- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XXVII

"De reflexiones y decisiones"

Habían pasado dos días desde que había descubierto en la habitación de aquella casa la sorprendente verdad y todavía le costaba asimilar que estaba muy cerca de la muchacha.

Cuando el joven extranjero le relató su historia, ella simplemente no supo cómo reaccionar puesto que jamás pensó reencontrarse con su pasado, sin embargo, todo parecía indicar que la niña que el joven había salvado de una muerte segura y que ahora estaba convertida en toda una mujer se trataba de su nieta; hija de la recién nacida que ella se había visto en la obligación de abandonar hacía tantos años atrás para salvarle la vida y de paso, salvar la propia.

Los sucesos habían pasado demasiado rápido para que ella pudiera reflexionar a cabalidad; de pronto se vio envuelta en una vorágine de acontecimientos a los que debía prestar la mayor de las atenciones y que no le habían permitido dedicarse a indagar en lo que realmente era de su interés.

Primero estaba el salvar la vida de su pupila a quien amaba como si se tratase de su propia hija, pero luego, cuando el señor de Nerima ingresó por la puerta de aquella habitación, ella había sabido que tendría una oportunidad de conocer la historia de la muchacha que habitaba en esa casa puesto que el guerrero no permitiría que nada malo le sucediera a su esposa. Así que cuando la enviaron a descansar, ella simplemente obedeció y se dejó conducir a otra habitación no sin sentirse realmente preocupada por lo que pudiera hacer la dueña de la casa en la que se encontraban, sin embargo, el esposo de su pupila era un guerrero y ciertamente podría enfrentar cualquier dificultad que se le presentara.

Fue así que la anciana aprovechó el momento que se le presentaba y trató de acercarse a la joven de violetas cabellos. Todavía mantenía fresca en su memoria la escueta conversación que habían mantenido ambas en aquella habitación.

-¿Cuál es tu nombre? –había preguntado la anciana al momento que la muchacha la acompañaba al interior de la cocina.

-Todos me dicen Shampoo –contestó la chica con una gentil sonrisa en sus labios-. Sé que en otro tiempo tuve otro nombre, pero ya de eso no conservo muchos recuerdos.

-Mousse me contó que vivías en el palacio señorial de un daimyō y que fue ahí en donde él te conoció.

-Sí. Él me rescató de la muerte que iban a darme los ninjas que atacaron al señor del castillo.

-¿Recuerdas a tu familia, a tu madre? –preguntó con ansiedad.

-¿Por qué tantas preguntas? –quiso saber la muchacha.

-Simple curiosidad –contestó la anciana encogiéndose de hombros-. Te pareces mucho a una persona que conocí hace bastante tiempo.

-No creo que sea yo esa persona porque desde que Mousse me rescató, nunca me he separado de él.

-Entiendo.

-De todas formas, tengo vagos recuerdos de mis padres. Sé que mi mamá estaba siempre conmigo y me daba todo lo que podía darme. La recuerdo como una bella y dulce mujer de cabellos púrpuras, igual a los míos. Ella siempre fue amorosa conmigo y mi padre… a pesar de que se ausentaba de casa a menudo por ser un soldado a las órdenes de un daimyō, cuando permanecía con nosotras se mostraba afable y cariñoso.

-Qué… qué bueno –dijo Cologne con la voz entrecortada.

-Ahora te dejaré descansar. Puedes comer lo que gustes.

-Eres muy amable… niña –terminó de decir la anciana.

La chica sonrió dejándola en la habitación. Luego todo pasaría muy rápido; Mousse había ingresado en la cocina y luego de un largo rato, habían escuchado cómo eran encerrados en la habitación.

Ambos se miraron con asombro hasta que intuyeron lo que estaba sucediendo. Trataron de abrir la puerta y cuando eso no funcionó, trataron de derribarla, pero la persona que había sellado la habitación había tomado la precaución de cerrarles el paso poniendo un gran mueble en la entrada. Fue entonces que comenzaron a gritar y a llamar para pedir ayuda, sin embargo, los guerreros que permanecían en la casa estaban malheridos o bien haciendo guardia afuera ya que Mousse así lo había dispuesto.

Cuando ya comenzaban a desesperar, escucharon una voz en la puerta. La muchacha se encontraba asustada y de forma apresurada le explicó a Mousse que la señora de la casa del lago había dispuesto que la puerta se cerrase de ese modo. El joven rogó a la chica para que le ayudara a salir del lugar y después de tanto insistir, ella accedió, sin embargo, el mueble era demasiado pesado para que lo trasladase una sola persona. Ella dijo que buscaría ayuda y volvería; cuando regresó, no sólo abrió la puerta, sino que les informó que los médicos habían llegado, así que Cologne decidió que la chica condujera a los médicos a la habitación en donde se encontraba Akane mientras ella y Mousse buscaban a la dueña del lugar ya que intuía que nada bueno estaba tramando la mujer.

Cuando finalmente la encontraron, Cologne no pudo ocultar su sorpresa al distinguir claramente como la mujer de la casa del lago se enfrentaba de igual a igual con el señor del dominio, sin embargo, fue el comportamiento del esposo de su pupila lo que llamó su atención puesto que por lo ella sabía, él no se enfrentaba a mujeres y mucho menos de una forma tan aguerrida como lo estaba viendo hacerlo. Corrió junto al extranjero para detener al joven señor de cometer un fraticidio, seguidos de cerca por la joven de violetas cabellos quien lloraba a su lado comprendiendo que en cualquier momento su señora y protectora podía morir a manos del daimyō. Fue necesario correr, fue necesario gritar y fue necesario que el extranjero interpusiera su espada para detener el golpe fatal que el daimyō le daría a su propia hermana para lograr detener aquella lucha, sin embargo, Cologne sabía que había una razón poderosa para convencer al daimyō de detener el combate, así que espero a que alguien desde el interior de la casa viviera a buscar al señor de Nerima. No tuvo que esperar demasiado para observar a un samurái informarle al guerrero que los médicos habían llegado y estaban atendiendo a su esposa. Fue como si de pronto el señor de Nerima se hubiese sacado una máscara de demonio porque su rostro cambió al instante y pidió ver a su esposa con prontitud.

Luego todo se tornó bastante extraño. Ella ayudó en cuanto le pidieron a los médicos, sin embargo, en los ratos que le quedaron libres y quiso acercarse a la joven que vivía con la dueña de la casa para enterarse de su vida, no la pudo encontrar; tampoco encontró a la dama y entonces supo que ambas debían estar recluidas en alguna habitación de la casa por voluntad propia o bien a solicitud de Mousse puesto que el joven extranjero había enviado a tres soldados a hacer guardia en la puerta de entrada a la habitación en donde permanecía Akane junto a su esposo y él mismo se había posicionado junto a otros hombre en la otra entrada, temiendo que la señora de la casa tratase de atacar nuevamente al señor de Nerima o a su esposa, concluyó.

El resto del tiempo que había pasado en aquel lugar lo había ocupado en sopesar toda la información que había recibido. Habían sido años de pensar en su hija, en cómo estaría, en dónde estaría, en si sería una mujer de bien y feliz, y ahora, de un momento a otro se enteraba que su hija había tenido una vida aparentemente feliz y de bien, muriendo joven y dejando una niña pequeña, su nieta.

-Mi nieta –murmuró tratando de asimilar esa palabra-. Una nieta que no sabe de la existencia de su abuela.

Suspiró lentamente y llevó la taza con el humeante contenido a sus labios para darle un sorbo. ¿Sería prudente contarle la historia de su vida a una muchacha que al parecer no había pasado zozobras desde la muerte de sus padres ya que el extranjero se había dedicado a cuidar de ella en un mundo tan despiadado como el que conocía de sobra?

¿Debía buscarla y contarle que era su abuela?, ¿era aconsejable decirle que se había visto en la obligación de renunciar a criar a su madre y que ahora estaba dispuesta y podía acercarse a ella, conocerla y entablar un vínculo fraterno entre ambas?

-No –se dijo cerrando los ojos-, eso no puedo hacerlo porque ella no lo aceptaría y terminaría odiándome. Yo misma me odio por haber abandonado a mi hija. Si no lo hubiera hecho, quizás ella estaría viva y conmigo acá en el castillo.

Abrió los ojos y se puso en pie para abandonar la habitación. De momento era Akane quien necesitaba de su ayuda y atención.

Cuando iba camino a la habitación de su señora, vio que en sentido contrario avanzaba Happosai, cabizbajo y meditabundo. ¿Qué pasaría si le contara su reciente descubrimiento?, ¿el viejo maestro se comportaría mejor que como lo había hecho años atrás?, ¿manifestaría alguna intención de conocer a su nieta? La anciana mujer hizo un movimiento de cabeza como para alejar esos pensamientos y siguió avanzando por el pasillo con una resolución al respecto: nadie nunca se enteraría que la muchacha que vivía con la dueña de la casa del lago era su nieta, ni siquiera el anciano que avanzaba a su encuentro.

Era una decisión egoísta de su parte, sí, por supuesto que lo era, sin embargo, ella creía que eso sería mejor a revolver un pasado que resultaba ser incómodo. Los secretos del pasado continuarían así, siendo secretos.

-¿Cómo está tu señora, Cologne? –preguntó Happosai cuando se cruzaba con la mujer.

-Mucho mejor –contestó la anciana haciendo un gesto con su cabeza-. ¿Tú cómo estás?

-En otros tiempos estuve mejor que ahora, sin embargo, sé que todo esto pasará pronto.

-Te quejas demasiado.

-Estoy viejo, Cologne. Estoy viejo y cansado. A veces me gustaría sólo desaparecer y dejar que los jóvenes se encarguen de los problemas que genera esta tierra dividida entre las odiosidades y avaricias de algunos pocos.

-Te entiendo, pero al menos hasta que la muerte no nos lleve, tú y yo tenemos que seguir aquí, apoyando a nuestros pupilos.

-Nuestros pupilos –rio el viejo-. Por si no te has dado cuenta, desde que esos dos se conocieron sólo se necesitan a ellos mismos.

-¿Y eso te molesta?

-No, al contrario. Con el tiempo me fui dando cuenta que la señora Saotome es la mujer valerosa que Ranma necesita a su lado. Me costó asumirlo, comprenderlo y aceptarlo, y confieso que hasta quise separarles debido a todo ese asunto del engaño, pero ahora comprendo que hubiera sido inútil, él nunca necesitó de algo o de alguien hasta que conoció a tu señora, Cologne, y estoy seguro que en el caso de ella fue igual.

-Sí –contestó la anciana con un asentimiento de su cabeza-. Creo que ya nada podrá separarlos, salvo la muerte.

-Un amor imperecedero. Me hubiera gustado compartir un amor así.

-Tal vez lo tuviste y lo dejaste escapar –comentó la anciana mirándolo de soslayo-. Que soluciones tus problemas, maestro Happosai –terminó de decir avanzando por el pasillo hacia la habitación de la señora del castillo.

Happosai sólo suspiró y siguió caminando cabizbajo. Era verdad, él también había podido compartir un amor como el que compartían Ranma y su esposa, sin embargo, había renunciado a él a cambio de poder y estatus que finalmente comprendía no le habían servido para nada ya que al final de sus días permanecería solo.

Cologne por su parte había reafirmado su decisión de no contarle a nadie que la joven que había conocido en la casa en la que habían atendido a su señora era su nieta, mucho menos se lo diría a Happosai. Guardaría ese secreto para ella como hacía tantos años atrás había guardado el secreto de su maternidad, así nadie sufriría ni se recriminaría y ella estaba segura de poder soportar un secreto de tal naturaleza tal y como había hecho años atrás. Aunque doliera y no volviera a ver a la joven nunca más, ella lo haría.


Desde que había vuelto a ingresar al castillo de Nerima, lo único que había hecho era elevar plegarias.

Una y otra y otra vez, rezó; rezó por él, porque a pesar que cada día los médicos decían que mejoraba, él aún se quejaba y permanecía en un estado de semiinconsciencia.

Rezó por su amiga y señora, porque sabía que se recuperaba lentamente, sin embargo, aún le causaba escalofríos el recordar su primera impresión al ver la herida y el temor de que algo no saliera bien la embargaba.

Rezó para que esa estúpida guerra terminara de una vez y todos los que habían logrado sobrevivir pudieran seguir con sus vidas.

Rezó por los soldados caídos, porque fueran del bando que fueran, ellos eran personas y muchos no merecían morir en tales circunstancias, lejos de sus seres amados, en un lugar inhóspito y muchos agonizando durante horas sin recibir ni ayuda, ni compasión.

Así había permanecido durante ese tiempo, clamando a los dioses su intervención para que todo acabara de una buena manera.

Sentada al lado del herido pasaba las horas, a veces tomaba un descanso para comer algo o dormir, pero indudablemente volvía al mismo lugar una y otra vez sólo para cerciorarse que él seguía recuperándose, que él seguía con vida y que eventualmente podía pensar en tener un futuro a su lado.

-Ukyo, ¿quieres que te releve para que vayas a comer algo? –preguntó suavemente una voz femenina a sus espaldas.

La muchacha no pudo ocultar su sobresalto ya que no la había escuchado entrar en la habitación de tan concentrada que estaba.

-No gracias, dama Kasumi –contestó volteándose para observar el dulce semblante de la hermana mayor de su señora-. No tengo hambre.

-Entonces, te traeré un té. Hace bastante frío y has estado aquí durante todo el día.

La mujer sonrió amablemente y salió del lugar dejando una vez más a la chica junto al guerrero herido.

La muchacha se acomodó sobre el cojín que había utilizado para descansar sus piernas, enfocó su vista en el joven que se encontraba dormido en el futon y no pudo evitar exhalar un suave suspiro.

Cuando había llegado al castillo después de haber recorrido a pie varios kilómetros y haberse encontrado fortuitamente con el señor del dominio en el camino, ella había sabido que gran parte de su misión se daba por concluida. Apenas puso un pie tras las puertas del castillo de Nerima había corrido alertando a todo el mundo y clamando por ver al anciano Happosai. Cuando finalmente se encontró con él, le informó de todo lo que había pasado lo más rápido que pudo y entre ambos, y con la ayuda de un par de consejeros, pusieron en marcha el plan de acción.

Tres de los mejores médicos que habían permanecido en el castillo irían en ayuda de la señora Saotome y de los heridos que permanecían en las afueras, acompañados por una pequeña tropa de guerreros que los resguardarían. Luego de eso no quedaba nada más quehacer, que esperar a que todo saliera bien.

Entonces, ella preguntó si necesitaban que los acompañara para mostrarles el camino, pero de inmediato Happosai la liberó de esa responsabilidad aduciendo que bastaba con el guerrero que había hecho el camino con ella para guiar al resto, por lo que ella simplemente comenzó a frecuentar la habitación en donde atendían al señor Hibiki.

Al principio había experimentado toda la angustia y el desasosiego que ya conocía al ver lo consumido que se encontraba el orgulloso guerrero acostado en aquel futon. No parecía el mismo joven que ella había conocido tiempo atrás, sino sólo la sombra de aquella persona.

Por eso se había empeñado en cuidarlo ella misma, no importándole lo que se dijera o pensara de su comportamiento. Estaba segura que nadie se atrevería a realizar algún comentario fuera de lugar por el sólo hecho de ser la doncella de la señora del castillo, pero aun así, los cuestionamientos quizá se hicieran soslayadamente.

El descubrir que la dama Kasumi en persona se dedicaba a ayudar en el cuidado de los heridos fue un aliciente para ella y en cuanto pudo hablar con la hermana de su señora le solicitó de forma muy seria, el permiso para permanecer al lado del comandante de las tropas Saotome. La joven dama no dijo nada, pero a Ukyo no le pasó desapercibida la mirada chispeante y la sonrisa comprensiva que le dedicó la mujer aceptando su petición. Desde aquel momento se había transformado en la sombra del herido, dándole la medicación en los horarios establecidos, ayudando en las curaciones, tratando de hacerle probar bocado en los escasos momentos de lucidez, o simplemente, acompañándolo.

Para ella, que no era una entendida en los asuntos de salud, él joven guerrero estaba mejorando pero no se atrevía a asegurarlo y aunque los médicos le confirmaban que sus apreciaciones eran correctas y que pronto el guerrero se encontraría bien, ella aún sentía el temor de que la muerte siempre caprichosa hiciera acto de presencia y se llevara al joven consigo.

Por eso rezaba en silencio una y otra vez, para que todo volviera a ser como al momento en que ella había llegado a ese lugar acompañando a su señora y se había deslumbrado con el bello lugar y de paso, había comenzado a albergar tiernos sentimientos por el hombre que permanecía tendido en el futon.

-Ukyo…

La muchacha se sobresaltó aunque no era la primera vez que él la llamaba, sin embargo, sí era la primera vez durante todo ese tiempo en que había permanecido ahí que él parecía estar completamente consciente.

-Hola –contestó ella-. ¿Cómo te sientes?

-No muy bien –respondió cerrando los ojos para luego volver a enfocarlos en la chica-. ¿Cuánto tiempo he estado aquí?

-Cinco días -contestó.

Él pareció inquietarse e intentó sentarse en el futon, sin embargo, las fuerzas le faltaron y el dolor que le provocaron sus heridas le hicieron desistir de inmediato.

-No debes esforzarte- amonestó la chica buscando unos cojines cercanos con los que intentó ayudar a que el joven consiguiera incorporarse un poco en el futon.

-Gracias –dijo él teniendo por primera vez una vista un poco elevada para inspeccionar sus heridas.

Vio su pierna, su costado y su hombro vendados y un gesto de rabia contenida apareció en su rostro. Ella no dijo nada; entendía la frustración que debía estar sintiendo el guerrero al verse herido sin posibilidad de moverse.

-Debes comer algo –comentó la muchacha mientras acercaba un cuenco con lo que parecía ser una sopa-. Hasta el momento te has estado alimentando sólo de líquidos y los médicos dicen que así deberá ser por un tiempo.

-Lo que debo hacer es levantarme de este maldito futon e ir a comandar las tropas para poner fin a este…

-No puedes saberlo porque la mayor parte del tiempo has permanecido dormido –interrumpió la chica. Él la miró inquieto-. La guerra acabó –dijo con propiedad-. El señor de Seisyun fue derrotado y permanece cautivo en los calabozos del castillo a la espera de lo que se decida hacer con él.

-¿Qué? ¿Cómo pasó?

-Te lo contaré si prometes no alterarte y comer lo que yo te dé.

Él asintió con un movimiento de cabeza y ella comenzó a contarle todo lo que había sucedido desde que a él lo habían herido en el campo de batalla.

Comenzó contándole cómo habían llevado a cabo el plan de Akane con el cual habían liberado a la hermana de la misma y a la vez capturado al señor de Seisyun. Siguió con el desafortunado momento en el cual se habían dado cuenta que la señora del castillo había resultado herida; de la resolución de Happosai de dividir fuerzas; de la idea del extranjero de llevar a la herida a la casa de la señora del lago; de la estadía en aquel lugar; de la vuelta de los malheridos guerreros entre ellos el monje Shinnosuke; de cómo ella se había ofrecido a regresar al castillo para indicarle a los médicos el camino a la casa donde debían atender a su señora; de su encuentro con el señor Saotome; de su ingreso al castillo y de cómo después de un breve descanso se enteró de la forma en que se había ganado esa guerra con la ayuda del general imperial Saffron, quien aún se encontraba en el castillo junto a toda la tropa que había traído de la capital imperial y de la muerte de Taro a manos del señor de Nerima.

-No puedo creerlo –dijo el guerrero aceptando el último sorbo de sopa que le ofrecía la chica a su lado-. Todo eso en cinco días. ¿Y Ranma? ¿Y la señora Saotome? ¿Ellos están bien?

-Sí –contestó esbozando una débil sonrisa en los labios-. Él la trajo al castillo en sus brazos montado en su caballo Saikyo. Fue todo un espectáculo verlos llegar; el señor de Nerima se divide entre reuniones con el general del emperador y otros emisarios y el cuidado que le da a su esposa. Mi señora se encuentra mucho mejor, recuperándose de sus heridas y en compañía de su esposo. Creo que eso es lo que de momento necesita para aliviarse totalmente, sólo la compañía y el cariño de su esposo.

-Me alegro por ambos –murmuró el guerrero.

-Ahora debes descansar –dijo la muchacha dejando a un lado el pocillo y quitando uno a uno los cojines que había utilizado para que él pudiera incorporarse-. Con reposo y tomando tus medicinas te recuperarás rápido.

-Quizá no pueda –dijo con preocupación.

-Eso no es cierto –rebatió la mujer mirándolo acusadoramente-. Todos los médicos han dicho que las heridas están cerrando y que tú te recuperarás pronto.

-Puede que me recupere pero… ¿podré volver a caminar, Ukyo? –Preguntó con temor reflejado en su rostro-. Sabes que ese maldito me hirió en la pierna y he visto a muchos soldados que con una herida así no pueden volver a realizar su vida normal. Yo prefiero morir a no poder volver a montar un caballo o enfrentarme a mi enemigo en una batalla.

-Volverás a caminar, estoy segura de eso –contestó ella con un nudo en la garganta puesto que no sabía si sus palabras se convertirían en realidad.

Si él no podía volver a desempeñarse como el guerrero que era hasta antes de resultar herido sería matarlo en vida, porque comprendía que para un samurái el enfrentarse en batalla lo era todo en la vida, sobre todo para un samurái tan aguerrido y orgulloso como lo era el comandante de los guerreros Saotome.

-¿Me ayudarás, Ukyo? –Preguntó en un susurro cerrando los ojos sin atreverse a enfrentarse a los ojos de la chica-. ¿Te quedarás a mi lado hasta que me recupere?

-¿Qué crees que es lo que he hecho desde que volví al castillo? –contra preguntó.

-Y si no vuelvo a caminar, entonces tú…

En un impulso, la chica se movió con rapidez y le dio un suave beso en los labios al guerrero. Un toque casi imperceptible que sin embargo logró hacerle abrir los ojos sorprendido y mirarla con nuevas esperanzas.

-Me quedaré a tu lado así vuelvas o no vuelvas a caminar, señor Hibiki –sentenció con determinación-. Creí haberte hecho la promesa de compartir tus sueños tiempo atrás, pero si ya no quieres…

-Sí quiero, por supuesto que quiero –afirmó emocionado.

-Entonces, deja de pensar en tonterías y ocúpate en recuperarte. Yo permaneceré a tu lado todo el tiempo que haga falta y juntos saldremos caminando de este castillo.

-Te lo prometo, así será.

-Ahora debes descansar. Cierra los ojos, señor Hibiki, que yo me quedaré a velar tu sueño.

El joven guerrero obedeció de inmediato y ella sonrió dulcemente. Habían sido meses de incertidumbre los que había pasado en el territorio de Nerima y ahora, finalmente, sentía que todo mejoraría. El señor de Nerima había vuelto y la guerra había acabado, pronto también acabaría el invierno y los heridos se estaban recuperando, los dioses finalmente parecían haber escuchado tantas y tantas plegarias, porque todo estaba mejorando.

Sentía que pronto, tanto su señora como el joven que permanecía a su lado se recuperarían por completo y entonces sí, todo estaría bien.

Volvió a concentrarse en sus rezos pero esta vez, con una sonrisa en el rostro y renovadas esperanzas.

Sí, pronto todo iba a estar bien.


La joven dama se había resignado a que ya nada sería como hasta antes de la guerra que su hermano se había obstinado en llevar a cabo en pleno invierno.

Sentada en el centro de salón principal del castillo se encontraba completamente sola esperando alguna noticia de lo que ocurría en el territorio de Nerima puesto que desde que recibiera el último mensaje informándole sobre la captura de su hermano nada más había sabido.

Desconocía qué había pasado con Tatewaki, ¿acaso estaba muerto, herido o seguía cautivo?, la verdad no le importaba mucho, sin embargo, sabía que fuese lo que fuese lo que sucediera con su despreciable hermano la afectaría directamente.

No podía evitar sentirse frustrada porque al parecer a nadie le había importado lo que sucedería con ella; era como si ella fuese invisible a los ojos de los demás y en cierto modo, así había sido desde siempre. Su madre había muerto dejándola sola en compañía de un padre que no se preocupaba por ella puesto que consideraba que las mujeres eran una carga y un estorbo para los hombres, y un hermano que la había aborrecido desde el mismo momento de su nacimiento. Para ellos siempre había sido invisible. Era mejor ignorar a la niña chillona y malcriada que velar por ella.

Así, había crecido prácticamente sola, desarrollando un carácter difícil y una personalidad excéntrica que nadie estaba dispuesto a entender y mucho menos aceptar. Era cierto que a la muerte de su padre, su hermano se había encargado de darle en el gusto en todo lo que ella quería para que le dejase en paz, salvo en una cosa.

El inepto de su hermano no había conseguido darle lo que ella más anhelaba en la vida, es más, había osado tratar de deshacerse del hombre que ella consideraba había nacido para hacerla feliz y ahí estaban ahora, ella sola en el castillo sin defensa ni protección; su hermano cautivo por los guerreros Saotome y quizá muerto a esas alturas; y el objeto de su afecto hechizado por una mujercita venida de la capital la cual le había arrebatado todos sus sueños y esperanzas.

Suspiró acomodando su cuerpo a un costado y tomó una resolución que ya había comenzado a formarse en su cabeza. Si los guerreros Saotome habían capturado a su hermano, era muy probable que ganaran la guerra, por lo que ella, por su condición de mujer sería desechada o bien, utilizada para pactar alguna alianza. Ella no estaba dispuesta a convivir con alguien que no fuera aquel que había elegido desde que lo había visto hacía años atrás, por lo que con confianza y resolución, buscó dentro de sus ropas y sacó un pequeño recipiente de bambú.

Ya no importaba nada. Si en el mejor de los casos su hermano volvía al castillo, él no mostraría ningún tipo de compasión con ella y era muy probable que aceptara cualquier oferta con tal de deshacerse de su presencia.

Observó el recipiente y sonrió de medio lado. Quién iba a pensar que ella, la altiva dama del castillo de Seisyun había tomado la decisión de acabar con su vida solo por un capricho que no había podido conseguir… ¡Un capricho! Si solo se tratase de un capricho ella no se hubiera molestado siquiera en pensar en algo así, pero al parecer, nadie comprendía que para ella el obtener el amor del fabuloso daimyō del dominio de Nerima era mucho más que un capricho, ella realmente se sentía enamorada de él y si no lo tenía a su lado ya nada importaba.

Sonrió observando el pequeño recipiente en sus manos. Era muy pequeño y acaso contenía unas cinco gotas en su interior, sin embargo, Gosunkugui antes de morir por orden de su hermano le había dicho que bastaba sólo una gota del líquido y cualquier ser vivo abandonaría este mundo en constante guerra de inmediato. Entonces reflexionó, ¿qué efectos produciría en su cuerpo el líquido que pretendía beber?, una vez ingerido, ¿dolería el abandonar este plano? Gosunkugui no le había hablado de ello, sin embargo, ella creía firmemente que cualquier malestar o dolor físico sería menor al que experimentaban su alma y corazón al verse no correspondida por quien consideraba el amor de su vida.

No lo meditó por más tiempo y con mucho cuidado destapó el pequeño recipiente. El fuerte olor concentrado a hierbas medicinales subió directo a sus fosas nasales provocándole un pequeño mareo; estaba a punto de levantar el recipiente de bambú y acercarlo a sus labios cuando vio abrirse la puerta de golpe.

La luz que provenía de uno de los patios interiores ingresó a raudales por la puerta abierta y frente a ella se materializó la figura de un hombre enfundado en la típica armadura que utilizaban los guerreros del clan Kuno.

La joven lo observó y reconoció de inmediato al consejero de su hermano que la miraba con preocupación.

-Señora Kuno –dijo él hincando una rodilla en reverencia.

-Señor Sarugakure –saludo la joven-. Si estás aquí es porque ya liberaron a mi hermano, ¿no es así?

-Siento decirle que se equivoca –contestó el consejero con pesar-. Los Saotome siguen manteniendo prisionero al señor Kuno y me envían con un mensaje.

-¿Qué mensaje?

-Para que liberen al señor Kuno, ellos exigen que se les entregue al señor Kobayakagua, quien permanece recluido acá.

-Está bien, llévate al viejo y terminemos de una vez.

-No es todo, mi señora.

-¿Qué más?

-Los guerreros Saotome no sólo ganaron esta batalla por haber capturado al señor de Seisyun –dijo negando con un movimiento de cabeza-. Si Taro hubiera continuado con vida y a la cabeza de las tropas, lo más seguro es que los guerreros Kuno hubieran vencido de todas formas a unas fuerzas diezmadas como lo estaban las del clan Saotome, pero…

-Pero – insistió la dama apenas asimilando que el hombre más respetado y temido de los guerreros Kuno estaba muerto.

-El señor de Nerima volvió de la capital imperial acompañado de parte de las tropas del propio emperador –reconoció con amargura sin ser consciente de la ilusión en la mirada de la dama frente a él-. Fue él quien dio muerte a Taro y luego exigió la rendición de los demás daimyōs a los que el señor Kuno había convencido de acompañarlo.

-El señor Saotome está en Nerima –comentó ilusionada.

-Cuidando día y noche de su esposa quien resultó herida en la batalla –terminó de decir el consejero para evitar que la mujer se ilusionara con una situación que estaba muy lejos de concretarse-. El general del emperador, quien acompañó al señor Saotome, exige que entreguemos al señor Kobayakawa y además, ellos exigen que…

-¿Está cuidando a su esposa? –murmuró su pregunta como si no pudiera creer lo que el consejero le había dicho.

-Sí, por lo menos ese es el rumor que corre por todo el territorio de Nerima. Como decía, para que ellos liberen al señor Kuno debo llevarles al prisionero y además me piden que te diga que… debes desposarte con uno de los…

-¡Qué! –exclamó la joven de forma tan aguda que pareció el chillido de un animal de campo.

-Fue lo que se solicita pactar al clan Kuno a cambio de libertad del señor –comenzó a decir atropelladamente el consejero-. Una vez libre, él mismo tendrá que pactar nuevas condiciones, aunque es muy probable que tenga que ceder tierras y…

-¡No voy a casarme con nadie! –dijo poniéndose de pie-. El monstruo estúpido y egoísta que tengo por hermano no podrá cambiarme por su libertad y se quedará encerrado para siempre a merced de los Saotome –rio de forma histérica-. Ése será su castigo porque él lo sabe muy bien, si no me caso con Ranma Saotome, no me casaré con nadie, aunque la vida del imbécil dependa de ello.

-Mi señora, por favor, es un mal menor.

-Es mi decisión, señor Sarugakure.

-Temo que no es así, mi señora, lo sabes –dijo el consejero mirando al piso-. Sabes que por ser mujer estás condenada a aceptar las determinaciones que dictamine tu protector, en este caso, el señor Kuno, y a él se le exige pactar con el general del emperador y con el señor Saotome que…

-Tatewaki se quedará en donde está si no puede pactar de otra forma –interrumpió la joven-. Si el señor Saotome no me quiere y prefiere quedarse al lado de una estúpida mujer venida de la capital, entonces yo no tengo razón para seguir en este mundo tan absurdo.

-¿Qué quieres decir, mi señora?

-Llévales al viejo, Sasuke –dijo llamando por primera vez al consejero por su nombre-. Diles al general del emperador y al señor de Nerima que yo sí tomo mis propias decisiones y a mi hermano… a él dile que siempre lo he detestado, pero que ahora lo odio con toda mi alma.

-Pero, mi señora… ¿qué haces?

El consejero no pudo evitar que la mujer que tenía en frente llevara su mano a sus labios y bebiera todo el contenido del recipiente que había mantenido en sus manos.

La vio sonreír brevemente antes de caer primero de rodillas y luego de costado retorciéndose de dolor. El consejero se quedó pasmado ante tal panorama hasta que fue capaz de alertar a los habitantes del castillo con gritos desesperados.

Cuando los sirvientes, soldados y doncellas llegaron al salón, todos quedaron sorprendidos con la escena, pero nadie pudo hacer ya nada por la joven que yacía en el piso con una mano en su estómago, la otra extendida sobre el piso, una mueca de dolor en el rostro y los ojos ya sin vida abiertos de par en par.

El consejero se agachó al lado de la mujer y recogió el recipiente que se encontraba cerca de la mano de la joven. Se lo llevó a la nariz y pudo reconocer de inmediato el potente veneno que había contenido.

-Gosunkugui –murmuró mientras cerraba los ojos de la joven dama del castillo-. Ésta fue tu última jugada, ¿no? Incluso después de muerto sigues fastidiándome y compitiendo conmigo, maldito traidor. Ahora qué haré para que esos estúpidos Saotome liberen a mi señor.

Observó por última vez el cuerpo de la mujer que permanecía en el piso y luego se puso en pie exhalando un suspiro de frustración. No podía entender cómo la joven señora del castillo, teniendo todo a su favor para convertirse en la esposa de algún importante personaje en ese juego de poder, hubiera preferido morir porque el señor de Nerima no había manifestado nunca un interés en ella y su supuesto amor.

-Tú –indicó al hombre más experimentado que servía en el castillo-, encárgate de traer a los médicos aunque ya nada se puede hacer por ella. Además, organizarás las cosas para sus funerales porque a pesar de todo, ella sigue siendo la señora de Seisyun.

-Sí.

-Ahora iré en busca del señor Kobayakawa y esperemos que los Saotome se conformen con su liberación para que nos entreguen al señor Kuno.

Los sirvientes asintieron y le vieron salir del salón. Consternados, comenzaron lentamente a cumplir las órdenes que habían recibido puesto que nadie podía dar crédito a lo que había sucedido.

Allí, tendida en el suelo se encontraba la joven señora del castillo, muerta. Quienes habían compartido con ella sabían de sus excentricidades, de sus caprichos y mal humor, pero nadie nunca se imaginó que ella sería capaz de quitarse la vida por un amor no correspondido.

Aunque en la mente de muchos de los que allí se encontraban ahora encargándose de la situación quedaría por siempre la incertidumbre de si la señora de Seisyun realmente había estado enamorada del señor de Nerima o realmente los rumores eran ciertos y la mujer se había desquiciado al soportar por tantos años el desprecio de su único familiar directo.

Quizá sólo había hecho falta que su hermano le demostrara un poco de afecto para salvar a la joven de una muerte trágica e inútil, pero eso ya nadie podría decirlo ya que ella había optado por abandonar la lucha.

Sólo los dioses podrían decir si la vida de Kodachi Kuno había valido la pena.


El hombre se encontraba en el jardín de su palacio a pesar del frío que hacía después de la lluvia que se había dejado caer con fuerza desde hacía tres días. Esa mañana había parado de llover y ahora el frío reinante era intenso en la capital imperial y sus alrededores, sin embargo, al cortesano recluido en su palacete no parecía importarle que la piel de su rostro resintiera el soplido del viento que parecía cortar con cuchillos su piel; tampoco parecía importarle que el faldón de su kimono quedara sucio y embarrado con la acumulación de agua y lodo que había en el sector del patio en donde se encontraba puesto que se había alejado del camino de piedrecilla sólo para acercarse a contemplar el maravilloso espectáculo con el que deleitaban la vista tres arbolillos de peonía.

Él sabía que había peonías que florecían en pleno invierno y otras que lo hacían en primavera, pero nunca había experimentado la grata sensación de saber que una flor tan bella se abría paso entre las inclemencias del clima invernal y desplegaba sus maravillosos colores, desafiando al frío y al viento, sobreviviendo al inhóspito paisaje invernal, aferrándose a la vida y regalando sus colores a un paisaje que parecía moribundo.

Se acuclilló frente a las matas y tomó entre sus manos una de sus flores sin llegar a cortarla. El rosa pálido de sus pétalos salpicados de pequeñas gotas de agua le hizo evocar el último recuerdo que guardaba de su hija Akane.

Meses atrás la había visto por última vez vistiendo un kimono del mismo color, sin muchos adornos más que los indispensables mientras se despedían y pedía su bendición para realizar el viaje como acompañante de su hermana mayor al territorio de Edo, viaje que ella no quería realizar.

Sonrió con pesar. ¿Qué hubiera pasado si Akane no hubiera acompañado a Kasumi en ese viaje? ¿Qué sería de todos ellos si su hija pequeña no hubiera estado allí para contener al guerrero que había sido humillado por su hija mayor? Seguramente todos y cada uno de los habitantes de su palacete estarían ahora muertos y él no hubiera tenido la posibilidad de recordar a su hija menor contemplando aquella flor de peonía.

Suspiró débilmente y volvió a contemplar el arbusto en flor. Su hija y esa flor se asemejaban mucho, confirmó, puesto que ambas habían nacido para enfrentarse a tiempos y situaciones difíciles. A simple vista parecían frágiles y débiles, sin embargo, tanto su hija como la flor de peonía se imponían ante la adversidad, fuertes y firmes alzándose hermosas e imperturbables ante la hostilidad y demostrando que no temían al rigor de los tiempos difíciles que les tocaba vivir.

-Señor Tendo –escuchó que decía un hombre a su espalada-. Ha llegado un mensaje.

-¿De quién?

-No lo sé, señor, pero el mensajero dice que viene de Edo.

El hombre se puso inmediatamente de pie y apuró el paso para ingresar al palacete seguido muy de cerca por su sirviente quien luego le indicó en dónde permanecía el mensajero al que había anunciado.

-Señor Tendo –saludó el hombre posicionando una rodilla en el piso.

-¿Quién te envía? –cuestionó el hombre.

-Vengo del castillo de Nerima, señor, tu hija me ha enviado con un mensaje.

El mensajero sacó de entre sus ropas una misiva que entregó a Soun sin levantar la vista del suelo. El cortesano se la arrebató de las manos y abrió rápidamente el sello de la misma, leyendo con avidez el contenido de la carta.

Se enteró así que Akane finalmente había dado con el paradero de Kasumi y le había dado cobijo en el castillo de su esposo. De Nabiki no podía dar mucha información ya que nada sabía de lo que había pasado con ella, sin embargo, su hija menor le informaba que ella pensaba que su hermana se encontraba bien y que pronto idearían algún modo de sacar a Nabiki del castillo de Seisyun y reunir a las tres hermanas en Nerima para cuando acabara el invierno pudieran volver a verse.

El hombre suspiró, seguramente esa carta había sido escrita antes de que comenzaran las hostilidades de los Kuno hacia los Saotome, por lo que si bien le tranquilizaba el saber que su hija mayor se había refugiado en el castillo de su yerno, le inquietaba no saber si la guerra había terminado, si Nabiki había podido salvar con bien, si su yerno había podido llegar a tiempo para defender su dominio y a su esposa, y si finalmente los vaticinios de Akane se concretarían y él lograría volver a ver a sus tres hijas al final del invierno.

-Lleva a este joven a las cocinas. Que le den de comer y una cama en donde pueda descansar –ordenó al lacayo que le acompañaba, luego se volvió al mensajero para seguir hablando-. Levántate muchacho.

-Señor –dijo el joven cumpliendo la petición del cortesano.

-¿Acaso sabes algo de lo que ha sucedido en Nerima con el clan Kuno?

-No, mi señor –contestó el joven-. Cuando salí de allá, había rumores sobre un posible ataque de los guerreros Kuno a territorio de Nerima, pero sólo eso. No creo que el señor de Seisyun se atreva a atacar en pleno invierno.

El hombre asintió con pesadumbre. El joven que tenía en frente sabía menos de lo que él estaba enterado y no consideró correcto el alarmarle.

-Pasarás en el palacio el resto del invierno y cuando se abran los pasos fronterizos podrás volver a tu tierra.

-No es necesario, señor Tendo.

-Es necesario porque me has traído buenas noticias y porque sirves a una de las personas que más quiero. Ahora, ve a comer algo.

-Sí, señor.

El joven se alejó acompañado por el lacayo del palacete y Soun se quedó mirando el lugar por donde habían desaparecido.

Suspiró observando la carta que permanecía en sus manos. Sí, era bueno saber que Kasumi hubiera aparecido y estuviera junto a su hermana, sin embargo, habían pasado semanas y ahora, ¿quién podía asegurarle que sus hijas seguían con vida en la seguridad del castillo de Nerima?

Con pesar se dirigió a la habitación en donde solía elevar sus oraciones y se sentó para comenzar a decir una plegaria, porque así como la peonía que daba vida a su jardín moribundo asolado por el crudo invierno, así sus hijas debían imponerse a los embistes de los difíciles tiempos y debían sobrevivir para alegrar la vida de todos quienes las amaban.

Así debía ser y los dioses tenían que protegerlas y ayudarlas.


El monje guerrero se encontraba solo en una de las habitaciones del castillo de su amigo y señor. Descansaba acostado en un futon que a él le parecía muy cómodo y suave para cumplir con la condición de austeridad que les era impuesta a los monjes como él.

Cualquier persona que lo viera en esa posición diría que el monje se encontraba dormido, sin embargo, con sus ojos cerrados y respiración pausada, el monje se había dedicado a repasar los últimos acontecimientos en los que había participado muy de cerca.

Desde que se había separado del resto de los hombres que custodiaban a la señora Saotome en mitad de un camino desolado, le había parecido que había sucedido todo muy rápido. Él junto a los otros guerreros que habían permanecido cubriendo el escape del extranjero llevando a la señora Saotome habían hecho todo lo posible para evitar que los guerreros Kuno les dieran alcance y una tragedia de proporciones se concretase, ya que él, así como todos los demás sabían que los hombres de Kuno no tendrían contemplaciones con una mujer herida, mucho menos si esa mujer se trataba de la esposa del señor de Nerima.

Con esa convicción se había enfrentado a los guerreros que les daban alcance y con temeridad había luchado como uno más de los guerreros Saotome, consiguiendo la victoria y acabando con todos los guerreros Kuno, sin embargo, ellos también habían sufrido pérdidas y en mitad del camino había tenido que asistir en la muerte a por lo menos tres de sus compañeros. Por supuesto, él también había resultado herido y prueba de ello era que se encontraba envuelto en vendas.

Había recibido una estocada en el hombro y dos cortes limpios en su brazo y pierna derecha que incluso le había hecho pensar que eran más graves de lo que se veían, sin embargo, cuando recibieron la ayuda de la familia de parias, él había sentido que no debían acercarse a esas personas, pero el padre y su familia habían sido tan amables y comedidos que al final todos habían aceptado su ayuda.

Los habían llevado a la casa de la dama del lago y allí habían esperado la ayuda de los médicos que seguramente llegarían del castillo, principalmente para atender a la señora de Nerima quien a pesar de su grave herida había resistido bastante bien durante todo el tiempo.

Luego todo se había precipitado cuando llegaron los médicos y los atendieron. Él preguntó por la salud de la señora de Nerima y el más joven de los médicos le confirmó que ella se encontraba bien y en compañía de su esposo. Fue toda una sorpresa para el monje guerrero el enterarse que Ranma había vuelto, que la guerra había acabado y que ahora su amigo se encontraba allí junto a su esposa.

No le sorprendió que el joven daimyō no fuera a presentarse ante ellos puesto que era bastante lógico que en lo único que podía pensar el señor de Nerima en ese momento era en la salud de su esposa.

Luego los habían trasladado en caballos, parihuelas y carromatos al castillo y habían sido distribuidos en distintas habitaciones para continuar con los cuidados. Desde que lo habían ingresado en aquella habitación, él había querido levantarse ya que le parecía que sus heridas no eran de consideración y se sentía bien para continuar ayudando a los soldados Saotome, sin embargo, le habían informado que el señor del dominio había dado la orden especifica de no dejarle levantarse hasta que se encontrara totalmente restablecido.

Agradecía el gesto de su amigo pero él quería participar de lo que estaba sucediendo en el castillo ya que le habían contado que luego de la rendición de los señores que habían apoyado al señor de Seisyun, Ranma debía concertarse en varias reuniones para ver los términos de rendición; además, habían muchos heridos a los que él podía asistir. Se sentía inútil postrado en aquel futon sin hacer nada más que pensar.

Suspiró cansinamente y comenzó a tratar de elevar una plegaria, pero no se encontraba mentalmente concentrado y se sintió culpable por ello, porque él era un monje que casi desde su mismo nacimiento se había preparado para ejercer ese cargo y ahora por alguna extraña razón no podía concentrarse en nada que no fuera la congoja que le producía el rememorar los cruentos momentos que había presenciado y en los cuales había participado.

Él sabía que al aceptar quedarse en el castillo de Nerima ayudando a resguardar la seguridad del mismo, también había optado por participar de lleno en la guerra, sin embargo, en algún momento y antes de que los ataques se produjeran, él había pensado que su participación no sería tan activa en los enfrentamientos a los que había acudido.

Estaba claro que él era un monje guerrero y sabía luchar con armas o sin ellas, pero nunca imaginó que luego de enfrentarse día tras día con el enemigo iba a sentirse tan desdichado. Las imágenes de los hombres a los que se había enfrentado venían a su memoria cada vez que cerraba los ojos en forma de sombras amorfas y ensangrentadas; le reclamaban por haberles arrebatado la vida; le atormentaban diciéndole que su trabajo era conducirlos ante un dios misericordioso y no darles una muerte sangrienta y desesperada; le perseguían en sueños recordándole el sufrimiento que habían experimentado en la agonía del campo de batalla.

Él era un monje guerrero, pero ahora que había participado de una verdadera guerra no se sentía preparado para seguir así puesto que sentía que su camino debía estar del lado de la oración y meditación, no del lado de las batallas y de la muerte. Él debía concentrarse en dar consuelo y no desesperanza.

Abrió los ojos y en un gemido solicitó la ayuda del iluminado para apartar de su mente todas las imágenes horribles que venían a atormentarle; entonces comprendió que tal vez él no estaba preparado para desempeñar el papel que sus hermanos parecían realizar con tanta soltura y lloró, porque se dio cuenta que quizá toda su vida había estado equivocado.

Se llevó el brazo que no estaba herido a los ojos y limpió sus lágrimas tomando una determinación, en el momento mismo en que los médicos dejaran que se levantara de ese futon, él partiría al monasterio, así tuviera que atravesar todo Edo acompañado únicamente del clima invernal lo haría y quizá con un poco de suerte el abad le aconsejaría y dejaría que se dedicara únicamente a la oración como sabía que hacían otros de sus hermanos.

Quizás así lograría alejar a todos esos fantasmas que venían a atormentarle; quizás así encontraría la paz interior que había extraviado al participar de esa guerra injusta y quizás así podría servir de mejor manera a la comunidad puesto que estaba convencido que como monje guerrero nunca más podría luchar.

En la austeridad y lejanía del monasterio estaba seguro de que encontraría la paz; en la austeridad y lejanía del monasterio creía que se encontraría mucho mejor que en el mundo exterior. Quizá podían pensar que era un cobarde, pero él estaba seguro que el abad lo comprendería y ayudaría, después de todo, él siempre había demostrado tener mayor afinidad con los animales que con las personas, y quizá, sólo quizás, el iluminado lo acogiera en sus brazos misericordiosos y le devolviera la paz que había perdido durante esos meses.

Se sintió un poco más reconfortado ante aquellos pensamientos y logró ahora sí elevar una plegaria por todos los seres que habían perdido la vida durante aquella guerra desarrollada sólo por el capricho de un insensato daimyō. Pidió perdón y volvió a recobrar algo de la paz perdida.

El abad lo ayudaría y el iluminado le daría la fuerza para seguir con sus tareas de monje sin necesidad de convencer a nadie que era también un guerrero. Sólo así podría estar en paz consigo mismo y con los fantasmas de quienes venían constantemente a reclamarle. Sólo así podría volver a ser él, Shinnosuke el monje, sin apellido ni obligación.

Eso era lo que él quería y para lo que había nacido, para ser un monje… solo un simple monje.


La dama Kasumi le había demostrado a todos que a pesar de aparentar ser una mujer frágil y delicada, en realidad su carácter era decidido y contaba con la fortaleza de espíritu para dedicarse a ayudar a los desvalidos sin mirar quienes eran.

Así había ayudado desde que había llegado al castillo de Nerima y se había desarrollado la guerra en la que tantos hombres habían resultado muertos y heridos.

Ella se había negado a sentarse a esperar tranquilamente a que todo pasara y en cambio, había decidido ocuparse de atender a todos y cada uno de los heridos que iban llevando al castillo.

Había visto morir a muchos entre gritos de dolor y lágrimas de sufrimiento. Había presenciado la agonía de hombres que en otro tiempo habían sido valerosos y orgullosos guerreros y que ante las puertas de la muerte se despojaban de todo aquel orgullo y rogaban por encontrar una mano amiga que los ayudase a irse de este mundo en paz.

Había ayudado a curar heridas, a alimentar a convalecientes, a medicarlos y a contenerlos.

Los médicos se encontraban gratamente sorprendidos de que una mujer de la nobleza se hubiera dedicado con abnegación y empeño a colaborar en una tarea que a ojos de cualquier persona parecía sucia e ingrata. Ella por el contrario estaba orgullosa de haber desempeñado aquella labor puesto que dentro de sí sabía que el mayor aliciente para dedicarse a algo así era congraciarse con su hermana y el esposo de ésta, aquel a quien había dejado abandonado por fugarse con su verdadero amor.

Y es que simplemente para Kasumi Tendo no había estado mal el cometer ese acto de desobediencia hacia su padre puesto que si bien es cierto en un principio habían surgido problemas por su decisión, al final, su hermana y el daimyō del que había escapado eran ahora felices. Las cosas no habían salido del todo mal y el que ese extraño señor de Seisyun atacara el territorio de Nerima no había sido su responsabilidad puesto que por lo que había averiguado, el señor de Seisyun siempre había buscado algún pretexto para deshacerse del señor de Nerima y lo que había pasado con su escape era sólo una coincidencia poco afortunada.

Lo cierto es que Kasumi estaba haciendo todo lo posible por congraciarse con el señor de Nerima. Aunque desde que se encontraba en el castillo ella no lo había visto, no le cabía duda que dentro de poco se produciría el encuentro que tanto había evitado.

No sabía cómo reaccionaría cuando finalmente se presentara ante él y sólo esperaba que para cuando el encuentro se produjera, su hermana Akane estuviera en condiciones de estar presente ya que ello le infundiría valor. Sabía por boca de Tofu que Akane se recuperaba con rapidez y ya casi estaba en condiciones de levantarse. Sabía también que el señor de Nerima trataba de no separase de su lado si podía evitarlo y era por ello que Kasumi pensaba que el daimyō no la había buscado aún.

Su hermana Nabiki era otro asunto.

La joven aún no daba signos de haberla perdonado y mucho menos olvidado su fuga con el médico hacía meses atrás. Toda vez que podía, Nabiki emitía algún ácido comentario que le recordaba su falta y hacía todo lo posible para hacerla sentir mal.

En su fuero interno Kasumi sabía que había hecho muy mal en escapar del compromiso con el daimyō de Nerima, pero es que acaso nadie podía entenderla, nadie comprendía que ella se había enamorado y había sacrificado todo por ese amor. Que la guerra se desarrollara justo en ese periodo de tiempo no era su responsabilidad como tampoco lo era que se hubiera producido aquella confusión entre las hermanas que debían desposarse con cada daimyō. Si su padre no hubiera prometido a Akane al señor de Seisyun, quizá nada de lo que había sucedido después se hubiera desarrollado porque su hermana se encontraba felizmente casada con el señor de Nerima y por lo que había podido averiguar, ellos habían nacido para encontrarse, enamorarse y seguir un camino juntos por el resto de sus vidas. Finalmente ella había contribuido para que el destino de su hermana junto al señor de Nerima se cumpliera pues bien decían que aquellos que están destinados a enamorarse de una u otra forma se reúnen y permanecen juntos contra toda adversidad.

-Sí –murmuró la joven dama tomando la taza humeante de té que permanecía en la mesa de la habitación en donde se encontraba descansando un momento antes de volver a prestarle ayuda a los médicos del castillo-, mi decisión de seguir a Tofu fue la correcta. A pesar de todos los males que en su momento pudo causar, al final fue lo mejor para todos.

La puerta se abrió suavemente en ese momento y por ella ingresó el médico al cual la joven había dedicado sus pensamientos momentos antes. Él avanzó con calma y se sentó frente a Kasumi con un semblante preocupado.

-¿Qué pasa, Tofu? –Cuestionó la dama al ver la inquietud en el rostro del médico- ¿Algo anda mal con mi hermana?

-Tu hermana está bien –contestó él con una tenue sonrisa en los labios-, pronto estará en condiciones de levantarse y asumir sus obligaciones como señora del castillo.

-¿Entonces?

-Hablé con el señor Saotome –comentó-, más bien, él se dirigió a mí en una de las visitas que realicé para saber cómo seguía evolucionando la salud de tu hermana.

-Puedo intuir que no quería decirte nada bueno.

-De las veces que hemos intercambiado palabras y por lo que he podido conocerle me parece una persona amable y comprensiva.

-Pero.

-Sabes que la rendición del clan Kuno y sus aliados se pactó bajo algunas condiciones –la mujer asintió en silencio-. Bueno, el señor de Seisyun aún se encuentra prisionero y no lo liberarán hasta que se cumplan todas las condiciones que el señor Saotome y el enviado del emperador han estipulado. El señor de Nerima quiso advertirme, dama Kasumi.

-¿Qué tipo de advertencia?

-Por alguna razón que puedo intuir tiene que ver con la gratitud por haber salvado a su esposa, el señor Saotome me ha demostrado su aprecio y quiso que yo estuviera prevenido ante lo que se está pactando en estos momentos para generar finalmente un clima de paz en la región –dijo esquivando la mirada de la joven y fijándola en la mesa que los separaba-. Él me manifestó que al igual que su esposa, en contra de todo lo que creíamos, se encuentra agradecido de nuestro proceder puesto que piensa que, si tú no hubieses aceptado la locura de fugarte con un simple médico como yo, quizás él nunca hubiera conocido la felicidad de permanecer al lado de la persona que ama –el médico hizo una pausa y exhaló un sonoro suspiro-. Sin embargo, lo que para él resulta lógico y comprensible, para otros no lo es.

-¿Qué quieres decir? –preguntó la joven llevándose una mano al pecho en una clara demostración de la angustia que estaba sintiendo.

-El señor Saotome estaba dispuesto a dejarnos ir si nosotros así lo queríamos, e incluso me manifestó que nos ayudaría… pero la situación ha cambiado y ya que no tan sólo es el señor Saotome el que se encuentra pactando con el clan Kuno. El enviado del emperador viene con órdenes directas de su majestad y se las hizo saber al señor de Nerima. Es por ello que él conversó conmigo y…

-Debo suponer que esas órdenes tienen que ver conmigo –interrumpió la mujer. El médico asintió con un movimiento de cabeza.

-Tiene que ver contigo y con la dama Nabiki –el médico carraspeó antes de seguir-. El enviado del emperador quiere pactar una tregua con el clan Kuno a través de una alianza. Para ello, una de ustedes dos debe desposarse con el daimyō y así cumplir con la palabra dada por su majestad imperial.

-No pueden obligarme a desposarme con un…

-Sí pueden, dama Kasumi, lo sabes –interrumpió Tofu levantando la cabeza y mirándola con dolor reflejado en sus ojos-. El señor Saotome me dijo que ya ha mantenido conversaciones con tu hermana Nabiki al respecto pero ella parece no estar interesada en colaborar. Ella conoció al señor de Seisyun y no tiene una buena impresión de él y…

-Hablaré con ella y la convenceré.

-Aún si ella acepta y cumple con la exigencia del emperador, tú tendrás que volver a Kioto en cuanto el enviado de su majestad decida dejar Nerima. Volverás al palacio de tu padre y será el emperador quien decidirá tu futuro… al parecer nuestro destino será permanecer separados y…

-¡No! –exclamó poniéndose de pie con velocidad y acortando la distancia que la separaba de Tofu para lanzarse a sus brazos-. No permitiré que nos separen, Tofu. Hemos pasado por muchas cosas y yo ya no concibo una vida lejos de ti.

-Dama Kasumi –contestó él acariciando los suaves y sedosos cabellos de la mujer que lloraba amargamente abrazada a él-, sabíamos que algo así podría suceder, sólo que pensábamos que sería el señor de Nerima quien reclamaría su derecho.

-El señor de Nerima nos ayudará –declaró entre sollozos-, si hablo con él y le suplico que intervenga…

-El señor Saotome se encuentra atado de manos, dama Kasumi. Él le debe más que lealtad al emperador, le debe el triunfo en la guerra y la salvación de su dominio, por lo que debe acatar lo que disponga el emperador a través de su enviado.

-Pero yo no puedo casarme con… él…

-Debemos esperar –interrumpió el médico consolando a su amada-, estoy seguro que todo se arreglará y permaneceremos juntos. Los dioses nos favorecerán, ya lo verás.

La mujer no respondió, sólo se quedó acurrucada en los brazos de su amado médico llorando amargamente ante la posibilidad de enfrentar un destino que se le antojaba lleno de sufrimiento y desdicha, mucho más inclusive que aquel del cual había escapado meses atrás.

Sólo los dioses podían saber en qué terminaría su infortunada historia de amor.


La joven mujer se encontraba sentada en la habitación que le habían asignado en el castillo del esposo de su hermana.

Desde que había llegado al lugar luego de haber vivido un espectacular rescate por parte de los guerreros Saotome, la angustia se había apoderado de su corazón al no conocer el paradero ni la gravedad de las heridas de su hermana menor; luego, cuando Akane había sido trasladada al castillo y ella había presenciado su llamativa llegada en brazos de su esposo, ella había recuperado algo de su habitual talante.

Recordaba que había corrido a enterarse por la salud de su hermana y en una escueta y rápida presentación, se había parado frente al esposo de Akane y le había casi exigido que le confirmara el real estado de salud de su hermana menor.

El daimyō le había dado la bienvenida y le había informado los pormenores de la recuperación de su esposa y luego de eso no lo había vuelto a ver a pesar de las veces que había concurrido a la habitación de su hermana a informarse de su estado de salud.

Sí, no lo había vuelto a ver hasta hacía unas horas cuando él, haciendo gala de toda su autoridad tanto en el castillo como en el territorio de Nerima, había solicitado su presencia en uno de los salones que el daimyō utilizaba para sus reuniones privadas.

Fue en ese lugar en el que Nabiki había tenido la posibilidad de estudiar un poco más el comportamiento del esposo de su hermana y sacó por conclusión que el señor de Nerima se diferenciaba enormemente del señor de Seisyun. El esposo de su hermana pequeña demostraba ser una persona inteligente, comprensiva y que conocía muy bien el juego de poderes en los que tenían que desenvolverse constantemente aquellos que ostentaban el título de daimyō.

En la breve pero contundente conversación con el líder del clan Saotome, ella comprendió que se encontraba en medio de un conflicto y que dependería de ella el destino que les depararía a varias personas de su entorno.

Le había quedado muy claro que el daimyō no renunciaría a nada de lo que consideraba suyo, eso incluía sus tierras, sus vasallos y por supuesto, su esposa, así que el señor de Seisyun tendría que ceder a todo lo que el señor de Nerima propusiera para recuperar su libertad.

Por otro lado estaban las exigencias que imponía el emperador a través de su enviado al territorio de Edo. Ella conocía de nombre al temible general Saffron pues nunca lo había visto en persona, sin embargo, sabía de antemano que el hombre cumpliría a cabalidad con las órdenes que había recibido del emperador, por eso, sabía también que el señor de Nerima tendría que acatar también aquellos requerimientos puesto que si bien es cierto habían sido sus hombres quienes habían capturado al señor de Seisyun, sin la ayuda de las tropas que había enviado el emperador esa guerra no se hubiera acabado y quizá todavía seguirían los enfrentamientos e incluso era muy probable que el clan Saotome hubiera sido derrotado.

Así las cosas, a Nabiki Tendo no le sorprendió escuchar de labios del señor de Nerima las disposiciones que se esperaba que cumplieran las hermanas Tendo y sin más, acató sumisamente.

Lo que no sabía el señor de Nerima es que ella solía pensar muy bien las jugadas que realizaría y ahora, en la soledad de sus aposentos se encontraba sopesando cuáles eran las probabilidades reales de salir beneficiada de una situación como la que se estaba viviendo en las lejanas tierras de Edo.

El esposo de su hermana había sido claro con ella, para llegar a una paz duradera entre ambos clanes, el emperador exigía la unión en matrimonio de una de las hijas de Soun Tendo con el señor de Seisyun puesto que así se encontrarían emparentados por sangre con el señor de Nerima, ya que el señor Saotome se había casado con la hermana menor y el emperador aprobaba esa unión. Sólo faltaba decidir cuál de las otras dos hermanas se convertiría en la señora de Seisyun.

Una sonrisa maliciosa adornó su rostro mientras miraba sus manos entrelazadas. Tenía el futuro de Kasumi en sus manos; tenía el futuro del señor Kuno en sus manos; tenía el futuro de dos de los dominios más renombrados en Edo en sus manos; tenía el futuro de su padre en sus manos y hasta podía decir que tenía su propio futuro en sus manos como nunca antes lo había tenido.

Sólo bastaría que ella dijera una palabra y arruinaría o favorecería el futuro de las personas que la rodeaban.

Se sintió poderosa y miles de ideas vinieron a su mente mientras ensanchaba su sonrisa y observaba por el rabillo del ojo a la joven que ingresaba en su habitación.

-Ayúdame a abrigarme y acompáñame, Akari –ordenó a su doncella.

La chica había vuelto a los servicios de su señora y se apresuró en buscar una túnica acolchada que prontamente puso sobre los hombros de la mujer que se había puesto en pie y luego avanzó hacia la puerta para abrirla a su señora sin saber hacia dónde se dirigían.

La siguió por los poco transitados pasillos del castillo hasta que no soportó la incertidumbre y con temor se dirigió a su señora cuando estaban llegando a una de las puertas que daban hacia los patios interiores.

-Mi señora, ¿adónde te diriges? -preguntó temerosa de la reacción de la dama.

-Haremos una visita de caridad a un viejo amigo –contestó sonriendo mientras esperaba que su doncella abriera la puerta.

Un viento gélido les dio la bienvenida y lejos de intimidarse, la joven dama siguió avanzando por el patio hasta encontrar a un samurái que al parecer hacía guardia en el lugar.

-¿Sabes quién soy? –preguntó sin saludarle.

-La hermana de mi señora –contestó el hombre haciendo una profunda reverencia.

-Bien, necesito que me hagas un favor. Tengo la autorización del señor de Nerima para hacerle una visita al señor Kuno en su lugar de reclusión -mintió-, pero no sé dónde es. Necesito que me indiques el lugar.

-El señor Kuno está prisionero y no recibe visitas, sólo el señor Saotome, el señor Happosai y el enviado del emperador pueden verlo. Son las órdenes que tengo.

-Te he dicho que tengo autorización del señor de Nerima para verlo, además, si quieres puedes acompañarme a hablar con él. No pretendo ayudarle a escapar si eso es lo que temes.

El hombre la miró con la duda implantada en el rostro y su doncella la observaba nerviosa a un lado. Akari sabía que su señora era obstinada y siempre conseguía lo que quería, sin embargo, el visitar a un prisionero era algo que la chica nunca hubiera imaginado que haría su altiva y orgullosa señora.

-Está bien, señora Tendo –concluyó el hombre cayendo en el engaño-. La llevaré donde permanece ese… ese señor, pero permaneceré a su lado sólo por si se presenta algún problema.

-Como quieras, sólo necesito decirle unas cuantas palabras.

De esa forma avanzaron los tres por el húmedo camino hasta llegar a unas oscuras dependencias al otro lado del castillo. Era una gran construcción de un solo piso que destacaba en el patio del castillo. El samurái les indicó que estaban en la sala de armas y les dijo que debían rodear el lugar y bajar al subterráneo del recinto ya que allí se encontraban algunas de las habitaciones en donde solían mantener a los prisioneros.

Ellas obedecieron y descendieron por una escala que se encontraba iluminada por la luz que proyectaban las antorchas puestas en la pared. Cuando llegaron abajo, Nabiki se encontró con un pasillo angosto y largo en el cual se podían divisar varias puertas que ella supuso serían de los pequeños cuartos destinados a mantener cautivos a los prisioneros. Sólo una puerta se encontraba custodiada por tres hombres fornidos al final del pasillo, por lo que ella supuso que allí permanecía el hombre al cual iba a visitar. El samurái que las había acompañado avanzó pasando toscamente por su lado y les hizo una indicación para que le siguieran mientras se dirigía al final del pasillo.

La mujer se cuestionó si sería una buena idea apersonarse ante el señor de Seisyun, pero ya había tomado una resolución con anterioridad y no pensaba retractarse ahora sólo porque se encontraba en un inhóspito, húmero, sucio y mal oliente lugar.

Avanzó detrás de su guía y se detuvo cuando el hombre lo hizo.

-Traigo a la señora Tendo –informó el hombre a sus compañeros-, está autorizada por el señor Saotome para ver al prisionero.

Los tres hombres la observaron con curiosidad y se encogieron de hombros antes de dejarla avanzar.

-¡Hey señorito! –gritó el hombre que acompañaba a Nabiki al momento de abrir la puerta de la habitación-. Levántate, tienes una visita.

La mujer avanzó sólo un par de pasos al interior de la habitación y observó el lugar. Pudo cerciorarse que el espacio era realmente reducido e incómodo. Sólo había una lámpara que no lograba iluminar todo el lugar, una mesa pequeña donde supuso el prisionero comía y un futon en donde le costó identificar el cuerpo del abatido daimyō que en otros tiempos la había intimidado. Sonrió.

-Señor Kuno- musitó en un tono apenas audible por el aludido.

Él se levantó con rapidez y avanzó al encuentro de la mujer quien retrocedió un paso para mantener la distancia.

-Dime que has venido a liberarme, señora Tendo –suplicó.

-No –contestó mirándolo fijamente-. Tú no lo hiciste cuando me tenías prisionera en tu castillo aunque yo te lo pedí en varias oportunidades.

-Eras mi rehén.

-Y el tenerme de rehén no te sirvió de nada –rebatió ella sonriendo una vez más-. Mírate ahora, pareces un mendigo a merced del clan Saotome.

El hombre pareció engrifarse como un gato cuando se siente atacado e insistió en avanzar, pero el samurái que acompañaba a Nabiki le cortó el paso extendiendo su brazo para proteger a la mujer.

-No tienes permitido acercarte a ella –dijo con autoridad.

El daimyō miró al samurái con el ceño fruncido y gruñó antes de volver a hablar.

-¿Vienes a reírte de mí? –preguntó con desprecio.

-No, aunque podría hacerlo –contestó ella-. Sólo vine a cerciorarme que lo que dicen en el castillo es verdad. El gran señor de Seisyun se encuentra humillado, disminuido y despojado de todo su poder en los calabozos del castillo de Nerima.

-¡Te burlas!

-Vuelves a equivocarte, señor Kuno. No me estoy burlando, sólo repito los comentarios que circulan fuera de estas cuatro paredes –dijo mirando sus uñas.

-¿A qué viniste, señora?

-Ya te lo dije, sólo vine a comprobar si lo que se dice en el castillo es verdad –le observó directamente a los ojos de forma desafiante-. "Sólo de eso depende la decisión que tomaré para el futuro de quienes se encuentran en mis manos" –pensó.

-Ya me viste, ¿los rumores son verdad?

-Sí, aunque sé que no te mantendrás así para siempre –contestó-. Espero verte pronto en libertad, señor Kuno, y quién sabe, quizás afuera de estas cuatro paredes podamos volver a ser amigos.

-Quizá –contestó él después de un largo silencio.

-Nos volveremos a ver, señor Kuno. Antes de lo que piensas nos volveremos a ver –dijo finalmente haciendo una reverencia. Él no contestó.

Sus ojos se encontraron nuevamente y él pudo apreciar una chispa de astucia en la mirada de aquella mujer. Entrecerró los ojos al verla darse la vuelta y avanzar con lentitud y gracia para abandonar la habitación. Algo se traía entre manos aquella mujer y estaba seguro que le influiría, para bien o para mal, pero le influiría.

La mujer salió finalmente de la habitación seguida por el samurái y luego de dar las gracias a los tres hombres que esperaban afuera, avanzó hasta salir al exterior acompañada por su doncella.

Afuera agradeció al hombre que las había acompañado y regresó al castillo del esposo de su hermana para luego encerrarse en su habitación después de decirle a su doncella que le llevara un té.

Cuando hubo quedado sola en aquella habitación, se sentó cerca de una mesa y apoyando sus manos en la superficie plana del mueble se sumergió nuevamente en sus pensamientos.

Había jugado audazmente al concurrir a ver al daimyō cautivo, pero tenía que cerciorarse del verdadero estado en el que se encontraba el hombre. En ese juego ella tenía dos opciones para mover sus fichas, la primera era quedarse en silencio y acatar sumisamente la decisión que tomaran los hombres, y la segunda era intervenir y plantear su punto de vista ante aquella situación.

Suspiró y cerró sus ojos al tiempo que sonreía de medio lado. Con una sola frase podría estropear todo el presente y futuro de su hermana mayor, pero ¿realmente Kasumi se había comportado tan mal para merecer un castigo así? Por otro lado, existía la posibilidad de sacar algún provecho de aquel predicamento, aunque no sabía si estaba dispuesta a arriesgarse a tanto.

Tenía que pensarlo muy bien y no contaba con demasiado tiempo, así que decidió que meditaría profundamente en el asunto. Tal vez el esplendoroso futuro con el que siempre había soñado estaba más cerca de lo que se imaginaba y sólo tenía que extender su mano y conseguirlo.


Los días habían pasado lento para la joven que permanecía al fondo de la casa en una pequeña y modesta habitación.

Su protectora le había ordenado que permaneciera en aquella habitación y que no la molestara de no ser absolutamente necesario ya que ella tenía muchas cosas en las que pensar. Con esa orden la joven se había recluido por voluntad propia y sólo salía de aquella habitación a comer algo o cuando tenía que ocupar las letrinas.

Todo era demasiado extraño para joven y es que sabía que la guerra en la que se había visto envuelta por obstinarse a permanecer al lado de la señora había terminado, pero nada parecía haber vuelto a la normalidad.

Desde que habían llevado allí a la señora de Nerima para sanar sus heridas, ella había intuido que algo raro pasaba.

Recordaba haber conocido a la joven dama hacía meses atrás cuando su señora le había solicitado su ayuda para hacerse pasar por ella. La dueña de la casa del lago había insistido en que tenía que ser ella quien la suplantara ante los ojos de la esposa del señor de Nerima puesto que entre todas sus chicas, ella era la más bella y distinta, además, nadie la conocía porque la señora de la casa del lago jamás había dejado que ella participara en las actividades de la casa. Ella había aceptado sin preguntar nada y había interpretado su papel de cortesana lo mejor que había podido, pero luego de algún tiempo vio cómo la señora de la casa del lago se molestaba porque al parecer sus planes no habían funcionado como ella esperaba.

Luego vino la guerra y con ella la incertidumbre. No sería un invierno habitual y en el momento en que parecía que todo iba a sucumbir, llegó Mousse con aquella dama y luego el mismísimo señor de Nerima se presentó en la casa en busca de su esposa.

Habían pasado muchas cosas extrañas en la corta estadía de la joven mujer herida en la casa del lago, una de ellas era el singular comportamiento de la anciana que acompañaba a la señora Saotome. Ella había sentido un extraño vínculo con la anciana que había calmado su corazón durante los pocos momentos que habían compartido. Algo poseía la anciana que le transmitía paz y una sensación de pertenencia a ella, que nunca había pertenecido a ninguna parte, pero no pudo dedicarle el tiempo que hubiera querido a analizarlo puesto que pronto descubriría cosas que habían permanecido ocultas por muchos años.

Estaba el misterioso actuar de su señora quien había encerrado a Mousse y a la anciana y se había enfrentado a escondidas en un duelo a muerte con el señor de Nerima. Ella simplemente no podía creer que la delicada señora de la casa del lago fuera una fiera espadachín a quien no le importaba nada con tal de ver muerto al daimyō a quien le debían respeto.

Ella nunca preguntaba nada y ciertamente esta vez tampoco lo había hecho, sin embargo y por lo que se había enterado con posterioridad, su señora se encontraba unida por sangre al señor de Nerima y ahí radicaba todo el odio que la señora parecía ostentar hacía el daimyō.

No sabía cómo acercarse a la señora y preguntarle por ello porque nunca lo había hecho. Tampoco Mousse la podía ayudar a entender puesto que el joven se había ido nuevamente al castillo en compañía de los guerreros Saotome, sólo le había dicho que esperara un poco más y que estuviera tranquila porque él la buscaría una vez que todo volviera a la normalidad y tal vez se irían de aquellas tierras para no volver.

Eso la confundió aún más porque si ellos se iban, ¿qué pasaría con la señora? Desde hacía muchos años que se encontraban junto a ella y la joven de violetas cabellos no concebía una vida alejada de la mujer que les había dado cobijo.

La joven dio un respingo cuando la puerta se abrió a sus espaldas y escuchó la voz de la mujer en la que había estado pensando momentos antes.

-Shampoo –llamó la mujer desde la puerta-, ¿puedes venir a mi habitación? Necesito enseñarte algo.

Dicho esto, la mujer se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia sus aposentos. La joven se puso inmediatamente en pie y la siguió casi a trompicones.

-Siéntate- dijo la señora de la casa del lago al momento en que le extendía una escueta carta.

La joven observó la carta en sus manos y luego devolvió la mirada a la mujer quien con un movimiento de cabeza le indicó que leyera.

La misiva era corta y precisa, y tardó muy poco en leer su contenido.

-¿Qué quiere decir Mousse con todo esto? ¿No lo dejan venir?

-Sabes que él me ayuda en todo lo que yo le pido. El último trabajo que realizó para mí lo comprometió demasiado y el señor de Nerima no dejará que abandone el castillo.

-Le pediste que se infiltrara en el castillo y que recopilara información para ti –acusó la joven-, luego se expuso a todos los peligros de enfrentarse en batalla para que no sospecharan de él y ahora, el señor Saotome descubrió que él es tu espía y…

-Debes calmarte, nada malo le sucederá a Mousse.

-¿Cómo puedes saberlo? Aquí dice que está esperando la resolución del señor de Nerima y que no podrá venir hasta que sepa qué sucederá con él. Si el señor Saotome decide quitarle la vida por su traición…

-Nadie le quitará la vida a nadie, Shampoo.

-Pero tú sí quieres que el señor Saotome muera –se arrepintió de inmediato de haber puesto en palabras aquel pensamiento, sin embargo, le sostuvo la mirada.

-Mis problemas con el señor Saotome no te conciernen, niña.

-Lo sé y nunca te he preguntado nada, pero después de tantos años a tu lado me gustaría que tuvieras la confianza de decirme tus tribulaciones.

-Para qué, no puedes ayudarme.

-Pero sí puedo escucharte. Ya soy mayor y puedo entenderte.

-Déjalo así. Mousse volverá porque el señor de Nerima no tiene verdaderos motivos para eliminarlo.

La mujer se puso en pie y avanzó a la contraventa, pero se detuvo a medio camino al escuchar la voz de la joven.

-¿Irás al castillo a enfrentarte con el señor de Nerima?

-Eso es algo que me incumbe sólo a mí.

La joven la observó con pesar y se puso en pie antes de volver a hablar.

-No tengo recuerdos de mi familia porque sabes que me la arrebataron cuando era una niña, pero no hay día en que no maldiga mi suerte por haber perdido a mis padres en aquel ataque al castillo –la chica suspiró-. Tú deberías estar contenta al saber que hay alguien de tu familia que se encuentra con vida. Tienes la posibilidad de acercarte a él y pulir esa unión si así lo quisieras, sin embargo, en lo único en que piensas es en matar a tu hermano quien no tiene la culpa del daño que provocó su padre.

-¡Basta!, no quiero seguir escuchándote, vete y déjame sola.

-Te arrepentirás si le enfrentas, señora –dijo la joven dándose media vuelta para salir de la habitación-. Lo harás porque si logras matarle o por el contrario él acaba contigo, nunca sabrás lo que se siente el recuperar una familia, porque uno de los dos ya no estará en este mundo y no sabrás si hubieras sido feliz manteniendo una relación fraterna con esa persona a la que pretendes odiar. No me preguntes cómo pero estoy segura que en el fondo de tu corazón no le odias.

La joven de exótica cabellera salió de la habitación de la señora de la casa del lago y se dirigió a su propia habitación sin sospechar que había provocado un quiebre en la tenacidad de la mujer de cobrizos cabellos quien ahora derramaba una silenciosa lágrima y sentía un nudo en el corazón.

Quizá la chica tuviera razón y después de tantos años convenciéndose de su odio por su hermano éste no fuera tan grande y su corazón sólo estuviera buscando una diminuta oportunidad para perdonar y enmendar el error que había cometido el padre del único familiar que le quedaba en este mundo.

Se prometió que pronto lo descubriría cuando concurriera al castillo a reclamar el duelo que el señor Saotome le había prometido.


El joven se encontraba de pie en medio de aquel salón, con los brazos descansando a los lados de su cuerpo y la mirada enfocada en el suelo. Él no se sentía capaz de levantar la mirada y encontrarse con los ojos escrutadores del hombre que se encontraba sentado en un taburete sobre una tarima frente a él.

-¿Qué voy a hacer contigo? –escuchó que le decía con un tono de voz profundo y cansado-. He tratado de sopesar todo lo que ha pasado y aunque quisiera no puedo culparte totalmente, así que dime, ¿qué debo hacer contigo? –volvió a preguntar.

-Si fuera un cobarde te diría que perdonaras mi vida, mi señor –contestó el joven-, pero aunque quisiera justificarme, sé que cometí traición y tienes todo el derecho de pedir mi vida como retribución.

El daimyō se puso en pie, bajó la pequeña escalinata y se acercó al joven que permanecía escondiendo su mirada.

-Quiero saber una cosa, Mousse –dijo escudriñándolo con la mirada mientras lo rodeaba dando lentos pasos con las manos atrás de su espalda-. Dijiste que cumplías ordenes de la señora de la casa del lago, dijiste que trabajabas para ella y que por eso te integraste a mis fuerzas como un espía, sin embargo, cuando tenías la ventaja de tenerme en tus manos a través de mi esposa, la salvaste y según la anciana nodriza incluso te enfrentaste a tu señora por defender a mi esposa, ¿por qué?

-Perdonarás mi franqueza, mi señor, pero tu esposa es la mujer más increíble que he tenido la suerte de conocer –dijo levantando por fin la mirada para enfrentar al daimyō-. Lo digo con el respeto que la señora Saotome se merece –continuó observando cómo los ojos azules lo miraban con asombro y un gesto iracundo se instauraba en el rostro del señor del dominio-. No estoy diciendo que albergo sentimientos románticos por ella en ningún caso, mi señor, pero no puedo desconocer que tu esposa se ganó toda mi admiración y respeto, es por eso que juré que la protegería de todo y de todos.

Ranma lo observó con detenimiento y luego dio dos pasos hacia atrás quedando frente al joven extranjero.

-Me salvaste la vida cuando ni siquiera te conocía –dijo con solemnidad-. Ahora hiciste todo lo posible para que mi esposa sobreviviera y no resultara más dañada de lo que ya estaba, por eso y por haber servido como uno más de mis hombres te estaré por siempre agradecido, Mousse, sin embargo, no puedo olvidar que tu misión en el castillo era espiarme e informar de todos mis movimientos a tu verdadera señora, incluso puedo intuir que me llevaste a esa casa tiempo atrás porque ella te lo ordenó y eso casi logra alejarme de mi esposa.

El daimyō se detuvo sin quitarle la vista al joven extranjero quien permanecía en silencio y un tanto compungido.

-Yo lo siento, mi señor –dijo el extranjero-. Mi vida ha estado unida a la de mi señora desde hace muchos años y estoy obligado a realizar los trabajos que ella me encarga. Si sirve de algo, quiero pedirte disculpas sinceramente y decirte que nunca en toda mi existencia había sentido el orgullo de pertenecer a un grupo de guerreros. Gracias por darme esa oportunidad.

El señor de Nerima asintió en silencio y se dio media vuelta para ir a ocupar su sitio en el taburete que había abandonado momentos antes. Permaneció ahí sentado, sólo observando al extranjero fijamente hasta que volvió a dirigirse a él.

-No puedo exigir que acabes con tu vida aunque debería hacerlo –expresó con decisión-. Un señor de la guerra convencional hubiera acabado con tu vida en el instante mismo en que reconociste tu falta, pero sabes muy bien que yo no soy un daimyō convencional. Incluso debería haber mantenido esta conversación delante de algún testigo como Happosai, y ya ves, no hay nadie más aquí que tú y yo.

Ranma volvió a interrumpirse y juntó sus manos entrecruzándolas en su regazo.

-Yo, Ranma Saotome, señor de Nerima, te libero de toda obligación para con mi clan, Mousse. Aunque te repito que estaré por siempre agradecido contigo por lo que has hecho por mí y por mi esposa, ya no puedo confiar en ti. Tendrás el tiempo suficiente para sacar las cosas que tengas en mi castillo e irte al lado de tu señora. Nadie sabe lo que hiciste y tampoco tu verdadera identidad más que yo, por lo tanto no debes temer el ser atacado por alguno de mis hombres, pero debes saber que nunca más podrás volver a acercarte a mí o mi esposa, ¿está claro?

-Sí, mi señor.

-Me hubiera gustado contar con tus servicios por mucho tiempo más puesto que demostraste ser un excelente guerrero, pero nadie puede servir a dos amos, así que te dejaré ir libre y sin recriminaciones.

-Gracias, señor Saotome. Tu generosidad es demasiado grande.

-Puedes cumplir con esta última orden, Mousse y he de hacerte una última solicitud.

-Lo que sea, mi señor.

-Sé que volverás al lado de tu señora, así que cuando la veas, dile a mi hermana que no he olvidado mi promesa y que estaré esperando su visita o si lo prefiere, su citación al lugar donde ella estime conveniente para terminar nuestro encuentro.

-Mi señor, si me permites un último consejo, no te enfrentes a ella.

-Es ella la ha querido enfrentarse mí y me quiere ver muerto. Yo he perdonado tu falta por los servicios que me has prestado, pero no puedo seguir tu consejo, Mousse, lo siento. Ahora vete, pronto llegarán los consejeros y no deben enterarse de esta conversación.

-Adiós, señor Saotome.

-Adiós, Mousse.

El joven extranjero se dio la vuelta y renqueando con su pierna herida, salió de la habitación con un nudo en el estómago. No sabía muy bien porqué su corazón albergaba un sentimiento de tristeza al comprender que ya nunca más iba a volver a formar parte de las fuerzas del clan Saotome.

Lentamente se había acostumbrado a la disciplina de aquel grupo de guerreros y se había sentido parte de algo por primera vez en su vida. Ahora se daba cuenta que ese algo lo había perdido y a medida que avanzaba por los pasillos del castillo, una sensación de vacío se fue instaurando en su interior.

Pronto volvería todo a la normalidad, regresaría a la casa de su señora y volvería a realizar las tareas que ella le encargaba y seguramente se sentiría mejor… aunque sabía muy bien que eso era una mentira porque ya se había acostumbrado a pertenecer al grupo de guerreros Saotome y por todos los dioses que extrañaría toda esa vida.

Extrañaría el castillo, extrañaría los entrenamientos, extrañaría las batallas y por sobre todo, extrañaría el servir a dos personas tan admirables y nobles como el matrimonio que gobernaba esas tierras, porque al conocerlos y estando cerca de ellos, el joven extranjero había comprobado que las personas extraordinarias existían. Ranma Saotome y su joven esposa eran simplemente dos personas extraordinarias.


Poco a poco fueron ingresando los convocados al salón en donde los esperaba el joven señor de Nerima.

Se habían reunido ya en varias oportunidades, pero esta vez prometía ser la más importante, así que los hombres que iban llegando acompañados por los samurái que servían al clan Saotome tomaban poco a poco ubicación a lo largo de ese gran salón.

Así, los convocados quedaban distribuidos en dos largas hileras cada una a los costados del gran salón y presididos por el señor de Nerima quien se encontraba sentado al frente en una tarima acompañado a su derecha por Happosai y a su izquierda por el enviado del emperador.

Había reunidos allí varios daimyōs que habían prestado ayuda al señor de Seisyun en el ataque al territorio de Nerima, entre ellos se encontraban el señor Shiratori y el señor Mikado; también estaban presentes algunos consejeros de renombre del clan Saotome y el consejero de mayor confianza del clan Kuno, Sarugakure Sasuke, quien finalmente había llevado consigo al rehén que se encontraba en el castillo de Seisyun, cortesano de su majestad imperial y amigo personal de la familia Tendo, señor Kobayakawa, a quien habían atendido en el castillo de Nerima brindándole todas las comodidades y atenciones que tan alto dignatario requería, sin embargo, el señor de Nerima había optado por no convocarlo a esa reunión aduciendo que el anciano cortesano debía recuperar sus fuerzas mermadas durante el cautiverio al cual lo habían sometido en territorio de Seisyun.

Todos los congregados eran vigilados de cerca por los samurái que se habían apostado en el interior del recinto ya que el señor del dominio estaba lejos de confiar en aquellos que le habían traicionado y para la seguridad de todos los presentes había ordenado que por cada invitado se apostara un hombre de guardia, además de haber prohibido que a aquella reunión ingresaran hombres armados. Sólo los samurái a cargo de la seguridad portaban sus armas.

Los murmullos en voz baja llenaban todo el ambiente puesto que los hombres reunidos se encontraban intercambiando opiniones referentes a todos los puntos que se habían tratado en las reuniones anteriores y en lo que habían tenido que ceder para llegar a un acuerdo de paz.

Ninguno de los hombres que había apoyado al señor de Seisyun estaba conforme puesto que se les había exigido más de lo que esperaban para pactar nuevas alianzas. La mayoría de ellos había sido amedrentados o sobornados para unirse en contra del clan Saotome, pero eso no les libraba de la traición que a ojos del señor de Nerima y del enviado del emperador habían cometido, por tanto, sin más opciones habían tenido que pactar, y el costo que ello les había significado les tenía descontentos, por lo que sólo querían que todo terminara para volver a sus respectivas tierras asumiendo que desde ahora se negarían rotundamente si alguien les proponía desafiar al poderoso señor de Nerima.

Todos se estaban impacientando cuando finalmente la puerta se abrió y por ella ingresó acompañado de dos hombres el señor de Seisyun.

La impresión hizo que los presentes ahogaran una exclamación de asombro y que los que estaban sentados frente a la puerta esquivaran la mirada furiosa del daimyō que por ella ingresaba. El hombre había sido despojado de su armadura y sólo se encontraba vestido con un tosco kimono sucio y raído; su semblante estaba demacrado y pálido, grandes manchones negros se reflejaban bajo sus ojos y sus labios se encontraban resecos.

Los dos hombres que lo acompañaban le obligaron a arrodillarse para sentarse frente a las tres personas que se encontraban en la tarima y permanecieron de pie, uno a cada lado del daimyō.

Fue en ese momento en que el señor de Nerima azotó un abanico en el aire produciendo un sonido que logró llamar la atención de todos los presentes y acallar los rumores.

-Ahora sí ya estamos todos y podemos comenzar –dijo con voz potente-. Señor Kuno, está usted aquí para enterarse de las condiciones que hemos considerado para otorgarle el perdón.

-¡No he solicitado ni solicitaré nunca el perdón de un bastardo! –exclamó el daimyō mirando con furia al señor de Nerima. Éste sólo le regaló una sonrisa de medio lado y continuó hablando.

-Te encuentras prisionero en mi castillo, acabas de perder una guerra, tus hombres ya no te respetan puesto que eso quedó demostrado con las intenciones de Taro al querer apropiarse de tu título de daimyō. Suerte para ti que el traidor murió a mis manos –sonrió al observar el desconcierto en el semblante de Kuno-, así que no estás en condiciones de exaltarte e insultarme de esa forma, señor Kuno.

-¿Taro… murió?

-No te sorprendas tanto, señor Kuno, es más, deberías estar agradecido de haberte librado de un traidor como él. Ahora bien, creo que no conoces al enviado del emperador aquí a mi lado. El general Saffron, quien también nos pide colaboración para pactar la tregua ya que su majestad imperial nos exige que ayudemos a pactar la paz en la región.

-Señor Kuno –intervino el enviado del emperador haciendo una leve inclinación de cabeza.

-Bien, te informaré a grandes rasgos lo que hemos decidido en estos días –continuó el señor de Nerima-. Ya sabes que tus tropas fueron derrotadas en batalla, que los daimyōs que te apoyaron se rindieron y pactaron nuevas alianzas con el clan Saotome, y que el enviado del emperador nos exige a ti y a mi llegar a una alianza que mantenga la paz en la región. Para esto último se le pidió a tu consejero, el señor Sarugakure, que cumpliera dos condiciones. La primera era liberar al señor Toramasa Kobayakawa puesto que por si no lo sabías, el señor Kobayakawa es uno de los más respetados y queridos cortesanos de su majestad imperial. La segunda condición fue que tu hermana se desposara con uno de mis más altos servidores ya que yo no puedo hacerlo pues me encuentro felizmente casado con la mujer que te capturó.

Kuno levantó la mirada y sus ojos refulgieron al encontrarse con los ojos azules de su enemigo, quien sonreía orgulloso frente a él. Le pareció que la humillación a la que estaba siendo sometido era inmensa y sin embargo, él no podía hacer nada por evitarla ya que había sido derrotado y tenía que acatar las condiciones si quería seguir con vida y recuperar su dominio.

-Lamentablemente y realmente me apena comunicarte que el señor Sarugakure nos acaba de informar la desgracia que ha acontecido en tu castillo, señor Kuno.

-¿Qué sucedió? –preguntó el daimyō asustado-, ¿tus inmundas tropas se atrevieron a destruirlo?

Ranma lo observó con indignación y negó con un movimiento de cabeza ante la preocupación del hombre que se encontraba enfrente. Definitivamente el sujeto estaba desquiciado y no era digno de pertenecer a la casta de los guerreros si pensaba en las cosas materiales antes que en sus afectos.

-Señor Sarugakure, infórmale a tu señor la lamentable noticia que nos indicaste a nosotros, por favor.

-Mi señor –dijo el aludido-, la señora Kodachi, tu hermana… ella ha muerto, mi señor.

-¿Cómo? –preguntó el daimyō volteando su rostro para buscar a Sasuke-. ¿Kodachi… ella…?

-No pudo aceptar la derrota y tampoco quiso colaborar cuando le informe la condición que nos pedían cumplir para tu liberación, mi señor y ella simplemente se suicidó. Ingirió un veneno muy potente y cayó desplomada a mis pies sin yo tener posibilidad de…

-¿Ella se quitó la vida… porque no quiso aceptar la alianza que nos proponían? –interrumpió el señor de Seisyun-. ¡Realmente mi hermana estaba demente y sólo le importaba ella misma, suerte que…!

-Señor Kuno –le interrumpió el señor Saotome antes que siguiera refiriéndose con tanta falta de tacto hacia su hermana fallecida-. Vuelvo a decir que realmente siento tu perdida, pero ahora debemos buscar una nueva alianza para dejar satisfecho al emperador. La propuesta del general Saffron, la cual me siento en la obligación de acatar aunque no me agrade es la siguiente. General, por favor –terminó de decir haciendo un gesto con su brazo para indicarle al enviado del emperador que siguiera hablando.

-Su majestad imperial me envió a estas tierras en ayuda del señor Saotome puesto que a pesar de las confusiones que se produjeron en estos tiempos, él apoya la unión del daimyō de Nerima con la hija menor de Soun Tendo –expresó el general con total tranquilidad-. Como el señor Saotome está emparentado con el señor Tendo por alianza, lo lógico sería que tú te emparentes con él también para establecer un vínculo entre ambos. Para eso habíamos pensado en tu hermana, señor Kuno, sin embargo y al enterarnos de la lamentable noticia es que he decidido que tú deberás desposarte con una de las hermanas de la señora Saotome, así, y aunque parezca una alianza precaria, estarás obligado a permanecer en paz con el clan Saotome ya que no estaría bien visto por nadie que el esposo de una de las hijas de Soun Tendo atacara al esposo de su hermana. ¿Estás de acuerdo con esta unión, señor Kuno?

-¿Qué pasaría si me niego?

-El emperador me autorizó a quitarte gran parte de tus tierras y entregárselas al clan Saotome, y también cuento con la venia del shōgun. Ellos piensan que mientras menos recursos tengas estarás imposibilitado de volver a levantarte en contra del señor de Nerima y se mantendrá la paz, así que señor Kuno, tú decides.

-Mi prometida era la hija menor de Tendo –respondió.

-La hija menor de Tendo contrajo nupcias con el señor de Nerima, eso ya no está en discusión porque el emperador lo sabe y les dio todo su apoyo. Sólo te quedan dos piezas que puedes mover en el tablero, señor Kuno. Aceptas a una de las hijas de Tendo o entregas tus tierras al clan Saotome, ¿qué decides?

-Yo… yo no sé…

La puerta se abrió de pronto y todos miraron con asombro a quien insolentemente interrumpía aquella reunión. La mujer ingresó con parsimonia y elegancia hasta quedar frente al daimyō que se encontraba sentado en el centro de la habitación.

-Te dije que nos volveríamos a ver, señor Kuno –dijo la mujer para luego voltearse y quedar de frente a quienes se encontraban sentados sobre la tarima-. Señores, me interesa sobremanera exponer mis ideas ante ustedes y ante todos los aquí reunidos.

-Ésta es una reunión privada en donde participan sólo varones, dama Nabiki –sancionó Happosai.

-Puede ser una reunión privada pero los temas a tratar me afectan directamente, señor Happosai –se dirigió al anciano-. Señor Saotome, general Saffron –continuó-, ¿me permiten exponer mi punto de vista como la hija de un digno e insigne cortesano de su majestad imperial?

Los aludidos intercambiaron una mirada y el señor de Nerima asintió con un movimiento de cabeza permitiendo que ella pudiera hablar.

-Gracias –dijo la mujer antes de continuar-. Durante el último tiempo se han cometido muchos errores por malos entendidos y situaciones que no se han manejado de la mejor forma por los distintos involucrados en estos asuntos. Quizás el mayor error de todos lo cometió mi hermana mayor al no cumplir con el acuerdo al que llegó padre con el señor Saotome. Debido a ese error todos los que aquí estamos y otras personas que no están presentes resultaron afectadas hasta el punto de vernos enfrentados en una guerra que tal vez pudo haberse evitado si los acontecimientos se hubiesen desarrollado como habían sido estipulados desde un principio, pero eso ya no podremos saberlo.

La mujer hizo una pausa y se dio una vuelta en redondo para observar los rostros interesados de cada uno de los presentes. Sonrió.

-Mi hermana mayor finalmente debería cumplir con su deber y hacer lo que siempre se esperó de ella. Al desposarse con el señor de Seisyun, estaría cumpliendo con la palabra dada por mi padre y acatando los deseos del emperador.

-Entonces, ¿vienes hasta acá porque quieres que tu hermana se despose con el señor de Seisyun, dama Nabiki? –inquirió el general del emperador.

-Sería una excelente forma de hacer que mi hermana compense todos los malos momentos que tuvimos que vivir tanto yo, como mi padre y mi hermana menor. Sí, ese sería un buen escarmiento para Kasumi, sin embargo…

-Sin embargo –la alentó a seguir ya que la joven había realizado una dramática pausa.

-Vine hasta Edo para tratar de solucionar el problema que provocó mi hermana mayor. Participé muy de cerca en los últimos acontecimientos y también compartí con el señor Kuno a quien considero un amigo a pesar de las últimas acciones que tuvo conmigo.

-¿Entonces?

-Entonces, le propongo al general, al señor Saotome y al señor Kuno, tomar el lugar de mi hermana mayor. Yo me desposaré con el señor de Seisyun y ambos señores quedarán emparentados por lazos sanguíneos; seguramente esto agradará al emperador y así, Kasumi podrá volver a Kioto y cumplir con lo que el emperador disponga para ella como castigo.

Los murmullos entre los que se encontraban allí no se hicieron esperar y Nabiki se regocijó de haberse convertido en el centro de atención en aquel salón.

-¿Estás segura que es eso lo que quieres, dama Nabiki? –preguntó Ranma incrédulo ya que él se había hecho la idea que la hermana de su esposa jamás perdonaría todas las humillaciones sufridas en el castillo de Kuno.

-Es lo que se espera de una Tendo –contestó con simpleza-, aunque las cosas se facilitarían si el señor Kuno manifestara su aprobación o su rechazo a esta propuesta.

Ella lo observó directo a los ojos como si quisiera transmitirle que le estaba dando una única oportunidad de salvarse y salvar su dominio.

-Yo… debo aceptar –concluyó observando a la dama de pie frente a él. Cuando recién la había conocido había quedado obnubilado por su belleza y comportamiento, pero luego de conocerla se había percatado de lo sagaz que podía llegar a ser aquella mujer, entonces, ¿era prudente aceptarla como esposa? La vio sonreír alentadoramente y pensó que tal vez ella se convertiría en su aliada con el tiempo y quizá hasta podrían olvidar los pactos a los que le habían obligado a respetar y volver a forjar el sueño de recuperar el territorio de Nerima como siempre había querido-. Sí, acepto esta propuesta-, finalizó sonriendo e irguiéndose orgullosamente. Necesitaba una mujer fuerte y decidida a su lado y la joven que le observaba sonriente le había demostrado que era eso y mucho más.

-Bien –dijo el señor de Nerima poniéndose de pie-, ahora sólo queda redactar los documentos y llegar a los acuerdos económicos a los cuales no podrás negarte, señor Kuno, espero que lo sepas.

Kuno observó a su adversario con odio y asintió en silencio mientras se levantaba y veía que todos a su alrededor hacían lo propio.

-Deberás permanecer en mi castillo unos días más, señor Kuno, hasta que todo quede finiquitado y los acuerdos firmados.

-Te complace tenerme prisionero en los inmundos calabozos de tu castillo –escupió.

-No, pero te conozco tan bien que no puedo darte ninguna ventaja, porque sé que en cualquier momento puedes traicionar mi confianza -dijo con un tono severo-. A ti no te importará que el enviado de su majestad se encuentre en mi territorio, eres muy capaz de escapar sólo para no firmar los acuerdos pactados.

El aludido no contestó, se limitó a salir del lugar escoltado por los mismos hombres que lo habían llevado y sin mirar a nadie de los traidores que quedaban a sus espaldas.

Todos los daimyōs y consejeros comenzaron a salir del lugar, despidiéndose con respeto del general del esperador y del señor de Nerima y finalmente dentro quedaron sólo estos últimos y la señora Tendo.

-Te admiro, señora Tendo –dijo el general haciendo una leve reverencia-. Ninguna mujer se hubiera atrevido a interrumpir una reunión de esta naturaleza como lo hiciste tú y tampoco hubiera expuesto su punto de vista.

-No soy una mujer común, general.

-Te conozco muy poco, dama Nabiki –intervino Ranma-, y quisiera saber si estás segura de querer desposarte con un hombre como Tatewaki Kuno. Él es un hombre muy voluble. Al parecer, él no tenía intención de aceptar el pacto que le propusimos, por lo que pudimos haberlo obligado a entregar sus tierras y así, ninguna de ustedes dos hubiera tenido que casarse con él.

-Tengo el presentimiento que esta unión nos favorecerá a todos, señor Saotome, pero gracias por la preocupación. Conocí al señor Kuno el tiempo suficiente como para saber cómo controlarlo. Sólo necesitaría que se me otorgara el permiso para tener mi propia guardia personal, así no estaría expuesta a una mala reacción por parte de mi futuro esposo.

-Pierde cuidado –dijo Saffron-, tendrás tu guardia personal a los cuales elegiré yo mismo desde mis propias tropas.

-Te lo agradezco, general -contestó la mujer cerrando sus ojos e inclinando su cabeza en una sutil reverencia.

-Bien, es hora de que nos retiremos todos a descansar -expuso Ranma-. Ha sido un largo día y ya espero que pronto todo esto quede atrás.

-No sabes lo mucho que comparto tus palabras, señor Saotome –contestó Saffron-. No es que me queje de la hospitalidad del clan, pero lo único que quiero es que pronto termine el invierno para poder volver a mi lugar en la capital.

-Para eso queda poco –dijo Ranma-. Ahora me retiro porque necesito ir a ver a mi esposa.

-Yo también me retiro, ¿te acompaño, dama Nabiki?

-Gracias general, pero voy a esperar a mi doncella. Le pedí que me trajera algo que quiero compartir con mi hermana mayor.

-Bien, nos vemos después.

-Nos vemos, general.

La joven se quedó sola en el salón y se abstrajo observando un grabado de unas garzas cazando peces en un río, una de ellas llamó su atención puesto que el artista la había pintado con un pez dorado ensartado en su filoso pico.

Una sonrisa triunfal adornó el rostro de la mujer y sus ojos brillaron con audacia. Ella ya había hecho su jugada y estaba segura que ahora sí todos sus planes saldrían bien. El sueño de tener poder e influencia se iba a hacer realidad y para ello utilizaría al estúpido daimyō que había aceptado ser su esposo Sólo necesitaba un poco de tiempo, astucia y algo de manipulación. Pronto, muy pronto, todos esos señores a los que tanto les importaba que una mujer se inmiscuyera en sus asuntos porque las encontraban débiles y bobas se llevarían una sorpresa, porque ella les demostraría a todos que era tan hábil y capaz como el más grande de los varones.

Ahora, sólo los dioses podrían detenerla de ver cumplidos todos sus anhelos, porque los hombres serían manipulados a su antojo. Así se lo había prometido a ella misma y Nabiki Tendo siempre lograba lo que quería.


Notas finales:

1.- Hola. Yo aquí, con una nueva actualización.

Sólo me queda agradecer a quienes me han obsequiado algo de su tiempo para leer el capítulo anterior y me han demostrado que no fue una mala idea el volver por estos lados. De hecho, fue bastante bueno y me siento muy feliz de haber retomado una afición que por tanto tiempo tuve abandonada.

Un agradecimiento especial a quienes además de leer se tomaron un poquito de tiempo para dejarme sus lindas palabras en el capítulo anterior, a: ziari27, Sol (gracias por haber comentado y por tus lindas palabras), Zwoelf, Benani0125, Lucitachan, itzeldesaotome, Alexandraaa417, AkaneSodi, Gogoga, Felicius (gracias por tus palabras), Juany Nodoka, Anya Pendragon, LiSa 2307, Akai27, Gennymp88 (muchas gracias por tu comentario), SakuraSaotome y algún anónimo que también escribió por ahí, muchísimas gracias. En verdad se siente bien el saber que a pesar de todos los años e inconvenientes esta historia sigue contando con el apoyo de ustedes.

Es todo por ahora y nos volvemos a encontrar en una próxima actualización.

Un abrazo y buena suerte!

Madame…