sabías? –dijo sonriendo mientras apartaba la colcha y me tomaba en sus brazos con tanta facilidad como si fuese una niña para luego sentarme en su regazo-. Ahora puedes abrazarme porque estando así contigo ya no te soltaré hasta que tú me lo pidas.

Sonreí acurrucada entre sus brazos y luego levanté mi rostro para verlo a los ojos. Me devolvió la sonrisa y luego acercó su rostro al mío sorprendiéndome con un casto beso en los labios. Cuando nos separamos posó su frente en la mía y habló muy bajito.

-Pensé que jamás volvería a sentir la dicha de probar tus labios. Creí que los dioses me habían gastado una broma al hacerme conocer la gloria a tu lado para luego arrebatármela de golpe –él me acercó más a su cuerpo, por lo que dejé descansar mi rostro en su pecho-. Todo se volvió una locura desde que me fui en busca del emperador, Akane. En Kioto temí morir sin poder volver a verte, luego, cuando me enteré que el idiota quería atacar Nerima creí que enloquecería. Me las arreglé para escapar del Palacio Imperial y sin comprender todavía el porqué, conseguí que el emperador me facilitara su ayuda enviando a parte de sus propias tropas para enfrentar a Kuno, con esa valiosa ayuda conseguimos vencer, sin embargo, el enterarme que estabas herida, que las personas en quienes más confiaba habían dejado que expusieras tu vida… -se interrumpió por un momento que fue suficiente para percatarme que su cuerpo temblaba en espasmos irregulares. Abrí de golpe los ojos al sentir la humedad en mis cabellos. Él lloraba, con angustia y en silencio, lloraba. Me aparté y vi su rostro surcado de lágrimas-. Te creí muerta, Akane. Me maldije por haberte dejado sola, maldije a todos mis hombres por haberte expuesto a tal peligro, maldije a Kuno por haber atacado, maldije a todos los dioses y…

Se interrumpió y enfocó su mirada en un punto lejano de la habitación. Quise decir algo pero él se adelantó.

-No debí dejarte sola nunca, Akane. Toda la responsabilidad de lo que pasó es mía por haberme ido de Nerima. Estoy seguro de que Kuno se enteró y aprovechó la oportunidad para atacar, yo…

-No tienes la culpa de nada, Ranma –le interrumpí secando su rostro húmedo con una de mis manos. Me dolía que se responsabilizara por algo que él no podía haber previsto ni controlado-. Kuno está demente y obsesionado, hubiera atacado en cualquier momento, estando tú en Nerima o no, hubiera atacado igual, por lo demás, fui yo quien convenció a todos para llevar a cabo mi plan y así terminar con los ataques. Pensé que capturando al señor de Seisyun ellos se rendirían y…

-Casi mueres, Akane –me interrumpió, y fue tanto el dolor que vi reflejado en ese rostro que me asusté.

-Pero no morí –murmuré sin poder apartar mi mirada de la suya.

-Necesito que lo entiendas, Akane –dijo con determinación-. Nunca en mi vida había estado más aterrado por algo. En mi vida he sufrido muchas pérdidas, lo sabes, padres, amigos, compañeros de armas… pero si llego a perderte. Akane, no me preguntes cómo pasó pero de alguna forma tú formas parte de mi ser. Te transformaste en mi todo y si tú mueres me matas, porque yo ya no tengo las fuerzas para seguir adelante sin ti, nunca más vuelvas a…

Evité que siguiera hablando posando mis dedos en sus labios. Era tal la desesperación en sus palabras que no pude evitar que las lágrimas cayeran de mis ojos.

Una sensación extraña me embargó. Por un lado me sentía feliz al descubrir que ese hombre, aquel poderoso daimyō me amaba con tal intensidad que no le importaba mostrar su debilidad ante mí al reconocer que una mujer como yo lo era todo para él, y, aunque eso hacía que mi corazón se regocijara, había otra parte de mí que sentía una enorme angustia al verle tan abatido, porque me dolía demasiado el comprender la desesperación y el temor que debió haber experimentado al pensar que en cualquier momento me perdería. Me obligué a dejar mis emociones a un lado y volví a hablarle con decisión.

-Prometo que no volveré a arriesgarme a perder la vida si depende de mí, pero tú, Ranma, ¿puedes prometerme lo mismo? –cuestioné mirándolo a los ojos y acariciándolo por debajo de una herida reciente en su rostro que no había visto y que seguramente había recibido hacía poco y se encontraba cicatrizando-. Sabes que no puedes porque eres un daimyō, sin embargo, si algo malo te sucede, si alguna vez alguien viene a informarme que tú… que ya no volverás a mi lado, no me pidas que siga adelante porque yo te seguiré adonde vayas, así sea a sukhavati o al mundo de los muertos, porque tú también te transformaste en mi todo y ya no podría seguir viviendo si no vuelvo a verte nunca más, así que ocuparé tus mismas palabras, si tú mueres me matas, ¿lo entiendes?

Asintió con un movimiento de cabeza y suspiró aflojando un poco su abrazo. Permanecimos en un agradable silencio, sólo disfrutando de la mutua compañía. Me acomodé nuevamente en sus brazos y cerré mis ojos pensando en cuán grande era nuestro amor, en lo mucho que habían crecido y se habían fortalecido nuestros lazos y es que al parecer la distancia y los tiempos difíciles no habían hecho otra cosa que acrecentar este fuego que parecía consumirnos a ambos.

Recordé todo lo que había vivido durante aquellos pocos meses y me pareció una vida entera, sin embargo, todavía no pasaba un año desde que lo había conocido a los pies de esa colina. Desde ese momento supe que él se convertiría en alguien importante para mí, aunque no me imaginé que se transformaría en mi todo. El amor abrazador que ambos sentíamos valía cada una de las lágrimas que había derramado. Todas las penas, dolores y temores que había soportado quedaban olvidados al permanecer junto a mi esposo. Ya no me importaban las vicisitudes que tuviera que sortear si lo hacíamos juntos.

-¿Qué haremos? –dijo de pronto sacándome de mi ensoñación.

-¿Respecto a qué?

-Cómo cumpliremos nuestra promesa en un mundo que parece estar en constante guerra.

-Haremos un pacto –dije mirándolo a los ojos-. Trataremos de generar un ambiente de paz. Ahora bien, si las circunstancias no lo permiten, entonces haremos lo posible por mantenernos a salvo y en el caso que uno de los dos por cualquier motivo llegase a faltar… en ese caso y sólo en ese caso, el otro estará dispensado para hacer lo que estime conveniente y seguirle, puesto que ninguno de los dos está dispuesto a seguir adelante sin el otro ¿no?

-Me parece justo –contestó dulcificando la mirada-. Nada me separará de ti, Akane, ya no, ni siquiera la muerte.

-Tampoco pienso separarme de ti, Ranma, y desafiaré a quien sea, incluso a la muerte si es necesario.

-Entonces, tendrás que recuperarte lo más rápido que puedas.

-¿Por qué? –inquirí mirándolo con curiosidad ya que de pronto había cambiado el tono lúgubre y apesadumbrado de su voz por uno totalmente divertido.

-Simple –contestó con una chispa de picardía brillando en sus azules ojos-. No tengo familia y necesito un descendiente. Tienes que recuperarte y ayudarme a conseguir un descendiente para asegurar el futuro del clan –sentenció.

Sentí como todo el color subía a mi rostro y mis mejillas ardieron al comprender sus palabras. La situación tiene que haberle resultado muy divertida porque soltó una carcajada y volvió a robarme un beso.

-¿Sólo para eso me necesitas?

-Claro que no –sonrió-. Sólo bromeaba, sabes que eres mucho más que una simple mujer de la nobleza que se dedica a concebir y criar a los hijos de su esposo. Eres una mujer maravillosa, increíblemente fuerte y decidida, inteligente, bondadosa y totalmente distinta a las demás, por eso y por muchos otros motivos tienes a este guerrero total y profundamente enamorado.

Sonreí satisfecha. Comprobé que él sabía cómo romper la tensión de un momento angustiante; lo había hecho tiempo atrás cuando había llegado la carta de mi hermana y lo volvía a hacer ahora, al dejar atrás un tema tan poco agradable como la muerte del ser amado.

Noté que se removía y de un impulso se levantó conmigo en brazos para luego dejarme suavemente sobre el futon.

-¿Qué haces? –cuestioné.

-Debes descansar –contestó.

-¿Te quedarás conmigo?

-A tu lado toda la noche –dijo alejándose para luego extender su propio futon a mi lado-. Mañana tendré que dejarte temprano porque necesito seguir las reuniones con el general del emperador.

-¿Él está acá?

-Él y todos sus hombres. Sólo espero que pronto se vayan, aunque algo me dice que tendremos que esperar a que pase el invierno –terminó de decir mientras se despojaba de sus ropas para vestirse con su ropa de dormir.

Cuando se acostó en el futon, se acercó lo que más pudo a mi lado y entrelazó su mano con la mía. Así permanecimos durante un rato que me pareció eterno. Al observarle, noté que había cerrado los ojos, debía estar muy cansado pero yo había recordado algo que tenía que saber. No quería quedarme con la incertidumbre toda la noche por lo que moví mi mano y de inmediato él abrió los ojos.

-¿Te encuentras bien? –preguntó con preocupación en su tono de voz.

-Sí, sólo tengo una inquietud y no quiero esperar hasta mañana para preguntar.

-Dime.

-Cologne me contó que me llevaron a una casa antes de traerme al castillo –dije suavemente para ver su reacción-. Tengo vagos recuerdos de esa estadía pero hay algo… Yo desperté en algún momento en ese lugar y vi a la mujer que regenta la casa –él pareció tensarse al escucharme y volteó su rostro para verme-. Yo estaba muy débil en ese momento y la fiebre me abrasaba… la confundí contigo porque… había algo familiar en su rostro y sus ojos…

-Ella es mi hermana –me interrumpió sin más.

Quedé sorprendida al escucharle, pero en el fondo sabía que todo lo que había visto y escuchado en aquellos momentos era verdad, Cologne también me lo había dicho, aun así, yo necesitaba la confirmación de él.

-Nunca supe que tenía una hermana –dijo con dureza en el tono de su voz-. Creo que ni siquiera mi padre sabía que la mujer que me engendró tenía una hija.

-¿Vas a reconocerla como parte de tu familia?

-Ella lo único que quiere es verme muerto, Akane –contestó como si fuera algo natural-. Al principio me costó comprender sus motivos, pero ahora la entiendo. Con mi nacimiento le quité lo poco que tenía y la esperanza de vivir tranquila siendo una campesina como su madre. Sabes que la vida en las aldeas de labranza es dura y sacrificada; a veces, la pobreza en la que viven esas personas es abrumadora y no la puedes llegar a imaginar pero por lo poco que interactué con esa mujer puedo intuir que ella hubiera preferido esa vida a la que lleva ahora. Mi padre, al dejarla huérfana, la obligó a vivir una vida que no le corresponde y es por eso que ella sólo piensa en vengarse a través del hijo del hombre que la despojó de todo lo que para ella era importante.

-Eso quiere decir que ella quiere…

-Ya la enfrenté –interrumpió y me sorprendieron sus palabras porque él jamás se enfrentaba a alguien si no lo hacía en el contexto de una batalla y mucho menos si ese alguien era una mujer-. Ella me obligó a enfrentarla amenazándome con matarte, así que no me dejó otra opción y debo reconocer que es muy buena en la esgrima y tuve muchos problemas para contener sus ataques. Hablamos durante el encuentro y así me enteré de todo lo que te he contado, sin embargo, hubo un momento en el que perdí mi autocontrol y yo casi… el extranjero me detuvo de matar a mi propia hermana, Akane –terminó de decir con pesar.

-Nunca supiste que tenías una hermana, no eres responsable de los actos de tu padre ni de las consecuencias que trajeron esos actos –dije extendiendo mi brazo para acariciar su mejilla.

Parecía un niño arrepentido y asustado al descubrir que la travesura que había realizado traería graves consecuencias.

-Ella no descansará hasta conseguir su objetivo, Akane, lo vi en sus ojos ese día. Me odia tanto que lo único que conseguirá aplacar ese odio será el verme muerto.

-Pero no puede…

-Cuando te saqué de ese lugar le hice una promesa –me interrumpió-. Le prometí a la señora de la casa del lago que la recibiría en el castillo o que concurriría al lugar que ella estimara conveniente para terminar el encuentro que quedó pendiente.

-Ranma, hace poco hablamos de no exponernos de no ser necesario.

-Es mi destino, Akane, ella no me dejará en paz si no me bato a duelo. Me gustaría que todo fuera distinto, me gustaría que ella aceptara mis disculpas y así poder retribuirle de alguna forma por todo el dolor que ha sufrido durante toda su vida, pero creo que eso será imposible.

-No lo será –contesté-. Algo me dice que a pesar de lo dañado que se encuentra su corazón en el que sólo ha tenido espacio para acumular rencor durante todos estos años, en ese corazón también hay bondad, de lo contrario no se hubiera molestado en ayudarme. Ten confianza, ella comprenderá que tú no tienes la culpa de lo que hizo tu padre y perdonará.

-Espero que los dioses te escuchen porque el día que ella decida enfrentarme no me dejaré vencer -sentenció-. Puede tratarse de mi hermana pero yo no estoy dispuesto a renunciar a una vida plena junto a ti por lavar las culpas de un padre que ni siquiera me dio una muestra de cariño durante todo el tiempo que estuvo con vida.

-Llegado el momento la diosa misericordiosa intervendrá, estoy segura de que así será y ya no la tendrás como una enemiga sino como una verdadera hermana, como siempre debió ser.

-Duerme, Akane –contestó con una triste sonrisa-. Debes descansar para recuperarte.

-¿Te acercas un poco más?

-Pero, tu herida…

-Ya no duele tanto y estoy segura que a tu lado dolerá aún menos.

Él sonrió y se acercó abrazándome por encima de las colchas. Me acurruqué como pude cerca de su rostro, descansé mi cabeza entre su mentón y su hombro, y cerré los ojos conciliando el sueño lentamente.

Así permanecimos. Durante la noche desperté varias veces, algunas sobresaltada y otras con una dulce sensación de comodidad. En todas las ocasiones en que vi interrumpido mi sueño, él estaba allí, seguía a mi lado abrazado a mí y eso me daba tranquilidad. Estaba en el castillo, conmigo y protegiéndome como lo había hecho desde el momento en el que los dioses habían cruzado nuestros caminos.

Él también tenía heridas en su cuerpo, las más visibles estaban en su rostro aunque podía imaginar que también las tenía en otras partes de su anatomía. Era muy difícil que un guerrero no sufriera una herida en una batalla y él había librado tantas, sin embargo estaba ahí, a pesar del cansancio y agotamiento, a pesar de los problemas e importantes decisiones que sabía él tenía que tomar, a pesar de las dificultades que estaba segura debería afrontar, a pesar de que tenía que velar por el bienestar de todo un pueblo, estaba ahí conmigo, cuidándome, acompañándome, cobijándome, simplemente… amándome. Y entonces lo supe con certeza, no eran simples palabras, él no dejaría que nada ni nadie nos volviera a separar, ya no, y el comprenderlo me hizo la mujer más feliz en la tierra.

Ya nada me atemorizaba y ahora sólo me preocupaba el recuperarme para compartir mi vida con el hombre que amaba y que había vuelto a mí.

Podía haber más guerras, podían venir nuevos enemigos, podían ocurrir infinidad de cosas e incluso el mundo podía caerse a pedazos, pero sólo de una cosa estaba segura, nuestro amor sería duradero e indestructible, porque ambos estábamos dispuestos a luchar para que así fuera.

Cerré mis ojos una última vez aquella noche con la esperanza de que todo lo malo quedaría atrás y con la certeza que el hombre que permanecía a mi lado me amaba con locura… a pesar de todo lo que habíamos vivido no podía estar más feliz.


Notas finales:

1.- Ha pasado mucho tiempo… años, a decir verdad, sin embargo, hace tiempo hice una promesa y ahora estoy aquí para comenzar a cumplirla. No me explayaré en dar explicaciones por mi ausencia, baste decir que han sido muchos los problemas que me mantuvieron alejada de este mundo de fantasía, pero siempre recordé aquella promesa de no dejar abandonadas las historias a las que me encontraba dando vida, así que puedo decir que he vuelto con ésta historia en un principio porque sé que es una de las que más cariño cuenta entre sus seguidores. Ya más adelante decidiré cuál será la siguiente que cuente con un final, pero vuelvo a reiterar que mientras esté en mis manos (y siga guardado en un cajoncito de mi memoria ese final que tanto ha costado ver la luz), intentaré cumplir la promesa de no abandonarlas.

Este es sólo el inicio del final que espero subir lo más pronto posible (al menos para esta historia). Así que, a los pocos que quizá siguen esperando por la continuación de esta historia les digo que más pronto que tarde conocerán su desenlace; si gusta o no ya me lo harán saber (si es que quieren hacerlo, claro está).

Sin más me despido hasta la próxima entrega y agradecida de quienes aun cuando han pasado tantos años, siguen pendiente de una nueva actualización o agregando este escrito a sus favoritos y alertas. Nos leemos pronto.

Gracias por la espera, un abrazo y buena suerte!

Madame…