Nota:
Hola!
Este fic fue inspirado por la canción Electric Touch de mi reina, Taylor Swift!
Lo estoy pensando como una historia más larga, pero no puedo dar fe de cuándo voy a actualizar. Ténganme paciencia y espero que lo disfruten! También publicado en Ao3!
Soon an english translation will be available!
A Ichigo le estaba costando bastante adaptarse a su nueva vida como estudiante universitario. Por primera vez era completamente responsable de sí mismo, habiéndose mudado de la casa de su familia, y estaba aprendiendo cómo balancear el estudio y los cuidados del hogar, algo en lo que (evidentemente) todavía necesitaba práctica, ya que al momento de preparar la cena se dio cuenta de que le faltaban la mitad de los ingredientes.
Se rascó la cabeza y miró con resignación por la ventana: la lluvia no era intensa y hacía bastante calor… Resistiría un viaje al supermercado. Tomó la billetera, un paraguas y emprendió el viaje.
La noche estaba tranquila, así que lo único que vio durante el trayecto fue a alguien paseando a su perro; lo cual fue un alivio porque el paraguas era un regalo de Yuzu… que tenía un hermoso estampado de fresas y conejitos. Le daba vergüenza llevarlo pero, por un lado, no quería lastimar a su hermana, y, por el otro, no tenía dinero para comprar uno nuevo; y ésta última era también la razón por la cual no había pedido comida a domicilio y terminó metido en una situación sobrenatural.
Salió del supermercado sin prestar atención: revisaba sus compras y el paraguas cubría su visión periférica. Por eso no notó las luces del auto que se acercaba hasta que fue muy tarde.
Ichigo iba a morir.
Esa noche, también, era el examen final del ángel de la muerte en entrenamiento Kuchiki Rukia; el cual consistía en llevar un alma humana al más allá sin sufrir percances. Una tarea fácil para la mejor estudiante de la clase, ¿no?
Rukia se escondió en el alféizar de una ventana para protegerse de la lluvia y sacudió sus alas, negras como obsidiana, para quitarles el agua de encima.
Sintió nauseas por los nervios, necesitaba aprobar este examen con la mejor calificación posible para poder entrar en la sección de honor de los ángeles de la muerte, al igual que su hermano... Pero la noche estaba demasiado tranquila, no había encontrado a nadie cerca de la muerte y se le acababa el tiempo, en quince minutos llegaría la hora límite y reprobaría.
Por su cabeza comenzaron a pasar los peores escenarios, como llegar a la sala del juicio con las manos vacías y tener que enfrentar la mirada reprochadora de los nobles del tribunal; o la decepción de su hermano, al descubrir que su hermana en realidad era una inepta y una desgracia para la familia… Aunque nunca podría haber imaginado el giro que iba a dar su situación cuando vio un paraguas con fresas y conejitos cruzando la calle sin prestar atención.
¡Allí estaba el alma que buscaba! Las luces se acercaban a toda velocidad, y la persona que traía el paraguas no lo había notado. Lotería.
Rukia se apresuró a saltar del árbol para recoger el alma apenas saliera del cuerpo, pero con las prisas, la lluvia que se le metía en los ojos y la bocina del auto que no la dejaba oír nada, no fue hasta que el vehículo se alejó que se dio cuenta de dos cosas:
1) El dueño del paraguas era un chico de pelo naranja.
Y 2) Estaba vivo.
Ichigo cerró los ojos, esperando el impacto que nunca llegó. Sentía la lluvia y el viento en la cara pero… ¿Pero, no el suelo bajo sus pies? Con pánico, abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba… Volando por sobre los edificios. Y, siendo llevado por… ¿¡un ángel!?
Consumido por el terror, Ichigo hizo lo más lógico que se le ocurrió: gritar. Con todo su ser.
Entonces, el ángel que lo llevaba miró hacia él y tuvo la otra reacción más lógica: gritar más fuerte.
Esta competencia de gritos hizo que ella perdiera el equilibrio y fueran en picada hacia el suelo, lo que generó, por supuesto, aún más gritos.
–¿¡Quién eres!? –gritó Ichigo
–¿¡Por qué estás vivo?! –respondió ella.
La chica (¿o, más bien, ángel?) logró enderezarlos lo suficiente para reducir el impacto contra el césped de un parque. Ichigo se levantó lentamente y se frotó la cabeza en busca de sangre. Verificó que todo estaba bien e inspeccionó el resto de su cuerpo: completo, un par de raspones, pero completo. Luego, la miró a ella:
Estaba empapada, pero eso no la hacía menos hermosa; tenía ojos violetas y el pelo corto, oscuro, al igual que sus alas, dos alas enormes, parecidas a las de un cuervo. Llevaba puesto un vestido ligero, negro también. Y miraba a Ichigo con una mezcla de miedo, confusión y enojo.
–¿Cómo puede ser que estés vivo?
–¿Eres tú la que me pregunta eso? ¡Si me salvaste! ¿Qué clase de ángel guardián eres?
–¡No soy un ángel guardián, soy un ángel de la muerte!
La chica estiró sus alas del enojo y empezó a caminar en círculos
–Esto está mal… Esto está muy, muy mal… No deberías estar vivo y tampoco deberías poder verme… Dioses, esto está mal.
Ichigo y Rukia, ambos, estaban en un estado de crisis. Él pensó que su cabeza estallaría del estrés, y el corazón de Rukia no dejaba de latir.
–¡¿A qué te refieres con eso?! ¡¿Venías a matarme?! ¡¿Y por qué puedo verte?! –Gritó él, sonando más paranoico de lo que deseaba.
–Porque te toqué… Oh Dioses, te toqué directamente… Esto es malo. –Ella lo miró a los ojos. –Violé la regla más importante de todas…
No pudo terminar de explicarle, porque de repente, empezaron a sonar ominosas campanadas que podrían perfectamente haberlos dejado sordos. Fueron trece campanadas para ser exactos y luego, una voz apareció, acompañada por un resplandor blanco:
–¡…La regla número uno! –Continuó la voz. –¡Nunca interferir directamente con los asuntos humanos!
Lo primero que vieron fue de dónde provenía dicha voz, de un anciano con bastón, barba extremadamente larga y alas gigantescas, grises.
Lo segundo que vieron, fue todas las miradas sorprendidas, acusadoras, que observaban desde sus asientos. Estaban en un tribunal repleto de ángeles, en el epicentro del salón, siendo el objetivo del juicio. E Ichigo sintió que esta vez iba a morir, de verdad, no había escapatoria.
Y Rukia supo que el problema en el que estaba metida iba a desencadenar una serie de tragedias. Donde quizás, su ejecución fuera la primera.
